Cómo resolver bíblicamente los conflictos

Nota del editor:Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

Cómo resolver bíblicamente los conflictos
Por Dan Dodds

Cuando la gente acude a mi oficina para recibir consejería, generalmente llega por uno de estos tres motivos: (1) están buscando sabiduría o aliento en su sufrimiento o en su prueba, (2) están luchando con un pecado dominante y quieren aprender a mortificarlo o (3) están involucrados en un conflicto y están buscando ayuda.

¿Las Escrituras tienen algo que decir sobre la resolución de los conflictos? Mil veces sí. La Escritura está llena de ilustraciones de conflictos y contiene múltiples principios sobre cómo debemos comportarnos cuando estamos enemistados con otro cristiano.

Uno de los pasajes más comunes sobre resolución de conflictos a los que aludimos los cristianos es Mateo 18:15-20. Ese pasaje es una guía que nos muestra paso a paso cómo avanzar en el proceso desde el principio hasta el final. Antes de analizarlo, consideremos algunos principios preliminares.

PRINCIPIOS PRELIMINARES
Primero, todos los creyentes tenemos la obligación de buscar la paz con los demás. Pablo escribe en Romanos 12:18: «Si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres» (ver también He 12:14). Huir o esconderse del conflicto no es una opción válida para el cristiano. Piensa bien en esto. Si te encuentras en un conflicto con otro cristiano, Dios te ordena que trates de resolver ese conflicto de una manera piadosa. De hecho, la Escritura nos dice que debemos actuar para resolver el conflicto antes de asistir a la iglesia (ver Mt 5:23-24).

Resolver los conflictos es crítico para la paz de la iglesia porque contribuye a mantener una vida justa entre sus miembros. Si analizamos los versículos que contienen las palabras «paz» y «justicia», veremos que hay una clara relación entre ambas cosas.

Confrontar a alguien con su pecado requiere valentía y debemos hacer esto con mucho cuidado. Observa la cautela de Gálatas 6:1: «Hermanos, aun si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restáurenlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado».

Segundo, podemos resolver algunos conflictos si simplemente los pasamos por alto. Pedro escribe: «Sobre todo, sean fervientes en su amor los unos por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados» (1 P 4:8). No hay que lidiar con todas las ofensas. Entonces, ¿cómo sabemos si hay que abordar una ofensa o no? Si tu comunión con la otra persona está rota y el problema sigue siendo una barrera entre ustedes, es necesario que, en amor, inicies una conversación con la otra parte involucrada y que con una actitud de oración y humildad busques la paz y la reconciliación.

Tercero, saca la viga de tu ojo. Estudia lo que quiso decir Jesús durante el Sermón del monte en Mateo 7:1-5 antes de confrontar a la otra persona. La tendencia natural (y pecaminosa) de todos nosotros es agrandar los pecados cometidos contra nosotros y restar importancia a nuestros propios pecados. Ver nuestro propio pecado requiere humildad y sabiduría, tal vez incluso la ayuda de un amigo de confianza o de un pastor que nos hable con verdad y franqueza.

Cuarto, recuerda cuál es el objetivo de confrontar a un hermano o a una hermana. Recuerda lo que no es confrontar a alguien más. El fin no es impresionar a la parte ofensora con lo mucho que te hirió su pecado; no es que el otro sienta tanto dolor como tú; no es hacer pública tu historia ni conseguir que los demás sean hostiles hacia esa hermana; no es lograr que la expulsen de la iglesia.

Entonces, ¿cuál es el propósito? Hay varios. Confrontamos al que peca contra nosotros para darle la oportunidad de arrepentirse y ser liberado de su culpa. Confrontamos con el propósito de restaurar la relación. Confrontamos para restaurar la paz y la justicia en la iglesia.

CONFRONTAR EN AMOR
Cuando ya has determinado que es necesario conversar y que tu corazón es recto delante de Dios, puedes seguir los pasos dados por Jesús en Mateo 18:15-20. Veámoslos en orden.

Paso 1: Confrontación uno a uno. Jesús les enseñó a Sus discípulos que la persona que ha sido ofendida debe acercarse en privado a la persona que ha cometido la ofensa. Nota que esto es contrario a nuestra intuición; por lo general, pensamos: «Bueno, él me ofendió; él tiene que acercarse a mí». Sin embargo, eso no es lo que Jesús enseña: si estás ofendido, tú debes acercarte, especialmente porque es posible que el otro ni siquiera sepa que te ofendió. Y cuando te acerques, repasa en tu mente los muchos versículos que hablan de lo importante que es decir la verdad (noveno mandamiento), hablar la verdad en amor (Ef 4:15) y no dar lugar a la ira ni a la venganza (Ro 12:19).

Advertencia: hay situaciones en que no sería sabio que la víctima confronte al ofensor. Pienso en el caso de un niño que ha sido victimizado por un adulto y podríamos añadir más situaciones. Basta con decir que es necesario ejercer sabiduría. Si no estás seguro, habla con tu pastor.

Paso 2: Lleva a otra persona contigo. Pero ¿y qué si la persona no escucha? ¿Qué pasa si no responde o si niega su pecado? Jesús se anticipó a esa posibilidad y les dijo a los discípulos que involucraran a otro hermano o hermana para que confronte en amor al ofensor con su pecado.

¿A quién debes llevar contigo? A un hermano o hermana con madurez y sabiduría. Tal vez sea mejor que no lleves al pastor ni a un anciano. ¿Por qué? Porque los ancianos y el pastor pueden terminar involucrándose en la disciplina oficial de la iglesia más adelante. Sin embargo, si el pastor o un anciano es tu única alternativa, lo mejor es que entienda claramente que todavía no está involucrado en virtud de su oficio, sino como un hermano que contribuye a la reconciliación.

La esperanza es que el «peso» de un testigo adicional haga que el hermano o la hermana que ha pecado reconozca, confiese y se arrepienta de su mal, de modo que la parte ofendida pueda perdonarlo y se restaure la comunión cristiana. Sin embargo, las cosas no siempre funcionan así. En realidad, muchas veces la gente endurece su resistencia, su negación o las dos cosas y es entonces que el creyente recurre a la iglesia en busca de ayuda.

Paso 3: Dilo a la iglesia. En Mateo 18:17, leemos: «Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia». Aquí, la iglesia se refiere a sus ancianos, que están llamados a pastorear espiritualmente el rebaño (1 P 5:1-5). Los ancianos están llamados a gobernar en la iglesia (He 13:7) y parte de ese gobierno consiste en promover la paz entre los hermanos. Los ancianos deben considerar oficialmente los cargos contra el hermano o la hermana en falta y volver a aplicar la Escritura de forma sabia y cautelosa en un esfuerzo por llevarlo al arrepentimiento.

Según como sean las políticas de tu iglesia, es posible que los ancianos, en algunas circunstancias, también pidan que los miembros de la iglesia tomen acciones con la esperanza de un último impulso al arrepentimiento. La congregación debe orar por la persona descarriada y darle aliento a nivel personal para que sea restaurada, pues ayudar a restaurar a una oveja descarriada es una obra realmente buena (Stg 5:20).

Si tu hermano se arrepiente, vuelve a recibirlo en la comunión. Si hay problemas materiales (o financieros) que deban abordarse, los ancianos tendrán que dar consejos sabios sobre el mejor modo de llegar a una solución justa. Si hay más personas involucradas en el conflicto, la parte que pecó debe hablar con todas ellas de modo que se restauren todas las relaciones.

No pienses que es imposible que eso pase. Lo hemos visto en nuestra iglesia y en muchas otras. Con frecuencia Dios bendice a Su pueblo con una restauración sana y ese es un momento de alegría para la congregación. No obstante, si eso no ocurre…

Paso 4: Trátalo como un incrédulo. Si finalmente el miembro no se arrepiente, los ancianos tienen el deber de declarar que su falta de arrepentimiento, que es una evidencia de incredulidad, los ha forzado a declarar oficialmente que el individuo en cuestión ha dejado de ser miembro de la iglesia de Jesucristo (Mt 18:17: «Sea para ti como el gentil y el recaudador de impuestos»). Este proceso también se conoce como excomunión. Consiste en quitarle los privilegios de la Cena del Señor y del cuidado, la provisión y la protección de la iglesia.

¿Qué pasa después? Si el individuo de verdad es creyente, Dios usará su tiempo fuera de la iglesia para forzarlo a regresar. Pero si no es así, su excomunión será perpetua a menos que se arrepienta.

Finalmente, recordemos que aunque este proceso es difícil, seguirlo es amar. La confrontación cristiana es totalmente distinta al mundo, que rechaza a todos los que violan la ideología de turno y rara vez vuelve a recibirlos sin hacerlos pagar un gran precio y humillarlos públicamente. Podemos agradecer al Señor por Su plan perfecto para restaurar a los que tienen oídos para oír.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Dan Dodds
El Rev. Dan Dodds es pastor asociado de atención pastoral y consejería en Woodruff Road Presbyterian Church en Simpsonville, S.C.

Cartas a las iglesias: Esmirna (2)

Jueves 17 Noviembre

(Jesús dijo:) No temas en nada lo que vas a padecer… Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte.

Apocalipsis 2:10-11

Cartas a las iglesias: Esmirna (2)

Leer Apocalipsis 2:8-11

Los escritos del segundo siglo narran la vida, el mensaje y el martirio de Policarpo, obispo de Esmirna. Policarpo se negó a adorar a César y animó a los cristianos a permanecer fieles a Jesucristo, su único Señor. Finalmente, su testimonio le costó la vida. Un día de fiesta la multitud frenética buscó a Policarpo y lo presionó a elegir entre adorar a César o morir. “He servido a Cristo durante 86 años, respondió él, y nunca me ha hecho daño. ¿Cómo puedo negar a mi Rey? ¡Él me salvó!”. Estas palabras avivaron la ira de la multitud que recogió leña para quemarlo. Antes de morir, Policarpo oró a Dios: “Te agradezco, a ti que en tu misericordia me hallaste digno de vivir este día y esta hora para que yo forme parte de los mártires…”.

Este hecho nos ayuda a comprender el mensaje de Jesús a la iglesia de Esmirna: “No temas en nada lo que vas a padecer”. Jesús se ocupa totalmente de los que sufren por él, y los anima: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”.

Estas palabras nos interpelan, incluso si muchos de nosotros no arriesgamos nuestra vida a causa de nuestra fe. Nuestra libertad debería motivarnos a estar cada día más unidos y fieles al Señor. No obstante, este mensaje se dirige especialmente a las iglesias perseguidas de todos los tiempos, incluido nuestro siglo 21. Notamos que Esmirna es una de las dos únicas iglesias, entre las siete, a la cual Jesús no hace ningún reproche.

(continuará el próximo jueves)

Josué 6 – Hebreos 8 – Salmo 126 – Proverbios 27:23-27

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El honor de uno es la vergüenza de otro

El honor de uno es la vergüenza de otro
Por Tim Challies

Me pregunto si recuerdas un video viral de hace unos años titulado «Los padres asiáticos reaccionan a los te quiero». En él, aparecían varios jóvenes asiáticos diciéndoles a sus padres «te quiero» y grabando la respuesta de sus padres. ¿Por qué se hizo viral este vídeo? Porque decir y escuchar «te quiero» es poco común en muchas culturas asiáticas. No es que los padres y los hijos asiáticos no se amen; por supuesto que sí, pero el amor y la honra se demuestran de otras maneras. Estos hijos sorprendieron a sus padres con algo que en muchas otras partes del mundo parecería totalmente común.

He estado compartiendo una serie de artículos sobre el quinto mandamiento llamado «Honra a tu padre y a tu madre», y he llegado al punto en el que tenemos que hablar de cultura. Ya hemos visto que los hijos tienen una deuda de honra con sus padres para toda la vida. Sin embargo, lo que sólo hemos visto de forma indirecta es que la honra se muestra de diferentes maneras en distintos contextos o culturas. Nuestro objetivo es encontrar formas de expresar la honra que debemos a nuestros padres, pero sólo podemos hacerlo si tenemos en cuenta las diferencias culturales.

Tengo el gozo de vivir en la que quizá sea la ciudad más multicultural del mundo. Aun mi pequeña iglesia cuenta con representantes de al menos 30 culturas diferentes y gran parte de la investigación para este artículo ha procedido de entrevistas con ellos. Las entrevistas incluyeron conversaciones con personas que representaban a Bielorrusia, Canadá, El Salvador, Ghana, India, Irak, Jamaica, Filipinas y Corea del Sur. Las diferencias y similitudes son fascinantes. Lo resumiré en dos grandes grupos, dos tipos de cultura, cada uno de los cuales tiene expectativas muy diferentes cuando se trata de honrar a los padres.

Un tipo de cultura

El primer tipo de cultura valora la autonomía y la independencia como grandes virtudes. Los padres esperan recuperar su independencia cuando sus hijos abandonen el hogar y miran con expectativas el momento de su retiro para descansar y divertirse. Al mismo tiempo, sus hijos esperan obtener una independencia permanente de sus padres. Esta cultura tiende a idealizar la diversión y la libertad de la juventud mientras teme las responsabilidades de la edad adulta. La edad no se asocia con la sabiduría y el respeto, sino con el miedo o incluso la burla por la pérdida de facultades físicas y mentales. Los adultos que envejecen temen la pérdida de independencia que se aproxima.

Esta cultura tiene pocas expectativas y exigencias determinadas en cuanto a la forma en que los hijos adultos deben honrar a sus padres ancianos. Los padres pueden esperar poco más que llamadas telefónicas regulares y visitas en los días festivos importantes. A medida que los padres envejecen, los hijos pueden involucrarse en su cuidado, pero sin ser los cuidadores principales ni trasladar a los padres a su casa. Más bien, a medida que los padres envejecen, existe la expectativa de que se trasladen a centros de jubilación o residencias de ancianos y vivan allí sus últimos días.

En lo que respecta a las finanzas, los padres deben mantener a sus hijos hasta que se independicen, pero hay pocas expectativas de que los hijos les devuelvan el favor más adelante. En cambio, los padres deben ahorrar con diligencia para su propia jubilación y financiarla ellos mismos. Cuando los padres necesitan que se les cuide, esa responsabilidad se distribuye entre los hijos que lo deseen y no recae en un hijo en particular, en función del sexo o el orden de nacimiento.

Estas bajas expectativas son compartidas tanto por los padres como por los hijos. Un entrevistado dijo: «Mis padres me han dicho que cuando sean viejos, simplemente los traslademos a una residencia de ancianos. No les gustaría interrumpir nuestras vidas de ninguna manera». Los hijos mayores no desean interrumpir sus vidas cuidando a sus padres; los padres mayores no desean incomodar a sus hijos necesitando sus cuidados. Si hay algo que avergüenza en esta cultura es cuando los padres no han ahorrado diligentemente para proveer su propio cuidado.

Otro tipo de cultura

Otro tipo de cultura valora la honra y el respeto como virtudes elevadas, mientras que teme y evita todo lo que conlleva vergüenza. Estas culturas respetan a los mayores y asocian la edad con la sabiduría y la autoridad, mientras que asocian la juventud con la insensatez. Suelen tener términos o títulos para los mayores y costumbres para mostrar respeto y deferencia a los ancianos. Estas culturas valoran poco la independencia y la autonomía y mucho más el deber hacia la familia.

La honra se manifiesta en la obediencia y el sacrificio, mientras que la vergüenza proviene de la desobediencia y el egoísmo. Así, se espera que incluso los hijos adultos honren a sus padres pasando tiempo con ellos, obedeciéndoles, buscando y teniendo en cuenta su sabiduría en las decisiones importantes de la vida. Y al igual que los padres se han sacrificado por sus hijos, los hijos deben corresponder con sacrificios que beneficien a sus padres. Las acciones o el comportamiento de los hijos de cualquier edad beneficiarán o perjudicarán la reputación de la familia.

Suele haber una fuerte jerarquía dentro de la familia, en la que el primer varón (o primer hijo en algunas culturas) tiene la mayor responsabilidad en el cuidado y la provisión. Se espera que a medida que sus padres envejecen, los acoja en su casa, ya que esto honra tanto al hijo como a sus padres. Llevar a sus padres a un centro de jubilación o a una residencia de ancianos supondría una gran vergüenza para toda la familia: vergüenza para el hijo por no cumplir con su deber y vergüenza para los padres por no educar bien a su hijo.

Dos consideraciones

Estas son descripciones muy amplias, por supuesto, pero sospecho que puedes reconocer los dos tipos de cultura. La primera existe sobre todo en las naciones influenciadas por el Occidente, mientras que la segunda existe dentro de las sociedades que enfatizan el honor y la vergüenza y, en diversas formas, abarca a la mayor parte de la población de la Tierra. Las diferencias entre ellas son, cuando menos, notables.

Considera lo siguiente: Un adulto norteamericano puede decir: «Mis padres viven en una residencia de ancianos» y la gente pensará que la familia ha hecho algo bueno y noble. Después de todo, mamá y papá han ahorrado con diligencia y ahora pueden permitirse estar en una bonita comunidad de jubilados; los hijos están contentos de que sus padres sean atendidos por profesionales y estén rodeados de personas en su misma etapa vital. Pero si un adulto indio dice: «Mis padres viven en una residencia de ancianos», sus compañeros se horrorizarán y pensarán que la familia ha hecho algo tristemente vergonzoso. Al fin y al cabo, el hijo se niega a cumplir con sus obligaciones, lo que demuestra que sus padres no le educaron bien. Ahora esos padres son atendidos por profesionales distantes en lugar de por hijos cariñosos y están rodeados de extraños en lugar de familiares. Lo que es honroso en una cultura es vergonzoso en otra.

Esto nos obliga a lidiar con un par de consideraciones. En primer lugar, nuestras presuposiciones culturales pueden ser erróneas, pero al igual que un pez no está apercibido del agua en la que nada, a nosotros nos cuesta reconocer el papel de la cultura en la que vivimos. Un tipo de cultura puede exigir muy poco, mientras que la otra puede exigir demasiado. Una cultura puede legitimar la deshonra mientras que otra puede idolatrar la honra. Como cristianos, tenemos que pensar con cuidado y bíblicamente en lugar de aceptar simplemente lo que dicta la cultura. Es posible que los hijos occidentales tengan que esforzarse por convencer a sus padres de que deben ser honrados, mientras que las personas de otras culturas pueden tener que negarse a conformarse con algunas de las expectativas puestas en ellos.

En segundo lugar, tenemos que mostrar la honra en formas que sean apropiadas para nuestra cultura y significativas para nuestros padres, sin dejar de ser fieles a las Escrituras. Por lo tanto, la manera en que yo muestro honor a mis padres puede ser muy diferente a la del amigo ghanés o cubano que se sienta a mi lado en Grace Fellowship Church No necesariamente tengo que honrar a mis padres de una manera ghanesa y mis amigos no necesariamente tienen que honrar a sus padres de una manera canadiense. Podemos y debemos aprender los unos de los otros, pero sin juzgar lo que puede parecer una deshonra o un exceso de honra.

Hablaremos más de la cultura a medida que avancemos en la exposición de las formas particulares en que podemos y debemos mostrar honra a nuestros padres.


Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.

Conflictos por temas menores

Conflictos por temas menores
Por Paul Levy

Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

El Nuevo Testamento es maravillosamente reconfortante y realista. No pinta una imagen romántica ni artificial de la vida en la iglesia. Hay batallas, conflictos y desacuerdos, y no siempre son sobre cuestiones correctas. Nos habla de dos mujeres que habían tenido una disputa en la iglesia de Filipos. No nos dice por qué discutieron ni quién tenía la razón. Pablo simplemente escribe: «Ruego a Evodia y a Síntique, que vivan en armonía en el Señor» (Fil 4:2).

La iglesia cristiana no es una secta en la que todos tenemos que vernos iguales, vestirnos iguales y pensar lo mismo. Hay doctrinas esenciales respecto a las cuales no puede haber discusiones, pero también hay muchas áreas de la vida en que los cristianos vamos a discrepar de maneras legítimas. Todos tenemos distintas luchas y llegamos a distintas conclusiones sobre algunos asuntos. El apóstol Pablo le escribe a la iglesia en Roma y les dice a los cristianos allí que dentro de la iglesia hay creyentes débiles y creyentes fuertes, y que no deben contender sobre «opiniones» discutibles (Ro 14:1). Luego, nos ofrece un capítulo notable sobre cómo lidiar con los desacuerdos que surgen en la vida de la iglesia, pero sin dividirla.

El problema de Romanos 14 era la carne ofrecida a los ídolos; algunos la comían, otros no, y ambos bandos se juzgaban mutuamente. Algunos guardaban los días festivos y otros no lo hacían. Ambos grupos tenían motivos correctos, y el desacuerdo era legítimo. Habían pensado en el asunto y arribado a distintas conclusiones. Pero ese no era el problema. El problema era que estaban juzgándose unos a otros (v. 4) o, usando un lenguaje aún más fuerte, estaban despreciándose unos a otros (v. 3).

Pablo aborda de lleno este problema y nos dice cómo debemos actuar con los demás cuando tenemos discrepancias legítimas, cuando surgen conflictos entre cristianos que son más fuertes y cristianos que son más débiles. Para partir, en el versículo 1, el apóstol le recuerda a la iglesia que deben «aceptarse» mutuamente. Esto es notable. Acepta a alguien que es diferente a ti y que tiene opiniones diferentes a las tuyas. En el versículo 3, Pablo da instrucciones para ellos y nosotros: «El que come no desprecie al que no come». Este imperativo es fuerte y va seguido de la frase «no juzgue». Es la acción deliberada de no dejar que la hostilidad entre a la iglesia por estos asuntos. Luego, en el versículo 5, leemos: «Cada cual esté plenamente convencido según su propio sentir». Sin embargo, con un equilibrio hermoso, después, en el versículo 13, el apóstol nos enseña a «no poner obstáculo o piedra de tropiezo al hermano».

El apóstol Pablo habla en este ambiente incómodo y aplica el evangelio a la situación. Les recuerda a los romanos sobre su Dios y Su carácter. «Dios lo ha aceptado» (v. 3), tanto al que se abstiene como al que come, tanto al que guarda las festividades como al que no las guarda. Si el Señor los ha aceptado a todos, ciertamente ellos pueden aceptarse entre sí. Pablo se dirige a ambos grupos y los hace ver más allá de sus divisiones. Les dice que deben estar conscientes de que ambos grupos están actuando de un modo que, hasta donde ellos creen, honra al Señor (v. 6). Debemos pensar lo mejor de los que discrepan con nosotros sobre asuntos discutibles y no dudar de sus intenciones. Incluso si pensamos que están equivocados, podemos honrarlos y amarlos. Luego, Pablo les recuerda a los romanos que Dios es el Juez: «De modo que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí mismo» (v. 12). No debemos juzgarnos los unos a los otros porque Dios es el Juez.

Trágicamente, en muchas áreas de la vida de la iglesia, la gente se ha peleado e incluso ha abandonado congregaciones debido a «opiniones». La unidad se ha roto porque la gente se ha pisoteado entre sí. Sabemos que es fácil dividir una iglesia, contristar al Espíritu Santo y arruinar el testimonio ante el mundo que está afuera. Si somos honestos, muchas de las divisiones que vemos en la vida de la iglesia no tienen que ver con doctrina ni con asuntos relacionados con la salvación, sino con las preferencias de las personas.

Pablo les dice a los efesios: «Vivan de una manera digna de la vocación con que han sido llamados. Que vivan con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor» (4:1-2). La vida en la iglesia no siempre es sencilla. Mientras buscamos vivir una vida piadosa en Jesucristo, habrá (y debe haber) desacuerdos sobre asuntos discutibles. No tendremos las mismas opiniones sobre algunas libertades legítimas del cristiano. Al tratar de resolver esas disputas, debemos orar por las personas con las que discrepamos y decirle a Dios: «Ayúdame a pensar bien de mi hermano o de mi hermana». Al diablo le encanta dividir la iglesia de Dios, y debemos protegernos de él y no darle asidero en la vida de la iglesia.

Si una iglesia puede aplicar las enseñanzas de Romanos 14, mostrará con gran poder lo maravilloso que es el evangelio, que une a la gente en Jesucristo y que está unida en amor unos por otros. Será la clase de iglesia que el mundo necesita y que está buscando sin saberlo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Paul Levy
El Rev. Paul Levy es ministro de la International Presbyterian Church Ealing en Londres.

Un diálogo respetuoso

Miércoles 16 Noviembre

Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice el Señor.

Jeremías 29:13-14

Un diálogo respetuoso

Muchas personas no creyentes desean conocer más sobre la fe cristiana, pero temen preguntar a los cristianos, por miedo a ser juzgadas por ellos. Porque aceptar el intercambio es un poco descubrirse a sí mismo.

Les corresponde a los cristianos “adaptarse” a quienes los rodean para mostrarles claramente la buena nueva del amor de Dios. Y esto sin importar la cultura o la clase social del interlocutor. El Señor Jesús pagó el precio para llevar a Dios personas “de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9).

Aprovechar una conversación cordial para testificar de la gracia de Cristo implica el respeto a las personas, teniendo la convicción de que ellas son amadas por Dios. También es necesario que ellas sientan que las amamos, incluso si no compartimos todas sus opiniones. Es preciso escuchar a quienes buscamos alcanzar, comprender sus dudas. Con ellos, a su propio ritmo, será más fácil hallar las respuestas de la Biblia a sus preguntas.

En los evangelios frecuentemente vemos a Jesús acercarse e interrogar a sus interlocutores antes de hablarles. Así sucedió con la mujer samaritana (Juan 4), con los discípulos en el camino a Emaús (Lucas 24).

En su defensa ante Agripa y Festo, Pablo les contestó: “No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura… ¿Crees, oh rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees. Entonces Agripa dijo a Pablo: Por poco me persuades a ser cristiano” (Hechos 26:25-28).

Amigos cristianos, sigamos estos ejemplos y confiemos en Dios y en la obra de su Espíritu.

Josué 5 – Hebreos 7:18-28 – Salmo 125 – Proverbios 27:21-22

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¿Cómo podemos conocer a Dios?

¿Cómo podemos conocer a Dios?
Por John Piper

¿Quién es Dios? Es la pregunta más importante que podemos hacer y la recibimos mucho, sobre todo de escuchas internacionales. Trataremos la pregunta hoy y también el lunes. Esta pregunta en particular llegó a nosotros por escuchas como Gimel, Olayinka, Ezekiel, Bobby, Zandi, Matthew, Giovanni, Jerry, Tom y Esther. Gracias a todos por los correos. Todos le están haciendo la misma pregunta, Pastor John: ¿Quién es Dios?

Me encanta cuando la gente es tan clara y tan directa y tan honesta como para preguntar: ¿Quién es Dios? Y creo que es bueno y útil dividir la pregunta en partes; es decir: ¿Cómo podemos siquiera conocer la respuesta? ¿Dónde podemos buscar? ¿Nos ha revelado Dios de hecho la respuesta en algún lado? Y, si es así, ¿Quién eres, Dios?

Cuando me coloco en la posición de una persona que pregunta: “¿Quién es Dios?”, no puedo sino pensar que tal vez la primera pregunta que se debería hacer es: ¿Quién rayos piensa John Piper que es para contestar a la pregunta más importante en el mundo? Y la respuesta es que John Piper es un puntero. La revelación de Dios para el hombre no ocurre en mí; todo lo que puedo hacer es apuntar hacia ella: Allí. ¡Allí está! Esa es la revelación de Dios. Allí es donde Dios ha escogido revelar quién es Él. Busquen allí. Óiganlo.

Así que, ¿a dónde debemos mirar? ¿A dónde apunto yo? ¿A dónde apunta John Piper? Y, ¿qué descubrirás cuando mires allí? Apuntaré a cinco lugares hacia donde espero que mires; no hacia mí; mira hacia allí, a los lugares donde Dios se ha revelado a sí mismo a nosotros para decirnos quién es Él.

  1. Jesucristo
    Primero que nada, mira a Jesucristo. Jesús dijo en el Evangelio de Juan 18:37: “Para esto […] he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”. Luego, en Juan 14:6, dijo: “Yo soy […] la verdad […]; nadie viene [a Dios] sino por Mí”. Luego, en Juan 8:19, dijo: “Si me conocieran, conocerían también a [Dios]”. Conocerías quién es Él. ¿Por qué? Porque dijo en Juan 10:30: “Yo y el Padre somos uno”. Nadie en la historia mundial ha hecho tales aseveraciones tan magníficas, tal vez hasta podrías decir aseveraciones locas, y después respaldarlas con una vida de integridad y de belleza y de poder.

La decisión más grande que cualquiera (como los que escuchan este podcast) podría hacer, es si Jesús estaba diciendo la verdad. ¿Cómo puedes saber eso? ¿Cómo puedes saber si Jesús estaba diciendo la verdad? La respuesta es esta: Conociéndolo. Al leer los cuatro relatos de su vida que se llaman los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Si no estás seguro sobre Él, espero que hagas de esto una prioridad en tu vida: ¿Está diciendo Jesús la verdad sobre sí mismo y sobre quién Dios es?

  1. El Nuevo Testamento
    Este es el segundo lugar a donde apuntaría para la revelación de quién es Dios: antes de que Jesús fuera crucificado, resucitara y ascendiera al cielo, le dijo a los que había escogido como sus heraldos autorizados: “Pero cuando Él, el Espíritu de verdad venga, los guiará a toda la verdad” (Juan 16:13).

En otras palabras, no solo Jesús afirmó hablar la verdad y ser la revelación de quien Dios es, sino que también proveyó escritos veraces de Él y de Su verdad a través de esos primeros seguidores. Estos escritos se llaman el Nuevo Testamento. Los escritos inspirados por el Espíritu dicen esto: “[Jesús] es el resplandor de Su gloria y la expresión exacta de Su naturaleza, y sostiene todas las cosas por la palabra de Su poder” (Hebreos 1:3). Así que Jesús mismo revela quién es Dios y los escritores que Él escogió revelan quién es Dios.

  1. El Antiguo Testamento
    Este es el tercer lugar donde buscar quién es Dios: Jesús mismo y sus seguidores señalaron a las Escrituras judías como una revelación confiable de quien Dios es. Los judíos llaman a este libro la Tanaj, que es una acrónimo para la ley (Torá), los Profetas (Nevi’im) y los Escritos Sapienciales (Ketuvim). Los cristianos la llaman el Antiguo Testamento.

Los seguidores de Jesús no rechazamos las Escrituras judías. Creemos que Jesús cumple las Escrituras judías; Él no las rechaza. Él dijo: “No piensen que he venido para poner fin a la ley o a los profetas; no he venido para poner fin, sino para cumplir” (Mateo 5:17). Por eso, la Biblia cristiana está compuesta tanto del Antiguo Testamento, las Escrituras judías, como del Nuevo Testamento, escrito por esos seguidores de Jesús.

  1. La creación
    Este es cuarto lugar para buscar la revelación de quien Dios es: mira al mundo natural, la naturaleza. Tano el Nuevo como el Antiguo Testamento señalan a la naturaleza y dicen: “Mira, si tienes ojos para ver; Dios está revelado allí”. Quien Él es está revelado allí. La naturaleza no es Dios, pero Dios es el Creador de la naturaleza y se revela a sí mismo a través de la naturaleza.

El Antiguo Testamento lo dice de esta manera: “Los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de Sus manos” (Salmos 19:1). El Nuevo Testamento lo dice de esta manera: “Sus atributos invisibles [de Dios], Su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado” (Romanos 1:20).

  1. La conciencia
    Este es el quinto y último lugar para buscar quién es Dios; es decir, mira dentro de tu propio corazón, en tu propia conciencia. Ahora, no estoy diciendo que puedas soñar quién es Dios con la imaginación de tu propio corazón y que puedas crearlo a tu manera. Muchas personas tratan de hacer eso. Eso no es lo que estoy diciendo. Eso no te llevará a ninguna parte. Lo que estoy diciendo es exactamente lo contrario: tu corazón te enfrenta, si eres honesto, con una realidad obstinada que no puede ser manipulada como nos plazca.

El Nuevo Testamento dice esto: “la ley [de Dios está] escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos” (Romanos 2:15). En otras palabras, nuestro propio corazón nos dice que hay un Dios cuya ley está escrita en nuestra conciencia y que hemos quebrantado esa ley. Y todos lo sabemos; lo sentimos profundamente en nuestros momentos más honestos.

“Muéstrame quién eres”
Así que, cuando escucho esta pregunta, la pregunta absolutamente esencial que desearía que todos en el mundo preguntaran con una seriedad absoluta: “¿Quién es Dios?”, mi primer pensamiento es este: John Piper no es una fuente de revelación. Soy una voz que clama en el desierto, por utilizar una metáfora, como el antiguo Juan el Bautista, un apuntador: ¡Mira! ¡Mira! Es necesario que Jesús crezca, y que yo disminuya (Juan 3:30).

Jesús es la principal revelación de quien Dios es. El Nuevo Testamento que Él ha inspirado es una revelación veraz de quién es Él. Las Escrituras judías, con Jesús como su cumplimiento, el Antiguo Testamento entero, es una revelación veraz de quien Él es. La naturaleza clama cada mañana y cada anochecer y durante todo el día que existe un Dios Creador poderoso, glorioso y sabio.

Y cada persona, todos nosotros, conocemos en nuestro corazón, en los momentos más sobrios de nuestra vida, que no somos una mera colección de átomos y de moléculas y de químicos y de energía en un proceso de evolución sin sentido. Sabemos, sabemos, que eso no es lo que somos. Escrita en nuestro corazón está la revelación de que hay un Dios y de que tiene la voluntad de que Sus criaturas lo conozcan y le agradezcan y lo magnifiquen; y sabemos que todos hemos quedado cortos, lo que hace el resto de esta pregunta tanto más importante.

¿Quién es Dios? ¿Es Él el tipo de ser que no solo es poderoso sino también personal? ¿Está principalmente enojado con el mundo porque todos hemos fallado tanto en honrarlo? O ¿es Él un Dios de misericordia, o tanto un Dios de justicia como de misericordia? ¿Ha tomado alguna acción Dios para ayudarnos? ¿Quisiera Él tener una relación con nosotros?

Así que le pido a todos los que están escuchando: Consideren estas preguntas como las preguntas más importantes de su vida. Y considere estos cinco lugares donde Dios se ha revelado a sí mismo. Escudríñenlos, pruébenlos y díganle a Dios: “Estoy listo para creer y someterme. Si esto es verdad, estoy listo. Muéstrame quién eres Tú”.

John Piper
http://desiringgod.org
John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.

Un diálogo respetuoso

Miércoles 16 Noviembre
Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice el Señor.
Jeremías 29:13-14

Un diálogo respetuoso
Muchas personas no creyentes desean conocer más sobre la fe cristiana, pero temen preguntar a los cristianos, por miedo a ser juzgadas por ellos. Porque aceptar el intercambio es un poco descubrirse a sí mismo.

Les corresponde a los cristianos “adaptarse” a quienes los rodean para mostrarles claramente la buena nueva del amor de Dios. Y esto sin importar la cultura o la clase social del interlocutor. El Señor Jesús pagó el precio para llevar a Dios personas “de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9).

Aprovechar una conversación cordial para testificar de la gracia de Cristo implica el respeto a las personas, teniendo la convicción de que ellas son amadas por Dios. También es necesario que ellas sientan que las amamos, incluso si no compartimos todas sus opiniones. Es preciso escuchar a quienes buscamos alcanzar, comprender sus dudas. Con ellos, a su propio ritmo, será más fácil hallar las respuestas de la Biblia a sus preguntas.

En los evangelios frecuentemente vemos a Jesús acercarse e interrogar a sus interlocutores antes de hablarles. Así sucedió con la mujer samaritana (Juan 4), con los discípulos en el camino a Emaús (Lucas 24).

En su defensa ante Agripa y Festo, Pablo les contestó: “No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura… ¿Crees, oh rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees. Entonces Agripa dijo a Pablo: Por poco me persuades a ser cristiano” (Hechos 26:25-28).

Amigos cristianos, sigamos estos ejemplos y confiemos en Dios y en la obra de su Espíritu.

Josué 5 – Hebreos 7:18-28 – Salmo 125 – Proverbios 27:21-22

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Cómo resolver el conflicto doctrinal

Cómo resolver el conflicto doctrinal
Por Fred Greco

Nota del editor:Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

La historia de la iglesia está llena de conflictos doctrinales. Los cristianos modernos podrían pensar que esos conflictos son un fenómeno nuevo causado por nuestra distancia de las enseñanzas de Jesús y de la Iglesia primitiva. Sin embargo, en los primeros siglos de la Iglesia primitiva, hubo debates sobre diferencias teológicas significativas, las cuales, finalmente, fueron zanjadas por concilios de la iglesia, como los de Nicea y Calcedonia. ¿Cómo, entonces, deberían resolverse los conflictos doctrinales? La buena noticia para nosotros es que no es necesario que adivinemos o inventemos un modelo o un método: en Hechos 15, el Espíritu Santo nos ha dado una historia inspirada sobre cómo lidiar con los conflictos doctrinales.

PASO UNO: RECONOCER EL CONFLICTO Y BUSCAR AYUDA

Hechos 15 comienza con un acontecimiento conocido: surge un conflicto en la iglesia local porque había hombres enseñando lo que ellos creían que era una doctrina obligatoria para la iglesia (Hch 15:1). Eso no concordaba con la enseñanza de la iglesia local, por lo que Pablo y Bernabé contendieron con ellos, lo que dio lugar a «gran disensión y debate» (v. 2). En vez de dividir la iglesia o aceptar sus discrepancias, los líderes enviaron un grupo a Jerusalén para pedir ayuda. Sabían que la importancia de este asunto doctrinal iba más allá de su asamblea local, así que buscaron la sabiduría de toda la iglesia. De la misma manera, cuando surge un conflicto doctrinal en la iglesia hoy, debemos reconocer que es mejor buscar solucionarlo y no dejar que el conflicto se encone y genere división. La iglesia debe estar unida en su testimonio ante el mundo que la observa. Buscar ayuda más allá de la iglesia local es fácil en mi contexto presbiteriano, que cuenta con una serie de tribunales a los que podemos apelar. Pero incluso en un contexto congregacionalista, es posible convocar a un grupo de iglesias con ideas afines para abordar los conflictos doctrinales.

PASO DOS: LA IGLESIA SE REÚNE PARA RESOLVER EL CONFLICTO
Buscar ayuda solo es valioso si la iglesia en general está dispuesta a ayudar a resolver los conflictos doctrinales y es capaz de hacerlo. Eso es lo que vemos que hace la iglesia en Hechos 15. Pablo y Bernabé llevan el problema ante la iglesia de Jerusalén, y «los apóstoles y los ancianos se reunieron para considerar este asunto» (v. 6). Aquí no hubo un concurso de popularidad ni un deseo de llegar a un término medio para evitar los efectos nocivos del conflicto. Por el contrario, los apóstoles y los ancianos se reunieron para escudriñar las Escrituras y debatir el tema en cuestión. No tenemos una transcripción del debate. Sin embargo, vemos que tanto Pedro como Santiago aplican la verdad de la Palabra de Dios, incluyendo su doctrina de la justificación por la fe y la profecía del Antiguo Testamento sobre el llamado de los gentiles, para resolver el conflicto. Hoy en día, sería sabio que siguiéramos el ejemplo de la Iglesia primitiva y nos reuniéramos para resolver las disputas doctrinales. La historia de la iglesia está llena de ejemplos de esta clase de resoluciones para guiarnos. Algunos conflictos antiguos han vuelto a surgir (como ciertos postulados sobre la Trinidad), y nuevas aplicaciones en nuestra cultura contemporánea de enseñanzas establecidas han causado conflicto en la iglesia (como la naturaleza de la tentación y el pecado).

PASO TRES: PUBLICAR LA RESOLUCIÓN DEL CONFLICTO
Después de zanjar la pregunta de si la circuncisión es necesaria para la salvación, la iglesia dio el paso importante de redactar una carta y enviar su decisión a la congregación de Antioquía y a las demás iglesias. Esto no solo sirvió para resolver el problema doctrinal, sino también para «animar y fortalecer» a las iglesias con la decisión. Las diferencias doctrinales habían producido una brecha en la paz de la iglesia local y también obstaculizado los esfuerzos de evangelismo y misiones.

El concilio de Jerusalén terminó con esa crisis mediante su pronunciamiento concluyente. Quizás nos preguntemos si esta es una solución posible para la iglesia de hoy, ya que no tenemos apóstoles como Pedro y Santiago para que nos corrijan. La tentación es decir que hoy los conflictos doctrinales nunca pueden ser resueltos por los concilios de la iglesia, pues no son exactamente iguales al concilio de Jerusalén. Sin embargo, eso es negar la realidad de que la iglesia a nivel mundial concuerda en las doctrinas de la Trinidad, la persona de Jesucristo y la autoridad de la Biblia porque los concilios del pasado se han pronunciado al respecto. Decir que la iglesia habla con autoridad no significa que hable de forma infalible (Confesión de Fe de Westminster 31.4). Los conflictos doctrinales son una oportunidad para que la iglesia adopte una postura clara en favor de la verdad de la Palabra de Dios. Debemos recurrir a la obra del Espíritu Santo al interior de la iglesia si queremos encontrar ayuda para nuestra fe y nuestra práctica.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Fred Greco
El reverendo Fred Greco es pastor principal de Christ Church (PCA) en Katy, Texas.

¿QUÉ SIGNIFICA BIENAVENTURADOS LOS POBRES EN ESPÍRITU?

QUÉ SIGNIFICA BIENAVENTURADOS LOS POBRES EN ESPÍRITU?
POR ALISTAIR BEGG

“Volviendo Su vista hacia Sus discípulos, decía: ‘Bienaventurados ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios’”. Lucas 6:20

Jesús exalta lo que el mundo menosprecia y rechaza lo que este admira.

Este es el gran reto de las Bienaventuranzas y sobre todo de esta enseñanza de Jesús sobre las riquezas. Vivimos en un mundo que nos mueve a exaltarnos, en particular en el ámbito de las finanzas y de las riquezas materiales. La comodidad es suprema en nuestra cultura y la cultura es el agua en la que todos nadamos.

Así que las primeras palabras de la enseñanza de Jesús en este sermón nos enfrentan: “Bienaventurados ustedes los pobres”. ¿Qué está haciendo Jesús? ¿Está sugiriendo que la pobreza material de alguna manera es clave para la salvación? ¡Para nada! Más bien, está explicando que los que en verdad toman consciencia de su pobreza espiritual entrarán al reino de Dios.

Por supuesto, hay algunos que afirman que la enseñanza de Jesús es que, si eres pobre, debes estar agradecido porque automáticamente eres parte del reino de los cielos. Pero ese tipo de pobreza no es la clave para entrar en el reino de Dios, como tampoco las riquezas en sí mismas son la principal razón para la exclusión de otro. De hecho, tanto los pobres como los ricos son bienvenidos a Su reino si se dan cuenta de su necesidad de perdón y si llegan a la fe en Jesús como su Salvador. Si este no fuera el caso, entonces una mujer llamada Lidia que vivía en Filipos como comerciante adinerada nunca habría abierto sus ojos y su corazón a la verdad del evangelio (Hch 16:11-15). No, lo que se necesita es la consciencia de nuestra pobreza espiritual estando separados de Cristo.

La Palabra de Dios es un regalo glorioso. Nuestro Padre nos la ha dado para que conozcamos a Su Hijo y para que vivamos en el poder de Su Espíritu, en obediencia a Su verdad.

No obstante, es importante notar que la pobreza financiera también puede ser un medio de bendición espiritual. Esta pobreza a menudo lleva a las personas a descubrir su dependencia absoluta en Dios, no solo para sus necesidades físicas y materiales, sino también para las bendiciones espirituales. Por esta razón, la pobreza tiende a provocar una respuesta mucho mejor al evangelio que la riqueza. Disfrutar de abundancia material fácilmente puede cegarnos a nuestra necesidad más profunda: nuestro acceso al reino de Dios. La riqueza es a menudo un terreno fértil para el orgullo, de manera que nuestro corazón se olvida de que, tanto el rico como el pobre “pasará como la flor de la hierba” (Stg 1:10).

Juan Calvino lo explicó así: “Solo aquel que es reducido a nada en sí mismo y que descansa en la misericordia de Dios es pobre en espíritu”. La pobreza puede traer consigo pruebas, pero ¿alguna vez te has dado cuenta de que la riqueza también trae consigo las tentaciones del orgullo, de la autodependencia y de la autocomplacencia espiritual?

Así que ¿estamos dispuestos a admitir nuestra pobreza espiritual? ¿O estamos demasiado seguros en nosotros mismos y satisfechos en nuestras riquezas terrenales? Aquí está una manera en la que podemos conocer la verdadera respuesta a estas preguntas: ¿puede tu corazón resonar con la oración de Agur en Proverbios: “No me des pobreza ni riqueza” (Pro 30:8)?


Este artículo sobre ¿Qué significa bienaventurados los pobres en espíritu? fue adaptado de una porción del libro Verdad para vivir, publicado por Poiema Publicaciones.

Luchando por la fe

Luchando por la fe
Por Nate Shurden

Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

Todavía recuerdo cuando mi profesor de tercer grado de la escuela dominical me contó la famosa (y dudosa) historia del intercambio (o algo así) que hubo entre Nicolás de Mira y Arrio de Alejandría en el Concilio de Nicea el año 325 d. C. Según la leyenda, Nicolás de Mira —más conocido hoy como San Nicolás— estaba presente en el primer concilio ecuménico. Allí, Arrio argumentó que el Hijo de Dios no es igual a Dios Padre, sino el primer ser creado, el más elevado de todos (este punto de vista, conocido como arrianismo, fue justamente condenado como herético en el Concilio de Nicea). Mientras los obispos escuchaban atentos la propuesta de Arrio, Nicolás se sentía inquieto y frustrado. Finalmente, se le agotó la paciencia. Se puso de pie, atravesó la sala y abofeteó a Arrio.

La veracidad de esta historia es difícil de confirmar, pero no dejes que su punto central pase inadvertido. Si el hombre del que viene la leyenda del alegre San Nicolás es recordado por abofetear a alguien debido a un asunto doctrinal, entonces quizá debemos por lo menos considerar la posibilidad de que la doctrina es lo suficientemente importante como para contender por ella. Si me permites el atrevimiento de decirlo, la fidelidad a Jesucristo requiere que todos juntemos el coraje y la sabiduría para involucrarnos en conflictos doctrinales (aunque siempre debemos resistir la tentación de abofetearnos los unos a los otros).

La lógica es simple. Si Cristo estuvo involucrado regularmente en disputas teológicas y nosotros estamos llamados a tomar la cruz y seguirlo, entonces no podemos ser realistas y a la vez esperar que pasaremos por la vida sin involucrarnos en algún conflicto doctrinal. Los siervos siguen el camino del maestro, y nuestro Maestro no echó pie atrás ante los conflictos doctrinales necesarios. Nosotros tampoco debemos hacerlo.

Lo cierto es que no podemos proclamar la verdad del evangelio y esperar que las mentiras del maligno permanezcan dormidas. El conflicto siempre acompaña al ministerio del evangelio, así que debemos estar preparados para los conflictos doctrinales si vamos a compartir el evangelio y vivir sus implicaciones en el mundo.

Por eso, todas las cartas del Nuevo Testamento proclaman la verdad del evangelio, corrigen el error doctrinal de algún modo y denuncian a los enemigos de la verdad. Todo es un paquete. Incluso cuando las cartas no están involucradas directamente en un conflicto doctrinal ni desenmascaran a los falsos maestros, tienen la mira en los conflictos doctrinales y los falsos maestros del futuro.

Pedro nos recuerda las verdades que sabemos, porque vendrán falsos maestros, «los cuales encubiertamente introducirán herejías destructoras» (2 P 2:1). Pablo advierte a Timoteo: «Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, conforme a sus propios deseos, acumularán para sí maestros, y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a los mitos» (2 Ti 4:3-4). Estos son solo dos ejemplos de las muchas advertencias del Nuevo Testamento (ver 2 Co 11:13-14; Col 2:8; 1 Jn 4:1-2).

Ahora bien, en toda esta discusión sobre el conflicto doctrinal, debemos cuidarnos de caer en la tentación del sectarismo doctrinal. Cada vez que convertimos asuntos doctrinales de segundo y tercer orden en temas de importancia suprema, hacemos daño a la iglesia. «Las diferencias de opinión sobre asuntos no esenciales no debe ser la base de cismas entre cristianos bajo ninguna circunstancia», señala sabiamente Juan Calvino (este es un concepto que todos los cristianos deberíamos tener en cuenta).

Dicho esto, el problema más frecuente al que nos enfrentamos en nuestros días es la displicencia doctrinal. Somos demasiado indiferentes hacia la verdad. Rara vez juzgamos alguna doctrina como algo por lo que valga la pena luchar. Pero ten por seguro que cuando se llega a un acuerdo vago y carente de contenido para buscar la «unidad», esa paz es falsa, un fundamento de arena. Para que la iglesia sea la columna y el sostén de la verdad (1 Ti 3:15), debemos reunirnos en torno a aquello sobre lo que estamos fundados: la enseñanza de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús la piedra angular (Ef 2:20).

A la luz de esto, resistamos la tentación de restar importancia a las diferencias doctrinales por miedo a irritar a alguien. En lugar de bajar el perfil a diferencias teológicas fundamentales como si fueran asuntos de simple perspectiva o interpretación, debemos «luchar ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos» (Jud 3) con amor y gran cuidado, con mansedumbre y gracia, pero a la vez con valor y perseverancia, pues por esta fe vale la pena luchar.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Nate Shurden
El reverendo Nate Shurden es pastor principal de Cornerstone Presbyterian Church y miembro adjunto de la facultad del New College Franklin en Franklin, Tennessee. Puedes seguirle en Twitter como @NateShurden.