¿Es Dios responsable de la maldad humana? | R.C.Sproul

¿Es Dios responsable de la maldad humana?
El 12 de febrero de 1938, dos hombres tuvieron una reunión privada en un retiro en la montaña. En el transcurso de la conversación, uno de ellos le dijo al otro: “Tengo una misión histórica, y cumpliré esa misión, porque la Providencia me ha destinado a hacerlo”. Este hombre entendía que el propósito de su vida estaba bajo la determinante influencia de la divina providencia. Él prosiguió y en el curso de la conversación le dijo al otro señor que cualquiera “que no esté conmigo será aplastado”.
El hombre que hizo esta apelación a un destino providencial fue Adolfo Hitler. De manera similar, cuando José Stalin fue ascendido al rol de primer ministro de la Unión Soviética, los obispos de la Iglesia Ortodoxa Rusa se regocijaron por este golpe de la providencia, pues estaban convencidos de que Dios había levantado a Stalin para que fuese un instrumento divino para el liderazgo del pueblo de Rusia. Hoy, no obstante, cuando las personas discuten sobre los males diabólicos que han sido perpetrados contra la raza humana, dos de los nombres que escuchamos con mayor frecuencia asociados con la maldad humana son los de Hitler y Stalin.
Cada vez que estudiamos la doctrina de la providencia y la cuestión del gobierno divino, inevitablemente escuchamos que las Escrituras enseñan que Dios levanta naciones y derriba naciones (Daniel 2:21; 4:17; Romanos 13:1). Esto plantea una pregunta: ¿Cómo se relaciona la providencia divina con los gobiernos malvados, las personas malvadas, y, en fin, toda la cuestión del mal? En el capítulo anterior, cité desde el capítulo tres de la Confesión de Fe de Westminster, que dice: “Dios desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede”. ¿Significa eso, entonces, que Dios ordenó a Hitler y a Stalin? ¿Ha sido ordenado el mal por la providencia de Dios?
Se ha dicho que la existencia del mal y la dificultad para explicarlo a la luz del concepto de un Dios soberano que se supone que es bueno es el “talón de Aquiles” del cristianismo. Según la mitología griega, cuando Aquiles nació, su madre lo sumergió en el Río Estigia con la intención de hacerlo inmortal. Pero cuando lo sumergió, lo sujetó del talón, y esa parte de su cuerpo no se sumergió, y por lo tanto no era invencible. Finalmente, Aquiles fue muerto cuando recibió una herida de flecha en su talón durante la guerra de Troya. Aquellos que aducen que el problema del mal es el talón de Aquiles del cristianismo quieren decir que es el punto más vulnerable del cristianismo. Si Dios ordena todo lo que sucede, pareciera que él ordena el mal. Y si Dios ordena el mal, se argumenta, él mismo es malo.
El filósofo John Stuart Mill (1806–1873) utilizó este argumento en sus objeciones hacia el cristianismo. Él escribió: “Ni siquiera en la más distorsionada y contraída teoría del bien que haya sido elaborada por el fanatismo religioso o filosófico puede pretenderse que el gobierno de la Naturaleza parezca la obra de un ser a la vez bueno y omnipotente”. Él estaba diciendo que debido a la innegable realidad del mal, no podía concebir un Dios que fuera tanto todopoderoso como totalmente justo.
Desde luego, algunos tratan de resolver esta dificultad negando la realidad del mal. Mary Baker Eddy, la fundadora de la Ciencia Cristiana, dijo que el mal es una ilusión. Una vez tuve un debate con un maestro de Ciencia Cristiana acerca de la cuestión del mal. Él insistía en que el mal es una ilusión, que en realidad no existe, mientras que yo insistía en que el mal es real. En un momento de la discusión dije: “Veamos si podemos recapitular sobre nuestras posturas. Usted dice que el mal es una ilusión. Yo digo que es real. ¿Cree usted que yo soy real?”. Él dijo que sí. Entonces pregunté: “¿Entiende que yo estoy diciendo que el mal es real y usted está diciendo que es una ilusión?”. Él dijo que lo entendía. Yo proseguí: “¿Cree usted que es bueno que yo le enseñe a la gente que el mal es real?”. Él dijo que no lo creía. Finalmente le pregunté: “¿Cree que sea malo que yo le enseñe a la gente que el mal es real?”. Él no supo qué decir en ese punto. Tuvo que concluir que yo también era una ilusión.
LA CAUSA Y EL EFECTO
En el capítulo uno observé que la cuestión clave para el hombre moderno es la causalidad, y esta pregunta en ningún lugar es más aguda que cuando hablamos del problema del mal. En mi primer año en la universidad, solo unos meses después de volverme cristiano, estaba jugando ping-pong un día en mi dormitorio, y justo en medio de una volea me vino un pensamiento (que de ninguna manera era original): “Si Dios es totalmente justo, solo es capaz de lo bueno; entonces, ¿cómo es posible que haya creado un mundo que está estropeado por el mal? Si Dios es la fuente de todas las cosas y es bueno, ¿cómo pudo existir el mal?”. Ese problema me preocupó profundamente en ese momento y me ha preocupado aún más desde entonces, y preocupa a muchas otras personas también.
Cuando comencé a reflexionar sobre estas cosas y a estudiar la cuestión de la causalidad, estudié, y más tarde enseñé, filosofía del siglo XVII. El filósofo más destacado durante ese periodo fue el matemático y académico francés René Descartes. A él le inquietaba mucho el razonamiento a partir de la causalidad. Él argumentaba a favor de la existencia del mundo diciendo que el universo requiere una causa suficiente, una causa que sea capaz de dar el resultado que ahora observamos. Por lo tanto, él argumentó desde la causa al efecto a la existencia de Dios, razonando a la inversa desde el universo hasta Dios. Uno de los principios que él usó en ese argumento a favor de la existencia de Dios fue este: “No puede haber nada en el efecto que no esté primero en la causa”. Dicho de otra forma: “En el efecto no puede haber más de lo que es inherente a la causa”.
Ese principio, que los pensadores han asumido durante milenios, es válido, y es crucial para otros argumentos a favor de la existencia de Dios. Por ejemplo, un argumento que usamos para probar la existencia de Dios es el argumento desde la personalidad humana. Podemos probar que tiene que haber una causa primera, que esta causa primera tiene que existir por sí misma y ser eterna, etc. Pero después de eso, la gente suele decir: “¿Cómo sabemos que esta causa primera es personal?”. Una de las formas en que yo respondo esta pregunta es decir: “¿Somos personas nosotros? ¿Existe tal cosa como la personalidad, que implica volición, inteligencia, afecto —las cosas que son esenciales para lo que somos como seres humanos?”. Si la persona concuerda en que los seres humanos son personales, que tienen inteligencia, intencionalidad, voluntad, y todo lo demás, yo puedo responder: “Bueno, no podemos tener una fuente impersonal para la personalidad. Tiene que haber personalidad en la causa si hay personalidad en el efecto”.
Pero ese argumento en particular, por válido que sea, puede ser contraproducente para el cristiano. Los críticos del cristianismo han respondido que si no puede haber más en el efecto de lo que es inherente a la causa, entonces Dios debe ser malo, porque si aquí tenemos un efecto que es malo, y si en el efecto no puede haber más de lo que es inherente a la causa, el mal debe existir en la causa.
¿Cómo respondemos a este argumento? La respuesta simple es que en la criatura hay algo que no reside en el creador: el pecado. Eso no significa que la criatura tenga algo más grande que el Creador; más bien la criatura tiene algo muy inferior al Creador.
UNA DEFINICIÓN DEL MAL
Para explicar lo que intento decir, quiero volverme a la definición histórica del mal. ¿Qué es el mal? Desde luego, no estoy hablando del mal natural o el mal metafísico; más bien estoy hablando del mal moral. Los seres humanos tienen al menos esto en común con Dios: somos criaturas morales. Por supuesto, vivimos en una época en la que muchos niegan esa proposición. Ellos dicen que nada es objetivamente bueno o malo. En lugar de ello, solo existen preferencias, lo que significa que todo es relativo. El bien y el mal son meras convenciones sociales que hemos recibido a través de distintas tradiciones.
Hace años, sufrí una calamidad de máxima envergadura: me robaron los palos de golf. Ese robo fue particularmente angustiante para mí porque los palos estaban en una bolsa de golf que me había regalado mi esposa, así que tenía valor sentimental. Además, yo tenía dos palos especialmente fabricados que me había dado un amigo que está en la Asociación de Golfistas Profesionales. Ahora bien, yo soy teólogo. Se supone que sé algo del pecado. Creo que he visto todo tipo de debilidad humana que exista bajo el sol, y entiendo las tentaciones que acompañan nuestra humanidad. Pero francamente, nunca he podido entender bien la mentalidad de la gente que roba, que realmente tiene la osadía de quedarse con la propiedad privada de otro. Un hombre trabaja largas horas a la semana, ganándose el salario con el sudor de su frente para poder comprar cierto producto que quiere o necesita. Otro hombre, al ver algo que quiere o necesita, simplemente lo toma sin invertir tiempo ni esfuerzo. No puedo entender esa mentalidad. Aunque somos maestros de la auto-justificación, expertos para presentar excusas por nuestros pecados, no puedo concebir cómo un ladrón puede mirarse en el espejo y ver cualquier cosa menos una persona indescriptiblemente egoísta y egocéntrica. En suma, me sorprende lo mala que puede ser la gente. Como podrás ver, no estoy en el bando de los que creen que el robo no sea objetivamente malo.
No necesitamos un complejo argumento filosófico para probar la maldad del robo. Es auto-evidente. Las personas saben instintivamente que robar la propiedad ajena es malo. Yo podría decir que no existe cosa tal como el mal y argumentar filosóficamente al respecto, pero el argumento se acaba cuando alguien echa mano de mi billetera. Entonces digo: “Eso no está bien, no es bueno. Eso es malo”.
¿Pero qué es el mal? El Catecismo Menor de Westminster define el así el pecado: “El pecado es cualquier falta de conformidad con la ley de Dios, o transgresión de ella” (PyR 14). Aquí la confesión define el pecado o el mal en términos tanto negativos como positivos. Hay pecados de omisión y pecados de comisión. Pero quiero concentrarme en la primera parte de la definición, “cualquier falta de conformidad con la ley de Dios”. El pecado es la falta de conformidad con el estándar que Dios establece para la justicia.
Los filósofos antiguos definían el mal en términos de “negación” y “privación”. Es decir, el mal es la negación de lo bueno y una privación (o falta) del bien. Algo que está por debajo de la plenitud de la justicia es malo. Los filósofos estaban mostrando que la única forma en que podemos describir y definir el mal es en términos negativos. Esto significa que el mal, por su propia naturaleza, es parasítico. Depende de su huésped para su existencia. Esto es lo que Agustín tenía en mente cuando dijo que solo algo bueno puede hacer lo malo porque el mal requiere volición, inteligencia, y sentido o conciencia moral: todo lo cual es bueno. Por lo tanto, algo le ocurre a un ser bueno que indica una pérdida, una carencia o una negación del bien.
Agustín tomó la postura de que es imposible concebir un ser que sea completamente malo. Sí, Satanás es radicalmente malo, pero fue creado como un ángel, lo que significa que era parte de la creación que Dios vio como muy buena. Por lo tanto, incluso Satanás fue creado bueno, tal como los hombres fueron creados buenos. En consecuencia, en el momento de la creación, el Dios eterno, que es absolutamente bueno, actuó como agente moral para crear otros agentes morales que eran buenos. Pero la gran diferencia entre el Creador y la criatura es que Dios es eterna e inmutablemente bueno, mientras que la criatura fue hecha mutablemente buena. Es decir, fue creada con la posibilidad de cambiar en su conformidad con la ley de Dios.
Vemos, pues, que no podemos entender la desobediencia sin tener primero un concepto de obediencia. La ilegalidad se define por la legalidad. La injusticia depende de una definición previa de justicia. El anticristo no puede existir sin su relación antitética con Cristo. Entendemos que el mal se define como una negación o falta de conformidad con los estándares de lo bueno.
LA ORDENACIÓN DEL MAL
La pregunta suprema es esta: “¿Dios hace lo malo?”. La Biblia es absolutamente clara: Dios es absolutamente incapaz de realizar el mal. No obstante, hemos afirmado que Dios ordena todo lo que sucede, y algunas de las cosas que suceden son malas. Por tanto, ¿ordena Dios el mal? Solo existe una respuesta bíblica a esa pregunta: sí. Si Dios no hubiera ordenado el mal, no habría mal, porque Dios es soberano.
Donde tropezamos y trastabillamos es en la palabra ordenar. Pensamos que afirmar la ordenación divina de todas las cosas debe significar que Dios hace el mal o bien lo impone a criaturas justas, obligando a personas inocentes a cometer actos pecaminosos. No. Él ordenó que sus criaturas tuviesen la capacidad para el mal. Él no las obligó a ejercer esa capacidad, pero sabía que la ejercerían. En ese punto, él tuvo que decidir. Podía destruir la creación para no permitir que el mal ocurriera. En el momento en que la Serpiente vino a Adán y Eva y comenzó a sugerir la desobediencia, Dios pudo haber liquidado a la Serpiente o haber liquidado a Adán y Eva. No habría habido pecado. Pero Dios, por motivos que solo él conoce, tomó la decisión de dejar que ocurriera. Dios no lo aprobó, pero no lo detuvo. Al decidir no detenerlo, lo ordenó.
Debo decir que no tengo idea de por qué Dios permite que el mal enlode su universo. Sin embargo, yo sé que cuando Dios ordena algo, su propósito es totalmente bueno. ¿Significa esto que yo creo que en última instancia el mal en realidad es bueno? No. Estoy diciendo que debe ser bueno que el mal exista, porque Dios ordena soberana y providencialmente solo lo que es bueno. En términos de su propósito eterno, Dios ha estimado que es bueno permitir que el mal ocurra en este mundo.
Eso no significa que los pecados que cometo, en tanto que contribuyen con el plan providencial de Dios y su gobierno de la historia del mundo, en realidad sean virtudes. La traición de Judas fue parte de la divina providencia en el plan de Dios para redimir al mundo. Judas no podría haber entregado a Cristo a Pilato sin el decreto providencial de Dios. Sabemos que este era el consejo predeterminado de Dios, y no obstante Dios no puso el mal en el corazón de Judas. Dios no forzó a Judas para que cometiera su diabólico pecado. Por lo tanto, Judas no podrá ponerse en pie en el día final y decir: “Si no hubiera sido por mí, no habría habido cruz, ni expiación, ni salvación; yo soy el que hizo posible todo esto”. Lo que hizo Judas fue totalmente malo, pero cuando Dios ordena todas las cosas que suceden, él no solo ordena los fines sino también los medios para esos fines, y él actúa a través de todas las cosas para llevar a cabo su justo propósito.
Uno de los versos más reconfortantes de la Escritura es Romanos 8:28: “Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito”. Solo un Dios de soberana providencia podría hacer una promesa así. Esta declaración no significa que todas las cosas sean buenas, sino que todas las cosas están dispuestas para bien. Solo pueden estar dispuestas para bien porque, por encima de todo mal, todos los actos de maldad humana, se yergue un Dios que ha asignado un destino tanto para el universo como para nosotros como individuos, y ese destino es perfectamente consistente con su justicia.
Capítulo cinco
Sproul, R. C. (2012). ¿Controla Dios todas las cosas? (E. Castro, Trad.; Vol. 14). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.
