¿Quién de nosotros no tiene inquietudes, preocupaciones, tristezas, sufrimientos? Los verdaderos cristianos estamos felices de saber que no es un destino ciego el que organiza al azar las circunstancias de nuestra existencia. En efecto, Dios mismo vela sobre nuestras vidas. Él sabe y puede todo. ¡Tiene un proyecto para cada una de sus criaturas! La Biblia da ejemplos de personas que, aunque estaban cerca de Dios, sufrieron mucho. No somos los únicos que pasamos por dificultades. Job dijo: “Así he recibido meses de calamidad, y noches de trabajo me dieron por cuenta” (Job 7:3). Jacob debió reconocer que las decisiones que había tomado sin tener en cuenta la voluntad de Dios le ocasionaron muchas tristezas, y concluyó diciendo: “Pocos y malos han sido los días de los años de mi vida” (Génesis 47:9).
Las circunstancias de la vida, adversas o favorables, son permitidas por nuestro Dios, quien es luz, pero también es amor (1 Juan 4:8). Los acontecimientos que consideramos más negativos también son permitidos por Dios. A menudo él desea hablarnos y acercarnos a él por medio de lo que llamamos la adversidad. Cualquiera que sea la situación, aprendamos a ir a él. Para todos los que recibieron su perdón y su salvación mediante la fe en Jesucristo, saber que son amados por Dios es el fundamento y el sentido de su vida. ¡Pueden contar con la bondad y la sabiduría divinas para encontrar ayuda en medio de sus pruebas!
El Señor “se compadece según la multitud de sus misericordias” (Lamentaciones 3:32).
Aconsejar es el proceso por el cual buscamos la ayuda y dirección de Dios en una circunstancia particular. Más específicamente, la consejería bíblica provee esa ayuda primordialmente mediante el uso y aplicación de las Escrituras. Todo creyente es parte de un proceso de discipulado donde experimenta crecimiento en santificación progresiva. Pero la consejería es un proceso enfocado para tratar una necesidad particular. Algunos lo llaman un proceso de discipulado intensivo.
La fuente y el agente de la consejería En Romanos 15, Pablo explica dos elementos clave del proceso de consejería. En el verso 4 el apóstol describe el primer elemento del proceso: la fuente. Él dice: “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que, por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (Ro. 15:4). En otras palabras, el proceso de llevar esperanza a un alma necesitada dependerá esencialmente de ministrar las Escrituras. Esa es la fuente por la cual Dios da gozo, consuelo, fortaleza, y guía. ¡Esa distinción es importante! Aunque, como seres humanos, nuestras palabras pueden mostrar afecto y atención, la realidad es que el alma solamente podrá ser sanada y fortalecida si es expuesta a la Palabra de Dios. En adición a la fuente, Pablo también describe el segundo gran elemento del proceso: el agente de la consejería, que es el Espíritu Santo. En el verso 13 el apóstol declara: “Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Ro. 15:13). En otras palabras, el proceso de llevar esperanza a un alma necesitada dependerá de la intervención particular del poder del Espíritu Santo. Ese es el agente por el cual Dios aplica la Palabra al corazón. Entonces ahí está la combinación. Por un lado tenemos la Palabra inspirada y por el otro tenemos al Espíritu Santo. A manera de resumen, la consejería bíblica es:
El proceso por el cual un creyente (consejero) toma la Palabra de Dios, la enseña de manera sistemática a otra persona en necesidad (el aconsejado), y mediante oración se encomiendan a la obra del Espíritu Santo para encontrar la ayuda necesaria. ¡Hablamos, entonces, de teología aplicada! Dicho lo anterior, es obvio que el proceso de consejería bíblica comienza en Dios y termina en Dios. Nosotros somos instrumentos en las manos de un Dios redentor. ¡El que sana es el Señor! Nuestra labor es acercar a los necesitados a Jesús para que Él pueda sanarles Necesitamos humildad y fe para confiar en el poder de Dios, y necesitamos gracia para amar las almas necesitadas.
El proceso comienza en Dios y termina en Dios. Nosotros somos instrumentos en las manos de un Dios redentor. ¡Quien sana es Dios!
Siendo efectivos al aconsejar A continuación veremos algunos consejos prácticos que nos ayudarán a realizar la consejería bíblica de una manera más efectiva y ordenada. 1. Comienza contigo mismo. Necesitamos ser gente que practica la piedad (1 Ti. 4:8). Si queremos ser usados por Dios, debemos cultivar el gozo de su presencia. Tenemos un llamado que demanda una vida de santidad. Debemos ser gente sensible a la voz del Espíritu para apartarnos del pecado y llenarnos de la Palabra para cultivar fe en sus promesas. Necesitamos la gracia de Dios que nos mantenga cerca de Él. No me refiero a ser completamente perfectos, sino a vivir buscando tener una limpia conciencia delante de Dios y de los hombres (1 Pe. 3:21). Esa santa dependencia en Dios nos hará hombres más sensibles a la hora de recibir sabiduría de Dios, para luego transferirla a otros. 2. Encuentra ayuda en la oración. Esto incluye un tiempo de oración individual y junto con el aconsejado. La oración nos hace conscientes de nuestra necesidad, y al mismo tiempo nos hace conscientes del poder de Dios. Es un simple reconocimiento de nuestra absoluta dependencia de Él. Muchas de las dificultades que enfrentamos en este mundo son parte de la lucha espiritual, y la oración es una de las armaduras que Dios ha provisto para combatir adecuadamente. Cuando el apóstol Pablo quiso ilustrar la necesidad de ser protegidos por el poder de Dios en medio de nuestras luchas, lo expresó así: “Con toda oración y súplica orad en todo tiempo en el Espíritu, y así, velad con toda perseverancia y súplica por todos los santos” (Ef. 6:19).
Muchas de las dificultades que enfrentamos en este mundo son parte de la lucha espiritual, y la oración es una de las armaduras que Dios ha provisto para combatir adecuadamente.
La preparación es clave. Si la consejería se realiza de manera formal como parte del ministerio de la iglesia, será muy útil tener formularios de información que puedan ayudar a entender con antelación la necesidad del aconsejado. Esto ayudará también a disponer de recursos de lectura que puedan ser asignados esta persona. Si la consejería se realiza de manera informal, será recomendable disponer de un lugar apropiado que permita la suficiente privacidad. La idea es que dejemos en claro que se le ha dado la debida importancia a la necesidad del aconsejado, independiente del lugar donde la consejería suceda. 4. Concéntrate en entender el problema. Aprender a hacer buenas preguntas es una parte crucial del proceso de la consejería. Debemos entender la historia del aconsejado y procesarla juntos. Usualmente las preguntas que requieran una explicación extensa son las mejores. Por ejemplo: ¿Qué pasó? ¿Cuándo pasó? ¿Cómo pasó? ¿Por qué hiciste lo que hiciste? ¿Por qué piensas así? Más que ser muy técnicos, debemos orar por un deseo de conocer y ayudar al aconsejado. Aquí se demuestra nuestro sincero interés hacia él. Debemos escuchar y leer el lenguaje no verbal, los gestos y reacciones, pues esto nos ayudará grandemente a discernir la realidad del problema. Entender la problemática nos tomará tiempo, y muy probablemente serán necesarias varias sesiones de trabajo. Para resolver un problema debemos asegurarnos de entenderlo apropiadamente, de lo contrario corremos el riesgo de convertirnos en necios. Proverbios 18:13 advierte claramente: “El que responde antes de escuchar, cosecha necedad y vergüenza”. 5. Escudriña la Palabra. Aunque la consejería no debe ser mecánica, ayuda mucho estudiar previamente algunos pasajes específicos, sobre todo para la primera sesión, ya que en esta el aconsejado usualmente viene más desanimado y necesitado. Este material se convierte en una especie de devocional para llevar las almas necesitadas a Dios. Al fin de cuentas, lo que sana es la Palabra. Así que independientemente de cómo progrese la conversación con el aconsejado, siempre debe haber un momento para ministrar la Palabra. Este es el momento más importante. Es una contradicción cuando se habla de consejería bíblica y no hay espacio para ministrar la Palabra. ¡Tiene que haber un momento cuando callemos y demos paso a que Dios hable! Como consejeros debemos aplicarnos de manera intencional para conocer nuestra Biblia lo mejor que podamos. Ella es la principal herramienta y arma ofensiva que tenemos (Ef. 6:17), por lo que debemos ser gente que conoce, estudia, entiende, y aplica la Palabra (Jn. 5:39; 10:17, 2 Ti. 3:16).
Debemos aplicarnos de manera intencional para conocer nuestra Biblia lo mejor que podamos. Ella es la principal herramienta y arma ofensiva que tenemos, por lo que debemos ser gente que conoce, estudia, entiende, y aplica la Palabra.
Provee esperanza. Al final del día, en medio de una dificultad, lo que nos sostendrá es el ver a Dios. Un escenario, sin importar la condición, no estará completo si no somos capaces de ver a Dios en él. La consejería tiene como propósito principal llevarnos a Dios, sea para confiarle nuestros momentos de aflicción o para temerle en momentos de desobediencia.
La consejería tiene como propósito principal llevarnos a Dios, sea para confiarle nuestros momentos de aflicción o para temerle en momentos de desobediencia.
Dios es nuestra porción, y nuestra alma no será sanada hasta que seamos acercados a Él. En los casos de aflicción, el consuelo no vendrá cuando se resuelva el problema, sino cuando seamos capaces de ver a Dios en medio del problema. En Lamentaciones 3 encontramos esa preciosa transición del desconsuelo a una esperanza viva. Luego de narrar uno de los cuadros más desconsoladores en la Biblia, encontramos esta declaración:
“Esto traigo a mi corazón, por esto tengo esperanza: Que las misericordias del Señor jamás terminan, pues nunca fallan sus bondades; son nuevas cada mañana; ¡grande es tu fidelidad! El Señor es mi porción —dice mi alma— por eso en El espero. Bueno es el Señor para los que en El esperan, para el alma que le busca. Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor”, Lamentaciones 3:21-26. En medio de nuestras angustias necesitamos acercarnos a Dios para alcanzar esa esperanza que da fuerza para seguir esperando en Él. 7. Dale seguimiento al aconsejado. Nuestro enfoque al aconsejar no son los efectos, sino las causas. Muy pocas veces un problema requerirá de una sola sesión. Debemos aprender a elaborar una agenda de trabajo de acuerdo a los problemas identificados. Las dificultades que confrontamos en la vida están intrínsecamente relacionadas con nuestro corazón. Lo que vemos usualmente son los efectos, pero la causa siempre es más profunda y está ligada a lo que amamos en el corazón. Nuestro Señor Jesucristo lo ilustró de esta manera:
“Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre”, Mateo 7:21-23. Nuestro enfoque al aconsejar no son los efectos, sino las causas.
Asigna tareas. Una manera de llegar a la causa del problema es asignando tareas. Además de que esto ahorrar un tiempo significativo en la sesión, las tareas proveen un mecanismo extraordinario para que el aconsejado pueda profundizar en las verdades consideradas, y al mismo tiempo facilitan un mecanismo de seguimiento durante el proceso. Las asignaciones deben ser lo más específicas posible. Por ejemplo:
Escribe 20 cosas que aprendiste del devocional que hicimos hoy. Dame 15 sugerencias prácticas de cómo piensas mostrar tu amor a tu cónyuge esta semana. Lee un pasaje asignado tres veces durante la semana y trae diez observaciones sobre eso. Para una pareja con problemas en la relación, quizá pueda ser útil guardar un diario que registre sus conflictos durante la semana, que incluya:
Cuándo sucedió el problema. Qué pasó exactamente. Dónde paso. Cómo lo resolvieron. Etc.
Algunas precauciones necesarias. Siempre es necesario cultivar algunas medidas de precaución. Una de ellas llene que ver con la consejería a una persona del sexo opuesto. En el caso de un pastor, lo ideal sería que equipemos a nuestras hermanas más maduras en la fe para ejercer este rol. Cuando sea inevitable aconsejar una mujer, lo más sabio es incluir a tu esposa o alguna otra hermana de madurez espiritual, para evitar cualquier conexión emocional incorrecta. Por otro lado, recordemos que nuestro rol es llevar al aconsejado a Cristo. Él es el Gran Pastor. Debemos de tener cuidado de no cultivar en nuestros aconsejados un sentido de codependencia que haga difícil su crecimiento natural con Cristo. Nuestro principal rol es ayudarles a crecer, no establecer un control desmedido sobre ellos. Aunque el ámbito de la consejería bíblica demanda cada vez mayor entrenamiento y preparación, debemos entender que aconsejar es un deber que todo verdadero creyente debe ser capaz de ejercer. Todo discípulo de Cristo debe ser un discipulador, porque tiene la Palabra inspirada y también al Espíritu. En ese sentido, los líderes de las iglesias debemos de ser más intencionales, no solo en prepararnos mejor, sino también en equipar a otros en nuestras iglesias para que puedan cumplir la obra del ministerio (Ef. 4:12). Que el Dios de toda gracia nos conceda ser una generación donde, como parte del crecimiento natural que experimentamos como creyentes, su Palabra sea aplicada, su cruz exaltada, y su nombre glorificado.
Luis Méndez es pastor, sirve como consejero pastoral desde hace más de una década. Fue el director Pastoral del Ministerio Hispano de la iglesia Bethlehem, en Minnesota (Estados Unidos), hasta entrar al cuerpo pastoral de la Iglesia Bautista Internacional en Santo Domingo, República Dominicana. Puedes encontrarlo en Twitter: @luisdvilma.
Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna.
Jason, un niño maltratado por su padrastro, se refugió en el rugby para escapar de su difícil vida. A los 17 años huyó de su casa y cayó en la terrible espiral del alcoholismo. Él confesó:
–Estaba buscando algo. Buscaba la felicidad en el dinero, en los bienes materiales, el alcohol, las relaciones… ¡Pero nada de esto podía llenar el vacío que había en mí! La bebida se convirtió en un refugio, y cuantos más problemas tenía, más bebía…
Un día conoció a Inga, un jugador de rugby extranjero. Este le habló del gozo que había encontrado al conocer a Jesús, y le dijo que orar a Dios podría ayudarle.
La curiosidad de Jason se despertó. Luego, al ver el interés con que Inga leía la Biblia, Jason quiso saber más y se preguntaba cómo este hombre podía ser tan feliz. Sus conversaciones se fueron profundizando. Jason sintió que debía tomar una decisión en su vida:
–No puedo continuar así. No quiero vivir más de esta manera; necesito ayuda.
Una conversación decisiva con su amigo terminó con esta pregunta:
–¿Quieres invitar a Jesús a tu corazón? Jason aceptó.
–Aquella mañana pedí a Jesús que entrara en mi vida. Sus palabras eran realmente para mí: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). En ese momento, cuando entregué mi vida al Señor Jesús, sentí que se me quitaba un gran peso.
“Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Santiago 4:8).
Nota del editor: En Coalición por el Evangelio estamos felices de presentarte para descarga gratuita: TRES DÍAS QUE CAMBIARON LA HISTORIA, un ebook nuevo escrito por el pastor Sugel Michelén, ideal para leer en Semana Santa. Aquí tienes el pdf de este recurso: Haz clic para acceder a ebook-semana-santa.pdf. Oramos pueda ser de edificación para ti y te invitamos a compartir con otras personas.
En Coalición por el Evangelio estamos felices de presentarte para descarga gratuita Tres días que cambiaron la historia: Del huerto a la tumba vacía, un ebook nuevo escrito por el pastor Sugel Michelén, ideal para leer en Semana Santa. Aquí tienes el prefacio de este recurso, que oramos pueda ser de edificación para ti y te invitamos a compartir con otras personas.
En la mañana del 11 de enero del año 49 a. C., Julio César se encontraba con su ejército a orillas del río Rubicón, que señalaba el límite entre la Galia Cisalpina e Italia. Según la ley romana, si un general traspasaba ese límite con sus tropas armadas sería declarado enemigo público de la República. César estaba consciente de que cruzar el Rubicón con sus legiones sería interpretado como una declaración de guerra.
Finalmente, y después de un momento de duda, César dijo a sus soldados: «Alea iacta est», frase en latín que significa «la suerte está echada». El paso del Rubicón provocó una guerra civil que duraría cuatro años y marcaría el final de la República romana para dar paso al imperio. Cuando César entró en Roma, se hizo declarar cónsul y dictador perpetuo. Con el paso del tiempo, «cruzar el Rubicón» vino a significar el hecho de tomar una decisión irrevocable de serias consecuencias.
Nos encontramos con el cruce del Rubicón en la vida de Jesús al llegar al capítulo 11 del Evangelio de Marcos. Por más de tres años, el Señor había estado enseñando la Palabra y haciendo milagros en Israel, pero ahora se encontraba en el principio del fin de Su ministerio terrenal. Su entrada a Jerusalén el llamado domingo de ramos habría de provocar una reacción en cadena —planeada desde la eternidad por el Dios soberano— que culminaría con Su muerte en la cruz del calvario, durante la fiesta de la Pascua.
De modo que, a diferencia de Cesar, el Señor no entró en Jerusalén como un dictador dispuesto a aplastar toda resistencia, sino como un Rey que asume la posición de un siervo para dar Su vida en rescate por muchos. No llegó a Jerusalén rodeado de ejércitos armados, sino montado en un pollino, acompañado de Sus discípulos y de una multitud que le aclamaba sin tener un entendimiento claro de la naturaleza de Su reino.
Esa cruz en la que murió nuestro Señor es el punto focal de toda la historia humana
César entró en Roma para gobernar el Imperio con mano de hierro; Cristo entró en Jerusalén para ser entregado a un procurador romano por los líderes religiosos de Su nación y ser condenado a muerte, durante una fiesta judía en la que miles de corderos eran sacrificados conforme a la ley mosaica. Todos esos corderos inmolados señalaban a ese gran sacrificio que habría de ocurrir ese próximo viernes, cuando el Señor Jesucristo fuera llevado a la cruz como el verdadero cordero pascual que quita el pecado del mundo.
Esa cruz en la que murió nuestro Señor es el punto focal de toda la historia humana. La línea divisoria entre los que se salvan y los que se pierden; entre el cielo y el infierno. Por eso los evangelistas dedican tanto espacio a los eventos que ocurrieron en esa última semana. Mateo dedica un cuarto de su Evangelio a esa pequeña porción del ministerio terrenal de Jesús. Marcos le dedica un tercio; Lucas un quinto, y Juan la mitad de su Evangelio. Así de importante son estos últimos días. Si sumamos el contenido de los cuatro evangelios, hacen un total de ochenta y nueve capítulos, treinta de los cuales se enfocan en estos siete días. En otras palabras, más de un tercio de los cuatro evangelios está dedicado a narrar con lujo de detalle lo que sucedió durante la semana de la pasión.
En este libro digital que tienes en la mano, me propongo observar contigo tres de las escenas que nos ayudarán a entender la importancia y el significado de esa muerte, acompañada del evento más glorioso de la historia redentora: la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Es mi anhelo y oración que el Señor use estas breves meditaciones para llevar a muchos a decir como Pablo, que «el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que Uno murió por todos, y por consiguiente, todos murieron. Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5:14-15).
Sugel Michelén (MTS) es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Ha sido por más 35 años uno de los pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios. Es autor de varios libros, incluyendo De parte de Dios y delante de Dios y El cuerpo de Cristo. El pastor Michelén y su esposa Gloria tienen 3 hijos y 5 nietos. Puedes seguirlo en Twitter.
Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna.
Jason, un niño maltratado por su padrastro, se refugió en el rugby para escapar de su difícil vida. A los 17 años huyó de su casa y cayó en la terrible espiral del alcoholismo. Él confesó:
–Estaba buscando algo. Buscaba la felicidad en el dinero, en los bienes materiales, el alcohol, las relaciones… ¡Pero nada de esto podía llenar el vacío que había en mí! La bebida se convirtió en un refugio, y cuantos más problemas tenía, más bebía…
Un día conoció a Inga, un jugador de rugby extranjero. Este le habló del gozo que había encontrado al conocer a Jesús, y le dijo que orar a Dios podría ayudarle.
La curiosidad de Jason se despertó. Luego, al ver el interés con que Inga leía la Biblia, Jason quiso saber más y se preguntaba cómo este hombre podía ser tan feliz. Sus conversaciones se fueron profundizando. Jason sintió que debía tomar una decisión en su vida:
–No puedo continuar así. No quiero vivir más de esta manera; necesito ayuda.
Una conversación decisiva con su amigo terminó con esta pregunta:
–¿Quieres invitar a Jesús a tu corazón? Jason aceptó.
–Aquella mañana pedí a Jesús que entrara en mi vida. Sus palabras eran realmente para mí: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). En ese momento, cuando entregué mi vida al Señor Jesús, sentí que se me quitaba un gran peso.
“Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Santiago 4:8).
Nota del editor: Este artículo es un resumen de las notas para este sermón predicado en la Iglesia Biblica del Señor Jesucristo (República Dominicana).
Debemos agradecer al Señor por permitirnos vivir en este tiempo de avances tecnológicos durante la pandemia, en el que las iglesias han podido mantener cierto tipo de contacto unos con otros y recibir la enseñanza de la Palabra en cualquier lugar donde se encuentren.
Sin embargo, algo tan bueno puede ser convertido en algo malo por nuestro pecado. En este caso, cuando queremos establecer una excepción como la regla. Me refiero al hecho de haber escuchado que algunos creyentes en diversos lugares se acostumbraron tanto a los cultos virtuales, que ahora no solo no añoran las reuniones presenciales, sino que sueñan con que la iglesia siempre sea virtual por las “comodidades” que esto brinda.
¿Por qué decimos que esto es malo? Porque la propia naturaleza de la iglesia implica reuniones e interacción presencial entre sus miembros.
Miembros de un cuerpo
La Biblia usa diferentes metáforas para referirse a la iglesia, y una de las más usadas es la de un cuerpo cuya cabeza es el Señor Jesucristo (1 Co 12:12-27; Ro 12:4-5). De hecho, el apóstol Pablo usó en sus cartas la palabra “cuerpo” más de 30 veces para ilustrar a la iglesia funcionando.
¿Qué enfatiza esta metáfora? Enfatiza que, aunque los creyentes somos muchos miembros diferentes y con diversas funciones, pertenecemos a una unidad como cuerpo. De hecho, una unidad que carece de diversidad no será capaz de funcionar como un cuerpo orgánico (1 Co 12:19). Por tanto, tenemos la responsabilidad de usar nuestros dones sin importar que tan insignificantes puedan parecernos. Dios espera de cada miembro la misma fidelidad y rendimiento.
Aunque los creyentes somos muchos miembros diferentes y con diversas funciones, pertenecemos a una unidad como cuerpo
Al mismo tiempo, como miembros del cuerpo no somos independientes. Dependemos de la cabeza, quien es Cristo. Él es soberano y propietario de la iglesia. Él provee al cuerpo de todo lo necesario para subsistir (Col 2:19; Ef 4:15). Es en virtud de nuestra unión con Cristo que podemos crecer como cuerpo. Él es quien brinda simetría y dirección al cuerpo, capacitándolo para servirle y que le seamos útiles.
Pero no solo dependemos de Cristo. También dependemos de los demás miembros del cuerpo, pues tenemos con ellos una interrelación vital (1 Co 12:21). Cuando cada miembro de la iglesia emplea bien los dones que el Señor le ha dado, la iglesia funciona eficazmente para el bien de todos (Ef 4:15-16). Así que la interacción entre las partes del cuerpo es indispensable. La iglesia, como el cuerpo humano, es una unidad viva. Es un organismo y el bienestar o malestar de sus miembros afecta al todo (1 Co 12:26).
Por lo tanto, no tenemos la más mínima probabilidad de sobrevivir separados de la cabeza y de los demás miembros. Necesitamos desarrollar comunión con Cristo, y esto puede ser obvio para muchos. Pero de igual modo necesitamos desarrollar nuestra comunión con los hermanos. Es a través de ellos que Cristo suplirá lo que nos falta.
Nos necesitamos unos a otros
El deseo de independencia en los miembros es dañino, pues es contrario al verdadero cristiano. Lamentablemente, es fácil ser muy independientes cuando solo nos relacionamos virtualmente con los demás.
Así como cada uno de nosotros necesita de los demás miembros, los demás miembros también necesitan de nosotros. Es nuestra responsabilidad cumplir nuestra función en el cuerpo. Debemos estar comprometidos con el buen funcionamiento de toda la iglesia, ya que cuando nos negamos a ser parte de la vida de la iglesia, la estamos privando de aquello que Dios quiso darle a través de nosotros (1 Co 12:7).
La idea que el Señor tiene de su iglesia requiere la interacción y presencia física de sus miembros
Tristemente, el egocentrismo de nuestra época hace que muchos se acerquen a la iglesia como se acercan a un buffet: eligen lo que les gusta y desechan todo lo demás. Este egocentrismo lleva al hombre posmoderno a un fuerte individualismo, por lo que el concepto de ser parte de una comunidad (con todo lo que eso conlleva) es difícil de aceptar. Es la misma razón que lleva a una pareja a vivir juntos sin casarse, pues así ambos reciben los beneficios sin ningún tipo de compromiso.
Queremos escuchar buena predicación de la Palabra, participar del compañerismo de algunos y disfrutar las alabanzas de la iglesia (si ellas nos gustan, pues de lo contrario escuchamos solo el sermón). Todo ello sin comprometernos como miembros.
La visión de la Escritura es otra: cada creyente guarda una relación íntima con Cristo y los demás creyentes. Por eso se nos ordena amarnos unos a otros (Ro 12:10), edificarnos unos a otros (1 Ts 5:11), animarnos unos a otros (1 Tes 5:11), tener preferencia los unos por los otros (Ro 12:10), aceptarnos unos a otros (Ro 15:7), amonestarnos unos a otros (Ro 15:14), saludarnos unos a otros (Ro 16:16), servirnos unos a otros (Gá 5:13), sobrellevar las cargas los unos con los otros (Gá 6:2), y soportarnos unos a otros (Ef 4:21).
¿Se puede hacer todo eso efectivamente de manera virtual?
Es cierto que ningún creyente está obligado a ser miembro de una iglesia local en particular, pero todo creyente debe ser parte de un cuerpo local. Si su conciencia no le permite delante de Dios ser parte de un cuerpo específico, tiene la libertad y el deber de buscar a cuál cuerpo local quiere pertenecer. Lo que no es correcto es pretender ser miembro de un cuerpo y comportarse como si no perteneciera a él.
Lo virtual no se compara a lo presencial
Gracias a la tecnología, muchas iglesias han estado celebrando sus servicios por Internet, de manera virtual. Aunque esto puede ayudarnos en este tiempo, nunca podrá compararse a las reuniones presenciales. La idea que el Señor tiene de su iglesia requiere la interacción y presencia física de sus miembros, y muchos de los mandamientos “unos a otros” asumen el roce presencial de los hermanos y son difíciles de cumplir virtualmente.
Soñar con una iglesia virtual es fallar en entender la naturaleza de la iglesia
Además, lo virtual tiene complicaciones. Es más fácil distraernos con llamadas o mensajes, o poner el sermón en pausa para hacer otra cosa. Estamos acostumbrados a ver todo tipo de cosas por Internet solo para entretenernos. Corremos el peligro de olvidar qué significa reunirnos como pueblo para escuchar la voz de Dios a través de la predicación.
Soñar con una iglesia virtual es fallar en entender la naturaleza de la iglesia y lo que dice Hebreos 10:24-25: “Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros , y mucho más al ver que el día se acerca”.
Las Escrituras ordenan a cada creyente a que se involucre profundamente en la vida de los demás. Si no consideramos o planeamos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, y hacerlo de todo corazón, entonces estamos desobedeciendo al Señor. Necesitamos a los demás para crecer como Dios espera y para vencer el pecado, y es muy difícil hacer esto virtualmente.
Aprecia la reunión presencial de tu iglesia
Sabemos que hay hermanos con condiciones particulares de fragilidad (ancianos o con condiciones médicas previas) que los lleva a ser prudentes y no exponerse mientras exista, temporalmente, un serio riesgo de contagio. Sin embargo, es lamentable oír de algunos creyentes que van a sus trabajos, al supermercado, o salen de sus casas para hacer diligencias, pero dicen no asistir a la iglesia por la pandemia. Ese cuidado selectivo puede denotar una condición peligrosa del corazón.
Hay hermanos en diferentes partes del mundo que se reúnen clandestinamente sabiendo que ponen en juego sus vidas, mientras muchos de los que viven en países donde hay libertad de culto escogen las reuniones virtuales. Y conocemos a hermanos y familias que cada domingo manejan una hora o más con tal de congregarse en una buena iglesia, en lugar de conformarse con ver los cultos por Internet.
Menospreciar la importancia de ser dependiente de una iglesia local no está en armonía con la mente y el corazón de Dios
Así que una cosa es reunirnos virtualmente por razones de salud, y otra muy diferente por comodidad. Menospreciar la importancia de ser dependiente de una iglesia local no está en armonía con la mente y el corazón de Dios. Es por eso que me encantó una carta que el pastor Gerson Morey envió a su iglesia, donde decía:
“Extraño los abrazos, los saludos, las conversaciones, las bromas, y todo lo que hacemos juntos. Es lo que el salmista describía: ‘Habitar los hermanos juntos en armonía’ (Sal 133:1). Ese día será hermoso, como cada domingo o cada vez que nos reunimos…
Las llamadas, los mensajes de texto, los saludos por las redes, y las reuniones por Google Hangouts son una gran herramienta; pero nunca reemplazarán los saludos, los abrazos, el café, el gozo y la emoción que experimentamos al estar presentes.
Hablar en persona con los hermanos es un suceso sin comparación. Esa sensación de pertenencia, de bienestar, de comodidad que se siente cuando estamos juntos son privilegios de los que la tecnología no dispone. Los abrazos son experiencias extrañas para nuestros teléfonos. El toque personal y la mirada a los ojos son eventos únicos e irremplazables”.
Somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros. Por lo tanto, vivamos de acuerdo a esta verdad. Solo así la iglesia de Cristo crecerá saludablemente.
Marcos Peña ha sido parte del liderazgo de la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, desde sus inicios. Tiene estudios teológicos formales del Instituto Bíblico Quisqueyano, y ha dado clases de Antiguo Testamento en el Instituto Bíblico Logos. Actualmente sirve como líder del grupo de jóvenes en su iglesia, es maestro de Escuela Dominical y predicador. Está casado con Carmen Julia Linares, y es padre de tres hijas: Ika Marcel, Jennifer y Susan.
Que (las ancianas) enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos.
El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo… todo lo espera.
Bernardo y Sonia estaban casados desde hacía diez años y tenían cuatro hijos. Al principio estaban muy enamorados, pero con el paso del tiempo, poco a poco, se fueron alejando uno del otro. Bernardo pasaba más tiempo frente al ordenador que con su familia… y la responsabilidad del hogar pesaba cada vez más sobre Sonia.
Un día ella contó su situación a una amiga cristiana de más edad, y terminó diciendo con amargura:
–De todos modos ya no lo amo…
Llena de simpatía, su amiga la escuchó y le respondió:
–¿Crees que amar al marido consiste solo en tener por él los mismos sentimientos del principio? Si así fuera, ¿por qué Dios manda a las mujeres mayores que enseñen a las más jóvenes a amar a sus maridos? ¡Amar a nuestro marido es algo que se aprende! No es una actitud pasiva, sino una decisión personal y voluntaria, una búsqueda concreta, práctica y cotidiana. El apóstol Pablo dice que el verdadero amor “no busca lo suyo”. En vez de pensar en lo que te frustra, pide cada día a tu Señor la fuerza para aplicar este simple principio, y que te libere del egoísmo que te hace infeliz. Ora por tu marido; pide a Dios que te ayude a hacerlo feliz; así lo verás de una forma diferente, y tú misma serás más feliz. Dios mismo se encargará de obrar en él para que una feliz relación se restablezca entre ustedes, para el gozo de su hogar y para la gloria de Dios.
SHEPHERD’S CONFERENCE 2023 | SESIÓN 3 Predicador: Josías Grauman Tema: El juicio de Jehová Texto: Sofonías 1–3
Resumen del mensaje:
El libro de Sofonías nos ayuda a comprender la idea de un juicio global. Revela la gloria del odio de Dios hacia el pecado y la maravilla de su ira y justicia.
En el pasado, Dios ha juzgado al mundo entero con agua. Jehová sigue siendo un guerrero, y aunque «puso su arco los cielos» después del diluvio, nunca renunció a su espada. Viene el día en que Jehová traerá su juicio sobre el mundo, y esta vez, lo hará de cerca.
Un remanente es un pequeño grupo que permanece. Noé permaneció después de la destrucción del diluvio, y un remanente será salvado del día del juicio de Jehová. El remanente se compone de aquellos que permanezcan después del día en que el Señor finalmente limpie su creación.
La necesidad de salvación
La humanidad es tan malvada que Dios promete aniquilarla por completo. El pecado del hombre trae destrucción, y debido al pecado, Dios promete borrar la creación—acabar con todo y con todos.
Las primeras personas a las que Jehová se dirige en juicio son su propio pueblo, aquellos que confiesan su nombre. Los más responsables son los que tienen la verdad de la palabra de Dios. De todas las personas en la historia, nosotros somos los más responsables. Tenemos a Jesús, y tenemos la plenitud de la palabra de Dios. Si lo rechazamos, nos enfrentaremos a la terrible realidad de caer en las manos del Dios vivo, quien es un fuego consumidor.
Si tu dios es únicamente amor, no es YHWH. Si predicas a un dios que es todo amor y nada de ira, no estás predicando al Dios de la Biblia. YHWH es un Dios celoso y un día desatará toda la furia de su ira. En ese día, nadie quedará en pie, el mundo entero tendrá que rendir cuentas. Necesitamos vivir diariamente a la luz de aquel día: Odiando nuestro pecado. Matando nuestro pecado por cualquier medio necesario. Huyendo de ese juicio.
El llamado a la salvación
No puedes evitar que llegue este día de juicio, pero puedes hacer algo antes de que llegue. ¡Huye de la ira de YHWH! Pero, ¿a dónde podemos huir? ¿Quién puede proporcionarnos refugio de la ira del Omnipotente? Dios no nos ha dejado otra opción que Él mismo. Para huir de Jehová, debemos huir a Jehová. Sólo el poder omnipotente del Hijo podría soportar la ira omnipotente del Padre en nuestro favor.
No huyas de Dios, búscalo. Entrégale toda tu lealtad.
Si conoces el fin de cada incrédulo, responderás con compasión, no con ira, cuando te agravian. Saber que cada incrédulo que nos lastima enfrentará la ira del Señor nos libera de la necesidad de venganza. Nos hace unirnos a YHWH para llamar a los pecadores al arrepentimiento. Les suplicamos: «Reconcíliate con Dios».
La promesa de salvación
Dios promete regenerar a su remanente. Su ira viene para todos los pecadores, pero su remanente ya no será pecador después de que Él los limpie y purifique. Los que permanecen y son salvos de la ira de Dios son aquellos a quien Él escogió para nacer de nuevo y ser hechos nuevos.
YHWH promete salvar a personas aun desde los confines de la tierra. Esta es una regeneración futura de todas las cosas, cuando Jesús se siente en su trono en la nueva creación. Nuestra regeneración actual nos está preparando para la gloriosa regeneración de todas las cosas en la era venidera. En aquel día, Dios nos mirará y no encontrará reproche. Estaremos delante del Padre y no tendremos nada que esconder. Esto es purificación absoluta.
En Cristo, eres es soberanamente parte del remanente porque Dios te ha llamado a serlo. Somos un remanente escogido por gracia. No solo somos justificados y perdonados, sino totalmente glorificados. El pueblo de Dios llegará a ser como su Hijo, y en ese día, le adoraremos perfectamente.
En conjunto, todo el remanente irradiará la gloria y hermosura de Cristo por todo el mundo. Ningún prisionero, ningún cojo, ningún soldado desterrado será dejado atrás—YHWH traerá a todos sus hijos a casa.
El Evangelio de YHWH no es sólo ser un remanente librado de su ira, es permanecer para ser el objeto de su amor eterno. El Evangelio es que este Juez perfecto y justo nos declara justos para poder adoptarnos en su familia, darnos la misma herencia que a su eterno Hijo, celebrarnos, cantar sobre nosotros, obrar sus perfecciones en nosotros y disfrutarnos por toda la eternidad. Tan cierto como que viene el día de la ira de Jehová contra el pecado, viene el día en el que YHWH cantará sobre su remanente. Vivamos hoy a la luz de ese día.
Josías Grauman es decano de educación en español y profesor de exposición bíblica en The Master’s Seminary. El Dr. Grauman comenzó su ministerio a tiempo completo como capellán de hospital, sirviendo durante 5 años en el Hospital del Condado de Los Ángeles. Más tarde, él y su esposa sirvieron en la Ciudad de México como misioneros, donde Josías ayudó al Seminario Palabra de Gracia a lanzar su programa de idiomas bíblicos. Josías fue ordenado en Grace Community Church, donde actualmente sirve como anciano en el ministerio en español, junto con su esposa y tres hijos. Josías estudió un B.A. en idiomas bíblicos en The Master’s University, un M.Div. y un D.Min. en The Master’s Seminary. Entre sus obras se encuentran las siguientes: Griego para pastores y Hebreo para pastores.
¡Solo tenemos una vida, y esta terminará un día! Por ello es importante que sea exitosa. Pero, ¿qué significa tener una vida exitosa? ¿Cómo podemos lograrlo? Una publicidad afirmaba que la persona que no hubiese tenido un reloj de lujo a sus 50 años había desperdiciado su vida… Pero Jesús dijo: “¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma (o su vida)?” (Mateo 16:26). Y también afirma: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47). Sin embargo, ¡incluso un creyente puede «desperdiciar su vida»!
La Biblia nos muestra el testimonio de dos creyentes que hicieron el balance de su vida.
Jacob declaró: “Pocos y malos han sido los días de los años de mi vida” (Génesis 47:9). ¡A los 130 años dijo que su vida había sido corta! Era creyente; pero con tristeza tuvo que reconocer que había vivido mucho tiempo haciendo su propia voluntad. Sin embargo, había vuelto a encontrar la paz. Y el último día de su vida “adoró apoyado sobre el extremo de su bordón” (Hebreos 11:21).
El apóstol Pablo dedicó toda su vida al servicio de Jesucristo, su Salvador, y escribió: “Para mí el vivir es Cristo” (Filipenses 1:21). Al final de su vida en la tierra pudo decir: “El tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día” (2 Timoteo 4:6-8). ¡Era feliz de haber servido a su Maestro!
¡Qué gran diferencia hay entre vivir para uno mismo y vivir para Cristo!
31 de marzo «Entonces Rispa hija de Aja tomó una tela de cilicio, y la tendió para sí sobre el peñasco, desde el principio de la siega hasta que llovió sobre ellos agua del cielo; y no dejó que ninguna ave del cielo se posase sobre ellos de día, ni fieras del campo de noche». 2 Samuel 21:10
Si el amor de una mujer hacia sus hijos muertos pudo hacer que ella prolongase su triste vigilia por tan largo tiempo, ¿nos cansaremos nosotros de considerar los sufrimientos de nuestro bendito Señor? Ella ahuyentó las aves de rapiña. ¿No disiparemos nosotros de nuestras meditaciones los pensamientos mundanos y pecaminosos que manchan nuestras mentes y los sagrados temas en los cuales estamos ocupados? ¡Fuera, pájaros de maligno vuelo! ¡Dejad el sacrificio! Rispa soportó sola y sin refugio los calores del verano, el rocío de la noche y las lluvias. El sueño había huido de sus humedecidos ojos; su corazón estaba demasiado lleno como para dormitar. ¡Ved cómo amaba a sus hijos! ¡Así resistió Rispa! ¿Y nos retiraremos nosotros ante el primer inconveniente o la primera prueba? ¿Somos tan cobardes que no podemos resignarnos a sufrir con nuestro Señor? Rispa ahuyentó aun a las fieras con un coraje nada común para su sexo. ¿Y no estaremos nosotros prontos a hacer frente a cualquier enemigo por amor de Jesús? A estos hijos de Rispa los mataron manos extrañas, sin embargo ella lloró y veló. ¿Qué deberíamos entonces hacer nosotros, ya que por causa de nuestros pecados se crucificó a nuestro Señor? Nuestras obligaciones son ilimitadas: nuestro amor debiera ser ferviente y nuestro arrepentimiento completo. Velar con Jesús tendría que ser nuestra ocupación; permanecer cerca de la cruz, nuestro solaz.
Aquellos horribles cadáveres bien podían espantar a Rispa, especialmente por la noche; pero en nuestro Señor, al pie de cuya cruz estamos sentados, no hay nada repugnante, sino que todo es atractivo. Nunca hubo una belleza viviente tan encantadora como la del Salvador agonizante. Jesús, nosotros velaremos contigo aún un poco más, y tú revélate benignamente a nosotros: entonces sobre nuestras cabezas no habrá tela de cilicio, sino que estaremos sentados en un pabellón real.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 99). Editorial Peregrino.