«ME HACE FALTA UN PADRE: LO NECESITO»

31 mar 2016

«ME HACE FALTA UN PADRE: LO NECESITO»

por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio http://www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:

«Soy fruto de una relación pasajera entre dos amigos solteros. Mi padre siempre me negó. Ahora está casado y tiene tres hijos, los cuales no me quieren, siendo que yo nací cuando ellos todavía no estaban junto a él. Toda la familia de él se enteró de mi existencia hace poco, pero para no quedar mal me ignoran.

»¡Los odio! ¡Quiero vengarme! ¡Quiero que mueran para cobrar yo la herencia, ya que me niegan amor! Pero a la vez me hace falta un padre. Lo necesito. ¿Qué hago?»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimada amiga:

»¡Sentimos mucho la pérdida que usted ha sufrido! Ha perdido no sólo un padre, sino también el sueño de tener un padre…. Ahora le toca afrontar una dura realidad inflexible. ¡Es cruel y es injusto!

»… Tiene razón para estar enojada. El problema es que la ira y el enojo sólo perjudican a la persona que alberga esos sentimientos. El deseo suyo de venganza le produce sustancias químicas en el cerebro que fluyen por todo su cuerpo. Esas sustancias la pueden hacer más susceptible a problemas de la salud y aun a graves enfermedades. Cada vez que piensa en el odio que siente y la injusticia que ha sufrido, su cuerpo produce más sustancias químicas negativas. Así que, lamentablemente, es usted quien sale perjudicada….

»Hay una sola solución. Usted necesita que Jesucristo le dé la capacidad sobrenatural que Él tuvo para perdonar. Él perdonó a quienes lo crucificaron. Enseñó que también nosotros debemos perdonar si queremos que se nos perdonen nuestros pecados. Él dijo: “Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial.”1

»¿Merece su padre el perdón suyo? ¡De ninguna manera! El perdonarlo no significa que él lo merezca o que esté libre del castigo divino por su conducta.

»Los que crucificaron a Cristo tampoco merecían el perdón. Como tampoco lo merecemos nosotros cuando quebrantamos las leyes de Dios. Pero Cristo perdonó a quienes lo crucificaron, y nos perdona a nosotros cuando se lo pedimos. Así que su ejemplo nos enseña que es posible perdonar incluso cuando el perdón no es merecido.

»Pídale a Dios en oración que le dé la capacidad sobrenatural que usted necesita para perdonar. Cuando la invadan los pensamientos negativos, busque la manera de convertirlos en pensamientos positivos. Si usted tuvo una buena madre, piense en lo agradecida que está por haberla tenido. Si tiene abuelos que la aman, dele gracias a Dios por ellos. Convierta cada pensamiento negativo en uno positivo para que pueda transformar las sustancias químicas en el cerebro y proteger su salud. Deje que sea Dios quien juzgue. Él sabe perfectamente cómo hacerlo.»

Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, se puede leer si se pulsa la pestaña en http://www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 382.

http://www.conciencia.net/

 

«SI SUPIERA… EL DÍA DE MI MUERTE»

29 mar 2016

«SI SUPIERA… EL DÍA DE MI MUERTE»

por Carlos Rey

a1«¿Se ha imaginado lo que podría ser una celebración de despedida cuando muera? … ¿Qué tal si de la misma forma en que se anuncia la llegada de un bebé a la familia, también se nos anunciara la partida del abuelo nueve meses antes? —pregunta el humorista colombiano José Ordóñez en su obra titulada Primer libro de José Ordóñez a los aburridos—. Lo primero que harían las mujeres de la familia, incluso la esposa, las hijas y las nietas, sería organizar una “fiesta de despedida”», responde el talentoso cómico, que ha batido repetidas veces su propio récord mundial de chistes. Y luego describe la fiesta, dando vuelo a su fecunda imaginación:

«Para la ocasión, el lugar se vería lleno de letreros alusivos a la celebración, como por ejemplo: “¡Que te vaya [bien]!” “¿Vuelves?” “¡Nos vemos al otro lado!”… Globos y serpentinas colgarían para la alegre celebración, mientras que algunos gladiolos se repartirían con buen gusto por toda la casa. Una torta grande de pasas y ciruelas negras se encontraría sobre el ataúd…. Se cambiaría el gélido minuto de silencio por la música preferida del futuro finado; él podría escuchar lo que siempre le encantó mientras espera la muerte.»

Si supiéramos el día de nuestra muerte, «se verían entierros con orquestas, grupos de vallenatos [y] mariachis… cantando alegres… —continúa Ordóñez—. En lo más álgido de la fiesta entrarían de sorpresa los mariachis cantando:

»Estas son las mortajitas que le dieron a David
el día, que de estar tan viejo, a él se le dio por morir.

»¡Morite, viejo, morite! Mira que ya anocheció.
Y ya los grillos se aprestan a cantarte en tu panteón….

»Otra de las ventajas de saber la fecha en que vamos a fallecer es que podríamos escoger el lugar. Si los papás nos escogen dónde es que nacemos, nosotros decidimos dónde moriremos….

»… Si supiera que hoy es el día de mi muerte, llamaría a esos que sé que he ofendido y les pediría que me perdonaran, pues me daría tristeza saber que no me podrían recordar con agrado.

»Si hoy fuera el día de mi muerte, dejaría todas mis cuentas canceladas, pues no me gustaría que mis hijos tuvieran que responder por las mismas, [y] miraría a mi esposa a los ojos y con un sonoro beso le diría: “¡Gracias, ha sido un placer compartir la vida contigo!”

»Querido Dios… si hoy vinieras por mí, te agradecería por haberme enviado aquí a conocer a gente maravillosa, a beber con sed, a comer con hambre, a besar con entusiasmo, a sentir arrepentimiento, a luchar sin fuerzas, a vivir con pasión. Te pediría que me dejaras ver por última vez a mi familia de pie en la puerta de mi casa, para que se despidieran con la mano mientras admiro que el sol está en el poniente y refleja la cruz sobre mi casa.

»¡Quizá éste no sea el día de mi muerte, quizá haya muchos más, pero hoy viviré como si fuera el último de mis días!

»¿Y tú qué harás?»1


1 José Ordóñez, Primer libro de José Ordóñez a los aburridos (Miami, Florida: Editorial Vida, 2009), pp. 47-50.

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«¡YO SÉ QUIÉN ERES!»

28 mar 2016

«¡YO SÉ QUIÉN ERES!»

por Carlos Rey

a1Era el 24 de agosto de 1989, día en que se le había invitado a dirigirle la palabra a la Asamblea General de la Alianza Reformada. No se hallaba en su amada Guatemala, pero tal vez desde esta plataforma en Seúl, Corea, resonaría aún más su voz de poetisa hasta en el continente americano que tanto necesitaba comprender la motivación de sus versos. Inspirada por la opresión de su pueblo, Julia Esquivel Velásquez declamó con fuerza de convicción:

… Señor,
yo sé bien quién eres
y en dónde estás.

Yo sé bien que naciste
en un pueblo ocupado militarmente
por el imperio de tu tiempo.

Sé también que una noche
saliste precipitadamente
huyendo de los soldados de Herodes
protegido en los brazos de tu madre,
porque aún no te había llegado la hora….

Eres el niño refugiado
en un país extranjero,
que sólo pudo volver
a la tierra añorada
cuando murió el colaborador del poder imperial.

Eres el amigo de los intocables,
marcados por la lepra,
el SIDA de tu época en Galilea.

Eres el Hijo de María,
la mujer fuerte del Magníficat.
Eres el carpintero de Nazaret
que rompiste las costumbres
convertidas en ley
por una cultura opresora.

Sí, eres el que te dejaste tocar
por la mujer pública,
porque percibiste,
más allá de toda racionalización,

el motivo último de su llanto
que alivió tus pies cansados
de exiliado en tu propia tierra.
Ella supo acoger tu corazón
de rechazado e incomprendido,
de profeta auténtico.

Yo sé quién eres,
el amigo de los pecadores,
porque nos escandalizas
al afirmar categórico,
que las prostitutas y los ladrones
van muy adelante de nosotros
en el camino sembrado de espinas
que nos conduce hasta el reino de tu Padre….

Ya no insistas más, Señor,
te lo ruego;
yo sé hasta la saciedad,
que tú eres ciudadano del tercer mundo…
en Corea del Sur o en París,
en la sierra ecuatoriana,
en el Harlem,…
en los Estados Unidos.

Yo sé que perteneces a la raza ecuménica
de todos los disminuidos y oprimidos
del mundo entero.
Cuando me preguntas quién eres,
me pones entre la espada y la pared,
porque me preguntas en dónde estoy yo…

Pero yo también sé
que si te sigo paso a paso,
allí en donde moras
y a donde quiera que vayas,
me amenaza de muy cerca
el escándalo de la cruz
y la amargura de beber contigo del mismo cáliz…

Porque a ti,
te acusaron de alborotador
y de subversivo,
de blasfemo
y hasta de actuar bajo el poder del demonio…

(¿qué no harán conmigo, Señor?)

Dame tu coraje, te lo ruego;
ayúdame a recibir con el pan,
la cruz de cada día.

Concédeme la gracia
de seguirte de muy cerca,
cada instante de tu calvario y de tu muerte,
como Simón de Cirene
aún más, como María,
con esa espada sembrada aquí, muy dentro…

Porque Señor,
¡quiero tener ojos muy limpios
para ser capaz de reconocerte de inmediato
la radiante mañana de tu resurrección!1

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«SUFRÍ MUCHO POR LA AUSENCIA DE MI PADRE»

26 mar 2016

«SUFRÍ MUCHO POR LA AUSENCIA DE MI PADRE»

por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el caso de una mujer que «descargó su conciencia» en nuestro sitio http://www.conciencia.net. Lo hizo de manera anónima, como pedimos que se haga; así que, a pesar de que nunca se lo había contado a nadie, nos autorizó a que la citáramos, como sigue:

«Soy una joven de veintiséis años. La única vez que vi a mi padre biológico, tenía como seis o siete años. Me crié con mi madre y mis abuelos [maternos]. Sufrí mucho por la ausencia de mi padre…. Mi padre biológico se fue del país… después de la última y única vez que lo vi, y jamás ha vuelto.

»Hace como un mes me agregó a una página de Internet. Me dice que siente mucho haberme abandonado, que él cuando yo nací tenía quince años y era un hombre inmaduro, cosa que me dio rabia con mi mamá, porque cuando yo nací ella tenía veintiséis años. No sé cómo pudo ser tan irresponsable de tener relaciones con un joven de apenas quince años….

»Él dice que quiere arreglar las cosas. Al principio estaba dolida, pero después cedí…. Le di mi número de teléfono, y no me ha llamado. Siempre tiene una excusa. Tengo miedo de ilusionarme y que me haga daño emocionalmente…. Tengo deseos de cortar la comunicación con él para no hacerme falsas ilusiones, pero también quiero sentir que él está ahí para mí…. Tengo un volcán en el corazón y en la mente.»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimada amiga:

»A todo hijo lo que más le conviene es tener dos padres que lo amen, de modo que lamentamos que usted nunca tuvo esa ventaja. Pero usted ahora es adulta, y tiene la oportunidad de decidir cómo ha de ser el resto de su vida. Usted no es la víctima de su pasado, y no tiene por qué temer que las circunstancias de su pasado ya hayan determinado su futuro.

»Lo excepcional de su caso es la edad que tenía su padre. ¿Se acuerda de cómo era usted misma cuando tenía quince años? ¿Tenía sabiduría para tomar decisiones? Algunas personas a los quince años tienen cierta madurez y pueden tomar buenas decisiones, pero la mayoría en definitiva no tienen la preparación para ser buenos padres.

»Nosotros creemos que usted debe perdonar por completo a su padre. Él era demasiado joven como para hacerse cargo de usted cuando usted nació, y luego cuando él tenía cierta madurez, pensó que ya era muy tarde. Debido a lo joven que era en aquel entonces, usted debe liberarlo de las expectativas que ha tenido con relación a un padre. Simplemente perdónelo.

»En cuanto al futuro, es poco realista creer que ese hombre pudiera llegar a portarse como su papá, o tomar el lugar de un padre en la vida de usted. Espere más bien ser su amiga. El hecho de que usted y su padre tengan vínculos de sangre no quiere decir que estén obligados a interesarse el uno en el otro ni tampoco a comunicarse.

»Los amigos a distancia pueden sostener conversaciones buenas y sustanciales y luego no volver a comunicarse por más de un año. Es posible, pero no es probable, que la relación que usted tiene con él llegue a ser algo más que eso. Si no espera más de esa relación, no se sentirá decepcionada.»

Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. Este caso y este consejo pueden leerse e imprimirse si se pulsa la pestaña en http://www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 244

https://alimentemoselalma.wordpress.com/wp-admin/post-new.php

MURIÓ «EN MI LUGAR»

25 mar 2016

MURIÓ «EN MI LUGAR»

por Carlos Rey

a1«Enrique velaba en su capilla, abatido y lleno de terror. Tenía la fiebre que acomete a los reos de muerte cuando no tienen la fortuna de contar con un corazón templado y un alma estoica….

»Sin creencias de ninguna especie, carecía… de la energía que da la justicia de una causa…. Él no había tenido más que ambición, y la ambición… cuando está sola no sirve de nada en los negros momentos de la adversidad, y mucho menos en presencia de la muerte.

»Enrique estaba desfallecido…. La convicción que tenía… de ser culpable, y la consideración de que ante todo el mundo su delincuencia estaba probada, era bastante para quitarle su vigor. Además, un hombre que ha hecho en el mundo numerosas víctimas y que no ha vivido sino para gozar, no llevando en su memoria ese tesoro de consuelo de las buenas acciones… no ve acercarse el fin de sus días sin estremecerse y sin abatirse.

»Enrique, pues, tenía miedo…. Tenía los cabellos erizados y los ojos fuera de las órbitas….

»De repente… el centinela de vista [abrió la puerta].

»Era Fernando Valle.

»Enrique se levantó azorado.

»—¿Qué desea usted aquí, Fernando? —preguntó tartamudeando….

»—Vengo a salvar a usted.

»—¡A salvarme! ¿Cómo?

»—… Si usted no hubiese traicionado, es seguro que yo no habría tenido motivo para acusarlo; de modo que la traición de usted es la verdadera causa de que se halle así, próximo a ser ejecutado….  Pero, en fin —continuó Fernando—, yo lo acusé; y la causa indirecta de su condenación soy yo…. La muerte de usted emponzoñaría con su recuerdo mi vida entera. Quiero ahorrarme esta pena y, además, hay una mujer que moriría si lo fusilasen a usted. Quiero que viva y que sea feliz; ella lo ama, y a su amor deberá usted su salvación. He aquí lo que vengo a proponerle: Usted se vestirá en este momento mi uniforme, se ceñirá mi espada y mis pistolas…, se echará… el capuchón sobre la cabeza, y nadie podrá reconocerlo….

»Enrique quedó estupefacto… No podía creer aquello….

»—Pero usted, ¿qué hará?

»—Eso no es cuenta de usted, caballero; yo sabré arreglarme.

»—Es que [pudieran] fusilarlo a usted en mi lugar…. ¡Fernando…, es usted mi salvador!

»Luego que Enrique estuvo listo, Fernando le hizo señas de que saliese….

»—¡Adiós! —dijo a Valle.

»—¡Adiós! —respondió éste sin volver la cara….

»Fernando respiró como si algún enorme peso acabase de quitársele del corazón…. Dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, y murmuró con voz ronca:

»—¡No creía yo que había de morir así!1

Así como Fernando Valle, en efecto, fue fusilado en lugar de su amigo Enrique Flores al final de la clásica novela Clemencia, escrita por el ilustre autor mexicano Ignacio Manuel Altamirano en el siglo diecinueve, también nuestro Señor Jesucristo, en el primer siglo de la era cristiana, fue crucificado en lugar de cada uno de nosotros, a quienes considera sus amigos. «Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos»,2 dijo Cristo antes de dar su vida voluntariamente por nosotros. Y así como Fernando, que era inocente, murió por Enrique, que era culpable, también Cristo, el único que jamás pecó,3 murió por nosotros «cuando todavía éramos pecadores»,4 como dice San Pablo, «el justo por los injustos»,5 como dice San Pedro. Correspondamos cuanto antes a ese amor, al que debemos nuestra salvación eterna.


1 Ignacio Manuel Altamirano, Clemencia (Bogotá, Editorial Norma, 1990), pp. 175‑179.
2 Jn 15:13
3 1P 2:22
4 Ro 5:6‑8
5 1P 3:18

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«DIOS HA DE APRENDER PADECIENDO»

24 mar 2016

«DIOS HA DE APRENDER PADECIENDO»

por Carlos Rey

a1Después de cuarenta y cinco años de ausencia, la anciana volvía a su país natal. En el vuelo de Ginebra a Madrid vio el cielo de España, y no pudo contener su emoción. Allí abajo estaba su patria, la tierra que abandonó en 1939, al terminar la guerra civil. Ahora, en su vejez, volvía a verla.

Se trataba de María Zambrano, escritora, pensadora y política republicana. Cuando los periodistas le preguntaron cómo se sentía al estar de nuevo en su tierra y qué ideas había aportado ella para el desarrollo del pensamiento, ella respondió: «Yo no he vivido de ideas sino de experiencias. No he conocido nada que no haya sufrido y padecido al mismo tiempo. He vivido ese saber que aparece en la tragedia griega, en Agamenón, cuando se dice que Dios mismo ha de aprender padeciendo.»

He aquí una frase que tiene repercusiones teológicas: «Dios mismo ha de aprender padeciendo.» La pronunció primeramente Agamenón, rey legendario de Micenas, en la tragedia griega que lleva su nombre, y la citó, quizá por haberse identificado con ella, la escritora española María Zambrano. Pero la frase es bíblica, y el pensamiento que encierra es uno de los más profundos de la teología. Sugiere que Dios mismo tuvo que aprender a identificarse con el hombre mediante el sufrimiento. Porque el sufrimiento es toda una escuela filosófica, en la que se aprenden verdades que de otro modo no se llegan a comprender.

En el libro bíblico a los Hebreos leemos lo siguiente: «En los días de su vida mortal, Jesús ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su reverente sumisión. Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y consumada su perfección, llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen».1 De ahí que tuviera razón la frase de Agamenón. Jesucristo, el Hijo de Dios, se hizo hombre, y aprendió la obediencia mediante el padecimiento.

Cristo tuvo que sufrir los dolores del hombre, soportar sus tentaciones y conocer sus terrores. Pero por eso mismo es un Salvador perfecto y un Maestro y Consejero sin igual. Podemos acercarnos a Él con toda confianza y contarle todas nuestras angustias. Según el mismo escritor a los Hebreos, «era preciso que en todo se asemejara a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote fiel y misericordioso al servicio de Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo…. Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, aferrémonos a la fe que profesamos. Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos».2

EL FUEGO DE LOS QUICHÉS

23 mar 2016

EL FUEGO DE LOS QUICHÉS

por Carlos Rey

a1Estaban muertos de frío, así que se presentaron ante los dioses para suplicarles que les dieran fuego. Los dioses les dieron el fuego anhelado después de exigir que les rindieran culto, pero luego les hicieron una mala jugada: hicieron caso omiso de sus danzas de alegría y sus cánticos de gratitud, y al rato cayó un aguacero con granizo, de modo que se volvieron a extinguir las hogueras de los pobres indios.

Cuando ya de tanto temblar y de tiritar no podían soportar más el frío ni la helada, volvieron a rogarles a los dioses que se apiadaran de ellos y les dieran siquiera un poco de fuego. Pero esta vez los dioses les exigieron sacrificios humanos, es decir, que a las víctimas les abrieran el pecho con un puñal y les ofrendaran el corazón. Sólo así llegarían a merecer el ansiado fuego.

Dicen que los quichés accedieron y sacrificaron a sus prisioneros y, mediante la sangre de éstos, se salvaron del frío espantoso. En cambio, los cakchiqueles no sucumbieron ante la exigencia de los dioses. A estos primos de los quichés, que eran también herederos de los mayas, les pareció un precio demasiado alto que pagar. Los valerosos cakchiqueles se acercaron en completo silencio a la hoguera de los quichés, pasaron imperceptiblemente por el humo y se robaron el fuego, y luego fueron y lo escondieron en las cuevas de sus montañas.1

Esas impresionantes escenas del Popol Vuh, es decir, de las antiguas historias del Quiché, forman parte de lo que se ha considerado el mayor testimonio ancestral de los guatemaltecos. En ellas sentimos no sólo el frío que a aquellos indígenas les calaba hasta los huesos, sino también el que les invadía el corazón, órgano vital que sus dioses les exigían a cambio de un poco de fuego. ¿Sería que sus dioses carecían de corazón ellos mismos, y que procuraban saciarse de corazones humanos para suplir esa falta?

Lo cierto es que lo que más les hacía falta a los quichés no era fuego sino conocer al único Dios verdadero. De haberlo conocido, hubieran sabido que Él ya había procedido de un modo diametralmente opuesto a esos dioses falsos. A diferencia de éstos, el Dios de la Biblia nos amó tanto que, en lugar de exigir sacrificios humanos de parte nuestra, Él mismo se sacrificó en nuestro lugar.2 Cuando nos estábamos muriendo de frío espiritual por falta del calor de su presencia, Dios estableció un requisito para que pudiéramos recibir el perdón de pecados que nos separaban de Él. Pero no exigió el derramamiento de sangre nuestra mediante la entrega de nuestro corazón físico a Él, sino el derramamiento de la sangre de su Hijo,3 que se hizo hombre y nos entregó su corazón al morir por nosotros.4

Así que Dios no espera que hagamos nada para merecer el fuego de su presencia en nuestra vida. No es posible, porque Él ya lo hizo todo.5 Pero sí espera que nos apropiemos de ese fuego entregándole nuestro corazón, no de modo físico sino espiritual, y no por obligación sino de buena voluntad, pues es allí donde Él quiere que arda su presencia.6


1 Popol Vuh: las antiguas historias del Quiché, versión de Adrián Recinos (Guatemala: Editorial Piedra Santa, 1990), pp. 95‑100; y Eduardo Galeano, Memoria del fuego I: Los nacimientos, 18a ed. (Madrid: Siglo XXI Editores, 1991), p. 13.
2 Ro 3:25; 8:3; Ef 5:1; Heb 7:27; 9:26‑28; 1Jn 2:1; 4:10
3 Heb 9:11‑22
4 Jn 1:14
5 Ef 2:8‑9
6 Pr 23:26

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EL PERRO DE LOS ALPES

22 mar 2016

EL PERRO DE LOS ALPES

por Carlos Rey

a1Ocurrió en las nevadas cumbres de los Alpes. Un esquiador, tras una aparatosa caída, había quedado inconsciente en una hondonada llena de nieve. Su muerte era inminente, ya que estaba congelándose poco a poco. En ese estado lo encontró un gran perro San Bernardo, uno de esos animales adiestrados para rescatar a personas perdidas.

El perro vio el cuerpo inerte y, a fin de que le diera el sol, escarbó la nieve hasta descubrir por completo al hombre. Luego se echó a su lado, haciendo que el calor de su cuerpo fuera descongelando a la víctima. Así pasaron un par de horas. Cuando volvió en sí, el hombre abrió los ojos y procuró formarse un juicio sobre la gravedad de su condición. Creyendo que el perro que tenía a su lado era un lobo, sacó el cuchillo y lo hundió en el costado del noble animal.

Con gran esfuerzo, el perro se levantó y echó a andar hacia su refugio. Cuando llegó al albergue donde estaban sus dueños, a duras penas rasguñó la puerta con las patas antes de morir tendido en la nieve. Al hombre, que lo había matado por ignorancia, lo rescataron de una muerte segura. El fiel perro murió en el intento de devolverle la salud y la vida a aquel ingrato que no tenía conciencia de lo que pasaba.

Una noche, hace unos dos mil años, se oyó el llanto de un niño recién nacido. Ocurrió en el pueblo de Belén, que se encontraba en la Palestina gobernada por el Imperio Romano de aquella época. Ese niño, Dios hecho hombre, murió en una cruz treinta y tres años más tarde con una mortal herida en el costado. Dio su vida por la de aquellos que —ya fuera por descuidos, por errores, por faltas, por ingratitud o por necedad— estuvieran en peligro de muerte eterna.

Jesucristo, el Hijo de Dios, murió para que nosotros tengamos vida. Esa es la gran verdad del evangelio, la buena noticia de Jesucristo, el gran mensaje divino. Tal parece que toda vida nueva ha de nacer en medio del dolor y de la sangre. Así como aquel hombre que quedó inconsciente en la nieve de los Alpes mató, sin saberlo, al ser que le salvaba la vida, también nosotros, prácticamente muertos en nuestras transgresiones y pecados, somos los responsables de la muerte de Cristo. Él dio su vida para que nosotros recobráramos la salud espiritual y tuviéramos vida abundante y eterna.

¿Cómo podemos pagarle ese gran amor? Simplemente reconociendo, con suma gratitud, el supremo sacrificio que hizo por nosotros, y apropiándonos de la salvación que compró con su sangre, esa sangre que manó de su costado a causa de la herida mortal que nosotros le hicimos.

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EL PREJUICIO RACIAL Y LA SED DE VENGANZA

21 mar 2016

EL PREJUICIO RACIAL Y LA SED DE VENGANZA

por Carlos Rey

a1(Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial)

—[Obispo Larra,] mi querido prelado… De mí depende la paz de esta plaza… pero debe usted comprender que mi caída del poder significaría la más sangrienta revuelta que jamás haya visto esta colonia….

—Baltasar, Baltasar… No vuele tan alto; ni quiera ser dueño de tantas vidas….

—No intente disimular su derrota. Soy el hombre más poderoso de toda la estancia, y usted, [obispo Larra,] hombre avezado a estas artes, lo sabe muy bien. ¿Por qué soy el más poderoso? Pues le diré: Conozco el miedo que ustedes sienten cada vez que miran a un negro, y puedo lograr, con un gesto, o con mi martirio, una gran cacería de blancos…. El total de negros en la ciudad excede a la población blanca en proporción de siete a uno. Vea usted, mi queridísimo prelado, que soy el dueño de vidas y haciendas….

—Baltasar…, si las autoridades se tornan en su contra, el desenlace, tanto para su pueblo como para el mío, será la más terrible destrucción.

—Esas consideraciones no me interesan. Me interesa humillar a los blancos, a los verdugos de mi padre…. La humillación del blanco es la única libertad que desea el negro.

—Pertenece usted[, Baltasar,] a los más temibles humanos. Su lógica es implacable, y no se compadece de las muy humanas debilidades.

—Tiene usted razón, mi querido prelado. Me limito a jugar con las pasiones ajenas. La vida de los hombres no es para mí un reclamo de compasión, sino la oportunidad de ejercitar mis habilidades.1

En esta novela dramatizada que lleva por título La renuncia del héroe Baltasar, el escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá recrea un ficticio levantamiento de esclavos en la isla de Puerto Rico, protagonizado por una figura situada entre el mito y la historia, el indomable personaje Baltasar Montañez. Es una historia que no fue, pero pudo haber sido, una historia que teje la trama de un falso siglo dieciocho en el que se vislumbra el fin próximo del régimen colonial y de la esclavitud. Mediante el atrevido diálogo con que la relata, Rodríguez Juliá penetra en el mundo sombrío del prejuicio racial a fin de que comprendamos el extremo al que es capaz de rebajarse el ser humano con relación al prójimo.

Por una parte, vemos el extremo de la discriminación racial de un grupo hacia otro grupo al que menosprecia; por otra parte, vemos el extremo de la sed de venganza que consume a un poderoso miembro del grupo esclavizado que ha sido víctima de semejante injusticia. Y todo esto a pesar de la clara enseñanza de la Palabra de Dios siglos atrás, en la que hemos tenido la solución a todos los conflictos en las relaciones humanas: que amemos al prójimo como a nosotros mismos,2 aun en el caso extremo de que sea nuestro enemigo;3 y que dejemos que sea Dios quien nos vindique y defienda nuestra causa. Porque así como no hay nadie que ame a todos por igual más que Dios mismo,4 que nos creó a todos iguales,5 tampoco hay nadie que juzgue a todos por igual con más justicia que ese mismo Dios que dijo: «Mía es la venganza; yo pagaré.»6


1 Edgardo Rodríguez Juliá, La renuncia del héroe Baltasar, Editorial Cultural (Harrisonburg, Virginia, EE.UU.: Banta Company, 1986), pp. 31‑33.
2 Lv 19:18; Mt 19:19; 22:39; Mr 12:31; Lc 10:27; Ro 13:9; Gá 5:14; Stg 2:8
3 Mt 5:43; Lc 6:27,35; Ro 12:20
4 Jer 31:3; 33:11; Jn 3:16; 15:13; 1Jn 3:1,16
5 Gn 1:27; 5:1-2; Nm 15:15; Job 33:6; Gá 3:28
6 Dt 32:35; Ro 12:19; Heb 10:30-31 (véanse Sal 94:1-2; Is 63:4; Jer 15:15; 20:12; Nah 1:2-3; Stg 4:12)

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«POR CELOS INJUSTIFICADOS»

19 mar 2016

«POR CELOS INJUSTIFICADOS»

por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio http://www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:

«Estuve casada dos años. Desde el inicio del matrimonio, [mi esposo] se comportó muy violento. Me golpeaba por celos [injustificados]…. Un día, me golpeó y me abandonó. Aconteció lo mismo varias veces. Era un ir y venir. Se enojaba y se iba. No le importaba nada. La última vez que nos separamos, me volvió a golpear y se fue. Yo no quise volver a verlo más. Me pidió que lo perdonara, pero eso ocurrió tantas veces que ya no le creí más.

»Nunca quiso buscar ayuda [profesional]. Yo ya no quiero seguir casada con él, pero no sé si es lo correcto. Estoy queriendo quedarme sola y seguir adelante. Gracias a Dios, no tuvimos hijos porque perdí dos embarazos. Son muchas heridas…. Ahora no me queda nada. Me siento culpable e infeliz.»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimada amiga:

»Su caso nos conmueve el corazón. ¡Nos entristece mucho que se haya casado con un hombre que la tratara como lo hizo él! Hay hombres (y algunas mujeres) que, durante el noviazgo, tienen la habilidad de ocultar sus tendencias a la violencia, pero que, una vez que se casan, se manifiesta su verdadera naturaleza….

»Usted dice que ahora se siente culpable. Dios nos dio a cada uno una conciencia para ayudarnos a distinguir entre el bien y el mal. Por lo general, nos sentimos culpables cuando hacemos lo malo. Sin embargo, en el caso suyo, su esposo la maltrató y la manipuló a tal grado que usted se confundió al tratar de distinguir entre el bien y el mal. Él la convenció de que estaba bien que usted permitiera que la golpeara, y que estaba mal que usted se protegiera. Así que usted lo perdonó vez tras vez, y permitió que regresara a casa y volviera a golpearla. Y ahora usted se siente culpable por haber hecho lo correcto.

»Nunca se justifica la violencia en el matrimonio. El apóstol Pablo dice que cada esposo debe amar a su esposa tal como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella.1 ¿Cómo fue que amó Cristo a la iglesia? Él murió en la cruz por los pecados de todos nosotros a fin de que formáramos parte de su iglesia. Él amó y se entregó y se sacrificó. Ese es el modelo que el esposo debe seguir.

»Los hombres que manifiestan enojo y conducta violenta no dejarán de ser abusivos sólo porque lamentan lo sucedido. Es probable más bien que se vuelvan cada vez más violentos. Sin la ayuda profesional de un consejero o de un programa para dominar el enojo, esos hombres son peligrosos. Toda mujer que viva con un hombre abusivo se arriesga a que corran peligro tanto su propia vida como la de sus hijos….»

Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. El consejo completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, se puede leer si se ingresa en el sitio http://www.conciencia.net y se pulsa la pestaña que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 243.