Fue uno de los teólogos más influyentes del siglo XX. Tras casi 70 años de escritura y ministerio, llamó a la iglesia a tomarse en serio la santidad y el arrepentimiento al caminar en el Espíritu y luchar contra el pecado. Se veía a sí mismo como una voz que llamaba a la gente a regresar a los viejos caminos de la verdad y la sabiduría. En ese propósito, fue una figura clave para rescatar el legado de los puritanos.
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Desde los inicios del cristianismo hasta que Constantino les puso fin a las persecuciones (Edicto de Milán, año 313). Fue un período formativo que marcó pauta para toda la historia de la iglesia, pues hasta el día de hoy seguimos viviendo bajo el influjo de algunas de las decisiones que se tomaron entonces. El cristianismo surgió en un mundo que tenía ya sus propias religiones, sus culturas y sus estructuras políticas y sociales. Para entender la historia del cristianismo, hay que saber algo acerca de ese trasfondo en el que la nueva fe se abrió camino y fue estructurando su vida y sus doctrinas. El trasfondo más inmediato de la naciente iglesia fue el judaísmo —primero el judaísmo de Palestina, y luego el que existía fuera de la Tierra Santa. El judaísmo de Palestina no era ya el que conocemos a través de los libros del Antiguo Testamento. Más de trescientos años antes de Cristo, Alejandro Magno (o Alejandro el Grande) había creado un vasto imperio que se extendía desde Grecia hasta Egipto y hasta las fronteras de la India, y que por tanto incluía toda la Palestina. Una de las consecuencias de esas conquistas fue el «helenismo», nombre que se le da a la tendencia de combinar la cultura griega que Alejandro había traído con las antiguas culturas de cada una de las tierras conquistadas. A la muerte de Alejandro, algunos de su sucesores quedaron como dueños de Siria y Palestina. Contra ellos se rebelaron los judíos bajo la dirección de los Macabeos, y lograron un breve período de independencia, hasta que los romanos conquistaron el país en el año 63 a.C. Por tanto, cuando Jesús nació Palestina era parte del Imperio Romano. Este judaísmo de Palestina no era todo igual, sino que había en él diferentes partidos y posturas religiosas. Entre ellos se destacan los zelotes, los fariseos, los saduceos y los esenios. Estos grupos diferían en cuanto al modo en que se debía servir a Dios, y también en sus posturas frente al Imperio Romano. Pero todos concordaban en que hay un solo Dios, que ese Dios requiere cierta conducta de su pueblo, y que algún día ese Dios cumplirá sus promesas a ese pueblo. Fuera de Palestina, el judaísmo contaba con fuertes contingentes en Egipto, Asia Menor, Roma y hasta los territorios de la antigua Babilonia. Esto es la llamada «Dispersión» o «Diáspora». El judaísmo de la Diáspora daba señales del impacto de las culturas circundantes. En el Imperio Romano, esto se manifestaba en el uso de la lengua griega —la lengua más generalizada en el mundo helenista— por encima del hebreo o del arameo —la lengua más usada en la parte de la Diáspora que se extendía hacia Babilonia. Fue por eso que en la Diáspora —en Egipto— el Antiguo Testamento se tradujo al griego. Esa traducción se llama la «Septuaginta», y fue la Biblia que los cristianos de habla griega usaron por mucho tiempo. También en Egipto vivió el judío helenista Filón de Alejandría, que trató de combinar la filosofía griega con el judaísmo, y fue por tanto precursor de los muchos teólogos cristianos que trataron de hacer lo mismo con el cristianismo. Empero desde bien temprano la iglesia comenzó a abrirse camino más allá de los límites del judaísmo, hasta tal punto que pronto se volvió una iglesia mayormente de gentiles. Para entender ese proceso, hay que saber algo del ambiente político y cultural de la época. En lo político, toda la cuenca del Mediterráneo era parte del Imperio Romano, que le había dado unidad a la región. En cierto modo, esa unidad política facilitó la expansión del cristianismo. Pero esa unidad se basaba también en el sincretismo, en que florecía toda clase de religión y de mezcla de religiones, y que fue una de las peores amenazas al cristianismo. Y esa unidad política se basaba también en el culto al emperador, que fue una de las causas de la persecución contra los cristianos. En el campo de la filosofía, predominaban las ideas de Platón y de su maestro Sócrates, que hablaban de la inmortalidad del alma y de un mundo invisible y puramente racional, más perfecto y permanente que este mundo de «apariencias». Además, el estoicismo, doctrina filosófica que proponía altos valores morales, había alcanzado gran auge. Dentro de ese marco, la nueva fe se fue abriendo camino, pero al mismo tiempo se fue definiendo a sí misma. Aparte los libros del Nuevo Testamento, los escritos cristianos más antiguos que se conservan son los de los llamados «Padres apostólicos». Es a través de estas cartas, sermones y tratados que sabemos algo acerca de la vida y enseñanzas de los cristianos de la época. La primera y más importante tarea del cristianismo fue definir su propia naturaleza ante el judaísmo del cual surgió. Como se ve en el Nuevo Testamento, buena parte del contexto en que tuvo lugar esa definición fue la misión a los gentiles. Esta es una historia que conocemos principalmente por el Nuevo Testamento. Allí vemos, especialmente en las cartas de Pablo y en el libro de Hechos, el reflejo de las difíciles decisiones que la iglesia tuvo que hacer en sus primeras décadas. ¿Sería el cristianismo una nueva secta dentro del judaísmo? ¿Se abriría a los gentiles? ¿Cuánto del judaísmo tendrían que aceptar los gentiles conversos? Tales fueron las preguntas que dominaron la vida de la iglesia en sus primeras décadas. Pronto el cristianismo tuvo sus primeros conflictos con el estado…. Esos conflictos con el estado produjeron mártires y «apologistas». Los primeros sellaron su testimonio con su sangre. En el libro de Hechos, cuando se persigue a los cristianos, quienes lo hacen son generalmente los jefes religiosos entre los judíos. Lo que es más, en varias ocasiones las autoridades del Imperio intervienen para detener un motín, y salvan así de dificultades a los cristianos. Pronto, sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar, y fue el Imperio el que empezó a perseguir a los cristianos. En el siglo primero, las peores persecuciones tuvieron lugar bajo Nerón (emperador del 54 al 68) y Domiciano (81–96). Aunque cruentas, parece que estas persecuciones fueron relativamente locales. En el siglo II la persecución se fue haciendo más general, aunque en términos generales se siguió la política de Trajano (98–117), de castigar a los cristianos si alguien los delataba, pero no emplear los recursos del estado para buscarlos. Por ello, la persecución fue esporádica, y dependía en mucho de circunstancias locales. Entre los mártires del siglo II se cuentan Ignacio de Antioquía, de quien tenemos siete cartas, Policarpo de Esmirna, de cuyo martirio se conserva un relato bastante fidedigno, y los mártires de Lión y Viena, en la Galia. En el siglo III, aunque con largos intervalos de relativa tranquilidad, la persecución fue arreciando. El emperador Septimio Severo (193–211) siguió una política sincretista, y decretó la pena de muerte a quien se convirtiera a religiones exclusivistas como el judaísmo o el cristianismo. Bajo él sufrieron el martirio Perpetua y Felicidad. Decio (249–251) ordenó que todos sacrificaran ante los dioses, y que se expidieran certificados al respecto. Los cristianos que se negaran a ello debían ser tratados como criminales. Valeriano (253–260) siguió una política semejante. Empero la peor persecución vino bajo Diocleciano (284–305) y sus sucesores inmediatos. Primero se expulsó a los cristianos de las legiones romanas. Luego se ordenó la destrucción de sus edificios y libros sagrados. Por último la persecución se hizo general, y se comenzó a practicar contra los cristianos toda clase de torturas y suplicios. A la muerte de Diocleciano, algunos de sus sucesores continuaron la misma política, hasta que dos de ellos, Constantino (306–337) y Licinio (307–323) le pusieron fin a la persecución mediante el llamado «Edicto de Milán» (año 313). Fue dentro de ese contexto que la nueva fe tuvo que determinar su relación con la cultura que le rodeaba, así como con las instituciones políticas y sociales que eran expresión y apoyo de esa cultura. Los apologistas trataron de defender la fe cristiana frente a las acusaciones de que era objeto. (Y algunos, como Justino, fueron primero apologistas y a la postre mártires.) Fue en ese intento de defender la fe que se produjeron algunas de las primeras obras teológicas del cristianismo. En cierta medida, las persecuciones se basaban en una serie de rumores y opiniones que circulaban en torno a los cristianos. De ellos se decía, por ejemplo, que practicaban varias formas de inmoralidad. Y se decía también que su doctrina carecía de sentido, y que era propia de gente que no pensaba. En respuesta a esto, los apologistas escribieron una serie de obras con el doble propósito de desmentir los falsos rumores en cuanto a las prácticas cristianas, y de mostrar que el cristianismo no era una sinrazón. Luego, la tarea principal que los apologistas se impusieron fue aclarar la relación entre la fe cristiana y la antigua cultura grecorromana. Algunos de los apologistas adoptaron hacia esa cultura una actitud francamente hostil. Su defensa del cristianismo consistía principalmente en mostrar que la cultura supuestamente superior del mundo grecorromano no lo era en realidad. El principal apologista que tomó esta postura fue Taciano. Otros adoptaron la postura contraria. En lugar de atacar la cultura pagana, sostuvieron que esa cultura tenía ciertos valores, pero que esos valores le venían del cristianismo, o al menos del judaísmo. Así, un argumento común fue que, puesto que Moisés fue antes de Platón, todo lo bueno que Platón dijo lo aprendió de Moisés. Pero el argumento más poderoso, y el que a la postre hizo fuerte impacto en la teología cristiana, fue el de Justino con respecto al «Logos» o Verbo de Dios. Justino fue el más grande de los apologistas del siglo II, y a la postre selló su propia fe con su sangre —por lo que se le conoce como «Justino Mártir». Según él, como dice el Evangelio de Juan, el Verbo o Logos de Dios alumbra a todos lo que vienen al mundo —inclusive los que vinieron antes de la encarnación del Verbo en Jesús. Por tanto, toda luz que cualquier persona tenga o haya tenido la recibe del mismo Verbo que los cristianos conocen en Jesucristo. De ese modo, Justino podía aceptar cualquier cosa de valor que encontrara en la cultura y filosofía paganas, y añadirla a su entendimiento de la fe. A través de los siglos, esta doctrina del Logos como fuente de toda verdad, doquiera ésta se encuentre, ha hecho fuerte impacto en la teología cristiana, y en el modo en que algunos cristianos se han relacionado con la cultura circundante. Pero había además otros retos a la fe: lo que la mayoría de los cristianos llamó «herejías» —es decir, doctrinas que hacían peligrar el centro mismo del mensaje cristiano. El crecimiento de la iglesia trajo a su seno personas con toda clase de trasfondo religioso, y esto a su vez dio lugar a diversas interpretaciones del cristianismo. Aunque en la iglesia había existido siempre cierta diversidad teológica, pronto se vio que algunas de esas interpretaciones tergiversaban la fe de tal modo que parecían amenazar el centro mismo del mensaje cristiano. A esas doctrinas se les dio el nombre de «herejías». La principal de esas herejías fue el gnosticismo. Este era todo un conglomerado de ideas y escuelas que diferían en muchos puntos, pero que tenían otros elementos comunes. Entre esos elementos comunes se contaban: Primero, una actitud negativa hacia el mundo material, de modo que la «salvación» consistía en escapar de la materia. Segundo, la idea de que esa salvación se lograba mediante un conocimiento o «gaosis» especial, mediante el cual el creyente podía escapar de este mundo y ascender al espiritual. Es por razón de esa «gnosis» que se le llama «gnosticismo». No todos los gnósticos eran cristianos. Pero entre los cristianos el gnosticismo amenazaba la fe en varios puntos fundamentales: negaba la creación, que dice que este mundo es la buena obra de Dios; negaba la encarnación, que dice que Dios mismo se hizo carne física (esta doctrina, que Jesús no tenía cuerpo verdadero como el nuestro, es lo que se llama «docetismo»); y negaba la resurrección final, que dice que en la vida eterna tendremos cuerpos. La otra «herejía» que le presentó un grave reto al cristianismo fue la doctrina de Marción. Al igual que los gnósticos, Marción negaba que un Dios bueno pudiera haber hecho este mundo material. Por ello decía que el Dios del Antiguo Testamento no era el Padre de Jesús, sino un ser inferior. Decía además que mientras Jehová es vengativo y cruel, el verdadero y supremo Dios es amante y perdonador. A diferencia de los gnósticos, que no fundaron iglesias, Marción fundó una iglesia marcionita. Además, puesto que rechazaba el Antiguo Testamento, hizo una lista de libros que él consideraba inspirados. Aunque difería mucho de nuestro Nuevo Testamento actual, ésta fue la primera lista de libros del Nuevo Testamento. Fue principalmente en respuesta a esas herejías que surgieron el canon (o lista de libros) del Nuevo Testamento, el credo llamado «de los apóstoles», y la doctrina de la sucesión apostólica. Aunque desde antes la iglesia había utilizado los evangelios y las cartas de Pablo, lo que le llevó definitivamente a insistir en que ciertos libros cristianos eran Escritura y otros no, fue el reto de las herejías. Frente a los herejes que proponían sus propias escrituras, o sus propias listas de libros, la iglesia empezó a determinar cuáles libros eran parte de las Escrituras cristianas, y cuáles no. Al mismo tiempo y por las mismas causas, apareció en Roma el llamado «símbolo romano». Este era una confesión de fe que después evolucionó hasta formar lo que hoy llamamos «Credo de los Apóstoles». Está claro que el propósito de ese credo es rechazar las doctrinas de los gnósticos y de Marción. Por último, la iglesia respondió señalando a las líneas ininterrumpidas de líderes en las principales iglesias —líneas que se remontaban hasta los apóstoles mismos. Este es el origen de la «sucesión apostólica», cuyo sentido original no era exactamente el mismo que se le dio después. Todos estos elementos produjeron una iglesia más organizada, y con doctrinas y prácticas más definidas. Esto es lo que algunos historiadores llaman «la iglesia católica antigua». Tras los apologistas vinieron los primeros grandes maestros de la fe —personas tales como Ireneo, Tertuliano, Clemente de Alejandría, Orígenes y Cipriano. Estos escribieron obras cuyo impacto se deja ver todavía. Ireneo, Tertuliano y Clemente vivieron hacia fines del siglo II y principios del III. Ireneo era oriundo de Esmirna, en Asia Menor, pero la mayor parte de su vida la pasó en Lión, en lo que hoy es Francia. Era pastor, y consideraba que su tarea como teólogo consistía en fortalecer a su grey, sobre todo contra las herejías. Su teología no pretende ser original, sino que trata de afírmar lo que él aprendió de sus maestros. Precisamente por eso hay hoy un nuevo interés en él, pues sus escritos nos ayudan a conocer la más antigua teología cristiana. Tertuliano vivió en Cartago, en el norte de Africa. Sus inclinaciones eran principalmente legales. Escribió en defensa de la fe contra los paganos, y también contra varias herejías. Fue quien primero empleó la fórmula «una substancia, tres personas» para referirse a la Trinidad, y también quien primero habló de la encarnación en términos de «una persona, dos substancias». Clemente de Alejandría siguió las líneas trazadas por Justino, buscando conexiones entre la fe y la filosofía griega. En esto le siguió Orígenes, a principios del siglo III. Orígenes fue un escritor prolífico, dado a las especulaciones filosóficas. Aunque después de su muerte muchas de sus doctrinas más extremas fueron rechazadas y condenadas por la iglesia, por largo tiempo la inmensa mayoría de los teólogos de habla griega fueron de un modo u otro sus seguidores. Cipriano era obispo de Cartago (donde antes había vivido Tertuliano) cuando estalló la persecución de Decio (año 249). Cipriano huyó y se escondió, con el propósito de poder continuar dirigiendo la vida de la iglesia desde su escondite. Cuando pasó la persecución algunos le echaron en cara el haber huido. Después murió como mártir en otra persecución (258). Por todo esto, la principal cuestión que Cipriano discutió fue la de los «caídos», es decir, quienes habían abandonado la fe en tiempos de persecución y después deseaban volver al seno de la iglesia. Además, en parte por otras razones, tuvo conflictos con el obispo de Roma. En la discusión que surgió de todo esto, Cipriano expuso sus ideas sobre la naturaleza y el gobierno de la iglesia. Por la misma época también se discutía en Roma la cuestión de la restauración de los caídos. La figura más importante en esa discusión fue Novaciano, quien también escribió sobre la Trinidad. Por último, es importante señalar que, a pesar de la escasez de documentos, es posible saber algo acerca de la vida y el culto cristiano durante estos primeros años. Durante todo este período el acto central del culto cristiano era la comunión. Esta era gozosa, pues era una celebración de la resurrección y un anticipo del retorno de Jesús. Por eso, para celebrar la resurrección, era que el culto se celebraba el domingo, día de la resurrección del Señor. Además, como anticipo del gran banquete celestial, la comunión era originalmente toda una cena. Después, por diversas razones, se limitó al pan y al vino. Además, pronto surgió la costumbre de celebrar el culto junto a las tumbas de los mártires y otros cristianos fallecidos, en lugares tales como las catacumbas de Roma. Parece que al principio diversas iglesias tuvieron distintas formas de gobierno, y que los títulos de «presbítero» y «obispo» eran semejantes. Pero ya a fines del siglo II se había establecido el sistema de tres niveles de ministros: diáconos, presbíteros y obispos. Además, había ministerios específicos para las mujeres, especialmente dentro del monaquismo.
González, J. L. (1995). Bosquejo de historia de la iglesia: González, Justo L. (pp. 24-37). Asociación para la Educación Teológica Hispana.
25 de febrero «Pero Jonás se levantó para huir a Tarsis, lejos de la presencia del SEÑOR y descendiendo a Jope…». Jonás 1:3
En lugar de ir a Nínive para predicar la Palabra, como Dios le había mandado, Jonás no sintió gusto por la obra y se fue a Jope para huir de ella. Hay ocasiones en que los siervos de Dios evaden el deber. No obstante, ¿cuál es la consecuencia? ¿Qué perdió Jonás con su conducta? Perdió la presencia y el goce consolador del amor de Dios. Cuando servimos al Señor Jesús, como los creyentes debemos hacerlo, nuestro Dios está con nosotros; y aunque tengamos al mundo entero en nuestra contra, ¿qué nos importa? Sin embargo, si retrocedemos y buscamos nuestras propias conveniencias, nos hallamos sin piloto en el mar.
Entonces podemos lamentar largamente y gemir diciendo: «¡Oh Dios mío!, ¿adónde te has ido?; ¿cómo puedo yo ser tan necio para apartarme de tu servicio y, de este modo, perder todo el radiante esplendor de tu rostro? Este es un precio demasiado elevado: permíteme volver a serte fiel para que pueda regocijarme en tu presencia». En segundo lugar, Jonás renunció a toda su tranquilidad. El pecado destruye pronto el bienestar del creyente: es un árbol venenoso cuyas hojas destilan gotas mortíferas que matan la vida hecha de gozo y paz. Jonás perdió todo aquello de que hubiera podido recibir aliento en cualquier otra situación. No le era posible, por ejemplo, demandar la promesa de la protección divina, porque no andaba en los caminos del Señor. No podía decir: «Señor, hallo dificultades en el cumplimiento de mi deber, ayúdame». Jonás estaba cosechando lo que había sembrado.
Cristiano, no imites a Jonás, a no ser que desees que todas las ondas y las olas pasen sobre tu cabeza. Descubrirás que, al fin y al cabo, es más duro rehuir la obra y la voluntad de Dios que hacerlas. Jonás perdió el tiempo, ya que finalmente tuvo que ir a Nínive. Es duro contender con Dios: rindámonos a él enseguida.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 64). Editorial Peregrino.
Sábado 25 Febrero Dos cosas te he demandado… Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí; no me des pobreza ni riquezas; manténme del pan necesario. No sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es el Señor? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios. Proverbios 30:7-9
Una sorprendente oración
¿Quién pone en duda que la vida en la tierra es más fácil para los ricos y los que tienen salud que para los pobres y los que están enfermos? Sin embargo, el libro de los Proverbios nos muestra la oración de Agur, la cual contrasta con este principio. Él se presenta con estas palabras: “Ciertamente más rudo soy yo que ninguno, ni tengo entendimiento de hombre” (Proverbios 30:2-3). Pero pide a Dios que le dé, mientras viva en la tierra, dos cosas que para él son de gran importancia.
– En primer lugar, no pide buena salud, sino: “Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí”. Desea que Dios lo guarde del mal, porque desconfía de sí mismo. Y este hombre, que se siente ignorante y sin entendimiento, comprendió que “el temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal, la inteligencia” (Job 28:28).
– En segundo lugar, no pide riquezas, sino: “No me des pobreza ni riquezas”. Teme que la pobreza lo lleve a maldecir a Dios, y que la riqueza lo lleve a olvidarlo…
El mundo que nos rodea nos confirma que Agur tenía razón. Muchos pobres hacen a Dios responsable de su estado, y muchos ricos viven sin él… Por medio de su oración, Agur muestra que posee valores más seguros que los que rigen la vida de nuestras sociedades. Tiene a Dios como referencia y considera todo desde este ángulo. Esto hace a este hombre admirablemente sabio e inteligente, su alma goza de buena salud y es “rico para con Dios” (Lucas 12:21).
Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.
Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde también sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. Además, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.
Actualmente se dedica al pastorado en la Iglesia Caminando Por Fe (en Barcelona) y es conferenciante a nivel internacional.
En lo que hemos recorrido del Antiguo Testamento, es evidente la universalidad del propósito salvífico de Dios. Pero nos queda por decir siquiera algo del testimonio misionológico de los Salmos. De éstos el Dr. Mervin Breneman ha dicho:
La misión de la iglesia no se basa solamente en algunos textos de prueba sino en la totalidad del mensaje bíblico de Génesis a Malaquías y de Mateo a Apocalipsis […] El libro de los Salmos es la sección del Antiguo Testamento que más se usa en las iglesias. Sin embargo, en los escritos sobre misionología cuesta encontrar un trabajo que indique el aporte de los Salmos a este tema. Lo que un pueblo cree se expresa en su canto. De ahí la importancia de los Salmos para la teología bíblica. Todas las grandes enseñanzas teológicas del Antiguo Testamento se encuentran en los Salmos. Por razones de tiempo y espacio nos limitaremos a considerar el mensaje de algunos de los salmos que se destacan por su énfasis misionológico, y que a veces se les llama «Salmos misioneros». Por ejemplo, los Salmos 47, 67, 96–100, 117, 148. En la gran variedad de temas de los Salmos no podían faltar el de la soberanía del Señor sobre toda la creación, el del juicio divino sobre todos los pueblos de la tierra, y el de la voluntad salvífica de Dios en cuanto a todas las naciones. Le daremos especial atención a este último tema en nuestro acercamiento a los salmos.
Los Salmos mesiánicos y misioneros se hallan en profundo contraste con los salmos imprecatorios, en los cuales se le pide a Yahvé que castigue a los enemigos de su pueblo, Israel. El Dr. Walter C. Kaiser nos hace notar que de los ciento cincuenta salmos incluídos en el Salterio, solamente tres de ellos pueden clasificarse como principalmente, o totalmente, imprecatorios, es decir, Salmos 35, 69, 109; y agrega que después de los salmos que se citan con más frecuencia en el Nuevo Testamento, o sea los salmos mesiánicos 2, 22, 110 y 118, vienen esos tres salmos imprecatorios en cuanto a las veces que se les cita en las páginas neotestamentarias. Se dice que además de los Salmos 35, 69, y 109, solamente quince salmos tienen elementos imprecatorios.
El Diccionario de la Real Academia Española dice que «imprecar» significa: «proferir palabras con que se expresa el vivo deseo de que alguien sufra mal o daño». Los salmos imprecatorios plantean un serio problema ético, especialmente a los que creemos en la inspiración y autoridad divinas de las Sagradas Escrituras. Algunos autores han intentado solucionar el problema diciendo que los verbos hebreos no se usan en este contexto para expresar un deseo, sino sencillamente con referencia a lo que sufrirán en el futuro los enemigos de Dios y de su pueblo. Pero los entendidos en el idioma hebreo afirman que este intento de respuesta al problema no es admisible. Otros sugieren que la ética del Antiguo Testamento no es tan elevada como la del Nuevo. Sin embargo, ellos pasan por alto textos como los de Levítico 19:18, 34 («Amarás a tu prójimo como a ti mismo», «Como a uno de vosotros trataréis al extranjero que habita entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo»); Proverbios 24:17–18, y 25:21–22. Pasan por alto que en Romanos 12:20 el apóstol Pablo está citando Proverbios 25:21–22 (RV 95). Tampoco es aceptable la idea de que el salmista está pensando solamente en enemigos espirituales, y no en enemigos de carne y hueso. Otros han sugerido que las imprecaciones en sí mismas no son producto de la inspiración divina; pero que en este caso la inspiración del sagrado texto solamente garantiza la fidelidad en el registro de lo que aquellos piadosos israelitas sentían y expresaban, llenos de justa indignación por la iniquidad de los enemigos del Señor y de su pueblo. En otras palabras, las imprecaciones no son revelación normativa para los lectores del contenido bíblico.
No cabe duda que los israelitas que oran en los salmos imprecatorios anhelan que resplandezca la justicia de Dios. Ellos tienen un «hasta cuándo» que espera respuesta de parte del Señor. A veces nos preguntamos cómo serían las oraciones de los judíos que sufrían la injusticia y crueldad de los campos de concentración en tiempos de la segunda guerra mundial. Es posible que unos derramarían su alma ante Dios pidiendo el perdón para sus verdugos, en tanto que otros clamarían por justicia, por el castigo inmediato para aquellos seres inhumanos. Quiérase o no la oración puede reflejar lo que está experimentando, en su situación vital, el que ora.
También debemos tener en cuenta que los escritores de los salmos imprecatorios sabían que el pecado contra el prójimo repercute en los cielos. El efecto es horizontal (del ser humano al ser humano) y vertical (del ser humano al Señor). David dijo: «Contra tí, contra tí solo he pecado; he hecho lo malo delante de tus ojos, para que seas reconocido justo en tu palabra y tenido por puro en tu juicio» (Sal 51:4, RV 95). En lo que toca a las ofensas que sufrían los israelitas de parte de los pueblos impíos, se aplica el principio de que Dios ha recibido también la ofensa y que su justicia tiene que ser vindicada. Aquellos israelitas piadosos no eran indiferentes a los intereses del Reino de Dios. Estaban llenos de celo por la santidad y la justicia del Señor, y por el cumplimiento del propósito divino en la historia. Israel, el pueblo del cual vendría el Cristo (el Mesías), tenía una parte muy importante en ese cumplimiento. Por lo tanto, los que perseguían a Israel se oponían también a la voluntad salvífica de Dios.
Los escritores de los salmos imprecatorios están dejando la venganza en manos del Señor. En Romanos 12:19 y Hebreos 10:30 se citan las palabras de Deuteronomio 32:35: «Mía es la venganza y la retribución». Cuando Jacobo y Juan le preguntaron a Jesús si debían pedir que descendiese fuego del cielo para consumir a unos samaritanos que no quisieron recibirlos, Él dijo: «Vosotros no sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas» (Lc 9:51–56).
Sin lugar a dudas, el ejemplo sublime de mansedumbre ante los enemigos lo tenemos en el Cristo crucificado. En aquellos momentos de dolor inenarrable Él oró a favor de los que habían decidido matarle, y dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23:34). Por supuesto, cuando esté muy próximo el regreso del Señor Jesucristo a nuestro planeta, vendrá «aquel día», del cual «no hay otro semejante a él», según lo dicho por el profeta Jeremías. «Es un tiempo de angustia para Jacob (el pueblo de Israel), pero de ella será librado» (Jer 30:7). Será el tiempo de la gran tribulación, cuando se desatarán fuerzas demoníacas y humanas en contra de los que se nieguen a postrarse ante la bestia. Posiblemente del corazón de los piadosos surgirá el clamor por el fin de aquellos sufrimientos y por el castigo de los enemigos de Dios y de su pueblo. Aun en el cielo los mártires de la fe clamarán a gran voz preguntándole a Dios: «¿Hasta cuándo Señor, Santo y verdadero, vas a tardar en juzgar y vengar nuestra sangre de los que habitan sobre la tierra?» (Ap 6:10). El «hasta cuándo» de tiempos antiguotestamentarios resonará en la tierra y en los cielos.
Referirnos a los salmos imprecatorios ha sido inevitable en un capitulo como éste, dedicado a enfatizar la apertura de los salmos a la salvación de los pueblos no israelitas. El contraste entre los salmos imprecatorios y los salmos «misioneros» es abismal. A continuación haremos un esbozo misionológico de los Salmos 47, 67, y 96, sin pasar por alto algunas de las expresiones relacionadas con el tema de la misión en otros himnos del salterio.
Núñez, E. A. (1997). Hacia una misionología evangélica latinoamericana (pp. 240-245). COMIBAM Internacional – Dpto. de Publicaciones.
A mi nieto le encantan los videojuegos, pero sabe que no debe dejar de lado su trabajo de la escuela para meterse durante horas en ese mundo virtual fascinante. Sin embargo, miles de jóvenes dejan que esos juegos absorban la mayor parte de su tiempo y así, desconectados de la realidad, entran en un universo fantástico, identificándose con héroes terroríficos de poderes extraordinarios. Las escenas violentas son frecuentes, y la misma muerte no es más que un incidente, seguido por otra «vida». ¡Cuidado! Detrás de lo que parece una simple diversión se esconde un peligro real. Muchos educadores estiman que la mayoría de esos juegos pueden ser nocivos y llevan a algunos a perder la noción misma de la realidad, que confunden con la ficción. Esto preocupa a muchos sociólogos, quienes no dudan en considerarla como una adicción peligrosa.
Amigos cristianos, ¡tengan cuidado! Todos sabemos que es más fácil abrir un juego en el ordenador o en el teléfono que dejarlo. ¡No perdamos nuestro tiempo! Dios nos invita a vivir una vida en abundancia, mucho más rica, fundada en una relación sólida con él por medio de la oración y la lectura de la Biblia, y que resplandece en el mundo real. Pensemos en los consejos del apóstol Pablo a Timoteo, su hijo espiritual: hagamos el bien, seamos ricos en buenas obras, atesorando un buen fundamento para el futuro, echando mano de la vida eterna (1 Timoteo 6:17-19).
Este gran profeta ganó una señalada victoria sobre el mal. La figura siniestra de Jezabel hace que Elías se esconda. (4) Enebro, aquí simboliza ataque de abatimiento, aplastamiento. Nosotros cultivamos este árbol y a veces nos refugiamos allí. Sentimos compasión de nosotros mismos, dignos de conmiseraciones. Nos hallamos tan sumergidos que creemos que lo mejor es el fin. El gran Elías tan fuerte en el Carmelo, un cobarde bajo el Enebro.
I. LOS HOMBRES MAS FUERTES TAMBIEN SE ABATEN Nadie puede escapar de los asaltos de Satanás. (1 Cor. 10:12). Ante dificultades en vez de mirar a Dios, corremos al Enebro. Los abatimientos suelen venir después de grandes avivamientos. Una lucha tenaz e intensa hace presión a nuestro ser. Entonces el péndulo de nuestra vida se va al otro extremo. El remedio de Dios no fue un discurso de su flaqueza. Le deja que descanse, se alimente y vuelva a descansar. (5-6). Mientras permanezcamos debajo del Enebro nos privamos de Dios.
II. NO CONVIENE TOMAR DECISIONES BAJO EL ENEBRO No es allí nuestro lugar, no es la posición normal del creyente. Todo lo juzgaríamos bajo el prisma de nuestra condición. La indiferencia y la falta de espiritualidad se originan bajo el Enebro. Tampoco conviene hablar a otros de nuestro estado. Es perjudicial. Debemos ocultar nuestro pesar al hombre y decírselo a Dios. Sólo nos restaurará una nueva visión de Dios. ¿Qué haces aquí? (9). No es tu lugar, tu causa no está perdida. ¿Qué haré de ti aqui? Me juzgaste mal a mí, a mi obra y a ti mismo; miremos a Dios.
III. LA SOLUCION ESTA EN UNA NUEVA VISION DE DIOS “Vé, vuélvete por tu camino” (15). Tu obra no ha terminado aún. Continúa la escuela de profetas, unge a Eliseo y espera tu hora. Humillado y avergonzado salió de la cueva, retirando su renuncia. En Jn. 1:48, hallamos a Natanael debajo de una higuera. ¡Qué diferencia! Si Enebro es desesperación la higuera es meditación, confesión. Desarraiguemos el Enebro y plantemos en su lugar una higuera.
Campderros, D. (2003). Bosquejos Bíblicos: Tomo I (p. 45). Casa Bautista de Publicaciones.
23 de febrero «Tomando tu cruz». Marcos 10:21 Tú no conoces la forma de tu propia cruz, aunque la incredulidad es un carpintero maestro en la fabricación de cruces. Tampoco se te permite elegir tu propia cruz, aunque a la voluntad propia de buena gana le gustaría ser señora y dueña. Tu cruz está preparada por el amor divino, el cual te la asigna, y tú tienes que aceptarla con gozo. Has de tomar tu cruz como distintivo escogido y como tu carga, y no estar cavilando acerca de ella. Esta noche Jesús te ordena someter tus hombros a su fácil yugo. No des coces irritado contra la cruz, ni la pisotees con vanagloria, ni caigas sobre ella en desesperación, ni huyas de ella con temor, sino tómala como verdadero seguidor de Jesús. Jesús llevó la cruz. Él trazó el camino en la senda del dolor. Sin duda no podrías desear un guía mejor. Y si Jesús lleva una cruz, ¿qué carga más noble que esa podrías desear? El Via Crucis es el camino de la seguridad; no temas andar por sus espinosos senderos.
Querido amigo, la cruz no está hecha de plumas ni forrada con terciopelo, sino que es pesada y áspera para los hombres desobedientes. Sin embargo, no es una cruz de hierro, aunque tus temores te la hayan presentado así; por el contrario, se trata de una cruz de madera, y cualquier hombre la puede llevar. El Varón de Dolores la llevó. Toma tu cruz y, por el poder del Espíritu de Dios, pronto la amarás de tal forma que, como Moisés, no cambiarías el vituperio de Cristo por los tesoros de Egipto. Recuerda que Jesús llevó la cruz, y esta te resultará liviana; recuerda asimismo que a la cruz pronto seguirá la corona, y el pensamiento del cercano peso de gloria aliviará grandemente el presente peso de la tribulación.
Que el Señor te ayude esta noche, antes de dormir, a humillar tu espíritu en sumisión a su divina voluntad; para que mañana, al despertar, puedas llevar la cruz de ese día con espíritu sumiso y santo, siendo así un seguidor del Crucificado
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 62). Editorial Peregrino.
Yo planté… pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento… Porque nosotros somos colaboradores de Dios.
Un cristiano nos cuenta: «Durante años tuve en mi oficina un póster dibujado por un amigo. En él se veía a un agricultor sembrando, y el siguiente comentario:»No podemos esperar cosechar si no sembramos«.
Esta constatación, muy evidente para un jardinero, se impuso a mí. El Señor la empleó para animarme a colaborar anunciando el Evangelio».
Amigos cristianos, cuando Dios dice que somos sus colaboradores, nos hace un honor, pero también nos confía una responsabilidad. No solo espera que oremos pidiéndole que forme evangelistas, sino que dice a cada uno de nosotros: “Haz obra de evangelista, cumple tu ministerio” (2 Timoteo 4:5). Él nos da la semilla. Es su Palabra, es Jesucristo. Sembrar es hablar de él a nuestro alrededor, es compartir el secreto de nuestra paz y de nuestra felicidad. No podemos hacer más, solo Dios puede hacer que la semilla germine. Confiemos en él, quien “quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Timoteo 2:4).
Entonces, en este mundo que es un vasto campo, sembremos lo más abundantemente posible. Pronto en el cielo veremos con admiración el tamaño de la cosecha.
“Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno” (Eclesiastés 11:6).