La fuente del gozo

Domingo 3 Septiembre
Nos gozaremos y alegraremos en ti; nos acordaremos de tus amores más que del vino.
Cantar de los Cantares 1:4
La fuente del gozo
El frescor de una nueva fe puede traer una alegría tan viva que nos eleva por encima de nuestras circunstancias. Después de ser llevados al Señor Jesús y encontrar en él esa dulce seguridad del perdón y la perfecta aceptación, todo a nuestro alrededor parece estar vivo y lleno de alabanzas a Dios

Sin embargo, por muy desbordante y real que sea esta alegría, no siempre permanece tan profunda y entusiasta como en nuestra conversión. Su fervor pronto se desvanece y nos preguntamos qué ha pasado. ¿Por qué no conservamos ese inmenso gozo que era tan valioso para nosotros y que deseábamos profundamente no perder jamás?

La respuesta se halla en el bello versículo de hoy. El gozo es un elemento profundamente importante en la vida cristiana, pero no puede sostenerse por sí mismo. Si hacemos del gozo nuestro objetivo, lo perderemos. El gozo no puede alimentar nuestras almas. Solamente puede ser el resultado de algo más importante. “Nos gozaremos y alegraremos en ti”. El Hijo del Dios, que murió y resucitó por nosotros, es el único Objeto que puede llenar verdaderamente nuestro corazón de gozo profundo y perdurable. Debemos alimentarnos de él y del alimento sólido de su Palabra. Entonces podremos decir como Jeremías: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jer. 15:16).

El versículo de hoy dice: “Nos acordaremos de tus amores más que del vino”. El vino simboliza el gozo, aquello que trae emoción. Es mucho más importante recordar el amor del Señor Jesús que el gozo de nuestras propias experiencias. Su gozo, su amor y él mismo permanecen igual, mientras que nuestro gozo viene y va. No puede permanecer constante.

Hagamos del amor del Señor, de su Palabra y de su Persona, los objetos de nuestra meditación. Entonces tendremos un gozo puro y precioso.

L. M. Grant
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

¿EXISTEN LOS VALORES ABSOLUTOS?

¿EXISTEN LOS VALORES ABSOLUTOS?

El relativismo no es nada nuevo, pues Heráclito, filósofo de la antigüedad griega, ya había planteado que: «Nunca se baña uno dos veces en el mismo río, porque el agua siempre es nueva». De esa manera señalaba el cambio constante que embebe todo nuestro existir. Si todo está continuamente fluyendo (cambiando) entonces, nada permanece igual. Todo es relativo en cuanto a la manera en que las cosas son en un momento.

¿Cómo puede algún valor ser absoluto?
Varias son las teorías morales que han formulado retos a la naturaleza absoluta de los imperativos morales desde la época de Heráclito a la fecha. Algunos afirmaron que no hay leyes rígidas. Kierkegaard decía que todos los mandamientos éticos son trascendidos por los deberes religiosos, tal como Abraham tuvo que dar «un salto de fe» trascendiendo toda moral para sacrificar a Isaac. A.J. Ayer decía que todos los juicios de valor eran, literalmente, insensatos por ser inverificables mediante la experiencia. Algunos plantearon que, en realidad, la ética solo consta de principios generales que sirven para el propósito de estructurar (informar, en el sentido de dar forma o moldear) la sociedad. Jeremy Bentham y John Stuart Mill concordaron en que deben seguirse las normas sociales generales para que el hombre pueda ser feliz pero que, en última instancia, no son obligatorias. Otros, como Joseph Fletcher, piensan que todas las normas deben ser evaluadas por el individuo en cada situación.
La ética situacional de Joseph Fletcher está construida sobre la idea de que «nuestra obligación es relativa a la situación». El amor es el único absoluto para Fletcher, y todos los otros mandamientos morales son relativos respecto a ese absoluto. La única manera de juzgar lo bueno y lo malo es considerando los resultados. Lo que «sirve» o «satisface» es lo bueno. Los valores, entonces, no son hechos por Dios ni por la sociedad, sino por el individuo que debe decidir qué es lo bueno para él en una situación dada. Cuando se pregunta: «¿Es malo el adulterio?», Fletcher responde: «Uno solo puede contestar: “No sé. Quizá. Plantee un caso. Describa una situación real”». Fletcher cree que así elimina la crueldad del legalismo al enfocarse en las personas antes que en los preceptos.

Ética situacional
El libro de Joseph Fletcher, Ética situacional, no ofrecía ideas novedosas cuando fue publicado en 1966, sino que esclarecía la posición, lo cual la popularizó. Fletcher expresa sin ambages que sus presuposiciones son el pragmatismo (el fin justifica los medios), el relativismo (solo el amor es absoluto; todos los demás valores son relativos), el positivismo (los principios morales se creen, no se prueban), y el personalismo (las personas son más importantes que las cosas). Fletcher, refiriéndose a la Biblia, dice: «La melancolía barata o frustración absoluta nos seguirá si hacemos de la Biblia un libro de reglas, olvidando que es una colección de refranes, tal como el Sermón de la Montaña, que nos ofrece cuando mucho unos paradigmas o sugerencias» (p. 77). Fletcher defiende el pragmatismo al preguntar: «¿Qué justifica a los medios si el fin no los justifica?» (p. 120). Fletcher es coherente, al menos, pues procede a reconocer que los fines deben también ser justificados. El amor es el único fin que se justifica a sí mismo (p. 129), lo cual suscita la reflexión: Si el amor se justifica a sí mismo, ¿por qué no pueden ser buenos en sí mismos los otros bienes? Si lo fueran, entonces ya no serían medios sino fines en sí mismos.

LA IMPOSIBILIDAD DE NEGAR LOS ABSOLUTOS
Negar los absolutos implica una incoherencia fundamental: uno debe considerar que hay absolutos en el proceso mismo de la negación; por más razonables que parezcan esas propuestas. Para negar absolutos uno debe formular una negación absoluta. Es como decir: «Nunca digas nunca»; pues uno lo acaba de decir. O: «Siempre es malo decir siempre»; pues uno tiene que pronunciarlo para decirlo. ¿Cómo puede uno tener la certeza absoluta de que no hay absolutos?
Además, si el relativismo fuese cierto, entonces, debe haber algo respecto a lo cual todas las cosas son relativas, pero que no sea relativo en sí mismo. En otras palabras, algo tiene que ser absoluto antes que podamos ver que todo lo demás es relativo a eso. He aquí la naturaleza de las relaciones: existen entre dos o más cosas. Nada puede ser relativo en Sí mismo, y si todo lo demás es relativo, entonces tales relaciones no son reales. Tiene que haber algo inmutable con lo cual podamos medir el cambio en todo lo demás. Hasta Einstein lo admitió, y planteó un Espíritu absoluto al cual todo lo demás estaría relacionado. John Dewey, educador y filósofo norteamericano (1859–1952), avanzó al absoluto en su progresión; y Heráclito tuvo un Logos absoluto que medía el «fluir» de su río.

AFIRMAR VALORES ABSOLUTOS
Demostrar que el relativismo es erróneo no prueba que los valores cristianos sean buenos. El relativista replica: «¿Con que hay alguno valores absolutos? Nómbreme uno». C.S. Lewis nombró varios en sus obras al mostrar que muchas cosas son universalmente reconocidas como malas, por ejemplo, la crueldad con los niños, la violación, el asesinato sin causa debida, etc. Lewis también comentó (en el apéndice de su libro Abolition of Man), que los valores no cambian mucho de una cultura a otra sino que son muy similares. Nuestro desafío es, de todos modos, nombrar uno solo.
Algunos pensadores han tratado de reducir todos los principios morales a un absoluto central. Kant planteó su «imperativo categórico», que debe seguirse en toda circunstancia y que se descubre al preguntarse, en cada decisión: «¿Quiero que esta acción sea costumbre universal para todos los hombres?» Si usted contesta que no, entonces no lo haga. ¿Quiere que todos los hombres le mientan? Entonces, no mienta. ¿Quiere que todos los hombres no asesinen? Entonces, no asesine. Haga solo las cosas que quiere que todos los hombres sean capaces de hacer.

El quid del asunto
Si uno quiere llegar al quid del asunto y saber lo que realmente cree alguien respecto de los valores, indague cuáles son las expectativas de esa persona. Alguien puede decir, con toda facilidad, que la gente no vale más que las cosas, pero resistirá si uno lo trata como a un fósforo quemado y lo desecha. Espera que lo traten como persona valiosa, aunque niegue verbalmente ese valor. Hasta el que proclama que no hay valores, continúa valorando el derecho a tener esa opinión y espera que uno haga lo mismo. Este hecho nos sirve mucho para afirmar los valores absolutos, porque los hace efectivamente innegables. Cada vez que alguien niega los valores absolutos, espera que lo traten como alguien con valor absoluto.
Martin Buber dijo que el principio moral más importante es tratar a las personas como tales, no como cosas, pues podemos vivir viendo todo lo demás como «eso» o admitir que algunas cosas son similares a nosotros y debemos llamarlas «tú». Las interrelaciones «yo-tú» son, para Buber, las que confieren significado a la vida, y son el fundamento de todos los valores. La gente debe ser tratada como fines en sí misma y no como medio para un fin. Debe ser amada, no usada.
No cuesta mucho percatarse de que Kant y Buber concuerdan, en principio, con Jesús, en lo referido al valor más importante. Jesús dijo que tratemos a las personas en la forma en que queremos que ellas nos traten. Cuando se le preguntó cuál era la ley más importante del Antiguo Testamento, replicó: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas».
¿Qué es, pues, el imperativo categórico kantiano sino una reformulación de la regla de oro de Cristo? Y ¿qué es el «grande mandamiento» sino un imperativo para mantener las relaciones «yo-tú» con todas las personas, y, muy en especial, con el Tú Definitivo y Final?
Yo y tú
Martin Buber (1878–1965), el famoso filósofo existencialista judío-austríaco, exploró el ámbito de las relaciones en un libro titulado Yo y tú, en el que usa ese término familiar, «tú» para expresar intimidad. Comenta que vivimos en tres niveles de vida diciendo: «Al extender las líneas de las relaciones, se interceptan en el tú eterno» (p. 123). Buber define el amor así: «Amor es la responsabilidad de un yo por un tú: en esto consiste eso que no puede consistir de ningún sentimiento: la igualdad de todos los que aman. Desde el menor al más grande; y desde aquel dichosamente seguro, cuya vida está circunscrita por la existencia de otro amado ser humano, hasta aquel cuya vida está clavada en la cruz del mundo, capaz de lo que es inmenso y suficientemente atrevido para arriesgarse: amar al ser humano» (Martin Buber, Yo y tú, Fondo de Cultura Económica, México).
La ética del amor cristiano es el cimiento principal sobre el que se establecen todas las otras normas éticas.
El amor es un valor absoluto universalmente reconocido. Hasta Bertrand Russell, famoso por su ensayo Por qué no soy cristiano, dijo: «El mundo necesita amor o compasión cristianas». Erich Fromm, el sicólogo humanista, afirma que todos los problemas provienen de la falta de amor. Confucio tuvo la misma idea pero la expresó en forma negativa: «No hagas a los otros lo que no quieras que ellos te hagan a ti». ¿Quién alegaría contra el amor?
«¿Cómo quiero que me trate la gente?», es la pregunta que constituye la esencia del imperativo categórico kantiano pues, ciertamente, todos deseamos ser amados. Si queremos ser amados, entonces debemos amar a los demás. No amarlos equivale a negar la cualidad de persona de ellos, pues amamos a las personas como tales. Efectivamente, ¿no es por eso que esperamos ser amados: porque somos personas y las tales deben ser amadas? Si debemos ser amados, entonces todas las personas deben ser amadas. Concluir otra cosa sería incoherente y arbitrario. El amor es un valor moral absoluto universalmente aceptado y esperado por toda la gente.

Geisler, N., & Brooks, R. (1997). Apologética: Herramientas valiosas para la defensa de la fe (pp. 334-339). Editorial Unilit.

Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

Sábado 2 Septiembre
Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.
Lucas 23:34
Perdonar
Mientras que muchas personas han batallado para salvar a un amigo, nuestro Señor, antes de su muerte, utilizó su último aliento para interceder por sus enemigos. En el punto más álgido de su sufrimiento en manos de hombres ingratos, él hizo la petición del versículo de hoy. Cuando Pedro preguntó: “¿Cuántas veces perdonaré… ?” Jesús respondió: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mt. 18:21-22).

En algunas personas, el hecho de no tomarse a pecho los insultos se debe más bien a un temperamento frío e indiferente: poseen una insensibilidad estoica tanto a la bondad como a la maldad. No fue así con Jesús. Su naturaleza santa lo hacía profundamente sensible a la ingratitud y a los insultos, fueran fruto del odio o de la traición. Muchas personas están más dispuestas a perdonar a un enemigo abierto y desenmascarado que a perdonar y olvidar cuando se trata de la infidelidad y la insensibilidad de un amigo, o de un amor no correspondido. ¡El Señor no fue así!

Fíjense en cómo actuó Jesús con sus propios discípulos, quienes lo abandonaron cuando más los necesitaba. Lo primero que hizo después de resucitar fue disipar sus temores y les aseguró su amor eterno. Se encontró con ellos para bendición (Jn. 20:20-21), y cuando ascendió, los dejó con una bendición (Lc. 24:50). Al igual que el Señor, no debemos considerar a nadie como nuestro enemigo, ni actuar con amarga recriminación.

Interpretemos los fallos de los demás de la mejor manera posible y no hagamos insinuaciones o comentarios injuriosos. Considerémonos a nosotros mismos, no sea que también seamos tentados (Gá. 6:1). Cuando albergamos conscientemente un espíritu implacable, consideremos donde estaríamos si el Señor se hubiese comportado de esa forma con nosotros. Recordemos: “De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Col. 3:13).

J. R. MacDuff
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Complacer a Dios

Viernes 1 Septiembre
Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto.
1 Corintios 10:5
Complacer a Dios
Toda alma regenerada tiene la capacidad y el deseo de agradar a Dios. Por el contrario, “los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Ro. 8:8), y “sin fe es imposible agradar a Dios” (He. 11:6).

Enoc fue uno de los creyentes del Antiguo Testamento que agradó a Dios al mantenerse alejado de la contaminación y la impiedad de la cultura en la que vivía (He. 11:5). Entonces, antes del diluvio, Dios lo sacó de este mundo sin que pasara por la muerte. Enoc es una bella imagen de la esperanza cristiana de ser librados de la ira venidera. Sin embargo, Dios no se agradó en varios de los hijos de Israel. Ellos se caracterizaban por la codicia, la idolatría y la fornicación; además tentaron al Señor y murmuraron. Como resultado, Dios los derribó en el desierto, y esto fue escrito para nuestra admonición, para que evitemos cometer los mismos errores.

Buscar agradar a Dios tiene un efecto positivo en nuestra vida de oración. El apóstol Juan escribió: “Cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Jn. 3:22). Solo un Hombre, el Señor Jesús, pudo decir: “Yo hago siempre lo que le agrada” (Jn. 8:29). Por lo tanto, él es el ejemplo perfecto que debemos seguir. Aunque no siempre podamos complacer a Dios a causa de la carne miserable en nosotros, debemos recordar que (1) nuestra liberación se ha cumplido en Cristo; y que (2) tenemos, a través del Espíritu que mora en nosotros, el poder para someternos a Dios (Ro. 8:13).

Finalmente, tomemos en serio esta exhortación: “Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más” (1 Ts. 4:1).

Richard A. Barnett
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Debes ser débil para ser santificado | Caleb Clark

Debes ser débil para ser santificado

Caleb Clark

«No sé qué hacer», le dije a mi esposa. «No estoy leyendo la Biblia. No estoy dedicando tiempo a la oración. Me siento un fracaso». Mi esposa me escuchó atentamente. Me puso la mano en la espalda, me miró a los ojos y me dijo amablemente: «Caleb, tienes que ir a orar». Ni siquiera se me había ocurrido la idea de acercarme a Dios en mi debilidad.

Cuando los cristianos hablan de «vencer el pecado» o de crecer en su fe, el tono predominante suele ser el de esforzarse con esfuerzo humano. Una persona puede decir «Yo necesito ser más disciplinado» o «Yo necesito trabajar más duro. Yo necesito fortalecer mis músculos espirituales, crear nuevos hábitos y mantenerme en ellos».

Esto no es del todo erróneo. Pero la Biblia nos dice que la santificación no es principalmente un acto de la voluntad. Por el contrario, se basa en reconocer nuestra debilidad y depender cada vez más del poder del Espíritu para transformar nuestras vidas.

Esfuérzate por depender
En su carta a los Filipenses, Pablo escribe: «Así que, amados míos, tal como siempre han obedecido, no solo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocúpense en su salvación con temor y temblor. Porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer, para Su buena intención» (Fil 2:12-13, énfasis añadido).

La santificación se basa en reconocer nuestra debilidad y depender cada vez más del poder del Espíritu para transformar nuestras vidas

Pablo exhorta claramente al cristiano a esforzarse. Esto se relaciona con otros mandatos que da a los cristianos: andar por el Espíritu (Gá 5:16), despojarse de las obras de la carne (Ro 8:13-14) y proseguir hacia la meta final (Fil 3:14). El esfuerzo prescrito aquí es lo que solemos asociar con la santificación, y con razón. Esforzarse por la santidad es completamente bíblico.

Pero lo que a menudo se deja fuera de la conversación son las cláusulas calificativas en torno a la exhortación de Pablo a «esforzarnos». Primero escribe que debemos participar en el proceso de santificación con «temor y temblor». No son palabras que tendamos a asociar con el progreso en la carrera cristiana. Temor y temblor son términos que denotan la debilidad y la dependencia humanas ante Dios (cp. 1 Co 2:3).

¿Por qué el apóstol hace referencia a la debilidad? Porque está convencido de que la santificación consiste en aceptar nuestros límites y depender del Espíritu. Al fin y al cabo, Dios es quien santifica. Esa es la segunda cláusula calificativa: «Porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer» (v. 13). Nos esforzamos en nuestra salvación con temor y humildad, sabiendo que no somos lo suficientemente fuertes, pero Dios sí lo es.

No hay superhéroes espirituales
Al esforzarnos en Cristo para participar en nuestra santificación, nos hacemos «más débiles» en el sentido mundano. Perdemos nuestro sentido de autonomía e independencia; incluso perdemos la noción de que podemos obedecer a Dios con nuestras propias fuerzas. Pero ganamos mayor fe, una gloriosa dependencia del Espíritu, y esa es la fuerza verdadera.

Dios transmite esta verdad a Pablo cuando le dice: «Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad». El apóstol responde con alegría: «Con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades» (2 Co 12:9). El crecimiento en Cristo no convierte a Pablo en un superhéroe espiritual que logra todo lo que se propone. Más bien, su santificación es un proceso mediante el cual aprende a ser «débil en Él» para que el poder de Cristo se magnifique (13:4).

No podemos presumir de nuestro nivel de madurez espiritual, porque todo es obra de la gracia

¿Qué pasaría si la iglesia de hoy comprendiera firmemente la realidad de que hay que ser débil para ser santificado? En primer lugar, nuestro orgullo espiritual sería aplastado al saber que caminamos por el estrecho sendero de la santificación cada día solo a través de la abundante gracia de Dios. No podemos presumir de nuestro nivel de madurez espiritual, porque todo es obra de la gracia. En segundo lugar, nuestra fe abundaría.

La debilidad como invitación
Nuestros fracasos y debilidades a menudo nos impiden acercarnos con valentía al trono de la gracia. Cuando fallamos en leer nuestras biblias, pasar tiempo en oración, o desarrollar disciplinas espirituales, la culpa puede ser difícil de disipar. Los fracasos se responden con el mensaje mental de «¡Solo hazlo mejor!». Pero esta respuesta comprensible va en contra de la obra santificadora del Espíritu, porque pone el poder del cambio en manos humanas.

Si, por el contrario, vemos nuestras debilidades y fracasos como invitaciones a confiar en Dios, seremos libres para afrontarlos con una fe creciente, sabiendo que Dios actúa incluso cuando somos pecadores y débiles. No es como si no pudiera tocar lo peor de nosotros. Se complace en hacerlo, demostrando que Su fuerza es perfecta incluso en nuestra debilidad.

Cristiano, debes ser débil para ser santificado.

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Eduardo Fergusson.
Caleb Clark es el pastor de One Church en Huntington Beach, California, donde él y su esposa, Faith, residen. También es estudiante en el Seminario Teológico Talbot.

Después de la cautividad en Babilonia (25) Tristes noticias

Jueves 31 Agosto
Los príncipes vinieron a mí, diciendo: El pueblo de Israel y los sacerdotes y levitas no se han separado de los pueblos de las tierras… han tomado de las hijas de ellos para sí y para sus hijos, y el linaje santo ha sido mezclado con los pueblos de las tierras… Cuando oí esto, rasgué mi vestido y mi manto, y arranqué pelo de mi cabeza y de mi barba, y me senté angustiado en extremo.
Esdras 9:1-3
Después de la cautividad en Babilonia (25) Tristes noticias
Esdras y los que lo acompañaban solo llevaban unos días en Jerusalén cuando recibieron una triste noticia: muchos israelitas, incluso sacerdotes y levitas, se habían casado con personas paganas de los pueblos que los rodeaban. Sus líderes y gobernantes fueron los primeros en hacerlo. Su reacción fue inmediata: ayunó, rasgó su ropa y se arrancó el pelo y la barba, y se sentó desesperado hasta el sacrificio de la tarde. Quienes temían ante la Palabra de Dios se unieron a él en su angustia.

En el momento del sacrificio de la tarde -la hora en que nuestro Señor Jesús, varios años más adelante, murió en la cruz por nuestros pecados- Esdras se puso de rodillas y comenzó a orar con vergüenza y humillación, llorando y confesando este gran pecado: habían desobedecido al Señor al casarse con mujeres paganas. Al orar, se identificó con las personas que habían pecado. Orando con toda humildad, reconoció que Dios es justo. Dijo varias veces “nosotros” en su oración, pero nunca dijo “ellos”. Muchos hombres, mujeres y niños se unieron a él durante su oración, y todos lloraron amargamente.

Nuestra tendencia natural, cuando el pecado sale a la luz, es culpar a los que han pecado, haciéndonos quedar bien por efecto de comparación. Sin embargo, ante Dios, no solo somos personas individuales, sino también parte del grupo al que pertenecemos, ya sea una asamblea, una comunidad o una nación. Que Dios nos ayude a ocupar nuestro lugar en la humillación ante él. Esdras no se dio por vencido ni regresó a Babilonia para asociarse con mejores personas. Él, junto con quienes lo acompañaban, necesitaban no solo confesar, sino también abandonar su pecado para hallar misericordia (Pr. 28:13).

Eugene P. Vedder, Jr.
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

El dominio propio y tu ira pecaminosa | Aaron Halbert

El dominio propio y tu ira pecaminosa

Por Aaron Halbert

Cuando me pidieron que escribiera sobre el dominio propio y la ira, mi respuesta inmediata fue: «¡Soy la última persona que debería escribir sobre este tema!». No dije esto porque no tenga problemas en esta área, sino porque, en el momento en que me preguntaron, estaba lidiando con cosas que revelaban ira dentro de mi propio corazón. Simplemente había tantas situaciones que estaban alimentando este pecado en mí. Para comenzar, a mi familia le habían pedido que se mudara inesperadamente y lo encontré injusto. Luego, mi esposa enfermó durante más tiempo del esperado y tuve que hacerme cargo del cuidado de los niños, labor en la cual, mis frustraciones, irritabilidad e ira pasaron a primer plano y asomaron su fea cabeza. Además, la mudanza a la nueva casa significó más tiempo en el tráfico y, a menudo, me encuentro frustrado y molesto con otras personas —con mi ira hirviendo al máximo— por sus habilidades de conducción o la falta de ellas. Entonces, escribo estas cosas como un compañero pecador que constantemente está tratando de hacer morir estos pecados.

Diferenciando entre la ira justa y la ira pecaminosa
Muchas veces, cuando surge el tema de la ira, queremos pasar inmediatamente a la idea de la ira justa y al hecho de que las Escrituras nos dicen que debemos o podemos estar enojados, pero no pecar (Ef. 4:26). Debido a este pasaje, concluimos que nuestra ira es justa o tratamos de excusarnos o justificar nuestra ira. Buscamos justificarla diciendo que otros han actuado de maneras que han provocado nuestra justa ira.

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Necesitamos comprender rápidamente, que la ira justa es la que viene porque vemos que se quebranta la ley de Dios. Así que, podemos fácilmente reflexionar y darnos cuenta de que, lo más probable, es que nuestra ira generalmente no proviene de algo que podríamos llamar justo y, muchas veces, no es algo que controlamos bien.

Pero ¿qué es la ira?
Creo que podemos reconocer fácilmente que la ira no es amor porque el amor es paciente y amable. Pero ¿qué es la ira? La ira es el descontento con los demás, y con las cosas o situaciones a las que reaccionamos con palabras, emociones, actitudes o acciones pecaminosas; y mientras nos comportamos de este modo, estamos dirigiendo este diluvio de maldad hacia el que se cree que está causando nuestro problema. Pero si queremos (y debemos) ser honestos, reconoceremos que, ante todo, y sin excusa alguna, la ira es pecado.

Dominio propio ante la ira
A lo largo de las Escrituras se nos dice que debemos tener dominio propio y hemos visto, poco a poco, cómo aplicarlo a varios aspectos de la vida, todo en dependencia del Espíritu Santo. Nuestra ira es otra área, otro pecado que debe ser dominado. Como todos habrán experimentado, la ira suele tomar control. No le gusta contenerse. No quiere tener riendas que lo sujeten. Entonces, tener dominio propio nos ayudará a controlar nuestra ira, irritabilidad y frustración. Para esta titánica labor, la clave es la forma en que pensamos acerca de nuestra ira y el dominio propio. Cuando Pablo escribe acerca de los líderes de la iglesia, dice que deben se sobrios y poseer dominio propio (Tit. 2:2). Pedro también habla de tener una mente sobria y dominio propio (1 P. 5:8-10). A menudo parece haber una conexión con el dominio propio y la forma en que pensamos. Y nuestros pensamientos deben ser, principalmente, nutridos y saturados por las Escrituras.

Por lo tanto, una de las primeras cosas de las que debemos darnos cuenta sobre el dominio propio y nuestra ira es que nuestro enojo nos ha hecho pensar incorrectamente acerca de Dios. Cuando nos enojamos, principalmente afirmamos que lo que Dios ha hecho está mal. Regularmente se encuentra que la ira es olvidar la gracia de Dios en nuestras propias vidas y la bondad con la que Dios nos ha tratado. Mencioné anteriormente nuestra mudanza inesperada. En ese acontecimiento, en el centro de mi ira estaba la sensación de que me habían tratado injustamente y estaba olvidando la bondad de Dios para con nosotros en su sabia providencia. Aunque quería justificar mi ira sobre la base de lo que alguien más había hecho, en verdad, en ese momento me faltó el control de mí mismo, porque me había olvidado de que nuestro Dios realmente no me trataba como se merecen mis pecados.

¿Cómo buscar dominio propio ante la ira?
Entonces, las formas más obvias de asegurarme de que tengo dominio propio y una mente sobria son la dependencia constante de la Palabra de Dios para informar mi pensamiento. La forma en que tengo la victoria sobre mi ira y otros pecados que son hermanos de esta, es teniendo mi mente constantemente transformada por la Palabra de Dios. Pablo dice en Romanos 12:2 que debemos ser transformados «mediante la renovación de [nuestra] mente». También les dice a los Efesios que deben ser «renovados en el espíritu de su mente» (Ef. 4:23)..

Si queremos matar nuestra tendencia a gritarles a los niños, dejar que las opiniones de otras personas nos molesten, enojarnos con esos corredores de la fórmula 1 en nuestras calles, hablar mal de otros, tener resentimiento hacia los demás y toda una serie de otros pecados, entonces debemos tener constantemente nuestras mentes transformadas por la Palabra de Dios. Nunca podrás luchar contra la ira si constantemente piensas de manera incorrecta al respecto.

¿Cómo pensamos incorrectamente acerca de nuestra ira? Debemos dejar la tendencia de querer decir que la mayor parte de nuestra ira se debe a lo que otros han hecho, para eso, es útil recordar que nadie nunca causa nuestra ira, sino que proviene de nuestro interior. Debemos dejar de culpar a otros. Las personas pueden darnos la oportunidad de responder con ira, pero nuestra ira no es su culpa.

Por lo tanto, lo que eso debe producir en mí es una rápida y veloz respuesta a mi ira. Debo reconocer mi enojo y confesarlo regularmente cuando sé que estoy fallando en tener dominio propio y ser sobrio con mi enojo. Cuando tengo esa respuesta insistente de decirle a alguien lo que pienso, criticar a otros por cómo han hecho algo, o frustrarme con las personas en mi vida por no estar a la altura de mis expectativas, debo ir a Cristo y confesarlo. La forma de tener dominio propio es reconocer la existencia del pecado y sacarlo a la luz en lugar de ocultarlo o encubrirlo. Es ser rápido para ir a aquellos con los que me he enfadado, pedir perdón y confesar mis malas acciones. Esto es lo que hace una persona de mente sobria y con dominio propio. Ve la profundidad de su depravación y la confiesa abiertamente, arrepintiéndose y luego se esfuerza por una nueva obediencia en Cristo. Parece que el recaudador de impuestos en Lucas 18 se inclinó clamando a Dios por misericordia porque su pecado lo deshizo. Eso debe pasar en nuestro corazón al pensar en la maldad remanente en nuestras almas. ¡Cuando pensamos sobriamente acerca de nuestro pecado, nos ayuda a ser honestos para que podamos tener más dominio propio!

Conclusión
Finalmente, en un nivel práctico, quisiera cerrar dando algunos consejos como experto en la ira. Usa el tiempo entre tus temporadas de ira para establecer formas de luchar contra ella. Nota que tu enojo tiene consecuencias y comienza a utilizar los momentos en que no estás enojado para tratar el enojo por lo que es: un ataque moral a la ley de Dios. Busca formas de ver señales de cuándo la ira tiende a alejar lo mejor de ti. Memoriza y estudia las Escrituras que renuevan tu mente para ver las profundidades de tu pecado. Ora regularmente para que Cristo te dé ojos para ver cómo tu ira te hace perder el dominio propio. Pide a otras personas cercanas a ti que te ayuden a ver las formas en que permites que la ira se apodere de tu vida.

Sugiero estas cosas porque la ira le da al diablo un punto de apoyo, entonces, sin duda, querrás asegurarte de que tratas con la ira apropiadamente. En otras palabras, debes darle la muerte legítima que merece junto con cualquier otro pecado del que debes huir mientras corres hacia Cristo. En definitiva, querido santo, ahí es donde encontrarás descanso. Tu ira y falta de dominio propio nunca producirán paz. ¡Oh, pero correr a un Salvador que voluntariamente murió por ti, te otorgará paz y la capacidad de hacer morir este pecado de ira al otorgarte dominio propio que solo proviene de su Espíritu a través de la obra de la Palabra renovando tu mente! ¡Alabado sea Jesús por eso!


Aaron Halbert, estadounidense, sirve en Tegucigalpa, Honduras, como uno de los pastores de la Iglesia Presbiteriana Gracia Soberana. Disfruta largas conversaciones sobre la plantación de iglesias, todo lo relacionado con los Voluntarios de la Universidad de Tennessee, casi cualquier comida hondureña (excepto la sopa de mondongo) y los Tottenham Hotspur. Aaron está casado con Rachel y tienen 5 hijos, a quienes les encanta servir junto a sus padres a través de la hospitalidad y encontrar formas de establecer relaciones en la iglesia, en actividades de los niños y con los vecinos.

La visión de Isaías

Miércoles 30 Agosto
En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.
Isaías 6:1
La visión de Isaías
¡Qué efecto tuvo esta impresionante visión del Señor en el joven profeta! Vio al Señor en su majestad -sentado en un trono alto y sublime; en su santidad- los serafines exclamaban: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos”; y en su gloria: “toda la tierra está llena de su gloria”. No es de extrañar que el templo temblara y se llenara de humo.

Podemos suponer que Isaías también tembló. En el capítulo anterior había pronunciado seis ayes sobre aquellos en Israel que deshonraban a Dios con sus actitudes y acciones. Pero cuando vio al Señor, dijo: “¡Ay de mí!”. Ese siempre será el efecto de la presencia de Dios en los hombres. En este lugar santo, perdemos de vista los “labios inmundos” de los demás, porque descubrimos que nuestros propios labios son inmundos.

Pero el Señor tenía algo más en mente para Isaías. Un carbón encendido, tomado del altar por uno de los serafines, tocó sus labios, y el “ay” de su confesión da paso al “he aquí” de la purificación. Citemos las palabras del serafín: “He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (v. 7). Estas palabras ilustran maravillosamente el efecto purificador de la obra de Cristo en favor de aquellos que reconocen que lo necesitan. El apóstol Juan lo expresó así: “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7).

Y finalmente, al “he aquí” de la purificación da paso al “anda” de la comisión. Habiendo sido purificado por el Dios cuya santidad había sido ultrajada, Isaías asumió con valentía el desafío que le presentó el Señor: “¿A quién enviaré?”, y respondió: “Heme aquí, envíame a mí”. Una comprensión de la santidad de Dios y de su obra purificadora nos capacita para proclamar el mensaje de Dios.

Grant W. Steidl
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¿Es pecado decir groserías, malas palabras y maldecir?

¿Es pecado decir groserías, malas palabras y maldecir?

Definitivamente es un pecado decir malas palabras (maldecir, decir groserías, etc.). La biblia deja esto muy claro. Efesios 4:29 nos dice, «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes». Primera de Pedro 3:10 declara, «El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño». Santiago 3:9-12, resume el problema: «Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce».

Santiago deja claro que la vida de los cristianos o los «hermanos», no debe caracterizarse por hablar mal. Haciendo la analogía tanto del agua salada como del agua dulce que proviene de la misma fuente (algo que es inusual de una fuente), él explica que es inusual para un creyente que tanto la bendición como la maldición salgan de su boca. No podemos alabar a Dios mientras que al mismo tiempo maldecimos a nuestros hermanos.

Jesús explicó que lo que sale de nuestra boca es lo que llena nuestros corazones. Tarde o temprano, la maldad en el corazón sale a través de la boca en forma de maldiciones e insultos. Pero cuando nuestros corazones están llenos de la bondad de Dios, se derramará la alabanza para él y el amor por el prójimo. Nuestras palabras siempre van a indicar lo que está en nuestros corazones. «El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca» (Lucas 6:45).

¿Por qué es pecado decir groserías, malas palabras y maldecir? El pecado es una condición del corazón, de la mente y «el hombre interior» (Romanos 7:22), que se manifiesta en nuestros pensamientos, acciones y palabras. Cuando decimos groserías y maldecimos, estamos dando evidencia de la contaminación del pecado en nuestros corazones que debe ser confesado y del cual debemos arrepentirnos. Cuando ponemos nuestra fe en Cristo, recibimos una nueva naturaleza de Dios (2 Corintios 5:17), nuestros corazones son transformados y nuestras palabras reflejan la nueva naturaleza que Dios ha creado en nosotros (Romanos 12:1-2). Afortunadamente, cuando fallamos, nuestro gran Dios es “fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9).

Los días de Noé y nuestros días

Martes 29 Agosto
Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del hombre.
Lucas 17:26
Los días de Noé y nuestros días
La maldad se había propagado por todas partes en los días de Noé. La gente cometía actos malvados de forma continua y deliberada. La tierra estaba llena de violencia, hasta que finalmente Dios la declaró corrupta, llena de la putrefacta decadencia del pecado (Gn. 6:1-12). Sin embargo, Noé halló gracia a los ojos del Señor (v. 8). Es significativo que Noé y su familia fueran alcanzados por la gracia de Dios, lo cual está en línea con el principio inmutable de la Biblia de que nadie puede ganarse el favor de Dios por sus propias obras.

Al mismo tiempo, vemos que el temor del Señor había producido características piadosas en la vida de Noé (v. 9). En primer lugar, y ante todo, él era justo en la práctica. Se comportaba honorablemente con todos. No tenía favoritismos, tratando a algunos bondadosamente y a otros de forma áspera. Decidió hacer lo correcto en cada situación. En segundo lugar, Noé era perfecto, lo que en este contexto no significa sin pecado, sino recto, es decir, irreprochable en todos los aspectos de su vida. Además, Noé caminó con Dios, lo que sugiere que buscaba el camino de Dios en todo. Dondequiera que Dios iba, Noé quería seguirlo.

Esta conducta era tanto más visible cuando se contrastaba con el mundo pecaminoso en el que habitaba. En ese aspecto, Noé es un ejemplo para nosotros, los cristianos, que vivimos en un mundo que se precipita hacia otro día de juicio. No debemos desesperarnos cuando las tinieblas se espesan, y no debemos burlarnos de los pecadores que aún no han respondido al llamado de arrepentimiento. En lugar de eso, debemos manifestar el carácter de Cristo, como hizo Noé. El Espíritu de Dios nos fortalecerá para amar la justicia y vivir irreprochablemente, haciendo lo que es correcto y honorable. Entonces caminaremos con Dios en la senda de la piedad, en medio de nuestros vecinos y conocidos, entre quienes debemos resplandecer como luminares en el mundo (Fil. 2:15).

Stephen Campbell
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