Viviendo como una iglesia – Clase 10: El estímulo

Viviendo como una iglesia

Clase 10: El estímulo

Serie:Viviendo como una Iglesia

  1. Introducción
    El estímulo es algo bueno. Como cristianos, sabemos que es algo que debemos hacer. Pero también es algo que puede ser vago. ¿Es solo otra palabra para «ser agradable»? Quiero iniciar la clase con una pregunta: ¿Cuáles son algunas de las metas del verdadero estímulo, de acuerdo con la Escritura? ¿Por qué deberíamos estimularnos unos a otros?

Escucha cuál era el objetivo de Pablo para el estímulo en Colosenses 1:28: «a quien Cristo anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre». Estamos llamados a la misma meta, presentar a otros perfectos en Cristo. Leemos en Hebreos 10:24-25: «Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca». Ese mismo sentimiento se refleja en nuestro pacto congregacional. «Caminaremos juntos en amor fraternal, como miembros de la iglesia de Cristo; nos cuidaremos y supervisaremos en amor, nos amonestaremos y oraremos fielmente los unos por los otros según la ocasión lo amerite». Por tanto, aquí tienes una definición de estímulo: Cuidar de otra persona lo que, por lo general, implica hablarle con la verdad bíblica, con el objetivo de que esa persona crezca en la piedad. Digo «por lo general» porque es posible que puedas estimular o animar a alguien sin palabras, compartiendo una comida, por ejemplo, pero, hablando bíblicamente, el estímulo generalmente tiene algo de contenido, y ese contenido debe provenir de la Palabra de Dios.

Qué responsabilidad tan grande: el estímulo en aras de la santidad. Estamos juntos en una lucha de vida o muerte contra el mundo, la carne y el diablo. Y nuestro llamado es ayudarnos mutuamente a cruzar la meta con la gracia de Dios. Dios es quien nos preserva, pero utiliza medios para hacerlo. Uno de esos medios es el cuerpo de Cristo.

Parte de cumplir con ese llamado implica confrontar el pecado explícito, como discutimos la semana pasada. Pero la vida cristiana abarca mucho más que eso. Conlleva miles de decisiones diarias que forman la trama de nuestras vidas. Necesitamos que nos den ánimo si esa historia va a ser una de gozosa confianza en Cristo hasta nuestro último día. Y, por tanto, el estímulo es trascendental para nuestra unidad como iglesia. Cuando nos alentamos unos a otros en Cristo, eso asegura que estamos unidos en torno a Cristo y no a otras cosas. Cuando nuestra unidad sufre, debemos estar bien capacitados en el arte del estímulo para que podamos recordarnos unos a otros lo que realmente importa, y ayudarnos a superar las semillas de la división.

Permíteme presentar un breve bosquejo para nuestro tiempo. Comenzaremos examinando lo que hace que el estímulo sea difícil de hacer bien. A continuación, veremos la clase de relaciones que se necesitan para hacer que esto suceda. Y, finalmente, una guía práctica acerca de cómo podemos expresar un estímulo empapado en el evangelio en las vidas de nuestros hermanos y hermanas en Cristo.

  1. El desafío del estímulo
    Así que primero, ¿qué hace que esto sea difícil? Dos cosas que debemos saber cuando intentamos estimular a los demás:

Antes que todo:

A. Nuestra lucha es una del corazón: Implica los deseos centrales que motivan nuestras decisiones y acciones diarias. Y, como dijo el profeta Jeremías: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (17:9). Los deseos malignos del corazón son lo que Santiago señala como la causa de la tentación (1:14) y el conflicto (4:1). Entonces, cuando encontramos que nuestros hermanos y hermanas en la iglesia están tomando decisiones que no se alinean con su identidad en Cristo, sabemos que el problema no es principalmente externo, sino la consecuencia de los deseos pecaminosos de sus corazones.

Esto es importante porque con mucha frecuencia, cuando estamos en relaciones con otros cristianos y vemos cosas en sus vidas que deshonran a Cristo, nuestra meta a menudo es hacer que se comporten de manera diferente. «Si tan solo no pasara tanto tiempo con esas personas». «Si tan solo gastara su dinero de otro modo». «Si tan solo cambiara a un trabajo que le diera más tiempo con su familia». Pero como sabemos demasiado bien, la conducta no es la raíz del problema. Algunas implicaciones de esto son las siguientes:

Primero, solo Dios puede cambiar el corazón. Nosotros somos sus instrumentos. Así, al involucrarnos en la vida de otras personas, debemos recordar que la oración es nuestra mejor herramienta, que la culpa y la coerción no pueden corregir los profundos problemas del corazón, y que nuestra desesperación por que Dios actúe aumenta la gloria que merece. Puede haber momentos buenos y apropiados para ayudar a otros a cambiar su comportamiento; por ejemplo, responsabilizar a alguien por un pecado habitual. Pero un mejor comportamiento no es nuestra meta final. En última instancia, nos preocupamos por los problemas del corazón.
Otra implicación, cuando alentamos a los demás, debemos recordar que nuestros corazones también son propensos a divagar. No es coincidencia que inmediatamente luego de que Pablo nos exhorta a restaurar a quienes están atrapados en el pecado en Gálatas 6:1, nos advierte acerca de nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. Nuestros corazones son más oscuros y malvados de lo que podremos llegar a comprender.
Por último, la importancia del corazón nos recuerda que nuestra meta no es ayudar a otros a sentirse felices y realizados. Hay muchas maneras de lograr eso y, trágicamente, nunca llegar a los problemas de nuestro corazón. Nuestro objetivo al estimular a los demás es que sean transformados en sus deseos para buscar a Cristo por encima de todo lo demás, que al final, es lo que conduce al gozo verdadero y duradero.
Por tanto, el primer desafío que enfrentamos al luchar por animar a nuestros hermanos y hermanas es el engaño del corazón, de su corazón y el nuestro.

B. Filosofías huecas y engañosas
Un segundo enemigo es el pensamiento del mundo. Tengo en mente las palabras de Pablo en Colosenses 2:8: «Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo». Para emplear esta terminología, todos somos filósofos. Todos nosotros, todo el tiempo, estamos creando filosofías del significado de nuestras vidas. ¿Qué importa? ¿Por qué suceden estas cosas? ¿Para qué vale la pena vivir? Y aunque generalmente sabemos las respuestas a esas preguntas, somos fácilmente engañados por las filosofías humanas y mundanas en lugar de basarnos en la verdad.

Y las personas que tratamos de animar, por un lado, tienen al mundo gritando a través de un megáfono en su oído. Y nosotros también. Nuestra filosofía guía debería descansar en la verdad del evangelio, pero incluso como cristianos, nuestras vidas a menudo son inconsistentes con esta verdad. En su libro How People Change (Cómo cambia la gente), Timothy Lane y Paul Tripp llaman a esto la «brecha del evangelio». Una brecha entre lo que sabemos que es verdadero en el evangelio y nuestra manera de vivir.

Y ellos señalan que esa brecha no queda vacía. Nosotros, y las demás personas en nuestra iglesia, con frecuencia operamos con una mezcla de la verdad del evangelio y otras filosofías que, aunque suenan bíblicas, tienen en su núcleo los valores de este mundo. Los autores identifican siete de estas filosofías sustitutivas. Voy a examinarlas, y al hacerlo, quiero que pensemos en dónde podríamos reconocerlas como ciertas en nuestros corazones, o cómo otros que conoces podrían adoptar algunas de estas filosofías falsas.

La primera es el «formalismo». Participo en reuniones regulares y en ministerios de la iglesia, y siento que mi vida está bajo control. Puede que pasé mucho tiempo en la iglesia, pero eso tiene poco impacto en mi corazón y en mi estilo de vida. Es posible que me vuelva prejuicioso e impaciente con quienes no funcionan igual que yo. El cristianismo es estar en el lugar correcto, siguiendo las corrientes correctas.
El segundo es el «legalismo», primo cercano del formalismo. Vivo por las reglas, reglas que creo para mí, reglas que creo para otros. Me siento bien si puedo mantener mis reglas. Y me vuelvo arrogante y amargado cuando los demás no pueden cumplir con los estándares que establezco para ellos. No hay gozo en mi vida porque no hay gracia que ser celebrada.
El siguiente es el «misticismo», la incesante búsqueda de una experiencia emocional con Dios. Vivo por los momentos en los que me siento cerca de él. Pero si no tengo ningún éxtasis emocional, asumo que Dios no me ama o que él no es real.
El «activismo» es cuando me emociono con el cristianismo principalmente como una forma de arreglar este mundo roto. Baso mi relación con Dios en lo mucho que hecho para mitigar la pobreza, pero mi corazón está lejos.
Luego está el «biblicismo», que reduce el evangelio a un dominio del conocimiento bíblico y teológico. Conozco mi biblia de memoria, pero no dejo que me domine. Y me impaciento con quienes tienen menos conocimiento.
El sexto es el «evangelio terapéutico». Puedo hablar mucho acerca de cómo Dios es el único que sana y ayuda a quienes están heridos. Sin embargo, sin darme cuenta, he convertido a Cristo en un terapeuta más que en un salvador. Veo el pecado de las personas entre sí como un problema más grave que mi pecado contra Dios, y trato al cristianismo solo como una manera de solucionar mis problemas, para tener una vida feliz.
Por último, está lo que llamamos «socialismo». El compañerismo y las amistades íntimas que encuentro en la iglesia pueden convertirse en un ídolo, el cuerpo de Cristo reemplazando a Cristo. Y el evangelio queda reducido a una comunidad de relaciones cristianas.
Siete filosofías antievangélicas, todas ellas basadas en verdades a medias, las cuales somos propensos a creer, que es exactamente por lo que necesitamos ser alentados. El estimulo sirve para corregir filosofías defectuosas de lo que es el cristianismo. Recuerdo que, cuando era niño, recibí lecciones de piano, y a menudo mi profesora me detenía cuando la posición de mi mano no era la correcta. Cuando nos estimulos bíblicamente, actuamos como la profesora de piano que, con gentileza y regularidad, ayuda a su estudiante a reconocer y eliminar los malos hábitos teológicos que han entrado. Ella no solo corrige la mala postura, sino que modela la forma correcta de tocar. Como esa profesora, debemos exponer las concepciones falsas, y ayudarnos a deleitarnos en la verdad. Como dice Pablo: «Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Corintios 10:5).

Ese es el desafío: luchar contra los deseos del corazón, reconociendo que nadamos en un mar de filosofías mundanas que desafían las verdades cristianas fundamentales de lo que somos. Si eso es a lo que nos enfrentamos, a continuación, deberíamos meditar en el contexto para el cambio, con lo que me refiero a las clases de relaciones que promueven el estimulo hacia la santidad.

  1. El contexto para el cambio
    Santiago 5:16: «Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados». Hay dos cosas que necesitamos en la iglesia para tener una cultura de estimulo sana: la disposición de revelar nuestras luchas y la disposición de escuchar y ayudar cuando otros revelan sus luchas. Nada de lo que diga en esta clase será útil si no estás dispuesto a revelar tus luchas a los demás, y si no eres lo suficientemente cercano a otros para saber cuándo y cómo necesitan ayuda.

Aquí tienes algunos comentarios acerca de lo que podemos hacer para cultivar este tipo de contexto en la iglesia: Al compartir nuestras luchas, permíteme animarnos a aprovechar la oportunidad, siempre que sea apropiado, de abrazar el «ministerio de la dependencia». No hay nada piadoso en tropezarte solo con tus luchas porque eres demasiado orgulloso para dejar que otros te ayuden. Da a los demás la oportunidad de ministrarte. Una de las cosas más amables que podemos hacer por quienes están batallando y considerando unirse a nuestra iglesia, es dejar en claro que la iglesia está llena de personas iguales a ellos porque está llena de todos nosotros.

Y, al servir a quienes comparten sus luchas contigo, cuando alguien es honesto con nosotros, estamos llamados a tomarlo en serio. Algo que ayuda es abstenernos de ofrecer soluciones trilladas que hagan parecer que solo un completo tonto tendría ese problema. «¿Luchas con la depresión? Solo lee más tu Biblia, y pasa más tiempo en el sol, entonces te sentirás bien». Lo que podría parecerte simple podría ser la batalla de toda una vida para alguien más. Cuando alguien te habla acerca de una lucha, es como si te hubieran ofrecido una joya. Puede estar dura y sin forma, pero ahora tienes la mayordomía de escuchar y ayudar a pulir esa joya para que se convierta en un reflejo de la obra santificadora de Dios.

Esos son solo algunos pensamientos acerca del contexto de las relaciones que debemos construir. Relaciones que sean honestas y relaciones que reciban a personas con dificultades.

Y eso nos lleva al siguiente punto: 4. Cómo estimular a personas con luchas.

Los cristianos que nos rodean luchan contra la carne y luchan contra las filosofías huecas y engañosas que los rodean. Se nos exhorta a animarles y enseñarles. ¿Cómo hacemos eso?

La respuesta es que depende de la persona. Pero la Escritura nos enseña sabiamente cómo abordar este asunto. Escucha 1 Tesalonicenses 5:14: «Hermanos, también les rogamos que amonesten a los holgazanes, estimulen a los desanimados, ayuden a los débiles y sean pacientes con todos» (NVI).

Cuando encontramos la lucha de un hermano o hermana en Cristo, es útil repasar esas tres categorías en tu mente. ¿Son holgazanes, u ociosos como dice la Reina Valera 1960? ¿Están desanimados y desmotivados? ¿Son débiles y necesitan que alguien les ayude a llevar su carga? ¿Y cómo podemos hacer esto pacientemente?

Sin importar la categoría en la que se encuentren, quiero sugerir tres cosas que deberíamos hacer. Primero, muéstrales lo que dice la Escritura. Eso no significa simplemente arrojarles un versículo. Por lo general, para decir la verdad a alguien de una manera que pueda escuchar, primero debemos demostrar que lo amamos y necesitamos saber quién es y a qué se enfrenta. Entonces, una vez que lo hagamos, queremos comunicar la verdad de la Palabra de Dios, quizá recordándole un patrón en la historia de la salvación, tal vez de que Dios siempre demuestra ser fiel. O simplemente estudiando un pasaje de la Escritura con él o ella. Pero muéstrales lo que la Biblia dice.

Segundo, ayúdales a meditar en las buenas noticias. Háblales de los diferentes aspectos de lo que Cristo ha hecho, y sé específico. Para la persona que batalla con la culpa y la vergüenza, Cristo ha tomado nuestra culpa para que podamos disfrutar de la reconciliación con el Padre. Para alguien que experimenta la soledad, Cristo nos ha adoptado en la familia del Padre. Para la persona que lucha contra la tentación constante y el pecado que reside en nosotros, Cristo nos ha hecho nuevas criaturas y nos has llenado con su Espíritu Santo. Sabemos estas cosas como cristianos, pero muy a menudo necesitamos conectar estas verdades con las situaciones que enfrentamos cada día.

Tercero, identifica las evidencias de la gracia de Dios en sus vidas. Reconoce cualquier fruto que el Espíritu Santo esté obrando en ellos, y háblales acerca de ello. Si alguien siente la tentación de dudar si realmente es cristiano, esto puede ayudarle a asegurarse de que Dios verdaderamente lo está transformando. Esto es lo que hizo Pablo en muchas epístolas. Cuando le escribió a los corintios, aunque tenía mucho por lo que reprenderlos, inició su carta diciendo: «Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús; porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él, en toda palabra y en toda ciencia» (1 Corintios1:4-5).

Lo que haremos ahora es examinar tres casos de estudio, ejemplos de cómo podría ser esto para cada una de las tres categorías que Pablo presenta en 1 Tesalonicenses 5:14. En cada uno, daré algunos antecedentes de la persona hipotética, y luego discutiremos juntos un par de preguntas.

A. Amonesta a los holgazanes
Empezaremos con esa primera categoría: letra A, «amonesten a los holgazanes».

Digamos que, para comenzar, estás hablando con Sue, que no se aparta del camino de la tentación. Ella ha encontrado que siente la tentación de amar las cosas de este mundo, y ver cierto programa de televisión parece dejarla siempre descontenta con la vida que Dios le ha dado. Pero realmente le gusta, y se divierte hablando con amigos en el trabajo la mañana siguiente después de que se transmite el programa. Le has advertido cómo es posible que ese programa esté desempeñando un rol más destructivo en su vida del que podría imaginar, y aunque confiesa que, por lo general, el programa la hace sentirse pecaminosamente descontenta, no ha dejado de verlo. Está ociosa y se siente indiferente para con su alma.

Dos preguntas: Primero, ¿dónde está la brecha en el entendimiento del evangelio de Sue? Está alrededor de lo que realmente significa arrepentirse verdaderamente. Como dijo Pablo: «Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (Romanos 6:2). ¿Comprende ella cómo es el arrepentimiento para el cristiano? Lo que significa tomar las palabras de Jesús seriamente: «Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti» (Mateo 5:30).

Segundo, ¿qué le dirías a Sue? Habla con ella acerca de la diferencia entre la tristeza del mundo y la tristeza que es según Dios en 2 Corintios 7. Es posible que lamente ver el programa de televisión, pero que no esté arrepentida. «Pero la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte» (v. 10). Adviértele acerca de las consecuencias del pecado en su vida. Positivamente, anímala en la alegría y el contentamiento que proviene de buscar las cosas del Señor (Sal. 119:1-3), y de saber que es alguien que no merece el amor de Dios, pero que lo ha recibido por su gracia (Romanos 5:8).

B. Estimula a los desanimados
Ese fue un ejemplo de advertir a los que son ociosos. Pensemos en la letra B, «estimulen a los desanimados».

Para este ejemplo, piensa en Joe. Está en sus veintitantos, y todavía intenta descifrar qué hacer con su vida. Trabaja en un trabajo sin futuro, no se siente particularmente útil en la iglesia, le gustaría estar casado (algo así), pero no está ni cerca… y ha estado luchando durante varios años con los propósitos de Dios para su vida. Siente que está a punto de rendirse, aunque no sabe en realidad lo que significaría «rendirse». Pero suena dramático. Rara vez sirve a otros, pero dice que le gustaría, simplemente no cree que tenga algo con lo que contribuir. Pero cuando mira a todos los ancianos, siente que son todos «súper cristianos» y que él es solo un don nadie. Nadie realmente lo conoce, o se preocupa por él.

Discutamos las mismas preguntas. ¿Dónde está la brecha en el entendimiento del evangelio de Joe? Podría estar en varios lugares. De una manera extraña, podría haber caído en el legalismo, habiendo comenzado con el Espíritu, ahora piensa en su objetivo en términos de esfuerzos humanos. Considera que su valor está directamente relacionado con su productividad, o su falta de la misma, y eso lo ha desanimado. Así que recuérdale que su valor ante Dios se basa en la obra culminada de Cristo, no en la suya.

¿Qué le dirías a Joe para alentarlo? Ayúdale a entender que su responsabilidad está arraigada en las oportunidades que Dios le ha dado. Su valor no proviene de la aprobación de los demás. Comparte con él la gloriosa esperanza que Dios le ha dado a todos los que somos sus hijos: «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos» (1 Pedro 1:3). Háblale de cómo todos los cristianos en la iglesia tenemos dones para cuidarnos unos a otros (1 Corintios 12:25).

C. Ayuda a los débiles
Pasemos a la última de las tres partes de este versículo: «ayuden a los débiles». ¿Quiénes son los débiles? De cierto modo, todos los somos. Pero hay algunos entre nosotros que son débiles de formas que los hacen especialmente vulnerables espiritualmente. Esto podría venir a través de ciertas circunstancias en la vida que hacen que cada día sea difícil seguir confiando en Dios.

Para nuestro ejemplo, veamos a Max. Max ha sido diagnosticado con depresión clínica. Es incapaz de hacer la cantidad de bien que antes podía. Lucha terriblemente con su relación con Dios ahora que muchas de las emociones de la fe con las que contaba, sin darse cuenta, son pocas y distantes entre sí. Pero su mente es más susceptible a ese espiral descendente de depresión, y hay un lado físico de su condición que es difícil de escapar. En esta situación, aunque no siempre es necesario, su doctor le ayuda en el lado físico de las cosas con medicamentos, sin embargo, Max está desanimado y abatido de muchas maneras. Max está débil.

Primera pregunta: ¿Cuáles podrían ser algunas de las brechas en el entendimiento del evangelio de Max? Considera cuál es su debilidad. Podría estar débil en la fe. Parece que sus emociones presentes durarán para siempre y, por tanto, las promesas de Dios parecen tan distantes como inexistentes. Ayúdale a aprender a confiar en Dios más que en él mismo. Eso es, al fin y al cabo, una esencia del evangelio. O quizá la ayuda que necesita es el recordatorio constante de que hay cristianos en su vida que lo aman, y cuyo amor está arraigado en algo mucho más seguro, el amor de Cristo.

Segunda pregunta: ¿Cuáles son algunas de las cosas que harías o dirías para animar a Max? Comparte con él el evangelio de esperanza. Ayúdale a ver cómo sus sufrimientos están produciendo perseverancia, carácter y, finalmente, esperanza (Romanos 5:3-5). Recuérdale los motivos que tiene para confiar en la bondad de Dios aun cuando se pregunta por qué está sufriendo de esta manera (2 Corintios 12:8-10).

 Especialmente en esta categoría de los que son débiles, no podemos contentarnos con simplemente dispensar la verdad a las personas y sentir que nuestro trabajo está hecho. En ocasiones tenemos que estar tranquilos y escuchar, o simplemente estar presentes con ellos mientras sufren. Otras veces debemos orar por ellos, suplir sus necesidades físicas y brindar comunión. No solo debemos predicar la verdad, sino hacer estas cosas, y al hacerlas, crear oportunidades para predicar la verdad.

Sé paciente con todos
Por último, Pablo dice: «sean pacientes con todos». Ya sea alguien que está físicamente débil, alguien que está frustrantemente obstinado, alguien que piensa que está bien y que no necesita tu estímulo, nuestra postura es la paciencia. Tu trabajo nunca es condenar, o avergonzar a alguien por lo lento que es su crecimiento. Y la paciencia verdadera proviene de saber cuán paciente ha sido nuestro Padre celestial con nosotros. Ser paciente es deleitarte en servir a tus hermanos y hermanas porque son reflejos del carácter de Dios, y porque la gratitud por la paciencia de Dios se encuentra en lo más profundo de tu alma.

Amamos porque él nos amó primero. Nuestro amor proviene de su amor y debe reflejar su amor. Por eso, debemos trabajar para presentarnos perfectos en Cristo.

Por CHBC
Capitol Hill Baptist Church (CHBC) es una iglesia bautista en Washington, D.C., Estados Unidos

Oír, moverse y trabajar

Viernes 8 Septiembre
Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó el arca en que su casa se salvase; y por esa fe condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe.
Hebreos 11:7
Oír, moverse y trabajar
El comportamiento piadoso de Noé lo diferenció de los que lo rodeaban. Pedro escribió que la justicia es totalmente ajena a los incrédulos (véase 1 P. 4:3-4), por lo que los vecinos de Noé seguramente ya consideraban extraño su comportamiento. Sin embargo, Noé no había obrado para mejorar y alcanzar cierto nivel determinado de bondad. En lugar de eso, el versículo de hoy revela que su vida fue una vida de fe.

Esta fe fue puesta a prueba cuando Dios le dijo que construyera un arca. La fe es “la convicción de lo que no se ve” (v. 1); por eso, aunque el juicio de Dios aún no era visible, Noé comenzó a construir el arca. Sin duda todos comenzaron a burlarse aún más de él; pero la fe confía en Dios, no en la opinión de los demás. Noé tuvo cuidado de seguir las instrucciones divinas, pues había sido advertido divinamente. También nuestra fe encontrará un lugar de descanso en la Palabra de Dios.

Noé fue impulsado por un “temor reverente” (NBLA). El temor de Dios llevó a Noé a obedecer, sin rechistar, y en concordancia con las instrucciones de Dios. Otra traducción dice: “Movido por temor reverente” (RVA-2015). Noé fue impulsado internamente, lo cual lo llevó a preparar el arca. Su corazón fue impactado por lo que había oído.

Noé todavía tenía que ponerse a trabajar, así que empezó a construir el arca. No solo escuchó y reaccionó en su corazón, ¡también utilizó sus manos! Construyó un arca, lo que sugiere que debió estudiar cuidadosamente los materiales utilizados en su construcción. La verdadera obediencia se caracteriza siempre por una diligencia comprometida. Si deseamos heredar las bendiciones que nos depara la “justicia que viene por la fe”, podemos pedirle al Señor oídos abiertos, corazones motivados y manos diligentes para hacer su voluntad.

Stephen Campbell
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Los cuatro pilares de la Iglesia primitiva

Jueves 7 Septiembre
Perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.
Hechos 2:42
Los cuatro pilares de la Iglesia primitiva
Los primeros capítulos de los Hechos presentan el inicio del testimonio cristiano en este mundo en el que Cristo ha sido rechazado. Dios recibió a Cristo, lo sentó a su diestra en la gloria, “y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia” (Ef. 1:20-23).

Cuando Cristo fue glorificado como Cabeza, el Espíritu de Dios fue enviado desde el cielo (Hch. 2:1-4). Los discípulos, llenos del Espíritu, dieron inmediatamente testimonio del poder de Dios. Ahora estaban unidos como miembros los unos con los otros, y también unidos a Cristo, la Cabeza viva en el cielo.

Las cuatro cosas mencionadas en el versículo de hoy eran la base de esta unidad. La primera fue la doctrina de los apóstoles. El Nuevo Testamento aún no se había escrito, por lo que la enseñanza oral de los apóstoles (los testigos del ministerio, de la muerte, resurrección y ascensión del Señor Jesús) era el fundamento sobre el que se edificaba la Iglesia (Ef. 2:19, 20). La perseverancia en la doctrina de los apóstoles se asocia inmediatamente con la comunión. Cristo es la clave que revela el gran misterio de Cristo y su Iglesia, y quien une los corazones de los creyentes entre sí.

En el partimiento del pan, tal como se revela en 1 Corintios 10 y 11, expresamos la realidad práctica de la unidad de los miembros del un solo Cuerpo del Señor Jesús, la Cabeza glorificada en el cielo. Por fe entendemos nuestro santo privilegio y el ferviente deseo del Señor de reunir a los suyos, a quienes ha comprado con su sangre, en torno a su Persona cada primer día de la semana para hacer memoria de él.

Se menciona un cuarto y último punto: la importancia de la oración. Para mantener el equilibrio del testimonio cristiano, tal como se vislumbraba en sus inicios en la tierra, es esencial que dependamos absolutamente del Señor.

Todos estos recursos siguen estando a nuestra disposición hasta que el Señor nos llame al hogar.

Jacob Redekop
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Dios conoce dónde vives | Nancy DeMoss Wolgemuth

Dios conoce dónde vives
Temporada: Apocalipsis: Pérgamo | Comprometiendo la verdad

Débora: Aún si estás en circunstancias muy difíciles, Dios está contigo, ayudándote a perseverar. Con nosotras, Nancy DeMoss Wolgemuth.

Nancy DeMoss Wolgemuth: No puedes decir: «Dios no entiende lo que tengo que aguantar», o «yo sé lo que la Biblia dice, pero seguramente Dios no espera que alguien en mis circunstancias obedezca esto». Él sí sabe. Él sí entiende, y sí espera que seamos fieles, a pesar de dónde moremos.

Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy es 26 de mayo de 2023.

Aún en esta época de comunicación electrónica, ¿no es emocionante recibir una carta física? Siete iglesias del primer siglo recibieron cartas dictadas por Jesús mismo. Esas cartas tienen mucho que decirnos hoy en día. Nancy las ha estado describiendo en varias series a lo largo de las semanas pasadas. Hoy iniciamos una nueva serie, ahora sobre la carta a la iglesia de Pérgamo, titulada Comprometiendo la verdad.

Nancy: Al continuar con nuestra serie de estudios sobre las cartas a las siete iglesias en el libro de Apocalipsis, llegamos a la primera de dos cartas que creo que son especialmente complicadas y difíciles de entender. He estado sumergida en estos pasajes por varias semanas, podría decir que meses, y una amiga me dijo la semana pasada mientras ella preparaba su corazón para venir a esta sesión de grabación, que ella abrió su Biblia en Apocalipsis capítulo 2 y leyó los pasajes y al final dijo: «Bueno, ¿de qué se trata todo esto»? Y quizás tú estás pensando lo mismo al empezar con estos pasajes. Pero estoy orando que el Señor nos dé entendimiento, sabiduría y habilidad para poder aplicar estos pasajes a nuestros corazones.

En Apocalipsis capítulo 1, en el versículo 19, encuentras este resumen, este bosquejo muy básico y muy simple del libro de Apocalipsis. Donde dice que Jesús le dijo al apóstol Juan: «Escribe, pues…las cosas que has visto, y las que son, y las que han de suceder después de estas». Aquí tenemos dos categorías de las cosas que hay en el libro de Apocalipsis –los capítulos 2 y 3, las cosas que son. Esas cosas hacen referencia a las iglesias en Apocalipsis, y para dar un poco de contexto, las cosas que están sucediendo en ese momento en las iglesias. Pero luego está el resto del libro de Apocalipsis, empezando en el capítulo 4, son las cosas que han de suceder después de esto, las cosas futuras, más adelante.

Bueno, cuando piensas en estudiar el libro de Apocalipsis, es un libro que ha intrigado a mucha gente por muchos siglos, y a mucha gente le emociona estudiar la parte del libro que habla del futuro, las cosas que han de suceder después de esto. Quieren saber, ¿qué son las copas y los juicios? ¿Es verdad que hay un milenio? ¿Qué tan largo es? ¿Qué son todas estas cosas? ¿Cómo concuerda todo? ¿Qué es la gran Babilonia?

Es importante estudiar estas cosas. Espero algún que Dios nos conceda hacer un viaje por todo el libro de Apocalipsis aquí en Aviva Nuestros Corazones. Pero también creo que el enfoque en esas cosas futuras, puede ser como un escape, porque es más fácil enfocarnos en cosas que ahora mismo no existen. Realmente no estamos equipadas para enfrentar o para tratar con las cosas que están por venir. No estamos preparadas para esas cosas que están por venir hasta que tratemos con las cosas que son. Por eso quise que empezáramos con estas cartas a las iglesias, porque estas son las cosas que son.

Y hoy llegamos a la carta para la tercera iglesia en Asia, Apocalipsis capítulo 2. Déjame leer la carta, empezando en el versículo 12, y luego en los próximos días vamos simplemente a ir frase por frase y ver lo que tiene para decir a nuestros corazones en el día de hoy. Apocalipsis capítulo 2, versículo 12: «Y escribe al ángel de la iglesia en Pérgamo», o algunas de sus traducciones podrían decir: «Pérgamos», que es lo mismo que Pergamum.

«Escribe al ángel de la iglesia en Pérgamo: “El que tiene la espada aguda de dos filos, dice esto, ‘Yo sé dónde moras: donde está el trono de Satanás. Guardas fielmente mi nombre y no has negado mi fe, aun en los días de Antipas, mi testigo, mi siervo fiel, que fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás. Pero tengo unas pocas cosas contra ti, porque tienes ahí a los que mantienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer cosas sacrificadas a los ídolos y a cometer actos de inmoralidad. Así tú también tienes algunos que de la misma manera mantienen la doctrina de los nicolaítas.

Por tanto, arrepiéntete; si no, vendré a ti pronto y pelearé contra ellos con la espada de mi boca. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al vencedor le daré del maná escondido y le daré una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita un nombre nuevo, el cual nadie conoce sino aquel que lo recibe”» (vv.12-17).

Bueno, todo esto es un poco abrumador. Puede que tiendas a querer pasar por encima del pasaje al leerlo o al escucharlo, pero sabes, al estudiar la Escritura tenemos que recordar, primero que la Escritura es inspirada por Dios. Es de provecho. La necesitamos. Así que necesitamos este pasaje.

También tienes que recordar que no hay atajos para entender y estudiar la Palabra de Dios. Entonces, si quieres enterarte de lo que significa este pasaje, puedes hacer exactamente lo que yo he estado haciendo en estas últimas semanas y meses: leerlo y releerlo y releerlo y reflexionar y tomar cada frase y compararla con pasajes similares en otras partes de la Escritura. Así es más o menos la manera en la que vamos a caminar por este pasaje en los días que vienen.

Bueno, para poner esta carta a la iglesia de Pérgamo en contexto, recuerda que la primera iglesia, fue la iglesia de Éfeso, que fue alabada por tener una doctrina correcta y por tratar con los falsos maestros, pero ¿recuerdas qué le faltaba a la iglesia en Éfeso? Le faltaba el amor. Les faltaba corazón, pasión por Cristo.

En contraste con esto, las iglesias en Pérgamo y Tiatira, la tercera y la cuarta iglesia, fueron alabadas por varias virtudes cristianas, incluyendo el amor en el caso de Tiatira, pero tenían problemas doctrinales que necesitaban corregir. Entonces el énfasis en estas cartas es acerca de la verdad, que determina la manera en que vivimos. La doctrina, las creencias, determinan nuestra conducta, nuestro comportamiento.

El amor y la verdad –hay una tendencia en nuestras iglesias a enfatizar una y a descuidar la otra, pero necesitamos las dos. Y la Escritura habla sobre hablar la verdad en amor. Pablo les dice a los Filipenses: «Quiero que crezcan en amor y discernimiento». Tanto la verdad como el amor son señales de una iglesia fiel, señales de un creyente fiel, un hijo de Dios; y de los problemas que confrontaron estas siete iglesias. Estos son dos de los primeros problemas –en el caso de Éfeso, el amor, y en el caso de Pérgamo y Tiatira la verdad.

La Escritura dice: «Escribe al ángel de la iglesia en Pérgamo». Ahora, hablemos por un momento acerca de Pérgamo. Se me hace fascinante ir de regreso y aprender sobre estas ciudades y las iglesias en estas ciudades, porque nos ayuda a entender el contexto en el que hubieran recibido estas cartas.

Como hemos visto, las siete iglesias, estas siete ciudades, están en la secuencia que un cartero habría viajado y hubiera llevado las cartas de una iglesia a la siguiente. Van más o menos como en un círculo, empezando con Éfeso y terminando en Laodicea. Entonces llegamos ahora a Pérgamo, que está a unos 88 kilómetros al norte de Esmirna, que era la ciudad anterior.

Pérgamo era la capital en la provincia romana de Asia, e históricamente pudo haber sido la ciudad más grandiosa en Asia. Estaba obsesionadacon las riquezas, con la moda. Nada más piensa en las grandes capitales de los países del mundo hoy en día. Era también una ciudad universitaria.

Tenía una biblioteca famosa que contenía más de 200,000 libros. Bueno, eso es mucho para cualquier biblioteca, pero en especial si piensas en el hecho de que estos libros tenían que ser escritos o copiados a mano. Era una ciudad académica.

Era también una ciudad que estaba entregada a la idolatría y a la adoración de muchos dioses paganos. A través de esta ciudad podías ver cientos de templos devotos a sectas y a la adoración a los ídolos. Era un centro de adoración a César o de adoración imperial. Pérgamo presumía el templo más antiguo de adoración al emperador en Asia Menor, y recuerda que los césares demandaban ser adorados como Dios.

Igual que los faraones de Egipto en el Antiguo Testamento, el César romano decía: «Yo soy Dios. Alábenme como a Dios». Entonces cuando consideras a los dioses paganos y a esta adoración imperial, te das cuenta que este era un lugar especialmente difícil y peligroso para los cristianos. Por causa de su significado político, como la capital de la provincia, y por la presencia de tantos soldados romanos en la ciudad, era especialmente peligroso para los cristianos. De hecho, las primeras ejecuciones de cristianos en el Imperio Romano tal vez se llevaron a cabo en Pérgamo.

Leemos acerca de una de ellas en esta misma carta. La razón era que los cristianos rehusaban inclinarse a César. Rehusaban creer en el sistema de adoración pagana. Un comentario que leí acerca de este pasaje decía: «En Pérgamo, un cristiano estaba en peligro los 365 días del año», entonces ser un cristiano era una profesión seria y peligrosa en esos días.

Bueno, a esta iglesia, la Escritura le dice: «El que tiene la espada aguda de dos filos, dice esto». Como hemos visto, la descripción de Jesús, quien está mandando estas cartas… En cada una de estas cartas, su descripción es tomada de la imagen de Jesús que se nos da en Apocalipsis capítulo 1; entonces hay diferentes maneras en las que Jesús es descrito en Apocalipsis 1. En cada una de estas cartas, Jesús escoge una o más de estas características en las que esa iglesia en particular debe enfocarse. En este caso las palabras son: el que tiene la espada aguda de los filos.

Bueno, y si regresas a Apocalipsis capítulo 1, la imagen original de Jesús ahí, dice: «De su boca salió una espada aguda de dos filos» (v.16). Es difícil imaginarse una espada saliendo de tu boca. Te imaginas una espada en tu mano, pero esta es una imagen de la Palabra de Dios, del poder de la Palabra de Cristo.

Es interesante que Cristo se revele a su iglesia de esta manera, porque Jesús se revela a sí mismo a cada iglesia de la manera en la que él sabía que necesitaban verlo. Recuerda, por ejemplo, como se dijo anteriormente a Éfeso. Decía: «El que tiene las siete estrellas en su mano derecha, el que anda entre los siete candelabros de oro, dice esto» ( Apoc. 2:1). Jesús dice: «Yo soy el que te sostiene. Yo camino en medio de ustedes». Cuando le habló a Esmirna, la iglesia sufriente, Él dijo: «El primero y el último, el que estuvo muerto y ha vuelto a la vida, dice esto» (Apoc. 2:8).

Ahora, cuando llegamos a Pérgamo, no da una descripción reconfortante. Su descripción no les da ánimo. Dice: «El que tiene la espada aguda de dos filos, dice esto» (Apoc. 2:12).

Esas son palabras de pelea. Son palabras de amenaza, y en esta descripción de Jesús, quien está mandando esta carta, vemos un aviso de desastre inminente. El juicio viene si algo no cambia en esta iglesia.

Cuando llegas al final del libro de Apocalipsis, en el capítulo 19 ves un versículo similar que habla sobre Jesús cuando viene como un rey conquistador. Dice: «De su boca sale una espada afilada para herir con ella a las naciones» (v. 15). Se presenta aquí como un juez, como uno que va a ejecutar juicio contra las naciones paganas y malvadas que no quieren arrepentirse. Pero en este caso, la espada de Jesús en su boca, no es para tratar con las naciones paganas, sino para tratar con la iglesia, para tratar con gente en la iglesia que está creyendo enseñanzas que los estaban llevando a un comportamiento impío.

Como dijimos, la espada es un símbolo. Es una imagen de la Palabra de Cristo, de la verdad de la Palabra de Dios. Es la Palabra de Dios que revela los errores doctrinales y que rectifica las cosas en la iglesia.

Ahora, Jesús les dice en el versículo 13 a los creyentes en Pérgamo: «Yo sé dónde moran». ¿Dónde es eso? Donde está el trono de Satanás. «Yo sé dónde moras, donde está el trono de Satanás», y luego al final del versículo 13 dice, «donde mora Satanás».

Bueno, los cristianos en Pérgamo escucharon esta descripción. «Yo sé dónde moras, donde mora Satanás, donde está el trono de Satanás». Puede ser que esto les trajera a la mente el altar de Zeus, que era un altar o un asiento gigante de 13 metros de altura, un altar al dios pagano Zeus. Este trono, este asiento, estaba en una ladera, elevado sobre la ciudad de Pérgamo; entonces tal vez cuando ellos pensaban en el trono de Satanás, es posible que pensaran en este altar de Zeus.

O tal vez pensaban en el trono de César, figurativamente. César u otros dioses paganos, todos representaban una amenaza satánica y diabólica para la iglesia. O puede que pensaran en uno de los dioses principales que se alababan en Pérgamo, el dios llamado Asclepio.

Bueno, quizás tú no sepas nada acerca de este dios. Yo no sabía nada tampoco. Pero Asclepio era conocido como el dios de la medicina y de la sanidad. A veces le llamaban Asclepio el salvador. El símbolo de este dios de la medicina y de la sanidad era una serpiente. En este templo había cientos de serpientes no venenosas que se deslizaban libremente sobre el piso.

Se suponía que estas serpientes eran encarnaciones del dios mismo. Así que la gente enferma iba y pasaba la noche en el piso de este templo, y si una de las serpientes se deslizaba junto a él en la oscuridad y lo tocaba, se pensaba que la persona enferma había sido tocada por el dios mismo y sería sanada. Bueno, ¿qué te parece este punto de vista de la medicina?

Los cristianos que conocían el Antiguo Testamento entendían que esa serpiente era un emblema de Satanás. Entonces cuando Jesús dice: «Yo sé dónde moras, donde está el trono de Satanás», tal vez pensaban en esto, en uno de esos dioses paganos simbolizados por una serpiente. De todas maneras, sabemos, y vemos ilustrado en este pasaje, que Satanás es un enemigo muy real.

Él se opone a Dios
Se opone al pueblo de Dios
Se opone al reino de Dios
Satanás está detrás de las cosas que estamos viendo en el mundo que no le agradan a Dios.
«Tú moras donde está el trono de Satanás». ¿Un trono es una imagen de qué? Es una imagen de autoridad, un asiento de autoridad. Es un recordatorio de que Satanás reina sobre otros ángeles caídos que están bajo su control. Ellos reciben órdenes de él. Él les dice lo qué deben hacer, y entonces ellos llevan a cabo sus propósitos en el mundo aun mientras los santos ángeles llevan a cabo los propósitos de Dios en este mundo.

En ese sentido, Satanás tiene un trono en este mundo desde donde da órdenes, y les da direcciones a aquellos que siguen sus mandatos. Satanás establece, yo creo, una base de operaciones en los diferentes tiempos y en los diferentes lugares. Es posible que su trono no esté nada más en un lugar. Puede que se mueva de un lugar a otro, en un sentido, que haga residencia. Tome autoridad y establezca sus operaciones, su asiento, en diferentes tiempos y en diferentes lugares.

El asiento de Satanás es frecuentemente el asiento de poder e influencia mundial y de orgullo académico. Estas son cosas que existían en Pérgamo, y son cosas que hacen que Satanás diga muchas veces: «Déjame tomar el control aquí. Aquí puedo encontrar una base de operaciones. Puedo cumplir mis propósitos por medio de estas cosas que alimentan la carne en lugar del espíritu» –el poder y la sabiduría del mundo.

Entonces Pérgamo era un lugar donde Satanás ejercía autoridad, y había fuerzas potentes en acción en contra de Dios. Bueno, ese es el punto. Jesús les está diciendo a las personas en Pérgamo: «Yo sé dónde moras».

Pero ahora quiero que consideremos la palabra, morar, por un momento. Hay una palabra que generalmente se usa en el Nuevo Testamento, en el idioma griego, y esa palabra significa «estadía, estancia», «tener una residencia temporal». A los escritores del Nuevo Testamento les encantaba usar esta palabra para los cristianos porque querían recordarles que este mundo no era su hogar.

Este mundo es un lugar de estancia temporal, pero esa no es la palabra que se usa aquí. Cuando Jesús dice: «Yo sé dónde moras», Él usa una palabra diferente, una palabra que se refiere a una residencia permanente, establecida, no es un lugar de vivienda temporal, sino una residencia permanente. Lo que Jesús está diciendo es: «Yo sé que están viviendo en un territorio hostil y que esta no es una posición temporal o de corto plazo. Es temporal en el esquema final de las cosas, pero tienes que vivir ahí por un buen tiempo. Están ahí y no a corto plazo».

Por cierto, él usa la misma palabra cuando dice: «Este es el lugar donde mora Satanás». Satanás no está ahí a corto plazo tampoco. Satanás ha tomado esa ciudad como su residencia y planea quedarse ahí. Tú moras, tú vives en esa ciudad, y te tienes que quedar ahí.

Entonces es de suponer que va a haber conflicto cuando tienes cristianos con lealtad a Cristo, viviendo en una ciudad, y también tienes a Satanás viviendo en la misma ciudad. La implicación es que no hay escape. No puedes salirte. No puedes simplemente empacar tus maletas y dejar esta ciudad, abandonar esta ciudad donde están obrando todas estas fuerzas en contra de Dios

Estás, en cierto sentido, atorada ahí. No puedes huir, pero este es el lugar al que has sido llamada para vivir y demostrar tu fe en Cristo en el lugar donde mora Satanás, donde él ha establecido su trono, ahí es donde debes demostrar lo que significa ser cristiana, una verdadera cristiana, hija de Dios.

Amigas, Jesús sabe dónde moran. Él sabe dónde viven. Él conoce las circunstancias, la situación en la que se encuentran. Él sabe a lo que se enfrentan, los desafíos que enfrentan donde viven. Él sabe que algunas de estas circunstancias no van a ser a corto plazo, que no vas a salir de ellas fácilmente. Estás morando en esa situación.

Podría ser tu matrimonio. Podrían ser problemas en tu hogar de origen. Podría ser tu trabajo, tu escuela. Tal vez tienes un compañero de cuarto que es ateo o un profesor que se burla de tu fe. Tal vez en tu trabajo o tu comunidad estás rodeada de estilos de vida, de influencias y valores paganos y profanos.

Puedes sentirte como que literalmente moras en el trono de Satanás. Es donde mora Satanás. Es un lugar difícil donde vivir. Es difícil quedarte en ese matrimonio. Satanás mora ahí y ha establecido una base de operaciones, tal vez aun por medio de familiares inmediatos, pero quiero recordarte que Cristo lo sabe. Él sabe dónde moras, y te puede dar la gracia para enfrentar esos poderes de Satanás y para conquistar en el nombre de Cristo.

De hecho, Jesús va más allá y dice de estos creyentes en Pérgamo: «A pesar del hecho de que moras donde mora Satanás, donde está el trono de Satanás», versículo 13: «Guardas fielmente mi nombre y no has negado mi fe, aun en los días de Antipas, mi testigo, mi siervo fiel, que fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás». Lo que Él les está diciendo es: «Tu guardas mi nombre». No negaste mi fe. A pesar del lugar donde moras, a pesar de la presión de la cultura y de las circunstancias difíciles y de las fuerzas poderosas en contra de Dios que están operando a tus alrededores, y a pesar de lo que has visto que les pasó a otros creyentes fieles, tú te has mantenido».

Les recuerda de alguien que ellos conocían. No sabemos quién era Antipas. No se habla de él en otro lugar en la Escritura, pero la tradición dice que era el obispo de Pérgamo y que lo mataron y fue cocinado hasta la muerte en un envase de bronce calentado en extremo, muy muy caliente. Él es llamado «mi siervo fiel». Algunas traducciones dicen «mi mártir fiel».

De hecho, la palabra griega aquí es, martus, M-A-R-T-U-S. Es una palabra que significa testigo, uno que testifica sobre lo que ha experimentado y visto, pero en la iglesia del primer siglo, muchos de los que testificaron de su fe en Cristo fueron asesinados por su fe en Él. Esos testigos llegaron a ser mártires. Ser un testigo puede ser costoso –económicamente, para tu reputación, tu carrera, tus amigos, y tal vez aún podrías perder la vida. Entonces Antipas fue un testigo fiel todo el camino hasta la meta final, hasta la muerte.

¿No es precioso que Jesús le diera el mismo título que se confirió a Sí mismo en Apocalipsis 1 donde dice: «Cristo Jesús, el testigo fiel» (v. 5)? Antipas, él ganó esa misma designación, al igual que Cristo, un testigo fiel. Entonces en esta carta a la iglesia en Pérgamo, se nos recuerda que la vida cristiana no es un día de campo. Vivimos en un territorio que está ocupado por el enemigo. Estamos en una batalla, y algunos pagarán un precio alto por ser fieles a Cristo.

Lo que nos anima aquí es que por la gracia de Dios, es posible sostenerte en Cristo y aferrarte a tu fe, aun cuando vives en el territorio de Satanás. No puedes decir: «Dios no entiende lo que tengo que aguantar», o «yo sé que la Biblia dice eso, pero seguramente Dios no espera que alguien en mis circunstancias obedezca eso». Él sí sabe. Él sí entiende, y sí espera que seamos fieles, sin importar dónde moremos.

Jesús hizo posible que estos creyentes del primer siglo fueran fieles, y Él te va a capacitar para ser fiel, aun donde Satanás ha establecido su base de operaciones. Déjame recordarte que tu testimonio fiel en ese lugar de oscuridad le va a dar un golpe a Satanás y a su reino, y como resultado vas a exaltar y a glorificar el nombre de Cristo.

Débora: Dios conoce dónde vives. Este es un mensaje que provee consuelo y que demanda una responsabilidad. Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha estado enseñando sobre la carta escrita a la iglesia en Pérgamo, que encontramos en el libro de Apocalipsis. Ella ha estado abordando las 7 cartas a las 7 iglesias en Apocalipsis a lo largo de estas semanas.

Satanás frecuentemente ataca a la iglesia de dos formas, la aniquila o la adapta. Aprende más sobre estos ataques opuestos en el siguiente episodio de Aviva Nuestros Corazones.

Fijando nuestros ojos en Cristo juntas, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.

Todas las Escrituras son tomadas de La Nueva Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.

La misión de Timoteo en Filipos

Miércoles 6 Septiembre
Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús. Pero ya conocéis los méritos de él, que como hijo a padre ha servido conmigo en el evangelio. Así que a este espero enviaros, luego que yo vea cómo van mis asuntos.
Filipenses 2:21-23
La misión de Timoteo en Filipos
Dirigiéndose a los creyentes de la asamblea de en Filipos, Pablo se presentó a sí mismo y a Timoteo con el título de “siervos (o: esclavos) de Jesucristo” (1:1). ¿Por qué? Porque en esta carta Pablo presenta a Cristo como el gran Siervo. Era bastante apropiado entonces que Pablo y Timoteo siguieran el ejemplo del Siervo fiel. Por lo tanto, también nos corresponde hacerlo en la actualidad.

Tras presentar a Cristo como el Siervo por excelencia (vv. 5-11), Pablo esperaba que los filipenses fueran siervos fieles. Para animarlos, les presentó su propio ejemplo (vv. 17-18) y luego el de Timoteo y Epafras (vv. 19-30). Por eso Pablo quiso enviar a Timoteo en ese momento, teniendo la certeza de que él mismo podría visitarlos más tarde. La misión de Timoteo tenía dos objetivos. En primer lugar, debía informar a los creyentes en Filipos acerca de la situación de Pablo, una misión similar a la que otros habían recibido (Ef. 6:21-22; Col. 4:8-9). Pero también debía ocuparse de los filipenses y de sus necesidades. Después de su visita, Timoteo volvería para informarle a Pablo acerca de lo que había visto, para que, en palabras del apóstol, “Yo también esté de buen ánimo al saber de vuestro estado” (Fil. 2:19). No hay razón para creer que Timoteo no cumplió con esta tarea.

Las cualidades de Timoteo son notables y presentan un modelo a seguir para todo creyente. La preocupación de Timoteo por los creyentes es un buen ejemplo de la preocupación que los miembros del Cuerpo deben tener por los demás, la cual no nacía de un motivo egoísta. Los méritos de Timoteo implicaban que había sido puesto a prueba y había sido hallado fiel; esto lo sabían los creyentes de Filipos. Lo que Pablo dice (“ha servido conmigo”) da a entender que Timoteo había servido como siervo. ¿Y nosotros? ¿Somos ’Timoteos’ o somos aquellos que ’buscan lo suyo propio’!

Alfred E. Bouter
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Mira tu enfermedad a la luz del evangelio | Gabriela de Morales

Las personas que me conocen o me han visto hablar saben que la mitad de mi cara está paralizada. Esto se debe a la parálisis de Bell. Llevo algunos años con ella y ahora estoy mejor. No estoy totalmente curada, pero estoy en un punto en el que no mejorará y (Dios mediante) no empeorará.

Esta parálisis hace que las tareas cotidianas sean más difíciles para mí: cerrar mi ojo derecho, comer, beber, hablar, sonreír, etc. Aun así, la peor parte de mi enfermedad fue el aspecto espiritual y las personas que me dijeron que Dios (o el karma) me estaba castigando. Esto desafió la forma en que veía la salud y la enfermedad.

Si te pregunto cuál es tu opinión sobre la enfermedad o la salud, ¿cómo responderías? Cualquier profesional de la salud sabe que la salud no es exactamente lo contrario a la enfermedad. Es más complejo que eso. La Organización Mundial de la Salud afirma que “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no simplemente la ausencia de enfermedades o debilidad”.

Deberíamos querer estar sanos y luchar por el bienestar en todas estas áreas de nuestras vidas. Pero la salud tiene que ser más que eso. Como personas cambiadas por el evangelio, debemos considerar otro aspecto: la esfera espiritual.

Recordar el evangelio
El evangelio cambia la forma en que vemos la enfermedad, y se demuestra cuando nos hacemos preguntas como: ¿por qué Dios me permitiría estar enfermo? ¿Por qué Dios permitiría que mi hijo se enfermara?

Nuestro Señor gobierna y conoce toda la historia. Es decir, a Dios no le sorprende nuestra enfermedad.

Cuando estás enfermo, o alguien a tu alrededor lo está, debemos recordar que Dios ideó su plan de salvación antes de la creación y sabe su final. Nuestro Señor gobierna y conoce toda la historia. Es decir, a Dios no le sorprende nuestra enfermedad. No le sorprende el resultado de tus últimos exámenes de laboratorios, lo que encontró el cirujano, o el hecho de que el tratamiento no funcionó.

Solo cuando comprendemos la profundidad evangelio y cómo Dios logró nuestra redención para su gloria, podemos ver cómo Él puede usar nuestra salud o enfermedad, incluso la enfermedad final —la muerte— para alabanza de su Nombre. Vemos varios ejemplos de esto en las Escrituras (por ej.: Jn. 9, 11).

La verdad del evangelio no disminuye el valor de los pensamientos y las emociones que experimentamos durante la enfermedad. Sin embargo, el evangelio nos permite ver la gloria de Dios como algo mucho más valioso para nosotros que nuestra propia salud, ya que esta gloria es el propósito y fin de todas las cosas (Ro. 11:36).

Nuestra naturaleza humana caída rechaza esto con facilidad. Lo sé por experiencia. Mientras luchaba con mi parálisis, fue difícil para mí entender por qué Dios la permitió. Fue una lucha emocional mientras lidiaba con la vanidad y el miedo al hombre. Fue una lucha física debido a los inconvenientes y el dolor que causó. Fue una lucha espiritual mientras batallaba con ira, depresión, y vergüenza.

Pero cuando me recordaron el evangelio una y otra vez, no me quedó duda de que esta parálisis era lo mejor para mí porque, en última instancia, era lo que más le daba gloria a Dios y era algo que Él usaría para hacerme más como Jesús (Ro. 8:28-29). Fue una demostración de Dios cuidando mi corazón en una situación que mi carne clasificó como mala. Mi parálisis glorificó a Dios porque Él la usó para llevarme a atesorarlo más profundamente.

Un lugar para la medicina
Esto no significa que no haya buscado formas de mejorar mi salud. ¡Lo intenté todo!

Al creer en el evangelio, también acepto las otras verdades que la Biblia nos cuenta sobre el Dios que nos salvó. Por ejemplo, que Dios es el Creador. Al ser portadores de su imagen, podemos ver cómo la medicina es una expresión de la creatividad e inteligencia que Dios nos da. Así como podemos alegrarnos y darle gloria a Dios por diferentes tipos de tecnología, podemos hacer lo mismo con los tratamientos médicos.

Algunos dirían que buscar tratamiento y medicina puede verse como una falta de fe en la soberanía de Dios y, por lo tanto, es pecaminoso. Sin embargo, ¿analizamos nuestros corazones cuando buscamos tratamientos? El uso de la medicina en sí no es pecaminoso, pero la forma en que nos relacionamos con ella puede serlo. ¿Buscamos tratamiento porque es en lo que hemos puesto nuestra mayor esperanza? ¿O buscamos tratamiento porque creemos que es algo que Dios puede usar para su gloria?

Aunque Dios puede usar mucho a los médicos (y esto es algo importante para mí, pues soy médico), nosotros estamos limitados de una manera en que Dios no lo está (ver Ec. 8, 1 R. 17). No debemos confiar únicamente en la comprensión o habilidad humana. Cuando abordamos el tratamiento y la medicina a través del lente del evangelio, reconocemos que no podemos depositar toda nuestra esperanza en ellos.

Ten tu esperanza en Jesús
La realidad es que algunos de nosotros no seremos sanados de las cosas que nos aquejan en esta vida. He tenido parálisis facial durante años y no recuperaré el uso de la parte afectada en este lado de la eternidad. Otros padecen enfermedades que no les permiten tener hijos. Otros tienen enfermedades incapacitantes que no les permiten vivir mucho tiempo, o los restringen a una silla de ruedas. Todo esto parece una lista sombría de ejemplos, pero aquí podemos ver más de la hermosura del evangelio.

Debido al evangelio, la sanidad suprema vendrá para aquellos que confían en el Señor Jesucristo.

Sabemos que, debido al evangelio, la sanidad suprema vendrá para aquellos que confían en el Señor Jesucristo. Dios le reveló a Juan un tiempo en el que eventualmente no habrá más dolor, lágrimas, o muerte (Jn. 11, Ap. 21). En esto radica nuestra esperanza. No en nuestra propia salud. No en medicamentos o cirugías que nos liberen del dolor. Está en lo que Dios prometió: el bienestar completo de quienes profesan su Nombre y confían en Él.

Mientras cuidamos nuestra salud y la de nuestros seres queridos, mantengamos nuestros ojos en el evangelio mientras consideramos lo que realmente significa “estar bien”. A medida que el evangelio nos ayuda a reconocer que los médicos y la atención que brindan no son la solución definitiva, nos recuerda que Dios sí es la solución definitiva.

Si el tema recurrente de nuestras vidas es vivir para la gloria de Dios, podemos reconocer que Dios puede sanar milagrosamente a los pacientes, usar profesionales de la salud para sanar, o permitir una enfermedad porque está trabajando para hacernos más como su Hijo de maneras que no entendemos por ahora.

Esto es lo que debemos recordar en medio de la enfermedad: sin importar el caso, nuestra carne y nuestros corazones fallarán, pero Dios es nuestra fuerza y ​​porción para siempre (Sal. 73:26). Y tenemos acceso a Él, nuestra fuerza, por el evangelio. ¡Aleluya!

Gabriela de Morales es bióloga, médico y consejera genética. Sirve a las mujeres de Iglesia Reforma y escribe para Mitos Rotos.

La herencia cristiana

Martes 5 Septiembre

Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer.

Juan 15:15

La herencia cristiana

El Señor Jesús pronunció estas palabras para el gozo y el consuelo de quienes son sus discípulos. Atesorémoslas en nuestros corazones y experimentemos la bendición, la maravillosa bendición de ser depositarios de la mente del Señor. “¿Quién conoció la mente del Señor?… Mas nosotros tenemos la mente de Cristo” (1 Co. 2:16).

Si esta es nuestra condición, cuidémonos de malgastar nuestros afectos, no sea que deshagamos la confianza depositada en nosotros. Si pecamos en este mundo frío y cruel, si estimamos livianamente los elevados privilegios que se nos han dado, o si no buscamos nuestro placer continuo en él, el Señor no puede confiar en nosotros. Si nos deleitamos con lo que nos rodea (sin importar qué), nuestra mente se abrirá al mundo, y esto nos llevará a amar el mundo. Pero esto es absolutamente usurpar los derechos de Cristo. Su mente no está en el mundo, está en los suyos. Les revela cuál es su porción, y envía el Espíritu a sus corazones. Les hace saber que tienen una parte de la herencia como hijos e hijas, y les muestra el interés familiar que tienen en esa herencia, y les muestra las circunstancias que rodean a Su familia e insiste en que deben preocuparse individualmente en ella; les dice que son herederos de esta herencia, y que tienen una porción junto con él.

Si esta es nuestra posición -y lo es si creemos en el Señor Jesús- debemos ser celosos, y negarnos a admitir en nuestras almas cualquier cosa que pueda perturbar esta armonía, evitando así ser incapacitados para recibir estas bendiciones con felicidad, con el afecto natural de los hijos. Esto es lo que el mundo no conoce para nada, pero es el privilegio del creyente; y ni Satanás ni el mundo pueden quitárselo.

J. N. Darby

© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Cuando no me quieren en mi iglesia | Jairo Namnún

Cuando no me quieren en mi iglesia

Jairo Namnún

“Tengo un año en mi congregación, y al conocer las doctrinas de la gracia he ido viendo muchas, muchas cosas que no están conforme a lo que veo que enseña la Biblia. Al principio me escuchaban más en la iglesia, pero últimamente ya no me hacen parte. Me han enviado un par de escritos en contra del calvinismo. Y ahora tengo una reunión con el pastor…y no sé qué me va a decir”.

Aunque los detalles varían, esta es una conversación que he tenido docenas de veces. De hecho, difícilmente pase un mes sin que escuche de un caso como este. La “Nueva Reforma”, que no es más que la vieja Reforma llegando al Nuevo Mundo, está ocurriendo en gran parte en jóvenes que son despertados a las doctrinas de la gracia dentro de sus congregaciones, muchos de ellos conociendo verdaderamente el evangelio por primera vez. En muchos casos, esto los pone en una situación difícil: aman su iglesia, tal vez tienen años ahí, con posiciones de liderazgo, y ahora notan que hay errores (a veces graves) en la doctrina de su iglesia.

Esto trae consigo sus propia dificultades. Cuando un nuevo creyente se convierte en nuestras iglesias, o alguien nuevo recién llega, usualmente pasa por algún tipo de discipulado o adoctrinamiento. Empieza a conocer qué es lo que cree la iglesia y cómo se supone luce la vida cristiana. Pero este no es el caso con muchos de estos jóvenes. Ellos conocen lo que cree la iglesia, y ya han sido adoctrinados, pero ahora están en contra de lo que le enseñaron. Por tanto, usualmente demandan explicaciones y expresan desacuerdos, y no siempre de la mejor forma. Si ese es tu caso, o conoces a alguien que esté ahí, escribo esto para ti.

Razones pecaminosas
Lo primero que tenemos que observar es, ¿por qué no me quieren en mi iglesia? Aquí algunas razones pecaminosas de las que es necesario arrepentirse inmediatamente:

1) Orgullo. ¿Has notado por qué Pablo le dice a Timoteo que los pastores no deben ser nuevos creyentes? Porque se envanecen (1 Timoteo 3:6). Ya sea que por primera vez despiertes a la gracia, o que recién conozcas las doctrinas de la gracia, una actitud de orgullo es contrario al carácter de Dios.

2) Falta de amor. Aunque es uno de esos versículos muy mal usados, la verdad es que no podemos ignorarlo: el conocimiento envanece, pero el amor edifica (1 Cor. 8:1). El verdadero conocimiento lleva a amar a Dios y amar a los demás (cp. 1 Co. 8:2-13). Si eso no está ocurriendo, tenemos un grave problema.

3) Irrespeto pastoral. El mandato de la Palabra es a obedecer y sujetarnos a los pastores, colaborando en que lo hagan con alegría (Heb. 13:17). Si alrededor nuestro están ocurriendo cosas que no son sanas, nuestro espíritu va a estar inquieto. Pero cuando nuestra actitud es la de andar quejándonos por todo, criticando cada decisión o desmenuzando cada sermón, ya sea en nuestro corazón o aun públicamente, no solo ofendemos a los pastores que deben cuidar por nuestras almas: ofendemos al gran Pastor y Salvador (1 P. 2:25).

Si has pecado en cualquiera de estas formas (y realmente las tres son muestra de lo mismo: orgullo), más que pensar en irte a otra iglesia, necesitas ir donde el Señor en arrepentimiento e ir donde tu pastor y confesar tu pecado. Después de todo, el descanso para nuestras almas se haya en el yugo de humildad y mansedumbre de nuestro Señor (Mt. 11:29).

Cuando la fricción es mayor
Es posible que las circunstancias no sean remediables. Tal vez en el pasado pecaste contra tus líderes y ellos no quieran perdonarte. (O lo que es peor para ti, tú no les has pedido perdón ni les has perdonado). Es posible que no formes parte de una congregación cristiana y que quienes estén dirigiendo sean falsos maestros. O tal vez no sientes que tienes la fuerza o la influencia necesaria para luchar por los cambios. Si la fricción es tal que estás pensando cambiar de congregación, aquí algunas cosas a considerar antes de tomar en cuenta esta difícil decisión:

1) Ora por la situación. Es increíble cuánto más fácil se nos hace hablar de algo que orar por eso. Si no has orado por esta situación, deja de leer esto y vete a orar. No creas que con cinco minutos de oración ya basta: ora hasta que veas la nube del tamaño de una mano (1 Rey. 18:44). Es decir, hasta que veas a Dios actuando, aunque sea poco.

2) No actúes impulsivamente. ¿Recuerdas alguna buena decisión en la Escritura que haya sido tomada de manera impulsiva? Yo tampoco. Sí recuerdo la impulsividad de Pedro al cortar orejas y asegurar su fidelidad al Señor, y la de Jonás al discutirle al Señor por una matita, y la de Moisés al golpear la roca. ¿Notas el patrón? Mejor procura poner todo pensamiento cautivo a la obediencia de Cristo (2 Cor. 10:5) y hacer tuya la actitud del salmista: “Esperé pacientemente al SEÑOR, Y El se inclinó a mí y oyó mi clamor” (Salmo 40:1).

3) Lee “Cuando es momento de dejar una iglesia”. Medita en su contenido. Ora lo que lees y preséntalo una vez más al Señor.

4) Busca consejo. Lo ideal sería que pudieras hablar con tus pastores de las dudas que estás sintiendo, aunque esto no siempre pueda ser así. Recomendaría tener mucho cuidado en la forma de conversar esto con otros líderes de la congregación, para no ser causa de división o piedra de tropiezo. Tal vez tienes algún amigo pastor (preferiblemente alguien que te conozca personalmente, no a través de las redes sociales), con quien puedes hablar tus cosas. Procura buscar consejos, no culpables. Busca ser honesto con tus faltas y no exagerar (mentir) en cuanto a la situación de tu congregación. Haz lo contrario a lo que hizo Roboam: presta atención a la sabiduría de la experiencia, no a tus contemporáneos (1 Rey. 12).

5) Busca un “suplente”. Si estás sirviendo en alguna posición, y entiendes que el Señor te está llamando a salir de esa congregación, procura encontrar a alguien a quien puedas entrenar para que te sustituya. Nadie es insustituible, pero es una muestra de amor a aquellos a quienes sirves el no dejar la mesa con tres patas. Sé que pueda parecerte contraproducente ahora mismo, y que lo que desees sea “llevarte a todo el que puedas contigo”, pero eso dejaría un muy mal testimonio del Cristo que profesas creer[1].

6) Reúnete con tu pastor. Esto no siempre es posible, pero es lo ideal. Recuerda las palabras del Apostol: “Si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres” (Ro. 12:18). Así que, en cuanto dependa de ti, procura estar en paz. Además, es muy probable que tengas mucho qué agradecerle y aun que preguntarle antes de decidir salir.

7) Ora por la congregación. En medio de la dificultad y la ansiedad, usualmente nos ensimismamos tanto que olvidamos a los que están alrededor nuestro. Haz una nota mental (o anótalo en tu cuaderno de oración) de siempre orar por la congregación. Ora por los líderes, que sientan pasión por predicar al Dios verdadero. Ora por tus hermanos, que puedan conocer mejor a Cristo. Ora por las finanzas de la congregación. Ora porque el Señor pueda transformar completamente aquellas cosas que no le agraden. Si aun los corintios mostraron arrepentimiento al recibir la epístola de Pablo, lo mismo puede suceder en donde estés.

Yo sé que esta es una situación de gran dificultad y dolor. Pero es posible glorificar a Dios en medio de una iglesia donde no te sientes parte. Si has fallado ya, recuerda el evangelio, que no solo te perdona a ti, sino que te capacita para perdonar. Es mi oración que los días de escasas iglesias sanas queden en el pasado, hasta que nuestro Señor regrese pronto, y que jóvenes reformados puedan traer gloria a Dios en lo que eso ocurre.

[1] Si formabas parte de una secta o una congregación que predicaba abiertamente otro evangelio, es posible que no sea correcto preparar a un suplente, pues estarías colaborando con la propagación del reino de Satanás. Por eso la importancia de buscar consejo de alguien más maduro, puesto que un artículo pinta con un lápiz muy grueso, y la vida requiere de trazos más finos.

Jairo Namnún sirve como pastor plantador de la Iglesia Piedra Angular en República Dominicana, y tiene estudios en el Southern Baptist Theological Seminary (MATS, M.Div). Está casado con Patricia y tienen tres hijos. Puedes encontrarlo en Twitter.

Simón Pedro (4) – Su confusión

Lunes 4 Septiembre
Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, una para Moisés, y una para Elías; no sabiendo lo que decía.
Lucas 9:33
Simón Pedro (4) – Su confusión
Simón Pedro fue llamado “bienaventurado” por el Señor Jesús debido a su confesión: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt. 16:16-17). A pesar de esta bendición, la franqueza de Simón, a menudo descontrolada, su falta de conocerse a sí mismo y su ignorancia de los planes de Dios, lo llevarían a cometer varios errores muy serios.

Poco después de su confesión de fe, Simón reprendió fuertemente al Señor Jesús por haber anunciado que sería rechazado y condenado a muerte (Mt. 16:21-23). Ante esta situación, Cristo lo reprendió y le dijo claramente que en esta ocasión era portavoz de Satanás. Y Jesús añadió: “Me eres piedra de tropiezo” (NBLA). De un momento a otro, Pedro pasó de ser una piedra bienaventurada a una piedra de tropiezo. Este fue el preludio de las cosas que vendrían en su vida.

Cuando Pedro, Jacobo y Juan estuvieron en “el monte santo”, tuvieron el privilegio de ver una visión de la gloria de Cristo en el Milenio. Pero Pedro comprendió su significado mucho tiempo después (véase 2 P. 1:18). Su primera reacción fue lanzar un comentario desafortunado y confuso. Sugirió construir tres tiendas, una para el Señor, otra para Moisés y otra para Elías. Poner Cristo al mismo nivel que Moisés y Elías es un grave error, a pesar de que Pedro le dio el primer lugar al Señor, mencionándolo primero: “Una para ti, una para Moisés, y una para Elías”. Pedro estaba tan impresionado de estar en presencia de hombres tan estimados como Moisés y Elías que asoció al Señor con ellos. El que antes había dicho: “Tú eres el Hijo de Dios viviente” ahora puso al Señor Jesús al mismo nivel que estos hombres tan honorables, pero falibles. El Padre no puede soportar esto e interrumpió a Pedro mientras este aún hablaba. Una nube llegó y cubrió a los discípulos y se oyó una voz: “Este es mi Hijo amado; a él oíd” (v. 35). ¡Con qué frecuencia hablamos imprudentemente! ¡Y cuán grave es cuando empaña la gloria de nuestro Señor Jesús!

Brian Reynolds
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

¿ESTOY MUERTO AL PECADO? | ELYZE FITZPATRICK

¿ESTOY MUERTO AL PECADO?

ELYZE FITZPATRICK

Piénsalo: estás muerto al pecado

Por la obra del Padre en Cristo, nuestra antigua vida de pecado está muerta: ya no estamos bajo el dominio del pecado. A la iglesia como cuerpo y a nosotros como individuos se nos ha dado un “nuevo criterio para juzgarnos a nosotros mismos”. Si ya no vamos a vivir en pecado, debemos “entendernos a nosotros mismos por fe”. Estamos muertos al pecado, y no solo estamos muertos al poder del pecado, sino que también hemos sido vivificados para Dios, “habiendo sido traídos bajo Su dominio. Cuando pasamos a estar en Cristo, nos debe caracterizar un nuevo estilo de vida… Debemos pelear nuestra batalla con la certeza de que nuestro enemigo ha sido vencido”. Sí, el pecado ha sido vencido, y es por esa victoria de Cristo que podemos pelear esta batalla.

Esta primera obligación del evangelio que encontramos en Romanos es un llamado a la fe, a creer que lo que Él dijo hacer realmente ha sido hecho. La obediencia sumisa a la que Pablo nos llama en Romanos 6:13 —“… ofrézcanse más bien a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida…”— se basa sobre la fe en el hecho consumado del evangelio: estamos muertos al pecado y vivos para Dios; hemos sido liberados de la esclavitud al pecado capacitados para someternos a Él.

Lo que esta nueva vida significa es que estamos confiados en que el cambio va a suceder. Podemos pelear valientemente para “quitarnos” el pecado que todavía mora en nuestros cuerpos mortales. No estamos solos; no, estamos en Él, y Él mismo nos sacó de esa tumba de pecado y muerte. Nos ha presentado junto a Él, completamente vivos en la presencia del Padre. Aunque sabemos que esto es verdad, puede haber ocasiones, particularmente cuando estamos luchando contra nuestro pecado, en que nos cuesta trabajo creerlo. Y es entonces cuando tenemos que volver al mandato que nos llama a recordar. En otras palabras, debemos quitar la mirada de nuestro pecado y ponerla en Su obra consumada en la cruz.

Al igual que los gálatas, necesitamos que nos recuerden estas verdades, especialmente cuando somos tentados a volver a caer en el desánimo que surge del moralismo y de la justicia propia. Aprópiate de las declaraciones personales de Pablo en Gálatas 2:20-21; aplícalas por fe a tu lucha contra el pecado: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio Su vida por mí”.

Nuestra vieja naturaleza ha sido crucificada con Él. La persona que una vez fuimos está muerta, y ahora hay un espíritu diferente habitando en nuestros cuerpos, el Espíritu del Cristo resucitado. Por supuesto, debemos apropiarnos de esto una y otra vez por fe, y creer obstinadamente que el Hijo de Dios no nos puede abandonar. Nos ama tanto que dio Su vida por nosotros.