La reacción cismática: el donatismo 16

La reacción cismática: el donatismo 16

Lo que se debate entre los donatistas y nosotros es dónde está este cuerpo de Cristo que es la iglesia. ¿Hemos de buscar la respuesta en nuestras propias palabras, o en las de la cabeza del cuerpo, nuestro Señor Jesucristo?

Agustín de Hipona

a1Como señalamos en el capítulo anterior, no todos los cristianos se sentían satisfechos con el nuevo estado de cosas que resultaba de la política religiosa de Constantino. Pero, mientras los monjes sencillamente se retiraron al desierto sin romper sus lazos con la iglesia, hubo muchos otros que sencillamente declararon que el resto de la iglesia se había corrompido, y que ellos eran la verdadera iglesia. De los muchos grupos que adoptaron esta actitud, el más numeroso y duradero fue el donatismo.

El donatismo surgió de una cuestión escabrosa con la que ya nos hemos topado en la Primera Sección de esta historia. Se trata de la cuestión de los caídos. Después de cada período de persecución violenta, la iglesia tenía que enfrentarse a la cuestión de qué hacer con los que habían sucumbido ante las amenazas o las órdenes de las autoridades, y ahora pedían ser restaurados a la comunión de la iglesia. En el siglo tercero, esto produjo en Roma el cisma de Novaciano, y en Cartago —en el norte de Africa— Cipriano tuvo que defender su autoridad como obispo frente a quienes sostenían que eran los confesores quienes tenían el derecho de readmitir a los caídos. Ahora, en el siglo IV, la cuestión cobró particular importancia en la misma región.

Allí la gran persecución había sido más violenta, y producido más apóstatas, que en cualquiera otra parte del Imperio. Obispos hubo que entregaron a las autoridades sus copias de las Escrituras, para evitar mayores calamidades sobre sus congregaciones. Otros entregaron libros heréticos, haciéndoles creer a las autoridades que se trataba de las Escrituras cristianas. Otros obispos y laicos sucumbieron a la presión del estado y adoraron a los dioses paganos. De hecho, el número de estos últimos fue tan grande, que algunos observadores nos cuentan que hubo días en que las gentes no cabían en los templos paganos. Por otra parte, no faltaron cristianos que se mantuvieron firmes en la fe, y que por causa de ello sufrieron cárceles, torturas y muerte. Como en otros casos anteriores, los miembros de este grupo que lograron sobrevivir recibieron el título de “confesores”, y se les veneraba por la firmeza de su fe. Pero algunos de ellos, a diferencia de los confesores del tiempo de Cipriano, se mostraron harto rigurosos para con los que habían seguido otro camino. Entre estas personas a quienes los confesores rigoristas condenaban estaban los obispos que habían entregado las Escrituras, pues —decían los confesores— si alterar una tilde de las Escrituras es un pecado tan grande, cuánto mayor no lo será entregarlas para que sean destruidas. Así se empezó a dar a algunos obispos y otros dirigentes el título ofensivo de “traditores” — literalmente, “entregadores”.

En esto estaban las cosas cuando, poco después de cesar la persecución, el episcopado importantísimo de Cartago quedó vacante. Ceciliano fue electo obispo. Pero esta elección no contaba con la simpatía popular, y pronto fue electo otro obispo rival, Mayorino. En estas elecciones hubo por ambas partes intrigas y maniobras que no es necesario reseñar aquí. Baste decir que cada uno de los partidos tenía suficientes razones para decir que el proceder de sus contrarios había sido, a lo menos, irregular. Cuando Mayorino murió poco tiempo después de ser electo obispo, sus partidarios eligieron como su sucesor a Donato de Casa Negra, quien dirigió la política de sus seguidores por más de cuarenta años. Por esa razón esos seguidores recibieron el nombre de “donatistas”.

Naturalmente, el resto de la iglesia no podía tolerar este estado de cosas, pues sólo era dable reconocer como legítimo a un obispo de Cartago, y no a dos que se disputaban el cargo. Pronto el obispo de Roma, y varios otros de las ciudades más importantes del Imperio, declararon que Ceciliano era el verdadero pastor, y que Mayorino —y después Donato— eran usurpadores. Constantino siguió la misma pauta, y envió instrucciones a sus representantes en el norte de Africa en el sentido de que reconocieran sólo a Ceciliano y los que estaban en comunión con él. Esto tenía importantes consecuencias prácticas, pues Constantino estaba promulgando legislación en favor de los cristianos, tales como la exención de impuestos para los clérigos. Sólo quienes estaban en comunión con Ceciliano podrían entonces gozar de tales beneficios —así como de importantes donativos que Constantino estaba haciendo directamente a la iglesia.

¿Cuáles fueron las causas del cisma donatista? Hasta aquí no hemos hecho más que narrar la historia externa de sus comienzos. Pero el hecho es que el cisma tenía profundas raíces tanto teológicas como políticas y económicas.

La justificación teológica del cisma se encontraba en la vieja cuestión de la restauración de los caídos en tiempos de persecución. Según los donatistas, uno de los tres obispos que habían consagrado a Ceciliano era traditor —es decir, había entregado las Escrituras— y por tanto esa consagración no era válida. Ceciliano y los suyos respondían diciendo, primero, que el obispo en cuestión no era de hecho traditor y, segundo, que aunque lo fuese su acción de consagrar a Ceciliano era todavía válida. Luego, aparte de la cuestión factual de si ese obispo —y otros en comunión con Ceciliano— había flaqueado, estaba la cuestión doctrinal de si una ordenación o consagración hecha por un obispo indigno era válida o no. Los donatistas decían que la validez de tal ordenación dependía de la dignidad del obispo. Ceciliano y los suyos respondían que la validez de los sacramentos no depende de la dignidad de quien los administra, pues en ese caso estaríamos constantemente en dudas acerca de si nuestro bautismo es o no válido, o si verdaderamente estamos recibiendo la comunión, ya que nos es imposible saber a ciencia cierta el estado interior del alma del ministro que nos ofrece tales sacramentos. Si los donatistas tenían razón, esto quería decir que Ceciliano no era verdaderamente obispo, y que por tanto todos los que eran ordenados por él eran falsos sacerdotes, cuyos sacramentos no tenían validez alguna. Y lo mismo podía decirse, según los donatistas, de otros obispos acerca de cuya consagración no había duda alguna, pero que ahora se habían unido en la comunión a gentes indignas como Ceciliano y los suyos.

Tampoco sus sacramentos eran ya válidos, pues se habían contaminado. Luego, si algún miembro del partido de Ceciliano decidía unirse a los donatistas, éstos le hacían rebautizar. Pero si un donatista decidía unirse al otro bando éste aceptaba su bautismo, sobre la base de que el sacramento es válido por muy indigno que sea quien lo administre.

Estas eran, en pocas palabras, las cuestiones teológicas que se debatían. Pero cuando nos adentramos más en los documentos de la época, y empezamos a leer entre líneas, nos percatamos de que había otras causas que se revestían de argumentos teológicos. Así, por ejemplo, es un hecho que entre los primeros donatistas había quienes no sólo habían entregado las Escrituras, sino hasta quienes habían hecho todo un inventario de los objetos sagrados que la iglesia poseía, para darlo a las autoridades. Y sin embargo, estas personas fueron aceptadas entre los donatistas sin mayores dificultades. Aun más, uno de los primeros instigadores del donatismo había sido un tal Purpurio de Limata, que había asesinado a dos sobrinos. Luego, resulta difícil creer que la necesidad de mantener a la iglesia pura de toda mancha fuera la verdadera causa de la enemistad de los donatistas hacia Ceciliano y los suyos.

De hecho, los dos bandos pronto se dividieron según grupos sociales y geográficos. En Cartago y la región al este de esa ciudad —la región que se llamaba “Africa proconsular”— Ceciliano tuvo bastantes seguidores. Pero al oeste, en la región de Numidia, el donatismo era poderosísimo. Esto se relaciona al hecho de que durante varias generaciones la Numidia se había sentido explotada por los elementos en Cartago que participaban del comercio y otros contactos con Italia. Numidia —y más al oeste Mauritania— veía el producto de sus cosechas vendido a Roma, y se percataba de que buena parte de los beneficios de este comercio se quedaba en Cartago y los alrededores, mientras que en Numidia y Mauritania la situación económica era onerosa. A esto se añadía el hecho de que en las comarcas más explotadas había un fuerte elemento no romanizado que conservaba sus costumbres e idioma ancestrales, y que veía en Roma y en todo lo que fuese latino una fuerza foránea y opresora. Al mismo tiempo, en la ciudad de Cartago había una clase social compuesta por hacendados, comerciantes y oficiales del ejército, completamente latinizada, que era la que más se beneficiaba del comercio con Italia, y la que veía con más simpatía la necesidad de mantenerse en buenas relaciones con el resto del Imperio y de la iglesia. Pero aun en la misma ciudad de Cartago —y más todavía en las zonas rurales del Africa proconsular— había una numerosísima clase baja cuyos sentimientos eran semejantes a los de los numidios y mauretanios.

Mucho antes del advenimiento de Constantino, el cristianismo había logrado gran número de adeptos en Numidia y entre las clases bajas del Africa proconsular —y, en menor grado, en Mauritania—. Estas gentes habían visto en su nueva fe una fuerza poderosa que ni aun el Imperio podía quebrantar. Al mismo tiempo, un número menor de gentes de la clase latinizada de Cartago había abrazado el cristianismo. Esto introdujo en la iglesia las fricciones que existían en el resto de la sociedad.

Pero en esa época las gentes de clase alta que se unían a la iglesia se veían obligadas en cierta medida a romper algunos de sus vínculos con el Imperio, y por tanto las tensiones dentro de la iglesia no eran insoportables.

La situación cambió con el advenimiento de Constantino y la paz de la iglesia. Ahora el ser cristiano era bien visto por las autoridades. Se podía ser buen romano y buen cristiano al mismo tiempo. Y las clases latinizadas empezaron a convertirse en grandes números. Para otras personas de la misma esfera social que se habían convertido antes, esto era un hecho positivo, pues su decisión anterior se hallaba ahora corroborada por otras personas de importancia. Pero para los cristianos de las clases más bajas lo que sucedía era que la iglesia se estaba corrompiendo. Todo cuanto estas gentes detestaban en el Imperio se estaba introduciendo ahora en la iglesia. Pronto los poderosos, los que dominaban la política y la economía, dominarían también la iglesia. Era necesario oponerse a esa posibilidad, recordándoles a los poderosos advenedizos que cuando ellos estaban todavía adorando a sus dioses paganos ya los pobres y supuestamente ignorantes numidios, mauritanos, y otros, conocían la verdad.

Todo esto puede verse en las distintas etapas del conflicto donatista. Ceciliano fue electo con el apoyo de la clase latinizada de Cartago. A su elección se opusieron las clases bajas del Africa proconsular y casi todo el clero y el pueblo de Numidia.

Casi antes de haber recibido un informe detallado acerca del conflicto, Constantino decidió que el partido de Ceciliano era la iglesia legítima. Lo mismo decidieron los obispos de las grandes ciudades latinas —y a la postre también las griegas.

Por su parte, los donatistas no vacilaron en aceptar el apoyo de los clérigos numidios que habían sucumbido durante la persecución.

Esto no quiere decir que el donatismo fuera desde sus orígenes un movimiento conscientemente político. Los primeros donatistas no se oponían al Imperio, sino al “mundo” —aunque para ellos muchas de las prácticas del Imperio eran características del “mundo”—. En varias ocasiones trataron de persuadir a Constantino de que había juzgado mal al fallar en pro de Ceciliano. Y todavía en época de Juliano, bastante avanzado el siglo IV, tenían esperanzas de que las autoridades vieran la justicia de su causa.

Pero alrededor del año 340 apareció entre los donatistas el bando de los circunceliones —palabra que se deriva del latín circumcellas, que quiere decir “alrededor de las capillas o de los almacenes”—. Los circunceliones eran mayormente campesinos numidios y mauritanos de ideas donatistas que seguían prácticas terroristas. Sus cuarteles se encontraban generalmente en las tumbas de los mártires, donde había tanto una capilla como amplios graneros, y es por esto que recibieron el nombre de “circunceliones”. Aunque algunos historiadores han dicho que no eran sino bandidos que se hacían pasar por gentes religiosas, la verdad es otra. Los circunceliones llevaban su fe hasta el fanatismo. Para ellos no había fin más glorioso que el martirio, y ahora que el estado no perseguía a los cristianos, los circunceliones que morían peleando contra los poderosos se consideraban también mártires. En algunos casos, el deseo de ser mártires llegaba a tal punto que había suicidios en masa, saltando de lo alto de un precipicio. Todo esto puede muy bien ser fanatismo. Pero ciertamente no es la hipocresía de quien toma una posición religiosa para encubrir sus tropelías.

El impacto de los circunceliones fue grande. A veces los dirigentes donatistas de las ciudades los condenaron y trataron de separarse por completo de ellos. Pero en ocasiones, cuando el donatismo organizado necesitaba una fuerza de choque, acudió a los circunceliones. En todo caso, llegó el momento en que las haciendas más apartadas tuvieron que ser abandonadas por temor a ellos. Los viajes por el interior del país se hicieron imposibles para las gentes ricas. Y en más de una oportunidad los circunceliones llegaron hasta los bordes mismos de ciudades importantes. El crédito sufrió y el comercio se paralizó.

Frente a esta situación, las autoridades romanas apelaron a la fuerza. Hubo persecuciones, intentos de persuadir, grandes matanzas y ocupación militar. Pero todo fue en vano. Los circunceliones representaban un descontento popular profundo, y el movimiento no pudo ser extirpado. Como veremos más adelante, poco después los vándalos invadieron la región, y con ello terminó el dominio latino sobre ella. Pero aun bajo los vándalos el movimiento no desapareció. En el siglo VI el Imperio Romano de Oriente —cuya capital era Constantinopla— conquistó la región. Pero los circunceliones no desaparecieron. No fue sino después de la conquista del norte de Africa por los musulmanes, en el siglo VII, que el donatismo y los circunceliones dejaron de existir.

En conclusión, el donatismo —y en particular los donatistas radicales, o circunceliones— fue una reacción más a las nuevas circunstancias producidas por la conversión de Constantino. Mientras algunos recibieron el nuevo orden con los brazos abiertos, y otros protestaron retirándose al desierto, los donatistas sencillamente rompieron con la iglesia que se había aliado al Imperio.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 163–167). Miami, FL: Editorial Unilit.

La reacción monástica 15

La reacción monástica 15

Los monjes que se apartan de sus celdas, o buscan la compañía de las gentes, pierden la paz, como el pez pierde la vida fuera del agua.

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Las nuevas condiciones de la iglesia tras la paz de Constantino no fueron igualmente recibidas por todos los cristianos. Frente a quienes, como Eusebio de Cesarea, veían en tales circunstancias el cumplimiento de los designios de Dios, había otros que se dolían del triste estado a que parecía haber descendido la vida cristiana. La puerta estrecha de que Jesús había hablado se había vuelto tan ancha que las multitudes se apresuraban a pasar por ella —muchos en busca de posiciones y privilegios, sin tener una idea del significado del bautismo o de la fe cristiana—. Los obispos competían en pos de las posiciones de más prestigio. Los ricos y los poderosos parecían dominar la vida de la iglesia. La cizaña crecía junto al trigo y amenazaba ahogarlo.

Durante casi trescientos años, la iglesia había vivido bajo la amenaza constante de las persecuciones. Todo cristiano sabía que posiblemente algún día lo llevarían ante los tribunales, y tendría que afrontar la terrible alternativa entre la apostasía y la muerte. Durante los largos períodos de paz que existieron a veces en los siglos segundo y tercero, hubo quienes olvidaron esto, y cuando la persecución se reanudó no pudieron resistirla. Esto a su vez convenció a otros de que la seguridad y la vida muelle eran el principal peligro que los amenazaba, y que éste se hacía mucho más real durante los períodos de relativa calma.Ahora, cuando la paz de la iglesia parecía asegurada, muchas de estas personas veían en esa paz una nueva artimaña del Maligno.

¿Cómo, entonces, se puede ser cristiano en medio de tales circunstancias? Cuando la iglesia se une a los poderes del mundo, cuando el lujo y la ostentación se adueñan de los altares cristianos, cuando la sociedad toda parece decir que el camino angosto se ha vuelto amplia avenida, ¿cómo resistir a las enormes tentaciones del momento? ¿Cómo dar testimonio del Crucificado, del que no tenía siquiera donde posar la cabeza, cuando los jefes de la iglesia tienen lujosas mansiones, y cuando el testimonio sangriento del martirio no es ya posible? ¿Cómo vencer al Maligno, que a todas horas nos tienta con los nuevos honores que la sociedad nos ofrece?

La respuesta de muchos no se hizo esperar: huir de la sociedad humana; abandonarlo todo; subyugar el cuerpo y las pasiones que dan ocasión a la tentación. Y así, al mismo tiempo que la iglesia se llenaba de millares de gentes que pedían el bautismo, hubo un verdadero éxodo de otros millares que buscaban en la solitud la santidad.

Los orígenes del monaquismo

Aun antes de tiempos de Constantino, había habido cristianos que por diversas razones se habían sentido llamados a un estilo de vida diferente del usual. Ya en el primera sección de esta historia nos hemos referido a las “viudas y vírgenes”, es decir, a aquellas mujeres que decidían no casarse, y dedicar todo su tiempo y sus energías a la obra de la iglesia. Algún tiempo después Orígenes, dejándose llevar por el ideal platónico del hombre sabio, organizó su vida en forma muy semejante a la de los monjes posteriores. Otros muchos —entre ellos al parecer Pánfilo y el joven Eusebio de Cesarea— siguieron la misma “vida filosófica” de Orígenes. Además, aunque las doctrinas gnósticas habían sido rechazadas por la iglesia, su impacto continuó haciéndose sentir en la opinión de muchos, que pensaban que de un modo u otro el cuerpo se oponía a la vida plena del espíritu, Y que por tanto era necesario sujetarlo y hasta castigarlo.

Luego, el monaquismo tiene dos orígenes paralelos, uno proveniente de dentro de la iglesia, y otro de fuera. De dentro de la iglesia, el monaquismo se nutrió de las palabras del apóstol Pablo, y la experiencia de la iglesia misma, en el sentido de que quienes no se casaban podían servir más libremente al Señor. Naturalmente, este sentimiento se unía también con frecuencia a la creencia en el pronto retorno de Jesús. Si el fin estaba a punto de llegar, no había por qué casarse y llevar la vida sedentaria de quienes hacen planes para el futuro. En algunos casos, esta relación entre la expectación del fin y el celibato se basaba sobre otra consideración: puesto que los cristianos han de dar testimonio del Reino que esperan, y puesto que Jesús dijo que en el Reino “no se casan ni se dan en matrimonio”, quienes ahora deciden permanecer célibes son testimonio del Reino que ha de venir.

De fuera, la iglesia recibió ideas, ejemplos y doctrinas que también impulsaron el movimiento monástico. Buena parte de la filosofía clásica sostenía que el cuerpo era la prisión o el sepulcro del alma, y que ésta no podía ser verdaderamente libre sino en cuanto se sobrepusiera a las limitaciones de aquél. La tradición estoica, muy difundida en esta época, enseñaba que las pasiones son el gran enemigo de la verdadera sabiduría, y que el sabio se dedica al perfeccionamiento de su alma y de su dominio sobre las pasiones. Varias de las religiones de la cuenca del Mediterráneo tenían vírgenes sagradas, sacerdotes célibes, eunucos y otras personas que por su estilo de vida se consideraban apartadas para el servicio de los dioses. De todo esto los cristianos tomaron ejemplo, y pronto lo unieron a los impulsos procedentes de las Escrituras para darle forma al monaquismo cristiano.

Los primeros monjes del desierto

Aunque los orígenes del monaquismo cristiano se encuentran en diversas partes del Imperio Romano, no cabe duda de que el desierto —y particularmente el desierto de Egipto— fue tierra fértil para este movimiento, hasta tal punto que durante todo el siglo IV el desierto parece ser el lugar monástico por excelencia. La palabra misma, “monje”, viene del término griego monachós, que quiere decir “solitario”. Uno de los principales móviles de los primeros monjes fue vivir solos, apartados de la sociedad, su bullicio y sus tentaciones. El término “anacoreta”, por el que pronto se les conoció, quiere decir “retirado” o “fugitivo”. Para tales personas, el desierto representaba un atractivo único. No se trataba naturalmente de vivir en las arenas del desierto, sino de encontrar un lugar solitario —quizá un oasis, un valle entre montañas poco habitadas, o un antiguo cementerio— donde vivir alejado del resto del mundo.

No es posible decir a ciencia cierta quién fue el primer monje —o monja— del desierto. Los dos nombres que se disputan ese título, Pablo y Antonio, deben su fama sencillamente al hecho de que dos grandes autores cristianos —Jerónimo y Atanasio respectivamente— escribieron sus vidas, dando a entender cada uno que el protagonista de su obra era el fundador del monaquismo egipcio. Pero la verdad es que es imposible saber —y que nadie supo nunca— quién fue el primer monje del desierto. El monaquismo no fue invención de algún individuo, sino que fue más bien un éxodo en masa, un contagio inaudito, que parece haber afectado al mismo tiempo a millares de personas. Pero en todo caso conviene estudiar las vidas de Pablo y de Antonio, si no ya como fundadores del movimiento, al menos como sus exponentes típicos en los inicios.

La vida de Pablo escrita por Jerónimo es muy breve, y casi totalmente legendaria. Pero el núcleo de la historia es probablemente cierto. A mediados del siglo tercero, huyendo de la persecución, el joven Pablo se adentró en el desierto, hasta que dio con una antigua y abandonada guarida de falsificadores de moneda. Allí Pablo pasó el resto de sus días, dedicado a la oración y alimentándose casi exclusivamente de dátiles. Si hemos de creer a Jerónimo, durante varias décadas —casi un siglo— Pablo no recibió otra visita que las de las bestias y la del anciano Antonio. Aunque esto sea exageración, sí da testimonio de lo que sabemos por otras fuentes acerca de aquellos primeros monjes, que rehuían de toda compañía salvo, en raras ocasiones, la de otros monjes.

Según Atanasio, Antonio nació en una pequeña aldea en la ribera izquierda del Nilo, hijo de padres relativamente acomodados y dedicados a las labores agrícolas. Cuando éstos murieron, Antonio era todavía joven, y quedó en posesión de una herencia que pudo haberles permitido vivir holgadamente tanto a él como a su hermana menor, de la que se hizo cargo. Fue poco después, al escuchar la lectura del Evangelio en la iglesia, que Antonio decidió dedicarse a la vida monástica. El texto para ese día era la historia del joven rico, y las palabras de Jesús impresionaron profundamente a Antonio, que se consideraba también rico: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo” (Mateo 19:21). En respuesta a estas palabras, Antonio dispuso de sus propiedades y repartió sus bienes entre los pobres, conservando sólo una pequeña porción para su hermana. Pero después, al escuchar las palabras de Jesús en Mateo 6:34: “no os afanéis por el día de mañana”, Antonio se desprendió aun de esta pequeña reserva, colocó a su hermana al cuidado de las vírgenes de la iglesia, y se retiró al desierto.

Sus primeros años de retiro, los pasó Antonio aprendiendo la vida monástica de un anciano que habitaba en las cercanías —prueba ésta de que Antonio no fue de hecho el primer anacoreta. Fueron tiempos difíciles para el joven monje, pues a veces se sentía atraído por los placeres que había dejado atrás, y se arrepentía de haber vendido todos sus bienes y haberse retirado al desierto. Pero cuando tales ideas le acosaban, Antonio recrudecía su disciplina. A veces se pasaba varios días sin comer. Y cuando comía, lo hacía sólo una vez al día, después de la puesta del sol.

Tras pasar algún tiempo con su anciano maestro, Antonio decidió apartarse de él y de los demás monjes vecinos de quienes había aprendido la disciplina monástica. Se fue entonces a vivir en una de las tumbas de un viejo cementerio abandonado, donde se alimentaba del pan que alguien le traía cada varios días. Según cuenta Atanasio, en esta época los demonios comenzaron a aparecérsele a Antonio, quien tuvo que luchar con ellos de continuo —a veces en lucha física de la que salió molido.

Por fin, a los treinta y cinco años, Antonio tuvo una visión en la que Dios le decía que no temiera, pues su ayuda estaría siempre con él. Fue entonces que el anacoreta decidió que la tumba en que vivía no era suficientemente retirada, y se internó en el desierto, donde fijó su residencia en un fortín abandonado. Aun allí lo persiguieron los demonios, según nos cuenta Atanasio. Pero hasta los demonios tenían que rendirse ante la virtud del atleta de Dios, que iba llegando al medio siglo de edad.

Empero no eran sólo los demonios quienes perseguían al santo varón. También lo perseguían otros monjes, deseosos de aprender de él la sabiduría de la contemplación y la oración. Y también lo perseguían los curiosos y los enfermos, pues la fama de Antonio como santo y como hacedor de milagros se difundía. Una y otra vez el venerado anacoreta huyó a lugares más apartados; pero los que lo buscaban siempre se las arreglaban para encontrarlo. Finalmente, accedió a vivir cerca de un grupo de discípulos, siempre que éstos no frecuentaran demasiado su refugio. A cambio de ello, Antonio les visitaría periódicamente, y les hablaría de la disciplina monástica, el amor de Dios y las maravillas de la contemplación.

En dos ocasiones, empero, Antonio visitó la gran ciudad de  Alejandría. La primera fue cuando se desató la gran persecución, y Antonio y varios discípulos decidieron ir a la ciudad para allí ofrendar sus vidas como mártires. Pero el prefecto los vio tan harapientos que no los consideró dignos de su atención, y los monjes tuvieron que contentarse con alentar a los que habían de sufrir el martirio.

La otra visita a Alejandría tuvo lugar muchos años más tarde, cuando los arrianos decían que el santo ermitaño sostenía su doctrina frente a la de Atanasio, y Antonio decidió deshacer esos falsos rumores presentándose en persona ante los obispos reunidos en Alejandría. En aquella ocasión, el viejo ermitaño, que no sabía griego, sino sólo copto, y que probablemente no sabia leer, habló con tal convicción y espíritu que los arrianos no supieron cómo contestarle.

Por fin, hacia el fin de sus días, Antonio accedió a que dos monjes más jóvenes vivieran con él para atender a sus necesidades. Murió en el año 356, tras darles instrucciones a sus acompañantes en el sentido de que mantuvieran secreto el lugar de su sepultura y le hicieran llegar su manto al santo obispo Atanasio. Como vemos, tanto Pablo como Antonio se retiraron al desierto antes de la época de Constantino —y aun ellos no fueron los primeros ermitaños—. Pero con el advenimiento de Constantino al poder el género de vida que estos eremitas habían abrazado se hizo cada vez más popular. Algunos viajeros de la época nos cuentan, quizá con algo de exageración, que llegó el momento en que había más gentes en el desierto que en muchas ciudades. Otros ofrecen cifras tales como veinte mil monjas y diez mil monjes, en sólo una región de Egipto. Por muy exagerados que sean estos testimonios, no cabe duda de la veracidad del fenómeno que describen, pues al leer los documentos de la época vemos que los hombres y mujeres que se retiraron al desierto eran legión.

La vida de tales personas era en extremo sencilla. Aunque algunos cultivaban pequeños huertos, la mayoría de ellos se sustentaba tejiendo cestas y esteras que luego vendían a cambio de un poco de pan y aceite. Esta ocupación tenía la ventaja, además de la disponibilidad de los juncos y la paja, de que mientras se tejía un cesto era posible recitar un salmo, elevar una plegaria o memorizar una porción de las Escrituras. La dieta de la mayoría de los monjes consistía en pan y, a veces, frutas, legumbres y aceite. Sus posesiones no eran más que los vestidos más necesarios y una estera para dormir. La mayoría de ellos veía mal la posesión de libros, pues ello podría alimentar el orgullo. Unos a otros se enseñaban de memoria libros enteros de las Escrituras —particularmente los Salmos y el Nuevo Testamento—. Y además compartían entre sí las historias edificantes, o las joyas de sabiduría, de los anacoretas más venerados.

El espíritu del desierto no se acoplaba bien con la gran iglesia jerárquica cuyos obispos residían en las grandes ciudades y gozaban del favor del gobierno y de la sociedad. Muchos pensaban que lo peor que podría sucederle a un monje era ser ordenado sacerdote u obispo —y fue precisamente en esta época que los ministros cristianos comenzaron a llamarse “sacerdotes”. Aunque algunos de ellos fueron ordenados, esto sucedió casi siempre contra su voluntad, o tras repetidos ruegos por un obispo de reconocida santidad, como el gran Atanasio. Esto a su vez quería decir que muchos anacoretas pasaban años sin participar de la comunión, que desde el principio había sido el principal acto cúltico de los cristianos. En otros lugares se construyeron iglesias en las que los monjes se reunían los sábados y domingos, y el domingo, después de la comunión, participaban de una comida en común antes de separarse para la próxima semana.

Este género de vida pronto dio lugar a una nueva forma de orgullo. Con el correr de los años muchos monjes llegaron a pensar que, puesto que su vida mostraba un nivel de santidad más elevado que el de los obispos y demás dirigentes de la iglesia, eran ellos, y no esos dirigentes, quienes debían decidir en qué consistía la verdadera doctrina cristiana. Como muchos de estos monjes eran gentes ignorantes y fanáticas, se convirtieron entonces en peones de otros más poderosos y educados que utilizaron el celo de las huestes del desierto para sus propios fines. Como veremos en la próxima sección de esta historia, esto llegó hasta el punto en que muchedumbres de monjes invadieron los lugares en donde se celebraba algún concilio eclesiástico, y trataron de imponer sus doctrinas mediante la fuerza y la violencia.

Pacomio y el monaquismo comunal

El número creciente de personas que se retiraban al desierto, y el deseo de casi todas ellas de allegarse a un maestro experimentado, darían origen a un nuevo tipo de vida monástica. Ya hemos visto cómo Antonio tenía que huir constantemente de quienes venían a pedirle su ayuda y dirección. Cada vez más, los monjes solitarios cedieron el lugar a los que de un modo u otro vivían en comunidad. Estos, aunque recibían el nombre de “monjes” —es decir, de solitarios— consideraban que esa soledad se refería a su retiro del resto del mundo, y no necesariamente a vivir apartados de otros monjes. Este monaquismo recibe el nombre de “cenobita” —palabra derivada de dos términos griegos que significan “vida común”.

Al igual que en el caso del monaquismo anacoreta, tampoco en cuanto al cenobítico nos es posible decir a ciencia cierta quién fue su fundador. Lo más probable es que haya surgido casi simultáneamente en diversos lugares, nacido, no de la habilidad creadora de individuo alguno, sino sencillamente de la presión de las circunstancias. La vida absolutamente apartada del anacoreta no estaba al alcance de muchas personas que marchaban al desierto, y así nació el cenobitismo. Sin embargo, aunque no haya sido su fundador, no cabe duda de que Pacomio fue quien le dio forma al monaquismo cenobítico egipcio.

Pacomio nació hacia el año 286, en una pequeña aldea del sur de Egipto. Sus padres eran paganos, y él parece haber conocido poco acerca de la fe cristiana antes de ser arrebatado de su hogar por el servicio militar obligatorio. Se encontraba entristecido por su suerte, cuando un grupo de cristianos vino a consolarles a él y a sus compañeros de infortunio. El joven soldado se sintió tan conmovido ante este acto de caridad que hizo votos en el sentido de que, si de algún modo lograba librarse del servicio militar, se dedicaría él también al servicio de los demás. Cuando de modo inesperado se le permitió dejar el ejército, buscó quien lo instruyera en la fe cristiana y lo bautizara, y pocos años después decidió retirarse al desierto, donde solicitó y obtuvo la dirección del viejo anacoreta Palemón.

Siete años pasó Pacomio junto a Palemón, hasta que oyó una voz que le ordenaba establecer su residencia en otro lugar. Su anciano maestro le ayudó a edificar allí un sitio donde vivir, y luego lo dejó solo. Poco después Juan, el hermano mayor de Pacomio, se le unió, y juntos se dedicaron a la vida contemplativa.

Pero Pacomio no estaba satisfecho, y en sus oraciones constantemente rogaba a Dios que le mostrara el camino para servirle mejor. Por fin en una visión un ángel le dijo que Dios quería que sirviera a la humanidad. Pacomio no quiso escucharlo, insistiendo en que lo que él buscaba era precisamente servir a Dios, y no a la humanidad. Pero el ángel repitió su mensaje y Pacomio, recordando quizá los votos que había hecho en sus días de servicio militar, comprendió y aceptó lo que el ángel le decía.

Con la ayuda de Juan, Pacomio construyó un muro amplio, dejando lugar dentro para un buen número de personas, y después reunió a un grupo de hombres que querían participar de la vida monástica. De ellos Pacomio no pidió más que el deseo de ser monjes, y se dedicó a enseñarles mediante el ejemplo lo que esto significaba. Pero sus supuestos discípulos se burlaban de él y de su humildad, y a la postre Pacomio los echó a todos.

Comenzó entonces un segundo intento de vida monástica en comunidad. Contrariamente a lo que podría esperarse, Pacomio, en lugar de ser menos exigente, lo fue más. Desde un principio, quien quisiera unirse a su comunidad debería renunciar a todos sus bienes, y prometer obediencia absoluta a sus superiores.

Además, todos participarían del trabajo manual, y nadie se consideraría a sí mismo por encima de labor alguna. La norma fundamental fue entonces el servicio mutuo, de tal modo que aun los superiores, a pesar de la obediencia absoluta que debían recibir, estaban obligados a servir a los demás.

El monasterio que fundó sobre estas bases creció rápidamente, y en vida de Pacomio llegó a haber nueve monasterios, cada uno con centenares de monjes. Además, la hermana de Pacomio, María, fundó varias comunidades de monjas.

Cada uno de estos monasterios estaba rodeado por muros con una sola entrada. Dentro de este recinto había varios edificios. Algunos de ellos, tales como la iglesia, el almacén, el comedor y la sala de reuniones, eran de uso común para todo el monasterio. Los demás eran casas en las que los monjes vivían agrupados según sus responsabilidades. Así, por ejemplo, había una casa de los porteros, cuyas responsabilidades consistían en ocuparse del alojamiento de quienes pidieran hospitalidad, y en recibir a los nuevos candidatos que solicitaran ser admitidos a la comunidad. Otras casas alojaban a los tejedores, los panaderos, los costureros, los zapateros, etc. En cada una de ellas había una sala común y varias celdas, en las que vivían los monjes de dos en dos.

La vida de cada monje pacomiano se dedicaba por igual al trabajo y la devoción, y hasta el propio Pacomio daba ejemplo ocupándose de las labores más humildes. En cuanto a la devoción, el ideal era que todos siguieran el consejo paulino: “Orad sin cesar”. Por esta razón, mientras los panaderos horneaban, o mientras los zapateros preparaban el calzado, todos se dedicaban a cantar salmos, a recitar de memoria las Escrituras, a orar en voz alta o en silencio, o a meditar sobre algún pasaje bíblico. Además, dos veces al día se celebraban oraciones en común. Por la mañana todos los monjes del monasterio se reunían para orar, cantar salmos y escuchar la lectura de las Escrituras. Y por la noche hacían lo mismo, aunque reunidos en grupos más pequeños, en las salas de las diversas casas.

La vida económica de las comunidades pacomianas era variada. Aunque todos vivían en pobreza, Pacomio no insistía en la austeridad exagerada de algunos anacoretas. En sus mesas se servía pan, fruta, pescado y verduras —pero nunca carne—. Y el producto de las labores de los monjes se vendía en los mercados cercanos, no sólo para comprar comida y algunos artículos necesarios, sino también y sobre todo para tener qué darles a los pobres y a los transeúntes. En cada monasterio todo esto estaba al cuidado de un ecónomo y de su ayudante, quienes periódicamente tenían que rendir cuentas al ecónomo del monasterio principal, donde Pacomio residía.

Puesto que todo monje tenía que obedecer a sus superiores, el orden de la jerarquía estaba claramente definido. Por encima de cada casa había un superior, que a su vez debía obedecer al superior del monasterio y a su “segundo”. Y por encima de todos los superiores estaban Pacomio y sus sucesores, a quienes se daba el título de “abad” o “archimandrita”. Cuando Pacomio estaba próximo a morir, sus monjes le aseguraron que obedecerían a quien él nombrara como su sucesor, y así se estableció la costumbre de que cada abad nombrara a quien habría de sucederle en el mando supremo. Pero en todo caso la autoridad del abad era total, pues podía nombrar, transferir o deponer a los superiores de todos los otros monasterios.

Dos veces al año todos los monjes pacomianos se reunían para orar y adorar juntos, y para atender a las cuestiones prácticas del buen gobierno de sus monasterios. Además, el abad —o alguien enviado por él— visitaba cada comunidad frecuentemente.

Pacomio y sus compañeros nunca aceptaron cargos eclesiásticos, y por tanto no había entre ellos sacerdotes ordenados. A fin de participar de la comunión, los monjes asistían los sábados a las iglesias que había en las aldeas cercanas, y los domingos algún sacerdote visitaba cada monasterio y ofrecía la comunión en él.

En las comunidades femeninas se seguía una disciplina semejante a la de los varones. Y el abad —Pacomio o su sucesor— gobernaba tanto sobre las mujeres como sobre los hombres.

Cuando alguna persona deseaba unirse a una de las comunidades pacomianas, todo lo que tenía que hacer era presentarse a la puerta. Pero ésta no le era abierta con facilidad, pues primero el candidato tenía que mostrar la constancia de su propósito permaneciendo varios días a la intemperie rogando que se le abriera. Cuando por fin le dejaban entrar, los porteros se hacían cargo de él. Por un tiempo vivía con ellos, hasta que se le consideraba listo para unirse a los demás monjes en la oración. entonces le llevaban a la asamblea del monasterio, donde los nuevos monjes tenían un lugar especial hasta tanto se les incorporara a una de las casas y se les asignara un lugar en la vida común.

Pero lo más sorprendente de todo este proceso de iniciación es el hecho de que buen número de los postulantes que se presentaban a las puertas de los monasterios tenían que recibir instrucción catequética y ser bautizados, pues no eran cristianos. Esto nos da una idea de la atracción inmensa que tales centros ejercieron sobre los espíritus del siglo IV, pues hasta los paganos veían en ellos un estilo de vida digno de seguirse.

La diseminación del ideal monástico

Aunque, como hemos dicho, las raíces del movimiento monástico no se encuentran exclusivamente en Egipto, fue esa región la que le dio mayor impulso al monaquismo en el siglo IV. De todas partes del mundo iban a Egipto personas devotas, algunas para permanecer allí, y otras para regresar a sus propias tierras llevando consigo los ideales y las prácticas que habían aprendido en el desierto. De Siria, del Asia Menor, y hasta de Mesopotamia, vinieron a orillas del Nilo gentes que pronto esparcieron las historias y las leyendas de Pablo, Antonio, Pacomio y otros. Por todas partes en el Oriente, donde era posible hallar un lugar solitario, algún monje fijó su residencia. Algunos exageraron lo que habían aprendido de los monjes egipcios realizando proezas ostentosas, tales como pasar toda la vida subidos en una columna. Pero muchos otros le inyectaron al resto de la iglesia un sentido de disciplina y de dedicación absoluta que resultaba harto necesario en los días al parecer fáciles por los que pasaba el cristianismo.

Sin embargo, quienes más contribuyeron a difundir el ideal monástico no fueron los anacoretas que tomaron su inspiración del Egipto y se dedicaron a emular el renunciamiento de sus maestros huyendo a algún lugar apartado, sino toda una serie de obispos y de eruditos que vieron el valor del testimonio monástico para la vida diaria de la iglesia. Luego, aunque en sus orígenes el monaquismo egipcio había existido aparte y aun frente a la jerarquía eclesiástica, a la postre su mayor importancia estuvo en el impacto que hizo a través de algunos de los miembros de esa jerarquía.

Varias de estas personas se cuentan entre los “gigantes” a los que más adelante dedicaremos otras porciones de esta Segunda Sección, y por tanto no haremos aquí más que señalar sus nombres y algo de su importancia en la difusión del ideal monástico. Atanasio, además de escribir la Vida de Antonio, visitó a los monjes del desierto repetidamente, y cuando las autoridades lo perseguían se refugió entre ellos. Aunque él mismo no era monje, sino obispo, trató de organizar su vida de tal modo que en ella se reflejara el ideal monástico de la disciplina y el renunciamiento. Y en su exilio en el Occidente dio a conocer a sus hermanos de habla latina lo que estaba sucediendo en los más remotos rincones del Egipto.

Jerónimo, además de escribir la Vida de Pablo el ermitaño, tradujo la Regla de Pacomio al latín, y él mismo se hizo monje, según veremos más adelante. Puesto que Jerónimo fue uno de los cristianos más admirados de su época, sus obras y su ejemplo hicieron fuerte impacto en la iglesia occidental. Basilio de Cesarea —conocido como Basilio el Grande— en medio de todos los debates teológicos de la época halló tiempo para organizar monasterios que se dedicaban, no sólo a la devoción, sino también a obras de caridad tales como el cuidado de los enfermos, transeúntes, huérfanos, etc. En respuesta a las preguntas que le hacían sus monjes escribió varios tratados que, aunque no tenían el propósito de servir de reglas, más tarde fueron citados y utilizados como tales. Agustín, el gran obispo de Hipona, se convirtió en parte a través de la Vida de Antonio de Atanasio, e intentó vivir como monje hasta que se le obligó a tomar parte más activa en la vida de la iglesia. Pero aún entonces organizó a sus colaboradores en una comunidad de estilo monástico, y dio así ejemplo e inspiración a lo que más tarde se llamó “los canónigos de San Agustín”.

Pero el caso más claro del modo en que un monje, obispo y santo contribuyó a la popularidad del ideal monástico lo tenemos en Martín de Tours. La Vida de San Martín, escrita por Sulpicio Severo, fue uno de los libros más populares en toda Europa durante varios siglos, y contribuyó a forjar el monaquismo occidental que ha sido tan importante para la historia de la iglesia.

Martín nació alrededor del año 335 en la región de Panonia, en lo que hoy es Hungría. Su padre era un soldado pagano, y por tanto durante su infancia Martín vivió en diversas partes del Imperio, aunque la ciudad de Pavía, al norte de Italia, parece haber sido el lugar de su residencia más frecuente. Tenía diez años cuando decidió hacerse cristiano, en contra de la voluntad de sus padres, e hizo añadir su nombre a la lista de los catecúmenos —es decir, de los que se preparaban para recibir el bautismo—. Su padre, a fin de separarlo de sus contactos cristianos, le hizo inscribir en el ejército. Eran los días en que Juliano —después conocido como “el Apóstata”— dirigía sus primeras campañas militares. A su servicio estuvo Martín por varios años, y es durante este período que se cuenta tuvo lugar el episodio más famoso de su vida.

Martín y sus compañeros iban entrando a la ciudad de Amiens cuando les pidió limosna un mendigo casi desnudo que tiritaba de frío en medio de la nieve. Martín no tenía dinero que darle, pero tomó su capa, la rasgó en dos, y le dio la mitad. Esa noche Martín vio en sueños a Jesucristo envuelto en su media capa, y diciéndole: “Por cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeñitos, a mí lo hicisteis”.

Ese episodio se hizo tan famoso que a partir de entonces por lo general se representa a Martín compartiendo su capa con el mendigo. Además, de ese episodio se deriva nuestro término “capilla”, pues algún tiempo después se conservaba en un pequeño templo lo que se decía era la media capa —la “capilla” de Martín— y de aquel templecillo derivan su nombre nuestras “capillas” y nuestros “capellanes” de hoy.

Poco después del incidente de Amiens, Martín recibió el bautismo, y dos años después pudo por fin abandonar el servicio militar. Entonces visitó al famoso obispo de Poitiers, Hilario, con quien estableció una amistad duradera. Después diversas tareas y vicisitudes lo llevaron a distintas partes del Imperio, hasta que por fin se estableció en las afueras de Tours, cerca de Poitiers. Allí se dedicó a la vida monástica, al tiempo que su fama crecía enormemente. Se contaba que a través de él Dios obraba grandes maravillas, y que a pesar de todo ello su humildad y su dulzura nunca lo abandonaron.

Cuando quedó vacante el obispado de Tours, el pueblo quería elegir a Martín para ocuparlo. Pero algunos de los obispos presentes en el proceso de elección se oponían, diciendo que Martín era un individuo sucio, harapiento y de cabellera desordenada, que le restaría prestigio al oficio de obispo. En medio de la discusión, llegó la hora de leer las Escrituras, y el lector no aparecía por ninguna parte. Entonces uno de los presentes tomó el libro, y abriéndolo al azar, empezó a leer: “De la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza, a causa de tus enemigos, para hacer callar al enemigo y al vengativo” (Salmo 8:2). La multitud presente tomó esta lectura como una palabra de lo Alto. Martín, el sucio y desgreñado a quien los obispos despreciaban, era el que Dios había escogido para callar a quienes se oponían a sus designios —es decir, a los obispos—. Sin más espera, Martín fue hecho obispo de la ciudad de Tours.

Empero el nuevo obispo no estaba dispuesto a abandonar su retiro monástico. Junto a la catedral se hizo construir una celda donde pasaba todo el tiempo que sus labores pastorales le dejaban libre. Cuando su fama fue tal que las gentes lo importunaban demasiado, se retiró a un monasterio que fundó en las afueras de la ciudad, y desde el cual visitaba a sus feligreses.

Cuando Martín murió eran muchos los que lo tenían por santo, y su fama y su ejemplo llevaron a muchos a pensar que un verdadero obispo debía ser como Martín. Así el movimiento monástico, que en sus orígenes tuvo mucho de protesta contra la mundanalidad y el boato de muchos obispos, a la larga dejó su sello sobre el ideal mismo del episcopado. Durante siglos —y en algunos casos hasta nuestros días— se pensaría que un verdadero pastor debe aproximarse tanto como sea posible al ideal monástico. Pero nótese también que en este proceso ese mismo ideal cambió de tono, pues mientras los primeros monjes huyeron al desierto en pos de su propia salvación, con el correr de los años —y especialmente en el Occidente— el monaquismo sería, más que un medio por el que se buscaba la propia salvación, un instrumento para la obra misionera y caritativa de la iglesia.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 151–162). Miami, FL: Editorial Unilit.

La teología oficial: Eusebio de Cesarea 14

La teología oficial: Eusebio de Cesarea 14

Si miro hacia el oriente, si miro hacia el occidente, si miro por toda la tierra, y hasta si miro al cielo, siempre y por doquier veo al bienaventurado Constantino dirigiendo el mismo imperio.

Eusebio de Cesarea

a1Probablemente en la primera década del siglo IV no había en toda la iglesia cristiano alguno más erudito que Eusebio de Cesarea. Y sin embargo, frases como la que citamos al principio de este capítulo han llevado a muchos historiadores a afirmar que Eusebio capituló ante el poder imperial. Según estos historiadores, Eusebio era un hombre de carácter débil que, al verse rodeado de la pompa del imperio, se doblegó ante ella, y se dedicó a servir los intereses del emperador más bien que los de Jesucristo. Pero antes de aventurar tales juicios conviene que nos detengamos a narrar algo de la vida y obra de este sabio cristiano, para así comprender mejor sus reacciones y actitudes.

Eusebio nació alrededor del año 260, probablemente en Palestina, donde transcurrió la mayor parte de sus primeros años. Se le conoce como Eusebio “de Cesarea” porque fue obispo de esa ciudad y porque fue en ella que se crió, si bien el lugar de su nacimiento nos es desconocido.

Tampoco acerca de su familia poseemos datos fidedignos. Ni siquiera es posible decir si sus padres eran cristianos o no —y los eruditos que han tratado de zanjar esta cuestión han hallado argumentos en ambos sentidos.

En todo caso, quien de veras hizo un impacto profundo sobre la vida del joven Eusebio fue Pánfilo. Este era natural de la ciudad de Berito— hoy Beirut, en el Líbano— pero había estudiado en Alejandría bajo el célebre Pierio, uno de los continuadores de la obra de Orígenes. Algún tiempo después, tras ocupar algunos cargos importantes en Berito, Pánfilo se trasladó a Cesarea, adonde parece haber sido llamado por el obispo de esa ciudad. En Cesarea, Orígenes había dejado su biblioteca, que estaba en posesión de la iglesia, y ahora Pánfilo se dedicó a estudiarla, organizarla y completarla.

En esta tarea le ayudaban varias personas, inspiradas por la fe ferviente y la curiosidad intelectual de su jefe. Cuando Eusebio conoció a Pánfilo, quedó cautivado por esa fe y esa curiosidad. Y su devoción llegó a tal punto que en años posteriores se llamaba a si mismo “Eusebio de Pánfilo”, dando a entender así que mucho de lo que era se lo debía a su maestro.

Durante varios años Pánfilo, Eusebio y otros trabajaron en equipo, probablemente viviendo bajo un mismo techo y compartiendo todos sus gastos y entradas. A la postre, el gusto de Pánfilo por los libros fue superado por el de su discípulo, que al parecer hizo varios viajes en busca de documentos acerca de los orígenes cristianos. Durante este período Eusebio y Pánfilo escribieron varias obras, pero de ellas la única de importancia que se ha conservado es la Crónica de Eusebio—y aun ésta en versiones posteriores al parecer muy tergiversadas.

Pero aquella calma no podía durar. Era todavía la época de las persecuciones, y la amenaza que siempre nublaba el horizonte de los cristianos tomó forma en el huracán de la gran persecución. En junio del año 303 la persecución llegó a Cesarea, y el primer mártir ofrendó su vida. A partir de esa fecha, la tormenta fue arreciando, hasta que en el año 305 Maximino Daza llegó a la dignidad imperial. Como hemos dicho, Maximino Daza fue uno de los más tenaces enemigos del cristianismo. Por fin, a fines del año 307, Pánfilo fue encarcelado. Pero entonces la tormenta amainó por algún tiempo, y el célebre maestro cristiano permaneció en la cárcel, sin ser ejecutado, por espacio de más de dos años. Durante este período, Pánfilo y Eusebio escribieron juntos cinco libros de una Apologíá de Orígenes, a la que Eusebio añadió un sexto libro después del martirio de su maestro.

Cómo Eusebio escapó de la persecución, es imposible saberlo. Al parecer se ausentó de Cesarea al menos dos veces, y posiblemente el motivo de su ausencia fue —en parte al menos— huir de las autoridades. En esa época esto no se consideraba indigno, pues el deber del cristiano estaba en evitar el martirio, hasta tanto quedase suficientemente probado que Dios le había escogido para esa gloriosa corona. En todo caso, Eusebio no sufrió personalmente durante la persecución, aunque sí sufrió la muerte de su admirado maestro y de muchos de sus compañeros más allegados. En medio de la persecución, Eusebio continuó su labor literaria. Fue precisamente durante ese período que revisó y amplió su obra más importante, la Historia eclesiástica.

Si Eusebio no hubiera hecho otra cosa en toda su vida que escribir la Historia eclesiástica, sólo eso bastaría para contarle entre los “gigantes” de la iglesia en el siglo IV. En efecto, sin su obra, buena parte de la historia que hemos relatado en nuestra Primera Sección se habría perdido, pues fue él quien compiló, organizó y publicó casi todo lo que sabemos acerca de muchos de los cristianos que vivieron en los primeros siglos de vida de la iglesia. Además, lo único que se conserva de la obra de muchos de aquellos antiguos autores cristianos son las citas extensas que Eusebio incluye en su Historia. Sin él, en fin, nuestros conocimientos de los primeros siglos de la iglesia quedarían reducidos a la mitad.

Por fin, en el año 311, la situación empezó a cambiar con respecto a la persecución. Primero vino el edicto de Galerio. Después Constantino venció a Majencio, y Licinio y Constantino, reunidos en Milán, decretaron la tolerancia religiosa. Para Eusebio y sus compañeros, lo que estaba teniendo lugar era obra de Dios, semejante a los milagros que narra el libro de Exodo. A partir de entonces, Eusebio —y probablemente muchísimos otros cristianos que no dejaron, como él, testimonio escrito de sus opiniones —empezó a ver en Constantino y en Licinio los instrumentos escogidos por Dios para llevar a cabo sus designios—. Poco después, cuando Constantino y Licinio fueron a la guerra, Eusebio estaba convencido de que la principal razón del conflicto era que Licinio había perdido el juicio y comenzado a perseguir a los cristianos. Por tanto, Eusebio siempre vio en Constantino al instrumento escogido de Dios.

Pero por lo pronto, alrededor del año 315, cuando Constantino y Licinio comenzaban a dar señales de que no estaban dispuestos a compartir el poder por mucho tiempo, Eusebio fue elegido obispo de Cesarea. Esta era una gran responsabilidad, pues la persecución había dispersado su grey, y era necesario enfrentarse a una enorme tarea de reconstrucción. Además, la sede de Cesarea tenía jurisdicción sobre todo el resto de Palestina, y por tanto Eusebio tenía que ocuparse de asuntos que iban mucho más allá de los limites de su ciudad. En consecuencia, durante los próximos años su producción literaria amainó.

Unos pocos años llevaba Eusebio en su cargo de obispo cuando una nueva tempestad vino a turbar la calma de la iglesia. Se trataba ahora, no de una persecución por parte del gobierno, sino de un agudo conflicto teológico que dio en el cisma: la controversia arriana. Puesto que más adelante le dedicaremos un capítulo a los primeros episodios de esta controversia, no hemos de discutirla aquí. Baste decir que la actuación de Eusebio en esa controversia dejó mucho que desear. Pero esto no se debió a que Eusebio fuese hipócrita ni oportunista, como han pretendido algunos historiadores, sino más bien a que sus intereses eran otros. Eusebio no parece haber comprendido a cabalidad todo el alcance de la controversia, y su preocupación fundamental era la paz de la iglesia, más bien que la exactitud teológica. Por ello, aunque al principio mostró simpatías hacia la causa arriana, en el Concilio de Nicea, cuando se percató de los peligros doctrinales que entrañaba esa causa, estuvo dispuesto a condenarla. Pero esto corresponde a otro capítulo.

Eusebio había conocido ya a Constantino antes de que éste fuera emperador, cuando Constantino visitó a Palestina en el séquito de Diocleciano. En Nicea, en ocasión del concilio, pudo verle actuando a favor de la unidad y del bienestar de la iglesia, como el “obispo de obispos”. Después, en otras oportunidades, Eusebio sostuvo entrevistas y correspondencia con el emperador. Probablemente el encuentro más notable tuvo lugar cuando Constantino y su corte se trasladaron a Jerusalén, para dedicar la recién construida iglesia del Santo Sepulcro, como parte de la  celebración del trigésimo aniversario del advenimiento de Constantino al poder. Todavía bullía la controversia arriana, y los obispos reunidos, primero en Tiro y después en Jerusalén, estaban profundamente interesados en ella, como lo estaba también el emperador. En todo esto, Eusebio jugó un papel importante y, con motivo de la visita del emperador y de la dedicación del nuevo templo, pronunció un discurso en elogio de Constantino. Ese discurso, que se ha conservado hasta nuestros días, es una de las principales razones que le han ganado fama de adulador. Pero lo cierto es que el discurso en cuestión ha de ser juzgado a la luz de lo que se acostumbraba en tales circunstancias en esa época. Visto de este modo, el discurso resulta relativamente moderado.

En todo caso, el hecho es que Eusebio no fue amigo íntimo ni cortesano de Constantino. La mayor parte de su vida transcurrió en Cesarea y sus alrededores, ocupado como estaba en asuntos eclesiásticos, mientras Constantino, cuando no estaba en Constantinopla, se hallaba envuelto en alguna campaña o empresa que le hacía mudar su corte por todo el imperio. Luego, los contactos entre el emperador y el obispo fueron breves e intermitentes. Pero, puesto que Eusebio era respetado por muchos de sus colegas, y puesto que Cesarea era una ciudad importante, Constantino se ocupó en cultivar el apoyo del prestigioso obispo de esa ciudad. Igualmente Eusebio, tras las experiencias de los años de persecución, no podía menos que gozarse en la nueva situación, y agradecer al emperador el cambio que había tenido lugar.

Por otra parte, no debemos olvidar que fue especialmente después de la muerte de Constantino, en el año 337, que Eusebio escribió sus más halagadoras líneas acerca del difunto emperador. Luego, no se trata aquí tanto de un adulador como de un hombre agradecido.

Tales hechos, sin embargo, dejaron su huella sobre la obra toda de Eusebio, particularmente sobre su Historia eclesiástica. El propósito de Eusebio al escribirla no era sencillamente narrar los acontecimientos para la edificación de la iglesia. Su propósito era más bien apologético. Lo que Eusebio pretendía era mostrar que la fe cristiana era la consumación de toda la historia humana. Esta idea había aparecido mucho antes en los escritores que en el siglo segundo defendieron la fe frente a los ataques de los paganos. Según esos autores, tanto la filosofía como las Escrituras hebreas habían sido provistas por Dios como preparación para el evangelio. Además, pronto surgió la idea de que el propio Imperio RomanoNaturalmente, esta perspectiva teológica le prohibía toda actitud crítica hacia lo que estaba aconteciendo. En cuanto a Constantino, a quien Dios había utilizado para llevar a cabo sus designios, Eusebio parece haberse percatado de sus principales defectos, y en particular de su ira incontenible y su espíritu sanguinario. Pero los propósitos apologéticos de su obra no le permiten mencionar tales cosas, de modo que sencillamente se las calla.

Lo más grave de todo esto, sin embargo, no está en lo que Eusebio diga o deje de decir acerca de Constantino. Lo más grave está en que a través de la obra de Eusebio vemos cómo buena parte de la teología cristiana, aun sin percatarse de ello, fue ajustándose a las nuevas condiciones, y en muchos casos abandonó o transformó algunos de sus temas tradicionales. Veamos algunos ejemplos de esto.

En el Nuevo Testamento, y en la iglesia de los primeros siglos, aparece frecuentemente el tema de que el evangelio es primeramente para los pobres, y que los ricos tienen mayores dificultades en entenderlo o seguirlo. De hecho, la cuestión de cómo una persona rica podía ser salva preocupó a los cristianos de los primeros siglos. Pero ahora, a partir de Constantino, la riqueza y el boato empiezan a ser tomados por señal del favor divino. Como veremos en el próximo capitulo, el movimiento monástico fue en cierto modo una protesta contra esa interpretación acomodaticia. Pero Eusebio —y las muchas otras personas a quienes él representa— no parece haberse percatado del cambio radical que estaba teniendo lugar cuando la iglesia perseguida pasó a ser la iglesia de los poderosos, ni de los peligros que esto entrañaba.

Igualmente, Eusebio describe con gran gozo y orgullo los lujosos templos que se estaban construyendo. Pero el resultado neto de estas construcciones, y de la liturgia que estaba evolucionando en ellas, fue la creación de una aristocracia clerical, semejante y paralela a la aristocracia imperial, y frecuentemente tan apartada del común de los creyentes como lo estaban los magnates del Imperio del común de las gentes. No sólo en su liturgia comenzó la iglesia a imitar los usos del Imperio, sino también en su estructuración social.

Por último, el esquema de la historia que Eusebio desarrolló le obligó a abandonar un tema fundamental de la predicación cristiana primitiva: el advenimiento del Reino. Aunque Eusebio no nos lo dice explícitamente, el hecho es que al leer sus obras recibimos la impresión de que ahora, con Constantino y sus sucesores, se ha cumplido el plan de Dios. Aparte de esto, lo único que nos queda esperar es el momento en que seremos transferidos en espíritu al reino celestial. A partir de la época de Constantino, y debido en parte a la obra de Eusebio y de otros como él, se tendió a relegar u olvidar la esperanza de la iglesia primitiva, de que su Señor habría de retornar en las nubes para establecer un Reino de paz y justicia. En épocas posteriores, la mayoría de los grupos que regresaron a aquella esperanza fueron tenidos por herejes y revolucionarios, y condenados por tales.

El hecho de que Eusebio nos haya prestado ocasión para exponer estos cambios en la vida y la doctrina cristiana no ha de entenderse en el sentido de que él fuera el único responsable de tales cambios. Al contrario, la impresión que recibimos al leer los documentos de la época es que Eusebio, más que cualquiera otro de sus contemporáneos, representa el sentir del común de los cristianos, para quienes el advenimiento de Constantino, y de la paz que éste trajo, representaba el cumplimiento de los planes de Dios. Esos otros cristianos no supieron quizá expresar sus sentimientos con la elegancia y erudición de Eusebio. Pero fueron ellos quienes poco a poco le fueron dando forma a la iglesia de los años posteriores a Constantino. Eusebio no es entonces el creador de lo que aquí hemos llamado la “teología oficial”, sino sólo el portavoz de los muchos cristianos que, como él, se sentían sobrecogidos y agradecidos por el hecho de haber salido de las estrecheces de la persecución.

Empero, como veremos en los capítulos subsiguientes, no todos los cristianos veían las nuevas circunstancias con igual entusiasmo.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 145–150). Miami, FL: Editorial Unilit.

La era del los gigantes 13

PARTE II

La era del los gigantes

El impacto de Constantino 

La bondad eterna, santa e incomprensible de Dios no nos permite vagar en las sombras, sino que nos muestra el camino de salvación […] Esto lo he visto tanto en otros como en mí mismo.

Constantino

a1Al terminar la sección anterior dejamos a Constantino en el momento en que, tras vencer a Majencio en la batalla del Puente Milvio, se unió a Licinio para proclamar el fin de las persecuciones. Aunque ya entonces dijimos que a la postre Constantino se posesionó de todo el Imperio, debemos ahora narrar el proceso que le llevó a ello. Después, puesto que se trata de un tema muy discutido, diremos algo acerca de la conversión de Constantino y del carácter de su fe. Pero en realidad lo que más nos interesa aquí no es tanto el camino que lo llevó a la posición de supremo poder político, ni la sinceridad o contenido de su fe, como el impacto que su conversión y su gobierno tuvieron, tanto en su época como en los siglos posteriores. De hecho, hay quien sugiere, no sin razón, que hasta el siglo veinte la iglesia ha estado viviendo en la era constantiniana, y que parte de la crisis por la que la iglesia atraviesa en nuestros días se debe a que hemos llegado al fin de esa era. Naturalmente, esto es algo que no podemos discutir aquí, sino mucho más tarde en el curso de nuestra narración.

Pero en todo caso el impacto de Constantino fue enorme, y en cierto sentido toda la historia que hemos de narrar en la presente sección de nuestra historia puede verse como una serie de ajustes y reacciones a la política establecida por el gran emperador.

De lo que antecede se sigue el bosquejo que hemos de seguir, tanto en el presente capítulo, como en el resto de esta segunda sección. En este capítulo, trataremos primero de los acontecimientos que hicieron de Constantino dueño único del Imperio —Bajo el encabezado “De Roma a Constantinopla”—, después discutiremos el proceso y contenido de su conversión —bajo el título “Del Sol Invicto a Jesucristo”— y por último esbozaremos el impacto que todo esto hizo sobre la vida de la iglesia. Naturalmente, esta última porción del presente capítulo tratará acerca de varios temas que después narraremos y discutiremos con más detalles, y por tanto en cierto sentido será un bosquejo o adelanto de lo que ha de seguir en el resto de esta sección.

De Roma a Constantinopla

Aun antes de la batalla del Puente Milvio, Constantino se había estado preparando para asumir el poder sobre un territorio cada vez más vasto. Esto lo hizo asegurándose de la lealtad de sus súbditos en la Galia y la Gran Bretaña, donde había sido proclamado César por las legiones. Durante más de cinco años, su política consistió en reforzar las fronteras del Rin, a fin de impedir las incursiones de los bárbaros dentro del territorio romano, y en ganarse el favor de sus súbditos mostrando clemencia y sabiduría en sus edictos y sus juicios. Esto no quiere decir que Constantino fuese el gobernante ideal. Sabemos que era un hombre excesivamente amante del lujo y la pompa, que se hizo construir en Tréveris un palacio enorme y fastuoso, mientras los viñedos de que dependía la vida económica de la ciudad permanecían inundados por falta de atención a las obras de drenaje. Pero en todo caso Constantino parece haber poseído el raro don de los gobernantes que saben hasta qué punto pueden aumentar los impuestos sin perder la lealtad de sus súbditos, y que saben también cómo ganarse esa lealtad. En la Galia, Constantino se ganó la buena voluntad de la población garantizándole protección frente a la amenaza de los bárbaros, y explotando sus más bajas pasiones mediante espectáculos cruentos en el circo, donde fueron tantos los cautivos bárbaros muertos que un cronista nos dice que hasta las bestias se cansaron de la matanza.

Por otra parte, como hábil estadista, Constantino supo enfrentarse a sus rivales separadamente, asegurándose siempre de que sus flancos estaban protegidos. Así, por ejemplo, aunque la campaña de Constantino contra Majencio pareció repentina, el hecho es que se había venido preparando, tanto en el campo militar como en el político, durante varios años. En el campo militar, Constantino había organizado sus recursos de tal modo que sólo le fue necesario utilizar la cuarta parte de ellos para enfrentarse a las tropas de Majencio. De ese modo se aseguraba de que durante su ausencia no se produjera una gran invasión bárbara, o alguna sublevación en sus territorios en la Galia. Dejando tras de sí el grueso de sus recursos, Constantino aseguraba la estabilidad de su retaguardia. Al mismo tiempo, en el campo político, era necesario asegurarse de que Licinio, quien gobernaba en la zona directamente al este de Italia, no decidiera aprovechar la pugna entre Constantino y Majencio para extender sus territorios. De hecho, Licinio tenía ciertos derechos legítimos sobre Italia, y bien podría esperar a que Majencio y Constantino se debilitaran entre sí para tratar de hacer valer esos derechos por la fuerza. A fin de prevenirse contra esa posibilidad, Constantino le ofreció a Licinio la mano de su medio hermana Constancia, y al parecer concluyó con su futuro cuñado un acuerdo secreto en el sentido de que sería Constantino, y no Licinio, quien se enfrentaría a Majencio. De este modo el flanco de Constantino quedaba protegido cuando se lanzara a su campaña en Italia. Pero aún después de sellar esta alianza con Licinio, Constantino esperó a que aquél estuviera ocupado en una pugna con Maximino Daza antes de lanzarse a la aventura italiana.

La victoria del Puente Milvio hizo de Constantino dueño único de la mitad occidental del Imperio. Por lo pronto, el Oriente quedaba dividido entre Licinio y Maximino Daza. En ese momento, un estadista menos ducho que Constantino se habría lanzado a la conquista de los territorios de Licinio —pues al parecer ya en esa época Constantino había decidido posesionarse de todo el Imperio—. Pero Constantino supo esperar el momento propicio. Como lo había hecho antes en la Galia, se dedicó ahora a consolidar su poder sobre Italia y el norte de Africa —excepto el Egipto, que no le pertenecía todavía—. Su encuentro con Licinio en Milán afianzó la alianza entre ambos, y obligó a éste último a dirigir sus esfuerzos contra el rival común de ambos, Maximino Daza. De este modo, al tiempo que Licinio gastaba sus recursos enfrentándose a Maximino, Constantino aumentaba los suyos. A fin de asegurarse de que —por lo pronto al menos— las ambiciones de Licinio se dirigirían, no contra él, sino contra Maximino, Constantino cumplió en Milán su promesa de casar a Constancia con Licinio. Los dos aliados estaban todavía en Milán cuando recibieron noticias en el sentido de que Maximino Daza había invadido los territorios de Licinio, cruzando el Bósforo y posesionándose de Bizancio. Al parecer, Maximino se percataba de que la alianza entre sus rivales no podía sino perjudicarle, y había invadido los territorios de Licinio porque sabía que la guerra era inevitable y quería asestar el primer golpe. Pero Licinio era un hábil general, y cuando Maximino había tenido apenas tiempo de marchar unos cien kilómetros más allá de Bizancio —después Constantinopla, y hoy Estambul— su enemigo se presentó frente a él con un ejército numéricamente inferior, y lo derrotó. Maximino huyó entre sus soldados, pero murió poco después, sin haber tenido oportunidad de reorganizar su ejército.

Licinio quedaba entonces en posesión de todo el Imperio al este de Italia, incluyendo el Egipto, mientras Constantino gobernaba todo el Occidente. Puesto que ambos eran aliados y cuñados, era de esperarse que las guerras civiles y otros desórdenes al parecer interminables habían tocado a su fin. Pero lo cierto era que tanto Licinio como Constantino ambicionaban el poder único, y estaban dispuestos a no cejar hasta lograrlo. El Imperio Romano, a pesar de ser tan vasto, era demasiado pequeño para ambos, y uno de ellos tendría que sucumbir. Por lo pronto, Licinio se dedicó a consolidar su poder haciendo dar muerte a todos los miembros de las viejas familias imperiales, que podrían haber dirigido una insurrección. Constantino, por su parte, afianzaba el suyo regresando a las fronteras del Rin, donde dirigió una serie de campañas contra los francos.

Por fin la hostilidad entre ambos emperadores surgió a la luz del día. Constantino descubrió una conspiración para darle muerte, y la investigación subsiguiente involucró a un pariente cercano de Licinio. Este último se negó a entregar a su pariente en manos de su colega —quien indudablemente se proponía ejecutarlo— y se preparó para la guerra. Poco después, en las mismas fronteras de los territorios de Constantino, Licinio proclamó que su cuñado no era legítimo emperador, y le declaró la guerra. Esto no quiere decir, sin embargo, que toda la culpa recayera sobre Licinio, pues hay bastantes indicios de que Constantino hizo todo lo posible para provocar su ira, y así hacerle aparecer como el agresor.

Constantino invadió entonces los territorios de Licinio. Ambos ejércitos chocaron en dos encuentros difícilmente decisivos, pero al retirarse del campo de batalla Constantino logró la ventaja estratégica de poder posesionarse de Bizancio. Puesto que todo esto tenía lugar en el extremo oriental de Europa —véase el mapa en la página 20— la maniobra de Constantino separaba a Licinio del grueso de sus recursos, que se encontraban en Asia. Dadas las circunstancias, Licinio se apresuró a pedir la paz.

Una vez más Constantino mostró sus habilidades de estadista. Su posición era ventajosa, y de haber continuado la campaña probablemente a la postre habría derrotado definitivamente a su rival. Pero ello habría sido a costa de alejarse cada vez más de sus territorios occidentales, donde estaba la base de su poder. Era mejor esperar un momento más propicio, y contentarse ahora con obtener de Licinio una paz ventajosa. Mediante el tratado que se selló, Constantino quedó en posesión de todos los territorios europeos de Licinio, excepto una pequeña región alrededor de Bizancio. El año 314 tocaba a su fin.

Una vez más Constantino aprovechó el período de paz para consolidar los territorios recién ganados. En lugar de establecer su capital en las zonas más seguras de su imperio, la estableció primero en Sirmio, y después en Sárdica—hoy Sofia. Ambas ciudades se encontraban en sus nuevos territorios, y de este modo Constantino podía asegurar su lealtad y posesión al mismo tiempo que podía observar más de cerca los movimientos de Licinio.

La tregua duró hasta el año 322, aunque la tensión entre ambos emperadores iba siempre en aumento. Además de la ambición de ambos, las razones de esa tensión se relacionaban con cuestiones de sucesión —qué títulos y honores se le darian a cada uno de los hijos de los emperadores— y de política religiosa.

La política religiosa de Licinio merece cierta atención, pues algunos historiadores cristianos, en su afán de justificar a Constantino, han tergiversado lo que parecen haber sido los hechos. Durante los primeros años después del encuentro de Milán, Licinio no persiguió a los cristianos en modo alguno. De hecho, un escritor cristiano de esa época, al narrar la victoria de Licinio sobre Maximino Daza, nos da a entender que fue muy semejante a la de Constantino sobre Majencio —inclusive con una visión—. Pero, según veremos más adelante, el cristianismo en los territorios de Licinio se encontraba dividido entre diversos bandos cuya enemistad recíproca llegaba hasta el punto de crear motines públicos. En tales circunstancias, Licinio se vio obligado a utilizar el poder imperial para asegurar la paz, con el resultado de que pronto hubo grupos de cristianos que veían en él su enemigo, y que creían que Constantino era el defensor de la verdadera fe, y “el emperador a quien Dios amaba”. Licinio, aunque no era cristiano, temía el poder del Dios cristiano, y por tanto el hecho de que algunos de sus súbditos estuvieran orando por su rival le parecía ser alta traición. Fue entonces, y principalmente por ese motivo, que Licinio empezó a perseguir a algunos grupos cristianos. Pero esa persecución le dio a Constantino la oportunidad de hacer aparecer su campaña contra Licinio como una guerra santa en defensa del cristianismo perseguido.

En el año 322 Constantino, so pretexto de perseguir un contingente bárbaro que había atravesado el Danubio, penetró en los territorios de Licinio. Este último interpretó esa campaña militar —quizá con razón, quizá sin ella— como una provocación premeditada por parte de Constantino, y se dispuso para la guerra concentrando sus tropas en Adrianópolis. Por su parte, Constantino reunió un ejército algo menor que el de su rival y marchó hacia la misma ciudad.

Según narran varios historiadores, Licinio temía el poder al parecer mágico del labarum de Constantino, y les ordenó a sus soldados que no mirasen hacia el emblema cristiano, ni lo atacasen de frente. Es de suponerse que, con tales advertencias, los soldados de Licinio no pelearían con mucho valor. Fuera por ésta o por otras razones, tras una larga y cruenta batalla Constantino resultó vencedor, y Licinio se refugió con su ejército en Bizancio.

La resistencia de Licinio en Bizancio prometía ser larga, pues la ciudad podía ser abastecida por mar desde el Asia Menor, donde Licinio contaba con abundantes recursos. Además, su escuadra era varias veces superior a la de su rival, que estaba bajo el mando de Crispo, el hijo mayor de Constantino. Pero ambos almirantes eran poco duchos en estrategia naval y a la postre, tras una serie de errores inexplicables, la flota de Licinio fue destruida por una tempestad. Ante tal desastre, y temiendo verse completamente  rodeado por fuerzas enemigas, Licinio se retiró con sus tropas al Asia Menor.

En el Asia Menor, Licinio reorganizó sus ejércitos y se dispuso a hacerle frente a Constantino en Crisópolis. Pero una vez más las tropas de Constantino resultaron victoriosas, y Licinio se vio obligado a huir a Nicomedia. Aunque todavía le quedaban amplios recursos, y quizá hubiera podido rehacerse, su causa le parecía perdida irremisiblemente. Al día siguiente, Constancia —y probablemente el obispo Eusebio de Nicomedia, con quien volveremos a encontrarnos más tarde—salió al encuentro de su hermano Constantino, y le ofreció el poder absoluto sobre todo el Imperio, a cambio de que Licinio no fuese muerto. Constantino accedió, y así la marcha que había comenzado dieciocho años antes en un rincón de la Gran Bretaña llegó a su punto culminante.

Poco después Licinio fue asesinado, en circunstancias que no es posible determinar. Algunos cronistas dicen que estaba conspirando contra Constantino. Pero casi todos concuerdan en que fue Constantino quien ordenó —o al menos aprobó— su muerte.

Constantino quedaba entonces como dueño único de todo el Imperio. Era probablemente el año 324, y Constantino habría de reinar hasta su muerte en el 337. Comparado con las décadas de guerras civiles que comenzaron al fin del reino de Diocleciano, el régimen de Constantino fue un período de orden y reconstrucción. Pero lo fue también de turbulencia, y no fueron pocas las personas acusadas de conspirar contra el emperador, y ejecutadas por ello —entre ellas su propio hijo y heredero Crispo, quien había estado al mando de su escuadra en la campaña contra Licinio.

Sin embargo, Constantino no había buscado el poder absoluto por el solo placer de poseerlo. Para él, ese poder era el medio para llevar a cabo una gran restauración del viejo Imperio. Tal había sido el sueño de Diocleciano y de Maximino Daza. La diferencia principal estribaba en que, mientras aquellos dos emperadores habían tratado de restaurar el viejo Imperio reafirmando la antigua religión pagana, Constantino creía que era posible producir esa restauración, no sobre la base de la religión pagana, sino sobre la base del cristianismo. En la próxima sección de este capítulo trataremos acerca de esto con más detenimiento. Por lo pronto, baste señalar que esa política tenía algunos de sus más decididos opositores en la ciudad de Roma, y particularmente en el Senado, donde los miembros de la antigua aristocracia no veían con simpatía el eclipse de sus viejos privilegios y dioses.

Años antes de su triunfo sobre Licinio, Constantino había comenzado a enfrentarse a esa oposición. Pero ahora, dueño absoluto del Imperio, concibió una gran idea, la de construir una “nueva Roma”, una ciudad inexpugnable y fastuosa, que llevaría el nombre de Constantinopla —es decir, “ciudad de Constantino”.

Probablemente fue durante la campaña contra Licinio que Constantino se percató de la importancia estratégica de Bizancio. Esta ciudad se encontraba en los confines mismos de Europa, y por tanto podía servir de puente entre la porción europea del Imperio y la asiática. Además, desde el punto de vista marítimo, Bizancio dominaba el estrecho del Bósforo, por donde era necesario pasar del Mar Negro al Mediterráneo. El tratado de paz que había sido hecho con los persas varias décadas antes estaba a punto de caducar, y por tanto Constantino sentía la necesidad de establecer su residencia relativamente cerca de la frontera con Persia. Pero, por otra parte, los germanos continuaban su agitación en las fronteras del Rin, y ello le obligaba a no alejarse demasiado hacia el oriente. Por todas estas razones, Bizancio parecía ser el sitio ideal para establecer una nueva capital. La historia posterior daría sobradas pruebas de la sabiduría de Constantino en la elección de este lugar —de hecho, el propio Constantino dio a entender que tal elección había sido hecha por mandato divino. Pero la vieja ciudad de Bizancio era demasiado pequeña para los designios del gran emperador. Sus murallas, construidas en tiempo de Septimio Severo, tenían apenas tres kilómetros de largo. Imitando la antigua leyenda sobre la fundación de Roma por Rómulo y Remo, Constantino salió al campo, y con la punta de su lanza trazó sobre la tierra la ruta que seguiría la nueva muralla. Todo esto se hizo en medio de una pomposa ceremonia, en la que participaron tanto sacerdotes paganos como cristianos. Cuando los que le seguían, viéndole marchar cada vez más lejos hacia regiones relativamente deshabitadas, le preguntaron cuándo se detendría, Constantino respondió: “Cuando se detenga quien marcha delante de mí”. Naturalmente, los cristianos entendieron que estas palabras se referían a su propio Dios, mientras que los paganos entendieron que se trataba del genio de Constantino, o quizá del Sol Invicto. Cuando terminó la ceremonia, Constantino había trazado una muralla un poco más extensa que la antigua, pero que, por razón de la situación geográfica de Constantinopla, incluía un área mucho más vasta. Las obras de construcción empezaron inmediatamente. Puesto que escaseaban los materiales y la mano de obra hábil, y puesto que el tiempo siempre apremiaba a Constantino, buena parte de las obras de la ciudad consistió en traer estatuas, columnas y otros objetos semejantes de diversas ciudades. Como dijo San Jerónimo varios años más tarde, Constantinopla se vistió de la desnudez de las demás ciudades del Imperio. Por todas partes los agentes del emperador andaban en busca de cualquier obra de arte que pudiera adornar la nueva ciudad imperial. Muchas de estas obras eran imágenes de los viejos dioses paganos, que fueron tomadas de sus templos y colocadas en lugares públicos en Constantinopla. Aunque a los ojos modernos podría parecer que esto haría de Constantinopla una ciudad cada vez más pagana, el hecho es que los contemporáneos de Constantino veían las cosas de otro modo. Tanto paganos como cristianos concordaban en que, al sacar las estatuas de sus santuarios y colocarlas en lugares tales como el hipódromo o los baños públicos, se les negaba o restaba su poder sobrenatural, y se les convertía en meros adornos.

Una de estas estatuas traídas a la nueva ciudad por los agentes imperiales era un famoso Apolo obra de Fidias, el más notable de los escultores griegos. Esta estatua fue colocada en el centro de la ciudad, sobre una gran columna de pórfido traída del Egipto, que según se decía era la más alta de todo el mundo. Además, para alzarla aún más, la columna fue colocada sobre una base de mármol de unos siete metros de altura. En su totalidad, el monumento tenía entonces casi cuarenta metros de altura. Pero la estatua que se encontraba en la cumbre no representaba ya a Apolo, pues aunque el cuerpo era todavía el que Fidias había esculpido, la cabeza había sido sustituida por otra que representaba a Constantino.

Otras obras públicas fueron la gran basílica de Santa Irene —es decir, la santa paz—, el hipódromo y los baños. Además, Constantino se hizo construir un gran palacio, y para los pocos miembros de la vieja aristocracia romana que accedieron a trasladarse a la nueva capital construyó palacios que eran réplicas de sus viejas residencias en la antigua Roma.

Todo esto, sin embargo, no bastaba para poblar la nueva ciudad. Con ese propósito, Constantino concedió toda clase de privilegios a sus habitantes, tales como la exención de impuestos y del servicio militar obligatorio. Además, pronto se estableció la costumbre de repartir aceite, trigo y vino a los habitantes de la ciudad. El resultado de esta política fue que la población aumentó a pasos gigantescos, hasta tal punto que ochenta años más tarde el emperador Teodosio II se vio obligado a construir nuevas murallas, pues las que en tiempos de Constantino habían parecido exageradamente extensas ya no bastaban.

Como veremos en otras secciones de esta historia, la decisión de Constantino de fundar esta nueva capital resultó en extremo acertada, pues poco después la porción occidental del Imperio —inclusive la vieja Roma— cayó en poder de los bárbaros, y Constantinopla vino a ser el centro donde por mil años se conservó la herencia política y cultural del viejo Imperio.

Del Sol Invicto a Jesucristo

Acerca de la conversión de Constantino se ha escrito y discutido muchísimo. Poco después de los hechos, hubo escritores cristianos, según veremos en el próximo capítulo, que intentaron mostrar que esa conversión era el punto culminante de toda la historia de la iglesia. Otros han dicho que Constantino no era sino un hábil político que se percató de las ventajas que una “conversión” podría acarrearle, y que por tanto decidió uncir su carro a la causa del cristianismo.

Ambas interpretaciones son exageradas. Basta leer los documentos de la época para darnos cuenta de que la conversión de Constantino fue muy distinta de la conversión del común de los cristianos. Cuando algún pagano se convertía, se le sometía a un largo proceso de disciplina y enseñanza, para asegurarse de que el nuevo converso entendía y vivía su nueva fe, y entonces se le bautizaba. Tal nuevo converso tomaba entonces a su obispo por guía y pastor, para descubrir el significado de su fe en las situaciones concretas de la vida.

El caso de Constantino fue muy distinto. Aún después de la batalla del Puente Milvio, y a través de toda su vida, Constantino nunca se sometió en materia alguna a la autoridad pastoral de la iglesia. Aunque contó con el consejo de cristianos tales como el erudito Lactancio —tutor de su hijo Crispo— y el obispo Osio de Córdoba —su consejero en materias eclesiásticas—, Constantino siempre se reservó el derecho de determinar sus propias prácticas religiosas, pues se consideraba a sí mismo “obispo de obispos”. Repetidamente, aún después de su propia conversión, Constantino participó en ritos paganos que le estaban vedados al común de los cristianos, y los obispos no alzaron la voz de protesta y de condenación que habrían alzado en cualquier otro caso.

Sucedía no sólo que Constantino era un personaje a la vez poderoso e irascible. Ocurría también que el Emperador, a pesar de su política cada vez más favorable hacia los cristianos, y a pesar de sus afirmaciones de fe en el poder de Jesucristo, técnicamente al menos no era cristiano, pues no se había sometido al bautismo. De hecho, Constantino no fue bautizado sino en su lecho de muerte. Por tanto, cualquier política o edicto en favor de los cristianos por parte del emperador era recibido por la iglesia como un favor hecho por un amigo o simpatizante. Y cualquier desliz religioso de Constantino era visto desde la misma perspectiva, como la acción de quien, aunque simpatizaba con el cristianismo, no se contaba entre los fieles. Tal persona podía recibir el consejo de la iglesia, pero no su dirección ni condenación. Puesto que tal situación se ajustaba perfectamente a los propósitos de Constantino, éste tuvo cuidado de no bautizarse sino en su hora final.

Por otra parte, quienes pretenden que Constantino se convirtió sencillamente por motivos de oportunismo político se equivocan por varias razones. La primera de ellas es que tal interpretación es en extremo anacrónica. Hasta donde sabemos, nadie en toda la antigüedad se acercó a la cuestión religiosa con el oportunismo político que ha sido característico de la edad moderna. Los dioses eran realidades muy concretas para los antiguos, y aun los más escépticos temían y respetaban los poderes sobrenaturales. Por lo tanto, pensar que Constantino se declaró cristiano hipócritamente, sin de veras creer en Jesucristo, resulta anacrónico. La segunda razón es que de hecho, desde el punto de vista puramente político, la conversión de Constantino tuvo lugar en el peor momento posible. Cuando Constantino adoptó el labarum como su emblema, se preparaba a luchar por la ciudad de Roma, centro de las tradiciones paganas, donde sus principales aliados eran los miembros de la vieja aristocracia pagana que se consideraban oprimidos por Majencio. La mayor fuerza numérica del cristianismo no estaba en el occidente, donde Constantino reinaba y donde luchaba contra Majencio, sino en el oriente, hacia donde su atención no se dirigiría sino años más tarde. Por último, la interpretación oportunista se equivoca por cuanto el apoyo que los cristianos pudieran prestarle a Constantino resultaba harto dudoso. Puesto que la iglesia siempre había tenido dudas acerca de si los cristianos podían prestar servicio militar, el número de cristianos en el ejército era pequeño. En la población civil, la mayor parte de los cristianos pertenecía a las clases bajas, que no podrían prestar gran apoyo económico a los designios de Constantino. Y en todo caso, tras casi tres siglos de recelos frente al imperio, nadie podría predecir cuál sería la reacción de los cristianos ante el fenómeno inesperado de un emperador cristiano.

Lo cierto parece ser que Constantino creía verdaderamente en el poder de Jesucristo. Pero tal aseveración no implica que el emperador entendiese la nueva fe como la habían entendido los muchos cristianos que habían ofrendado su vida por ella. Para Constantino, el Dios de los cristianos era un ser extremadamente poderoso, que estaba dispuesto a prestarle su apoyo siempre y cuando él favoreciera a sus fieles. Luego, cuando Constantino comenzó a proclamar leyes en pro del cristianismo, y a construir iglesias, lo que buscaba no era tanto el favor de los cristianos como el favor de su Dios. Este Dios fue el que le dio la victoria en la batalla del Puente Milvio, así como las muchas otras que siguieron. En cierto sentido, la fe de Constantino era semejante a la de Licinio, cuando les dijo a sus soldados que el labarum de Constantino poseía cierto poder sobrenatural que era de temerse. La diferencia estaba en que Constantino se había apropiado de ese poder sirviendo la causa de los cristianos. Esta interpretación encuentra apoyo en las declaraciones del propio Constantino que la historia ha conservado, y que nos muestran un hombre sincero cuya comprensión del evangelio era escasa.

La interpretación que Constantino le daba a la fe en Jesucristo era tal que no le impedía servir a otros dioses. Su propio padre había sido devoto del Sol Invicto. Este era un culto que, sin negar la existencia de otros dioses, se dirigía al Dios Supremo, cuyo símbolo era el Sol. Durante buena parte de su carrera política, Constantino parece haber pensado que el Sol Invicto y el Dios de los cristianos eran perfectamente compatibles, y que los demás dioses, a pesar de ser deidades subalternas, eran sin embargo reales y relativamente poderosos. Por esta razón Constantino podía consultar el oráculo de Apolo, aceptar el título de Sumo Sacerdote de los dioses que tradicionalmente se concedía a los emperadores, y participar de toda clase de ceremonias paganas sin pensar que con ello estaba traicionando o abandonando al Dios que le había dado la victoria y el poder. Además, Constantino era un político hábil. Su poder era tal que le permitía favorecer a los cristianos, construir iglesias, y hasta posesionarse de algunas imágenes de dioses para hacerlas llevar a Constantinopla. Pero si el emperador hubiera pretendido suprimir todo culto pagano pronto habría tenido que enfrentarse a una oposición irresistible. Los viejos dioses no habían quedado totalmente abandonados. Tanto la vieja aristocracia como las extensas zonas rurales del Imperio apenas habían sido penetradas por la predicación cristiana. En el ejército había numerosos seguidores de Mitras y de otros dioses. La Academia de Atenas y el Museo de Alejandría, que eran los dos grandes centros de estudio de la época, estaban dedicados a la enseñanza de la vieja sabiduría pagana. Pretender suprimir todo esto por mandato imperial era imposible—tanto más imposible por cuanto el propio emperador no veía contradicción alguna entre el culto al Sol Invicto y la fe cristiana.

Luego, la política religiosa de Constantino siguió un proceso lento pero constante. Y lo más probable es que ese proceso se haya debido, no sólo a las exigencias de las circunstancias, sino también al progreso interno del propio Constantino, según fue dejando tras sí la vieja religión, y comprendiendo mejor el alcance de la nueva. Al principio, Constantino se limitó a garantizar la paz de la iglesia, y a devolverle las propiedades que habían sido confiscadas durante la persecución. Poco después comenzó a apoyar a la iglesia más decididamente, como cuando le donó el palacio de Letrán, en Roma, que pertenecía a la familia de su esposa, o cuando ordenó que los obispos que se dirigían al sínodo de Arlés, en el 314, utilizaran los medios de transporte imperiales, sin costo alguno para la iglesia. Al mismo tiempo, empero, trataba de mantener las buenas relaciones con los devotos de los antiguos cultos, y particularmente con el Senado romano. El Imperio era oficialmente pagano, y como cabeza de ese Imperio a Constantino le correspondía el título de Sumo Sacerdote. Negarse a aceptarlo era rechazar de plano todas las antiguas tradiciones del Imperio —y Constantino no estaba dispuesto a tanto—. Aun más, hasta el año 320 las monedas de Constantino frecuentemente llevaban los símbolos y los nombres de los viejos dioses, aunque muchas llevaban también el monograma de Cristo.

La campaña contra Licinio le dio a Constantino una nueva oportunidad de aparecer como el campeón del cristianismo. Además, era precisamente en los territorios que antes habían pertenecido a Licinio que la iglesia era numéricamente más fuerte. Por ello, Constantino pudo nombrar a varios cristianos para ocupar altos cargos en la maquinaria del gobierno, y pronto pareció favorecer a los cristianos por encima de los paganos. Puesto que al mismo tiempo sus desavenencias con el Senado romano iban en aumento, y éste emprendió una campaña para reavivar la antigua religión, Constantino se sintió cada vez más inclinado a favorecer a los cristianos.

En el año 324 un edicto imperial ordenó que todos los soldados adorasen al Dios supremo el primer día de la semana. Aunque éste era el día en que los cristianos celebraban la resurrección de su Señor, era también el día dedicado al culto al Sol Invicto, y por tanto los paganos no podían oponerse a tal edicto. Al año siguiente, el 325, se reunió en Nicea la gran asamblea de obispos que se conoce como el Primer Concilio Ecuménico, de que trataremos en otro capítulo. Esa asamblea fue convocada por Constantino, y los obispos viajaron a expensas del tesoro imperial.

Ya hemos visto cómo la fundación de Constantinopla fue un paso más en este proceso. El propio hecho de crear una “nueva Roma” era en si un intento de sustraerse del poder de las viejas familias paganas de la aristocracia romana. Pero sobre todo la política de utilizar los tesoros artísticos de los templos paganos para la construcción de Constantinopla hizo que el viejo paganismo, hasta entonces rodeado de riquezas y boato, se empobreciera cada vez más. Es cierto que bajo el gobierno de Constantino se construyeron o se restauraron algunos templos paganos. Pero en términos generales los santuarios paganos perdieron mucho de su esplendor, al mismo tiempo que se construían enormes y suntuosas iglesias cristianas.

A pesar de todo esto casi hasta el fin de sus días Constantino continuó comportándose como el Sumo Sacerdote del paganismo. A su muerte, los tres hijos que lo sucedieron no se opusieron al deseo del Senado de divinizarlo, y así se produjo la anomalía de que Constantino, quien tanto daño le había hecho al culto pagano, se volvió uno de los dioses de ese propio culto.

El impacto de Constantino

El impacto de la conversión de Constantino sobre la vida de la iglesia fue tan grande que se hará sentir a través de todo el resto de nuestra narración, hasta nuestros días. Luego, lo que aquí nos interesa no es tanto mostrar las consecuencias últimas de ese acontecimiento, como sus consecuencias inmediatas, durante el siglo cuarto.

Naturalmente, la consecuencia más inmediata y notable de la conversión de Constantino fue el cese de las persecuciones. Hasta ese momento, aun en tiempos de relativa paz, los cristianos habían vivido bajo el temor constante de una nueva persecución. Tras la conversión de Constantino, ese temor se disipó. Los pocos gobernantes paganos que hubo después de él no persiguieron a los cristianos, sino que trataron de restaurar el paganismo por otros medios.

Todo esto produjo en primer término el desarrollo de lo que podríamos llamar una “teología oficial”. Deslumbrados por el favor que Constantino derramaba sobre ellos, no faltaron cristianos que se dedicaron a mostrar cómo Constantino era el elegido de Dios, y cómo su obra era la culminación de la historia toda de la iglesia. Un caso típico de esta actitud fue Eusebio de Cesarea, el historiador que no debe confundirse con Eusebio de Nicomedia, y a quien dedicaremos nuestro próximo capítulo.

Otros siguieron un camino radicalmente opuesto. Para ellos el hecho de que el emperador se declarase cristiano, y que ahora resultara más fácil ser cristiano, no era una bendición, sino una gran apostasía Algunas personas que participaban de esta actitud, pero que no querían dejar la comunión de la iglesia, se retiraron al desierto, donde se dedicaron a la vida ascética. Puesto que el martirio no era ya posible, estas personas pensaban que el verdadero atleta de Jesucristo debía continuar ejercitándose, si no ya para el martirio, al menos para la vida monástica. Luego, el siglo cuarto vio un gran éxodo hacia los desiertos de Egipto y Siria. De este movimiento monástico nos ocuparemos en el tercer capítulo.

Algunos de quienes no veían con agrado el nuevo acercamiento entre la iglesia y el estado sencillamente rompieron la comunión con los demás cristianos. Estos son los cismáticos de que trataremos en el capítulo cuatro.

Entre quienes permanecieron en la iglesia, y no se retiraron al desierto ni al cisma, pronto se produjo un gran despertar intelectual. Como en toda época de actividad intelectual, no faltaron quienes propusieron teorías y doctrinas que el resto de la iglesia se vio obligado a rechazar. La principal de estas doctrinas fue el arrianismo, que dio lugar a enconadas controversias acerca de la doctrina de la Trinidad. En el capítulo quinto discutiremos esas controversias hasta el año 361, fecha en que Juliano fue proclamado emperador.

El reinado de Juliano fue el punto culminante de otra actitud frente a la conversión de Constantino: la reacción pagana. Por lo tanto, el capítulo sexto tratará acerca de ese reinado y esa reacción.

Empero la mayor parte de los cristianos no reaccionó ante la nueva situación con una aceptación total, ni con un rechazo absoluto. Para la mayoría de los dirigentes de la iglesia, las nuevas circunstancias presentaban oportunidades inesperadas, pero también peligros enormes. Por tanto, al mismo tiempo que afirmaban su lealtad al emperador, como siempre lo había hecho la mayoría de los cristianos, insistían en que su lealtad última le correspondía sólo a Dios. Tal fue la actitud de los “gigantes” de la iglesia tales como Atanasio, los capadocios, Ambrosio, Jerónimo, Agustín y otros —a quienes dedicaremos la mayor parte de esta Sección Segunda de nuestra historia—. Puesto que tanto las oportunidades como los peligros eran grandes, estas personas se enfrentaron a una tarea difícil. Naturalmente, no podemos decir que sus actitudes y soluciones fueron siempre acertadas. Pero dada la magnitud de la tarea a que se enfrentaron, y dado también el impacto que su obra ha tenido en la vida de la iglesia a través de los siglos, existe sobrada razón para llamar al siglo IV —y principios del V— “la era de los gigantes”. Empero antes de terminar el presente capítulo debemos mencionar algunos cambios que tuvieron lugar como resultado de la conversión de Constantino, y que no tendremos ocasión de discutir más adelante. Nos referimos a los cambios relacionados con el culto.

Hasta la época de Constantino, el culto cristiano había sido relativamente sencillo. Al principio, los cristianos se habían reunido para adorar en casas particulares. Después comenzaron a reunirse también en cementerios, como las catacumbas romanas. En el siglo tercero había ya lugares dedicados específicamente al culto. De hecho, la iglesia más antigua que se ha descubierto es la de Dura-Europo, que data aproximadamente del año 270. Pero aún esta iglesia de Dura-Europo no es más que una pequeña habitación, decorada sólo con algunas pinturas murales de carácter casi primitivo.

Tras la conversión de Constantino, el culto cristiano comenzó a sentir el influjo del protocolo imperial. El incienso, que hasta entonces había sido señal del culto al emperador, hizo su aparición en las iglesias cristianas. Los ministros que oficiaban en el culto comenzaron a llevar vestimentas ricas durante el servicio, en señal del respeto debido a lo que estaba teniendo lugar. Por la misma razón, varios gestos de respeto que normalmente se hacían ante el emperador comenzaron a hacerse también en el culto. Además se inició la costumbre de empezar el servicio con una procesión. Para darle cuerpo a esta procesión, se desarrollaron los coros, con el resultado neto de que a la larga la congregación tuvo menos parte activa en el culto.

Por lo menos desde el siglo II, los cristianos habían acostumbrado conmemorar el aniversario de la muerte de un mártir celebrando la comunión en el lugar donde el mártir estaba enterrado. Ahora se construyeron iglesias en muchos de esos lugares. Pronto se llegó a pensar que el culto tenía especial eficacia si se celebraba en uno de tales lugares, en virtud de la presencia de las reliquias del mártir.

El resultado fue que se comenzó a desenterrar a los mártires para colocar sus cuerpos —o parte de ellos— bajo el altar de varias de las muchas iglesias que se estaban construyendo. Al mismo tiempo, algunas personas empezaron a decir que habían recibido revelaciones de mártires hasta entonces desconocidos o casi olvidados. En ciertos casos, hubo quienes recibieron una revelación indicándoles dónde estaba enterrado el mártir en cuestión—como en el caso de San Ambrosio y los mártires Gervasio y Protasio, que mencionaremos más adelante. Pronto se comenzó a atribuirles a tales reliquias un poder milagroso, y de allí se pasó cada vez más a su veneración y después a su adoración.

Un caso semejante fue el de la emperatriz Elena, quien en el año 326 marchó en peregrinación a Tierra Santa, donde creyó  haber descubierto la verdadera cruz de Cristo —la “vera cruz”—. Pronto comenzó a decirse que esta cruz tenía poderes milagrosos, y porciones de ella se difundieron por diversas partes del Imperio.

En medio de tal situación, los dirigentes de la iglesia procuraban moderar la superstición del pueblo, aunque naturalmente no podían negar que de hecho muchos de los milagros que se contaban eran posibles. Así, por ejemplo, hubo pastores que trataron de indicarle a su grey que para ser cristiano no era necesario ir a Tierra Santa, o que el respeto debido a los mártires y a la Virgen no debía exagerarse. Pero su tarea era harto difícil, pues cada vez eran más los conversos que pedían el bautismo, y cada vez había menos tiempo y oportunidad para dirigirlos en su vida cristiana.

Las iglesias construidas en tiempos de Constantino y sus sucesores contrastaban con la sencillez de la iglesia de Dura-Europo. El propio Constantino, según hemos señalado anteriormente, hizo construir en Constantinopla la iglesia de Santa Irene, en honor a la paz. Elena, su madre, construyó en Tierra Santa la iglesia de la Natividad y la del Monte de los Olivos. Al mismo tiempo, o bien por orden del emperador, o bien siguiendo su ejemplo, se construyeron otras iglesias semejantes en las principales ciudades del Imperio. Esta política persistió bajo el gobierno de los sucesores de Constantino. Casi todos ellos intentaron perpetuar su memoria construyendo fastuosas iglesias.

Aunque casi todas las iglesias construidas por Constantino y sus sucesores más inmediatos han desaparecido, quedan suficientes documentos escritos y restos arqueológicos para poder formarnos una idea del plano general de estos templos. Además, puesto que el patrón establecido en el siglo IV perduró por largo tiempo, otras iglesias posteriores, que sí han subsistido hasta nuestros días, ilustran el estilo arquitectónico de la época.

Algunas de esas iglesias tenían el altar en el centro, y estaban construidas sobre una planta poligonal o casi redonda. Pero la forma típica de las iglesias de entonces es la llamada “basílica”. Este término se utilizaba desde mucho tiempo antes para referirse a los grandes edificios públicos —o a veces privados— que consistían principalmente en un gran salón con dos o más filas de columnas. Puesto que fue de tales edificios que se tomó el modelo para las iglesias que se construyeron en los siglos cuarto y siguientes, esas iglesias reciben el nombre de “basílicas”.

En términos generales, las basílicas cristianas constaban de tres partes principales: el atrio, las naves y el santuario. El atrio era el vestíbulo de la iglesia, y por lo general consistía en un área cuadrangular rodeada de muros, a veces con columnas. En el centro del atrio estaba una fuente donde los fieles hacían sus abluciones. El lado del atrio que colindaba con el resto de la basílica recibía el nombre de nártex, y tenía una o más puertas que daban a las naves.

Las naves eran la parte más amplia de la basilica. En el centro se encontraba la nave principal, separada de las naves laterales por filas de columnas. El techo de la nave principal era más alto que los de las naves laterales, de modo que sobre las filas de columnas quedaban dos paredes —una a cada lado— en las que había ventanas por las cuales penetraba la luz del exterior.

Las naves laterales eran más bajas, y normalmente más estrechas que la nave central. Puesto que las filas de columnas eran dos o cuatro, había basílicas de tres naves y otras de cinco. Aunque había basílicas hasta de nueve naves, las de más de cinco eran escasas.

Hacia el fondo de la nave, cerca del santuario, se encontraba un espacio reservado para el coro, y a cada lado de ese cercado había un ambón o púlpito. Estos dos púlpitos se utilizaban, no sólo para la lectura y exposición de las Escrituras, sino también para el cantor principal cuando se cantaban los Salmos.

Al final de la nave, y con el piso algo más elevado, se encontraba el santuario. Puesto que este santuario corría en dirección perpendicular a la nave, y puesto que era más largo que el ancho del resto de la basílica, esto le daba a la planta del edificio la forma de una cruz. En el santuario se encontraba el altar, donde se colocaban los elementos para la celebración de la comunión.

La pared del fondo del santuario tenía forma semicircular, de modo que quedaba un espacio cóncavo, el ábside. En esta pared se apoyaban los bancos de piedra donde se sentaban los presbíteros. Y, si se trataba de la iglesia principal de un obispo, en medio de estos bancos se encontraba la silla del obispo, o cátedra —de donde se deriva el término “catedral”. En algunas ocasiones, el obispo predicaba sentado, desde su cátedra.

Todo el interior de la basilica estaba ricamente adornado con mármoles pulidos, lámparas de oro y de plata, y tapices. Pero el arte característico de esta época —y por muchos siglos de toda la iglesia oriental— era el mosaico. Las paredes se cubrían de cuadros hechos con pequeñísimos pedazos de vidrio, piedra o porcelana de colores. Por lo general, estos mosaicos representaban escenas bíblicas o de la tradición cristiana, aunque a veces incluían una representación de la persona que había costeado la construcción, presentando la basilica. Naturalmente, la pared cuya decoración era más importante era la del ábside. La decoración de esta pared consistía normalmente en un gran mosaico, en el que se representaba, o bien a la Virgen con Jesús en su regazo, o bien a Cristo sentado en gloria, como gobernante supremo de todo el universo. Esta representación de Cristo, que se conoce como el “pantokrator” —es decir, el rey universal— muestra el impacto de la nueva situación política sobre el arte cristiano, pues representa a Cristo sentado en un trono, a la usanza de los emperadores.

Alrededor de la basilica se alzaban otros edificios dedicados al culto y a la residencia de los ministros. De todos estos edificios el más importante era el baptisterio. Este era normalmente circular u octogonal, y su tamaño era tal que bien podía acomodar varias docenas de personas. En el centro del edificio se encontraba la alberca bautismal, a la cual se descendía mediante varios peldaños. En esta alberca se celebraba el bautismo, normalmente por inmersión, o echándole agua a la persona por encima mientras ésta estaba de pie o de rodillas en el agua. De hecho, este modo de bautizar fue el modo común de administrar el bautismo por lo menos hasta el siglo IX, cuando en las regiones más frías de la Europa occidental se hizo más común el bautismo por infusión—que siempre se había utilizado en casos excepcionales de mala salud, escasez de agua, etc. En Italia siguió practicándose el bautismo por inmersión hasta el siglo XIII, y las iglesias orientales —griega, rusa, etc.—  lo practican aún en el siglo XX. En medio del baptisterio colgaba un gran telón que dividía el salón en dos, un lado para los hombres y otro para las mujeres, pues en el siglo IV todavía se acostumbraba descender a la fuente bautismal desnudo, y vestirse de una capa blanca al salir de las aguas.

Todo esto nos sirve de ejemplo de lo que estaba sucediendo a raíz de la conversión de Constantino. La antigua iglesia continuaba sus costumbres tradicionales. Todavía la comunión era el acto principal de adoración, que se celebraba al menos todos los domingos. Todavía el bautismo era por inmersión, y guardaba mucho de su simbolismo antiguo. Pero todo se iba transformando dada la nueva situación. Por tanto, el gran reto a que tenían que enfrentarse los cristianos de la época era hasta qué punto y cómo debían adaptarse sus prácticas y costumbres a las nuevas circunstancias. Todos concordaban en que cierto grado de adaptación era necesario, pues los nuevos tiempos requerían nuevas formas de vivir y de comunicar el evangelio. Todos concordaban igualmente en que tal adaptación debía hacerse de tal modo que no se abandonase la fe tradicional de la iglesia. Donde no todos concordaban era en el grado y el modo en que estos dos elementos debían mantenerse en equilibrio.

En los capítulos subsiguientes veremos varios ejemplos de las respuestas diversas que los cristianos del siglo IV dieron a este gran reto presentado por la nueva situación.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 129–144). Miami, FL: Editorial Unilit.

La gran persecución y el triunfo final 12

La gran persecución y el triunfo final 12

No me interesa sino la ley de Dios, que he aprendido. Esa es la ley que obedezco, por la que he de morir, y en la que he de triunfar. Aparte de esa ley, no hay más ninguna.

Télica, mártir

a1Según dijimos, después de las persecuciones de Decio y Valeriano la iglesia gozó de relativa tranquilidad. Pero a fines del siglo III se desató la última y mas terrible de las persecuciones. Reinaba a la sazón Diocleciano, quien había organizado el Imperio en una tetrarquía. Dos emperadores compartían el título de “augusto”: Diocleciano en el Oriente, y Maximiano en el Occidente. Bajo cada uno de ellos había otro emperador con el título de “césar”: Galerio bajo Diocleciano, y Constancio Cloro bajo Maximiano. Debido a la gran habilidad administrativa y política de Diocleciano, esta división de autoridad perduró mientras él retuvo en sus manos las riendas del poder. Su propósito era en parte asegurarse de que la sucesión al trono fuera pacífica, pues cada césar debería suceder a su augusto, y entonces los emperadores restantes nombrarían un nuevo césar. Según veremos más adelante, este sistema funcionó sólo mientras Diocleciano lo administró, pero después dio lugar a disputas de sucesión, usurpaciones y guerras civiles.

Por lo pronto, sin embargo, el Imperio se encontraba en estado de relativa paz y prosperidad. Aparte de las constantes escaramuzas fronterizas, sólo Galerio se vio envuelto en campañas de importancia, primero en las fronteras del Danubio, y luego contra los persas. De los tres emperadores, sólo Galerio parece haber sentido una enemistad profunda hacia el cristianismo. En cuanto a Diocleciano, quien era el gobernante supremo, tanto su esposa Prisca como su hija Valeria eran cristianas. La paz de la iglesia parecía estar asegurada.

Los conflictos parecen haber comenzado en el ejército. La actitud de los cristianos hacia el servicio militar no era uniforme, pues aunque la mayoría de los autores de la época nos dice que los cristianos no deben ser soldados, sabemos por otras fuentes que había gran número de cristianos en el ejército. La razón por la que algunos se oponían al servicio militar no era tanto el pacifismo cristiano como el hecho de que algunas de las ceremonias militares eran de carácter religioso, y por tanto se le hacía muy difícil al soldado cristiano abstenerse de participar en la idolatría. En todo caso, alrededor del año 295 varios cristianos fueron muertos, unos por negarse a ser conscriptos, y otros porque intentaron abandonar el ejército. Ante los ojos de Galerio, esta actitud de los cristianos ante el servicio militar envolvía un serio peligro, pues era posible que en algún momento crítico los cristianos que había en el ejército se negaran a obedecer órdenes. Luego, como una medida necesaria para la moral militar, Galerio convenció a Diocleciano de la necesidad de expulsar a los cristianos de las legiones. El edicto de Diocleciano al efecto no decretaba la pena de muerte, ni otro castigo que la mera expulsión del ejército. Pero en algunos lugares, debido quizá al excesivo celo de los oficiales, se intentó obligar a los soldados cristianos a ofrecer sacrificios ante los dioses, y el resultado de ello fue que hubo algunas ejecuciones, todas ellas en el ejército del Danubio, que estaba bajo las órdenes de Galerio.

A esto se limitó la persecución hasta que Diocleciano se dejó convencer por Galerio, y en el año 303 dictó un nuevo edicto contra los cristianos. Todavía en este edicto Diocleciano se negaba a derramar la sangre de los cristianos, y lo que se ordenaba era que todos los edificios cristianos y los libros sagrados fueran destruidos, y que a los creyentes se les privara de todas sus dignidades y derechos civiles. Al principio, la persecución se limitó a esto. Pero pronto fue recrudeciendo porque muchos de los fieles se negaban a entregar los libros sagrados, y entonces se les torturaba o se les condenaba a muerte. Además, hubo dos incendios misteriosos en el palacio imperial.  Galerio acusó a los cristianos de haberlos prendido, diciendo que los incendiarios procuraban vengarse de la destrucción de sus iglesias. Algunos escritores cristianos insinúan que fue el propio Galerio quien ordenó los incendios, para luego culpar a los creyentes. En todo caso, la furia de Diocleciano no se hizo esperar, y pronto se ordenó que todos los cristianos de la corte tenían que ofrecer sacrificios ante los dioses. Prisca y Valeria sacrificaron, pero el gran chambelán Doroteo y varios otros sufrieron el martirio.

En todo el resto del imperio se continuó destruyendo las iglesias y quemando los libros sagrados, excepto en los territorios que pertenecían a Constancio Cloro, quien se limitó a destruir algunas iglesias, pero no insistió en que le fueran entregados los libros.

Poco después hubo algunos disturbios en diversas regiones, y Diocleciano se convenció de que los cristianos conspiraban contra él. Entonces decretó, primero, que todos los jefes de la iglesia fueran encarcelados y, después, que todos los cristianos en todo el Imperio tenían que sacrificar ante los ídolos.

Así se desató la más cruenta de cuantas persecuciones sufrió la iglesia antigua. Al igual que en tiempos del emperador Decio, se hacía todo lo posible por incitar a los cristianos a abandonar su fe. Acostumbrados como estaban a la tranquilidad de las décadas anteriores, muchos cristianos sucumbieron ante las amenazas de los jueces. A los demás se les aplicaron torturas de toda suerte, y se les hizo morir en medio de los más diversos suplicios. Otros se ocultaron, muchos de ellos llevando consigo los libros sagrados. Y hasta hubo muchos que cruzaron la frontera y se refugiaron en territorio persa.

En medio de todo esto, Galerio maquinaba el modo de hacerse dueño único del Imperio. En el año 304 Diocleciano enfermó gravemente y, aunque sobrevivió a su enfermedad, quedó sin embargo débil y cansado. Galerio se apresuró a ir a su lado y, primero con dulzura y después con amenazas, le obligó a abdicar. Al mismo tiempo, Galerio había reforzado su ejército, y convenció a Maximiano de que si no abdicaba él también, invadiría sus territorios y se seguiría la guerra civil. Por fin, ambos augustos abdicaron al mismo tiempo, en el año 305. Según se había estipulado anteriormente, Constancio Cloro sucedió a Maximiano, y Galerio a Diocleciano. En la elección de los dos nuevos césares, sin embargo, Galerio obligó a Diocleciano a nombrar a dos personajes ineptos, pero que le eran adictos: Severo bajo Constancio Cloro, y Maximino Daza bajo Galerio. Esta decisión no gozó del apoyo de los soldados, entre quienes eran muy populares los hijos de Constancio Cloro y de Maximiano, Constantino y Majencio respectivamente. El resultado de la ambición de Galerio fue el caos.

Constantino huyó de la corte de Galerio y se unió a su padre, tras cuya muerte las tropas le proclamaron augusto. Majencio se adueñó de Roma, y Severo se vio obligado a suicidarse. Maximiano salió de su retiro y se unió a su hijo Majencio en una alianza inestable que por fin se disolvió. Galerio invadió los territorios de Majencio, pero sus tropas comenzaron a pasarse al bando del enemigo, y tuvo que abandonar la campaña. Por fin no le quedó más remedio a Galerio que acudir a Diocleciano, que en su retiro se había dedicado a cultivar coles. Pero Diocleciano se negó a tomar de nuevo las riendas del estado, y se limitó a presidir sobre una serie de negociaciones cuyo resultado fue nombrar a un nuevo augusto para el Occidente, Licinio. Oficialmente, entonces, había de nuevo dos augustos, Galerio y Licinio, y bajo ellos dos “hijos de augustos”, Constantino y Maximino Daza. Durante todas estas vicisitudes, Constantino había seguido una política cautelosa, al reforzar su posición en las Galias y la Gran Bretaña, e insistir sólo en sus derechos como heredero de Constancio Cloro. Más tarde le llegaría el momento de lanzarse en pos del poder supremo sobre el Imperio.

En medio de todo este caos, la persecución continuó, aunque en el Occidente ni Constantino ni Majencio —quienes eran los dueños efectivos de la mayor parte del territorio— se ocuparon en promoverla. Para ellos, la persecución era política de Galerio, y en medio de todas las pugnas por el poder no se sentían inclinados a cumplir los deseos del rival que había intentado desheredarles. Pero Galerio y su protegido, Maximino Daza, continuaban persiguiendo a los cristianos. Maximino perfeccionó la política de su jefe, pues según nos cuenta el historiador cristiano Eusebio, en los territorios de Maximino lo que se hacía era vaciarles un ojo a los cristianos, o quebrarles una pierna, y entonces enviarles a trabajos forzados en las canteras. Pero aun allí muchos de los condenados formaron nuevas iglesias, y a la postre fueron muertos o deportados de nuevo. Las listas de los mártires fueron haciéndose cada vez más largas, hasta tal punto que se requerirían varios párrafos para mencionar a aquellos cuyos nombres nos han llegado.

Por fin, cuando los cristianos comenzaban a desesperar, la tormenta amainó. Galerio estaba enfermo de muerte, y el 30 de abril del 311 promulgó su famoso edicto de tolerancia:

Entre todas las leyes que hemos promulgado por el bien del estado, hemos intentado restaurar las antiguas leyes y disciplina tradicional de los romanos. En particular hemos procurado que los cristianos, que habían abandonado la religión de sus antepasados, volviesen a la verdad. Porque tal terquedad y locura se habían posesionado de ellos que ni siquiera seguían sus primitivas costumbres, sino que se han hecho sus propias leyes y se han reunido en grupos distintos. Después de la publicación de nuestro edicto, ordenando que todos volviesen a las costumbres antiguas, muchos obedecieron por temor al peligro, y tuvimos que castigar a otros. Pero hay muchos que todavía persisten en sus opiniones, y nos hemos percatado de que no adoran ni sirven a los dioses, ni tampoco a su propio dios. Por lo tanto, movidos por nuestra misericordia a ser benévolos con todos, hemos creído justo extenderles también a ellos nuestro perdón, y permitirles que vuelvan a ser cristianos, y que vuelvan a reunirse en sus asambleas, siempre que no atenten contra el orden público. En otro edicto daremos instrucciones acerca de esto a nuestros magistrados.

A cambio de esta tolerancia nuestra, los cristianos tendrán la obligación de rogarle a su dios por nuestro bienestar, por el bien público y por ellos mismos, a fin de que la república goce de prosperidad y ellos puedan vivir tranquilos.

Tal fue el edicto que puso fin a la más cruenta—y prácticamente la última—de las persecuciones que la iglesia tuvo que sufrir a manos del Imperio Romano. Pronto se abrieron las cárceles y las canteras, y de ellas brotó un torrente humano de gentes lisiadas, tuertas y maltratadas, pero gozosas por lo que era para ellas una intervención directa de lo alto.

Galerio murió cinco días después, y el historiador cristiano Lactancio nos dice que su arrepentimiento llegó demasiado tarde.

El Imperio quedaba en manos de Licinio, Maximino Daza, Constantino y Majencio. Los tres primeros se reconocían entre sí, y consideraban a Majencio como un usurpador. En cuanto a su política hacia los cristianos, Licinio, Constantino y Majencio no les perseguían, mientras que Maximino Daza pronto volvió a desatar la persecución en sus territorios. Pero un gran cambio político estaba a punto de iniciarse, que a la larga pondría fin a todas las persecuciones, aun en los territorios de Maximino Daza. Constantino, que durante todas las pugnas anteriores se había contentado con intervenir sólo mediante la astucia y la diplomacia, se lanzó a una campaña que a la postre le haría dueño absoluto del Imperio. De repente, cuando nadie lo esperaba, Constantino reunió sus ejércitos en Galia, atravesó los Alpes, y marchó sobre Roma, la capital de Majencio. Este último, tomado por sorpresa, no pudo defender sus plazas fuertes, que cayeron rápidamente en manos de Constantino. Todo lo que Majencio pudo hacer fue reunir su ejército en Roma, para allí resistir contra Constantino. Si Majencio hubiera permanecido tras las murallas de Roma, un largo sitio se habría seguido, y quizá la historia hubiera sido otra. Pero Majencio consultó a sus adivinos, y decidió salir al campo de batalla contra Constantino.

Según dos historiadores cristianos que conocieron a Constantino, en vísperas de la batalla éste tuvo una revelación. Uno de estos historiadores, Lactancio, dice que en un sueño Constantino recibió la orden de poner un símbolo cristiano sobre el escudo de sus soldados. El otro, Eusebio, nos dice que la visión apareció en las nubes, junto a las palabras, escritas en el cielo, “vence en esto”. En todo caso, el hecho es que Constantino ordenó que sus soldados emplearan para la batalla del día siguiente el símbolo que se conoce como el labarum, y que consistía en la superposición de dos letras griegas, X y P. Puesto que esas dos letras son las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego, el labarum bien podía ser un símbolo cristiano. Algunos historiadores modernos han señalado muchos otros indicios que nos dan a entender que, si bien es posible que ya en esa fecha Constantino se inclinara hacia el cristianismo, todavía seguía adorando al Sol invicto. La realidad es que la conversión de Constantino fue un largo proceso que hemos de narrar en la próxima sección de esta obra.

El labarum de Constantino podía interpretarse como un monograma que consistía en la superposición de P y X, las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego XPISTOS.

Pero en todo caso lo importante es que Majencio fue derrotado, y que cuando luchaba sobre el Puente Milvio cayó al río y se ahogó. Constantino quedó entonces dueño de todo el Occidente.

Una vez iniciada su campaña en pos del poder, Constantino marchó con una velocidad vertiginosa. Tras la batalla del Puente Milvio se reunió en Milán con Licinio, con quien selló una alianza. Parte de esta alianza era el acuerdo de que no se perseguiría más a los cristianos, y que se les devolverían sus iglesias, cementerios y otras propiedades que habían sido confiscadas. Este acuerdo, que recibe el título poco exacto de “Edicto de Milán”, se señala frecuentemente como el fin de las persecuciones (313 d.C.), aunque lo cierto es que el edicto de tolerancia de Galerio fue mucho más importante, y que aún después del “Edicto de Milán” Maximino Daza siguió persiguiendo a los cristianos. Por fin, tras una serie de pasos que corresponden a otro capítulo de esta historia, Constantino quedó como el único emperador, y la iglesia gozó de paz en todo el Imperio.

Hasta qué punto esto ha de considerarse como un triunfo, y hasta qué punto fue el comienzo de nuevas dificultades para la iglesia, será el tema principal de nuestra próxima sección. Por lo pronto, señalemos sencillamente el reto enorme a que tenían que enfrentarse ahora aquellos cristianos, que hasta unos pocos meses antes estaban preparándose para el martirio, y que ahora recibían del emperador muestras de una simpatía y un apoyo siempre crecientes. ¿Qué sucedería cuando aquellas gentes, que servían a un carpintero, y cuyos grandes héroes eran pescadores, esclavos y criminales que habían sido condenados por el estado, se vieran rodeados del boato y el prestigio del poder imperial? ¿Permanecerían firmes en su fe? ¿O resultaría quizá que quienes no se habían dejado amedrentar por las fieras y las torturas sucumbirían ante las tentaciones de la vida muelle y del prestigio social? Estas fueron las preguntas a que tuvieron que enfrentarse los cristianos de las generaciones que siguieron a Constantino.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 119–124). Miami, FL: Editorial Unilit.

La vida cristiana 11

La vida cristiana 11

… no sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles, antes [… ] lo flaco del mundo escogió Dios, para avergonzar lo fuerte.

1 Corintios 1:26–27

a1Hasta aquí hemos venido narrando la historia del cristianismo prestando especial atención a los conflictos entre la iglesia y el estado, así como a la labor teológica de los más distinguidos pensadores de la iglesia. Este método, sin embargo, presenta una dificultad: puesto que la mayoría de los documentos que se han conservado tratan acerca de la obra y el pensamiento de los jefes de la iglesia, corremos el riesgo de olvidarnos de la vida y el testimonio del común de los cristianos. Por tanto, conviene que nos detengamos a consignar algo de lo poco que sabemos acerca de las masas cristianas, así como del culto y de la vida cristiana cotidiana.

El origen social de los cristianos

Más arriba, en la pág. 94, hemos citado las palabras del pagano Celso acusando a los cristianos de ser gentes ignorantes cuya propaganda tenía lugar, no en las escuelas ni en los foros, sino en las cocinas, los talleres y las talabarterías. Aunque la obra de cristianos tales como Justino, Clemente y Orígenes parece darles un mentís a las palabras de Celso, el hecho es que, en términos generales, Celso decía verdad. Los sabios entre los cristianos eran la excepción más bien que la regla. Y en su obra Contra Celso, Orígenes se cuida de no desmentir a su contrincante en este punto. Desde el punto de vista de paganos cultos tales como Tácito, Cornelio Frontón y Marco Aurelio, los cristianos eran una gentuza despreciable, sin educación ni cultura. En esto no se equivocaban los paganos, pues todo parece indicar que la mayoría de los cristianos de los primeros siglos pertenecía a las clases más bajas de la sociedad. Según el testimonio de los Evangelios, Jesús pasó la mayor parte de su ministerio entre pescadores, prostitutas e inválidos. El apóstol Pablo, que parece haber pertenecido a una clase social algo más elevada, dice sin embargo que la mayoría de los cristianos en Corinto eran gentes ignorantes, carentes de poder, y de linaje oscuro. Lo mismo es cierto a través de los tres primeros siglos de la vida de la iglesia. Aunque sabemos de algunos cristianos de alta clase social, tales como Domitila y Flavio Clemente en Roma, y Perpetua en Cartago, por cada uno de estos personajes parece haber habido centenares de cristianos de baja posición social. En su mayoría, los cristianos eran esclavos, carpinteros, albañiles o herreros.

En este medio se produjeron numerosos escritos y leyendas cuyo tono es muy distinto del de las obras de Justino y los demás eruditos cristianos. Se trata de toda una muchedumbre de evangelios apócrifos, y de “Hechos” de diversos apóstoles y de la Virgen, en los que se narran historias casi pueriles de milagros cuyo único propósito parece ser cautivar y deleitar la imaginación. Estos libros apócrifos no han de confundirse con los que produjeron los herejes para prestar apoyo a sus doctrinas. Aunque en algunos de ellos se hallan doctrinas heterodoxas, su propósito es más bien alimentar la fantasía de los crédulos. Así, por ejemplo, en uno de estos evangelios el niño Jesús se entretiene quebrando los cántaros que sus compañeros de juego traen al pozo, y luego cuando ellos lloran por haber perdido sus cántaros, y porque sus padres les castigarán, Jesús les ordena a las aguas que devuelvan los cantaros, los cuales son devueltos enteros. De igual modo, en otra ocasión, según el mismo evangelio apócrifo, Jesús le ordenó a un árbol alto que se doblegara, para él subirse sobre el árbol, y éste le obedeció y después se enderezó, como un camello que se echa para que el amo monte sobre él.

Pero todo esto no ha de hacernos despreciar la perspectiva de estos cristianos comunes. Al contrario, cuando comparamos esa perspectiva con la de algunos de los más distinguidos maestros de la iglesia, vemos que las gentes pobres e ignorantes poseían una comprensión más profunda de algunas de las verdades bíblicas. Así, por ejemplo, el Dios activo, soberano y justiciero que aparece en algunos de estos evangelios apócrifos se acerca mucho más al Dios de la Biblia que el Uno inefable y distante de Justino o de Clemente de Alejandría. De igual modo, mientras los grandes defensores del cristianismo se esforzaban por mostrarles a las autoridades que su fe no se oponía a la política imperial, hay indicios de que el común de los cristianos sí sabía que existía un conflicto insoluble entre los propósitos del Imperio y los propósitos de Dios. Cuando a uno de estos cristianos se le lleva ante las autoridades imperiales, las confronta negándose a reconocer la autoridad del emperador, y refiriéndose a Cristo como “mi Señor, el emperador de los reyes y de todas las naciones”. Por último, mientras algunos de los maestros cristianos tendían a espiritualizar excesivamente la esperanza cristiana, en la fe de estas gentes comunes persistía todavía la visión de un Reino de justicia que suplantaría al presente orden, de una nueva Jerusalén donde Dios enjugaría el llanto de los que ahora sufrían. En la próxima sección de esta historia, al tratar acerca del impacto de la conversión de Constantino, veremos que cuando la iglesia se volvió poderosa muchos de estos elementos fueron quedando relegados.

El culto cristiano

Lo que sabemos del culto cristiano nos da una idea del modo en que aquellos cristianos de los primeros siglos percibían y experimentaban su fe. En efecto, cuando estudiamos el modo en que la iglesia antigua adoraba, nos percatamos del impacto que su fe debe haber tenido para las masas desposeídas que constituían la mayoría de los fieles.

Desde sus mismos inicios, la iglesia cristiana acostumbraba reunirse el primer día de la semana para “partir el pan”. La razón por la que el culto tenía lugar el primer día de la semana era que en ese día se conmemoraba la resurrección del Señor. Luego, el propósito principal del culto no era llamar a los fieles a la penitencia, ni hacerles sentir el peso de sus pecados, sino celebrar la resurrección del Señor y las promesas de que esa resurrección era el sello. Es por esto que el libro de Hechos describe aquellos cultos diciendo que “partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:46). La atención en aquellos servicios de comunión no se centraba tanto en los acontecimientos del Viernes Santo como en los del Domingo de Resurrección. Una nueva realidad había amanecido, y los cristianos se reunían para celebrarla y para hacerse partícipes de ella. A partir de entonces, y a través de casi toda la historia de la iglesia, la comunión ha sido el centro del culto cristiano. Es sólo en fecha relativamente reciente que algunas iglesias protestantes han establecido la práctica de reunirse para adorar los domingos sin celebrar la comunión. Empero esto pertenece a otros capítulos de esta historia.

Además de los indicios que nos ofrece el Nuevo Testamento, y que son de todos conocidos, sabemos acerca del modo en que los antiguos cristianos celebraban la comunión gracias a una serie de documentos que han perdurado hasta nuestros días. Aunque no podemos entrar en detalles acerca de cada uno de estos documentos, y de las diferencias entre ellos, sí podemos señalar algunas de las características comunes, que parecen haber formado parte de todas las celebraciones de la comunión.

La primera de ellas, a la que hemos aludido anteriormente, es que la comunión era una celebración. El tono característico del culto era el gozo y la gratitud, más bien que el dolor o la compunción. Al principio, la comunión se celebraba en medio de una comida. Cada cual traía lo que podía, y tras la comida común se celebraban oraciones sobre el pan y el vino. Ya a principios del siglo segundo, sin embargo, y posiblemente debido en parte a las persecuciones y a las calumnias que circulaban acerca de las “fiestas de amor” de los cristianos, se comenzó a celebrar la comunión sin la comida común. Pero siempre se mantuvo el espíritu de celebración de los primeros años.

Por lo menos a partir del siglo segundo, el servicio de comunión constaba de dos partes. En la primera se leían y comentaban las Escrituras, se elevaban oraciones, y se cantaban himnos. La segunda parte del servicio comenzaba generalmente con el ósculo de paz. Luego alguien traía el pan y el vino hacia el frente, y se los presentaba a quien presidía. Acto seguido, el presidente pronunciaba una oración sobre el pan y el vino, en la que se recordaban los actos salvíficos de Dios y se invocaba la acción del Espíritu Santo sobre el pan y el vino. Después se partía el pan, los presentes comulgaban, y se despedían con la bendición. Naturalmente, a estos elementos comunes se les añadían muchos otros en diversos lugares y circunstancias.

Otra característica común del servicio en esta época es que sólo podían participar de él quienes habían sido bautizados. Los que venían de otras congregaciones podían participar libremente, siempre y cuando estuvieran bautizados. En algunos casos, se les permitía a los conversos que todavía no habían recibido el bautismo asistir a la primera parte del servicio —es decir, a las lecturas bíblicas, las homilías y las oraciones— pero tenían que ausentarse antes de la celebración de la comunión misma.

Otra de las costumbres que aparece desde muy temprano era celebrar la comunión en los lugares donde estaban sepultados los fieles que habían muerto. Esta era la función de las catacumbas. Algunos autores han dramatizado la “iglesia de las catacumbas”, dando a entender que éstas eran lugares secretos en los que los cristianos se reunían para celebrar sus cultos a escondidas de las autoridades. Esto es una exageración. En realidad las catacumbas eran cementerios, y su existencia era conocida por las autoridades, pues no eran sólo los cristianos quienes tenían tales cementerios subterráneos. Aunque en algunas ocasiones los cristianos sí utilizaron algunas de las catacumbas para esconderse de quienes les perseguían, la razón por la que se reunían en ellas era que allí estaban enterrados los héroes de la fe, y los cristianos creían que la comunión les unía, no sólo entre sí y con Jesucristo, sino también con sus antepasados en la fe. Esto era particularmente cierto en el caso de los mártires, pues por lo menos a partir del siglo segundo existía la costumbre de reunirse junto a sus tumbas en el aniversario de su muerte para celebrar la comunión. Este es el origen de la celebración de las fiestas de los santos, que por lo general se referían, no a sus natalicios, sino a las fechas de sus martirios.

Mucho más que en las catacumbas, los cristianos se reunían en casas particulares. De esto hallamos indicaciones en el Nuevo Testamento. Después, según las congregaciones fueron creciendo, algunas casas fueron dedicadas exclusivamente al culto divino. Así, por ejemplo, uno de los más antiguos templos cristianos que se conserva, el de Dura-Europo, construido antes del año 256, parece haber sido una casa particular convertida en iglesia.

Según hemos dicho anteriormente, sólo quienes habían sido bautizados podían estar presentes durante la comunión. En el libro de Hechos vemos que tan pronto como alguien se convertía se le bautizaba. Esto era posible en la primitiva comunidad cristiana, donde la mayoría de los conversos venía del judaísmo, y tenía por tanto cierta preparación para comprender el alcance del evangelio. Pero según la iglesia fue incluyendo más gentiles se fue haciendo cada vez más necesario un período de preparación y de prueba antes de la administración del bautismo. Este período recibe el nombre de “catecumenado”, y a principios del siglo tercero duraba unos tres años. Durante este tiempo, el catecúmeno recibía instrucción acerca de la doctrina cristiana, y trataba de dar muestras en su vida diaria de la firmeza de su fe. Por fin, poco tiempo antes de su bautismo, se le examinaba —a veces en compañía de sus padrinos— y se le admitía al rango de los que estaban prontos a ser bautizados.

Por lo general el bautismo se administraba una vez al año, en el Domingo de Resurrección, aunque pronto y por diversas razones se comenzó a administrar en otras ocasiones. A principios del siglo tercero los que estaban listos para ser bautizados ayunaban durante el viernes y el sábado, y su bautismo tenía lugar en la madrugada del domingo, como la resurrección del Señor. El bautismo era por inmersión, desnudos, los hombres separados de las mujeres. Al salir del agua, se le daba al neófito una vestidura blanca, en señal de su nueva vida en Cristo (compárese con Colosenses 3:9–12 y Apocalipsis 3:4). Además se le daba a beber agua, en señal de que había quedado limpio, no sólo exterior, sino también interiormente. Además se le ungía, porque ahora el cristiano había venido a formar parte del real sacerdocio, y se le daba leche y miel, porque había penetrado en la Tierra Prometida. Después todos marchaban juntos a la iglesia, donde el neófito participaba por primera vez del culto cristiano en toda su plenitud, es decir, de la comunión.

Aunque por lo general el bautismo era por inmersión, en los lugares en que escaseaba el agua se permitía practicarlo vertiendo agua sobre la cabeza tres veces, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

En cuanto a si la iglesia primitiva bautizaba niños o no, los eruditos no han logrado ponerse de acuerdo. En el siglo tercero hay indicios claros de que los hijos de padres cristianos eran bautizados de niños. Pero todos los documentos anteriores nos dejan en dudas acerca de esta cuestión, tan debatida en siglos posteriores.

La organización de la iglesia

No cabe duda de que a fines del siglo segundo existía en la iglesia una jerarquía con tres niveles: obispos, presbíteros y diáconos. Algunos historiadores —sobre todo católicos— han pretendido que esta jerarquía tripartita se remonta a los orígenes mismos de la iglesia. Pero lo cierto es que los documentos no permiten hacer tal afirmación, sino todo lo contrario. Aunque en el Nuevo Testamento se habla de obispos, presbíteros y diáconos, estos tres títulos no aparecen juntos, como si cada iglesia tuviera que tener estos tres oficiales. Al contrario, el cuadro que el Nuevo Testamento nos presenta nos da a entender que la organización de la iglesia primitiva variaba de lugar en lugar. Además, hay fuertes indicios de que, por lo menos durante la mayor parte del siglo primero, los títulos de “obispo” y “presbítero” eran intercambiables. También algunos eruditos piensan que en ciertas iglesias —inclusive en Roma— no hubo al principio un solo obispo, sino varias personas que tenían todas a la vez uno o ambos títulos.

Como hemos dicho anteriormente, el énfasis en la autoridad de los obispos y en la sucesión apostólica surgió durante el siglo segundo, como un modo de responder al reto de las herejías. Mientras la mayor parte de los cristianos venía de un trasfondo judío, el peligro de las herejías fue menor. Pero según fue aumentando el número de gentiles entre los cristianos, fue aumentando también la multiplicidad de doctrinas, y se fue haciendo necesaria la centralización de la autoridad.

El lugar de las mujeres en la jerarquía eclesiástica ha sido mal interpretado. Puesto que en el siglo segundo todos los oficiales de esa jerarquía eran varones, se ha pensado que lo mismo fue cierto en la iglesia primitiva. Pero el Nuevo Testamento nos da a entender otra cosa. Felipe tenía cuatro hijas que “profetizaban”, es decir, que predicaban. Febe tenía el rango de diácono en Cencrea. Y Junias se cuenta entre los apóstoles. Lo que ha sucedido es que durante el siglo segundo, en sus esfuerzos por evitar toda doctrina falsa, la iglesia centralizó su autoridad, y las mujeres quedaron excluidas del ministerio de la predicación. Pero todavía a principios del siglo segundo Plinio le dice a Trajano que ha hecho torturar a dos “ministras” de la iglesia cristiana.

Al estudiar el lugar de las mujeres en la iglesia antigua, no debemos dejar de mencionar el papel importantísimo de las viudas. Ya en el libro de Hechos encontramos que la iglesia primitiva se ocupaba de sustentar a las viudas que había en su seno. De no hacerlo así, tales viudas quedarían desamparadas, y sus únicos recursos serían irse a vivir con alguno de sus hijos o casarse de nuevo. En cualquiera de estos casos, si el hijo o el nuevo esposo no era cristiano, la viuda se vería limitada en su vida religiosa. Pronto se les dieron a estas viudas responsabilidades dentro de la iglesia. Ya hemos mencionado a la viuda Felicidad, cuya labor despertó la animadversión de los paganos y la llevó al martirio. Otras se dedicaron a la instrucción de los catecúmenos. Como resultado de todo esto, el título de “viuda” llegó a referirse, no tanto al estado civil de la mujer en cuestión, como a su función dentro de la comunidad cristiana. Antes de terminar el siglo primero, ya había mujeres solteras que decidían dedicarse por entero a estas funciones, y no casarse. Es entonces que empiezan a aparecer en los textos frases tales como “las viudas y vírgenes” y aun “las vírgenes que son llamadas viudas”. A la larga esto daría origen al monaquismo femenino, que fue anterior al masculino.

Los métodos misioneros

El enorme crecimiento numérico de la iglesia en los primeros siglos nos lleva a preguntarnos qué métodos misioneros empleó la iglesia en su expansión. Y la respuesta puede sorprendernos, pues la iglesia de los primeros siglos no conoció los “cultos evangelísticos” que se han hecho tan comunes durante los dos últimos siglos. Al contrario, en la iglesia antigua el culto, según hemos indicado, consistía principalmente en la comunión, y a ésta sólo se admitían los cristianos que habían sido bautizados. Por tanto, el evangelismo no tenía lugar en las iglesias, sino, como indica Celso, en las cocinas, los talleres y los mercados. Algunos maestros famosos, tales como Justino y Orígenes, sostenían disputas en sus escuelas y ganaban así algunos conversos entre los intelectuales. Pero el hecho es que en la mayoría de los casos fueron cristianos anónimos quienes mediante su testimonio abrieron el camino a la conversión de otras personas. También sabemos de muchísimos casos en los que la firmeza y el gozo que los cristianos manifestaban en medio del martirio sirvió para atraer a otros a la nueva fe. Y al menos en el caso de Gregorio Taumaturgo —es decir, el hacedor de maravillas— buena parte de las conversiones se debió a los milagros de los cristianos.

Gregorio Taumaturgo era natural del Ponto, y se había convertido a través del testimonio erudito de Orígenes. Pero cuando Gregorio regresó al Ponto, y llegó a ser obispo de Neocesarea, su gran éxito evangelístico se debió, no a sus argumentos teológicos, sino a los milagros que hacía. Estos milagros consistían especialmente en las curaciones de enfermos, pero también se nos dice que Gregorio llegó a gobernar el cauce de un río desbordado, y que los apóstoles y la Virgen, mediante visiones, dirigían su obra misionera. Además, Gregorio parece haber sido uno de los primeros en utilizar un método misionero que después se volvió común. Este método consistía en colocar, en lugar de las fiestas paganas, las fiestas de los mártires cristianos, y asegurarse de que estas últimas resultaran más atrayentes que las primeras.

También puede sorprendernos el hecho de que, después del Nuevo Testamento, son escasísimos los datos que tenemos acerca de misioneros al estilo de Pablo o de Bernabé. Al parecer, la enorme difusión geográfica del cristianismo no se debió tanto a la labor de misioneros profesionales como a que eran muchos los cristianos que viajaban por diversas zonas, y que iban llevando su fe de un lugar a otro.

Por último, debemos señalar que la fe cristiana se difundió sobre todo en las ciudades, y que la penetración de los campos fue lenta y difícil, pues no se completó sino bastante tiempo después de la conversión de Constantino.

Los orígenes del arte cristiano

Puesto que al principio los cristianos se reunían en casas particulares, es de suponerse que no había en ellas decoraciones especiales relativas a la fe cristiana. Pero tan pronto como los cristianos empezaron a tener sus propios cementerios —las catacumbas— e iglesias  —como la de Dura-Europo— comenzó a desarrollarse el arte cristiano. Este arte se encuentra en los frescos de las catacumbas e iglesias, y en los sarcófagos que algunos de los cristianos más pudientes se hacían labrar.

Naturalmente, puesto que ese era el acto central de adoración de la comunidad cristiana, las escenas alusivas a la comunión son relativamente frecuentes. En algunos casos esas escenas consisten en un cuadro que representa la comunión misma o la cena del Señor en el aposento alto. En otros casos se trata sencillamente de un cesto con panes y peces.

La presencia del pez en estos cuadros —y en otros contextos— se debe a que el pez fue uno de los primeros símbolos cristianos. Esto se debía a que la palabra “pez” en griego (ichthys) podía interpretarse como un acróstico que contenía las letras iniciales de la frase “Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador”. El simbolismo del pez aparece, no sólo en el arte pictórico, sino también en algunos de los más antiguos epitafios cristianos en verso. Así, por ejemplo, el epitafio de Abercio, obispo de Hierápolis a fines del siglo segundo, dice que la fe alimentó a Abercio con “un pez de agua dulce, muy grande y puro, pescado por una virgen inmaculada” (¿la Virgen o la iglesia?). Y otros epitafios semejantes se refieren a “la raza divina del pez celestial” y a “la paz del pez”.

Otras escenas en el arte cristiano primitivo se refieren a diversos episodios bíblicos: Adán y Eva, Noé en el arca, el agua que brota de la roca en el desierto, Daniel en el foso de los leones, los tres varones en el horno ardiente, Jesús y la samaritana, la resurrección de Lázaro, etc. En general se trata de un arte sencillo, de valor simbólico más bien que representativo. Así, por ejemplo, Noé aparece en un arca que es apenas suficientemente grande para sostenerlo a él.

En conclusión, la iglesia cristiana antigua estaba formada en su mayoría por gentes humildes para quienes el hecho de haber sido adoptadas como herederas del Rey de Reyes era motivo de gran regocijo. Esto puede verse en su culto, en su arte y en muchas otras manifestaciones. La vida cotidiana de tales cristianos se desenvolvía en la penumbra rutinaria en que viven los pobres de todas las sociedades. Pero aquellos cristianos vivían en la esperanza de una nueva luz que vendría suplantar la luz injusta e idólatra de la sociedad en que vivían.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 111–118). Miami, FL: Editorial Unilit.

La persecución en el siglo tercero 10

La persecución en el siglo tercero 10

La presente confesión de fe ante las autoridades ha sido tanto más ilustre y honrosa por cuanto el sufrimiento fue mayor. La lucha arreció, y se acrecentó la gloria de los que luchaban.

Cipriano de Cartago

Hacia fines del siglo segundo, la iglesia había gozado de un período de relativa paz. El Imperio, envuelto en guerras civiles al mismo tiempo que trataba de defender sus fronteras frente al empuje de los pueblos germánicos, no les había prestado demasiada atención a los cristianos.

Además, todavía seguía en vigor el viejo principio promulgado por Trajano, en el sentido de que los cristianos debían ser castigados si se les delataba y se negaban a ofrecerles sacrificio a los dioses, pero que no debía buscárseles activamente.

En el siglo tercero, sin embargo, la situación cambió. A través de todo el siglo continuó vigente la legislación de Trajano, y por tanto de vez en cuando, en uno u otro lugar, hubo martirios más o menos aislados. Pero además de esto hubo dos políticas nuevas, una promulgada por Septimio Severo y otra por Decio, que afectaron profundamente la vida de la iglesia.

La persecución bajo Septimio Severo

A principios del siglo tercero, reinaba en Roma el emperador, quien había logrado consolidar su poder y poner así fin a un período de luchas internas que habían debilitado al Imperio. Empero gobernar en tales circunstancias no era tarea fácil. La amenaza de los pueblos “bárbaros” allende el Danubio y el Rin era constante. Dentro del Imperio había grupos disidentes, y existía siempre el peligro de que alguna legión se rebelara y nombrara su propio emperador, iniciando así una nueva guerra civil. En medio de tal situación, Septimio Severo decidió seguir una política religiosa de carácter sincretista. Su propósito era unir a todos sus súbditos bajo el culto al Sol invicto, en el cual se fundirían todas las religiones de la época, así como las enseñanzas de diversos filósofos.

Pero tal política confligía con la obstinación de los dos grupos religiosos que se negaban doblegarse ante el sincretismo: los judíos y los cristianos. Por ello, Septimio Severo se propuso detener el avance de estas dos religiones, y con ese propósito prohibió, bajo pena de muerte, toda conversión al judaísmo o al cristianismo. Al mismo tiempo, la antigua legislación seguía vigente, de modo que a los cristianos que fueran acusados y que se negaran a ofrecerles sacrificio a los dioses se les condenaría también.

El resultado de todo esto fue un recrudecimiento de la persecución al estilo del siglo anterior, y a la vez una persecución más intensa dirigida contra los nuevos conversos y sus maestros. Por lo tanto, el año 202, fecha del edicto de Septimio Severo, marca un nuevo hito en la historia de las persecuciones. Según una tradición, fue en ese año que Ireneo sufrió el martirio. También hemos señalado anteriormente que el padre de Orígenes, Leónidas, se contaba entre un grupo de mártires alejandrinos de la misma fecha. Puesto que el peligro era mayor para los maestros del cristianismo, y puesto que Clemente llevaba unos veinte años enseñando en Alejandría, y se había hecho famoso, Clemente tuvo que huir y refugiarse en la región de Capadocia, donde era menos conocido.

El más famoso de los martirios de esa época es el de Perpetua y Felicidad, que tuvo lugar alrededor del año 203. Es posible que Perpetua y sus compañeros hayan sido montanistas, y que el autor que nos ha dejado el testimonio de su martirio haya sido Tertuliano. Pero en todo caso lo que más nos interesa aquí es el hecho de que los mártires son cinco catecúmenos, es decir, cinco personas que se preparaban para recibir el bautismo. Esto concuerda con lo que hemos dicho más arriba acerca del edicto de Septimio Severo. El crimen de que se acusaba a estos cinco jóvenes, varios de ellos adolescentes, no era sólo el hecho de ser cristianos, sino también el hecho de haberse convertido recientemente, desobedeciendo así el decreto imperial.

La heroína del Martirio de santas Perpetua y Felicidad es Perpetua, una mujer joven de buena posición social que amamantaba aún a su hijo recién nacido. La acompañaban los esclavos Felicidad y Revocato, y otros dos jóvenes acerca de cuyo trasfondo no se nos informa, y cuyos nombres eran Saturnino y Secúndulo. Buena parte del Martirio está puesta en labios de Perpetua, y es muy posible que reproduzca sus propias palabras.

En todo caso, cuando Perpetua y sus compañeros fueron arrestados y el padre de Perpetua trató de convencerla de que abandonara su fe y salvara así su vida, ella le respondió que, de igual modo que cada cosa tiene su nombre y es inútil tratar de cambiárselo, ella tenía el nombre de cristiana, y no podía cambiárselo. El proceso de Perpetua y sus compañeros fue largo, al parecer porque las autoridades querían hacer todo lo posible por incitarles a abandonar su fe. Felicidad, que estaba encinta cuando fue arrestada, temía que por razón de su embarazo le perdonaran la vida, o al menos pospusieran su martirio, y que no podría entonces sufrir juntamente con sus compañeros. Pero, según el Martirio, sus oraciones fueron contestadas, y al octavo mes de embarazo dio a luz una niña, que inmediatamente fue adoptada por otra hermana en la fe. Cuando la veían quejarse de los dolores del parto, sus carceleros le preguntaban cómo esperaba tener el valor necesario para enfrentarse a las fieras. La respuesta de Felicidad es característica del modo en que muchos de aquellos cristianos de los primeros siglos se enfrentaban al martirio:

Ahora mis sufrimientos son sólo míos. Mas cuando tenga que enfrentarme a las bestias habrá otro que vivirá en mí, y sufrirá por mí, puesto que yo estaré sufriendo por él.

Los mártires varones fueron por fin lanzados a las fieras, y Saturnino y Revocato murieron rápidamente, pero a Secúndulo ninguna fiera quiso atacarle. El jabalí que le soltaron, en lugar de atacarle a él, hirió de muerte a uno de los soldados. Cuando le ataron para que un oso le atacara, el oso se negó a salir de su escondite. Por fin, el propio Secúndulo le anunció a su carcelero que un leopardo le mataría de una sola dentellada, y así fue.

En cuanto a Perpetua y Felicidad, les anunciaron que les tenían preparada una vaca furiosa para que las corneara. Cuando Perpetua fue corneada y lanzada en alto, sencillamente se ciñó mas estrechamente su vestido deshecho sobre sus carnes expuestas, y pidió que le permitieran recoger su cabellera, porque la cabellera suelta como se la habían dejado era señal de duelo, y para ella éste era un momento feliz. Luego fue a donde yacía Felicidad, también herida por la vaca, levantó a su compañera, y preguntó en voz alta que sorprendió a todos: “¿Dónde está la famosa vaca?” Por fin, desgarradas y sangrantes, las mártires se reunieron en el centro del anfiteatro, donde se despidieron con el ósculo de paz y se dispusieron a morir a espada. Cuando le tocó el turno a Perpetua, su verdugo temblaba y no acertaba a herirle de muerte, y ella le tomó la mano y se la dirigió para que la hiriera en la garganta. Al llegar a este punto, el Martirio comenta: “Quizá el demonio la temía tanto, que no se atrevía a matarla sin que ella lo quisiera.” Poco después, por razones que no están del todo claras, la persecución amainó. Siempre siguió habiendo algunos mártires en diversas partes del Imperio, pero no en la medida en que los hubo en los años 202 y 203. El emperador Caracalla, que sucedió a Septimio Severo en el año 211, trató de ganarse el apoyo de la población extendiendo la ciudadanía romana a todos sus súbditos libres —los que no eran esclavos—. Como parte de su política de congraciarse con el pueblo, revivió la persecución pero sólo por breve tiempo y mayormente en el norte de Africa.

Sus sucesores Eliogábalo (218–222) y Alejandro Severo (222–235) siguieron una política sincretista semejante a la de Septimio Severo; pero, a diferencia de este último, no trataron de obligar a judíos y cristianos a seguir ese sincretismo. Se cuenta que Alejandro Severo tenía en su altar imágenes de Cristo y Abraham, además de varios dioses. Su madre, Julia Mamea, fue a escuchar las enseñanzas de Orígenes.

Por un breve período, bajo el gobierno de Máximo, se desató la persecución en Roma, y tanto el obispo Ponciano como su rival Hipólito fueron exiliados y enviados a trabajar en las minas. Pero pronto esa breve persecución pasó, y la iglesia gozó de relativa paz. De hecho, del emperador Felipe el Arabe, que reinó del año 244 al 249, llegaron a circular rumores en el sentido de que era cristiano.

En resumen, durante casi medio siglo las persecuciones cesaron casi por completo, al tiempo que el número de conversos al cristianismo crecía sorprendentemente. Para esta nueva generación de cristianos, la mayoría de los mártires eran personas que habían vivido en una edad pasada, y a quienes se les debía gran veneración, pero cuya situación difícilmente se repetiría. Cada día había más cristianos entre las clases pudientes del Imperio, y ya eran pocos los que creían las viejas fábulas acerca de los crímenes indecibles de los cristianos. La persecución había venido a ser una memoria del pasado, a la vez amarga y dolorosa. Entonces se desató la tormenta.

La persecución bajo Decio

En el año 249 Decio se ciñó la púrpura imperial. Aun cuando los historiadores cristianos le han caracterizado como un personaje cruel, Decio era sencillamente un romano de corte antiguo, y un hombre dispuesto a restaurar la vieja gloria de Roma. Por diversas razones, esa gloria parecía estar perdiendo su lustre. Los bárbaros allende las fronteras se mostraban cada vez más inquietos y más atrevidos en sus incursiones dentro de los dominios del Imperio. La economía del Imperio se encontraba en crisis. Y las viejas tradiciones caían cada vez en mayor desuso.

Para un romano tradicional, resultaba claro que una de las razones por las que todo esto sucedía era que el pueblo había abandonado el culto de sus dioses. Cuando todos adoraban a los dioses, las cosas parecían marchar mucho mejor, y la gloria y el poderío de Roma eran cada vez mayores. En consecuencia, cabría pensar que lo que estaba sucediendo era que, puesto que Roma les estaba retirando su culto, los dioses a su vez le estaban retirando su favor al viejo Imperio. En ese caso, una de las medidas que se imponían en el intento de restaurar la vieja gloria de Roma era la restauración de los viejos cultos. Si todos los súbditos del Imperio volvían a adorar a los dioses, posiblemente los dioses volverían a favorecer al Imperio.

Esta fue la principal razón de la política religiosa de Decio. No se trataba ya de los viejos rumores acerca de las prácticas nefandas de los cristianos, ni de la necesidad de castigar su obstinación, sino que se trataba mas bien de una campaña religiosa que buscaba la restauración de los viejos cultos. En último análisis, lo que estaba en juego era la supervivencia de la vieja Roma de los Césares, con sus glorias y sus dioses. Todo lo que se opusiera a esto sería visto como falta de patriotismo y alta traición.

Dada la razón de la política de Decio, la persecución que este emperador desató tuvo características muy distintas de las anteriores. El propósito del emperador no era crear mártires, sino apóstatas. Casi cincuenta años antes, Tertuliano había dicho que la sangre de los mártires era semilla, pues mientras más se le derramaba más cristianos había. Las muertes ejemplares de los mártires de los primeros años no podían sino conmover a quienes las presenciaban, y por tanto a la larga favorecían la diseminación del cristianismo. Si, por otra parte, se lograba que algún cristiano, ante la amenaza de muerte o el dolor de la tortura, renunciase de su fe, ello constituiría una victoria en la política imperial de restaurar el paganismo.

Aunque el edicto de Decio que inició la persecución no se ha conservado, resulta claro que lo que Decio ordenó no fue que se destruyera a los cristianos, sino que era necesario volver al culto de los viejos dioses. Por mandato imperial, todos tenían que sacrificar ante los dioses y quemar incienso ante la estatua del emperador. Quienes así lo hicieran, obtendrían un certificado como prueba de ello. Y quienes carecieran de tal certificado serían tratados como criminales que habían desobedecido el mandato imperial.

Como era de suponerse, este mandato imperial tomó a los cristianos por sorpresa. Las generaciones que se habían formado bajo el peligro constante de la persecución habían pasado, y las nuevas generaciones no estaban listas a enfrentarse al martirio. Algunos corrieron a obedecer el edicto imperial tan pronto como supieron de él. Otros permanecieron firmes por algún tiempo, pero cuando fueron llevados ante los tribunales ofrecieron sacrificio ante los dioses. Otros, quizá más astutos, se valieron de artimañas y del poder del oro para obtener certificados falsos sin haber sacrificado nada. Otros, en fin, permanecieron firmes, y se dispusieron a afrontar las torturas más crueles que sus verdugos pudieran imponerles.

Puesto que el propósito de Decio era obligar a las gentes a sacrificar, fueron relativamente pocos los que murieron durante esta persecución. Lo que se hacía era más bien detener a los cristianos y, mediante una combinación de promesas, amenazas y torturas, hacer todo lo posible para obligarles a abjurar de su fe. Fue bajo tales circunstancias que Orígenes sufrió las torturas que hemos mencionado en el capítulo anterior, y que a la postre causaron su muerte. Y el caso de Orígenes se repitió centenares de veces en todas partes del Imperio. Ya no se trataba de una persecución esporádica y local, sino más bien sistemática y universal, como lo muestra el hecho de que se han conservado certificados comprobando sacrificios ofrecidos en los lugares más recónditos del Imperio.

Todo esto dio origen a una nueva dignidad en la iglesia, la de los “confesores”. Hasta entonces, quienes eran llevados ante los tribunales y permanecían firmes en su fe terminaban su vida en el martirio. Los que sacrificaban ante los dioses eran apóstatas. Pero ahora, con la nueva situación creada por el edicto de Decio, apareció un grupo de aquellos que permanecían firmes en la fe, pero cuya firmeza no llevaba a la corona del martirio. A estas personas que habían confesado la fe en medio de las torturas se les dio el titulo de “confesores”.

La persecución de Decio no duró mucho. En el año 251 Galo sucedió a Decio, y la persecución disminuyó. Seis años más tarde, bajo Valeriano, antiguo compañero de Decio, hubo una nueva persecución. Pero cuando en el año 260 los persas hicieron prisionero a Valeriano, la iglesia gozó de nuevo de una paz que duró mas de cuarenta años.

A pesar de su breve duración, la persecución de Decio fue una dura prueba para la iglesia. Esto se debió, no sólo al hecho mismo de la persecución, sino también a las nuevas cuestiones a que los cristianos tuvieron que enfrentarse después de la persecución.

En una palabra, el problema que la iglesia confrontó era la cuestión de qué hacer con los “caídos”, con los que de un modo u otro habían sucumbido ante los embates de la persecución. El problema se agravaba por varias razones. Una de ellas era que no todos habían caído de igual modo o en igual grado. Difícilmente podría equipararse el caso de quienes habían corrido a sacrificar ante los dioses tan pronto como habían oído acerca del edicto imperial con el de los que se habían valido de diversos medios para procurarse certificados, pero nunca habían sacrificado. Había otros que, tras un momento de debilidad en el cual se habían rendido ante las amenazas de las autoridades, querían volver a unirse a la iglesia mientras duraba todavía la persecución, sabiendo que ello probablemente les costaría la libertad y quizá la vida.

Dado el gran prestigio de los confesores, algunos pensaban que eran ellos quienes tenían la autoridad necesaria para restaurar a los caídos a la comunión de la iglesia. Algunos confesores, particularmente en el norte de Africa, reclamaron esa autoridad, y comenzaron a desempeñarla. A esto se oponían muchos de los obispos, para quienes era necesario que el proceso de restauración de los caídos se hiciera con orden y uniformidad, y quienes por tanto insistían en que sólo la jerarquía de la iglesia tenía autoridad para regular esa restauración. Por último, había quienes pensaban que toda la iglesia estaba cayendo en una laxitud excesiva, y que se debía tratar a los caídos con mucho mayor rigor.

La cuestión de los caídos: Cipriano y Novaciano

En el debate que surgió en torno de esta cuestión, dos personajes se distinguen por encima de los demás: Cipriano de Cartago y Novaciano de Roma.

Cipriano se había convertido cuando tenía unos cuarenta años de edad, y poco tiempo después había sido electo obispo de Cartago. Su teólogo favorito era Tertuliano, a quien llamaba “el maestro”. Al igual que Tertuliano, Cipriano era ducho en retórica, y sabía exponer sus argumentos de forma aplastante. Sus escritos, muchos de los cuales se conservan hasta el día de hoy, son preciosas joyas de la literatura cristiana del siglo tercero.

Cipriano había sido hecho obispo muy poco tiempo antes de estallar la persecución, y cuando ésta llegó a Cartago, Cipriano pensó que su deber era huir a un lugar seguro, con algunos otros dirigentes de la iglesia, y desde allí seguir pastoreando a su grey mediante una correspondencia nutrida. Como era de suponerse, muchos vieron en esta decisión un acto de cobardía. El clero de Roma, por ejemplo, que acababa de perder a su obispo en la persecución, le escribió pidiéndole cuentas de su actitud. Cipriano insistió en que su exilio era la decisión más sabia para el bien de su grey, y que era por esa razón que había decidido huir, y no por cobardía. De hecho, su valor y convicción quedaron probados pocos años más tarde, cuando Cipriano ofreció su vida como mártir. Pero por lo pronto su propia autoridad quedaba puesta en duda, pues los confesores, que habían sufrido por su fe, parecían tener más autoridad que él.

Algunos de los confesores deseaban que los caídos que querían volver a la iglesia fueran admitidos inmediatamente, sólo a base de su arrepentimiento. Pronto varios presbíteros que habían tenido otros conflictos con Cipriano se unieron a los confesores, y se produjo un cisma que dividió a la iglesia de Cartago y de toda la región circundante.

Cipriano entonces convocó a un sínodo —es decir, una asamblea de los obispos de la región— que decidió que quienes habían comprado u obtenido certificados sin haber sacrificado podían ser admitidos a la comunión inmediatamente si mostraban arrepentimiento. Los que habían sacrificado no serían admitidos sino en su lecho de muerte, o cuando una nueva persecución les diera oportunidad de mostrar la sinceridad de su arrepentimiento. Los que habían sacrificado y no se arrepentían, no serían admitidos jamás, ni siquiera en su lecho de muerte. Por último, los miembros del clero que habían sacrificado serían depuestos inmediatamente. Con estas decisiones terminó la controversia, aunque el cisma continuó por algún tiempo. La principal razón por la que Cipriano insistía en la necesidad de regular la admisión de los caídos a la comunión de la iglesia era su propio concepto de la iglesia. La iglesia es el cuerpo de Cristo, que ha de participar de la victoria de su Cabeza. Por ello, “fuera de la iglesia no hay salvación”, y “nadie que no tenga a la iglesia por madre puede tener a Dios por padre”. En su caso, esto no quería decir que hubiera que estar de acuerdo en todo con la jerarquía de la iglesia —Cipriano mismo tuvo sus disputas con la jerarquía de la iglesia de Roma— pero sí implicaba que la unidad de la iglesia era de suma importancia. Puesto que las acciones de los confesores amenazaban con quebrantar esa unidad, Cipriano se sentía obligado a rechazar esas acciones e insistir en que fuera un sínodo el que decidiera lo que habría de hacerse con los caídos.

Además, no hemos de olvidar que Cipriano era fiel admirador de Tertuliano, cuyas obras estudiaba con asiduidad. El espíritu rigorista de Tertuliano se hacía sentir en Cipriano y en su insistencia en que los caídos no fueran admitidos de nuevo a la comunión de la iglesia con demasiada facilidad. La iglesia debía ser una comunidad de santos, y los idólatras y apóstatas no tenían lugar en ella.

Mucho más rigorista que Cipriano era Novaciano, quien en Roma se oponía a la facilidad con que el obispo Cornelio admitía de nuevo a la comunión a los que habían caído. Años antes, había habido un conflicto semejante en la misma ciudad de Roma, cuando Hipólito —a quien hemos de referirnos en el próximo capítulo como exponente del culto cristiano— rompió con el obispo Calixto porque éste estaba dispuesto a perdonar a los que habían fornicado y regresaban arrepentidos. En aquella ocasión, el resultado fue un cisma, de modo que llegó a haber dos obispos rivales en Roma.

También ahora, en el caso de Novaciano, se produjo otro cisma, pues Novaciano insistía en que la iglesia debía ser pura, y las acciones de Cornelio al admitir a los caídos la mancillaban. El cisma de Hipólito no había durado mucho; pero el de Novaciano perduraría por varias generaciones. La importancia de todo esto es que muestra cómo la cuestión de la restauración de los caídos fue una de las preocupaciones principales de la iglesia occidental —es decir, de la iglesia en la parte del Imperio que hablaba el latín— desde fecha muy temprana. La cuestión de qué debía hacerse con los que pecaban después de su bautismo dividió a la iglesia occidental en repetidas ocasiones. De esa preocupación surgió todo el sistema penitencial de la iglesia. Y a la larga la Reforma Protestante fue en su esencia una protesta contra ese sistema. Todo esto, empero, pertenece a otros lugares en esta historia.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 103–110). Miami, FL: Editorial Unilit.

Los maestros de la iglesia 9

Los maestros de la iglesia 9

Quien no ha aprendido la palabra, puede
escudarse tras su propia ignorancia. Pero quien
la ha escuchado, y persiste en su incredulidad,
recibirá más daño mientras mayor sea su sabiduría.

Clemente de Alejandría

a1Afines del siglo segundo, y principios del tercero, floreció toda una generación de notabilísimos pensadores cristianos. Esto se debió en parte al reto de las herejías que hemos discutido en el capítulo anterior —y, en algunos casos, de otras que mencionaremos según sea necesario en el curso de nuestra narración— y en parte también a que, gracias a la obra de Justino y otros como él, se iba haciendo más fácil construir puentes entre la fe cristiana y la cultura de la época.

Durante los primeros años de vida de la iglesia, lo que los cristianos escribían se dirigía normalmente hacia algún problema o cuestión específica, y por tanto se nos hace difícil reconstruir la totalidad de su pensamiento.

Esto es cierto, por ejemplo, de las epístolas de Pablo. Por ellas sabemos que Pablo era un escritor y pensador de mucha habilidad, y estudiándolas podemos llegar a conocer mucho del pensamiento paulino. Pero cada una de estas epístolas está escrita en circunstancias concretas, y Pablo se dirige a esas circunstancias. Por lo tanto, las epístolas de Pablo no nos dan un cuadro completo de toda la teología paulina.

Sabemos, por ejemplo, lo que Pablo pensaba acerca de la resurrección, porque en la iglesia de Corinto había ciertas dudas al respecto, y el apóstol trató de responder a esas dudas. Pero acerca de muchas otras cuestiones no nos es posible conocer el pensamiento de Pablo, sencillamente porque el apóstol nunca tuvo ocasión de discutirlas en sus cartas. Lo mismo es cierto de todos los escritos cristianos del siglo primero, y de la primera mitad del segundo. Las epístolas de Ignacio nos ofrecen preciosos panoramas de su visión del martirio. Pero fueron escritas durante un período de no más de dos semanas, y por tanto sería injusto esperar encontrar en ellas toda una exposición de la fe cristiana.

Pero durante la segunda mitad del siglo segundo, ante el reto de los gnósticos y de Marción, fue necesario que algunos cristianos trataran acerca de la totalidad de la fe cristiana. En efecto, podría decirse que los gnósticos fueron los primeros teólogos que trataron de sistematizar toda la doctrina cristiana. En ese intento de sistematización, tergiversaron esa doctrina de tal modo que los demás cristianos la vieron amenazada y se dedicaron a refutar las especulaciones de los herejes. Dado el vasto alcance de esas especulaciones, las obras que los cristianos escribieron contra ellas tuvieron que tener el mismo alcance, y así surgieron los primeros escritos que nos dan una idea de la totalidad de la teología cristiana en los primeros siglos. Estos escritos son las obras de Ireneo de Lión, Clemente de Alejandría, Tertuliano de Cartago y Orígenes, también de Alejandría.

Ireneo de Lión

Ireneo era natural de Asia Menor —probablemente de Esmirna— donde nació alrededor del año 130 y donde fue también discípulo del obispo Policarpo, acerca de cuyo martirio hablamos en el capítulo anterior. Durante toda su vida, Ireneo fue admirador ferviente de su maestro Policarpo, y en sus escritos se refiere repetidamente a las enseñanzas de un “anciano” —o presbítero— cuyo nombre no menciona, pero que parece ser Policarpo. En todo caso, por razones que desconocemos Ireneo se trasladó a Lión, en lo que hoy es Francia. Allí llegó a ser presbítero de la iglesia, que le envió a Roma con una carta para el obispo de esa ciudad. Ireneo estaba en Roma cuando tuvo lugar la persecución en Lión y Viena que hemos discutido anteriormente. En esa persecución, el obispo Fotino entregó su vida como mártir, y por tanto cuando Ireneo regresó a Lión quedó a cargo de la dirección espiritual de la iglesia, que le eligió para que fuese su obispo.

Ireneo era ante todo un pastor. Su interés no estaba en la especulación filosófica, ni en descubrir secretos recónditos hasta entonces desconocidos, sino en dirigir a su grey en la sana doctrina y la vida correcta. Por lo tanto, sus escritos no intentan elevarse en altos vuelos especulativos, sino que pretenden sencillamente refutar a los herejes e instruir a los creyentes. Aunque Ireneo compuso otros escritos, son dos las obras suyas que se conservan: La demostración de la fe apostólica y La refutación de la falsa gnosis, esta última mejor conocida como Contra las herejías. En la primera de estas obras, Ireneo está tratando de instruir a su grey sobre algunos puntos de la fe cristiana. En la segunda, está tratando de refutar a los gnósticos. En ambas, Ireneo se limita a exponer la fe que ha recibido de sus maestros, sin tratar de adornarla con especulaciones de su propia cosecha. Por tanto, mucho más que cualquiera de los otros teólogos que hemos de estudiar aquí, Ireneo nos muestra lo que era la doctrina común de la iglesia hacia fines del siglo segundo.

De igual modo que Ireneo es ante todo pastor, él mismo concibe a Dios como un pastor. Dios es un ser amante que crea el mundo y a la humanidad, no por necesidad ni por error —como pretendían los gnósticos— sino por razón de su propio deseo de tener una creación a la cual amar y a la cual dirigir, como el pastor dirige la grey hacia el redil. Desde esta perspectiva, toda la historia aparece como el proceso mediante el cual el divino pastor va dirigiendo su creación hacia la consumación final.

La corona de la creación de Dios es la criatura humana. El ser humano fue creado desde el principio como un ser libre y por tanto responsable. Esa libertad es tal, que mediante ella podemos conformarnos más y más a la voluntad y a la naturaleza divinas, y gozar de una comunión siempre creciente con nuestro creador. Pero, por otra parte, la criatura humana no fue creada desde un principio en toda su perfección. Como pastor que es, Dios colocó a la primera pareja en el paraíso, no en un estado de perfección, sino “como niños”. Lo que esto quiere decir es que Dios tenía el propósito de que el ser humano de tal modo creciera en comunión con él que a la larga llegara a estar aun por encima de los ángeles.

Los ángeles son seres superiores a nosotros sólo provisionalmente. Cuando se cumpla en la humanidad el propósito divino, los seres humanos estaremos por encima de los ángeles, pues gozaremos de una comunión con Dios más estrecha que la de ellos. La función de los ángeles es semejante a la del tutor que ha de dirigir los primeros pasos de un príncipe. Aunque por el momento el tutor está por encima del príncipe, a la larga le quedará supeditado.

Dios creó entonces a la humanidad “como niños”, para que fuera creciendo y acostumbrándose a la comunión con él. Además de los ángeles, Dios contaba con sus dos “manos” —el Verbo y el Espíritu Santo— para dirigir e instruir a la humanidad. Guiados por esas manos, los seres humanos hemos de recibir instrucción y crecimiento, preparándonos cada vez más para una comunión más y más íntima con Dios. Esto es lo que Ireneo llama “divinización”.

El propósito último de Dios es hacernos cada vez más semejantes a él. Esto no quiere decir que de algún modo nos disolvamos en la divinidad, ni que lleguemos a ser iguales a Dios. Al contrario, Dios se encuentra tan por encima de nosotros que por mucho que crezcamos en nuestra semejanza a él siempre nos quedará más camino por andar.

Empero uno de los ángeles, Satanás, sintió celos del destino tan elevado que Dios reservaba para la criatura humana, y por tanto tentó e hizo pecar a Adán y Eva. Como resultado del pecado, la criatura humana fue expulsada del paraíso, y su crecimiento quedó torcido. Por lo tanto, la historia tal como se ha desarrollado es resultado del pecado. Pero, si bien el contenido concreto de la historia de la humanidad es resultado del pecado, el hecho de que haya historia no lo es. Dios siempre tuvo el propósito de que hubiera historia. El paraíso no era sino el punto de partida en los propósitos de Dios para con la humanidad.

Lo mismo puede decirse con respecto a la encarnación de Dios en Jesucristo. La encarnación no es el resultado del pecado humano. Al contrario, desde un principio Dios tenía el propósito de unirse a la humanidad como lo ha hecho en Jesucristo. De hecho, el Verbo encarnado fue el modelo que Dios utilizó al crear al ser humano según su “imagen y semejanza”. Adán y Eva fueron creados para que, tras un proceso de crecimiento e instrucción, llegaran a ser como el Verbo que habría de encarnarse. Por razón del pecado, lo que ha sucedido es que la encarnación ha tomado otro propósito, y ha venido a ser también remedio contra el pecado y medio para la derrota de Satanás.

Aun antes de la encarnación, y desde el momento mismo del primer pecado, Dios ha estado dirigiendo a la humanidad hacia una comunión más íntima con él. Por ello es que Dios maldice a la serpiente y a la tierra, mientras que sólo castiga al hombre y la mujer. En el momento mismo de las maldiciones, Dios continúa llevando a cabo sus propósitos redentores.

En esos propósitos, el pueblo de Israel juega un papel importantísimo, pues es en la historia del pueblo escogido que las manos de Dios han continuado su obra de ir preparando a la humanidad para la comunión con Dios. Por tanto, el Antiguo Testamento no es la revelación de un Dios ajeno a la fe cristiana, sino que es la historia de cómo Dios ha continuado sus propósitos redentores aun después del pecado de Adán y Eva.

Por fin, al llegar el momento adecuado, cuando la humanidad había recibido la preparación necesaria, el Verbo se encarnó en Jesucristo. Jesús es el “segundo Adán” porque en su vida, muerte y resurrección se ha creado una nueva humanidad, y en todas sus acciones Jesús ha ido corrigiendo el mal que fue hecho en el primer pecado. Pero, más que eso, Jesús ha derrotado al maligno, y nos ha hecho posible vivir en una nueva libertad. Quienes están unidos a él mediante el bautismo, la fe y la comunión participan de su victoria. Jesucristo es literalmente la cabeza de la iglesia, que es su cuerpo. El cuerpo se nutre mediante la adoración —particularmente la eucaristía— y de tal modo está unido a la cabeza que ya va recibiendo los beneficios de la victoria de Cristo. En su resurrección ha comenzado la resurrección final, de la que todos los que forman parte de su cuerpo serán partícipes.

Cuando llegue la consumación final, y el Reino de Dios se establezca, esto no querrá decir que la tarea de Dios como pastor habrá terminado. Al contrario, la humanidad redimida continuará creciendo en comunión con Dios, y el proceso de divinización continuará por toda la eternidad, llevándonos siempre más cerca de Dios.

En resumen, la teología de Ireneo consiste en una grandiosa y amplísima visión de la historia, de tal modo que los propósitos de Dios van cumpliéndose a través de ella. En esa historia, el punto central es la encarnación de Jesucristo, no sencillamente porque él haya venido a enderezar la torcida carrera de la humanidad, sino también y sobre todo porque desde el mismo momento de la creación ya Dios proyectaba la encarnación como punto culminante de su obra. El propósito de Dios es unirse al ser humano, y esto ha ocurrido en Jesucristo de un modo inigualable.

Clemente de Alejandría

Muy distintos son los intereses y la teología de Clemente de Alejandría. Al parecer, Clemente era natural de Atenas, la ciudad que durante siglos había sido famosa por sus filósofos. Sus padres eran paganos; pero el joven Clemente se convirtió de algún modo que desconocemos, y se lanzó entonces en búsqueda de quien pudiese enseñarle más acerca del cristianismo. Tras viajar por buena parte del Mediterráneo, encontró en Alejandría un maestro que le satisfizo. Este maestro era Panteno, de quien es poco lo que sabemos. Pero en todo caso Clemente permaneció en Alejandría, y sucedió a Panteno a la muerte de su maestro. En el año 202, a causa de la persecución de Septimio Severo —a la que hemos de referirnos en el próximo capítulo—, Clemente se vio obligado a abandonar Alejandría, y anduvo por varias regiones del Mediterráneo oriental —particularmente Siria y Asia Menor— hasta su muerte, que tuvo lugar alrededor del año 215. Alejandría, donde Clemente recibió su formación teológica y donde primero ejerció su magisterio, era el centro donde se daban cita todas las diversas doctrinas que circulaban en esa época, y era también por tanto el centro de la fiebre sincretista que hemos mencionado en repetidas ocasiones. Acerca de esto tenemos un testimonio interesantísimo en lo que el emperador Adriano le escribe a su cuñado el cónsul Serviano acerca del Egipto, cuya capital era Alejandría: Queridísimo Serviano, el Egipto que tanto me alababas me parece ser ligero, vacilante y mariposeador entre los rumores de cada momento. Los que adoran a Serapis son cristianos. Y los que se dan el título de obispos de Cristo son devotos de Serapis. No hay jefe de la sinagoga de los judíos, ni samaritano, ni presbítero cristiano, que no sea también numerólogo, adivino y saltimbanqui. […] Son gente altamente sediciosa, vana e injuriosa, y su ciudad es opulenta, rica, fecunda. En ella nadie está ocioso. Unos soplan vidrio, y otros fabrican papel, y todos parecen ser tejedores de lino o tener algún oficio. Tienen trabajo los gotosos, los mutilados, los ciegos, y hasta los inválidos. El único Dios de todos ellos es el dinero, a quien adoran los cristianos, los judíos y toda clase de gente.

Por el resto de la carta de Adriano, sabemos que estaba enojado con los alejandrinos, y por ello todo lo que había visto en aquella ciudad le parecía mal. Hasta el hecho de que todos estuvieran ocupados le daba ocasión para criticar la vida de los alejandrinos. Pero aun descontando la mala voluntad del emperador, esta carta nos da la impresión de una ciudad rica, con gran actividad comercial e intelectual, en la que por tanto se mezclaban y confundían toda suerte de doctrinas.

Por otra parte, Adriano no menciona las verdaderas glorias de Alejandría. Además de su faro, que era una de las siete maravillas de la antigüedad, Alejandría contaba con su famosísima biblioteca y con su Museo o templo de las musas, es decir, algo así como una universidad. Allí se daban cita los más distinguidos pensadores del momento, y por tanto Alejandría era conocida en todo el Imperio como el centro de la vida intelectual del Mediterráneo.

Fue en esa ciudad que Clemente halló a Panteno, y formó su teología. Por tanto, no ha de extrañarnos el que su propio pensamiento muestre notables afinidades hacia el pensamiento filosófico de su época. Además, Clemente no fue pastor como Ireneo, sino maestro, y maestro de intelectuales. Por tanto, lo que él busca no es tanto exponer la fe tradicional de la iglesia, ni guiar a todo el rebaño de tal modo que evite caer en las redes de las herejías, sino más bien ayudar a quienes buscan las verdades más profundas, y convencer a los intelectuales paganos de que el cristianismo no es después de todo la religión absurda que sus enemigos pretenden.

En su Exhortación a los paganos, Clemente da muestras de su método teológico al apelar a Platón y otros filósofos. “Busco conocer a Dios, y no sólo las obras de Dios. ¿Quién me ayudará en mi búsqueda? […] ¿Cómo entonces, oh Platón, ha de buscarse a Dios?” El propósito de Clemente en este pasaje es mostrarles a sus lectores paganos que buena parte de las doctrinas cristianas encuentra apoyo en las enseñanzas de Platón. De ese modo los paganos podrán acercarse al cristianismo sin creer que se trata, como decían muchos, de una religión de gentes ignorantes y supersticiosas.

Pero la razón por la que Clemente apela a Platón no es sólo la conveniencia del argumento. Clemente está convencido de que la verdad es una sola, y que por tanto cualquier verdad que Platón haya conocido no puede ser distinta de la verdad que se ha revelado en Jesucristo y en las Escrituras. Según él, la filosofía les ha sido dada a los griegos de igual modo que la Ley les ha sido dada a los judíos. Y tanto la filosofía como la Ley tienen el propósito de llevar a la verdad última, que nos ha sido revelada en Jesucristo. Los filósofos son a los griegos lo que los profetas fueron a los judíos. Con los judíos Dios ha establecido el pacto de la Ley; y con los griegos, el de la filosofía.

¿Cómo entonces hemos de coordinar lo que nos dicen los filósofos con lo que nos dicen las Escrituras? A simple vista, parece haber una enorme distancia entre ambos. Pero según Clemente un estudio cuidadoso de las Escrituras nos llevará a las mismas verdades que los filósofos enseñaron. Esto se debe a que todas las Escrituras están escritas en alegorías o, como dice Clemente, en parábolas. El texto sagrado tiene siempre más de un sentido. El sentido literal no ha de despreciarse. Pero quien se queda en él es como el niño que se contenta con beber leche, y nunca llega a ser adulto. Más allá del sentido literal se encuentran otros sentidos que el verdadero sabio ha de descubrir.

La relación entre la fe y la razón es muy estrecha, pues una no puede funcionar sin la otra. La razón siempre construye sus argumentos sobre la base de ciertos principios que ella misma no puede demostrar, pero que acepta por fe. Para el sabio, la fe ha de ser entonces el primer principio, el punto de partida, sobre el cual la razón ha de construir sus edificios. Pero el cristiano que se queda en la fe, al igual que el que no va más allá del sentido literal de las Escrituras, es como el niño de leche, que no puede crecer por falta de alimento sólido.

Frente a tales personas, que se contentan con los rudimentos de la fe, se encuentra el sabio o, como dice Clemente, el “verdadero gnóstico”. El sabio va más allá del sentido literal de las Escrituras, y de los rudimentos de la fe. El propio Clemente concibe entonces su propia tarea, no como la del pastor que guía a la grey, sino como la del “verdadero gnóstico” que dirige a otros de iguales inclinaciones. Naturalmente, esto tiende a producir una teología de tipo elitista, y Clemente ha sido criticado frecuentemente por esa tendencia en su pensamiento.

En cuanto al contenido mismo de la teología de Clemente, hemos de decir poco. Aunque él piensa estar sencillamente interpretando las Escrituras, su exégesis alegórica le hace posible encontrar en ellas ideas y doctrinas que vienen más bien de la tradición platónica. Dios es el Uno Inefable, acerca del cual es imposible decir cosa alguna en sentido recto. Todo lo que podemos decir de Dios consiste en negarle todo límite. Lo demás es lenguaje metafórico, que nos resulta útil porque no tenemos otro, pero que sin embargo no describe a Dios.

Este Uno Inefable se nos da a conocer en el Verbo, que les reveló a los filósofos y a los profetas toda la verdad que supieron, y que últimamente se ha encarnado en Jesucristo. En todo esto, Clemente sigue a Justino, y en cierta medida al filósofo judío alejandrino Filón, a quien nos hemos referido anteriormente. Pero su énfasis en la encarnación del Verbo hace que su teología sea cristocéntrica. Por otra parte, la importancia de Clemente no está en lo que haya dicho sobre tal o cual doctrina, sino en el modo en que su pensamiento es característico de todo un ambiente y tradición que se forjaron en la ciudad de Alejandría, y que sería de gran importancia para el curso posterior de la teología. Más adelante en este capítulo, al tratar acerca de Orígenes, veremos el contenido de esta teología en toda su madurez, y por tanto no es necesario que nos detengamos aquí a exponerlo. Baste decir que se trata de un tipo de teología cuya preocupación fundamental consiste en construir puentes entre la fe cristiana y la cultura que la rodea. Es una teología construida más para las gentes cultas que para las masas.

Tertuliano de Cartago

Todo lo contrario sucede en el caso de Tertuliano. Al parecer, Tertuliano nació en la ciudad africana de Cartago alrededor del año 150. Pero fue en Roma, cuando contaba unos cuarenta años, que se convirtió al cristianismo. Algún tiempo después regresó a su ciudad natal, donde se dedicó a escribir en defensa de la fe contra los paganos, y en defensa de la ortodoxia contra los herejes. Puesto que al parecer era abogado —o al menos había sido adiestrado en la ciencia retórica, y en los procedimientos que usaban los abogados— toda su obra lleva el sello de una mente legal. Más arriba (página 57) hemos citado su comentario acerca de la “sentencia injusta” de Trajano. Al leer esas líneas, nos viene a la mente la imagen de un abogado que apela a un tribunal superior contra la sentencia injusta de un tribunal inferior. En otro tratado, escrito también contra los paganos, y que lleva por título El testimonio del alma, Tertuliano coloca al alma pagana en el banquillo del testigo y, tras interrogarla al estilo de un abogado en un juicio, llega a la conclusión de que aun el alma pagana es “por naturaleza cristiana”, y que si persiste en rechazar el cristianismo ello es por obstinación y ceguedad.

Sin embargo, la obra en que de veras puede verse el espíritu legal de Tertuliano es su Prescripción contra los herejes. En el lenguaje legal de la época, el término “prescripción” tenía al menos dos sentidos. En primer lugar, una “prescripción” era un argumento legal que se presentaba antes del caso mismo, para demostrar que el juicio no tenía lugar. Si, aun antes de comenzar a debatir lo que se pleiteaba, una de las partes podía probar que la otra no tenía derecho a presentar demanda, o que la demanda no estaba en regla, o que el tribunal no tenía jurisdicción, se cancelaba el juicio. El otro sentido de la palabra “prescripción” aparecía por lo general en la frase “prescripción de largo tiempo”. Lo que esto quería decir era que si alguien había estado en posesión de una propiedad o de un derecho por cierto tiempo, y nadie se lo había disputado, esa persona quedaba en posesión legal de la propiedad o del derecho en cuestión, aunque apareciese después quien se lo disputara.

Tertuliano utiliza el término en ambos sentidos, como si se tratara de un pleito entre la iglesia ortodoxa y los herejes. Su propósito es demostrar, no sencillamente que los herejes no tienen razón o que están equivocados, sino aun más, que ni siquiera tienen derecho a entrar en discusión con los ortodoxos. En efecto, las Escrituras son propiedad de la iglesia.

Durante varias generaciones, la iglesia las ha utilizado sin que nadie se las dispute. Aun cuando no fueran originalmente su propiedad, ya de hecho lo son. Por tanto, los herejes no tienen derecho alguno a utilizarlas. Los herejes han llegado a última hora y pretenden cambiar lo que por su origen y por prescripción de largo tiempo pertenece a la iglesia. Que las Escrituras son propiedad de la iglesia, puede mostrarse fácilmente con sólo mirar a las iglesias apostólicas, donde esas Escrituras han sido leídas e interpretadas de igual manera desde tiempos de los apóstoles. Roma, por ejemplo, puede mostrar una línea ininterrumpida de obispos que se remonta hasta los apóstoles Pedro y Pablo. Y lo mismo puede decirse de Antioquía y de varias otras iglesias. Todas estas iglesias apostólicas concuerdan en su uso e interpretación de las Escrituras, según han venido haciéndolo desde sus principios. Además, por sus propios orígenes los escritos de los apóstoles son propiedad de esas iglesias, pues fue a ellas que los apóstoles se los legaron. Todo esto quiere decir que, si las Escrituras son propiedad de la iglesia, los herejes no tienen derecho a discutir con los ortodoxos sobre la base de las Escrituras. Aquí aparece la “prescripción,’ en el otro sentido. Si los herejes no tienen derecho a interpretar las Escrituras, toda discusión con ellos acerca de esa interpretación está de más. La iglesia, dueña de las Escrituras, es la única que tiene derecho a utilizarlas y emplearlas.

Este argumento contra los herejes, utilizado por primera vez por Tertuliano, ha sido empleado repetidamente en ocasiones posteriores contra toda clase de disidentes. Por cierto, fue uno de los principales argumentos utilizados por los católicos contra los protestantes a partir del siglo XVI. En el caso de Tertuliano, sin embargo, debemos notar que la razón última por la que la iglesia tiene derecho a las Escrituras es que puede mostrar una uniformidad, no sólo de sucesión formal, sino también de doctrina, a través de todas las generaciones a partir de los apóstoles. Esto era precisamente lo que se discutía en el siglo XVI, pues los protestantes decían que la iglesia católica se había apartado de su propia doctrina inicial.

Pero el espíritu legalista de Tertuliano va mucho más allá de estos argumentos. En efecto, Tertuliano piensa que la promesa bíblica en el sentido de que quien busca ha de hallar quiere decir que, una vez que uno ha encontrado la fe cristiana, toda búsqueda ha de cesar. Para el cristiano, entonces, toda búsqueda es una falta de fe.

Has de buscar hasta que encuentres, y una vez que lo hayas encontrado, has de creer. A partir de entonces, todo lo que tienes que hacer es guardar lo que has creído. Y además has de creer que nada más hay que haya de ser creído, ni nada más que haya de buscarse. (Prescripción, 9.)

Esto quiere decir que basta con la “regla de fe” de la iglesia, y que toda otra búsqueda es peligrosa. Naturalmente, Tertuliano sí permite que los cristianos traten de aprender más acerca de esa regla de fe. Pero todo lo que se salga de ella, o lo que venga de otras fuentes, ha de rechazarse. Esto es particularmente cierto de la filosofía pagana, ante la cual Tertuliano toma una posición radicalmente opuesta a la de Clemente. Más arriba (página 72) hemos citado sus palabras contrastando a Atenas con Jerusalén. La misma actitud prevalece en su opinión acerca de la dialéctica, es decir, del método de la filosofía.

¡Miserable Aristóteles, quien les ha dado la dialéctica! Les dio el arte de construir para derribar, un arte de sentencias resbalosas y de argumentos crudos, […] que sirve para rechazarlo todo, y que en fin de cuentas no trata de nada (Prescripción, 7).

En resumen, Tertuliano se opone a toda especulación. Hablar por ejemplo, de lo que Dios puede hacer sobre la base de su omnipotencia, es perder el tiempo y arriesgarse a caer en el error. Lo que hemos de preguntarnos es, no qué podría Dios hacer, sino qué es lo que en efecto Dios ha hecho. Esto es lo que enseña la iglesia. Esto es lo que se encuentra en las Escrituras. Lo demás es curiosidad ociosa y por demás peligrosa.

Pero esto no implica que Tertuliano no sea capaz de utilizar argumentos lógicos contra sus adversarios. Al contrario, la lógica de Tertuliano es a menudo aplastante, como hemos visto en el caso de la Prescripción. Pero el vigor de sus argumentos se encuentra, mas que en su lógica, en su habilidad retórica, que llega hasta el sarcasmo. A Marción, por ejemplo, Tertuliano le dice que el Dios de la iglesia ha creado todo este mundo con sus maravillas, y entonces reta a su contrincante a que le muestre siquiera un triste vegetal hecho por su dios. Y luego le pregunta sarcásticamente en qué se ocupaba su dios antes de revelarse hace unos pocos años. ¿Es que no amaba a la humanidad hasta última hora? De este modo, mediante una inigualable combinación de ironía mordaz con una lógica inflexible, Tertuliano se convirtió en el azote de los herejes y campeón de la ortodoxia.

Y sin embargo, alrededor del año 207 aquel rudo enemigo de los herejes, aquel tenaz defensor de la autoridad de la iglesia, se unió al movimiento montanista, que el resto de los cristianos consideraba herético. Ese paso dado por Tertuliano es uno de los misterios insolubles de la historia de la iglesia, pues sus propios escritos y los demás documentos de la época nos dicen poco acerca de sus motivaciones. Por tanto, es imposible decir a ciencia cierta por qué Tertuliano se hizo montanista. Pero sí podemos, mediante el estudio del montanismo y del carácter de Tertuliano, ver algo de la afinidad que existía entre ambos.

El montanismo recibe ese nombre de su fundador, Montano, quien había sido sacerdote pagano hasta su conversión alrededor del año 155. Algún tiempo después, Montano comenzó a profetizar, diciendo que había sido poseído por el Espíritu Santo. Pronto se le unieron dos mujeres, Priscila y Maximila. Esto en sí no era nuevo, pues en esa época todavía continuaba la práctica de permitirles a quienes recibían ese don que profetizaran en las iglesias. Lo que sí se acostumbraba —y se había acostumbrado desde el principio— era asegurarse de que lo que tales profetas decían concordaba con la doctrina cristiana. En el caso de Montano y sus seguidores, pronto las autoridades eclesiásticas comenzaron a tener dudas, pues los montanistas decían que con ellos había comenzado una nueva era. De igual modo que en Jesucristo se había iniciado una nueva edad, ahora estaba sucediendo lo mismo con la dádiva del Espíritu Santo a los montanistas. Esa nueva edad se caracterizaba por una vida moral más rigurosa, de igual modo que el Sermón del Monte había enseñado una doctrina más rigurosa que el Antiguo Testamento.

La razón por la que el resto de la iglesia se opuso a la predicación de los montanistas no fue su énfasis en las profecías, sino lo que pretendían en el sentido de que ahora comenzaba una nueva era, el fin de la historia. Según el Nuevo Testamento, los últimos tiempos comenzaron con el advenimiento y resurrección de Jesucristo, y con la dádiva del Espíritu Santo. Con el correr de los años, esto se fue olvidando, hasta el punto que a nosotros hoy se nos hace difícil concebirlo así. Pero en el siglo segundo la iglesia seguía afirmando que el fin había comenzado en Jesucristo. Por lo tanto, afirmar, como lo hacían los montanistas, que el fin había comenzado ahora, con la dádiva del Espíritu a Montano y los suyos, era disminuir la importancia de los acontecimientos del Nuevo Testamento y pretender que el evangelio no era sino una etapa más en la historia de la salvación. Tales doctrinas la iglesia no podía aceptar.

Tertuliano, sin embargo, parece haberse sentido atraído por el rigorismo de los montanistas. Su mente legalista exigía un orden perfecto, en el que todo se hiciera como era debido. En la iglesia, a pesar de todos sus esfuerzos por cumplir la voluntad de Dios, había demasiadas imperfecciones que no cuadraban con el legalismo de Tertuliano. El único modo de explicar esas imperfecciones, y de sobreponerse a ellas, consistía en creer que la iglesia era sólo una etapa intermedia, y que ahora había comenzado una nueva era del Espíritu, en la que todas esas imperfecciones quedarían detrás. Naturalmente, tales esperanzas resultan frustradas, y el hecho es que hacia el fin de sus días Tertuliano parece haber fundado la secta de los “tertulianistas”, probablemente un grupo de personas que creían que aun los montanistas se habían vuelto demasiado flexibles. En todo caso, el fenómeno que vemos en Tertuliano aparece repetidamente en la historia de la iglesia en dos sentidos: primero, una y otra vez veremos el conflicto entre quienes insisten en que la iglesia ha de ser una comunidad absolutamente pura, y quienes responden que ha de ser ante todo una comunidad de amor, en la que todos hallen aceptación; segundo, repetidamente veremos que existe una relación paradójica entre la búsqueda de la “libertad” del Espíritu y la insistencia en el rigor de la ley. Tertuliano es ejemplo característico de todo esto.

Aún después de hacerse montanista, Tertuliano no dejó de atacar a quienes a su parecer torcían la fe cristiana. Varias de sus obras del período montanista han sido de gran importancia en el desarrollo posterior de la teología. Y ninguna lo ha sido tanto como su tratado Contra Práxeas.

Lo que sabemos acerca de la persona de Práxeas es poco o nada. Algunos eruditos piensan que nunca hubo tal persona, y que “Práxeas” es sencillamente el obispo de Roma, Calixto, a quien por alguna razón Tertuliano no quiere nombrar. En todo caso, resulta claro que el tal Práxeas había llegado a tener cierto poder en la iglesia de Roma, y que allí había utilizado ese poder para oponerse al montanismo y para proponer su propia interpretación acerca de las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Según Praxeas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo eran tres modos en los que Dios se manifestaba, de manera que Dios unas veces era Padre, otras Hijo y otras Espíritu. Esta es la doctrina que recibe el nombre de “patripasionismo”. Según ella el Padre sufrió la pasión, pues el Hijo es el Padre. Tertuliano comienza su tratado Contra Práxeas con su mordacidad característica:

Praxeas sirvió al diablo en Roma de dos modos: expulsando la profecía e introduciendo la herejía, echando al Espíritu y crucificando al Padre (Contra Praxeas. 1).

Pero pronto Tertuliano deja este tono para proponer su propia formula acerca del modo en que ha de entenderse la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esa fórmula es que hay en Dios “una substancia y tres personas”. La importancia de esto es enorme, puesto que Tertuliano fue la primera persona en referirse a la Trinidad mediante el uso de esta fórmula, que después llegaría a ser generalmente aceptada. Esto no quiere decir, naturalmente, que Tertuliano “inventara” la doctrina de la Trinidad, pero sí que fue él quien creó el vocabulario que a la larga se hizo común.

De igual modo, y también en respuesta a otras opiniones de Práxeas, Tertuliano dijo que hay en Cristo “una persona” y “dos substancias o naturalezas”: la divina y la humana. También esta fórmula, utilizada por primera vez por Tertuliano, vino a ser la fórmula generalmente aceptada para expresar la relación entre la divinidad y la humanidad en Jesucristo.

Por todas estas razones, Tertuliano es un personaje único en la historia de la iglesia. Ardiente defensor de la ortodoxia frente a toda clase de herejías, terminó por unirse a uno de los movimientos que el resto de la iglesia consideraba herético. Y, aún después de hereje, siguió produciendo obras y fórmulas teológicas que serían de gran importancia en el curso futuro de la iglesia. Además, fue él el primer teólogo cristiano que escribió en lengua latina, que era la lengua común en la mitad occidental del Imperio, y por tanto su pensamiento influyó notablemente sobre toda la teología occidental.

Orígenes de Alejandría

El más distinguido discípulo de Clemente de Alejandría, y el último de los cuatro grandes maestros de la iglesia que discutiremos en este capítulo, es Orígenes. A diferencia de su maestro Clemente, Orígenes era hijo de padres cristianos. Durante la persecución de Septimio Severo —la misma que obligó a Clemente a abandonar Alejandría—, el padre de Orígenes fue hecho prisionero y sufrió el martirio. Orígenes, que a la sazón era todavía un jovenzuelo, quiso unirse a su padre en la cárcel para sufrir el martirio junto a él. Pero su madre le escondió sus ropas y Orígenes se vio obligado a permanecer en casa, donde le dedicó a su padre un tratado en el que le exhortaba a ser fiel hasta la muerte.

Poco tiempo después de estos acontecimientos, Demetrio, el obispo de Alejandría, puso sobre los hombros de Orígenes, que apenas contaba dieciocho años de edad, la tarea de preparar a los candidatos al bautismo: los “catecúmenos”. Esta era una gran responsabilidad, y el joven Orígenes, que sin lugar a dudas era un genio excepcional, llegó a ser famoso como maestro de la fe cristiana. Tras algunos años de enseñar a los catecúmenos, Orígenes se vio en la necesidad de dedicarse a discípulos más adelantados, pues muchas gentes cultas venían a pedir su instrucción. Entonces dejó la enseñanza de los catecúmenos en manos de algunos de sus discípulos, y se dedicó por entero a la labor docente en una escuela cristiana al estilo de la que habían tenido anteriormente los grandes filósofos paganos. A esa escuela venían a escucharle, no sólo cristianos de diversas partes del Imperio, sino también paganos como la madre del emperador y el gobernador de Arabia.

Por diversas razones, entre las cuales no faltaron los celos, hubo conflictos entre Orígenes y el obispo de Alejandría. El resultado de esos conflictos fue que Orígenes se vio obligado a abandonar Alejandría e ir a vivir en Cesarea, donde continuó dedicándose al estudio y la enseñanza por veinte años más. Por fin, en tiempos de la persecución de Decio, Orígenes tuvo ocasión de mostrar la firmeza de su fe. Dado el carácter de esa persecución, Orígenes no fue muerto, sino torturado hasta tal punto que, puesto en libertad, murió al poco tiempo. Murió en la ciudad de Tiro cuando tenía unos setenta años de edad.

La obra literaria de Orígenes fue inmensa. Puesto que sus conocimientos bíblicos eran enormes y estaba consciente de que el texto de las Escrituras contenía ligeras variantes, compuso la Hexapla. Esta era una colección, en seis columnas, del Antiguo Testamento en diversas formas: el texto hebreo, una transliteración en letras griegas de ese mismo texto —de modo que el lector que desconocía el hebreo pudiera conocer el sonido del hebreo, sobre la base del griego— y cuatro versiones distintas al griego. Además, se dedicó a comparar los diversos textos del Antiguo Testamento, y produjo toda una serie de símbolos para designar variantes, omisiones y añadiduras. Además, Orígenes compuso comentarios y sermones sobre buena parte del texto bíblico. Y a esto han de añadirse su apología Contra Celso, que ya hemos citado, y su gran obra sistemática, De los primeros principios, más conocida como De principiis. El modo en que Orígenes pudo escribir tantas obras nos da idea de su genio, pues buena parte de su producción literaria fue dictada directamente a algún discípulo o escriba. Y hasta se nos cuenta que en algunas ocasiones llegó a dictar obras diferentes a siete amanuenses simultáneamente.

La teología de Orígenes sigue un espíritu muy parecido al de su maestro Clemente. Se trata de un intento de relacionar la fe cristiana con la filosofía que estaba en boga en Alejandría en esa época. Esa filosofía era lo que los historiadores llaman “el neoplatonicismo”. Pero Orígenes está mucho más consciente que Clemente de la necesidad de asegurarse que ese interés filosófico no le lleve a negar alguna de las doctrinas fundamentales del cristianismo. Según él, “nada que difiera de la tradición de los apóstoles y de la iglesia ha de aceptarse como verdadero” (De principiis, prefacio, 2). Esa tradición incluye ante todo la doctrina según la cual hay un solo Dios, creador y ordenador del universo, y por tanto las especulaciones gnósticas que pretenden que otro ha creado este mundo han de ser rechazadas. En segundo lugar, la doctrina apostólica nos enseña que Jesucristo es el Hijo de Dios, nacido antes que todas las criaturas, y que se ha encarnado de tal modo que, al mismo tiempo que se hizo hombre, siguió siendo Dios. Sobre el Espíritu Santo, según Orígenes, la tradición apostólica no está del todo clara, excepto en el sentido de que su gloria es la misma del Padre y del Hijo. Por último, esa tradición afirma que el alma ha de recibir recompensa o castigo según su vida en este mundo, y que al final habrá una resurrección del cuerpo, que se levantará incorruptible.

Una vez afirmado esto, sin embargo, Orígenes se siente libre para alzarse en altos vuelos especulativos. Por ejemplo, puesto que la tradición de los apóstoles y de la iglesia no nos da detalles acerca del modo en que el mundo fue creado, Orígenes se lanza a investigar esta cuestión. En los primeros capítulos del Génesis hay dos historias de la creación, hecho éste que conocían los sabios judíos aun antes de tiempos de Orígenes, y que ha de resultar claro a quienquiera que lea esos capítulos con detenimiento. En una de esas historias, la primera, se nos dice que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios, y que “varón y hembra lo creó”.

En la segunda, se nos dice que Dios hizo primero a Adán, de cuya costilla formó después a Eva. En la primera historia, el verbo griego que se utiliza para la acción de Dios corresponde a nuestro verbo “crear”, mientras que el que aparece en la segunda corresponde a nuestro “plasmar”. ¿Cómo explicar estas diversidades? Naturalmente, Orígenes no puede recurrir, como lo hacen los eruditos modernos, a la explicación según la cual lo que tenemos aquí es la conjunción de dos tradiciones distintas. Según él, si hay dos historias de la creación esto ha de ser porque hubo dos creaciones.

La primera creación, según Orígenes, fue puramente espiritual. Los seres que Dios hizo eran espíritus carentes de cuerpo. Es por esto que el texto dice que eran “varón y hembra”, es decir, sin distinciones sexuales. También es por ello que se utiliza el verbo “crear” más bien que “plasmar”.

El propósito de Dios era que los espíritus que había creado se dedicaran a su contemplación. Pero algunos de ellos apartaron la vista del Creador, y por ello cayeron. Fue entonces que Dios produjo la segunda creación. Esta creación es material, y ha sido puesta como refugio u hogar provisional para los espíritus caídos. De esos espíritus, los que cayeron más bajo se han vuelto demonios, y los demás se han vuelto seres humanos. Fue para estos seres humanos que Dios creó los cuerpos que ahora poseemos, de los cuales se dice que los “plasmó” del polvo de la tierra, y que unos son varones y otros hembras.

Naturalmente, esto quiere decir que todos los seres humanos existíamos antes de nacer en este mundo, y que la razón por la cual estamos aquí es que pecamos en esa existencia anterior y puramente espiritual. Resulta interesante notar que, aunque Orígenes cree derivar sus ideas del texto bíblico, en realidad se derivan de Platón, quien había enseñado que las almas se hallan en este mundo porque han caído del mundo superior de las puras ideas. En este mundo, el diablo y sus demonios nos tienen sujetos, y Jesucristo ha venido por tanto para destruir el poder del diablo y para mostrarnos el camino que hemos de seguir en nuestro regreso al mundo espiritual. Pero, según Orígenes, puesto que en fin de cuentas el diablo es también un espíritu como el nuestro, y puesto que Dios es amor, al fin hasta el diablo se salvará, y toda la creación regresará a su estado inicial, cuando todo era espíritu. Sin embargo, los espíritus seguirán siendo libres, y por tanto nada impide que haya una nueva caída, un nuevo mundo material, y una nueva historia, y que por tanto el ciclo de caída-restauración-caída continúe para siempre.

Al tratar de juzgar todo esto, lo primero que tenemos que hacer es rendir tributo a la amplitud de horizontes que Orígenes trata de abarcar. Esto es lo que le ha ganado admiradores en diversas generaciones. Además, hemos de recordar que Orígenes propone todo esto, no como la verdad que ha de ser aceptada por todos, ni como algo que ha de sustituir o de superar a las doctrinas de la iglesia, sino como sus propias especulaciones, que nunca han de tener la misma autoridad de la tradición apostólica.

Pero, una vez dicho esto, es necesario señalar que en muchos puntos Orígenes parece ser más platónico que cristiano. Así, por ejemplo, Orígenes niega la doctrina de los gnósticos y de Marción según la cual este mundo ha sido creado por un ser inferior. Pero en fin de cuentas llega a la conclusión de que la existencia del mundo material es el resultado del pecado, y que los propósitos iniciales de Dios no incluían la existencia de este mundo ni de la historia. En esto, Orígenes contrasta con Ireneo, para quien la historia era parte fundamental del plan de Dios. Y en lo que se refiere a la preexistencia de las almas y el ciclo eterno de caídas y restauraciones, no cabe duda de que Orígenes se aparta de lo que ha sido siempre la doctrina de la iglesia.

Conclusión general

En este capítulo hemos visto tres tendencias teológicas distintas. Ireneo es el defensor de la doctrina tradicional de la iglesia, el pastor que se preocupa porque la sana doctrina prevalezca en su iglesia. Tertuliano es también defensor de la doctrina tradicional; pero su propio legalismo en esa defensa le lleva a la larga a romper con la misma iglesia que pretendía defender. Clemente y Orígenes son más pensadores que pastores y, aunque se ocupan de defender la fe frente a los paganos, su verdadera preocupación está en descubrir los secretos más elevados de Dios y de su creación. De los tres, es probablemente Ireneo quien más se acerca al espíritu original del evangelio. Desafortunadamente, con el correr de los siglos la teología de Ireneo quedó relativamente olvidada, mientras que el influjo de los otros dos tipos de teología se hizo sentir cada vez más. Empero la exposición del modo en que esto tuvo lugar, y de sus implicaciones para nuestro modo de entender la fe cristiana, cae fuera del ámbito de esta historia, y deberá quedar reservada para un ensayo que proyectamos publicar en el futuro cercano.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 87–101). Miami, FL: Editorial Unilit.

El depósito de la fe 8

El depósito de la fe 8

El error nunca se presenta en toda su desnuda crudeza, a fin de que no se le descubra. Antes bien se viste elegantemente, para que los incautos crean que es más verdadero que la verdad misma.

Ireneo de Lión

a1Las muchas gentes que se convertían al cristianismo no venían a él carentes de todo trasfondo. Al contrario, cada cual traía a él sus propias experiencias y sus propios conocimientos. Esta variedad de trasfondos fue de gran valor para la iglesia, y en todo caso era señal de la universalidad del evangelio. Pero, por otra parte, esta situación se prestaba para que algunos comenzaran a ofrecer sus propias interpretaciones de la fe cristiana, y para que algunas de esas interpretaciones fueran tales que amenazaran con tergiversar radicalmente esa fe. Este peligro era tanto mayor por cuanto, según hemos dicho anteriormente, el espíritu de la época era radicalmente sincretista. Lo que muchas gentes buscaban no era una doctrina única, sino un sistema que de algún modo combinara todas las doctrinas, tomando un poco de cada una. Lo que estaba en juego, por tanto, no era sencillamente tal o cual elemento del cristianismo, sino más bien la cuestión fundamental de si la nueva fe tenía o no un mensaje único, y en qué sentido ese mensaje era único.

El gnosticismo

De todas las diversas interpretaciones del cristianismo que aparecieron en el siglo segundo, ninguna fue tan peligrosa, ni estuvo tan a punto de triunfar, como el gnosticismo. El gnosticismo no fue un grupo u organización compacta que surgió frente a la iglesia, sino que fue más bien todo un movimiento que existió tanto dentro del cristianismo como fuera de él, y que dentro del cristianismo trataba de reinterpretar la fe en términos que resultaban inaceptables para los demás cristianos. Como movimiento, el gnosticismo fue siempre amorfo, y por tanto resulta imposible señalar hacia un jefe. Basilides, Valentín y otros fueron maestros gnósticos, cada cual con sus doctrinas y sus discípulos. Pero el sincretismo del gnosticismo era tal que sus doctrinas y escuelas se confundían, y en el día de hoy le resulta difícil al historiador distinguir entre ellas.

El término “gnosticismo” viene de la palabra griega “gnosis”, que quiere decir “conocimiento”. Según los gnósticos, su doctrina era un conocimiento especial, reservado para quienes poseían verdadero entendimiento. Además, parte de esa doctrina consistía en la clave secreta mediante la cual se logra la salvación.

La salvación era la preocupación principal de los gnósticos. Sobre la base de muchas doctrinas que circulaban en esa época, los gnósticos creían que todo lo que fuese materia era necesariamente malo. El ser humano, según ellos, es un espíritu eterno que de algún modo ha quedado encarcelado en este cuerpo. Puesto que el cuerpo es cárcel del espíritu, y puesto que nos oculta nuestra verdadera naturaleza, el cuerpo es malo. El propósito último del gnóstico es entonces escapar de este cuerpo y de este mundo material en el que estamos exiliados.

La imagen del exilio es fundamental para el gnosticismo. Este mundo no es nuestro verdadero hogar. Aun más, este mundo, al igual que el cuerpo, es material, y no es sino una cárcel para el espíritu y un obstáculo para la salvación.

¿Cómo explicar entonces el origen del mundo y del cuerpo? Los gnósticos afirman que originalmente toda la realidad era espiritual. El ser supremo no tenía intención alguna de crear un mundo material, sino sólo un mundo espiritual. Con ese propósito fueron creados varios seres espirituales. Cada maestro gnóstico ofrecía una lista distinta de tales seres, y algunos llegaban hasta 365 seres distintos. En todo caso, uno de estos seres espirituales, distante del ser supremo, fue el causante de este mundo. Según algunos gnósticos, lo que sucedió fue que Sofía —o Sabiduría, que así se llamaba aquel ser espiritual— quiso producir algo por sí sola, y el resultado fue un “aborto”. Eso es nuestro mundo: un aborto del espíritu, y no una creación de Dios.

Pero —continúan los gnósticos — puesto que este mundo había sido creado por un ser espiritual, siempre quedaron en él algunas “chispas” o “porciones” del espíritu. Esos elementos espirituales son los que están encerrados dentro de los cuerpos humanos, y que es necesario liberar.

A fin de lograr esa liberación, es necesario que venga un mensajero del reino espiritual. La función de ese mensajero consiste ante todo en despertarnos de nuestro “sueño”. Nuestros espíritus están “dormidos” dentro de nuestros cuerpos, dejándose llevar por los impulsos y las pasiones del cuerpo, y es necesario que alguien venga desde fuera para despertarnos y recordarnos quiénes somos, incitándonos así a luchar contra nuestro encarcelamiento. Además, ese mensajero ha de darnos la información —gnosis— necesaria para nuestra liberación. Necesitamos esa información, porque por encima de la tierra en que vivimos se encuentran las esferas celestiales.

Cada una de ellas está gobernada por un poder maligno, cuya función consiste en mantenernos prisioneros. Para llegar al reino puramente espiritual, tenemos que atravesar todas esas esferas. Y el único modo de hacerlo es poseyendo el conocimiento secreto que ha de abrirnos las puertas a cada paso, algo así como un santo y seña sin el cual el camino nos será vedado. El mensajero celestial ha sido enviado entonces para comunicarnos ese conocimiento secreto, sin el cual no hay salvación.

En el gnosticismo cristiano —también había gnósticos fuera del cristianismo— ese mensajero es Cristo. Según los gnósticos cristianos, lo que Cristo ha hecho es venir a la tierra para recordarnos nuestro origen celestial y para darnos el conocimiento secreto sin el cual no podremos regresar a las moradas espirituales.

Puesto que Cristo es un mensajero celestial, y puesto que el cuerpo y la materia son malos, la mayoría de los gnósticos cristianos pensaba que Cristo no podía haber tenido un cuerpo como el nuestro. Algunos decían que su cuerpo era pura apariencia, una especie de fantasma que parecía ser cuerpo físico por medios milagrosos. Otros decían que Jesús sí tenía cuerpo, pero que ese cuerpo estaba hecho de una “materia espiritual” distinta de nuestros cuerpos. La mayoría negaba el nacimiento de Jesús, pues tal nacimiento le habría colocado bajo el poder de este mundo material. Todas estas doctrinas acerca del Salvador reciben el nombre de “docetismo”—de una palabra griega que quiere decir “aparecer”—, pues lo que estas doctrinas implicaban, de un modo u otro, era que el cuerpo de Jesús era una apariencia. Según los gnósticos, no todos los seres humanos tienen espíritu. Algunos no son sino seres carnales que por tanto están irremisiblemente condenados a la destrucción cuando este mundo físico sea destruido. En cuanto a los espíritus encarcelados dentro de los “espirituales”, a la larga han de salvarse, porque su naturaleza es espiritual y necesariamente han de volver al reino del espíritu.

En el entretanto, ¿cómo hemos de vivir aquí en esta vida? Ante esta pregunta, los gnósticos respondían de dos modos distintos. La mayoría decía que, puesto que el cuerpo es la cárcel del espíritu, lo que hay que hacer es castigar el cuerpo, para debilitar su poder sobre el espíritu, y para que sus pasiones no nos arrastren. Otros en cambio sostenían que, puesto que el espíritu es por naturaleza bueno, y nada puede destruirle, lo que debemos hacer es dar rienda suelta al cuerpo y a sus pasiones. En consecuencia, mientras algunos gnósticos abogaban por un ascetismo extremo, otros practicaban el libertinaje.

Durante todo el siglo segundo, el gnosticismo fue una amenaza seria para el cristianismo. Los principales dirigentes de la iglesia se le opusieron tenazmente, porque veían en él una negación de varias de las principales doctrinas cristianas: la creación, la encarnación, la resurrección, etc. Más adelante veremos cómo la iglesia respondió ante esta amenaza. Pero antes debemos prestar nuestra atención a otro maestro cuyas enseñanzas, parecidas al gnosticismo, constituyeron también una amenaza para el “depósito de la fe”.

Marción

Marción era hijo del obispo de Sinope, en la región del Ponto. Allí había conocido la fe cristiana. Pero al mismo tiempo Marción parece haber sentido dos fuertes antipatías: contra este mundo material, y contra el judaísmo. Por lo tanto, su doctrina combina estos dos elementos. Hacia el año 144, Marción fue a Roma, donde logró varios seguidores. Pero a la larga el resto de los cristianos decidió que sus enseñanzas contradecían la fe, y Marción creó su propia iglesia, que perduró por varios siglos.

Como ya hemos dicho, Marción pensaba que este mundo era malo, y que por tanto su creador debía ser un dios, si no malo, al menos ignorante. En lugar de inventar toda una serie de seres espirituales, al estilo de los gnósticos, lo que Marción propuso era mucho más sencillo. Según él, el Dios del Nuevo Testamento y Padre de Jesucristo no es el mismo Jehová del Antiguo Testamento. Hay un Dios supremo, que es el Padre de Jesucristo, y un ser inferior, que es Jehová. Fue Jehová quien hizo este mundo. El propósito del Padre no era que hubiera un mundo como éste, con todas sus imperfecciones, sino que hubiera un mundo puramente espiritual. Pero Jehová, o bien por ignorancia o bien por maldad, hizo este mundo, y en él colocó a la humanidad.

Esto quiere decir que el Antiguo Testamento es palabra de dios, pero no del Dios supremo, sino de ese ser inferior llamado Jehová. Jehová es un dios celoso y arbitrario, que escoge a un pueblo por encima de los demás, y que está constantemente llevando la cuenta de quién le desobedece para tomar venganza. En una palabra, Jehová es un dios de justicia.

Frente a Jehová, y muy por encima de él —según Marción— está el Padre de los cristianos. Este no es un Dios vengativo, sino que es todo amor. Este Dios no requiere cosa alguna de nosotros, sino que nos lo da todo —inclusive la salvación—gratuitamente. Este Dios no establece leyes, sino que nos invita a amarle. Este Dios, en fin, se ha compadecido de nosotros, criaturas de Jehová, y ha enviado a su Hijo a salvarnos. Jesús no nació de María, puesto que tal cosa le habría hecho súbdito de Jehová, sino que apareció repentinamente, como un hombre maduro, en época del emperador Tiberio. Naturalmente, al final no habrá juicio alguno, puesto que el Dios supremo es un ser absolutamente amoroso, que nos perdonará sin más.

Todo esto quería decir que Marción tenía que deshacerse del, que hasta entonces había sido la parte principal de las escrituras cristianas. Si el Antiguo Testamento era palabra de un ser inferior, no podía leerse en la iglesia, ni podía tampoco ser la base de la enseñanza cristiana. Por tanto, Marción compiló una lista de libros que deberían ser, según él, las escrituras cristianas. Estos libros eran el Evangelio de Lucas y las Epístolas de Pablo, puesto que Marción pensaba que Pablo era el único entre los apóstoles que había comprendido verdaderamente el mensaje de Jesús. Los demás eran demasiado judíos para entenderlo. ¿Qué decir entonces de todas las citas del Antiguo Testamento que aparecen en Lucas y en las epístolas paulinas? Naturalmente, tales citas no podían ser genuinas, y por tanto Marción llegó a la conclusión de que habían sido incluidas en el texto sagrado por judaizantes que trataban de adulterar el mensaje de Pablo y de Lucas.

Al igual que el gnosticismo —y quizás más— Marción y sus doctrinas representaron una seria amenaza para el cristianismo del siglo segundo. También él negaba la creación, la encarnación y la resurrección final. Pero aún más, Marción llegó a organizar su propia iglesia, con sus obispos rivales de los de la otra iglesia, y por tanto sus enseñanzas tendían a perpetuarse. Y la propaganda marcionita dentro del resto de la iglesia era impresionante, sobre todo porque sus doctrinas parecían tan sencillas y lógicas.

La respuesta de la iglesia: el canon

Antes de Marción, no existía una lista de libros del Nuevo Testamento. Para los cristianos, las “Escrituras” eran los libros sagrados de los judíos, por lo general en la versión griega llamada “Septuaginta”. Además, se acostumbraba leer en las iglesias alguno de los Evangelios y cartas de los apóstoles, particularmente de Pablo. A nadie parece habérsele ocurrido hacer una lista de los libros cristianos que deberían formar el “Nuevo Testamento”. En consecuencia, en unas iglesias se leía un Evangelio y en otras otro. Y lo mismo sucedía con otros libros. Pero ahora, ante el reto de Marción, la iglesia se vio obligada a compilar una lista o grupo de libros sagrados. Tal lista no se hizo de modo formal —no hubo una reunión o concilio para determinarla—sino que poco a poco se fue formando un consenso dentro de la iglesia. Algunos libros que habían sido usados por algunas iglesias locales cayeron en desuso y no se incluyeron en el Nuevo Testamento. Otros pronto lograron acogida general. Otros, en fin, fueron discutidos por algún tiempo antes de ser generalmente aceptados.

Acerca del Antiguo Testamento, todos, excepto los gnósticos y los marcionitas, concordaban en que debía formar parte de las Escrituras. Naturalmente, los cristianos estaban conscientes de las dificultades señaladas por Marción. Pero no estaban dispuestos, por el solo hecho de tales dificultades, a deshacerse de la relación histórica entre la iglesia e Israel. La fe cristiana no era algo nuevo en el sentido de que Dios no hubiera estado preparando el camino para su advenimiento. El Antiguo Testamento daba testimonio de esa preparación. El Dios que se había revelado en él era el mismo Dios, a la vez amante y justo, que Jesucristo nos había revelado. La fe cristiana era la consumación de la esperanza de Israel, y no una repentina aparición del cielo.

En cuanto a lo que hoy llamamos el Nuevo Testamento, los libros que primero encontraron acogida general fueron los Evangelios. Resulta interesante para nosotros hoy notar que aquellos cristianos decidieron incluir en el Nuevo Testamento más de un Evangelio.

En fechas posteriores, algunos han tratado de ridiculizar el cristianismo señalando que hay muchos detalles acerca de los cuales los Evangelios no concuerdan. Pero aquellos cristianos del siglo segundo, que decidieron incluir todos estos evangelios en el canon o lista de libros sagrados, no eran tontos. Ellos estaban conscientes de que los diversos Evangelios eran distintos. Si no lo hubieran sabido, no habrían tenido razón alguna para incluir más de uno. Taciano, el mismo a quien hemos citado en el capítulo anterior, compuso una compilación de los cuatro Evangelios, pero su obra sólo halló acogida en la iglesia de Siria, donde fue utilizada por algún tiempo. ¿Por qué entonces se incluyeron estos cuatro libros, cuando las diferencias entre ellos podían prestarse a críticas y controversias?

La respuesta es que la iglesia estaba enfrentándose al reto de los gnósticos y de Marción. Los gnósticos decían que el mensajero divino había dejado sus enseñanzas secretas en manos de algún discípulo preferido, y así circulaban supuestos evangelios que pretendían contener esos secretos. Uno de ellos, por ejemplo, es el Evangelio de Santo Tomás. Cada grupo gnóstico decía tener su propio evangelio, y una tradición secreta que les unía con el Salvador. Frente a tales pretensiones, la iglesia optó por mostrar que sus doctrinas tenían el apoyo, no de un evangelio supuestamente escrito por tal o cual apóstol, sino de varios Evangelios. El hecho mismo de que todos estos Evangelios diferían entre sí, pero al mismo tiempo concordaban en los elementos fundamentales de la fe, era prueba de que las doctrinas de la iglesia no eran invención reciente, sino que reflejaban las enseñanzas originales de Jesucristo. De igual modo, mientras Marción pretendía que el Evangelio original era el de Lucas, al cual había que restarle cualquier influencia judía, la iglesia respondía señalando hacia cuatro Evangelios, escritos cada uno desde un punto de vista particular, pero opuestos todos a las enseñanzas de Marción. Frente a las tradiciones secretas y las interpretaciones particulares de los diversos herejes, la iglesia apeló a la tradición abierta, de todos conocida, y a la multiplicidad del testimonio de los cuatro Evangelios.

Junto a los Evangelios, el libro de Hechos y las epístolas paulinas lograron aceptación general desde fecha muy temprana. Otros libros, tales como el Apocalipsis, la Tercera Epístola de Juan, y la Epístola de Judas, tardaron más tiempo en ser universalmente aceptados. Pero ya a fines del siglo segundo la mayor parte del Nuevo Testamento había venido a formar parte de las Escrituras de todas las iglesias cristianas: los cuatro Evangelios, Hechos y las epístolas paulinas.

La respuesta de la iglesia: el Credo

Otro de los modos en que la iglesia respondió al reto de los gnósticos y de Marción fue la formulación de lo que nosotros hoy llamamos el “Credo de los Apóstoles”. Aunque más tarde aparecieron leyendas y tradiciones en el sentido de que este credo había sido compuesto por los apóstoles al comenzar la misión a los gentiles, el hecho es que los orígenes del Credo no se remontan más allá de mediados del siglo segundo. Fue probablemente en Roma que primero apareció la fórmula que, tras alguna elaboración, vino a ser nuestro Credo. En esa época se le llamaba “símbolo de la fe”. La palabra “símbolo” no tenía entonces el sentido que tiene para nosotros, sino que se refería más bien a un medio de reconocimiento. Por ejemplo, si dos generales iban a separarse, tomaban una pieza de barro, la quebraban, y cada uno de ellos llevaba consigo un pedazo. Si mas tarde uno de los generales quería enviarle un mensaje a su colega, le daba su pedazo de barro al mensajero, que entonces podía identificarse porque su pedazo de barro encajaba perfectamente con el que tenía el otro general. A tales medios de reconocimiento se daba el nombre de “símbolos”. Luego, el “símbolo de la fe” era un medio para reconocer a aquellos cristianos que sostenían la verdadera fe, en medio de todo el maremagno de doctrinas que pretendían ser verdaderas.

Uno de los principales usos del “símbolo” era en el bautismo, cuando se le hacían al candidato tres preguntas, en las que encontramos, en forma interrogatoria, palabras que nos recuerdan nuestro Credo de hoy:

¿Crees en Dios Padre Todopoderoso?
¿Crees en Cristo Jesús, el Hijo de Dios, que nació del Espíritu Santo y de María la virgen, que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y murió, y se levantó de nuevo al tercer día, vivo de entre los muertos, y ascendió al cielo, y se sentó a la diestra del Padre, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos?
¿Crees en el Espíritu Santo, la santa iglesia, y la resurrección de la carne?

Al leer estas palabras, dos cosas resultan claras. La primera es que el texto que estamos leyendo constituye el núcleo de lo que nosotros llamamos “Credo de los Apóstoles”. Tras añadirle algunas otras frases, aquel antiguo “símbolo de la fe” vino a ser nuestro Credo. La otra cosa que resulta clara es que este credo ha sido formado sobre la base de la fórmula trinitaria que se empleaba en el bautismo. Puesto que el candidato era bautizado “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, se procedía ahora, para probar su ortodoxia, a hacerle una serie de preguntas acerca de su fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Pero si estudiamos más detenidamente el contenido de este credo nos percataremos de que sus palabras llevan el propósito de rechazar las doctrinas de los gnósticos y, sobre todo, de Marción. En primer lugar, el Padre recibe el título de “todopoderoso”. En el original griego esto quiere decir mucho más que “omnipotente”. El término griego que aquí se emplea es “pantokrator”, es decir, soberano o gobernador de todas las cosas. No hay realidad alguna que quede fuera del alcance del poder de este Padre. No se trata, como pretenden Marción y los gnósticos, de que haya dos realidades, una espiritual que sirve a Dios, y otra material que se le opone. Este mundo, con toda su materialidad, es parte de la creación que Dios gobierna. Y lo mismo ha de decirse acerca de nuestros cuerpos.

Si bien sobre el Padre sólo se dice que es “todopoderoso”, acerca del Hijo se dice mucho más. Esto se debe a que era precisamente en su cristología que los gnósticos y Marción contrastaban más radicalmente con la doctrina de la iglesia. Lo primero que el antiguo símbolo de la fe nos dice acerca de Cristo Jesús es que es “Hijo de Dios”. Otras versiones antiguas dicen “su Hijo”, como nuestro Credo actual. En todo caso, lo que se está subrayando aquí es que Jesucristo es hijo, no de otro Dios, sino del mismo Padre todopoderoso a que se refiere la primera cláusula. El nacimiento de “María la virgen” no está allí para subrayar el nacimiento virginal —aunque, naturalmente, tal nacimiento se incluye— sino más bien para asegurar el hecho de que Jesús nació, y no descendió del cielo ni apareció repentinamente como un hombre ya maduro, según pretendían varios de los herejes.

De igual modo, la referencia a Poncio Pilato no tiene el propósito de culpar al procurador romano por la crucifixión, sino más bien de darle una fecha concreta a lo que se está diciendo. Para algunos de los gnósticos, Jesús no era un ser histórico, sino un mito o alegoría universal. Por esa razón el Credo le pone fecha a la crucifixión: “bajo Poncio Pilato,’. De igual modo, para refutar el docetismo de los herejes, el Credo subraya que Jesús “fue crucificado [… ] y murió, y se levantó de nuevo al tercer día, vivo de entre los muertos, y ascendió al cielo, y se sentó a la diestra del Padre”. Por último, refiriéndose todavía a Jesucristo, el Credo afirma que “vendrá a juzgar”. Aquí tenemos otra afirmación antimarcionita, puesto que Marción decía que el Dios y Padre de Jesucristo era un ser totalmente amoroso, que no juzgaba ni condenaba.

En la cláusula referente al Espíritu Santo, aparecen dos frases, ambas dirigidas contra los herejes. La primera es “la santa iglesia”. Como veremos en la próxima sección de este capítulo, la amenaza de las herejías llevó a la iglesia a subrayar su autoridad cada vez más. La iglesia era la que había recibido “el depósito de la fe”. La segunda frase es “la resurrección de la carne”. Según hemos dicho más arriba, muchos de los herejes pretendían que el cuerpo y todas las cosas físicas eran malas. Frente a tales opiniones, el antiguo credo romano —y también el nuestro— afirma que la esperanza cristiana no consiste en una vida puramente espiritual, sino que incluye la resurrección del cuerpo.

En resumen, el origen de nuestro Credo se halla en las luchas contra las herejías que tuvieron lugar a mediados del siglo segundo. Naturalmente, el antiguo “símbolo de la fe” que hemos citado más arriba no es exactamente igual a nuestro Credo de los Apóstoles, pues a través de los siglos fueron añadiéndosele otras frases, hasta llegar a tener su forma presente. Pero la discusión del desarrollo posterior del Credo nos llevaría fuera de los límites cronológicos del presente capítulo.

La respuesta de la iglesia: La sucesión apostólica

En última instancia, sin embargo, el debate con los herejes se centraba en la cuestión de la autoridad de la iglesia. Esto no se debía sencillamente a que fuera necesario que alguien decidiera quién tenía razón, sino que se debía más bien al carácter mismo de lo que se debatía. Los herejes decían que las verdaderas enseñanzas de Jesús habían sido pasadas a través de algún apóstol, y que ellos eran los verdaderos depositarios de esas enseñanzas.

En el caso de los gnósticos, se trataba de una supuesta tradición secreta. Según ellos, Jesús le había enseñado “la verdadera gnosis” a tal o cual apóstol, y éste a su vez se la había hecho llegar a los gnósticos.

En el caso de Marción, se trataba de los escritos de Pablo, en los cuales, después de expurgar toda referencia positiva al judaísmo, Marción creía encontrar el evangelio original. Frente a los gnósticos y a Marción, el resto de la iglesia decía poseer el evangelio original y las enseñanzas verdaderas de Jesús. Por tanto, lo que se debatía era en cierto sentido la autoridad de la iglesia frente a las pretensiones de los herejes. En tales circunstancias, el argumento de la sucesión apostólica cobró especial importancia. Lo que este argumento decía era sencillamente que, si Jesús tenía alguna enseñanza secreta que comunicarles a sus discípulos, lo mas lógico sería suponer que les confiaría tal enseñanza a los mismos apóstoles a quienes les confió la dirección de la iglesia. Y, si tales apóstoles a su vez habían recibido algún secreto, sería de esperarse que se lo transmitirían, no a algún extraño, sino a las mismas personas a quienes confiaron la dirección de las iglesias que iban fundando. Por tanto, si hubiera tal enseñanza secreta, esa enseñanza no se encontraría sino entre los discípulos directos de los apóstoles, y sus sucesores.

Pero el hecho es que los jefes de las iglesias que en el día de hoy —es decir, en el siglo segundo— pueden reclamar esa sucesión apostólica niegan unánimemente que haya habido tales enseñanzas secretas. Por tanto, todo lo que pretenden los herejes al decir que poseen una tradición secreta que es superior a la de la iglesia, es falso. A fin de darle fuerza a este argumento, era necesario mostrar que los actuales obispos de las iglesias eran sucesores de los apóstoles. Esto no era del todo difícil, por cuanto en varias de las más antiguas iglesias existían listas de obispos que servían para unir el presente con el pasado apostólico. Roma, Antioquía, Efeso y otras sedes episcopales poseían tales listas. Los historiadores dudan hoy acerca de la exactitud de los datos que esas listas nos dan, pues al parecer en algunas iglesias —Roma entre ellas— no hubo al principio obispos en el sentido moderno, sino que hubo un grupo de varios oficiales que recibían unas veces el título de “obispos” y otras el de “ancianos”. Pero en todo caso, sea a través de obispos o de otra clase de oficiales, el hecho es que la iglesia del siglo segundo podía mostrar su conexión con los apóstoles.

¿Qué entonces de aquellas iglesias fundadas después del tiempo de los apóstoles y que no podían reclamar para sí la misma sucesión? ¿No eran apostólicas? Sí lo eran, pues no se trataba aquí de que todas las iglesias pudieran mostrar su conexión directa con los apóstoles, sino que se trataba más bien de que todas concordaran en la fe, y que pudieran juntamente mostrar que esa fe les había sido enseñada por los apóstoles.

En fechas posteriores, la idea de la sucesión apostólica fue llevada mucho más lejos, y se llegó a pensar que la ordenación de los ministros sólo era válida si tales ministros eran ordenados por obispos que poseían la sucesión apostólica —es decir, que de algún modo podían mostrar una línea ininterrumpida que se remontara hasta el tiempo de los apóstoles—. Pero en el siglo segundo no se trataba de esto, sino sólo de la unidad de doctrina. De hecho, la mayoría de las iglesias no podía reclamar para sí origen apostólico, pues había aparecido en lugares a donde el cristianismo había llegado por medios desconocidos.

A la larga algunas de las iglesias en las ciudades más importantes —como Alejandría y Constantinopla— inventaron sus propias leyendas acerca de sus orígenes apostólicos. Pero por lo pronto lo importante era sencillamente que todas las iglesias concordasen —frente a los gnósticos y a Marción— en lo esencial de la fe, y que varias de ellas pudieran mostrar que su propia doctrina era la que los apóstoles les habían enseñado.

Por otra parte, si vemos el origen de la idea de la sucesión apostólica dentro de su propio contexto, veremos que no se trataba de limitar o circunscribir el derecho a pensar o a enseñar. Frente a los herejes que decían tener una doctrina secreta que sólo ellos conocían, la iglesia señalaba hacia su doctrina, abiertamente enseñada por todos desde la época de los apóstoles. Y frente a las pretensiones de los herejes en el sentido de que sus enseñanzas se basaban sobre los secretos de tal o cual apóstol, la iglesia apelaba a la doctrina universal de todos los apóstoles.

La iglesia católica antigua

Esto es lo que quería decir en sus orígenes la frase “iglesia católica”. La palabra “católica” quiere decir “universal”; pero también quiere decir “según el todo”. En ambos sentidos, frente a los herejes, la iglesia del siglo segundo comenzó a darse el título de “católica”. Lo que esto quería decir era, en primer lugar, que se trataba de la iglesia universal. No era, como en el caso de los gnósticos, algún pequeño grupo surgido en Roma o en Alejandría, que se limitaba a unos pocos lugares. Era la iglesia que existía tanto en Roma como en Alejandría, Antioquía, Cartago, y aun allende los confines del Imperio. Y, en lo esencial de su doctrina, esa iglesia concordaba. Por otra parte, esa iglesia era también “católica” por cuanto predicaba y enseñaba el evangelio “según el todo”.

Su visión no era parcial, como la de los gnósticos o la de Marción. Entre los gnósticos, algunos decían poseer el Evangelio de Santo Tomás, mientras que otros decían conocer los secretos revelados a Santiago o a alguno otro de los apóstoles. Marción creía que sólo Pablo había interpretado el evangelio correctamente. Frente a tales visiones parciales, la iglesia opuso su visión “católica”, es decir, su visión “según el todo”. No un solo Evangelio, sino cuatro, serían la base de sus enseñanzas acerca de Jesucristo. Además de las epístolas de Pablo, su Nuevo Testamento incluiría las de otros apóstoles. Y, en lugar de basar su autoridad sobre tal o cual apóstol, la iglesia “según el todo” la basaría sobre todos los apóstoles.

Desde el punto de vista histórico, es importante comprender esto, puesto que muchos interpretan mal el propósito de la iglesia al confeccionar el canon del Nuevo Testamento, o al insistir en la sucesión apostólica. Cuando se hizo el canon, y cuando primero apareció la doctrina de la sucesión apostólica, lo que se pretendía no era promover una actitud rígida, sino todo lo contrario, es decir, responder a la rigidez de los herejes, cuyas doctrinas no eran “según el todo”. La iglesia del siglo segundo estaba consciente de que esa multiplicidad de autoridades —cuatro Evangelios, todos los apóstoles— podría traer dificultades en cuestiones de detalles, pues no todas las autoridades concordaban en todo. Pero, aun a ese precio, la iglesia prefirió ser “según el todo”, y rechazar la estrechez de los herejes.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 77–86). Miami, FL: Editorial Unilit.

La defensa de la fe 7

La defensa de la fe 7

Mi propósito no es lisonjearos [… ] sino requerir que juzguéis a los cristianos según el justo proceso de investigación.

 Justino Mártir

a1Durante todo el siglo segundo y buena parte del tercero no hubo una persecución sistemática contra los cristianos. Ser cristiano era ilícito; pero sólo se castigaba cuando por alguna razón los cristianos eran llevados ante los tribunales. La persecución y el martirio pendían constantemente sobre los cristianos, como una espada de Damocles.

Pero el que esa espada cayera sobre sus cabezas o no, dependía de las circunstancias del momento, y sobre todo de la buena voluntad de las gentes. Si por alguna razón alguien quería destruir a algún cristiano, todo lo que tenía que hacer era llevarle ante los tribunales. Tal parece haber sido el caso de Justino, acusado por su rival Crescente. En otras ocasiones, como en el martirio de los cristianos de Lión y Viena, era el populacho el que, instigado por toda clase de rumores acerca de los cristianos, exigía que se les prendiera y castigara.

En tales circunstancias, los cristianos se veían en la necesidad de hacer cuanto estuviera a su alcance por disipar los rumores y las falsas acusaciones que circulaban acerca de sus creencias y de sus prácticas. Si lograban que sus conciudadanos tuvieran un concepto más elevado de la fe cristiana, aunque no llegaran a convencerles, al menos lograrían disminuir la amenaza de la persecución. A esta tarea se dedicaron algunos de los más hábiles pensadores y escritores entre los cristianos, a quienes se da el nombre de “apologistas”, es decir, defensores. Y algunos de los argumentos en pro de la fe cristiana que aquellos apologistas emplearon han seguido utilizándose en defensa de la fe a través de los siglos.

Empero, antes de pasar a exponer algo de la obra de los apologistas, es necesario que nos detengamos a resumir los rumores y acusaciones de que eran objeto los cristianos, y que los apologistas intentaron refutar.

Las acusaciones contra los cristianos

Lo que se decía acerca de los cristianos puede clasificarse bajo dos categorías: los rumores populares y las críticas por parte de gentes cultas.

Los rumores populares se basaban generalmente en algo que los paganos oían decir o veían hacer a los cristianos, y entonces lo interpretaban erróneamente. Así, por ejemplo, los cristianos se reunían todas las semanas para celebrar una comida a la que frecuentemente llamaban “fiesta de amor”. Esa comida era celebrada en privado, y sólo eran admitidos quienes habían sido iniciados en la fe, es decir, bautizados. Además, los cristianos se llamaban “hermanos” entre sí, y no escaseaban los casos de hombres y mujeres que decían estar casados con sus “hermanos” y “hermanas”. Sobre la base de estos hechos, se fueron tejiendo rumores cada vez más exagerados, y muchos llegaron a creer que los cristianos se reunían para celebrar una orgía en la que se daban uniones incestuosas.

Según se decía, los cristianos comían y bebían hasta emborracharse, y entonces apagaban las luces y daban rienda suelta a sus pasiones. El resultado era que muchos se unían sexualmente a sus parientes más cercanos.

También sobre la base de la comunión surgió otro rumor. Puesto que los cristianos hablaban de comer la carne de Cristo, y puesto que también hablaban del niño que había nacido en un pesebre, algunos entre los paganos llegaron a creer que lo que los cristianos hacían era que escondían un niño recién nacido dentro de un pan, y lo colocaban ante una persona que deseaba hacerse cristiana. Los cristianos entonces le ordenaban al neófito que cortara el pan, y luego devoraban el cuerpo todavía palpitante del niño. El neófito, que se había hecho partícipe de tal crimen, quedaba así comprometido a guardar el secreto.

Otra extraña opinión que algunos sostenían era que los cristianos adoraban a un asno crucificado. Desde algún tiempo antes, se había dicho que los judíos adoraban a un asno.

Ahora comenzó a transferirse esa opinión a los cristianos, a quienes se hacía entonces objeto de burla.

Todas estas ideas —y otras muchas— que circulaban acerca de los cristianos eran a todas luces falsas, y para refutarlas los cristianos no tenían más que señalar hacia su propia vida y conducta, cuyos principios eran mucho más estrictos que los de los paganos.

Pero había otras acusaciones que se hacían contra los cristianos, no ya por el vulgo mal informado, sino por personas cultas, muchas de las cuales conocían algo de las doctrinas cristianas. Bajo diversas formas, todas estas acusaciones podían resumirse en una: los cristianos eran gentes ignorantes cuyas doctrinas, predicadas bajo un barniz de sabiduría, eran en realidad necias y contradictorias. Por lo general, ésta era la actitud que adoptaban los paganos cultos y de buena posición social, para quienes los cristianos eran una gentuza despreciable.

En época de Marco Aurelio, un autor erudito de quien sólo sabemos que se llamaba Celso compuso contra los cristianos un tratado que llamó “La palabra verdadera”. Allí Celso expresa el sentimiento de quienes, como él, se consideraban sabios y refinados:

En algunas casas privadas nos encontramos con gente que trabaja con lana y con trapos, y a zapateros, es decir, a las gentes más incultas e ignorantes. Delante de los jefes de familia, esta gente no se atreve a decir palabra. Pero tan pronto como logran apartarse con los niños de la casa, o con algunas mujeres tan ignorantes como ellos, empiezan a decirles maravillas. […] Los que de veras quieran saber la verdad, que dejen a sus maestros y a sus padres, y que vayan con las mujeres y los chiquillos a las habitaciones de las mujeres, o al taller del zapatero, o a la talabartería, y allí aprenderán la vida perfecta. Es así como estos cristianos encuentran quien les crea (Orígenes, Contra Celso, 3:55).

Por la misma época, Cornelio Frontón, que había sido maestro de Marco Aurelio, compuso otro ataque contra los cristianos que desafortunadamente se ha perdido. Sin embargo, es posible que el autor cristiano Minucio Félix esté citando la obra de Frontón al poner en labios de un pagano las siguientes palabras: Si os queda un ápice de sabiduría o de vergüenza, dejad de investigar lo que sucede en las regiones celestiales, y los destinos y secretos del mundo. Basta con que miréis dónde ponéis los pies, sobre todo a gentes como vosotros, sin educación ni cultura, sino rústicas y rudas (Octavio, 12).

Luego, la enemistad contra los cristianos, que muchas veces pretendía basarse sólo en cuestiones de religión y doctrinas, también tenía mucho que ver con prejuicios de clase. Las personas supuestamente refinadas no podían ver con buenos ojos que esa gentezuela, pobre e inculta, pretendiera conocer una verdad que ellas no conocían.

En todo caso, las gentes cultas atacaban al cristianismo diciendo ante todo que era una religión de bárbaros. Buena parte de lo que los cristianos enseñaban no había sido descubierto por los griegos ni por los romanos, sino por el inculto pueblo judío, cuyos supuestos sabios nunca se elevaron a la altura de los filósofos griegos. Y lo poco de bueno que pueda encontrarse en las Escrituras de los judíos se debe probablemente a que fue copiado de los griegos.

Además —siguen diciendo las gentes como Celso, Frontón y otros— el Dios de los judíos y cristianos es un Dios ridículo. Por una parte dicen que es omnipotente, y que es el ser supremo que se encuentra por encima de todo. Pero por otra parte le describen como un ser curioso, que se inmiscuye en todos los asuntos humanos, que está en todas las casas viendo lo que se dice y hasta lo que se cocina. Ese modo de concebir la divinidad es una sinrazón. O bien se trata de un ser omnipotente, por encima de todos los otros seres, y por tanto apartado de este mundo; o bien se trata de un ser curioso y entremetido, para quien las nimiedades humanas resultan interesantes. En todo caso, sea cual fuere este Dios de los cristianos, el hecho es que su culto destruye la fibra misma de la sociedad, pues hace que quienes lo siguen se abstengan de toda clase de actividades sociales, so pretexto de que participar en ellas sería adorar a dioses que no existen. Pero, si en verdad tales dioses no existen, ¿por qué temerles? ¿Por qué no participar de su culto junto a la gente sensata, aun cuando uno no crea en ellos? El hecho parece ser que los cristianos, que dicen que los dioses paganos son falsos, sin embargo siguen temiendo a esos dioses.

En cuanto a Jesús, basta recordar que fue un malhechor condenado por las autoridades romanas. Celso llega hasta a decir que era hijo ilegítimo de María con un soldado romano. Si de veras era Dios o Hijo de Dios, ¿por qué permitió que le crucificaran? ¿Por qué no hizo que cayeran muertos sus enemigos? ¿Por qué no desapareció cuando iban a clavarle al madero? Y suponiendo que de hecho Dios vino a la tierra en Jesús, pregunta Celso:

¿De qué puede servir tal visita de Dios a la tierra? ¿Será quizá para averiguar lo que pasa entre los seres humanos? ¿No lo sabe él todo? ¿O será que lo sabe, pero no puede corregirlo si no viene él en persona a hacerlo? (Contra Celso, 4 2).

Por último, estos cristianos andan predicando y creyendo que han de resucitar. Es sobre la base de esa fe que se enfrentan al martirio con una obstinación casi increíble. Pero no es cosa de gentes sensatas dejar esta vida, que es cosa segura, por otra vida supuestamente superior, que en el mejor de los casos es cosa dudosa.

Y eso de la resurrección es el colmo de las necedades cristianas. ¿Cómo han de resucitar aquéllos cuyos cuerpos han sido destruidos por fuego, o devorados por los peces o las fieras? ¿Irá Dios por todo el mundo recogiendo y uniendo los pedazos de cada cuerpo? ¿Cómo se las arreglará Dios, en el caso de aquellas porciones de materia que han pertenecido primero a un cuerpo, y después a otro? ¿Se las adjudicará a su primer dueño? En tal caso, ¿quedará un hueco en el cuerpo resucitado del dueño posterior? Como vemos, todas estas observaciones, comentarios y preguntas se dirigían al corazón mismo de la fe cristiana. No se trataba ya de rumores infundados acerca de orgías incestuosas, ni de prácticas de canibalismo, sino que se trataba más bien de las doctrinas mismas del cristianismo. A tales burlas y ataques no se podía responder con una mera negación. Era necesario más bien ofrecer argumentos sólidos que respondiesen a las objeciones que se planteaban. Tal fue la obra de los apologistas.

Los principales apologistas

La tarea de defender la fe ante esta clase de ataques produjo algunas de las más notables obras teológicas del siglo segundo. Y aún en el tercero y el cuarto no faltaron quienes continuaron esa tradición. Desde nuestra perspectiva, sin embargo, los autores que nos interesan por el momento son los que primero se enfrentaron a esta tarea, es decir, los que escribieron durante el siglo segundo y los primeros años del tercero.

Posiblemente una de las más antiguas apologías que han llegado a nuestros días es el Discurso a Diogneto, cuyo autor anónimo —quizá Cuadrato— parece haber vivido a principios del siglo segundo. Poco después, antes del año 138, Arístides compuso otra apología que parecía haberse perdido, pero que ha sido descubierta en fecha reciente. Pero el más famoso de los apologistas fue Justino Mártir, a cuyo martirio nos hemos referido en el capítulo anterior. Justino había seguido una larga peregrinación espiritual, yendo de doctrina en doctrina, hasta que se convenció de que el cristianismo era la “verdadera filosofía”. De él se conservan tres obras: dos apologías y el Diálogo con Trifón, que consiste en una discusión con un rabino judío. Un discípulo de Justino, Taciano, compuso otra apología bajo el título de Discurso a los griegos. Por la misma época, Atenágoras escribió una Defensa de los cristianos y otro tratado Sobre la resurrección de los muertos.

Alrededor del año 180, el obispo de Antioquía, Teófilo, escribió Tres libros a Autólico, que trataban sobre la doctrina cristiana de Dios, la interpretación de las Escrituras, y la vida cristiana, tratando de refutar las objeciones de los paganos sobre cada uno de estos puntos.

Todas las obras mencionadas en el párrafo anterior fueron escritas en griego, y en el siglo segundo. En el siglo tercero, el gran maestro alejandrino, Orígenes, escribió una refutación Contra Celso, que hemos citado más arriba, y que fue también escrita en griego.

En lengua latina, los últimos años del siglo segundo y los primeros del tercero nos han dejado dos escritos apologéticos, parecidos entre sí, y sobre los cuales los eruditos no concuerdan acerca de cuál fue escrito primero: la Apología de Tertuliano y el Octavio de Minucio Félix, que también hemos citado más arriba.

Todas estas obras son importantes porque es casi exclusivamente a través de ellas que conocemos los rumores y críticas de que los cristianos eran objeto, y también porque en ellas vemos a la iglesia enfrentándose por primera vez a la tarea de responder a la cultura que le rodea.

Fe cristiana y cultura pagana

Puesto que se les acusaba de ser gente bárbara e inculta, los cristianos del siglo segundo se vieron obligados a discutir la cuestión de las relaciones entre su fe y la cultura pagana. Naturalmente, dentro de la iglesia todos concordaban en que todo aquello que se relacionara con el culto de los dioses debía ser rechazado. Por esta razón los cristianos no participaban de muchas ceremonias civiles, en las cuales se ofrecían sacrificios y juramentos a los dioses. También les estaba prohibido a los cristianos ser soldados, en parte porque podían verse obligados a matar a alguien, y en parte porque a los soldados se les requería hacer juramentos y ofrecer sacrificios al César y a los dioses. De igual modo, había muchos cristianos que pensaban que las letras clásicas no debían estudiarse, pues en ellas se contaba toda suerte de superstición y hasta de inmoralidad acerca de los dioses. Para ser cristiano era necesario comprometerse al culto único de Dios y de Jesucristo, y cualquier concesión en sentido contrario equivalía a renegar de Jesucristo, quien a su vez renegaría del apóstata en el día del juicio.

Pero, al mismo tiempo que todos concordaban en la necesidad de abstenerse de la idolatría, no todos concordaban en cuanto a la postura que debía adoptarse ante la cultura clásica pagana. Esa cultura incluía la obra y el pensamiento de sabios tales como Platón, Aristóteles y los estoicos, cuya sabiduría ha recibido la admiración de muchos hasta nuestros días. Rechazarla equivalía a rechazar mucho de lo mejor que el espíritu humano había producido. Aceptarla podría aparecer como una concesión al paganismo y como el comienzo de una nueva idolatría. Ante esta alternativa, los cristianos de los siglos segundo y tercero siguieron dos caminos. Por una parte, algunos no veían sino una oposición radical entre la fe cristiana y la cultura pagana. Esta postura fue expresada a principios del siglo tercero por Tertuliano, en una frase que se ha hecho famosa: “¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén? ¿O qué tiene que ver la Academia con la Iglesia?” Tertuliano escribió estas líneas porque, como veremos más adelante, en su tiempo circulaban muchas tergiversaciones del cristianismo, y él estaba convencido de que esas herejías se debían a que algunos habían tratado de combinar la fe cristiana con la filosofía pagana.

Pero aún antes de que tales herejías constituyeran una preocupación fundamental para los cristianos, ya había quienes adoptaban una postura semejante frente a la cultura clásica. Quizá el mejor ejemplo de esto pueda verse en el Discurso a los griegos que compuso Taciano, el más famoso discípulo de Justino. Esta obra es un ataque frontal contra todo lo que los griegos consideraban valioso, y una defensa de los “bárbaros”, es decir, de los cristianos.

Los griegos llamaban “bárbaros” a todos los que no hablaban como ellos, y por tanto lo primero que Taciano les echa en cara es que ellos mismos no se han puesto de acuerdo en cuanto a cómo ha de hablarse el griego, puesto que en cada región hablan de un modo distinto. Además, estas gentes que piensan que su lengua es la suprema creación humana han inventado la retórica, que no es sino el arte de vender las palabras por oro, ofreciéndolas al mejor postor, aunque con ello se pierda la libertad de pensamiento y se defienda la injusticia y la mentira.

Todo lo que hay de valioso entre los griegos —prosigue Taciano— lo han tomado de los bárbaros. Así, por ejemplo, la astronomía la aprendieron de los babilonios, la geometría de los egipcios y la escritura de los fenicios. Y lo mismo puede decirse acerca de la filosofía y de la religión, puesto que los escritos de Moisés son mucho más antiguos que los de Platón, y hasta más antiguos que los de Homero. Si de veras Homero y Platón eran personas cultas, según los propios griegos dicen, es de suponerse que conocieron los escritos de Moisés. Por tanto, cualquier coincidencia entre la cultura supuestamente griega y la religión de los “bárbaros” hebreos y cristianos se debe a que los griegos han aprendido su sabiduría de los bárbaros. Pero en todo caso lo cierto es que los griegos, al leer la sabiduría de los “bárbaros”, no la entendieron, y por tanto adulteraron la verdad que los hebreos conocían. Por tanto, la supuesta sabiduría griega no es sino un pálido reflejo y una caricatura de la verdad que Moisés conoció y que los cristianos ahora predican.

Si esto es cierto de lo mejor de la cultura pagana, podemos adivinar lo que Taciano ha de decir acerca de los dioses de los griegos. Acerca de los dioses, Homero y los demás poetas griegos cuentan cosas dignas de vergüenza, pues entre ellos se practica la mentira, el adulterio, el incesto y el infanticidio. ¿Cómo entonces se nos ha de pedir que honremos a tales dioses, si son a todas luces inferiores a nosotros? Por último, añade Taciano, no olvidemos que muchas de las esculturas que los griegos adoran son en realidad estatuas de mujerzuelas y prostitutas a quienes los escultores tomaron por modelos. Por tanto, los mismos griegos que critican a los cristianos por ser de baja clase social en realidad adoran a gentes de esa misma clase.

Empero no todos los cristianos adoptaban esa postura totalmente negativa ante la cultura pagana. El más claro ejemplo de una actitud mucho más positiva hacia esa cultura lo tenemos en Justino, el maestro de Taciano. Justino es sin lugar a dudas el más distinguido pensador cristiano de mediados del siglo segundo. Antes de hacerse cristiano, había estudiado las diversas filosofías que en su época se ofrecían como más acertadas, y había llegado por fin a la conclusión de que el cristianismo era “la verdadera filosofía”. Al convertirse al cristianismo, Justino no dejó de ser filósofo, sino que se dedicó a hacer “filosofía cristiana”, y buena parte de esa filosofía consistía en descubrir y explicar las relaciones entre el cristianismo y la sabiduría clásica. Por lo tanto, Justino no albergaba hacia esa filosofía los mismos sentimientos radicalmente negativos de su discípulo Taciano. Esto no quiere decir, sin embargo, que Justino haya comprometido su fe, o que fuese un cristiano de escasa convicción, pues cuando le llegó el momento de testificar de Cristo ante las autoridades imperiales lo hizo con toda firmeza, y por tanto la posteridad le conoce con el honroso nombre de “Justino Mártir”.

Justino ve varios puntos de contacto entre el cristianismo y la filosofía pagana. Los mejores filósofos, por ejemplo, hablaron de un ser supremo que se encuentra por encima de todos los demás seres, y del cual todos derivan su existencia. Sócrates y Platón sabían que existe la vida allende la muerte física; y Sócrates mostró la fuerza de esa creencia en su muerte ejemplar. Platón también sabía que este mundo no agota toda la realidad, sino que hay otro mundo de realidades eternas. En todo esto, los filósofos tenían razón. Justino no está completamente de acuerdo con ellos, puesto que él sabe, por ejemplo, que el centro de la esperanza cristiana no es la inmortalidad del alma, sino la resurrección del cuerpo. Pero a pesar de ésta y otras diferencias, hay en los filósofos atisbos de la verdad que no es posible explicar como una mera coincidencia. ¿Cómo explicar entonces este acuerdo parcial entre los filósofos y la fe cristiana? Justino lo explica acudiendo a la doctrina del “logos”.

El término griego “logos” quiere decir tanto “palabra” como “razón”. Según los filósofos griegos, todo lo que nuestra mente alcanza a comprender lo alcanza porque de algún modo participa del “logos” o razón universal. Por ejemplo, si podemos comprender que dos y dos son cuatro, esto se debe a que tanto en nuestra mente como en el universo existe un “logos”, una razón u orden, según el cual dos y dos son cuatro. Ahora bien, lo que los cristianos creen es que en Jesucristo ese logos (y ésta es la palabra que aparece en el prólogo del Cuarto Evangelio) se ha hecho carne. Lo que Juan 1:14 nos dice es que la razón fundamental del universo, el verbo o palabra (logos) de Dios, se ha hecho carne en Jesucristo.

El propio Evangelio de Juan nos dice que este mismo verbo o logos es la luz que alumbra a todo aquel que viene a este mundo. Esto quiere decir que él es la fuente de todo conocimiento verdadero, aun antes de su encarnación. Ya Pablo había dicho (1 Corintios 10:1–4) que los antiguos hebreos no habían creído en otro sino en Cristo, pues de un modo misterioso Cristo se les había revelado aun antes de su encarnación. Ahora Justino añade que entre los paganos también ha habido quienes conocieron al mismo verbo o logos, siquiera en parte. Lo que hay de cierto en los escritos de Platón, se debe a que el verbo de Dios —el mismo verbo que se ha encarnado en Jesucristo— se lo dio a conocer. Por lo tanto, en cierto sentido Sócrates, Platón y los demás sabios de la antigüedad “eran cristianos”, pues su sabiduría les venía de Cristo, aunque sólo conocieron al verbo parcialmente, mientras que nosotros los cristianos le conocemos ahora tal cual él es, en virtud de su encarnación y su vida entre nosotros.

De este modo, Justino ha abierto el camino para que el cristianismo pueda reclamar cuanto de bueno pueda encontrar en la cultura clásica, aun a pesar de haber sido una cultura pagana.

Siguiendo su inspiración, pronto hubo otros cristianos que se dedicaron a construir puentes entre su fe y la cultura de la antigüedad. Empero su obra —y los peligros que acarreó— corresponde a otro capítulo de esta historia.

Los argumentos de los apologistas

En la sección anterior hemos mostrado algunos de los argumentos que los apologistas emplearon para enfrentarse a la cuestión de las relaciones entre su fe y la cultura que les rodeaba. Ahora, siquiera someramente, debemos resumir algunos de los elementos con los que intentaron responder a las principales críticas que se hacían a las doctrinas del cristianismo.

A la acusación de ser ateos, los cristianos respondían diciendo que, si ellos eran ateos, también lo habían sido algunos de los más famosos filósofos y poetas griegos. Para fundamentar este argumento no tenían sino que recurrir a algunas de las obras de la literatura griega, en las que se decía que los dioses eran invención humana, que sus vicios eran peores que los que se practicaban en la sociedad humana, y otras cosas por el estilo. Arístides sugiere que la razón por la que los griegos se inventaron tales dioses fue para poder ellos mismos dar rienda suelta a sus más bajos apetitos, teniendo a los dioses por ejemplo. Taciano dice que toda la creación ha sido hecha por Dios por amor nuestro, y que por tanto es un error adorar a una parte cualquiera de esa creación. Y en el mismo sentido Atenágoras dice: “yo no adoro al instrumento, sino al que le presta la música”.

Además, varios de los apologistas les echan en cara a los paganos que sus dioses son hechura de manos, y hasta que hay algunos que tienen necesidad de guardias para protegerles de quienes de otro modo intentarían robarles. ¿Qué clase de dioses son éstos que necesitan que se les cuide? ¿Qué poder han de tener para cuidarnos a nosotros? En cuanto a la resurrección, los apologistas responden apelando a la omnipotencia divina. En efecto, si creemos que Dios ha hecho todos los cuerpos de la nada, ¿por qué no hemos de creer que pueda reconstruirlos de nuevo, aun después de muertos y corrompidos? A las acusaciones de inmoralidad, los apologistas responden a la vez con una negativa rotunda y con una acusación contra el paganismo. ¿Cómo pensar que en nuestro culto se dan orgías y uniones ilícitas, cuando nuestros principios de conducta son tales que aun los malos pensamientos han de ser desechados? Son los paganos los que, sobre la base de lo que ellos mismos cuentan de sus dioses, y hasta a veces so pretexto de adorarles, cometen las más bajas inmoralidades. Y, ¿cómo pensar que comemos niños, nosotros a quienes todo homicidio nos está prohibido? Son ustedes los paganos los que acostumbran dejar a los hijos indeseados expuestos a los elementos, para que allí perezcan de hambre y de frío.

Por último, se acusaba a los cristianos de ser gente subversiva, que se negaba a adorar al emperador y que por tanto destruía la fibra misma de la sociedad. A tal acusación, los apologistas responden diciendo que, en efecto, se niegan a adorar al emperador o a cualquiera otra criatura; pero que a pesar de ello son súbditos leales del Imperio. Lo que el emperador necesita no es que se le adore, sino que se le sirva, y quienes mejor le sirven son quienes le ruegan al único Dios verdadero por el bienestar del Imperio y del César. En conclusión, aun cuando se niegan a adorarle, los cristianos son los mejores súbditos con que cuenta el emperador, pues constantemente presentan las necesidades del Imperio ante el trono celestial, y por ello son, como dice el Discurso a Diogneto, “el alma del mundo”.

En resumen, los apologistas dan testimonio de la tensión en que viven los cristianos de los primeros siglos. Al mismo tiempo que rechazan el paganismo, tienen que enfrentarse al hecho de que ese paganismo ha producido una cultura valiosa. Al tiempo que aceptan la verdad que encuentran en los filósofos, insisten en la superioridad de la revelación cristiana. Y al tiempo que se niegan a adorar al emperador, y ese mismo emperador les persigue, siguen orando por él y admirando la grandeza del Imperio Romano. Las siguientes líneas del Discurso a Diogneto describen admirablemente esa tensión:

Los cristianos no se diferencian de los demás por su nacionalidad, por su lenguaje ni por sus costumbres [ . . . ]. Viven en sus propios lugares, pero como transeúntes. Cumplen con todos sus deberes de ciudadanos, pero sufren como extranjeros. Dondequiera que estén encuentran su patria, pero su patria no está en ningún lugar […]. Se encuentran en la carne, pero no viven según la carne. Viven en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen todas las leyes, pero viven por encima de lo que las leyes requieren. A todos aman, pero todos les persiguen (Discurso a Diogneto, 5:1–11).

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 67–76). Miami, FL: Editorial Unilit.