¿Qué es el día del Señor?

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¿Qué es el día del Señor?

La frase “el día del Señor” usualmente identifica los eventos que tendrán lugar al final de la historia (Isaías 7:18-25) y a menudo se asocia estrechamente con la frase “en aquel día”. Una clave para entender estas frases es notar que siempre identifican un período de tiempo durante el cual Dios interviene personalmente en la historia, directa o indirectamente, para llevar a cabo algún aspecto específico de Su plan.

La mayoría de la gente asocia “el día del Señor” con un período de tiempo o un día especial que ocurrirá cuando la voluntad y el propósito de Dios para Su mundo y para la humanidad se cumplan. Algunos eruditos creen que “el día del Señor” será un mayor período de tiempo, más que un solo día – un período de tiempo cuando Cristo reinará en todo el mundo antes que Él limpie el cielo y la tierra como preparación para el estado eterno de toda la humanidad. Otros eruditos creen que el día del Señor será un evento instantáneo, cuando Cristo regrese a la tierra a redimir a Sus fieles creyentes y a enviar a los incrédulos a la eterna condenación.

La frase “el día del Señor” se usa a menudo en el Antiguo Testamento (Isaías 2:12; 13:6, 9; Ezequiel 13:5, 30:3; Joel 1:15, 2:1, 11, 31; 3:14; Amos 5:18, 20; Abdías 15; Sofonías 1:7, 14; Zacarías 14:1; Malaquías 4:5) y varias veces en el Nuevo Testamento (Hechos 2:20; 1 Corintios 5:5; 2 Corintios 1:14; 1 Tesalonicenses 5:2; 2 Tesalonicenses 2:2; 2 Pedro 3:10). También es citada en otros pasajes (Apocalipsis 6:17; 16:14).

Los pasajes del Antiguo Testamento que tratan sobre el día del Señor, con frecuencia transmiten un sentido de inminencia, cercanía y expectación: “Aullad, porque cerca está el día de Jehová…” (Isaías 13:6); “Porque cerca está el día, cerca está el día de Jehová;…” (Ezequiel 30:3); “…tiemblen todos los moradores de la tierra, porque viene el día de Jehová, porque está cercano” (Joel 2:1); Muchos pueblos en el valle de la decisión; porque cercano está el día de Jehová en el valle de la decisión” (Joel 3:14); “Calla en la presencia de Jehová el Señor, porque el día de Jehová está cercano;…” (Sofonías 1:7). Esto se debe a que los pasajes del Antiguo Testamento sobre “el día del Señor” con frecuencia hablan tanto de un cumplimiento cercano como lejano, de la misma forma que lo hace mucha de la profecía del Antiguo Testamento. Algunos pasajes del Antiguo Testamento que se refieren al “día del Señor” describen juicios históricos que ya han sido cumplidos en algún sentido (Isaías 13:6-22; Ezequiel 30:2,19; Joel 1:15; 3:14; Amos 5:18-20; Sofonías 1:14-18), mientras que otras veces se refiere a juicios divinos que tendrán lugar hacia el final de los tiempos (Joel 2:30-32; Zacarías 14:1; Malaquías 4:1,5).

El Nuevo Testamento lo llama un día de “ira,” un día de “visitación,” y “el gran día del Dios Todopoderoso” (Apocalipsis 16:14) y se refiere a un cumplimiento aún futuro cuando la ira de Dios sea derramada sobre el Israel incrédulo (Isaías 22; Jeremías 30:1-17; Joel 1-2; Amos 5; Sofonías 1), y sobre el mundo incrédulo (Ezequiel 38-39; Zacarías 14). Las Escrituras indican que “el día del Señor” vendrá de repente, como ladrón en la noche (Sofonías 1:14-15; 2 Tesalonicenses 5:2); y por tanto, nosotros como cristianos debemos estar alertas y preparados para la venida de Cristo en cualquier momento.

Además de ser un tiempo de juicio, también será un tiempo de salvación, porque Dios librará al remanente de Israel, cumpliendo Su promesa de que “todo Israel será salvo” (Romanos 11:26), perdonando sus pecados y restaurando a Su pueblo escogido a la tierra que Él prometió a Abraham (Isaías 10:27; Jeremías 30:19-31, 40; Miqueas 4; Zacarías 13). El resultado final del día del Señor será que “La altivez del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada; y sólo Jehová será exaltado en aquel día” (Isaías 2:17). El último o final cumplimiento de las profecías concernientes al “día del Señor” vendrá al final de la historia, cuando con maravilloso poder, Dios castigará el mal y cumplirá todas Sus promesas.

¿Cuál es el Día del Señor?

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¿Cuál es el Día del Señor?

El Día del Señor (a diferencia del Día de Jehová), es el domingo. La frase Día del Señor se utiliza sólo una vez en las Escrituras. Apocalipsis 1:10 dice, «Yo estaba en el Espíritu en el Día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta». Puesto que el apóstol Juan no da detalles sobre el significado de «el Día del Señor», podemos asumir que su público objetivo, los cristianos del primer siglo, ya estaban familiarizados con la expresión.

Algunos suponen que el Día del Señor es lo que en el Nuevo Testamento es equivalente al sábado o día de reposo. Dios instituyó el día de reposo para la nación de Israel, con el propósito de conmemorar su liberación de Egipto (Deuteronomio 5:15). El día de reposo comenzó el viernes a la puesta del sol y terminó el sábado al atardecer, e iba a ser un día de completo descanso de todo el trabajo, simbolizando el reposo del Creador el séptimo día (Génesis 2:2-3; Éxodo 20:11; 23:12). El día de reposo fue una señal especial para los israelitas que habían sido separados para ser seguidores del Dios altísimo. Al guardar el día de reposo, les ayudaría a distinguirse de las naciones vecinas. Sin embargo, en ninguna parte de las Escrituras se considera el día de reposo como el Día del Señor. El término día de reposo todavía se usaba dentro de la comunidad judía en los tiempos del Nuevo Testamento, y tanto Jesús como los apóstoles lo mencionan (Mateo 12:5; Juan 7:23; Colosenses 2:16).

El domingo fue el día en que Jesucristo resucitó de los muertos, un acto que separó para siempre el cristianismo de cualquier otra religión (Juan 20:1). Desde ese momento, los creyentes se han reunido el primer día de la semana para celebrar la victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte (Hechos 20:7; 1 Corintios 16:2). Aunque Dios designó el día de reposo como un día santo, Jesús demostró que Él era el Señor del día de reposo (Mateo 12:8). Jesús dijo que no había venido a abolir la ley, sino a cumplirla. El guardar la ley no puede justificar a nadie; la humanidad pecaminosa puede ser declarada justa sólo a través de Jesús (Romanos 3:28). Pablo hace eco de esta verdad en Colosenses 2:16-17, cuando escribe, «Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo».

El Día del Señor se considera normalmente como el domingo, pero no se trata de un equivalente directo para el día de reposo judío (sábado), en otras palabras, el domingo no es el «día de reposo cristiano». Aunque no estamos bajo la ley, si debemos apartar un día para descansar y honrar al Señor, quién murió y resucitó por nosotros (Romanos 6:14-15). Como seguidores de Jesús, nacidos de nuevo, somos libres para adorarlo cualquier día en que nuestra conciencia lo determine. Romanos 14 da una clara explicación de cómo los cristianos pueden lidiar con esas zonas grises sutiles del discipulado. Los versículos 5 y 6 dicen, «Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente.

El que hace caso del día, lo hace para el Señor; y el que no hace caso del día, para el Señor no lo hace. El que come, para el Señor come, porque da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor no come, y da gracias a Dios».

Algunos judíos mesiánicos desean continuar considerando al día de reposo (sábado) como santo, por causa de su herencia judía. Algunos gentiles cristianos se unen a sus hermanos y hermanas judíos, para guardar el sábado como una forma de honrar a Dios. Adorar a Dios el sábado es aceptable, y vale la pena mencionar que el día de la semana no es el asunto más importante, sino la motivación en el corazón detrás de esa elección. Si el legalismo o el guardar la ley motiva la elección de observar el sábado (día de reposo), entonces esa elección no se hace con una actitud correcta de corazón (Gálatas 5:4). Cuando nuestros corazones son puros delante del Señor, somos libres para adorarlo el sábado (el sabbat) o el domingo (el Día del Señor). Dios está igualmente complacido con ambos.

Jesús advirtió en contra el legalismo cuando citó al profeta Isaías: «Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado» (Mateo 15:8-9; ver Isaías 29:13). Dios no está interesado en que guardemos los rituales, normas o requisitos. Él quiere corazones que estén incendiados por el fuego de Su amor y de Su gracia, el día sábado (día de reposo), en el Día del Señor, y todos los días (Hebreos 12:28-29; Salmo 51:15-17).

¿Cómo puedo tomar control de mis pensamientos?

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¿Cómo puedo tomar control de mis pensamientos?

Muchos cristianos luchan con este tema, sobre todo en nuestro mundo altamente tecnológico, sin embargo, es esencial tomar el control de nuestros pensamientos. Proverbios 4:23 dice, “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida”. El «corazón» incluye la mente y todo lo que procede de ella. Alguien dijo que cada pecado que cometemos, lo cometemos dos veces, una vez en nuestros pensamientos y otra vez cuando actuamos sobre esos pensamientos. Es más fácil librar nuestras vidas de pecado si lo atacamos en este nivel fundamental de pensamiento en vez de esperar que sea arraigado en nuestras vidas por nuestras acciones, y luego intentar sacarlo.

También hay una diferencia entre ser tentado (un pensamiento que entra en la mente) y pecar (meditar sobre un mal pensamiento y revolcarse en ello). Es importante entender que cuando un pensamiento entra en nuestra mente, lo examinamos basado en la Palabra de Dios y determinamos si debemos continuar por ese camino, o rechazamos el pensamiento y lo reemplazamos con otro. Si ya hemos permitido que se forme un hábito en nuestros pensamientos, es más difícil cambiar el rumbo de nuestros pensamientos, tal como es difícil sacar un auto de un profundo bache y ponerlo sobre una nueva pista. Aquí hay algunas sugerencias para tomar control de nuestros pensamientos y deshacernos de malos pensamientos:

1. Estar en la Palabra de Dios para que cuando un pensamiento pecaminoso entre en nuestra mente (la tentación), podamos reconocerlo por lo que es y saber qué rumbo tomar. Jesús en el desierto (Mateo 4) respondió a cada una de las tentaciones de Satanás con una Escritura que tuvo aplicación a la dirección que Él supo que Su mente debería tomar en vez de empezar por el camino del pensamiento pecaminoso. Cuando fue tentado a suplir Su necesidad física (convertir las piedras en pan), Él recitó el pasaje sobre la importancia de confiar en Dios. Cuando fue tentado a servir a Satanás con el fin de obtener la gloria del mundo, Él sacó hasta el pasaje que dice que estamos para servir y adorar solo a Dios, y hablar de la gloria que pertenece a Él y a los que son Suyos.

Cuando fue tentado a probar a Dios (para ver si Dios realmente estaba allí y cumpliría Sus promesas), Jesús respondió con pasajes que hacen hincapié en la importancia de creer a Dios sin tener que verlo demostrar Su presencia. Citando las Escrituras en un momento de tentación no es un talismán, sino más bien sirve al propósito de enfocar nuestras mentes en una dirección bíblica, pero necesitamos conocer la Palabra de Dios ANTES de ese momento para lograrlo. Por lo tanto, es esencial un hábito diario de estar en la Palabra de una manera significativa. Si somos conscientes de un área determinada de tentación constante (la preocupación, la lujuria, la ira, etc.), tenemos que estudiar y memorizar pasajes claves que traten esos temas. Buscar tanto lo que debemos hacer para evitar (lo negativo) y cómo responder correctamente (lo positivo) a situaciones y pensamientos tentadores — antes de que estén sobre nosotros — nos dará una gran victoria sobre ellos.

2. Vivir en dependencia del Espíritu Santo, principalmente a través de la búsqueda de Su fuerza a través de la oración (Mateo 26:41). Si nos basamos en nuestra propia fuerza, fracasaremos (Proverbios 28:26; Jeremías 17:9; Mateo 26:33).

3. No alimentar nuestras mentes con aquello que promueve los pensamientos pecaminosos. Esta es la idea de Proverbios 4:23. Debemos guardar nuestros corazones — lo que permitimos en ellos y en lo que meditamos. Job 31: 1 dice, “Hice pacto con mis ojos; ¿Cómo, pues, había yo de mirar a una virgen?” Romanos 13:14 dice, “…vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne”. Por lo tanto, debemos evitar periódicos, videos, páginas web, conversaciones y situaciones que nos llevarán a una caída. Además, debemos evitar pasar tiempo con aquellos que nos animarían a andar por esos caminos equivocados.

4. Buscar intensamente a Dios, sustituyendo una cosmovisión bíblica y búsquedas piadosas por los pensamientos pecaminosos. Este es el principio de la sustitución. Cuando tentados a odiar a alguien, reemplazamos esos pensamientos odiosos con acciones piadosas: les hacemos el bien, hablamos bien de ellos y oramos por ellos (Mateo 5:44). En lugar de robar, debemos trabajar duro para ganar dinero, y luego buscar oportunidades para dar a otros en necesidad (Efesios 4:28). Cuando somos tentados a codiciar a una mujer, quitamos nuestra mirada, alabamos a Dios por la manera que Él nos ha hecho — masculinos y femeninos — y oramos por la mujer (por ejemplo: ‘Señor, ayuda a esta joven a conocerte, si no te conoce, y a experimentar la alegría de caminar contigo’), y luego pensamos en ella como una hermana (1 Timoteo 5:2). La Biblia habla a menudo de “despojarse de” pensamientos y acciones malos y luego de “vestirse de» acciones y pensamientos piadosos (Efesios 4:22-32). Simplemente buscando despojarse de esos pensamientos pecaminosos sin reemplazarlos con pensamientos piadosos deja un campo vacío para que Satanás venga y siembre su cizaña (Mateo 12:43-45).

5. Utilizar el compañerismo con otros cristianos en la manera que Dios lo quiso. Hebreos 10:24-25 dice, “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”. Los hermanos cristianos que nos animarán en los cambios que deseamos (es mejor un compañero del mismo género), que orarán por y con nosotros, que nos preguntarán en amor cómo estamos, y que nos pedirán cuentas en evitar las viejas costumbres, son valiosos amigos de verdad.

Una cosa final, y la más importante: estos métodos no serán de valor alguno si no hemos puesto nuestra fe en Cristo como Salvador de nuestros pecados. ¡Esto es absolutamente donde debemos empezar! Sin esto, no puede haber victoria sobre pensamientos pecaminosos y tentaciones, y las promesas de Dios y el poder del Espíritu Santo disponibles para Sus hijos no son para nosotros.

Dios bendecirá a aquellos que busquen honrarlo con lo que más le importa: lo que somos por dentro y no solo lo que aparentamos ser a los demás. ¡Qué Dios haga válida la descripción de Jesús de Natanael — un hombre [o mujer] en el cual no hay engaño (Juan 1:47)!

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¿Murió Cristo por todos los pecados exceptuando el de la incredulidad?

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¿Murió Cristo por todos los pecados exceptuando el de la incredulidad?

Jesus carries his cross. Woodcut engraving after a drawing by Julius Schnorr von Carolsfeld (German painter, 1794 – 1872), published in 1877.

«Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1 Juan 2:2). Cuando la Biblia dice que Cristo fue la ofrenda por todos los pecados, no significa que todos los pecados hayan sido automáticamente perdonados. Sólo significa que se ha hecho la ofrenda para asegurar el perdón de todo el mundo; si esa ofrenda en realidad tiene como resultado el perdón de algún individuo es otra cosa, ya que se debe aceptar la ofrenda por fe. Nuestro camino de regreso a Dios ha sido preparado por Cristo; la pregunta ahora es, ¿aprovecharemos la oportunidad?

Cristo murió por todos los pecados, es decir, Su sacrificio fue suficiente para pagar por los pecados del mundo entero. Sin embargo, el perdón sólo llega a una persona cuando se arrepiente y cree (ver Marcos 1:15). Hasta que aceptemos (por fe) la provisión de Dios en Cristo, todavía estamos en nuestros pecados. Los que mueren en la incredulidad mueren en todo su pecado — serán mentirosos, asesinos, adúlteros, etc., que no han sido perdonados. (Apocalipsis 21:8). Los que confían en Cristo para su salvación no mueren en pecado; mueren en Cristo, y sus pecados ya han sido perdonados. Somos justificados por la fe (Romanos 5:1); sin fe, somos condenados (Juan 3:18). El perdón se recibe a través de la fe en Cristo y viene con la promesa de una eternidad en el cielo; la falta de fe nos mantiene sin perdón y destinados a una eternidad en el infierno.

En la Biblia, creer o tener fe, es algo más que pensar que algo es un hecho. La fe tiene que ver más con la confianza y la aceptación personal, los actos intencionados de nuestra voluntad. Así que, en las Escrituras, el pecado de la incredulidad no es simplemente la ignorancia, sino que es rechazar voluntariamente el don gratuito de Dios de perdonar el pecado, que incluye el pecado de la incredulidad.

Cuando Dios ofrece perdonar el pecado de un hombre cuando él cree, la lógica determina que su respuesta ya no puede ser: «No, me niego a creer en ti, pero de todos modos perdona mis pecados». El perdón es una oferta condicional: si se cumple la condición requerida (la fe), entonces se produce el resultado prometido (el perdón). La fe en Cristo es la forma en que las personas responden correctamente a la oferta de la salvación de Dios.

La Biblia habla mucho sobre la necesidad de tener fe en Cristo y los resultados de la incredulidad. Cristo anhelaba atraer hacia Él a los pecadores habitantes de Jerusalén, sin embargo, ellos permanecieron en su pecado; la condenación de Jesús recae directamente sobre ellos: «No quisiste» (Lucas 13:34). Su incredulidad los mantuvo alejados de Cristo, su única salvación.

Sobre la lógica de la necesidad de creer: «Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan» (Hebreos 11:6).

En cuanto a la incredulidad como un acto de la voluntad, una elección deliberada: «Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él» (Juan 12:37).

En cuanto a por qué no hay excusa para la incredulidad: «Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa» (Romanos 1:18-20).

Respecto al daño espiritual de la incredulidad: «¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte» (Romanos 6:21) «Antes bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso» «el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Corintios 4: 2, 4).

Sobre la justicia del castigo por la incredulidad: «Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Juan 3:19).

Por último, para estar seguro de lo que un verdadero creyente debe creer para ser un cristiano perdonado, aquí hay un resumen.

La Biblia afirma claramente que la única manera de entrar en el cielo perfecto de Dios es ser tan perfecto (puro y sin pecado), como Dios mismo (Mateo 5:20, 48; Lucas 18:18-22). Incluso si pecas una sola vez en toda tu vida, has violado toda la ley de Dios, lo mismo que si rompieras un solo eslabón de una cadena, se rompe toda la cadena (Santiago 2:10). La justicia perfecta de Dios implica que todo pecado debe ser castigado. Ese castigo es la muerte que se traduce en una eterna separación de Dios para siempre en el infierno (Éxodo 32:33).

Ningún ser humano puede cumplir con el estándar perfecto de Dios, por lo que sin un Salvador sobrenatural que nos rescate, estamos completamente perdidos como pecadores (Hechos 15:10; Romanos 3:9-23). Dios te ama y quiere rescatarte del infierno (Juan 3:16; 2 Pedro 3:9). Por eso envió a Su propio Hijo perfecto para llevar tu castigo sobre sí mismo — Su vida por la tuya — pagando completamente tu deuda con Dios al morir en la cruz, y liberándote para siempre de la justa condenación de Dios. Cada uno de tus pecados -pasados, presentes y futuros — está perdonado si eliges aceptar el regalo del perdón por la fe (creyendo y confiando en que Dios cumplirá Su promesa), cuando te arrepientas (te alejes) de tus pecados (Lucas 24:47; Hechos 11:18; 2 Corintios 7:10) y le pidas que te salve (Joel 2:32; Hechos 2:21). La sangre de Jesús cubre tus pecados para que Dios te vea tan perfecto como Su propio Hijo (Isaías 53:4-6; 2 Corintios 5:21).

En el momento que aceptas el don gratuito de Dios por la fe, cambias: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). Te conviertes en el hijo amado de Dios (1 Juan 3:1), una relación eterna que nunca puede romperse (Romanos 8:38-39; Efesios 1:13-14). Dios, como Padre, Hijo y Espíritu, habita en ti y hace su «morada» contigo (Juan 14:17, 23). Puedes ver por qué el Evangelio de Cristo se llama Buenas Nuevas (Lucas 2:10; Hechos 5:42, 14:15). Al aceptar este regalo, aceptas que perteneces a Dios (1 Corintios 6:19-20). Ya no eres dueño de ti porque Él te compró (redimió) con la preciosa sangre de Su Hijo (1 Pedro 1:18-19).

Este maravilloso regalo gratuito de la salvación eterna no se puede ganar con ninguna cosa buena que hagas (Juan 3:16; Romanos 3:21-25; Efesios 2:8-9). De hecho, tratar de ganarlo por tus propios esfuerzos, como si pudieras complacer suficientemente a Dios para ganarte Su aceptación, es severamente condenado en la Biblia (Gálatas 1:6-9). Esa es la diferencia entre el cristianismo y prácticamente todas las demás religiones del mundo, con sus reglas establecidas por el hombre sobre lo que la gente debe o no debe hacer en el intento desesperado de ganar el favor de Dios y obtener la vida eterna para sus almas.

Tu salvación es gratuita, un regalo invaluable de Dios que es mucho más valioso que el mundo entero (Mateo 13:44; 16:26). Así que el autor de Hebreos pregunta, «¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?» (Hebreos 2:3). «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones» (Hebreos 3:7-8). «He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación» (2 Corintios 6:2).

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¿Qué es la regeneración de acuerdo a la Biblia?

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Nicodemo «NAcer de nuevo»

¿Qué es la regeneración de acuerdo a la Biblia?

Otra palabra para regeneración es segundo nacimiento, relacionada con la frase bíblica «nacer de nuevo». Nuestro segundo nacimiento se distingue de nuestro primer nacimiento, cuando fuimos concebidos físicamente y heredamos nuestra naturaleza pecaminosa. El nuevo nacimiento es uno que es celestial, espiritual y santo, que resulta en la vivificación espiritual de nuestro ser. El hombre en su estado natural está «muerto en delitos y pecados» hasta que sea «vivificado» (regenerado) por Cristo. Esto sucede cuando él pone su fe en Cristo (Efesios 2:1).

La regeneración es un cambio radical. Tal como nuestro nacimiento físico resultó en un nuevo individuo entrando en un mundo terrenal, nuestro nacimiento espiritual resulta en una nueva persona que entra en el reino celestial (Efesios 2:6). Después de la regeneración, comenzamos a ver, a oír y a buscar las cosas celestiales; empezamos a vivir una vida de fe y de santidad. Ahora Cristo está formado en los corazones; ahora somos partícipes de la naturaleza divina, habiendo sido hechos nuevas criaturas (2 Corintios 5:17). Dios y no el hombre, es el origen de esta transformación (Efesios 2:1,8). El gran amor de Dios y Su don gratuito, Su abundante gracia y misericordia, son la causa del nuevo nacimiento. El gran poder de Dios, que resucitó a Cristo de entre los muertos, se ve en la regeneración y en la conversión de los pecadores (Efesios 1:19-20).

La regeneración es necesaria. La carne humana pecaminosa no puede permanecer en la presencia de Dios. En su conversación con Nicodemo, Jesús dijo dos veces que un hombre debía nacer de nuevo para ver el reino de Dios (Juan 3:3,7). La regeneración no es opcional, porque «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (Juan 3:6). El nacimiento físico nos equipa para la tierra; el nuevo nacimiento espiritual nos prepara para el cielo. Ver Efesios 2:1; 1 Pedro 1:23; Juan 1:13; 1 Juan 3:9; 4:7; 5:1, 4, 18.

La regeneración es parte de lo que Dios hace por nosotros en el momento de salvación, junto con el sello del Espíritu Santo (Efesios 1:13), la adopción (Gálatas 4:5), la reconciliación (2 Corintios 5:18-20), etc. La regeneración es lo que Dios hace para que una persona viva espiritualmente, como resultado de la fe en Jesucristo. Antes de la salvación, no éramos hijos de Dios (Juan 1:12-13); más bien, éramos hijos de ira (Efesios 2:3; Romanos 5:18-20). Antes de la salvación, estábamos perdidos; después de la salvación somos regenerados. El resultado de la regeneración es la paz con Dios (Romanos 5:1), nueva vida (Tito 3:5; 2 Corintios 5:17), y el ser Sus hijos eternamente (Juan 1:12-13; Gálatas 3:26). Con la regeneración inicia el proceso de la santificación, por medio de la cual nos convertimos en las personas que Dios quiere que seamos (Romanos 8:28-30).

La única forma para la regeneración es por medio de la fe en la obra completa de Cristo en la cruz. Regenerar el corazón no se logra por la cantidad de buenas obras o por guardar la ley. «Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él (Dios)» (Romanos 3:20). Sólo Cristo ofrece una cura para la depravación total del corazón humano. No tenemos necesidad de renovación, de reforma o de reorganización; necesitamos un nuevo nacimiento.

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¿Todos nacemos pecadores?

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¿Todos nacemos pecadores?

Sí, la Biblia enseña que todos nacemos pecadores con una naturaleza pecaminosa y egoísta. A menos que nazcamos de nuevo por el Espíritu de Dios, nunca veremos el reino de Dios (Juan 3:3).

La humanidad es totalmente depravada; es decir, todos tenemos una naturaleza pecaminosa que afecta cada parte de nosotros (Isaías 53:6; Romanos 7:14). La pregunta es, ¿de dónde viene esa naturaleza pecaminosa? ¿Nacimos pecadores, o simplemente elegimos convertirnos en pecadores en algún momento después de nacer?

Nacemos con una naturaleza pecaminosa, y la heredamos de Adán. «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres» (Romanos 5:12). Cada uno de nosotros fue afectado por el pecado de Adán; no hay excepciones. «La transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres» (versículo 18). Todos somos pecadores, y todos compartimos la misma condenación, porque todos somos hijos de Adán.La Escritura indica que incluso los niños tienen una naturaleza pecaminosa, lo cual argumenta el hecho de que nacemos pecadores. «La necedad está ligada en el corazón del muchacho» (Proverbios 22:15). David dice: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre» (Salmo 51:5). «Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron» (Salmo 58:3).

Antes de ser salvos, «éramos por naturaleza hijos de ira» (Efesios 2:3). Observa que merecíamos la ira de Dios no sólo por nuestras acciones, sino por nuestra naturaleza. Esa naturaleza es la que heredamos de Adán.

Nacemos pecadores, y por esa razón somos incapaces de hacer el bien para agradar a Dios en nuestro estado natural, o la carne: «Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» (Romanos 8:8). Estábamos muertos en nuestros pecados antes de que Cristo nos resucitara a la vida espiritual (Efesios 2:1). Carecemos de cualquier bien espiritual inherente.

Nadie tiene que enseñar a un niño a mentir, más bien hay que esforzarse por inculcar a los niños el valor de decir la verdad. Los niños pequeños son naturalmente egoístas, con su comprensión innata, aunque defectuosa, de que todo es «mío». El comportamiento pecaminoso es natural para los pequeños porque nacen pecadores.

Debido a que nacemos pecadores, debemos experimentar un segundo nacimiento espiritual. Nacemos una vez en la familia de Adán y somos pecadores por naturaleza. Cuando nacemos de nuevo, nacemos en la familia de Dios y recibimos la naturaleza de Cristo. Alabamos al Señor porque «todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Juan 1:12-13).

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¿Qué dice la Biblia acerca del dolor?

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¿Qué dice la Biblia acerca del dolor?

La palabra traducida «dolor» o alguna forma de ella, aparece más de 70 veces en las Escrituras. El primer uso de la palabra explica el origen del dolor en el parto: «A la mujer le dijo: «Multiplicaré tus dolores en el parto, y darás a luz a tus hijos con dolor. Desearás a tu marido, y él te dominará»… ¡maldita será la tierra por tu culpa! con penosos trabajos comerás de ella…» (Génesis 3:16, 17). El contexto aquí es que Adán y Eva habían pecado y el dolor de parto era una de las consecuencias del pecado. Por causa del pecado, toda la tierra fue maldecida y la muerte entró como resultado (Romanos 5:12). Así, se puede concluir que el dolor es uno de los muchos resultados del pecado original.

Aunque no específicamente indicado en la Biblia, sabemos médicamente que el dolor es un regalo. Sin ello no sabríamos cuándo necesitamos atención médica. De hecho, la ausencia de dolor es uno de los problemas asociados con la lepra. Los niños nunca aprenderían que tocar una estufa caliente es una mala idea, ni podríamos ser alertados a una condición médica peligrosa sin el dolor asociado con ella. Espiritualmente hablando, uno de los beneficios del dolor es expresado por Santiago: «Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia» (Santiago 1:2-3). Según Santiago, cuando soportamos pruebas dolorosas, podemos tener gozo al saber que Dios obra para producir en nosotros paciencia y el carácter de Jesucristo. Esto se aplica al dolor mental, emocional y espiritual, así como al dolor físico.

El dolor también proporciona una oportunidad de experimentar la gracia de Dios. Considera lo que dijo Pablo: «Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo» (2ª Corintios 12:9). Pablo hablaba de un «aguijón en su carne» que le preocupaba. No sabemos lo que era, pero parecía haber sido doloroso para Pablo. Él reconoció que la gracia de Dios se le había dado para que él pudiera soportarlo. Dios dará a Sus hijos la gracia necesaria para soportar el dolor.

Pero la muy buena noticia es que Jesucristo murió en nuestro lugar por nuestros pecados: «Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu» (1ª Pedro 3:18). A través de la fe en Jesucristo, Dios da al creyente la vida eterna y todas las bendiciones que vienen incluidas. Una de las cuales es «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (Apocalipsis 21:4). El dolor que experimentamos, como una parte natural de vivir en un mundo caído, maldito por el pecado, será una cosa del pasado para aquellos que, mediante la fe en Jesucristo, pasarán la eternidad en el cielo con Él.

En resumen, aunque el dolor no es agradable, nosotros debemos agradecer a Dios por ello porque nos alerta que algo anda mal en nuestro cuerpo. Además, esto nos provoca a reflexionar sobre la terrible consecuencia del pecado y ser extremadamente agradecidos a Dios por hacer para nosotros una manera para ser salvos. Cuando uno sufre, es una ocasión excelente para darse cuenta que Jesucristo soportó un insoportable dolor emocional y físico en nuestro nombre. No hay dolor que podría aproximarse a los terribles acontecimientos de la crucifixión de Jesucristo, y Él sufrió ese dolor voluntariamente para redimirnos y glorificar a su Padre.

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¿Quiénes son los elegidos de Dios?

¿Quiénes son los elegidos de Dios?

Respuesta: Poniéndolo de una manera sencilla, los elegidos de Dios son aquellos que Dios predestinó para salvación. Ellos son llamados los “elegidos” porque esa palabra denota el concepto de elección. Cada cuatro años en Estados Unidos, se “elige” un Presidente – p.ej., elegimos a quien servirá en esa oficina. Lo mismo sucede con Dios y aquellos que serán salvos; Dios elige a aquellos que serán salvos. Estos son los elegidos de Dios.

Como tal, el concepto de que Dios elija a aquellos que se salvarán no es controversial. Lo que es controversial es cómo y de qué manera Dios elige a aquellos que serán salvos. A través de la historia de la iglesia, ha habido dos corrientes principales de la doctrina de la elección (o predestinación). Una de ellas, a la que llamaremos la creencia sobre la presciencia o conocimiento previo, enseña que Dios, a través de Su omnisciencia, conoce a aquellos que decidirán con el tiempo, por su propia voluntad, poner su fe y confianza en Jesucristo para su salvación. Sobre la base de este divino conocimiento previo, Dios elige a estos individuos “antes de la fundación del mundo” (Efesios 1:4). Esta creencia es adoptada por la mayoría de los evangélicos americanos.

La segunda mayor opinión es la creencia Agustiniana, la cual esencialmente enseña que Dios no solo elige divinamente a aquellos que tendrán fe en Jesucristo, sino también elige divinamente otorgar a estos individuos la fe para que crean en Cristo. En otras palabras, la elección de Dios para la salvación no está basada en el previo conocimiento de una fe individual, sino en la libre y soberana gracia de Dios Todopoderoso. Dios elige a gente para salvación, y con el tiempo esta gente vendrá a la fe en Cristo porque Dios los ha elegido.

La diferencia se reduce a esto: ¿quién tiene la opción última en la salvación – Dios o el hombre? En la primera perspectiva (la opinión de la presciencia), el hombre tiene el control; su libre albedrío es soberano y se vuelve el factor determinante en la elección de Dios. Dios puede proveer el camino para la salvación a través de Jesucristo, pero el hombre debe elegir a Cristo por él mismo, a fin de hacer efectiva la salvación. A última instancia, esta perspectiva hace a Dios impotente y le roba Su soberanía. Esta creencia pone al Creador a merced de la criatura; si Dios quiere que la gente vaya al cielo, Él tiene que esperar que el hombre elija libremente Su camino de salvación. En realidad, la creencia de la presciencia de elección no es una apreciación de la elección en absoluto, porque Dios realmente no está eligiendo – Él solo están confirmando. A última instancia, es el hombre quien lo determina.

En la creencia Agustiniana, Dios tiene el control; Él es quien, de Su propia voluntad soberana, elige libremente a aquellos que salvará. Él no solo elige a aquellos que Él salvará, sino que de hecho, lleva a cabo su salvación. En vez de simplemente hacer posible la salvación, Dios elige a aquellos que Él salvará y luego los salva. Esta creencia le otorga a Dios Su propio lugar como Creador y Soberano.

La visión Agustiniana no carece de problemas en sí misma. Los críticos han clamado que esta visión le roba al hombre su libre albedrío. Si Dios elige a aquellos que serán salvos, entonces ¿qué diferencia tiene el que el hombre crea? ¿Para qué predicar el Evangelio? Lo que es más, si Dios elige de acuerdo a Su soberana voluntad, ¿cómo podemos se responsables por nuestras acciones? Éstas son todas buenas y justas preguntas que necesitan se respondidas. Un buen pasaje para responder estas preguntas es Romanos 9, el pasaje que trata más profundamente con la soberanía de Dios en la elección.

El contexto del pasaje proviene de Romanos 8, el cual termina con un gran clímax de alabanza: “Por lo cual estoy seguro de que …. [nada] ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 8:38-39). Esto lleva a Pablo a considerar cómo podría responder un judío a esta declaración. Mientras que Jesús vino a los hijos perdidos de Israel, y la iglesia primitiva era en gran parte judía en su conformación, el Evangelio fue esparcido entre los gentiles mucho más rápidamente que entre los judíos. De hecho, la mayoría de los judíos vieron el Evangelio como una piedra de tropiezo (1 Corintios 1:23) y rechazaron a Jesús. Esto llevaría al judío promedio a preguntarse si el plan de Dios de la elección había fallado, puesto que la mayoría de los judíos rechazaron el mensaje del Evangelio.

A través de Romanos 9, Pablo sistemáticamente muestra que la soberanía de la elección de Dios ha estado activa desde el principio mismo. Él comienza con esta declaración crucial: “No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas.” (Romanos 9:6). Esto significa que no toda la gente del Israel étnico (esto es, aquellos que descienden de Abraham, Isaac y Jacob) pertenecen al verdadero Israel (el elegido de Dios). Repasando la historia de Israel, Pablo muestra que Dios eligió a Isaac sobre Ismael, y a Jacob sobre Esaú. Solo en caso de que alguien pensara que Dios había elegido a estos individuos basados en la fe o buenas obras que ellos harían en el futuro, añade, “pues no habían aún nacido [Jacob y Esaú] ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama.” (Romanos 9:11).

En este punto, uno puede estar tentado a acusar a Dios de actuar injustamente. Pablo anticipa esta acusación en el v. 14, indicando claramente que Dios no es injusto en absoluto. “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.” (Romanos 9:15). Dios es soberano sobre Su creación. Él es libre de elegir a aquellos a quienes el elegirá, y es libre de pasar por alto a aquellos que pasará por alto. La criatura no tiene derecho de acusar al Creador de ser injusto. El solo pensamiento de que la criatura quiera erigirse juez del Creador resulta absurdo para Pablo, y también así debe ser para cada cristiano. El equilibrio de Romanos 9 corrobora este punto.

Como ya se mencionó, hay otros pasajes que hablan en menor grado sobre el tema de la elección de Dios (Juan 6:37-45 y Efesios 1:3-14, por nombrar dos de ellos). El punto es que Dios ha ordenado redimir a un remanente de la humanidad para salvación. Estos individuos fueron elegidas antes de la creación del mundo, y su salvación está completa en Cristo. Como Pablo dice, “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.” (Romanos 8:29-30).

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«¿Cómo no me voy al infierno?»

«¿Cómo no me voy al infierno?»

Respuesta: No ir al infierno es más fácil que tú piensas. Algunas personas creen que tienen que obedecer los Diez Mandamientos durante toda su vida para no ir al infierno. Algunas personas creen que deben observar ciertos ritos y rituales para no ir al infierno. Algunas personas creen que no hay manera de que podamos saber con seguridad si o no vamos a ir al infierno. Ninguno de estos puntos de vista es correcto. La Biblia es muy clara sobre cómo una persona puede evitar ir al infierno después de la muerte.

La Biblia describe el infierno como un lugar aterrador y horrible. El infierno se describe como «fuego eterno» (Mateo 25:41), «fuego que nunca se apagará» (Mateo 3:12), «vergüenza y confusión perpetua» (Daniel 12:2), un lugar donde «el fuego nunca se apaga» (Marcos 9:44-49), y «eterna perdición» (2 Tesalonicenses 1:9). Apocalipsis 20:10 describe el infierno como un «lago de fuego y azufre», donde los malos son «atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 20:10). Obviamente, el infierno es un lugar que debemos evitar.

¿Por qué siquiera existe el infierno y por qué Dios envía gente allí? La Biblia nos dice que Dios «preparó» el infierno para el diablo y los ángeles caídos después de su rebelión contra Él (Mateo 25:41). Los que rechazan la oferta de perdón de Dios sufrirán el mismo destino eterno del diablo y los ángeles caídos. ¿Por qué es necesario el infierno? Todo pecado es en última instancia, en contra de Dios (Salmo 51:4), y puesto que Dios es un ser infinito y eterno, sólo un castigo infinito y eterno es suficiente. El infierno es el lugar donde las exigencias de la justicia santa y justa de Dios se llevan a cabo. El infierno es donde Dios condena el pecado y todos aquellos que lo rechazan a Él. La Biblia deja en claro que todos hemos pecado (Eclesiastés 7:20, Romanos 3:10-23), así que, como consecuencia, todos merecemos ir al infierno.

Entonces, ¿cómo no vamos a ir al infierno? Dado que sólo un castigo infinito y eterno es suficiente, un precio infinito y eterno debe ser pagado. Dios llegó a ser un ser humano en la persona de Jesucristo. En Jesucristo, Dios vivió entre nosotros, nos enseñó, y nos sanó, pero estas cosas no eran Su misión final. Dios se hizo hombre (Juan 1:1,14) para que pudiera morir por nosotros. Jesús, Dios en forma humana, murió en la cruz. Como Dios, Su muerte fue infinito y eterno en valor, pagando el precio completo por el pecado (1 Juan 2:2). Dios nos invita a recibir a Jesucristo como Salvador, aceptando su muerte como el pago completo y justo por nuestros pecados. Dios promete que todo el que cree en Jesús (Juan 3:16), confiando en Él solamente como el Salvador (Juan 14:6), será salvo, es decir, no ir al infierno.

Dios no quiere que nadie vaya al infierno (2 Pedro 3:9). Por eso Dios hizo el sacrificio supremo, perfecto, y suficiente en nuestro lugar. Si no quieres ir al infierno, recibe a Jesús como tu Salvador. Es tan simple como eso. Dile a Dios que reconoces que eres pecador y que mereces ir al infierno. Declara a Dios que estás confiando en Jesucristo como tu Salvador. Agradece a Dios por proveer para tu salvación y la liberación del infierno. ¡La simple fe, confiando en Jesucristo como el Salvador, es cómo se puede evitar ir al infierno!

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¿Quién fue el verdadero Jesús histórico?»

¿Quién fue el verdadero Jesús histórico?»


Sin lugar a duda, una de las preguntas más frecuentes es, “¿Quién fue Jesús?” No hay duda de que Jesús tiene, por mucho, el nombre más reconocido a través del mundo. En total, una tercera parte de la población mundial – cerca de 2,500 millones de personas – dicen ser cristianos. –el Islam, que abarca alrededor de 1,500 millones de gente, realmente reconoce a Jesús como el segundo profeta más grande, después de Mahoma. De los restantes 3,200 millones (aproximadamente la mitad de la población mundial), la mayoría o ha escuchado el nombre de Jesús, o sabe acerca de Él.

Si uno tuviera que hacer un resumen de la vida de Jesús desde su nacimiento hasta su muerte, sería algo breve. Él nació de padres judíos en Belén, un pequeño pueblo al sur de Jerusalén, mientras el territorio estaba bajo la ocupación romana. Sus padres se mudaron al norte a Nazaret, donde Él creció; por lo que comúnmente se le conoce como “Jesús de Nazaret.” Su padre era carpintero, así que es probable que Jesús aprendiera el oficio en Sus primeros años. Alrededor de los treinta años, comenzó Su ministerio público. Él eligió a una docena de hombres de dudosa reputación como Sus discípulos y trabajó en las afueras de Capernaum, un pueblo grande de pescadores, y centro de comercio en la costa del Mar de Galilea. De ahí Él viajaba y predicaba por toda la región de Galilea, haciendo frecuentes incursiones entre los vecinos gentiles y samaritanos, con intermitentes viajes a Jerusalén.

Las inusuales enseñanzas y su metodología sorprendió y molestó a muchos. Su mensaje revolucionario, aunado a milagros y curaciones milagrosas, le generó gran número de seguidores. Su popularidad entre el populacho creció rápidamente, dando como resultado, la aprehensión de los bien arraigados líderes de la fe judía. Pronto, estos líderes se llenaron de celos, resintiendo grandemente Su éxito. Muchos de esos líderes encontraban ofensivas Sus enseñanzas, y sintieron que sus establecidas religiones y ceremonias tradicionales estaban siendo amenazadas. Pronto tramaron junto con los gobernadores romanos, cómo matarlo. Fue durante este tiempo que uno de los discípulos de Jesús lo traicionó con los líderes judíos por una miserable suma de dinero. Poco después de eso, mandaron arrestarlo, y armaron apresuradamente una serie de simulacros de juicio, decidiendo sumariamente ejecutarlo por crucifixión.

Pero, a diferencia de cualquier otro en la historia, la muerte de Jesús no fue el final de Su historia; fue, de hecho, el principio. El Cristianismo existe solo por lo sucedido después que Jesús murió. Tres días después de Su muerte, Sus discípulos y muchos otros comenzaron a declarar que Él había regresado a la vida de entre los muertos. Su tumba fue encontrada vacía, el cuerpo había desaparecido, y numerosas apariciones fueron pregonadas por testigos oculares de varios diferentes grupos de gente, de diferentes lugares, y en diferentes circunstancias.

Como resultado de todo esto, la gente comenzó a proclamar convencida que Jesús era el Cristo, o el Mesías. Ellos declaraban que Su resurrección validaba el mensaje del perdón de los pecados a través de Su sacrificio. Al principio, ellos predicaban estas buenas nuevas, conocidas como el Evangelio solo en Jerusalén, la misma ciudad donde fue ejecutado. Pero pronto esta nueva corriente conocida inicialmente como el Camino (ver Hechos 9:2, 19:9, 23; 24:22) y se extendió rápidamente. En un corto período de tiempo, este mensaje del Evangelio de la fe se esparció más allá de la región, llegando lugares tan lejanos como Roma; así como hasta lo más apartado de su vasto imperio.

Indudablemente Jesús tuvo un tremendo impacto en la historia mundial. La pregunta sobre “el verdadero Jesús histórico” puede ser mejor respondida estudiando el impacto de Jesús en la historia. La sola explicación para el incomparable impacto que tuvo Jesús, va mucho más allá de ser solo un hombre. Jesús era, y es, precisamente lo que la Biblia dice que Él es – Dios hecho hombre. Solo el Dios que creó el mundo y controla el curso de la historia pudo impactar al mundo de manera tan drástica.

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