LA SOLUCION DIVINA PARA LA AMARGURA | Jaime Mirón

LA SOLUCION DIVINA PARA LA AMARGURA


Hace tiempo una mujer de 43 años vino a consultarnos. Hacía 23 años que estaba en tratamiento médico y siquiátrico por su depresión. Era una triste historia que cada vez escuchamos con más frecuencia. El padre de esta mujer se había aprovechado de ella desde los 5 hasta los 14 años de edad. Tiempo después ella recibió al Señor como Salvador de su vida, lo cual trajo alivio al comienzo, pero meses después volvió a caer en un estado depresivo. Vino a verme como un último recurso. «Desempacamos” el problema y descubrimos varios asuntos que solucionar, entre ellos como era lógico, un profundo resentimiento hacia su padre.
¿Cuál fue la ayuda para esta pobre mujer y para los miles que cuentan con experiencias similares?
Si hasta el momento usted no ha tenido que luchar con la amargura, tarde o temprano le acontecerá algo que lo enfrentará cara a cara con la tentación de guardar rencor, de vengarse, de pasar chismes, de formar alianzas, de justificar su actitud porque tiene razón, etc. Como cristianos hemos de estar preparados espiritualmente. ¿Cómo hacerlo?
Establecer la santidad como meta en su vida. Como en todos los casos de pecado, más vale prevenir que tener que tratar con las consecuencias devastadoras que el pecado siempre deja como herencia. El escritor de Hebreos, dentro del contexto de la raíz de amargura, exhorta: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (12:14). La mejor manera de prevenir la amargura es seguir o buscar la paz y la santidad; asumir un compromiso con Dios para ser santo (puro) pase lo que pasare. Cuando sobrevienen situaciones que lastiman nuestros sentimientos, producen rencor y demás actitudes que forman el círculo íntimo de la amargura, debemos decir: “He hecho un pacto con Dios a fin de ser santo, como El es Santo. A pesar de que la otra persona tenga la culpa, entregaré la situación en manos de Dios, perdonaré al ofensor y buscaré la paz.»
Nótese la diferencia entre la actitud de David y su ejército cuando volvieron de una batalla (1 Samuel 30). Encontraron la ciudad asolada y sus familias llevadas cautivas. En vez buscar el consuelo de Dios y por ende Su sabiduría, el pueblo se amargó y propuso apedrear a David. En contraste, la Biblia explica que «David se fortaleció en Jehová su Dios” (v. 6). En ningún momento es mi intención minimizar el daño causado por una ofensa o por el ultraje que experimentó David y su gente, sino que mi deseo es magnificar la gracia de Dios para consolar y ayudar a perdonar.
Consideremos ahora qué hacer cuando estamos amargados.
1) Ver la amargura como pecado contra Dios. En las próximas páginas explicaremos la importancia de perdonar al ofensor. Sin embargo, si yo estimara la amargura solamente como algo personal contra la persona que me engañó, me lastimó, me perjudicó con chismes o lo que fuere, sería fácil justificar mi rencor alegando que tengo razón pues el otro me hizo daño. Como ya mencionamos,es posible que no hay nada tan difícil de solucionar que la situación de la persona amargada que tiene razón para estarlo.
Cuando tengo amargura en mi corazón, con David tengo que confesar a Dios: “Contra ti, contra ti solo he pecado” (Salmo 51:4). En el momento en que percibo que (a pesar de las circunstancias) la amargura es un pecado contra Dios, debo confesarlo y la sangre de Cristo me lavará de todo pecado. Pablo instruye: “Quítense de vosotros toda amargura». La Biblia no otorga a nadie el derecho de amargarse.
Volvamos al Antiguo Testamento para entender el contexto de la raíz de amargura en Deuteronomio 29:18, donde el pecado principal es la idolatría. Eso es precisamente lo que pasa en el caso de la amargura. En vez de postrarse ante el Dios de la Biblia, buscando la solución divina, uno se postra ante sus propios recursos y su propia venganza. El ídolo es el propio “yo».
2) Perdonar al ofensor. En el mismo contexto donde Pablo nos exhorta a librarnos de toda amargura, nos explica cómo hacerlo: “…perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:31–32).
En junio de 1972, por vez primera en mi vida tuve que enfrentarme con la amargura. Dos ladrones entraron en la oficina de mi padre y lo mataron a sangre fría, robando menos de 50 dólares. Ni siquiera tuve el consuelo de poder decir, “Bueno, papá está con el Señor», porque a pesar de ser una excelente persona, mi padre no tenía tiempo para Dios. ¿Cuáles eran mi opciones? ¿Hundirme en la amargura? ¿Buscar venganza? ¿Culpar a Dios? No, tenía un compromiso bíblico con Dios de buscar la santidad en todo. La respuesta inmediata era perdonar a los criminales y dejar la situación en manos de Dios y las autoridades civiles.
¿Tristeza? Sí. ¿Lágrimas? Muchas. ¿Dificultades después? En cantidad. ¿Consecuencias? Por supuesto. ¿Fue injusto? Indiscutiblemente. ¿Hubo otras personas amargadas? Toda mi familia. ¿Viví o vivo con raíz de amargura en mi corazón? Por la gracia de Dios, no.
a) El perdón trae beneficios porque quita el resentimiento. Uno de los muchos beneficios de no guardar rencor es poder tomar decisiones con cordura.
b) El perdón no es tolerar a la persona ni al pecado; no es fingir que la maldad no existe ni es intentar pasarla por alto. Tolerar es “consentir, aguantar, no prohibir” y lejos está de ser el perdón bíblico. Permitir es pasivo mientras perdonar es activo. Cuando la Biblia habla de perdón, en el griego original hallamos que esta palabra literalmente significa “mandarlo afuera». Activamente estoy enviando el rencor “afuera», es decir estoy poniendo toda mi ansiedad sobre Dios (1ª Pedro 5:7).
c) El perdón no es simplemente olvidar, ya que eso es prácticamente imposible. El resentimiento tiene una memoria como una grabadora, y aún mejor porque la grabadora repite lo que fue dicho, mientras que el resentimiento hace que con cada vuelta la pista se vuelva más profunda. La única manera de apagar la grabadora es perdonar.
Después de una conferencia, una dama me preguntó: “Si el incidente vuelve a mi mente una y otra vez, ¿quiere decir que no he perdonado?” Mi respuesta tomaba en cuenta tres factores:
(1) Es posible que ella tuviera razón. Recordamos que “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso…” (Jeremías 17:9). El ser humano haría cualquier cosa para mitigar la vergüenza, y es lógico que permanezcan los fuertes sentimientos negativos asociados con una ofensa. Volvamos al caso de la mujer que durante 23 años había estado en tratamiento siquiátrico a causa del abuso de su padre. Después de aclarar lo que no es el perdón, y luego de hablar sobre los beneficios que el perdón produciría, le expliqué que de acuerdo a Marcos 11:25 ella tenía que perdonar a su padre. Su respuesta inmediata fue: “Ya lo he hecho.” Pero era obvio que estaba llena de amargura y rencor. Mi siguiente pregunta fue: “¿Cuándo y cómo lo hizo?” Su contestación ilustra otra manera en que el ser humano evita asumir responsabilidad ante el Señor. Me dijo: “Muchas veces he pedido al Señor Jesús que perdonara a mi padre.” Es posible que la mujer aún no entendiera lo que Dios esperaba con respecto al perdón. O tal vez fuera su manera de no cumplir con una tarea difícil. Con paciencia volví a explicarle las cosas, y finalmente ella inclinó la cabeza y empezó a orar. Pronto vi lágrimas en sus ojos, y de corazón perdonó a su padre. Al día siguiente regresó para una consulta y se la veía con esperanza, con alivio y como una nueva persona.
(2) Hay quienes desean que recordemos incidentes dolorosos del pasado. En primer lugar está Satanás, que trabaja día y noche para dividir a los hermanos en Cristo (Apocalipsis 12:10; 1ª Timoteo 5:14). En segundo lugar, la vieja naturaleza saca a relucir el pasado. Los mexicanos emplean la frase “la cruda” al referirse a los efectos de la borrachera al día siguiente. En cierto modo es posible tener una “cruda espiritual” que precisa tiempo hasta no molestar más. Me refiero a ciertos hábitos, maneras de pensar que son difíciles de romper. Si uno en verdad ha perdonado, cada vez que el incidente viene a la memoria, en forma inmediata hay que recordar a Satanás y recordarse a sí mismo que la cuestión está en las manos de Dios y es un asunto terminado que sólo forma parte del recuerdo.
(3) Finalmente existe otra persona o grupo que no quiere que usted olvide el incidente: Aquellos que fueron contagiados por su amargura, aquellos a quienes usted mismo infectó y como resultado tomaron sobre sí la ofensa. Por lo general para ellos es más difícil perdonar porque recibieron la ofensa indirectamente. Por lo tanto, no se sorprenda cuando sus amigos a quienes usted contagió de amargura, se enojan con usted cuando, por la gracia de Dios, ha perdonado al ofensor y está libre de dicha amargura.
d) El perdón no absuelve al ofensor de la pena correspondiente a su pecado. El castigo está en las manos de Dios, o quizá de la ley humana. El salmista nos asegura: “El Señor hace justicia, y juicio a favor de todos los oprimidos” (Salmo 103:6 BLA).
Presenté estos principios por primera vez en una iglesia donde no solamente varios de los feligreses estaban resentidos, sino también el mismo pastor. Después del sermón el pastor dividió a su pequeña congregación en grupos de 5 ó 6 personas para dialogar sobre el tema. Me tocó estar en un grupo que incluía a una pareja y su hijo adolescente. En forma inmediata noté la total falta del gozo del Señor en aquella familia. Durante los 20 minutos que tuvimos para compartir me preguntaron cómo era posible quitar la amargura del corazón por un gran mal que alguien había cometido. El hijo mayor había entrado en el mundo de la droga a pesar de que sus padres eran cristianos. Un día no tuvo suficiente dinero para pagar por su dosis regular, y el proveedor lo mató. Desde aquel momento la amargura había estado carcomiendo a toda la familia, y alegaban que era imposible perdonar. Ellos creían que perdonar significaba absolver a los asesinos del crimen que habían perpetrado.
e) El perdón tampoco es un recibo que se da después que el ofensor haya pagado. Si no perdonamos hasta tanto la otra persona lo merezca, estamos guardando rencor.
f) El perdón no necesariamente tiene que ser un hecho conocido al ofensor. En muchos casos el ofensor ha muerto, pero el rencor continúa en el corazón de la persona herida. Recuerdo el caso de una señora que con lágrimas admitió que su esposo había desaparecido con otra mujer de la iglesia. Durante la conversación me confesó: “Lo he perdonado. Hay y habrá muchas lágrimas, dolor y tristeza, pero me rehúso terminantemente a llegar al fin de mi vida como una vieja amargada.” El hombre consiguió el divorcio y se casó legalmente con la otra mujer. Por su parte, esta señora vive con su tres muchachos y sirve a Dios de todo corazón; sus hijos aman al Señor y oran para que su padre un día regrese al camino de Dios. Tener que perdonar un gran mal mientras el ofensor no lo merezca, representa una excelente oportunidad para entender mejor cómo Cristo pudo perdonarnos a nosotros (Romanos 5:8; Efesios 4:32).
g) El perdón debe ser inmediato. Una vez me picó una araña durante la noche. Tuve una reacción alérgica que duró casi medio año. Ahora bien, si hubiera podido sacar el veneno antes de que se extendiera por el cuerpo, hubiera quedado una pequeña cicatriz pero no habría habido una reacción tan aguda. Algo semejante sucede con el perdón. Hay que perdonar inmediatamente antes de que “la picadura empiece a hincharse.”
h) El perdón debe ser continuo. La Biblia indica que debemos perdonar continuamente (Mateo 18:22). Perdonar hasta que se convierta en una norma de vida. Uno de los casos más difíciles es cuando la ofensa es continua como en el caso de esposo/esposa, patrón/empleado, padre/hijo, etc. Es entonces cuando el consejo del Señor a Pedro (perdonar 70 veces 7) es aun más aplicable.
i) El perdón debe marcar un punto final. Perdonar significa olvidar. No hablo de amnesia espiritual sino de sanar la herida. Es probable que la persona recuerde el asunto, que alguien le haga recordar o que Satanás venga con sus mañas trayéndolo a la memoria. Pero una vez que se ha perdonado sí es posible olvidar.
Perdonar es la única manera de arreglar el pasado. No podemos alterar los hechos ni cambiar lo ya ocurrido, pero podemos olvidar porque el verdadero perdón ofrece esa posibilidad. Una vez que hay perdón, olvidar significa:
1) Rehusarse a sacar a relucir el incidente ante las otras partes involucradas.
2) Rehusarse a sacar a relucirlo ante cualquier otra persona.
3) Rehusarse a sacar a relucirlo ante uno mismo.
4) Rehusarse a usar el incidente en contra de la otra persona.
5) Recordar que el olvido es un acto de la voluntad humana movida por el Espíritu Santo.
6) Sustituir con otra cosa el recuerdo del pasado, pues de lo contrario no será posible olvidar. Pablo nos explica una manera de hacerlo: “Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Romanos 12:20, 21). Jesús amplía el concepto: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44).
j) El perdón también significa velar por los demás. Al finalizar su libro y bajo la inspiración del Espíritu Santo, el escritor de Hebreos exhorta a todos los creyentes a que seamos guardianes de nuestros hermanos. El versículo que advierte sobre la raíz de amargura comienza con: “Mirad bien”. En el griego original es la palabra episkopeo, de donde procede el término obispo o sobreveedor. Esto implica que en el momento en que uno detecta que se ha sembrado semilla de amargura en el corazón de un hermano en Cristo, la responsabilidad es ir con espíritu de mansedumbre, y hacer todo lo posible para desarraigarla antes que germine.
Se requiere un compromiso profundo con Dios a fin de no caer en la trampa de la amargura. Cristo mismo nos dará los recursos para vivir libres del “pecado más contagioso”.

Si tiene alguna pregunta, favor de dirigir su carta a:
Jaime Mirón
Apartado 15
Guatemala c.p. 01901
Guatemala, America Central

Jesús está vivo

Viernes 7 Julio
A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.
Hechos 2:32
Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.
Romanos 10:9
Jesús está vivo
Para abordar un tema especial, un periodista escribió: «Científicos de todas las tendencias están seguros: ¡Sí, Jesús existió! Vivió en Galilea y murió en una cruz. Pero, ¿y el resto?».

La respuesta que cada uno da a esta pregunta es esencial. La opinión de los llamados expertos no es la que debe guiarnos. El apóstol Pablo escribió: “Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados” (1 Corintios 15:17). El cristianismo no es una religión sacada de la imaginación del hombre. ¡El cristianismo está basado en hechos!

Dios se da a conocer por lo que hace. Él creó el universo. Su majestad, su poder y bondad son presentados a todas las criaturas inteligentes. También “envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él” (1 Juan 4:9). Entonces su amor por nosotros se reveló. La muerte de Jesús en la cruz fue necesaria para salvar a los hombres. Él “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25). Su resurrección no es una fábula, Dios dio las pruebas suficientes e indubitables de ella.

Jesús resucitado fue visto primero por unas mujeres en el sepulcro, luego por los apóstoles, y después por quinientos hermanos (o discípulos) a la vez. La fe de los creyentes no está “fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Corintios 2:5).

Esta fe es dada a todos los que creen en la resurrección de Jesús. ¡Dicha certeza les da paz y gozo cada día!

Daniel 9:1-19 – Lucas 1:1-25 – Salmo 79:8-13 – Proverbios 18:23-24

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Lo fundamental del liderazgo es el carácter | Albert Mohler Jr.

Nota del editor: Este es un fragmento adaptado de Un líder de convicciones: 25 principios para un liderazgo relevante. Albert Mohler. B&H Publicaciones.

Los líderes no son máquinas y sus seguidores tampoco lo son. Somos seres humanos de carne y hueso que debemos realizar constantes juicios en relación con la confianza. Pareciera que existe un instinto dentro de nosotros que gravita hacia aquellos en quienes podemos confiar y que mira con cautela a los que no inspiran tal confianza. Dentro de nosotros, tenemos una especie de detector de confianza que funciona constantemente, y aprendemos a depender de él incluso desde pequeños. El liderazgo es tan antiguo como la humanidad y también lo es la preocupación por el carácter de los líderes.

Nuestra dificultad para tratar la cuestión de carácter está directamente relacionada con que no tenemos un concepto común de lo que verdaderamente implica el carácter. Este es el punto en el cual el líder cristiano debe tener un llamado al carácter mucho más profundo y urgente; un llamado al carácter que no se trate solo de una cuestión de personalidad pública, no una mera negociación con las confusiones morales de nuestra propia era. Como seguidores de Cristo, sabemos que la afirmación de que podemos tener una vida privada y una pública con diferentes términos morales no tiene legitimidad. Además, también sabemos que los términos morales a los que nos debemos no los establecemos nosotros; Dios los ha revelado en Su Palabra. «Pues como piensa dentro de sí, así es» (Prov. 23:7, LBLA).

La Biblia revela que el carácter es una condición de nuestro corazón. El Antiguo Testamento contiene las leyes mediante las cuales Israel debía aprender sobre el carácter, y el Nuevo Testamento presenta a la Iglesia como una comunidad de carácter. Jesús les dijo a Sus discípulos que debían vivir ante el mundo de modo que su carácter fuera tan evidente que la gente diera gracias a Dios.

Aquellos a quienes lideramos esperan que vivamos y lideremos en concordancia con nuestras convicciones.

Como comunidad de carácter, los cristianos debemos reflejar los compromisos morales a los cuales se nos ha llamado. Tal como Jesús dejó en claro, la credibilidad moral del evangelio depende de aquellos que han sido transformados por la gracia y la misericordia de Dios, y que demuestran esa transformación en toda dimensión de la vida. Dentro de la iglesia, el liderazgo recae sobre aquellos cuya luz brilla con integridad y poder.

La Iglesia debe vivir de acuerdo a la Palabra de Dios y del evangelio de tal manera que los demás se queden rascándose la cabeza, preguntándose cómo es posible que la gente viva así. ¿Por qué se aman los unos a los otros? ¿Por qué son tan generosos? ¿Por qué siguen casados con su primer cónyuge? ¿Por qué viven con tanto esmero? El líder eficaz sabe que las expectativas con respecto al carácter comienzan desde arriba.

Aquellos a quienes lideramos esperan que vivamos y lideremos en concordancia con nuestras convicciones. No se quedarán satisfechos con el carácter que se presente solo en público, una simulación de algo que no somos. Tienen hambre y sed de un verdadero liderazgo y de verdaderos líderes. Han visto adónde conduce el liderazgo sin un carácter recto y no quieren saber nada con él. Una vez que declaramos nuestras convicciones, se esperará que vivamos de acuerdo a ellas en público y en privado. Las convicciones vienen primero, pero el carácter es el producto de esas convicciones. Si no, nuestro liderazgo se hará pedazos y se quemará.

El carácter es indispensable para la credibilidad y la credibilidad es esencial para el liderazgo. Los líderes de carácter producen organizaciones de carácter porque este, al igual que la convicción, es contagioso. Los seguidores se sienten atraídos a aquellos cuyo carácter es tal que lo desean para sí mismos.


​El Dr. R. Albert Mohler Jr. es el presidente del Southern Baptist Theological Seminary (Lousville, Kentucky) y una de las voces de mayor influencia en el panorama evangélico de los Estados Unidos actualmente. El Dr. Mohler es conocido por su firme y clara defensa del evangelio y por su fidelidad a las Escrituras. Puedes seguir sus publicaciones mediante su sitio web, Twitter y Facebook.

El bautismo (1): un acto simbólico

Jueves 6 Julio
(Jesús dijo a sus discípulos:) Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado.
Mateo 28:19-20
El bautismo (1): un acto simbólico
Nuestra vida está llena de actos simbólicos: dar la mano para saludar, aplaudir para mostrar admiración, levantar los brazos en señal de victoria, etc. Cada acto simbólico tiene, pues, su significado.

El bautismo es uno de los dos actos que nos hablan de la muerte del Señor Jesús; el otro es la Cena en memoria del Señor, acto que él mismo instituyó. La Cena del Señor tiene que ver más con la persona de Jesús, con el hecho de que él dio su vida y que su amor triunfó. El bautismo, entrar y salir del agua, evoca los resultados de su muerte para los que creen en Jesús.

Cuando Jesús comenzó su servicio en la tierra, sus discípulos conocían el bautismo que Juan el Bautista había predicado, el bautismo de arrepentimiento para perdón de los pecados (Marcos 1:4-5). Luego Jesús instituyó el bautismo cristiano, acto que se hace en el nombre de Dios el Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, para todos los que creen en él (Marcos 16:16) y se convierten en sus discípulos. Ser discípulo de Jesús es estar en su escuela y aprender de él, quien es “manso y humilde de corazón”.

El apóstol Pablo nos enseña: “Todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte. Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:3-4).

(continuará el próximo jueves)
Daniel 8 – 3 Juan – Salmo 79:1-7 – Proverbios 18:22

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¿Por qué nuestra iglesia pasó de una política presidida por ancianos a un congregacionalismo dirigido por ancianos? | Blake White

¿Por qué nuestra iglesia pasó de una política presidida por ancianos a un congregacionalismo dirigido por ancianos?
Nuestra congregación ha pasado recientemente de un modelo de gobierno de iglesia «regido por ancianos» a un «congregacionalismo dirigido por ancianos». Al hablar con amigos pastores de diversas corrientes, muchos se quedan perplejos sobre por qué lo hicimos.

«¿Quieres decir que los ancianos tenían la confianza de la congregación y podían dirigir libremente y…cambiaron eso?».

«¿Por qué pasar de la eficiencia a la ineficiencia?». «¿Por qué involucrar a las ovejas cuando los pastores pueden hacerlo?».

En pocas palabras, porque Jesús lo dijo. Cuatro palabras nos obligaron a hacer el cambio: «dilo a la iglesia» (Mt. 18:17). El contexto del mandato de Jesús es el pecado impenitente en la iglesia. Él da tres pasos para abordar el pecado, y el último paso es decírselo a la iglesia y considerar al pecador impenitente como un pagano y un recaudador de impuestos.

En otras palabras, tratarlos como alguien que ya no pertenece a la comunidad del pacto.

Jesús solo utilizó la palabra «iglesia» dos veces en los cuatro Evangelios. Estos versículos contienen algunas de las enseñanzas más importantes que Jesús dio sobre la iglesia, y será mejor que escuchemos y prestemos atención a sus instrucciones.

Es sorprendente que Jesús no mencione a los líderes de la iglesia en su enseñanza acerca de cómo manejar el pecado en la iglesia. No dice: «dilo a su familia» o «dilo su grupo pequeño» o «dilo al personal de la iglesia». Dice: «dilo a la iglesia». La Escritura es clara que cuando los miembros deben ser removidos por un pecado continuo, debe ser hecho por los miembros en la congregación reunida, no por los ancianos en la sala de conferencias.

El Rey Jesús dice que la aceptación y la excomunión de los miembros está por encima del grado de pago de los líderes. Él ha dado las llaves del Reino a la congregación reunida (Mt. 16:19, 18:17-20; 1 Co. 5:4).

Así que, aunque es mucho más complicado, el congregacionalismo dirigido por los ancianos nos permite a mí y a los demás ancianos presentarnos ante Cristo en el día del juicio con la conciencia limpia, sabiendo que procuramos obedecer todo lo que él ordenó en relación con el cuerpo del que él es la cabeza.

CÓMO PASAR AL CONGREGACIONALISMO DIRIGIDO POR LOS ANCIANOS
Ese es el «por qué», ahora el «cómo». Llegué a South Side Baptist hace cinco años con el compromiso de «predicar, orar, amar y permanecer». Me puse a trabajar orando por mi gente, conociendo a mi gente, y predicando lentamente a través de los libros de la Biblia. También inmediatamente, guié al personal a través de Las nueve marcas de una Iglesia sana de Mark Dever.

Comencé a enseñar y modelar el discipulado personal y animé a otros a hacer lo mismo. Por la gracia de Dios, una cultura de discipulado comenzó a formarse mucho antes de lo que esperaba. Efesios 4:12-16 fue un impulso constante. Todavía lo es.

La buena literatura ha sido vital. Desde el principio, establecí una mesa de libros y regalé buenos libros cada vez que pude. Como los hábitos de lectura de nuestro país siguen disminuyendo, los libros más pequeños han sido súper útiles. Cambiamos nuestros horarios de servicio para tener 30 minutos entre la Escuela Dominical y el servicio y le pedimos a la congregación que usara el tiempo para edificarse unos a otros. También compramos copias de How to Walk Into Church [Cómo entrar en la iglesia] de Tony Payne para cada hogar de los miembros.

En mi segundo año, llevé a los ancianos al 9Marks Weekender organizado por High Pointe Baptist Church en Austin, Texas. ¡Esto fue inmensamente fructífero! Tanto, que desde entonces he llevado una camioneta de la iglesia llena de hombres. La eclesiología inmersiva enseñada por hombres mejores que yo, pero que decían las mismas cosas, movió la pelota rápidamente. Además, ¡los libros de regalo!

Cambié nuestra lectura de iniciación de ancianos del libro Liderazgo bíblico de ancianos, de Alexander Strauch a una serie de libros que incluían: Los ancianos de la Iglesia, de Jeramie Rinne, ¿Qué es una iglesia sana? de Dever, y El enrejado y la vid, de Payne y Colin Marshall. Como ancianos, también leímos: La membresía de la iglesia y La disciplina en la iglesia, de Jonathan Leeman; durante nuestras reuniones, leímos Those Who Must Give an Account [Como quienes han de dar cuentas, editado por John Hammett y Benjamin Merkle.

Los ancianos estaban ahora a bordo. Estuvimos de acuerdo en que habíamos «despedido a nuestros miembros de la iglesia» y que debíamos devolverles su trabajo. Yo acababa de empezar a predicar de Mateo con la vista puesta en los capítulos 16 y 18; era el momento adecuado. Además, había un problema con ciertos miembros que tenía el potencial de avanzar hacia la excomunión, y necesitábamos ordenar la iglesia correctamente mientras las cosas estaban calmadas.

Así que primero enseñé el congregacionalismo a los diáconos y a los líderes de los grupos hogareños, para ver cómo lo recibían y aclarar cualquier duda.

Tenía la esperanza de que pudieran funcionar como amortiguadores mientras presentábamos este cambio a toda la congregación. Luego prediqué una serie de siete semanas llamada «La membresía importa». Los sermones fueron:

La comunidad del nuevo pacto: básicamente la membresía regenerada de la iglesia a partir de Jeremías 31:31-34.

El liderazgo de la iglesia: la Iglesia debe ser dirigida por una pluralidad de ancianos calificados espiritualmente, llamados a pastorear un rebaño particular. Seis llamados: supervisar, pastorear, enseñar, equipar, modelar y multiplicar.

Las llaves del Reino: Mateo 16 y 18.

La disciplina en la iglesia: un sermón «toposicional» acerca de 1 Corintios 5.

Una cultura del discipulado: Efesios 4:12-16 (de nuevo), el sacerdocio de todos, el ministerio de cada miembro.

La misión de la iglesia: El corazón de Dios para las naciones.

Descripción del trabajo de un miembro de la iglesia: 15 marcas, adaptando y ampliando una brillante charla dada por John Folmar en el Weekender en Austin.

Durante esta serie, también tuvimos dos sesiones de preguntas y respuestas los domingos por la noche para aclaraciones y muchos detalles prácticos que los sermones no pudieron tratar. En medio de la serie «La membresía importa», compramos 250 copias del libro de Leeman, La autoridad de la congregación para dar a cada hogar de los miembros.

CONCLUSIÓN
Ya hemos tenido tres reuniones de miembros, y han sido increíblemente alentadoras. Debido a las claras enseñanzas de Jesús en Mateo 16 y 18, nuestros miembros no ven la votación de nuevos miembros como un deber inútil y superficial, sino más bien como un ejercicio importante y significativo de las llaves del Reino delegadas por Jesús.

Mientras que el Señor ya estaba produciendo una cultura de discipulado entre nosotros, la capacitación de los miembros para hacer su trabajo (el congregacionalismo dirigido por ancianos) ha echado gasolina a ese fuego. Hay un renovado y mayor sentido de responsabilidad, compromiso y amor entre los miembros de South Side. El plan de Jesús para el discipulado está dando sus frutos.

Traducido por Nazareth Bello

¡Eso no fue lo que dijo!

Miércoles 5 Julio
Pedro… dijo a Jesús: Señor, ¿y qué de este? Jesús le dijo: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú.
Juan 21:21-22
¡Eso no fue lo que dijo!
Antes de subir al cielo, Jesús resucitado le dijo a Pedro que él moriría como mártir. Pedro le preguntó qué sucedería con Juan. Jesús le respondió: “Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti?”. Esta respuesta fue malinterpretada, y se corrió el rumor de que Juan no moriría.

Imaginémonos la confusión de los cristianos que habían creído este rumor, cuando el apóstol Juan murió, y las preguntas que pudieron hacerse: «¿Jesús se había equivocado? ¿O tal vez su venida ya había tenido lugar y los había olvidado?». ¡Qué efecto tan desastroso tuvo este falso rumor en su fe!

Esta es una seria advertencia para nosotros. Muchas ideas falsas se han difundido entre los cristianos, porque se ha escuchado superficialmente la Palabra de Dios, y se le han añadido pensamientos personales. Estos conceptos erróneos, aceptados por muchos, pueden causar un gran daño entre los creyentes. Son perjudiciales para la fe, producen desorden y confusión.

Hoy la Biblia, la Palabra de Dios, está completa y constituye “las Escrituras”. Ellas, y solo ellas, son autoridad para los cristianos. Cualquier cosa que el hombre añada no tiene autoridad divina y puede desviarnos completamente.

Sigamos el ejemplo de los cristianos de Berea, es decir, escudriñemos las Escrituras cada día para verificar lo que oímos: “recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. Así que creyeron muchos de ellos, y mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres” (Hechos 17:11-12).

Daniel 7 – 2 Juan – Salmo 78:65-72 – Proverbios 18:20-21

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MANERAS NO BIBLICAS DE TRATAR CON LA AMARGURA | Jaime Mirón

MANERAS NO BIBLICAS DE TRATAR CON LA AMARGURA
«Quítense de vosotros toda amargura…»
(Efesios 4:31).
La amargura es uno de los pecados más comunes no solamente en el mundo sino también entre el pueblo cristiano evangélico. Casi todos hemos sido ofendidos, y una u otra vez hemos llegado al punto de la amargura. Muchos no han podido superar una ofensa y han dejado crecer una raíz de amargura en su corazón. Debido a que es difícil (si no imposible) vivir amargado y en paz, el hombre maquina maneras para tratar de resolver su problema de amargura y así menguar el dolor, pero sin embargo la amargura queda intacta. Para poder extirpar de manera bíblica la amargura del corazón, es imperioso comprender y desenmascarar las varias formas mundanas de “solucionar” el problema, para que no quede otra alternativa que la bíblica.

  1. Vengarse. La manera no bíblica más común es tomar venganza. Hace poco escuché una entrevista con un escritor de novelas policiales, quien comentó que sólo existen tres motivos para asesinar a una persona: amor, dinero, y venganza. En un país centroamericano asolado por la guerrilla, me comentaron que muchos se aprovechan de tales tiempos para vengarse y echar la culpa a los guerrilleros. Con razón Pablo exhorta: “…no os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:19).
    A pesar de las circunstancias, la Biblia sostiene que jamás es voluntad de Dios que nos venguemos nosotros mismos.
    Julia y Roberto son hermanos; ambos están casados y tienen 4 y 3 hijos respectivamente. Cuando vivían en la casa paterna sufrían con un padre borracho y perverso. No sólo los trató con violencia y con las palabras más degradantes, sino que también se aprovechó sexualmente de sus hijos. Pasaron los años y Roberto –ya adulto, herido, con muchos malos recuerdos y profundamente amargado– odia a su padre. ¿Quién lo puede culpar por sentirse profundamente herido? Otra vez podemos decir que “tiene razón». No es cuestión de minimizar el pecado de la otra persona ni el daño o la herida, sino es cuestión de qué hacer ahora, y magnificar la gracia de Dios.
    Buscando alivio, Roberto, acudió a un psicólogo no cristiano que le ayudó a descubrir la profundidad de su odio y amargura, y sugirió como solución la venganza. Durante los últimos años Roberto ha estado llevando a cabo el dictamen. Principió con llamadas telefónicas insultando a su padre con las mismas palabras degradantes que éste había empleado. Cuando las llamadas dejaron de tener el efecto deseado, empezó a sembrar veneno en su hermana Julia y los demás familiares para que hicieran lo mismo. No es de extrañar que cada reunión familiar termine en un espectáculo como la lucha libre. Hoy día Roberto es un hombre amargado y cada día más infeliz.
    Por su parte Julia –adulta y también herida, y con muchos malos recuerdos pero sin amargura– ama a su padre. Es cristiana, esposa de un pastor, y optó por perdonar a su padre e intentar ganarlo para Cristo. Dos personas de la misma familia y que experimentaron las mismas circunstancias, eligieron dos caminos distintos: uno la venganza y la otra el perdón.
    Cuando intento vengarme por mi propia cuenta…
    a) Me pongo en el lugar de Dios. De acuerdo a la Biblia la venganza pertenece a Dios. Entonces, la venganza es el pecado de usurpar un derecho que sólo le pertenece a El. Querer vengarnos por nosotros mismos es asumir una actitud de orgullo, el mismo pecado que causó la caída de Lucero (Isaías 14:13, 14). Por lo tanto, al tratar de vengarnos (aunque tan sólo en nuestra mente), estamos pisando terreno peligroso.
    Por otra parte, la ira de Dios siempre es ira santa. Dios no obrará hasta tanto yo deje la situación en sus manos. No puedo esperar de mi parte la solución que solamente el Dios soberano puede llevar a cabo.
    b) La venganza siempre complica la situación. Mi propia venganza provoca más problemas, más enojo, envenena a otros y deja mi conciencia contaminada.
    c) Sobre todo, tomar venganza por nuestros medios es un pecado contra el Dios santo. Es una gran lección ver como el apóstol Pablo dejó lugar a la ira de Dios cuando dijo: “Alejandro el calderero me ha causado muchos males; el Señor le pague conforme a sus hechos” (2 Timoteo 4:14).
  2. Minimizar el pecado de la amargura. Minimizo un pecado cuando por algún motivo puedo justificarlo. Existen, por lo menos, tres maneras de minimizar el pecado de la amargura:
    a) Llamarlo por otro nombre, alegando que es una debilidad, una enfermedad o desequilibrio químico, enojo santo, o sencillamente afirmando que “todo el mundo lo está haciendo». Hay quienes dicen ser muy sensibles y como resultado están resentidos pero no amargados. ¡Cuidado! Existe una relación muy íntima entre los sentimientos heridos y la amargura.
    b) Disculparse por las circunstancias y así justificar la amargura. “En estas circunstancias Dios no me condenaría por guardar rencor en mi corazón.” Básicamente, lo que estamos diciendo es que hay ocasiones cuando los recursos espirituales no sirven, y nos vemos obligados a pecar. Juan dice a tales personas: “Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a El mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1ª Juan 1:10).
    c) Culpar al otro. Esta es, sin duda, la manera más frecuente de eludir la responsabilidad bíblica de admitir que la amargura es pecado. Cuando de amargura se trata, el ser humano generalmente culpa a la persona que le ofendió. En casos extremos algunos se resienten contra Dios. “No sé porque Dios me hizo así…” “¿Dónde estaba Dios cuando me sucedió esto?»
  3. Desahogarse. Ultimamente se ha popularizado la idea de que “desahogarse” sanará la herida. Ahora bien, es cierto que desahogarse tal vez ayuda a que la persona sobrellevar el peso que lleva encima (Gálatas 6:2). Sin embargo, es factible que (a) termine esparciendo la amargura y como resultado contamine a muchos; (b) le lleve a minimizar el pecado de la amargura porque la persona en quien se descarga contesta: “Tú tienes derecho»; (c) no considere la amargura como pecado contra Dios.
  4. Una disculpa de parte del ofensor. Muchos piensan que el asunto termina cuando el ofensor pide disculpas a la persona ofendida. De acuerdo a la Biblia efectivamente esto forma parte de la solución porque trae reconciliación entre dos personas (Mateo 5:23–25). Sin embargo, falta reconocer que la amargura es un pecado contra Dios. Sólo la sangre de Cristo, no una disculpa, limpia de pecado (1ª Juan 1:7). La solución radica tanto en la relación horizontal (con otro ser humano) como en la vertical (con Dios).
  5. Perdonar a Dios. Después de presentar estos principios en una iglesia, de dos fuentes diferentes escuché que la solución para la amargura era “perdonar a Dios». Cuando una persona no está conforme con su apariencia física o con un suceso que dejó cicatrices emocionales o físicas en su vida, se le aconseja que perdone a Dios por haber permitido que sucediera.
    En Rut 1:13 Noemí estaba amargada contra Dios y hasta explicó a sus dos nueras que tenía derecho a estar más amargada que ellas porque se habían muerto su esposo y sus dos hijos. Es la clase de situación donde hoy día se aconsejaría perdonar a Dios por haberlo permitido.
    Estoy convencido de que hablar de “perdonar a Dios” es blasfemia. Dios es bueno (Salmo 103); Dios es amor (1ª Juan 4:8); Dios está lleno de bondad (Marcos 10:18); Dios es esperanza (Romanos 15:13); Dios es santo (Isaías 6:3); Dios es perfecto (Deuteronomio 32:4; Hebreos 6:18). Jamás habrá necesidad de perdonarlo.
    Este concepto de perdonar a Dios es uno de los intentos del ser humano de crear a Dios a imagen del hombre. Demuestra una total ignorancia e incomprensión de que Dios en su amor tiene múltiples propósitos y lleva a cabo tales propósitos por medio de las experiencias que atravesamos. ¡Sí pudiéramos aprender la realidad: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2ª Corintios 12:9)!

Mirón, J. (1994). La amargura, el pecado más contagioso (pp. 17-22). Editorial Unilit.

La ira de Naamán

Martes 4 Julio
La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.
Romanos 6:23
La ira de Naamán
Leer 2 Reyes 5:1-14
Naamán, general del ejército del rey de Siria (900 años a. C.), estaba muy enfermo. Tenía lepra, una enfermedad incurable en esa época. Fue enviado a Eliseo, el profeta de Israel, quien, según le dijeron, podía curarlo.

Eliseo no le rindió los honores debidos a su rango, y le envió un mensaje que él, Naamán, consideraba inaceptable: “Ve y lávate siete veces en el Jordán… y serás limpio”, es decir, curado. Su enojo fue aún mayor porque él pensaba que el profeta vendría y trataría su enfermedad personalmente. Estaba dispuesto a pagar mucho para que el profeta interviniera. No quería esta solución, la cual consideraba ilógica y demasiado simple. Sin embargo, sus siervos lo persuadieron para que hiciera lo que el profeta le había dicho. Entonces se sumergió siete veces en el Jordán y quedó completamente curado.

Una enfermedad peor que la lepra nos afecta a todos: el pecado, que conduce inexorablemente a la muerte. Jesucristo atravesó la muerte en nuestro lugar. Murió para obtener nuestra curación. Para él las horas pasadas en la cruz significaron terribles sufrimientos; para nosotros son la liberación de todo el mal que hay en nosotros y que nos separa de Dios. ¿Qué debemos hacer para ser sanados? Simplemente aceptar la liberación hecha por Jesucristo. Él no espera nada a cambio; no nos pide participar en nuestra curación.

“Aun estando nosotros muertos en pecados, (Dios) nos dio vida juntamente con Cristo… Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:5, 8-9).

Daniel 6 – 1 Juan 5 – Salmo 78:56-65 – Proverbios 18:18-19

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¿Cómo crece la iglesia? | Justin Burkholder

¿Cómo crece la iglesia?

Justin Burkholder

Nota del editor:
Este es un fragmento adaptado del libro Sobre la roca: Un modelo para iglesias que plantan iglesias. Justin Burkholder. B&H Español.

Esto sonará un poco sencillo, pero la iglesia crece mediante el evangelismo. La iglesia no es nada más y nada menos que la comunidad de los que han sido salvos por la obra de Cristo. Esto significa que la gente que pertenece a esa comunidad tiene que haber escuchado sobre la obra de Cristo y tiene que haber creído en ella. Así lo dice Pablo: “¿Cómo, pues, invocarán a Aquél en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquél de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Rom. 10:14).

A medida que las personas oyen de Cristo y de su obra, y creen en Cristo y en su obra redentora, se van agregando a la comunidad de fe. A fin de cuentas, la iglesia del futuro es el fruto del evangelismo de la iglesia de hoy. Dios mismo ha escogido a los que son discípulos hoy “a fin de que anuncien las virtudes de Aquél que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable” (1 Ped. 2:9). Jesús les dice a sus discípulos en los últimos momentos con ellos: “Como el Padre Me ha enviado, así también Yo los envío” (Jn. 20: 21). Lo que Jesucristo está diciendo es que la iglesia, formada por sus discípulos, ha sido enviada al mundo con el fin de predicar el evangelio. Mientras más personas escuchen el evangelio, más creerán en Él y más crecerá la iglesia.

Llenar un salón con gente que canta, aplaude y escucha una predicación no significa que la iglesia ha crecido; solo significa que la asistencia ha aumentado.

El evangelismo en la iglesia local es una tarea de todos los miembros. La Gran Comisión es una encomienda que fue dada a todos los discípulos de Jesús. Por lo tanto, nadie queda exento del evangelismo. Hoy en día es muy común pensar que el que evangeliza es el pastor o los que pertenecen al ministerio de evangelismo. Los demás simplemente esperan que él o esos miembros particulares hagan ese trabajo. Algunos también creen que los que deben evangelizar son los que tienen el don de evangelización. Es probable que tengan mayor éxito debido a que están enfocados en el evangelismo, pero eso no quita que todos seamos responsables de anunciar las buenas nuevas de Jesús.

Cuando hablamos del crecimiento de la iglesia no nos referimos tan solo al aumento en el número de los asistentes a los servicios de los domingos. Parte del problema de enfocarnos solo en el crecimiento de la asistencia dominical radica en que no representa el crecimiento total de la verdadera iglesia. No creemos que todas las personas que asisten los domingos serán las que estarán en la presencia de Dios en el cielo por toda la eternidad. Aunque asistan a la iglesia, no todos ellos son la iglesia. Llenar un salón con gente que canta, aplaude y escucha una predicación no significa que la iglesia ha crecido; solo significa que la asistencia ha aumentado. Lo que realmente queremos ver es más gente que crea y crezca en las verdades del evangelio. Esto implica que estén viviendo una vida donde confiesen su pecado, su esperanza esté puesta en Cristo y estén haciendo buenas obras como resultado de una vida transformada luego de haber creído en el evangelio. Por tanto, nuestro enfoque, nuestro tiempo, nuestros recursos y nuestra atención deberían estar más enfocados en la proclamación del evangelio.

Si tu mayor anhelo para la nueva plantación es llenar el salón, probablemente harás crecer la iglesia con personas interesadas en la religión, gente trasplantada de otras iglesias que están buscando una mejor experiencia dominical y no personas que confiesen su nueva fe en Cristo. Tal vez te estés preguntando: “Pero, ¿cómo podemos asegurar el crecimiento de la iglesia?”. Muy buena pregunta que tiene una respuesta muy sencilla: no lo podemos hacer. Es mejor admitirlo que intentar darle una justificación a nuestro posible pragmatismo en busca de resultados numéricos. A Dios le agrada que nosotros no tengamos el poder para hacer que su iglesia crezca, porque solo Él es quien da el crecimiento. Eso es justamente lo que dice Pablo, “Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento” (1 Cor. 3:6).

A Dios le agrada que nosotros no tengamos el poder para hacer que su iglesia crezca, porque solo Él es quien da el crecimiento.

Como ves, nosotros sí somos responsables de sembrar y regar. Esto significa que, como un buen granjero, no podemos tener la plena seguridad de que las plantas darán fruto, pero sí sabemos que hay tierra fructífera y lista para dar fruto, y por eso es que sembramos y regamos. Esto lo hacemos orando y confiando en Dios, quien finalmente es el responsable y el único capaz de producir el crecimiento.

Nosotros somos responsables de asegurar que los que deben oír tengan a alguien que les predique (Rom. 10:14-15). Nuestra responsabilidad es asegurarnos de que estamos proclamando el evangelio a tiempo y fuera de tiempo. A medida que proclamamos con fidelidad el evangelio, tenemos la plena confianza de que Dios salvará y añadirá a nuestro número, tal como lo hizo a lo largo del libro de Hechos. En este sentido, el éxito debe medirse por las oportunidades que aprovechamos para evangelizar. Fracasamos cuando no evangelizamos. Somos exitosos cuando somos fieles en evangelizar. El tamaño de la cosecha de salvación le corresponde solo al Señor.


Justin Burkholder es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Junto a su esposa sirven como misioneros en Guatemala con TEAM (The Evangelical Alliance Mission). Sirve como uno de los pastores en Iglesia Reforma y como Director de México y Centro América para TEAM. Es el autor de Sobre la Roca: un modelo para iglesias que plantan iglesias. Tienen tres hijas. Puedes seguirlo en Twitter o visitar su blog.

La piedad es una disciplina

Lunes 3 Julio
Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera.
1 Timoteo 4:7-8
La piedad es una disciplina
Nadie discute la utilidad de un estilo de vida saludable: comer con moderación, dormir un número determinado de horas, hacer ejercicio físico con regularidad, aunque solo sea caminar. Es necesario cuidar nuestro cuerpo.

Pero es aún más provechoso practicar la piedad, como se ejercita un deporte, porque es cuidar la buena salud del alma. La piedad es una relación con Dios, una vida de fe, alimentada por la lectura de la Biblia y la oración. Cultivar esta relación requiere un esfuerzo constante, una disciplina diaria. El término griego traducido aquí como “ejercicio” dio origen a la palabra gimnasia.

El deportista tiene un objetivo y hace todo lo posible para lograrlo. Vive con sobriedad, se entrena regularmente. Es decidido y respeta las reglas. Deja en el vestuario lo que podría estorbarle.

Así, el cristiano que quiere agradar al Señor debe desarrollar varias cualidades: energía espiritual, abnegación, sumisión a la voluntad divina y sentido de su misión. Tiene los ojos fijos en Cristo, la meta de su vida. Tiene un objetivo único y conoce sus prioridades. El apóstol Pablo es un excelente ejemplo de ello: “Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13-14).

“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis” (1 Corintios 9:24).

Daniel 5 – 1 Juan 4 – Salmo 78:40-55 – Proverbios 18:16-17

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