Mira tu enfermedad a la luz del evangelio | Gabriela de Morales

Las personas que me conocen o me han visto hablar saben que la mitad de mi cara está paralizada. Esto se debe a la parálisis de Bell. Llevo algunos años con ella y ahora estoy mejor. No estoy totalmente curada, pero estoy en un punto en el que no mejorará y (Dios mediante) no empeorará.

Esta parálisis hace que las tareas cotidianas sean más difíciles para mí: cerrar mi ojo derecho, comer, beber, hablar, sonreír, etc. Aun así, la peor parte de mi enfermedad fue el aspecto espiritual y las personas que me dijeron que Dios (o el karma) me estaba castigando. Esto desafió la forma en que veía la salud y la enfermedad.

Si te pregunto cuál es tu opinión sobre la enfermedad o la salud, ¿cómo responderías? Cualquier profesional de la salud sabe que la salud no es exactamente lo contrario a la enfermedad. Es más complejo que eso. La Organización Mundial de la Salud afirma que “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no simplemente la ausencia de enfermedades o debilidad”.

Deberíamos querer estar sanos y luchar por el bienestar en todas estas áreas de nuestras vidas. Pero la salud tiene que ser más que eso. Como personas cambiadas por el evangelio, debemos considerar otro aspecto: la esfera espiritual.

Recordar el evangelio
El evangelio cambia la forma en que vemos la enfermedad, y se demuestra cuando nos hacemos preguntas como: ¿por qué Dios me permitiría estar enfermo? ¿Por qué Dios permitiría que mi hijo se enfermara?

Nuestro Señor gobierna y conoce toda la historia. Es decir, a Dios no le sorprende nuestra enfermedad.

Cuando estás enfermo, o alguien a tu alrededor lo está, debemos recordar que Dios ideó su plan de salvación antes de la creación y sabe su final. Nuestro Señor gobierna y conoce toda la historia. Es decir, a Dios no le sorprende nuestra enfermedad. No le sorprende el resultado de tus últimos exámenes de laboratorios, lo que encontró el cirujano, o el hecho de que el tratamiento no funcionó.

Solo cuando comprendemos la profundidad evangelio y cómo Dios logró nuestra redención para su gloria, podemos ver cómo Él puede usar nuestra salud o enfermedad, incluso la enfermedad final —la muerte— para alabanza de su Nombre. Vemos varios ejemplos de esto en las Escrituras (por ej.: Jn. 9, 11).

La verdad del evangelio no disminuye el valor de los pensamientos y las emociones que experimentamos durante la enfermedad. Sin embargo, el evangelio nos permite ver la gloria de Dios como algo mucho más valioso para nosotros que nuestra propia salud, ya que esta gloria es el propósito y fin de todas las cosas (Ro. 11:36).

Nuestra naturaleza humana caída rechaza esto con facilidad. Lo sé por experiencia. Mientras luchaba con mi parálisis, fue difícil para mí entender por qué Dios la permitió. Fue una lucha emocional mientras lidiaba con la vanidad y el miedo al hombre. Fue una lucha física debido a los inconvenientes y el dolor que causó. Fue una lucha espiritual mientras batallaba con ira, depresión, y vergüenza.

Pero cuando me recordaron el evangelio una y otra vez, no me quedó duda de que esta parálisis era lo mejor para mí porque, en última instancia, era lo que más le daba gloria a Dios y era algo que Él usaría para hacerme más como Jesús (Ro. 8:28-29). Fue una demostración de Dios cuidando mi corazón en una situación que mi carne clasificó como mala. Mi parálisis glorificó a Dios porque Él la usó para llevarme a atesorarlo más profundamente.

Un lugar para la medicina
Esto no significa que no haya buscado formas de mejorar mi salud. ¡Lo intenté todo!

Al creer en el evangelio, también acepto las otras verdades que la Biblia nos cuenta sobre el Dios que nos salvó. Por ejemplo, que Dios es el Creador. Al ser portadores de su imagen, podemos ver cómo la medicina es una expresión de la creatividad e inteligencia que Dios nos da. Así como podemos alegrarnos y darle gloria a Dios por diferentes tipos de tecnología, podemos hacer lo mismo con los tratamientos médicos.

Algunos dirían que buscar tratamiento y medicina puede verse como una falta de fe en la soberanía de Dios y, por lo tanto, es pecaminoso. Sin embargo, ¿analizamos nuestros corazones cuando buscamos tratamientos? El uso de la medicina en sí no es pecaminoso, pero la forma en que nos relacionamos con ella puede serlo. ¿Buscamos tratamiento porque es en lo que hemos puesto nuestra mayor esperanza? ¿O buscamos tratamiento porque creemos que es algo que Dios puede usar para su gloria?

Aunque Dios puede usar mucho a los médicos (y esto es algo importante para mí, pues soy médico), nosotros estamos limitados de una manera en que Dios no lo está (ver Ec. 8, 1 R. 17). No debemos confiar únicamente en la comprensión o habilidad humana. Cuando abordamos el tratamiento y la medicina a través del lente del evangelio, reconocemos que no podemos depositar toda nuestra esperanza en ellos.

Ten tu esperanza en Jesús
La realidad es que algunos de nosotros no seremos sanados de las cosas que nos aquejan en esta vida. He tenido parálisis facial durante años y no recuperaré el uso de la parte afectada en este lado de la eternidad. Otros padecen enfermedades que no les permiten tener hijos. Otros tienen enfermedades incapacitantes que no les permiten vivir mucho tiempo, o los restringen a una silla de ruedas. Todo esto parece una lista sombría de ejemplos, pero aquí podemos ver más de la hermosura del evangelio.

Debido al evangelio, la sanidad suprema vendrá para aquellos que confían en el Señor Jesucristo.

Sabemos que, debido al evangelio, la sanidad suprema vendrá para aquellos que confían en el Señor Jesucristo. Dios le reveló a Juan un tiempo en el que eventualmente no habrá más dolor, lágrimas, o muerte (Jn. 11, Ap. 21). En esto radica nuestra esperanza. No en nuestra propia salud. No en medicamentos o cirugías que nos liberen del dolor. Está en lo que Dios prometió: el bienestar completo de quienes profesan su Nombre y confían en Él.

Mientras cuidamos nuestra salud y la de nuestros seres queridos, mantengamos nuestros ojos en el evangelio mientras consideramos lo que realmente significa “estar bien”. A medida que el evangelio nos ayuda a reconocer que los médicos y la atención que brindan no son la solución definitiva, nos recuerda que Dios sí es la solución definitiva.

Si el tema recurrente de nuestras vidas es vivir para la gloria de Dios, podemos reconocer que Dios puede sanar milagrosamente a los pacientes, usar profesionales de la salud para sanar, o permitir una enfermedad porque está trabajando para hacernos más como su Hijo de maneras que no entendemos por ahora.

Esto es lo que debemos recordar en medio de la enfermedad: sin importar el caso, nuestra carne y nuestros corazones fallarán, pero Dios es nuestra fuerza y ​​porción para siempre (Sal. 73:26). Y tenemos acceso a Él, nuestra fuerza, por el evangelio. ¡Aleluya!

Gabriela de Morales es bióloga, médico y consejera genética. Sirve a las mujeres de Iglesia Reforma y escribe para Mitos Rotos.

La herencia cristiana

Martes 5 Septiembre

Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer.

Juan 15:15

La herencia cristiana

El Señor Jesús pronunció estas palabras para el gozo y el consuelo de quienes son sus discípulos. Atesorémoslas en nuestros corazones y experimentemos la bendición, la maravillosa bendición de ser depositarios de la mente del Señor. “¿Quién conoció la mente del Señor?… Mas nosotros tenemos la mente de Cristo” (1 Co. 2:16).

Si esta es nuestra condición, cuidémonos de malgastar nuestros afectos, no sea que deshagamos la confianza depositada en nosotros. Si pecamos en este mundo frío y cruel, si estimamos livianamente los elevados privilegios que se nos han dado, o si no buscamos nuestro placer continuo en él, el Señor no puede confiar en nosotros. Si nos deleitamos con lo que nos rodea (sin importar qué), nuestra mente se abrirá al mundo, y esto nos llevará a amar el mundo. Pero esto es absolutamente usurpar los derechos de Cristo. Su mente no está en el mundo, está en los suyos. Les revela cuál es su porción, y envía el Espíritu a sus corazones. Les hace saber que tienen una parte de la herencia como hijos e hijas, y les muestra el interés familiar que tienen en esa herencia, y les muestra las circunstancias que rodean a Su familia e insiste en que deben preocuparse individualmente en ella; les dice que son herederos de esta herencia, y que tienen una porción junto con él.

Si esta es nuestra posición -y lo es si creemos en el Señor Jesús- debemos ser celosos, y negarnos a admitir en nuestras almas cualquier cosa que pueda perturbar esta armonía, evitando así ser incapacitados para recibir estas bendiciones con felicidad, con el afecto natural de los hijos. Esto es lo que el mundo no conoce para nada, pero es el privilegio del creyente; y ni Satanás ni el mundo pueden quitárselo.

J. N. Darby

© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Cuando no me quieren en mi iglesia | Jairo Namnún

Cuando no me quieren en mi iglesia

Jairo Namnún

“Tengo un año en mi congregación, y al conocer las doctrinas de la gracia he ido viendo muchas, muchas cosas que no están conforme a lo que veo que enseña la Biblia. Al principio me escuchaban más en la iglesia, pero últimamente ya no me hacen parte. Me han enviado un par de escritos en contra del calvinismo. Y ahora tengo una reunión con el pastor…y no sé qué me va a decir”.

Aunque los detalles varían, esta es una conversación que he tenido docenas de veces. De hecho, difícilmente pase un mes sin que escuche de un caso como este. La “Nueva Reforma”, que no es más que la vieja Reforma llegando al Nuevo Mundo, está ocurriendo en gran parte en jóvenes que son despertados a las doctrinas de la gracia dentro de sus congregaciones, muchos de ellos conociendo verdaderamente el evangelio por primera vez. En muchos casos, esto los pone en una situación difícil: aman su iglesia, tal vez tienen años ahí, con posiciones de liderazgo, y ahora notan que hay errores (a veces graves) en la doctrina de su iglesia.

Esto trae consigo sus propia dificultades. Cuando un nuevo creyente se convierte en nuestras iglesias, o alguien nuevo recién llega, usualmente pasa por algún tipo de discipulado o adoctrinamiento. Empieza a conocer qué es lo que cree la iglesia y cómo se supone luce la vida cristiana. Pero este no es el caso con muchos de estos jóvenes. Ellos conocen lo que cree la iglesia, y ya han sido adoctrinados, pero ahora están en contra de lo que le enseñaron. Por tanto, usualmente demandan explicaciones y expresan desacuerdos, y no siempre de la mejor forma. Si ese es tu caso, o conoces a alguien que esté ahí, escribo esto para ti.

Razones pecaminosas
Lo primero que tenemos que observar es, ¿por qué no me quieren en mi iglesia? Aquí algunas razones pecaminosas de las que es necesario arrepentirse inmediatamente:

1) Orgullo. ¿Has notado por qué Pablo le dice a Timoteo que los pastores no deben ser nuevos creyentes? Porque se envanecen (1 Timoteo 3:6). Ya sea que por primera vez despiertes a la gracia, o que recién conozcas las doctrinas de la gracia, una actitud de orgullo es contrario al carácter de Dios.

2) Falta de amor. Aunque es uno de esos versículos muy mal usados, la verdad es que no podemos ignorarlo: el conocimiento envanece, pero el amor edifica (1 Cor. 8:1). El verdadero conocimiento lleva a amar a Dios y amar a los demás (cp. 1 Co. 8:2-13). Si eso no está ocurriendo, tenemos un grave problema.

3) Irrespeto pastoral. El mandato de la Palabra es a obedecer y sujetarnos a los pastores, colaborando en que lo hagan con alegría (Heb. 13:17). Si alrededor nuestro están ocurriendo cosas que no son sanas, nuestro espíritu va a estar inquieto. Pero cuando nuestra actitud es la de andar quejándonos por todo, criticando cada decisión o desmenuzando cada sermón, ya sea en nuestro corazón o aun públicamente, no solo ofendemos a los pastores que deben cuidar por nuestras almas: ofendemos al gran Pastor y Salvador (1 P. 2:25).

Si has pecado en cualquiera de estas formas (y realmente las tres son muestra de lo mismo: orgullo), más que pensar en irte a otra iglesia, necesitas ir donde el Señor en arrepentimiento e ir donde tu pastor y confesar tu pecado. Después de todo, el descanso para nuestras almas se haya en el yugo de humildad y mansedumbre de nuestro Señor (Mt. 11:29).

Cuando la fricción es mayor
Es posible que las circunstancias no sean remediables. Tal vez en el pasado pecaste contra tus líderes y ellos no quieran perdonarte. (O lo que es peor para ti, tú no les has pedido perdón ni les has perdonado). Es posible que no formes parte de una congregación cristiana y que quienes estén dirigiendo sean falsos maestros. O tal vez no sientes que tienes la fuerza o la influencia necesaria para luchar por los cambios. Si la fricción es tal que estás pensando cambiar de congregación, aquí algunas cosas a considerar antes de tomar en cuenta esta difícil decisión:

1) Ora por la situación. Es increíble cuánto más fácil se nos hace hablar de algo que orar por eso. Si no has orado por esta situación, deja de leer esto y vete a orar. No creas que con cinco minutos de oración ya basta: ora hasta que veas la nube del tamaño de una mano (1 Rey. 18:44). Es decir, hasta que veas a Dios actuando, aunque sea poco.

2) No actúes impulsivamente. ¿Recuerdas alguna buena decisión en la Escritura que haya sido tomada de manera impulsiva? Yo tampoco. Sí recuerdo la impulsividad de Pedro al cortar orejas y asegurar su fidelidad al Señor, y la de Jonás al discutirle al Señor por una matita, y la de Moisés al golpear la roca. ¿Notas el patrón? Mejor procura poner todo pensamiento cautivo a la obediencia de Cristo (2 Cor. 10:5) y hacer tuya la actitud del salmista: “Esperé pacientemente al SEÑOR, Y El se inclinó a mí y oyó mi clamor” (Salmo 40:1).

3) Lee “Cuando es momento de dejar una iglesia”. Medita en su contenido. Ora lo que lees y preséntalo una vez más al Señor.

4) Busca consejo. Lo ideal sería que pudieras hablar con tus pastores de las dudas que estás sintiendo, aunque esto no siempre pueda ser así. Recomendaría tener mucho cuidado en la forma de conversar esto con otros líderes de la congregación, para no ser causa de división o piedra de tropiezo. Tal vez tienes algún amigo pastor (preferiblemente alguien que te conozca personalmente, no a través de las redes sociales), con quien puedes hablar tus cosas. Procura buscar consejos, no culpables. Busca ser honesto con tus faltas y no exagerar (mentir) en cuanto a la situación de tu congregación. Haz lo contrario a lo que hizo Roboam: presta atención a la sabiduría de la experiencia, no a tus contemporáneos (1 Rey. 12).

5) Busca un “suplente”. Si estás sirviendo en alguna posición, y entiendes que el Señor te está llamando a salir de esa congregación, procura encontrar a alguien a quien puedas entrenar para que te sustituya. Nadie es insustituible, pero es una muestra de amor a aquellos a quienes sirves el no dejar la mesa con tres patas. Sé que pueda parecerte contraproducente ahora mismo, y que lo que desees sea “llevarte a todo el que puedas contigo”, pero eso dejaría un muy mal testimonio del Cristo que profesas creer[1].

6) Reúnete con tu pastor. Esto no siempre es posible, pero es lo ideal. Recuerda las palabras del Apostol: “Si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres” (Ro. 12:18). Así que, en cuanto dependa de ti, procura estar en paz. Además, es muy probable que tengas mucho qué agradecerle y aun que preguntarle antes de decidir salir.

7) Ora por la congregación. En medio de la dificultad y la ansiedad, usualmente nos ensimismamos tanto que olvidamos a los que están alrededor nuestro. Haz una nota mental (o anótalo en tu cuaderno de oración) de siempre orar por la congregación. Ora por los líderes, que sientan pasión por predicar al Dios verdadero. Ora por tus hermanos, que puedan conocer mejor a Cristo. Ora por las finanzas de la congregación. Ora porque el Señor pueda transformar completamente aquellas cosas que no le agraden. Si aun los corintios mostraron arrepentimiento al recibir la epístola de Pablo, lo mismo puede suceder en donde estés.

Yo sé que esta es una situación de gran dificultad y dolor. Pero es posible glorificar a Dios en medio de una iglesia donde no te sientes parte. Si has fallado ya, recuerda el evangelio, que no solo te perdona a ti, sino que te capacita para perdonar. Es mi oración que los días de escasas iglesias sanas queden en el pasado, hasta que nuestro Señor regrese pronto, y que jóvenes reformados puedan traer gloria a Dios en lo que eso ocurre.

[1] Si formabas parte de una secta o una congregación que predicaba abiertamente otro evangelio, es posible que no sea correcto preparar a un suplente, pues estarías colaborando con la propagación del reino de Satanás. Por eso la importancia de buscar consejo de alguien más maduro, puesto que un artículo pinta con un lápiz muy grueso, y la vida requiere de trazos más finos.

Jairo Namnún sirve como pastor plantador de la Iglesia Piedra Angular en República Dominicana, y tiene estudios en el Southern Baptist Theological Seminary (MATS, M.Div). Está casado con Patricia y tienen tres hijos. Puedes encontrarlo en Twitter.

Simón Pedro (4) – Su confusión

Lunes 4 Septiembre
Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, una para Moisés, y una para Elías; no sabiendo lo que decía.
Lucas 9:33
Simón Pedro (4) – Su confusión
Simón Pedro fue llamado “bienaventurado” por el Señor Jesús debido a su confesión: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt. 16:16-17). A pesar de esta bendición, la franqueza de Simón, a menudo descontrolada, su falta de conocerse a sí mismo y su ignorancia de los planes de Dios, lo llevarían a cometer varios errores muy serios.

Poco después de su confesión de fe, Simón reprendió fuertemente al Señor Jesús por haber anunciado que sería rechazado y condenado a muerte (Mt. 16:21-23). Ante esta situación, Cristo lo reprendió y le dijo claramente que en esta ocasión era portavoz de Satanás. Y Jesús añadió: “Me eres piedra de tropiezo” (NBLA). De un momento a otro, Pedro pasó de ser una piedra bienaventurada a una piedra de tropiezo. Este fue el preludio de las cosas que vendrían en su vida.

Cuando Pedro, Jacobo y Juan estuvieron en “el monte santo”, tuvieron el privilegio de ver una visión de la gloria de Cristo en el Milenio. Pero Pedro comprendió su significado mucho tiempo después (véase 2 P. 1:18). Su primera reacción fue lanzar un comentario desafortunado y confuso. Sugirió construir tres tiendas, una para el Señor, otra para Moisés y otra para Elías. Poner Cristo al mismo nivel que Moisés y Elías es un grave error, a pesar de que Pedro le dio el primer lugar al Señor, mencionándolo primero: “Una para ti, una para Moisés, y una para Elías”. Pedro estaba tan impresionado de estar en presencia de hombres tan estimados como Moisés y Elías que asoció al Señor con ellos. El que antes había dicho: “Tú eres el Hijo de Dios viviente” ahora puso al Señor Jesús al mismo nivel que estos hombres tan honorables, pero falibles. El Padre no puede soportar esto e interrumpió a Pedro mientras este aún hablaba. Una nube llegó y cubrió a los discípulos y se oyó una voz: “Este es mi Hijo amado; a él oíd” (v. 35). ¡Con qué frecuencia hablamos imprudentemente! ¡Y cuán grave es cuando empaña la gloria de nuestro Señor Jesús!

Brian Reynolds
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¿ESTOY MUERTO AL PECADO? | ELYZE FITZPATRICK

¿ESTOY MUERTO AL PECADO?

ELYZE FITZPATRICK

Piénsalo: estás muerto al pecado

Por la obra del Padre en Cristo, nuestra antigua vida de pecado está muerta: ya no estamos bajo el dominio del pecado. A la iglesia como cuerpo y a nosotros como individuos se nos ha dado un “nuevo criterio para juzgarnos a nosotros mismos”. Si ya no vamos a vivir en pecado, debemos “entendernos a nosotros mismos por fe”. Estamos muertos al pecado, y no solo estamos muertos al poder del pecado, sino que también hemos sido vivificados para Dios, “habiendo sido traídos bajo Su dominio. Cuando pasamos a estar en Cristo, nos debe caracterizar un nuevo estilo de vida… Debemos pelear nuestra batalla con la certeza de que nuestro enemigo ha sido vencido”. Sí, el pecado ha sido vencido, y es por esa victoria de Cristo que podemos pelear esta batalla.

Esta primera obligación del evangelio que encontramos en Romanos es un llamado a la fe, a creer que lo que Él dijo hacer realmente ha sido hecho. La obediencia sumisa a la que Pablo nos llama en Romanos 6:13 —“… ofrézcanse más bien a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida…”— se basa sobre la fe en el hecho consumado del evangelio: estamos muertos al pecado y vivos para Dios; hemos sido liberados de la esclavitud al pecado capacitados para someternos a Él.

Lo que esta nueva vida significa es que estamos confiados en que el cambio va a suceder. Podemos pelear valientemente para “quitarnos” el pecado que todavía mora en nuestros cuerpos mortales. No estamos solos; no, estamos en Él, y Él mismo nos sacó de esa tumba de pecado y muerte. Nos ha presentado junto a Él, completamente vivos en la presencia del Padre. Aunque sabemos que esto es verdad, puede haber ocasiones, particularmente cuando estamos luchando contra nuestro pecado, en que nos cuesta trabajo creerlo. Y es entonces cuando tenemos que volver al mandato que nos llama a recordar. En otras palabras, debemos quitar la mirada de nuestro pecado y ponerla en Su obra consumada en la cruz.

Al igual que los gálatas, necesitamos que nos recuerden estas verdades, especialmente cuando somos tentados a volver a caer en el desánimo que surge del moralismo y de la justicia propia. Aprópiate de las declaraciones personales de Pablo en Gálatas 2:20-21; aplícalas por fe a tu lucha contra el pecado: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio Su vida por mí”.

Nuestra vieja naturaleza ha sido crucificada con Él. La persona que una vez fuimos está muerta, y ahora hay un espíritu diferente habitando en nuestros cuerpos, el Espíritu del Cristo resucitado. Por supuesto, debemos apropiarnos de esto una y otra vez por fe, y creer obstinadamente que el Hijo de Dios no nos puede abandonar. Nos ama tanto que dio Su vida por nosotros.

La fuente del gozo

Domingo 3 Septiembre
Nos gozaremos y alegraremos en ti; nos acordaremos de tus amores más que del vino.
Cantar de los Cantares 1:4
La fuente del gozo
El frescor de una nueva fe puede traer una alegría tan viva que nos eleva por encima de nuestras circunstancias. Después de ser llevados al Señor Jesús y encontrar en él esa dulce seguridad del perdón y la perfecta aceptación, todo a nuestro alrededor parece estar vivo y lleno de alabanzas a Dios

Sin embargo, por muy desbordante y real que sea esta alegría, no siempre permanece tan profunda y entusiasta como en nuestra conversión. Su fervor pronto se desvanece y nos preguntamos qué ha pasado. ¿Por qué no conservamos ese inmenso gozo que era tan valioso para nosotros y que deseábamos profundamente no perder jamás?

La respuesta se halla en el bello versículo de hoy. El gozo es un elemento profundamente importante en la vida cristiana, pero no puede sostenerse por sí mismo. Si hacemos del gozo nuestro objetivo, lo perderemos. El gozo no puede alimentar nuestras almas. Solamente puede ser el resultado de algo más importante. “Nos gozaremos y alegraremos en ti”. El Hijo del Dios, que murió y resucitó por nosotros, es el único Objeto que puede llenar verdaderamente nuestro corazón de gozo profundo y perdurable. Debemos alimentarnos de él y del alimento sólido de su Palabra. Entonces podremos decir como Jeremías: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jer. 15:16).

El versículo de hoy dice: “Nos acordaremos de tus amores más que del vino”. El vino simboliza el gozo, aquello que trae emoción. Es mucho más importante recordar el amor del Señor Jesús que el gozo de nuestras propias experiencias. Su gozo, su amor y él mismo permanecen igual, mientras que nuestro gozo viene y va. No puede permanecer constante.

Hagamos del amor del Señor, de su Palabra y de su Persona, los objetos de nuestra meditación. Entonces tendremos un gozo puro y precioso.

L. M. Grant
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¿EXISTEN LOS VALORES ABSOLUTOS?

¿EXISTEN LOS VALORES ABSOLUTOS?

El relativismo no es nada nuevo, pues Heráclito, filósofo de la antigüedad griega, ya había planteado que: «Nunca se baña uno dos veces en el mismo río, porque el agua siempre es nueva». De esa manera señalaba el cambio constante que embebe todo nuestro existir. Si todo está continuamente fluyendo (cambiando) entonces, nada permanece igual. Todo es relativo en cuanto a la manera en que las cosas son en un momento.

¿Cómo puede algún valor ser absoluto?
Varias son las teorías morales que han formulado retos a la naturaleza absoluta de los imperativos morales desde la época de Heráclito a la fecha. Algunos afirmaron que no hay leyes rígidas. Kierkegaard decía que todos los mandamientos éticos son trascendidos por los deberes religiosos, tal como Abraham tuvo que dar «un salto de fe» trascendiendo toda moral para sacrificar a Isaac. A.J. Ayer decía que todos los juicios de valor eran, literalmente, insensatos por ser inverificables mediante la experiencia. Algunos plantearon que, en realidad, la ética solo consta de principios generales que sirven para el propósito de estructurar (informar, en el sentido de dar forma o moldear) la sociedad. Jeremy Bentham y John Stuart Mill concordaron en que deben seguirse las normas sociales generales para que el hombre pueda ser feliz pero que, en última instancia, no son obligatorias. Otros, como Joseph Fletcher, piensan que todas las normas deben ser evaluadas por el individuo en cada situación.
La ética situacional de Joseph Fletcher está construida sobre la idea de que «nuestra obligación es relativa a la situación». El amor es el único absoluto para Fletcher, y todos los otros mandamientos morales son relativos respecto a ese absoluto. La única manera de juzgar lo bueno y lo malo es considerando los resultados. Lo que «sirve» o «satisface» es lo bueno. Los valores, entonces, no son hechos por Dios ni por la sociedad, sino por el individuo que debe decidir qué es lo bueno para él en una situación dada. Cuando se pregunta: «¿Es malo el adulterio?», Fletcher responde: «Uno solo puede contestar: “No sé. Quizá. Plantee un caso. Describa una situación real”». Fletcher cree que así elimina la crueldad del legalismo al enfocarse en las personas antes que en los preceptos.

Ética situacional
El libro de Joseph Fletcher, Ética situacional, no ofrecía ideas novedosas cuando fue publicado en 1966, sino que esclarecía la posición, lo cual la popularizó. Fletcher expresa sin ambages que sus presuposiciones son el pragmatismo (el fin justifica los medios), el relativismo (solo el amor es absoluto; todos los demás valores son relativos), el positivismo (los principios morales se creen, no se prueban), y el personalismo (las personas son más importantes que las cosas). Fletcher, refiriéndose a la Biblia, dice: «La melancolía barata o frustración absoluta nos seguirá si hacemos de la Biblia un libro de reglas, olvidando que es una colección de refranes, tal como el Sermón de la Montaña, que nos ofrece cuando mucho unos paradigmas o sugerencias» (p. 77). Fletcher defiende el pragmatismo al preguntar: «¿Qué justifica a los medios si el fin no los justifica?» (p. 120). Fletcher es coherente, al menos, pues procede a reconocer que los fines deben también ser justificados. El amor es el único fin que se justifica a sí mismo (p. 129), lo cual suscita la reflexión: Si el amor se justifica a sí mismo, ¿por qué no pueden ser buenos en sí mismos los otros bienes? Si lo fueran, entonces ya no serían medios sino fines en sí mismos.

LA IMPOSIBILIDAD DE NEGAR LOS ABSOLUTOS
Negar los absolutos implica una incoherencia fundamental: uno debe considerar que hay absolutos en el proceso mismo de la negación; por más razonables que parezcan esas propuestas. Para negar absolutos uno debe formular una negación absoluta. Es como decir: «Nunca digas nunca»; pues uno lo acaba de decir. O: «Siempre es malo decir siempre»; pues uno tiene que pronunciarlo para decirlo. ¿Cómo puede uno tener la certeza absoluta de que no hay absolutos?
Además, si el relativismo fuese cierto, entonces, debe haber algo respecto a lo cual todas las cosas son relativas, pero que no sea relativo en sí mismo. En otras palabras, algo tiene que ser absoluto antes que podamos ver que todo lo demás es relativo a eso. He aquí la naturaleza de las relaciones: existen entre dos o más cosas. Nada puede ser relativo en Sí mismo, y si todo lo demás es relativo, entonces tales relaciones no son reales. Tiene que haber algo inmutable con lo cual podamos medir el cambio en todo lo demás. Hasta Einstein lo admitió, y planteó un Espíritu absoluto al cual todo lo demás estaría relacionado. John Dewey, educador y filósofo norteamericano (1859–1952), avanzó al absoluto en su progresión; y Heráclito tuvo un Logos absoluto que medía el «fluir» de su río.

AFIRMAR VALORES ABSOLUTOS
Demostrar que el relativismo es erróneo no prueba que los valores cristianos sean buenos. El relativista replica: «¿Con que hay alguno valores absolutos? Nómbreme uno». C.S. Lewis nombró varios en sus obras al mostrar que muchas cosas son universalmente reconocidas como malas, por ejemplo, la crueldad con los niños, la violación, el asesinato sin causa debida, etc. Lewis también comentó (en el apéndice de su libro Abolition of Man), que los valores no cambian mucho de una cultura a otra sino que son muy similares. Nuestro desafío es, de todos modos, nombrar uno solo.
Algunos pensadores han tratado de reducir todos los principios morales a un absoluto central. Kant planteó su «imperativo categórico», que debe seguirse en toda circunstancia y que se descubre al preguntarse, en cada decisión: «¿Quiero que esta acción sea costumbre universal para todos los hombres?» Si usted contesta que no, entonces no lo haga. ¿Quiere que todos los hombres le mientan? Entonces, no mienta. ¿Quiere que todos los hombres no asesinen? Entonces, no asesine. Haga solo las cosas que quiere que todos los hombres sean capaces de hacer.

El quid del asunto
Si uno quiere llegar al quid del asunto y saber lo que realmente cree alguien respecto de los valores, indague cuáles son las expectativas de esa persona. Alguien puede decir, con toda facilidad, que la gente no vale más que las cosas, pero resistirá si uno lo trata como a un fósforo quemado y lo desecha. Espera que lo traten como persona valiosa, aunque niegue verbalmente ese valor. Hasta el que proclama que no hay valores, continúa valorando el derecho a tener esa opinión y espera que uno haga lo mismo. Este hecho nos sirve mucho para afirmar los valores absolutos, porque los hace efectivamente innegables. Cada vez que alguien niega los valores absolutos, espera que lo traten como alguien con valor absoluto.
Martin Buber dijo que el principio moral más importante es tratar a las personas como tales, no como cosas, pues podemos vivir viendo todo lo demás como «eso» o admitir que algunas cosas son similares a nosotros y debemos llamarlas «tú». Las interrelaciones «yo-tú» son, para Buber, las que confieren significado a la vida, y son el fundamento de todos los valores. La gente debe ser tratada como fines en sí misma y no como medio para un fin. Debe ser amada, no usada.
No cuesta mucho percatarse de que Kant y Buber concuerdan, en principio, con Jesús, en lo referido al valor más importante. Jesús dijo que tratemos a las personas en la forma en que queremos que ellas nos traten. Cuando se le preguntó cuál era la ley más importante del Antiguo Testamento, replicó: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas».
¿Qué es, pues, el imperativo categórico kantiano sino una reformulación de la regla de oro de Cristo? Y ¿qué es el «grande mandamiento» sino un imperativo para mantener las relaciones «yo-tú» con todas las personas, y, muy en especial, con el Tú Definitivo y Final?
Yo y tú
Martin Buber (1878–1965), el famoso filósofo existencialista judío-austríaco, exploró el ámbito de las relaciones en un libro titulado Yo y tú, en el que usa ese término familiar, «tú» para expresar intimidad. Comenta que vivimos en tres niveles de vida diciendo: «Al extender las líneas de las relaciones, se interceptan en el tú eterno» (p. 123). Buber define el amor así: «Amor es la responsabilidad de un yo por un tú: en esto consiste eso que no puede consistir de ningún sentimiento: la igualdad de todos los que aman. Desde el menor al más grande; y desde aquel dichosamente seguro, cuya vida está circunscrita por la existencia de otro amado ser humano, hasta aquel cuya vida está clavada en la cruz del mundo, capaz de lo que es inmenso y suficientemente atrevido para arriesgarse: amar al ser humano» (Martin Buber, Yo y tú, Fondo de Cultura Económica, México).
La ética del amor cristiano es el cimiento principal sobre el que se establecen todas las otras normas éticas.
El amor es un valor absoluto universalmente reconocido. Hasta Bertrand Russell, famoso por su ensayo Por qué no soy cristiano, dijo: «El mundo necesita amor o compasión cristianas». Erich Fromm, el sicólogo humanista, afirma que todos los problemas provienen de la falta de amor. Confucio tuvo la misma idea pero la expresó en forma negativa: «No hagas a los otros lo que no quieras que ellos te hagan a ti». ¿Quién alegaría contra el amor?
«¿Cómo quiero que me trate la gente?», es la pregunta que constituye la esencia del imperativo categórico kantiano pues, ciertamente, todos deseamos ser amados. Si queremos ser amados, entonces debemos amar a los demás. No amarlos equivale a negar la cualidad de persona de ellos, pues amamos a las personas como tales. Efectivamente, ¿no es por eso que esperamos ser amados: porque somos personas y las tales deben ser amadas? Si debemos ser amados, entonces todas las personas deben ser amadas. Concluir otra cosa sería incoherente y arbitrario. El amor es un valor moral absoluto universalmente aceptado y esperado por toda la gente.

Geisler, N., & Brooks, R. (1997). Apologética: Herramientas valiosas para la defensa de la fe (pp. 334-339). Editorial Unilit.

Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

Sábado 2 Septiembre
Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.
Lucas 23:34
Perdonar
Mientras que muchas personas han batallado para salvar a un amigo, nuestro Señor, antes de su muerte, utilizó su último aliento para interceder por sus enemigos. En el punto más álgido de su sufrimiento en manos de hombres ingratos, él hizo la petición del versículo de hoy. Cuando Pedro preguntó: “¿Cuántas veces perdonaré… ?” Jesús respondió: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mt. 18:21-22).

En algunas personas, el hecho de no tomarse a pecho los insultos se debe más bien a un temperamento frío e indiferente: poseen una insensibilidad estoica tanto a la bondad como a la maldad. No fue así con Jesús. Su naturaleza santa lo hacía profundamente sensible a la ingratitud y a los insultos, fueran fruto del odio o de la traición. Muchas personas están más dispuestas a perdonar a un enemigo abierto y desenmascarado que a perdonar y olvidar cuando se trata de la infidelidad y la insensibilidad de un amigo, o de un amor no correspondido. ¡El Señor no fue así!

Fíjense en cómo actuó Jesús con sus propios discípulos, quienes lo abandonaron cuando más los necesitaba. Lo primero que hizo después de resucitar fue disipar sus temores y les aseguró su amor eterno. Se encontró con ellos para bendición (Jn. 20:20-21), y cuando ascendió, los dejó con una bendición (Lc. 24:50). Al igual que el Señor, no debemos considerar a nadie como nuestro enemigo, ni actuar con amarga recriminación.

Interpretemos los fallos de los demás de la mejor manera posible y no hagamos insinuaciones o comentarios injuriosos. Considerémonos a nosotros mismos, no sea que también seamos tentados (Gá. 6:1). Cuando albergamos conscientemente un espíritu implacable, consideremos donde estaríamos si el Señor se hubiese comportado de esa forma con nosotros. Recordemos: “De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Col. 3:13).

J. R. MacDuff
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Complacer a Dios

Viernes 1 Septiembre
Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto.
1 Corintios 10:5
Complacer a Dios
Toda alma regenerada tiene la capacidad y el deseo de agradar a Dios. Por el contrario, “los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Ro. 8:8), y “sin fe es imposible agradar a Dios” (He. 11:6).

Enoc fue uno de los creyentes del Antiguo Testamento que agradó a Dios al mantenerse alejado de la contaminación y la impiedad de la cultura en la que vivía (He. 11:5). Entonces, antes del diluvio, Dios lo sacó de este mundo sin que pasara por la muerte. Enoc es una bella imagen de la esperanza cristiana de ser librados de la ira venidera. Sin embargo, Dios no se agradó en varios de los hijos de Israel. Ellos se caracterizaban por la codicia, la idolatría y la fornicación; además tentaron al Señor y murmuraron. Como resultado, Dios los derribó en el desierto, y esto fue escrito para nuestra admonición, para que evitemos cometer los mismos errores.

Buscar agradar a Dios tiene un efecto positivo en nuestra vida de oración. El apóstol Juan escribió: “Cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Jn. 3:22). Solo un Hombre, el Señor Jesús, pudo decir: “Yo hago siempre lo que le agrada” (Jn. 8:29). Por lo tanto, él es el ejemplo perfecto que debemos seguir. Aunque no siempre podamos complacer a Dios a causa de la carne miserable en nosotros, debemos recordar que (1) nuestra liberación se ha cumplido en Cristo; y que (2) tenemos, a través del Espíritu que mora en nosotros, el poder para someternos a Dios (Ro. 8:13).

Finalmente, tomemos en serio esta exhortación: “Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más” (1 Ts. 4:1).

Richard A. Barnett
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Debes ser débil para ser santificado | Caleb Clark

Debes ser débil para ser santificado

Caleb Clark

«No sé qué hacer», le dije a mi esposa. «No estoy leyendo la Biblia. No estoy dedicando tiempo a la oración. Me siento un fracaso». Mi esposa me escuchó atentamente. Me puso la mano en la espalda, me miró a los ojos y me dijo amablemente: «Caleb, tienes que ir a orar». Ni siquiera se me había ocurrido la idea de acercarme a Dios en mi debilidad.

Cuando los cristianos hablan de «vencer el pecado» o de crecer en su fe, el tono predominante suele ser el de esforzarse con esfuerzo humano. Una persona puede decir «Yo necesito ser más disciplinado» o «Yo necesito trabajar más duro. Yo necesito fortalecer mis músculos espirituales, crear nuevos hábitos y mantenerme en ellos».

Esto no es del todo erróneo. Pero la Biblia nos dice que la santificación no es principalmente un acto de la voluntad. Por el contrario, se basa en reconocer nuestra debilidad y depender cada vez más del poder del Espíritu para transformar nuestras vidas.

Esfuérzate por depender
En su carta a los Filipenses, Pablo escribe: «Así que, amados míos, tal como siempre han obedecido, no solo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocúpense en su salvación con temor y temblor. Porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer, para Su buena intención» (Fil 2:12-13, énfasis añadido).

La santificación se basa en reconocer nuestra debilidad y depender cada vez más del poder del Espíritu para transformar nuestras vidas

Pablo exhorta claramente al cristiano a esforzarse. Esto se relaciona con otros mandatos que da a los cristianos: andar por el Espíritu (Gá 5:16), despojarse de las obras de la carne (Ro 8:13-14) y proseguir hacia la meta final (Fil 3:14). El esfuerzo prescrito aquí es lo que solemos asociar con la santificación, y con razón. Esforzarse por la santidad es completamente bíblico.

Pero lo que a menudo se deja fuera de la conversación son las cláusulas calificativas en torno a la exhortación de Pablo a «esforzarnos». Primero escribe que debemos participar en el proceso de santificación con «temor y temblor». No son palabras que tendamos a asociar con el progreso en la carrera cristiana. Temor y temblor son términos que denotan la debilidad y la dependencia humanas ante Dios (cp. 1 Co 2:3).

¿Por qué el apóstol hace referencia a la debilidad? Porque está convencido de que la santificación consiste en aceptar nuestros límites y depender del Espíritu. Al fin y al cabo, Dios es quien santifica. Esa es la segunda cláusula calificativa: «Porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer» (v. 13). Nos esforzamos en nuestra salvación con temor y humildad, sabiendo que no somos lo suficientemente fuertes, pero Dios sí lo es.

No hay superhéroes espirituales
Al esforzarnos en Cristo para participar en nuestra santificación, nos hacemos «más débiles» en el sentido mundano. Perdemos nuestro sentido de autonomía e independencia; incluso perdemos la noción de que podemos obedecer a Dios con nuestras propias fuerzas. Pero ganamos mayor fe, una gloriosa dependencia del Espíritu, y esa es la fuerza verdadera.

Dios transmite esta verdad a Pablo cuando le dice: «Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad». El apóstol responde con alegría: «Con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades» (2 Co 12:9). El crecimiento en Cristo no convierte a Pablo en un superhéroe espiritual que logra todo lo que se propone. Más bien, su santificación es un proceso mediante el cual aprende a ser «débil en Él» para que el poder de Cristo se magnifique (13:4).

No podemos presumir de nuestro nivel de madurez espiritual, porque todo es obra de la gracia

¿Qué pasaría si la iglesia de hoy comprendiera firmemente la realidad de que hay que ser débil para ser santificado? En primer lugar, nuestro orgullo espiritual sería aplastado al saber que caminamos por el estrecho sendero de la santificación cada día solo a través de la abundante gracia de Dios. No podemos presumir de nuestro nivel de madurez espiritual, porque todo es obra de la gracia. En segundo lugar, nuestra fe abundaría.

La debilidad como invitación
Nuestros fracasos y debilidades a menudo nos impiden acercarnos con valentía al trono de la gracia. Cuando fallamos en leer nuestras biblias, pasar tiempo en oración, o desarrollar disciplinas espirituales, la culpa puede ser difícil de disipar. Los fracasos se responden con el mensaje mental de «¡Solo hazlo mejor!». Pero esta respuesta comprensible va en contra de la obra santificadora del Espíritu, porque pone el poder del cambio en manos humanas.

Si, por el contrario, vemos nuestras debilidades y fracasos como invitaciones a confiar en Dios, seremos libres para afrontarlos con una fe creciente, sabiendo que Dios actúa incluso cuando somos pecadores y débiles. No es como si no pudiera tocar lo peor de nosotros. Se complace en hacerlo, demostrando que Su fuerza es perfecta incluso en nuestra debilidad.

Cristiano, debes ser débil para ser santificado.

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Eduardo Fergusson.
Caleb Clark es el pastor de One Church en Huntington Beach, California, donde él y su esposa, Faith, residen. También es estudiante en el Seminario Teológico Talbot.