Jueves 12 Enero (Cristo Jesús) vino y anunció las buenas nuevas de paz. Efesios 2:17 No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. Lucas 5:32
Una buena noticia para un mundo perdido
Cuando abrimos un periódico, quisiéramos encontrar más noticias buenas que malas, pero no es así. Sin embargo, desde hace veinte siglos, una buena noticia fue anunciada: ¡El Evangelio, que significa buena noticia!
Jesús vino al mundo y anunció la buena nueva de la paz. Este es un resumen de los planes de Dios para el hombre perdido y sin esperanza. Desde la muerte y la resurrección de Cristo, el Evangelio proclama a todos que el Hijo de Dios se hizo hombre, que murió en una cruz sufriendo el castigo por nuestros pecados, y que así abrió el camino hacia Dios a todo el que se arrepiente. Esta es la maravillosa revelación del amor divino presentada en el Nuevo Testamento.
Muchas personas conocen esta noticia, pero tristemente no quieren beneficiarse de ella. Jesús, el portador de este mensaje de paz, no fue recibido. Se presentó como la luz del mundo (Juan 8:12), pero “los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3:19). Lo mismo sucede en nuestros días: en su conjunto, el mundo rechaza el evangelio y se aleja cada vez más del amor de Cristo. Pero Dios es paciente, él no quiere “que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). El Evangelio todavía es predicado en todo el mundo, como Jesús lo anunció (Marcos 13:10). ¡Benefíciese hoy de esta buena noticia!
“He aquí sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz” (Nahum 1:15).
“Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca” (Efesios 2:17).
¿Por qué hay pastores que no pastorean? Por Oscar Morales
Hace aproximadamente unos 15 años solía escuchar a través de la radio casi todos los días a un pastor de una congregación grande de mi país. Sus enseñanzas las consideraba de bastante bendición y mucho conocimiento, por lo que decidí un día ir a su iglesia para poder aprender un poco más. Al llegar a la congregación tomé mi lugar y el servicio empezó, sin embargo no lograba localizar visualmente al pastor. Al terminar el momento de alabanza una señora subió a dar algunos anuncios y luego hizo la presentación del pastor. El pastor salió de una de las puertas de al lado del escenario junto con tres personas más. Estas personas estaban vestidas de la misma forma y tenían walkie-talkies en las manos, uno de ellos llevaba una Biblia, la cual después de dejar al pastor en el púlpito entregó a él. Estos eran lo que hoy conocemos como “escuderos del pastor”, algo que yo en aquel tiempo no tenía ni la menor idea de qué significaba. Después de que el pastor subió, la señora le entregó un vaso de agua y junto con estas personas se sentaron en unas sillas en el escenario, justo detrás del pastor.
Años después, a través de varios amigos, me enteré que este pastor le decía clara y constantemente a la gente que por favor no le buscaran, que su labor era predicar y nada más, el no tenía tiempo ni le gustaba saludar gente. Que la razón de tener a este equipo de personas era para que le ayudaran a que nadie se le acercara después de haber predicado.
¿Un pastor que no pastorea? ¿Puede alguien ser un pastor que no pastorea? Tristemente, esto se mira demasiado. Pero, ¿debería ser así? El llamado pastoral descrito en la Palabra de Dios es un llamado serio del cual todos daremos cuentas de lo que hicimos (Heb. 13:17). Es un llamado en la mayoría de casos a sufrir juntamente con Cristo (1 Co. 16:8-9; 2 Co. 1:8-11; 4:8-11; 6:3-5; 11:16-33). También es un llamado el cual Dios nos advierte que no deberíamos buscarlo con ligereza (Stg. 3:1). Y sumado a todo esto, la Biblia también nos da las características de quienes buscan el llamado, la descripción y las responsabilidades de este llamado (1 Tim. 3, Tito 1, 1 Pd. 5). El que Dios en Su infinita sabiduría y soberanía haya usado la figura del “pastor de un rebaño” para describir la labor del liderazgo de ancianos en la iglesia no es para nada casualidad, y no solo eso, Jesús mismo se describe como “el buen Pastor” (Jn. 10). Esta es una de las más grandes responsabilidades y privilegios que Dios nos ha dado (1 P. 5:3; Jn. 21:15-19). Entonces, surge otra pregunta.
¿Por qué hay pastores que no pastorean? Las razones pueden ser varias. Desde problemas emocionales, miedo al hombre y a los conflictos hasta la inmadurez, inexperiencia o la peor y más peligrosa razón: simple y sencilla indiferencia. Al final, ellos fueron llamados a enseñar, ocupar el púlpito, ser admirados excesivamente, recibir toda clase de elogios y aplausos, pero ¡Dios guarde que tengan que ensuciarse las manos con las personas que Dios ha permitido que estén bajo su cuidado!
Pueden ser varias las razones, pero al final la raíz creo que es la misma: no han entendido lo que significa ser pastor. El pastorear no es una labor fácil y mucho menos con caducidad de tiempo. El pastorear involucra tiempo, esfuerzo, paciencia, y por sobre todo amor para con el rebaño. Es curioso que Jesús en su conversación con Pedro haya usado dos palabras para enfatizar la labor que por amor a Él debía de hacer, apacentar y pastorear las ovejas.
Cuando Cristo no está sentado en el trono de nuestro corazón por completo, amamos más otras cosas, personas y experiencias que a Él. Probablemente estamos amando más la admiración, la posición, el liderazgo, el reconocimiento, etcétera; cosas que desde el inicio del mundo el mismo diablo ofreció a nuestros primeros padres: “… serán como Dios” (Gn. 3:5), y al mismo Jesús “…todo esto te daré” (Mt. 4:9), a cambio de adorarle a él y desobedecer a Dios.
Pongamos atención a la conversación de Jesús con Pedro, la condición para poder pastorear y apacentar al rebaño era su amor por su Señor. ¿Cómo puede alguien que se dice pastor decir que no tiene tiempo ni ganas ni llamado para atender, escuchar o estar con la gente? ¡Que Dios nos perdone y tenga misericordia!
Pastor, ¿estamos obedeciendo a Dios en nuestras responsabilidades como pastores de Su rebaño? ¿Estamos siendo buenos mayordomos de ese llamado? No tenemos empleados, son ovejas. No tenemos jefes, son ovejas. No tenemos sirvientes, son ovejas. No tenemos sub-ordinados, son ovejas. Ovejas por las cuales nuestro Señor Jesucristo dio su vida por amor y nos encomendó enseñarles, modelarles y amarlos a través de ese mismo mensaje. Recuerdo una vez haber leído una frase de Ed Stetzer que decía:
“El evangelio vino a los griegos y los griegos lo volvieron filosofía. El evangelio vino a los romanos y los romanos lo volvieron un sistema. El evangelio vino a los europeos y los europeos lo volvieron a la cultura. El evangelio vino a América y nosotros lo hemos vuelto un sistema de empresa/negocio.”
Amado pastor, oremos al Señor, arrepintámonos día a día, regresemos a la cruz y el evangelio a cada minuto y preguntémonos si estamos levantando día a día el reino de Jesús en la vida de quienes nos rodean. ¿O es solo nuestro propio reino? Estamos desarrollando más lideres para des-centralizar el liderazgo de la iglesia y poder pastorear adecuadamente al pueblo de Dios ¿o queremos ser “el único”? Te ves como el presidente ejecutivo de una compañía multinacional ¿o te ves como el siervo más humilde que lava los pies de quien incluso lo iba a traicionar? (Jn. 13:1-15) ¿Permites que un Zaqueo pueda compartir su vida contigo? (Lc. 19:1-10). ¿Dejas que los niños se acerquen contigo o sientes que interrumpen y aturden al “siervo de Dios”? (Mt. 19:14). O incluso ¿permites que una mujer con flujo de sangre (considerada sucia) te toque sin decirle a tus “escuderos” que estás muy ocupado? (Lc. 8:43-48).
Recuerda, amado pastor, que de todo lo que hagamos con el rebaño, daremos cuenta un día delante de Dios.
Oscar Morales
Es pastor en Iglesia Reforma, ha trabajado por más de 20 años en el ministerio. Está casado con Regina, es papá de Alex y Sofía. Disfruta de la música, de los deportes y la tecnología. Lo puedes encontrar en Twitter o en su blog personal.
¡Cuán alentador es pensar en la incesante intercesión del Redentor en favor nuestro! Cuando oramos, él aboga por nosotros; y cuando no oramos, el defiende nuestra causa y, por sus súplicas, nos protege de los daños invisibles. Observa la palabra de aliento dirigida a Pedro: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo, pero…» ¿qué? ¿Ve y ora por ti? Este hubiera sido un buen consejo, pero no es lo que hallamos escrito. Ni le dijo: «Pero yo te mantendré alerta y así serás preservado»: esto hubiera sido una gran bendición; pero no, lo que le dijo fue: «Yo he rogado por ti, que tu fe no falte». Poco conocemos lo que debemos a las oraciones de nuestro Señor.
Cuando lleguemos a la cumbre del Cielo y miremos todo el camino por el cual el Señor nuestro Dios nos ha guiado, ¡cómo alabaremos al que, ante el Trono eterno, desbarató el daño que Satanás estaba haciendo en la tierra! ¡Cuántas gracias le daremos porque él nunca estuvo en silencio, sino que día y noche mostró las heridas de sus manos y llevó nuestros nombres en su pectoral! Aun antes que Satanás empezara a tentarnos, Jesús lo anticipó e introdujo una petición en el Cielo. La misericordia le gana la carrera a la malicia. Observa: él no dice: «Satanás os ha zarandeado y, por tanto, yo rogaré», sino: «Satanás os ha pedido». Él ataja a Satanás aun en sus mismos deseos. Jesús no dice: «Pero yo he deseado rogar por ti».
No, sino que expresa: «Yo he rogado por ti, ya lo he hecho; he ido al tribunal e iniciado una réplica antes de que se presentase la acusación». ¡Oh Jesús, cuánto nos alienta saber que tú has defendido nuestra causa contra nuestros enemigos invisibles, que has desactivado sus minas, y que has desenmascarado sus emboscadas. En esto tenemos motivo para el gozo, la gratitud, la esperanza, y la confianza.
Miércoles 11 Enero Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Juan 14:5-6
El camino de la felicidad Jean d’Ormesson, decano de la Academia Francesa, filósofo y autor de muchas obras, murió el 5 de diciembre de 2017. En una de sus últimas obras escribió: «Muy pronto llegará el tiempo en que me encontraré ante Dios… Busqué la felicidad… Nunca dejé, desde el fondo de mi abismo, de buscar el camino, la verdad y la vida».
Sin duda muchos lectores se sienten identificados con estas declaraciones. ¿Qué ser humano no se preocupa por la muerte… y por lo que hay más allá? Pero, ¿de qué sirve buscar, si no vamos al único que tiene la respuesta?
Dios no nos dejó sin respuesta. Jesús, su Hijo, fue su mensajero. Dejó la gloria del cielo para tomar nuestra condición humana y morir en una cruz, sufriendo el suplicio destinado a los peores malhechores. Su sacrificio abre un camino hacia Dios a todo el que lo acepta como su Salvador, y Dios lo adopta como su hijo.
Jesús también mostró qué es la verdad, no una verdad como la de los hombres, que cambia en función de las épocas y lugares. ¡La verdad divina es invariable, constante, la misma para todos! Muestra todo lo que hay en el corazón humano, sus contradicciones, sus bajezas, sus miedos, pero también revela el corazón de Dios: su amor, su compasión, su gracia. Podemos aferrarnos a esta verdad con toda confianza. Jesús también es la fuente de la vida, la vida eterna.
Si usted cree en él, la muerte ya no será un salto a lo desconocido, sino la puerta abierta hacia el paraíso celestial. ¡Confíe en Jesús, quien es el camino, la verdad y la vida!
Los tribunales seculares y el conflicto en la iglesia Por John Currie
Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia
«¿Por qué no sufren mejor la injusticia?». La pregunta de Pablo en 1 Corintios 6:7 difícilmente pudo ser más contracultural y contraintuitiva para un corintio. Corinto estaba contagiada con la pasión por el estatus, el éxito y el honor personal. La capacidad de alcanzar estas aspiraciones mediante la ambición, el posicionamiento y la imagen se consideraba sabiduría. Los cristianos de Corinto seguían profundamente influenciados —podríamos decir que infectados— por esta sabiduría cultural, y su seducción por ella había dado lugar a divisiones en el liderazgo, la tolerancia de hechos escandalosos de inmoralidad y, ahora, al litigio de conflictos ante los tribunales de los incrédulos. Su padre espiritual estaba tan escandalizado por esta conducta (y la condición subyacente del corazón que revelaba) que, aunque antes no había querido avergonzarlos por su mal comportamiento (1 Co 4:14), ahora los avergüenza (6:5) con ocho preguntas inquisitivas en solo siete versículos (vv. 1-7). Al apóstol le resultaba chocante y vergonzosa la realidad de los cristianos que llevaban a otros cristianos ante los tribunales civiles para resolver sus diferencias personales.
Él estaba escandalizado por dos razones. Primero, la conducta de los corintios traicionaba su testimonio de lo que Cristo, al inaugurar Su reino en Su iglesia, ha hecho (vv. 2-3); y segundo, contradecía la sabiduría que Cristo da y ha dado a Su iglesia (v. 5). Su inmadurez e incompetencia, evidenciadas en el hecho de litigios civiles entre creyentes, deshonraban a Aquel a quien decían conocer como sabiduría, justicia, santificación y redención de Dios (1:30).
El remedio de Pablo para este escándalo fue aplicar la sabiduría del evangelio de la cruz de Cristo a sus conflictos. El apóstol modeló esto al venir a ellos no a la manera de los grandes hombres de la cultura, sino en debilidad cruciforme (1:17). Su aceptación de la locura de la cruz le había hecho estar dispuesto a ser despreciado y a sufrir las calumnias con espíritu de reconciliación y humildad (4:9-13), y como les dirá posteriormente, incluso renunció a sus derechos entre ellos por el evangelio (9:3-18). En toda esta «necedad», el apóstol no hacía más que imitar el patrón del Cristo que les predicaba (1:18-25). Así que su pregunta inquisitiva a los que decían creer en su mensaje de la cruz y ser salvos por ello y, sin embargo, estaban litigando por la vindicación y la victoria personal de unos con otros, era: «¿Por qué no tomar la cruz?», «¿Por qué no sufrir más bien el mal?» (6:7).
No es que Pablo tratara de impedir que los cristianos buscaran la resolución de los conflictos presentes (y muy reales) que pudieran tener unos con otros. Sin embargo, debían poder usar la sabiduría que Dios ha dado en y a la iglesia para hacerlo (v. 5). Cristo mismo dio a los creyentes un proceso de apelación unos a otros con la esperanza de «ganar» al otro cuando se ha producido una ofensa. Ese proceso implica la ayuda de otros creyentes e incluso, en casos de dureza de corazón, puede implicar la acción judicial de los tribunales de la iglesia (Mt 18:15-20). Pablo tampoco prohíbe apelar a la autoridad civil ordenada por Dios (Ro 13:1-7) en casos de actividad delictiva (de hecho, ignorar y ser negligente en tales casos causa mucho daño a las víctimas del delito y al nombre de Cristo). Pero cuando los cristianos han llegado al punto de buscar el castigo por conflictos personales ante los incrédulos, algo está profunda y terriblemente mal en nuestros corazones y en nuestra iglesia.
Los cristianos de Corinto necesitaban una corrección cruciforme de la inclinación de sus corazones en sus conflictos unos con otros en su época. Tal vez nosotros también la necesitemos. Las preguntas de Pablo en 1 Corintios 6 nos impulsan a imitar a nuestro Salvador, una imitación que no manifiesta la sabiduría autopreservadora de esta época, sino la sabiduría abnegada de Aquel que se entregó por nuestros pecados y que, por Su Espíritu, vive ahora en nosotros para formarnos a Su semejanza (Gá 2:20).
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John Currie El Dr. John Currie es coordinador del departamento y profesor de teología pastoral en Westminster Theological Seminary en Filadelfia y ministro de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa.
Considera el asunto de la piadosa expectación de Job: «He de ver a Dios». No dice: «He de ver a los santos» —aunque, sin duda, esa será una inefable felicidad—, sino: «He de ver a Dios». No dice tampoco: «He de ver las puertas de perlas, he de mirar los muros de jaspe, he de contemplar las coronas de oro», sino: «He de ver a Dios». Esta es la suma y la sustancia del Cielo, la gozosa esperanza de todos los creyentes para quienes constituye un placer el verle ahora por la fe. A los creyentes les gusta contemplar a Jesús en la comunión y en la oración, pero en el Cielo tendrán de él una amplia y clara visión y, así, viéndolo como él es, serán hechos en todo semejantes a él: ¡semejantes a Dios! ¿Qué más podemos desear? ¡Una visión de Dios! ¿Qué cosa superior a esta podemos ansiar? Algunos leen así el pasaje: «No obstante, he de ver a Dios en mi carne».
Y hallan aquí una alusión a Cristo como el «Verbo hecho carne», y a aquella gloriosa contemplación que constituirá el esplendor de los últimos días. Sea o no esto así, la verdad es que Cristo será el objeto de nuestra eterna visión. Tampoco deseamos nosotros un gozo que sea mayor que el gozo de contemplar a Cristo. No pienses que el contemplar a Cristo será para la mente una actividad limitada: el contemplarlo es solo una fuente de placer; pero una fuente infinita. Todos sus atributos serán objeto de contemplación y, como él es infinito en todos los aspectos, no hay temor de que se agoten. Sus obras, sus dones, su amor por nosotros y su gloria en todos sus propósitos, y en todas sus acciones, todo ello constituirá un tema siempre nuevo.
El patriarca anhelaba esta visión de Dios como un goce personal: «Mis ojos lo verán y no otro». Considera la realidad de la bienaventuranza del Cielo; piensa que esa gloria será para ti: «Tus ojos verán al Rey en su hermosura».
Todo esplendor terrenal palidece y se oscurece a medida que lo contemplamos, pero en estas palabras hay un esplendor que nunca puede empañarse, una gloria que jamás puede disminuir: «He de ver a Dios».
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 18). Editorial Peregrino.
Martes 10 Enero Echa mano de la vida eterna. 1 Timoteo 6:12
Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, que sean liberales en repartir… que echen mano de la vida que lo es en verdad. 1 Timoteo 6:18-19, V. M. Echar mano de lo que es verdaderamente la vida Este pasaje me llama la atención: ¿Cuál es esa verdadera vida, de la cual debo echar mano? ¿Puedo perder mi vida dejando pasar lo esencial? En realidad, ¿cuál es el sentido de la vida, de mi vida? ¿Vivo buscando oportunidades, evitando el sufrimiento y disfrutando de las alegrías que están a mi alcance?
Esta no es la verdadera vida, la que Dios quiere para mí. La vida que me propone es lo que la Biblia llama “la vida eterna” (Juan 17:3), es decir, una vida animada por su voluntad, por la confianza en él, y que va hasta la eternidad, en su presencia.
Esta vida consiste en conocer a Dios y al Señor Jesús, con todo lo que implica en mis decisiones y actividades diarias. Por ejemplo, en el pasaje bíblico citado, la vida eterna se manifestará mediante la bondad y la generosidad hacia los que están a nuestro alrededor.
Esta vida eterna era visible de forma perfecta en Jesucristo (ver 1 Juan 1:1-2). Él vivía en comunión con su Padre y hacía su voluntad, y esto hasta dar su vida en la cruz para salvar a los pecadores.
Jesucristo ofrece esta vida eterna a todos los que lo reciben por la fe. Los creyentes en Cristo ya la poseen: “Vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios… tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13).
Sin embargo, se nos anima a echar “mano de la vida eterna”, a apreciarla en su conjunto y como un objetivo eterno. ¿Recibió usted a Cristo como su Salvador? “Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20).
El breve ensayo de Jonathan Edwards sobre el Orgullo Espiritual sin Indulgencia 1 es algo que todos los pastores o cristianos deben leer en posiciones de liderazgo. En ese trabajo, Edwards escribe: «La primera y la peor causa de errores que prevalecen en [nuestros días], es el orgullo espiritual . Esta es la puerta principal por la cual el diablo entra en los corazones de aquellos que tienen celo por el avance de la religión «. 2 Hay algunos asuntos más difíciles de hablar y más insidiosos que el orgullo espiritual. ¿Cómo recomienda un artículo sobre el orgullo espiritual a alguien sin ser acusado de orgullo espiritual? ¿Cómo se escribe un artículo sobre el orgullo espiritual sin estar sujeto al orgullo espiritual? Incluso hablar de eso es un peligro. Pero se debe hablar de eso.
Hay un tipo específico de orgullo espiritual sin discernimiento que creo que no se discute con frecuencia y es especialmente difícil de reconocer: el peligro de la justicia doctrinal . Lamentablemente, creo que es un peligro particularmente frecuente entre los cristianos reformados y con mentalidad teológica. Es un peligro en el que he caído a veces. Por justicia doctrinal, me refiero a confiar en tu corrección doctrinal como tu justicia, en lugar de confiar en Cristo como tu justicia. La diferencia puede ser muy sutil y, por supuesto, estará marcada por la humildad o el orgullo.
Conocer sobre Dios vs. Conocer a Dios Frente a un evangelicalismo anti-intelectual y teológico,poco profundo, el cristianismo reformado se ha preocupado justamente por la importancia de la teología. La Biblia es un libro teológico. Conocer a Dios requiere que sepamos acerca de Dios. Nuestra relación con él requiere doctrina.
Pero también es posible confiar en su conocimiento sobre él más que confiar en él personalmente. Puedes tener un conocimiento teórico de algo y no un conocimiento experiencial de algo. Algunas personas saben mucho pero eso no conduce a la fe, la esperanza y el amor. Para parafrasear a Tim Keller diciendo: «Hay una diferencia entre poseer la verdad y que la verdad te posea. Hay una diferencia entre confiar en su comprensión de él , en lugar de confiar en su comprensión de usted «. (El apóstol Pablo a menudo enfatiza este matiz: “Pero ahora que conocéis[a] a Dios, o más bien, que sois[b] conocidos por Dios …” – Gal. 4:9).
Cuando ‘tienes’ la verdad, la tienes; tienes dominio sobre eso. Cuando la verdad «te tiene», estás bajo ella, humillado por ella, moldeado por ella; te domina. Uno está basado en el orgullo; el otro conduce a la humildad. Algunas personas pueden tratar implícitamente su teología como algo captado sobre la base de su propia fuerza e intelecto, en lugar de un conocimiento personal de Dios recibido por gracia a través de la fe que los humilla y les da forma.
Discernimiento De La Justicia Doctrinal Edwards señala que el orgullo espiritual puede ser difícil de discernir y ocultar fácilmente porque puede parecer justicia y preocupación por la verdad. Se ve bien, hasta que no lo hace. Él dice: «El orgullo espiritual en su propia naturaleza es tan secreto, que no se discierne tan bien por la intuición inmediata sobre si misma, como por los efectos y los frutos de ella … El orgullo espiritual se dispone a hablar de los pecados de otras personas … el orgullo es espiritual es muy propenso a sospechar de los demás; mientras que un santo humilde es muy celoso de sí mismo, desconfía tanto de cualquier cosa en el mundo como de su propio corazón»3.
La justicia doctrinal es muy similar. Se discierne más exactamente en su fruto: por la forma de comunicación de alguien, por su respuesta a la crítica o la corrección. El ídolo de la justicia doctrinal está especialmente expuesto en una actitud defensiva enojada y hostil cada vez que se cuestiona. Esto se debe a que se ha convertido en una cuestión de identidad y rectitud personal. Para hacer eco de Edwards, aquí hay algunas evidencias posibles de una persona doctrinalmente justa:
· Propenso a la crítica y la sospecha de la fidelidad doctrinal de los demás.
· Pasar una cantidad excesiva de tiempo en la crítica de las posturas de los demás, en lugar de una promoción positiva de la belleza del Evangelio.
· Creer que la corrección doctrinal es un requisito para la salvación personal.
· Tener una comprensión estrecha y formulista de las doctrinas teológicas, con la rapidez para ser sospechoso y atacar cualquier formulación que no concuerde exactamente con el lenguaje propio.
· Ponerse rápidamente a la defensiva, enojado e impaciente cuando se expresan preguntas y preocupaciones con respecto a su posición doctrinal; tomándolo personalmente
· Corregir a los demás con dureza e impaciencia.
· Pasar tiempo excesivo discutiendo (en realidad peleándose) sobre teología en línea (o fuera de línea), mientras se descuida la devoción personal, la oración, la familia, las relaciones, el servicio, etc.
· Tratar cada artículo de teología en cada discusión como una colina en la que morir.
· Amar la verdad y las ideas más que a las personas (y a Dios).
· Menospreciar y desconfiar del énfasis en lo «experiencial» en la vida cristiana.
· Justificar el estudio teológico mientras se descuida o minimiza el papel de las relaciones, el asesoramiento y el servicio a los demás en la iglesia.
· Creer que el ministerio pastoral implica el estudio y la predicación con exclusión de la hospitalidad, el ministerio personal, el discipulado, el asesoramiento, etc.
· En el debate doctrinal, creer que la Teología Histórica debe asumir el papel principal; refiriéndose primero y principalmente a Confesiones y Credos, incluso sobre la Biblia.
· Creer que el Confesionalismo es una guía y solución suficiente para el desvío doctrinal y la espiritualidad personal.
· Ser ciego a los pecados personales, debido a la certeza sobre la correcta doctrina. Asumiendo que la corrección doctrinal debe garantizar la corrección ética, la sabiduría y la moralidad personal.
· No creer que la justicia doctrinal es incluso una posibilidad o preocupación legítima.
· Escribir artículos sobre justicia doctrinal para afirmar su propia virtud espiritual. (¿Puedes ver lo pernicioso que es esto?)
Para que no se malinterprete el punto, ser ‘Valiente para la Verdad’ es algo bueno. Ser celoso para defender la doctrina no es automáticamente orgulloso. Aquellos que defienden vocalmente la doctrina bíblica no deben ser automáticamente asumidos o juzgados como doctrinalmente justos. De hecho, la doctrina bíblica necesita ser defendida y afirmada valientemente y con firmeza. De manera similar, la teología histórica y el Confesionalismo Reformado son crucialmente importantes: ¡un ‘Imperativo de Credo’! Una actitud negativa hacia la teología histórica y una minimización de la importancia del Confesionalismo es peligrosa. Tal actitud por sí misma revela su propio problema de autosuficiencia y falta de humildad.
¡Pero eso es lo que hace que la justicia doctrinal entre hombres y mujeres ortodoxos sea tan particularmente perniciosa! ¡Puede parecer tan justo! Pueden ser los doctrinalmente preocupados y fieles quienes pueden estar en mayor peligro de orgullo doctrinal. Puedes tener razón y estar luchando en las batallas correctas, y aún estar equivocado. Tristemente, la historia nos muestra repetidamente a hombres teológicamente ortodoxos, confesionales, que lucharon por la verdad en las batallas correctas … y sin embargo, quienes probaron que ni siquiera eran cristianos, que abandonaron la fe o cayeron en pecado no arrepentido . ¿Cómo sucede eso? El celo por la verdad a veces puede llegar a ser completamente egoísta y abstraído de cualquier fe real en Dios. Es aterrador lo fácil que es confiar en el lugar equivocado.
CS Lewis advirtió profundamente que » C.S. Lewis advirtió que «De todos los hombres malos, los religiosos son los peores». Es de los que tienen una vocación, visión y celo más elevados «que se puede hacer algo realmente diabólico; un inquisidor, un miembro del Comité de Seguridad Pública. Son los grandes hombres, los santos en potencia, no los hombres pequeños, los que se vuelven fanáticos despiadados…. Porque lo sobrenatural, al entrar en el alma humana, le abre nuevas posibilidades del bien y del mal. A partir de ahí el camino se ramifica: un camino hacia la santidad, el amor, la humildad, el otro hacia el orgullo espiritual, la justicia propia, el celo perseguidor…. De todos los hombres malos, los malos religiosos son los peores. De todos los seres creados, el más malvado es aquel que originalmente estuvo en la presencia inmediata de Dios».
Sin Amor, No Soy Nada No podemos pensar que el conocimiento nos lleve al cielo o nos asegure nuestro lugar. El apóstol Pablo correctamente advirtió que “El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Cor. 8:1). «Si… entendiera todos los misterios y todo conocimiento,…pero no tengo amor, nada soy” (1 Cor.13:2). Pablo anticipa que puedes entender mucho y no tenerlo como real y poderoso sobre tu corazón. El conocimiento en sí mismo puede ser un peligro y un engaño.
Entonces él constantemente argumenta que el verdadero fruto del Espíritu es «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, dominio propio» (Gal.5:22-23). Él repetidamente dice de los maestros cristianos: “Y el siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido, corrigiendo tiernamente a los que se oponen,” (2 Tim 2:24-25). ¡Estas cosas son tan importantes como el contenido de lo que se enseña! No debe haber una dicotomía falsa entre hablar la verdad y hacerlo en amor. No puede haber uno sin el otro. Un verdadero celo por la verdad está formado por el quebrantamiento ante la Cruz.
El antídoto contra la justicia doctrinal es una fe personal y una esperanza solo en Cristo, que conduce a la humildad personal y al amor compasivo. La teología no te salva; Jesús lo hace. Y eso crea humildad y gracia en el corazón.
John Newton tenía razón cuando dijo: “Si alguna vez llego al cielo, espero encontrar tres maravillas allí: Primero, conocer a algunos que no había pensado ver allí; segundo, echar de menos a algunos que había pensado encontrar allí; y tercero, la mayor maravilla de todas, ¡encontrarme allí!.” Que Dios nos conceda tal humildad, confianza y maravilla ante la gracia de Dios.
Parte IV, Sección I de su obra más extensa, Algunos Pensamientos Sobre El Presente Avivamiento De La Religión, Edwards, J. (1974). Las Obras de Jonathan Edwards (Vol. 1, p. 398-403). Banner de Truth Trust.
Ibid. p.398-399.
Ibid. p.399.
Matt Foreman
Es pastor de Faith Reformed Baptist Church. Matt es graduado de Furman University y Westminster Theological Seminary en Philadelphia. Actualmente se desempeña como Presidente de la Asamblea General de la Reformed Baptist Network , como secretario del Comité de Misiones de RBN y como profesor de Teología Práctica en el Reformed Baptist Seminary.
El placer en el servicio divino es señal de aceptación. Los que sirven a Dios con rostros tristes, porque les desagrada hacerlo, no están en realidad sirviéndole: pues ofrecen la forma de la reverencia, pero la vida está ausente. Nuestro Dios no pide esclavos para adornar su Trono; él es Señor del imperio del amor y desea que sus siervos se vistan con el uniforme del gozo.
Los ángeles de Dios le sirven con cánticos, no con gemidos; una murmuración o un suspiro sería como una sedición en sus filas. La obediencia que no es voluntaria es desobediencia, pues el Señor mira el corazón; y si ve que le servimos por la fuerza y no por amor, rechaza nuestra ofrenda. El servicio acompañado de alegría es servicio de corazón y, por tanto, es verdadero. Quita del cristiano la espontaneidad alegre y habrás quitado la prueba de su sinceridad. Aquel a quien se arrastra a la batalla, no es patriota; pero el que marcha al combate con brillantes ojos y radiante faz, cantando «es dulce morir por la patria», demuestra ser sincero en su patriotismo. La alegría es el apoyo de nuestra fuerza: en el gozo del Señor está nuestra fortaleza.
El gozo actúa como eliminador de dificultades. El gozo es a nuestros trabajos por el Señor lo que el aceite es a las ruedas de un vehículo. Sin aceite, el eje se calienta y ocurren accidentes. Si una santa alegría no engrasa nuestras ruedas, nuestros espíritus se verán impedidos por la fatiga. El que está alegre en el servicio de Dios demuestra que la obediencia es su elemento. El tal puede cantar: Hazme andar en tus mandamientos, pues ellos constituyen un sendero delicioso. Lector, permíteme hacerte esta pregunta: ¿Sirves a Dios con alegría? Mostremos a los del mundo, que piensan que nuestra religión es una esclavitud, que para nosotros es más bien un placer y un gozo.
Que nuestro gozo proclame que estamos sirviendo a un buen Amo.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 17). Editorial Peregrino.
Nada le da al creyente tanto gozo como la comunión con Cristo. Él goza como los demás de las bendiciones comunes de la vida, puede sentir alegría tanto en los dones como en las obras de Dios, pero en ninguna de estas cosas separadamente, ni en todas ellas juntas, halla un placer tan real como en la incomparable persona del Señor Jesús.
Tiene en él un vino que ninguna viña del mundo podría producir, un pan que ni aun todos los trigales de Egipto podrían presentar. ¿Dónde podríamos hallar la dulzura que hemos gustado en nuestra comunión con el Amado? En nuestra consideración, los goces de la tierra son solo un poco mejores que las algarrobas de los cerdos, si los comparamos con Jesús, el celestial maná.
Quisiéramos más bien tener un bocado del amor de Cristo, y un sorbo de su comunión, que todo un mundo lleno de placer carnal. ¿Qué valor tiene el tamo al lado del trigo? ¿Que valor tiene la brillante bisutería al lado del diamante? ¿Qué valor tiene el sueño al lado de la gloriosa realidad? ¿Qué valor tiene el placer temporal, en el mejor de los casos, en comparación con nuestro Señor Jesús, en su estado más humilde? Si conoces algo de la vida interior, tendrás que confesar que los placeres más sublimes, más puros y más duraderos son frutos del árbol de la vida que está en medio del paraíso de Dios. Ningún manantial da agua tan dulce como aquella fuente que produjo la lanza del soldado.
Toda felicidad terrenal es de la tierra, pero los consuelos de la presencia de Cristo son como él: celestiales. Podemos pasar revista a nuestra comunión con Jesús y no hallaremos en ella sentimientos de vaciedad: en este vino no hay sedimento, ni moscas muertas en su perfume.
El gozo del Señor es real y permanente. La vanidad no ha puesto sus ojos sobre él, pero la discreción y la prudencia testifican que este gozo soporta la prueba de los años y, tanto en el tiempo como en la eternidad, merece ser llamado «el único gozo verdadero».
Para la nutrición, el consuelo, el regocijo y el refrigerio, ningún vino puede rivalizar con el amor de Jesús. Bebamos hasta la saciedad esta tarde.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 16). Editorial Peregrino.