La FE en CRISTO me está ayudando a sobrellevar el cáncer | Jenna DiPrima

«Tienes cáncer».

Nunca esperé escuchar esas palabras a mis treinta y cinco años y con tres hijos pequeños.

Muchas cosas han pasado por mi mente desde que me diagnosticaron cáncer de mama HER2 positivo en etapa 3, pero un pensamiento principal ha sido mi gratitud por la teología reformada, a veces llamada calvinismo o «teología del Dios grande». Ha sido un refugio para mí en una de las temporadas más difíciles de mi vida.

Temo que la gente piense que la doctrina reformada es solo para pastores o aficionados a la teología, o que se trata solo de hombres muertos con largas barbas y ceños fruncidos. Pero la teología reformada ha sido un salvavidas para mí. Ha sido como un par de brazos fuertes debajo de mí, que me han sostenido durante noches de insomnio, ansiedades inquietantes y días llenos de fatiga y dolor. Me ha dado un lenguaje para clamar a Dios cuando no sabía qué o cómo orar. Me ha dado paz en medio de lo que, de otro modo, me destrozaría. Me ha llevado a un Dios soberano y sabio que hace todas las cosas para mi bien y nunca deja de amar a Sus escogidos.

Estas son tres verdades de la teología reformada experiencial que me están ayudando en mi lucha contra el cáncer. Espero que te ayuden a ti en tu sufrimiento.

1. Dios es glorificado en el sufrimiento de Su pueblo.

El centro de la teología reformada es la gloria de Dios. El propósito principal de toda persona, nos dice el Catecismo Menor de Westminster, es glorificar a Dios y gozar de Él por siempre. Su gloria es la razón por la que todo sucede. Esto incluye el sufrimiento de sus elegidos: abortos espontáneos, matrimonios difíciles, agonía por hijos incrédulos, fatiga o dolor crónicos, noches sin dormir, dolor por pérdidas… todo lo que aflige a Su pueblo.

Esto incluye mi cáncer. Que Dios sea glorificado en ello también.

El diagnóstico me impactó a mí, a mi familia y a mi iglesia. No fue un impacto para Dios. Aquel que me tejió en el vientre de mi madre (Sal 139:13), que conoce el número de cabellos de mi cabeza (Lc 12:7) y que gobierna cada célula de mi cuerpo ha ordenado mi cáncer: Él sostiene los procesos biológicos que lo crearon y sostienen. Él ordenó mi cáncer antes de que yo naciera. Nos encanta decir que «Dios es soberano», pero esa es una frase de cajón si Él no es soberano sobre mi cáncer.

«Viviré para verlo glorificado en mi cáncer, en esta vida o en la próxima, porque Dios es glorificado incluso en el sufrimiento de Su pueblo«

Siendo directa, Dios me dio este cáncer y me lo dio para Su gloria. Viviré para verlo glorificado en mi cáncer, en esta vida o en la próxima, porque Dios es glorificado incluso en el sufrimiento de Su pueblo.

Como John Piper ha dicho famosamente: «Dios es más glorificado en nosotros cuando estamos más satisfechos en Él». Dios recibe gloria cuando estoy más satisfecha en Él que en mi esposo, mis hijos, un cuerpo sano o cualquier cosa que la muerte pudiera robarme. Cuando Dios me despoja de todo y solo queda Él, mi alma encuentra su más profundo deleite en Él. Dios es visto como completamente suficiente. Se hace ver grande porque lo es.

Si mi sufrimiento traerá gloria a Dios, lo aceptaré. Él es digno.

2. Dios obra todas las cosas para el bien de sus escogidos.

Romanos 8:28 es una promesa preciosa y férrea: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito». (Es aún más preciosa cuando se entiende en su contexto).

En esta línea, John Newton señaló una vez: «Todo lo que Dios envía es necesario; nada que Dios retenga puede ser necesario». Reflexiona sobre ello un momento. Si yo supiera todo lo que Dios sabe, oraría para que me enviara un cáncer porque sabría que sería para mi gozo eterno.

No es necesario que esto tenga sentido para mí para que yo lo crea. No necesitas entender cómo Dios está obrando para tu bien para saber que lo está haciendo. Debemos creer en esta promesa por fe, aun cuando no la veamos.

Sé que el cáncer forma parte del buen plan de Dios para mí, pero no puedo decir con precisión cómo lo está usando para mi bien. Tal vez me ayude a luchar contra el pecado o a confiar más profundamente en Su gracia. Tal vez me ayude a desligar mi corazón de este mundo presente y enfocarlo hacia el cielo. Tal vez me brinde la oportunidad de dar testimonio de Su gracia y del poder del evangelio. Tal vez sea para la santificación de mi esposo o la salvación de mis hijos. Tal vez sea para edificar a otros en sus sufrimientos (2 Co 1:4). Tal vez sea todas o ninguna de estas cosas. Pero esto sí lo sé: Dios obrará esto para mi bien.

Romanos 8:28 es una promesa que creemos por fe, no por vista. Así que no le exigiré a Dios que me muestre todas las formas en que está obrando antes de creerle. En lugar de eso, confiaré en Su promesa incluso cuando esté a oscuras.

Un día, Dios me mostrará todo lo que estaba haciendo con mi cáncer de mama, y con gusto me maravillaré. Si perteneces a Cristo, Él también está obrando todas las cosas para tu bien.

3. Dios guardará a Su pueblo hasta el fin.

La teología reformada me enseña que Dios completará la obra que ha comenzado en mí y estará conmigo hasta el final. Mi salvación y felicidad eterna no dependen de que yo venza al cáncer, sino de la determinación inmutable de Dios de amarme y salvarme.

«Mi salvación y felicidad eterna no dependen de que yo venza al cáncer, sino de la determinación inmutable de Dios de amarme y salvarme«

No hay nada en el mundo lo suficientemente fuerte como para separarme del amor de Dios: ni el cáncer, ni la caída del cabello, ni las esperanzas incumplidas, ni el tiempo perdido con mis hijos, ni Satanás y sus mil demonios, ni siquiera la muerte misma. Nada puede separarme del amor de Dios en Cristo Jesús, mi Señor (Ro 8:31-39).

Raíces profundas

¿Por qué la teología reformada es importante para mí? Porque estoy en la batalla de mi vida y solo un Dios soberano me sacará adelante. Necesito una doctrina con raíces profundas, una doctrina capaz de manejar las profundas paradojas del dolor. Necesito un Dios bueno y soberano que se glorifique a Sí mismo a través del cáncer, que obre el cáncer para mi bien y que nunca me abandone.

La «teología del Dios grande» es un bálsamo para mi alma. Me ha sostenido la mano cuando lo único que podía hacer era llorar en el sofá. Se ha sentado a mi lado en el cuarto piso de la sala de oncología mientras la quimioterapia goteaba en mi cuerpo. Me ha susurrado promesas en mitad de la noche mientras me desvelaba temiendo el futuro. Ha sido una luz para mí cuando todas las demás luces se apagaron.

La vida cristiana está llena de peligros, dificultades y amenazas. Desarrollemos teología para la oscuridad mientras caminamos bajo el sol. Si vamos a hacerlo, necesitamos una «teología de Dios grande». Necesitamos poder confiar en las alturas de Su gloria y en las profundidades de Su amor por Sus escogidos. Esta seguridad me está sosteniendo en medio del cáncer y te sostendrá a ti en medio de cualquier sufrimiento que se te presente.


Publicado originalmente en The Gospel CoalitionTraducido por Eduardo Fergusson.

Jenna DiPrima (MDiv, Southeastern Baptist Theological Seminary) trabaja para The Pillar Network en Winston-Salem, Carolina del Norte, donde su esposo, Alex, pastorea la Iglesia Emmanuel. Tienen tres hijos de 5, 4 y 2 años.

Artículo tomado de: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/calvinismo-cancer/

Título Original: El calvinismo me está ayudando a sobrellevar el cáncer.

¿Por qué celebramos la Reforma el 31 de octubre | Josué Barrios

¿Por qué celebramos la Reforma el 31 de octubre

Josué Barrios

Audio: https://media.thegospelcoalition.org/audio/COALICION/PODCAST/ARTICULOS_TGC/A224-Por_que_celebramos_la_Reforma_el_31_de_octubre.mp3

Para saber por qué el 31 de octubre celebramos el día de la Reforma, necesitamos volver casi 500 años al pasado y conocer un poco la historia de Martín Lutero.

Lutero fue un monje atormentado por la santidad de Dios y su propio pecado. Él buscaba la reconciliación con Dios a través de sus esfuerzos personales. Vivía en la ciudad de Wittenberg en Alemania, donde recibió su doctorado en teología en 1512, y empezó a enseñar la Biblia como profesor, cargo que mantuvo hasta el día de su muerte.

En 1517, la vida de la pequeña ciudad de Wittenberg empezaría a cambiar. Aquel año, el Papa León X autorizó reducciones en el castigo por los pecados a las personas que diesen dinero para la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma. La forma en que se vendían y promocionaban estas reducciones, conocidas como indulgencias, resultó escandalosa para Lutero. «Tan pronto caiga la moneda a la cajuela, el alma del difunto al cielo vuela», exclamaba en público Juan Tetzel, el principal encargado de la venta de indulgencias.

95 tesis que hicieron historia

El 31 de octubre del año 1517, Lutero clavó 95 tesis al respecto en la puerta de la iglesia del castillo en Wittenberg. Todos los que fueron a la iglesia al día siguiente, el Día de los Santos según el calendario, vieron las tesis. Era normal clavar avisos en las puertas de la iglesia, pero aquel martillo cambiaría la historia.

Las tesis estaban en latín, la lengua de los estudiosos. Lutero quería un debate académico y no una revuelta pública. En sus tesis argumentó que el arrepentimiento requerido por Dios para el perdón de los pecados involucra una actitud interna en la persona, y no consistía solo en un acto exterior sacramental (como realizar un pago a la iglesia).

El monje agustino no actuó como un reformador en ese momento. No lo era. Más bien actuó como un católico que quería ver a su iglesia cada vez mejor. Pero, desde el punto de vista humano, los eventos salieron de control.

Algunas personas tomaron esas tesis y, gracias a la imprenta, en cuestión de días estaban siendo conversadas en toda Alemania. A gente muy poderosa no le gustó lo que Lutero enseñó (empezando por Juan Tetzel), y lo acusaron de hereje. Muchas otras personas estaban de acuerdo con las tesis. Así, Lutero se vio envuelto en diversos debates que, en la soberanía de Dios, lo presionaron a examinar conforme a la Biblia los cimientos del catolicismo romano.

Por ejemplo, Johann Eck, uno de los oponentes más formidables de Lutero, expresó en un debate en 1519 que el verdadero asunto de disputa era sobre autoridad: o el papa tiene la última palabra, o la tiene la Biblia. Lutero no había considerado eso con detenimiento hasta entonces. Así, Eck fue usado por Dios para conducir a Lutero a profundizar en lo que serían sus convicciones reformadas. El Señor tenía en mente una reforma, y usó hasta a los enemigos de ella para llevarla a cabo.

Redescubriendo la Palabra y el evangelio

La vida de Lutero fue transformada al conocer que la Palabra de Dios es la autoridad sobre todas las cosas

 

Estudiando la Palabra de Dios, la vida de Lutero fue transformada al conocer que ella es la autoridad sobre todas las cosas (no la tradición o el papa), y que el evangelio enseña que somos salvos totalmente por gracia, por la fe sola en Cristo Jesús, y no como enseñaba Roma. El evangelio revela el amor de Dios y nos libera de la carga insoportable de pretender ganarnos nuestras salvación. Así nos conduce a obedecer a Dios en libertad y gratitud.

Lutero se convirtió en un reformador que, por la gracia de Dios, transformó al mundo. Más y más hombres fueron transformados por la misma Palabra, y esto dio inició a la Reforma protestante. Aunque antes de él hubieron algunos hombres con convicciones similares, históricamente se recuerda el 31 de octubre del 1517 como el día que lo inició todo.

Este redescubrimiento del evangelio es considerado como el avivamiento en la Iglesia más importante en la historia luego de los días apostólicos de la Iglesia temprana. Este evento marcó el surgir del protestantismo y la separación de los protestantes de la iglesia falsa de Roma. Como ha dicho el historiador Carl Trueman: «La Reforma representa un movimiento de colocar a Dios, tal como Él se revela en Cristo, en el centro de la vida y pensamiento de la Iglesia». Este movimiento impactó al mundo, porque cuando la Iglesia se fortalece en la verdad, brilla con más intensidad y su influencia crece en la sociedad.

Recordando la Reforma

La mayoría de los cristianos no imaginan que sin la Reforma protestante, no solo el verdadero evangelio tal vez no hubiese llegado a nosotros, sino que incluso no habrían Biblias en nuestro idioma, y quizá hasta seríamos analfabetas. ¡Así de importante fue este mover de Dios!

Mientras hayan personas perdidas en sus pecados, y existan congregaciones afirmando un falso evangelio, no viviendo para la gloria de Dios y rechazando la autoridad de las Escrituras, todavía hay necesidad de proclamar el evangelio y defender la autoridad de la Palabra.

Hay mucho más para decir sobre la Reforma protestante. Lo cierto es que hoy es un día para recordarla, dar gracias al Señor por ella y preservar su Palabra para nosotros hoy, reflexionando sobre la necesidad que tenemos de ser más y más avivados por Él.


Algunos párrafos de este artículo están tomados de la biografía breve Martín Lutero: Confianza en el poder de la Palabra.

Este artículo fue originalmente publicado en JosueBarrios.com.

Josué Barrios sirve como Director Editorial en Coalición por el Evangelio. Ha contribuido en varios libros y es el autor de Espiritual y conectado: Cómo usar y entender las redes sociales con sabiduría bíblica. También es el editor general del libro Líder de jóvenes: 12 marcas para impactar a las nuevas generaciones. Posee una licenciatura en periodismo y tiene una Maestría en Estudios Teológicos del Southern Baptist Theological Seminary. Vive con su esposa Arianny y sus hijos en Córdoba, Argentina, y sirve en la Iglesia Bíblica Bautista Crecer. Puedes leerlo en josuebarrios.com, donde su blog es leído por decenas de miles de lectores todos los meses. También puedes seguirlo en Youtube y unirte a su newsletter Sábados de sabiduría y descargar gratis su libro Enfocado en Cristo.

Fuente: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/celebramos-la-reforma-31-octubre/

Hojas de Higuera | David Barceló

Hojas de Higuera | David Barceló

La meta para cada matrimonio debiera ser la de cultivar la unidad matrimonial, teniendo como referente la unidad perfecta que hubo entre Adán y Eva en el Edén. Cuando el hombre y la mujer fueron creados por Dios, ¿cómo debía de ser su comunicación, su amistad, su intimidad? Nos puede resultar un pensamiento demasiado elevado el tratar de imaginar la vida de Adán y Eva como matrimonio en su perfección. Antes de comer del fruto, ¿cómo eran las palabras del uno hacia el otro? ¿Cómo eran sus miradas, sus gestos, sus prioridades, su servicio, su respeto, su amor?

Ese estado de perfección es el que debemos anhelar aquí en la tierra. El matrimonio perfecto duró tan solo unos versículos en el Génesis, pero hoy día cada matrimonio cristiano debiera ser un matrimonio que camine hacia esa perfección con la ayuda de Dios y la guía del Espíritu Santo.

Si la unidad del Edén es nuestra meta, ¿qué sentido podría tener pues para un cristiano unirse a alguien que no tiene su fe? El creyente ha de vivir en verdadera y completa unidad con su cónyuge, y ambos en unidad con el Señor.

¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?”, Amos 3:3.

Si la unidad del Edén es nuestra meta, ¿qué sentido tiene vivir vidas paralelas? Hay muchos matrimonios que viven bajo el mismo techo, pero viven emocionalmente divorciados porque su tiempo, sus amistades, su dinero, sus decisiones, su vida en general lleva rumbos diferentes.

Si la unidad del Edén es nuestra meta, ¿qué sentido tiene culparse el uno al otro, ridiculizarse el uno al otro, airarse el uno contra el otro? Si los dos estamos en el mismo barco, si los dos tenemos un mismo destino, si los dos estamos en el mismo equipo… Acaso el jugador de tenis, jugando en parejas, se gira a su compañero y le grita “¡Ah, te han marcado un punto!”. Tal como expresa la palabra castellana, marido y mujer somos “consortes”, o sea, de una misma suerte. Estamos unidos para lo bueno y para lo malo. Las desavenencias no tienen sentido.

Pero esa unidad perfecta que el primer matrimonio disfrutaba en el Edén duró poco tiempo. Esa unidad se expresa en afirmaciones como esta de Génesis 2:25, en la cual vemos la aceptación, intimidad y unidad que había entre Adán y Eva.

Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.

Pero esa perfecta unidad matrimonial fue atacada por el diablo y destruida por el pecado. La serpiente entra en escena, les engaña, y comen del fruto prohibido. Satanás pretende destruir la Creación, invirtiendo el orden establecido por Dios. Dios es el Creador, Adán es su Mayordomo, Eva se sujeta a su marido como ayuda idónea, y los animales obedecen al hombre y a la mujer como parte de la Creación que deben sojuzgar. Sin embargo Satanás revierte el orden, y es una serpiente la que tienta a la mujer, la mujer invita a su marido a desobedecer, y Adán culpa a Dios de todo lo sucedido: “La mujer que TÚ me diste me dio a comer…”.

Adán y Eva comieron del fruto prohibido, y “fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales”. ¡Y desde entonces usamos hojas de higuera! Para cubrir nuestra vergüenza. Para esconder nuestras faltas. Para disimular nuestras debilidades. Nuestras hojas de higuera hoy día son de marca y llevan botones y cremalleras, pero por mucho que las sofistiquemos están diciendo lo mismo: que tememos que nos vean como realmente somos.

La primera consecuencia del pecado es que el hombre y la mujer empezaron a cubrirse. En primer lugar se cubrían de Dios, porque querían ocultar su pecado cosiendo hojas de un árbol. Comprobamos una vez más cuán maravillosa es la gracia de Dios al ver que Dios mismo es quien finalmente les viste con una ropa permanente, una piel de un animal, símbolo y anticipo del sacrificio perfecto de Cristo que cubre nuestro pecado.

¡Pero Adán y Eva no solo pretendían cubrirse de Dios, sino que también se cubrían el uno del otro! Adán no quería que Eva viera su desnudez, y Eva no quería que Adán viera su desnudez. Sentían vergüenza ante el otro e intentan disimular su temor con un improvisado camuflaje.

El pecado en tu corazón es lo que te mueve a esconderte de Dios y a esconderte de tu consorte. Nos vestimos continuamente con “hojas de higuera” para que no se descubra la realidad de nuestra naturaleza: hojas de mentira, hojas de disimulos, hojas de medias verdades, hojas de hipocresía, hojas de orgullo… para esconder un corazón sucio de pecado. Es tu pecado –no el de tu esposo o esposa– el que destruye la unidad y la intimidad matrimonial. Los más grandes enemigos del matrimonio están dentro de casa, y están dentro de ti: tu orgullo, tu egoísmo, tu falta de perdón, tu ingratitud, tu impaciencia, tu ira, tus palabras ásperas, tu silencio…

“Ser una sola carne” supone ante todo luchar, no contra tu cónyuge, sino contra el pecado en tu corazón con todas tus fuerzas, para ser más santos. “Ser una sola carne” supone acercarse a Dios diariamente para confesar tus pecados, para ser cubiertos por la sangre de Cristo y por su manto de justicia, y acercarse cada día a tu esposa para seguir cultivando juntos la unidad matrimonial.

No pienses que la unión de un cristiano con otro cristiano tiene como resultado inmediato un “matrimonio cristiano”. Dos creyentes pudieran haberse unido en matrimonio y estar viviendo un “matrimonio mundano”. Un “matrimonio cristiano” es un nuevo reto que ambos deben asumir. El reto de caminar con Cristo juntos.

Como matrimonio, cada uno de nosotros necesitamos del Señor Jesucristo. Solo en Cristo podemos obtener el perdón de los pecados. Solo en Cristo podemos obtener la paz con Dios. Solo en Cristo se puede restablecer esa hermosa unidad matrimonial que se perdió en el Edén. Solo Cristo puede lograr el milagro de que dos pecadores egoístas, cubiertos de hojas de higuera, vuelvan a ser un matrimonio unido y santo que se ama, y que ama a Dios sobre todas las cosas.

Amén. Que el Señor te bendiga.

David Barceló es pastor de la Iglesia Evangélica de la Gracia en Barcelona, España, desde sus inicios en el año 2005. Conferencista en varias ciudades de España y Latinoamérica. Felizmente casado con su esposa Elisabet, son padres de cuatro hijos, Moises, Daniel, Elisabet y Abraham.

Artículo original: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/hojas-de-higuera/

El cristiano y la depresión | CATHERINE SCHERALDI

El cristiano y la depresión
CATHERINE SCHERALDI

Dios creó un mundo bueno, donde reinaba la armonía. Cada cosa creada, cada órgano y sistema, funcionaba como debía ser. Sin embargo, el hecho de que exista un Diseñador perfecto, quien creó perfectamente, no niega el hecho de que también existió una caída.

Génesis 3 narra que la muerte entró al mundo perfecto de Dios, y las enfermedades que antes no existían comenzaron a aparecer. Todos los órganos —el corazón, los pulmones, el hígado, y aun el cerebro— comenzaron a padecer de disfunciones.

Incluyendo la depresión.

La depresión es una de esas enfermedades que surgieron fruto de la caída. La forma de pensar de los seres humanos se trastornó tanto que Pablo nos advierte: “Todas las cosas son puras para los puros, mas para los corrompidos e incrédulos nada es puro, sino que tanto su mente como su conciencia están corrompidas” (Tit. 1:15).

Según la Organización Mundial de la Salud, la depresión es “un desorden mental común, caracterizado por una persistente tristeza o pérdida de interés en las actividades que normalmente disfrutarías, acompañada por una incapacidad de realizar actividades diarias, por al menos dos semanas”. La depresión es un desorden complejo. Un estudio publicado en 2016 demostró que hay cuatro diferentes subtipos dentro de la depresión persistente, dependiendo de los síntomas. Se estima que la depresión afecta a aproximadamente 300 millones de personas en el mundo, mayormente mujeres. Sabemos que si hay depresión en un miembro de la familia, el riesgo de que otros puedan padecerla aumenta. En personas que ya han padecido de depresión no es raro que esta se repita durante su vida. Podemos observar que esta disfunción tiene un componente genético; sin embargo, la relación entre la mente y el cerebro es compleja; no siempre es fácil saber dónde la termina biología y dónde comienzan los hábitos y conductas pecaminosas.

¿Cristianos deprimidos?
En muchos círculos cristianos existe la creencia de que es imposible para un verdadero creyente deprimirse a menos que esté en pecado, tenga falta de fe o falta de conocimiento bíblico. Sin embargo, un estudio de la Palabra demuestra que varios profetas se deprimieron: algunos por su propio pecado (como David), y otros por el pecado del pueblo (como Moisés). Jeremías se deprimió porque el Señor le reveló lo que le pasaría al pueblo judío… ¡se deprimió porque conoció la realidad!

Al decir que todos los pacientes deprimidos lo están por haber pecado, estamos haciendo mucho daño en los que están deprimidos por razones médicas. Estas personas terminan sintiendo los síntomas típicos de la depresión y además la culpabilidad por “haber pecado”, cuando muchas veces no lo han hecho. Generalizar de esta manera convierte a los acusadores en personas como los amigos de Job, quienes dieron consejos y explicaciones sin entender completamente la situación.

No podemos ver la depresión como toda espiritual, o toda biológica, ya que usualmente es una combinación de ambos componentes. El cuerpo y el alma están entrelazados. La depresión aumenta la oscuridad típica de la mente caída, resultando en un corazón más duro y egocéntrico. Nuestro corazón nos engaña (Jer. 17:9). Sentimos una especie de nube de duda y temor siempre encima, y una neblina que no nos deja ver las cosas como son. Comenzamos a pensar que esto nunca se irá. Los problemas parecen más grandes que las promesas de Dios, y las heridas y el dolor vencen nuestra fe. Como resultado, perdemos de vista que este mundo no es nuestro hogar. En vez de buscar las razones para alabar al Señor, preferimos maldecir nuestra crisis.

Como creyentes, hay muchas razones para tener gozo; sin embargo, seguimos viviendo en un mundo caído. Al conocer a Cristo, el Espíritu Santo ha abierto nuestros ojos y podemos ver la maldad en el mundo que nunca habíamos visto como no creyentes. Dios también nos sensibiliza al dolor y a la maldad, y no podemos ignorarlos, lo que puede convertirnos en el blanco de Satanás. Como si esto no fuera suficiente, el Espíritu Santo está continuamente exponiendo la maldad que no sabíamos que existía en nuestro propio corazón. Como en el caso de Jeremías, la depresión puede ser una respuesta a la realidad cuando uno se da cuenta de la profundidad de la maldad en el mundo y nuestra incapacidad de corregirla. Por eso hemos de aprender a confiar una y otra vez en Jesús, quien venció (Jn. 16:33).

Como médico y alguien que ha padecido de depresión, creo que este padecimiento frecuentemente es un instrumento en las manos de Dios para santificación. Si nada escapa la mano de Dios (Mt. 10:29-33) y Él usa todo para nuestro bien (Ro. 8:28), entonces Él puede utilizar la depresión para formarnos a su imagen.

Qué hacer en medio de la depresión
Y entonces ¿qué debemos hacer? Primero, buscar ayuda. Cristo nos dejó una familia, su Iglesia, porque Él conoce nuestras debilidades y la necesidad que tenemos.

Cuando la depresión es por pecado, la solución es arrepentirnos. Es posible que la depresión sea un llamado de Dios para volvernos al redil y sanarnos, porque el pecado nos esclaviza y nos separa de Dios. Oseas 6:1 nos dice: “Vengan, volvamos al Señor. Pues Él nos ha desgarrado, pero nos sanará; nos ha herido, pero nos vendará”. Sabemos que Jesús, el buen pastor, dejará las 99 ovejas para buscar a aquel que salió del redil (Lc. 15:4-7).

En la mayoría de los casos de depresión no producida por un desbalance químico, la consejería bíblica es suficiente para mejorar. Sin embargo, particularmente cuando la depresión es severa y la persona no responde a la consejería, puede ser que la medicación sea necesaria. Si la depresión es por un desbalance químico, la persona necesita buscar ayuda médica. Aunque la mayoría de las depresiones pueden ser tratadas de manera ambulatoria, las severas pueden requerir ingreso en un hospital. Cualquier persona psicótica (depresión acompañada de alucinaciones o delirios) o con pensamientos suicidas necesita ayuda psiquiátrica inmediata. El paciente psicótico requerirá antipsicóticos combinados con antidepresivos, mientras que las depresiones no psicóticas pueden necesitar antidepresivos e incluso, en algunos casos, antipsicóticos. Para los casos más severos, cuando el tratamiento con fármacos no ha sido exitoso, puede recurrirse a la terapia electroconvulsiva.

Para el creyente, el tratamiento médico siempre debe ser acompañado de consejería bíblica; es en la Palabra donde encontramos la verdad. El medicamento sin consejería bíblica no llega al raíz del problema, y cada vez que se trate de suspender los medicamentos la depresión regresará. En todos los casos, el cuerpo de Cristo debe involucrarse en la vida de la persona deprimida para sobrellevar la carga unos y de otros, como nos lo manda Gálatas 6:2.

Aguardando ansiosamente
Vivimos en un mundo caído, pecaminoso, disfuncional, y lleno de dolor. Romanos 8:22-23 nos dice: “Pues sabemos que la creación entera a una gime y sufre dolores de parto hasta ahora. Y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpo”.

El cuerpo humano es una “máquina” inmensamente complicada, creada por un Dios incontenible. Aunque nuestros cuerpos han sido quebrantados por la caída y son afligidos por toda clase de enfermedades físicas y mentales, podemos confiar en que —cuando regrese por los suyos— Dios recreará lo que Él creó.


Nota del editor:
Este artículo fue publicado gracias al apoyo de una beca de la Fundación John Templeton. Las opiniones expresadas en esta publicación son de los autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de la Fundación John Templeton.

​Catherine Scheraldi de Núñez es la esposa del pastor Miguel Núñez, y es doctora en medicina, con especialidad en endocrinología. Está encargada del ministerio de mujeres Ezer de la Iglesia Bautista Internacional. Conduce el programa Mujer para la gloria de Dios, en Integridad y Sabiduría. Puedes seguirla en Twitter.

Tomado de: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/cristiano-la-depresion/

Un recordatorio para los padres en el día de los padres | SUGEL MICHELÉN

Un recordatorio para los padres en el día de los padres

SUGEL MICHELÉN

No sé cuántos países celebran el día de los padres en la misma fecha que nosotros lo hacemos en RD (es decir, el último domingo de Julio). Pero sea cual sea la fecha de este evento en el calendario de cada país, no quise dejar pasar la oportunidad sin traer una nota de recordatorio para todos los que somos padres.

Tanto en Ef. 6:1-4 como en Col. 3:20-21, el apóstol Pablo escribe unas palabras sobre el deber de los hijos de obedecer a sus padres, y el deber de los padres de criar a sus hijos en el marco del evangelio. El pasaje de Efesios es el más extenso de los dos, así que voy a tomarlo como punto de partida:

“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”.

Aunque en los versículos 1 y 4 aparece la palabra “padres” en nuestra versión RV60, en el original griego son dos palabras distintas. La del versículo 1 puede ser traducida como “progenitores”, e incluye tanto al padre como a la madre. Es por eso que Pablo se vale del quinto mandamiento del Decálogo para recordar a los hijos que debían honrar a su padre y a su madre. De manera que ambos padres tienen una responsabilidad en la crianza de sus hijos, y ambos poseen la misma autoridad sobre ellos.

Sin embargo, el término que Pablo usa en el vers. 21 es la palabra griega páteres que parece señalar de manera especial a los hombres, a los padres. Ellos son los que tienen la responsabilidad primaria de guiar a la familia, incluyendo a sus esposas en el papel de madres.

Contrario al pensamiento del mundo en ese sentido, Dios coloca sobre los hombres la responsabilidad del liderazgo de su familia. Por supuesto, nosotros sabemos que las madres juegan un papel vital en la crianza de los hijos. Generalmente ellas pasan más tiempo con ellos y ejercen una influencia determinante en sus vidas. Pero el hombre es responsable ante Dios de proveer a su esposa y a sus hijos la guía, el sostén y la protección que necesitan en un clima de amor y servicio.

Ser cabeza de la familia no es contemplado en la Biblia como una ventaja, sino como una gran responsabilidad. Nosotros tenemos un trabajo que debemos hacer de manera intencional, procurando el bien espiritual y físico de nuestra esposa y nuestros hijos. Dios nos ha llamado a hacer un trabajo, un trabajo que está muy por encima de nuestras capacidades naturales y que solo puede ser hecho en dependencia de Él. Él nos contrató, Él nos da los recursos que necesitamos cada momento para poder ser los padres que Él quiere que seamos, y Él nos pedirá cuentas algún día por esa mayordomía que nos fue confiada.

Lamentablemente, la influencia del mundo ha tenido un impacto profundo en la iglesia de Cristo en este asunto. En muchos hogares cristianos es la mujer y no el hombre la que va delante en la vida espiritual de la familia y la crianza de los hijos. Leí recientemente que un autor cristiano fue a proponerle a una casa publicadora un libro sobre la paternidad. ¿Saben lo que el encargado la respondió? Que los libros dirigidos a los padres no venden. “Nuestros estudios nos han mostrado que el 80% de los libros sobre crianza son comprados por las madres. Ellas los leen y se los pasan a sus maridos, que apenas los leen. Es difícil mercadear la paternidad a una audiencia femenina”.

Y el impacto que ese matriarcado está produciendo en las iglesias y en la sociedad es sencillamente devastador, sobre todo para el desarrollo de un verdadero liderazgo. La masculinidad es algo que se produce mayormente en un ambiente en el que las mujeres se comportan como mujeres y los hombres se comportan como hombres (lean bien: no como “machos”, sino como hombres).

De manera que tanto el padre como la madre tienen la responsabilidad de criar a los hijos en el temor de Dios, pero el padre es el principal responsable de ese deber.

Apreciamos todo comentario que pueda complementar este artículo para edificación de los lectores de este blog.

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

La teología de Arminio en lo tocante al libre albedrío y la predestinación | Sugel Michelén

Arminio rechazó enfáticamente el pelagianismo en lo tocante a las consecuencias del pecado de Adán en su descendencia. Hablando acerca del hombre en su estado caído, Arminio declara que su libre albedrío en lo que respecta al verdadero Dios, no sólo se encuentra “herido, mutilado, enfermizo, debilitado; sino que también ha sido hecho cautivo, destruido y perdido”; de tal manera que el libre albedrío humano es totalmente inútil “a menos que sea asistido por la gracia”.

Según Arminio, debido al oscurecimiento del entendimiento y la perversidad del corazón, el hombre ha quedado en un estado de impotencia moral. “La voluntad del hombre no es libre de hacer ningún bien a menos que sea… libertada por el Hijo de Dios a través del Espíritu de Dios.”

Más aún, para manifestar su completo acuerdo con Agustín, Arminio comenta lo siguiente acerca del texto de Juan 15:5: “Separados de mí nada podéis hacer”: “Después de haber meditado diligentemente en cada una de las palabras de este pasaje, Agustín comenta de esta forma: ‘Cristo no dice, Sin mi sólo pueden hacer poco; tampoco dice, Sin mí no podréis hacer ningún trabajo arduo, ni tampoco Sin mí haríais las cosas con dificultad: Sino que dice, Sin mí nada podéis hacer’”.

En cuanto a esto, Arminio parece estar de acuerdo con Agustín, Lutero y Calvino. De hecho, Arminio tenía en muy alta estima los comentarios de Calvino y su Institución de la Religión Cristiana (él recomendaba a sus estudiantes hacer un amplio uso de los comentarios de Calvino).

El punto controversial radica en el hecho de que Arminio enseñaba que, aunque la gracia de Dios es necesaria para la salvación, no asegura la salvación de nadie; en otras palabras, la gracia es una condición necesaria, pero no suficiente.

Arminio declara: “Toda persona no regenerada posee una voluntad libre, y la capacidad de resistir al Espíritu Santo, de rechazar la gracia de Dios que le es ofrecida, de menospreciar el consejo de Dios contra sí mismos, de rehusar aceptar el Evangelio de la gracia, y de no abrirle a aquel que toca la puerta de su corazón”.

De modo que si el pecador no responde al llamado, la culpa es enteramente suya (en eso todos estamos de acuerdo); pero ¿qué si acepta? En otras palabras ¿quién es, a final de cuentas, el que tiene la decisión de la salvación en sus manos? Por implicación, según Arminio la salvación depende, en última instancia, de la decisión humana y no de la soberanía de Dios. La gracia de Dios es una condición necesaria para la salvación, pero no es una condición suficiente.

Arminio intenta aclarar su posición teológica a aquellos que le adversan con esta ilustración: Imaginemos a un hombre rico que ayuda con sus bienes a un pordiosero para que éste pueda mantener a su familia. ¿Dejaría de ser un regalo de pura gracia por el hecho de que el mendigo tenga que extender su mano para recibir lo que se le ofrece? ¿Pudiéramos decir con propiedad que la limosna depende parcialmente de la liberalidad del donante, y parcialmente de la libertad del receptor, por el hecho de que este último tiene que extender su mano para recibir el beneficio? Si no es así, cuanto menos podemos decirlo del don de la fe.

El problema de este símil es que presupone una necesidad que el mendigo tiene conscientemente y la cual él desea suplir; mientras que en el caso del pecador, éste no desea, sino que rechaza con todas sus fuerzas, el don que se le ofrece gratuitamente en Cristo. Al igual que en el caso del mendigo, el pecador tiene que extender sus manos hacia Dios para recibir el don; pero, según el Calvinismo, éste sólo podrá hacerlo si Dios cambia la disposición de su corazón.

En cuanto a la predestinación, tanto uno como los otros afirmaban que la predestinación para salvación era una enseñanza bíblica; pero, mientras el calvinismo afirma que los elegidos ejercen fe porque fueron predestinados por Dios desde antes de la fundación por el puro afecto de Su voluntad (como enseña claramente Pablo en Ef. 1:3-6), Arminio enseñaba más bien que Dios predestinó a todos aquellos que Él sabía de antemano que iban a creer. Así que el foco del debate no era si había predestinación o no, sino más bien en cuál era la base de dicha predestinación.

A pesar de eso, en 1603 Arminio fue llamado a asumir la cátedra de teología en la Universidad de Leyden, donde sus doctrinas opuestas al calvinismo fueron más conocidas aún. Esto trajo como consecuencia un enfrentamiento con los calvinistas, de manera particular con otro profesor de la facultad, Francisco Gomaro. Este debate fue subiendo de tono, a tal punto que tuvo ramificaciones políticas.

Luego de la muerte de Arminio, en 1609, sus puntos de vista fueron sistematizados por su pupilo y sucesor en Leyden, Simón Episcopio. Al ser acusados de herejía, en 1610 los seguidores de Arminio presentaron a los Estados de Holanda un Memorial de Protesta (Remonstrance en inglés, por lo que fueron llamados “remonstrantes”), en el que planteaban su posición, incluyendo en la segunda parte los cinco puntos de su propia doctrina.

Estos artículos fueron firmados por 46 ministros remonstrantes. Los calvinistas, por su parte, emitieron una contra protesta. Pero, como no llegaban a un acuerdo, finalmente se decidió resolver la disputa mediante un Sínodo al que fueron invitados casi todas las iglesias nacionales reformadas.

Éste fue celebrado en Dordrecht desde el 13 de Noviembre de 1618 hasta el 9 de mayo de 1619. Estuvieron presentes 84 miembros y 18 comisionados seculares del Palatinado, Hesse, Nassau, Frieslandia Oriental, Bremen, Emden, Inglaterra, Escocia, Ginebra y Suiza alemana.

Los Cánones del Sínodo de Dort condenaron la posición arminiana, a la vez que presentaron cinco puntos contrarios, que han sido conocidos como los cinco puntos del Calvinismo.

Por un lado declaran que el hecho de que “sólo algunos de entre los miembros de la raza humana pecadora alcancen la fe, debe atribuirse al Consejo eterno de Dios. Dios eligió en Cristo un número definido de seres humanos para la salvación, en tanto que, en su justicia, dejó a los demás entregados a la perdición.”

En cuanto a la eficacia de la muerte de Cristo, afirman que ésta “es suficiente para expiar los pecados de todo el mundo.” Sin embargo, su obra de expiación está limitada en el hecho de que Dios tenía la intención de que fuese eficaz solamente para quienes “fueron elegidos desde la eternidad para salvación.”

También afirman la total depravación de la raza humana, así como la gracia irresistible de Dios. “Finalmente, los Cánones enseñan que Dios preserva a los elegidos de tal modo que no caen de su gracia. En esto también se atribuye la gloria Dios; permanecemos en la gracia, no por el poder de nuestra voluntad, sino porque, por su gracia, Dios ‘inicia, preserva, continúa y perfecciona su obra en nosotros’.”

Repetidas veces los calvinistas del Sínodo acusaron a los remonstrantes de enseñar las doctrinas de Pelagio, a pesar de que tanto Arminio como sus seguidores se empeñaron en condenar el pelagianismo. Estrictamente hablando los arminianos podían ser catalogados de ser semipelagianos; pero es probable que los teólogos del Sínodo hayan tenido en mente la conexión que existe entre ambas posturas.

No obstante, el arminianismo no murió allí. Sus doctrinas fueron asimiladas por los bautistas generales en Inglaterra, los menonitas holandeses y, un poco más tarde, por el metodismo wesleyano (aunque este último se aleja aún más de la doctrina reformada de la salvación). Hoy día es la doctrina de la mayoría de las iglesias en América.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

Abraham, mata a tu hijo: entendiendo un mandato impactante | Alex Duke

Algunas personas realmente odian la Biblia. El ateo Richard Dawkins está entre ellos.

Sin embargo, algunas personas realmente aman la Biblia y no solo aman partes de ella, aman cada palabra. Estas personas no son ingenuas ni neandertales que accidentalmente sobrevivieron al siglo XXI. No son deformes ni maliciosas. Simplemente son cristianos normales, nacidos de nuevo.

Una parte de la Biblia que los cristianos normales y nacidos de nuevo realmente aman es una parte que Dawkins realmente odia: Génesis 22.

Aquí está el comentario de Dawkins sobre el pasaje:

“Dios le ordenó a Abraham que hiciera una ofrenda quemada del hijo que había deseado por tanto tiempo. Abraham construyó un altar, le puso leña y ató a Isaac encima de la madera. Su cuchillo asesino ya estaba en su mano cuando un ángel intervino dramáticamente con la noticia de un cambio de planes de último minuto: Dios solo estaba bromeando después de todo, ‘tentando’ a Abraham y probando su fe… Esta vergonzosa historia es un ejemplo simultáneo de abuso infantil, intimidación en dos relaciones de poder asimétricas y el primer uso registrado de la defensa de Nuremberg: ‘Solo estaba obedeciendo órdenes’”.

En la superficie, lo que Dawkins dice aquí puede parecer una lectura razonable, aunque un poco prejuiciada, del texto. Después de todo, sospecho que muchos cristianos se han preguntado alguna versión de estas preguntas en silencio. ¿Entonces, qué hacemos con Génesis 22? ¿Moisés nos muestra belleza o intimidación? ¿Gracia o desgracia? ¿Abuso infantil o una bendición que se transmite por fe de un padre amoroso a un hijo fiel?

Tras la investigación, queda claro que lo que dice Dawkins no es razonable. De hecho, está bastante mal.

Génesis 22 es una “prueba”
Como narrador cuasi-omnisciente, Moisés enmarca los eventos: “Aconteció que después de estas cosas, Dios probó a Abraham…” (Gn 22:1). Es importante destacar que Moisés no dice que Dios castigó a Abraham o que tentó a Abraham.

¿Por qué importa esto? Bueno, cualquier lector con discernimiento se preguntará: ¿Por qué Dios ordena el sacrificio de niños? Eso es algo que haría Moloch, no Yahvé. La pregunta nos molesta. Como un sonido en el motor, nos preguntamos por qué está ahí y si nos está diciendo que algo podría estar terminalmente mal con Dios.

Algunos podrían decir: “Bueno, Dios no le ordenó a Abraham que matara a su hijo en realidad”. Pero esto requiere algo de gimnasia interpretativa a nivel olímpico. Abraham tenía la intención de matar a Isaac; eso está claro. Entonces, ¿cómo desenredamos el nudo de si Dios es inmoral por ordenar una acción inmoral?

La palabra “prueba” es nuestra llave maestra. Dios le ordena a Abraham que haga esto como un exámen de una única pregunta: “Abraham, ¿confías en mí?”. Anteriormente, Abraham obtuvo una “F” en este examen. Recuerda: este es el mismo hombre que mintió sobre su esposa dos veces para protegerse (Gn 12, 20) y se acostó con la sirviente de su esposa porque dudaba que Dios cumpliera su palabra (Gn 16).

Dios le ordena a Abraham que mate a su hijo como un exámen de una única pregunta: ‘Abraham, ¿confías en mí?’

Por supuesto, Dios ya sabe lo que pasará. Moisés podría ser un narrador cuasi-omnisciente, pero Yahvé es un Dios completamente omnisciente. Esta prueba no está llenando un vacío en el entendimiento de Dios; está llenando un vacío en la fe de Abraham.

Puede que estés leyendo esto con el ceño fruncido. Podrías pensar que soy el peor defensor público que existe y que mi defensa del Señor carece de sentido y sensibilidad. Tu mente es como un jurado en desacuerdo. Todavía te preguntas: ¿cómo puede Dios hacer esto? Esto es simplemente… incorrecto.

Si ese eres tú, entonces es probable, un poco como Abraham, que dudas del carácter de Dios. Sabes quién Él dice ser, pero tu experiencia de Él ha acumulado evidencias de lo contrario. Tus circunstancias enjuician al Señor y, a veces, si eres honesto, construyen un caso convincente.

Está bien. Todos hemos estado allí. Quizás Génesis 22 es la prueba de Dios para ti, en la que Él te hace la misma pregunta que le hizo a Abraham: “¿Confías en mí?”.

Sin duda, Génesis 22 pone a prueba la fortaleza del carácter de Abraham. En la solicitud en sí, es como si Dios estuviera afilando su cuchillo asesino, para tomar prestada una frase de Dawkins: “Toma ahora a tu hijo, tu único, a quien amas…” (Gn 22:2). Con cada frase, las chispas vuelan a medida que se afila el cuchillo, a medida que la herida en su corazón se hace más profunda. La petición de Dios aplica una presión increíble al punto más débil de Abraham, esa pregunta constante que se ha hecho a sí mismo durante años: “¿Realmente cumplirá Dios su promesa?”.

¿Cómo respondería Abraham esta vez? ¿Ha cambiado? ¡Sí! “Abraham se levantó muy de mañana, aparejó su asno y tomó con él a dos de sus criados y a su hijo Isaac” (Gn 22:3).

Abraham espera que Isaac muera… y vuelva a la vida
A menos que esté engañando intencionalmente a sus siervos, lo cual no tenemos razón para creer, está claro que Abraham cree que Isaac regresará con él: “Quédense aquí con el asno. Yo y el muchacho iremos hasta allá, adoraremos y volveremos a ustedes” (Gn 22:5).

También queda claro a partir de los hechos siguientes, los cuales Moisés narra detallada y magistralmente hasta generar tensión, que Abraham también creía que mataría a su hijo.

¿Acaso la pregunta inocente de Isaac destruye esta tesis? Con la madera atada a la espalda, pregunta: “Aquí están el fuego y la leña… pero ¿dónde está el cordero para el holocausto” (Gn 22:7). Abraham responde de una forma un tanto enigmática: “Dios proveerá para Sí el cordero para el holocausto, hijo mío” (Gn 22:8).

Quizás Génesis 22 es la prueba de Dios para ti, en la que Él hace la misma pregunta que le hizo a Abraham: ‘¿Confías en mí?’

Estamos cara a cara con una dificultad interpretativa: ¿Es el “hijo mío” de Abraham afectuoso o (para usar un término técnico) aposicional? ¿Está diciendo: “Hijo mío, no te preocupes, Dios proveerá un cordero” o está diciendo, “Dios proveerá un cordero, es decir, mi hijo”? Creo que es la segunda opción, aunque es posible que Abraham originalmente se refería a la primera, pero, mientras la arena se le acababa al reloj de arena, lentamente se dio cuenta de que aunque su corazón había planeado un camino, el Señor había determinado sus pasos.

Cuando llegamos al Nuevo Testamento, cualquier niebla relacionada con Génesis 22 se desvanece. Olvídate del comentario de Richard Dawkins. Aquí está el comentario del autor de Hebreos sobre la concepción milagrosa de Isaac. Debemos comenzar aquí:

“También por la fe Sara misma recibió fuerza para concebir, aun pasada ya la edad propicia, pues consideró fiel a Aquel que lo había prometido. Por lo cual también nació de uno, y este casi muerto con respecto a esto, una descendencia como las estrellas del cielo en número, e innumerable como la arena que está a la orilla del mar” (Hebreos 11:11-12).

¡Ajá! Acabamos de recibir información vital. Pero antes de decirte de qué se trata, debemos seguir leyendo:

“Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía a su único hijo. Fue a él a quien se le dijo: ‘En Isaac te será llamada descendencia’. Él consideró que Dios era poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde también, en sentido figurado, lo volvió a recibir” (Hebreos 11:17-19).

El autor de Hebreos entiende lo que Moisés está haciendo en Génesis 22, y por eso comprende lo que Dios está haciendo en Génesis 22. Él sabe que esto era una “prueba” (Heb 11:17). Pero, ¿cómo sabe que Abraham “consideró que Dios era poderoso para levantar aun [a Isaac] de entre los muertos”?

Dos razones: primero, porque eso es lo que sucedió en el momento, al menos en sentido figurado (Heb 11:19). El cuchillo de matar de Abraham colgaba de manera ominosa sobre el cuello de Isaac (Gn 22:10). Pero luego oyó, no un sonido en el motor, sino un ruido en el matorral (Gn 22:13). Isaac estaba casi muerto, hasta que Dios intervino. ¡Qué misericordia!

Pero hay una segunda razón, la cual considero más esencial, por la que Abraham creía que Isaac sería resucitado. Porque la vida de Abraham había sido definida por la resurrección, y tal vez finalmente se dio cuenta en camino al monte Moriah. Quizás, al escuchar la extraña petición del Señor, la vida de Abraham vino a su memoria y finalmente llegó a la conclusión correcta: Dios puede hacer cualquier cosa, y por eso confío en Él.

Quizás recordó que aunque él y su esposa “eran ancianos [y] entrados en años” y “Sara le había cesado ya la costumbre de las mujeres” (Gn 18:11; Heb 11:11), Dios prometió darle un hijo. Tal vez recordó la risa de Sara cuando escuchó la promesa y su jocosa respuesta: “¿Tendré placer después de haber envejecido, siendo también viejo mi señor?” (Gn 18:12). Quizás incluso recordó la suave reprensión: “¿Hay algo demasiado difícil para el SEÑOR?” (Gn 18:14). Quizás miró hacia atrás en su vida y, por primera vez, vio lo que siempre había estado allí: resurrección, resurrección, resurrección.

La vida de Abraham fue un despliegue de resurrección. Desde el momento en que Dios lo llamó a salir de Ur, Dios había mostrado su poder de resurrección una y otra vez

La vida de Abraham fue un despliegue de resurrección. Desde el momento en que Dios lo llamó a salir de Ur, Dios había mostrado su poder de resurrección una y otra vez. Esa es la razón por la que el autor de Hebreos puede decir que Abraham, al igual que Isaac y Sara, estaba “casi muerto” (Heb 11:12). No tenía un hijo, pero de él nació “una descendencia como las estrellas del cielo en número, e innumerable como la arena que está a la orilla del mar” (Heb 11:12; cf. Gn 22:17). ¡Qué misericordia!

En resumen, Abraham creyó que Isaac moriría y resucitaría porque Abraham sabía que él mismo ya había muerto y resucitado. ¡Él y Sara tuvieron un hijo! ¿Es una resurrección demasiado difícil para el Señor? Por supuesto que no. Entonces, ¿por qué no otra?

¿Qué ves?
Cuando lees Génesis 22, ¿qué ves? Ojalá sea aquello que Abraham vio: que nada es demasiado difícil para el Señor.

Todo esto, por supuesto, es como un letrero de neón que señala la muerte del Hijo unigénito del Padre, Jesús, a quien Él amaba. Las conexiones son tan obvias que casi parecen alegóricas: hay un padre amoroso; hay un hijo obediente caminando hacia su muerte; hay madera atada a su espalda; hay un cordero sustituto.

Pero quizás más predictiva que esos detalles es la ubicación de Génesis 22: el monte Moriah, el futuro lugar del templo (2 Cr 3:1). Esto significa que el sacrificio de Isaac que fue evitado se institucionalizó para el pueblo de Dios a lo largo de las generaciones. Al hacer sacrificios en el templo una y otra vez, la historia y la experiencia de Abraham se convirtieron en suyas. Ofrecieron sacrificios y alabaron a Dios por su provisión continua, una y otra vez.

La muerte de Jesús terminó con todo esto; su sangre removió cualquier necesidad de un sistema de sacrificios repetitivo (Heb 9:11). No hay necesidad de que el sacrificio de Isaac sea institucionalizado para nosotros porque la institución se ha derrumbado, y en su lugar, está Jesús.

Cuando lees Génesis 22, ¿qué ves? Ojalá sea aquello que Abraham vio: que nada es demasiado difícil para el Señor

Así que no hacemos nada para volver a experimentar la salvación. Simplemente creemos y creemos, una y otra vez, y, como Abraham, nuestra fe nos es contada como justicia (Gn 15:6; Gá 3:6). Y, como Isaac, demostramos que somos “hijos de Abraham”. Por eso Pablo le dijo a una iglesia que parecía obsesionada con impresionar a Dios con sus obras:

“Sepan que los que son de fe, estos son hijos de Abraham… Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros, porque escrito está: ‘Maldito todo el que cuelga de un madero’, a fin de que en Cristo Jesús la bendición de Abraham viniera a los gentiles, para que recibiéramos la promesa del Espíritu mediante la fe” (Gálatas 3:7, 13-14).

Entonces, te preguntaré de nuevo: cuando lees Génesis 22, ¿qué ves? Ojala veas una historia del amor de un padre por su hijo, la confianza de un hijo en su padre y una bendición prometida que se transmite por fe de una generación a la siguiente, hasta que llegó hasta ti. ¡Qué misericordia!

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Alex Duke es el director editorial de 9Marks. Vive en Louisville, Kentucky, donde también sirve como director del ministerio de jóvenes y entrenamiento eclesiológico en la iglesia Third Avenue Baptist Church. Puedes seguirlo en Twitter.

¿Por qué hay pastores que no pastorean? | Oscar Morales

¿Por qué hay pastores que no pastorean?

Oscar Morales

Hace aproximadamente unos 15 años solía escuchar a través de la radio casi todos los días a un pastor de una congregación grande de mi país. Sus enseñanzas las consideraba de bastante bendición y mucho conocimiento, por lo que decidí un día ir a su iglesia para poder aprender un poco más. Al llegar a la congregación tomé mi lugar y el servicio empezó, sin embargo no lograba localizar visualmente al pastor. Al terminar el momento de alabanza una señora subió a dar algunos anuncios y luego hizo la presentación del pastor. El pastor salió de una de las puertas de al lado del escenario junto con tres personas más. Estas personas estaban vestidas de la misma forma y tenían walkie-talkies en las manos, uno de ellos llevaba una Biblia, la cual después de dejar al pastor en el púlpito entregó a él. Estos eran lo que hoy conocemos como “escuderos del pastor”, algo que yo en aquel tiempo no tenía ni la menor idea de qué significaba. Después de que el pastor subió, la señora le entregó un vaso de agua y junto con estas personas se sentaron en unas sillas en el escenario, justo detrás del pastor.

Años después, a través de varios amigos, me enteré que este pastor le decía clara y constantemente a la gente que por favor no le buscaran, que su labor era predicar y nada más, el no tenía tiempo ni le gustaba saludar gente. Que la razón de tener a este equipo de personas era para que le ayudaran a que nadie se le acercara después de haber predicado.

¿Un pastor que no pastorea?
¿Puede alguien ser un pastor que no pastorea? Tristemente, esto se mira demasiado. Pero, ¿debería ser así? El llamado pastoral descrito en la Palabra de Dios es un llamado serio del cual todos daremos cuentas de lo que hicimos (Heb. 13:17). Es un llamado en la mayoría de casos a sufrir juntamente con Cristo (1 Co. 16:8-9; 2 Co. 1:8-11; 4:8-11; 6:3-5; 11:16-33). También es un llamado el cual Dios nos advierte que no deberíamos buscarlo con ligereza (Stg. 3:1). Y sumado a todo esto, la Biblia también nos da las características de quienes buscan el llamado, la descripción y las responsabilidades de este llamado (1 Tim. 3, Tito 1, 1 Pd. 5). El que Dios en Su infinita sabiduría y soberanía haya usado la figura del “pastor de un rebaño” para describir la labor del liderazgo de ancianos en la iglesia no es para nada casualidad, y no solo eso, Jesús mismo se describe como “el buen Pastor” (Jn. 10). Esta es una de las más grandes responsabilidades y privilegios que Dios nos ha dado (1 P. 5:3; Jn. 21:15-19). Entonces, surge otra pregunta.

¿Por qué hay pastores que no pastorean?
Las razones pueden ser varias. Desde problemas emocionales, miedo al hombre y a los conflictos hasta la inmadurez, inexperiencia o la peor y más peligrosa razón: simple y sencilla indiferencia. Al final, ellos fueron llamados a enseñar, ocupar el púlpito, ser admirados excesivamente, recibir toda clase de elogios y aplausos, pero ¡Dios guarde que tengan que ensuciarse las manos con las personas que Dios ha permitido que estén bajo su cuidado!

Pueden ser varias las razones, pero al final la raíz creo que es la misma: no han entendido lo que significa ser pastor. El pastorear no es una labor fácil y mucho menos con caducidad de tiempo. El pastorear involucra tiempo, esfuerzo, paciencia, y por sobre todo amor para con el rebaño. Es curioso que Jesús en su conversación con Pedro haya usado dos palabras para enfatizar la labor que por amor a Él debía de hacer, apacentar y pastorear las ovejas.

Cuando Cristo no está sentado en el trono de nuestro corazón por completo, amamos más otras cosas, personas y experiencias que a Él. Probablemente estamos amando más la admiración, la posición, el liderazgo, el reconocimiento, etcétera; cosas que desde el inicio del mundo el mismo diablo ofreció a nuestros primeros padres: “… serán como Dios” (Gn. 3:5), y al mismo Jesús “…todo esto te daré” (Mt. 4:9), a cambio de adorarle a él y desobedecer a Dios.

Pongamos atención a la conversación de Jesús con Pedro, la condición para poder pastorear y apacentar al rebaño era su amor por su Señor. ¿Cómo puede alguien que se dice pastor decir que no tiene tiempo ni ganas ni llamado para atender, escuchar o estar con la gente? ¡Que Dios nos perdone y tenga misericordia!

Pastor, ¿estamos obedeciendo a Dios en nuestras responsabilidades como pastores de Su rebaño? ¿Estamos siendo buenos mayordomos de ese llamado? No tenemos empleados, son ovejas. No tenemos jefes, son ovejas. No tenemos sirvientes, son ovejas. No tenemos sub-ordinados, son ovejas. Ovejas por las cuales nuestro Señor Jesucristo dio su vida por amor y nos encomendó enseñarles, modelarles y amarlos a través de ese mismo mensaje. Recuerdo una vez haber leído una frase de Ed Stetzer que decía:

“El evangelio vino a los griegos y los griegos lo volvieron filosofía. El evangelio vino a los romanos y los romanos lo volvieron un sistema. El evangelio vino a los europeos y los europeos lo volvieron a la cultura. El evangelio vino a América y nosotros lo hemos vuelto un sistema de empresa/negocio.”

Amado pastor, oremos al Señor, arrepintámonos día a día, regresemos a la cruz y el evangelio a cada minuto y preguntémonos si estamos levantando día a día el reino de Jesús en la vida de quienes nos rodean. ¿O es solo nuestro propio reino? Estamos desarrollando más lideres para des-centralizar el liderazgo de la iglesia y poder pastorear adecuadamente al pueblo de Dios ¿o queremos ser “el único”? Te ves como el presidente ejecutivo de una compañía multinacional ¿o te ves como el siervo más humilde que lava los pies de quien incluso lo iba a traicionar? (Jn. 13:1-15) ¿Permites que un Zaqueo pueda compartir su vida contigo? (Lc. 19:1-10). ¿Dejas que los niños se acerquen contigo o sientes que interrumpen y aturden al “siervo de Dios”? (Mt. 19:14). O incluso ¿permites que una mujer con flujo de sangre (considerada sucia) te toque sin decirle a tus “escuderos” que estás muy ocupado? (Lc. 8:43-48).

Recuerda, amado pastor, que de todo lo que hagamos con el rebaño, daremos cuenta un día delante de Dios.

Oscar Morales es pastor en Iglesia Reforma, ha trabajado por más de 20 años en el ministerio. Está casado con Regina, es papá de Alex y Sofía. Disfruta de la música, de los deportes y la tecnología. Lo puedes encontrar en Twitter o en su blog personal.

¿Qué hace que un cristiano sea reformado? | Marty Foord

¿Qué hace que un cristiano sea reformado?

Marty Foord

«Reformado» es una palabra que todo el mundo utiliza de muchas maneras. Pero ¿qué es realmente un cristiano «reformado»?

Históricamente, «reformado» se refiere a una tradición dentro del cristianismo que surgió a raíz de la Reforma del siglo XVI. Espero aclarar lo que significa para ayudarnos a entender algo de lo que ocurrió en la propia Reforma y su importancia para nosotros hoy.

El problema con las etiquetas
Las etiquetas como «reformado» pueden ser utilizadas de forma inapropiada. Algunos cristianos utilizan «reformado» para intimidar a otros. Por ejemplo, algunos la usan para excluir: «Tú no eres realmente reformado porque no crees en la expiación limitada». Otros usan la etiqueta para reclamar superioridad: «Nosotros los reformados afirmamos la gracia de Dios en la salvación, a diferencia de ustedes los arminianos».

Sin embargo, las etiquetas tienen su valor. Nos ayudan a clasificar la información para comprenderla mejor. Tanto «pino» como «eucalipto» son árboles. Pero sus etiquetas nos ayudan a entender las diferencias entre dos tipos de árbol, contribuyendo así a su cuidado y florecimiento. De la misma manera, una etiqueta como «reformado» nos ayuda a identificar las características únicas de una rama dentro de la tradición cristiana y a evaluar si su énfasis y su lectura de las Escrituras favorecen nuestro amor y servicio a Dios.

El problema con “calvinista”
Muchos utilizan la etiqueta «calvinista» como sinónimo de «reformado». Pero esto plantea dos problemas. En primer lugar, «calvinista» fue originalmente un término peyorativo, por lo que carecía de un significado preciso. Con el paso de los años ha ido acumulando aún más carga, lo que ha enturbiado aún más su significado. En segundo lugar, y lo que es más importante, ningún cristiano reformado de los siglos XVI o XVII consideraba que Juan Calvino definiera su tradición en su totalidad. Se le consideraba una figura entre otras como Ulrico Zwinglio, Martín Bucero, Enrique Bullinger, Juan Ecolampadio y Pedro Mártir Vermiglio, que ayudaron a fundar la tradición reformada. Sí, Calvino fue un gigante entre ellos. Pero sus escritos no fueron ni confesionales ni regulativos para los reformados. Calvino no es suficiente.

El problema con el “TULIP”
Muchos sostienen que los llamados cinco puntos del calvinismo son lo que define a un cristiano «reformado». Los cinco puntos son supuestamente un resumen del Sínodo de Dort (1618-1619) utilizando el acrónimo TULIP por sus siglas en inglés: Total depravity (depravación total), Unconditional election (elección incondicional), Limited atonement (expiación limitada), Irresistible grace (gracia irresistible) y final Perseverance (perseverancia de los santos).

Pero hay dos dificultades al utilizar los cinco puntos de esta manera. En primer lugar, el Sínodo de Dort no fue un intento de definir la tradición reformada en su conjunto, sino de resolver una controversia particular (la Remonstranza) en una tradición reformada ya existente. En 1979-1980 hubo una disputa sobre por qué el cricket australiano se jugaba con una bola ocho. Se decidió oficialmente que el cricket en todo el mundo utilizaría una bola seis. Esta controversia resolvió un elemento dentro del juego del críquet. No definió el juego en su totalidad. Por lo tanto, el críquet no puede definirse simplemente como «una bola seis». Es mucho más que eso. Así es la relación de Dort (TULIP) con la tradición reformada. No definió la totalidad de la tradición, sino que resolvió un elemento de la misma. De modo que, los cinco puntos del calvinismo por sí solos no determinan si una persona es reformada.

Cuando una media verdad se toma como una verdad absoluta, se convierte en una falsedad

El segundo problema con usar los cinco puntos del calvinismo es que este resumen en inglés de un documento en latín, con su acrónimo TULIP, no logra transmitir los matices de Dort. Los «cinco puntos» y el acrónimo «TULIP» se desarrollaron cientos de años después de Dort, y eliminan importantes distinciones hechas en Dort. Tomemos, por ejemplo, el tercer punto, el más controversial: la «expiación limitada». Ningún teólogo de los siglos XVI y XVII utilizó jamás la palabra «limitada» en referencia a la muerte de Cristo. Todos los teólogos reformados estaban de acuerdo en que, en cierto sentido, la expiación tenía una suficiencia infinita a la vez que, en otro sentido, una eficacia solo para los elegidos. Estas dos afirmaciones permitían diversas posturas sobre el alcance de la expiación, pero excluían la postura arminiana (o remonstrante). Así pues, el eslogan «expiación limitada» no transmite las afirmaciones suficientes y eficientes de Dort. Y cuando una media verdad se toma como una verdad absoluta, se convierte en una falsedad.

Acerca de ser reformado
¿Qué hace, entonces, que un cristiano sea reformado? Si la tradición reformada surgió de la tradición cristiana protestante (en la Reforma), en primer lugar debemos saber cómo definir la tradición cristiana y, en segundo lugar, la tradición protestante.

Cristianismo católico

La tradición cristiana también se conoce como «católica», en el sentido de universal y no romana. Históricamente, el cristianismo católico se expresa en el Credo Niceno. Fue redactado en los concilios de Nicea (325 d. C.) y Constantinopla (381 d. C.) contra la herejía arriana. Este credo contiene un resumen del evangelio trinitario. Establece los límites de las creencias de la tradición cristiana que engloba a protestantes, católicos romanos, ortodoxos orientales, y a la antigua Iglesia de Oriente. Dado que las tradiciones no trinitarias, como los Testigos de Jehová y el mormonismo, no pueden afirmar el Credo Niceno, no pueden ser llamadas cristianas.

Cristianismo protestante

La tradición protestante dentro del cristianismo surgió en la Reforma del siglo XVI encabezada por Martín Lutero. Los reformadores se llamaban a sí mismos «evangélicos» mucho antes de que se utilizara el término «protestante», para mostrar que el evangelio (euangelion) era fundamental para su comprensión de las Escrituras y la teología.

La tradición protestante suele distinguirse por las clásicas «solas»: Escritura sola, gracia sola, Cristo solo, fe sola. Afirma que solo la Escritura es la autoridad suprema (no la única) para los creyentes, y que la salvación es por la gracia sola de Dios debido a la obra sola de Cristo recibida por la fe (o confianza) sola. En oposición a esto, el catolicismo romano defiende la autoridad suprema de la Escritura y la tradición, así como la salvación por la fe y por las buenas obras del creyente (incluso si son impulsadas por el Espíritu).

Cristianismo reformado

Sin embargo, en la Reforma surgieron dos tradiciones dentro del campo protestante: la luterana y la reformada. Lo que originalmente distinguía a ambas no era la predestinación, sino la Cena del Señor. Lutero y sus seguidores sostenían que el cuerpo y la sangre de Cristo estaban físicamente presentes en el pan y el vino (la presencia real). Mientras que representantes reformados como Zwinglio, Bullinger y Calvino negaban esto. Pero «la presencia real» era tan importante para Lutero y sus seguidores que llevó a una separación oficial entre luteranos y reformados.

Los límites de las creencias de la tradición luterana se definieron oficialmente en el Libro de la Concordia (1580), una colección de confesiones importantes y afirmaciones luteranas. Sin embargo, como la tradición reformada abarcaba varias comunidades geográficas distintas (en Francia, Escocia, Inglaterra, Renania y los Países Bajos, por nombrar algunas), cada grupo elaboró su propia confesión. De ahí que la tradición reformada se caracterice por una serie de confesiones: la Confesión Gálica (o Francesa) (1559), la Confesión Escocesa (1560), la Confesión Belga (1561), los Treinta y Nueve Artículos (1563), el Catecismo de Heidelberg (1563) y la Segunda Confesión Helvética (1566). A estas confesiones fundacionales se añadió el Sínodo de Dort (1618/9), que resolvió una controversia particular en una tradición ya existente. Posteriormente se refinó con las grandes confesiones del siglo XVII, como la Confesión de Fe de Westminster (1647) para los presbiterianos, la Declaración de Saboya (1658) para los congregacionalistas y la Confesión de Fe Bautista de Londres (1689) para los bautistas reformados.

Así pues, un cristiano es reformado si es capaz de afirmar una o varias de sus principales confesiones. Podemos diagramar esto de la siguiente manera:

Cuando definimos la tradición reformada de este modo, se derivan varias implicaciones importantes. En primer lugar, ser reformado no tiene que ver únicamente con la predestinación. Las confesiones reformadas fundacionales incluyen también una comprensión particular, por ejemplo, de la iglesia, del ministerio y de los sacramentos, gran parte de lo cual se ha perdido para muchos que dicen ser reformados.

En segundo lugar, los que pertenecen a la tradición reformada son libres de discrepar sobre muchas cuestiones sobre las que las confesiones reformadas divergen o no definen. Por ejemplo, tanto los bautistas como los paidobautistas pueden ser reformados. Los presbiterianos, congregacionalistas y episcopales pueden ser reformados. En cuanto al alcance de la expiación, los seguidores de John Owen, Moïse Amyraut y John Davenant encajan en la tradición reformada. Los que niegan o afirman el llamado «pacto de obras» son reformados en conjunto. Tanto los que afirman la simple como la doble predestinación son reformados. Todos estos debates son intramuros o dentro de la propia tradición reformada.

En tercer lugar, las doctrinas exclusivas de la tradición reformada no tienen tanto peso como las que definen la catolicidad. Por ejemplo, la doctrina nicena de la Trinidad es mucho más importante que las opiniones sobre «la presencia real» de Cristo en la Cena (que no carecen de importancia).

Publicado originalmente en The Gospel Coalition Australia. Traducido por Equipo Coalición.
Marty Foord es profesor de Teología en el Evangelical Theological College Asia de Singapur. Antes de que existiera la World Wide Web, trabajaba en informática. Pero entró en el ministerio anglicano en 1996. Marty está casado con Jenny, y le encanta pasar tiempo con ella. A Marty y Jenny les encanta servir juntos al pueblo de Dios en la iglesia local.

Tres cosas para recordar al consolar a personas en duelo | Randy Alcorn

Tres cosas para recordar al consolar a personas en duelo

Randy Alcorn

“Gócense con los que se gozan y lloren con los que lloran” (Ro. 12:15). Tendemos a ser mejores en el regocijarnos. Como no nos gusta sentir dolor, tendemos a ignorar el dolor de los demás. Pero ellos necesitan que nos convirtamos en los brazos de Cristo para ellos.

Aquí hay tres cosas que debemos recordar cuando somos llamados a consolar a aquellos que están en duelo:

  1. Ignorar el dolor de alguien es añadir a ese dolor.
    En lugar de temer que digamos algo equivocado, deberíamos acercarnos a las personas que están en dolor. Muchas veces es mejor simplemente poner nuestros brazos alrededor de alguien y llorar con ellos; las personas casi siempre aprecian cuando reconoces su pérdida. Siempre que tu corazón esté en el lugar correcto, decir algo es casi siempre mejor que decir nada.

En lugar de temer que digamos algo equivocado, deberíamos acercarnos a las personas que están en dolor.

La gente necesita sentirse amada. Un niño en dolor necesita sentir los brazos de su padre alrededor de él. Cuando el padre está ausente, puede dejar palabras de amor escritas, como Dios lo ha hecho en su Palabra. Sin embargo, también puede pedirle a los hermanos y hermanas mayores del niño que expresen su amor hacia su hijo.

  1. Hay un tiempo para el silencio, para solo sentarse y escuchar, y llorar con los que lloran.
    A menudo condenamos a los amigos de Job, pero debemos recordar que ellos empezaron bien. Cuando vieron su miseria, lloraron en voz alta. Y luego, durante siete días y noches, se sentaron con él, en silencio, expresando sin palabras su preocupación por él (Job 2:11-13).

Si no sabemos qué decirle a un amigo en crisis, recuerda que mientras los amigos de Job permanecieran callados, le ayudaron a soportar su dolor. Más tarde, cuando comenzaron a dar consejos y reprensión no solicitada, Job no solo tuvo que lidiar con su sufrimiento, sino con respuestas engreídas de sus amigos, lo que aumentó su sufrimiento.

Cuando alguien en dolor expresa crudamente sus emociones, no debemos regañarlos. Los amigos dejan que sus amigos compartan sus sentimientos honestos. Cuando la corrección prematura y equivocada de los amigos de Job hirió a Job, ellos no tuvieron suficiente tacto para decir “lo siento”, y luego callarse. Ellos continuaron haciendo daño. Job les dijo: “Consoladores molestos son todos ustedes” (Job 16:2).

Darrell Scott me contó que después de que su hija Rachel fuera asesinada en Columbine, la gente a menudo le citaba Romanos 8:28. No estaba listo para oírlo. Cuán triste es que un verso tan poderoso, citado descuidada o prematuramente, se convierta en una fuente de dolor cuando debería ofrecer gran consuelo. Piensa en las verdades de Dios como herramientas. No uses un martillo cuando necesites una llave. Sobre todo, no utilices algunas de ellas cuando necesites darle a alguien un abrazo, una manta, o una comida, o simplemente llorar con ellos.

Los amigos dejan que sus amigos compartan sus sentimientos honestos.

Por otro lado, Nancy Guthrie dice que las personas que sufren deben extender gracia a los consoladores insensibles que les hacen daño. Lo último que necesita una persona afligida es llevar la carga del resentimiento. “Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo” (Ef. 4:32).

  1. No te desaparezcas ni evites a tu amigo que te necesita ahora más que nunca.
    Mi madre murió en 1981, cuando yo era un pastor joven. Diez años antes, no mucho después de convertirme en cristiano, tuve el gozo de conducir a mi madre a Cristo. Crecimos juntos, leyendo y discutiendo las Escrituras y grandes libros, orando y riendo juntos, y luego discutiendo sobre mis hijas, sus nietas, Karina y Angela. Cuando ella murió, lloré mi pérdida, la de mi esposa, y sobre todo la de mis hijas. Sentí que arrancaron una parte de mí.

Cuando entré en la iglesia ese primer domingo después de la muerte de mamá, sentí como si mi presencia separaba el Mar Rojo. En lugar de saludarme calurosamente en su manera habitual, la gente se hizo a un lado. Sabía que lo hacían porque no sabían qué decir, pero eso magnificó mi soledad.

La mayoría de nosotros hemos visto a amigos desaparecer cuando más los necesitábamos y, sin querer, hemos hecho lo mismo con otros. Si te encuentras en la posición de no querer hacer una llamada telefónica cuando te enteras de la crisis de alguien, recuerda que cualquier expresión de preocupación es mejor que ninguna. Cuando las personas pierden a un ser querido, no quieren “seguir adelante” como si la persona nunca hubiera existido. Usualmente quieren y necesitan hablar de ellos, aunque hacerlo les haga llorar.

Originalmente publicado por Eternal Perspectives Ministries, donde también puedes leer una extensa lista de libros (en inglés) recomendados por el autor. Traducido por Diana Rodríguez.

Randy Alcorn es el autor de más de 40 libros y también el fundador y director de Ministerios Eterna Perspectiva. Él ama a Jesús, su esposa Nanci, sus hijos, y sus cinco nietos.