¿Qué debe entender el niño para convertirse a Cristo?

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 2

Reflexiones sobre la evangelización de los niños

Capítulo 7

¿Qué debe entender el niño para convertirse a Cristo?

a1Tuve el privilegio de nacer en una familia cristiana en donde mis padres, además de ser personas que servían a Dios como misioneros, tenían un compromiso profundo de criar a sus hijos en la fe. No recuerdo haber vivido ninguna etapa de mi niñez sin tener conciencia de Dios. Creo que siempre he amado a Jesús. Por supuesto, hubo diferentes crisis espirituales que marcaron el desarrollo de mi fe y de mi proceso de maduración espiritual, pero nunca viví un período de rebeldía cuando quise alejarme de la iglesia o rechazar mi fe en Dios. Considero ese hecho el resultado de su gracia en mi vida. Sin embargo, sufrí largos períodos de angustia y dudas en cuanto a la seguridad de mi salvación. Siendo niña y adolescente, tuve interrogantes sobre elementos espirituales que me daba miedo compartir con alguien. Siempre pensé que los adultos me iban a retar por mi ignorancia o que me iban a considerar una persona “perdida” por mis dudas.

Una de las preguntas de mi niñez que guardé por muchos años tenía que ver con la muerte de Cristo. En esos años yo me preguntaba: “Si fueron crucificados dos hombres más junto con Jesús, ¿por qué solamente la muerte de Jesús sirve para mi salvación?” Algo me hacía pensar que hacerles esta pregunta a mis padres me iba a dejar muy mal parada en el concepto que tenían de mí. Así que me guardé el interrogante por años. Siendo ya adolescente llegué a entender, por fin, que sólo la muerte de Cristo pudo valer ante Dios para mi salvación, porque él nunca había cometido pecado. El hecho de que Jesús nunca pecó me lo habían enseñando, pero nadie me había explicado la relación entre esa verdad y la eficacia de su muerte en la cruz para el pecado de todos, incluyendo los míos. Durante los años de mi niñez, ¿a quién iba a ir yo con mis interrogantes y dudas?

Con el pasar de los años, me doy cuenta cada vez más de que muchos niños guardan sus interrogantes por las mismas razones que tuve yo: el temor a las reacciones de los adultos. Por eso considero que en nuestro trabajo con niños es sumamente importante crear un ambiente donde el diálogo abierto es posible, y donde sus preguntas han de ser respetadas y respondidas. Por este motivo creo que es primordial que conozcamos los elementos esenciales del plan de salvación, para que cuando un niño nos haga alguna pregunta, podamos aprovechar esa oportunidad para explicar conceptos y aclarar sus dudas.

Es imposible incluir en este capítulo todos los elementos concernientes al plan de salvación. El tema es demasiado vasto. Por eso creo que lo más adecuado es pensar siempre en un “proceso de evangelización”, en donde estemos apoyando y alentando siempre la obra regeneradora del Espíritu Santo en la vida de los niños que han tomado la decisión inicial de entregar su vida a Cristo. A mi entender, las siguientes preguntas y respuestas son fundamentales.

¿Quién soy yo?

Un elemento básico para que el niño pueda entender mejor lo que significa “ser salvo” es tener un concepto más claro de su persona. El niño necesita saber que él es un ser con una vida interior y una vida exterior. Para aclarar este concepto, el maestro debe utilizar todas las formas posibles para ayudar al niño a diferenciar entre la parte visible de su persona (su cuerpo, su pelo, sus ojos, su sonrisa, etcétera), y la parte invisible (su mente, donde radican sus pensamientos y emociones). Esta parte invisible no tiene nada que ver con sus órganos, como su estómago o sus pulmones. Es la parte que no se ve ni cuando se sacan radiografías. El niño puede saber que solamente Dios y él conocen lo que sucede en su vida interior, y que esa parte de su ser es lo que la Biblia llama “el corazón”. Esto demanda que el maestro use una gran variedad de actividades que le permitirán al niño reconocer e identificar su vida interior, especialmente sus emociones. Él debe saber que todo su ser es importante, pero que su vida interior es la que Dios valora más (1 Samuel 16:7).

¿Qué es el pecado?

Cuando estamos ocupados en la enseñanza espiritual de los niños, la mayoría de las personas utilizan definiciones para el pecado que enfocan conductas. Por ejemplo, cuando queremos ilustrar lo que es el pecado, nos referimos a la mentira, el robo, la desobediencia, el uso de malas palabras, la agresividad contra otros y conductas parecidas. Casi siempre enfatizamos conductas que no le agradan a Dios. Podríamos decir que este tipo de explicación nos ayuda a identificar tipos de “pecados”, pero no aclara el problema del “pecado” en sí. Por tanto, creo que podemos ayudar al niño a tener una comprensión más adecuada del significado del pecado si le explicamos que el pecado es una actitud básica que tiene toda persona. Esta actitud empezó con el primer pecado de Adán y Eva y ha seguido por toda la historia de la raza humana. Toda persona lleva la actitud que le hace pecador (“pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” Romanos 3:23). Esta actitud es nuestra insistencia de vivir haciendo lo que nosotros queremos, sin pensar en lo que Dios quiere (1 Samuel 15:22, 23; Jeremías 7:23, 24; Romanos 7:18–20).

El niño puede entender que todos los pecados que comete comienzan en la vida interior en donde radican los pensamientos, las emociones y las actitudes que no agradan a Dios. Éstos nos llevan a las conductas equivocadas (Mateo 12:34, 35; 15:16–20; Salmo 19:14). Además, el niño debe entender que el pecado es lo que nos separa de Dios porque él es santo y no tiene pecado. El pecado es lo que impide que seamos parte de su familia (Isaías 59:2). Es lo que hace imposible que seamos las personas que él nos creó para ser. Este énfasis ayuda a que el niño empiece a pensar en su vida interior como el elemento que define y condiciona sus conductas.

¿Quién es Dios?

Definir a Dios es imposible. Cuando nosotros, los adultos, queremos saber cómo es Dios, lo único que podemos hacer es estudiar las características y atributos de Dios. Y por más empeño que pongamos, nos quedamos cortos en cuanto a la definición y comprensión de Dios. Pero para el niño, basta que él entienda algunos elementos básicos acerca de Dios: que él es el creador de todas las cosas, incluyendo su propia vida. Que Dios creó su cuerpo físico como también su capacidad de pensar y sentir, que es su vida interior (ver Salmo 139:1–4). Que Dios lo ama mucho más de lo que cualquier otra persona lo puede hacer. Que Dios lo conoce completamente, por dentro y por fuera. Que el anhelo de Dios es que todos nosotros formemos parte de su familia, y que le permitamos que nos ayude a llegar a ser las personas para lo cual nos creó. Que Dios desea que esta relación íntima con él sea algo que disfrutemos ahora y para siempre (Juan 3:16).

El niño también puede entender que Dios es absolutamente perfecto y santo. No puede hacer el mal. Debido a ese hecho, estamos separados de él a causa de nuestro pecado (Hebreos 12:14). Pero él nos amó tanto que hizo posible que llegáramos a ser sus hijos. Para que eso fuera posible, mandó a Jesús, su único Hijo, al mundo para mostrarnos cuánto nos ama (Juan 3:16; 1 Juan 3:16).

¿Quién es Jesús?

El niño debe reconocer que Jesús es el Hijo de Dios. Debe entender que él vino al mundo naciendo como un niño, al igual que toda persona. Que vivió en un pueblo en Palestina hasta llegar a ser un hombre adulto, cuando empezó a ir de pueblo en pueblo enseñando las verdades de Dios y ayudando a muchísimas personas a través de sus hechos. Sobre todo, el niño debe entender que Jesús es la única persona que ha vivido sin haber cometido pecado porque obedeció a Dios en todo. Él siempre habló lo que Dios quería que dijera, e hizo lo que Dios quería que hiciera. Nunca hizo algo para agradarse a sí mismo, sin primero pensar si lo que hacía agradaba o no a su Padre Dios (Juan 5:19). Por eso, aunque muchos creyeron en él, la mayoría de la gente llegó a odiarlo y finalmente lo mataron. Murió sobre una cruz, pero no quedó muerto. Después de tres días resucitó, es decir, volvió a vivir. Porque Jesús era el Hijo de Dios y porque nunca había cometido ningún pecado, su muerte sirvió ante Dios para pagar el castigo que merecían todas las personas por los pecados que han cometido (Tito 2:14; Isaías 53:5; 1 Pedro 2:24).

¿Cómo puedo llegar a ser un hijo de Dios?

La respuesta a esta pregunta clave empieza con una actitud básica en cuanto al pecado: el arrepentimiento. El niño tendrá que tomar conciencia de lo que significa esta actitud. Se puede hablar de esto con términos sencillos: “Arrepentirse significa sentir tristeza por querer vivir agradándonos a nosotros mismos y no a Dios.” Sentir tristeza significa que uno siente el deseo de cambiar y de vivir de una manera distinta, una vida que agrada a Dios. El niño debe entender que si se arrepiente de su pecado y le pide perdón a Dios (1 Juan 1:9), Dios lo perdona. Él nos puede perdonar porque Jesús murió por nuestros pecados y nuestro arrepentimiento hace posible que Jesús sea nuestro Salvador. A la vez, el niño debe entender que al arrepentirse, está expresando su deseo de entregar el control de su vida a Dios, para que él controle su vida interior y exterior. Al arrepentirse, está cambiando su manera de vivir.

Cuando Dios nos perdona, nos acepta como sus hijos y empezamos a vivir como miembros de su familia. Dios llega a ser nuestro Padre celestial. Podemos sentir su presencia en nuestras vidas y entender cuánto nos ama. Dios llega a ser algo así como un nuevo “patrón” o “jefe” a quien debemos rendir cuentas por nuestra vida. Vivir como su hijo significa que, con su ayuda, hemos de cuidar de que nuestros pensamientos, emociones, actitudes y acciones sean de su agrado. Esto no será fácil, pero podemos estar seguros de que aunque nos cuesta aprender otra manera de vivir, hacer lo que Dios desea es mucho mejor (1 Pedro 4:1, 2). Podemos contar con su ayuda siempre, porque él ha dicho que nunca nos va a dejar solos (Hebreos 13:5). Ser un hijo de Dios también significa que algún día, cuando muera nuestro cuerpo, como ocurre con todas las personas, nuestro espíritu (la parte interior) seguirá viviendo con él para siempre. Esto es lo que llamamos “la vida eterna” con Dios. La Biblia dice que el lugar donde viviremos para siempre con Dios es el cielo, un lugar hermoso e imposible de describir (Apocalipsis 21:1–7).

Algunas observaciones finales

A veces el niño queda confundido cuando le pedimos que lea muchos versículos tomados de diferentes partes de la Biblia. Es mejor limitarnos a uno o dos versículos, preferiblemente usando una versión sencilla de la Biblia (la Versión Popular Dios Habla Hoy o El Nuevo Testamento en la Traducción Biblia en Lenguaje Actual.) El mejor versículo para esto es Juan 3:16 que le asegura al niño que es un hijo de Dios. El maestro lo puede guiar en la lectura del versículo de la siguiente manera, insertando el nombre del niño en los espacios: “Pues Dios amó tanto a , que dio a su Hijo único, para que  al creer en él, no muera, sino que tenga vida eterna.” A la vez, se le explica que el versículo nos asegura que nuestra vida interior vivirá para siempre con Dios, aunque nuestro cuerpo muera.

Es importante que el niño exprese en oración su deseo de entregar su vida a Dios. Es cierto que muchos niños no se animan a orar en voz alta, porque no saben qué decir. El maestro puede ayudar al niño a pensar en una frase sencilla, como ésta: “Dios, te pido perdón por mi pecado, y quiero que tomes el control de mi vida.” Luego se da oportunidad a que el niño diga estas palabras en voz alta, agregando cualquier otra frase que él quiera. Otra opción sería ayudarlo a escribir su oración en un papel. Para este momento, muchos maestros utilizan el método de decir una oración sencilla, frase por frase, y piden que el niño vaya repitiendo cada frase en voz alta. Por lo general, cuando yo ayudo a algún niño a expresar lo que él quiere decirle a Dios, le digo que mientras los dos cerramos los ojos, él puede decir las palabras en su mente. Luego le pregunto: ¿quieres compartir conmigo las palabras que le dijiste al Señor? Entonces yo oro por él, pidiendo que Dios lo ayude a comprender lo importante que es la decisión que ha tomado.

Para enfatizar la trascendencia de la decisión que el niño ha tomado, el maestro puede entregarle como obsequio un Evangelio de Juan, subrayando el versículo de Juan 3:16. También el maestro debe asegurarle que Dios ha escuchado su oración y que su decisión le ha traído mucho gozo (Lucas 15:7).

Pero el hecho más importante que el maestro pueda lograr cuando el niño toma la decisión de aceptar a Cristo es iniciar una amistad espiritual con él. Si el niño percibe un verdadero interés en él de parte del maestro, sentirá que hay un lugar seguro donde podrá llevar sus interrogantes y dudas a medida que vayan surgiendo. Él sentirá que no está solo, sino que alguien lo está acompañando en su peregrinaje hacia Dios. Para el maestro de niños, no hay mayor privilegio que éste.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 61–69). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

Maneras de enseñar a los niños

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 1

Una filosofía de enseñanza para la formación espiritual del niño

Capítulo 6

Maneras de enseñar a los niños

a1Un día estaba revisando unos libros sobre educación cristiana y encontré el siguiente comentario del educador Daniel Marsh, quien describe lo que pasa a menudo en el proceso de la educación:

La educación debe hacernos vivir con gusto y exuberancia. Pero mucho de lo que pasa por “educación” quita el asombro hacia la vida y nos coloca en el peligro mortal de ver todo por las cosas nombradas y clasificadas. Tanto de lo que pasa por la educación es el humo de un fuego que no ha hecho otra cosa que consumir la vida. La razón es que muchas veces la educación carece del elemento más importante, una dimensión espiritual. Pero la correcta metodología de la educación, aquella que afirma el concepto espiritual donde hay lugar para Dios, nos llama a despertar de la apatía que adormece el alma.

La religión es un elemento vital en una educación cabal. Agrega un sentido de responsabilidad en la libertad académica. Da aliento a un espíritu de reverencia en la búsqueda de la verdad. Establece un centro de autoridad moral en la vida del individuo. Define valores para la vida. Da validez a lo aburrido y cotidiano. Trae realización plena a la vida junto con una paz dinámica. (Education that is Christian, La educación que es cristiana)

El tema de la educación de los niños es algo sumamente vasto en su alcance. Las observaciones de Marsh enfocan el contraste entre una educación secular y una que es cristiana. En este libro mi enfoque no es sobre la educación secular, pero comparto lo la observación de Marsh, que el proceso de educación puede aplastar el espíritu de investigación y asombro en el niño. ¿Qué diríamos de la educación cristiana que generalmente se lleva a cabo en la iglesia? Temo que con frecuencia, y debido a la falta de una correcta metodología de enseñanza, también reducimos todo a meros datos, nombres y eventos sin permitir la participación del niño en el proceso de descubrimiento entusiasta de las verdades que son relevantes a su propia vida. Una educación que contiene como ingrediente esencial la dimensión espiritual, y que contribuye a la definición de valores y autoridad moral, debe ser un proceso dinámico. Para que esto pueda darse, debemos analizar las maneras cómo el maestro puede tratar a su clase.

La realidad de lo que pasa en el aula

Primero, vamos a imaginarnos la siguiente escena:

Usted, el maestro, ha llegado a la iglesia a horario para el comienzo de la escuela dominical. Durante la semana previa se ha preparado bien y está entusiasmado con poder enseñar la lección. Hay tanto que quiere enseñar que está seguro de que no le van alcanzar los 45 minutos de la clase. Es una lección sobre una sanidad que obró Cristo y tiene muchas aplicaciones para hoy. Usted tiene la esperanza de que los niños se van a portar bien, sin moverse mucho, para que pueda enseñarles correctamente y hacer las aplicaciones sugeridas.

Los alumnos empiezan a llegar y todos parecen estar “eléctricos” de energía. En seguida uno empieza a contar del accidente que tuvo un compañero de la escuela y cómo él vio todo. Cuenta que la ambulancia había venido para llevar al niño al hospital y como, más tarde, él y su familia lo visitaron. Usted quiere empezar la clase pero el alumno sigue contando cómo está vendado y enyesado el compañero. Los demás alumnos escuchan fascinados y todos se ponen a comentar el caso. En eso, otro alumno empieza comentando un accidente que él tuvo. Otra vez usted trata de iniciar la clase pero los alumnos no le están prestando atención. Siguen conversando entre sí. Finalmente, con impaciencia, usted les obliga que se callen. Dejan de hablar pero usted nota que están distraídos, y no ponen atención en lo que está diciendo. Uno de los alumnos más traviesos empieza a hacer muecas para distraer a los demás. Pero valientemente usted sigue adelante dando la lección. Cuando llega a la aplicación, trata de involucrarlos, pero no responden, le miran con ojos vacíos, y usted tiene la sensación de que la lección no ha tenido evidente efecto. Acercándose al final de la hora de clase, todos empiezan a dar muestras de estar ansiosos porque termine la clase.

Usted vuelve a su casa derrotado. ¿De qué valió tanto tiempo y esfuerzo en preparar la clase? No pasó nada. Si hubieran escuchado, ¡cuánto podrían haber aprendido! Se pregunta si vale la pena seguir con esto.

Esta escena es típica de lo que puede pasar con un grupo de niños en la escuela dominical. El hecho de que la clase haya terminado mal no es necesariamente la culpa del maestro, ni tampoco de los alumnos. Lo que falta es una dinámica de clase que pueda sobreponerse a estos imprevistos.

Para entender esto mejor, hay una pregunta que todo maestro debe hacerse. La pregunta es ésta: ¿qué tipo de maestro soy yo? Al contestar la pregunta, hay que reconocer un elemento importante que afecta nuestra manera de enseñar a otros: son las experiencias que hemos tenido nosotros con relación a la enseñanza. Todos tenemos la tendencia de imitar a los modelos que hemos tenido, aun cuando no hayan sido positivos. Esos modelos son lo que conocemos y es difícil pensar en otros. Pero aparte de lo que haya sido nuestro modelo, podemos decir que generalmente existen tres clases de maestros que pueden ser clasificados con tres palabras: los autoritarios, los permisivos y los facilitadores. Por supuesto, estas categorías se sobreponen entre sí. Es decir, ningún maestro puede decir que no tiene de vez en cuando algo de las tres características en su forma de enseñar. Pero para aclarar lo que estas clasificaciones significan, veamos las manifestaciones típicas de cada una de estas formas de enseñanza.

El maestro autoritario

El maestro autoritario tiende a sentirse inseguro en su rol de maestro y por eso necesita dominar la clase. Es importante para él tener todas las respuestas. Se ve a sí mismo más bien en el rol de policía, vigilando para que los niños se porten bien y muestren el debido respeto. Lucha por mantener la atención de sus alumnos, insistiendo en absoluto silencio durante la clase mientras él habla. No le gusta que los alumnos opinen o que hagan preguntas. Se enoja si algún alumno no acepta su punto de vista o está en desacuerdo con su opinión.

El alumno, frente a este tipo de maestro, termina siendo un objeto, un mero muñeco, que recibe lo que el maestro preparó para él, sin gozar del privilegio de responder, reaccionar o, de algún modo, ser protagonista del proceso de aprendizaje. El alumno pronto se aburre o participa de mala gana. Al ser objeto, empieza a hacer cualquier cosa para distraer a sus compañeros o para alborotar a la clase. Si tiene la libertad de elección, probablemente dejará de asistir a la clase.

Este maestro se ha olvidado de que Dios es la única autoridad espiritual y que es Jesucristo quien ocupa el lugar de mediador entre el alumno y Dios (1 Timoteo 2:5). Le hace falta reconocer que su única autoridad como maestro viene como resultado de su sumisión a la obra del Espíritu Santo en su propia vida (Juan 16:13) y a su disposición de servir a sus alumnos. Necesita reconocer que la autoridad no se impone, se gana. Si su propia inseguridad es la que determina su forma de actuar, debería tomar medidas para madurar personalmente. Este tipo de maestro, a la larga, hará que los alumnos reaccionen contra la enseñanza de la Palabra de Dios porque no han tenido la oportunidad de asimilarla de acuerdo con sus propias necesidades. Probablemente abandonarán la iglesia cuando sean adolescentes o jóvenes.

El maestro permisivo

El polo opuesto del maestro autoritario es el permisivo. Esta persona tiene una idea muy equivocada acerca del niño. Cree que el niño carece de la capacidad de entender cosas serias y que su única manera de ser feliz es por la diversión y el juego. Tan es así que ve su función principal con ellos casi como un “animador de fiestas”. Deja de lado el control y la disciplina en su clase y permite que los niños hagan lo que quieran. Sus intentos por enseñar algo son bastante infructuosos, pero eso no le preocupa mucho porque cree que el aprendizaje espiritual ocurrirá por sí solo, aunque quizá no sepa cómo ni cuándo. Los niños no toman en serio al maestro y se aprovechan del tiempo de la clase para hablar entre sí, hacer ruido, tirar cosas, dibujar en las paredes y subirse a los muebles.

Este maestro no se da cuenta de que el niño requiere guía y dirección en su enseñanza espiritual. Si ha de sentirse seguro y gozar de una sensación de logro en lo que está aprendiendo, necesita de un maestro que sepa establecer límites y definir metas. Necesita entender que el amor de Cristo, modelo para todo maestro espiritual, nunca fue un amor permisivo.

Hay personas que terminan siendo maestros permisivos porque no tienen la disciplina de preparar su clase de antemano. Como no tienen la lección preparada ni otras actividades programadas, permiten que la clase se deteriore lentamente con la única esperanza de que lleguen al final de la hora de clase sin mayores problemas o, como dijo un pastor, en cuya iglesia las aulas estaban en el segundo piso: “Sólo quiero que bajen enteros la misma cantidad de niños que subieron.” Tristemente, este tipo de enseñanza desprestigia a la iglesia que lo permite y al maestro que, sin darse cuenta, desestima la formación espiritual del niño. Además, puede producir en el niño un cierto desprecio por la Palabra de Dios porque ve que ni el maestro la toma en serio.

El maestro facilitador

El maestro facilitador, en cambio, ve su función en la clase como la persona que proporciona o dirige el aprendizaje espiritual. Es una persona sensible a las necesidades de los niños que están en su clase. Los ve como individuos en formación y entiende las capacidades y limitaciones de sus distintas etapas de desarrollo. Sus clases tienen metas bien estructuradas pero no rígidas. Se ve a sí mismo como un guía para el aprendizaje de sus alumnos. Reconoce que él mismo tiene lecciones que aprender en su vida espiritual y no se considera mejor que sus alumnos ni los trata con aire de superioridad. Depende del Espíritu Santo para obrar a través de su vida por medio de una estructura definida pero flexible, en la que los niños pueden descubrir verdades bíblicas para sus vidas. Escucha con atención y respeto a sus alumnos pero no pierde de vista los objetivos que tiene en mente para la lección. Su clase se caracteriza por mucha participación de parte de los alumnos, pero es una participación dirigida para canalizar correctamente el aprendizaje de las verdades que se están enseñando. Raras veces tiene problemas de disciplina porque sus clases están estructuradas tomando en cuenta la necesidad de moverse que tienen los niños y el deseo de descubrir las cosas por su cuenta. Sabe que si están ocupados en algo que les interesa, no habrá mayores problemas de conducta.

De las tres maneras de enseñar, es obvio que el maestro facilitador es el que mejor cumple su función porque ve su rol de maestro en forma correcta. Es importante destacar que este maestro ideal debe ser transparente con sus alumnos en cuanto a su propia vida. Su honestidad y vulnerabilidad implica que no aparentará ser lo que no es. A veces tendrá que admitir que no sabe la respuesta a alguna pregunta. A veces tendrá que admitir que se ha equivocado en algo, o tendrá que pedir disculpas por enojarse o por faltarle respeto a alguien, o por haber criticado o haberse burlado de alguien. Los niños suelen ver a sus maestros como personas perfectas. Se desaniman frente a las imperfecciones de sus propias vidas. El maestro necesita mostrarse ante el alumno como una persona que está aprendiendo a vivir como Dios desea, en toda la transparencia que eso requiere. El niño es experto en percibir la hipocresía. Por eso, la capacidad del maestro de admitir un error o de pedir perdón por una falta ayudará para que el niño se dé cuenta de que la vida en Cristo también está a su alcance.

¿Qué clase de maestro es usted? Si se tomara un retrato de su clase, ¿cuál de las tres maneras de enseñanza estaría en evidencia? Nadie puede mejorar sus capacidades como maestro sin antes reconocer las características que pueden impedir un eficiente trabajo de enseñanza. La meta es ser un maestro facilitador y eso es una destreza que se va adquiriendo y mejorando constantemente. ¡Propóngase ser ese tipo de maestro!

Hágase esta pequeña auto-valuación:

1. ¿Qué evidencia ven sus alumnos de que la autoridad de su vida se basa en el señorío de Cristo?

2. ¿Qué evidencia concreta tiene usted de que sus alumnos lo aman y gustan estar en su clase?

3. Haga una lista de los nombres de sus alumnos. ¿Cuánto sabe de cada uno? ¿Conoce a los padres? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿En qué grado está? ¿Ha visitado su casa? Si no puede contestar estas preguntas afirmativamente, haga un compromiso delante del Señor de conocer a fondo a cada uno de sus alumnos lo antes posible. Al hacerlo, escriba una breve descripción de las realidades que vive ese niño en su hogar, en su barrio o en su escuela.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 53–59). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

La preparación espiritual del maestro

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 1

Una filosofía de enseñanza para la formación espiritual del niño

Capítulo 5

La preparación espiritual del maestro

a1Al encarar el tema de la preparación espiritual del maestro se supone que hay una condición previa a la tarea de enseñanza en sí: la evaluación de la vida espiritual de la persona que desea enseñar a otros. Para ser más claro, el punto de partida para poder enseñar y guiar la vida espiritual de otro es un examen cuidadoso de la vida propia. Yo vengo a este tema con humildad y temor. San Pablo lo expresa bien al decir: “… lleven a cabo su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien produce en ustedes, tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad” (Filipenses 2:12, 13, NVI). No puedo menos que hacerme la pregunta: ¿Qué derecho tengo yo de opinar sobre algo tan personal como es la forma en la cual uno se prepara espiritualmente para su tarea? ¿Se puede establecer cierta cantidad de oración o ciertas horas de estudio que hacen falta como para poder decir al terminarlo: “Estoy preparado”? ¿Cuántos cursos hay que tomar, cuántos libros se deben leer y a cuántos talleres se debe asistir para tener el derecho de decir que uno ha satisfecho las demandas de una preparación adecuada? Yo creo que para todos nosotros que enseñamos la Biblia, está claro que uno nunca acaba de prepararse espiritualmente. Se han escrito muchos libros sobre el tema de la preparación espiritual del maestro, y sin embargo, queda todavía mucho que se podría decir.

Me atrevo a enfocar dos áreas básicas que demandan una evaluación personal porque afectan a todo lo que hace el maestro en lo que se refiere a la preparación espiritual. Estas áreas son señaladas por el mismo Señor Jesús en palabras sorprendentes y fuertes cuando dijo en cierta ocasión: “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino sólo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios e hicimos muchos milagros?’ Entonces les diré claramente: ‘Jamás los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!’ ” (Mateo 7:21–23, NVI). Encuentro en estas palabras dos elementos fundamentales para la vida espiritual del que quiere servir al Señor.

¿Cuál es la motivación de nuestro servicio?

El primer elemento tiene que ver con la motivación que nos impulsa en el servicio para Dios. Aparentemente, estos siervos habían gozado de cierto éxito en su labor para el Señor. ¿A quién no le gustaría señalar como prueba de su efectividad en el ministerio milagros realizados, profecías cumplidas y demonios expulsados? Sin embargo, a pesar de haberlo hecho “en su nombre”, su labor no agradó al Señor. Era lo mismo que si no lo hubieran hecho. Quiere decir, entonces, que a pesar de sus aparentes éxitos, lo que hicieron no fue para la gloria de Dios. ¿Por qué? ¿Hay que suponer que sus motivaciones en hacer lo que habían hecho estaban equivocadas? Quizás lo hacían para quedar bien con otros; quizás para alcanzar reconocimiento y fama; quizás para lograr cierto poder y control sobre la vida de otros; o quizás para cumplir con las expectativas de otros sobre sus dones y capacidades. La lista de sus posibles motivaciones se alarga hasta donde alcanza el egoísmo del hombre. El hecho de que sus motivaciones no eran correctas hizo que su trabajo, hecho seguramente con gran esfuerzo y sacrificio, quedara descalificado por el Señor. Y no solamente descalificado, sino que recibieron adicionalmente la condena del Señor que los llama “hacedores de maldad”.

Como maestros de la Palabra de Dios debemos escudriñar constantemente las motivaciones que nos llevan a cumplir con tan importante tarea. Si la crítica injusta de parte de algún padre o aun del pastor de la iglesia nos puede tirar abajo anímicamente, lo primero que debemos examinar son las motivaciones. “¿Para quién estoy trabajando?” Si no podemos contestar esta pregunta y decir con convicción “¡Para el Señor!”, ya sabemos cuál es el problema, por lo menos en parte. Aun cuando tenemos bien en claro para quién trabajamos, debemos examinar la otra faceta de nuestra labor con la pregunta: “¿Por qué lo estoy haciendo?” La respuesta correcta debe verse a la luz de la motivación que más agrada al Señor: “Porque Dios es justo, y no olvidará lo que ustedes han hecho y el amor que le han mostrado al ayudar a los hermanos en la fe, como aún lo están haciendo” (Hebreos 6:10,VP). Él quiere ver nuestro trabajo como una expresión de amor hacia él. Esto es lo que nos debe motivar en todo lo que hacemos. La canción lo expresa muy bien: “Yo te sirvo porque te amo.” No porque el pastor me lo pide, o porque hacen falta maestros, o porque al hacerlo me gano cierto mérito. La única motivación correcta es la de servir a Dios porque lo amamos. Entonces podemos entrar en el aula de clase, escuchar el bullicio de los niños y decir en el corazón: “Te ofrezco esta hora de clase, Señor, como expresión de mi amor por ti.” Esto transformará completamente la tarea que hacemos.

Uno de los resultados de estar correctamente motivados es que nos vemos impulsados a poner más empeño en lo que hacemos. Cumplimos con nuestro deber, no porque nos estén controlando, sino porque el Señor es digno de lo mejor que le podemos ofrecer. Si mi clase es una ofrenda de amor al Señor, quiero que sea la mejor clase posible. Haré el compromiso de llegar a tiempo, y de estar bien preparado y de buen humor, porque quiero que mi trabajo sea una ofrenda de amor para él. Ser motivado por amor también crea en mí un espíritu de humildad. No puedo menos que comparar lo poco que le ofrezco con lo mucho que él hace por mí. Llego a entender cuál es la única razón legítima para mi trabajo. Es para él. Jesús dijo: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí” (Mateo 25:40,NVI). De esta manera, entonces, nuestro trabajo se transforma en algo hermoso y de eterno valor, aun cuando sea hecho en el aula más pequeña de la iglesia más insignificante, con los alumnos menos agradecidos y el superintendente o pastor más exigente. Todo lo que hacemos es, al final, ¡para él!

¿Cuál es la relación que tenemos con el Señor?

El otro elemento fundamental enfocado en Mateo 7:23 tiene que ver con la relación que el individuo lleva con el Señor. Aquellos siervos lo habían llamado siempre “Señor” pero, para su sorpresa, escucharon atónitos sus palabras de rechazo: “Nunca los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!” Es necesario suponer que nunca existió una relación sincera ni profunda entre ellos y el Señor. No se habían relacionado con él en un correcto sentido espiritual. Sin lugar a duda, podemos decir que el Señor da mucha más importancia a nuestra intimidad con él que a nuestra actividad por él. Después de todo, si la actividad no surge de la relación, lo estamos haciendo en nuestras propias fuerzas. Como discípulos de Cristo, nuestra “razón de ser” es llegar a conocerlo íntimamente. Es la única relación que puede satisfacer todos los anhelos del alma para sentirse uno amado y aceptado de veras. Es en esa relación de intimidad donde encontramos nuestra verdadera identidad y donde sentimos la seguridad de saber que somos de gran valor como personas. Es allí donde descubrimos la transformación que obra su perdón en nosotros y donde vamos entendiendo el alcance de su gracia. Por esa relación somos capacitados para amar, perdonar y aceptar a otros como son. Sin esta relación, todo lo que hacemos será nada más que “madera, heno y paja” (1 Corintios 3:12).

¿Cómo hace el maestro para profundizar más su relación con el Señor? Lamentablemente, establecer requisitos sobre esto sería tan difícil como tratar de reglamentar la expresión afectiva de una pareja de novios o de casados. No hay fórmulas ni recetas para lograr intimidad con el Señor. Sin embargo, una cosa puedo decir: nuestra relación con el Señor se profundiza de la misma manera que las relaciones humanas: dedicando tiempo para estar juntos, dialogando siempre y compartiendo las circunstancias, sean buenas y malas. La esencia de una relación entre dos personas es el diálogo, y sin ello la relación nunca ha de florecer.

Nuestro diálogo con el Señor se hace mediante la oración y el estudio de su Palabra. Todos hemos escuchado esto muchísimas veces. Sabemos que debemos estudiar sistemáticamente la Palabra y orar en forma específica y regular por diferentes motivos. Esto requiere una disciplina en cuanto a método y horario, es decir, un plan de acción en cuanto al estudio de la Palabra y una hora establecida para dedicarnos a ello. Generalmente llamamos a esta disciplina “el tiempo devocional”. Pero con frecuencia caemos en uno de dos extremos: o dejamos de hacerlo por las urgentes demandas de la vida; o caemos en el peligro de cumplir tan rígidamente con esta disciplina que llega a ser una obligación árida y sin vida. Cuando fallamos en su cumplimiento, nos sentimos culpables. Y cuando lo hacemos “a regañadientes” nos roba el gozo de nutrir nuestra relación de amor con el Señor y, desanimados, nos sentimos alejados de su presencia. Este sentimiento triste se puede comparar al de la joven que escucha decir a su novio que le pesa la obligación de estar periódicamente con ella.

Esta situación tan humana y real puede ser cambiada. Empieza con admitir la frustración y desánimo que han producido los muchos fracasos en tratar de ser constante en la lectura de la Palabra y en la oración. Pero se restituye cuando reconozco que el diálogo que trae deleite es aquel al cual se entra con ganas. Aunque el Señor no participa audiblemente en ese diálogo, en mi espíritu siento su presencia, que es como un diálogo silencioso. Él me habla por su Palabra; yo le hablo por la oración. Al practicar este diálogo de amor, fomento una relación de intimidad con el Señor.

Una práctica saludable es utilizar varios medios (las grabaciones de música cristiana, libros con la letra de los himnos y coros, las guías devocionales, etcétera.), para ayudarnos a encontrar una adecuada expresión de nuestro amor hacia él. En la lectura de la Biblia debemos buscar intensamente todo lo que el Señor nos pueda decir sobre su amor por nosotros, sobre su persona, y sobre su obra eterna a nuestro favor. Debemos formar el hábito de hablar con él sobre nuestra realidad: las debilidades y tentaciones, las reacciones negativas hacia otros, el orgullo, los fracasos morales y espirituales, los conflictos persistentes en el ámbito de familia, la falta de recursos económicos y el sufrimiento físico y emocional. Es en esta actitud de vulnerabilidad y transparencia donde el Espíritu de Dios nos señala nuestros pecados y donde, quebrantados y arrepentidos, encontramos el perdón. Precisamente, parte de la comunión íntima es poder llevarle al Señor los pedazos rotos de nuestras vidas y saber esperar su restauración y sanidad.

Cuando entramos en esta comunión íntima con el Señor, el Espíritu Santo comienza a despertar en nosotros hambre y sed por su Palabra y por su persona. De pronto estamos viendo nuestras circunstancias y obligaciones con otra perspectiva, una perspectiva donde descansamos en la bondad de Dios y buscamos entender cómo podemos glorificarle en el lugar donde nos ha puesto. Con esa actitud encontramos fuerzas para aceptar lo que él ha permitido en nuestras vidas y donde aprendemos a orar “sea hecha tu voluntad, no la mía”. Empezamos a ver que su amor empieza a fluir a través de nosotros hacia los demás. En esta relación de más intimidad con el Señor nuestro corazón empieza a sentir su compasión por las personas que estamos tratando de ayudar. Sumándolo todo, podemos decir que al buscar esa relación de amor con el Señor, el maestro logra la preparación previa e indispensable para enseñar la Palabra de Dios. Entonces empezamos a darnos cuenta lo que significa la frase: “…no es en vano el trabajo que hacen en unión con el Señor” (1 Corintios 15:58, VP).

Al profundizar esta relación, nos damos cuenta de otra importante verdad: lo que hacemos para el Señor nunca debe ser hecho en nuestras propias fuerzas. Si así lo hacemos, pronto hemos de desanimarnos y cansarnos. Su plan para que la Palabra tome vida es que los maestros ejemplifiquen lo que enseñan. Es decir, el maestro debe mostrar las virtudes del amor, la misericordia y el perdón, entre otras, a través de su vida. Lo que Dios desea es “hablar sus palabras” a los alumnos usando la vida del maestro. Él quiere tocar con amor vidas carentes de afecto y lo quiere hacer a través de nuestras acciones, actitudes y palabras, dando realidad en carne a su amor en nosotros. Él quiere hacer posible que otros vean la realidad de las palabras del apóstol Pablo: “Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2:20, VP).

Por lo tanto, es sobre la base de una correcta motivación y una íntima relación con el Señor que asumimos la tarea privilegiada de enseñar la Palabra de Dios. Todo lo que hacemos como maestros es parte de un proceso. La tarea de preparar la lección es parte de ese proceso y una manera concreta de mostrar mi obediencia al Señor mientras, a la vez, aprendo nuevas verdades que afectan mi vida. Dar la clase sirve como una forma de acercarme más a los alumnos. Mi trabajo para Dios vuelve a él en los resultados que mi enseñanza tendrá en la vida de los alumnos. Es un círculo que nunca termina: recibo inspiración y guía del Señor, que luego vuelco en mi clase, para que mis alumnos aprendan a amar y a obedecer al Señor quien, a la vez, ha de inspirar y guiar sus vidas. Nunca termina este proceso ni tampoco termina jamás mi preparación espiritual.

La hermosa oración de Pablo en Efesios 3:16–21 debe ser una realidad en la vida de cada uno que nos llamamos maestros de la Palabra de Dios: “Le pido al Padre que, por medio del Espíritu y con el poder que procede de sus gloriosas riquezas, los fortalezca a ustedes en lo íntimo de su ser, para que por fe Cristo habite en sus corazones. Y pido que, arraigados y cimentados en amor, puedan comprender, junto con todos los santos, cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo; en fin, que conozcan ese amor que sobrepasa nuestro conocimiento, para que sean llenos de la plenitud de Dios. Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros, ¡a él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos! Amén.”

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 45–51). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

La importancia de las aplicaciones en la enseñanza de los niños

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 1

Una filosofía de enseñanza para la formación espiritual del niño

Capítulo 4

La importancia de las aplicaciones en la enseñanza de los niños

a1Aveces trato de imaginarme la situación de las congregaciones a las cuales Santiago dirige la carta que lleva su nombre en el Nuevo Testamento. Es más que seguro que eran similares a las congregaciones de hoy en día, compuestas de personas falibles, débiles y propensas a caer en pecado. Eugenio Peterson, pastor respetado y traductor de las Escrituras, en su introducción a la carta de Santiago comenta que las iglesias cristianas no son comunidades donde vive gente perfecta. Dice que son lugares donde los errores humanos son sacados a la luz por la Palabra de Dios, para ser enfrentados y resueltos. Cuando Santiago dice: “No se contenten sólo con escuchar la palabra, pues así se engañan ustedes mismos. Llévenla a la práctica.” (1:22), está hablando de esta realidad. En otras palabras, Santiago dice que cuando se trata de la Palabra de Dios, no es suficiente conocer su contenido. La Palabra demanda acción y esa acción debe producir cambios. Yo considero que éste es el aspecto más débil en la vida de la iglesia: la aplicación práctica de la Palabra de Dios a la vida real. Sólo con revisar la mayoría de los materiales que se ofrecen para la enseñanza de la Biblia, uno llega a la conclusión de que por lo general los autores ponen gran esfuerzo y creatividad para presentar la información bíblica por medio de técnicas y métodos novedosos, pero cuando se trata de llevar esa información bíblica a la práctica, hay poco y nada de ayuda para el maestro.

Esta misma debilidad viene a caracterizar la enseñanza de la Biblia a los niños. Los niños, igual que los jóvenes y adultos, tienen la característica muy humana de resistir el cambio. No nos gusta admitir que nuestra forma de hacer las cosas puede estar fallada porque eso es una reflexión negativa sobre nuestra persona. Menos nos gusta admitir que cometemos pecados o que estamos moralmente fallados. Hay varios factores que nos impiden admitir las fallas que tenemos. Primero, cada uno nos creemos personas buenas. “Yo no hago mal a nadie” es una auto-evaluación generalizada. Es una forma de decir: “Soy una persona buena” y aunque la persona admite tener algunas pequeñas fallas, se defiende diciendo que no son graves. Si creemos esto, es difícil que lleguemos a reconocer que necesitamos transformar lo que es nuestra manera de ser. Segundo, todos somos personas que queremos tener el control de las cosas y nos molesta que otro se encargue de lo nuestro, especialmente de las cosas privadas, como conductas morales. Nos cuesta aceptar la “ley de la dependencia” en Dios, que es parte de una vida cristiana madura. Y por ende resistimos las experiencias difíciles que nos humillan y nos duelen, aunque sabemos que son parte esencial en el crecimiento de la fe. Una tercera característica de nuestra humanidad es mirar a otros como más imperfectos y problemáticos que nosotros mismos. Escuchamos una enseñanza de la Palabra de Dios y pensamos inmediatamente en otro que lo necesita más que uno porque en su vida hay grandes defectos. Con esta reacción casi automática pasamos por alto que la aplicación debería tocar y cambiar nuestra propia vida. Jesús hacía referencia a esta tendencia cuando enseñó que no debemos juzgar a otros. Dijo a sus oyentes: “¿Cómo puedes decirle a tu hermano:‘Déjame sacarte la astilla del ojo’ cuando ahí tienes una viga en el tuyo?¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano” (Mateo 7:4, 5). Él, mejor que cualquier otra persona que haya vivido, entendía nuestra fuerte resistencia al auto-examen y al cambio.

Otro factor que impide la aplicación de la Palabra de Dios a la vida de los creyentes es la acción del enemigo de nuestras almas. El apóstol Juan lo llama “el acusador” en Apocalipsis 12:10. “Porque ha sido expulsado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios.” Este enemigo hace lo posible para que el hijo de Dios NO haga una aplicación correcta de la Palabra a la vida. Trata de desviar su atención a otros, o trata de convencerlo de que sus pecados son insignificantes, o trata de adormecerlo espiritualmente. Usa mil artimañas para no permitir que el creyente actúe sobre la verdad. Y tristemente, cuál sea su método, el enemigo logra sus fines en múltiples ocasiones.

El niño no se escapa de esta realidad. Al contrario, los procesos de aplicación se complican aún más en la enseñanza espiritual a los niños. La vida del niño es controlada por los adultos que forman parte de su hogar. Están acostumbrados a obedecer las órdenes de alguien, sea padre, madre, maestro o pariente. Muchas veces obedecen solamente porque si no lo hacen, las cosas pueden terminar mal, como con un castigo. Es decir, para los niños los parámetros de la conducta son definidos por otros. Este factor hace aún más difícil la internalización de las enseñanzas bíblicas como vivencia personal. El niño tiende a responder a los cambios de conductas, enseñados por un adulto como aplicación de la Palabra de Dios, de la misma manera que responde a las demandas de los adultos en su vida. Lo hace porque en determinadas situaciones le conviene hacerlo, pero no necesariamente porque sus actitudes hayan sido transformadas. Se cuenta de un pequeño niño rebelde cuyo padre lo disciplinó por su mala conducta obligándolo a sentarse por un buen rato en una silla del comedor. El niño se subió a la silla, se dio vuelta y declaró furioso: “¡Por afuera estoy sentado, pero por dentro estoy parado!” Todos podemos identificarnos con su actitud. No es fácil obedecer ni llevar a la práctica la vida que Dios pide.

Sin embargo, para el niño, como también para el joven y adulto, cuando la enseñanza está basada en la Palabra de Dios hay otra realidad que se debe tomar en cuenta. Cuando Jesús volvió al cielo después de su resurrección prometió que vendría otra persona para estar presente con los creyentes: “el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que les he dicho” (Juan 14:26). En el perfecto plan de Dios para la humanidad, él toma en cuenta nuestra resistencia al cambio y provee una presencia en nosotros en la persona de su Espíritu para obrar los cambios que necesitamos. No es que nuestra resistencia habitual desparezca automáticamente por tener al Espíritu en nosotros. Más bien, es por medio del Espíritu Santo que nuestra voluntad va cambiando y los cambios se van logrando. “Dios es quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad” (Filipenses 2:13). Es él quien obra en nosotros el arrepentimiento cuando caemos en pecado, y es él quien nos motiva a persistir en una vida de obediencia que trae honra al nombre de Dios. En la carta a los Romanos, el apóstol Pablo describe de una manera conmovedora la acción del Espíritu Santo en nosotros: “Así mismo, en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras” (Romanos 8:26). Gracias a Dios, nuestra respuesta en obediencia a su Palabra es posible por la obra de su Espíritu.

Siempre debemos recordar que la presencia del Espíritu Santo está obrando también en la vida del niño que se ha entregado al Señor. Es la tarea del maestro apoyar esa obra de todas las formas posibles. Para entender lo que Dios quiere de él, es necesario que el niño sea enseñado de maneras que están de acuerdo con sus capacidades de comprensión. Esto quiere decir que la persona que lo enseña debe preocuparse por entender las capacidades del niño. Él aprende muy poco cuando el medio de enseñanza son únicamente palabras. Necesita ser protagonista. La enseñanza eficaz es la que utiliza diversas actividades, desafíos, juegos y proyectos para enseñar las verdades abstractas, como son muchas de las enseñanzas bíblicas. Este tipo de enseñanza requiere una gran dedicación de parte de los maestros: sacrificios de tiempo invertido en la preparación de las actividades, de artículos confeccionados a mano, de juegos preparados con anticipación y de un sinfín de detalles que hacen que la enseñanza sea eficaz. También requiere mucha paciencia con lo que parece ser a veces la falta de atención o interés de parte de los niños. Pero en todos esos esfuerzos en el maestro está presente el Espíritu Santo para motivarlo, fortalecerlo y animarlo en su tarea. Y está presente también en los alumnos para inquietarlos hacia la obediencia.

El maestro que se esmera por aplicar correctamente las enseñanzas de la Biblia a la vida del niño se dará cuenta en seguida de lo complicada que es esa tarea. Llegará pronto a reconocer cuánto lucha el enemigo por impedirlo. En mi experiencia he encontrado que en centenares de ocasiones, cuando estoy por iniciar la actividad de aplicación que he preparado con mucho cuidado para que fuera adecuada a la comprensión de los niños, ha ocurrido alguna interrupción inesperada que corta la atención de la clase y arruina este momento tan importante. Alguien golpea la puerta, un niño se cae de su asiento, otro necesita ir al baño, una madre entra buscando a su niño, etcétera. En momentos así, el arma que utilizo es la oración silenciosa: en mi mente clamo a Dios para que me dé la capacidad de captar de nuevo la atención de los niños y lograr las actividades de aplicación. Pero nunca es fácil y el enemigo nunca descansa.

La enseñanza de la Biblia tiene una sola finalidad: lograr cambios en la vida. Los materiales que utilizamos deben incluir todas las ideas y ayudas posibles para ayudar al maestro en lograr este proceso de aplicación de las verdades a la vida. A la vez, la aplicación será adecuada únicamente cuando se toma en cuenta la capacidad limitada de concentración que tiene el niño, su necesidad de participación, su vocabulario y su comprensión cognoscitiva limitada de acuerdo con su edad. Es por esta razón que hemos tratado de incorporar estos elementos en las lecciones VIVIR LA BIBLIA, para que el maestro pueda hacer vivir la verdad bíblica en la experiencia de su alumno. Santiago pone el énfasis donde corresponde: escuchen pero luego hagan. La fe cristiana tiene la dinámica de poder cambiar la forma de vivir. Pablo dice: “cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir” (Romanos 12:2, VP).

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 39–43). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

El niño y el desarrollo del concepto de Dios

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 1

Una filosofía de enseñanza para la formación espiritual del niño

Capítulo 3

El niño y el desarrollo del concepto de Dios

a1Entre las áreas de desarrollo y formación en la vida de cada persona, hay dos que no son muy evidentes, pero que afectan en forma profunda todo lo que somos y hacemos. Son las áreas que tienen que ver con nuestra auto-imagen y con nuestra imagen de Dios. Creo que cada persona vive la vida queriendo responder a estos dos grandes interrogantes: ¿Quién soy yo? y ¿Quién es Dios? Vamos definiendo las respuestas a través de múltiples circunstancias y experiencias a lo largo de toda la vida. Lamentablemente, ningún proceso formativo es libre de las distorsiones que causa el pecado, y gran parte de la tarea de la iglesia es ayudar a las personas a corregir los conceptos equivocados que tienen acerca de su propia persona y acerca de Dios. El proceso de corrección de estos conceptos nos llevará toda la vida, pero la etapa de mayor influencia formativa es la de la niñez. Durante esa etapa estamos rodeados de personas que, para bien o mal, son capaces de transmitirnos conceptos acerca de nosotros mismos y de Dios por medio de la coherencia de sus vidas, sus actitudes, sus palabras y sus maneras de interactuar con nosotros.

La tarea del maestro en la iglesia, por supuesto, está ligada profundamente a estos procesos de aclaración y corrección de conceptos. Él, aún más que cualquier otra persona en la iglesia, está influenciando en forma positiva o negativa lo que sus alumnos aprenden sobre su valor como personas y sobre la persona de Dios. Esta tarea no es de poca importancia. La verdadera madurez espiritual se logra recién cuando hay una completa integración de un sano concepto propio con una correcta comprensión de Dios. Jesús enfatizó esta gran verdad en su respuesta a un experto en la ley cuando dijo: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente.” Éste es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a éste: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37–39). Es imprescindible que los que somos parte de los procesos de formación espiritual de los niños estemos evaluando y corrigiendo continuamente nuestras propias respuestas a estas dos grandes preguntas.

La importancia de conocer las limitaciones cognoscitivas del niño

¿Cuáles son los elementos que contribuyen a la formación de un concepto más correcto de la imagen de Dios en los niños? Hay varios factores que tenemos que tomar en cuenta aquí, y uno de ellos es la necesidad que tenemos como adultos de comprender el desarrollo cognoscitivo del niño. Sin profundizar mucho el tema, podemos destacar algunas áreas importantes en el desarrollo intelectual del niño que han de afectar su comprensión de lo que le enseñamos acerca de Dios. Es importante reconocer que todo lo que hacemos con el niño dentro del marco de la iglesia está siendo comprendido dentro del contexto de la iglesia como “la casa de Dios”. Él está formando sus primeras actitudes acerca de Dios, la Biblia y la iglesia. El maestro que ama al niño, que comprende sus limitaciones, que cumple con sus promesas con él y que lo valora como persona está ayudando para que el niño perciba a Dios así en relación con su persona. En cambio, si el niño siente rechazo, desprotección, incomodidad física y desconfianza frente a las personas que le enseñan en la iglesia, conceptuará a Dios con las mismas características hacia él.

Mi padre, después de cumplir los ochenta años, pasó varios años enseñando la Biblia a niños preescolares en guarderías cristianas. Una tarde, en medio del recreo, un niño de cuatro años le pidió que lo levantara en sus brazos. Mi padre lo hizo, y el niño tomó su rostro entre sus pequeñas manos y dijo: “Abuelo, tú debes ser Jesús.” Siempre pienso en ese incidente cuando veo a maestros entre sus grupos de niños. ¿Qué ejemplo de Jesús estamos transmitiendo mediante el trato que tenemos con ellos?

Otro aspecto del desarrollo cognoscitivo de los niños es su dificultad en entender elementos abstractos, simbólicos y figurativos. Su capacidad para entender abstracciones se desarrolla recién alrededor de los diez u once años de edad. Su aprendizaje es en forma concreta y literal y es necesario tener siempre esto presente. Esto se hace muy complicado cuando nos damos cuenta de que la gran mayoría de los conceptos espirituales son abstracciones. En una ocasión, una maestra estaba enseñando a los niños sobre la doctrina del Espíritu Santo y utilizó el ejemplo del bautismo de Jesús cuando el Espíritu Santo descendió sobre él en forma de paloma. Un niño de la clase fue de paseo con su familia esa tarde y visitaron una plaza en el centro donde había una gran cantidad de palomas. Los padres se sorprendieron cuando exclamó: “¡Mamá! ¡Mira cuántos Espíritus Santos hay en la plaza!” El niño estaba simplemente demostrando su pensamiento literal.

Me contaron que en otra iglesia un niño preescolar comentó a su madre que esa mañana en la iglesia “había visto a Jesús.” La madre le hizo varias preguntas para tratar de entender el porqué de esta revelación y el niño insistió diciendo: “¡Sí, lo vi! Tenía traje negro y corbata y vino a la clase a buscar la ofrenda.” Otra vez más la necesidad de pensar en forma concreta resultó en una interpretación propia de lo que había dicho la maestra: “Vamos a dar nuestras ofrendas a Jesús.” Ojalá el ujier que buscó la ofrenda hubiese tratado bien a los niños, porque si los tratara mal, el trato venía de “Jesús”. Éstas son algunas de las complicaciones que se deben tomar en cuenta en la enseñanza de niños dentro de la iglesia.

La importancia de las relaciones afectivas en la formación de la imagen de Dios

Otro factor que influye mucho en el desarrollo de la imagen de Dios en los niños es la relación afectiva que tienen con los adultos que representan autoridad para ellos. Lo más importantes en este sentido son los padres, por supuesto. La Dra. Rebeca Land, una especialista en terapia familiar, dice: “En una forma muy real, la formación más temprana del concepto de Dios en el niño es el resultado directo del tipo de cuidado que recibe de sus padres.” Podríamos ampliar el concepto y decir que afecta de la misma manera el tipo de cuidado que recibe de todas las personas en autoridad sobre él, especialmente los que le enseñan la Palabra de Dios. El niño ha de sentirse amado por Dios si es amado por estas personas, y si ese amor es expresado hacia él en maneras que puede entender. El niño se siente amado si es respetado, tomado en cuenta, escuchado, cuidado y tocado con amor. El Dr. Ross Campbell en su libro SI AMAS A TU HIJO menciona la importancia de mirarle directamente a los ojos al niño cuando uno le habla. Es una manera sencilla de mostrarle respeto y de tomarlo en serio.

Por otro lado, si el niño es tratado con violencia física o verbal, con indiferencia o con rigidez, o si es abandonado física o emocionalmente, estos tratos también contribuirán a formar un concepto negativo de Dios. Es imposible comprender el amor de Dios fuera de los parámetros del amor que hemos recibido nosotros mismos. Los recuerdos dolorosos de la niñez donde no hubo afecto son demasiado profundos y siguen afectando el concepto de Dios aun en los años de vida adulta.

El efecto de la disciplina en la formación de la imagen de Dios

También contribuyen a la formación de la imagen de Dios las formas de disciplina que recibe el niño en su niñez. Debemos hacer una distinción entre disciplina y castigo. La disciplina correcta es una expresión de amor que es definida por la necesidad que tiene el niño de tener límites en su vida. La disciplina correcta corrige las conductas erradas y estimula conductas apropiadas. En cambio, el castigo es percibido por el niño como rechazo y, a menudo, provoca la rebeldía. Escuché a un padre decir que el castigo es señal de que la disciplina no ha sido adecuada. Las formas de disciplina que recibe el niño producen efectos mucho más allá que sus conductas. También tienen un efecto profundo sobre sus actitudes. Si recibe una disciplina coherente que se lleva a cabo dentro de los parámetros de sus capacidades de niño, se afirmará su valor como persona y le otorgará mucha seguridad en su desarrollo. En cambio, si la disciplina que recibe es abusiva o severa en extremo, el niño ha de adquirir la percepción de ser de poco valor como persona. Empieza a creer que nunca llegará a la medida que los adultos esperan de él. Ante estas experiencias negativas, él irá asumiendo culpa por todas las cosas que le salen mal y su espíritu quedará herido, quedando en él la sensación de que no sirve o que no puede.

El equilibrio en la disciplina que ejercen los adultos sobre los niños debe asemejarse a la disciplina que forma parte de nuestra vida con Dios. Él no hace demandas sobre nosotros que no podemos cumplir sino que promete estar a nuestro lado para ayudarnos a cumplirlas. “El Señor disciplina a los que ama” (Hebreos 12:6). Más de lo que creemos o entendemos, la disciplina equilibrada y bien llevada lleva al niño a formar un concepto correcto de Dios. La realidad es que, habiendo llegado a ser adultos, muchas personas reflejan la disciplina que recibieron de niños al percibir a Dios como un verdugo, enojado siempre, injusto, caprichoso y deleitándose en castigar a sus hijos.

En nuestros intentos de controlar las conductas de los niños recurrimos muchas veces a las amenazas. Repetimos las mismas amenazas que nuestros padres nos gritaron en nuestra propia niñez. Nosotros sabemos que no estamos hablando en serio cuando decimos estas cosas, pero nos olvidamos de que el niño no lo entiende así. Él cree absolutamente en lo que dicen los adultos y lo toma muy en serio. Como tal, nuestras amenazas huecas sólo sirven para asustarlo y terminan causándole confusión y ansiedad. Lógicamente, afectan también el concepto que irá formando de Dios. Entre las muchas amenazas que se escuchan por ahí se encuentran expresiones como éstas: “¡Dios te va a castigar! ¡Si haces eso otra vez, no te quiero más! ¡Si no dejas de llorar, te dejo aquí y me voy! ¡Pórtate bien o te mato!” Todas estas expresiones son amenazas que, por supuesto, los padres no van a llevar a cabo. Pero el niño, por su forma de entender las cosas, nunca puede estar seguro de eso. Lo que sí se va formando en él es una percepción de la no confiabilidad de las personas en autoridad sobre él, y esa percepción, por lógica, se transfiere también a Dios.

El efecto de conceptos religiosos mal interpretados en la formación de la imagen de Dios

Todo lo que se hace y se dice dentro de la iglesia tiene un impacto profundo sobre el concepto de Dios que el niño está formando. Dos cosas afectan esto. Uno es el trato que recibe de parte de las personas en autoridad. El otro es que por lo general todas las cosas que se hacen o que se dicen en la iglesia no están orientadas hacia el niño y, por tanto, fácilmente pueden ser mal interpretadas por él. Igualmente, el vocabulario religioso que utilizamos tiende a ser muy arcaico y desconocido por los niños. Ellos escuchan canciones y oraciones cargadas de expresiones muy simbólicas y difíciles de entender con el vocabulario limitado que tienen. Cuando el niño no entiende una frase o una palabra, su tendencia es sustituir alguna palabra que suena parecido y que sí es conocida por él. Todos los que trabajamos con los niños hemos escuchado sus interpretaciones tan originales. Una niña escuchó cantar muchas veces el himno que comienza: “Nunca, Dios mío, cesarán mis labios de bendecirte y cantar tu gloria.” Por muchos años creyó que la letra decía: “Nunca, Dios mío, besarás mis labios”. Otro niño preguntó quién era “La hermana Déjaque.” Cuando nadie supo contestarle, agregó: “Sí, es la que siempre se mueve, porque la canción dice: “Oh, hermana Déjaque se mueva.” Evidentemente, era su interpretación de un coro contemporáneo que habla del mover del Espíritu Santo sobre su pueblo.

Por supuesto, es imposible evitar este tipo de mal entendidos, pero por lo menos tendríamos que estar atentos para aclararlos cada vez que escuchamos esta clase de confusión. Es importante recordar que el niño no está tratando de ser gracioso, sino que se esfuerza siempre por entender lo simbólico y figurativo de nuestro lenguaje religioso. Si no hay personas que le ayudan a aclarar su confusión, asimilará conceptos erróneos y hasta ridículos acerca de Dios.

Otra área de confusión para los niños tiene que ver con las celebraciones religiosas. Se crea mucha confusión en ellos por las maneras en que llevamos a cabo los programas dentro de la iglesia para eventos como la Navidad o la semana de Pascua. Un niño quiso ilustrar lo que era para él la Pascua. Dibujó un conejo clavado sobre una cruz. Su intento respondía a la confusión creada en su mente por la diversidad de símbolos que rodean este evento tan importante en el calendario de la iglesia. El énfasis en los huevos de Pascua, en Papá Noel y en otros elementos tradicionales que no tienen nada que ver con los relatos bíblicos confunden porque nadie les explica cuáles son los elementos verdaderos, o cuáles los bíblicos, y cuáles son representativos de la tradición y la cultura. Nosotros, que trabajamos en la formación espiritual del niño, debemos comprender la forma de pensar de ellos y ser sensibles a esta mezcla de estímulos que reciben tanto de los medios como de la iglesia. Debemos hacer lo posible para expresar en lenguaje sencillo y claro lo que son las verdades y doctrinas básicas que son representadas por estas dos fiestas importantes.

El vocabulario religioso también resulta sumamente confuso para los niños en otra área. Me refiero a las formas en las cuales les explicamos el plan de salvación. Yo creo, personalmente, que cometemos los errores más graves con ellos dentro de este contexto. En lugar de simplificar este elemento básico de la fe, la disfrazamos con símbolos que crean más confusión. Además, en el afán de tener programas exitosos usamos todo tipo de disfraces, esperando que un niño tome en serio el mensaje que esté dado por un payaso o por una verdura graciosa. No presentaríamos el evangelio de esta manera a los adultos porque sería una falta de respeto. Pero lo hacemos con los niños, porque el único criterio que aplicamos es si al niño le gusta o no. El niño se interesa por cualquier cosa novedosa. No nos detenemos para preguntar qué entienden ellos acerca de Dios por estas presentaciones. Ni tampoco queremos admitir que muchas veces estamos utilizando un cierto manipuleo de sus emociones para conseguir el fin que deseamos, aprovechando el hecho de que el niño tiende a responder en sumisión a la autoridad de un adulto. Yo creo que a través de nuestras presentaciones muchas veces estamos siendo de tropiezo a los niños porque estamos llenando sus mentes de elementos que crean confusión en vez de guiarlos a Dios por un camino claro y coherente. Me parece que tenemos que pensar seriamente sobre cómo estamos afectando el desarrollo del concepto de Dios en los niños y cambiar muchos de los métodos que utilizamos.

El efecto de los medios de comunicación en la formación de la imagen de Dios

Es necesario reconocer el efecto alarmante que los medios de comunicación están teniendo sobre la vida del niño actual. Aunque éste es un tema extenso que merece una investigación cuidadosa, quiero señalar ciertos factores. Un área sumamente preocupante es la violencia como una forma de adquirir el poder. Los primeros conceptos que va adquiriendo el niño sobre el uso de la violencia y el poder vienen por los medios de comunicación, especialmente por la televisión. Por lo tanto, lo que se le enseña en la iglesia sobre el poder de Dios será interpretado por lo que ya aprendió en la televisión o en los video-juegos. Me contó una maestra cómo en su iglesia un niño había hecho la declaración con firmeza de que no le interesaba seguir a Jesús porque “él era un perdedor”. Prefería seguir al superhéroe (y nombró uno de moda) porque tenía más poder y nadie lo podía matar. Quizás otros niños no se expresan en una forma tan tajante, pero este ejemplo sirve para mostrar la confusión que los programas de televisión pueden crear en la mente del niño. Nuestro énfasis debe ser el hecho de que el poder que tiene Dios no se basa en la destrucción de personas, sino en que él hace posible que se transformen desde adentro hacia fuera y que su poder hace posible que convivamos en paz y amor el uno con el otro, sin buscar formas de vengarnos. La enseñanza bíblica debe representar una fuerza de resistencia frente al alud de violencia que inunda la vida de los niños de hoy.

Los medios de comunicación también endiosan a los cantantes, los actores de cine y los deportistas, mostrando sus vidas como algo para emular. A la vez, los valores distorsionados y la incoherencia de vida de estos artistas, quienes llegan a ser los ídolos de los niños y adolescentes, crean ambigüedad en cuanto a los verdaderos principios cristianos sobre la moral y la ética. La iglesia, y en forma más directa los padres cristianos, se sienten amenazados por este constante bombardeo de imágenes e influencias que afectan a sus niños. Y los niños, por su lado, se sienten solos, sin espacio seguro donde pueden expresar sus inquietudes. A la vez nosotros, los adultos que debemos responder a sus interrogantes, nos encontramos demasiado ocupados como para estar escuchándoles, dejándoles sin una orientación correcta.

Debido a estas influencias mundanas que invaden continuamente nuestras vidas hoy día, creo que como nunca antes en la historia, nosotros los adultos debemos involucrarnos en las vidas de los niños, siendo para ellos una presencia estable y confiable en todo momento. El hecho de ser personas accesibles al niño, con un interés genuino en los diversos aspectos de su vida, permitirá que éste encuentre fuerza para resistir los valores falsos del mundo. A la vez, esta relación de afecto y confianza ayudará a sembrar los elementos para desarrollar una relación sentida con Dios. El niño necesita ver en el adulto un ejemplo de amor, estabilidad y compromiso de fe que le ayudará a él a emular esos mismos valores y a formar, como consecuencia, un concepto correcto de Dios.

Sin el compromiso de adultos que aman a Dios y se dedican al ministerio de los niños, hemos de ir retrocediendo ante las influencias invasoras del mundo secular. Una parte fundamental de este proceso de resistencia tiene que ver con el desarrollo de un concepto sano e íntegro de quién es Dios. Lo que el niño aprende en su niñez determinará lo que será como adulto. Cuando necesito inspiración en esta singular tarea, o cuando me siento desanimado, traigo a mi mente las palabras de Jesús: “El Rey les responderá: Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí” (Mateo 25:40).

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 29–37). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

El uso de las Escrituras en la enseñanza de los niños

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 1

Una filosofía de enseñanza para la formación espiritual del niño

Capítulo 2

El uso de las Escrituras en la enseñanza de los niños

a1Un domingo, cuando mi hija tenía ocho años de edad, salió de la iglesia muy disgustada. En el auto, volviendo a la casa, expresó con estas palabras su parecer sobre la clase que habían tenido en la escuela dominical.

—¡Mama, me aburre la clase de escuela dominical! Las maestras no hacen más que contarnos historias de ovejas y trigo y uvas. ¡No entiendo nada!

Indagando un poco sobre el asunto, me enteré que para la edad de los escolares estaban usando una serie de lecciones sobre las parábolas de Jesús. Me imagino que las personas que habían escrito el material, como también los maestros que lo estaban utilizando, habían hecho un gran esfuerzo para lograr que los niños entendieran esas enseñanzas tan importantes. Pero no habían logrado su objetivo, por lo menos en el caso de mi hija. Creo que en parte era porque mi hija siempre ha sido una persona práctica en sus enfoques frente a la vida. Las fantasías y los cuentos de hadas nunca le han interesado. Pero por otro lado, creo que ella estaba reaccionando en contra de estas lecciones por las limitaciones de comprensión que son propias de los niños de esa edad. Estoy segura que en toda probabilidad había niños presente cuando Jesús pronunció originalmente las parábolas, pero indudablemente tampoco no entendieron lo que a los adultos les resultó difícil de entender. Las parábolas de Jesús estaban impregnadas de alegorías, figuras y simbolismos. A los adultos les costaba entender las verdades misteriosas y escondidas dentro de las parábolas. Por ejemplo, en la ocasión cuando Jesús habló de la parábola del sembrador (Mateo 13:1–12; Marcos 4:1–12 y Lucas 8:4–10), los discípulos le preguntaron cuál era el significado de la parábola. Jesús les contestó que a ellos se les había concedido que conocieran los secretos del reino de Dios, “pero a los demás se les habla por medio de parábolas para que ‘aunque miren, no vean; aunque oigan, no entiendan.’ ” (Lucas 8:9, 10). Entre todo lo que implica su respuesta, por lo menos podemos entender que hay enseñanzas que son entendibles para algunos pero no para otros. ¿Por qué pensamos, entonces, que si a los adultos en el tiempo de Jesús les costaba entender las parábolas (y desde entonces hasta hoy), los niños actuales podrán entender toda la magnitud y complejidad de estos pasajes?

Creo que a todos nosotros que asumimos la sagrada responsabilidad de enseñar la Biblia, nos corresponde aplicar lo que sabemos acerca de las limitaciones cognoscitivas y emocionales de los niños en la selección de los pasajes bíblicos que hemos de enseñar. Estas limitaciones nos condicionan en el material que hemos de enseñar. Aunque toda la Biblia es “inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia” (2 Timoteo 3:16), la manera cómo ciertas partes son enseñadas a los niños merece mucho cuidado. Me refiero al hecho de que debemos tener muchísimo cuidado en la elección de las porciones bíblicas que utilizamos porque su contenido no es adecuado para su edad de desarrollo. Corremos el peligro de que nuestra enseñanza de la Biblia pueda servir de impedimento en el crecimiento espiritual del niño. Vamos a mirar algunos de los parámetros que se deben tomar en cuenta en cuanto a esto.

No debemos basar nuestra enseñanza sobre situaciones que trascienden su experiencia evolutiva

Aquí estoy pensando especialmente en incidentes que contienen dimensiones sexuales. Éstos no corresponden porque el niño no tiene una capacidad de entender aún la relación íntima sexual entre hombre y mujer ni mucho menos el actuar de Dios con relación a estas circunstancias. La Biblia abunda en situaciones de conductas sexuales ilícitas, por lo menos desde el punto de vista de la moral cristiana. Basta con ver dos ejemplos: uno sería la experiencia que vivió el profeta Oseas donde recibe instrucciones de Dios de tomar como esposa a una prostituta y concebir por ella “hijos de prostitución” (ver Oseas 1:2–11, etcétera). Otro ejemplo sería el trágico incidente que se relata acerca de un levita y su concubina y la conducta de hombres perversos de Guibeá (ver Jueces 19). Inclusive, cuando uno usa algún relato bíblico que incluye detalles que tienen que ver con conductas sexuales (José y la esposa de Potifar [Génesis 39]; David y Besabé [2 Samuel 11] etcétera.), se busca una forma de contar lo ocurrido sin entrar en los detalles o explicaciones que para los niños serían problemáticos.

No debemos enseñarles doctrinas que no pueden entender

Recuerdo haber vivido en mi niñez, cuando estaba en cuarto grado, un período de dudas angustiantes por haber entendido mal la doctrina de la predestinación. Un maestro bien intencionado quiso hacernos entender el significado de esta doctrina. Como consecuencia, viví varios meses aterrada pensando que iba al infierno porque seguramente no había sido elegida por Dios para recibir la vida eterna. Afortunadamente, por un comentario que yo hice, mi padre se dio cuenta de mi angustia y con gran sabiduría supo calmar mis temores y asegurarme de que era hija de Dios.

Muchas de las doctrinas fundamentales de la vida cristiana deben ser enseñadas dando cuidadosa atención a la capacidad del niño para entenderlas. Dado sus escasas experiencias de vida y sus limitaciones de comprensión, el niño pequeño no podrá entender los pormenores de algunas doctrinas como la doctrina sobre el castigo eterno del incrédulo, los acontecimientos finales antes de la segunda venida de Cristo y otros. No estoy sugiriendo que las doctrinas básicas de la fe cristiana no se deben enseñar, sino que deben ser enseñadas cuando la persona tenga la edad suficiente para comprender e incorporarlas a su vida cristiana. Generalmente sería más apropiado dar este tipo de enseñanza cuando se llegue a la adolescencia o a la juventud.

No debemos usar pasajes bíblicos que crean confusión acerca de la persona de Dios y su manera de relacionarse con los hombres

En una ocasión me causó gran desilusión ver un material para la capacitación de maestros de niños que utilizaba como relato bíblico modelo el pasaje que se encuentra en 2 Reyes 2:23–25. Esta porción de las Escrituras relata cómo el profeta Eliseo maldice en el nombre de Dios a algunos muchachos que se estaban burlando de él. Como resultado, salieron dos osas del bosque y despedazaron a cuarenta y dos de ellos. Uno no puede menos que sentir sorpresa y repugnancia contra el castigo cruel que el profeta lanzó contra esos niños. No podemos dudar de que el incidente es veraz y queda así registrado en la Biblia. Pero es un incidente aislado que se debe equilibrar por decenas de otros relatos que muestran la misericordia de Dios. El hecho de utilizar este incidente como un vehículo de enseñar verdades sobre la persona de Dios es crear confusión y temor en los niños. El niño automáticamente se identifica con los muchachos horriblemente muertos en el relato bíblico y en la mente le entran dudas si ese tipo de castigo podría caer sobre él por algún error que pudiera cometer.

Otro pasaje que a los niños se debe enseñar con mucho cuidado se encuentra en el capítulo 22 de Génesis, donde se narra el sacrificio de Isaac. La dimensión enorme de la lección de fe que Abraham aprendió en ese momento va más allá del entendimiento de un niño. Lo único que él puede entender es que Dios pidió que un padre maltratara a su hijo con la intención de matarlo y que el padre lo hizo obedeciendo las órdenes de Dios.

Muchas partes del Antiguo Testamento contienen escenas de violencia y de conflicto. Al ser éstas incluidas en lecciones para niños sin un contexto correcto, se les ha infundido temor. Aunque no es la intención del maestro, algunos niños se convencen desde pequeños de que Dios es un ser lleno de ira y que utiliza su soberanía y poder para castigar a la indefensa humanidad. El maestro, quien por su propio desarrollo espiritual está convencido de la bondad y la misericordia de Dios, puede ayudar al niño a entender que el castigo que sufrió el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento se debió a su incredulidad y desobediencia, y no al capricho de un Dios iracundo y vengativo. Dios quiso protegerlos y cuidarlos, pero por su desobediencia, ellos eligieron salir de la cobertura de su protección y provisión.

Aunque me he referido a algunos elementos que debemos evitar en la enseñanza de los niños, prefiero enfocar este tema en sentido positivo en vez de negativo; no tanto por lo que NO debemos enseñar sino por lo que SÍ. El parámetro que debe utilizar el maestro en la selección de los pasajes bíblicos se debe definir primeramente por todo aquello que sí bendice y fortalece la vida espiritual del niño. La Biblia es una fuente inagotable de riqueza para esto y el maestro tiene el privilegio de ser canal de bendición en su enseñanza de estos pasajes edificantes. Señalo algunos elementos que deben guiarnos en esta tarea.

Debemos enseñar historias que inspiran al niño a admirar la maravillosa obra de Dios

En muchísimas ocasiones ha sido mi privilegio observar cómo cae un silencio absoluto sobre un grupo de niños cuando ellos quedan inmovilizados al escuchar algún relato bíblico que muestra la grandeza de Dios. Éstos son momentos sagrados y dan evidencia de la obra del Espíritu Santo haciendo vivir las Escrituras en las mentes de los niños. Existen maravillosas historias que muestran el poder de Dios. En el Antiguo Testamento, uno ve el poder de Dios actuando a favor de su pueblo elegido especialmente bajo el liderazgo de Moisés y de Josué. En el Nuevo Testamento uno encuentra en la vida de Jesús una infinidad de ejemplos, como cuando él calma la tormenta, o cuando da sanidad a los enfermos. La Biblia es una fuente casi inagotable para el maestro en enseñar las maravillosas obras de Dios.

Debemos enseñar historias que alientan al niño a saber que Dios se deleita en tomar nuestras debilidades y usarlas para la bendición de otros

Las historias clásicas de este tipo son las experiencias de Gedeón, de Daniel o de David. En el Nuevo Testamento vemos en las vidas de Pedro y de Pablo, entre otros, a personas que fueron utilizadas con poder a pesar de sus propias debilidades. La Biblia no trata de cubrir los defectos de las personas, sino que muestra que Dios obra a través de vidas imperfectas para la bendición de otros. Estos testimonios hacen posible que el niño se identifique con estos individuos y aprenda que también Dios lo puede usar para ayudar y bendecir a otros a pesar de sus debilidades.

Debemos enseñar historias que proveen modelos de fe en Dios en medio de las circunstancias difíciles

Hay muchos ejemplos en la Biblia de personas que hicieron la voluntad de Dios a pesar de estar viviendo circunstancias adversas. El capítulo 11 de Hebreos nos da una larga lista de algunos de estos personajes. En el Antiguo Testamento se destacan personas como Abraham, Moisés, José, Daniel, Elías y Eliseo como modelos de lo que significa vivir en obediencia a Dios en medio de sufrimientos y contratiempos. Igualmente en el Nuevo Testamento se destaca el libro de Hechos, donde encontramos otros ejemplos de personas valientes que vivieron en medio de tremendas adversidades mientras proclamaban el evangelio en la época del inicio de la iglesia. El niño de hoy necesita ser alentado en su fe por estas historias, porque muchos de ellos están enfrentando enormes dificultades en sus propias vidas.

Debemos enseñar historias que fortalecen al niño en la adquisición de sus primeros conceptos de las doctrinas fundamentales de la fe

Encontramos una nutrida fuente de enseñanzas en la historia del pueblo Israel que es liberado de la esclavitud en Egipto para iniciar una vida de dependencia en Dios en su largo peregrinaje hasta llegar a la tierra prometida. A través de esa experiencia, los israelitas aprendieron lo que significaba ser el pueblo de Dios y vivir en obediencia a sus decretos. Aunque fracasaron muchas veces, Dios fue fiel. En el Nuevo Testamento tenemos los fundamentos de la doctrina cristiana que nace de la muerte y la resurrección de Cristo, la esperanza de su segunda venida, el inicio de la iglesia primitiva, entre otros. Aunque el niño no está capacitado aún para entender los pormenores de algunas doctrinas, puede ir formando conceptos básicos que han de robustecer su fe.

Debemos enseñar historias que incitan al niño a ser un testigo fiel del Señor

Los ejemplos de los fieles profetas en el Antiguo Testamento como Jeremías, Natán, Daniel, Elías y Eliseo nos animan y nos dan ejemplos de cómo y dónde podemos ser testigos de Dios. En el Nuevo Testamento se destaca la vida del apóstol Pablo como un testigo valiente de su fe en Dios, sirviendo él como un ejemplo sin igual para nosotros.

Su ejemplo también es una manera excelente de inspirar e incentivar a los niños a servir a Dios como misioneros en otros países.

Debemos enseñar historias que animan al niño a poner en práctica en su vida diaria las actitudes y los valores cristianos

Las vidas de los personajes bíblicos están registradas en la Biblia para nuestra instrucción y aliento espiritual. Sus actitudes y conductas establecen modelos para toda persona, incluyendo al niño. Una lista breve lo ilustra: cómo perdonar las injusticias (José), cómo amar (Rut), cómo lograr la paz (Isaac), cómo soportar las crisis de enfermedad y sufrimiento (Job), cómo vivir en mansedumbre (Moisés), cómo obedecer a Dios sin entender todas las razones (Josué), etcétera. Cuando se hace la correcta aplicación de estas vidas a las experiencias reales del niño, éste aprende lo que significa cambiar actitudes y valores para agradar a Dios.

Debemos enseñar historias que traen consuelo al niño y le infunden ánimo en tiempos de crisis

Hay muchos ejemplos de este tipo de historia, pero una de mis preferidas es la que se encuentra en 2 Reyes 4:1–7. Dios provee para una viuda con dos niños a través del profeta Eliseo. Éste le indica a la mujer que debe juntar todo tipo de vasijas y jarros para llenarlos de aceite y luego venderlo para salir de su crisis económica. Recuerdo haber relatado esa historia una noche a un grupo de niñas de nueve a once años de edad. Decidí contar la historia tratando de meterme en la situación de la viuda, comunicando su desesperación y luego el enorme alivio que sintió al ver la milagrosa y abundante provisión de Dios. Las niñas del grupo representaban el nivel de estímulo tan característico de los niños modernos que son expuestos a las computadoras, los video-juegos, el cine y la televisión. Me sentía algo preocupada por si pudiera mantener su interés con mi sencillo relato verbal. Sin embargo, cuando terminé la historia, hubo en el grupo un silencio generalizado que duró varios segundos y luego un suspiro colectivo. Una niña levantó la mano y me dijo: “Señora, esa historia me encanta. ¿No puede contarla de nuevo?” Sus compañeras indicaron que todas estaban de acuerdo con su pedido. Al volver a casa esa noche, quedé pensando en lo que había pasado en la clase. Yo sabía que los padres de varias de las niñas estaban divorciados. Me imaginé que se identificaron totalmente con los hijos de la viuda y la situación de crisis económica que estaban viviendo. Pude saber, entonces, que la historia les había traído consuelo al saber que Dios obra a favor de las viudas y de los huérfanos y seguramente les infundió ánimo en medio de sus propias realidades. Mi experiencia de esa noche ilustra cómo las historias bíblicas cumplen el objetivo de animar y consolar al que sufre.

Debemos enseñar historias que ayudan al niño a saber que el pecado trae consecuencias dolorosas en la vida

La Biblia nos presenta la verdad sobre la condición humana y las consecuencias que el pecado produce en la vida. El niño necesita aprender acerca de su naturaleza pecaminosa y su inclinación natural a hacer el mal. Necesita entender que el pecado es algo grave que distorsiona la vida. Hay historias muy claras que dan ejemplos de cómo el pecado destruyó vidas y trajo consecuencias serias a otros que estaban involucrados. Entre ellas están la de Adán y Eva, de Acán, David, Pedro y otros.

Es importante recordar, sin embargo, que la enseñanza sobre el pecado y sus consecuencias siempre debe incluir el ofrecimiento del perdón de Dios. La meta de toda nuestra enseñanza es acercar al niño al Dios de toda esperanza, quien perdona y restaura vidas y quita la culpa por nuestros errores. El perdón de los pecados es una de las columnas principales de la fe.

Debemos enseñar historias que animan al niño a encontrar la salvación en Jesús

Las historias que encontramos en el libro de Hechos proveen testimonios poderosos de personas que fueron transformadas al poner su fe en Cristo como Salvador. Todo el mensaje de la Biblia es que Dios ama al hombre y quiere su bienestar. Esto es posible únicamente por fe en Cristo, el Hijo de Dios. Las aplicaciones, aun de las historias del Antiguo Testamento, pueden darse de tal forma que el niño es incentivado a ejercer su fe y tomar el paso de compromiso con Cristo.

La Biblia es tan compleja y rica en sus enseñanzas que a través de toda la vida estamos encontrando nuevas enseñanzas y aplicaciones de sus verdades para nuestra vida. Sin embargo, es importante reconocer que el niño necesitará otra dimensión de enseñanza en cuanto a las verdades bíblicas por el mero hecho de que tiene las limitaciones propias de ser niño. Siempre me preocupa cuando escucho de alguna iglesia que ha decidido unificar todo su programa de enseñanza para todas las edades. Es decir, si los adultos están estudiando el libro de Romanos, los niños lo deben hacer también. Lo que impulsa estas decisiones generalmente es la idea de que toda la familia debe tener la posibilidad de estar unida a través del aprendizaje de una misma porción de la Palabra de Dios. Por más noble que sea este sentimiento, mi preocupación es que generalmente estas decisiones han sido tomadas por líderes que no entienden ni toman en cuenta la naturaleza del niño en cuanto a su aprendizaje. Ni tampoco le proveen al maestro los materiales ni una capacitación como para transformar una enseñanza orientada hacia adultos en una que es adecuada a los niños. Y, como siempre en estos casos, los que salen perdiendo son los niños.

Vuelvo al ejemplo de Jesús, que siempre supo tomar en cuenta el potencial y las capacidades especiales de los niños. Fue sencillo, transparente y genuino en su trato con ellos. No complicó las cosas. Más bien quiso que los adultos hicieran todo lo posible para que los niños llegaran a él, sin impedirlos o poner condiciones. Nuestro desafío constante es saber elegir correctamente las partes de la Biblia que serán útiles y edificantes en la vida de los niños porque nuestra meta es facilitar su acercamiento al Señor.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 19–27). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

¿Por qué enseñamos la Biblia a los niños?

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 1

Una filosofía de enseñanza para la formación espiritual del niño

Capítulo 1

¿Por qué enseñamos la Biblia a los niños?

a1Antes de emprender la tarea de enseñar la Biblia a los niños, conviene reflexionar sobre una pregunta fundamental que, de alguna manera, todos nos hemos hecho: ¿por qué enseñamos la Biblia a los niños?

Porque es la voluntad de Dios

La enseñanza de conceptos morales y espirituales a los niños es un mandato que inicialmente se establece en el Antiguo Testamento. Moisés dio claras instrucciones sobre esto al pueblo israelita: “Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:4–7, NVI). Con esta amonestación Moisés quería que los padres asumieran seriamente la tarea de educar a sus hijos en el conocimiento de las leyes de Dios. Él esperaba que estas enseñanzas partieran de vidas que demostraban profunda reverencia hacia Dios y una disposición de obedecer a sus leyes. La enseñanza que deberían impartir los padres consistiría en dos aspectos: instrucción y admonición. Instrucción sería el hecho de informar al niño acerca de las verdades y demandas de Dios; admonición sería el estímulo y desafío de ponerlas en práctica en la vida real.

El contexto donde esta enseñanza se daba era el hogar, y los padres eran las personas responsables de la instrucción. Los padres eran secundados en su tarea por las ceremonias comunales en el templo donde el niño aprendía formas de adoración a Dios viéndolas expresadas, sobre todo, por el ejemplo de sus propios padres pero también por otras familias en la comunidad de fe. Además, los sacerdotes tenían la tarea de proveer una enseñanza sistematizada acerca de las leyes de Dios para que el pueblo adquiriera sabiduría espiritual y viviera moralmente. El principio que guiaba todos estos esfuerzos era que toda persona debería traer honor a Dios por medio de su propia vida de fe y por la manera en que la familia vivía y expresaba su fe en la comunidad.

Pero, ¿acaso el pueblo de Israel cumplió este mandato de educar espiritualmente a sus hijos? No hay forma de dar una respuesta categórica a esta pregunta. Por un lado, uno puede encontrar ejemplos en el Antiguo Testamento de padres que sí lo hicieron. Un ejemplo es Isaac, el hijo de Abraham, quien cumplió fielmente con las leyes de Dios que había aprendido de su padre. Otro es José, el bisnieto de Abraham, quien encontró fuerza espiritual en la fe que había aprendido de su padre Jacob, y pudo por ello resistir las tremendas tentaciones de su exilio en Egipto. Además de la instrucción espiritual que individuos dieron a sus hijos, uno encuentra que el sistema de ceremonias y cultos religiosos se establecieron según las normas que Dios había dado a Moisés, llegando a expresar una forma de vida donde los actos religiosos definían la sociedad.

Pero, al estudiar el desarrollo histórico de la nación de Israel, hay clara evidencia de que los padres en general no cumplieron con la tarea de educar espiritualmente a sus hijos o pronto dejaron de hacerlo. Es posible hacer esa declaración porque al mirar el ejemplo de las familias prominentes, entre ellos los líderes, se ve que los hijos no siguieron la fe de sus padres. Esto llevó a que, con el correr del tiempo, el pueblo se apartara de los mandatos de Dios, se dejara influenciar por la sociedad pagana circundante y, finalmente, cayera en idolatría, trayendo sobre sí la destrucción de la nación. Aunque hubo individuos que dieron clara evidencia de su fe en Dios, por lo general la gente cayó en una indiferencia espiritual.

De allí, entonces, que el mensaje de los profetas era de fuerte amonestación de volver a Dios con una actitud de arrepentimiento y con la disposición de obedecer sus mandatos. La historia de Israel comprueba que las leyes que fueron dadas por Dios no pudieron producir obediencia ni santidad en las personas. El ejemplo del fracaso del pueblo de Israel confirma lo que el apóstol Pablo establece con claridad: la ley sirve para definir el pecado, pero no para producir santidad (ver Romanos capítulos 2 a 4). Únicamente a través de Jesucristo, dice Pablo, “hemos sido justificados mediante la fe y tenemos paz con Dios” (Romanos 5:1).

El fracaso de Israel en enseñar y vivir las verdades de Dios no disminuye el hecho de que el plan de Dios era que los adultos instruyeran a los niños. Por lo tanto, enseñamos la Biblia a los niños porque ésta es la norma que Dios estableció para la familia y la sociedad.

Porque es el mandato de Cristo

Cuando pensamos en la enseñanza espiritual de los niños, nuestra guía es el ejemplo de Cristo y su claro mandato. En Mateo 28:18–20 (ver también Marcos 16:15), Jesús da a sus discípulos, y por consiguiente a nosotros también, lo que se conoce como la gran comisión: “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes” (NVI). Aunque generalmente no se piensa en estos términos, sin duda alguna este mandato incluye también a los niños. Uno puede ver la importancia que Jesús le daba a los niños por actitudes y palabras que él expresó en cuanto a ellos. Uno de los pasajes más significativos en cuanto a su actitud hacia los niños es el que se encuentra en Mateo 18:1–6. Con un niño presente en medio del grupo, o posiblemente sentado en sus faldas, Jesús declaró varias verdades importantes con relación a los niños: primero, dijo que las cualidades de transparencia y sinceridad que caracterizan al niño son cualidades necesarias para pertenecer al reino de Dios (“…si ustedes no cambian y se vuelven como niños, no entrarán en el reino de Dios”); segundo, dio importancia en cuanto a la actitud que se debe tener para con el niño (“el que recibe en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí”); tercero, reconoció que la vulnerabilidad del niño en cuanto a las enseñanzas y ejemplo que recibe de un adulto puede ser defraudada (“a cualquiera que haga caer en pecado a uno de estos pequeños que creen en mí”); y cuarto, advirtió sobre la consecuencia terrible de dañar la vida espiritual del niño (“más le valdría que le colgaran al cuello una gran piedra de molino y lo hundieran en lo profundo del mar”). Más adelante, en el versículo 10 del mismo capítulo, sus palabras muestran la importancia que él dio a los niños como individuos con necesidades espirituales (“miren que no menosprecien a uno de estos pequeños…”)

En el resto del Nuevo Testamento no hay instrucciones específicas en cuanto a la enseñanza de los niños. Más bien, los apóstoles pusieron el énfasis sobre el hecho de que el cristiano tiene una vida que lo distingue del resto de la sociedad, es decir, su fe en Cristo tiene un efecto en su forma de vivir que es definitivamente distinta que la del mundo circundante incrédulo. Como consecuencia, el deber de los padres es instruir a sus hijos en lo que esa fe implica (“Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos, sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor”, Efesios 6:4). Jesucristo, por ser el Señor de la vida, demanda un compromiso que afecta todas las áreas de la vida. Es cierto que las Epístolas no dan instrucciones específicas sobre la enseñanza espiritual de los niños. Pero podemos decir que todas las enseñanzas de los apóstoles que son dirigidas a los adultos llevan implícita la participación de toda la familia como una unidad de fe. La amonestación “instruyan a sus hijos en la fe” queda insertado en todo el mensaje del Nuevo Testamento. Si los padres han creído en Cristo, es lógico que su fe ha de transformar la vida del hogar e influenciar las formas de pensar y de ser de los hijos.

Por lo tanto, enseñamos la Biblia a los niños porque Jesús mandó que lo hiciéramos y porque las enseñanzas de los apóstoles lo afirman.

Porque los niños necesitan un encuentro personal con Cristo

También enseñamos la Biblia a los niños porque necesitan aceptar a Cristo como su Salvador y entregarle la vida. Una de las ideas populares en la sociedad es que el niño es innatamente bueno e inocente de pecado. La Biblia, sin embargo, no hace tal declaración. Al contrario, la Biblia enseña que toda persona es pecador por naturaleza (“pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios”, Romanos 3:23 NVI). El niño pequeño no tiene que ser enseñado en cómo pecar; peca porque es innato en él llevar su vida de acuerdo con sus propios intereses y no los de Dios. Uno observa en él la disposición de desobedecer, mentir, y hacer toda clase de maldad sin ayuda de nadie. La amonestación bíblica “instruye al niño en su camino…” implica que la tendencia es ignorar lo que es lo correcto para hacer lo que no se debe. Por supuesto, según los criterios humanos, los pecados de los niños serán más “inocentes” que los de un adulto. Pero porque él es pecador, necesita recibir el perdón y el alivio de la culpa que lleva por sus conductas malas y actitudes egoístas. Necesita entender que sus pecados traerán consecuencias en su vida y en la vida de quienes le rodean. Pero también necesita saber que puede creer en Jesús, puede tener el perdón de sus pecados y puede sentirse seguro en ser un hijo de Dios y un miembro de la comunidad de fe. El niño también necesita saber que puede servir a Dios a su manera. Tiene el derecho de sentir el gozo de la esperanza de la vida eterna con Cristo. En una palabra, tiene el derecho de disfrutar de una vida espiritual plena.

Como el niño es una persona en formación, ha de responder a Dios en una forma muy natural y sincera pero siempre de acuerdo con las distintas etapas de su desarrollo. Sus experiencias espirituales como niño son algo único que no volverán a repetirse jamás de la misma forma en su desarrollo posterior como adolescente o adulto. Enseñar la Biblia correctamente al niño significa darle oportunidad de gozar de las cosas de Dios en el contexto de lo que es ser niño, con la frescura y espontaneidad típica de esta etapa de formación.

Por lo tanto, enseñamos la Biblia a los niños porque queremos que ellos tengan la maravillosa experiencia de conocer a Cristo como su Salvador.

Porque los niños tienen la capacidad de responder espiritualmente a lo que van conociendo acerca de Dios

Enseñamos la Biblia a los niños porque representan la mejor etapa de la vida para el inicio de su formación espiritual. Una reconocida educadora cristiana, la Dra. Ruth Beechick cita algo escrito por un profesor de literatura secular:

La Biblia forma el nivel más básico en la enseñanza de la literatura. Debe ser enseñada detalladamente y lo más pronto posible como para que se hunda en el fondo de la mente y todo lo que venga posteriormente haya de arraigarse en ella. Me doy cuenta que esa declaración puede ser altamente controversial. Pero me estoy refiriendo a la enseñanza de la Biblia como parte de la literatura clásica de la humanidad. Hay un sinnúmero de razones de porqué enseñar la Biblia: porque continuamente se hace referencia a ella en la literatura secular, porque hay frases que salen de ella que están fijadas en la mente, porque contiene algunas de las más grandes y más conocidas historias que existen, etcétera. Por supuesto que existen razones morales y religiosas para la enseñanza de la Biblia. Pero yo me estoy refiriendo a la Biblia en el contexto de la literatura. Conocer la forma y estructura total de la Biblia es importante porque contiene el relato de la historia humana empezando con la creación y concluyendo con el juicio final. (Northrop Frye, La imaginación educada)

Según este autor, entonces, hay grandes ventajas en iniciar temprano la enseñanza de la Biblia en la vida del niño. Sin embargo, no me refiero aquí a un conocimiento meramente intelectual de la Biblia. Uno enseña la Biblia para estimular y nutrir la fe del niño. Contrario a lo que muchos creen, el niño puede responder a Dios y a su Palabra con una fe genuina. Sus conductas y actitudes pueden ser cambiadas y condicionadas por esta realidad. En su condición de niño, puede ser utilizado por Dios para bendecir a otros.

Hay dos ejemplos bíblicos, entre otros, de esto. Uno es el del niño Samuel, quien llegó posteriormente a ser un gran profeta y sacerdote de Israel. Samuel se crió en el templo, sirviendo al sumo sacerdote Elí. Su respuesta espiritual a lo que se le enseñaba en ese lugar fue personal y auténtica (1 Samuel 2:26). Tal es así, que siendo aún niño, Dios pudo hablarle en forma personal y revelarle verdades preocupantes acerca de Elí y la conducta de sus hijos. Evidentemente Dios tenía la seguridad de que, ante estas circunstancias, Samuel respondería con fidelidad y hablaría con Elí, aun cuando hacerlo le llenaba de miedo (1 Samuel 3:18). Se puede decir que hubo en Samuel, siendo aún niño, una capacidad de escuchar a Dios y obedecerle en medio de una situación arriesgada.

El otro ejemplo es el de la pequeña sirvienta judía que trabajó en la casa de Naamán, uno de los generales del ejército del rey de Siria. La situación de esta niña que servía a la mujer de Naamán fue diferente. No sabemos nada de la formación espiritual que ella pudo haber recibido en Israel antes de ser llevada cautiva a Siria. Ni tampoco sabemos cuántos años tenía cuando ocurrió el incidente que es relatado en 2 Reyes 5. Sin embargo, se ve que hubo en ella una convicción segura de lo que podía hacer el profeta Eliseo, que solamente podría haber estado basada en una fe genuina en Dios y en la autoridad espiritual que este hombre tenía. Esa fe la llevó a arriesgarse en una forma asombrosa, siendo ella nada más que una humilde esclava. Compartió con su patrona la posibilidad de que su esposo viajara a ver al profeta Eliseo para ser sanado de su lepra. Nos llama la atención el respeto que sus amos le tenían. ¿Quién puede explicar el hecho de que un poderoso general se presentara delante de su rey con una petición basada en algo dicho por una pequeña esclava? Algo hubo en esa niña, sea su fe o su conducta o su manera responsable de desempeñar sus tareas, que les había convencido a sus amos que un milagro de sanidad sería posible. La formación espiritual que había recibido antes de llegar a Siria sirvió para que ella trajera bendición sobre la vida de sus amos y de muchas otras personas.

Por lo tanto, nosotros enseñamos la Biblia a los niños porque tienen la capacidad espiritual de responder en fe genuina a Dios, dando la posibilidad de que él utilice sus vidas para la bendición de otros. “En los labios de los pequeños y de los niños de pecho has puesto la perfecta alabanza” (Mateo 21:16, NVI).

Porque la realidad social lo demanda

Es oportuno señalar que el niño actual, viviendo en los años que marcan el comienzo del siglo XXI, es un niño en crisis. Muchos de ellos, hasta podemos decir la mayoría, viven en medio del abandono físico y emocional, resultado de la separación o divorcio de los padres. Algunos viven en extrema necesidad, sufriendo desnutrición y falta de hogar. Otros viven la angustia del abuso verbal, físico y sexual. Diariamente estos niños buscan señales de seguridad en un mundo cambiante, violento e incierto. En una clase típica de escuela dominical de unos diez niños, es muy probable que cinco de ellos vivan en hogares con serios problemas. Los conflictos matrimoniales, evidenciados por la separación y el divorcio, el concubinato y los problemas típicos del síndrome del alcoholismo y la adicción, han llegado a ser comunes no sólo en la sociedad sino que repercuten en las iglesias. Si agregamos a esto la dimensión de tensión y preocupación constante que genera el desempleo, los bajos sueldos y la escasez económica típicos en la mayoría de los hogares, no debe sorprendernos que los niños mismos evidencien todo tipo de estrés en sus reacciones y conductas. El niño que vive estos problemas necesita sentir la realidad de la presencia de Dios en su vida diaria. Esa presencia puede otorgarle seguridad y paz y un amor incondicional de parte de Dios que lo acepta como es. Es mediante el contacto directo con la Biblia, donde el Espíritu Santo ha de iluminar su mente sobre verdades acerca de Dios, que el niño podrá llegar a conocerlo.

Por estas razones, y por muchas más que no tomo el tiempo de señalar ahora, enseñamos la Biblia a los niños.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 9–18). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.