¿QUÉ ES EL MAL? | Norman Geisler

PREGUNTAS ACERCA DEL MAL

Norman Geisler

Tarde o temprano debo encarar este asunto con lenguaje sencillo: ¿qué razón tenemos —salvo nuestros propios deseos— para creer que Dios es —en cualquier forma concebible— «bueno»? ¿Acaso la evidencia prima facie no sugiere exactamente lo opuesto? ¿Qué tenemos para contrarrestar eso?
«Cristo es nuestro argumento. Pero, ¿y si Él se hubiera equivocado? Sus últimas palabras tienen un significado perfectamente claro. Descubrió que el Ser a quien llamaba Padre era terrible e infinitamente diferente de lo que supuso. La trampa, por tanto tiempo preparada —con tanto esmero— y tan sutil carnada, saltó por fin a la cruz. Triunfó el chiste cruel … Paso a paso fuimos «dirigidos camino arriba, hacia el jardín». Otra vez, cuando más bondadoso parecía, en realidad, preparaba la próxima tortura».
Esas palabras no provienen de un ateo o escéptico que trata de sacudir la fe en Dios que alguien pueda tener. Proceden de C.S. Lewis, uno de los más grandes defensores del cristianismo. Las escribió cuando aún estaba de duelo por la pérdida de su esposa, que murió de cáncer. Tal respuesta señala que, tarde o temprano, cada uno de nosotros debe tratar el problema del dolor, es decir, el problema del mal.
Si Dios no dijera que es bueno, el problema sería sencillo, pero lo es. Si no fuera omnipotente, tal como proponen los deístas finitos, no habría dificultad alguna. Si el mal no fuera real, podríamos eludir el problema. Pero no es así. Es muy real, especialmente pala quienes sufren dolor, y aunque no le demos una respuesta a cada situación individual, podemos hallar ciertos principios generales acerca del mal. Al menos podremos mostrar que la idea de un Dios bueno y poderoso no es irreconciliable con la existencia del mal.

¿QUÉ ES EL MAL?

¿Cuál es la naturaleza del mal? Hablamos de actos malos (asesinatos), de gente mala (Charles Manson), de libros malos (pornografía), de acontecimientos malos (huracanes), enfermedades malas (cáncer o ceguera) pero, ¿qué hace que todo eso sea malo? ¿Qué es el mal cuando lo vemos por sí mismo? Algunos han dicho que el mal es una sustancia que se adhiere a ciertos seres u objetos y los hace malos (como un virus que infecta un animal), o que es una fuerza contraria en el universo (como el lado oscuro de la película «La fuerza de Luke Skywalker»). Pero si Dios hizo todas las cosas, eso lo hace responsable del mal. El argumento parece ser como sigue:

  1. Dios es el autor de todo.
  2. El mal es algo.
  3. Por lo tanto, Dios es el autor del mal.

Agustín versus Maniqueo
Maniqueo fue un hereje dualista del siglo III de la era cristiana, proclamaba que el mundo fue hecho de materia no creada que era mala en sí misma. De ello deducía que toda existencia física era mala; solo las cosas espirituales podían ser buenas. Agustín escribió para demostrar que todo lo que Dios creó fue bueno y que el mal no es una sustancia.


«¿Qué es el mal?

Quizá usted replique: La corrupción. Innegablemente es una definición general del mal, porque implica oposición a la naturaleza, como también herir. Pero la corrupción no existe por sí misma, sino que aparece en un ente que se corrompe, de manera que no es una sustancia. Así que la cosa que se corrompe no es corrupción, no es mal, pues lo que es corrupto sufre pérdida de pureza e integridad. De modo que eso que no tiene pureza que perder no puede ser corrupto; y lo que tiene es necesariamente bueno ya que participa de la pureza. Repito, lo que se corrompe es descompuesto; y lo que es descompuesto sufre pérdida de orden; y el orden, es bueno. Ser corrupto no implica necesariamente ausencia de bien, pues la corrupción priva de lo bueno, lo que no ocurriría si hubiera ausencia de bien». [Sobre la moral de los maniqueos, 5.7.]
La primera cláusula es verdadera. Así que parece que debemos negar la realidad del mal para negar la conclusión (como hacen los panteístas). Podemos negar que el mal es una cosa o sustancia, sin decir que no es real. Es cierta carencia en las cosas. Cuando lo bueno que debería haber está ausente de algo, eso es malo. Después de todo, si no tengo una verruga en mi nariz, eso no es malo; porque, en primer lugar, no debe estar allí. Sin embargo, si a un hombre le falta la habilidad para ver, eso es malo. Asimismo, si una persona carece de la bondad y el respeto por la vida humana que debería tener, entonces puede asesinar. El mal es, en realidad, un parásito que no puede existir salvo como una grieta en algo que debiera ser sólido.
En algunos casos, el mal es explicable fácilmente, tal como sucede con las malas relaciones. Si escojo un buen revólver, le pongo una buena bala, lo apunto a mi buena cabeza, pongo mi buen dedo en el buen gatillo y le doy un buen apretón … resulta una mala relación. Las cosas involucradas en esta relación no son malas en sí mismas, pero la relación entre las cosas buenas carece definitivamente de algo. En este caso, la falta o carencia se da porque las cosas no se usan como deberían usarse. Los revólveres no se deben usar para matar indiscriminadamente, aunque son buenos para el esparcimiento. Mi cabeza no fue concebida para practicar tiro al blanco. De igual manera, nada malo hay en los vientos huracanados que se mueven circularmente, pero la mala relación surge cuando el ojo del huracán pasa por un lugar donde están estacionadas varias casas móviles. Las malas relaciones son malas porque la relación en sí carece de algo, de modo que nuestra definición del mal sigue viva. El mal es la falta de algo que debería haber en la relación entre las cosas buenas.

Geisler, N., & Brooks, R. (1997). Apologética: Herramientas valiosas para la defensa de la fe (pp. 69-72). Editorial Unilit.

LA INCOMPRENSIBILIDAD DE DIOS | R.C. Sproul

La naturaleza y los atributos de Dios

LA INCOMPRENSIBILIDAD DE DIOS

R.C. Sproul

Durante un seminario en los Estados Unidos, un estudiante le preguntó al teólogo suizo Karl Barth: “Dr. Barth, ¿cuál ha sido lo más profundo que usted ha aprendido en su estudio de la teología?” Barth pensó por un momento y luego contestó: “Cristo me ama, bien lo sé, en la Biblia dice así”. Los estudiantes se rieron de su respuesta tan simplista, pero su risa se tornó algo nerviosa cuando pronto advirtieron que Barth lo había dicho muy en serio.

Barth dio una respuesta sencilla a una pregunta muy profunda. Al hacerlo estaba llamando la atención a por lo menos dos nociones fundamentalmente importantes. (1) En la más sencilla de las verdades cristianas reside una profundidad que puede ocupar las mentes de las personas más brillantes durante toda su vida. (2) Que aun dentro de la sofisticación teológica más académica nunca nos podremos elevar más allá del entendimiento de un niño para comprender las profundidades misteriosas y las riquezas del carácter de Dios.

Juan Calvino utilizó otra analogía. Dijo que Dios nos habla como si estuviera balbuceando. De la misma manera que los padres les hablan a sus hijos recién nacidos imitando el balbuceo de los bebés, así Dios cuando desea comunicarse con los mortales debe condescenderse y hablarnos con balbuceos.

Ningún ser humano tiene la capacidad para entender a Dios exhaustivamente. Existe una barrera infranqueable que impide un entendimiento completo y exhaustivo de Dios. Somos seres finitos; Dios es un ser infinito. Y ahí radica el problema. ¿Cómo puede algo que es finito comprender a algo que es infinito? Los teólogos medioevales tenían una frase que se ha convertido en un axioma dominante en cualquier estudio de teología. “Lo finito no puede aprehender (o contener) a lo infinito.” No hay nada que resulte más obvio que esto, que un objeto infinito no puede ser introducido dentro de un espacio finito.

Este axioma contiene una de las doctrinas más importantes del cristianismo ortodoxo. Se trata de la doctrina de la incomprensibilidad de Dios. Este término puede no ser bien entendido. Puede sugerir que como lo finito no puede “aprehender” a lo infinito, entonces es imposible llegar a conocer nada sobre Dios. Si Dios está más allá del entendimiento humano, ¿no sugiere eso que toda discusión religiosa no es más que mero palabrerío teológico y que entonces, como mucho, solo nos queda un altar a un Dios desconocido?

Por supuesto que esto no es la intención. La incomprensibilidad de Dios no significa que no sabemos nada sobre Dios. En realidad significa que nuestro conocimiento será parcial y limitado, que nunca podremos alcanzar el conocimiento total y exhaustivo de Dios. El conocimiento que Dios nos da sobre sí mismo mediante la revelación es verdadero y útil. Podemos conocer a Dios en la medida que Él decida revelarse a sí mismo. Lo finito puede “aprehender” a lo infinito, pero lo finito no podrá nunca contener a lo infinito en sus manos. Siempre habrá algo más de Dios que lo que podamos aprehender.

La Biblia expresa esto mismo de esta manera: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre” (Deuteronomio 29:29). Martín Lutero hizo referencia a los dos aspectos de Dios —el secreto y el revelado. Una porción del conocimiento divino permanece oculta a nuestros ojos. Trabajamos a la luz de lo que Dios nos ha revelado.

Resumen

  1. Hasta las verdades cristianas más sencillas contienen un profundo significado.
  2. Independientemente de lo profundo que pueda ser nuestro conocimiento teológico, siempre habrá mucho sobre la naturaleza y el carácter de Dios que seguirá siendo un misterio para nosotros.
  3. Ningún ser humano puede tener un conocimiento exhaustivo sobre Dios.
  4. La doctrina de la incomprensibilidad de Dios no significa que no podemos llegar a conocer nada sobre Dios. Significa que nuestro conocimiento está restringido, limitado por nuestra humanidad.

Pasajes bíblicos para la reflexión
Job 38:1–41:34
Salmo 139:1–18
Isaías 55:8–9
Romanos 11:33–36
1 Corintios 2:6–16

Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 33-35). Editorial Unilit.

El carácter de la iglesia | Erickson, M. J.

El carácter de la iglesia

Millard J. Erickson

No debemos limitar nuestro estudio del papel de la iglesia a una investigación sobre qué hace la iglesia, o sea, sus funciones. La actitud o disposición con la que la iglesia realiza sus funciones también es un asunto de extrema importancia. Como la iglesia es, en su continua existencia, el cuerpo de Cristo y lleva su nombre, debería estar caracterizada por los atributos que Cristo manifestó durante su encarnación física sobre la tierra. Dos de estos atributos son cruciales para que la iglesia funcione en este mundo que cambia de manera tan veloz en nuestros días: deseo de servir y adaptabilidad.

Deseo de servir
Jesús estableció que su propósito al venir no era el de ser servido, sino el de servir (Mt. 20:28). Al encarnarse tomó para sí la forma de un siervo (Fil. 2:7). “Mas aún, hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (v. 8). La iglesia debe mostrar la misma disposición a servir. Ha sido puesta en el mundo para servir a su Señor y al mundo, no para ser exaltada y para que se satisfagan sus propias necesidades y deseos. Aunque la iglesia puede alcanzar un gran tamaño, riqueza y prestigio, ese no es su propósito.
Jesús no se asoció con la gente por lo que pudieran hacer por él. Si lo hubiera hecho, nunca habría ido a casa de Zaqueo, ni habría entablado conversación con la mujer samaritana, tampoco habría permitido que la mujer pecadora le lavase los pies en la casa de Simón el fariseo. Estos serían actos que un moderno director de campaña o un relaciones públicas experto desaprobaría sin duda, porque no serían útiles para que Jesús ganase prestigio o una publicidad favorable. Pero a Jesús no le interesaba explotar a la gente. De la misma manera, la iglesia de hoy no determinará su actividad basándose en lo que la hará prosperar y crecer. Más bien, tratará de seguir el ejemplo de servicio del Señor. Estará dispuesta a ir a los indeseables y a los indefensos, esos que no harán nada a cambio por la iglesia. Un auténtico representante de la iglesia estará dispuesto a dar su vida, si es necesario, por su ministerio.
La voluntad de servir significa que la iglesia no tratará de dominar a la sociedad para sus propósitos. La cuestión de la relación de la iglesia y el estado ha tenido una historia larga y compleja. Las Escrituras nos cuentan que el estado, como la iglesia, es una institución creada por Dios con un propósito específico (Ro. 13:1–7; 1 P. 2:13–17). Se han ideado y puesto en práctica muchos modelos de relaciones iglesia-estado. Algunos de estos modelos implicaban una alianza tan íntima entre ambos que el poder del estado casi obligaba a pertenecer a la iglesia y a participar en ciertas prácticas religiosas. Pero en tales casos la iglesia estaba actuando como un amo y no como un siervo. Se estaba persiguiendo el objetivo correcto, pero de la manera equivocada (como hubiera sucedido si Jesús hubiera sucumbido a la tentación de arrodillarse y adorar a Satanás a cambio de todos los reinos del mundo). Esto no quiere decir que la iglesia no deba recibir los beneficios que el estado proporciona para todos dentro de su ámbito, ni que la iglesia no deba dirigirse al estado para temas en los que haya que aprobar algún tipo de legislación. Pero no tiene que tratar de utilizar la fuerza política para forzar la consecución de fines espirituales.

Adaptabilidad
La iglesia debe también ser versátil y flexible a la hora de ajustar su metodología y procedimientos en las situaciones cambiantes que se producen en el mundo en que se encuentra. Debe ir donde se encuentran las personas necesitadas, incluso si esto implica un cambio geográfico o cultural. No debe anclarse en las antiguas formas de trabajar. Como el mundo en el que está intentando ministrar cambia, la iglesia tendrá que adaptar su ministerio de forma acorde a ello, pero sin alterar su dirección básica.
Cuando la iglesia se adapta, está emulando al Señor, que no dudó en venir a la tierra a redimir a la humanidad. Al hacerlo, adoptó las condiciones de la raza humana (Fil. 2:5–8). De la misma manera, el cuerpo de Cristo conservará el mensaje básico que le ha sido confiado, y continuará cumpliendo las funciones principales de su tarea, pero realizará todos los cambios legítimos necesarios para llevar a cabo los propósitos de su Señor. La iglesia estereotípica – una congregación rural dirigida por un ministro y compuesta por un grupo de familias nucleares que se reúnen a las once de la mañana los domingos en un pequeño edificio blanco con campanario – todavía existe en algunos lugares. Pero es la excepción. Las circunstancias ahora son muy diferentes en la mayor parte del mundo. Sin embargo, si la iglesia tiene un sentido de misión como el de su Señor, encontrarán la manera de llegar a la gente estén donde estén.

Erickson, M. J. (2008). Teología sistemática (J. Haley, Ed.; B. Fernández, Trad.; Segunda Edición, pp. 1072-1074). Editorial Clie.

El hombre que no puede salvarse a sí mismo salva a los demás | D.A. Carson

El hombre que no puede salvarse a sí mismo salva a los demás (Mt. 27:41–42)

La burla continúa en los versículos 41 y 42: “De la misma manera se burlaban de Él los jefes de los sacerdotes, junto con los maestros de la ley y los ancianos. ‘Salvó a otros —decían—, ¡pero no puede salvarse a sí mismo! ¡Y es el Rey de Israel! Que baje ahora de la cruz, y así creeremos en Él’ ”. ¿Cómo definimos hoy día el verbo “salvar”? Si le preguntáramos al azar a una persona en las calles de la ciudad lo que significa “salvar”, ¿cuál sería la respuesta? Un notario podría decir que es firmar o poner las iniciales de uno al final de un documento para que valga lo enmendado o añadido. El portero del equipo de fútbol salva el partido al evitar que se anote un gol. Un corredor podría pensar en recorrer la distancia entre dos puntos o saltar (“salvar”) una valla en su carrera. Si le preguntáramos a un historiador, podría pensar en hacer la salva a la comida o bebida de los reyes. Las personas que se mencionan en los versículos 41 y 42, desde luego, no se refieren a ninguna de esas cosas. Lo que dicen es que Jesús aparentemente “salvó” a muchas otras personas —sanó a los enfermos, echó fuera demonios, alimentó a los hambrientos, incluso resucitó algunos muertos— pero ahora no era capaz de “salvarse” a sí mismo de la ejecución. No debía ser muy buen Salvador, entonces. Por lo tanto, aun su aseveración formal de que Jesús “salvó” a otros, la pronuncian con ironía en un contexto que le hace aparecer como incapaz. Este supuesto Salvador resultó ser una desilusión y un fracaso y, una vez más, los allí presentes disfrutaron de sus burlas ingeniosas. Nuevamente, los que se burlan dicen más de lo que saben. Mateo sabía, los lectores sabemos y Dios sabe que, en un sentido profundo, si Jesús ha de salvar a los demás, realmente no puede salvarse a sí mismo. Debemos empezar por ver la manera en que el propio Mateo introduce el verbo “salvar”. La primera vez que aparece es en el primer capítulo del libro. Dios le dice a José que el bebé en el vientre de su prometida ha sido engendrado por el Espíritu Santo. Además, le da instrucciones adicionales: “Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (1:21). “Jesús” es la versión griega de “Josué”, que significa algo así como “YHVH salva”. Al anunciar este significado de manera tan clara al principio de su Evangelio, Mateo les informa a sus lectores sobre la misión de Jesús el Mesías, ya que reporta la razón por la cual Dios mismo le puso nombre: Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados. Debemos leer todo el Evangelio de Mateo con este anuncio inicial en mente. Si en Mateo 2, el niño Jesús de cierta manera recapitula el descenso de Israel a Egipto, es su manera de identificarse con ellos porque vino a salvar a su pueblo de sus pecados. Si experimenta tentaciones por parte de Satanás y vence sobre ellas, es porque debe mostrarse apartado del pecado—por más tentado que esté— para poder salvar a su pueblo de sus pecados. Si en Mateo 5 al 7 —conocido como el Sermón del Monte— Jesús ofrece incomparables y articulados preceptos del reino de los cielos y de cómo éste llena las expectativas del Antiguo Testamento es, en cierta manera, porque la transformación de las vidas de los seres humanos pecaminosos es parte de la misión de Jesús: Él vino a salvar a su pueblo de sus pecados, tanto de la práctica pecaminosa como de la culpa. Si en los capítulos 8 y 9 Mateo presenta una serie de milagros de sanidad y poder repletos de símbolos, es porque revocar la enfermedad y destruir demonios son componentes inevitables de salvar a su pueblo de sus pecados. Es por eso que Mateo 8:17 cita a Isaías 53:4: “Él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores”, porque su nombre es Jesús —“YHVH Salva” y vino a salvar a su pueblo de sus pecados—. Si Mateo 10 habla acerca de una misión de entrenamiento, es porque ésta forma parte de la preparación para la extensión del ministerio terrenal de Jesús hacia el futuro, cuando se prediquen las buenas nuevas del evangelio del reino a todo el mundo, porque Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados. De esta manera podemos analizar todos los capítulos del Evangelio de Mateo y aprender la misma lección una y otra vez: Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados. Mateo sabía esto, los lectores lo sabemos y Dios lo sabe. Sabemos que Jesús estuvo colgado en esa cruz maldita porque vino a salvar a su pueblo de sus pecados. Incluso las palabras de institución de la última cena nos preparan para entender la importancia de la sangre de Jesús vertida en la cruz: “Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados” (26:28). Para usar el lenguaje de Pedro, Jesús murió —el justo por los injustos— para acercarnos a Dios; para usar las palabras del propio Jesús, vino a dar su vida en rescate por muchos. Cuando yo era niño tenía una imaginación muy retorcida, aún más retorcida, sospecho, que ahora. A veces me gustaba leer una historia, detenerme en un punto crucial de la narración y preguntarme cómo se desarrollaría si cambiaran ciertos puntos determinantes. Mi historia bíblica favorita para hacer este ejercicio, un tanto dudoso, era la crucifixión de Jesús. Los que se burlaban gritaban con ironía y sarcasmo: “Salvó a otros ¡pero no puede salvarse a sí mismo! ¡Y es el Rey de Israel! Que baje ahora de la cruz, y así creeremos en Él”. En mi mente me imaginaba a Jesús recobrando sus fuerzas y saltando de la cruz, sano y exigiendo su ropa. ¿Qué pasaría? ¿Cómo se desarrollaría la trama en ese caso? ¿Creerían en Él? En un nivel, por supuesto que sí; ésta sería una demostración de poder extraordinaria y convincente. Seguramente los que antes se burlaban habrían huido rápidamente de la escena. Pero, en el sentido cristiano completo, ¿creerían en Él? ¡Por supuesto que no! Creer en Jesús, en el sentido cristiano, significa confiar plenamente en Él como Aquél que cargó nuestro pecado en su propio cuerpo en ese madero, como Aquél cuya vida, muerte y resurrección —ofrecida en nuestro lugar— nos ha reconciliado con Dios. Si Jesús hubiera saltado de la cruz, los que estaban allí observando no hubieran podido creer en Él en ese sentido, porque Él no se habría sacrificado por nosotros, de manera que no habría nada en lo cual confiar, aparte de nuestra inútil y vacía auto-justificación. De repente, las palabras de burla adquieren un nuevo peso y significado. “Salvó a otros —decían— pero no puede salvarse a sí mismo”. La ironía más profunda es que, en un sentido que ellos no comprendían, estaban diciendo la verdad. Si Él se hubiera salvado a sí mismo, no hubiera podido salvar a los demás; la única manera de salvar a otros era precisamente renunciando a salvarse a sí mismo. En la ironía detrás de la ironía intencional de los que se burlaban, expresaron una verdad que ellos mismos no vieron. El hombre que no puede salvarse a sí mismo salva a otros. Una de las razones por las cuales estaban tan ciegos es que ellos pensaban en términos de restricciones meramente físicas. Cuando decían que “no puede salvarse a sí mismo”, querían decir que los clavos lo sujetaban, los soldados evitaban un rescate y su debilidad e incapacidad garantizaban su muerte. Para ellos, las palabras “no puede salvarse a sí mismo” expresaban una imposibilidad física. Pero aquellos que conocen a Jesús son plenamente conscientes de que ni los clavos ni los soldados podían detener el camino de Emmanuel. La verdad es que Jesús no podía salvarse a sí mismo, no por algún impedimento físico, sino por un imperativo moral. Vino a cumplir la voluntad de su Padre y no iba a permitir que le desviaran de esta misión. Aquél que clamó con angustia en el huerto de Getsemaní: “Hágase tu voluntad y no la mía” estaba comprometido con un mandato moral de parte de su Padre celestial, tanto así que, al final, era impensable desobedecer. No fueron los clavos lo que sujetaron a Jesús a esa horrible cruz; fue su decisión incondicional, por amor a su Padre, de cumplir Su voluntad y, dentro de ese marco, fue su amor por los pecadores como yo. Realmente, no podía salvarse a sí mismo. Quizás parte de nuestra dificultad en comprender esta verdad se debe a que la noción del imperativo moral se ha disipado mucho en el pensamiento occidental. ¿Habéis visto la película Titanic que dirigió James Cameron? Este gran barco estaba lleno de las personas más adineradas del mundo y, según la película, mientras se hundía el barco, los hombres ricos comenzaron a pelear por los pocos e inadecuados botes salvavidas, dando empujones a las mujeres y los niños en su deseo desesperado de sobrevivir. Los marineros británicos sacaron sus pistolas y dispararon al aire gritando: “¡Fuera! ¡Fuera! ¡Las mujeres y los niños primero!”. En realidad, esto no sucedió así. El testimonio unánime de los sobrevivientes afirma que los hombres se quedaron atrás, animando a las mujeres y a los niños a subir a los botes salvavidas. John Jacob Astor —el hombre más rico del mundo en su época, algo así como Bill Gates en nuestros tiempos— estuvo allí. Arrastró a su esposa hasta uno de los botes, la montó y se retiró del lugar. Alguien le instó a que se metiera en el bote con ella. Él rehusó hacerlo, pues había pocos botes y debían hacer subir primero a las mujeres y a los niños. Se quedó en el barco y se ahogó. El filántropo Benjamin Guggenheim estuvo presente. Viajaba con su amante pero, al percibir que probablemente no sobreviviría, le dijo a uno de sus sirvientes: “Dile a mi esposa que Benjamin Guggenheim conoce su deber” y se quedó en el barco y se ahogó. No hay un solo relato de algún hombre rico que desplazara a las mujeres y los niños en su afán por sobrevivir. Cuando se reseñó la película en el periódico New York Times, el crítico se preguntó por qué el productor y el director de la película habían tergiversado tan descaradamente la historia en este aspecto. Dijo que la escena, tal y como se había planteado, no hubiera sido posible. ¿Marineros británicos sacando pistolas? La mayoría de los policías británicos no llevan pistolas y los marineros británicos definitivamente que tampoco. ¿Por qué, entonces, distorsionaron intencionadamente la historia? Y luego el crítico respondió a su propia pregunta: si el productor y el director hubieran mostrado la realidad, nadie les hubiera creído. Rara vez he leído una acusación más condenatoria hacia el desarrollo de la cultura occidental —particularmente la anglosajona— en el último siglo. Hace cien años, nuestra cultura preservaba bastantes residuos de la virtud cristiana de sacrificarse a uno mismo por el bien de los demás, del imperativo moral que busca el bien ajeno por encima del propio. De manera que tanto cristianos como no creyentes entendían que era honroso —aunque común y corriente— elegir la muerte por el bien de otros. Tan sólo un siglo más tarde dicha acción se ha vuelto tan inverosímil que ha sido necesario tergiversar la historia. Hemos llegado a una etapa en la que no se entiende fácilmente lo que es un imperativo moral, interno y poderoso. No debe sorprendernos, entonces, que haya que explicar y justificar la obligación moral bajo la cual operó Jesús. Más aún, los cristianos de hoy día entenderán que el cristianismo bíblico y auténtico no se trata nunca de normas ni reglas, de una liturgia pública ni de la moralidad privada. El cristianismo bíblico conlleva la transformación de hombres y mujeres, personas que disfrutan de naturalezas regeneradas por el poder del Espíritu de Dios. Queremos agradar a Dios, queremos ser santos, queremos confesar que Jesús es el Señor. En fin, por la gracia asegurada en la cruz de Cristo, nosotros mismos experimentamos algo de ese imperativo moral transformador: aprendemos a odiar y a temerle a los pecados que antes amábamos, ansiamos la obediencia y la santidad que antes detestábamos. Tristemente, somos terriblemente inconsistentes en todo esto, pero hemos probado un poco de los poderes de la era venidera, por lo cual sabemos cómo se siente tener un imperativo moral transformador en nuestras vidas y anhelamos su perfección en el triunfo final de Cristo. Es por esto que los cristianos nos regocijamos en esta doble ironía: el hombre que no puede salvarse a sí mismo salva a los demás.

Carson, D. A. (2011). Escándalo: La Cruz y la Resurrección de Jesús (G. Muñoz, Trad.; 1a Edición, pp. 26-31). Publicaciones Andamio.

El final de la batalla cultural está escrito | Josué Barrios

El final de la batalla cultural está escrito
Josué Barrios

«Estamos en medio de una batalla cultural». Esto afirman muchas voces desde todo el espectro ideológico y político. Todo parece indicar que tienen razón, a medida que hay agendas que buscan avanzar en su propósito de redefinir la realidad moral de nuestros países.

En medio de esto, para los cristianos bíblicos es fácil pensar que el mundo cada día está peor y así preguntarnos qué será del futuro de la iglesia y de nuestros hijos. ¿Cómo podemos mantener la calma en momentos como este? Aquí una clave: necesitamos recordar que ya hemos estado antes en esta situación varias veces a lo largo de la historia, en las que personas con influencia llaman a lo malo «bueno» y a lo bueno «malo» y en la que los valores bíblicos eran sostenidos por una minoría.

Como ejemplo de esto, tenemos las cartas del Nuevo Testamento, que nos muestran cómo la depravación sexual era común en la sociedad en tiempos de la iglesia primitiva (ver por ejemplo Romanos 1). «No hay nada nuevo bajo el sol» (Ec 1:9).

Esto tiene muchas implicaciones para nosotros. Te invito a reflexionar en ellas por ti mismo, pero aquí tienes una en la que te animo a pensar: Dios prevaleció en aquel entonces y todavía prevalece ahora. En otras palabras, no tenemos por qué temer al futuro en un mundo con políticas que atentan contra la familia, y películas que promueven la homosexualidad frente a los niños, por dar un par de ejemplos de cosas que preocupan (con cierta razón) a los cristianos.

Estamos seguros en las manos de Dios. Él dio a la iglesia la sabiduría —mediante Su Palabra— para vivir con fidelidad en épocas de profunda confusión moral en el pasado. Él sigue dándonos sabiduría ahora si somos humildes para pedirla y caminar en Su voluntad. Por lo tanto, una pregunta para hacernos es si estamos escuchando a Dios en primer lugar o nos estamos dejando intimidar por la «batalla cultural» de nuestros días y las voces de quienes hacen demasiado ruido en nuestra sociedad.

La extinción de la iglesia y los valores cristianos ya ha sido predicha incontables veces, pero aquí estamos. Como dice la Biblia: «El mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2:17). Esto significa que es el mundo presente —todo sistema de valores opuesto al orden bondadoso de Dios— lo que en verdad está en extinción, no el cuerpo de Cristo.

En otras palabras, ya tenemos los spoilers de cómo termina la batalla cultural en este mundo. El final ya está escrito. Así que, ¿por qué llenarnos de temor ante cualquier cosa aparte de nuestro Dios?

Enlace artículo original: https://josuebarrios.com/final-batalla-cultural/

¿Todos somos hijos de Dios? | John Piper

¿Todos somos hijos de Dios?
Tres verdades vitales sobre la adopción

En amor nos predestinó para adopción. (Efesios 1:4-5, LBLA)

La adopción es parte del plan de predestinación de Dios. No es que fuésemos creados, para luego comprobarse que el pecado nos había convertido en huérfanos desagradables, y después Dios tuvo que inventar un plan llamado adopción. Esa sería una idea totalmente errónea. Más bien, existía un plan llamado predestinación. Él nos predestinó para la adopción. Y si preguntas: “Bueno, ¿cuándo ocurrió eso?”, el versículo cuatro lo deja claro:

Nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. (Efesios 1:4)

  1. Tu adopción fue decidida en la eternidad pasada.
    Antes de que existieras, antes de que el universo existiera, Dios te miró en tu pecado. Y luego miró a Su Hijo, crucificado y resucitado, y después destinó a todos los creyentes a través de ese Hijo crucificado a ser perdonados de todos esos pecados y ser adoptados en Su familia. Todo eso antes de que existíeses. Fuimos predestinados según el consejo de Su voluntad para la adopción. Ahora, eso tiene varias implicaciones de enorme importancia.

No eres adoptado en base a tu aptitud, valor o distintivos. Aún no existías para producir ningún distintivo. Por lo tanto, tu adopción no es frágil, tenue, ni incierta porque no se basa en lo que realizaste o no lograste realizar. Se decidió en la eternidad. Por lo tanto, es tan firme, segura e inquebrantable como los propósitos eternos de Dios.

Oh, cómo amamos en esta iglesia gozarnos en el significado de la predestinación por la firmeza, la solidez, y la libertad para el amor y sacrificio que la predestinación trae a nuestras vidas. Qué maravilla. Tu adopción en la familia de Dios a través de la fe en Cristo fue planeada antes de que el universo fuese creado. La adopción viene de Él.

  1. Tu adopción es solo por medio de Jesucristo.
    Y la adopción es por medio de Él.

En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad.

¿Qué significa cuando dice que nuestra adopción en Su eterna familia de gozo es mediante Jesucristo? Significa que alguien tuvo que morir por nosotros para que nuestros pecados pudieran ser perdonados, y para que la justicia de Dios pudiera ser satisfecha, y para que Su ira pudiera quitarse, y para que nosotros, por lo tanto, pudiéramos ser tratados misericordiosamente y ser bienvenidos a Su familia. Si Él no hubiera muerto por nosotros los rebeldes, no hubiese habido adopción en Su santa familia. Pero a través de Cristo, Él fue capaz, con justicia y misericordia, de reunir a los pecadores arrepentidos en Su familia divina. Eso tiene implicaciones, de las cuales mencionaré dos.

No todos son hijos
No todas las personas son hijos de Dios. Al menos, si vas a usar ese lenguaje, “todos los seres humanos son hijos de Dios”, estás hablando en un lenguaje muy ambiguo que no se relaciona con la salvación de una persona. De hecho, no es útil decir que todos los humanos son hijos de Dios. No voy a decir que está mal. Solo quiero que lo definamos correctamente —como criaturas— ¿sí?

Todos somos criaturas de Dios y, en ese sentido, si quieres puedes usar la palabra hijos, como lo hace Pablo en Hechos 17; y es por eso que no voy a añadir nada más aparte de decir que es ambiguo. Pero si quieres usar “hijos de Dios” en un sentido completamente bíblico, debes mencionar mediante Jesucristo, es decir, por medio de la fe en Jesucristo y lo que hizo. Aquellos que creen son bienvenidos a través de Jesucristo en la familia de Dios (Romanos 3:25). Esa es la primera implicación de decir que la adopción es a través de Jesucristo.

Ninguno era lindo
Aquí está la segunda. Dios no adoptó pequeños huérfanos lindos; Él adoptó enemigos. Decidió ir a la parte más rebelde del reino, a los niños más mezquinos, rebeldes e insolentes en el planeta Tierra y dijo: “Esos serán míos, y voy a dar a Mi Hijo para que los haga Míos”.

Entonces, cuando pensamos en la adopción que Dios hace de nosotros, no tengamos ningún sentimiento cálido y reconfortante como “Oh, Él me eligió por ser el más lindo”. No eras lindo. Estabas en rebeldía contra Él. Eras desagradable a Él. Su ira estaba sobre ti en Su justicia. Te merecías el castigo eterno. Pero dado que Dios no solo es justicia e ira, sino también misericordia y amor, Él encontró una manera por medio de la cual los niños más sucios, desagradables, rebeldes y poco atractivos serían Suyos a través de Jesucristo.

Por eso amamos el evangelio. Amamos la cruz. Amamos la sangre de Jesús porque sabemos que no merecemos esta adopción de Él. La adopción es de Él debido a la predestinación y por medio de Él a causa de Jesucristo.

  1. Tu adopción es para alabanza de la gloriosa gracia de Dios
    Y Él nos predestinó para adopción mediante Jesucristo de acuerdo al propósito de su voluntad para alabanza de la gloria de su gracia. ¿Cuál es el objetivo de tu adopción? ¿Para qué es? ¿Qué es lo que pretende? El objetivo de tu adopción es que la gloria, la belleza, el maravilloso resplandor de la gracia, pueda ser alabado. Ese es el objetivo de la adopción. Para esto es: para la alabanza de la gloria de su gracia.

La razón por la que Dios planeó elegir, predestinar y adoptar niños indignos es que su gracia (no su perspicacia) fuese alabada. No es para que Él pudiese encontrar el niño más lindo, sino el más horripilante, tomarlo para ser suyo, y hacerlo para que alabemos su gracia, no sus ojos perspicaces que son capaces de reconocer lo que es lindo. ¡Es la maravilla de la gracia de Dios!

Pero ahora, justo aquí, debido a que llevo años enseñando la gracia centrada en Dios, sé que las personas se dan con un muro. Dios te adopta para Él, para su gloria, para su alabanza. Ahora bien, si esto lo dices de cierta manera como, «La adopción de Dios está muy centrada en Él», existen personas que comienzan a retroceder y decir, «No sé si es amoroso de parte de Dios el exaltarse tanto a sí mismo y el engrandecerse tanto en todo este asunto de la salvación. No sabría decir acerca de eso». Me encuentro con esto en cualquier sitio al que voy porque me encanta hacer presión en este tema de que Dios está radicalmente centrado en sí mismo en todo lo que hace, incluyendo la adopción de niños que son pecadores y rebeldes.

Bien. Esta es la razón por la que no es poco amoroso para Dios el exaltarse a sí mismo. La gloria de Dios es la realidad del universo que fui creado para ver, disfrutar y estar satisfecho en ella. Si Dios no exalta eso para que yo lo vea, pruebe, disfrute y me satisfaga, no está siendo amoroso. Él debe preservar, demostrar y exaltarse a sí mismo para que yo pueda disfrutarlo, si es que Él quiere amarme. Es el único ser en el universo que puede amarme de esa forma.

Así que, por favor, no tropieces con la centralidad de Dios a la hora de adoptarte para alabanza de la gloria de su gracia. Simplmente has de saber que alabar la gloria de su gracia será tu felicidad eterna. Y, por tanto, es lo mejor de ambos mundos. Él obtiene la gloria. Tú obtienes el gozo. No puede ser mejor a menos que pienses que obtener la gloria es la clave para tu felicidad. Y si lo haces, probablemente nunca serás un cristiano.

Tienes que abandonar eso. Él ha de tener toda la gloria, y entonces tú podras tener todo el gozo. Bueno, no lo tendrás todo. Él también se queda con gran parte, porque se deleita mucho en hacerte feliz en Él.

Así que esos son mis tres puntos: de Él, por medio de Él, y para Él es la adopción. Es bajo la alabanza de su gloria que hemos sido adoptados.

Enlace artículo original: https://www.desiringgod.org/messages/predestined-for-adoption-to-the-praise-of-his-glory/excerpts/is-everyone-a-child-of-god?lang=es

La mancha del pecado | Jeremiah Johnson 

La mancha del pecado

Jeremiah Johnson 

En el relato del apóstol Juan sobre el Señor levantando milagrosamente a Lázaro de entre los muertos, hay una breve declaración que nunca deja de hacer sonreír a los niños de la iglesia. Siempre atenta a las cuestiones prácticas y al decoro, cuando Marta, la hermana de Lázaro, advirtió con premura a Cristo: “Señor, ya huele mal, porque hace cuatro días que murió” (Jn. 11:39 NBLA).

Como ya hemos visto en esta serie, la resurrección de Lázaro es una descripción vívida de la obra de salvación de Dios en la vida del creyente. Y aún en su estado resucitado, Lázaro —todavía envuelto en sus ropas sucias de la tumba— tiene una clara similitud con la nueva vida del creyente en Cristo. Como John MacArthur explica:

La historia de Lázaro ofrece una ilustración particularmente gráfica de nuestra situación como creyentes. Hemos sido creados para que andemos en vida nueva (Ro. 6:4). “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” (Ro. 7:22). Sin embargo, no podemos hacer lo que deseamos (Gá. 5:17). “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Ro. 7:18). Somos prisioneros de las consecuencias inherentes a la mismísima caída de la que hemos sido redimidos (Ro. 7:22). Es como si todavía estuviéramos atados con la ropa con que nos enterraron…

Existe, sin embargo, una diferencia importante entre nuestra situación y la resurrección de Lázaro. Él se despojó de su vendaje de momia, de inmediato. Era simplemente una mortaja de lino. Afortunadamente, la corrupción de la muerte, caracterizada por el terrible hedor que temía Marta, no siguió a Lázaro desde la tumba.

Nuestra situación, sin embargo, no se puede resolver tan rápido. No es solo una mortaja de lino lo que nos ata, sino un cadáver hecho y derecho: Pablo lo llama “el cuerpo de muerte” (Ro. 7:24). Es el principio del pecado carnal el que cubre nuestra gloriosa vida a lo largo de nuestra peregrinación terrenal. Confunde nuestra atmósfera espiritual, rodeándonos del fétido olor del pecado. Ya no puede dominarnos como un tirano despiadado, pero nos afligirá con la tentación, el tormento y el dolor hasta que finalmente seamos glorificados. [1].

A pesar que hemos sido transformados a través de la obra redentora de Cristo, todavía llevamos las manchas de nuestro pasado pecaminoso. La última vez, consideramos cómo el Señor, mediante la obra santificadora del Espíritu Santo, disminuye el efecto y la influencia de nuestro pasado pecaminoso.

Pero no todos los creyentes profesos se someten voluntariamente a la obra perfeccionadora de la santificación. De hecho, muchos rechazan la situación por completo, adoptando una actitud arrogante hacia sus pecados y evitando cualquier amonestación o condenación a causa de éste.

En generaciones pasadas, defender esa posición usualmente significaba invocar la idea de cristianos “carnales”. Basado en una malinterpretación de la amonestación de Pablo en 1 Corintios 2 y 3, muchos cristianos han sido llevados a creer que hay dos clases de cristianos: carnales y espirituales. Los cristianos espirituales manifiestan la evidencia de su estatus a través de su piedad: una vida recta y una fe madura. Por otra parte, los cristianos carnales hacen profesiones de fe, pero permanecen sumidos en el pecado y la corrupción del mundo.

Hoy en día, una idea similar está creciendo rápidamente en popularidad. Cuando se trata de lidiar con pecados permanentes en la vida de un creyente, la solución de moda es no predicar arrepentimiento y disciplina, sino enfocarse exclusivamente en la gracia de Dios. En lugar de lidiar bíblicamente con su pecado —“Cortando en pedazos a Agag”— ellos argumentan que la salvación nos libera de cualquier expectativa de obediencia a la ley de Dios, y que la gracia de Dios disuelve la culpa y apacigua la convicción de pecado en la vida del creyente. Ellos argumentan que no es la culpa de nuestro pecado, sino el esforzarse por la justicia que lleva a tantos creyentes a la frustración y desesperación espiritual. De hecho, ellos tratan de avergonzar a otros creyentes para que dejen de perseguir la santidad, al erróneamente etiquetarla como obras de justicia, es decir, obras hechas para ganar el favor de Dios.

En su libro, Una conciencia decadente, John MacArthur advierte en contra de tergiversar la gracia de Dios en una excusa.

La gracia de Dios no implica que la santidad sea opcional. Siempre ha habido personas que abusan de la gracia de Dios y suponen que tienen licencia para pecar. Parafraseando esa filosofía, Pablo escribe: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?” (Ro. 6:1). Si la gracia abunda más donde el pecado es peor (Ro. 5:20–21), entonces, ¿no magnifica, nuestro pecado, la gracia de Dios? ¿Deberíamos continuar en pecado para que la gracia de Dios pueda ser magnificada?

¡Que no sea así nunca! Responde Pablo de manera enfática. La noción de que cualquiera usaría tal argumento para entregarse al pecado era claramente ofensiva para Pablo. “En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Ro. 6:2)[2].

Lamentablemente, esta corrupción de la gracia de Dios no está restringida a los límites de la iglesia. Proviene de algunos de los más populares oradores y autores en el movimiento evangélico de hoy. Y es una amenaza para el crecimiento espiritual y la piedad de los innumerables hombres y mujeres atrapados en su engaño.

La próxima vez, veremos más de cerca cómo están malinterpretando y distorsionando la Palabra de Dios, y la amenaza que sus enseñanzas representan para sus seguidores.

Artículo del Blog Gracias a Vosotros: https://www.gracia.org/library/blog/GAV-B210609

Lo que Satanás puede y no puede hacer | Peter Masters

Lo que Satanás puede y no puede hacer

By Dr Peter Masters

Con el Calvario ante Él, el Señor pronunció estas notables palabras – “Ahora es el juicio de este mundo: ahora el príncipe de este mundo será echado fuera”. Se refería a su inminente sufrimiento en la cruz del Calvario, que llevaría a cabo de inmediato para la salvación de su pueblo y el juicio de Satanás. Desde el momento del Calvario Satanás sería frenado en su poder, un enemigo derrotado, todavía capaz de obrar mucha maldad hasta el día final, pero severamente limitado.

Pero, ¿cómo fue exactamente expulsado Satanás por la muerte de Cristo? Sabemos que la muerte de Cristo salvó a un gran número de personas de la muerte eterna, y al hacerlo, salvó a la raza humana de extinguirse. Desde la Caída del hombre en el jardín del Edén ni una sola persona viviría una vida perfecta, ni nada que se le pareciera. Por lo tanto, toda la raza humana estaría condenada, dejando a Satanás triunfante y victorioso. Al tentar a Adán y Eva habría frustrado totalmente el propósito de Dios al crear la raza humana, y Dios parecía haber fracasado en su designio. Satanás podría alardear a través del tiempo como el asesino y conquistador de la raza humana, y, en cierto sentido, el conquistador de su Creador.

Pero Cristo vino como representante de Su pueblo, y de todas las maneras concebibles obedeció a Su Padre, incluso hasta la muerte de cruz. Y a través de esa obediencia perfecta que culminó en el Calvario, Su pueblo (y por lo tanto la raza  humana) fue salvado de la condenación. Por Su justicia y expiación, una raza humana constante fue comprada, para que una tierra glorificada pudiera ser atestada por personas rescatadas. La raza humana ya no sería un concepto fallido, y el diseño de Dios sería restaurado y redimido.

El aparente triunfo de Satanás fue aplastado, dejándolo susceptible de juicio y freno. Ya no podría alejar a la gente de la Verdad.

El freno del poder de Satanás después del Calvario se revela claramente en el Nuevo Testamento. El Salvador habló, por ejemplo, de cómo “por el dedo de Dios ” expulsó a los demonios, para señalar que el reino había llegado (Lucas 11.20). Este era un lenguaje de juicio, que se refería a una limitación del poder satánico que operaba desde ese momento.

Los propios demonios sabían que Cristo pondría fin a su libertad, y esto se ve en sus gritos angustiados cuando el Señor los expulsó. La posesión era común en tiempos de Cristo, pero Su ministerio marcó el fin de la libertad demoníaca para ocupar las almas humanas a voluntad. Somos conscientes de que hoy en día todavía hay algunos informes de posesión demoníaca al estilo del Nuevo Testamento, pero solo cuando las personas han invitado voluntariamente (y enérgicamente) a los demonios a sus vidas mediante una profunda participación en prácticas ocultas. (Ignoramos las afirmaciones no auténticas de posesión demoníaca hechas dentro del movimiento carismático). Satanás a través de sus demonios ya no puede entrar sin invitación en las almas humanas para poseerlas desde la obra de Cristo, siendo éste un aspecto de la “expulsión” de Satanás.

Otra de las limitaciones de Satanás es que no se le permite revelarse o mostrarse, viéndose obligado a trabajar totalmente en secreto y con sigilo. Es un enemigo despiadado de todas las almas humanas, pero la no aparición es una contención significativa de su poder. Aprendemos en 2 Tesalonicenses 2 que Satanás debe contentarse con una persona designada, el hombre de pecado, que aparecerá en su nombre al final de los tiempos, solo para ser inmediatamente destruido por el resplandor de la venida de Cristo.

Satanás es ahora un vagabundo espiritual, poderoso, sí, con una vasta hueste de ángeles caídos a sus órdenes, pero debe tentarnos desde “fuera”, y asegurarse de tener nuestra cooperación para todo lo que quiere que hagamos. Ciertamente es el príncipe de este mundo, pero un príncipe sin palacio ni derechos, un príncipe desposeído y condenado.

Esta limitación de Satanás también se menciona en el libro del Apocalipsis, capítulos 12 y 20, el último de los cuales nos dice que Satanás sería atado durante la era cristiana para que no pudiera engañar más a las naciones manteniéndolas en una oscuridad espiritual total. Todas las naciones serían penetradas por el Evangelio de Cristo.

Leemos en Efesios 4.8 que en el Calvario Cristo llevó cautiva la cautividad, atando a una multitud de cautivos: el diablo y sus demonios. En Colosenses 2.15 se nos dice que Cristo “despojó a los principados y a las potestades”, exhibiéndolos públicamente y triunfando sobre ellos. En otras palabras, les quitó poderes y los contuvo, términos usados para describir el freno o limitación del diablo y sus huestes. Sin embargo, repetimos que sigue siendo hasta el último día un enemigo peligroso y maligno de las almas, y por esta razón necesitamos saber todo lo que podamos sobre sus poderes y limitaciones.

Poderes de los ángeles

Sabemos mucho de Satanás por el hecho de que es un ángel, aunque caído. Como tal, fue creado sin cuerpo ni aspecto físico, pues los ángeles no tienen cuerpo, a menos que Dios los revista de una apariencia temporal para enviarlos como mensajeros o testigos al mundo, como en el caso de los ángeles que se sentaron en la tumba de Cristo. Es evidente que los ángeles tienen una apariencia en el Cielo, pero normalmente no son visibles a los ojos humanos en la Tierra.

Los ángeles son inmortales solo por el permiso y el poder sustentadores de Dios. Leemos en las Escrituras que tienen misteriosas diferencias de “rango”, por lo que hay ángeles superiores. Aunque son espíritus, actúan en dimensiones de tiempo y espacio, pues no son infinitos ni están fuera del tiempo, como Dios.

Es evidente que los ángeles tienen una inteligencia poderosa, y aunque llegará el día en que los creyentes, como personas glorificadas en el Cielo, serán mayores que los ángeles, mientras estemos en la Tierra no tenemos sus poderes mentales. Ellos ‘sobresalen en fuerza’, dice la Escritura, lo que los coloca por encima de las personas en la Tierra en capacidad.

Los ángeles tienen un gran conocimiento, pero éste tiene un límite. Así, por ejemplo, se nos dice en Efesios 3.10 que contemplan maravillados desde el Cielo la conversión y santificación de los hombres en la Tierra, maravillándose de cada caso y aprendiendo acerca de la “multiforme sabiduría de Dios”. La era del Evangelio ha sido una inmensa educación para los ángeles más elevados.

Esto demuestra también que los ángeles no pueden adivinar el futuro, aparte de conocer la Palabra de Dios, como también nosotros podemos conocerla. Cuando las profecías del Antiguo Testamento comenzaron a cumplirse con la venida de Cristo, observaron con asombro estos acontecimientos, cosas que “anhelan mirar los algeles” (1 Pedro 1.12). En esto no se parecen a Dios, cuyo conocimiento es infinito, y que conoce continuamente todas las cosas que suceden a lo largo de la historia eterna.

Está claro que los ángeles tienen poder para comunicarse entre sí. No pueden crear nada ni matar a nadie a voluntad, aunque a veces pueden ser designados por Dios como Sus agentes para poner fin a la vida. Incluso Satanás se muestra buscando el permiso expreso de Dios para infligir enfermedades y quitar la vida en el libro de Job. Los ángeles no pueden hacer estas cosas por sí mismos. Los ángeles no pueden cambiar las sustancias terrenales, alterando un elemento en otro, ni pueden alterar o anular las leyes de la naturaleza, excepto bajo la dirección de Dios. Están sujetos a estas limitaciones. De esto se deduce que los ángeles no pueden hacer milagros a menos que Dios les dé poder para ello.

Como ángeles caídos, Satanás y sus huestes demoníacas comparten todas estas limitaciones. Y aquí hay otra limitación, común tanto a los ángeles buenos como a los malos, y que es de gran importancia para nosotros en nuestra batalla contra el diablo. Los ángeles no pueden escudriñar nuestros corazones ni leer nuestros pensamientos. No pueden entrar en lo más recóndito de nuestros pensamientos. Un viejo adagio cristiano dice: “Los demonios pueden hablar al alma, pero no escudriñar el corazón”. Más adelante hablaremos de la incapacidad de Satanás para leer los pensamientos.

Todas estas limitaciones quedan claras en la Biblia, que atribuye solo a Dios inteligencia y conocimientos infinitos, poder para crear y poner fin a la vida, obrar milagros y escudriñar los corazones. Estas cosas son exclusivas de Él. De hecho, el diablo y sus demonios son más limitados que los ángeles buenos, porque Dios nunca nombraría o delegaría en ellos su propio poder de hacer maravillas. Se nos enseña en 2 Tesalonicenses 2.9, que cuando el hombre de pecado sea revelado, quien operará bajo el gobierno de Satanás, sus milagros y maravillas serán ‘maravillas mentirosas’, o engaños, falsedad. Satanás y sus demonios no pueden realizar verdaderos milagros.

Satanás, no hace falta decirlo, es totalmente malvado. Se le describe como un espíritu inmundo y el jefe de la vasta hueste de espíritus inmundos y caídos. Sin embargo, después de el Calvario, no puede determinar irresistiblemente las acciones de los seres humanos, anulando su libertad y responsabilidad, a menos que se hayan sometido totalmente a él y hayan cooperado con él en oposición a Dios, de modo que estén “cautivos a la voluntad de El” (2 Timoteo 2.26). E incluso tales personas no están más allá de la redención.

Satanás no puede obligarnos a hacer nada. No puede dictarnos de tal manera que estemos obligados a cumplir sus órdenes, sino que debe obrar mediante el engaño y la persuasión. Por lo tanto, es erróneo decir: “Satanás me obligó a hacerlo”. Puede instarnos, sugerirnos cosas, presionarnos y mentirnos sobre el resultado, pero no puede obligarnos a hacer nada. Nunca debemos atribuir a Satanás poderes que pertenecen exclusivamente a Dios Todopoderoso; y aunque debemos ser muy conscientes de su poder, nunca debemos temerle como si fuera invencible.

Los propósitos de Satanás

En el Nuevo Testamento, Satanás recibe varios nombres que arrojan luz sobre su forma de actuar y sus objetivos. Satanás significa adversario, y también se le llama acusador de los hermanos, enemigo de las almas de los hombres y diablo, que significa calumniador. Se le llama Abadón y Apolión, nombres que significan destructor de almas, y se le describe como dragón, indicando su gran ferocidad, y también como serpiente, expresando su astucia y sutileza.

Se le denomina padre de la mentira, indicando el método que siempre ha empleado, y también asesino de almas, príncipe de los demonios y príncipe de este mundo que guía las mentes de los incrédulos abiertas al ateísmo y dispuestas a mostrar hostilidad a Dios. Se le llama el tentador, y un ángel de luz que hace que el mal parezca bueno, y sugiere la justificación de acciones egoístas, codiciosas y otras acciones equivocadas.

Satanás fue expulsado del Cielo por desafiar a Dios, y le odia con todo su ser, oponiéndose y frustrando Sus planes si puede, y alejando a las almas de Él. Satanás es intensamente celoso de los seres humanos y también los odia. Actúa para tentar a pecar tanto a los perdidos como a los salvos, esforzándose especialmente por llevar al pueblo de Dios al error y al fracaso. Si Satanás puede entrar en las iglesias, insertando falsas enseñanzas y hundiendo a los creyentes en el pecado, ¡cómo triunfa! Por lo tanto, busca constantemente desacreditar a la iglesia y al Evangelio a los ojos del mundo, y también frustrar y obstaculizar la obra del Evangelio tentando a los creyentes a la mundanalidad, la pereza y la indiferencia ante la difícil situación de las almas perdidas.

Satanás está siempre trabajando para erosionar la fe de los creyentes y echar a perder su seguridad, paz y alegría. Lo hace mediante un proceso de desgaste, haciendo que los creyentes cedan poco a poco a las dudas y tentaciones, hasta que ha obtenido la victoria sobre ellos. También inspira a los falsos profetas y a los obreros del mal, poniendo en sus mentes ideas que no son bíblicas, y triunfando allí donde no justifican todas las cosas por la Palabra.

Él controla a las personas que se oponen al Evangelio, cegando sus mentes y, a través de ellas, moldeando la sociedad. Cuando vemos el mundo de hoy, gobernado por un humanismo secular agresivo y vengativo, con la inmoralidad legalizada y fomentada, y leyes aprobadas para castigar a los que se oponen a estas cosas, vemos la mano orquestadora de Satanás. ¡Cuán similar es el “guion” que justifica estas cosas en todas partes del mundo! Satanás es “el príncipe de la potestad del aire”.

Contra los cristianos utiliza estrategias y trampas astutas, llamadas “asechanzas del diablo” y “lazo del diablo”. Esto último significa que sorprenderá a los creyentes con tentaciones repentinas, si es capaz de hacerlo.

Hay tres fuentes de tentación, pues el diablo no es el único tentador. Según la Escritura, el mundo nos atrae con hábitos, prácticas y galas pecaminosas. Luego nos tienta nuestro propio corazón: nuestros apetitos y deseos pecaminosos siempre deseosos de hacer o poseer cosas. Y luego nos tienta el diablo, que también aprovecha y amplifica las dos primeras formas de tentación.

Las limitaciones de Satanás

¿Cómo vencer al diablo? Dice Santiago: “Someteos, pues, a Dios. Resistid al diablo, y huirá de vosotros “. Es asombroso que este ser poderoso y maligno huya de los creyentes débiles. Es poderoso e invisible para nosotros; nos tentará y sugerirá cosas malas constantemente, y está armado con una astucia inimaginable. Sin embargo, si sabemos cómo resistirle, huirá de nosotros. Antes de esbozar el modo de resistirle, podemos animarnos comparando sus poderes con sus limitaciones.

Satanás puede acusarnos, pero no condenarnos. A veces nos recordará nuestros pecados, y nos hará caer muy bajo para que casi perdamos nuestra seguridad, pero entonces corremos a Dios confiando solo en la gracia, y Él nos fortalece. Satanás ciertamente puede acusar, pero no puede condenar al que está en Cristo, porque él no tiene poder ni voz en cómo el Señor ve a Su pueblo.

Puede tentarnos a pecar, como hemos dicho, pero no puede hacernos pecar. Puede incitarnos y presionarnos, pero nunca obligarnos. Puede quitarnos el gozo y la paz dándonos pensamientos perturbadores, pero no puede quitarnos la salvación, ni poseernos jamás. Los maestros carismáticos dicen que el diablo puede poseer, u oprimir a un creyente, pero ambos vervos en su uso significan virtualmente la misma cosa, y ambos son equivocados. Satanás puede molestarnos, pero nunca poseernos, porque el principio de 2 Corintios 6.15 y otras escrituras nos enseñan que Cristo y Satanás no pueden coexistir en un alma.

Satanás puede hacerse pasar por un ángel de luz, y citar las Escrituras en nuestro oído, como intentó hacer incluso con el Señor en Su tentación. Pero no puede resistir que sustituyamos el pensamiento citando una promesa de las Escrituras.

Puede oírnos y vernos, pero no leer nuestros pensamientos. Por su profundo conocimiento de la naturaleza y el comportamiento humanos, y por observarnos de cerca, es capaz de discernir o adivinar muchas de nuestras reacciones ante la tentación, y de interactuar aparentemente con nosotros, pero no puede ver nuestros corazones. Si le hablamos (y no deberíamos hacerlo), ya sea de palabra o de pensamiento, nos “oirá”, y algunos de nuestros pensamientos pueden ser muy “fuertes” y obvios para él, como el odio a alguien, y un gran orgullo, pero de la manera ordinaria no puede leer nuestras mentes. Si el temperamento de una persona está subiendo, o si está mirando las cosas con lujuria, el diablo es muy astuto, y leerá las señales y sabrá lo que está pasando. Pero nunca pienses que puede entrar en la mente y leer nuestros pensamientos desde dentro. Muchos cristianos profundamente introspectivos y de mente seria han sido dolorosamente atormentados por la idea de que el diablo tiene un telescopio justo en sus pensamientos. 

Puede introducir pensamientos en nuestra cabeza desde el exterior, pero no puede hacer que se queden, a menos que se lo permitamos albergando esos pensamientos. Satanás puede provocar rupturas entre esposos y esposas y entre amigos, y no estamos pensando aquí en faltas graves como el adulterio, sino en asuntos cotidianos.

Él puede disparar en la mente pensamientos hostiles, y por esto romper temporalmente las relaciones, pero no puede hacer nada para impedir la reconciliación piadosa en respuesta a la oración. Puede llevarnos a la cuneta si se lo permitimos, pero solo si se lo permitimos, porque no puede obligarnos a una caída desastrosa.

Satanás nos vigila, por medio de su hueste de demonios asignados para seguirnos y notar cada omisión del deber espiritual, cada oración descuidada, cada lectura perdida de la Palabra de Dios, cada ignorar un sermón, cada demora en llevar a cabo una buena obra, y cada acto de mundanalidad o de conducta no comprometida. Bajo escrutinio estarán las cosas que miramos y en las que nos ocupamos, y por estas cosas el tentador determinará nuestra vulnerabilidad a la tentación, y planificará el próximo asalto contra nosotros.

Cada día Satanás, por medio de sus demonios, obstaculizará nuestro trabajo espiritual poniendo distracciones en nuestro camino. Cuando comenzamos a orar, nuestra atención puede ser atraída por cualquier número de asuntos, interesantes, preocupantes o seductores, para desviarnos del trono de la gracia. Pero, una vez más, no puede tener éxito a menos que se lo permitamos.

Resistir al diablo

“Resistid al diablo, y huirá de vosotros”, dice Santiago. Cuando el diablo obstaculiza nuestras oraciones, o inunda nuestras mentes con beneficios mundanos, o con ideas deprimentes, o con pensamientos negativos sobre otras personas o nuestra iglesia, entonces debemos resistirle activamente. El negativismo crítico debe ser siempre rechazado enérgicamente. Cuando él llena nuestros pensamientos con ensoñaciones de deseo, o con un amor por la facilidad, estas escenas de autoindulgencia deben ser resistidas y expulsadas. Debemos cambiar nuestro pensamiento, pidiendo ayuda a Dios.

Pero, ¿cómo podemos estar seguros de que el diablo huirá? ¿Es débil? Al contrario, es muy poderoso. ¿Es cobarde? Claro que no; no nos tiene miedo. ¿Es que yo soy fuerte y puedo vencerle? No, desde luego que no. Entonces, ¿por qué huirá si me resisto a él? ¿Es porque no tiene resistencia y solo puede molestarme durante unos minutos? No, él y sus hordas tienen tenacidad para resistir hasta el último día.

Huirá de nosotros porque si nos sometemos a Dios, y oramos pidiendo ayuda, y realmente deseamos hacer lo correcto, entonces Cristo lo alejará. Si Dios está por nosotros, ¿quién puede estar contra nosotros? Basta una mirada del poderoso Salvador del mundo, y Satanás se acobardará y se irá. Si dependemos de Cristo, Él lo alejará. Para los creyentes probados y azotados por la tormenta, las palabras de Isaac Watts describen perfectamente el acto decisivo de Cristo al rechazar al maligno:

Pero el infierno volará ante Tu reprensión,
Y Satanás esconderá la cabeza;
Conoce los terrores de Tu mirada,
Y oye Tu voz con pavor.

Es el Salvador Quien lo derrotó en el Calvario, y Quien lo ha sometido a juicio, remitido al día final. Por medio de Cristo, que ha expulsado al príncipe de este mundo, podemos resistir la tentación, estar a salvo y ver cómo Satanás huye de nosotros. Es poderoso, odioso y astuto, pero también está atado, limitado y sometido a Cristo, ya sea ahora o cuando regrese el Salvador.

De nuevo, las palabras de Watts son perfectas para animarnos en los mares de la tentación:

Aunque todas las huestes de la muerte,
Y poderes del infierno desconocidos,
Pongan sus más espantosas formas
De furor y malicia,
Estaré a salvo; pues Cristo despliega
Superior poder y gracia guardiana.

“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.” Mateo 5:5

LA TERCERA BIENAVENTURANZA
“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.” (Mateo 5:5)

A.W.Pink

Han existido grandes diferencias de opinión en cuanto al significado exacto de la palabra manso. Algunos consideran que su significado es paciencia, un espíritu de resignación; otros que es desinterés, un espíritu de abnegación; otros que es benignidad, un espíritu que no toma venganza, que soporta las aflicciones con tranquilidad. Sin duda hay cierto grado de verdad en cada una de estas definiciones. Sin embargo, al escritor le parece que difícilmente profundizan lo suficiente porque no toman en cuenta el orden de esta tercera bienaventuranza. En lo personal, definiremos mansedumbre como humildad. “Bienaventurados los mansos,” es decir, los humildes, los sencillos. Veamos si otros pasajes aclaran esto.
La primera vez que la palabra manso aparece en la Escritura es en Números 12:3. Aquí el Espíritu de Dios ha señalado un contraste con lo que está registrado en los versículos anteriores. Ahí leemos que Miriam y Aarón hablan contra Moisés: “¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros?”. Tal lenguaje traicionó el orgullo y la altanería de sus corazones, su propia búsqueda y deseo del honor. Como la antítesis de esto leemos: “Y aquel varón Moisés era muy manso”. Esto quiere decir que estaba motivado por un espíritu totalmente contrario al espíritu de su hermano y de su hermana.
Moisés era humilde, sencillo y abnegado. Esto se registra en Hebreos 11:24–26 para nuestra admiración e instrucción. Moisés le dio la espalda a los honores mundanales y a las riquezas terrenales, escogió a propósito la vida de un peregrino por encima de la de un cortesano. Eligió el desierto sobre el palacio. La humildad de Moisés se ve otra vez cuando Jehová se le apareció por primera vez en Madián y lo comisionó para que sacara a su pueblo de Egipto. “¿Quién soy yo,” dijo, “para que vaya [yo] a Faraón, y [yo] saque de Egipto a los hijos de Israel?” (Éxodo 3:11). ¡Qué sencillez comunican estas palabras! Sí, Moisés era muy manso.
Otros textos de la Escritura confirman, y parece que necesitan, la definición que se sugirió antes: “Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera” (Salmos 25:9). ¿Qué puede significar esto sino que Dios promete aconsejar e instruir a los humildes y de corazón sencillo? “He aquí, tu Rey viene a ti, manso, y sentado sobre una asna” (Mateo 21:5). Aquí está encarnada la humildad y la sencillez. “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gálatas 6:1). ¿No está claro que esto significa que se necesita un espíritu de humildad en aquel a quien Dios va a usar para restaurar a un hermano que se ha descarriado? Tenemos que aprender de Cristo, que fue “manso y humilde de corazón”. El último término explica el primero. Notemos que otra vez están unidos en Efesios 4:2, donde el orden es “humildad y mansedumbre”. Aquí el orden está, a propósito, al revés que en Mateo 11:29. Esto nos demuestra que son sinónimos.
Después de haber buscado establecer que la mansedumbre, en las Escrituras, quiere decir humildad y sencillez, observemos ahora cómo esto queda confirmado por el contexto y después esforcémonos por determinar la manera en que tal mansedumbre encuentra su expresión. Constantemente se debe tener en cuenta que en estas bienaventuranzas nuestro Señor está describiendo el orden del proceso de la obra de gracia de Dios de la manera en que empíricamente se lleva a cabo en el alma. Primero, hay pobreza de espíritu: un sentimiento de insuficiencia e insignificancia. Después, hay llanto por mi condición perdida y aflicción por lo terrible de mis pecados contra Dios. Después de esto, en el orden de la experiencia espiritual, se encuentra la humildad del alma.
Aquel en quien el Espíritu de Dios ha obrado, al producir un sentimiento de insignificancia y de necesidad es ahora convertido en polvo delante de Dios. Hablando como alguien a quien Dios usó en el ministerio del evangelio, el apóstol Pablo dijo: “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:4, 5). Las armas que los apóstoles usaron fueron las verdades de la Escritura que escudriñan, condenan y humillan. Estas, cuando el Espíritu las aplicó de manera efectiva, fueron poderosas para la destrucción de fortalezas, es decir, de los poderosos prejuicios y defensas farisaicas dentro de los cuales los hombres pecadores se refugiaron. Los resultados son los mismos el día de hoy: imaginaciones o razonamientos orgullosos –la enemistad de la mente carnal y la oposición de la mente recién regenerada en relación a la salvación son ahora llevadas cautivas a la obediencia a Cristo.
Por naturaleza, todos los pecadores son farisaicos porque desean ser justificados por las obras de la Ley. Por naturaleza, todos heredamos de nuestros primeros padres la tendencia de confeccionarnos una cubierta para esconder nuestra vergüenza. Por naturaleza, todos los miembros de la raza humana caminan por el camino de Caín, que buscó encontrar la aceptación de Dios sobre la base de una ofrenda producida por su propio trabajo. En una palabra, deseamos obtener una posición delante de Dios sobre la base del mérito personal; queremos comprar la salvación con nuestras buenas obras; estamos ansiosos por ganar el cielo debido a nuestras propias acciones. El camino de la salvación de Dios es demasiado humillante como para agradar a la mente carnal, porque quita todo motivo para jactarse. Por lo tanto, es inaceptable al corazón orgulloso de los no regenerados.
El hombre quiere participar en su salvación. Que se le diga que Dios no va a recibir nada de él, que la salvación es solo un asunto de la misericordia divina, que la vida eterna es solo para los que vienen con las manos vacías a recibirla solamente como una cuestión de caridad, es ofensivo al religioso farisaico. Pero no es así para el que es pobre en espíritu y que llora por su estado vil y miserable. La palabra misericordia es música a sus oídos. La vida eterna como el regalo gratuito de Dios va bien con su condición afligida por la pobreza. ¡La gracia –el favor soberano de Dios a los que se merecen el infierno– es justo lo que siente que debe tener! Tal persona ya no tiene ningún pensamiento de justificarse a sí mismo a sus propios ojos; todas sus objeciones altaneras contra la benevolencia de Dios son ahora silenciadas. Está contento de reconocerse como un mendigo e inclinarse en el polvo delante de Dios. Una vez, como Naamán, se rebeló contra los términos humillantes que el siervo de Dios le anunció; pero ahora, como Naamán al final, está contento de bajarse de su carruaje de orgullo y tomar su lugar en el polvo delante del Señor.
Cuando Naamán se inclinó ante la humilde palabra del siervo de Dios fue curado de su lepra. De la misma manera, cuando el pecador reconoce su insignificancia, se le muestra el favor divino. Esa persona recibe la bendición divina: “Bienaventurados los mansos”. Hablando de forma anticipada por medio de Isaías, el Salvador dijo, “El Espíritu de Jehová… me ungió… [y] me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos” (Isaías 61:1). Y una vez más está escrito, “Porque Jehová tiene contentamiento en su pueblo; hermoseará a los humildes con la salvación” (Salmos 149:4).
Mientras que la aplicación principal de la tercera bienaventuranza es la humildad del alma que se inclina ante el camino de la salvación de Dios, no se debe limitar a eso. La mansedumbre también es un aspecto intrínseco del “fruto del Espíritu” que se forja en el cristiano y se produce por medio de él (Gálatas 5:22, 23). Es esa cualidad del espíritu que se encuentra en quien ha sido instruido en la benignidad por la disciplina y el sufrimiento y que ha sido llevado a la dulce resignación de la voluntad de Dios. Cuando se pone en práctica, esa gracia en el creyente lo hace soportar con paciencia los insultos y los agravios, hace que esté listo para que el menos eminente de los santos lo instruya y amoneste, lo lleva a estimar a los demás como superiores a él mismo (Filipenses 2:3) y lo enseña a atribuir todo lo que es bueno en él a la gracia soberana de Dios.
Por otro lado, la verdadera mansedumbre no es una debilidad. Una prueba impactante de esto se da en Hechos 16:35–37. Los apóstoles han sido injustamente golpeados y echados en la cárcel. Al día siguiente, los magistrados dieron órdenes para que fueran liberados, pero Pablo les dijo a sus oficiales: “Vengan ellos mismos a sacarnos”. La mansedumbre que Dios da se puede mantener firme por los derechos que Dios da. Cuando uno de los oficiales golpeó a nuestro Señor, él contestó: “Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?” (Juan 18:23).
El espíritu de mansedumbre fue perfectamente ejemplificado por el Señor Jesucristo que fue “manso y humilde de corazón”. En su pueblo este bendito espíritu fluctúa, muchas veces eclipsado por los levantamientos de la carne. De Moisés se dijo, “Porque hicieron rebelar a su espíritu, y habló precipitadamente con sus labios” (Salmos 106:33). Ezequiel dice de él mismo: “Me levantó, pues, el Espíritu, y me tomó; y fui en amargura, en la indignación de mi espíritu, pero la mano de Jehová era fuerte sobre mí” (Ezequiel 3:14). De Jonás, después de su milagrosa liberación, leemos: “Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó” (Jonás 4:1). Incluso el humilde Bernabé se separó de Pablo con un estado de ánimo amargado (Hechos 15:37–39). ¡Qué advertencias son estas! ¡Cuánto tenemos que aprender de Cristo!
“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad”. Nuestro Señor se estaba refiriendo a Salmos 37:11 y lo estaba aplicando. Parece que la promesa tiene tanto un significado literal como espiritual: “Pero los mansos heredarán la tierra, y se recrearán con abundancia de paz”. Los mansos son los que más disfrutan las cosas buenas de la vida presente. Liberados de un espíritu codicioso y aprehensivo, están contentos con las cosas que tienen. “Mejor es lo poco del justo, que las riquezas de muchos pecadores” (Salmos 37:16). El contentamiento de la mente es uno de los frutos de la mansedumbre del espíritu. Los orgullosos y descontentos no “heredarán la tierra”, aunque puedan poseer muchas hectáreas aquí. El cristiano humilde tiene mucho más contentamiento con una cabaña que el malvado con un palacio. “Mejor es lo poco con el temor de Jehová, que el gran tesoro donde hay turbación” (Proverbios 15:16).
“Los mansos recibirán la tierra por heredad”. Como hemos dicho, esta tercera bienaventuranza es una referencia a Salmos 37:11. Muy probablemente el Señor Jesús estaba usando el lenguaje del Antiguo Testamento para expresar una verdad del Nuevo Pacto. La carne y sangre de Juan 6:50–58 y el agua de Juan 3:5 tienen, para los regenerados, un significado espiritual; lo mismo pasa aquí con la palabra tierra o terreno. Tanto en hebreo como en griego, los términos principales que se traducen con nuestras palabras tierra y terreno se pueden traducir ya sea literal o espiritualmente, dependiendo del contexto.
Sus palabras, entendidas literalmente, son, “ellos recibirán el terreno por heredad”, por ejemplo: Canaán, “la tierra prometida”. Él habla de las bendiciones de la nueva economía en el lenguaje de la profecía del Antiguo Testamento. Israel según la carne (el pueblo externo de Dios bajo la antigua economía) era una figura de Israel según el espíritu (el pueblo espiritual de Dios bajo la nueva economía) y Canaán, la herencia [terrenal] del primero es el tipo de ese conjunto de bendiciones celestiales y espirituales que forman la herencia del último. “Heredar la tierra” es disfrutar las bendiciones características del pueblo de Dios bajo la nueva economía; es volverse herederos del mundo, herederos de Dios y coherederos con Cristo (Romanos 8:17). Es ser “[bendecidos] con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3), gozar esa paz y descanso verdaderos de los cuales Israel en Canaán era una figura.
(Dr. John Brown)
Sin duda también hace referencia al hecho de que los mansos, al fin de cuentas, van a heredar la “tierra nueva, [en la cual] mora la justicia” (2 Pedro 3:13).

Pink, A. W. (2014). Las bienaventuranzas (J. Terranova & G. Powell, Eds.; C. Canales, Trad.). Editorial Tesoro Bíblico.

¿Cómo debe un cristiano relacionarse con la cultura? | Iván Capote

¿Cómo debe un cristiano relacionarse con la cultura?

Como cristianos creo que debemos tener bien claro lo que significa cada uno de los puntos a tratar, con esto me refiero a los siguientes, el Aborto, la eutanasia, el matrimonio igualitario, la cuestión de la inmoralidad sexual, cada uno de ellos nos llevan a pensar mucho más allá de lo que realmente cada gobierno o cada generación ha estado viviendo, no es menos cierto y es una realidad que cada generación ha tenido su propio concepto de cada uno de ellos, como también así las iglesias han tenido que defender sus posturas bíblicas de acuerdo a la cosmovisión contraria que han venido desarrollando cada generación en ese entonces, que quiero decir con esto y a que me estoy refriendo, lo que digo es que, debemos hoy como antes pero con más profundidad atender bien como se están desarrollando los sistemas contrarios a Dios y su palabra, en verdad digo esto ya que desde hace muchos años hemos visto por medio de estudios y en la misma historia sociológica como ha venido paulatinamente un aumento en cuanto a la aprobación de estas cosas, lo que simplemente antes era impensable que la sociedad lo aceptara, hoy con tanta liberalidad y simpleza es aceptado por la mayoría, aun y es triste decirlo, hay iglesias de muchas doctrinas pero que su nombre es iglesia, que han aceptado muchas de estas aberraciones y abominaciones, esto aunque lo queramos o no, si influye en la cosmovisión que las personas puedan tener del mismo evangelio y de lo que es y cómo se debe desarrollar una iglesia, en muchos casos he leído y visto como muchos comparan una iglesia que acepta a las personas tal cual como son, a una que no acepta las personas por su identidad de género, o sea, personas del mismo sexo que contraen un matrimonio, aun pastores de diferentes doctrinas que creen que el aborto es permitido ya que Dios no quiere que sus hijos sufran si él bebe viene con algún problema, que más decir de la eutanasia, que muchos lideres e iglesias creen que para no seguir sufriendo es necesario quitarles la vida a las personas, creo que todo esto si afecta a la sociedad aunque no practiquemos la misma doctrina y aunque estemos conscientes que es Dios quien otorga salvación y convence de justicia de juicio y de pecado a las personas, pero son humanos que piensan y evalúan ciertos estándares y los comparan con otras iglesias, por lo tanto, a mi parecer y en cuanto a lo que he leído, tenemos un reto muy gigantesco, afectar a la sociedad en estos momentos requiere de mucha convicción bíblica, ya que la situación actual es muy diferente a la hace más o menos 100 o 200 años atrás, así que, se debe potenciar y enseñar en la iglesias que los tiempos de ahora son 100% diferentes a los tiempos anteriores, un ejemplo de esta realidad lo encontramos en:

Eclesiastés 7:10 (RVR60)

10 nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría.

Por lo tanto, creo que determinará mucho la relación que tengamos con la palabra y la forma en la que la vivimos para poder determinar la manera en la que nos relacionemos con los puntos indicados, de manera que, la cosmovisión que tengamos de la Biblia en cuanto a estos temas determinará la visión que tengamos del aborto, la sexualidad, la bioética entre otros más.

Para poder tener una relación que afecte a la sociedad por medio del evangelio, las iglesias deben enseñar a sus congregados que los estándares para medir a la sociedad no son los que ellos propongan o impongan con leyes, sino los que se describen en las sagradas escrituras.

Pst. Iván Capote