Lo que la Biblia dice sobre las adicciones

Lo que la Biblia dice sobre las adicciones
Por L. Michael Morales

Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las adicciones

«Señor, dame castidad y continencia», oraba una vez el joven Agustín, «pero todavía no». De hecho, el que llegaría a ser obispo de Hipona y uno de los teólogos más grandes de la historia de la iglesia describió su vida temprana como encadenada por los placeres mortales de la carne. En sus Confesiones, Agustín relata cómo el Espíritu Santo aplicó poderosamente la Palabra de Dios a su corazón, convirtiéndolo a través de un pasaje de Romanos 13:

Andemos decentemente, como de día, no en orgías y borracheras, no en promiscuidad sexual y lujurias, no en pleitos y envidias. Antes bien, vístanse del Señor Jesucristo, y no piensen en proveer para las lujurias de la carne (vv. 13-14).

Confiando humildemente en la gracia capacitadora de Dios, Agustín aprendería una nueva oración: «Señor, concédeme lo que ordenas y ordena lo que deseas».

Al describir su experiencia en términos de esclavitud y liberación, Agustín estaba evaluando su vida a través del lente y la cosmovisión de las Escrituras, sus pensamientos expresados de una manera profundamente bíblica, proporcionándonos una entrada útil al tema en cuestión. Aunque la palabra adicción puede parecer un término adecuado para describir cualquier tipo de comportamiento compulsivo y habitual, independientemente de sus efectos negativos, este término no aparece en la Biblia, la cual habla más bien del principio dominante del pecado, la esclavitud subyacente y la causa fundamental de muchas de nuestras propensiones desviadas. El lugar para comenzar nuestra consideración bíblica de las adicciones, entonces, es con el problema mucho más profundo de la caída de la humanidad y la consecuente esclavitud al pecado.

El Todopoderoso creó a los seres humanos a Su imagen y semejanza para que disfrutaran de la comunión con Él en el día de reposo y para que gobernaran como señores de la creación en Su nombre. Esta libertad y dignidad, sin embargo, fueron despreciadas y arruinadas en la rebelión. Aunque la serpiente había prometido igualdad con Dios por comer el fruto prohibido, el resultado amargo de la transgresión de Adán fue la corrupción revolucionaria de su naturaleza: el humano gobernador de la creación se corrompió moralmente al caer bajo el dominio del pecado. Esta condición de pecado y miseria no se limitó a la primera pareja humana. La doctrina bíblica del pecado original, formalizada como ortodoxa a través de los esfuerzos del propio Agustín, enseña que toda la humanidad que desciende de Adán por generación ordinaria nace con una naturaleza corrupta, manchada por el principio del pecado. Una doctrina similar, denominada «depravación total» por los teólogos reformados, explica que cada parte de los seres humanos —nuestras mentes, nuestras voluntades, nuestras emociones, incluso nuestra carne— está impregnada del poder del pecado. No es que las personas sean tan malas en la práctica como podrían serlo, sino que cada parte de nuestra naturaleza está manchada y contaminada por el pecado. Debido a que esta esclavitud está forjada por los lazos de nuestras propias voluntades y deseos profundos, somos impotentes para liberarnos. Inclinados hacia el pecado, seguimos naturalmente las pasiones degradantes, ahondando cada vez más en el fango de la vergüenza y la depravación (Ro 1:21-32). Peor aún, la Biblia explica que la esclavitud de la humanidad al pecado es la marca de que estamos bajo el dominio del maligno, Satanás, y de que vivimos según sus designios y estamos destinados al juicio eterno (Ef 2:1-3). Solo en el contexto de esta cruda realidad —que la humanidad está espiritualmente muerta, esclavizada al pecado, bajo el dominio del maligno y encaminada hacia el más espantoso juicio— se puede tener una discusión significativa sobre las adicciones de una persona. Claramente, nuestra necesidad no es primero un plan para mantener a raya ciertas propensiones; más bien, necesitamos ser liberados de la esclavitud y recreados según una nueva humanidad.

Cuán desesperantemente oscura sería esta situación si la Palabra de Dios no hubiera revelado también el amor infinito, eterno e inmutable del Padre quien, siendo rico en misericordia, ha logrado nuestra liberación por medio de Su Hijo (Jn 3:16; Ef 2:4-6; 1 Jn 3:8). Jesús llevó cautiva la cautividad para liberar a Su pueblo; el Espíritu Santo aplica la obra de Cristo a nuestros corazones y nos crea de nuevo, al darnos nacimiento y libertad celestiales. En su primera carta a la iglesia de Corinto, Pablo enumera muchas clases de pecadores —desde fornicadores, adúlteros y homosexuales hasta ladrones y borrachos— y luego declara: «Y esto eran algunos de ustedes» (6:11). ¿Cómo se rompieron estos lazos titánicos? El mismo versículo explica que estos, que antes estaban tan atados a los pecados hasta el punto de ser definidos por ellos, ahora habían sido lavados, apartados y hechos justos en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de Dios.

Sin embargo, ser liberado de la esclavitud del pecado no es el final de la historia. La conversión inaugura nuestra batalla espiritual contra los deseos pecaminosos, y la Biblia enseña mucho sobre nuestra necesidad de participar diariamente en esta guerra, así como sobre la naturaleza de las armas de nuestra guerra. Para empezar, se advierte con urgencia a los cristianos de la posibilidad real de someterse de nuevo a la esclavitud. Aunque realmente hay un consuelo maravilloso en la declaración de Pablo en 1 Corintios 6:11, su objetivo general en ese contexto es advertir a los santos sobre la posibilidad de volver a someterse al dominio incluso de las prácticas lícitas: «yo no me dejaré dominar por ninguna», escribe (6:12). Del mismo modo, Pablo advierte a la iglesia de Roma de la esclavitud que espera a los que, suponiendo que la gracia hace menos peligrosos los deseos corruptos, se someten en obediencia al pecado (Ro 6:16). Para que no nos engañemos, estas advertencias están reforzadas en las Escrituras por la afirmación franca de que —independientemente de la profesión de fe de cada uno— los que de hecho son fornicarios, sodomitas, borrachos, mentirosos, etc., no heredarán en modo alguno el reino de Dios (1 Co 6:9-10; Gá 5:19-21; Ef 5:5-7; Ap 21:8, 27). Por lo tanto, los cristianos deben mantenerse firmes en la libertad de Cristo para no volver a ser enredados con un yugo de esclavitud (Gá 5:1). A medida que una generación en Occidente olvida que los cristianos constituyen la «iglesia militante» en medio de una guerra hostil y que nuestros enemigos —el mundo, la carne y el diablo— se afanan por nuestra destrucción, no deben sorprendernos nuestras fatalidades espirituales.

Ante esta perspectiva sobria, la Palabra de Dios nos llama a huir de nuestras lujurias naturales, que pueden encadenarnos de nuevo, y a esforzarnos por progresar en la santificación. La Biblia suele utilizar lo que muchos consideran imágenes bautismales para describir nuestro papel en la santificación: se nos instruye para que nos despojemos de las obras de la carne, que son como muchos harapos de nuestra vieja naturaleza adámica, y nos revistamos de Cristo Jesús, de Su carácter justo y de Su obediencia (Gá 3:27; Ef 4:22-24). El aspecto de «despojarse» se relaciona con la mortificación deliberada y disciplinada del pecado, que requiere tanto un esfuerzo vigoroso como un sacrificio; Pablo, por ejemplo, relata cómo golpeó su propio cuerpo para someterlo (1 Co 9:27). Hemos de dar muerte sin piedad a las obras del cuerpo, sin hacer ninguna provisión para la carne, y esto ha de hacerse —de hecho, solo puede hacerse— por el Espíritu Santo (Ro 8:13). El Espíritu nos aplica la propia muerte de Cristo al pecado, permitiéndonos morir cada vez más profundamente con Él y en Él para vivir cada vez más profundamente con Él y en Él para Dios. Como soldados disciplinados que se visten con toda la armadura de Dios, debemos permanecer en la lucha (Ef 6:10-18), recordando la advertencia de Jesús de que deben aplicarse medidas prácticas (bastante severas en Mt 5:27-30, incluso como lecciones objetivas) para mortificar los hábitos pecaminosos.

El aspecto de «revestirse» se relaciona con el entrenamiento en la piedad, el reemplazo intencional de los hábitos corruptos por un comportamiento que honre a Dios. A menudo, el caminar positivamente en las buenas obras es socavado por un enfoque obsesivo en nuestras compulsiones pecaminosas; sin embargo, el intento de negar los hábitos carnales aparte de cultivar las virtudes cristianas como su reemplazo está condenado al fracaso. No obstante, el deseo de Dios de obtener frutos de nuestros beneficios del evangelio es apremiante y serio (Lc 13:6-9; Jn 15:5-8). Una vez más, no hay que ignorar las medidas prácticas: levantarse temprano y trabajar duro en nuestras vocaciones por el reino de Cristo es un antídoto seguro contra una multitud de pecados perniciosos, mientras que la falta de laboriosidad engendra impiedad (1 Ti 5:9-14).

Por último, la Biblia enseña que las armas de nuestra guerra son los mismos medios que Dios ha ordenado para nuestro crecimiento espiritual, todos los cuales fluyen dentro y fuera de la comunión con Dios en la adoración corporativa. La superación de las adicciones pecaminosas implica aprender principalmente a deleitarse en el Señor en Su día de reposo: disfrutar de Su presencia mientras nos deleitamos con la proclamación de Su Palabra, nos alimentamos con Sus sacramentos, nos consolamos con Su renovado perdón de nuestros pecados confesados, derramamos nuestros corazones hacia Él en la oración, participamos en una comunión piadosa y recibimos gustosamente Su bendición —Su presencia, poder y protección— para los días venideros. Al comprender nuestra dependencia absoluta del poder del Espíritu, quien resucitará nuestros cuerpos como nuevas creaciones, y al entender cómo Él otorga la gracia solo a través de estos canales, no nos apresuraremos a descartar por ser demasiado espirituales preguntas pastorales como: «¿Has orado por esto pidiendo “líbranos del mal”, con ayuno?». Más bien, comenzaremos humildemente a aprender las tácticas de nuestra guerra.

Volviendo al punto de la comunión con Dios, aquí debemos tener cuidado de no separar a Cristo de Sus beneficios. Nuestra necesidad verdadera siempre es mirar a Cristo mismo, nuestro Mediador todo suficiente, en la gloria de Su triple oficio: nuestro Profeta que nos revela la Divinidad; nuestro Sumo Sacerdote que siempre vive para interceder por nosotros; y nuestro Rey conquistador que somete a nuestros enemigos internos y externos. La provisión abundante de Dios en Él —todas las bendiciones espirituales— (Ef 1:3) es mucho mayor que nuestras debilidades. Al mirar a Cristo con fe, aprendamos con Agustín que Dios realmente concede lo que ordena.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
L. Michael Morales
El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?

El amor al dinero

Martes 18 Octubre
Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas.
Salmo 62:10
Nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto… porque raíz de todos los males es el amor al dinero.
1 Timoteo 6:7-8, 10
El amor al dinero
Cuando el amor al dinero llena el corazón de un hombre, este nunca está satisfecho. El dinero no da la verdadera paz. No puede hacerlo, es un poder mentiroso. Parece dar seguridad, pero no cumple sus promesas.

Además, el dinero hace estragos en el corazón del hombre; gana su confianza, a menudo incluso lo pervierte y toma en él el lugar de Dios. La acumulación egoísta de bienes materiales no puede dar la tranquilidad de espíritu, ni la paz, ni el gozo. El dinero no preserva de la enfermedad y, frente a la muerte, no da ninguna solución.

La Palabra nos dice cómo vencer esa tendencia a amar el dinero: poniendo nuestra confianza en Dios, y no en el dinero, que es perecedero. Al vivir de una manera que agrade a Dios y dando generosamente, nos hacemos un tesoro para el más allá. Actuando así haremos, de cierta manera, una inversión en el banco del cielo (1 Timoteo 6:17-19).

El bienestar y el dinero solo son malos si ellos gobiernan nuestra vida. Los podemos recibir con agradecimiento de parte de Dios, quien permite que no nos falte nada. Pero no olvidemos que Dios sigue siendo el verdadero propietario de nuestros bienes. Pidámosle que nos ayude a utilizar como él quiere todo lo que nos da. El cristiano debería preguntarse: ¿Puedo agradecer sinceramente a Dios por lo que poseo y por el uso que hago de esos bienes?

Deuteronomio 12 – Juan 7:32-53 – Salmo 118:15-20 – Proverbios 25:18-19

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¿QUÉ SIGNIFICA SER CRISTIANO? ADOPTADOS, PRIMOGÉNITOS Y HEREDEROS

¿QUÉ SIGNIFICA SER CRISTIANO? ADOPTADOS, PRIMOGÉNITOS Y HEREDEROS
POR Sinclair Ferguson

En el primer capítulo de Efesios, Pablo proporciona la perspectiva más amplia posible de lo que significa ser cristiano. Él rastrea los orígenes de nuestra salvación hasta la elección de Dios en la eternidad pasada (Efesios 1:4) y mira hacia adelante a su consumación en las glorias de la eternidad venidera (Efesios 1:10).

La abrumadora naturaleza de esta visión a veces nos hace perder de vista una particular característica de la enseñanza paulina que para él tiene enorme importancia: su exposición está saturada del lenguaje de la familia. El Padre nos elige (v. 3) para ser adoptados como sus hijos (v. 5). Él nos ha dado su Espíritu como la garantía de nuestra herencia (v. 14). Él ora al Padre de la gloria (v. 17) que nuestros ojos puedan ser abiertos para apreciar su gloriosa herencia en los santos (v. 18).

La salvación significa ser incorporado en los privilegios de la vida en una nueva familia. Si uno es un hijo adoptivo de Dios, es heredero de Dios y coheredero con Cristo (Romanos 8:17). Es una persona rica.

EL HEREDERO
Convertirse en heredero significa recibir el derecho a poseer riquezas que primero posee otro. La idea tiene especial significado en la enseñanza bíblica. El Padre es el Creador y Señor de todo. Pero en su generoso amor, la riqueza del universo iba a ser la herencia de Adán en cuanto imagen e hijo de Dios (Génesis 1:26; Lucas 3:38). Cuando Adán no era más que un “niño”, Dios le dio parte de su herencia, el Jardín del Edén, para que se hiciera responsable de él y lo disfrutara. Pero Adán intentó robar lo que no era suyo; a consecuencia de ello, perdió toda su herencia por su pecado. A la manera de Esaú, Adán y Eva vendieron el Edén “por un plato de lentejas” y se les prohibió la entrada al jardín que había sido las primicias de su herencia.

Pero el Padre había determinado que la herencia debía ser restaurada. En efecto, él ya había trazado un plan para su restauración. Él adelantó un atisbo al respecto: la Simiente de Eva rompería la cabeza de la serpiente cuyas tentaciones habían llevado a la catástrofe (Génesis 3:15). También a Abraham se le dio a conocer el plan posteriormente. En su simiente, todas las naciones heredarían bendición en lugar de maldición (Génesis 12:3).

Un bosquejo de la estrategia se hizo lentamente visible por medio de revelación divina: la Simiente de la mujer, un descendiente de Abraham, un hijo de David, un Profeta, Sacerdote y Rey mesiánico, y un Siervo Sufriente —un Hombre que también era el Hijo de Dios— cumpliría todas las promesas de Dios. Sería un segundo Hombre que haría un nuevo comienzo. Él también sería el último Adán. Él haría todo lo que Adán no había logrado cumplir a fin de entrar en una plena herencia. Pero perdería su propia vida a fin de soportar el castigo divino por el pecado adámico. A diferencia de Adán, sería el manso y heredaría la tierra. En él se restauraría el derecho a la herencia. Él sería designado “heredero de todo” (Hebreos 1:2).

¿Qué significa para ti ser un cristiano?

Solo en Cristo

Sinclair Ferguson

Con mente de teólogo y corazón de pastor, el doctor Ferguson ayuda a los creyentes a alcanzar un mejor entendimiento de su Salvador y Señor, y luego les muestra cómo deben vivir la fe cristiana día a día. Estos cincuenta breves capítulos de Solo en Cristo son un paquete lleno de carbones de verdades bíblicas que avivarán la llama del amor cristiano por el Salvador.

Con toda certeza, el heredero vino. Obedeció al Padre y resistió la tentación donde Adán había cedido. Por su obediencia se ganó el derecho a poseer la totalidad de la herencia. Ahora todo le pertenece a Cristo. Él es “el primogénito de toda la creación” (Colosenses 1:15); toda autoridad en el cielo y en la tierra es suya, incluyendo el poder sobre el pecado, la muerte, y Satanás (Mateo 28:18); en él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento, porque en él está la plenitud de Dios (Colosenses 2:3; 1:19).

Este Hijo y Heredero oyó a su Padre decir: “Pídeme, y como herencia te entregaré las naciones” (Salmo 2:8 NVI). Pero el Hijo respondió, “Padre, déjame compartir mi herencia con los pobres y desheredados. Adóptalos en tu familia como tus hijos también; dales mi Espíritu [ver Hechos 2:33; Romanos 8:15]; permíteles usar mi nombre [ver Juan 16:24]”.

El Padre oyó la oración del Hijo; él nos hizo sus hijos.

Escuchemos, entonces, el razonamiento de Pablo: entonces, si somos hijos, somos herederos (Romanos 8:17).

NUESTRA HERENCIA
Según la Ley, como sabía Pablo, el primogénito recibía una doble herencia, mientras los demás recibían una sola porción (Deuteronomio 21:17; cf. 2 Reyes 2:9). Pero ni el Padre ni el Hijo se obligan a los límites de la Ley. Pablo declara: “[Todos somos] herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17).

¿Logras ver la implicación? Todo lo que le pertenece al último Adán es para nosotros. Como se deleitaban en decir los primeros padres de la iglesia, Cristo tomó lo que era nuestro para que pudiéramos recibir lo que era suyo. Todo lo suyo es nuestro: “Todo es de ustedes:… el mundo, la vida, la muerte, lo presente o lo por venir, todo es de ustedes, y ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios” (1 Corintios 3:21-23).

Cuando yo era niño en Escocia, ocasionalmente leía confusas noticias en el diario local, como la siguiente:

Podría Angus MacDonald por favor contactar a McKay, Campbell, y Ross (Abogados) en Calle Bannockburn, donde se enterará de algo para su beneficio.

Entonces yo no percibía a qué se referían esas crípticas palabras, “algo para su beneficio”. Angus, quienquiera que fuese, era un beneficiario del testamento de alguien, y él aún no lo sabía. Angus de pronto se había vuelto rico.

¿Pero qué tal si Angus no veía ni respondía al aviso? Entonces su pobreza continuaba. Si Angus no reclamaba su derecho a su herencia, él no disfrutaría de sus riquezas.

¡No cometamos tal error! Si eres cristiano, entonces eres rico en Cristo; disfruta y comparte tus riquezas.


Este artículo sobre ¿Qué significa ser cristiano? fue adaptado de una porción del libro Solo en Cristo, publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.


Páginas 125 a la 127

Tolerancia y Pluralismo

Por Sugel Michelén

Una de las virtudes cardinales de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI es la tolerancia, sobre todo en el terreno de la religión. El hombre moderno se jacta de ser abierto, pluralista; dice aceptar el derecho que tiene cada cual de construir su propio sistema de verdad y de valores. Lo único que la sociedad parece no tolerar es la falta de tolerancia. Cualquiera que defienda su posición con convicción y firmeza se arriesga a ser considerado como un estrecho de mente y un recalcitrante.

El Diccionario de la Real Academia define “tolerancia” como “respeto o consideración hacia las opiniones de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras”. Y ciertamente es una virtud mostrar ese rasgo de carácter en la generalidad de los casos.

Pero ¿qué ocurre cuando una persona está obviamente equivocada? ¿Debemos tolerar su error? ¿Qué debe hacer un maestro en el aula cuando el niño responde que 2 más 2 son 5, debe “tolerar” su respuesta? ¿O qué debe hacer un médico con un paciente que insiste en seguir adelante con un tratamiento que él mismo se impuso y que puede poner en riesgo su salud? ¿Acaso no sería una muestra de amor de parte del médico mostrarle al paciente que está cometiendo un grave error?

El error y el engaño deben ser combatidos con firmeza, sobre todo cuando ponen en peligro la vida de una persona o, lo que es aun peor, el destino eterno de su alma. No es la sinceridad de una creencia lo que cuenta. Si un hombre toma un veneno por error, creyendo sinceramente que era otra cosa, su sinceridad no eliminará los efectos nocivos del veneno.

El pluralismo es un atentado contra la verdad absoluta y es filosóficamente insostenible porque Dios tiene una sola forma de pensar. Si una religión es verdadera aquellas que postulan dogmas contrarios no pueden serlo también. Si Cristo era quien decía ser, el Hijo de Dios encarnado que murió en una cruz para salvar pecadores, entonces no existe otro Salvador ni otro medio de salvación; todas las otras religiones fuera del cristianismo deben ser falsas necesariamente.

“Y en ningún otro hay salvación – dice en Hechos 4:12; porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. El cristianismo no es pluralista. Cristo mismo dijo de Sí: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mi” (Juan 14:6). Y Pablo escribió en 1Timoteo 2:5 que “hay un solo Dios y un solo Mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo Hombre”. Se puede ser pluralista o se puede ser cristiano, pero no se puede ser pluralista y cristiano al mismo tiempo; eso es tan incongruente como un triángulo cuadrado o un rectángulo equilátero. Pluralismo no es sinónimo de tener una mente abierta, sino más bien de padecer una profunda confusión mental.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

Ser cristiano

Viernes 14 Octubre
Viendo el denuedo de Pedro y de Juan… les reconocían que habían estado con Jesús.
Hechos 4:13
Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas.
1 Pedro 2:21
Ser cristiano
Usted dice ser cristiano. ¿Qué significa esto para usted? Ser cristiano es seguir a Jesús y sus enseñanzas, dirá usted, con razón. Pero para esto primero es necesario creer en él y aceptarlo como Salvador personal. La Biblia dice: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31).

Y si somos creyentes, si por la fe hemos ido a Cristo confesando nuestros pecados, debemos seguirle e imitarlo. Él nos dejó un modelo de pensamiento, de actitud, de vida, que podemos reproducir. El comportamiento de un cristiano debe evidenciar que él pertenece a “Cristo”, como su nombre lo indica. “No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas” (Lucas 6:43-44). Los que nos observan, ¿pueden reconocer que conocemos a Jesús por la fe y le seguimos?

Busquemos las virtudes que el Señor Jesús nos enseñó: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23). Estas virtudes nos son comunicadas por el Espíritu de Dios que habita en cada creyente. ¿Anhelamos seguir este programa?

Mi Salvador, yo quisiera ser
Como un eco de tu voz,
Para proclamar, oh, dulce Maestro,
El misterio de tu cruz.
Deuteronomio 8 – Juan 6:1-21 – Salmo 117 – Proverbios 25:11

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Las consecuencias de las adicciones

Las consecuencias de las adicciones
Por Hearth Lambert

Nota del editor:Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las adicciones

La adicción no es un concepto abstracto para mí. En mi ministerio he aconsejado a muchas personas que han sido asaltadas por la adicción. El encuentro más costoso que he tenido con este problema fue con mi madre, que era adicta al alcohol. Tengo muy pocos recuerdos de mi madre sobria antes de cumplir los trece años. Debido a que crecí rodeado de adicciones y respondiendo a sus consecuencias, este tema es profundamente personal para mí.

Nuestra palabra adicción proviene de un término en latín que significa darse a uno mismo o rendirse. En efecto, las adicciones son cosas a las que nos entregamos. Los adictos se entregan en obediencia a algún objeto. La palabra adicción no es de las que aparecen en las Escrituras, pero el concepto al que se refiere es eminentemente bíblico. La realidad más profunda que la Biblia usa para describir este problema es la esclavitud.

En Romanos 6:15-23, el apóstol Pablo usa la metáfora de la esclavitud para describir el dominio del pecado sobre todo ser humano que existe aparte de Cristo. Dice: «¿No saben ustedes que cuando se presentan como esclavos a alguien para obedecerle, son esclavos de aquel a quien obedecen…?» (Ro 6:16). El pecado nos esclaviza. Nos convoca a la obediencia y nos rendimos de manera diligente al entregarnos a sus caprichos. Esta es la forma exacta en que funcionan las adicciones. Los adictos son cortejados por el objeto de su esclavitud y se rinden en obediencia a las órdenes de su amo. Pero las adicciones son amos crueles. Cuando seguimos los dictados de nuestras adicciones, terminamos sufriendo con el tipo de dolor que viene al seguir los mandatos de un gobernante malévolo. En Romanos 6, el apóstol Pablo detalla al menos tres consecuencias que inundan la vida de las personas que están atrapadas en el tipo de esclavitud que representan las adicciones.

En primer lugar, el tipo de esclavitud que vemos en la adicción es pecaminosa y lleva a más pecado. Pablo se dirige a los cristianos que en el pasado «presentaron sus miembros como esclavos a la impureza y a la iniquidad, para iniquidad» (Ro 6:19). Las adicciones están mal porque es pecaminoso entregarse a cualquier cosa que no sea Dios mismo. Pablo dice que aunque los cristianos son libres de disfrutar todos los buenos dones de Dios (1 Co 6:12), los creyentes no deben ser dominados por nada más aparte de Cristo. La esclavitud de la adicción es pecaminosa en sí misma y conduce a más pecado.

La adicción de mi madre al alcohol la condujo a muchos otros pecados. Bebía para emborracharse porque quería olvidar toda la oscuridad de su vida que le causaba tanto dolor. Llegó a depender de este olvido etílico a pesar de todas las demás maldades que tuvo que cometer para recibirlo. La esclavitud de mamá al alcohol la condujo a la pereza, la ira, el robo, el abuso infantil, la mentira, la promiscuidad y la manipulación, todo en formas que estaban conectadas de manera intrínseca con su llamado continuo a obedecer a su amo, el vodka. Como es el caso con todos los adictos, su esclavitud pecaminosa de adicción la llevó a más y más pecado.

En segundo lugar, la esclavitud de la adicción conduce a la vergüenza. En Romanos 6:21, Pablo pregunta: «¿Qué fruto tenían entonces en aquellas cosas de las cuales ahora se avergüenzan?». La vergüenza es el remordimiento doloroso que sentimos cuando, en nuestro sano juicio, reflexionamos sobre las cosas miserables que hicimos en nuestra necia obediencia al dominio duro de nuestras adicciones. El comportamiento ridículo y autodestructivo de los adictos en su esclavitud a los objetos de su devoción es obvio para todos excepto para los propios adictos. Cuando un razonamiento claro arroja luz sobre su insensatez, conduce al tipo de vergüenza a la que se refiere Pablo.

Años después de que ella dejó de beber, me senté con mi madre mientras reflexionaba sobre la locura pecaminosa que produjo su esclavitud al alcohol. Mientras ella pensaba en los años de violencia que había acumulado sobre mi hermano y sobre mí, las docenas de hombres con los que había compartido su cuerpo y las relaciones que alguna vez fueron preciosas y que habían sido destruidas, apenas se atrevía a hablar. El dolor de tales consecuencias la llevó al suelo en un charco de lágrimas y vergüenza.

Finalmente, el tipo de esclavitud que se manifiesta en las adicciones conduce a la muerte. Después de realizar su pregunta sobre la vergüenza, Pablo agrega de forma inmediata: «Porque el fin de esas cosas es muerte» (Ro 6:21). La esclavitud de la adicción lleva a más pecado, a la vergüenza y a la muerte. En la Biblia, por supuesto, la muerte expresa la experiencia física que apunta a una experiencia espiritual más profunda. La muerte de nuestros cuerpos físicos apunta a la separación espiritual de Dios que nos deja muertos en nuestros delitos y pecados (Ef 2:1). Cada uno de estos significados bíblicos de la muerte es resaltado en la experiencia de la adicción.

Cuando tenía once años, un juez finalmente le dio a mi papá la custodia total de mi hermano y mía. Cuando llegó con un oficial de policía para recogernos, la última imagen que vi de mi madre fue ella desmayada en su propio vómito. No la volvería a ver durante dos años y más tarde me enteré de que casi había muerto ese día. Su esclavitud al alcohol la llevó al borde de la muerte. Pero ella tenía problemas mucho peores que ese.

Su adicción pecaminosa al alcohol fue solo una manifestación de un corazón pecaminoso que se negó a expresar dependencia en el Cristo resucitado. Hizo cosas que la llevaron a la muerte porque era objeto de ira y la muerte era su destino. El mayor problema de mi mamá no era que su cuerpo físico se estuviera muriendo, sino que ya había muerto en su espíritu. Las adicciones conducen a la muerte física porque son manifestaciones de la muerte espiritual. La muerte es la paga que recibes por tu esclavitud al pecado como una persona que está muerta en sus delitos y pecados (Ro 6:23).

Esta verdad llega a una realidad en Romanos 6 sobre la adicción que es quizás más profunda que la honestidad de Pablo acerca de las consecuencias de esas adicciones. Al abordar la esclavitud al pecado, Romanos 6 no destaca la adicción. La metáfora de la esclavitud incluye la adicción, pero no se limita a ella. La esclavitud no es solo una ilustración poderosa para aquellos con una adicción obvia. Cada uno de nosotros sabe lo que es estar esclavizado. Eso significa que, de una forma u otra, todos somos adictos.

No tienes que luchar con las adicciones obvias del sexo, el juego, las drogas o el alcohol para ser un esclavo. La metáfora de la esclavitud demuestra que todos somos propensos a un dominio pecaminoso por cosas que no son Cristo. Todos estamos enganchados a algo. Pudiera ser la heroína, pero es más probable que sean los elogios, la televisión, la ropa nueva, Facebook, los helados o docenas de otros amos que compiten con el Cristo resucitado en nuestros corazones. La esclavitud a las adicciones sutiles conduce al pecado, la vergüenza y la muerte de manera tan segura como las más extravagantes. Simplemente lo hacen con más delicadeza y lentitud. La diferencia está en la gradualidad.

Mi mamá era adicta al licor. Su esclavitud pecaminosa la llevó a pecados atrevidos, a una vergüenza desgarradora y a una muerte obvia que aparecía en los titulares de su vida. Yo no lucho con su adicción. El amo que tiendo a seguir se parece más a un cono de helado que a una botella de alcohol. Pero mi corazón pecaminoso puede aferrarse a ese dulce aceptable con una falta de confianza en Dios tan profunda como la demostrada por mi madre cada vez que estaba de juerga. Mis esclavitudes pecaminosas no aparecen en los titulares sino en la letra pequeña de mi vida, al añadir pecados adicionales que son más sutiles y con consecuencias más aceptables socialmente que la borrachera de mi madre. Mis esclavitudes me matarán de manera más lenta de lo que el pecado de mi madre la estaba matando. Pero mi habilidad para pecar con mayor delicadeza que mi madre en última instancia no me libra de esas esclavitudes. En todos los sentidos importantes, todos somos adictos porque todos somos esclavos. Y todos nosotros, a nuestra manera, experimentaremos las consecuencias que vienen de vivir una vida de esclavitud.

Pero ahí es donde entran las buenas noticias. Romanos 6 enfatiza que los creyentes ya no somos esclavos del pecado. No estamos atados a las adicciones pecaminosas que nos dominan.

Pero gracias a Dios, que aunque ustedes eran esclavos del pecado, se hicieron obedientes de corazón a aquella forma de doctrina a la que fueron entregados, y habiendo sido libertados del pecado, ustedes se han hecho siervos de la justicia (Ro 6:17-18).

La Biblia promete que todos los que siguen a Jesús tienen un nuevo amo y al final conocerán la libertad de todo amo pecaminoso.

Esta es una buena noticia para los adictos. Mi madre finalmente se cansó de las consecuencias de su adicción al alcohol y se tomó en serio la idea de recuperar la sobriedad. Gracias al trabajo de algunas personas muy devotas, a la larga pudo dejar su hábito de beber. Pero ella seguía siendo una adicta. Fumaba de manera incesante, se arruinaba con las compras compulsivas y se acostaba con personas. No fue hasta que mi mamá conoció a Jesús que en verdad cambió. Su nuevo Amo, Cristo, finalmente rompió su esclavitud a todo pecado, no solo a la bebida.

Cómo Jesús rompe el control de la adicción sobre nosotros, lentamente y a través del tiempo, es el tema de otro artículo mucho más extenso. Pero el punto de Romanos 6:15-23 es que los adictos son esclavos que experimentarán las amargas consecuencias de esa esclavitud. Y, de manera más gloriosa, el punto es que Dios ha hecho provisión para que los adictos esclavizados sigan a un Amo mejor que los libera de la esclavitud al hacernos seguidores de Él. Esa es una buena noticia para todos nosotros, los adictos: mi mamá, yo e incluso tú.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Hearth Lambert
Heath Lambert es el director ejecutivo de la Association of Certified Biblical Counselors. Es profesor visitante del The Southern Baptist Theological Seminary y pastor asociado de la First Baptist Church en Jacksonville, Florida.

Invoqué el nombre de Jesús

Jueves 13 Octubre
Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás.
Salmo 50:15
Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Romanos 5:1
Invoqué el nombre de Jesús
Testimonio
“En mi infancia, mi padre, no practicante, me presionaba a ir a la iglesia. Cuando llegué a cierta edad, no encontré allá ninguna respuesta satisfactoria a las preguntas importantes de mi vida. Entonces me volví a la filosofía. Luego, el consumo de droga suave durante años me condujo a un hospital siquiátrico.

En ese momento Dios comenzó a hablarme. Encontré al Señor en mi cama de hospital, cuando estaba en el fondo del abismo. Él me abrió los ojos y yo le abrí mi corazón entregándole toda mi vida para que viniera a morar en mí. Por primera vez en mi vida invoqué el nombre de Jesús pidiéndole que me ayudara.

Ese día experimenté por primera vez la autoridad y el poder que hay en el nombre del Señor Jesús. Él me liberó de la droga que me atormentaba, y me mostró el camino a seguir. Supe que había sido perdonado y salvado porque la carga de mi pecado, que pesaba tanto sobre mi conciencia, me fue quitada por el mismo Señor Jesús. Me sentí aliviado, feliz, libre; nadie podía quitarme este gozo, esta paz y esta felicidad que acababa de recibir a través de esta nueva vida. Seguidamente, el Señor me llamó con mi esposa a su servicio en un ministerio que cumplimos actualmente, felices de hacer su voluntad”. Léandre

“Muéstrame, oh Señor, tus caminos; enséñame tus sendas… porque tú eres el Dios de mi salvación; en ti he esperado todo el día… De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes; conforme a tu misericordia acuérdate de mí, por tu bondad” (Salmo 25:4-7).

Deuteronomio 7 – Juan 5:24-47 – Salmo 116:12-19 – Proverbios 25:8-10

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¿Por qué la humanidad de Jesús es importante?

La humanidad de Jesús es igualmente importante como su deidad. Jesús nació como un ser humano mientras aún seguía siendo totalmente divino. El concepto de la humanidad de Jesús coexistiendo con su deidad es difícil de comprender para la mente limitada del hombre. No obstante, la naturaleza de Jesús, completamente hombre y completamente Dios, es un hecho bíblico. Hay quienes rechazan estas verdades bíblicas y declaran que Jesús era un hombre, pero no de Dios (Ebionismo). El docetismo opina que Jesús era Dios, pero no hombre. Ambos puntos de vista son falsos y antibíblicos.

Jesús tuvo que nacer como un ser humano por varias razones. Uno se detalla en Gálatas 4:4-5: «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos». Sólo un hombre podría ser «nacido bajo la ley». Ningún animal o ser angelical está «bajo la ley». Sólo los seres humanos han nacido bajo la ley, y sólo un ser humano podría redimir a otros seres humanos nacidos bajo la misma ley. Nacido bajo la ley de Dios, todos los seres humanos son culpables de transgredir esa ley. Sólo un hombre perfecto — Jesucristo — perfectamente podría guardar la ley y cumplirla, y por lo tanto rescatarnos de esa culpa. Jesús obtuvo nuestra redención en la cruz, intercambiando nuestro pecado por su perfecta justicia (2 Corintios 5:21).

Otra razón por la que Jesús tuvo que ser plenamente humano, es porque Dios estableció la necesidad del derramamiento de sangre para la remisión de los pecados (Levítico 17:11; Hebreos 9:22). La sangre de los animales, aunque fueron aceptables de manera temporal, como un anuncio de la sangre del perfecto Dios-Hombre, era insuficiente para la remisión definitiva del pecado «porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados» (Hebreos 10:4). Jesucristo, el Cordero de Dios perfecto, sacrificó su vida humana y derramó su sangre humana para cubrir los pecados de todos los que llegarían a creer en Él. Si Él no hubiera sido hombre, esto hubiera sido imposible.

Además, la humanidad de Jesús le permite relacionarse con nosotros, de una manera que los ángeles o los animales no pueden. “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15). Sólo un ser humano podría compadecerse de nuestras debilidades y tentaciones. En su humanidad, Jesús fue sometido a toda clase de pruebas que nosotros tenemos, y por lo tanto, Él es capaz de comprendernos y de ayudarnos. Él fue tentado, perseguido, pobre, despreciado, sufrió dolor físico y soportó los dolores de la muerte más cruel y prolongada. Sólo un ser humano podría experimentar estas cosas, y sólo un ser humano las podía entender completamente a través de la experiencia.

Por último, fue necesario para Jesús el venir en carne, porque creer esa verdad es un requisito para la salvación. Declarar que Jesucristo ha venido en carne es la marca de un espíritu que viene de Dios, mientras que el anticristo y todos los que lo siguen, niegan esta verdad (1 Juan 4:2-3). Jesús ha venido en carne; Él es capaz de compadecerse de nuestras humanas debilidades; su sangre humana fue derramada por nuestros pecados; y Él era ciento por ciento Dios y ciento por ciento hombre. Estas son las verdades bíblicas que no se puede negar.

La vid y los pámpanos

Miércoles 12 Octubre

(Jesús dijo:) Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador… Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.

Juan 15:15

La vid y los pámpanos

Leer Juan 15

“En todo el mundo vegetal no existe ningún árbol que ilustre de manera más elocuente que la viña la relación del hombre con Dios. No hay ninguno cuyo fruto y jugo sean tan vivificantes y estimulantes. Pero tampoco existe ninguno que, al mismo tiempo, sea tan básicamente inútil, porque su madera no sirve para nada, sino para ser echada al fuego.

De todas las plantas, ninguna necesita ser podada tan despiadada e incesantemente como ella. Ninguna es tan dependiente de los cuidados del que la cultiva”. A. Murray

Comprendemos que Jesús haya tomado la imagen de la viña para enseñarnos una doble e importante lección. Él mismo se designa como la vid, el tronco de la viña; los creyentes son los sarmientos, dicho de otra manera, las ramas. Se entiende que la rama de un árbol solo está viva y puede producir fruto si está unida al tronco que la sostiene, y si la savia circula en ella.

“Permaneced en mí”, dice Jesús (la rama unida a la vid), “y yo en vosotros” (la savia circulando en la rama): es la primera condición para llevar fruto. “Porque separados de mí nada podéis hacer”, confirma el Señor a sus discípulos.

Segunda condición: someterse a una cuidadosa y competente poda por mano del viticultor, “el Padre”, para que llevemos más fruto. Llevar fruto, más fruto, es dejar que la vida de Jesús ocupe nuestros pensamientos, hacer su voluntad, hacer lo que le agrada.

Deuteronomio 6 – Juan 5:1-23 – Salmo 116:1-11 – Proverbios 25:6-7

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