¿Te aburres cuando oras? Prueba orar la Biblia

¿Te aburres cuando oras? Prueba orar la Biblia
Josué Barrios

Pocas cosas han sido tan edificantes para mí como la práctica de orar la Biblia.

Este método ha sido de mucha utilidad para incontables cristianos a lo largo de la historia; Dios puede usarlo para llevarte a profundizar en tu vida de oración.

Por eso disfruté bastante leer Orando la Biblia, de Donald Whitney, hace algunos años atrás. Ha sido uno de los libros que más impacto práctico han tenido en mi día a día. Estas son algunas cosas que este libro breve y muy útil nos enseña:

1) La presencia del Espíritu Santo fomenta la oración.
Debemos empezar por lo más importante: ningún método será útil para alguien sin el Espíritu Santo. Whitney nos recuerda eso, hablando sobre Romanos 8:15 y Gálatas 4:6.

Cuando alguien nace de nuevo, el Espíritu Santo le da a esa persona nuevos deseos orientados hacia el Padre, una nueva orientación celestial en donde clama: «¡Abba, Padre!». En otras palabras, todos aquellos en quienes habita el Espíritu Santo desean orar. El Espíritu santo hace que todos los hijos de Dios crean que Dios es su Padre y los llena con un deseo permanente de hablar con Él (loc. 140).

Como creyentes, necesitamos recordar la asombrosa realidad de que el Espíritu no está simplemente con nosotros. Él mora en nosotros conduciéndonos a vivir dependientes de Dios (Ro 8.9).

2) El problema en nuestras oraciones puede ser nuestro método.
¿Por qué a veces divagamos tanto al orar y luchamos contra el aburrimiento mientras hablamos con el Señor del universo?

Whitney nos explica que una de las principales causas de este problema es nuestra tendencia a presentar nuestras peticiones ante Dios usando las mismas palabras una y otra vez.

El problema no es que oremos por las mismas cosas de siempre, sino que usemos las mismas palabras cada vez que oramos por las cosas de siempre. Parece que casi todas las personas empiezan a orar así tarde o temprano y eso se vuelve aburrido; y cuando la oración es aburrida, no sentimos ganas de orar. Cuando no sentimos ganas de orar, es difícil orar, al menos de manera enfocada y concentrada (loc. 126).

El autor argumenta que, si tenemos el Espíritu Santo y aún así nos cuesta disfrutar nuestras vidas de oración, el problema entonces no somos nosotros. El problema es nuestro método.

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3) Es posible tener una vida de oración significativa.
Debido a nuestras frustraciones, podríamos llegar a pensar que una vida de oración significativa solo está al alcance de algunos cristianos privilegiados o algo así. Eso es algo que Whitney refuta rotundamente:

El Señor tiene a Su pueblo alrededor de todo el mundo y entre ellos hay creyentes de cada tipo de descripción demográfica. A pesar de ello, por Su Espíritu, Él les da a todos ellos el deseo de orar. ¿Se lo daría a todos si la oración significativa fuera solo para algunos?… A pesar de Su amor por Su pueblo, un amor demostrado a través de la encarnación y crucifixión de Su Hijo, un amor que se hizo evidente al proveer el Espíritu Santo, la Biblia y la Iglesia, ¿idearía Dios, entonces, un medio de comunicación ente Él y Sus hijos que la mayoría encontraría frustrante, aburrido y monótono? (loc. 268)

¡La respuesta a esa pregunta es un firme no! Todo creyente puede tener una vida de oración satisfactoria, deleitándose en Dios cada día.

4) El método de orar la Biblia es realmente simple.
La solución a la rutina aburrida de decir siempre las mismas cosas acerca de siempre lo mismo es muy sencilla: «Cuando ores, ora a través de un pasaje de las Escrituras, de manera particular a través de un salmo» (loc. 281).

Cada pensamiento que entra en tu mente mientras estás leyendo un pasaje de la Escritura —aun si tal pensamiento no tiene que ver con el texto que está delante de ti en ese momento— es algo que puedes llevar delante de Dios (loc. 340).

Whitney nos explica que orar la Biblia no es precisamente interpretarla, sino más bien usar el lenguaje del texto para hablar con nuestro Padre sobre lo que viene a nuestra mente. De esta manera ampliamos el vocabulario que usamos al orar y divagamos menos, pues estamos siendo guiados por el text, en lugar de simplemente hablar y hablar sin dirección alguna.

5) Los Salmos son el mejor lugar desde el cual orar la Biblia.
Aunque podemos orar a lo largo de toda la Biblia, Whitney nos muestra que los Salmos son especiales para esta actividad.

El Señor nos dio los Salmos para que le diéramos los Salmos de vuelta a Él. Ningún otro libro de la Biblia fue inspirado con ese propósito expreso (loc. 464).

Así como muchos cristianos han podido encontrar en los Salmos cómo adorar y clamar al Señor, nosotros también podemos hacerlo. Dios inspiró un salmo para cada anhelo de nuestros corazones y cada circunstancia en nuestro caminar.

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Si tenemos todo un libro en la Biblia lleno de alabanzas y oraciones para meditar en ellas y ponerlas en nuestras bocas, ¿por qué no orar más a menudo la Palabra?

Una versión de este artículo apareció primero en Coalición por el Evangelio.

¿De qué trata el libro de Amós?

¿De qué trata el libro de Amós?

ANDREW M. KING

El libro de Amós trata del Dios soberano de la creación y del pacto que anuncia su juicio sobre el Israel desobediente. Sin embargo, también proclama la esperanza de un reino futuro para el pueblo de Dios. En cierto sentido, esto podría describir la mayoría de los libros proféticos del Antiguo Testamento. Pero Amós no desperdicia la oportunidad y destaca estas características de varias maneras especiales.

El versículo inicial de Amós establece el contexto histórico dentro del cual se debe leer el libro. Amós 1:1 identifica al profeta Amós como un pastor de una ciudad en el Reino del Sur (cp. Am 7:13-14). A este profeta de Judea se le da un mensaje «acerca de Israel» (sobre el reino dividido, ver 1 R 12:1-20).

Los dos reyes mencionados en el título, Uzías rey de Judá y Jeroboam (II) rey de Israel, anclan el ministerio de Amós en el siglo VIII a. C. Aparte del versículo inicial, la única información biográfica adicional conocida sobre el profeta Amós se encuentra en Amós 7:10-15, donde niega ser un profeta profesional (es decir, no se ganaba la vida prediciendo el futuro). Antes de que Dios lo llamara como profeta, con toda probabilidad, Amós era un pastor y granjero pudiente (Am 7:14).

Los versículos iniciales de este libro hacen mucho más que brindar información general sobre la persona y la época de Amós. Estos versículos alertan a los lectores sobre la realidad fundamental de que todo lo que sigue es revelación divina («Palabras de Amós… de lo que vio» Am 1:1).

De manera principal, el libro de Amós se trata del Dios trino de nuestra Biblia de dos Testamentos

Si bien Amós fue el mensajero, el mensaje era algo que recibió de Dios, quien ruge desde Sión (Am 1:2). En otras palabras, esta profecía de la Escritura no fue producida por la voluntad de hombre, sino que Amós habló de parte de Dios siendo inspirado por el Espíritu Santo (2 P 1:21). De manera principal, el libro de Amós trata del Dios trino de nuestra Biblia de dos Testamentos.

Dios de la creación
Amós enfatiza dos aspectos de Dios que son esenciales para el libro. Primero, dice que Dios es creador. Tres declaraciones en forma de himnos a lo largo del libro iluminan esta caracterización (Am 4:13; 5:8-9; 9:5-6). Estos himnos en conjunto proclaman la majestad y la soberanía de Dios sobre toda la creación. Él es quien forma las montañas (Am 4:13) y ordena los ritmos del movimiento planetario y el ciclo hidrológico (Am 5:8). Los lugares más altos de la tierra están debajo de sus pies (Am 4:13). En resumen, todas las cosas fueron creadas por Él y para Él (cp. Ro 11:36; 1 Co 8:6; Col 1:16).

Esto da una perspectiva muy necesaria para los lectores. El libro de Amós está repleto de explotaciones groseras de poder (cp. Am 2:7; 4:1; 5:11; 8:4, 6). En un mundo donde los poderosos oprimen a los débiles y los débiles oprimen a los más débiles, es importante recordar dónde reside el verdadero poder. El Dios Soberano sobre toda la creación pone en perspectiva todo el albedrío humano. De manera significativa, en Amós, el Dios que ejerce todo el poder también demuestra bondad hacia los débiles.

Dios del pacto
Un segundo aspecto de Dios que es esencial para el mensaje de Amós es que Dios es el Dios del pacto. En Amós 3:1-2, Dios observa su singular relación de pacto con Israel. En lugar de que este estado de pacto asegurara una prosperidad inquebrantable, trajo consigo una mayor responsabilidad. De acuerdo con la ley, Israel debía vivir de una manera que anunciara la grandeza y la cercanía de Dios (cp. Dt 4:5-7), así como también ser un medio de bendición para el mundo (Éx 19:5-6).

Sin embargo, en lugar de representar a Dios, el pueblo de Dios se parecía más a sus vecinos malvados (Am 1:3–2:12). En el libro de Amós, se muestra que Dios es fiel al pacto al anunciar sus términos y juicios en lo que se refiere al trato de los pueblos entre sí de manera particular. Este último punto es significativo por la forma en que Amós presenta el tema teológico central en el libro.

En Amós, el Dios que ejerce todo el poder también demuestra bondad hacia los débiles

El pecado de idolatría está en el centro de la infidelidad de los israelitas en el Antiguo Testamento, en especial en los profetas (cp. Jr 1:16; Ez 8:10; Is 2:8; 42:8; Os 3:1; Mi 1:7; Zac 10:2). Sin embargo, en Amós rara vez se mencionan otros dioses (p. ej., Am 5:26; 8:14). Más bien, lo que está en juego es la dimensión horizontal de la vida de pacto del pueblo.

En lugar de cuidar a los pobres, los que tenían poder se enriquecieron a expensas de los indigentes (Am 2:6; 8:5-6). Esto estaba en marcado contraste con el carácter de Dios mostrado en el éxodo. Él cuidó del pueblo cuando estaba débil, venciendo a sus enemigos, estableciéndolos en la tierra y levantando líderes (Am 2:9-10). Considerando la bondad de Dios, el llamado al pueblo era hacer con los demás lo que Dios había hecho con ellos. De hecho, la historia tenía sus ojos puestos en Israel. Pero donde la justicia y la rectitud deberían haber corrido como agua (Am 5:24), la crueldad y la injusticia inundaron la tierra.

Sin embargo, la gente no era menos activa en la vida religiosa (Am 4:4-5). De hecho, afirmaron que Yahvé estaba con ellos (Am 5:14). Pero su trato mutuo dejó en claro que servían a otro dios por completo. Un dios que permite la piedad junto con la injusticia no es el Dios de la Biblia. Las Escrituras aclaran que nunca podemos separar lo que decimos creer de la forma en que vivimos (cp. Stg 2:18). La mala teología produce malos frutos y los malos frutos evidencian mala teología.

Para Israel, el juicio fue la única respuesta de un Dios fiel hacia su pueblo infiel al pacto. Esto vendría a través de un futuro exilio de la tierra (Am 3:11; 7:11, 17; cp. Lv 26:33). Dios anuncia que en este juicio «ha llegado el fin para Mi pueblo» (8:2).

Esperanza para las naciones
El tono predominante del libro de Amós es de juicio. De hecho, hay solo unos pocos atisbos de esperanza en el libro (Am 5:4-6, 14-15). Si bien los lectores pueden encontrar esto desconcertante, es un recordatorio importante de que el pecado, tanto vertical como horizontal, no es un asunto menor para el Dios de la creación y del pacto. Aunque el juicio es primordial, el final de Amós deja claro que hay esperanza más allá del juicio (Am 9:11-15).

Considerando la bondad de Dios, el llamado al pueblo era hacer con los demás lo que Dios había hecho con ellos

Después de un juicio de zarandeo (Am 9:9-10), Dios anuncia que «en aquel día levantaré el tabernáculo caído de David» (Am 9:11). Esta declaración puede indicar no solo que no está a la vista una entidad puramente política, sino que también puede desencadenar la anticipación de un nuevo éxodo (cp. Lv 23:42-43) en línea con el pacto davídico (2 S 7).

Uno de los propósitos de esta restauración «“es que tomen posesión del remanente de Edom y de todas las naciones donde se invoca Mi nombre”, declara el Señor, que hace esto» (Am 9:12). El hecho de que Edom y las naciones sean llamadas por el nombre de YHWH creo que indica que aquí están unidos al pueblo de Dios.

Este pasaje se cita en Hechos 15 como apoyo para la inclusión de los gentiles en la iglesia cristiana. De acuerdo con la promesa abrahámica, todas las naciones de la tierra son bendecidas por medio de Cristo, el verdadero Israel (Gn 12:3; Gá 3:8). Aunque solo en forma de semilla, el libro de Amós señala el propósito redentor de Dios visto en toda la Escritura. De principio a fin, el Dios trino de la creación y del pacto se muestra fiel en el juicio y la salvación por la fama de su nombre.

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Andrew M. King (PhD, Seminario Teológico Bautista del Sur) sirve como profesor asistente de estudios bíblicos en el seminario Midwestern Baptist Theological Seminary y como decano asistente en Spurgeon College. Es autor de Social Identity and the Book of Amos (Identidad social y el libro de Amós), entre otros libros. Vive en la ciudad de Kansas con su esposa y cuatro hijos y es miembro de la iglesia Emmaus Church.

¿Qué es la Biblia?

La palabra “Biblia” proviene de las palabras griega y latina que significan “libro”, un nombre muy apropiado, puesto que la Biblia es el libro para toda la gente de todos los tiempos. Es un libro como no hay otro, único en su clase.

Sesenta y seis diferentes libros forman la Biblia. Éstos incluyen libros sobre la ley, tales como Levítico y Deuteronomio; libros históricos, tales como Esdras y Hechos; libros de poesía, tales como Salmos y Eclesiastés; libros de profecía, como Isaías y Apocalipsis; biografías, como Mateo y Juan; y epístolas (cartas formales) como Tito y Hebreos.

Los Autores

Cerca de 40 diferentes autores humanos contribuyeron para su formación, escrita dentro de un período aproximado de 1,500 años. Los autores fueron reyes, pescadores, sacerdotes, oficiales gubernamentales, granjeros, pastores y doctores. Toda esta diversidad converge en una increíble unidad, con temas comunes entrelazados a través de toda ella.

La unidad de la Biblia se debe al hecho de que, finalmente, tiene un Autor: Dios Mismo. La Biblia es “Inspirada por Dios” (2 Timoteo 3:16). Los autores humanos escribieron exactamente lo que Dios quiso que escribieran, y el resultado fue la perfecta y santa Palabra de Dios (Salmo 12:6; 2 Pedro 1:21).

Las Divisiones

La Biblia está dividida en dos partes principales: El Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. En resumen, el Antiguo Testamento es la historia de una Nación, y el Nuevo Testamento es la historia de un Hombre. La Nación fue la manera en que Dios trajo al Hombre al mundo.

El Antiguo Testamento describe la fundación y preservación de la nación de Israel. Dios prometió utilizar a Israel para bendecir al mundo entero (Génesis 12:2-3). Una vez que Israel fue establecida como una nación, Dios levantó a una familia de entre esa nación a través de la cual vendrían las bendiciones: la familia de David (Salmos 89:3-4). Entonces, de la familia de David fue prometido un Hombre quien traería la bendición prometida (Isaías 11:1-10).

El Nuevo Testamento detalla la venida del Hombre prometido. Su nombre fue Jesús, y Él cumplió las profecías del Antiguo Testamento, porque vivió una vida perfecta, murió para convertirse en el Salvador, y resucitó de entre los muertos.

El Carácter Central

Jesús es el carácter central en la Biblia – en realidad todo el libro es acerca de Él. El Antiguo Testamento predijo Su venida y preparó el escenario para Su entrada al mundo. El Nuevo Testamento describe Su venida y Su obra para traer salvación a nuestro mundo pecador.

Jesús es más que una figura histórica; de hecho, Él es más que un hombre. Él es Dios hecho carne, y Su venida fue el evento más importante en la historia del mundo. Dios Mismo se hizo hombre para darnos una clara y entendible imagen de lo que Él es. ¿Cómo es Dios? Dios es como Jesús; Jesús es Dios en forma humana (Juan 1:14; 14:9).

Un Breve Resumen

Dios creó al hombre y lo puso en un ambiente perfecto; sin embargo, el hombre se rebeló contra Dios y falló en llegar a ser lo que Dios quería que fuera. Dios puso al mundo bajo una maldición a causa del pecado, pero inmediatamente puso en acción un plan para restaurar al hombre y a toda la creación a su gloria original.

Como parte de Su plan de redención, Dios llamó a Abraham desde Babilonia a Canaán (aproximadamente en el año 2000 a.C.). Dios prometió a Abraham, su hijo Isaac, y su nieto Jacob (también llamado Israel), que Él bendeciría al mundo a través de sus descendientes. La familia de Israel emigró de Canaán a Egipto, donde se multiplicaron hasta hacerse una nación.

Aproximadamente en el año 1400 a. C., Dios guió a los descendientes de Israel fuera de Egipto bajo la dirección de Moisés y les dio la Tierra Prometida, Canaán, para que la poseyeran. A través de Moisés, Dios le dio la Ley al pueblo de Israel e hizo un pacto (convenio) con ellos: si ellos permanecían fieles a Dios y no seguían la idolatría de las naciones que les rodeaban, entonces ellos prosperarían. Si ellos dejaban a Dios y seguían a los ídolos, entonces Dios destruiría su nación.

Aproximadamente 400 años después, durante el reinado de David y su hijo Salomón, Israel fue consolidado como un reino grande y poderoso. Dios prometió a David y Salomón que un descendiente de ellos gobernaría como un Rey eterno.

Después del reinado de Salomón, la nación de Israel se dividió. Las diez tribus del norte fueron llamadas “Israel,” y pasaron cerca de 200 años antes que Dios las juzgara por su idolatría. Asiria llevó cautivo a Israel en el año 721 a.C. Las dos tribus en el sur fueron llamadas “Judá,” y ellas tardaron un poco más, pero eventualmente ellas también, se olvidaron de Dios. Babilonia los llevó cautivos en el año 600 a.C.

Cerca de 70 años después, Dios bondadosamente trajo el remanente de los cautivos de regreso a su propia tierra. Jerusalén, la capital, fue reconstruida aproximadamente en el año 444 a.C., e Israel estableció una vez más su identidad nacional. Hasta aquí termina el Antiguo Testamento.

El Nuevo Testamento inicia 400 años más tarde con el nacimiento de Jesucristo en Judea. Jesús fue el descendiente prometido a Abraham y David, Aquel que llevaría a cabo el plan de Dios para la redención de la raza humana y restauración de la creación. Jesús completó fielmente Su obra: Él murió por el pecado y resucitó de los muertos. La muerte de Cristo es la base para un nuevo pacto (convenio) con el mundo: todo el que tenga fe en Jesús será salvo del pecado y vivirá eternamente.

Después de Su resurrección, Jesús envió a Sus discípulos a proclamar las buenas nuevas por todas partes, sobre Su vida y Su poder para salvar. Los discípulos de Jesús salieron en todas las direcciones proclamando las buenas nuevas de Jesús y la salvación. Ellos viajaron a través de Asia Menor, Grecia y todo el Imperio Romano. El Nuevo Testamento cierra con una predicción del retorno de Jesús para juzgar al mundo incrédulo y liberar a la creación de la maldición.

¿Y después?

Sábado 27 Agosto

Está establecido para los hombres que mueran una sola vez.

Hebreos 9:27

Nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio.

2 Timoteo 1:10

¿Y después?

“Tengo salud, fortuna, belleza… ¿y después?

 – Tengo oro, dinero… ¿y después?

 – Cuando fuera el único en poseer el genio y el saber, ¿qué sucederá después con ello?

 – Cuando debiera disfrutar del mundo durante mil años, ¿qué pasará después? La muerte llega rápido y quita todo. ¿Qué hallaremos más allá de sus puertas?… Solo Dios merece ser servido…”.

Estas reflexiones, escritas por la reina María Cristina Ferdinande de Bourbon-Siciles (1806-1878), fueron halladas después de su muerte en su libro de piedad. Esta reina había comprendido el secreto de la verdadera felicidad: la fe en Dios, quien es amor. Ella sabía que el éxito, la riqueza o la salud no dan la verdadera felicidad, que los placeres ofrecidos por el mundo pueden ayudar a olvidar momentáneamente las preocupaciones… ¿y después?

La Biblia siempre lo ha declarado: este mundo no podrá satisfacer ni dar la verdadera felicidad al hombre (Eclesiastés 6). El apóstol Pablo experimentó que conocer a Cristo es una cosa excelente, e incluso lo único importante (Filipenses 3:8). Seremos felices si sabemos que somos amados por Dios y perdonados por la obra de Jesús, “el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25). Jesús libera del miedo a la muerte a todos los que reconocen su culpabilidad y lo aceptan como su Salvador y Señor. Él les da la vida eterna (Juan 17:2). “En ningún otro hay salvación” (Hechos 4:12).

Jeremías 30 – 1 Corintios 5 – Salmo 101:1-4 – Proverbios 22:7

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

La justificación: ¿qué es y qué hace?

Matthew Leighton

La doctrina más distintiva de la fe evangélica es la justificación por la fe sola. No hay ninguna otra religión en el mundo que tenga semejante enseñanza. No solo es una doctrina distintiva, sino que viene a ser la única solución al problema más importante de la humanidad: su propia injusticia y la ruptura de su relación con el Creador. La justificación por la fe sola es el camino que Dios ha puesto para establecer de nuevo la paz entre Él y sus criaturas. Es el corazón del evangelio, la buena noticia de la Biblia.

A pesar de su importancia, muchos evangélicos no son capaces de articular claramente esta doctrina. En este artículo daremos una breve y sencilla explicación de la justificación según el testimonio bíblico, con el fin de ayudarnos a entender mejor esta verdad y aplicarla a nuestra vida.

La justificación según la Biblia

Empecemos con una definición de la palabra justificar. En el lenguaje cotidiano usamos esta palabra muchas veces para hablar de cómo nosotros nos defendemos ante las acusaciones. Por ejemplo, yo me justifico presentando evidencias y argumentos acerca de mi inocencia. Cuando me justifico, me declaro justo o inocente. Así usamos esta palabra en el día a día, pero en la Biblia se usa de otra manera.

En nuestras versiones aparece la palabra justificar como traducción de una palabra griega, dikaio, que muchas veces hace referencia no a una declaración del ser humano sobre sí mismo, sino a una declaración divina. Por ejemplo, Romanos 5:1 dice lo siguiente:  

“Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

En este texto, y en otros más, el verbo se usa en la forma pasiva. Cuando el texto dice “justificados”, o “habiendo sido justificados”, significa que no nos justificamos a nosotros mismos, sino que es Dios quien nos justifica. Cuando Dios justifica, Él declara que una persona es justa.

Esta declaración divina es un acto forense. Es una declaración que Dios emite como juez. No se trata de un cambio o proceso dentro de la persona que recibe el veredicto. La palabra justificar se usa precisamente de esta manera legal o forense en varios pasajes bíblicos. Un ejemplo claro de este uso se encuentra en Romanos 8:33-34:

“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”.

Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes.

Aquí se contempla a Dios como juez, y el apóstol Pablo menciona dos veredictos que puede emitir. Uno es condenar. La condena es claramente una declaración legal de culpa, sin tratarse de un proceso o cambio subjetivo en la persona condenada. Cuando Dios condena, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: culpable y merecedor del castigo correspondiente.

Paralelamente, cuando Dios justifica, emite una declaración legal sin requerir un proceso o cambio subjetivo en la persona justificada. Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes. De modo que la justificación es legal, puntual, y externa al ser humano. No se trata de un proceso de transformación interior.

El apuro del ser humano rebelde

¿A quién justifica Dios? De entrada, pensaríamos que Dios debe justificar a la gente buena. Puesto que Dios es un juez omnisciente, Él sabrá quién es bueno y quién no lo es y, siendo justo, suponemos que Dios debería justificar a las personas cuyo comportamiento es ejemplar e intachable, que son justas en sí mismas. No obstante, la Biblia pinta un cuadro muy oscuro de la humanidad y su injusticia. Pablo, en la misma carta a los Romanos, declara lo siguiente:

“Como está escrito: ‘No hay justo, ni aun uno No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno’”, Romanos 3:10-12.

Según el apóstol (y el Antiguo Testamento, del cual cita), no hay gente buena. Todos somos injustos, todos nos desviamos. Nos ofendemos los unos a los otros y ofendemos a Dios cometiendo injusticias a menudo, no solamente con hechos externos, sino también con actitudes y disposiciones internas como el egoísmo, el orgullo, y el odio. Si es así, ¿a quién puede justificar Dios? Si no siguiéramos leyendo el pasaje, podríamos concluir que, ante un Dios perfectamente justo, nadie será justificado. Pero la Biblia nos sorprende. Romanos 4:5 dice así:

“Pero al que no trabaja, pero cree en Aquél que justifica al impío, su fe se le cuenta por justicia”.

Según la Biblia, Dios sí justifica a personas. No a personas buenas, sino a personas “impías”, personas que precisamente no merecen ser declaradas justas, sino condenadas. ¡Esto es una muy buena noticia! Pero, ¿cómo puede ser? ¿No está Dios quebrantando su propia justicia al justificar a impíos (Pr. 17:15)?

La solución: la imputación

Si Dios no hiciera nada más, sería injusto. ¿Qué es lo que Dios hace para que su veredicto no sea injusto? Tenemos una pista en un texto que hemos considerado ya. Romanos 5:1 dice que por la justificación tenemos paz con Dios por medio de Jesucristo. La clave de la justificación es Jesús. Pablo amplía esta idea en 2 Corintios 5:21:

“Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él”.

Es gracias a Jesús que Dios justifica al impío, y esto es así porque Jesús obedece y muere en el lugar del pecador. Jesús era perfectamente justo. Si ha habido alguien en la historia que no mereció morir, esa persona fue Jesús. Jesús no había pecado (“al que no conoció pecado”); no obstante, Dios le trató como pecador (“lo hizo pecado”). Lo hizo pecado “por nosotros”, es decir, en el lugar del ser humano. Lo hizo para que “fuéramos hechos justicia de Dios en Él”.

Así, Dios puede justificar y satisfacer su justicia al mismo tiempo. Podemos resumirlo de esta manera: Dios trata a Jesús como impío (cuando Cristo muere en la cruz), y trata al impío como Jesús lo merece (cuando le son otorgadas todas las bendiciones de la vida eterna).

Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.

Este intercambio entre el creyente y Cristo se conoce como imputación. Por un lado, Dios atribuye la culpa de nuestro pecado a Cristo, y Cristo sufre las consecuencias de ella en la cruz. Por otro lado, Dios confiere la justicia de Cristo a nosotros, y considera los méritos o los merecimientos de Cristo como si fuesen nuestros. Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.

De modo que Dios justifica a impíos no con base en la justicia inherente en ellos, sino con base en la justicia de Cristo. Les justifica no por lo que ellos hacen, sino por lo que Jesús hizo.

¿Qué merece Jesús? La justificación: una declaración de haber obedecido perfectamente y, como consecuencia, todas las bendiciones celestiales, porque es digno de ellas. Jesús comparte este estatus y estas bendiciones con muchas personas (Ro. 4:1-823-255:12-211 Co. 1:30Fil. 3:7-9).

El rol de la fe

Ahora bien, no todo el mundo goza de este privilegio. ¿Quiénes son aquellos a quienes Dios justifica? Son los que creen, los que tiene fe:

“También nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para que seamos justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley. Puesto que por las obras de la ley nadie será justificado”, Gálatas 2:16.

La fe es una actitud de receptividad, dependencia, y confianza. Dios no nos justifica por lo que hacemos, por nuestros esfuerzos, o por nuestra obediencia (“obras de la ley”), sino por lo que Jesús hizo. La fe confía en Jesús y en su obra como suficiente para recibir la justificación de Dios (Ro. 3:284:23-25Ef. 2:8-10).

¿Qué papel tiene la fe exactamente en la justificación? ¿Podría ser que la fe misma nos hace dignos de la justificación? No, porque la fe, por definición, no es una obra. Es precisamente la única actitud humana que le dice a Dios: “Yo no puedo; necesito que tú me salves” (ver Lc. 18:9-14). La fe mira fuera de sí, se concentra en su objeto y le abraza, confiando su destino a Él y aferrándose a su capacidad para salvar.

La fe, en este sentido, es como la mano vacía del mendigo que recibe una limosna. Extender la mano no le hace digno de recibir el donativo, sino que éste se da puramente por la bondad del dador. Lo único que hace la mano es recibir. Y la mano está precisamente vacía, no con un billete en la palma.    

¿Qué de Santiago capítulo 2?

Una objeción contra la descripción de la justificación dada aquí es que la Biblia dice que la justificación no es por la fe sola. Santiago 2:24 dice:

“Ustedes ven que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe”.

¿Será que los reformadores hace 500 años y los evangélicos desde entonces no se percataron de este verso? ¿Será que van en contra de la enseñanza explícita de la Biblia?

Hay que leer los textos en sus contextos. Santiago no está lidiando con el mismo problema que Pablo. Por un lado, Pablo argumenta con personas que piensan que tienen que aportar algo para efectuar su justificación. Por otro lado, Santiago está discutiendo con personas que piensan que se salvan por una profesión de fe meramente de palabras.

El verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace.

Santiago empieza el pasaje diciendo: “¿De qué sirve, hermanos míos, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarlo?” (Stg. 2:14). ¿Cuál era el problema al que se enfrentó Santiago? Había personas que decían que tenían fe en Jesús pero cuyas vidas no reflejaban esta fe de ninguna manera. Esta clase de fe, una fe que no transforma la vida, que no va secundada por hechos, es una fe que no vale nada.

En cambio, el verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace. La fe que salva no es solo de palabras. El corazón dispuesto a confiar en Cristo también está dispuesto a obedecerle.

Los protestantes siempre han dicho que las obras no son la base de la justificación. Es decir, Dios no nos justifica porque nuestras obras lo merecen. No obstante, las obras son la evidencia de una fe verdadera. Si la fe es real, habrá obras que lo comprobarán. En este sentido, la justificación es por la fe sola, pero no una fe que está sola. Pablo mismo también lo afirma en Gálatas 5:6.

La clave para la vida cristiana

¿Por qué la fe no se encuentra sola en la vida de una persona justificada? Una de las razones es que la justificación por la fe, bien entendida, capacita para obedecer. Es contraintuitiva, porque parece que la justificación sin obras debería dar lugar al libertinaje y a la desobediencia. Sin embargo, la justificación por la fe sola resulta ser la clave, la única fuente duradera de motivación, y el patrón a seguir para vivir la vida cristiana.

La justificación por la fe es la clave para la vida cristiana porque le da al creyente el derecho legal de participar en las bendiciones celestiales, incluyendo la obra santificadora del Espíritu (ver Gá. 3:6-14). La justificación por la fe es también el motor que impulsa la fidelidad a Dios porque garantiza ser aceptado por Él, lo cual libera al creyente para obedecerle radicalmente, incluso arriesgando su vida, confiando que Dios estará siempre con él y obrará todo para bien (Ro. 5:1-58:28-30).

Finalmente, la justificación por la fe provee el patrón para la vida cristiana porque en ella Dios muestra su misericordia y generosidad, lo cual motiva asimismo al creyente a mostrar misericordia y generosidad hacia los demás (Mt. 18:21-35). ¡Gloria a Dios por tan excelsa doctrina!

Matthew Leighton (MDiv, ThD) es profesor y decano de estudiantes en la Facultad de Teología Internacional IBSTE, cerca de Barcelona. También es anciano en la Església Evangèlica de Vilassar de Mar. Él y su esposa, Núria, tienen cinco hijos.

26/32 – Santiago

El Proyecto Biblia

Serie: Nuevo Testamento

26/32 – Santiago

Mira nuestro video Lee la Biblia sobre el libro de Santiago, que desglosa el diseño literario del libro y su línea de pensamiento. En este libro, Santiago combina la sabiduría de su hermano Jesús con el libro de Proverbios y hace un retador llamado a vivir una vida completamente fiel a Dios.

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Pactos

BibleProject – Español

BibleProject – Español

La principal manera en que la Biblia habla acerca de la relación de Dios con la humanidad es usando la imagen de una asociación. Este video traza la forma en que Dios entró en una serie de relaciones formales con varios asociados humanos para así rescatar al mundo a través de Jesús, el máximo asociado del pacto.

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Producción de Localización en Español – Unicornio Films, Santo Domingo, República Dominicana.

Créditos de localización:
Traducción: Jairo Namnún/Luis Sena
Locución: Juancho Carranza/Raeldo López
Diseño y Animación: Abraham Sánchez/Mario Escobar
Supervisor de Postproducción: Mario Escobar
Ingeniero de Sonido: Federico Álvarez
Asistente de Producción: Laura Cabrera
Producción: Denny Féliz
Coordinación de Producción: Jammy Báez

CHINA es el mayor FABRICANTE de BIBLIAS, pero las restringe en su territorio

BITE

CHINA es el mayor FABRICANTE de BIBLIAS, pero las restringe en su territorio

China es un país que se reconoce oficialmente ateo desde el ascenso del partido comunista al poder en la década de los cuarenta.

Sin embargo, a pesar de que es el país con el mayor número de ateos en todo el planeta, tiene una gran paradoja en su interior: China es el principal fabricante de biblias del mundo, aún así al interior de su territorio, el gobierno impone fuertes restricciones a la distribución del texto bíblico y grandes barreras a la práctica de la fe cristiana y de otras confesiones religiosas.

¿Cómo ha llegado China a esta paradoja? ¿Por qué al gobierno chino parece no importarle beneficiarse económicamente del crecimiento de la fe cristiana a nivel mundial, mientras que impone fuertes restricciones a la práctica de la fe al interior del país?

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CRÉDITOS

Conductor: Giovanny Gómez Pérez.
Guión: Giovanny Gómez Pérez.
Producción: Pilar Prieto.
Edición del video: Fernando Ordoñez.
Apoyo gráfico: Nayi Gómez.
Música: Envato Elements.