¿Es Dios responsable de la maldad humana? | R.C.Sproul

¿Es Dios responsable de la maldad humana?

El 12 de febrero de 1938, dos hombres tuvieron una reunión privada en un retiro en la montaña. En el transcurso de la conversación, uno de ellos le dijo al otro: “Tengo una misión histórica, y cumpliré esa misión, porque la Providencia me ha destinado a hacerlo”. Este hombre entendía que el propósito de su vida estaba bajo la determinante influencia de la divina providencia. Él prosiguió y en el curso de la conversación le dijo al otro señor que cualquiera “que no esté conmigo será aplastado”.
El hombre que hizo esta apelación a un destino providencial fue Adolfo Hitler. De manera similar, cuando José Stalin fue ascendido al rol de primer ministro de la Unión Soviética, los obispos de la Iglesia Ortodoxa Rusa se regocijaron por este golpe de la providencia, pues estaban convencidos de que Dios había levantado a Stalin para que fuese un instrumento divino para el liderazgo del pueblo de Rusia. Hoy, no obstante, cuando las personas discuten sobre los males diabólicos que han sido perpetrados contra la raza humana, dos de los nombres que escuchamos con mayor frecuencia asociados con la maldad humana son los de Hitler y Stalin.
Cada vez que estudiamos la doctrina de la providencia y la cuestión del gobierno divino, inevitablemente escuchamos que las Escrituras enseñan que Dios levanta naciones y derriba naciones (Daniel 2:21; 4:17; Romanos 13:1). Esto plantea una pregunta: ¿Cómo se relaciona la providencia divina con los gobiernos malvados, las personas malvadas, y, en fin, toda la cuestión del mal? En el capítulo anterior, cité desde el capítulo tres de la Confesión de Fe de Westminster, que dice: “Dios desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede”. ¿Significa eso, entonces, que Dios ordenó a Hitler y a Stalin? ¿Ha sido ordenado el mal por la providencia de Dios?
Se ha dicho que la existencia del mal y la dificultad para explicarlo a la luz del concepto de un Dios soberano que se supone que es bueno es el “talón de Aquiles” del cristianismo. Según la mitología griega, cuando Aquiles nació, su madre lo sumergió en el Río Estigia con la intención de hacerlo inmortal. Pero cuando lo sumergió, lo sujetó del talón, y esa parte de su cuerpo no se sumergió, y por lo tanto no era invencible. Finalmente, Aquiles fue muerto cuando recibió una herida de flecha en su talón durante la guerra de Troya. Aquellos que aducen que el problema del mal es el talón de Aquiles del cristianismo quieren decir que es el punto más vulnerable del cristianismo. Si Dios ordena todo lo que sucede, pareciera que él ordena el mal. Y si Dios ordena el mal, se argumenta, él mismo es malo.
El filósofo John Stuart Mill (1806–1873) utilizó este argumento en sus objeciones hacia el cristianismo. Él escribió: “Ni siquiera en la más distorsionada y contraída teoría del bien que haya sido elaborada por el fanatismo religioso o filosófico puede pretenderse que el gobierno de la Naturaleza parezca la obra de un ser a la vez bueno y omnipotente”. Él estaba diciendo que debido a la innegable realidad del mal, no podía concebir un Dios que fuera tanto todopoderoso como totalmente justo.
Desde luego, algunos tratan de resolver esta dificultad negando la realidad del mal. Mary Baker Eddy, la fundadora de la Ciencia Cristiana, dijo que el mal es una ilusión. Una vez tuve un debate con un maestro de Ciencia Cristiana acerca de la cuestión del mal. Él insistía en que el mal es una ilusión, que en realidad no existe, mientras que yo insistía en que el mal es real. En un momento de la discusión dije: “Veamos si podemos recapitular sobre nuestras posturas. Usted dice que el mal es una ilusión. Yo digo que es real. ¿Cree usted que yo soy real?”. Él dijo que sí. Entonces pregunté: “¿Entiende que yo estoy diciendo que el mal es real y usted está diciendo que es una ilusión?”. Él dijo que lo entendía. Yo proseguí: “¿Cree usted que es bueno que yo le enseñe a la gente que el mal es real?”. Él dijo que no lo creía. Finalmente le pregunté: “¿Cree que sea malo que yo le enseñe a la gente que el mal es real?”. Él no supo qué decir en ese punto. Tuvo que concluir que yo también era una ilusión.

LA CAUSA Y EL EFECTO
En el capítulo uno observé que la cuestión clave para el hombre moderno es la causalidad, y esta pregunta en ningún lugar es más aguda que cuando hablamos del problema del mal. En mi primer año en la universidad, solo unos meses después de volverme cristiano, estaba jugando ping-pong un día en mi dormitorio, y justo en medio de una volea me vino un pensamiento (que de ninguna manera era original): “Si Dios es totalmente justo, solo es capaz de lo bueno; entonces, ¿cómo es posible que haya creado un mundo que está estropeado por el mal? Si Dios es la fuente de todas las cosas y es bueno, ¿cómo pudo existir el mal?”. Ese problema me preocupó profundamente en ese momento y me ha preocupado aún más desde entonces, y preocupa a muchas otras personas también.
Cuando comencé a reflexionar sobre estas cosas y a estudiar la cuestión de la causalidad, estudié, y más tarde enseñé, filosofía del siglo XVII. El filósofo más destacado durante ese periodo fue el matemático y académico francés René Descartes. A él le inquietaba mucho el razonamiento a partir de la causalidad. Él argumentaba a favor de la existencia del mundo diciendo que el universo requiere una causa suficiente, una causa que sea capaz de dar el resultado que ahora observamos. Por lo tanto, él argumentó desde la causa al efecto a la existencia de Dios, razonando a la inversa desde el universo hasta Dios. Uno de los principios que él usó en ese argumento a favor de la existencia de Dios fue este: “No puede haber nada en el efecto que no esté primero en la causa”. Dicho de otra forma: “En el efecto no puede haber más de lo que es inherente a la causa”.
Ese principio, que los pensadores han asumido durante milenios, es válido, y es crucial para otros argumentos a favor de la existencia de Dios. Por ejemplo, un argumento que usamos para probar la existencia de Dios es el argumento desde la personalidad humana. Podemos probar que tiene que haber una causa primera, que esta causa primera tiene que existir por sí misma y ser eterna, etc. Pero después de eso, la gente suele decir: “¿Cómo sabemos que esta causa primera es personal?”. Una de las formas en que yo respondo esta pregunta es decir: “¿Somos personas nosotros? ¿Existe tal cosa como la personalidad, que implica volición, inteligencia, afecto —las cosas que son esenciales para lo que somos como seres humanos?”. Si la persona concuerda en que los seres humanos son personales, que tienen inteligencia, intencionalidad, voluntad, y todo lo demás, yo puedo responder: “Bueno, no podemos tener una fuente impersonal para la personalidad. Tiene que haber personalidad en la causa si hay personalidad en el efecto”.
Pero ese argumento en particular, por válido que sea, puede ser contraproducente para el cristiano. Los críticos del cristianismo han respondido que si no puede haber más en el efecto de lo que es inherente a la causa, entonces Dios debe ser malo, porque si aquí tenemos un efecto que es malo, y si en el efecto no puede haber más de lo que es inherente a la causa, el mal debe existir en la causa.
¿Cómo respondemos a este argumento? La respuesta simple es que en la criatura hay algo que no reside en el creador: el pecado. Eso no significa que la criatura tenga algo más grande que el Creador; más bien la criatura tiene algo muy inferior al Creador.

UNA DEFINICIÓN DEL MAL
Para explicar lo que intento decir, quiero volverme a la definición histórica del mal. ¿Qué es el mal? Desde luego, no estoy hablando del mal natural o el mal metafísico; más bien estoy hablando del mal moral. Los seres humanos tienen al menos esto en común con Dios: somos criaturas morales. Por supuesto, vivimos en una época en la que muchos niegan esa proposición. Ellos dicen que nada es objetivamente bueno o malo. En lugar de ello, solo existen preferencias, lo que significa que todo es relativo. El bien y el mal son meras convenciones sociales que hemos recibido a través de distintas tradiciones.
Hace años, sufrí una calamidad de máxima envergadura: me robaron los palos de golf. Ese robo fue particularmente angustiante para mí porque los palos estaban en una bolsa de golf que me había regalado mi esposa, así que tenía valor sentimental. Además, yo tenía dos palos especialmente fabricados que me había dado un amigo que está en la Asociación de Golfistas Profesionales. Ahora bien, yo soy teólogo. Se supone que sé algo del pecado. Creo que he visto todo tipo de debilidad humana que exista bajo el sol, y entiendo las tentaciones que acompañan nuestra humanidad. Pero francamente, nunca he podido entender bien la mentalidad de la gente que roba, que realmente tiene la osadía de quedarse con la propiedad privada de otro. Un hombre trabaja largas horas a la semana, ganándose el salario con el sudor de su frente para poder comprar cierto producto que quiere o necesita. Otro hombre, al ver algo que quiere o necesita, simplemente lo toma sin invertir tiempo ni esfuerzo. No puedo entender esa mentalidad. Aunque somos maestros de la auto-justificación, expertos para presentar excusas por nuestros pecados, no puedo concebir cómo un ladrón puede mirarse en el espejo y ver cualquier cosa menos una persona indescriptiblemente egoísta y egocéntrica. En suma, me sorprende lo mala que puede ser la gente. Como podrás ver, no estoy en el bando de los que creen que el robo no sea objetivamente malo.
No necesitamos un complejo argumento filosófico para probar la maldad del robo. Es auto-evidente. Las personas saben instintivamente que robar la propiedad ajena es malo. Yo podría decir que no existe cosa tal como el mal y argumentar filosóficamente al respecto, pero el argumento se acaba cuando alguien echa mano de mi billetera. Entonces digo: “Eso no está bien, no es bueno. Eso es malo”.
¿Pero qué es el mal? El Catecismo Menor de Westminster define el así el pecado: “El pecado es cualquier falta de conformidad con la ley de Dios, o transgresión de ella” (PyR 14). Aquí la confesión define el pecado o el mal en términos tanto negativos como positivos. Hay pecados de omisión y pecados de comisión. Pero quiero concentrarme en la primera parte de la definición, “cualquier falta de conformidad con la ley de Dios”. El pecado es la falta de conformidad con el estándar que Dios establece para la justicia.
Los filósofos antiguos definían el mal en términos de “negación” y “privación”. Es decir, el mal es la negación de lo bueno y una privación (o falta) del bien. Algo que está por debajo de la plenitud de la justicia es malo. Los filósofos estaban mostrando que la única forma en que podemos describir y definir el mal es en términos negativos. Esto significa que el mal, por su propia naturaleza, es parasítico. Depende de su huésped para su existencia. Esto es lo que Agustín tenía en mente cuando dijo que solo algo bueno puede hacer lo malo porque el mal requiere volición, inteligencia, y sentido o conciencia moral: todo lo cual es bueno. Por lo tanto, algo le ocurre a un ser bueno que indica una pérdida, una carencia o una negación del bien.
Agustín tomó la postura de que es imposible concebir un ser que sea completamente malo. Sí, Satanás es radicalmente malo, pero fue creado como un ángel, lo que significa que era parte de la creación que Dios vio como muy buena. Por lo tanto, incluso Satanás fue creado bueno, tal como los hombres fueron creados buenos. En consecuencia, en el momento de la creación, el Dios eterno, que es absolutamente bueno, actuó como agente moral para crear otros agentes morales que eran buenos. Pero la gran diferencia entre el Creador y la criatura es que Dios es eterna e inmutablemente bueno, mientras que la criatura fue hecha mutablemente buena. Es decir, fue creada con la posibilidad de cambiar en su conformidad con la ley de Dios.
Vemos, pues, que no podemos entender la desobediencia sin tener primero un concepto de obediencia. La ilegalidad se define por la legalidad. La injusticia depende de una definición previa de justicia. El anticristo no puede existir sin su relación antitética con Cristo. Entendemos que el mal se define como una negación o falta de conformidad con los estándares de lo bueno.

LA ORDENACIÓN DEL MAL
La pregunta suprema es esta: “¿Dios hace lo malo?”. La Biblia es absolutamente clara: Dios es absolutamente incapaz de realizar el mal. No obstante, hemos afirmado que Dios ordena todo lo que sucede, y algunas de las cosas que suceden son malas. Por tanto, ¿ordena Dios el mal? Solo existe una respuesta bíblica a esa pregunta: sí. Si Dios no hubiera ordenado el mal, no habría mal, porque Dios es soberano.
Donde tropezamos y trastabillamos es en la palabra ordenar. Pensamos que afirmar la ordenación divina de todas las cosas debe significar que Dios hace el mal o bien lo impone a criaturas justas, obligando a personas inocentes a cometer actos pecaminosos. No. Él ordenó que sus criaturas tuviesen la capacidad para el mal. Él no las obligó a ejercer esa capacidad, pero sabía que la ejercerían. En ese punto, él tuvo que decidir. Podía destruir la creación para no permitir que el mal ocurriera. En el momento en que la Serpiente vino a Adán y Eva y comenzó a sugerir la desobediencia, Dios pudo haber liquidado a la Serpiente o haber liquidado a Adán y Eva. No habría habido pecado. Pero Dios, por motivos que solo él conoce, tomó la decisión de dejar que ocurriera. Dios no lo aprobó, pero no lo detuvo. Al decidir no detenerlo, lo ordenó.
Debo decir que no tengo idea de por qué Dios permite que el mal enlode su universo. Sin embargo, yo sé que cuando Dios ordena algo, su propósito es totalmente bueno. ¿Significa esto que yo creo que en última instancia el mal en realidad es bueno? No. Estoy diciendo que debe ser bueno que el mal exista, porque Dios ordena soberana y providencialmente solo lo que es bueno. En términos de su propósito eterno, Dios ha estimado que es bueno permitir que el mal ocurra en este mundo.
Eso no significa que los pecados que cometo, en tanto que contribuyen con el plan providencial de Dios y su gobierno de la historia del mundo, en realidad sean virtudes. La traición de Judas fue parte de la divina providencia en el plan de Dios para redimir al mundo. Judas no podría haber entregado a Cristo a Pilato sin el decreto providencial de Dios. Sabemos que este era el consejo predeterminado de Dios, y no obstante Dios no puso el mal en el corazón de Judas. Dios no forzó a Judas para que cometiera su diabólico pecado. Por lo tanto, Judas no podrá ponerse en pie en el día final y decir: “Si no hubiera sido por mí, no habría habido cruz, ni expiación, ni salvación; yo soy el que hizo posible todo esto”. Lo que hizo Judas fue totalmente malo, pero cuando Dios ordena todas las cosas que suceden, él no solo ordena los fines sino también los medios para esos fines, y él actúa a través de todas las cosas para llevar a cabo su justo propósito.
Uno de los versos más reconfortantes de la Escritura es Romanos 8:28: “Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito”. Solo un Dios de soberana providencia podría hacer una promesa así. Esta declaración no significa que todas las cosas sean buenas, sino que todas las cosas están dispuestas para bien. Solo pueden estar dispuestas para bien porque, por encima de todo mal, todos los actos de maldad humana, se yergue un Dios que ha asignado un destino tanto para el universo como para nosotros como individuos, y ese destino es perfectamente consistente con su justicia.
Capítulo cinco

Sproul, R. C. (2012). ¿Controla Dios todas las cosas? (E. Castro, Trad.; Vol. 14). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.

Lo que sale de mi boca

Martes 18 Julio
El que guarda su boca guarda su alma; mas el que mucho abre sus labios tendrá calamidad.
Proverbios 13:3
Pon guarda a mi boca, oh Señor; guarda la puerta de mis labios.
Salmo 141:3
Mas la lengua de los sabios es medicina.
Proverbios 12:18
Lo que sale de mi boca
Hace poco una amiga me habló de la actual obsesión por las dietas y el entusiasmo por la gastronomía. «Pero estos días, agregó, me preocupa más lo que sale de mi boca que lo que entra». La reflexión de mi amiga cristiana me recuerda las palabras de Jesús: “Lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre” (Mateo 15:18-20).

A menudo lo que decimos revela lo que pensamos: por eso debemos aprender a juzgar nuestros malos pensamientos. Lo que decimos también puede afectar a los demás: “Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada” (Proverbios 12:18). Las palabras mentirosas, hipócritas y maliciosas hieren a los demás, y también a nosotros mismos, como si se tratase de una espada.

Pero si vigilamos nuestras palabras, juzgando nuestros motivos, producimos ese fruto del Espíritu Santo llamado benignidad. Pidamos a Dios que ponga un guarda en nuestra boca, y que nos ayude a vigilar la puerta de nuestros labios. De este modo, nuestras palabras pueden traer paz y no guerra. Para ello es necesario recibir cada día la luz de la vida dada por la lectura de la Biblia.

“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Efesios 4:29).

Nahum 3 – Lucas 6:20-49 – Salmo 85:1-7 – Proverbios 19:20-21

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¿Dios o casualidad? | R.C. Sproul

¿Dios o casualidad?

R.C. Sproul

Tras el éxodo de los israelitas desde Egipto, Dios mandó a su pueblo que construyera un tabernáculo, una enorme tienda que funcionaría como el centro de su adoración. La sección más íntima del tabernáculo, que estaba cerrada con cortinas, era el Lugar Santísimo, al cual solo el sumo sacerdote podía entrar, y solo un día en el año, el Día de la Expiación. Era allí, en el Lugar Santísimo, donde se guardaba el arca del pacto. El arca no era un barco, como en la historia del arca de Noé, sino un enorme cofre cubierto de oro. Dentro del cofre se guardaban las tablas de los Diez Mandamientos, la vara de Aarón que había brotado, y una vasija con el maná con el que Dios alimentó milagrosamente al pueblo en el desierto (Hebreos 9:4). La tapa del arca, que estaba adornada con dos querubines de oro, se consideraba el trono de Dios. En palabras simples, el arca era el receptáculo más sagrado en toda la historia religiosa judía.
El arca también tenía significación militar para los judíos. Cuando Moisés y Josué condujeron a los israelitas en su viaje a la Tierra Prometida y en su conquista de Canaán, cuando iban a la batalla contra sus enemigos, los sacerdotes llevaban el arca del pacto. Cuando el trono de Dios acompañaba al ejército de Israel, ellos salían victoriosos. Dios estaba con ellos en la batalla y peleaba por ellos.
Lamentablemente, con el tiempo el pueblo comenzó a asociar la victoria en la batalla con el arca misma, no con Dios. Esto lo vemos en 1 Samuel 4, donde se relata una ocasión cuando los israelitas salieron a la batalla contra los filisteos (pero no iban acompañados del arca) y sufrieron una derrota, con la pérdida de cuatro mil hombres. Entonces leemos: “Cuando el pueblo volvió al campamento, los ancianos israelitas preguntaron: ‘¿Por qué permitió el Señor que los filisteos nos vencieran? Vayamos a Silo, donde está el arca del Señor. Ella tiene que acompañarnos siempre, para que nos salve de nuestros enemigos’ ” (v. 3). El pueblo atribuyó su derrota a Dios, pero miraron al arca para que los salvara.
Así que llevaron el arca al campamento israelita. Cuando los soldados vieron la llegada del trono de Dios, rompieron a vitorear alborotada y estruendosamente. Al otro lado del valle, los filisteos oyeron los vítores, y cuando descubrieron el motivo, supieron que estaban en graves problemas, porque recordaron cómo Dios había azotado a los egipcios durante el éxodo (vv. 5–8).
En este tiempo, Israel era liderado por Elí, un sacerdote y juez. Él era un hombre piadoso que había servido al pueblo durante décadas, pero tenía un grave defecto. Tenía dos hijos, Hofni y Finés, quienes también eran sacerdotes, pero no compartían la piedad de Elías, y cometieron toda clase de profanación de su sagrada vocación. Sin embargo, Elí nunca los disciplinó. Así que Dios le había hablado a Elí por medio de un profeta, advirtiéndole que iba a caer juicio sobre su casa, porque Hofni y Finés iban a morir el mismo día (2:30–34).
Esta profecía se cumplió cuando los israelitas, jubilosos por tener el arca de Dios con ellos, volvieron a la batalla con los filisteos, y Hofni y Finés acompañaron el arca. Y ocurrió lo impensable: los israelitas no prevalecieron, aun cuando el arca estaba presente. Esta vez cayeron treinta mil israelitas (4:10). Hofni y Finés también murieron, pero lo peor de todo fue que los filisteos paganos capturaron el arca del pacto (v. 11).
Después de la batalla, un mensajero volvió corriendo a Silo con las malas noticias. Elí tenía noventa y ocho años, y estaba ciego y con sobrepeso (v. 15, 18). Estaba sentado junto a la puerta donde realizaba juicios, porque esperaba ansioso las noticias de la batalla. Cuando el mensajero llegó y le contó que Israel había sido derrotado, sus hijos estaban muertos, y el arca había sido capturada, Elí cayó de espaldas, se rompió el cuello, y murió (v. 18).
La nuera de Elí, la esposa de Finés, estaba embarazada y a punto de dar a luz. Cuando escuchó las noticias de la derrota y la muerte de su esposo, comenzó a tener el parto. Dio a luz a un hijo, pero ella murió a consecuencia del parto. Sin embargo, antes de morir, ella llamó al niño Icabod, un nombre que significa “ha partido la gloria”. Aquel bebé nació el día en que la mayor gloria de Israel, el trono de Dios, fue llevado cautivo por los filisteos paganos.

AFLICCIONES PARA LOS FILISTEOS
Según se nos relata, los filisteos se llevaron el arca a Asdod, una de sus cinco ciudades estado. La pusieron en su templo más sagrado, que estaba dedicado a Dagón, su deidad principal. En el templo, pusieron el arca a los pies de una imagen de Dagón, el lugar de humillación y subordinación (5:1–2). A la mañana siguiente, sin embargo, encontraron la estatua de Dagón tumbada sobre su cara. Era como si Dagón estuviera postrado delante del trono de Jehová. Los sacerdotes enderezaron a su deidad, pero a la mañana siguiente, la estatua no solo había caído de cara, sino que su cabeza y sus manos estaban cortadas (vv. 3–4).
Para empeorar las cosas, brotó una plaga de tumores en Asdod (v. 6), y aparentemente una plaga de ratas (6:5). Los hombres de Asdod sospecharon que estas aflicciones venían de la mano de Dios, así que celebraron un concilio para debatir lo que harían. Tomaron la decisión de enviar el arca a otra de las ciudades estado filisteas, Gat (5:7–8). Sin embargo, en Gat comenzó la misma aflicción, de manera que la gente de Gat decidió enviar el arca a Ecrón. Pero las noticias de las aflicciones habían precedido al arca, y la gente de Ecrón se negó a recibirla. Después de siete meses de pruebas, los filisteos finalmente se dieron cuenta de que el arca debía ser devuelta a Israel (5:9–6:1).
La devolución de semejante objeto sagrado a Israel no era tarea fácil. Los filisteos reunieron a sus sacerdotes y adivinos para que les aconsejaran cómo hacerlo. Los sacerdotes y adivinos recomendaron que la devolvieran con una “ofrenda por la culpa”: cinco tumores de oro y cinco ratones de oro (6:2–6).
Ahora la historia se vuelve interesante. Los sacerdotes y adivinos les dijeron a los líderes filisteos que prepararan un carro nuevo y pusieran en él el arca con los tumores y los ratones de oro. Luego tenían que encontrar dos vacas lecheras que nunca hubieran sido enyugadas y atarlas al carro. Una vez que hicieran todo esto, debían soltar el carro pero observar adónde lo llevaban las vacas. Ellos dijeron: “Si se va por el camino que lleva a Bet Semes, su tierra, eso querrá decir que fue el Señor quien nos mandó tan grandes males; pero si toma otro camino, sabremos que no fue el Señor, sino que lo que sufrimos fue un accidente” (v. 9). En esencia, entonces, este fue un elaborado experimento para ver si Dios había estado detrás de las aflicciones o si estas habían sucedido por “casualidad”.
Es crucial que entendamos la manera en que los filisteos “cargaron los dados”, por así decirlo, para determinar de manera concluyente si era el Dios de Israel quien había causado sus aflicciones.
Ellos consiguieron vacas que recién habían parido. ¿Cuál es la inclinación natural de una vaca madre que acaba de parir? Si se aleja a esa vaca de su cría y se la deja libre, ella se irá directo hacia su cría. Asimismo, escogieron vacas que nunca habían sido enyugadas o entrenadas para tirar un carro con un yugo. En tal caso, lo más probable es que la vaca luche con el yugo y es poco probable que trabaje bien con la otra vaca enyugada. Al incluir estas situaciones en el experimento, era muy improbable que el carro fuera a algún lado, ni hablar de que fueran hacia la tierra de Israel. Si las vacas eran capaces siquiera de tirar el carro, querrían volver hacia sus terneros. Por lo tanto, si el carro iba hacia Israel, esa sería una señal de que Dios estaba guiando las vacas, y por consiguiente, que él había dirigido las aflicciones que habían venido sobre los filisteos desde que habían capturado el arca.

UN EXPERIMENTO DE ATEOS
Este experimento suena primitivo. Ocurrió en la era pre-científica. Esta gente no era sofisticada. No tenían doctorados en física. Su ingenuidad al tratar de discernir la causa de su aflicción es divertida. Pero este relato tiene algo que me parece extremadamente contemporáneo: esta gente era claramente atea. Quizá te sorprenda esta afirmación, porque la Biblia dice que los filisteos tenían un templo, un sacerdocio, y una religión, de la cual una parte implicaba que ellos participaran en actividades religiosas. ¿Por qué, entonces, afirmo yo que ellos eran ateos? Hace años, cuando yo enseñaba en un seminario, estaba a cargo de enseñar un curso sobre la teología de la Confesión de Fe de Westminster, un documento teológico del siglo XVII que es el fundamento confesional del presbiterianismo histórico. Los primeros dos capítulos de la confesión tratan de la Escritura y del Dios trino, mientras que el tercer capítulo se titula “Del decreto eterno de Dios”. Los presbiterianos saben exactamente qué significa eso: predestinación. Los alumnos del seminario disfrutan de discutir sobre cuestiones doctrinales difíciles, y disfrutan especialmente de debatir sobre la predestinación, así que mi cátedra pendiente sobre esta doctrina causaba entusiasmo. La mayoría de mis alumnos invitó a amigos que no creían en la predestinación, así que cuando se reunió la clase para considerar esta difícil doctrina, se congregó alrededor del doble de la cantidad habitual de personas.
Comencé la clase leyendo las líneas iniciales del capítulo tres de la Confesión de Westminster: “Dios desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede”. Entonces me detuve y dije: “La confesión dice que desde la eternidad Dios ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede. ¿Cuántos de ustedes creen eso?”. Este era un seminario presbiteriano, así que se levantaron muchas manos. Los buenos alumnos presbiterianos en la clase estaban orgullosos de confesar su convicción acerca de la soberanía de Dios.
Desde luego, no todos levantaron la mano, así que pregunté: “¿Cuántos de ustedes no creen esto? Nadie va a anotar sus nombres. No se van a meter en problemas. No vamos a tener un juicio por herejía ni sacar los cerillos y quemarlos en la hoguera. Solo sean honestos”. Finalmente, varios alumnos levantaron la mano. Cuando lo hicieron, dije: “Quiero hacer otra pregunta: ¿cuántos de ustedes se describirían francamente a sí mismos como ateos? Una vez más, sean honestos”. Nadie levantó la mano, así que dije: “No entiendo por qué aquellos que dijeron que no estaban de acuerdo con la confesión no levantaron la mano cuando les pregunté si eran ateos”.
Como podrás imaginar, se produjo una ruidosa protesta entre los estudiantes que no concordaban con la confesión. Estaban dispuestos a lincharme. Ellos dijeron: “¿De qué está hablando? ¿Solo porque no creemos que Dios ordene todo lo que sucede, nos llama ateos? Entonces pasé a explicarles que el pasaje que había leído de la confesión no decía nada exclusivamente presbiteriano. Ni siquiera era exclusivamente cristiano. Esa declaración no separó a los presbiterianos de los metodistas, luteranos, o anglicanos, y no distinguía entre presbiterianos, musulmanes o judíos. Simplemente ofrecía una distinción entre teísmo y ateísmo.
Lo que yo quería que vieran estos jóvenes era esto: si Dios no es soberano, Dios no es Dios. Si existe tan solo una molécula rebelde en el universo —una molécula corriendo libre fuera del alcance de la soberanía de Dios—, no podemos tener la más mínima confianza de que cualquier promesa que Dios haya hecho acerca del futuro llegue a cumplirse.
Es por esto, entonces, que yo digo que los filisteos eran ateos. Ellos concedían la posibilidad de que un suceso en este mundo ocurriera por casualidad; la posibilidad de que, contra toda evidencia, las aflicciones que habían soportado hubiesen ocurrido por coincidencia. Ellos dejaban lugar para una partícula rebelde, por lo cual estaban concediendo la posibilidad de un Dios que no es soberano, y un Dios que no es soberano no es Dios.
El gran mensaje del ateísmo es que la “casualidad” tiene poder causal. Una y otra vez se expresa la postura de que no necesitamos atribuir la creación del universo a Dios, porque sabemos que aquel llegó a existir por medio del espacio más el tiempo más el azar. Eso no tiene sentido. El azar no puede hacer nada. El azar es una palabra totalmente adecuada para describir posibilidades matemáticas, pero solo es una palabra. No es una entidad. El azar no es nada. No tiene poder porque no tiene ser; por lo tanto, no puede ejercer ninguna influencia sobre nada. No obstante, hoy tenemos sofisticados científicos que hacen serias declaraciones aseverando que todo el universo fue creado por el azar. Esto equivale a decir que la nada causó algo, y no hay declaración más contraria a la ciencia que esa. Todo tiene una causa, y la causa última, como hemos visto, es Dios.
Cuando los filisteos soltaron las vacas, estas “se dirigieron a Bet Semes; iban andando y bramando, sin apartarse del camino” (6:12). Las vacas tiraban el carro suavemente, aunque nunca habían sido enyugadas. Se alejaban de sus crías, aun cuando deseaban ir hacia ellas, como evidencian sus bramidos. E iban directo hacia Israel. ¿Ocurrió todo eso por casualidad? No, las vacas eran guiadas por la mano invisible del Dios de la providencia. En consecuencia, los filisteos supieron que esa misma mano los había afligido.

Sproul, R. C. (2012). ¿Controla Dios todas las cosas? (E. Castro, Trad.; Vol. 14). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.

El poder de Dios

Lunes 17 Julio
Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo.
Hechos 16:31
El poder de Dios
Basilio, un levantador de pesas, estuvo en la cumbre de su carrera durante varios años. Luego algunos problemas de salud y accidentes lo detuvieron, por lo que tuvo que dejar el deporte y empezar a trabajar en una empresa. Alex, un cristiano, también trabajaba allí. Un día dijo a Basilio:

–¡Te dices cristiano y ni siquiera conoces la Biblia!

Este comentario despertó la curiosidad en Basilio. Al llegar a su casa, después del trabajo, buscó su Biblia abandonada en una estantería, y en pocas semanas la leyó de principio a fin.

Incluso pasó una noche sin dormir leyendo la Biblia. Por la mañana, cuando era la hora de ir al trabajo, se le hizo tarde para poder tomar su autobús habitual. Entonces se dijo a sí mismo: «Ve de todos modos, llegarás a tiempo». Y oró a Dios: Si realmente existes, muéstramelo hoy. De repente, un autobús vacío se acercó y se detuvo inesperadamente. La puerta se abrió para el conocido deportista, y el autobús lo llevó a su trabajo sin que él hubiese pronunciado una sola palabra.

Dios acababa de manifestársele. Pronto, el mensaje de la cruz tocó el corazón de Basilio. Reconoció que era un pecador, y por la fe aceptó el perdón de Jesucristo. Entonces se volvió un redimido y un discípulo del Señor. Luego habló a sus colegas de su nueva fe. Más tarde se produjo un verdadero despertar espiritual en la empresa, provocado por una simple frase de Alex.

“Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (1 Corintios 2:9-10).

Nahum 1-2 – Lucas 6:1-19 – Salmo 84:8-12 – Proverbios 19:18-19

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El engaño del dinero | Héctor Salcedo

El engaño del dinero basado el Lucas 12:13-15.

El dinero y las posesiones siempre han tenido un rol vital en el desarrollo de las civilizaciones a través de la historia. Se podría decir que la “motivación” de conseguir riquezas ha sido el principal motor del avance del mundo. Visto así, el dinero y el avance material es bueno. No obstante, en vista de la presencia de pecado en el corazón humano, el deseo de lucro se desborda y termina produciendo todo tipo de problemas. Tal y como pasa con todos los temas de nuestra existencia, la Palabra de Dios es nuestra lámpara, y cuando de dinero y posesiones se trata, la Biblia tiene mucho que decir. De hecho, Jesús habló en diversas ocasiones acerca de los bienes materiales y quizás resulte curioso para muchos saber que su enseñanza más frecuente implícita o explícitamente con relación al dinero y las posesiones fue “¡cuidado!”

En Lucas 12:13-15, Jesús está enseñando a una gran multitud y en medio de su discurso, es interrumpido por un hombre que le habla de una herencia diciendo, “maestro, dile a mi hermano que divida la herencia conmigo.” Llama la atención lo “inoportuno” que fue este individuo. En medio de un discurso ante miles de personas, trae un tema personal a ser mediado por Jesús. Claramente, el interés por su herencia le distrajo del hecho de que tenía enfrente a Dios mismo, enseñando asuntos que trascienden lo material (Lucas 12:12). Esta interrupción ilustra de manera precisa lo que las posesiones tienden a producir en el corazón humano; capturan nuestra atención al punto de desviarnos de Dios.

Jesús, al ser interrumpido, “pone distancia” y no pierde tiempo con asuntos que no tenían que ver con Su misión diciendo “hombre!, ¿quién me ha puesto por juez o árbitro sobre vosotros?” (Lucas 12:14). El individuo quería usar a Jesús para sus fines y Jesús no se lo permite y se mantiene al margen de la discusión. No obstante, al percatarse Jesús de lo que hay en el corazón de este individuo, aprovecha la ocasión para dejar una enseñanza de valor eterno. Lucas 12:15 dice, “Y les dijo: Estad atentos y guardaos de toda forma de avaricia; porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes.” No sabemos si el individuo entendió que Jesús decía esto primero por él, pero lo cierto es que la enseñanza no fue sólo para el inoportuno sino para todos.

La selección de palabras que Jesús usa en esta enseñanza es extremadamente importante; los términos apuntan a que la avaricia se mueve con sutileza, es subrepticia, es decir, que actúa de manera oculta, de forma imperceptible. Jesús nos advierte de esta inclinación de nuestro corazón, en vista de que como dice la segunda parte del verso 15: “…porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes.” En otras palabras, la vida plena, significativa y valiosa que el ser humano busca no se encuentra en la acumulación de posesiones de este mundo. Que tremendo error sería enfocar nuestras vidas en cosas materiales que al final no producen en nosotros los resultados deseados.

Nada de esto significa que ser rico es malo, pecaminoso o perverso. El problema no es la cantidad sino nuestra actitud hacia lo material; cuando pienso que lo que necesito para sentirme satisfecho es tener más cosas o cuando mi contentamiento depende de algo que no es Dios. Contra esto es que Jesús está advirtiendo. Lamentablemente, el mundo en el que vivimos opera otorgando a lo material un nivel de importancia que está muy por encima al que la Palabra de Dios le da y nosotros no estamos ajenos a esta influencia. Si nos exponemos, aunque sea mínimamente, a los medios de comunicación es fácil percibir que el mensaje claro y alto que se escucha es que “más es mejor”. Es por esta fuerza que tienen las ideas avariciosas y materialistas en el corazón humano y la naturaleza sutil de este pecado que Jesús advierte enfáticamente de que estemos atentos y en guardia para no ser seducidos (1 Timoteo 6:9-10; Mateo 13:22; Lucas 18:18-24; Proverbios 30:7-9).

Héctor Salcedo
Héctor sirve como pastor ejecutivo en la Iglesia Bautista Internacional (IBI) de Santo Domingo, República Dominicana. Es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos en el tradicional Moody Bible Institute de Chicago. Como economista, cursó estudios de Maestría en Macroeconomía Aplicada en Chile a mediados de los 90’s para ejercer dicha profesión durante casi 15 años en el medio económico-empresarial. Ha laborado desde los inicios de la IBI, pasando por diversas asignaciones conforme el crecimiento lo requirió. Desde 2004 es uno de los pastores de la IBI, y desde 2009 lo ha sido a tiempo completo. Entre sus funciones se encuentran el manejo administrativo y financiero de la IBI e Integridad & Sabiduría. Asimismo, está a cargo del Ministerio de jóvenes adultos de la IBI (M-Aquí). Cuando las circunstancias lo requieren, es uno de los pastores que predica en la IBI. De hecho, la enseñanza de la Palabra de Dios es su mayor pasión, sobre todo su aplicación práctica a la vida. Está casado con Chárbela El Hage y juntos tienen dos hijos: Elías y Daniel.

Allanar los abismos

Domingo 16 Julio
Todo valle se rellenará, y se bajará todo monte y collado; los caminos torcidos serán enderezados, y los caminos ásperos allanados; y verá toda carne la salvación de Dios.
Lucas 3:5-6
Allanar los abismos
En los últimos años, varias tormentas o tornados han azotado una u otra región del mundo, ocasionando lluvias torrenciales, desprendimientos de tierra y enormes abismos. A veces nuestra vida también puede conocer las profundidades: sufrimiento, desánimo, pérdida de un ser querido…

La Biblia no evade el tema del sufrimiento. Incluso le dedica todo un libro, el de Job. En él hallamos advertencias para no caer en explicaciones fáciles, por ejemplo: «Sufres porque has pecado». También descubrimos que, en el abismo de la infelicidad, Job experimentó el aparente silencio de Dios. Y para el que sufre, este aparente silencio es terrible… pero nunca es abandono, tal es la convicción del creyente.

El Evangelio va más allá en esta revelación de Dios. Jesús vino del cielo y se acercó a los que sufrían. “Sufrió nuestros dolores” (Isaías 53:4). En la cruz sufrió hasta la muerte, tomando sobre sí todos nuestros pecados, para salvarnos del abismo que nos separaba del Dios de amor.

Para el cristiano, la cruz del Señor Jesús es la respuesta de Dios a las angustiosas preguntas de los humanos, la única respuesta que allana nuestros abismos.

“Pacientemente esperé al Señor, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos” (Salmo 40:1-2).

“Él ha redimido mi alma, para que no pasase al hoyo; y mi vida ve ya la luz” (Job 33:28, V. M.)

Miqueas 7 – Lucas 5:17-39 – Salmo 84:5-7 – Proverbios 19:17

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Pastorea mis ovejas | Irv Busenitz

Pastorea mis ovejas: Cómo liderar bíblicamente
Irv Busenitz
Y volvió a decirle por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Pedro le dijo: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Pastorea mis ovejas». Juan 21:16

Las Escrituras llaman a todos a liderar de un modo u otro. La humanidad fue creada para dominar, someter y hacerse cargo de la creación de Dios (Gn. 1). Los padres deben guiar a sus hijos (Dt. 6), los maridos a sus esposas (1 P. 3), las mujeres mayores deben aconsejar y guiar a las más jóvenes (Ti. 2) y los pastores a sus iglesias (1 Ti. 3; Ti. 1). Tanto si eres un estudiante de seminario como una ama de casa, a todos se nos exhorta a liderar bíblicamente, a cumplir con la responsabilidad de liderazgo ordenada por Dios.

En la sociedad secular, los líderes altamente reconocidos son generalmente celosos, apasionados y ambiciosos. Son visionarios con la capacidad de inspirar y motivar a los demás. Tienen objetivos claros y bien definidos, y saben cómo hacerlos realidad. Todas estas cualidades son útiles, pero estas descripciones dejan de lado el componente más crucial del liderazgo bíblico: el servicio. Pablo exhorta a los tesalonicenses a que reconozcan «a los que con diligencia trabajan entre vosotros, y os dirigen en el Señor y os instruyen, y que los tengáis en muy alta estima con amor, por causa de su trabajo» (1 Tes. 5:12–13). En otro lugar, Pablo añade que los corintios debían estar sujetos a quienes «se han dedicado al servicio de los santos» (1 Co. 16:15–16).

En los Evangelios, Jesús subraya constantemente esta cuestión: el liderazgo es humildad manifestada a través del servicio.

En tres ocasiones diferentes, Él repite que «Si alguno quiere ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos» (Mr. 9, 10; Lc. 22). Los buenos líderes deben convertirse primero en buenos servidores. A eso se refiere Jesús cuando le dice a Pedro: «Pastorea mis ovejas».

En esta escena, Jesús da tres calificaciones para el liderazgo:

Ama a Dios
Jesús no está hablando de amor por los demás en este pasaje. El amor por la gente en general es innegablemente importante para el liderazgo ministerial, pero ese no es su enfoque aquí. En su conversación con Pedro, Jesús le pregunta tres veces: «¿Me amas?». El motivo y fundamento del liderazgo bíblico es el amor a Dios. Debe ser lo primero y más importante en la vida de un líder. «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mt. 22:37). Todo fluye del amor a Dios. Es la fuerza motriz del servicio a Dios y a su reino. Las relaciones con las personas pueden traer pruebas, luchas y expectativas insatisfechas, pero el amor a Dios amortigua el aguijón de las decepciones.

Sé un ejemplo
Si el amor a Dios es el corazón y el alma del liderazgo bíblico, entonces el ejemplo es el conducto. Cada vez que Jesús le pregunta a Pedro: «¿Me amas?», inmediatamente exhorta a Pedro a demostrarlo. «Si me amas, pastorea mis ovejas». Pedro tendría que ganarse el derecho a ser seguido siendo un ejemplo. Y, sorprendentemente, ¡eso es lo que hace!

Tomó la iniciativa de reunir a los creyentes y elegir a un sustituto de Judas (Hch. 1)
Reiteró el evangelio con valentía ante la persecución y llamó a los demás a obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch. 2–5)
Abandonó su zona de confort para evangelizar interculturalmente (Hch. 10), plenamente consciente de que las críticas le seguirían inevitablemente (Hch. 11).
Defendió la santidad de Dios (Hch. 5, 15)
Aceptó la corrección cuando fue confrontado por Pablo (Gá. 2; 2 P. 3:15–16)
La santidad es un socio poderoso y crucial en la proclamación del Evangelio. Pedro fue un modelo de liderazgo servicial. Demostró su amor a Cristo obedeciendo sus mandamientos (Jn. 14:15). Su vida no sólo proclamó el Evangelio, sino que también lo ejemplificó. Así como fue con Pedro, es con nosotros.

La santidad es un socio poderoso y crucial en la proclamación del Evangelio.

Una vida de santidad hace que el Evangelio sea visible, no sólo audible. Un viejo dicho puritano lo expresa de esta manera: «Tu predicación puede poner clavos en las tablas de los corazones de los hombres, pero es tu vida la que los clavará profundamente».

Muere a tí mismo
La mentalidad de un líder servidor debe ser morir al yo. Jesús continúa su conversación con Pedro diciendo: «En verdad, en verdad te digo que cuando eras más joven te ceñías tú mismo y caminabas por donde querías; pero cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará por donde no quieras». Esto dijo dando a entender con qué muerte glorificaría a Dios. Y habiendo dicho esto, le dijo: Sígueme» (Juan 21:18-19). Comenzando con «en verdad, en verdad», Jesús anuncia enfáticamente la nueva trayectoria ministerial de Pedro: peligros inesperados, responsabilidades de largo alcance y un martirio seguro. Pedro tendría que sacrificarse por el plan de Dios.

El verdadero liderazgo en el ministerio requiere morir al yo, haciendo lo que Dios ha mandado.

El mandato es un imperativo presente. «Continúa siguiéndome». En otras palabras, «si de verdad me amas, debes continuar siguiéndome». Cuando Jesús comenzó su ministerio, llamó a Pedro a seguirle, para ser «pescador de hombres» (Mr. 1:17). Aquí, Jesús amplía ese llamado: un llamdo al sacrificio, a la abnegación y a la fidelidad y lealtad sin reservas. Hace aproximadamente un siglo, el presidente estadounidense Woodrow Wilson señaló acertadamente: «La lealtad no significa nada a menos que tenga en su corazón el principio absoluto del sacrificio personal». Eso es lo que Jesús pide a todo el que quiera seguirle, que diga humildemente sí a la soberana providencia de Dios.

El liderazgo bíblico se basa en una actitud de servicio motivada por el amor a Dios, vivida a través del ejemplo humilde y saturada de una mentalidad de autosacrificio. La pregunta a la que nos llama este texto es: «¿Qué clase de líder serás tú?».

[Nota del editor: This post was originally published in January 2018 and has been updated.]
Irv Busenitz
Dr. Irv Busenitz is Professor Emeritus of Bible Exposition & Old Testament. He was a founding member of The Master’s Seminary administration and faculty who served TMS from 1986-2018.

Si vuelves, será un milagro de Dios

Sábado 15 Julio
Cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros.
Mateo 10:19-20
Si vuelves, será un milagro de Dios
Mensajes de cristianos perseguidos
Después de varios juicios, un día fui citado a la oficina del secretario del condado, un hombre malvado. Mi mujer me dijo:

– ¡Será un milagro de Dios si vuelves sano y salvo! El secretario me hizo esperar una hora en el pasillo y luego me mandó seguir. Oré una vez más: Señor, entra primero. ¡Tengo miedo de ir sin ti! El funcionario me dijo:

– Podría haberte enviado ya a la cárcel por lo que has hecho, pero quería verte primero. Fuiste a Cluj, y predicaste sin autorización.

Yo sabía a qué se refería. En efecto, había predicado a los estudiantes de la universidad de Cluj. Los había animado a permanecer fieles, a ser valientes, porque los habían amenazado con expulsarlos de la universidad si seguían creyendo en Dios.

Le respondí a mi interlocutor que era mi deber predicar la Palabra de Dios, por lo que empezó a amenazarme. Extrañamente, cuanto más me amenazaba, la paz de Dios me llenaba más. Estaba sentado y tranquilo, regocijándome por la oportunidad de recibir amenazas debido a mi fe en Jesucristo. De repente, mi interlocutor notó que no podía asustarme:

– ¿No tienes miedo?, preguntó. Después de haber animado a los estudiantes a ser valientes, ¿qué podía decir? Entonces añadió:

– ¿Tienes algo más que decir? Le respondí que Dios también lo amaba. De repente lo vi hacerse muy pequeño detrás de su escritorio, y me pidió que orara por su alma.

Nicolae Gheorgbita (Rumanía)
Miqueas 5-6 – Lucas 5:1-16 – Salmo 84:1-4 – Proverbios 19:15-16

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Dios hace que todo suceda | R.C.Sproul

Dios hace que todo suceda

R.C.Sproul

Uno de los conceptos dominantes en la cultura occidental durante los últimos doscientos años, como vimos en los capítulos anteriores, es que vivimos en un universo cerrado y mecanicista. Según la teoría, todo funciona conforme a leyes naturales fijas, y que no hay posibilidad de intrusión desde el exterior. Por lo tanto, el universo es como una máquina que funciona por sus propios mecanismos internos.
Sin embargo, incluso aquellos que introdujeron este concepto ya a comienzos del siglo XVII todavía planteaban la idea de que Dios construyó la máquina en un principio. Como pensadores y científicos inteligentes que eran, no podían deshacerse de la necesidad de un Creador. Ellos reconocían que no habría mundo para que ellos observaran si no hubiese una causa última de todas las cosas. Aun cuando se cuestionaba y desafiaba la idea de un Gobernador involucrado y providencial de los asuntos diarios, todavía se asumía tácitamente que tenía que haber un Creador por encima del orden creado.
En el concepto clásico, la providencia de Dios estaba muy estrechamente ligada a su rol como creador del universo. Nadie creía que Dios simplemente creó el universo y luego le volvió la espalda y perdió contacto con él, o que él volvió a sentarse en su trono del cielo y meramente observó el universo trabajar por su propio mecanismo interno, rehusando involucrarse personalmente en sus asuntos. La noción cristiana clásica más bien era que Dios es tanto la causa primaria del universo como también la causa primaria de todo lo que acontece en el universo.
Uno de los principios fundacionales de la teología cristiana es que nada en este mundo posee poder causal intrínseco. Nada tiene poder alguno salvo el poder que se le confiere —se le presta, por así decirlo— o se ejecuta a través de ello, que en última instancia es el poder de Dios. Es por eso que los teólogos y filósofos históricamente han hecho una distinción crucial entre causalidad primaria y causalidad secundaria.
Dios es la fuente de la causalidad primaria. En otras palabras, él es la causa primera. Él es el Autor de todo lo que hay, y sigue siendo la causa primaria de los acontecimientos humanos y de los sucesos naturales. Sin embargo, su causalidad primaria no excluye las causas secundarias. Sí, cuando cae la lluvia, el pasto se moja, no porque Dios moje directa e inmediatamente el pasto, sino porque la lluvia aplica humedad al pasto. Pero la lluvia no podría caer si no fuera por el poder causal de Dios que está por encima de cada actividad causal secundaria. El hombre moderno, sin embargo, se apresura a decir: “El pasto está mojado porque llovió”, y no sigue buscando una causa superior y última. La gente del siglo XXI al parecer piensa que podemos arreglárnoslas perfectamente con las causas secundarias sin pensar en la causa primaria.
El concepto básico aquí es que lo que Dios crea, él lo sustenta. Por lo tanto, una de las subdivisiones importantes de la doctrina de la providencia es el concepto de sustento divino. En palabras simples, esta es la clásica idea cristiana de que Dios no es el gran Relojero que fabrica el reloj, le da cuerda, y luego sale de escena. En lugar de eso, él preserva y sostiene aquello que crea.
Esto efectivamente lo vemos al comienzo mismo de la Biblia. Génesis 1:1 dice: “Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra”. La palabra hebrea traducida como “creó” es una forma del verbo bārā, que significa “crear”, “hacer”. Esta palabra entraña la idea de sostener. Me gusta ilustrar esta idea aludiendo a la diferencia en música entre una nota en staccato y una nota sostenida. Una nota en staccato es breve y cortante: “La la la la la”. Una nota sostenida se mantiene: “Laaaa”. Asimismo, la palabra bārā nos dice que Dios no simplemente trajo el mundo a existencia en un momento. El término indica que él continúa creándolo, por así decirlo. Él lo sostiene, lo cuida, y lo sustenta.
EL AUTOR DEL SER
Uno de los conceptos teológicos de la más profunda importancia es que Dios es el Autor del ser. Nosotros no podríamos existir sin un ser supremo, porque no tenemos el poder de ser por nosotros mismos. Si algún ateo pensara seria y lógicamente acerca del concepto de ser durante cinco minutos, ese sería el fin del ateísmo. Es un hecho ineludible que nadie en este mundo tiene el poder de ser dentro de sí mismo, y no obstante aquí estamos. Por lo tanto, en algún lugar debe haber alguien que sí tiene el poder de ser en sí mismo. Si tal ser no existe, científicamente sería del todo imposible que algo existiera. Si no hay un ser supremo, no podría haber ningún ser de ninguna especie. Si hay algo, debe haber algo que tenga el poder de ser; de lo contrario, nada sería. Es así de simple.
Cuando el apóstol Pablo se dirigió a los filósofos en el Areópago de Atenas, mencionó que había visto muchos altares en la ciudad, incluido uno “al dios no conocido” (Hechos 17:23a). Entonces él usó ese hecho como una entrada para hablarles la verdad bíblica: “Pues al Dios que ustedes adoran sin conocerlo, es el Dios que yo les anuncio. El Dios que hizo el mundo y todo lo que en él hay… da vida y aliento a todos y a todo… porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (vv. 23b–28a). Pablo dijo que todo lo que Dios crea es completamente dependiente del poder de Dios, no solo para su origen sino para la continuidad de su existencia.
A veces me impaciento con algunas de las licencias poéticas que se toman los autores de himnos. Un himno famoso incluye este verso: “¡Maravilloso amor! ¿Cómo puede ser que tú, mi Dios, murieras por mí?”. Es cierto, Dios murió en la cruz, por decirlo de alguna manera. El Dios-hombre, aquel que era Dios encarnado, murió por su pueblo. Pero la naturaleza divina no pereció en el Calvario. ¿Qué le sucedería al universo si Dios muriera? Si Dios dejara de existir, el universo perecería con él, porque Dios no solo lo ha creado todo, sino que lo sustenta todo. Nosotros dependemos de él, no solo para nuestro origen, sino también para nuestra continua existencia. Puesto que no tenemos el poder de ser en nosotros mismos, no duraríamos ni un segundo sin su poder sustentador. Eso es parte de la providencia de Dios.
Esta idea de que Dios sustenta el mundo —el mundo que él hizo y observa en los mínimos detalles— nos lleva al corazón del concepto de providencia, que es la enseñanza de que Dios gobierna su creación. Esta enseñanza tiene muchos aspectos, pero quiero enfocarme en tres de ellos en lo que resta de este capítulo: las verdades de que el gobierno de Dios sobre todas las cosas es permanente, soberano, y absoluto.
UN GOBIERNO PERMANENTE
Cada cierta cantidad de años, tenemos un cambio de gobierno en nuestro país cuando una nueva administración presidencial toma el mando. La Constitución limita el número de años que un presidente puede servir como jefe ejecutivo de la nación. Por lo tanto, según estándares humanos, los gobiernos van y vienen. Cada vez que un presidente entra en ejercicio, los medios informativos hablan del “periodo de luna de miel”, el tiempo cuando se mira al nuevo líder con favor, se lo recibe cálidamente, y todo lo demás. Pero a medida que cada vez más personas se molestan o decepcionan de sus políticas, su popularidad decae. Pronto escuchamos a algunos críticos opinando que necesitamos sacar al “vago” de su cargo. En otros países, tal disconformidad ocasionalmente ha conducido a la revolución armada, lo que ha acabado en el violento derrocamiento de presidentes o primeros ministros. Sea como fuere, ningún gobernador terrenal retiene el poder para siempre.
Dios, sin embargo, está sentado como el Gobernador supremo del cielo y la tierra. También él debe tolerar a personas desencantadas con su gobierno, que objetan sus políticas, y resisten su autoridad. Pero aunque la existencia misma de Dios puede ser negada, su autoridad puede ser resistida, y sus leyes desobedecidas, su gobierno providencial jamás puede ser derrocado.
El Salmo 2 nos da una vívida imagen del reino seguro de Dios. El salmista escribe: ¿Por qué se sublevan las naciones, y en vano conspiran los pueblos? Los reyes de la tierra se rebelan; los gobernantes se confabulan contra el Señor y contra su ungido. Y dicen: ‘¡Hagamos pedazos sus cadenas! ¡Librémonos de su yugo!’ ” (vv. 1–3, NVI). La imagen aquí es la de una cumbre de los poderosos gobernadores de este mundo. Ellos se reúnen para formar una coalición, una especie de eje militar, para planificar el derrocamiento de la autoridad divina. Es como si estuvieran planeando disparar sus misiles nucleares hacia el trono de Dios con el fin de volarlo del cielo. El objetivo de ellos es ser libre de la autoridad divina, arrojar las “cadenas” y el “yugo” con los que Dios los sujeta. Pero la conspiración no solo es contra “el Señor”, sino que también es contra “su ungido”. Aquí la palabra hebrea es māšîah, de donde proviene nuestra palabra castellana “Mesías”. Dios el Padre ha exaltado a su Hijo como cabeza de todas las cosas, con el derecho a gobernar a los gobernadores de este mundo. Aquellos que han sido investidos de autoridad terrenal se han reunido en un consejo para planificar cómo liberar al universo de la autoridad de Dios y de su Hijo.
¿Cuál es la reacción de Dios a esta conspiración terrenal? El salmista dice: “El rey de los cielos se ríe; el Señor se burla de ellos” (v. 4). Los reyes de la tierra se ponen en contra de Dios. Se conciertan con pactos y tratados solemnes, y se animan unos a otros a no vacilar sobre su decisión de destronar al Rey del universo. Pero cuando Dios mira todos estos poderes congregados, no tiembla de temor. Él se ríe, pero no con risa de diversión. El salmista describe la risa de Dios como risa de burla. Es la risa que expresa un poderoso rey cuando menosprecia a sus enemigos.
Pero Dios no meramente se ríe: “En su enojo los reprende, en su furor los intimida y dice: ‘He establecido a mi rey sobre Sión, mi santo monte’ ” (vv. 5–6, NVI). Dios reprenderá a las naciones rebeldes y afirmará al Rey que ha puesto en Sión.
Con frecuencia me asombra la diferencia entre el acento que encuentro en las páginas de las sagradas Escrituras y el que leo en las páginas de las revistas religiosas y escucho que se predica en los púlpitos de nuestras iglesias. Tenemos una imagen de Dios lleno de benevolencia. Lo vemos como un botones celestial al que podemos llamar cuando necesitamos servicio a la habitación, o como un Santa Claus cósmico que está presto a derramar regalos sobre nosotros. Él se complace en hacer cualquier cosa que le pidamos. Mientras tanto, él nos ruega amablemente que cambiemos nuestros caminos y vengamos a su Hijo, Jesús. Generalmente no escuchamos acerca de un Dios que ordena obediencia, que reafirma su autoridad sobre el universo e insiste en que nos inclinemos ante su Mesías ungido. No obstante, en la Escritura nunca vemos a Dios invitando a las personas a venir a Jesús. Él nos ordena que nos arrepintamos, y nos inculpa de traición a un nivel cósmico si decidimos no hacerlo. Una negativa a someterse a la autoridad de Cristo probablemente a nadie le causará problemas con la iglesia o el gobierno, pero ciertamente causará un problema con Dios.
En el Discurso del Aposento Alto (Juan 13–17), Jesús les dijo a sus discípulos que él se iba, pero prometió enviarles otro Consolador (14:16), el Espíritu Santo. Él dijo: “Cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (16:8). Cuando Jesús habló acerca de la venida del Espíritu Santo para convencer al mundo de pecado, él fue muy específico respecto al pecado en el que estaba pensando. Era el pecado de incredulidad. Él dijo que el Espíritu convencería “de pecado, por cuanto no creen en mí” (v. 9). Desde la perspectiva de Dios, la negativa a someterse al señorío de Cristo no simplemente se debe a una falta de convicción o de información. Dios lo considera como incredulidad, como la incapacidad de aceptar al Hijo de Dios por quien él es.
Pablo hizo eco de esta idea en el Areópago cuando dijo: “Dios pasó por alto aquellos tiempos de tal ignorancia, pero ahora manda a todos, en todas partes, que se arrepientan” (Hechos 17:30, NVI). Dios había sido paciente, dijo Pablo, pero ahora mandó que todos se arrepintieran y creyeran en Cristo. Rara vez escuchamos esta idea en los libros o desde el púlpito, la idea de que es nuestro deber someternos a Cristo. Pero si bien quizá no la escuchemos, esta no es una opción respecto a Dios.
En palabras simples, Dios impera sobre su universo, y su reinado no tendrá fin.
UN GOBIERNO SOBERANO
En nuestro país, vivimos en una democracia, así que nos cuesta entender la idea de soberanía. Nuestro contrato social declara que nadie puede gobernar aquí salvo con el consentimiento de los gobernados. Pero Dios no necesita nuestro consentimiento para gobernarnos. Él nos hizo, así que tiene un derecho intrínseco de gobernarnos.
En la Edad Media, los monarcas de Europa intentaban fundamentar su autoridad en el llamado “derecho divino de reyes”. Ellos declaraban que tenían un derecho dado por Dios para gobernar a sus compatriotas. La verdad es que solo Dios tiene semejante derecho.
En Inglaterra, el poder del monarca, que en otro tiempo fue muy grande, ahora es limitado. Inglaterra es una monarquía constitucional. La reina goza de toda la pompa y las galas de la realeza, pero el Parlamento y el primer ministro dirigen la nación, no el Palacio de Buckingham. La reina rige pero no gobierna.
Por el contrario, el Rey bíblico reina y gobierna a la vez. Y lleva a cabo su reinado, no por referéndum, sino por su soberanía personal.
UN GOBIERNO ABSOLUTO
El gobierno de Dios es una monarquía absoluta. A él no se le impone ninguna restricción externa. Él no tiene que respetar un equilibrio de poderes con un Congreso o una Corte Suprema. Dios es el Presidente, el Parlamento, y la Corte Suprema, todo en uno, porque él está investido con la autoridad de un monarca absoluto.
La historia del Antiguo Testamento es la historia del reino de Jehová sobre su pueblo. El motivo central del Nuevo Testamento es la realización sobre la tierra del reino de Dios en el Mesías, a quien Dios exalta a la mano derecha de autoridad y lo corona como el Rey de Reyes y Señor de señores. Él es el Gobernador último, aquel a quien debemos la lealtad última y la obediencia última.
Una de las grandes ironías de la historia es que cuando Jesús, quien era el Rey cósmico, nació en Belén, el mundo era gobernado por un hombre llamado César Augusto. Estrictamente hablando, sin embargo, la palabra “augusto” solo es apropiada para Dios. Significa “de suprema dignidad o grandeza; majestuoso; venerable; eminente”. Dios es el cumplimiento superlativo de todos estos términos, porque Dios el Señor omnipotente reina.

Sproul, R. C. (2012). ¿Controla Dios todas las cosas? (E. Castro, Trad.; Vol. 14). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.

Letargo espiritual

Viernes 14 Julio
Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
Lucas 12:34
De la abundancia del corazón habla la boca.
Mateo 12:34
Letargo espiritual
Para muchos de nosotros, lo más importante en la vida está ligado a la salud, la familia, los bienes materiales, el dinero… En los tiempos de la Roma imperial, el pueblo pedía «pan y circo». Mientras tanto, los cristianos vivían con el temor constante de ser arrestados, y solo podían reunirse en la oscuridad de las catacumbas. Para ellos, lo más importante era permanecer unidos al Señor y no negarlo. Muchos estaban dispuestos, si era necesario, a enfrentarse a la muerte por fidelidad a Cristo.

Recordando los sufrimientos de esos mártires, estaremos de acuerdo en que nosotros estamos lejos de ese estado de piedad. Sin embargo, como esos creyentes del comienzo del cristianismo, tenemos una vida nueva, la que Dios nos ha dado a través de nuestro Señor. Entonces, ¿por qué esta diferencia entre los primeros cristianos y nosotros?

Escuchemos al apóstol Pablo, quien fue perseguido por causa de su Señor, recordar lo que animaba su vida cristiana: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). ¿Mi vida da testimonio de que he «muerto» y vivo con Cristo? ¿Es esto lo más importante para mí, y lo que es evidente para los que me rodean y no tienen esperanza? “Es ya hora de levantarnos del sueño” (Romanos 13:11), para brillar “como luminares en el mundo” (Filipenses 2:15).

“Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3).

Miqueas 3-4 – Lucas 4:16-44 – Salmo 83:9-18 – Proverbios 19:13-14

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