Dios es con nosotros

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Serie: Tiempo

Dios es con nosotros
Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Tiempo

odos tenemos estaciones, épocas del año, días de la semana y momentos del día favoritos. Algunas personas prefieren la oscuridad de la madrugada antes de que salga el sol. Otros disfrutan la tranquilidad del atardecer mientras se pone el sol. En lo personal, me gustan todas las estaciones y épocas del año. Siempre he disfrutado despertar los lunes en la mañana con una semana cargada de trabajo porque me gusta lo que hago. Como me levanto temprano, disfruto el silencio y la anticipación del día que está por iniciar. Sin embargo, mi momento favorito es el atardecer, cuando tengo la oportunidad de regresar a casa con mi amada esposa y mis hijos, y por la gracia de Dios, he podido terminar un día más y, por lo tanto, estoy más cerca de mi hogar celestial. Quizás, por esa razón parcialmente, uno de mis himnos favoritos ha sido por mucho tiempo el himno del siglo diecinueve, «Conmigo sé» [Abide with me] escrito por Henry Francis Lyte (1793-1847).

Durante una gran parte de su vida, Lyte sufrió de una salud pobre y regularmente salía de Inglaterra en busca de alivio. Eventualmente desarrolló tuberculosis y murió a la edad de cincuenta y cuatro años. Su hija recuenta las circunstancias en las que Lyte escribió «Conmigo Sé»: «El verano estaba por terminar, y llegaba el mes de septiembre, ese mes en el que una vez más tendría que salir de su tierra natal, y cada día parecía tener un valor especial por ser un día más cercano a su partida». No es de extrañar, entonces, que el primer y segundo verso del himno dicen: «Señor Jesús, el día ya se fue, la noche cierra, oh conmigo sé, sin otro amparo Tú, por compasión, al desvalido da consolación. Veloz el día nuestro huyendo va, su gloria, sus ensueños pasan ya; mudanza y muerte veo en derredor: conmigo sé, bendito Salvador».

Todos hemos sufrido en esta vida. Algunos hemos sufrido mucho. Sin embargo, como el himno nos recuerda, nuestro Señor está con nosotros en cada temporada de nuestras vidas. La gente nos fallará; las comodidades se desvanecerán, el cambio y la decadencia continuarán en nuestro alrededor y en nosotros; pero nuestro Dios no cambia. Él es nuestro Dios infinito, eterno e inmutable y vivimos delante de Su rostro, coram Deo, cada día, descansando en la gloriosa verdad de que nuestro Dios, al justificarnos y unirnos con Cristo, permanece con nosotros por medio del Espíritu Santo que mora en nosotros. Por lo tanto, podemos descansar en que tanto en los momentos que más disfrutamos como en las temporadas más difíciles, el Dios eterno que creó el tiempo, que es soberano sobre el tiempo y que obra a tiempo, está con nosotros y nunca nos dejará ni nos desamparará.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Nuestra ética inalterable

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Serie: La ética cristiana

Nuestra ética inalterable

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética cristiana

La palabra ética deriva de la palabra griega ethos, que significa carácter moral o costumbre. Cuando utilizamos la palabra ética, nos referimos a una norma moral sobre lo que está bien y lo que está mal. Cuando hablamos de la ética cristiana, nos referimos a la norma moral establecida —según el credo, la confesión y el cristianismo ortodoxo— basada en la Sagrada Escritura, que es nuestra única guía infalible para la fe y la vida.

La normativa de la Iglesia no cambia porque la Palabra de Dios no cambia, y como la Palabra de Dios no cambia, la ética cristiana no cambia. Por eso no hablamos de una ética cristiana, sino de la ética cristiana: una ética establecida, autorizada e inmutable que guía a los cristianos en cada cultura, en cada generación y en todo lo que pensamos, decimos y hacemos cada día de nuestras vidas. La ética cristiana es la norma que no podemos cambiar, pero que nos cambia, nos informa y nos dirige en toda la vida. Por eso somos firmes en cuanto a lo que está bien e inflexibles en cuanto a lo que está mal. Y esa es precisamente una de las razones por las que el mundo nos odia, porque el mundo detesta nuestra ética cristiana que es inquebrantable e inflexible.

El mundo ama ceder, y el grado en que una sociedad premia la transigencia y la tolerancia del mal determinará el grado de cambio ético que esa sociedad se verá obligada a soportar. Sin una norma invariable sobre el bien y el mal, una sociedad no puede mantener una norma ética coherente. Y si no hay una norma ética de lo correcto y lo incorrecto, no puede existir ninguna ética excepto la ley del más fuerte. El mundo solo tiene percepciones del bien y del mal basadas en sentimientos y simpatías que cambian constantemente. Por eso las definiciones del mundo sobre el bien y el mal suelen ser totalmente contradictorias, pues la única norma que tiene el mundo es él mismo.

La norma de la Iglesia no cambia porque la Palabra de Dios no cambia, y Su Palabra no cambia porque Él no cambia. Sin embargo, muchos cristianos nominales y muchas iglesias, tanto a lo largo de la historia como en la actualidad, desean tanto obtener una aparente influencia en el mundo que impulsan una agenda de transigencia y tolerancia dentro de la iglesia. La evidencia de esto es que en muchas iglesias hoy se considera peor juzgar el mal que hacer el mal. Pero los que sabemos que vivimos y respiramos en la presencia de Dios, sabemos que comprometer la ética cristiana es comprometer la fe inmutable una vez entregada a los santos.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Mas siempre ha de existir de Dios el reino eterno

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

Mas siempre ha de existir de Dios el reino eterno

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

al vez uno pudiera argumentar que la historia de la Iglesia consiste en un sinfín de divisiones. Sin embargo, si bien es cierto que la historia está repleta de divisiones eclesiásticas, hay una unidad que trasciende todo el bullicio mundano y la confusión diabólica que rodea a la historia del pueblo de Dios. Esta unidad no es el resultado de concesiones doctrinales ecuménicas, sino todo lo contrario, es una unidad que trasciende todas las herejías debido al hecho de que es una unidad establecida en Dios mismo.

Pues Dios no ve como el hombre ve, y Su narrativa del despliegue del pacto de redención trae unidad a toda la historia: una unidad gobernada por Dios, centrada en Dios y que glorifica a Dios. Así como Dios tiene un propósito para toda la historia, Dios está en toda la historia; de modo que hay una unidad general en toda la historia precisamente porque Dios es soberano sobre todos los acontecimientos de la historia, por derecho y por necesidad.

En la Alemania pagana del siglo VIII, Bonifacio, un monje agustino inglés que predicaba el evangelio, fue martirizado por construir un lugar de adoración cristiana usando la madera de un roble dedicado al dios del trueno. Bonifacio no sobrevivió físicamente las divisiones religiosas y sociales del siglo VIII, pero la verdad de Dios sí sobrevivió.

Ocho siglos después, un monje agustino alemán de la ciudad de Wittenberg llamado Lutero escuchó el mismo evangelio que Bonifacio había predicado. Su mensaje de reforma centrado en el evangelio hizo que ganara el derecho a recibir el título de «hereje» en la bula papal Exsurge Domine, publicada el 15 de junio de 1520 por el papa León X. Fue esa misma bula papal la que Lutero quemó el 10 de diciembre de 1520 junto a la puerta de Elster en Wittenberg, donde hasta el día de hoy permanece un enorme roble que fue dedicado a él en aquel histórico momento. A su tiempo, el mismo evangelio que Lutero proclamó encendió una llama que incendió el mundo, expandiéndose desde Alemania hasta Inglaterra, donde las llamas de la leña ardiente abrasaron los cuerpos de muchos mártires ingleses que predicaban el evangelio. Sus voces, junto con las voces de Bonifacio y Lutero, cantan mientras se postran ante el trono del Dios Altísimo, coram Deo: «Esa Palabra del Señor… Muy firme permanece; Nos pueden despojar; De bienes, nombre, hogar; El cuerpo destruir; Mas siempre ha de existir; De Dios el reino eterno».


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
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El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

El ya y el todavía no

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Serie: Entre dos mundos

El ya y el todavía no

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos

Este mundo no es nuestro hogar, pero lo será. Vivimos nuestros días en este mundo triste esperando ansiosamente el cielo nuevo y la tierra nueva, aferrándonos diariamente a esta promesa: «He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo y Dios mismo estará entre ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Ap 21:3-4). Somos peregrinos en nuestro viaje a casa y añoramos un lugar en el que nunca hemos estado. Somos extranjeros, forasteros y extraños en una tierra extraña, cuya ciudadanía en el cielo está asegurada en Aquel que ha ido delante de nosotros, que está sentado a la diestra del Padre y que vuelve para juzgar, vencer y consumar.

En este mundo tendremos tribulaciones, pero «confiad», dijo Jesús —no porque vayamos a vencer al mundo, cambiar completamente el mundo, acostumbrarnos a este mundo o llegar a amar el mundo— sino porque Jesús declaró: «Yo he vencido al mundo» (Jn 16:33). Y así, esperamos entre el ya y el todavía no, entre lo que nuestro Señor ha declarado que ya es verdad y lo que todavía no se ha revelado. Sin embargo, nuestra espera no es en vano, ni es una espera pasiva o aislada. Más bien, esperamos a nuestro Novio para que pueda reunir a Su novia de toda tribu, lengua y nación para Su gloria. Esperamos con esperanza, con participación activa en la misión de Dios y en comunidad con la Iglesia de Jesucristo, pues Cristo es la luz del mundo y los que estamos unidos a Él por la fe —y por la fe sola— estamos en Él. Y así, tan pronto como Cristo nos llama a salir de las tinieblas y a entrar en Su maravillosa luz, nos envía de vuelta a las tinieblas para brillar tanto en palabras como en hechos ante el mundo que nos observa. A medida que el mundo vea nuestras buenas obras y mientras el mundo escuche nuestra proclamación del glorioso evangelio, la novia elegida de Cristo de todo el mundo glorificará a nuestro Padre en el cielo.

Para que la creencia tenga un significado que cambie el corazón y la vida, requiere que Dios sea tanto su fuente como su objeto (Sal Aunque retirarse por completo del mundo a menudo parece atractivo, el Señor no nos da esa opción (1 Co 5:9-10). Más bien, mientras vivimos en este mundo de pecado y en estos cuerpos de pecado, somos embajadores de Cristo en nuestro viaje a la tierra prometida. Cuando nosotros los peregrinos lleguemos a casa, Jesús enjugará toda lágrima de nuestros ojos —no solo las de tristeza, sino también las de alegría— ya que, de lo contrario, no podríamos verle cara a cara mientras le adoramos por siempre coram Deo.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
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El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

¿Quién soy yo?

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Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk MagazineEl cuádruple estado de la humanidad

Por Burk Parsons

¿Quién soy yo?

En la adaptación musical de la obra clásica de Victor Hugo, Los Miserables, el protagonista Jean Valjean llega a un punto de crisis en su vida en que se siente abrumado por su culpa al haber sido convicto como un criminal y delincuente. En una escena notablemente emocional, Valjean hace una pregunta penetrante: «¿Quién soy yo?». Al considerar su pasado, su presente y su futuro, lucha con la realidad de su culpa y su merecida condenación ante Dios y los hombres. Se ve forzado a cuestionar su identidad e integridad y a enfrentarse con la inocencia de un hombre que fue acusado falsamente porque ha sido erróneamente identificado como Valjean. Aunque Valjean ha logrado evitar ser reconocido como reo al cambiar de nombre e identidad, tiene que afrontar la verdad de quién es realmente: un convicto cuyo número de prisión es 24601.

Muchos lectores de Los Miserables no conocen el significado de ese número. Los estudiosos literarios argumentan que Víctor Hugo le asignó ese número a Valjean como una forma de identificarse con su protagonista, ya que representaba la fecha en que Víctor Hugo creía que había sido concebido: el 24 de junio de 1801 (24/6/01). Víctor Hugo se estaba identificando con Valjean como un pecador, no solo desde el momento en que pecó por primera vez, sino desde el día de su concepción. Bien pudiera ser que Víctor Hugo haya tenido en mente lo que David confesó: «He aquí, yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre» (Sal 51:5).

La mayoría de las personas en el mundo no saben por qué están aquí, quiénes son en realidad, de dónde provienen ni hacia dónde van. Además, tienen una opinión totalmente incorrecta de sí mismas, pues creen que son fundamentalmente buenas, que nacieron buenas y que están de camino a un lugar bueno. No entienden que son pecadores culpables, concebidos en pecado, nacidos con una naturaleza pecaminosa, que viven bajo la ira de Dios y esperan la justa condenación de Dios. Toda la humanidad se encuentra por naturaleza en un estado de pecado, y todas las personas necesitan desesperadamente escuchar las buenas nuevas de Jesucristo para que, por la obra regeneradora del Espíritu Santo, puedan ser justificadas ante Dios por la fe sola y salvadas eternamente por medio de Cristo. Solo por la obra del Espíritu en nosotros a través del evangelio de Cristo, Dios nos muestra quiénes somos realmente, de modo que cuando somos movidos por el Espíritu a preguntar: «¿Quién soy yo?», podemos declarar humilde y valientemente: «Fui concebido en pecado, nací pecador, mereciendo la condenación, pero he nacido de nuevo por el Espíritu, he sido unido a Jesucristo y estoy destinado a la gloria. Eso es quien soy: mi identidad, por la gracia de Dios, está en Cristo».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Burk Parsons
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El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Cómo conocer la voluntad de Dios

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Serie: Cómo buscar la voluntad de Dios.

Cómo conocer la voluntad de Dios

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Cómo buscar la voluntad de Dios.

Cuando las personas tratan de encontrar la voluntad de Dios, normalmente se preocupan por tomar las decisiones correctas según el plan general de Dios para sus vidas. Esto es cierto, ya sea que estemos tomando decisiones para nosotros mismos o ayudando a nuestros seres queridos a tomar decisiones cruciales en sus vidas. Estas decisiones pueden ser asuntos como cuál carrera universitaria elegir, con quién casarse, cuándo tener hijos y cuántos tener, cómo educar a nuestros hijos, a cuál iglesia asistir, dónde vivir y cuál tratamiento médico seguir.

Reconocer lo que podemos y no podemos saber de la voluntad de Dios nos libera para poder tomar decisiones de acuerdo a la Palabra de Dios.

Estos asuntos son importantes y no debemos minimizar su valor. Sin embargo, tomarlos en serio no significa intentar descifrar la mente de Dios para entonces estar seguros de haber tomado la decisión correcta. La realidad es que no podemos comprender la mente de Dios ni tampoco podemos conocer la voluntad secreta o decretiva de Dios (voluntad de decreto), la cual es Su plan eterno establecido soberanamente para toda la creación. Por otro lado, sí podemos conocer la voluntad revelada o preceptiva de Dios (voluntad de precepto), la cual envuelve lo que Dios nos ha revelado soberanamente en la Escritura sobre Sí mismo, Sus caminos y Su ley para nosotros. La voluntad preceptiva de Dios nos dice lo que es agradable ante Él según Su carácter santo.

Reconocer lo que podemos y no podemos saber de la voluntad de Dios nos libera para poder tomar decisiones de acuerdo a la Palabra de Dios. Cuando buscamos la Palabra de Dios para ayudarnos a tomar decisiones, aprendemos a pedirle al Señor por sabiduría y por la guía del Espíritu Santo, aprendemos a caminar por el Espíritu en humildad y santidad, a buscar sabiduría en consejeros y ancianos sabios y confiables, a escuchar y a honrar a nuestros padres y madres, a considerar nuestros dones, prioridades y recursos, a no atravesar una puerta simplemente porque está abierta y, a veces, a derribar una puerta cuando parece estar cerrada, a simplemente hacer algo, y en otros momentos, a esperar en el Señor hasta que nuestro camino se aclare. Porque, como dice Pablo: «No os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto» (Rom 12:2).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
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La luz de la gloria

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VI

La luz de la gloria

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VI

Los historiadores humanistas y los sociólogos seculares se empeñan en asignar sus abarcadoras y cuidadosamente elaboradas etiquetas a casi cualquier cosa. Siglos de historia y generaciones enteras de personas han sido adornadas con títulos sin sentido y definiciones simplistas. Desde la llamada «generación del baby-boom» hasta la «generación del yo» y la «generación x», nuestra sociedad ha determinado que asignarle una categoría general a toda una población basada en su edad es algo apropiado. Del mismo modo, períodos enteros de la historia son conocidos por el tipo de metal más utilizado durante ese período en particular, por ejemplo, la «Era de Bronce». Tenemos edades de «Oro» y de la «Ilustración», la «Edad de la Razón» y el infame periodo conocido como la «Era de las Tinieblas»

Aunque los historiadores modernos por lo general han dejado de usar el término «Era de las Tinieblas» (476-1000 d. C.), todavía sigue siendo una etiqueta grabada en la mente de la mayoría de nosotros cuando pensamos en los inicios de la Edad Media. Sin embargo, con demasiada frecuencia también olvidamos que el período de la era de las tinieblas no comenzó en el siglo V en Europa, ni tampoco terminó a finales del primer milenio después de Cristo. Este período comenzó hace mucho tiempo en el jardín del Edén cuando Adán y Eva se rebelaron contra el Señor y cayeron en un estado de corrupción. Y aunque ningún historiador respetable asignaría el título de «Era de las Tinieblas» a la mayor parte de la historia de la civilización, desde la caída, el hombre ha sido testigo de una era oscura.

No obstante, desde el momento de la caída, el Señor ha derramado la luz de Su evangelio sobre el mundo. En Génesis 3:15 escuchamos las palabras del primer evangelio habladas a nuestros primeros padres, y a través de la historia vemos cómo Dios ha traído Su luz a Su pueblo en sus horas más oscuras. En el Antiguo Testamento leemos la profecía cristológica de Isaías en la que anuncia la venida de la Luz del Mundo: «El pueblo que andaba en tinieblas ha visto gran luz; a los que habitaban en tierra de sombra de muerte, la luz ha resplandecido sobre ellos» (9:2). En el Nuevo Testamento, somos testigos del cumplimiento de esa proclamación: «En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron» (Jn 1:4–5). Aunque la historia de la civilización del siglo VI es mucho más oscura de lo que los secularistas puedan comprender, hay una luz gloriosa que brilla en las tinieblas. Tanto en el siglo VI como en el XXI, el Señor hace brillar Su luz a través de nosotros para que podamos vivir coram Deo en un mundo en tinieblas.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
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Nuestra autoridad está viva

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

Nuestra autoridad está viva

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

En el pasillo principal del seminario donde estudié tienen una copia de la obra maestra de Albrecht Dürer, The Four Apostles [Los cuatro apóstoles]. Ciertamente es una interpretación magnífica de la obra clásica que fue pintada por uno de los profesores de Nuevo Testamento del seminario, cuya fidelidad bíblica se puede ver en un pequeño detalle de la pintura. Si uno estudia la pintura de cerca, uno puede observar una diferencia mínima entre la pintura de Dürer y su réplica. La pintura de Dürer tiene al apóstol Pedro sosteniendo la llave dorada de la puerta del cielo, mientras que la réplica muestra a Pedro sin una llave. Tal omisión deliberada es apropiada para un profesor protestante de Nuevo Testamento que, al reproducir dicha obra, entendió que las palabras de Cristo hacia Pedro no tenían la intención de colocar a Pedro como el único guardián de las llaves del Reino.

El período patrístico (la era de los padres de la Iglesia) terminó en el siglo V, y luego inició la Edad Media. El papado comenzó a establecer su autoridad suprema sobre la Iglesia de Cristo, y el papa León Magno decidió ocupar el lugar de San Pedro, cuya silla tenía sus patas en los cuatro extremos de la tierra.

Sin embargo, a principios del siglo, hubo un siervo fiel de África del Norte que defendió a la Iglesia de Cristo contra las herejías de los maniqueos, los donatistas y los pelagianos. Agustín de Hipona montó cuidadosamente sus defensas doctrinales y demostró que la Iglesia de Cristo no puede ser conquistada por sus enemigos. En el centro de la vida y la doctrina de Agustín había un corazón arrepentido que descansaba completamente en Dios, cuya gracia había sido manifestada en la perspicacia bíblica e integridad doctrinal de Su siervo. De hecho, fue en gran parte debido al ministerio de Agustín que la Iglesia fue sostenida durante las tormentas de la controversia a principios del siglo V, probando la veracidad de las palabras de Cristo al constituir Su Iglesia: «… edificaré Mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mt 16:18). Agustín entendió que, aunque la Iglesia tenía gran autoridad, dicha autoridad había sido establecida por la verdad de que la Iglesia pertenece únicamente a Jesucristo.

Agustín vivió coram Deo, ante el rostro de Dios, defendiendo el evangelio de Jesucristo. Falleció en el 430, y todos los demás papas, desde el papa León I en el 461 hasta el papa Juan Pablo II en el 2005, también han fallecido. Pero Aquel que es la única autoridad suprema sobre Su Iglesia, vive y reina para siempre.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Adiós a lo nuevo, bienvenido lo viejo

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Adiós a lo nuevo, bienvenido lo viejo

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

e encantan las antigüedades. Me encantan los muebles viejos, los coches viejos y las casas viejas, pero sobre todo me encantan los libros viejos, los libros viejos y polvorientos. Y no sé tú, pero el polvo me hace estornudar. Recientemente, mi esposa y yo estábamos en una tienda de antigüedades, y encontré una edición  del libro  Un cuerpo de divinidad de Thomas Watson de 1833. El libro estaba escondido en la parte de atrás de la tienda, en la parte superior de una vieja estantería de madera de cerezo que contenía docenas de ejemplares de los libros condensados del Reader’s Digest de los años sesenta. Quienquiera que lo haya puesto sobre ese estante ciertamente desconocía el valor de la publicación de Watson. Y por el aspecto del polvo en la portada del libro, mi sospecha es que esta obra clásica había estado ahí por veinte años o más. Y por supuesto, inmediatamente después de abrir el viejo tomo, estornudé.

Afortunadamente, mi reacción a las cosas viejas y polvorientas es simplemente una espiración de aire temporal y desagradable que puede repetirse o no. Sin embargo, la reacción que mucha gente tiene ante las cosas viejas no es tan insignificante. Hoy en día, nuestra reacción a cualquier cosa que esté avanzada en edad es generalmente negativa. En el siglo XXI, todo es nuevo y mejorado. Adiós a lo viejo, bienvenido lo nuevo: sea lo que sea, si tiene siquiera la apariencia de ser viejo, es hora de algo más contemporáneo. Somos una sociedad que se deleita en lo último, y estamos tan consumidos por la emoción de lo que viene que hemos olvidado las cosas de nuestro pasado. Como resultado, hemos perdido nuestro camino. Y si nosotros, el pueblo de Dios, vamos a ser fieles administradores de nuestro pasado, si vamos a hacer alguna diferencia, entonces debemos recordarnos a nosotros mismos las duras lecciones que hemos aprendido de la historia. Debemos tomar y despolvar los credos históricos de la Iglesia que han resistido la prueba del tiempo. Debemos revivir nuestra gran herencia y volver a despertar a nuestras iglesias a considerar a los héroes de nuestra fe que se han enfrentado al mundo como guardianes de la fe cristiana.

A lo largo de la historia, el mundo ha intentado destruir la Iglesia. En cada siglo, tanto emperadores como herejes han tratado de cambiar las creencias históricas de la Iglesia, y cada vez han fracasado. La historia ha demostrado que el siglo IV fue una época de definiciones. Fue una época de héroes inmortales y confesiones inquebrantables. Y ahora, en el siglo XXI, nunca ha habido un tiempo más crucial para que el pueblo de Dios avive la fe de nuestros padres del siglo IV para que vivamos coram Deo, ante el rostro del Dios de la historia, el Anciano de Días.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Apartado para morir y vivir

Esclavos de Cristo

Apartado para morir y vivir — Burk Parsons

Abraham Serey

«Cuando Cristo llama a un hombre, le ordena venir y morir». Dietrich Bonhoeffer tenía unos treinta años cuando escribió estas palabras en su obra clásica El Precio del Discipulado. Ocho años más tarde fue ejecutado por sus crímenes contra el Tercer Reich. El médico de la prisión quién fue testigo de la ejecución de Bonhoeffer escribió, «En los casi cincuenta años que trabajé como médico, difícilmente he visto morir a un hombre tan completamente sumiso a la voluntad de Dios.» Las palabras del médico no podrían haber sido más apropiadas para describir no sólo la manera en que Bonhoeffer se sometió a Dios en la muerte sino también la manera como se sometió a Dios en vida. Durante su vida y en su muerte, Bonhoeffer se aferró a una verdad fundamental: ser apartado para Dios es ser apartado para morir, morir al pecado, al libre albedrío, y a la vida misma – a tomar diariamente nuestras cruces y vivir para Cristo y abrazar la verdadera libertad que sólo viene cuando Cristo llama a un hombre a morir y vivir en abundancia en El.

La santificación es una doctrina bíblica muy simple, sin embargo, es tal vez la doctrina más difícil de comprender. En cierto sentido, la santificación es tan simple como entender el lenguaje bíblico de serpuesto aparte, consagrado, o santo. Y en otro sentido, es tan amplio como la aplicación de la Sagrada Escritura a toda la vida y a la adoración. La Asamblea de Westminster nos proporcionó una de las explicaciones más útiles y concisas acerca de la santificación (CSM 35), aún quedan preguntas sobre la naturaleza precisa de la obra de Dios y nuestro trabajo en el Espíritu-el trabajo forjado de la santificación. Mediante la sola gracia a través de la sola fe porque solamente a través de Cristo, es que somos santificados posicionalmente, aunque de alguna manera misteriosa, Dios ha elegido trabajar soberanamente en nosotros, a través de nosotros, y con nosotros para santificarnos progresivamente por Su libre gracia, por medio del arrepentimiento, la fe y la obediencia, que nosotros, podamos morir más y más al pecado y vivir para la justicia.

Sin embargo, a pesar de esto puede existir un cierto grado de misterio con respecto a la forma en que somos santificados en la santidad, sin la cual nadie verá al Señor, lo que sí sabemos es esto: Nuestra santificación se establece en él quién no conoció pecado, pero que se hizo pecado por nosotros y quien murió por nosotros para que nosotros, estando muertos en Él vivamos para él, para que podamos reinar con Él sin el poder o la presencia del pecado en nosotros. Es sólo entonces que nuestros rostros revelan nuestra verdadera y permanente alegría en Aquel que ha hecho una oferta a nosotros para venir y morir, y vivir en él.

Por Burk Parsons sobre Santificación & Crecimiento
Una parte de la serie Tabletalk. Traducción por Jaime Duran.