Lo que dice la Biblia acerca de la ira

Lo que dice la Biblia acerca de la ira
Por: Tim Challies

Supongo que no debería ser sorpresa que la Biblia tenga mucho que decir acerca de la ira. Después de todo, la ira no sólo es una causa de pecado, sino también una causa común de pecado. Aquí está lo que la Biblia tiene que decir al respecto:

1. Es bueno ser lento para la ira. Aquellos que son prontos para airarse muestran una falta de sabiduría.

  • “El que tarda en airarse es grande de entendimiento; mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad”. (Proverbios 14:29 RV60)
  • “Esto sabéis, mis amados hermanos. Pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira”. (Santiago 1:19)
  • “No te apresures en tu espíritu a enojarte, porque el enojo se anida en el seno de los necios”. (Eclesiastés 7: 9)

2. La ira debe ser corregida lo antes posible, ya que puede convertirse fácilmente en pecado. 

  • “Entonces el Señor dijo a Caín: ¿Por qué estás enojado, y por qué se ha demudado tu semblante? Si haces bien, ¿no serás aceptado? Y si no haces bien, el pecado yace a la puerta y te codicia, pero tú debes dominarlo”. (Génesis 4:6-7)
  • “Habéis oído que se dijo a los antepasados: “No mataras” y: “Cualquiera que cometa homicidio será culpable ante la corte.” Pero yo os digo que todo aquel que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte…Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”. (Mateo 5: 21-24)
  • “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo”. (Efesios 4:26)

3. Aunque a veces la ira puede ser justa (véase especialmente marcos 3:5 donde Jesús se enoja), la ira de manera general debe ser evitada. 

  • “Porque temo que quizá cuando yo vaya, halle que no sois lo que deseo, y yo sea hallado por vosotros que no soy lo que deseáis; que quizá haya pleitos, celos, enojos, rivalidades, difamaciones, chismes, arrogancia, desórdenes”. (2 Corintios 12:20)
  • “Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes; contra las cuales os advierto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”. (Gálatas 5: 19-21)
  • “Sea quitada de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como toda malicia”. (Efesios 4:31)
  • “Pero ahora desechad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, lenguaje soez de vuestra boca”. (Colosenses 3: 8)
  • “Esto sabéis, mis amados hermanos. Pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira; pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios”. (Santiago 1: 19-20)

Publicado originalmente en Challies.com | Traducido para Soldados de Jesucristo por Alicia Ferreira de Díaz

Conflicto y paz

Conflicto y paz
Por Burk Parsons

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

Lidiar con el conflicto es el trabajo diario del pastor. Como subpastores de Su rebaño, Dios nos ha llamado a cuidar de Sus ovejas, y eso a menudo significa cuidarlas en medio del conflicto, incluso cuando nosotros, los pastores, podemos ser la causa. El conflicto en la iglesia a veces es la razón por la que la gente deja la congregación, y la carga que produce el conflicto suele ser la razón por la que los pastores dejan el ministerio. Los pastores que no sirven junto a un grupo de ancianos fieles suelen sucumbir a la presión abrumadora del conflicto.

Todo cristiano enfrenta conflictos, y hacemos todo lo posible por evitarlos. El conflicto es miserable. Puede ser desgarrador. Nos agobia y a veces puede abrumarnos. Por eso, cuando nos encontramos en un conflicto, debemos echarnos a nosotros mismos y todas nuestras cargas sobre el Señor, porque Él tiene cuidado de nosotros. Una de las maneras en que nos cuida es a través de la iglesia, incluso si el conflicto que enfrentamos está en la propia iglesia. Dios nos hizo para vivir en comunidad, y la única manera de lograr una resolución y reconciliación auténtica es a través de la comunidad de la familia de Dios, siguiendo los principios que Él ha establecido en Su Palabra para buscar la paz auténtica. Esa paz no viene a través de la transigencia, sino a través de la verdad, la gracia, la humildad, el arrepentimiento y el perdón. La paz verdadera llega mediante la reivindicación del justo y el arrepentimiento y la restauración del ofensor. Sin embargo, cuando buscamos la reconciliación, siempre debemos tratar de sacar la viga de nuestro propio ojo mucho antes de lidiar con la mota en el ojo de nuestro hermano.

Aunque, en última instancia, el conflicto es consecuencia de la caída, a veces surge por malentendidos, suposiciones o una mala comunicación. También debemos reconocer que, a veces, Dios usa providencialmente el conflicto como una forma de producir paz duradera, pureza y unidad en la iglesia, nuestras familias y nuestras relaciones. Incluso en Su ministerio terrenal, Jesús trajo conflictos para purificar a Su iglesia y lograr la salvación y la paz de Su pueblo elegido (Mt 10:34; Jn 2:13-22). A lo largo de la historia de la iglesia, han habido múltiples conflictos que Dios ha utilizado soberanamente para hacer que volvamos a descubrir Su verdad en Su Palabra, para que Su evangelio sea proclamado y para que Sus elegidos sean librados del conflicto supremo que nosotros, los pecadores, tenemos con Él, nuestro Dios justo y recto. Gracias a Dios, Él obra a través del conflicto para reconciliarnos con Él, de modo que podamos estar justificados ante Su trono de juicio por la fe sola.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Un corazón de Padre

Miércoles 9 Noviembre
Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.
1 Juan 3:1
Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.
1 Pedro 5:7
Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.
Jeremías 31:3

Un corazón de Padre
Un niño había pasado toda la tarde martillando y trabajando con trozos de madera. Al fin salió del taller con un barco de tres cubiertas, y esperó impaciente a su padre. Este llegó a su casa tarde en la noche, cansado y preocupado. No se fijó en el niño que, muy emocionado, quería mostrarle su obra maestra. El niño se fue a la cama muy triste, su papá ni siquiera lo había mirado…

Tal vez usted tenga recuerdos dolorosos de su infancia privada de un padre, cuando se perdió y vagaba completamente angustiado, cuando era el blanco de las burlas malvadas de sus compañeros, cuando lo lastimaron o lo decepcionaron. Sin embargo, nuestro Padre celestial nunca lo ha perdido de vista; él quiere manifestarle su ternura, su interés. Su amor es incondicional, no depende de nuestros éxitos o hazañas, de nuestra amabilidad o belleza. Usted no necesita demostrarle nada. Él lo ama tal como es. Usted es único para su Padre.

“Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él”. Él mismo llevó “nuestros pecados” (1 Juan 4:8-9; 1 Pedro 2:24). ¡Qué prueba de amor!

“Estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra. Y el mismo Jesucristo Señor nuestro, y Dios nuestro Padre, el cual nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza por gracia, conforte vuestros corazones, y os confirme en toda buena palabra y obra” (2 Tesalonicenses 2:15-17).

Deuteronomio 32:29-52 – Hebreos 1 – Salmo 119:161-168 – Proverbios 27:7-8

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Cómo la vocación transformó la sociedad

Cómo la vocación transformó la sociedad
Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo XVI

Los cristianos de hoy hablan con frecuencia de transformar la sociedad. Un ejemplo dramático de cómo una enseñanza teológica tuvo un impacto social revolucionario es la doctrina de la Reforma sobre la vocación. La sociedad de la Edad Media era muy estructurada, jerárquica y estática. Pero esto cambió, a partir del siglo XVI, como consecuencia, quizás involuntaria, de la doctrina de la vocación enseñada por Lutero.

LA DOCTRINA DE LA VOCACIÓN
Para Lutero, la vocación, palabra latina que significa «llamado», significaba mucho más que un trabajo o una profesión. La vocación es la doctrina de Lutero sobre la vida cristiana. Más aún, la vocación es la forma en la que Dios actúa a través de los seres humanos para gobernar Su creación y otorgar Sus dones.

Dios nos da el pan de cada día por medio de agricultores, molineros y panaderos. Crea y cuida la nueva vida por medio de los padres y las madres. Nos protege por medio de las autoridades legítimas. Anuncia Su Palabra y administra Sus sacramentos por medio de los pastores. La vocación, decía Lutero, es la «máscara de Dios», la manera en la que Él se esconde en las relaciones y tareas ordinarias de la vida humana.

Un texto clave para la vocación es 1 Corintios 7:17: «Fuera de esto, según el Señor ha asignado a cada uno, según Dios llamó a cada cual, así ande». El contexto inmediato de ese pasaje tiene que ver con el matrimonio. Nuestras familias, nuestra ciudadanía en una comunidad o sociedad particular, nuestras congregaciones y, sí, nuestros lugares de trabajo, son todas facetas de la vida a las que Dios nos ha asignado y llamado.

El propósito de todos nuestros llamados es amar y servir al prójimo que cada vocación trae a nuestras vidas (en el matrimonio, nuestro cónyuge; en la paternidad, nuestros hijos; en el trabajo, nuestros clientes; y así sucesivamente).

Somos salvos por la gracia sola por medio de la fe en la obra de Jesucristo. Pero entonces somos enviados a nuestros llamados para vivir esa fe. Dios no necesita nuestras buenas obras, decía Lutero, pensando en los esfuerzos elaborados para merecer la salvación aparte del don gratuito de Cristo, pero nuestro prójimo sí necesita nuestras buenas obras. Nuestra fe da fruto en el amor (Gá 5:6; 1 Ti 1:5), y esto ocurre en nuestras familias, nuestro trabajo, nuestras comunidades y nuestras congregaciones. En estas tareas, también llevamos nuestras cruces, pecamos y encontramos perdón, y crecemos en la fe y la santidad.

LOS ESTAMENTOS
La sociedad medieval se dividía en tres estamentos: el clero («los que oran»); la nobleza («los que luchan» o, en la práctica, «los que mandan»); y los plebeyos («los que trabajan»).

Se pensaba que el clero tenía una «vocación», un llamado distinto de Dios para seguir «la vida espiritual» al margen del mundo. Dedicarse por completo a la oración y a los ejercicios espirituales se consideraba de mucho mayor mérito que lo que se podía encontrar en los estados seculares. Entrar en una orden religiosa exigía los votos de celibato, pobreza y obediencia. Para Lutero, esta búsqueda de méritos no solo era un rechazo del evangelio, sino que tales votos repudiaban las mismas esferas de la vida —la familia, el trabajo y el gobierno— que Dios había establecido. Estas esferas, insistía, eran también vocaciones cristianas.

Lutero redefinió los estamentos como instituciones diseñadas por Dios para la vida terrenal. Estos son la iglesia, el estado y el hogar (la familia y su trabajo económico). Son paralelos a los estamentos medievales del clero, la nobleza y los plebeyos. Pero mientras que en la Edad Media se trataba de tres categorías sociales separadas, las que Lutero definió son esferas de la vida en las que todo cristiano habita y en las que todo cristiano tiene vocaciones.

Las distinciones sociales rígidas entre los tres estamentos —los que oraban, los que gobernaban y los que trabajaban— se desmoronaron. La vida de oración no es solo para una clase sacerdotal, sino para todos los creyentes. El Estado no es solo cosa de una élite gobernante, sino de todos sus ciudadanos. El hogar no es solo para los plebeyos. Todos, incluido el clero, pueden ser llamados al matrimonio y a la paternidad. Todos, incluida la nobleza, están llamados al trabajo productivo. Todos oran. Todos (eventualmente) gobiernan. Todos trabajan.

EL IMPACTO SOCIAL DE LA REFORMA
Otro nombre para la doctrina de la vocación es el sacerdocio de todos los creyentes. Dios llama a algunos cristianos a ser pastores, pero llama a otros cristianos a ejercer su real sacerdocio arando los campos, forjando el acero y creando negocios. Pero todos los sacerdotes —incluidos los campesinos y las sirvientas— necesitan tener acceso a la Palabra de Dios. Por eso, durante la Reforma, se abrieron escuelas y floreció la alfabetización.

Los plebeyos educados ascendieron en la escala social y acabaron gobernándose a sí mismos. Los trabajadores que amaban y servían a sus clientes con su trabajo encontraron el éxito económico. Mientras que Lutero se dirigía a una sociedad medieval tardía y estática, Calvino y más tarde los puritanos adaptaron la vocación al mundo moderno emergente. Hicieron énfasis en los llamados del lugar de trabajo y alentaron a los cristianos a abrazar las nuevas oportunidades a las que Dios los llamaba. Así, la Reforma trajo consigo una movilidad social sin precedentes.

Extrañamente, la doctrina de la vocación está hoy olvidada. ¿Qué aportaría a la sociedad actual un redescubrimiento de la vocación?

Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine

Gene Edward Veith
El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

¡Mi Dios es grande!

Martes 8 Noviembre

Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos… Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió.

Salmo 33:6-9

¡Mi Dios es grande!

Tengo un amigo cuyo aspecto siempre es amable y tranquilo. Hoy me contó cómo Dios lo sostiene en medio de los grandes sufrimientos que atraviesa. Me describió los síntomas desconocidos, a veces extraños, que siente en su cuerpo minado por la enfermedad. Se hace preguntas sobre lo que le sucederá en los próximos días. Pero también me dijo: “Estoy en paz. No puedo explicarlo, pero la paz de Dios me invade y sobrepasa todos mis temores y mis razonamientos”.

Sonriendo me explicó que un capítulo de la Biblia lo animaba mucho desde hacía algunos días: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra… Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz… y separó Dios la luz de las tinieblas…” (Génesis 1:13-4). En este texto introductorio de la Biblia Dios revela quién es él, subraya su majestad, su poder y su autoridad sobre todo. En el inmenso universo no existe nada por casualidad. Todo muestra la sabiduría y el orden del que llamó la creación a la existencia. Cada elemento aparece en su tiempo, espléndido, perfecto; luego toma el lugar y la función asignados por Dios. La composición final es magnífica.

Estas palabras animaban a mi amigo. Retenía interiormente este mensaje: “Hijo mío, recuerda que tu Padre es infinitamente grande. Confía plenamente en mí; ten la certeza de que puedes entregarme todos tus sufrimientos y tus preguntas, porque yo soy tu Dios”.

¿Conoce usted al Dios de mi amigo, el gran Dios, el único Dios justo y Salvador? (Isaías 45:21-22).

Deuteronomio 32:1-28 – Juan 21 – Salmo 119:153-160 – Proverbios 27:5-6

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LOS PLANES ETERNOS DE DIOS SE DESARROLLAN EN MEDIO DE LO ORDINARIO

LOS PLANES ETERNOS DE DIOS SE DESARROLLAN EN MEDIO DE LO ORDINARIO

POR ALISTAIR BEGG

Entonces las mujeres dijeron a Noemí: ‘Bendito sea el Señor que no te ha dejado hoy sin redentor; que su nombre sea célebre en Israel. Que el niño también sea para ti restaurador de tu vida y sustentador de tu vejez…’. Entonces Noemí tomó al niño, lo puso en su regazo y se encargó de criarlo”. Rut 4:14-16

La presentación de un nuevo bebé a sus abuelos no es una escena inusual. Pero la historia de Noemí y el futuro de esta pequeña familia hacen que esta escena sea extraordinaria. Noemí regresó a Belén después de haber enterrado a su esposo e hijos, con las manos vacías y afligida. Ahora su vida y su regazo estaban llenos de alegría y esperanza. Aquí estaba la futura generación de su familia para darle vida y sustento en su vejez. En este sentido, el niño le trajo la libertad y redención. Pero al contemplar esta escena ordinaria desde este lado de la encarnación, también sabemos que declara una noticia extraordinaria: debido al cuidado bondadoso de Dios por dos viudas indefensas, toda la nación de Israel —de hecho, toda la humanidad— fue beneficiada. A través de Rut, Dios continuó una línea familiar que más tarde conduciría al rey David, y luego al mismo Jesucristo.

Incluso Jesús, este Rey de reyes y Señor de señores, se encontró entre las cosas ordinarias de la vida. Él también estuvo en el regazo de alguien. Tuvo padres terrenales ordinarios. Nació en un establo, no en un gran palacio. Su victoria llegó a través de la cruz de un criminal, no de un trono conquistador. Esto no es lo que la mayoría esperaría del Dios Todopoderoso encarnado; sin embargo, al igual que los sabios buscaron a Jesús primero en el palacio (Mt 2:1-3), a menudo comenzamos a buscarlo en los lugares equivocados. Y cuando lo hacemos, corremos el peligro de acabar como una “Mara” en lugar de una “Noemí” (Rut 1:20), sintiéndonos amargados en lugar de disfrutar de contentamiento.

La Palabra de Dios es un regalo glorioso. Nuestro Padre nos la ha dado para que conozcamos a Su Hijo y para que vivamos en el poder de Su Espíritu, en obediencia a Su verdad.

Los planes eternos de Dios se desarrollan en medio de lo ordinario: personas ordinarias en lugares ordinarios haciendo cosas ordinarias. Si llevas una vida ordinaria, esto debería animarte. Muy pocos de nosotros seremos siquiera una nota a pie de página en la historia. Tanto si eres una madre ordinaria que cría a niños ordinarios y hace cosas ordinarias todos los días, como si eres un abuelo ordinario que cuenta las mismas historias ordinarias de siempre, o un estudiante ordinario que hace sus deberes y actividades ordinarias —cualquiera que sea tu nivel de lo ordinario—, la gloria de Dios puede encontrarse a tu alrededor. Y tu fidelidad en medio de lo ordinario puede, por Su gracia, convertirse en el medio de un impacto extraordinario por el bien del evangelio.

Cuando te sientas tentado a pensar que no estás haciendo mucho —a creer la mentira del diablo de que no puedes marcar la diferencia o que estás fuera de los propósitos de Dios— recuerda esto: mucho después de que los logros, las palabras y la sabiduría humana se desvanezcan, la fidelidad, la bondad, la integridad, el amor y la gracia que Dios obra en ti y a través de ti habrá tenido un impacto más extraordinario en las vidas de hombres y mujeres de lo que podrías imaginar. Esta es la maravilla de la historia de Noemí y la maravilla de toda la historia: que la extraordinaria gloria de Dios actúa en lo ordinario. Esa verdad puede cambiar cómo te sientes y cómo vives tu día.


Este artículo sobre Los planes eternos de Dios se desarrollan en medio de lo ordinario fue adaptado de una porción del libro Verdad para vivir, publicado por Poiema Publicaciones.

El ideal de matrimonio de la Reforma

El ideal de matrimonio de la Reforma
Por Michael Haykin

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo XVI

Nuestro recuerdo de lo ocurrido durante la Reforma del siglo XVI es en cierto modo selectivo. Como herederos del protestantismo reformado, la recordamos principalmente como una recuperación del evangelio y de la forma bíblica de adoración. Pero también necesitamos recordarla como una gran recuperación de la comprensión bíblica del matrimonio.

Sobre la base de la piedad monástica de la antigüedad, encontrada en autores como Agustín y Jerónimo, la Iglesia medieval había llegado a considerar la vida célibe del monasterio o el convento como el semillero de una espiritualidad muy superior a la que había en los hogares de los casados. El célibe, se argumentaba, vivía la vida de los ángeles y, por lo tanto, ya experimentaba en cierto modo la vida del mundo venidero. Sin embargo, con la creciente corrupción de la iglesia a finales de la Edad Media, la realidad era que demasiados clérigos eran célibes pero no castos.

LUTERO, ESPOSO Y PADRE PIONERO
Aunque Martín Lutero no fue el primero de los reformadores en casarse y tener una familia, su matrimonio con Catalina de Bora, el 13 de junio de 1525, se convirtió en muchos sentidos en el paradigma para la familia protestante. Al principio, su matrimonio no fue por amor. Catalina se había escapado de un convento en Nimbschen, cerca de Grimma, con otras monjas y acabó en Wittenberg buscando refugio. Durante un tiempo, Lutero actuó como una especie de casamentero, buscando maridos para las monjas. Finalmente, solo quedó Catalina, con la que Lutero se casó, según dijo, para complacer a su padre, que siempre había querido tener nietos, y también, como dijo anecdóticamente, para fastidiar al papa.

Estas no son las mejores razones para casarse, pero con el tiempo, su matrimonio «floreció convirtiéndose en una unión de verdadera profundidad y conmovedora devoción», para citar a Andrew Pettegree en su reciente estudio sobre Martín Lutero. Este «éxito rotundo» del matrimonio de Martín y Catalina y los seis hijos que nacieron de su unión se convirtieron, en palabras de Pettegree, en «un poderoso arquetipo de la nueva familia protestante». El amor de Lutero por sus hijos le llevó a ver, con razón, que el centro de las alegrías del matrimonio eran los hijos e hijas, los cuales son un regalo. Y «las personas a las que no les gustan los hijos», dijo una vez con su estilo contundente, son «tontos y estúpidos, que no son dignos de llamarse hombres y mujeres, porque desprecian las bendiciones de Dios, el creador y autor del matrimonio».

EL MATRIMONIO DE JUAN CALVINO
Cuando Juan Calvino se casó, le dijo a su íntimo amigo y colaborador Guillermo Farel, a finales de la década de 1530, que no le preocupaba en absoluto la belleza física. Lo que quería era una esposa que fuera casta y sensata, económica y paciente, capaz de «cuidar mi salud».

A diferencia de Lutero, que era relativamente público en cuanto a los detalles de su vida matrimonial, Calvino apenas habló de su matrimonio con Idelette de Bure durante los ocho años y medio que duró el mismo. Ella falleció en marzo de 1549, después de haber padecido varios años de mala salud. Sin embargo, de vez en cuando, un comentario muestra lo unidos que estaban el uno al otro. Por ejemplo, Calvino estaba con su esposa en Estrasburgo durante la primavera de 1541. Una plaga hacía estragos en la ciudad y Calvino decidió quedarse en Estrasburgo, pero envió a su esposa lejos por su propia seguridad. Escribió a Farel que «día y noche mi esposa ha estado constantemente en mis pensamientos, necesitada de consejo ahora que está separada de su marido».

Tuvieron un hijo, Jacques, que murió poco después de nacer, en 1542. «El Señor», escribió Calvino a un amigo cercano, Pierre Viret, «ciertamente ha infligido una herida severa y amarga con la muerte de nuestro hijo recién nacido. Pero Él mismo es un Padre y sabe mejor lo que es bueno para Sus hijos».

En el momento de la muerte de su esposa, Calvino declaró en una carta a Farel: «En verdad, la mía no es una pena común. He perdido a la mejor amiga de mi vida, a una persona que, de haber sido así, habría compartido de buena gana no solo mi pobreza, sino también mi muerte. Durante su vida fue la fiel ayudante de mi ministerio». Este es un pasaje notable y revela la profundidad del cambio que la Reforma protestante había provocado. El matrimonio se consideraba ahora tal como Dios lo concibió en Génesis 2: la unión de dos aliados íntimos, trabajando por una causa común, a saber, la extensión del reino de Dios.

Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine

Michael Haykin
El Dr. Michael Haykin es profesor de Historia de la Iglesia y Espiritualidad Bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Kentucky. Es autor de varios libros, entre ellos The Christian Lover y Rediscovering the Church Fathers.

Tenía que correr (2)

Lunes 7 Noviembre

Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Filipenses 3:13-14

Tenía que correr (2)

“¿Jesús era realmente el Mesías de Israel, el Salvador del mundo? Esta pregunta crucial terminó ocupando todos mis pensamientos. Yo no podía ignorarla, con el pretexto de que la mayoría de los judíos no creen en él. Entonces oré a Dios pidiéndole que me revelara si Jesús era verdaderamente el mediador del nuevo pacto. Esta oración cambió mi vida.

Comprendí que mis pecados formaban una barrera que me impedía conocer a Dios. Como en el tiempo de Moisés, se necesita un sacrificio para que Dios perdone y su justicia sea satisfecha. Pero el cordero del antiguo pacto anunciaba al Hijo de Dios: él se ofreció en sacrificio una vez por todas. Poniendo mi confianza en él, en lo que él hizo por mí, y no en mis méritos, podía estar delante de Dios. Esto me conmovió profundamente.

Mi andar espiritual no tiene nada espectacular. Sin embargo, Dios cumplió un gran milagro: cambió mi vida presente y me dio la seguridad de la vida eterna. La buena nueva del evangelio, del amor de Dios manifestado en Jesús el Mesías, colmó el vacío de mi vida.

Aunque sigo amando el deporte, este ya no es para mí una meta en sí mismo. Ya no corro para obtener una medalla de poco valor; pero prosigo a la meta, para una recompensa eterna, el premio del llamado celestial de Dios”.

Étienne L.

“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis” (1 Corintios 9:24).

Deuteronomio 31 – Juan 20 – Salmo 119:145-152 – Proverbios 27:3-4

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AÚN PECO

AÚN PECO
¡Padre Eterno!

Tú eres bueno más allá de lo que pueda concebir,
mas yo soy ruin, vil, miserable, ciego; Mis labios
son agiles para confesar, mas mi corazón es
lento para sentir, y mis caminos reacios a
enmendarse, Te entrego mi alma a Ti, para que
la quiebres, hiervas, curves, modeles.
Desenmascara para mí las deformidades del
pecado, para que yo pueda odiarlo, aborrecerlo,
huir de él.
Mis facultades han sido instrumento de
insurrección contra Ti, como un rebelde he
abusado de mis facultades, y he servido al odioso
adversario de Tu Reino. Dame Gracia para
lamentar mi estúpida insensatez, Concédeme
conocer que el camino de los transgresores es
tormentoso que las veredas son veredas
malditas, que apartarse de Ti es perder todo
bien. Tengo vista la pureza y la belleza de Tu
perfecta ley, la felicidad de aquellos en cuyos
corazones ella reina, la tranquila dignidad en el
proceder que ella invita, sin embargo yo
diariamente violo y desprecio los preceptos de
esta preciosa ley. Tu amoroso Espíritu me
vigoriza internamente, me trae las advertencias
de la Escritura, clama alarmantes, providencias,
persuade por susurros secretos, aunque yo elija
mis propios inventos y caminos para mi propio
perjuicio, perversamente resentido, ansioso, me
provoques a abandonarlos. Lamento y me
entristezco por todos estos pecados y por ellos
suplico perdón.
Trabaja en mi para profundo y permanente
arrepentimiento, Dame la plenitud de la
aflicción piadosa que tiembla y teme, la cual,
aunque siempre confíe y ame, es siempre
poderosa, y siempre firme; Haz que a través de
las lágrimas de arrepentimiento yo pueda ver
más claramente el brillo y la gloria de la cruz
salvadora.

Tenía que correr (1)

Domingo 6 Noviembre

¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente.

Isaías 55:2

Tenía que correr (1)

Testimonio

“Empecé a correr al comienzo de los años 1980. Al principio corría para relajarme, pero muy pronto me involucré en la competencia, especialmente en la maratón. Durante siete años me entregué al ritmo exigente de esta disciplina. Mi único objetivo era mejorar mis resultados. En enero de 1990, debido a una lesión, fui repentinamente detenido en mi carrera. Esta dura pausa me permitió reflexionar en todo el tiempo y la energía gastada para ganar algunos segundos en la famosa carrera de 42, 195 km. ¿Qué sentido tenían todos esos esfuerzos? Entonces tomé consciencia de que lo que yo trataba de hacer era llenar el vacío de mi existencia. Yo tenía una familia, amigos, trabajo, pero pensaba que debía continuar corriendo, que no debía detenerme nunca, tanto en sentido literal como figurado.

En 1992 un amigo músico me habló de Jesús. Su conversación era interesante, pero su fe no era para mí. Yo había crecido en una familia judía, en la cual Jesús era un sujeto que se debía evitar. Sin embargo, mi amigo no perdía ninguna ocasión para hablarme de Jesús, y terminó regalándome un Nuevo Testamento. Nuestras pláticas y la lectura de ese libro borraron poco a poco los clichés que yo tenía sobre Jesús. Su enseñanza me fascinaba. Pero, ¿era él el Mesías prometido en el Antiguo Testamento? Por ejemplo, el profeta Isaías había anunciado unos 800 años antes que el Mesías sería ofrecido en sacrificio para llevar nuestros pecados, y que resucitaría para hacernos justos”.

(mañana continuará)

Deuteronomio 30 – Juan 19:31-42 – Salmo 119:137-144 – Proverbios 27:1-2

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