Libres del temor

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Serie: El temor

 Burk Parsons 

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

El mundo es un lugar peligroso, lleno de riesgos y de gente poco confiable. Hay amenazas, dificultades y trampas acechando en cada esquina porque el mal es real. Como cristianos, entendemos esto porque sabemos cómo el pecado y sus consecuencias entraron al mundo.

La Biblia de Estudio de La Reforma

Muchas personas no religiosas o ateas no quieren admitir que el mal existe o que los hombres son pecadores. No obstante, cuando hay ataques terroristas o calamidades son prontos para hablar sobre «actos de maldad» o de «personas malvadas». No tienen palabras propias para explicar las miserias y las tragedias de este mundo, por lo que deben tomar prestadas palabras de nuestra cosmovisión bíblica. Solo la Escritura proporciona una explicación coherente del mal, y solo la Palabra de Dios nos indica por qué somos temerosos por naturaleza.

Todos nacemos con temores, clamando por ayuda desde que entramos a este mundo. Hasta los bebés no nacidos experimentan un miedo intenso cuando los abortistas los están destrozando en los vientres de sus madres, lugar en donde antes estaban seguros y protegidos. Los niños pequeños le temen a la oscuridad y quieren una lámpara nocturna que los conforte. No solo sentimos temor por las peores catástrofes que nos suceden a nosotros y a los que nos rodean, sino también por todas las dificultades y tragedias menores que pudiéramos experimentar.

El temor es una emoción primitiva tan poderosa que puede causar estragos en nuestros corazones. La pregunta es: ¿qué hacemos con nuestros miedos? ¿Nos revolcamos en el fango del temor, actuamos como si no lo sintiéramos, intentamos esconderlo o tratamos de enfrentarlo con gran tenacidad? ¿O nos volvemos al Señor? Es solo cuando nos volvemos al Señor que podemos escucharle decir: «No temas». Sin embargo, el Señor nos ordena a no temer, no para que ignoremos nuestros miedos ni para que los superemos a pura fuerza de voluntad, sino porque Él nos ha prometido: «Yo estoy contigo». Debido a que el Señor está con nosotros, nos ha enseñado a temerle solo a Él. Todos los demás temores comienzan a desvanecerse cuando tememos al Señor.

Saber que estamos unidos a Cristo por la fe sola, y que el Espíritu Santo mora en nosotros, marca la diferencia entre tenerle miedo a Dios y temer a Dios. Marca la diferencia entre tenerle miedo a todos los peligros que pudiéramos enfrentar y confiar en nuestro Dios soberano, quien nunca nos dejará ni nos desamparará. El Espíritu Santo, nuestro Consolador, nos permite caminar siendo libres del temor porque hemos sido rescatados por Aquel que nos sostiene en la palma de Su mano. Por eso podemos cantar con John Newton: «Su gracia me enseñó a temer, mis dudas ahuyentó», y con Martín Lutero: «Aunque estén demonios mil prontos a devorarnos, no temeremos porque Dios sabrá cómo ampararnos» ya que Él ha decretado que Su voluntad prevalezca en nosotros.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

El narrador magistral

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El narrador magistral

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

Me encanta una buena historia. Sin embargo, he descubierto que la mayoría de las historias, especialmente las más recientes, no son tan buenas. Las historias verdaderamente buenas son típicamente muy antiguas. Han superado la prueba del tiempo. No solo se comunican con nuestras mentes y conectan nuestros corazones con sus personajes, sino que también llegan a lo más profundo de nuestras almas. Las buenas historias nos hacen reír y llorar. Nos retan y nos consuelan. No nos dejan iguales.

La Biblia de Estudio de La Reforma

Hace poco tiempo, terminé de leer el clásico de Víctor Hugo «Los Miserables». Tan pronto como puse el libro de nuevo en el estante, me sentí atraído a leerlo otra vez, ya que solo después de terminar de leer el libro sentí que entendía todo lo que Hugo comunicaba desde la primera página. Las buenas historias son así. Los buenos narradores ofrecen a los lectores atentos un lente a través del cual pueden apreciar el mensaje principal de la historia. Una vez que los lectores lo ven, quieren leer la historia de nuevo, porque ahora entienden de qué se trata. Se sienten como si hubieran descifrado su código y como si incluso fueran parte de la historia.

Nosotros como creyentes amamos las parábolas de Jesús no solo porque son buenas historias bien contadas sino porque el Espíritu Santo nos ha abierto nuestros ojos, oídos y corazones para entender su mensaje.

Esta es una razón por la que a los niños les encanta leer los mismos cuentos una y otra vez antes de dormir, y es por eso que como cristianos nos encanta leer la Biblia una y otra vez. Pero ¿cuántas veces has escuchado a un incrédulo o a un ateo profesante decir algo como: «Leí la Biblia una vez, y me di cuenta que no era para mí»? Cuando escucho eso, quiero responder: «En realidad, nunca has leído la Biblia». Puede que hayan leído las palabras, pero no tenían los ojos para ver, los oídos para oír y el corazón para percibir lo que el Autor de la Biblia está comunicando. Ellos no podían entender el mensaje principal del Autor, por lo que no deseaban volver a leerla.

Jesús fue el narrador magistral que, como fue profetizado en el Salmo 78 (ver Mateo 13:35), a menudo enseñó usando parábolas para ilustrar Su mensaje principal. Lo hizo así al menos por dos razones: para confundir a los que lo rechazaron y para iluminar a los que lo recibieron (Marcos 4:11-12). Si alguien piensa que todas las historias de Jesús son confusas, es porque nuestro Dios soberano no le ha dado ojos para ver, oídos para oír o corazón para percibir la verdad salvadora del glorioso evangelio de Jesucristo.

Sin embargo, nosotros como creyentes amamos las parábolas de Jesús, no solo porque son buenas historias bien contadas sino porque el Espíritu Santo nos ha abierto nuestros ojos, oídos y corazones para entender su mensaje. Nos identificamos con los personajes de Sus parábolas, y queremos oírlas una y otra vez mientras descansamos para siempre en el amor pródigo de nuestro Padre por nosotros.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

La belleza de la Escritura

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Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

La belleza de la Escritura

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

El Dr. Steven J. Lawson una vez comparó la Biblia con un diamante cuya belleza, cuando se coloca contra la luz, se refracta de muchas maneras diferentes: «Ningún símbolo de la Biblia puede comunicar el todo. Por lo tanto, se requieren muchas metáforas diferentes, muchas analogías diferentes, para siquiera comenzar a tratar de [comprender] la totalidad del poder invencible de la Palabra inerrante». La Biblia está llena de ilustraciones, símbolos y metáforas que Dios usa para ayudarnos a conocerle y a relacionarnos con Él, y para ayudarnos a conocernos a nosotros mismos. Él usa metáforas para ayudarnos a entender las verdades sobre esta vida presente, la vida eterna y la condenación eterna.

Dios se llama a Sí mismo nuestro Padre y nos consuela llamándonos Sus hijos.

Si bien es probable que recordemos algunas de las metáforas mejor conocidas en la Escritura, como las del pastor y las ovejas, la vid y los sarmientos y otras, debemos reconocer que la Biblia utiliza muchas metáforas, símiles, símbolos e ilustraciones diferentes, algunas de las cuales pueden sonar extrañas a nuestros oídos, particularmente si somos del Occidente. Recuerda que la Biblia está impregnada de la cultura del Levante Mediterráneo. Dependiendo de dónde seamos y de las experiencias que hayamos tenido, muchas de estas metáforas pueden resultarnos difíciles de entender. Sin embargo, en Su sabiduría, Dios las usa para ayudar a Su pueblo de todo el mundo, de muchos contextos diferentes, a conocerlo más. Las metáforas de la Escritura nos revelan la belleza integral que ella misma posee, pero más que eso, revelan la belleza de nuestro Dios misericordioso que se relaciona con nosotros, nos condesciende y nos habla con palabras que podemos entender.

Por supuesto, si se presionan más allá de sus límites, las metáforas pierden su calidad didáctica. Debemos tener cuidado de no leer de más en las metáforas, de no abusar de ellas o de limitar innecesariamente conceptos doctrinales enteros a metáforas. Sin embargo, las metáforas, símbolos e ilustraciones de la Escritura, nos ayudan a asociar nuestras experiencias en la vida con conceptos espirituales y doctrinales para que podamos conocer más a Dios y servirle más plenamente. Estudiarlas nos puede ayudar a ver más y más destellos de la belleza que proceden del hermoso diamante que es la Escritura. Mucha de esa belleza es un gran consuelo para nuestras almas. Dios se llama a Sí mismo nuestro Padre y nos consuela llamándonos Sus hijos. Se ha revelado a nosotros de maneras que nos ayudan a relacionarnos con Él como nuestro Padre amoroso, misericordioso y santo, y de maneras que nos ayudan a tener una fe humilde, dependiente y como la de un niño. A medida que crecemos en madurez como Sus hijos, Su Espíritu Santo nos ayuda a conocerlo más y más profundamente como nuestro Pastor, nuestra Roca y nuestra Fortaleza mientras seguimos a Cristo Jesús que es el camino, la verdad y la vida.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
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El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Dios es fiel

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

Dios es fiel

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

Parece algo difícil de admitir, pero como pastor que está a la vista pública, me ha resultado desafiante a lo largo de los años encontrar formas de servir a la gente sin que nadie se dé cuenta. Mucho del ministerio pastoral puede ser visto públicamente, como predicar los domingos o visitar a alguien en el hospital. Pero las cosas pequeñas también importan: orar por nuestros rebaños, escribir tarjetas y cartas de aliento y llamar para dar seguimiento a miembros de la congregación a fin de consolarlos y ayudarlos. Aunque tengo algunos amigos en la Iglesia a los que les gusta bromear diciendo «los pastores solo trabajan los domingos» la realidad es que no veo lo que hago los domingos como parte de mi semana laboral. El día del Señor es un dia de descanso y adoración tanto para mi como para cualquier cristiano. Aunque es agotador de por sí predicar en los dos servicios matutinos y en el vespertino (sin mencionar el hablar con la gente durante el día cuando el tiempo lo permite) es un placer hacerlo. De modo que, cuando la gente me pregunta «¿cuándo es tu día de reposo?», respetuosamente respondo: «El mismo día que el tuyo». Es el día del Señor para los pastores así como es el día del Señor para los miembros del coro, músicos, maestros de escuela dominical, diáconos, ancianos, anfitriones, ujieres y todos los que sirven al Señor de diversas maneras los domingos. 

Dios nos ha llamado a descansar en Cristo a medida que lo seguimos a Él por Su gracia y para Su gloria.

Independientemente, todos los cristianos sirven al Señor de maneras visibles, no solo los pastores. Ya sea que tengamos títulos y roles oficiales en el ministerio o no tengamos un título en particular en el ministerio (como la mayoría de los cristianos), estamos llamados a servir al Señor fielmente, no solo en las cosas grandes que la gente ve sino en las cosas pequeñas que pocos, si acaso, ven. La vida está compuesta, mayormente, de cosas pequeñas: hacer la cena, lavar los platos, conversar con un vecino o cambiar un pañal. Mucha de nuestra fidelidad al Señor está en nuestro esfuerzo por ser fieles en las cosas pequeñas de la vida. Sabemos que Dios siempre ve: Él ve las cosas grandes que hacemos y las cosas pequeñas que hacemos, y como nuestro Padre celestial, se preocupa por todas ellas. Él siempre ve y recompensa (Mt 25:21), en tanto que nuestras motivaciones sean las correctas y no estemos practicando nuestra justicia delante de los demás con el objeto de ser vistos y alabados por ellos (6:1-4). Dios nos llama a esforzarnos para ser fieles en todo en la vida, en las cosas grandes, las cosas pequeñas y en todo lo que está entre ellas, descansando en la gloriosa verdad de que Jesús fue fiel en todo. Él obedeció cada iota y tilde de la ley, y murió en la cruz por nuestra infidelidad a Él. Nuestra más grande esperanza no está nuestra total y completa fidelidad en todo, sino en la fidelidad de nuestro Dios, quien nos ha llamado a descansar en Cristo a medida que lo seguimos a Él por Su gracia y para Su gloria, mientras vivimos delante de Su faz, coram Deo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

¿Cómo puedo orar por mis hijos?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Cómo puedo orar por mis hijos?

Burk Parsons 

Nota del editor: Este es el capítulo 21 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Orar por nuestros hijos surge naturalmente cuando entendemos que Dios nos ha hecho criaturas dependientes, creadas para depender del Señor. Dios diseñó nuestros corazones con un deseo insaciable de estar en comunión con Él. Y aunque la oración no surge fácilmente, nosotros los que tenemos un corazón que ha sido regenerado por el Espíritu Santo, no podemos evitar ir una y otra vez a nuestro Padre celestial para darle gracias, alabarlo y pedir Su ayuda.

Queremos que nuestros hijos conozcan al Señor y el gozo y el gozo de la comunión y el compañerismo con Él. Queremos que sean regenerados —que nazcan de nuevo— pero no tenemos la capacidad de hacerlo en nuestras propias fuerzas, ya que solo el Espíritu Santo tiene la gracia soberana y el poder de salvar a nuestros hijos. Para tal fin, podemos orar por nuestros hijos mientras aún crecen en el vientre de su madre. Podemos orar primero y ante todo para que Dios soberanamente regenere sus corazones a fin de que tengan una vida nueva en Jesucristo. Podemos orar para que nuestros hijos confíen en Dios, amen a Dios, amen y obedezcan la Palabra de Dios, confiesen sus pecados a Dios, adoren a Dios y tengan comunión con Dios todos los días de su vida.  Podemos orar para que el Señor les conceda humildad, sabiduría, discernimiento, honor, integridad, amor y gracia en todo en la vida. Podemos orar para que confíen y sigan al Señor toda su vida, para que nunca conozcan un tiempo en el que no confiaron en el Señor, y podemos orar para que tengan testimonios excepcionalmente ordinarios de vidas vividas confiando y siguiendo al Señor.

Podemos orar para que nuestros hijos confíen en Dios, amen a Dios, amen y obedezcan la Palabra de Dios, confiesen sus pecados a Dios, adoren a Dios y tengan comunión con Dios todos los días de su vida. 

Más allá de orar por nuestros hijos, quizás lo más fundamental que podemos hacer es modelar una vida de oración ante ellos. Estamos llamados a hacer discípulos y la Gran Comisión comienza en casa. Nosotros mismos necesitamos conocer más acerca de la oración si vamos a instruir a nuestros hijos de una manera que los prepare para orar genuinamente por sí mismos, en nuestra ausencia. A medida que ellos maduran, podemos seguir explicándoles qué es la oración y cómo pueden orar. Podemos orar con ellos, por ellos y en torno a ellos. También podemos orar por sus circunstancias particulares y por la obra de Dios en sus vidas.

Mientras continuamos dependiendo de Dios y disfrutando de la comunión con Él, reflejaremos a Cristo en nuestras propias vidas, dirigiendo a nuestros hijos no a nosotros mismos, sino a su Padre celestial; para que así nuestro Dios pueda usarnos, siendo vasijas pecaminosas y rotas, como modelo de una vida de oración arrepentida y fiel en comunión con Él. Que nuestros hijos nos vean siempre regocijándonos, orando sin cesar y dando gracias en toda circunstancia mientras anhelamos que venga el Reino de nuestro Señor y que sea hecha Su voluntad, así en la tierra como en el cielo (1 Tes 5:16–18Mt 6:10).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

El verdadero Israel de Dios

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Serie: El Mesías prometido

El verdadero Israel de Dios

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primero de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido

En Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés], recientemente concluimos un estudio de dos años y medio del libro de Éxodo en nuestro servicio de domingo por la noche.  Fue un tremendo viaje a medida que salíamos de Egipto, a través del mar Rojo, por el desierto, subiendo y bajando el monte Sinaí y hacia la tierra prometida. Desde el principio, observamos que una de las razones fundamentales para la liberación divina de Israel de Egipto, no fue simplemente que los israelitas fueran libres de la esclavitud sino que fueran liberados para poder adorar al Señor. Dicho de manera sencilla, el libro de Éxodo no se trata fundamentalmente del éxodo, sino de la adoración. El Señor liberó a Israel para que ellos pudieran adorarle. La historia de Éxodo corresponde a la narrativa teológica general de la Escritura, y la gran narrativa general de la Escritura no es simplemente redención de la esclavitud sino redención para adorar.

El plan soberano y la promesa de Dios no pueden ser frustrados.

A lo largo del Nuevo Testamento, el Señor gloriosamente revela cómo el Mesías prometido cumplió las profecías, las promesas y el plan de nuestro Dios triuno.  El Evangelio de Mateo revela cómo Jesús es el verdadero y más grande Israel de Dios (Mt 2:13-155:17; ver Os 11:1) que logró lo que Israel logró. Él fue a Egipto y salió de Egipto (Mt 2). Pasó por las aguas (Mt 3:13-17) y por el desierto, donde fue tentado a adorar algo más que a Dios solo y fue sostenido por toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4:1-11). Habló con Moisés y Elías acerca de Su partida (literalmente, Su «éxodo»; ver Lc 9:31). Y, mientras repetía la historia de Israel en Su propia persona, Él cumplió los oficios de rey y profeta, sirviendo como el Rey del linaje de David quien es también el Hijo supremo de David (Mt  2:21221:527:27-31; ver 2 Sam 7) y como el Profeta superior a Moisés (Mt 11:1-1923-24; ver Dt 18:15-22).

Jesús repitió, avanzó y cumplió la historia de Israel en el clímax de Su obra. Sufrió el exilio de Su muerte en la cruz (Mt 27:32-50), donde también cumplió Su papel como el gran Sumo Sacerdote y el Cordero de la Pascua sacrificado (Mt 26:1-1327:51). Allí, el templo de Su cuerpo fue destruido (Mt 26:6127:40), pero al tercer día fue restaurado del exilio de la muerte en Su resurrección, resucitando el templo de Su cuerpo (Mt 28:1-10) y convirtiéndose en la piedra angular del nuevo templo, Su Iglesia, que es el cumplimiento del plan de Dios para Su verdadero pueblo Israel (1 Pe 2:4-8). El plan soberano y la promesa de Dios no pueden ser frustrados, porque ahora Jesucristo tiene toda la autoridad en el cielo y en la tierra, y está con nosotros hasta el fin del mundo, y Él regresará como nuestro Rey y nos llevará a la Tierra Prometida celestial.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Gratitud y merecimiento

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Serie:Gratitud

Gratitud y merecimiento

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Como pastor de una iglesia local, tengo el privilegio de servir a personas de todas las edades. Llevo casi dos décadas sirviendo a estos hermanos, y muchos de ellos han sido mis amigos casi desde el principio. Aunque soy amigo cercano de hombres en sus treinta y cuarenta años, también soy amigo cercano de hombres en sus sesenta y setenta. A menudo me he preguntado por qué he disfrutado tanto mis amistades con hombres mayores, entre ellos el ya fallecido Dr. R. C. Sproul (quien habría cumplido ochenta este año). Me he dado cuenta de que gran parte de la razón por la que siempre he disfrutado la amistad de hombres mucho mayores que yo es que mi padre era mayor que la mayoría de los padres de los niños de mi edad. Mi padre nació en 1924, y fue mi mejor amigo hasta que falleció en 1992. Mi padre vivió la Gran Depresión, repartió periódicos a la edad de siete años, luchó en la Segunda Guerra Mundial y perdió a su primer hijo en un trágico accidente en 1969. Mi padre aprendió a vivir con poco, y siempre me dijo que aprendiera a vivir con un poco menos. A través de muchas dificultades, mi padre aprendió a ser agradecido. Y mi querida madre, que en muchos sentidos ha experimentado dificultades aún mayores que mi padre, aprendió a ser agradecida. Por sus ejemplos, aprendí el agradecimiento como una forma de vida.

La única forma de tener un agradecimiento permanente, en los tiempos buenos y en los difíciles, es pedirle humildemente a nuestro Padre que nos ayude a ser agradecidos y pedirle diariamente que nos haga aún más agradecidos.

Si bien es cierto que las amistades que tengo con hombres mayores se deben en parte a la amistad que tuve con mi padre, me he dado cuenta de que, independientemente de la edad de mis amigos, una de las características que todos ellos tienen en común es que están profundamente agradecidos por las dificultades que han experimentado. En la providencia de Dios, las dificultades de la vida nos entrenan para ser agradecidos. Y aunque doy gracias por la oportunidad de conocer a muchos jóvenes que están agradecidos por el ejemplo de gratitud en sus hogares y la obra de Dios en sus corazones, en términos generales, cuando veo a las generaciones más jóvenes, me preocupa lo que parece ser una falta generalizada de gratitud y un sentido de merecimiento. El merecimiento es enemigo de la gratitud, pero los amigos más cercanos de la gratitud son la humildad y el contentamiento. La única forma de tener un agradecimiento permanente, en los tiempos buenos y en los difíciles, es pedirle humildemente a nuestro Padre que nos ayude a ser agradecidos y pedirle diariamente que nos haga aún más agradecidos. Mientras hacemos esto, nos conviene recordar que el camino hacia la gratitud constante suele estar lleno de dificultades que libran a nuestros corazones de cualquier sentido de merecimiento. Por la gracia soberana de Dios, las dificultades conducen a la humildad, al contentamiento y a la gratitud, no por lo que tenemos, sino por Aquel a quien tenemos, Aquel que da y quita para que al final podamos proclamar por siempre: “Bendito sea el nombre del SEÑOR” (Job 1:21).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

¿Por qué es tan difícil orar?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Por qué es tan difícil orar?

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Orar es difícil porque humillarnos, vencer nuestro orgullo y acabar con nuestra obstinación y pecaminosidad es difícil. Cuando oramos, morimos a nosotros mismos y la muerte duele. Es por eso que nuestra carne lucha tan fuertemente contra la oración. Cuando oramos, estamos entrando en una verdadera guerra contra nuestra carne y contra las flechas ardientes de nuestro acusador y sus huestes. Aunque no tienen miedo de nosotros, le tienen terror a Aquel que está en nosotros y es por nosotros, y desprecian que estemos orando a Aquel que los ha aplastado y que los destruirá.

Además, orar es difícil porque con frecuencia nuestro enfoque está en la oración misma y no en Dios. Aprendemos sobre la oración, no para saber mucha información sobre ella, sino para que podamos orar poniendo nuestro enfoque en Dios. Por Su gracia soberana le conocemos y sabemos que Él está ahí, y que no solo oye sino que escucha; que no está en silencio, sino que siempre contesta nuestras oraciones y siempre actúa de acuerdo a Su perfecta voluntad, para nuestro bien supremo y para Su gloria. Cuando reconocemos la soberanía de Dios en la oración, también recordamos Su amor, gracia, santidad y justicia, y a la vez somos confrontados con la dura realidad de nuestro miserable pecado, a la luz de Su gloria y Su gracia.

En la vida siempre encontraremos algún grado de dificultad para orar, pero, a pesar de eso, siempre debemos orar.

Por lo tanto, los cristianos en realidad no creemos en el poder de la oración; creemos en el poder de Dios y es por eso que oramos. Así que, al orar, se nos recuerda lo que no somos; se nos recuerda que no somos Dios y que no tenemos el control. Se nos recuerda que Dios es soberano y que está en control, y por eso  debemos reconocer que la oración es nuestra rendición diaria y continua del control que creemos tener sobre nuestras vidas a Aquel que sí las controla y se preocupa por ellas más que nosotros mismos.

Si pensara por un segundo que mis débiles oraciones pudieran cambiar la mente de Dios y Su perfecta voluntad, dejaría de orar completamente. Yo soy pecador, no lo sé todo ni puedo controlarlo todo. Sin embargo, debido a que Dios es omnisciente y omnipotente, y tiene en mente Su gloria y nuestro bien supremo, podemos confiar en Él. A veces, la respuesta de Dios a nuestra oración es «no», a veces es «espera», a veces es «sí», y a veces es «sí, y más allá de lo que puedas imaginar». En la vida siempre encontraremos algún grado de dificultad para orar, pero, a pesar de eso, siempre debemos orar. También debemos orar para que Dios nos ayude a orar, considerando la oración menos como una lista de supermercado y más como una carta de amor, no simplemente hablando con Dios sino teniendo comunión con nuestro compañero más cercano y más amoroso. 

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Considérate a ti mismo

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Considérate a ti mismo

Burk Parsons

Nota del editor: Esta es la octava y última parte de la serie de artículos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

La controversia existe porque la verdad de Dios existe en un mundo de mentiras. La controversia es la difícil situación de pecadores en un mundo caído, quienes originalmente fueron creados por Dios para conocer la verdad, amar la verdad y proclamar la verdad. No podemos escapar de la controversia en este lado del cielo, ni deberíamos intentarlo. Como cristianos, Dios nos ha rescatado de las tinieblas y nos ha capacitado para permanecer en Su luz admirable. Él nos ha llamado a entrar en las tinieblas y brillar como una luz en el mundo, reflejando la gloriosa luz de nuestro Señor Jesucristo. Y cuando la luz brilla en la oscuridad, la controversia es inevitable.

Si nos preocupamos por la gloria de Cristo, nos preocuparemos por la paz y la unidad de Su Iglesia, y, a su vez, nos preocuparemos por la pureza de la Iglesia.

Si estamos en Cristo, la verdad nos ha liberado, y en consecuencia, somos llamados a discernir la verdad del error y la verdad de la verdad a medias. Aunque no siempre es fácil defender la verdad en medio de la oscuridad de este mundo, el Espíritu Santo nos ayuda a distinguir la luz de las tinieblas mientras caminamos a la luz de Su Palabra. La dificultad viene cuando tratamos de discernir la verdad del error en la Iglesia de Cristo. Además, cuando creemos que hemos discernido la verdad del error en la Iglesia, ¿cómo exponemos el error y proclamamos la verdad dentro del cuerpo de Cristo? Esto es particularmente difícil teniendo en cuenta que Dios nos llama, por un lado, a «contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos» (Jud 3), y por otro lado nos llama a esforzarnos “por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Ef 4:3).

Entonces, ¿cómo contendemos por la fe única y verdadera mientras, a la vez, luchamos por mantener la paz y la unidad en la Iglesia? A primera vista, algunos podrían pensar que estos dos mandamientos son mutuamente excluyentes. Sin embargo, el llamado de Dios para contender por la pureza y el llamado de Dios para luchar por la paz y la unidad están estrechamente entrelazados. Si queremos entender cómo debemos involucrarnos en una controversia, primero debemos entender que éstas no se oponen entre sí, sino que, por necesidad, se complementan la una a la otra.

La paz y la unidad existen en la Iglesia no a pesar de la verdad, sino precisamente a causa de la verdad. Es por eso que luchamos fervientemente por la pureza de la fe única y verdadera a fin de preservar la auténtica unidad de la única y verdadera esposa de Cristo para la gloria de Cristo. La unidad a expensas de la pureza produce anarquía. No podemos tener verdadera paz y unidad sin pureza.

Si nos preocupamos por la gloria de Cristo, nos preocuparemos por la paz y la unidad de Su Iglesia, y, a su vez, nos preocuparemos por la pureza de la Iglesia. Más concretamente, si somos complacientes con todas y cada una de las controversias, esto probablemente significa que somos complacientes con la verdad misma. Sin embargo, si nos involucramos completamente en todas y cada una de las controversias aparentes que ocurren en la Iglesia, podría significar que no nos estamos haciendo las preguntas correctas para determinar en cuáles controversias debemos involucrarnos y, lo que es más, de qué manera y hasta qué punto deberíamos hacerlo.

En su carta Sobre la controversia, John Newton advierte que antes de participar en una controversia de cualquier tipo, primero debemos considerarnos a nosotros mismos. Él pregunta:

¿Qué le aprovechará al hombre ganar su causa y silenciar a su adversario, si al mismo tiempo pierde ese espíritu humilde y compasivo en el cual el Señor se deleita, y al cual le ha prometido Su presencia?

Newton escribió estas palabras en el siglo XVIII, y son tan pertinentes hoy como lo fueron en aquel entonces, especialmente cuando tomamos en cuenta la constante aparición de nuevos medios a través de los cuales cualquiera puede involucrarse en una controversia de una manera más fácil y más pública. No obstante, el medio no es el problema, como tampoco lo es la controversia. Nosotros somos el problema: cómo nos involucramos en la controversia y cómo utilizamos los medios, tanto los antiguos como los nuevos.

Con esto en mente, mientras nos esforzamos por examinarnos correctamente antes de participar en una controversia, ya sea en Internet o en un libro, propongo diez preguntas que podemos hacernos para ayudarnos a determinar si, cuándo y cómo, deberíamos involucrarnos en una controversia mientras luchamos por la paz, la pureza y la unidad de la Iglesia de Jesucristo.

1. ¿He orado? La oración es lo más fácil de hacer y, quizás, lo más fácil de olvidar. Antes de involucrarnos en una controversia, estamos llamados a buscar humildemente al Señor, orando por nosotros mismos y por aquel con quien estamos en desacuerdo.

2¿Cuál es mi motivo? Hacemos bien en cuestionar nuestros motivos sin cuestionar los de los demás. Somos arrogantes al pensar que podemos juzgar los motivos de los demás cuando a veces ni siquiera entendemos nuestros propios motivos. Necesitamos pedirle al Espíritu que escudriñe nuestros corazones y nos revele si hay maldad.

3¿Estoy tratando de edificar a los demás? ¿Estamos tratando de ganar una discusión por el simple hecho de discutir, o es nuestro objetivo llevar a la persona con la que estamos en desacuerdo, y a nuestra audiencia, a un mayor entendimiento de la Palabra de Dios para la gloria de Dios? ¿Es nuestro objetivo mostrar nuestra inteligencia o dirigir a otros hacia Dios y Su Palabra?

4. ¿He  buscado consejo? Necesitamos desesperadamente buscar la sabiduría de nuestros hermanos en Cristo, particularmente hombres y mujeres mayores que se han llegado a ser más amables, amorosos y sabios a medida que han madurado en el Espíritu. Necesitamos buscar la sabiduría de nuestros pastores y ancianos, e incluso de hermanos sabios con quienes aún podríamos estar en desacuerdo.

5¿Preferiría mejor sufrir la injusticia? Cuando alguien nos ha criticado, justa o injustamente, en público o en privado, no siempre es necesario responder. El amor cubre una multitud de pecados, nuestro humilde silencio u ofrecer la otra mejilla pueden apartar la ira del otro.

6¿Cómo trataré a la persona con la que estoy en desacuerdo? ¿Estamos mostrando amor a nuestro hermano para que el mundo pueda ver que somos discípulos de Cristo? ¿Estamos tratando a nuestro «oponente» como a un hermano en Cristo o como un enemigo de la Iglesia?

7. ¿Estoy involucrando a una audiencia más grande de lo necesario? ¿Es este un asunto público o privado? Además, ¿es un tema fundamental o secundario? ¿Han discrepado sobre este asunto hombres piadosos a lo largo de la historia y, de ser así, cómo debería esto afectar mi tono? ¿Estamos respondiendo a una controversia real o estamos más bien creando una o convirtiendo el asunto en un problema más grande de lo que realmente es?

8¿Soy la persona indicada para involucrarme? A menudo tenemos un concepto más alto de nosotros mismos del que deberíamos tener, y rara vez consideramos a los demás como mejores que nosotros. Debemos preguntarnos si es necesario decir algo, y si somos nosotros los indicados para decirlo. El simple hecho de disponer de una plataforma para hablar de un problema no significa que siempre tengamos que usarla.

9¿Cuál es mi meta final? ¿Qué aspiramos? ¿Qué verdad estamos defendiendo? ¿Contribuirá nuestra participación a un mayor avance del Evangelio y del amor a Dios y al prójimo? Nuestro objetivo nunca debe ser una mera provocación.

10. ¿Estoy enfocado en la gloria de Dios? ¿Estamos sirviendo al reino de Dios o a nuestro propio reino y reputación? Nuestra meta no es ganar más lectores u oyentes, sino dirigir los ojos de todos hacia Cristo para Su gloria. Si tenemos que involucrarnos en una controversia, hagámoslo única y exclusivamente por el reino y la gloria de Dios, no el nuestro.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

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Serie: Dando una respuesta

En busca de la verdad

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie Dando una respuesta,publicada por Tabletalk Magazine. 

Cada vez que la gente me pregunta a qué me dedico, respondo diciéndoles que soy pastor. Cuando les digo que soy pastor, la gente parece llenarse  instantáneamente de una variedad de emociones mientras tratan de decidir cómo responder. Dependiendo de su estado espiritual y de su relación con Cristo y la Iglesia, sus respuestas van desde el miedo hasta el consuelo, desde la ansiedad hasta el deleite. Algunas personas intentan cambiar el tema lo más rápido posible, otras quieren contarme todo sobre su caminar espiritual, otras quieren descargar todas sus cargas, algunas hablan de porqué dejaron la iglesia y otras se regocijan de nuestra fe común en Cristo. Pero la mayoría de las veces, cuando le digo a la gente que soy pastor, ellos tienen preguntas: preguntas sobre nuestra iglesia, sobre lo que creo, sobre la Biblia, Dios y la vida después de la muerte. Todas la gente tiene preguntas. Somos inquisitivos por naturaleza, y en esta era de pluralismo, ateísmo y escepticismo, mucha gente está buscando la verdad y las respuestas a las preguntas fundamentales de la vida.

En esta era de pluralismo, ateísmo y escepticismo, mucha gente está buscando la verdad y las respuestas a las preguntas fundamentales de la vida.

En cierta manera, los pastores tienen más oportunidades que otros cristianos para proclamar y explicar el Evangelio y hacer el trabajo de un evangelista y apologista. Es uno de los gozos de ser pastor. Por la naturaleza misma de lo que hacemos, los pastores somos teólogos y apologistas; pero en realidad, cada cristiano es un teólogo y un apologista. La pregunta para todos nosotros es si en realidad somos buenos teólogos y apologistas y si somos estudiantes serios de la Escritura, de la teología y de las respuestas que provienen de la Escritura. Como cristianos, estamos llamados a estar preparados para dar una respuesta de la esperanza que está en nosotros, como nos manda Pedro, y a no olvidar nunca que debemos responder con «mansedumbre y reverencia» (1 Pe 3:15).

Cuando hacemos nuestras buenas obras ante el mundo espectador —no para ser vistos por los hombres a fin de obtener gloria para nosotros mismos, sino para que el mundo pueda ver nuestras buenas obras y glorificar a nuestro Padre celestial— la gente naturalmente nos preguntará por qué hacemos todo lo que hacemos, por qué creemos lo que creemos y por qué nos aferramos a la esperanza que está en nosotros. Y cuando lo hagan, no debemos tener miedo, porque Cristo ha prometido que el Espíritu Santo está con nosotros para darnos el valor y la compasión a fin de hablar la verdad en amor. Porque esta es una de las principales maneras en que brillamos como luces en las tinieblas del mundo, sabiendo que la gente solo puede ver la luz si el Espíritu Santo abre sus ojos, expulsa las tinieblas, regenera sus corazones y les da vida a la luz de la gloria de Jesucristo.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.