¿EXISTEN LOS VALORES ABSOLUTOS?

¿EXISTEN LOS VALORES ABSOLUTOS?

El relativismo no es nada nuevo, pues Heráclito, filósofo de la antigüedad griega, ya había planteado que: «Nunca se baña uno dos veces en el mismo río, porque el agua siempre es nueva». De esa manera señalaba el cambio constante que embebe todo nuestro existir. Si todo está continuamente fluyendo (cambiando) entonces, nada permanece igual. Todo es relativo en cuanto a la manera en que las cosas son en un momento.

¿Cómo puede algún valor ser absoluto?
Varias son las teorías morales que han formulado retos a la naturaleza absoluta de los imperativos morales desde la época de Heráclito a la fecha. Algunos afirmaron que no hay leyes rígidas. Kierkegaard decía que todos los mandamientos éticos son trascendidos por los deberes religiosos, tal como Abraham tuvo que dar «un salto de fe» trascendiendo toda moral para sacrificar a Isaac. A.J. Ayer decía que todos los juicios de valor eran, literalmente, insensatos por ser inverificables mediante la experiencia. Algunos plantearon que, en realidad, la ética solo consta de principios generales que sirven para el propósito de estructurar (informar, en el sentido de dar forma o moldear) la sociedad. Jeremy Bentham y John Stuart Mill concordaron en que deben seguirse las normas sociales generales para que el hombre pueda ser feliz pero que, en última instancia, no son obligatorias. Otros, como Joseph Fletcher, piensan que todas las normas deben ser evaluadas por el individuo en cada situación.
La ética situacional de Joseph Fletcher está construida sobre la idea de que «nuestra obligación es relativa a la situación». El amor es el único absoluto para Fletcher, y todos los otros mandamientos morales son relativos respecto a ese absoluto. La única manera de juzgar lo bueno y lo malo es considerando los resultados. Lo que «sirve» o «satisface» es lo bueno. Los valores, entonces, no son hechos por Dios ni por la sociedad, sino por el individuo que debe decidir qué es lo bueno para él en una situación dada. Cuando se pregunta: «¿Es malo el adulterio?», Fletcher responde: «Uno solo puede contestar: “No sé. Quizá. Plantee un caso. Describa una situación real”». Fletcher cree que así elimina la crueldad del legalismo al enfocarse en las personas antes que en los preceptos.

Ética situacional
El libro de Joseph Fletcher, Ética situacional, no ofrecía ideas novedosas cuando fue publicado en 1966, sino que esclarecía la posición, lo cual la popularizó. Fletcher expresa sin ambages que sus presuposiciones son el pragmatismo (el fin justifica los medios), el relativismo (solo el amor es absoluto; todos los demás valores son relativos), el positivismo (los principios morales se creen, no se prueban), y el personalismo (las personas son más importantes que las cosas). Fletcher, refiriéndose a la Biblia, dice: «La melancolía barata o frustración absoluta nos seguirá si hacemos de la Biblia un libro de reglas, olvidando que es una colección de refranes, tal como el Sermón de la Montaña, que nos ofrece cuando mucho unos paradigmas o sugerencias» (p. 77). Fletcher defiende el pragmatismo al preguntar: «¿Qué justifica a los medios si el fin no los justifica?» (p. 120). Fletcher es coherente, al menos, pues procede a reconocer que los fines deben también ser justificados. El amor es el único fin que se justifica a sí mismo (p. 129), lo cual suscita la reflexión: Si el amor se justifica a sí mismo, ¿por qué no pueden ser buenos en sí mismos los otros bienes? Si lo fueran, entonces ya no serían medios sino fines en sí mismos.

LA IMPOSIBILIDAD DE NEGAR LOS ABSOLUTOS
Negar los absolutos implica una incoherencia fundamental: uno debe considerar que hay absolutos en el proceso mismo de la negación; por más razonables que parezcan esas propuestas. Para negar absolutos uno debe formular una negación absoluta. Es como decir: «Nunca digas nunca»; pues uno lo acaba de decir. O: «Siempre es malo decir siempre»; pues uno tiene que pronunciarlo para decirlo. ¿Cómo puede uno tener la certeza absoluta de que no hay absolutos?
Además, si el relativismo fuese cierto, entonces, debe haber algo respecto a lo cual todas las cosas son relativas, pero que no sea relativo en sí mismo. En otras palabras, algo tiene que ser absoluto antes que podamos ver que todo lo demás es relativo a eso. He aquí la naturaleza de las relaciones: existen entre dos o más cosas. Nada puede ser relativo en Sí mismo, y si todo lo demás es relativo, entonces tales relaciones no son reales. Tiene que haber algo inmutable con lo cual podamos medir el cambio en todo lo demás. Hasta Einstein lo admitió, y planteó un Espíritu absoluto al cual todo lo demás estaría relacionado. John Dewey, educador y filósofo norteamericano (1859–1952), avanzó al absoluto en su progresión; y Heráclito tuvo un Logos absoluto que medía el «fluir» de su río.

AFIRMAR VALORES ABSOLUTOS
Demostrar que el relativismo es erróneo no prueba que los valores cristianos sean buenos. El relativista replica: «¿Con que hay alguno valores absolutos? Nómbreme uno». C.S. Lewis nombró varios en sus obras al mostrar que muchas cosas son universalmente reconocidas como malas, por ejemplo, la crueldad con los niños, la violación, el asesinato sin causa debida, etc. Lewis también comentó (en el apéndice de su libro Abolition of Man), que los valores no cambian mucho de una cultura a otra sino que son muy similares. Nuestro desafío es, de todos modos, nombrar uno solo.
Algunos pensadores han tratado de reducir todos los principios morales a un absoluto central. Kant planteó su «imperativo categórico», que debe seguirse en toda circunstancia y que se descubre al preguntarse, en cada decisión: «¿Quiero que esta acción sea costumbre universal para todos los hombres?» Si usted contesta que no, entonces no lo haga. ¿Quiere que todos los hombres le mientan? Entonces, no mienta. ¿Quiere que todos los hombres no asesinen? Entonces, no asesine. Haga solo las cosas que quiere que todos los hombres sean capaces de hacer.

El quid del asunto
Si uno quiere llegar al quid del asunto y saber lo que realmente cree alguien respecto de los valores, indague cuáles son las expectativas de esa persona. Alguien puede decir, con toda facilidad, que la gente no vale más que las cosas, pero resistirá si uno lo trata como a un fósforo quemado y lo desecha. Espera que lo traten como persona valiosa, aunque niegue verbalmente ese valor. Hasta el que proclama que no hay valores, continúa valorando el derecho a tener esa opinión y espera que uno haga lo mismo. Este hecho nos sirve mucho para afirmar los valores absolutos, porque los hace efectivamente innegables. Cada vez que alguien niega los valores absolutos, espera que lo traten como alguien con valor absoluto.
Martin Buber dijo que el principio moral más importante es tratar a las personas como tales, no como cosas, pues podemos vivir viendo todo lo demás como «eso» o admitir que algunas cosas son similares a nosotros y debemos llamarlas «tú». Las interrelaciones «yo-tú» son, para Buber, las que confieren significado a la vida, y son el fundamento de todos los valores. La gente debe ser tratada como fines en sí misma y no como medio para un fin. Debe ser amada, no usada.
No cuesta mucho percatarse de que Kant y Buber concuerdan, en principio, con Jesús, en lo referido al valor más importante. Jesús dijo que tratemos a las personas en la forma en que queremos que ellas nos traten. Cuando se le preguntó cuál era la ley más importante del Antiguo Testamento, replicó: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas».
¿Qué es, pues, el imperativo categórico kantiano sino una reformulación de la regla de oro de Cristo? Y ¿qué es el «grande mandamiento» sino un imperativo para mantener las relaciones «yo-tú» con todas las personas, y, muy en especial, con el Tú Definitivo y Final?
Yo y tú
Martin Buber (1878–1965), el famoso filósofo existencialista judío-austríaco, exploró el ámbito de las relaciones en un libro titulado Yo y tú, en el que usa ese término familiar, «tú» para expresar intimidad. Comenta que vivimos en tres niveles de vida diciendo: «Al extender las líneas de las relaciones, se interceptan en el tú eterno» (p. 123). Buber define el amor así: «Amor es la responsabilidad de un yo por un tú: en esto consiste eso que no puede consistir de ningún sentimiento: la igualdad de todos los que aman. Desde el menor al más grande; y desde aquel dichosamente seguro, cuya vida está circunscrita por la existencia de otro amado ser humano, hasta aquel cuya vida está clavada en la cruz del mundo, capaz de lo que es inmenso y suficientemente atrevido para arriesgarse: amar al ser humano» (Martin Buber, Yo y tú, Fondo de Cultura Económica, México).
La ética del amor cristiano es el cimiento principal sobre el que se establecen todas las otras normas éticas.
El amor es un valor absoluto universalmente reconocido. Hasta Bertrand Russell, famoso por su ensayo Por qué no soy cristiano, dijo: «El mundo necesita amor o compasión cristianas». Erich Fromm, el sicólogo humanista, afirma que todos los problemas provienen de la falta de amor. Confucio tuvo la misma idea pero la expresó en forma negativa: «No hagas a los otros lo que no quieras que ellos te hagan a ti». ¿Quién alegaría contra el amor?
«¿Cómo quiero que me trate la gente?», es la pregunta que constituye la esencia del imperativo categórico kantiano pues, ciertamente, todos deseamos ser amados. Si queremos ser amados, entonces debemos amar a los demás. No amarlos equivale a negar la cualidad de persona de ellos, pues amamos a las personas como tales. Efectivamente, ¿no es por eso que esperamos ser amados: porque somos personas y las tales deben ser amadas? Si debemos ser amados, entonces todas las personas deben ser amadas. Concluir otra cosa sería incoherente y arbitrario. El amor es un valor moral absoluto universalmente aceptado y esperado por toda la gente.

Geisler, N., & Brooks, R. (1997). Apologética: Herramientas valiosas para la defensa de la fe (pp. 334-339). Editorial Unilit.

¿EXISTE DIOS?

10350414_516436341790096_3737687015717083030_nPREGUNTAS ACERCA DE DIOS
La existencia de un Dios personal y moral es el fundamento de todo lo que creen los cristianos. Si no hay un Dios moral no hay un ser moral contra quien pecar; por lo tanto, no se necesita salvación. Más aún, si no hay Dios, sus actos (milagros) no pueden existir, y los relatos acerca de Jesús solo pueden entenderse como ficción o mitos. Por lo tanto, la primera pregunta a tratar en la preevangelización es: «¿Existe Dios?» La segunda está muy relacionada con la anterior: «Si existe, ¿qué clase de Dios es?»
En este capítulo contestamos ambas preguntas. En el tres, revisaremos las cuestiones referentes a otros dioses.

¿EXISTE DIOS?

ARGUMENTOS A FAVOR DE LA EXISTENCIA DE DIOS

Tradicionalmente se usan cuatro argumentos básicos para probar la existencia de Dios: cosmológico, teleológico, axiológico y ontológico; vocablos técnicos que definimos así: argumento a partir de la creación (cosmos significa creación); argumento a partir del diseño o propósito (telos significa propósito); argumento a partir de la ley moral (axios significa juicio); y, el argumento a partir del ser (ontos significa ser).

Historia del argumento a partir de la creación

Pablo dijo que todos los hombres conocen acerca de Dios «porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa» (Romanos 1:19–20). Platón es el primer pensador conocido que desarrolló todo un argumento basado en la causalidad. Aristóteles siguió su línea. Los filósofos musulmanes Al Farabi y Avicenna también recurrieron a este tipo de razonamiento, al igual que el pensador judío Moisés Maimónides. En el pensamiento cristiano, Agustín, Santo Tomás, Anselmo, Descartes, Leibniz, y otros hasta nuestros días, lo hallaron valioso y lo han hecho el argumento más ampliamente conocido de la existencia de Dios.

El argumento a partir de la creación

La idea básica de este argumento es que, así como hay un universo, este debió ser causado por algo más allá de él mismo. Esto se basa en la ley de la causalidad, la cual dice que todo objeto finito es causado por otro diferente a él. Este argumento asume dos formas distintas que trataremos por separado. La primera indica que el universo necesita una causa inicial; la segunda, que necesita otra causa actual para continuar existiendo.

El universo fue causado en el principio

Este argumento afirma que el universo es limitado porque tuvo un principio, y que tal principio fue originado por algo más allá del universo mismo. Esto puede formularse de la siguiente manera:

1. El universo tuvo un comienzo.
2. Lo que tiene un comienzo debe haber sido causado por otra cosa.
3. Por lo tanto, el universo fue causado por otra cosa, y esa causa fue Dios.

Para evitar esa conclusión algunos dicen que el universo es eterno; que nunca tuvo comienzo, que siempre existió y nada más. Carl Sagan señaló: «El cosmos es todo lo que es, fue alguna vez, o será». Pero tenemos dos respuestas a esa objeción. La primera de ellas es que la prueba científica respalda fuertemente la idea de que el universo tuvo un comienzo. El punto de vista que casi siempre sostienen quienes proclaman que el universo es eterno —llamada teoría del «estado constante» conduce a algunos a creer que el universo está produciendo constantemente átomos de hidrógeno a partir de la nada.2 Sería mucho más sencillo creer que Dios creó el universo a partir de la nada.
Además, el consenso de los científicos que estudian el origen del universo es que éste se formó de una manera súbita y cataclísmica, lo que llaman teoría del Big-bang o la Gran Explosión. La prueba principal de que el universo tuvo un comienzo es la segunda ley de la termodinámica, que afirma que el universo se está quedando sin energía utilizable. Es decir, que si está agotándose, no puede ser eterno. «Alguien tuvo que darle cuerda para que se esté acabando». Otra prueba del Big-bang es que todavía podemos encontrar radiación de esa explosión y ver el movimiento que ha causado (véase capítulo diez para más detalles). Robert Jastrow, fundador y director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, dijo: «Debe haber una explicación lógica del explosivo nacimiento de nuestro universo; y si existe, la ciencia no puede hallar cuál es esa explicación. La pesquisa científica del pasado termina en el momento de la creación».
Más allá de la evidencia científica que demuestra que el universo empezó, hay una razón filosófica para creer que el mundo tuvo un punto de partida. Este argumento muestra que el tiempo no puede regresar a la eternidad pasada. Se ve que es imposible pasar por una serie infinita de momentos.
Uno puede imaginarse que pasa por un número infinito de puntos sucesivos en el vacío, moviendo el dedo de un punto a otro, pero el tiempo no tiene dimensiones ni es imaginario. Es real, y cada momento que pasa consume tiempo que no podemos recuperar; es más que pasar el dedo a través de un número interminable de libros en una biblioteca. Uno nunca llega al último libro. Aunque piense que lo ha hecho, siempre puede agregarse uno más, otro y otro … Uno nunca puede terminar una serie infinita de objetos materiales.
Si el pasado es infinito (lo cual es otra manera de decir: «Si el universo siempre hubiera existido sin un comienzo»), nunca habríamos podido pasar por el tiempo para llegar a hoy. Si el pasado es una serie infinita de momentos y justo ahora es donde termina, habríamos pasado por una serie infinita, y eso es imposible. Si el mundo nunca hubiera tenido un principio, no habríamos podido llegar a hoy. Pero llegamos a hoy; de modo que el tiempo debe haber empezado en algún punto particular del pasado y hoy ha llegado a un tiempo definido desde entonces. Por lo tanto, el mundo es un hecho finito, después de todo, y necesita una causa para su comienzo.

Dos clases de series infinitas

Hay dos clases de series infinitas: una es abstracta y otra concreta. La serie infinita abstracta es un infinito matemático. Por ejemplo, como cualquier matemático sabe, hay un número infinito de puntos en una línea entre el extremo A y el B, no importa cuán corta o larga sea la línea. Digamos que los puntos son dos sujetalibros separados por un metro. Ahora, como todos sabemos, aunque haya un número infinito de puntos matemáticos abstractos entre los dos sujetalibros, no podemos poner un número infinito de libros entre ellos, ¡no importa cuán delgadas sean las páginas! Tampoco importa cuántos metros de distancia pongamos entre los sujetalibros, pues, de todos modos, no podemos poner un número infinito de libros entre ellos. De manera que si las series infinitas matemáticas abstractas son posibles, no lo son las series infinitas reales.

Ahora que sabemos que el universo necesitó una causa para su comienzo, prosigamos con la segunda forma del argumento, la cual muestra que también necesita una causa para continuar existiendo.
El universo necesita una causa para su existencia continua

Algo nos mantiene existiendo precisamente ahora, en este momento, para que no desaparezcamos sin más ni más. Algo ha causado no solo que el mundo sea (Génesis 1:1) sino que también continúe y conserve su existir en el presente (Colosenses 1:17). El mundo necesita tanto una causa originadora como una causa conservadora. En cierto sentido, es la pregunta más elemental que podemos hacer: «¿Por qué hay algo en vez de nada?» Eso puede plantearse de la siguiente manera:

1. Las cosas finitas, cambiantes, existen. Por ejemplo, yo. Debo existir para negar que existo; de modo que, de una u otra manera, debo existir realmente.

2. Cada cosa finita, cambiante, debe ser causada por otra cosa. Si es limitada y cambia, no puede existir independientemente. Si existiera independiente o necesariamente, debería haber existido siempre sin ninguna clase de cambio.

3. No puede haber un regreso infinito de estas causas. Es decir, uno no puede seguir explicando cómo esta cosa finita causa esta otra, la que a su vez causa otra cosa finita, y continuar con lo mismo. En realidad, eso es posponer indefinidamente la explicación. Eso no explica nada. Además, si hablamos de por qué existen cosas finitas en el presente, no importa cuántas causas finitas pueda uno alinear como explicación puesto que, a su debido momento, habrá una causa que origine su propia existencia, lo que es simultáneamente efecto de esa causa. Eso carece de sentido. Por lo tanto, ningún regreso infinito puede explicar por qué existo hoy.

4. En consecuencia, debe haber una primera causa incausada de toda cosa finita cambiante que existe. Este argumento muestra por qué debe haber una causa conservadora, presente, del mundo pero no nos dice mucho sobre qué clase de Dios existe. ¿Cómo sabemos que esta causa es realmente el Dios de la Biblia?

DOS ASPECTOS DE LA CREACIÓN

Argumento a partir del propósito (diseño)

Este argumento, como otros que mencionaremos brevemente, razona a partir de un aspecto específico de la creación, para ir luego al Creador que lo puso ahí. Argumenta a partir del diseño al Diseñador inteligente.

1. Todo diseño implica un diseñador.
2. Hay un gran diseño en el universo.
3. Por lo tanto, debe haber un Gran Diseñador del universo.

Conocemos la primera premisa por experiencia. Cada vez que vemos un diseño complejo sabemos, por esa experiencia, que provino de la mente de un diseñador. Los relojes implican relojeros, los edificios suponen arquitectos, las pinturas implican pintores, los mensajes codificados presuponen un emisor inteligente. Siempre tenemos esa expectativa porque la vemos ocurrir una y otra vez. Esta es otra manera de establecer el principio de la causalidad.
Además, mientras mayor el diseño, mayor su diseñador. Los castores construyen represas con troncos pero nunca han hecho una como la de Hoover, en Colorado, E.U.A. De igual manera, si sentamos mil simios ante una máquina de escribir nunca escribirán un Hamlet. No obstante, Shakespeare lo hizo en el primer intento. Mientras más complejo el diseño, mayor la inteligencia requerida para producirlo.

Historia del argumento a partir del diseño

«Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien» (Salmo 139:13–14). William Paley (1743–1805), en respuesta al nacimiento de la «Ilustración» y del método científico, insistía que si alguien encontraba un reloj en un campo, concluiría correctamente que hubo un relojero, debido al claro diseño. Lo mismo debía decirse del diseño encontrado en la naturaleza. El escéptico David Hume llegó a aseverar ese argumento en su libro Dialogues Concerning Natural Religion [Diálogos acerca de la religión natural], como hicieron otros pensadores. Sin embargo, hubo tanto oponentes como defensores de esta teoría. El clásico defensor fue William Paley, y el oponente más famoso, David Hume.

Aquí debemos mencionar que hay una diferencia entre los patrones sencillos y el diseño complejo. Los copos de nieve o los cristales de cuarzo tienen patrones sencillos, repetidos una y otra vez, aunque se debe a causas naturales por completo. Por otro lado, no encontraríamos frases escritas en piedras si no existieron seres inteligentes que las escribieran. Eso no ocurre de manera natural. La diferencia radica en que los copos de nieve y los cristales de cuarzo tienen un simple patrón repetido. Pero el lenguaje comunica información compleja, no la misma cosa una y otra vez. Esta información compleja acontece cuando se dan condiciones definidas a los elementos naturales. Por lo tanto, un minero no se sorprende cuando ve pequeñas piedras redondas en un arroyo, porque la erosión natural las redondea de esa manera. Pero si encuentra una punta de flecha, deduce que un ser inteligente modificó deliberadamente la forma natural de la piedra. Advierte aquí cierta complejidad que las fuerzas naturales no explican. Ahora bien, el diseño del cual hablamos en este argumento es uno complejo y no simples patrones; mientras más complejo sea el diseño, mayor la inteligencia requerida para producirlo.
Aquí es donde entra la siguiente premisa. El diseño que captamos en el universo es complejo. El universo es un intrincado sistema de fuerzas que obran en conjunto para el beneficio integral del todo. La vida es un desarrollo muy complejo. Una sola molécula de ADN, el «ladrillo» elemental de toda vida, lleva la misma información que un tomo de una enciclopedia. Nadie que vea una enciclopedia tirada en un bosque, dudaría en pensar que tuvo una causa inteligente, de modo que cuando encontramos una criatura viva compuesta de millones de células construidas por ADN, debemos presuponer que, de igual manera, tiene una causa inteligente detrás. Aun más claro es el hecho que algunas de estas criaturas vivas son inteligentes también. Hasta Carl Sagan reconoce que:

«El contenido de información que hay en el cerebro humano, expresado en bits, puede ser comparable con el número total de conexiones entre las neuronas: aproximadamente cien trillones, o sea 100.000.000.000.000, de bits. Si esa información se escribiera, digamos en español, llenaría unos veinte millones de tomos, tantos como hay en las bibliotecas más grandes del mundo. Ese equivalente a veinte millones de libros yace en la cabeza de cada uno de nosotros. El cerebro es un lugar muy grande en un espacio muy pequeño … La neuroquímica del cerebro, asombrosamente activa, es el circuito de una máquina mucho más maravillosa que cualquiera que los seres humanos hayan diseñado».

Algunos objetan este argumento basándose en el azar. Dicen que cuando se lanzan los dados, puede darse cualquier combinación. Sin embargo, esto no es muy convincente por varias razones. Primero, el argumento del diseño no es en verdad un argumento a partir del azar sino, precisamente, del diseño mismo, que sabemos tiene una causa inteligente por nuestras repetidas observaciones. Segundo, la ciencia se basa en la observación repetida, no en el azar; por lo cual esta objeción planteada al argumento del diseño o propósito no es científica. Finalmente, aunque hubiera un argumento aleatorio (probabilístico), las posibilidades indican que es mucho más probable que haya un diseñador. Un científico calculó la probabilidad de que una sola célula animal surgiera por pura casualidad en 1 en 1040000. Las probabilidades de que un ser humano, infinitamente más complejo que una célula, surja al azar son demasiado bajas para calcularlas. La única conclusión razonable es que hay un Gran Diseñador tras el diseño del mundo.

El argumento a partir de la ley moral

Pueden plantearse argumentos similares basados en el orden moral del universo, más que en su orden físico. Estos postulan que la causa del universo debe ser moral, además de poderosa e inteligente.

1. Todos los hombres son conscientes de una ley moral objetiva.
2. Las leyes morales suponen un Legislador de ellas.
3. Por lo tanto, debe haber un supremo Legislador moral de la ley.

Este argumento sigue también el principio de la causalidad en un sentido, pero las leyes morales son diferentes a las naturales que ya examinamos. Las leyes morales no describen lo que es, prescriben lo que debe ser. No son sencillamente una descripción de la manera en que se comportan los hombres, ni se conocen observando lo que ellos hacen. Si lo fueran, nuestro concepto de moralidad sería, por cierto, diferente. Las leyes morales nos dicen, en cambio, lo que los hombres deben hacer, háganlo o no. Así que, todo «deber» moral procede de más allá del universo natural. No se puede explicar con nada de lo que sucede en el universo, ni se puede reducir a lo que hacen los hombres en el universo. Trasciende el orden natural y requiere una causa trascendente.

Historia del argumento moral

Este argumento no ganó prominencia sino hasta comienzos del siglo diecinueve, luego que se publicaran los escritos de Emanuel Kant. Este insistía en que no había forma de acceder al conocimiento absoluto de Dios, y rechazaba todos los argumentos tradicionales sobre su existencia. Sin embargo, aprobó el planteamiento moral, no como prueba de la existencia de Dios, sino como forma de mostrar que es un postulado necesario para la vida moral. En otras palabras, no podemos saber que Dios existe, pero debemos actuar como si existiera para que la moral tenga sentido. Pensadores posteriores a Kant, refinaron el argumento para demostrar que hay cierta base racional de la existencia de Dios en la moralidad. También se ha intentado refutar la existencia de Dios basándose en la moral e ideas procedentes de Pierre Bayle y Albert Camus.

Algunos alegarán que esta ley moral no es realmente objetiva; que es solo un juicio subjetivo que procede de los postulados sociales. No obstante, este punto de vista no considera el hecho de que todos los hombres reconozcan las mismas cosas malas (como el asesinato, la violación, el robo, la mentira). Además, la crítica que este criterio plantea se parece mucho a un juicio subjetivo porque dice que nuestros juicios de valor son erróneos. Ahora bien, si no hubiera una ley moral objetiva, entonces no podría haber juicios de valor correctos ni erróneos. Si nuestras perspectivas acerca de la moralidad son subjetivas, entonces las de ellos también lo son. Pero si afirman efectuar una declaración objetiva sobre la ley moral, entonces presuponen que hay una ley moral en el acto mismo de tratar de negarlo. Quedan así atrapados en ambos sentidos. Hasta su declaración «nada sino» exige conocer «más que», lo que muestra que se adhieren, secretamente, a alguna norma absoluta que trasciende los juicios subjetivos. Por último, hallamos que aun aquellos que dicen que no hay orden moral, esperan ser tratados con equidad, cortesía y dignidad. Si uno de ellos planteara esta objeción y le replicáramos con un: «¡Cállese! ¿A quién le interesa lo que usted piensa?», comprobaríamos que cree que hay algunos «deberes» morales. Cada uno espera que los otros sigan algún código moral, hasta aquellos que pretenden negarlos. La realidad es que la ley moral es un hecho innegable.

¿Igual, diferente o similar?

¿Cuánto nos parecemos a Dios? ¿Cuánto puede decirnos un efecto acerca de su causa? Algunos dicen que el efecto debe ser exactamente el mismo que su causa. Las cualidades del efecto, tales como la existencia o la bondad, son las mismas que las de su causa. Si eso fuera cierto, todos deberíamos ser panteístas, porque todos somos Dios, eternos y divinos. Otros, reaccionan diciendo que somos diferentes de Dios totalmente, que no hay similitud entre lo que Él es y lo que somos nosotros. Pero eso significaría que no tenemos conocimiento positivo de Dios; solo podríamos decir que Dios es «no esto» y «no aquello», y jamás qué es Él. Lo equilibrado es afirmar que somos similares a Dios: lo mismo, pero en una manera diferente. La existencia, la bondad, el amor, todo eso significa lo mismo para nosotros y para Dios. Nosotros lo tenemos en forma limitada, en cambio Él es ilimitado. De modo que podemos decir qué Dios es, aunque en algunas cosas debamos también decir que no es limitado como nosotros: es «eterno», «inmutable», «incorpóreo», etc.
Argumento a partir del ser

Un cuarto argumento intenta demostrar que Dios debe existir por definición, y señala que cuando accedemos a la noción de qué es Dios, la idea supone necesariamente la existencia. Hay varias formas de este argumento, pero veamos solo la idea de Dios como Ser perfecto.

1. Toda la perfección que se pueda atribuir al ser más perfecto posible (concebible) debe atribuírsele a Él (de otro modo, no sería el ser «más perfecto posible»).
2. La existencia necesaria es una perfección atribuible al Ser más perfecto.
3. Así que, debe atribuirse la existencia necesaria al Ser más perfecto.

Historia del argumento a partir del ser

Cuando Dios le reveló su nombre a Moisés, dijo: «YO SOY EL QUE SOY», dejando muy en claro que la existencia (el ser) es su principal atributo (Éxodo 3:14). Anselmo de Canterbury, monje del siglo XI, usó esta idea para formular una prueba de la existencia de Dios a partir de la noción de Dios, sin tener que buscar la evidencia en la creación. Anselmo se refirió a ella como «prueba a partir de la oración», porque pensaba en ella mientras meditaba en la idea de un ser perfecto; de aquí, el nombre del tratado donde se expone esta prueba: el Monologium, que significa orar en un solo sentido, En el Proslogium, otra de sus obras, Anselmo dialoga con Dios sobre la naturaleza, y también desarrolla un argumento a partir de la creación. Este argumento, en filosofía moderna, se encuentra en las obras de Descartes, Spinoza, Leibniz y Hartshorne.

Par responder la primera cuestión, la existencia necesaria significa que algo existe y no puede no existir. Cuando decimos esto de Dios, significa que para Él es imposible no existir. Esta es la clase más perfecta de existencia porque no puede dejar de ser.
Este argumento logra demostrar que nuestra idea de Dios debe incluir la existencia necesaria, pero no comprueba que Dios exista de modo real. Demuestra que debemos pensar en Dios como existente necesariamente; pero no prueba que exista necesariamente. Este es un error que ha confundido a mucha gente, por el que uno no debe sentirse mal. El problema es que solo habla de la manera en que pensamos acerca de Dios, y no existe o no, en realidad. Debería reformularse de esta manera:

1. Si Dios existe, lo concebimos como un Ser necesario.
2. Por definición, un ser necesario debe existir sin poder no existir.
3. Por lo tanto, si Dios existe, debe existir sin poder no existir.

Es como decir: Si hay triángulos, deben tener tres lados. Por supuesto, puede que no haya triángulos. El argumento jamás supera ese «si» inicial. Nunca llega a probar la gran cuestión que afirma responder. La única manera de hacer que ese argumento pruebe que Dios existe es introducir subrepticiamente el argumento a partir de la creación, lo cual puede ser útil porque demuestra que si hay Dios, existe en forma necesaria. Eso hace diferente esta noción de Dios en cuanto a otras maneras de concebirlo, como veremos más adelante.

Todos los caminos conducen a una causa

Hemos visto que todos los argumentos tradicionales se apoyan, en última instancia, en la idea de la causalidad. El argumento a partir del ser necesita la confirmación de que algo existe y que en ese algo se encuentra la perfección y el ser. El argumento a partir del diseño presupone que el diseño fue causado. Igualmente, la moralidad, la justicia y la verdad, son propios de argumentos que creemos tuvieron una causa como recurso básico que demuestra la existencia de Dios, pues, como dijera un estudiante, es el argumento «causamológico».

Ahora la pregunta del millón: Si todos estos argumentos tienen alguna validez pero se apoyan en el principio de causalidad, ¿cuál es la mejor manera de probar que Dios existe? Si responde: «El argumento a partir de la creación», está en la pista correcta. Pero, ¿y si combinamos estos argumentos en un todo uniforme que pruebe qué clase de ser es Dios, y asimismo su existencia? A esto nos dedicaremos en las siguientes páginas.
Geisler, N., & Brooks, R. (1997). Apologética: Herramientas valiosas para la defensa de la fe (pp. 17–31). Miami, FL: Editorial Unilit.

 

Reseña

apologetica-herramientas-valiosas-para-la-defensa-de-la-feAntes de compartir el evangelio con otros, tenemos que allanar el camino, remover los obstáculos, y responder las preguntas que les impidan aceptar al Señor.

Las objeciones que presentan los incrédulos no suelen ser triviales.

Calan muy hondo en el corazón de la fe cristiana y desafían sus fundamentos mismos.

Si los milagros no son posibles, ¿cómo creeremos que Cristo es Dios?

Si Dios no puede controlar el mal, ¿será realmente digno de adoración?

Si no respondemos a esas y otras objeciones, nuestra fe es vana.

Son preguntas inteligentes que requieren respuestas razonables.

Afortunadamente, los pensadores cristianos han respondido a esas cuestiones desde los días de Pablo; por lo tanto son ellos -además de la Palabra de Dios misma- la fuente a la que recurrimos para tratar los asuntos que hoy nos acosan.

Detalles del producto

  • Título: Apologética: Herramientas valiosas para la defensa de la fe
  • Autor: Norman Geisler, Ron Brooks
  • Editorial: Unilit
  • Fecha de publicación: 1997