La vida cristiana inicia por fe, cuando decides no tener tu propia justicia que es según la obediencia a ley, sino tener la justicia de Dios que es según Jesucristo (Fil. 3:9). Luego de eso, la vida cristiana sigue por fe: “Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a Sí mismo por mí” (Gá. 2:20). Por último, la vida cristiana termina por fe: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 4:7).
Toda la vida del creyente se caracteriza por la fe. Como dice Romanos 1:17: “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe”. Algunas versiones traducen: “De hecho, en el evangelio se revela la justicia que proviene de Dios, la cual es por fe de principio a fin” (NVI). Por supuesto, al hablar de esto no me refiero al conjunto de doctrinas (¡aunque es indispensable!), como cuando hablamos de la “fe cristiana” para hablar de las cosas que creemos, sino de la fe como nuestra confianza en Dios.
La fe definida en Hebreos 11 Entonces, ¿qué es exactamente la fe y cómo se ve en nuestras vidas? El extenso y rico capítulo de Hebreos 11, conocido como “el salón de la fama de la fe”, es el mejor lugar de la Biblia para acudir por una respuesta. El autor explica la fe de esta manera:
“Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. […] Y sin fe es imposible agradar a Dios. Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que recompensa a los que lo buscan. […] Por la fe Abraham habitó como extranjero en la tierra de la promesa como en tierra extraña […] porque esperaba la ciudad que tiene cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”, Hebreos 12:1-10.
Allí se nos explica que la fe es estar seguros y convencidos de algo (v. 1), creer en algo (v. 6), y esperar en eso (v. 10). Solemos usar la palabra “creo” para hablar de algo que pensamos posible –como cuando decimos: “creo que mañana va a llover”—, pero la Biblia habla de la fe como una convicción firme.
La fe nos permite contemplar con nuestros corazones lo que todavía no podemos mirar con nuestros ojos.
Es una seguridad tal, que el creyente puede incluso “ver” lo que no se ve: “Todos estos murieron en fe, sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto desde lejos y aceptado con gusto” (v. 13). De alguna manera, casi imposible de describir, la fe nos permite contemplar con nuestros corazones lo que todavía no podemos mirar con nuestros ojos. Nos permite saborear ahora un adelanto de lo venidero.
Eso nos lleva a un punto crucial: el objeto de nuestra fe, aquello en lo que creemos. Ese objeto no somos nosotros mismos. Ni siquiera es nuestra propia fe, ya que sin importar cuánta fe tengamos, ella en última instancia no puede cambiar las cosas. Solo Dios las puede cambiar. Y si nuestra fe no está puesta en el objeto correcto, nada vale en realidad.
En cambio, el capítulo nos dice una y otra vez que el objeto de nuestra fe son las promesas de Dios: “También por la fe Sara misma recibió fuerza para concebir, aun pasada ya la edad propicia, pues consideró a Aquel que lo había prometido” (v. 11); “Todos estos murieron en fe, sin haber recibido las promesas” (v. 13); “Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac” (v. 17); “Todos estos, habiendo obtenido aprobación por su fe, no recibieron la promesa” (v. 39).
La fe consiste en estar seguros y esperar en lo que Dios prometió.
¿Por qué creer en las promesas de Dios? Hebreos también nos dice cuál es el soporte de esa confianza. Consta de dos pilares, y el primero de ellos es la fidelidad de Dios: “También por la fe Sara misma recibió fuerza para concebir, aun pasada ya la edad propicia, pues consideró fiel a Aquel que lo había prometido” (v. 11). Nuestra esperanza de que Dios cumplirá sus promesas se basa en su fidelidad.
Nuestra esperanza de que Dios cumplirá sus promesas se basa en su fidelidad.
Por supuesto, en el mundo hay personas fieles y confiables, con muchas buenas intenciones, pero sin el poder para darnos todo lo que prometen. Pero ese no es el caso de Dios, y por eso el segundo pilar para el soporte de nuestra fe es el poder de Dios: “[Abraham] consideró que Dios era poderoso para levantar [a Isaac] aun de entre los muertos, de donde también, en sentido gurado, lo volvió a recibir” (v. 19).
Al pensar en estos dos pilares, no puedo evitar pensar en Romanos 4, cuando dice que Abraham “estaba como muerto puesto que tenía como cien años” (v. 19) cuando recibió la promesa de que sería padre de muchas naciones. Era un hombre viejo y acabado. Cuando miraba a su esposa, también veía a una mujer vieja y estéril. ¡Esto era esterilidad por todos los lados! Sin embargo, creyeron en esperanza contra toda esperanza contraria (Ro 4:18). Ellos consideraban que Dios era poderoso para darles lo prometido (v. 20).
Luego de la cruz de Cristo, nosotros conocemos mucho más que Abraham sobre la fidelidad de Dios y su poder. Tenemos razones de sobra para confiar con convicción en nuestro Dios, esperando en sus promesas para nuestras vidas. Sí, como los creyentes de Hebreos 11, seguramente partirás de este mundo sin ver aquí el cumplimiento todas ellas. Sin embargo, por la fe puedes empezar a vislumbrar ahora lo que Dios hará más adelante.
Juan José Pérez es pastor en la Iglesia Bautista de la Gracia, en Santiago de los Caballeros (República Dominicana). Posee dos maestrías del Seminario Bautista Reformado (Taylors, Carolina del Sur, Estados Unidos), y sirve como decano de la Academia Ministerial de la Gracia.
Quizás la mejor manera para discernir si uno tiene motivos para irse de la iglesia, es volver a los fundamentos. ¿Cuál es el propósito de la iglesia? La Biblia es clara en cuanto a que la iglesia es la «columna y baluarte [fundamento] de la verdad» (1 Timoteo 3:15). Todo lo que forme parte de la estructura de la iglesia, la enseñanza, la adoración, los programas y las actividades, debe centrarse en esta verdad. Además, la iglesia debe reconocer a Jesucristo como su única cabeza (Efesios 1:22; 4:15; Colosenses 1:18) y someterse a Él en todas las cosas. Claramente, estas cosas sólo se pueden hacer cuando la iglesia se aferra a la Biblia como su norma y autoridad. Lamentablemente, pocas iglesias hoy en día se ajustan a esta descripción.
Los creyentes que sienten el deseo de abandonar una iglesia, deben estar claros en sus motivos. Si la iglesia no proclama la verdad, o no enseña la Biblia y honra a Cristo, y hay otra iglesia cercana que si lo hace, entonces hay motivos para salir. Sin embargo, podría haber motivos para permanecer y trabajar para lograr cambios con el propósito de mejorar. Se nos exhorta a «contender ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Judas 1:3). Si uno tiene la fuerte convicción de la necesidad de cambiar la iglesia a una dirección que se base más en la Biblia y que honre a Cristo, y si se puede hacer de una manera amorosa, entonces parecería que el mejor camino es quedarse.
La Biblia no indica un procedimiento sobre cómo salir de una iglesia. En los inicios de la iglesia, un creyente tendría que cambiarse de ciudad para encontrar una iglesia diferente. En algunos lugares hoy en día, hay una iglesia aparentemente en cada esquina, y tristemente muchos creyentes se van de una iglesia para otra que queda en la misma calle, en lugar de resolver los problemas que puedan llegar a enfrentar. Lo que debe caracterizar a los creyentes es el perdón, el amor y la unidad (Juan 13:34-35; Colosenses 3:13; Juan 17:21-23), y no la amargura y la división (Efesios 4:31-32).
Si un creyente se siente guiado a irse de una iglesia, es importante que lo haga de tal forma que no cause división innecesaria o algún tipo de controversia (Proverbios 6:19; 1 Corintios 1:10). Si hay una falta de enseñanza bíblica, la respuesta es clara y se debe buscar una nueva iglesia. Sin embargo, la insatisfacción de muchas personas con su iglesia, es debido a su falta de participación en los ministerios de la iglesia. Es mucho más fácil alimentarse espiritualmente por la iglesia, cuando uno toma parte activa en «alimentar» a otros. El propósito de la iglesia se esboza claramente en Efesios 4:11-14. Permita que estos versículos lo guíen para elegir y encontrar una iglesia.
Uno de los problemas con las etiquetas que usan los psiquiatras y psicólogos para las “enfermedades mentales” es que no describen una enfermedad específica o una causa médica que explique el comportamiento anormal del individuo, sino más bien un conjunto de síntomas que la persona presenta. En ese sentido, el término “enfermedad mental” es engañoso, porque puede dar la impresión de que se ha diagnosticado una “enfermedad” real, cuando lo que se está describiendo es una sintomatología.
En el 1952 en el Manual de Diagnóstica y Estadística de Desórdenes Mentales se señalaban 60 tipos y subtipos de enfermedades mentales. Dieciséis años más tarde el número había crecido a 145, y ya para el 1995 la cifra llegó a 230. El problema con esto es que no estamos lidiando con algo en lo que se puede hacer un diagnóstico preciso.
El psiquiatra Thomas Szasz dice al respecto: “No hay conducta o persona a la que un psiquiatra moderno no pueda plausiblemente diagnosticar como anormal o enferma” (cit. por Martin y Deidre Bobgan, Psico-Herejía, la Seducción Psicológica de la Cristiandad; pg. 196).
Después de la caída todos los seres humanos tenemos desbalances en algunas áreas. Con esto no estoy diciendo que no existan comportamientos anormales, o si prefiere llamarlo de otro modo, problemas psiquiátricos; pero tales problemas no deben ser rotulados como “enfermedades mentales” si se está usando el término “enfermedad” en un sentido literal, no metafórico.
¿Qué son, entonces, estos problemas? Algunos problemas de comportamiento anormal tienen una causa física y, por lo tanto, deben ser tratados por un médico. Puede tratarse de una disfunción orgánica que esté afectando el cerebro, tumores, desórdenes glandulares, desórdenes químicos. En cada uno de estos casos estamos ante un problema orgánico que debe ser tratado por un neurólogo, un endocrinólogo, o incluso por un psiquiatra si éste se mantiene dentro del campo médico.
Robert Smith, doctor en medicina, dice lo siguiente al respecto: “Tumores, heridas serias, derrames cerebrales, etc., pueden dañar parte del cerebro y afectar el modo de pensar y actuar de la persona, pero estas no son enfermedades mentales, sino enfermedades orgánicas que pueden ser probadas en laboratorios. Ellas pueden ser causa de que el cerebro esté enfermo pero no la mente. Si bien las partes dañadas del cerebro no están disponibles para la mente, la mente no está enferma. En este caso hay un daño cerebral pero no una enfermedad mental. El concepto de mente enferma es una teoría no probada científicamente” (cit. por MacArthur; Consejería Bíblica; pg. 367; el énfasis es mío).
También puede darse el caso de un mal funcionamiento químico como resultado del abuso de drogas, o incluso por la falta de sueño. Jay Adams dice al respecto: “Los problemas perceptivos pueden resultar de una acumulación de sustancias tóxicas del metabolismo del cuerpo, causadas por un déficit agudo de sueño” (Manual del Consejero Cristiano; pg. 383).
Algunos de los llamados problemas psiquiátricos o enfermedades mentales, pueden tener un origen netamente espiritual. Un ejemplo de este tipo de casos lo encontramos en la Biblia, en la historia de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, y Caín le tenía envidia a Abel porque veía que Dios estaba agradado con él.
El corazón de Caín se había llenado de envidia y de amargura, y finalmente se deprimió. Dice en Gn. 4:5 que se ensañó contra su hermano en gran manera, y decayó su semblante. Noten cómo Dios trató con el problema: “Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante? Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él” (Gn. 4:6-7).
Caín ofreció a Dios una ofrenda que Dios rechazó por su actitud pecaminosa; pero en vez de arrepentirse Caín complicó aún más las cosas al responder mal al rechazo de Dios. Se enojó y se deprimió; llenó su corazón de amargura y resentimiento; probablemente comenzó a sentir auto-compasión, y quién sabe cuántas cosas más.
Pero entonces Dios viene a él y le da una solución: “Si haces el bien, serás enaltecido”. En otras palabras: “Dejarás de estar deprimido. Pero si continúas reaccionando pecaminosamente, caerás más profundamente en las garras del pecado, que como un animal salvaje está acechando a la puerta, ansioso por devorarte”.
Caín no hizo caso a la advertencia divina, y el pecado lo devoró; finalmente mató a su hermano. Siguió alimentando su ira, su resentimiento, su auto-compasión, y ahí tienen el resultado.
El principio encerrado en esta historia es que el comportamiento determina los sentimientos. Si actúas mal, te sentirás mal. Por eso Pedro dice en su primera carta: “El que quiera amar la vida y ver días buenos (lo contrario a estar deprimido), refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño; apártese del mal, y haga el bien; busque la paz, y sígala” (1P. 3:10-11).
Si Caín hubiese hecho esto hubiese resuelto su estado depresivo y nunca hubiese llegado a hacer lo que hizo. Las circunstancias del hombre han cambiado inmensamente de la época de Caín para acá; los problemas que tenemos que enfrentar a diario son muy distintos, pero el principio sigue vigente: Una de las razones por la que las personas se deprimen es porque responden equivocada y pecaminosamente a los problemas de la vida.
También es probable que el problema tenga una causa física y una causa espiritual al mismo tiempo, y en tal caso debe tratarlo un médico conjuntamente con alguien que aconseje bíblicamente al individuo.
Debido a la unidad orgánica que existe entre el alma y el cuerpo, muchas veces nuestros problemas se mezclan y nosotros debemos tener discernimiento para detectar cuándo el comportamiento se debe al problema físico, y cuándo se trata de un asunto espiritual.
Por ejemplo, un niño al que se le ha diagnosticado ADD puede ser que tenga un problema en la tiroides que esté afectando su nivel de energía. Pero eso no lo excusa para que golpee a sus amigos o a sus hermanos cuando quiere un juguete que ellos tienen.
Nunca debemos excusar el pecado por un problema físico, aunque podemos ser comprensivos al tratar con un niño, o aun con un adulto, cuya condición física le haga más difícil seguir instrucciones u obedecer.
Una persona puede estar deprimida por una causa física, pero si tal persona se ampara en su tristeza para pecar y dejar de hacer lo que sabe que debe hacer, es muy probable que agrave su problema, porque añadirá la culpa a su condición. ¿Cómo se deben tratar este tipo de casos?
En primer lugar, debemos buscar información de modo que podamos comprender a la persona que está atravesando por esa dificultad.
En segundo lugar, debemos tratar de distinguir, en la medida de lo posible, las causas físicas del problema, si las hay, de las causas espirituales. Si existe algún problema orgánico, el médico debe tratar con él, mientras nosotros trabajamos con las Escrituras los asuntos del corazón con amor y compasión.
Si no hay problema orgánico, o no se ha podido detectar ninguno, pero aun los síntomas físicos son severos, dolor, falta de sueño, ansiedad, hiperactividad, etc., entonces debemos considerar el uso de medicamentos para aliviar los síntomas. El uso de medicamentos en tales casos no debe hacerse a la ligera, pero no debe ser descartado. Este es un asunto de libertad cristiana.
De paso, si alguien lee este artículo y en estos momentos está bajo medicación por orden de un médico, no le aconsejo que decida por Ud. mismo descontinuar sus medicamentos. Lo más sabio es que busque consejo de su médico y de sus pastores.
Para concluir solo quiero añadir dos pensamientos adicionales. En primer lugar, que debemos poner la autoridad de Dios y de Su Palabra por encima de cualquier teoría o razonamiento humano. No sabemos cuántas otras teorías el hombre seguirá urdiendo con el paso de los años que contradicen las Escrituras, pero nosotros debemos permanecer firmes en nuestra convicción de que Dios es Dios y la Biblia Su Palabra (comp. Is. 8:20; Rom. 3:4).
En segundo lugar, que debemos profundizar cada vez más en el conocimiento de la teología bíblica, o no seremos capaces de filtrar las mentiras y errores del mundo. Muchos buenos cristianos son seducidos por estas teorías psicológicas, no porque desprecien la Biblia, sino porque son incapaces de discernir que tales teorías se oponen a las Escrituras.
Que Dios nos conceda un conocimiento cada vez más amplio de Su Palabra para que podamos tener discernimiento, y un corazón para obedecerle a Él antes que a los hombres.
En la era digital, las historias de pastores caídos se vuelven virales, se documentan y se distribuyen a las masas a través de las redes sociales, YouTube, podcasts y denuncias en línea. Cuanto más prominente es el líder, más fuerte es el ruido. Cuanto más graves sean los pecados, mayor será la audiencia.
Desenmascarar a los charlatanes religiosos es lo correcto. Honra a las víctimas, hace que los líderes descarriados rindan cuentas y desafía los modelos de liderazgo basados más en la celebridad que en el servicio. Pero si bien exponer la hipocresía abusiva es un paso seguro hacia la justicia, es un primer paso crucial, no es una solución completa.
La hipocresía es como una máquina demoledora que destroza las almas a su paso, dejando a los santos desorientados tambaleándose entre los escombros de la traición. Los pastores falsos crean ovejas insensibles. En respuesta, algunos deconstruyen su camino hacia la desconversión, renunciando al cristianismo. Para los que se quedan, decididos a hallar sanidad en la iglesia y no fuera de ella, la ira, la desconfianza y la duda persisten: ¿Por qué volver a confiar en un pastor?
El hastío consume a innumerables buscadores de justicia. No basta con acusar a los abusadores espirituales; también estamos llamados a dar los primeros auxilios, vendando a los hermanos y hermanas heridos, indicándoles que Cristo es digno de confianza. Por eso me encanta Mateo 23, donde Jesús reprende ferozmente la hipocresía de los fariseos.
Este capítulo nos enseña de muchas maneras, a través de tres lecciones, que Jesús —y no los titulares— es quien debe moldear nuestra respuesta a la hipocresía.
La hipocresía en los líderes no niega la obediencia en nosotros. Jesús no se contiene en Mateo 23, pues llama a los fariseos «hijos del infierno» y «guías ciegos», pero de forma sorprendente sus primeras palabras instruyen a los oyentes a obedecer las enseñanzas de ellos:
Los escribas y los fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés. De modo que hagan y observen todo lo que les digan; pero no hagan conforme a sus obras, porque ellos dicen y no hacen (Mt 23:2-3).
Exponer la hipocresía abusiva es un paso seguro hacia la justicia, pero no es una solución completa
El punto de Jesús es claro, aunque contracultural: Todo discípulo debe obedecer la verdad bíblica, independientemente de quién la enseñe. Es desconcertante que los pastores malos a menudo enseñen cosas buenas. Jesús no nos está diciendo que seamos indiferentes a los pastores farsantes (su crítica mordaz lo demuestra más tarde). Pero Jesús sabe que somos propensos a tirar el bebé (la verdad que fortalece la fe) con el agua sucia (la hipocresía que aplasta la fe). Incluso cuando el pecado anula el ministerio de alguien, la Palabra de Dios nunca debe ser anulada (Is. 55:9-11). Como explica el comentarista Michael J. Wilkins:
Hay que obedecer todas y cada una de las interpretaciones correctas de las Escrituras. Los fariseos decían muchas cosas buenas, y su doctrina estaba más cerca de la de Jesús en muchos aspectos cruciales que la de otros grupos… Jesús no condena la búsqueda de la justicia en sí misma; más bien, critica solo ciertas actitudes y prácticas expresadas dentro del esfuerzo por ser justos.
Cuando una autoridad espiritual engaña, es tentador descartar no solo a la persona, sino también todo lo que ha enseñado. Se siente más seguro desechar todo, incluyendo la doctrina. Pero esto crea cínicos que perciben toda autoridad espiritual como abusiva y cualquier llamado a la obediencia como legalismo. Dios quiere que seamos duros con los tiranos, pero tiernos con Su Palabra. Abandonar la verdad es renunciar a nuestra arma más fuerte contra el mal. Permanezcamos armados.
Dios odia la hipocresía más que nosotros. Mateo 23, junto con toda la Escritura (ver Ezequiel 34), nos muestra la ira de Dios cuando los líderes espirituales engañan y maltratan a Su pueblo. Cristo tiene cero simpatía por encubrir o minimizar las prácticas que calumnian Su nombre y maltratan a Su novia. Su furia santa es intensa, no indiferente; específica, ni ambigua.
En Mateo 23:4-36, Jesús lanza algunos reproches que irritan a los fariseos: hipócritas, hijos del infierno, guías ciegos, insensatos, ciegos, codiciosos, autocomplacientes, sepulcros blanqueados, malvados, serpientes, camada de víboras. Lejos de ser insultos inmaduros, estas palabras revelan el amor de Cristo por Su pueblo. Como un padre que increpa a alguien que intenta hacer daño a su hijo, la intensidad muestra intimidad.
Abandonar la verdad es renunciar a nuestra arma más fuerte contra el mal
El amor también es evidente en lo específico de la ira de Jesús. Con argumentos afilados, persigue a los fariseos con precisión, como señala Wilkins en su comentario sobre este pasaje: ellos imponen cargas legalistas a la gente (v. 4), muestran su piedad de forma pretenciosa (v. 5), se aprovechan de su posición de modo que menosprecian la autoridad de Dios (vv. 6-12), juegan con la religión (vv. 15-22), hacen prominentes asuntos menores (vv. 23-34), valoran la tradición por encima de Dios (vv. 25-28), y ahogan a las voces justas con las suyas (vv. 29-32).
Jesús lo deja claro: los que alardean de Su nombre, a costa de Su pueblo, corren un grave peligro. La justicia llegará.
Dios anhela sanar a los hipócritas. Con una ira justa corriendo por sus venas, las últimas palabras de Jesús en esta escena son impactantes:
¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados a ella! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste! (v. 37).
Esto es notable: Dios reprende a los hipócritas, pero también quiere sanarlos. Cuando rechazan Su gracia, como a menudo lo hacen, se lamenta. ¿Lo hacemos nosotros? ¿Estamos dispuestos a imitar la ira y la compasión de Jesús? Todos los cristianos atraviesan la misma metamorfosis: enemigos de Dios convertidos en amigos de Dios por la gracia de Dios (Ro 5:10). Si la gracia de Dios está firmemente arraigada en nosotros, anhelaremos verla en los demás.
Arrogancia y falsa humildad El enfoque de Jesús para enfrentarse a los hipócritas entra ciertamente en conflicto con el espíritu de nuestra época. Seguir Su ejemplo radical requiere evitar dos extremos.
El primer extremo es la arrogancia, una ira desligada de la humildad. De nuevo, debemos enfadarnos por la hipocresía; pero como cristianos, sabemos que la indignación «justa» se degrada rápidamente en ira injusta, alimentada más por el orgullo que por la justicia. La ira piadosa implica moderación, confiando en que Él hará justicia. Tal contención contradice la cultura de cancelación. Al igual que todas las emociones, sometemos nuestra ira a Dios, actuando de forma responsable para defender a las víctimas y destronar a los manipuladores, pero de forma justa, no insensata.
El segundo extremo es una falsa humildad, que se niega a señalar la hipocresía porque «al fin y al cabo, todos somos hipócritas». Mostrándose como no juzgadora, esta mentalidad ignora la enseñanza clara de Jesús de que la disciplina eclesiástica es necesaria (Mt 18:15-19). Pablo dice que es el «peor de los pecadores», pero también reprende a Pedro por negarse a comer con los gentiles (Gá 2:11-21). Si la ira de Jesús en Mateo 23 nos enseña algo, que algunas situaciones requieren que hablemos en voz alta contra la hipocresía. Si nos negamos a reprender cuando la ocasión lo exige (Lc 17:3), nuestro silencio es cobardía, no humildad.
Uno de mis profesores favoritos del seminario nos retó a leer Mateo 23 cada año, y he aceptado el reto. Todos tenemos la tentación de sacar provecho del liderazgo de forma egoísta. Que el temor al Señor nos guarde de la insensatez.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición. Will Anderson (MA, Talbot School of Theology) es director de Mariners Church en Irvine, California.
Introducción El día de hoy, pasamos al tema del servicio en la iglesia. Con servicio, me refiero a invertir tu tiempo, tus dones, tus recursos, tu energía y todo lo que tienes por el bien de la iglesia. El servicio de Cristo para con nosotros es el ejemplo de esto. Marcos 10:45: «Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos».
Ahora Jesús nos llama a tomar nuestra cruz y seguirle. Nuestro servicio a otros entonces debería ser el resultado del derroche de amor de nuestros corazones por el amor que Dios nos ha demostrado en Cristo. Eso es lo que desencadena el ministerio; un derroche de gozo cuando comprendemos la increíble misericordia que Cristo nos has mostrado.
Hoy consideraremos cómo Dios nos ha llamado a servirnos unos a otros en la iglesia a través de nuestros diversos dones, y cómo ese servicio contribuye a la unidad en el cuerpo. Esta unidad es una parte importante de nuestro testimonio: ¡Una comunidad llena de personas que se sirven gozosamente debe sobresalir en nuestro mundo! Comenzaremos con una teología del servicio, y luego estudiaremos cuatro formas en las que el servicio puede contribuir a la unidad. En el camino, haré una pausa y reflexionaremos en las diferentes formas en las que el servicio puede malinterpretarse y fracasar en glorificar a Dios. Mi esperanza es que nuestra discusión esta mañana nos aliente a servirnos más y más para la gloria de Dios y por nuestro bien.
Una teología del servicio Permíteme comenzar describiendo una teología del servicio que vemos en diferentes pasajes de la Escritura, y empezaremos viendo un pasaje en 1 Pedro 4:10, leemos: «Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios». Y luego en el versículo 11, leemos: «Si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo».
Estos dos versículos en 1 Pedro son como una especie de resumen acerca de la teología del servicio o del ministerio dentro de la iglesia, y contiene cinco simples, pero importantes puntos: (1) cada cristiano ha recibido un don (esto no es solo algo para el liderazgo y el personal de la iglesia mientras que el resto observa pasivamente); (2) el don es resultado de la gracia de Dios; (3) somos responsables de usar ese don; (4) debemos usarlo por el bien de los demás y para la gloria de Dios; y (5) debemos servir conforme al poder de Dios. Por tanto, como cristiano, hay una manifestación especial de la gracia de Dios en la que puedes edificar a otros en la fe, y glorificar a Dios.
¿Cuál es el propósito de tu servicio? En Efesios 4:12, Pablo dice que estos dones son dados «a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios». Lo que Pablo está enfatizando aquí es la meta de fortalecer todo el cuerpo, no solo las partes. Debemos ministrarnos unos a otros no solo con la idea de ayudarnos a crecer mutuamente, sino también de que todo el cuerpo crezca en unidad. Dios nos da dones a todos, de acuerdo con su gracia, para ser ejercidos en su poder, no principalmente como un medio de realización para cada uno de nosotros como individuos, sino para el crecimiento de su iglesia, para que podamos crecer en unidad. Ese será nuestro enfoque el día de hoy.
Y ese es también nuestro primer punto de cómo podemos servir erróneamente. La persona que se siente con derecho a servir únicamente de la manera en que siente que ha sido dotada, y que teme no poder «realizarse» como cristiano si no sirve de esa forma, ha malinterpretado este pasaje. El propósito del servicio es el fortalecimiento del cuerpo, no nuestra realización personal. Y, por tanto, eso significa que servimos donde el cuerpo necesita ser fortalecido. El hecho de que Dios nos dé dones para usarlos sirviendo a los demás no busca limitarnos en lo que hacemos, nos capacita para hacer lo que debe hacerse. Podemos estar equivocados acerca de qué don o dones creemos que Dios nos ha dado. Es mucho mejor ponernos manos a la obra y empezar a servir, que sentarnos y preguntarnos cuál es nuestro don. Porque la meta del servicio es la unidad. Descubrimos nuestros dones mientras servimos.
¿Cómo deberíamos servir de una manera que promueva la unidad? Dado el objetivo de la unidad, ¿cómo debería ser nuestro servicio en la iglesia? ¿Y qué debería ser lo que nos motive a servir en la congregación? Permíteme mencionar cuatro respuestas a esas preguntas.
Primero, debemos servir con el poder que Dios da y con gran alegría. Nuestra meta no debe ser meras buenas obras, sino buenas obras con un espíritu que proviene de una gozosa dependencia en la ayuda de Dios, eso es lo que glorifica a Dios en particular. De vuelta a 1 Pedro 4:11, leemos: «Si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da».
Así que imagina que dos personas están considerando si deberían venir para ayudar a limpiar la iglesia. Una de ellas dice: «Oh, supongo que iré. Vale unos cuantos puntos extra con los líderes. Además, soy muy bueno en esa clase de cosas, podré impresionar a la gente allí». Él va, allí se queja de las herramientas y habla sin parar acerca de sus capacidades. Trabaja, pero no lo hace confiando en el poder de Dios, y su actitud carece de un espíritu alegre y agradecido. Su deseo de impresionar a otros es una forma del temor al hombre. No está sirviendo para glorificar a Dios.
Pero considera a la segunda persona que también espera ayudar con la limpieza. Ha estado muy enfermo últimamente. Piensa para sí: «Oh, cómo me encantaría ayudar a limpiar la iglesia. Tal vez podría animar a quienes se encuentran abatidos. O quizá podría llevarles café». Entonces se pone a orar. Y resulta que después se siente lo suficientemente bien para ir a ayudar con la limpieza. Hace lo que puede con un trapo y una escoba, y lo hace bien. Pero, sobre todo, exuda un gozo y un sentido de gratitud que promueve la unidad y glorifica a Dios.
Ahora bien, estos ejemplos son algo extremos, pero espero que resalten que lo que le importa a Dios no es simplemente que usemos nuestros dones, sino cómo los usamos, confiando alegremente en él. Esa es la actitud que deberíamos tener cuando dedicamos nuestro tiempo, dinero o energía a la iglesia. En 2 Corintios 9:7, versículo que habla acerca de dar financieramente, leemos: «Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre».
Este versículo también aplica a nuestro servicio, ya que con mucha frecuencia no servimos con alegría, sino simplemente por culpa. Servimos por obligación; algo contra lo que habla este versículo. Pero la Biblia nos exhorta a servir, no como un deber, sino porque es una oportunidad fantástica para participar en la edificación del pueblo de Dios.
Forma #2 de servir mal: Servir por culpa en lugar de servir por gratitud. Piensa en lo que el servicio motivado por la culpa dice acerca de las cosas de Dios. Dice que no son más valiosas que otras cosas en nuestra vida, pero lo haremos de todos modos porque tenemos que hacerlo. La diferencia entre dejar que la tía Helga te bese cuando eres niño (porque se supone que debes hacerlo) y soportar con alegría un largo viaje para visitar a tus seres queridos cuando eres adulto (porque la recompensa vale la pena).
Ahora bien, esto puede hacer surgir una pregunta en nuestras mentes: ¿Qué pasa si no tenemos esta actitud? ¿Qué pasa si nuestro corazón es frio en nuestro servicio o está parcialmente motivado por la culpa o el temor al hombre? ¿Debería abstenerme de dar mi tiempo y mis recursos? ¿Sería hipócrita si continuara sirviendo?
La respuesta es no. No deberíamos dejar de servir en la iglesia a pesar de que nuestra alegría no siempre sea grande o nuestros motivos perfectamente puros. La Escritura nos ordena entregarnos. Y aunque debemos esforzarnos por servir con un corazón alegre y agradecido, también debemos reconocer que somos pecadores y no podemos hacerlo perfectamente. Así que, al igual que todo lo demás en la vida cristiana, lo hacemos imperfectamente pero, Dios mediante, seguimos creciendo en esta área mientras servimos. Debemos orar a Dios para que nos ayude a servir gozosamente con su poder, y para que nuestros motivos sean cada vez más puros.
Segundo, debemos servir sabiendo que el servicio de todos es necesario y valioso. Un obstáculo para que el cuerpo de Cristo funcione como debería es que los miembros se sientan inútiles e insignificantes, lo que podría hacer que sientan envidia de los demás o amargura hacia Dios. Pablo rechaza directamente esta idea de inutilidad en 1 Corintios12, donde nuevamente usa esta maravillosa ilustración de un cuerpo con muchos miembros. Pablo explica que la existencia misma del cuerpo de Cristo depende de la diversidad de dones que el Espíritu Santo ha dado a la iglesia. Socavamos esa diversidad que el Espíritu da cuando nos comparamos con otras personas. Así, en el versículo 17 dice: «Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato?». Y luego dice en el versículo 19: «Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?» El cuerpo no existiría.
Más importante aún, en respuesta al reclamo de inutilidad, Pablo apunta a la soberanía de Dios en el asunto. En el versículo 18 dice: «Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso». En su soberanía, Dios diseñó todas las partes del cuerpo, y lo hizo para nuestro mayor bienestar.
¿Qué significa esto para nosotros? Debemos servir en la iglesia donde podamos; debemos agradecer a Dios por los dones que nos ha dado; y no deberíamos sentirnos inútiles o descontentos simplemente porque no estamos sirviendo de alguna manera o capacidad en particular. Existen muchas formas de servir en la iglesia que son fundamentales para la salud de la congregación.
Ahora, no solo me refiero al uso de los dones espirituales, sino también acerca de nuestro uso de los dones físicos que Dios nos dio. Algunos miembros son especialmente ricos en tiempo; otros en recursos; otros en sus relaciones. Quienes tienen mucho tiempo pueden edificar al cuerpo particularmente a través de actos de servicio. Así, los miembros solteros que tienen más tiempo pueden ayudar más fácilmente a otros miembros a mudarse, por ejemplo, a ayudarles a cuidar de sus hijos, o ir a un viaje misionero a corto plazo. Aquellos que son ricos en recursos, pueden ayudar específicamente apoyando a la iglesia financieramente. Quienes son ricos en relaciones pueden edificar a la congregación ayudando a otros a encontrar amigos, discipulando a los adolescentes, proveyendo un hogar lejos de casa para los estudiantes universitarios. Y las habilidades y oportunidades que tenemos para servir pueden cambiar en diversas temporadas de la vida.
Si eres madre con hijos pequeños, es posible que te sientas exhausta y desanimada por no tener el tiempo para discipular a mujeres o servir como voluntaria en la iglesia como solías hacerlo. ¡Quiero decirte que eso está bien! Ahora estás en una etapa en la que Dios te ha llamado a servirle amando e instruyendo a tus hijos. Sé que a menudo oramos los domingos por la noche para que los miembros tengan buenas oportunidades para evangelizar, para que compartan el evangelio con el ateo que conocen en el autobús, o con el budista que se sienta junto a ellos en el trabajo. No te desesperes si sientes que has perdido esas oportunidades ahora que trabajas mayormente en casa, ¡es posible que el Señor te haya dado 2 o 4 pequeños ateos que tengas que evangelizar todo el día! Es bueno desear seguir sirviendo en la iglesia incluso si tus circunstancias de la vida han cambiado. Ora por eso, y observa cómo Dios podría abrir una puerta para servir de nuevas maneras en cualquier temporada de la vida.
Forma #3 de servir mal: Dejar de servir por no creer que nuestra contribución sea importante. Nunca debemos creer que el servicio a Dios es valioso principalmente por el resultado temporal, sino por lo que el sacrificio dice acerca lo que vale Dios para nosotros. ¿Qué dijo Jesús que era más valioso, las dos monedas de cobre de la viuda o los miles que dieron los ricos?
Pero eso plantea otra pregunta. ¿Significa esto que no podemos desear o buscar obtener otros dones espirituales? Si Dios es el que nos da dones de acuerdo a su buena voluntad, ¿lo deshonramos al pedirle dones que no tenemos ahora?
La Escritura enseña que es algo bueno procurar sinceramente los dones espirituales que todavía no tenemos. En 1 Corintios 14:1, Pablo instruye a los corintios a que procuren los dones espirituales, especialmente el don de profecía. ¿Es posible desear dones espirituales sin tener en cuenta los que sí tenemos? ¿O codiciando aquellos que otros tienen? Creo que sí lo es. Este es el equilibrio entre el contentamiento en la provisión misericordiosa y soberana de Dios, y el anhelo de peticiones santas en oración. Por tanto, deberíamos estar contentos con los dones que Dios nos ha dado, pero también podemos aspirar más.
Tercero, debemos usar nuestros dones con humildad. Este es realmente el otro lado de nuestro segundo punto. En 1 Corintios 12:14-20, Pablo anima a aquellos miembros que podrían sentir que no tienen nada con lo que contribuir. Pero luego en los versículos 21 al 26, les advierte a quienes han recibido dones de mayor responsabilidad, a ejercer esos dones con humildad. Por lo que en el versículo 21 leemos: «Ni el ojo puede decirle a la mano: No te necesito». Quienes ocupan puestos de mayor responsabilidad o visibilidad en la iglesia no deben enseñorear su autoridad sobre otros ni cumplir con sus deberes con aires de superioridad. La unidad en la diversidad es imposible sin la humildad de Cristo. Y el lugar en el que más se necesita, es en aquellos que parecen tener mayor responsabilidad o prominencia en la iglesia. Cuando esto no sucede, las personas pueden volverse territoriales por un ministerio, o celosos y desconfiados de cualquiera que sugiera cambios. Los resultados son devastadores para la unidad de la iglesia.
Nuestro llamado es reconocer y honrar el servicio de todos los miembros sin importar cuán visible o invisible, importante o insignificante pueda parecer ese servicio. Una excelente forma de hacer esto es reconociendo el servicio de los demás, especialmente en las áreas del ministerio que están detrás de escena. Envía una tarjeta de ánimo, o agradécele a alguien verbalmente por su trabajo, ya sea dirigiendo el sistema del sonido, publicando los sermones en la página web, o trabajando como monitor de sala.
Forma #4 de servir mal: ¿Alguna vez te quejaste de que otros en la iglesia no están haciendo lo que les corresponde hacer? ¿De dónde viene esa actitud? Tal vez de un pobre entendimiento de las limitaciones bajo las que otros trabajan. Quizá de un corazón orgulloso que confunde el valor personal con la cantidad de servicio. A lo mejor de suponer que otros están desatendiendo deliberadamente su servicio, en lugar de darles compasivamente el beneficio de la duda, de que tal vez no conozcan cuánta alegría proviene de servir. En todo esto, la solución es la humildad. Reconoce que no eres mejor que nadie por servir. Todos somos merecedores del juicio de Dios por igual y, sin embargo, él nos ha rescatado para que ahora podamos servirle.
Cuarto, debemos servir para glorificar a Dios, por nuestro bien y por el bien de los demás. Ya hemos tocado algo de este punto, pero quiero abordarlo explícitamente. Nuestro servicio en la iglesia produce varios beneficios: para nosotros, para los demás y, más importante, para la gloria de Dios.
Cuando servimos fielmente, Dios recibe la gloria porque simplemente le estamos devolviendo lo que le pertenece. El Salmo 24:1 dice: «De Jehová es la tierra y su plenitud», incluyendo el poder y el tiempo que nos da. Esa es la razón por la que para pensar en el servicio, tienes que pensar en todo tu estilo de vida. Lo que hacemos con cada hora, no solo los domingos durante la iglesia, dice algo de nuestra perspectiva de Dios y lo que él significa para nosotros.
Servir también beneficia directamente a otros. Hacerle a alguien una comida proporciona sustento. Darle a alguien un aventón hace posible que crezca bajo la predicación de la Palabra. Servir en el stand de libros ayuda a un sinfín de personas a beneficiarse de recursos útiles. Todo esto es obvio, pero haz una pausa y piensa en ello. ¿Quieres dar alegría a otras personas en su vida cristiana? Cuando te comprometes a servir de cierta manera, y te esfuerzas por mantener ese compromiso, a pesar de que el mismo limite tu tiempo y tus fuerzas, estás trabajando directamente para que otros crezcan en su gozo y conocimiento de Cristo.
Sin embargo, eso no es todo, ¡nuestro servicio también tiene beneficios para nosotros! Nos ayuda a apreciar el supremo acto del servicio que Cristo hizo por nosotros. Nos enseña que hay más bendición en dar que en recibir: una vida de servicio es simplemente una vida más feliz que una vida de egoísmo. El servicio nos hace menos egocéntricos, pero irónicamente, al hacerlo, Dios ha determinado que esta es la forma de vivir una vida de satisfacción y contentamiento. Cuando estructuramos nuestra vida para que servir sea una prioridad, nos obliga a depender más de Dios y de su poder.
Forma #5 de servir mal: La persona que sirve solo un poco porque su corazón ha sido atrapado por el mundo, y cree la mentira de que la autoindulgencia y el enfocarse en sí mismo da más alegría. Sus prioridades mixtas lo alejan de la mayor satisfacción que hay en la abnegación.
Forma #6 de servir mal: La persona que sirve hasta el punto que es aceptable para quienes lo rodean en lugar de apostar todo en el poder de Dios.
Persevera en hacer el bien Finalmente, permíteme culminar brindando dos puntos de aplicación para nosotros en relación con el servicio en la iglesia.
Persevera en el servicio por medio del poder de Cristo Primero, persevera en tu servicio mediante el poder de Cristo. Pablo le dijo a sus lectores en 2 Tesalonicenses 3:13: «Y vosotros, hermanos no os canséis de hacer bien». ¿Por qué? Porque esto pasa con frecuencia. Las personas se cansan de servir. Cuando pasan los años y se asienta el cansancio, podemos sentir la tentación de retirarnos o de parar por completo. O tal vez has perdido de vista la meta más grande de servir a Dios; habiendo estado tan atrapado en los detalles y el ajetreo del ministerio, has descuidado tu relación con Dios. Quizá ahora estás confiando en tus propias fuerzas.
Si este es el caso, recuerda que nuestra fortaleza para servir viene de Cristo que está en nosotros. Él nos ha dado su Espíritu. Para llevar fruto, debemos habitar en Cristo, la vid. Así como los alimentos proveen la energía que se necesita para nuestro bienestar físico, pasar tiempo en la Palabra de Dios y en la oración proporciona la nutrición espiritual que nos motiva a servir. Cuando nos recordamos una y otra vez el carácter de Dios, su bondad, su paciencia, lo que ha hecho por nosotros en Cristo, obtenemos nuevas fuerzas para servirle. Si desatendemos nuestro amor por Jesús, entonces no es de sorprender que nuestro servicio se convierta en otra tarea, incluso una carga. Por tanto, enciende tu corazón y tu mente para servir con la verdad de la gracia y la magnificencia de Dios.
Forma #7 de servir mal: Agotarnos sirviendo en nuestras propias fuerzas en lugar de renovarnos en nuestra relación con Dios. Te animo a que estructures tu vida para que sirvas de una manera sustentablemente sacrificial. Eso podría sonar contradictorio, porque el sacrificio no debería ser fácil. Pero lo que quiero decir es que, al sacrificarte busca posicionarte de modo que puedas continuar con una actitud de completa dependencia en Cristo que no produzca cansancio, sino que te conduzca a un estilo de vida contento y lleno de entrega para la gloria de Dios mientras descansas en él.
Oportunidades de servir en CHBC. Finalmente, mientras piensas en perseverar de esa manera, quiero tomar un minuto para hablar de las oportunidades de servicio en CHBC. Una excelente forma de conocer esas oportunidades se encuentra en la sección de miembros de la página web, hay una página completa en la que todos los diáconos han enumerado las formas en que puedes ser voluntario en sus ministerios. Obviamente otra manera es esperar las oportunidades que se anuncian en el servicio los domingos por la noche o en el boletín electrónico semanal. Aquí tienes una lista de algunos ejemplos:
Dar un aventón a los ancianos; discipular a estudiantes universitarios; ser hospitalarios; escribir tarjetas de aliento; enseñar la sana doctrina, ayudar en el grupo de jóvenes; planear bodas; cuidar de los niños y muchas, muchas otras formas que vienen todo el tiempo.
Debo señalar que algunos de los ministerios más poderosos en CHBC no están conectados a un ministerio formal, sino a uno informal y relacional. Invitar a personas a cenar; o hablar con alguien que no conoce a muchas personas después del servicio por la mañana es una gran forma de hacer que se sientan bienvenidos. Formar relaciones con quienes luchan con entablar amistades es un gran ministerio, y uno que probablemente podríamos hacer mejor en nuestra iglesia. Mi sugerencia es comenzar con el ministerio de fomentar y alentar relaciones profundas, lo que requiere de tiempo, y luego, si todavía tienes tiempo, también involúcrate en otras prácticas ministeriales.
Conclusión Durante casi doscientos años, el pueblo de Dios ha servido fielmente a Dios en esta iglesia. Impulsados por nuestro amor a Dios y nuestro deseo de glorificarlo. ¡Alabado sea Dios por lo mucho que esto ha servido de ejemplo en nuestra iglesia! Entre nosotros tenemos ejemplos del servicio fiel por parte de los miembros durante décadas. Jim Cox ha estado aquí desde los 90, anunciando y recogiendo fielmente las ofrendas. Por supusto, Maxine Zopf es conocida por su ministerio de oración. Los Reedys han estado organizando convivios regulares para promover la comunión durante años, y lo hacen alegremente sin mucho reconocimiento. Somos una congregación que está obligada a servir porque el Señor Jesucristo nos ha servido de manera suprema.
Ninguno que esté en Él persevera en el pecado Por Scott Hubbard
Cuanto más luches contra tu pecado, más tentaciones enfrentarás para dejar de luchar tan duro. Una vez, tal vez, tu celo se quemó; tu sangre espiritual hirvió. Pero a medida que pasaban los meses y los años, los deseos de un cristianismo más cómodo de alguna manera encajaron debajo de su armadura.
Pablo habla de matar el pecado, matar de hambre al pecado (Ro 8:13; 13:14), pero has comenzado a preguntarte si un enfoque menos decisivo y más a largo plazo podría funcionar igual de bien. Jesús habla de arrancarse un ojo y cortarse una mano (Mt 5:29); teóricamente estás de acuerdo, pero, si eres honesto, difícilmente puedes imaginar una abnegación tan extrema.
Es posible que alguna vez hayas encontrado placer en la justa ferocidad de un hombre como John Owen, quien escribió sobre caminar “sobre el vientre de sus concupiscencias” (Works [Obras], 6:14). Pero ha pasado algún tiempo desde que tus botas pisotearon cualquier lujuria. Y como dijo otro puritano una vez, puedes sentirte tentado a hablar de tus pecados como lo hizo Lot con Zoar: “¿Acaso no es pequeña?” (Gn 19:20). El tiempo da paso a muchos pecados pequeños, y los pecados pequeños, con el tiempo, dan paso a los más grandes.
El ablandamiento ocurre lentamente, por grados, como puedo atestiguar. Y a menudo, lo que más necesitamos en tales temporadas es un toque de trompeta justo, una nota entusiasta que sacuda los huesos y nos despierte de nuevo a la realidad. Tales nos las da el apóstol Juan en su primera carta:
“Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él. No puede pecar, porque es nacido de Dios” (1Jn 3:9).
A la pregunta, “¿pueden los nacidos de nuevo hacer del pecado una práctica?”, Juan responde de manera simple, clara, inequívoca: imposible.
Que nadie te engañe
Los acontecimientos recientes habían ensombrecido a la comunidad que recibió la carta de Juan. Captamos un vistazo en 1 Juan 2:19: “Ellos salieron de nosotros, pero en realidad no eran de nosotros, porque si hubieran sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros. Pero salieron, a fin de que se manifestara que no todos son de nosotros”. Una vez, un grupo de aparentes hermanos y hermanas pertenecía a nosotros; ahora, Juan puede hablar de estas personas solo como ellos.
Y no se fueron en silencio. No, se fueron hablando de ideas nuevas y extrañas acerca de Jesús: Que en realidad no vino en la carne (1Jn 4:2-3), que en realidad no era el Cristo (1Jn 2:22). Y con esta nueva teología vino una espiritualidad nueva y retorcida. Muchos, al parecer, profesaron conocer a Dios mientras caminaban en la oscuridad (1Jn 1:6), como si de alguna manera uno pudiera ser justo sin hacer justicia (1Jn 3:7). Reclamaron nueva vida; guardaron viejos pecados.
Algunos eruditos los llaman “protognósticos”, precursores de la herejía que acosaría a la iglesia en el próximo siglo. El mismo Juan habla con más agudeza, al decir que son mentirosos, anticristos, hijos del diablo (1Jn 1:6; 2:18; 3:10). Duras palabras del apóstol amado. Pero la iglesia necesitaba desesperadamente escucharlos.
Nadie nacido de Dios sigue pecando
Juan sabía que la iglesia se mantenía firme por el momento. De hecho, escribió su carta en gran parte para asegurarles que la vida eterna era de ellos (1Jn 5:13). Su fe en Cristo era firme, su amor por los hermanos profundo, su justicia evidente. Aunque no eran perfectos (1Jn 1:8–9), pertenecían a Dios.
Sin embargo, Juan conocía el poder de las mentiras que agradan a la carne, especialmente cuando se les da tiempo para trabajar. También sabía lo desmoralizador que podía ser ver a un compañero de armas deponer las armas y pasarse a las filas enemigas. Tal vez la iglesia no abrazaría la herejía, pero sus manos podrían aflojarse alrededor de la empuñadura de la espada. Podrían preguntarse si la vida cristiana realmente requiere tal crueldad contra el pecado. Algunos podrían deambular por una “práctica de pecar”, menos temerosos de lo que tal práctica podría significar.
Entonces, Juan escribe: “Hijitos, nadie los engañe” (1Jn 3:7). Recuerden, hijitos, que el pecado es ilegal. Recuerde que Cristo es sin pecado. Recuerda que eres nuevo.
El pecado es ilegal
Cuando un cristiano profeso comienza a hacer del pecado una práctica (1Jn 3:9), ya se ha producido un cambio profundo pero sutil. En algún lugar a lo largo de la línea, el pecado se ha vuelto menos serio a sus ojos: ya no es negro, sino gris; ya no es condenable, sino comprensible. Un lento endurecimiento se ha apoderado de su conciencia. Donde antes se sonrojaba, se encoge de hombros.
Juan no tendrá nada de eso. Él se había parado en el Calvario. Había visto cómo la ira de Dios contra el pecado se tragaba el sol; había visto cómo la paga del pecado manchaba la tierra de rojo. Y por eso escribe: “Todo el que practica el pecado, practica también la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley” (1Jn 3:4).
Entretejido en el ADN del pecado hay un carácter anticristiano, traidor, insolente y sin ley. No puede soportar la autoridad de Dios; no puede doblegarse al gobierno de Cristo. Aunque los casos aislados de pecado no equivalen a una vida de anarquía, “la práctica de pecar” sí lo hace (1Jn 3:4), incluso los pecados más pequeños son anarquía en el útero. Cada pecado tiene alguna semejanza con los clavos y la lanza que traspasaron a nuestro Señor; cada pecado suena algo así como: “¡Crucifícalo!”. De modo que, si se nutre y cuida, si se cultiva y se complace, cualquier pecado puede llevar cautivo el corazón a una especie de rebelión que no puede permanecer con Cristo.
Continuaremos pecando de este lado del cielo; en ese punto Juan es absolutamente claro (1Jn 1:8). Sin embargo, como D. A. Carson ha indicado, el pecado nunca se convierte en algo menos que “impactante, inexcusable, prohibido, espantoso, fuera de línea con lo que somos como cristianos”. “El que practica el pecado es del diablo” (1Jn 3:8), y cada pecado, por pequeño que sea, late con su corazón inicuo.
Cristo es sin pecado
Si en el pecado vemos oscuridad absoluta, anarquía total, en Cristo vemos luz absoluta, pureza total. Los dos son enemigos mortales, polos opuestos: uno torcido, el otro recto; uno es noche, el otro día; el uno infierno, el otro cielo. Y, por esta razón, tanto por lo que Cristo es como por lo que Cristo hace, “todo el que permanece en Él, no peca” (1Jn 3:6).
Considera, primero, quién es Cristo. “En Él no hay pecado”, escribe Juan (1Jn 3:5). Entonces, ¿cómo puede alguien permanecer en Él, vivir en Él, tener comunión con Él, adorarlo y seguir pecando como antes? Antes podríamos encender un fuego bajo el mar o respirar profundamente en la luna. Cristo no guarda combustible que encienda el pecado; no da oxígeno a la anarquía. Si permanecemos en Él, entonces, el pecado no puede permanecer en nosotros, ni persistentemente, ni presuntuosamente, ni pacíficamente.
Luego, en segundo lugar, considera lo que Cristo hace. “Ustedes saben que Cristo se manifestó a fin de quitar los pecados” (1Jn 3:5). O también: “El Hijo de Dios se manifestó con este propósito: para destruir las obras del diablo” (1Jn 3:8). Él vino, el sin pecado, para hacer a muchos sin pecado, primero perdonándonos y justificándonos, y luego purificándonos gradualmente, pero sin cesar.
En una temporada de pecado invasor, entonces, hacemos bien en preguntarnos: “Jesús vino a destruir las obras del diablo, ¿y las aprobaré? Jesús murió para quitar mis pecados, ¿y los quitaré yo ahora? ¿Haré rodar la piedra sobre Su tumba? ¿Bajaré Su cruz?”.
Eres nuevo
Hasta este punto, Juan ha pedido a la iglesia que mire fuera de sí misma. Ahora, sin embargo, les dice que se miren a sí mismos. Porque el pecado es ilegal, Cristo es sin pecado, y ellos son nuevos. Tres veces en una frase, el apóstol señala su novedad en Cristo:
“Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él. No puede pecar, porque es nacido de Dios” (1Jn 3:9).
La conversión implica no solo un cambio de mente, sino también un cambio de corazón y alma, un cambio tan grande que con razón se puede llamar nuevo nacimiento. Y el nuevo nacimiento trae la verdad sobre el pecado y Cristo a los lugares más profundos.
Por el nuevo nacimiento, no solo vemos el pecado como algo sin ley, sino que tenemos corazones cuya anarquía ha sido reemplazada por la ley de Dios que da vida (Jer 31:33). La pluma del Espíritu ha llegado donde la nuestra nunca pudo. Y por el nuevo nacimiento, no solo vemos a Jesús sin pecado, sino que lo disfrutamos como glorioso, el Espíritu abre nuestros ojos a una belleza mucho más allá del pecado (Ez 36:27). Hemos sentido, en el fondo, la bendición de la obediencia sin carga (1Jn 5:3), el deleite de permanecer en aquel que no conoce tinieblas (1Jn 1:5).
Pulsando en estas palabras de Juan, entonces, no solo hay un no deber hacer poderoso, “no puede seguir pecando”, sino un sí poder poderoso. Por muy fuerte que parezca la tentación, y por muy débiles que nos sintamos, podemos matar el pecado y unirnos a Cristo. Podemos levantar estos pies cansados y huir de nuevo; podemos levantar estos brazos cansados y atacar de nuevo. Podemos poner nuestro rostro en la Biblia y nuestras rodillas en el suelo. Podemos decir no a los impulsos más fuertes de la carne y sí a los impulsos más silenciosos del Espíritu.
Nuestro “antagonismo sin tregua”
La batalla contra el pecado dura mucho: toda la vida. Pero en Cristo, tenemos un carácter diferente, una mejor inclinación, una nueva vida que nunca morirá. Y enterrado profundamente en nuestro ADN espiritual hay una oposición despiadada al pecado, un “antagonismo sin tregua”, como lo llama Robert Law.
Tal antagonismo parecerá extraño y antinatural al mundo que nos rodea; en nuestro peor momento, nosotros también podemos preguntarnos si la vida cristiana puede correr por caminos menos angostos. Pero cuando recordamos qué es realmente el pecado, quién es realmente Cristo y quiénes somos nosotros, incluso los compromisos aparentemente pequeños (pequeñas mentiras, miradas secretas, mañanas sin oración, amargura silenciosa) aparecerán por lo que son: guías sin ley que nos alejan de Cristo. Manos oscuras robando nuestros corazones. Contradicciones absolutas de nuestro nuevo nacimiento.
Y entonces nuestro celo arderá de nuevo. Y entonces nuestra sangre volverá a hervir. Y entonces nuestras botas volverán a sentir el vientre de nuestras lujurias. Porque “nadie nacido de Dios practica el pecado” (1Jn 3:9). Y en Cristo, somos nacidos de Dios, irrevocablemente, eternamente, poderosamente nuevos.
Este artículo se publicó originalmente en Desiring God. Scott Hubbard se graduó de Bethlehem College & Seminary. Es editor de desiringGod.org. Él y su esposa, Bethany, viven en Minneapolis.
5 consejos bíblicos para abandonar el afán por las riquezas
Nota del editor: Este es un fragmento adaptado del libro Dinero, deuda y finanzas: Preguntas comunes; respuestas bíblicas (Poiema Publicaciones, 2022), por Jim Newheiser.
Aunque es bueno y sabio preocuparse por ganar suficiente dinero para cumplir con las obligaciones financieras, hay muchas tentaciones al perseguir la riqueza de forma pecaminosa o imprudente. «Tesoros mal adquiridos no aprovechan» (Pr 10:2).
La búsqueda pecaminosa de la riqueza es causada por los pecados del corazón, incluyendo el orgullo, la codicia, la idolatría y la incredulidad. Las Escrituras dejan claro que la búsqueda pecaminosa de la riqueza nunca será provechosa a largo plazo.
1) No tengas prisa por hacerte rico La manera en que Dios quiere que ganemos dinero es trabajando duro y trabajando con inteligencia o destreza (Pr 10:4; cp. 22:29), y que tal enfoque hará crecer nuestra riqueza gradualmente a lo largo del tiempo (13:11). Sin embargo, muchos son impacientes y codiciosos. No están dispuestos a esforzarse por adquirir y aplicar habilidades valiosas en el trabajo. Insisten en que deben adquirir riquezas rápidamente.
Las Escrituras dejan claro que la búsqueda pecaminosa de la riqueza nunca será provechosa a largo plazo
Las Escrituras advierten: «el que se apresura a enriquecerse no quedará sin castigo… El hombre avaro corre tras la riqueza y no sabe que la miseria vendrá sobre él» (28:20b, 22). Estas personas son vulnerables a los esquemas de enriquecimiento rápido que se aprovechan de la impaciencia y el orgullo de quienes no están dispuestos a seguir la sabiduría de Dios para el éxito vocacional.
2) No construyas tu riqueza mediante ninguna forma de robo Cuando leemos el octavo mandamiento, que prohíbe robar (Éx 20:15), lo primero que se nos viene a la mente puede ser el hurto en tiendas, el robo de carteras, el hurto a mano armada y la malversación de fondos. Pero hay formas más sutiles de robar al prójimo.
Un pecado común en el mundo antiguo era que los mercaderes guardaban dos pares de pesas: una para comprar y otra para vender. El problema era tan grave que los arqueólogos que han desenterrado pesas no están seguros de cuál debería ser el valor exacto. «Pesas desiguales son abominación al Señor, y no está bien usar una balanza falsa» (Pr 20:23). Sería como una gasolinera en la que los surtidores dispensaran solo tres cuartos y cobraran por un galón, o como una tienda de comestibles en la que las balanzas de productos fueran inexactas.
Cuando los perezosos se convierten, el poder del evangelio los transforma en trabajadores diligentes que dan y no roban
Formas similares de robar serían aceptar el pago por ocho horas cuando solo se han trabajado seis, engañar en los impuestos sobre la renta, o facturar a un cliente más materiales y mano de obra de los que realmente se han proporcionado. Los creyentes que son culpables de haber robado deben restituir lo robado (Lc 19:8).
Otra forma de robo tiene lugar cuando los perezosos se niegan a trabajar y luego esperan que otros (la iglesia, los miembros de la familia y los amigos) los mantengan. Cuando los perezosos se convierten, el poder del evangelio los transforma en trabajadores diligentes que dan y no roban (Ef 4:28).
3) No engañes a los demás en asuntos financieros También podemos caer en la tentación de engañar a los demás para conseguir riquezas. «Conseguir tesoros con lengua mentirosa es un vapor fugaz, es buscar la muerte» (Pr 21:6). Esto ocurre cuando un vendedor engaña a un cliente sobre su producto (o el de su competidor) o cuando un contratista toma atajos utilizando materiales inferiores a los que había prometido.
Otra forma de engañar a los demás es quitarles el valor de sus bienes y servicios. «“Malo, malo”, dice el comprador, pero cuando se marcha, entonces se jacta» (Pr 20:14). Este versículo me hace pensar en la gente que sale en un programa de televisión llamado Espectáculo de antigüedades y se jacta de haber comprado, a sabiendas, un artículo raro y valioso en una venta de garaje por solo una fracción de su valor real, aprovechándose así de la ignorancia del vendedor.
4) No maltrates a los demás para obtener ganancias Aunque las Escrituras reconocen que es bueno obtener un beneficio proporcionando bienes y servicios valiosos, no se debe abusar del poder económico para explotar a los débiles: «El que oprime al pobre para engrandecerse, o da al rico, solo llegará a la pobreza» (Pr 22:16).
Jesús dijo que el trabajador merece su salario (Lc 10:7). La ley del Antiguo Testamento exigía que los trabajadores recibieran su salario a tiempo (Dt 24:15). Las Escrituras advierten que Dios juzgará a los empleadores que maltraten a sus trabajadores: «Miren, el jornal de los obreros que han segado sus campos y que ha sido retenido por ustedes, clama contra ustedes. El clamor de los segadores ha llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (Stg 5:4).
Aunque los principios generales de la oferta y la demanda son útiles para fijar salarios y precios razonables, se espera que las personas piadosas traten a los demás con equidad y resistan la tentación de aprovecharse de sus dificultades. Por ejemplo, en épocas de escasez de ciertos productos, «al que retiene el grano, el pueblo lo maldecirá, pero habrá bendición sobre la cabeza del que lo vende» (Pr 11:26).
5) No persigas la riqueza a expensas de tu relación con Dios, tu familia y la iglesia Mientras el perezoso tiene la tentación de ignorar las seis séptimas partes del cuarto mandamiento, «seis días trabajarás y harás toda tu obra», el adicto al trabajo tiene la tentación de descuidar la adoración y el descanso porque ha hecho un ídolo de su vocación (Éx 20:8-11).
Mi primer trabajo después de la universidad fue en una empresa de consultoría. Confiaba en que mi compromiso con una ética de trabajo bíblica contribuiría a mi éxito y me haría destacar por encima de mis compañeros. Sin embargo, me sorprendió descubrir que mis compañeros de trabajo idolatraban tanto sus carreras que no podía seguirles el ritmo. Trabajaban los fines de semana y hasta altas horas de la noche entre semana, incluso cuando esas largas horas no eran necesarias. Aunque yo buscaba trabajar duro y estaba dispuesto a hacer horas extras cuando era necesario, quería pasar tiempo con mi esposa. Estaba muy involucrado en nuestra iglesia y no estaba dispuesto a faltar al servicio de adoración en el día del Señor.
Reservar el día del Señor para el servicio de adoración y el descanso requiere fe, lo cual honra a Dios
Observé que algunos de mis compañeros de trabajo parecían sufrir como resultado de su adicción al trabajo. Durante mi primer año en esta empresa, tanto mi jefe como el de ellos estaban en proceso de divorcio. Unos años más tarde, el jefe de nuestra división murió repentinamente de un ataque al corazón a una edad relativamente joven. «Había un hombre solo, sin sucesor, que no tenía hijo ni hermano, sin embargo, no había fin a todo su trabajo. En verdad, sus ojos no se saciaban de las riquezas, y nunca se preguntó: “¿Para quién trabajo yo y privo a mi vida del placer?”. También esto es vanidad y tarea penosa» (Ec 4:8).
Reservar el día del Señor para el servicio de adoración y el descanso requiere fe, lo cual honra a Dios. El regalo de Dios de un día de descanso también es beneficioso para nuestras almas y nuestros cuerpos (Mr 2:27). Así como los israelitas confiaron en que Dios les daría suficiente maná el sexto día para alimentarse el séptimo, nuestra decisión de seguir el patrón de descanso semanal de la creación de Dios expresa nuestra fe en que Él proveerá para nuestras necesidades sin que tengamos que trabajar los siete días de la semana.
Hacer de la adoración una prioridad en lugar de utilizar el domingo como un día más para buscar dinero honra a Dios y demuestra que valoramos el tesoro celestial (Mt 6:24).
Jim Newheiser es el director del programa de Consejería Bíblica y profesor de Teología Práctica en el Reformed Theological Seminary, Charlotte (Estados Unidos).
¿Por qué querría alguien ser cristiano? Los cristianos de la Iglesia primitiva eran marginados, despreciados y perseguidos. Lo mismo ocurre con muchos creyentes hoy en día: en la mayoría de los países, ser cristiano es, como mínimo, una pérdida social y económica. Pero a pesar de todas las aparentes desventajas, ser cristiano no solo es deseable, sino asombroso y glorioso. El apóstol Juan resume gran parte de la maravilla de ser cristiano cuando dice: «Nuestra comunión es con el Padre y con Su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1:3). El cristiano tiene comunión con Dios.
A causa del pecado, ningún ser humano tiene comunión con Dios por sí mismo. Dios es luz; nosotros nacemos en oscuridad. ¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? Dios es vida; nosotros estamos muertos. ¿Qué comunión tiene la vida con la muerte? Dios es amor; nosotros somos enemistad. ¿Qué amistad puede haber entre Dios y el hombre? En nuestra condición natural, estamos sin esperanza y sin Dios en el mundo (Ef 2:12). Estamos «excluidos de la vida de Dios» por la ignorancia que hay en nosotros (4:18). En nuestro estado caído, no solo somos incapaces de reconciliarnos con Dios, sino que además no queremos hacerlo.
Pero Dios (2:4) en Su gracia ha abierto el camino de vuelta a la vida con Él, por medio de Jesucristo. Dios actuó unilateralmente para mostrarnos gracia, misericordia y amor en Cristo. El Hijo, dado en el amor del Padre, es el restaurador y el reconciliador. Por medio de Él, los pecadores son acogidos en la santa presencia de Dios (Ef 3:12; He 10:19-20).
Cuando el Espíritu nos lleva a Dios por medio de Cristo, entramos en la comunión de amor del Dios trino. Somos cambiados para amarlo y deleitarnos en Su entrega a nosotros y deleitarnos en entregarnos a Él. Es una comunión pura, santa y buena. Es una comunión de paz entre Dios y Su pueblo a través de la sangre de Jesús. Pase lo que pase al cristiano, está bajo la voluntad del Padre; el cristiano está a salvo por toda la vida y la eternidad. Nada puede separarnos del amor de Dios (Ro 8:38-39).
Tener comunión con Dios significa que el cristiano tiene el privilegio de conocer a Dios y ser conocido por Él. Tiene el privilegio de hablar con Dios en oración y escuchar a su Creador y Redentor hablar por Su Palabra y Espíritu. El cristiano tiene el privilegio de tener la presencia de Dios con él y en él, y el gozo de saber que un día será llevado a la gloria plena y brillante de la presencia de Dios. Verá y tendrá comunión con el Dios encarnado: Cristo Jesús, el Salvador ascendido y Rey de gloria.
El cristiano tiene el privilegio de ser restaurado a su diseño original por Aquel que lo hizo a él y a todas las cosas. El cristiano tiene el privilegio de disfrutar de la creación de Dios, ahora y siempre. Tiene el privilegio de ser consolado y pastoreado en esta vida por el Padre, quien obra todas las cosas para su bien. El cristiano tiene el gran gozo de saber que incluso las cosas buenas de aquí son solo el principio de lo que está por venir. Estos son regalos de Dios para Sus hijos. ¿Puede haber algo mejor que ser cristiano?
Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine. William VanDoodewaard El Dr. William VanDoodewaard es profesor de historia de la iglesia en The Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Mich. Es autor o editor de varios libros, incluyendo The Quest for the Historical Adam y Charles Hodge’s Exegetical Lectures and Sermons on Hebrews .
En un mundo cada vez más inseguro, la gente busca seguridad y protección. Los ejércitos se enfrentan entre sí en vastos desiertos, los países se equipan con armas nucleares, las ideas revolucionarias ponen en peligro a millones de personas. En nuestro entorno, nos enfrentamos cada vez más con amenazas a nuestra seguridad y a la de nuestras familias. La seguridad física es lo más importante para muchos. La Biblia tiene mucho que decir sobre la seguridad, tanto física como espiritual.
En el Antiguo Testamento, Dios prometió a los israelitas que vivirían en la tierra con seguridad si obedecían sus mandamientos (Levítico 25:18-19; 26:3-5; Deuteronomio 12:10). Cuando el pueblo de Dios se apartó de Él y siguió a otros dioses, su seguridad estuvo en peligro, lo que provocó un desastre. Los altibajos que se registran en el libro de los Jueces claramente relacionan la seguridad nacional del antiguo Israel con su obediencia a la Palabra de Dios. La palabra hebrea traducida como «seguridad» en el Antiguo Testamento significa «un lugar de refugio; seguridad, confianza, esperanza». Proverbios 18:10 describe el nombre del Señor como una torre fuerte a la que los justos corren y encuentran refugio. Según Proverbios 29:25, la seguridad también incluye la confianza en el Señor.
El Nuevo Testamento no pasa por alto la seguridad física. Jesús habló de llevar una espada para protegerse (Lucas 22:36), y Pablo se mantuvo a salvo de los que querían lastimarlo físicamente en varias ocasiones (Hechos 9:25; 17:10; 19:30; 23:10). Sin embargo, el Nuevo Testamento se centra más en la seguridad espiritual, es decir, en la salvación. Jesús y los escritores del Nuevo Testamento tuvieron mucho que decir sobre la seguridad. La seguridad espiritual se encuentra en un solo lugar: la fe en la sangre derramada de Cristo como pago por nuestros pecados y en Su resurrección (Juan 3:17; Hechos 2:21; 4:12; Romanos 10:9; Efesios 2:8). Jesús vino al mundo para dar seguridad espiritual y seguridad eterna a todos los que creen en Él. La necesidad de seguridad física es mínima en comparación con la necesidad universal de seguridad espiritual. Uno puede estar en gran peligro en este mundo de sufrir daños físicos y aun así tener la seguridad de una eternidad de seguridad en el cielo. No hay que temer a los que sólo pueden dañar el cuerpo, pero que no pueden tocar el alma (ver Mateo 10:28).
Desafortunadamente, muchos se engañan pensando que la verdadera seguridad proviene de las cosas del mundo: dinero, comodidades, posición y poder. Sin embargo, la seguridad que ofrecen estas cosas es temporal y pasajera. Las riquezas «abren las alas y salen volando» (Proverbios 23:5). Nada es seguro en este mundo: «No son los más veloces los que ganan la carrera, ni tampoco son los más valientes los que ganan la batalla. No siempre los sabios tienen qué comer, ni los inteligentes tienen mucho dinero, ni todo el mundo quiere a la gente bien preparada. En realidad, todos dependemos de un momento de suerte» (Eclesiastés 9:11). Ningún argumento del mundo puede proveer seguridad espiritual en el cielo. Pablo habló de un tiempo que vendrá cuando el Señor regrese a la tierra. En ese momento, los que confían en cualquier cosa que no sea Cristo se darán cuenta de que no tienen ni paz ni seguridad: «Ustedes saben muy bien que el Señor Jesús regresará en el día menos esperado, como un ladrón en la noche. Cuando la gente diga: «Todo está tranquilo y no hay por qué tener miedo», entonces todo será destruido de repente. Nadie podrá escapar, pues sucederá en el momento menos esperado, como cuando le vienen los dolores de parto a una mujer embarazada. ¡No podrán escapar!» (1 Tesalonicenses 5:2-3).
Los que tienen la verdadera sabiduría tendrán temor del Señor, el único que puede dar la seguridad verdadera: «Entonces andarás por tu camino confiadamente, y tu pie no tropezará. Cuando te acuestes, no tendrás temor, sino que te acostarás, y tu sueño será grato. No tendrás temor de pavor repentino, ni de la ruina de los impíos cuando viniere, porque el Señor será tu confianza, y él preservará tu pie de quedar preso» (Proverbios 3:23-26).
¿Qué es la Soteriología y Por Qué es Importante Para Todos Los Cristianos?
Josué Barrios
“Debemos entender que la obra entera por la cual los hombres son salvados de su estado natural de pecado y de ruina, y son transportados al reino de Dios y hechos herederos de la felicidad eterna, es de Dios, y únicamente de Él. ‘La salvación es de Jehová’ (Jonás 2:9)” — Charles Spurgeon[1].
Antes de hablarte sobre las doctrinas de la gracia en la serie de artículos que estoy publicando en el blog, quiero hablarte sobre la soteriología y por qué importa demasiado para todo cristiano.
Sé que la palabra “soteriología” es rara, pero con ella se llama a la rama de la teología que estudia la salvación.
Todos los cristianos tienen una soteriología. Los cristianos en teoría estamos de acuerdo en la verdad de que somos salvados sólo por fe, sólo en cristo, sólo para la gloria de Dios y sólo por gracia. Digo en teoría, porque en la práctica la historia es distinta debido a conceptos errados que manejan muchas personas. Por ejemplo, algunos dicen creer que la salvación es solo por gracia, pero en realidad no creen ni interpretan correctamente lo que dice la Biblia sobre la gracia de Dios. Sobre eso hablaremos un poco más adelante en esta serie de las doctrinas de la gracia, pero por ahora volvamos al tema de este artículo.
Por la fe en Jesús, y por tanto en Su obra, somos librados del justo castigo que merecemos (Romanos 3:25-26). También estamos de acuerdo en que hay un cielo y un infierno, y en varios otros puntos de nuestra fe.
Sin embargo, la Biblia habla mucho más sobre cómo Dios salva a pecadores. Prácticamente toda la Palabra está llena de información al respecto. Luego de leerla, pueden surgir en tu cabeza preguntas como estas:
¿Dios elige a personas para que ellas crean el evangelio y sean salvas? ¿Jesús murió por todas las personas de la misma manera? ¿Jesús vino a hacer posible la salvación de todas las personas sin asegurar la de nadie, o vino para salvar realmente a sus ovejas? ¿Podemos perder nuestra salvación? ¿La fe es algo que Dios nos regala? ¿Cómo las personas llegan a creer realmente el evangelio? Y muchas preguntas más. La soteriología tiene que ver con respuestas a esa clase de interrogantes… y todo cristiano, aunque tal vez no quiera admitirlo, posee alguna postura ante preguntas como las que muestro arriba.
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La soteriología importa porque Dios importa. Un cristiano ama realmente a Dios porque el amor ha sido derramado en Su corazón (Romanos 5:5). Ama a Dios porque Él le ha amado primero (1 Juan 4:10). Cuanto más ama a Dios, más lo quiere conocer y amarlo. Dios es aquello que Su alma desea por encima de todo lo demás (Salmos 63:1).
Este Dios único y glorioso se ha revelado en la forma en que Él salva a pecadores. En la manera en que Él nos salva, nos muestra atributos de Él (Su justicia, santidad, sabiduría, omnipotencia, misericordia, etc) y rasgos de Su gloria.
Por tanto, la soteriología importa porque Dios importa.
Si no queremos conocer más sobre cómo Dios salva a pecadores (y por tanto conocer más de Él), entonces deberíamos preguntarnos: “¿Realmente Dios me importa? ¿Realmente soy cristiano?» Es una contradicción ser cristiano y no querer conocer cada día más a Dios, ya que la vida cristiana consiste en conocerlo cada día más y más (Juan 17:3).
Es por eso que la soteriología es una parte esencial del conocimiento cristiano, y cuanto más sólida y bíblica es nuestra soteriología y reconocemos la verdad, más vamos a vivir como Dios quiere que vivamos ya que todo lo que Dios nos ha revelado en Su Palabra es con este fin (2 Timoteo 3:16-17).
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El impacto de la soteriología en nuestras vidas. La soteriología afecta cada área de nuestras vidas porque el verdadero evangelio afecta cada área de nuestras vidas[2].
Un conocimiento profundo, no solo en nuestras mentes, sino en nuestros corazones, de cómo obra la gracia de Dios, tiene un gran impacto en la forma en que vivimos la vida cristiana. Espero mostrarte un poco de eso a lo largo de la serie.
“Cuanto más contemplamos a Dios y cómo Él nos salva, nuestros corazones son llenos de agradecimiento” Cuanto más contemplamos a Dios y cómo Él nos salva, nuestros corazones son llenos de agradecimiento, crecemos en humildad, estamos más aptos para toda buena obra y descansamos más en Su amor y Soberanía. Vivimos para Su gloria y con un gozo más sólido.
El apóstol Pablo, dirigido por el Espíritu Santo, nos enseña:
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Efesios 1:3-6).
No ahondaré en los detalles de ese pasaje bíblico, pero quiero que notes las palabras que enfaticé: Dios nos salva para que le alabemos en agradecimiento… ¿Y cómo vamos a hacer eso si no conocemos y admitimos lo que Él ha revelado en Su Palabra sobre cómo Su gracia obra en nuestras vidas?
¿Cómo agradeceremos a Dios y confiaremos más en Él, si no sabemos todo lo que Él quiere que sepamos que hizo por nosotros y por lo cual necesitamos agradecerle?
La soteriología es más importante que lo que muchas personas piensan y espero haberlo dejado claro en este artículo introductorio.
A lo largo de la serie estaré hablando sobre las doctrinas de la gracia: Verdades inconmovibles e irrefutables de cómo Dios salva. ¡Así que te invito a seguir en sintonía!
En el próximo artículo de la serie, me gustaría aclarar algunas cosas más que nos serán de utilidad en nuestro viaje.
Josué Barrios
Sirve como Director Editorial en Coalición por el Evangelio. Ha contribuido en varios libros y es el autor de Espiritual y conectado: Cómo usar y entender las redes sociales con sabiduría bíblica. Es licenciado en comunicación y cursa una maestría de estudios teológicos en el Southern Baptist Theological Seminary. Vive con su esposa Arianny y su hijo Josías en Córdoba, Argentina, y sirve en la Iglesia Bíblica Bautista Crecer como líder de jóvenes. Puedes leerlo en josuebarrios.com, donde su blog es leído por decenas de miles de lectores todos los meses. También puedes seguirlo en Youtube, Instagram, Twitter y Facebook, y suscribirte gratis a su newsletter con contenido exclusivo