RESEÑA: EL ORIGEN Y EL TRIUNFO DEL EGO MODERNO | Carl R. Trueman

«Soy una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre». Si bien esta es una frase a la que ya nos hemos acostumbrado a escuchar en los últimos años, es una frase que habría sido incomprensible para aquellos que vivieron y murieron hace solo un par de generaciones. Aunque tiene mucho significado hoy, habría carecido de todo sentido en ese momento. Entonces, ¿qué es lo que ha sucedido en las décadas recientes para hacer que esta frase tenga sentido? ¿Qué ha sucedido para que sea tan normal que negarla hoy es ser marcado como un anticuado intolerante?

Los orígenes del nuevo libro de Carl Trueman se encuentran en su curiosidad sobre cómo y por qué esta afirmación ha llegado a ser entendida tanto coherente como significativa. El origen y el triunfo del ego moderno es esencialmente una exploración de 200 páginas del cambiante entendimiento del ser en el mundo Occidental. Por mucho que queramos atribuir la frase a la revolución sexual, Trueman está convencido de que los cambios que hemos visto en las costumbres sexuales desde la década de 1960 son síntomas de cambios más profundos «en la forma en que pensamos sobre el propósito de la vida, el significado de la felicidad», y qué es lo que realmente constituye el sentido de las personas sobre quiénes son y para qué existen. Para entender cómo un hombre puede realmente ser una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre, debemos entender «cómo y por qué una cierta noción del yo ha llegado a dominar la cultura de Occidente [y] por qué este yo encuentra su manifestación más obvia en la transformación de las costumbres sexuales». Con todo eso en su lugar, el estudio solo puede completarse si se considera «cuáles son y pueden ser las implicaciones más amplias de esta transformación en el futuro».

Trueman divide el libro en cuatro partes. En la primera, él introduce conceptos básicos y figuras clave que aparecerán una y otra vez. Hay tres filósofos que son centrales para su entendimiento de los cambios sociales: Phillip Rieff, Charles Taylor y, en menor medida, Alasdair McIntyre. Al examinar su trabajo, él introduce conceptos como el «el triunfo de lo terapéutico», «el hombre psicológico», «la anticultura», y «el imaginario social». Cada uno de estos términos aparecen una y otra vez, así que al lector le convendría leer despacio y anotar definiciones.

En la parte dos, se enfoca en desarrollar los siglos XVIII y XIX, empezando con Jean-Jacques Rousseau y luego avanza a un número de prominentes poetas del Romanticismo. Finalmente, se dirige a las ideas que cambiaron el mundo de Friedrich Nietzsche, Karl Marx y Charles Darwin, quienes «en sus diferentes formas proporcionaron una justificación conceptual para rechazar la noción de naturaleza humana y, por lo tanto, allanaron el camino para la plausibilidad de la idea de que los seres humanos son criaturas plásticas sin identidad fija fundada en una esencia intrínseca e irradiable». Es a través de estos hombres que la noción del yo de la sociedad se psicologizó.

En la parte tres, se dirige a Sigmund Freud, a través de quién la psicología se volvió sexualizada, y a sus seguidores, a través de quienes la sexualidad se volvió politizada. Freud enseñó que los humanos son, en esencia, criaturas sexuales y, por lo tanto, definidas por sus inclinaciones sexuales. Si antes de Freud el sexo era una cuestión de actividad, después de Freud fue una cuestión de identidad. Si antes de Freud el sexo se trataba de hacer lo que te hacía feliz, después de Freud el sexo se trató sobre ser tu auténtico yo. Aquellos que promovieron el pensamiento freudiano —Wilhelm Reich, Herbert Marcuse y otros— lo hicieron a través de un marco Marxista que veía las normas sexuales tradicionales como marcas de un patriarcado opresivo decidido a mantener su propio poder. Resistir el patriarcado requeriría total libertad sexual y autodefinición. Si a través de Rousseau la identidad se psicologizó, entonces a través de Freud la psicología (y por ende la identidad) se sexualizó, y a través de Reich y Marcuse la identidad (y por ende el sexo) se politizó.

Con este marco establecido, la parte final del libro muestra cómo todos estos desarrollos conceptuales se han desplegado y se están desplegando actualmente en la sociedad. Examina el triunfo de lo erótico a través del surrealismo, la cultura pop y la pornografía; examina el triunfo de lo terapéutico a través de prestigiosas universidades y los fallos de la Corte Suprema; examina el triunfo del T (Transgenerismo) como un derroque casi absoluto de todos los acuerdos tradicionales del sexo, la sexualidad e incluso de la humanidad.

El transgenerismo es un síntoma, no una causa. No es la razón por la que las categorías de géneros estén ahora tan confundidas; es más bien una función de un mundo en el que el colapso de la metafísica y del discurso estable ha creado tal caos que ni siquiera el más básico de los binarios, el que existe entre lo masculino y lo femenino, puede reclamar un estatus objetivo significativo. Y las raíces de esta patología se encuentran profundamente dentro de las tradiciones intelectuales de Occidente.

Aunque El origen y el triunfo del ego moderno es una lectura exigente, especialmente para aquellos que no están familiarizados con muchas de estas categorías y personajes, es una lectura gratificante. En sus páginas, Trueman explica acertadamente cómo y por qué nuestra cultura ha llegado al lugar donde «soy una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre» ya no es una frase sin sentido y contradictoria. Y comienza a explicar lo que está en juego si esta larga marcha no es interrumpida, si no es refutada de acuerdo a la verdad. Como yo lo veo, El origen y el triunfo del ego moderno no es solamente el libro más importante que leí en 2020, sino también el mejor. No puedo recomendarlo lo suficiente.

El origen y el triunfo del ego moderno: amnesia cultural, individualismo expresivo y el camino a la revolución sexual. Carl R. Trueman. B&H Español, 256 páginas.
Esta reseña fue publicada originalmente en Tim Challies.

Cómo la cultura del consumismo impulsa el cambio

Cómo la cultura del consumismo impulsa el cambio
Por Carl R. Trueman

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

l debate sobre la cultura se ha convertido prácticamente en un shibolet [Jue 12:6] en el evangelismo contemporáneo, tanto en el de izquierda como en el de derecha. Si esto se trata de un imperativo bíblico o de una mera reacción cultural a una época en la que el fundamentalismo dominaba el terreno, eso es un tema de debate. De hecho, una de las cosas desconcertantes de los buitres de la cultura cristiana de moda es que, en general, cuando hablan de «cultura» suelen referirse a lo que podríamos llamar cultura popular, en particular las películas, la Internet y la música, la mayoría de las veces con una orientación juvenil. La «cultura» como las tradiciones, las instituciones y los mecanismos por los que una sociedad transmite una forma de vida a través de las generaciones no suele ser lo que se tiene en cuenta. No, hoy en día «cultura» significa cultura pop y, paradójicamente, eso reduce el concepto a una función del mercado. La música, las películas y otros elementos similares no son tanto un reflejo de la cultura en general según la segunda definición anterior, sino que representan lo que es y lo que no es comercializable en términos de gusto contemporáneo y, de hecho, no solo reflejan el gusto sino que también lo influyen.

Me gustaría sugerir que, si tenemos esto en cuenta al reflexionar sobre la cuestión de la cultura y la rapidez del cambio, tendremos que rechazar uno de los tópicos modernos más comunes: la idea de que la cultura moderna siempre está cambiando. Voy a sugerir que esto no es así. De hecho, la cultura no está siempre cambiando, ni rápido ni lento; más bien, el cambio rápido es la cultura moderna. Los fenómenos de la cultura moderna —las modas, la música, las celebridades— cambian constantemente, pero esto es una función de la base cultural subyacente: el consumismo. Para las sociedades que se basan en el consumo, el cambio es un componente esencial. La obsolescencia intencionada, la necesidad de los mercados de reinventar constantemente los productos, el apetito voraz de todos nosotros por lo nuevo y lo novedoso, son los elementos que impulsan la cultura del cambio rápido. Si no fuera así, todos tendríamos que comprar solo un televisor, un lavaplatos, un automóvil, tener un traje a la moda, etc. Sin embargo, nuestros lavaplatos se estropean cada cinco o diez años —para eso están diseñados— y aunque eso es un poco molesto, también nos permite sustituirlos por modelos que, francamente, no hacen el trabajo mejor que el modelo antiguo, pero que parecen mucho más apropiados para el mundo actual. Incluso los aspectos transnacionales de la cultura popular —la cultura juvenil y el deporte— están sujetos a la misma rapidez de cambio. Después de todo, ¿qué joven quiere llevar la moda del año pasado? Y muchos equipos deportivos parecen cambiar el diseño de sus camisetas con tanta frecuencia hoy en día que uno se siente afortunado si la camiseta que compró en la tienda de recuerdos al comienzo del partido sigue siendo el mismo diseño del equipo cuando suena el silbato final.

Todo este cambio es, como he insinuado anteriormente, una ilusión óptica. Puede parecer que el mundo está en un estado de flujo permanente mientras un interminable desfile de imágenes vertiginosas y caleidoscópicas pasa ante nuestros ojos, pero esto no es más que una ilusión óptica que alimenta el mito que a cada generación le gusta creer sobre sí misma: que este tiempo, aquí y ahora, es único y especial, y que las reglas de antaño ya no pueden aplicarse con credibilidad. En absoluto. Puede parecer que vivimos en un mundo de cambios y flujos, pero bajo todo ello hay una cultura constante que cambia poco, o nada, de año en año: la cultura del consumismo que crea el culto al cambio constante. Es con ese cimiento subyacente que la iglesia se debe enfrentar.

¿Cómo puede la iglesia hacer esto? Solo hay una manera de hacerlo: siendo contracultural. La iglesia, tanto a nivel local como a nivel de sus denominaciones, debe ser el agente de la contracultura. Las «guerras culturales», tan a menudo consideradas por la iglesia en términos de fenómenos culturales como la legislación política, los programas de televisión, etc., deben entenderse a un nivel mucho más profundo. La iglesia tiene que oponerse a la cultura en sus propios fundamentos. De hecho, en esto la iglesia no tiene opción, pues entre las consecuencias más desafortunadas de esta mentalidad consumista están las siguientes, ambas antitéticas a la ortodoxia: En primer lugar, en un mundo en el que nada parece ser sólido o seguro, cuando todo está en constante movimiento, o se disuelve, o se rompe, o se transforma en otra cosa, o incluso se transforma en lo opuesto, la propia noción de estabilidad deja de tener sentido o significado y, podríamos añadir, el propio concepto de significado deja de tener sentido. La conexión entre la forma en que el mundo es en términos de consumo material y la forma en que el mundo piensa en la verdad es compleja, pero hay una conexión muy definida. Cuando se considera que la estética del cambio constante forma parte de cómo es el mundo, inevitablemente llega a afectar a algo más que a la forma en que elegimos qué par de pantalones vamos a comprar; llega a conformar nuestra propia visión del mundo en su conjunto.

En segundo lugar, en un mundo impulsado por el consumismo, todo es un producto o una mercancía, y el juego se convierte en el de averiguar lo que el mercado tolerará y dar forma y orientar el producto según sea necesario. Aunque no se pueda asegurar que la ortodoxia no «venda» en tales circunstancias, sí se puede asegurar que no venderá durante mucho tiempo antes de que sea necesario cambiarla, empaquetarla de nuevo, hacerla más atractiva y ayudarla a competir con los nuevos productos que siempre llegan a las tiendas.

En resumen, el cristianismo, con su afirmación de que la verdad no cambia, de que el Jesús de Pablo es el Jesús de hoy, y de que Dios es el gran sujeto ante el que todos somos objetos… este cristianismo, por su propia existencia, protesta contra la cultura tanto a nivel fenoménico, donde el cambio, y no la estabilidad, es la verdad, como a nivel fundacional, donde la negociación entre el proveedor y el consumidor es la fuerza motriz constante, tanto si hablamos de ideas como de marcas de cafeteras.

Aquí es donde debemos tener cuidado. En su fascinante libro Nation of Rebels: Why Counterculture Became Consumer Culture [Nación de rebeldes: Por qué la contracultura se convirtió en cultura de consumo], Joseph Heath y Andrew Potter demuestran en términos aleccionadores cómo la contracultura de los años sesenta acabó no solo siendo absorbida por el consumismo, sino que incluso llegó a acaparar una parte importante de la cuota de mercado, con eslóganes como «No logo» convertidos en logotipos de diseño. La lección de ese libro es que el consumismo es una de las fuerzas culturales más poderosas jamás desatadas y su capacidad para convertir cualquier cosa en una mercancía, incluso lo que se le opone, es asombrosa. Lo que se convirtió en realidad para los hippies de los años sesenta es seguramente un peligro aun mayor para un evangelicalismo estadounidense que siempre ha estado más cerca del estilo de vida americano que las multitudes que se reunieron en Woodstock.

Por lo tanto, no es suficiente que la iglesia se limite a desafiar el cambio como cambio; tiene que pensar muy cuidadosamente en cómo se relaciona con los motores que impulsan esta cultura: la mercadotecnia comercial, la codicia, las concepciones mundanas del poder y el éxito, la necesidad de encontrar satisfacción en cosas distintas al evangelio. No es fácil ver cómo se puede hacer esto pero, tomando prestada una frase de la política contemporánea, tal vez tengamos que actuar localmente y planificar globalmente. La iglesia local es ciertamente la unidad más básica de la resistencia contracultural. Recitar el Credo de los Apóstoles cada domingo, por ejemplo, es una declaración clara a la iglesia y al mundo de que el cristianismo no se reinventa durante el servicio. La permanencia de los ministros en sus cargos durante más de dos años envía una señal de que el pastorado no es una carrera que hay que escalar a toda velocidad, al igual que (¿me atrevo a decirlo?) dar prioridad a la predicación del evangelio frente a la oferta de ideas vacías sobre las últimas superproducciones de Hollywood o las letras de Bono o las plataformas políticas de tal o cual político. Estos últimos son, en el mejor de los casos, síntomas superficiales de una cultura de consumo a la que hay que resistir, no copiar.

El rápido cambio de la cultura que nos rodea es una muestra del poder de los mercados de consumo para fabricar la verdad, rehacerla, volver a empaquetarla, cambiarla de nuevo y seguir vendiéndola a los clientes cuyo apetito parece indefinidamente maleable e insaciable. Sin embargo, como iglesia no debemos preocuparnos tanto por el hecho del cambio como por las fuerzas oscuras que subyacen a ese cambio. Como la punta de un iceberg, el cambio no es la verdadera amenaza, que en realidad se encuentra bajo la superficie. La iglesia debe comprender que no está llamada simplemente a resistir a una cultura del cambio que hace que todo sea negociable; debe resistir a la fuerza que impulsa estos cambios, y esa es el consumismo que, de forma preocupante, impulsa toda nuestra perspectiva económica y, por tanto, moldea nuestras vidas de una forma que muchos de nosotros desconocemos por completo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Carl R. Trueman
El Dr. Carl R. Trueman es profesor de estudios bíblicos y religiosos en Grove City College en Grove City, Pa. Es autor de varios libros, incluyendo The Creedal Imperative [El Credo Imperativo].

Boecio: el teólogo filósofo

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VI

Boecio: el teólogo filósofo

Por Carl R. Trueman

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VI

La primera parte del siglo V fue testigo de una seria controversia en la Iglesia conocida como la controversia pelagiana. Este debate se dio principalmente entre el monje británico Pelagio y el gran teólogo del primer milenio, Agustín de Hipona. En la controversia, Pelagio se opuso enérgicamente al entendimiento de Agustín sobre la caída, la gracia y la predestinación. Pelagio sostenía que la caída afectó solo a Adán y que no había imputación de culpa o del «pecado original» a la progenie de Adán. Pelagio insistía en que las personas nacidas después de la caída de Adán y Eva conservaron la capacidad de vivir vidas de justicia perfecta sin la ayuda de la gracia de Dios. Él argumentaba que la gracia «facilita» la justicia pero que no era necesaria para ella. Categóricamente rechazó el entendimiento de Agustín de que la caída fue tan severa que dejó a los descendientes de Adán en tal estado de corrupción moral que fueron moralmente incapaces de buscar a Dios. Las doctrinas de Pelagio fueron condenadas por la Iglesia en el 418 en un sínodo en Cártago.

Las contribuciones de Boecio a la civilización occidental en general y a la teología en particular son amplias y significativas. Ciertamente, él adaptó un número de obras del griego al latín, que probablemente incluían los Elementos de Euclides. Estas obras allanaron el camino para el llamado cuadrivio, o grupo de cuatro disciplinas académicas (música, aritmética, geometría y astronomía). El cuadrivio se combinó con el trivio (gramática, retórica y dialéctica), para formar las siete artes liberales (aunque debemos recordar que cada una de las disciplinas cubría en aquel entonces mucho más terreno que aquel con el que las asociaríamos típicamente hoy en día). Gracias a la influencia de Alcuino de York (c. 740-804) y al círculo intelectual que rodeaba a Carlomagno, las siete artes liberales se convirtieron en el fundamento de la educación superior occidental; por lo que, el trabajo de Boecio fue, a largo plazo, instrumental para moldear profundamente todo el concepto de la educación universitaria.

En adición a esta contribución pedagógica más general, Boecio también tradujo al latín numerosas obras de lógica del filósofo griego Aristóteles. Debido a la carencia general de conocimiento del idioma griego en la Europa occidental medieval, la obra de Boecio en esta área fue sumamente influyente, tanto en términos de proveer una de las únicas maneras para tener acceso al pensamiento de Aristóteles hasta el siglo XII, como también en los límites que impuso sobre tal acceso, trayendo como resultado que Aristóteles fuera primordialmente conocido como un logista y no como un metafísico. Asimismo, Boecio inadvertidamente contribuyó a preparar el camino para la gran crisis que ocurrió dentro del pensamiento cristiano en los siglos XII y XIII cuando de repente se descubrió que Aristóteles, el logista autoritativo, alegadamente se aferró a numerosas posiciones metafísicas (tales como la eternidad del mundo) que no fueron fáciles de acomodar dentro de un marco cristiano. Fue este problema el que dio origen a la gran obra de Tomás de Aquino. 

Teológicamente, las grandes contribuciones de Boecio se encuentran en sus Cinco opúsculos teológicos (Opuscula sacra) y su mágnum opus, La consolación de la filosofía. El primer grupo de cinco pequeños tratados, la Opuscula sacra, cubre temas relacionados con las doctrinas de la Trinidad, la naturaleza de la fe católica y la encarnación. Los más importantes de estos son indudablemente los números 1-3, que tratan de la Trinidad. Dado que la obra de Boecio sobre la Trinidad sería un libro de texto estándar en la Edad Media, y que escribir un comentario sobre ella se convertiría en parte básica de la educación teológica, la importancia de su trabajo en esta área no puede ser sobrestimada.

Su contribución a este tema puede considerarse en dos aspectos. Primero, él opera dentro de un marco básico agustiniano, que asume la unidad sustancial de Dios desde el principio y luego trabaja desde esta base para explicar la triunidad en términos de relación. Como tal, su obra se sitúa dentro de una tradición occidental establecida que luego ayuda a reforzar. Segundo, él demuestra cómo el análisis lógico del lenguaje puede ser usado para explorar y explicar la doctrina cristiana, un punto que tuvo grandes implicaciones para el desarrollo del entrenamiento teológico en el Occidente. Lo que Boecio hace en sus tratados es ofrecer una defensa de la doctrina de la Trinidad donde asume la verdad de la posición nicena, y luego aplica la lógica a fin de demostrar cómo la teología trinitaria requiere de un análisis cuidadoso de cómo es usado el lenguaje y cómo las categorías lógicas aristotélicas pueden ayudar con esta tarea. Solo de esta manera, argumenta Boecio, podemos entender cómo el lenguaje de unidad y la multiplicidad puede ser aplicado a la Divinidad.

La obra magna de Boecio, La consolación de la filosofía, fue tanto el libro más popular después de la Biblia misma en la Europa Occidental en la Edad Media (se rumora que Alfredo el Grande hizo una traducción de este), como también uno de los más perturbadores. Escrito mientras Boecio esperaba su ejecución, hace la más básica de las preguntas: ¿por qué Dios permite que lo malo le suceda a la gente buena? Mientras languidecía en su celda, la Dama Filosofía aparece y le explica por qué un Dios omnisciente puede permitir el sufrimiento del inocente: aunque Dios sabe y ve todas las cosas en todo tiempo, pasado, presente y futuro, en un momento o acto puntual de Su ser, la posibilidad del mal es algo que Él debe permitir si los seres humanos han de tener alguna libertad significativa. El mal y el sufrimiento son, por así decirlo, el precio que vale la pena pagar por la libertad.

El hecho que sea la Dama Filosofía quien ofrezca esta explicación, y que el libro no contenga nada explícitamente cristiano, ha dejado perplejos a los lectores por generaciones: ¿cómo pudo el escritor cristiano de la Opuscula sacra haber escrito una obra sobre esta pregunta y no haber dado una solución explícitamente cristiana? Aunque es imposible responder a esto con certeza, ciertamente las generaciones posteriores pudieron construir sobre el argumento subyacente de Boecio en La consolación, que la filosofía era extremadamente útil como medio para adquirir conocimiento y alcanzar la visión de Dios. Aún más, el verdadero dilema que plantea la obra de Boecio es este: si Dios ya conoce el futuro, ¿cómo puede tener sentido el lenguaje sobre la libertad? Su respuesta puede que no haya sido explícitamente cristiana, pero la pregunta fue planteada de una manera dramática que sirvió para moldear las discusiones futuras sobre la relación entre el previo conocimiento y la libertad.

Boecio, entonces, es hoy un laico poco conocido. Aún así, en su breve carrera literaria, tradujo y fue autor de obras que tuvieron un impacto casi incalculable sobre la manera en que la gente pensó, estudió y argumentó por mil años.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Carl R. Trueman
Carl R. Trueman

El Dr. Carl R. Trueman es profesor de estudios bíblicos y religiosos en Grove City College en Grove City, Pa. Es autor de varios libros, incluyendo The Creedal Imperative [El Credo Imperativo].

4 Maneras En Que Los Cristianos Pueden Navegar Por La Confusión Cultural En Torno Al Género En La Próxima Década

Evangelio.Blog

4 Maneras En Que Los Cristianos Pueden Navegar Por La Confusión Cultural En Torno Al Género En La Próxima Década

Por: Carl R. Trueman

Tres Fundamentos Básicos Del Transgénero

La cuestión de la identidad transgénero parece que va a ser importante para los cristianos, tanto en asuntos de la vida pública como de la atención pastoral, en un futuro próximo. El furor que rodea todo, desde las políticas de los baños escolares hasta los deportes femeninos, pasando por los derechos respectivos de padres e hijos, garantiza su presencia en la política. Y el hecho de que cada vez más adolescentes afirmen experimentar disforia de género significa que es algo sobre lo que todas las iglesias y pastores harían bien en reflexionar.

El transgenerismo se apoya en tres fundamentos básicos para su plausibilidad. En primer lugar, conecta con la teoría de género desarrollada por Judith Butler, que considera el género como algo performativo. En resumen, ser hombre o ser mujer es desempeñar un papel o actuar de una manera determinada que la sociedad espera de quienes denomina hombres o mujeres. La biología no es realmente el factor importante aquí: el hecho de que se esperen ciertos comportamientos de los que tienen características sexuales masculinas y otros de los que tienen características femeninas es una expectativa construida socialmente. Esto desvincula efectivamente el género (el rol) del sexo (la biología).

En segundo lugar, depende de la tecnología. En las sociedades primitivas, los hombres y las mujeres se distinguían porque la mera fuerza física de los hombres significaba que eran más adecuados para el trabajo que lo requería. El desarrollo de la maquinaria industrial y, ahora, de la tecnología informática ha neutralizado en gran medida la importancia de esta diferencia física. Luego, la llegada de procedimientos médicos, quirúrgicos y hormonales, ha hecho plausible la idea de que se puede hacer que el cuerpo se doblegue a nuestra voluntad en la cuestión del género.

En tercer lugar, se basa en la amplia convicción moderna de que nuestro yo -lo que somos- es esencialmente psicológico. Nuestro verdadero yo es lo que sentimos o pensamos que somos. Por supuesto, es un poco más complicado que simplemente inventarnos a nosotros mismos a través de un monólogo interno. La sociedad en la que vivimos configura lo que consideramos deseable y plausible en cuanto a nuestra identidad. Pero la cuestión básica es ésta: eres la persona que crees que eres. ¿Tienes un cuerpo de hombre pero te sientes mujer? Entonces eres una mujer.

Ante esto, ¿cómo podría responder un cristiano? Parece que hay que hacer una serie de observaciones.

1. Separar Las Ambiciones Políticas Y La Atención Pastoral.

En primer lugar, es necesario hacer una distinción básica en esto (como en todos los asuntos relacionados con las cuestiones LGBTQ+) entre la oposición a las ambiciones políticas del movimiento en general y el cuidado pastoral de los individuos.

Esto es importante porque si no se hace así se llegará a uno de los dos resultados desafortunados: o bien no se mostrará compasión hacia el individuo que lucha con la confusión de género o se mostrará demasiada compasión hacia un movimiento decidido a desmantelar cualquier distinción entre hombre y mujer en la esfera pública.

2. Debemos Reconocer El Elemento De Verdad.

En segundo lugar, es importante reconocer que la teoría de género, como muchas otras filosofías fundamentalmente incorrectas, contiene un elemento de verdad. La forma de entender los papeles de los hombres y las mujeres varía de una época a otra y de un lugar a otro.

Teniendo en cuenta esto, es importante que al defender la distinción entre hombres y mujeres y la importancia de la biología para esa distinción, no acabemos defendiendo nuestras propias expectativas culturales de lo que deben hacer los hombres y las mujeres -cómo deben «desempeñar» sus papeles- como si fueran idénticas a la enseñanza bíblica. Eso es identificar la piedad con nuestra manera de hacer las cosas (y por lo tanto considerar a otras culturas como fundamentalmente defectuosas o pecaminosas) y nos hace muy vulnerables a las críticas del lobby transgénero, que entonces puede alegar fácilmente que simplemente nos estamos entregando al chovinismo cultural.

3. Comprender El Aspecto Comunitario.

En tercer lugar, es útil comprender la naturaleza comunitaria del fenómeno. El hecho de que el número de adolescentes con disforia de género haya aumentado en los últimos años no demuestra que siempre haya habido un gran número de ellos en nuestra sociedad y que siempre hayan tenido miedo de salir del armario.

Más bien es un indicio de que la transexualidad goza en la actualidad de caché como medio de pertenencia, como forma de expresarse de una manera que garantiza la pertenencia y el estatus en un grupo.

4. Comprender El Contexto Cultural Más Amplio.

En cuarto lugar, debemos familiarizarnos con el contexto cultural más amplio en el que el transgenerismo se ha convertido en algo plausible y con los hechos y las cifras que demuestran el trágico impacto que está teniendo en las vidas de muchas personas que deciden someterse a tratamientos hormonales y operaciones de cambio de sexo. Es mucho lo que está en juego políticamente en este asunto; pero lo más trágico es que hay innumerables y desgarradoras historias personales de cuerpos mutilados y vidas arruinadas. El trabajo de Ryan Anderson es especialmente útil en este sentido. Su libro, When Harry Became Sally, contiene muchos datos y también numerosos testimonios personales que ayudan a poner de manifiesto tanto las cuestiones médicas como las individuales.

El Papel de la Iglesia

Sin embargo, aunque hay cosas que podemos hacer como cristianos individuales para informarnos mejor sobre el asunto y tratar de actuar con convicción y compasión cuando nos enfrentamos a las cuestiones de género que se manifiestan tanto en la plaza pública como en el lugar de trabajo y en nuestras familias, la Iglesia también debe desempeñar su papel. Ya he señalado que una parte importante de la actual revolución transgénero es el papel de la comunidad en el moldear las expectativas individuales y la canalización de nuestros deseos. Eso es una parte básica de lo que significa ser humano: nuestro sentido de sí mismo, de lo que somos, siempre está moldeado a un nivel profundo por las comunidades en las que nos encontramos. Por eso la comunidad desempeña un papel tan importante en la Biblia, desde el pueblo de Israel hasta la iglesia apostólica. Y es la razón por la que a Pablo le preocupa tanto que los cristianos se mantengan en buena compañía porque, como dice, la malas compañías corrompen la moral: tendemos a adoptar las actitudes y el comportamiento de la compañía que tenemos o de la comunidad en la que vivimos.

La persona que lucha contra la disforia de género es alguien que, por definición, no se siente a gusto ni siquiera en su propio cuerpo. Esa sensación de malestar no puede eliminarse de la noche a la mañana. Pero debemos recordar que es, en cierto sentido, uno de los últimos modismos para expresar ese malestar que todos sentimos en un mundo que no es como debería ser y que está, por así decirlo, fuera de lugar. Aquí es donde la iglesia como comunidad confesional, disciplinada y de adoración se vuelve tan crítica.

Por ello, si la Iglesia ha de mantenerse firme frente a la cacofonía de identidades que envuelve ahora nuestro mundo -de la que el caos de género es sólo un ejemplo-, debe ser una comunidad fuerte en la que la gente sienta un profundo sentido de pertenencia y en la que, por tanto, se forme y fomente el sentido más profundo de sí misma. Esto implica tres cosas: una clara adhesión a la enseñanza bíblica en las áreas de identidad (nuestra identidad se encuentra en Cristo) y sexualidad (los deseos sexuales o nuestras convicciones internas sobre el género no son, en última instancia, constitutivos de lo que somos); un enfoque disciplinado de la adoración corporativa, ya que es donde Dios se encuentra con su pueblo y donde se nos recuerda quiénes somos; y un enfoque amoroso de la comunidad donde nos preocupamos genuinamente por los demás, mostramos hospitalidad y llevamos las cargas de los demás. Cada uno de estos elementos es vital para dar forma a lo que somos.

La Iglesia del futuro tendrá que ser mucho más consciente de quién es. Ya no puede confiar en la imaginación moral externa de la sociedad para reforzar sus principios éticos más básicos. Al contrario, la imaginación moral de la sociedad hace que la postura de la Iglesia en temas como el género y la sexualidad parezca profundamente inverosímil.

Carl Trueman is el autor de The Rise and Triumph of the Modern Self: Cultural Amnesia, Expressive Individualism, and the Road to Sexual Revolution.

Evangelio.Blog: https://evangelio.blog/2021/02/22/4-maneras-en-que-los-cristianos-pueden-navegar-por-la-confusin-cultural-en-torno-al-gnero-en-la-prxima-dcada/#more-28662