El rey David tuvo varios hijos. Entre ellos Adonías, el cual “era de muy hermoso parecer”, y su padre nunca lo corrigió (1 Reyes 1:6). ¿Tenía David una debilidad por ese hijo de aspecto hermoso? ¿Era muy sensible Adonías, para que su padre no quisiera entristecerlo?
En todo caso, los resultados de esa educación deficiente y de esa indulgencia culpable son evidentes, pues Adonías se convirtió en un hombre orgulloso y ambicioso. Quiso usurpar el trono, y David tuvo que intervenir. Fue la derrota y la confusión para este hijo demasiado consentido, el cual se convirtió en una fuente de tristeza para su padre.
Padres cristianos, Dios nos advierte por medio de este ejemplo. A veces nos falta energía para corregir a nuestros hijos, para resistirles, aunque les moleste. Quizá nos sintamos secretamente orgullosos de ellos, pero no seamos débiles para evitar la confrontación. Si no les enseñamos a obedecer y a diferenciar entre el bien y el mal, no los amamos realmente, y les estamos preparando un triste futuro.
Para ello son necesarios los principios bíblicos de educación (Proverbios 13:24; 23:13-14); estos nos ayudan, si son aplicados con inteligencia. La Biblia define sus límites: “Hijos, obedeced a vuestros padres”. “Padres, no exasperéis a vuestros hijos” (Colosenses 3:20-21). Si ya no podemos gobernar a nuestros hijos, preguntémonos si hemos tenido en cuenta estas recomendaciones. Pidamos al Señor la valentía, la firmeza y el amor para educar a cada uno de nuestros hijos, a fin de que Dios sea honrado mediante su comportamiento y su conducta.
Hace casi veinte años, cuando empecé a trabajar en el equipo editorial de Tabletalk, decidimos empezar lo que se convirtió en una serie de dos décadas sobre la historia de la iglesia. Desde entonces, el mundo ha cambiado drásticamente, pero la iglesia lo ha hecho aún más. El siglo XX marcó el comienzo de cambios radicales en el panorama mundial del cristianismo, cambios que han continuado en el nuevo milenio. Hemos sido testigos de un crecimiento significativo de la iglesia no solo en Sudamérica, sino también en lugares como Irán, Afganistán y Corea del Norte, donde la iglesia crece más rápido que en la mayoría de los demás países.
Sin embargo, al igual que gran parte de Europa, Estados Unidos ha experimentado un crecimiento de la iglesia insignificante, así como un rápido declive de la asistencia regular y semanal al culto dominical y de la participación en los medios de gracia y la comunión de la iglesia. Durante el último cuarto del siglo XX, empezamos a ver cómo el culto dominical era desplazado por actividades infantiles, eventos deportivos y cualquier otra cosa que se considerara más prioritaria que reunirse para adorar a Dios. En el siglo XX, vimos el surgir de megaiglesias, iglesias multisitio, las iglesias de captación y las iglesias con servicios de adoración diseñados para hacer sentir a la gente como si estuvieran haciendo cualquier cosa menos adorar a Dios en la iglesia. Los teleevangelistas y los sanadores de fe alcanzaron un nuevo nivel de prominencia, y muchos de ellos se han hecho muy ricos sin evangelizar con el evangelio de Jesucristo ni tener la capacidad de sanar. También hemos sido testigos de una decadencia continua del nivel de conocimiento bíblico y teológico, y en cambio hemos observado el crecimiento desenfrenado y la propagación del error bíblico y teológico y de la herejía total. La predicación pura y sin adornos del sencillo mensaje del evangelio ha sido eclipsada en muchas iglesias por un mensaje «evangélico» socialmente aceptable que afirma ofrecer paz y unidad sin verdad ni pureza. Es un mensaje adulterado que no habla de pecado, arrepentimiento, ira o infierno, y que está hecho a la medida para parecer atractivo a todo el mundo y ofensivo a nadie.
Sin embargo, Dios es soberano, el evangelio de Dios sigue siendo poder para la salvación de todo el que cree y la misión de Dios no será frustrada. Los problemas de los siglos XX y XXI, como en todos los siglos, no pueden impedir el triunfo final de Cristo y el cumplimiento definitivo de la Gran Comisión. A medida que nuestro Señor continúa edificando Su reino de entre todas las tribus, lenguas y naciones del mundo, Él continúa edificando Su única iglesia verdadera en todo el mundo y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine Burk Parsons El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ministerios Ligonier, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino. Encuéntralo en Twitter @BurkParsons.
26 de marzo «Cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles». Marcos 8:38 Si hemos sido partícipes con Jesús en la afrenta, lo seremos también en el esplendor que le rodeará cuando venga de nuevo en gloria.
¿Eres tú, querido amigo, uno con Cristo Jesús? ¿Te liga a él una unión vital? Entonces hoy estás con él en la afrenta: has tomado su cruz y sales con él fuera del campamento llevando su vituperio. Sin duda, estarás con él cuando se cambie la cruz por la corona. Júzgate a ti mismo esta noche, pues si no estás con él en la regeneración, tampoco lo estarás cuando venga en su gloria. Si te retraes del aspecto oscuro de la comunión, no entenderás su brillante y feliz período, cuando el Rey venga y todos sus santos ángeles con él. ¡Qué dices!… ¿ángeles con él? No obstante, él «no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham» (He. 2:16). ¿Están los santos ángeles con Jesús? Ven, alma mía: si tú, en verdad, eres su amada, no puedes quedarte lejos de él. Si sus amigos y vecinos están llamados repetidamente a ver su gloria, ¿qué piensas tú, siendo su desposada? ¿Estarás lejos? Aunque este sea un día de juicio, sin embargo, no es posible que te halles lejos de aquel corazón que, habiendo admitido en su intimidad a los ángeles, te ha recibido también a ti en esa misma relación. ¿No te ha dicho él, oh alma mía: «Te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia» (Os. 2:19)? ¿No han proferido sus propios labios: «Yo te desposaré y mi placer está en ti»? Si los ángeles, que son solo amigos y vecinos, van a estar con él, es también muy cierto que su amada Hefzi-bá, en quien se halla todo su deleite, estará junto a él y se sentará a su diestra.
Aquí hay una estrella matutina de esperanza para ti, de tan marcada brillantez que bien puede iluminar la más oscura y desolada de las experiencias.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 94). Editorial Peregrino.
Domingo 26 Marzo Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Juan 3:5 Siendo renacidos… por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre. 1 Pedro 1:23 Nacido de nuevo
Mientras viajaba en tren por Francia, Suiza e Italia, un cristiano italiano (Erino Dapozzo) hizo una pequeña encuesta. Preguntó lo siguiente a cien personas: «¿Es usted un cristiano nacido de nuevo?». Solo las personas que conocen el Evangelio y creen que Jesús es su Salvador pueden comprender esta pregunta. Las respuestas fueron variadas, y a veces un poco soberbias: «¡Toco el órgano en la iglesia!», «fui ayudante del cura», «fui bautizado»… Entre las cien personas entrevistadas solo una respondió claramente: «¡Sí!».
Sin embargo, esta pregunta es fundamental. En efecto, Jesús dijo a un jefe religioso: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). ¡Nadie puede entrar en relación con Dios sin haber nacido de nuevo! ¡Esto nos hace reflexionar!
Nacer “de agua y del Espíritu” es recibir una vida nueva mediante la fe en la Palabra de Dios (simbolizada por el agua) y por la acción del Espíritu de Dios, que produce este milagro en nosotros. Esta nueva vida viene de Dios, los que la reciben son hijos de Dios (Juan 1:12-13).
No nos equivoquemos: ser ayudante del cura, tocar el órgano en la iglesia o asistir con regularidad a los oficios religioso no salvará a nadie.
El verdadero cristianismo no es exterior, sino una renovación interior completa, operada por el Espíritu de Dios en aquel que cree en Jesucristo.
¿Qué respuesta dará usted a esta misma pregunta?: ¿Es usted un cristiano nacido de nuevo?
Paul Washer Se convirtió al cristianismo y experimentó el nuevo nacimiento mientras estudiaba para ser abogado en leyes petroleras en la Universidad de Texas. Tras terminar la carrera, inicio estudios en el Seminario Teológico Bautista Southwestern seminario perteneciente a la Convención Bautista del Sur y obtuvo una Maestría en Divinidad. Poco tiempo después de su graduación Paul salió de Estados Unidos y se mudó a Perú para servir como misionero.
¡Cuán constantemente utiliza nuestro Maestro el título de «Hijo del Hombre»! Si él hubiese querido, podría haber hablado siempre de sí mismo como el Hijo de Dios, el Padre Eterno, el Admirable, el Consejero, el Príncipe de Paz. ¡Pero, he aquí la humildad de Jesús! Él prefiere llamarse Hijo del Hombre. Aprendamos de nuestro Salvador una lección de humildad. No ambicionemos nunca grandes títulos ni rangos presuntuosos.
Hay aquí, sin embargo, un pensamiento más hermoso aún: Tanto ama Jesús la naturaleza humana, que se complace en honrarla; y ya que es un alto honor y, en realidad, la mayor dignidad del ser humano que Jesús sea el Hijo del Hombre, el Señor suele poner de manifiesto este nombre para prender (por así decirlo) regias estrellas en el pecho del género humano, y mostrar el amor de Dios a la simiente de Abraham. ¡Hijo del Hombre! Siempre que él utiliza esta expresión, coloca una aureola en torno a la cabeza de los hijos de Adán.
Sin embargo, quizá haya aún un pensamiento más precioso: Jesucristo se llama a sí mismo el Hijo del Hombre para expresar su unidad y compenetración con su pueblo. Él nos recuerda de esta manera que es alguien a quien podemos acercarnos sin temor. Como hombre que es, nos es posible llevarle todos nuestros pesares y aflicciones, pues él los conoce por experiencia. Puesto que él mismo ha sufrido como «Hijo del Hombre», es poderoso para socorrernos y confortarnos.
¡Salve, bendito Jesús! Para nosotros es una preciosa demostración de tu gracia, de tu humildad y de tu amor el que tú siempre emplees ese dulce nombre que manifiesta que eres un hermano y un pariente cercano.
Un amigo hay más que hermano: Cristo el Señor; quien llevó en el cuerpo humano nuestro dolor. Este amigo moribundo, padeciendo por el mundo, demostró su amor profundo: ¡Dadle loor!
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 93). Editorial Peregrino.
Hace aproximadamente cincuenta años los jóvenes se manifestaron en las calles de París con estas palabras inscritas en sus chaquetas: «No future» (sin futuro). Sus rostros, sus actitudes y sus lemas decían mucho sobre la profundidad de su desilusión. ¡Y el malestar es todavía mayor hoy!
Pero si esta desesperanza no provoca más desfiles en las calles, a veces sí lleva al suicidio a los más frágiles o más afectados; el suicidio es la principal causa de mortalidad en Francia entre los jóvenes de 20 a 35 años. ¡Semejante situación revela el fracaso de todas las esperanzas de las generaciones anteriores! Con toda evidencia la prosperidad material, los progresos tecnológicos y los descubrimientos científicos no brindaron la felicidad, como tampoco las diferentes ideologías. Los deseos legítimos de realización personal, de paz, de liberación, no fueron satisfechos. Si las generaciones que nos siguen no tienen razones para vivir, ¿no será porque las precedentes no supieron vivir y dar a conocer el proyecto de Dios para el hombre? Los creyentes también han fallado en esto y no siempre han sabido transmitir el secreto de la verdadera vida.
Si bien es cierto que Dios nunca tuvo como objetivo arreglar el sistema del mundo estropeado por el pecado, debemos saber que el acceso al reino de Dios sigue abierto: Jesús vino y predicó “el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:14-15).
Dios… nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder. Hebreos 1:1-3 ¿Está usted bien informado?
Con la llegada del internet y del teléfono inteligente, ahora tenemos acceso a toda la información que queremos. Sin embargo, no responden a nuestra pregunta fundamental: «¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Por qué estoy aquí?».
El que cree que Dios existe sabe que él mandó escribir la Biblia, y que ella responde a las preguntas que nos hacemos sobre el porqué de nuestra vida. Encontramos en ella las siguientes respuestas y las recibimos como verdaderas:
– Dios creó al hombre para mantener con él una relación de confianza, amor, paz y gozo (Proverbios 8:31);
– los hombres, creados por Dios, se niegan a reconocerlo como su creador. Por este motivo hay tanta maldad, injusticia, odio, violencia, inmoralidad y sufrimiento en el mundo (Romanos 1:19-21);
– Dios es amor; él envió a Jesucristo para ofrecernos el perdón y la vida eterna (1 Juan 4:9);
– Dios muestra su gracia al que le ha desobedecido (Isaías 1:18). Cuando creemos y aceptamos a Jesús como nuestro Salvador, Dios nos perdona gratuitamente. ¡Es un efecto de su gracia! Nos reconcilia con él. Incluso se convierte en nuestro Padre.
Escuche la información vital que Dios nos da: ¡hoy usted puede tener la salvación y la vida! También le dice que no aplace su decisión, pues “no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Santiago 4:14).
Cuando el cristianismo comenzó a crecer, sus escritores rápidamente comenzaron a aportar muchas ideas nuevas al mundo del pensamiento humano, difiriendo notoriamente no solo de las creencias paganas occidentales, sino también del pensamiento oriental, especialmente en lo referente al dolor y el sufrimiento[1]. Es casi imposible sobreestimar la importancia de la perspectiva cristiana del sufrimiento por el éxito que tuvo en el imperio romano y por su impacto en el pensamiento humano.
Los primeros oradores y escritores cristianos no solo argumentaron enérgicamente que la enseñanza del cristianismo tenía una mejor explicación del sufrimiento, sino que insistieron en que las vidas de los cristianos lo demostraban. Cipriano relató cómo los cristianos no abandonaron a sus seres queridos ni huyeron de las ciudades durante las terribles pestes, como hicieron la mayoría de los residentes paganos. En lugar de esto, se quedaron para atender a los enfermos y enfrentaron su muerte con calma[2]. Otros escritos cristianos primitivos, como Para los romanos de Ignacio de Antioquía y Carta a los filipenses de Policarpo, señalaban el aplomo con que los cristianos se enfrentaban a torturas y muerte a causa de su fe. “Los cristianos usaron el sufrimiento para defender la superioridad de su credo… [porque] sufrían mejor que los paganos”[3]. Los griegos habían enseñado que el verdadero propósito de la filosofía era ayudarnos a enfrentar el sufrimiento y la muerte. Sobre esta base, escritores como Cipriano, Ambrosio y más tarde Agustín argumentaron que los cristianos sufrieron y murieron mejor, y esta fue una evidencia empírica y visible de que el cristianismo era “la filosofía suprema”. Las diferencias entre la población pagana y la cristiana en cuanto a este tema fueron lo suficientemente significativas como para dar credibilidad a la fe cristiana. A diferencia del momento actual, en el que la existencia del sufrimiento y el mal hace que la fe cristiana sea vulnerable a la crítica y la duda, los primeros cristianos proclamaban que el dolor y la adversidad en la vida eran de las principales razones para abrazar la fe.
¿Por qué eran tan diferentes los cristianos? No era debido a alguna distinción en su temperamento natural; no eran simplemente personas más fuertes. Tenía que ver con lo que creían sobre el mundo. Judith Perkins, erudita en documentos clásicos, argumenta que el relato del sufrimiento de la tradición filosófica griega no fue práctico ni satisfactorio para la persona promedio. El enfoque cristiano del dolor y el mal, con mayor espacio para la tristeza y mayor base para la esperanza, fue parte importante de su atractivo[4].
Primero, el cristianismo ofrecía una mayor base para la esperanza. Luc Ferry, en su capítulo “La victoria del cristianismo”[5], está de acuerdo en que la perspectiva cristiana del sufrimiento fue una de las principales razones por las que el cristianismo derrotó completamente a la filosofía griega y se convirtió en la cosmovisión dominante en el imperio romano. Para Ferry, una de las principales diferencias tenía que ver con lo que el cristianismo enseñaba respecto al amor y al propósito de las personas. La diferencia más obvia era la doctrina cristiana de la resurrección de los cuerpos y la restauración del mundo material. Los filósofos estoicos habían enseñado que, después de la muerte, continuamos como parte del universo, pero no en una forma individual. Tal como resume Ferry: “La doctrina estoica de la salvación es completamente anónima e impersonal. Nos promete la eternidad, ciertamente, pero no como personas, sino como un fragmento olvidado del cosmos”[6]. Pero los cristianos creían en la resurrección debido a la confirmación de cientos de testigos oculares del Cristo resucitado. Ese es nuestro futuro, y eso significa que somos salvos de manera individual —nuestras personalidades serán conservadas, embellecidas y perfeccionadas después de la muerte. Nuestro futuro estará lleno de un amor perfecto y sin obstáculos —con Dios y con los demás. Ambrosio escribió:
Debe haber una diferencia entre los siervos de Cristo y los adoradores de ídolos; estos últimos lloran por sus amigos, pues suponen que han perecido para siempre… Pero en cuanto a nosotros, para quienes la muerte es el fin no de nuestra naturaleza sino solo de esta vida, ya que nuestra naturaleza misma será renovada y mejorada, la llegada de la muerte enjugará toda lágrima[7].
Los filósofos griegos, especialmente los estoicos, intentaron “despojarnos de los temores relacionados con la muerte, pero a expensas de nuestra identidad individual”[8]. El cristianismo ofrecía algo radicalmente más satisfactorio. Ferry señala que lo que los seres humanos queremos “sobre todas las cosas es reunirnos con nuestros seres queridos y, si es posible, con sus voces, sus rostros —no en forma de fragmentos indiferenciados, como piedrecitas o verduras”[9].
No hay una declaración más sorprendente sobre esta diferencia entre el cristianismo y el paganismo antiguo que la que se encuentra en el primer capítulo del Evangelio de Juan. Allí, Juan aborda de manera brillante uno de los temas principales de la filosofía griega, al comenzar su relato diciendo que “en el principio [del tiempo] ya existía el Logos” (Jn 1:1). Pero continúa diciendo: “Y el Logos se hizo carne, y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado Su gloria” (Jn 1:14). Esta fue una declaración impresionante. Juan estaba diciendo: “Estamos de acuerdo en que existe un orden detrás del universo, y en que hallamos el significado de la vida cuando nos alineamos con él”. Pero Juan también estaba diciendo que el Logos detrás del universo no era un principio abstracto y racional que solo podía ser entendido por la élite educada. Más bien, el Logos del universo es una persona — Jesucristo— que cualquiera puede amar y conocer en una relación personal. Ferry resume el mensaje de Juan de esta manera: “Lo divino… ya no era una estructura impersonal, sino un individuo extraordinario”[10]. Ferry señaló que esto fue un “cambio insondable” que tuvo un “efecto incalculable en la historia de las ideas”.
Y más espacio para el sufrimiento
La otra gran diferencia entre los filósofos griegos y el cristianismo era que la consolación cristiana daba más lugar a las expresiones de tristeza y dolor. Las lágrimas y el llanto no deben ser sofocados ni limitados —son naturales y buenos. Cipriano cita a San Pablo, diciendo que los cristianos deben realmente afligirse, pero que deben hacerlo llenos de esperanza (1Ts 4:13).34 Los cristianos no veían el dolor como una cosa inútil que debía ser reprimida a toda costa. Ambrosio no se disculpó por sus lágrimas y su dolor a causa de la muerte de su hermano. Recordando las lágrimas de Jesús en la tumba de Lázaro, escribió: “No hemos incurrido en ningún pecado grave por nuestras lágrimas. No todo el llanto procede de la incredulidad o la debilidad… El Señor también lloró. Lloró por uno que no era familiar Suyo, yo por mi hermano. Lloró por todos al llorar por uno; yo lloraré por todos al llorar por mi hermano”[11].
Para los cristianos, el sufrimiento no se debe tratar principalmente mediante el control y la supresión de las emociones negativas con el uso de la razón o la fuerza de voluntad. La realidad no era conocida principalmente a través de la razón y la contemplación, sino a través de las relaciones. La salvación se obtenía por medio de la humildad, la fe y el amor, no de la razón y el control de las emociones. Y, por tanto, los cristianos no enfrentamos la adversidad reduciendo estoicamente nuestro amor por las personas y por las cosas de este mundo, sino aumentando nuestro amor y nuestro gozo en Dios. Ferry señala: “Agustín, después de haber criticado radicalmente el amor que nos lleva a aferrarnos a cualquier cosa, no lo condena cuando su objeto es divino”[12]. Lo que está diciendo es que aunque el cristianismo estaba de acuerdo con los escritores paganos en que ese apego desmesurado a los bienes terrenales puede conducir a penas y dolor innecesarios, también enseñó que la respuesta a esto no era disminuir mi amor por esos bienes, sino amar a Dios por encima de todo. La única forma en que podremos enfrentarnos a todas las cosas con paz es si Dios es nuestro mayor amor, pues ni siquiera la muerte puede separarnos de Su amor. El dolor no tenía que ser eliminado, sino sazonado y sostenido con amor y esperanza.
Además de utilizar el amor y la esperanza para aligerar nuestro dolor, los cristianos también somos llamados a usar el consuelo de conocer el cuidado paternal de Dios. El consejo de los antiguos consoladores a los enfermos era que aceptaran la inevitabilidad de su cruel destino. Señalaban que el destino era aleatorio, una rueda de azar sin fundamento ni propósito; así que debían reconciliarse con él y no entregarse a la autocompasión ni quejarse[13]. El cristianismo rechazó rotundamente esta opinión. En lugar de múltiples dioses y centros de poder luchando unos contra otros, y de un destino impersonal gobernando sobre todo, el cristianismo presentaba una visión completamente nueva a la cultura grecorromana. El historiador Ronald Rittgers señaló que los cristianos afirmaban que un Creador único sostiene al mundo con sabiduría y amor personal, “en oposición directa al politeísmo pagano y las nociones paganas del destino”[14]. Lo resume de esta manera: “Este Dios creó a la humanidad para la comunión con Él” e impuso la muerte y el sufrimiento solo cuando la raza humana se separó de esta confraternidad para ser sus propios amos; “la mortalidad y las dificultades no eran parte de la naturaleza original de las cosas”. Después de la Caída de la raza humana y la llegada del dolor y la maldad, Dios comenzó un proceso de salvación para restaurar esa comunión a través de Cristo. Durante este tiempo, Dios utilizó “pruebas, tribulaciones y adversidades para probar las almas humanas”, y junto con ellas les ofreció la “esperanza de ser libradas de ellas… Fue Él quien eliminó el aguijón de la muerte”[15]. En resumen, aunque los caminos de Dios a menudo son tan borrosos para nosotros como los de un padre para un bebé, aún confiamos en que nuestro Padre celestial nos cuida y está con nosotros para guiarnos y protegernos en todas las circunstancias de la vida.
Este artículo La esperanza superior del cristiano: cómo las promesas del evangelio moldean la forma en la que vemos el sufrimiento fue adaptado de una porción del libro Caminando con Dios a través de el dolor y el sufrimiento, publicado por Poiema Publicaciones.
Páginas 45 a la 50
[1] Ver Rittgers, Reformation of Suffering. Esta sección y la siguiente se basan grandemente en el excelente e innovador estudio de Rittgers sobre este tema.
[2] Cipriano, On Mortality [Sobre la mortalidad], capítulo 13. Citado en Rittgers, Reformation of Suffering, 45.
[3] Rittgers, 47.
[4] Judith Perkins, The Suffering Self: Pain and Narrative Representation in the Early Christian Era [El ser sufriente: El dolor y la representación narrativa en la era cristiana primitiva] (Routledge, 1995).
[5] En Ferry, Brief History.
[6] Ibid
[7] Ambrosio de Milán, On the Death of Satyrus [Sobre la muerte de Sátiro]. Citado en Rittgers, Reformation of Suffering, 43–44.
[8] Rittgers, 52.
[9] Ibid.
[10] Ibid.
[11] Ibid.
[12] Ibid.
[13] Incluso Séneca, quien creía en un Dios, creía que Él estaba sujeto a los dictados del destino. El destino en la visión greco-romana es impersonal, sus dispensaciones son completamente inexplicables, no puedes pedirle al destino que haga justicia —ese es un error categórico. El destino es completamente caprichoso y aleatorio, aunque se haya personificado poéticamente en los escritos antiguos. En Boecio, Consolation of Philosophy [La consolación de la filosofía], se expresa bien esta opinión: “Estás equivocado si piensas que la fortuna ha cambiado a favor tuyo. El cambio es su comportamiento normal, su verdadera naturaleza… Has descubierto la cara cambiante de la diosa aleatoria… Con mano dominante mueve la rueda de inflexión [de azar], como las corrientes que van de un lado a otro en una bahía traicionera. No escucha ningún grito de miseria, no hace caso a ninguna lágrima, sino que se ríe de todo el dolor que ha provocado”. Boecio, The Consolation of Philosophy, traducido con una introducción de Victor Watts (rev. ed., Penguin, 1999), 23-24.
[14] Boecio, The Consolation of Philosophy, 46–47.
24 de marzo «En aquella misma hora Jesús se regocijó en el espíritu». Lucas 10:21
El Salvador era «varón de dolores», pero toda mente reflexiva descubre que en lo íntimo de su alma había un inagotable tesoro de gozo refinado y celestial. En la raza humana nunca hubo un hombre que tuviese una paz más profunda, más pura o más permanente que nuestro Señor Jesucristo.
Él fue ungido «con óleo de alegría más que [sus] compañeros» (He. 1:9). Su benevolencia debe de haberle dado, por la misma naturaleza de las cosas, los más profundos deleites posibles, porque la benevolencia es gozo. Hay algunas notables sazones cuando este gozo se manifiesta espontáneamente: «En aquella misma hora Jesús se regocijó en el espíritu, y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra». Cristo tuvo sus cánticos, aunque le rodeaban las tinieblas. Aunque su rostro estaba desfigurado y su semblante había perdido el brillo de la felicidad terrena, sin embargo, algunas veces, al pensar en «el galardón» (He. 11:26) su cara se encendía con un incomparable resplandor de deleite, y entonces elevaba a Dios su alabanza en medio de la congregación. En esto, el Señor Jesús es un bendito representante de su Iglesia en la tierra. En esta hora, la Iglesia espera vivir compenetrada con su Señor recorriendo un camino espinoso; a través de mucha tribulación, está forzando su marcha hacia la corona. Llevar la cruz es su cometido; y ser despreciada y considerada extraña por los hijos de su madre su suerte.
No obstante, la Iglesia tiene un profundo manantial de gozo del que ninguno puede beber sino sus propios hijos. Hay tesoros de vino, y aceite y grano ocultos en medio de nuestra Jerusalén, de los cuales siempre se alimentan y se nutren los santos de Dios. Y, algunas veces —como en el caso de nuestro Salvador—, tenemos nuestros tiempos de intenso deleite, porque «del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios». Aunque estemos exilados, nos regocijamos en nuestro Rey; sí, en él nos regocijamos grandemente, mientras enarbolamos en su nombre nuestras banderas.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 92). Editorial Peregrino.