Una pregunta cada vez más común en medio nuestro es esta de si se “nace o se hace” homosexual. Si bien en algún momento me interesó mucho el llegar a una conclusión definitiva sobre si alguien nace con esta tendencia genética o si es algo que surge como resultado de factores externos, creo que un enfoque más fructífero es definir lo que es natural de acuerdo a la Palabra.
Definiendo natural
Romanos 1 nos muestra que todo pecado es la consecuencia de restringir la verdad (Ro. 1:18) y de intercambiar al Creador por lo creado (Ro. 1:22-25). Pablo muestra que el homosexualismo es el pecado más explícito sobre el intercambio trágico que hacemos del propósito original (hombre y mujer, comparado con vivir para Dios) por un propósito distorsionado (hombre con hombre o mujer con mujer, comparado con vivir para lo creado). De modo que lo que no es natural en el propósito de Dios se ha vuelto natural para nosotros. Esta naturalidad para el hombre, de hecho, es el juicio mismo de Dios (Ro. 1:28).
Por tanto, si me preguntan si alguien ya nace con una tendencia al homosexualismo, mi respuesta tendría que ser “sí”. ¿Por qué? Porque todo pecado en nuestra vida será un reflejo de lo que es natural para nosotros, es decir, un reflejo de nuestra naturaleza de pecado. Solo que son diferentes pecados los que son naturales para cada quien. Con esto no estoy negando que haya factores externos que contribuyan a motivarnos hacia ciertos pecados. Pero esos factores simplemente están facilitando y amplificando lo que ya existía en nuestra naturaleza desde un principio.
Así nos ilustra Salmos 51:5: “He aquí, yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre”. Desde que nacemos, nuestra inclinación natural es hacia el pecado, aunque sean diferentes pecados para cada quien, y algunos parezcan más o menos serios o sean más o menos aceptados por los demás.
La lujuria es una batalla de todos
Alguien preguntará: “¿Cómo puede ser malo si es natural?”. Tendríamos que preguntarnos también si es natural el deseo sexual por el sexo opuesto. Por supuesto que es natural. Pero todo lo que está fuera del orden y diseño de Dios para el sexo dentro del matrimonio es pecado. Por lo tanto, mi deseo sexual “natural” por mujeres que no son mi esposa es pecado y no lo puedo justificar simplemente porque “así nací”, aunque es cierto (Pr. 5:15-23).
La gracia y el poder del Espíritu Santo en la vida del cristiano no son evidentes por la ausencia completa de una tendencia hacia el pecado, sino por la batalla que se desata cada día en contra de esa naturaleza en nosotros. El hacer morir las obras de la carne por el Espíritu en nosotros (Ro. 8:13) no sucede una vez al comienzo de nuestra vida cristiana, sino todos los días.
Aunque hemos nacido con una naturaleza que nos lleva a pecar, Dios nos invita a en el evangelio a nacer de nuevo en una naturaleza que ya no es dominada por el amo del pecado, sino por el Espíritu que nos lleva a amar a Dios y su justicia sobre de todas las cosas (Ro. 6:16-23).
Llevemos este mensaje de esperanza a una sociedad que se ha rendido ante lo que satisface la naturaleza con que nacieron. Ellos no saben que Dios satisface más.
Recuerdo hace muchos años preguntarle a mi hermano que si no nos íbamos a aburrir en el cielo de adorar a Dios. Le pregunté con algo de miedo, porque no quería ser irrespetuoso con Dios. Pero me sonaba como que con el tiempo iba a ser aburrido pasarme el día entero “adorando a Dios”. En aquel momento, lo que yo conocía como adoración musical era más bien seco y frío, solo con himnos y sin instrumentos. Y una eternidad cantando himnos con pistas no me sonaba tan hermoso.
Con el tiempo, he notado que esta forma de pensar del cielo como el lugar donde pasaremos la eternidad solo cantando es lo que piensa la mayoría de los cristianos a nuestro alrededor. Pero eso no es lo que revela todo el consejo de Dios. Permíteme hacer esta analogía para introducir:
Cuando cumplí 18 años, por mi tercer año en la universidad, me regalaron mi primer vehículo: un Volkswagen Polo 2001. En su momento, yo amaba ese carro. Ya no tenía que andar en transporte público y en taxis. Por los primeros meses estuve extasiado con mi vehículo, y –a pesar de que no me gusta eso de estar lavando y decorando carros– lo mantenía bien limpio y cuidado. Pero al poco tiempo me dio el primera problema: una falla en el motor que me costó un par de miles de pesos (menos de 100 dólares). Al poco tiempo, difícilmente pasaba un mes sin pasar por el taller. El día que cumplí 19 años, recuerdo que aquel Volkswagen estaba en el taller por un trabajo de más de 400 dólares. Hubo un tiempo que el carro tenía una falla que hacía que cuando llovía afuera, se entrara el agua. En una ocasión tuve que manejar unas 8 millas sosteniendo la puerta, porque no quería cerrar. Y así, poco a poco yo dejé de disfrutar mi carro. Aunque estaba agradecido de él, los problemas que me daba lograron que ya yo no lo quisiera más.
Unos años después tuve la oportunidad de cambiarlo, y mi esposa y yo adquirimos un Toyota Camry del 2004 (por ahí por el 2010). Este carro fue bien fiel y nunca me dio ningún problema grave, por lo que lo aprecié más que aquel Volkswagen Polo. Al ser un poco más nuevo y de mejor calidad, la experiencia fue mucho mejor. Y hace poco tuve la oportunidad de probar un Tesla del año totalmente nuevo, un vehículo que es una maravilla de la ingeniería y la electrónica, con un confort increíble, que hacía mi Camry lucir como una motocicleta. Habrá que ver cómo serán los carros nuevos en unos 20 años.
¿Qué tiene que ver eso con el cielo? Mira lo que nos enseña el Libro de Apocalipsis:
“Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo. Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: “El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y El habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. El enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado…Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, y tenía la gloria de Dios. Su fulgor era semejante al de una piedra muy preciosa, como una piedra de jaspe cristalino”, Apocalipsis 21:1-4, 10-11.
Cuando los cristianos hablan del cielo, usualmente se refieren al cielo nuevo y tierra. Apocalipsis nos habla de este hermoso lugar donde moraremos por la eternidad en la presencia misma del Dios santo. Un lugar sin dolor y sin llanto, donde Jesús mismo morará entre nosotros, sin necesidad de sol porque Él será nuestra luz, ni de templo porque el Señor y el cordero están ahí. Tampoco habrá allí nada inmundo, sino solo aquellos con su nombre escrito en el Libro de la Vida. Este es el cielo: el cielo nuevo y tierra nueva.
Volviendo al ejemplo de los vehículos: El Tesla último modelo que probé era bastante diferente a mi Camry: era un carro nuevo, por el que no había que preocuparse por alguna falla, con piloto automático, cámaras en todos lados, y un increíble sistema de sonido… pero seguía siendo un carro. Con un motor, gomas (o llantas), con las habilidades de llevarnos del punto A al punto B. La tierra nueva es un lugar increíble, pero es una tierra. Y allá haremos lo mismo que hacemos aquí en la tierra (que no sea pecaminoso o producto del pecado), pero un millón de veces mejor.
¿Qué encontramos ahí en la tierra nueva? Una ciudad que tiene la gloria de Dios. No sabemos exactamente cómo luce esa gloria de Dios. Sí he visto cosas que me han dejado con la boca abierta, que uno puede decir “eso es glorioso”. Pero todo eso se queda corto de la gloria de Dios. ¿Qué es un rayo de luz comparado con el sol? Y al apóstol Juan nos dice que esta ciudad tiene la gloria de Dios, y que su brillo es tal como el de una piedra preciosa. Lo que nos depara por la eternidad es una ciudad tan hermosa como una piedra preciosa.
Pero volvemos otra vez al punto: es una ciudad. ¿Qué hay en una ciudad? Hay trabajo. Tal vez te sorprenda que va a haber trabajo en el cielo, pero no hay ninguna razón para pensar que no. Cuando Dios creó el Jardín del Edén, era un lugar perfecto donde todas las cosas funcionaban para el bien de Adán y Eva, y los animales se sometían a ellos, y las frutas eran increíblemente buenas, y no había pecado. Y allí Dios ordenó al hombre trabajar al ejercer domino sobre la tierra y nombrar los animales. Lo que sucedió en Génesis 3 es que el pecado corrompió e hizo más difícil el trabajo, pero el trabajo no es una consecuencia de la caída. El trabajo que haremos en el cielo no será como el de ahora, donde la tierra nos da problemas. Más bien será un trabajo que disfrutemos, que seremos perfectamente capaces de hacerlo bien, sin pesar ni dolor ni quejas. Un trabajo que entenderemos y que resultará excelente.
¿Qué más hay en una ciudad? Relaciones. En el cielo tendremos relaciones unos con otros. Así como era posible reconocer a Jesús en su cuerpo glorificado (Jn. 20:16), nosotros tendremos un cuerpo como el de Él (1 Co. 15:49-53), nos reconoceremos unos a otros, y no solo eso, también reconoceremos a los santos que ya han muerto. Para mí es increíble pensar que en la eternidad yo voy poder ver a mi esposa de frente y la voy a amar más de lo que la amo hoy, pero yo voy a amar a cualquier otro cristiano igual como amo a Patricia (cp. Mt. 22:30). Y también me voy a sentar a hablar con Charles Spurgeon, y con Jonathan Edwards, y con Agustín, y con muchos de mis hermanos (como tú) de quienes podré aprender por la eternidad.
¿Qué más hay en una ciudad? Comida y bebida y risas y compartir y música. Los mejores chistes que nunca se hayan dicho se dirán allá; chistes sanos sin ningún tipo de pecado. La mejor comida que jamás haya existido (cp. Mr. 14:25; Ap. 22:1-3. Sí debo admitir que no estoy seguro cómo funcionará eso, ya que no hay muerte). Al tener cuerpos glorificados, las mejores competencias de deporte se harán allá, sin importar quién “gane”, y nadie va a perder.
¿Qué más habra en el cielo nuevo y tierra nueva? Una naturaleza sin pecado. Podremos ver y tocar los leones y las ballenas y los canguros y las avestruces, todas al servicio del Hijo del Hombre y sus hermanos.
En el cielo va a estar todo lo que toda la vida hemos deseado pero nunca podemos alcanzar. Como esos caramelos engañosos que uno prueba y prueba y te dan un toque del saber que uno quiere, pero nunca la totalidad Y uno busca más y más con tal de encontrar ese saborcito. En el cielo estará el sabor real de aquello que nosotros apenas probamos hoy.
Un último detalle, el más importante de todos. Lo que hace al cielo el cielo es que Dios va a estar ahí.
Él será la luz que ilumine.
Él será quien nos diga qué trabajos haremos.
Él estará en nuestras reuniones, y será el centro de nuestras conversaciones. Y será la razón de nuestra alabanza y nuestro gozo.
Nosotros tendremos toda la eternidad para aprender de Él, y después de mil años de aprendizaje, apenas estaremos en el principio de la uña del meñique. Y seguiremos con todas las ganas del universo de seguir aprendiendo. Pero no para tener más conocimiento, sino para poder apreciar cada vez más y mejor lo increíble de su sacrificio en la cruz (Ap. 5:9-14).
Entonces, ¿qué vamos a hacer en el cielo? Lo mismo que le pregunté a mi hermano: adorar a Dios. Pero recuerda que adorar no es solo levantar las manos: al hablar, al reír, al leer, al vivir, se supone que yo estoy adorando a Dios. Y eso es lo que haremos por la eternidad: adorar a Dios con todo lo que somos y con todo lo que hagamos.
JAIRO NAMNÚN
Jairo sirve como director ejecutivo de Coalición por el Evangelio. Sirve en la Iglesia Bautista Internacional en República Dominicana y es graduado del Southern Baptist Theological Seminary con una maestría en estudios teológicos. Está casado con Patricia. Puedes encontrarlo en Twitter.
“La Biblia es la Palabra de Dios, la cual se equivoca”. Desde la venida de la teología neo-ortodoxa a principios del siglo XX, esta afirmación se ha convertido en un mantra entre aquellos que quieren tener una visión elevada de la Escritura y a la vez evitar la responsabilidad académica de afirmar la infalibilidad bíblica y la inerrancia. Pero afirmar esto es un oxímoron por excelencia.
Volvamos a examinar esta fórmula teológica insostenible. Si eliminamos la primera parte, “La Biblia es”, obtenemos “la Palabra de Dios, la cual se equivoca”. Si lo analizamos más y tachamos “la Palabra de”, y “la cual”, llegamos a la conclusión final:
“Dios se equivoca”.
Pensar que Dios se equivoca de alguna manera, en algún lugar, o en alguna cosa que haga es repugnante tanto para la mente como para el alma. Aquí la crítica bíblica alcanza el punto más bajo del vandalismo bíblico.
¿Cómo podría una criatura sensata concebir una fórmula que habla de la Palabra de Dios como errante? Parecería obvio que si un libro es la Palabra de Dios, no pudiera (en efecto, no puede) errar. Si se equivoca, entonces no es (de hecho, no puede ser) la Palabra de Dios.
Atribuir a Dios cualquier error o falibilidad es teología dialéctica extrema.
Tal vez podamos resolver la antinomia diciendo que la Biblia se origina en la revelación divina de Dios, que lleva la marca de su verdad infalible, pero esta revelación es mediada por autores humanos que, en virtud de su humanidad, manchan y corrompen esa revelación original por su inclinación al error. Errare humanum est (“Errar es humano”), gritó Karl Barth, insistiendo que al negar el error, uno se queda con una Biblia doceta, es decir, una Biblia que simplemente “parece” ser humana, pero que en realidad es el producto de una humanidad fantasmal.
¿Quién argumentaría en contra de la propensión humana al el error? De hecho, debido a esa propensión existen los conceptos bíblicos de la inspiración y la superintendencia divina de la Escritura. La teología clásica ortodoxa siempre ha sostenido que el Espíritu Santo supera el error humano al producir el texto bíblico.
Barth dijo que la Biblia es la “Palabra” (verbum) de Dios, pero no las “palabras” (verba) de Dios. Con esa gimnasia teológica quería resolver el dilema insoluble de llamar a la Biblia la Palabra de Dios, que al mismo tiempo se equivoca. Si la Biblia es errante, entonces es un libro de reflexión humana sobre la revelación divina, solo otro volumen humano de teología. Puede tener un profundo conocimiento teológico, pero no es la Palabra de Dios.
Los críticos de la inerrancia argumentan que la doctrina se inventó en el escolasticismo protestante del siglo XVII, donde la razón superó la revelación, lo que significaría que no era la doctrina de los reformadores magisteriales. Por ejemplo, señalan que Martín Lutero nunca usó el término inerrancia. Eso es correcto. Lo que dijo fue que las Escrituras nunca se equivocan. Juan Calvino tampoco usó el término. Dijo que deberíamos recibir la Biblia como si escucháramos las palabras audibles viniendo de la boca de Dios. Los reformadores, entonces, no usaron el término inerrancia, pero articularon claramente el concepto.
Ireneo vivió muchos antes del siglo XVII, al igual que Agustín, el apóstol Pablo, y Jesús. Ellos, entre otros, enseñaron claramente la veracidad absoluta de la Escritura.
La defensa de la inerrancia de parte de la iglesia descansa sobre la confianza de la iglesia en la visión de la Escritura sostenida y enseñada por Jesús mismo. Queremos tener una visión de las Escrituras que no sea ni más alta ni más baja que el punto de vista de Jesús.
La plena confianza de las Sagradas Escrituras debe ser defendida en cada generación, contra toda crítica. Esa es la genialidad del libro The Inerrant Word: Biblical, Historical, Theological, and Pastoral Perspectives [La palabra inerrante: Perspectivas bíblicas, históricas, teológicas, y pastorales]. Debemos escuchar atentamente a esta reciente defensa.
Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por Hugo Ochoa.
Imagen: Lightstock.
En las distintas etapas históricas en las que se escribió la Biblia no existían los avances científicos y tecnológicos para llevar a cabo trasplantes de órganos, así que la Escritura no se pronuncia a este respecto y guarda silencio (al igual que en muchos otros temas). Así, no hay una prohibición expresa ni tampoco una autorización expresa, simplemente no hay nada al respecto.
Entonces, ¿de qué manera debemos afrontar estas preguntas razonables?
Es cierto: la Biblia no da una respuesta directa a esta situación. Sin embaego, existen principios contenidos en ella que nos arrojan luz para nuestro caminar (Sal. 119:105). La Biblia no es un manual de “Haga/No Haga”, sino una revelación específica, clara y directa sobre quién es Dios, su carácter, y las formas en que Él se ha relacionado con la humanidad a lo largo de la historia.
Debemos tener eso en mente cuando nos encontramos con cuestionamientos como estos. Conocer a Dios tendrá como consecuencia, entre otras, una repercusión en la forma que entendemos nuestro entorno y nos relacionamos con nuestro prójimo.
A la hora de responder si debemos o no donar órganos de nuestro cuerpo, hay al menos dos situaciones que merecen ser observadas: (1) La moralidad de la práctica (bioética) y, (2) Cuestiones sobre la resurrección.
Cuestiones éticas
En la cuestión bioética debemos decir que aun cuando la acción de donar órganos no es moral o inmoral en sí misma —no contraviene principio bíblico alguno—, quien desee hacerlo deberá documentarse de manera nutrida y tomar una decisión informada. Por un lado, puedes y debes considerar cuánto beneficio temporal pudiera traer tu donación a la vida de otro ser creado a la imagen de Dios. A la vez, puedes y debes considerar cómo tu familia puede verse afectada por esta decisión.
De más está decir que es sabio pedir consejo directo a aquellos creyentes con quienes se está en constante comunión y comunidad. En este caso, la donación es más una cuestión de conciencia. Si tu conciencia te acusa, la Biblia es muy clara sobre cómo proceder al respecto: no lo hagas (Romanos 14:22-23).
Cuestiones de la resurrección
La segunda “pregunta detrás de la pregunta” se relaciona con la resurrección. Dado que la esperanza que todo creyente en Cristo tiene es precisamente la resurrección (1 Cor. 15:12-19), tiene mucho sentido que surjan dudas acerca de la misma, y propiamente acerca de nuestros cuerpos al resucitar. ¿Será necesario para un cuerpo resucitado un páncreas, un hígado, o un estómago? ¿Serán necesarios en la eternidad los riñones y las córneas?
A este respecto, la Biblia sí se pronuncia abiertamente y nos dice que nuestro cuerpo será uno distinto a este cuerpo terrenal (1 Corintios 15:40-50); que resucitará en semejanza al cuerpo glorioso de Jesucristo (Efesios 3:20-21); que en la eternidad ya no habrá llanto, tristeza, muerte ni, por ende, enfermedad (Apocalipsis 21:3-4).
Ambos puntos son temas que se deben abordar con delicadeza y con respeto, pero siempre a partir de la sabiduría que la propia Palabra de Dios nos revela, en concordancia con la búsqueda oportuna del consejo correspondiente.
Amar al prójimo siempre
A través de su Palabra, Dios nos revela que amar al prójimo como a nosotros mismos no es una opción, sino un mandato (Levítico 19:18; Marcos 12:31; Lucas 10:27). Si se permite, en un sentido amplio y extensivo, la donación se puede considerar como una forma de amor póstumo hacia el prójimo.
Al hacer entrevistas para preparar esta respuesta, un amigo pastor me dijo algo que merece la pena analizar: “Dios es tan sabio, que al crearnos nos dio dos riñones, sabiendo que podemos funcionar perfectamente solamente con uno”. Esa afirmación me hizo pensar en los casos en que padres han donado un riñón a hijos, hermanos a hermanos, tíos a sobrinos, etcétera.
Tanto donador como receptor pueden seguir llevando vidas normales (con los respectivos cuidados) con un solo riñón. Creo, a título personal, que amar al prójimo no se limita únicamente a tratar bien a alguien, o a no murmurar en contra de alguien, o a servirle a alguien que muchas veces nos ha ofendido. ¿Podría ser la donación de órganos una forma más de amar al prójimo?
En la eternidad será distinto
Como consecuencia de la caída, todos vamos a morir. Sin embargo, como creyentes sabemos que seremos levantados un día en semejanza a la gloria del Unigénito de Dios, en quien, y a través de quien hemos sido adoptados, y que nuestros cuerpos ya no tendrán las necesidades que actualmente tenemos.
Sobre la base que se considera en Romanos 14:22-23, se puede proponer que la decisión final la debe tomar en lo personal cada creyente, luego de haberse informado y haber buscado sabiduría en el consejo bíblico de sus hermanos, tomando en cuenta que, en la eternidad, nos bastará la presencia de aquel que nos llamó de tinieblas a luz y la realidad será que no necesitaremos absolutamente nada más.
Pablo Gutiérrez es Abogado y Notario en Ciudad de Guatemala; apasionado por la música y las artes, apologeta en ciernes y apasionado por la Gran Comisión. Puedes seguirlo en Twitter.
Aunque muchos que profesan la fe de Cristo se sentirían profundamente ofendidos si alguien los tildara de legalistas, lo cierto es que todos los creyentes tenemos que lidiar con ese problema de un modo u otro y en un grado o en otro. En una forma muy sencilla podemos decir que el legalismo consiste en tratar de ganar el favor de Dios a través de nuestra obediencia, ya sea obedeciendo las leyes de Dios o un conjunto de reglas inventadas por los hombres.
El problema del legalista es que no descansa plenamente en la obra de Cristo para ser aceptado por Dios o para ser bendecido por Él, sino en su propia conformidad a un estándar de conducta previamente establecido. Mientras el evangelio nos mueve a la obediencia por el hecho de haber sido aceptados por Dios de pura gracia, el legalismo nos dice que debemos obedecer para ser aceptados.
En el evangelio la aceptación delante de Dios viene primero y la obediencia después. En el legalismo es a la inversa: la obediencia viene primero para lograr ser aceptados. Todo gira en torno a lo que hacemos o a lo que dejamos de hacer. Eso fue lo que sucedió con los creyentes en Galacia; abrazaron inicialmente el mensaje de la salvación únicamente por gracia, por medio de la fe. Pero luego comenzaron a pensar que debían regresar a la ley para poder avanzar en sus vidas cristianas. Y Pablo los amonestó duramente por eso:
“¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne? ¿Tantas cosas habéis padecido en vano? si es que realmente fue en vano. Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?”, Gálatas 3:1-5.
Un peligro real
¿Saben qué? Todos nosotros corremos el peligro de caer en el mismo error, porque el evangelio es contra intuitivo. Todos nosotros tenemos una vocecita interna que nos dice: “Por supuesto que la salvación es un don gratuito que Dios concede de pura gracia a los confían en Jesús, pero…”. Y es en ese “pero” donde está el problema, porque lo que sigue usualmente es una lista de cosas que tú debes hacer para que Dios te mire con buenos ojos.
Todo el tiempo debemos estar acallando esa vocecita, sustituyendo el “pero” con un “por tanto”: “Por supuesto que la salvación es un don gratuito que Dios concede de pura gracia a los confían en Jesús, por tanto, ahora somos libres para obedecer a Dios y vivir para Él”.
Aunque los dos mensajes se parecen, la realidad es que plantean dos maneras muy distintas de vivir la vida cristiana. Por supuesto que los creyentes verdaderos se preocupan por su santidad personal y, precisamente por eso, toman en serio la obediencia a los mandamientos de Dios (cp. Jn. 14:21-23; Rom. 7:12, 22; 2Cor. 7:1; 1Jn. 2:3-6). Pero esa obediencia no es meritoria. Somos aceptos en la presencia de Dios, y bendecidos cada día por Él si somos creyentes, únicamente por causa de Cristo; no por nuestro desempeño, como enseña el legalismo.
Sugel Michelén (MTS) es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Ha sido por más 30 años uno de los pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios en el día del Señor. Es autor de Palabras al Cansado, Hacia una Educación Auténticamente Cristiana y un libro ilustrado para niños titulado La más Extraordinaria Historia Jamás Contada. El pastor Michelén y su esposa Gloria tienen 3 hijos y 4 nietos. Puedes encontrarlo en twitter.
Muchas veces la gente se halaga a sí misma y piensa que puede contener al pecado, al orgullo en particular. Ellos piensan que en lugar de que el pecado los domine, ellos pueden dominarlo. Este tipo de pensamiento demuestra que un desastre está a punto de ocurrir.
El orgullo no es algo que se puede manejar. No está a tu favor. El orgullo se te opone y te destruye.
No hace mucho tiempo hubo una inquietante historia aquí en el área de Omaha. Un hombre de 34 años de edad acostumbraba pasear por su vecindario y mostrar a los vecinos su serpiente boa constrictora que media 6 pies (1.8 m) de largo. A menudo la dejaba envolverse alrededor de los niños y deslizarse sobre sus camas elásticas. Evidentemente, le gustaba presumir su serpiente.
En una de esas ocasiones —en el pasado mes de junio— la serpiente se enredó alrededor de su cuello y comenzó a apretar. En pocos minutos el hombre estaba sin aliento, y poco después, muerto. Su “mascota” se convirtió en su “asesino” en cuestión de segundos. Este hombre había sobreestimado su capacidad de dominar a la serpiente, mientras había subestimado el deseo de la serpiente de dominarlo a él.
Muy a menudo pasa igual con el pecado del orgullo.
Las semillas sutiles de orgullo crecen y se convierten en un roble de auto-adoración. Nabucodonosor no construyó una estatua de 40 pies de altura de él mismo, exigiendo adoración a su persona, el primer día de su reinado; pero a su debido tiempo tenía sentido hacerlo. Fue la senda gradual del orgullo.
Salomón no permitió la adoración a dioses falsos en su primer día como rey. Sin embargo, la lenta filtración de idolatría y de orgullo al ligarse a mujeres extranjeras, así como la fama adquirida, los causantes del enfriamiento de la adoración del pueblo israelita, situación que condujo a la división de un reino.
Judas mismo no se imaginó a donde lo conduciría su deseo de dinero y libertad. Esto lo sabemos ya que cuando finalmente su plan se materializó, la serpiente de la culpa lo apretó del cuello hasta terminar con su vida. Estaba abrumado y acabado.
Fue el orgullo quien incentivó a Satanás en el jardín e indujo a Eva a pecar. Es el orgullo que eleva sutilmente al individuo contra Dios. Fue el orgullo quien planificó y llevó a cabo la muerte de Jesús.
El orgullo no es algo que se debe tomar a la ligera. Es algo que debe ser identificado y castigado. Es decir, nosotros como cristianos debemos ser conscientes de nuestra susceptibilidad al orgullo, buscar en nuestros corazones algún rastro de él, y trabajar activamente para eliminarlo a través del arrepentimiento y la fe en Cristo.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Gabriela Portillo.
Susana Wesley, madre de los hermanos Wesley, dio a su hijo John lo que considero es una de las mejores definiciones de pecado desde el punto de vista práctico. Su definición es esta:
“Pecado es cualquier cosa que debilite tu razonamiento, altere la sensibilidad de tu conciencia, oscurezca tu apreciación de Dios, o te quite la pasión por las cosas espirituales. En pocas palabras, cualquier cosa que aumente el poder o la autoridad de la carne sobre tu espíritu… eso para ti se convierte en pecado, independientemente de cuán bueno sea en sí mismo”.
En este sentido, hace años escribí lo que llamé las 10 “leyes” del pecado, como advertencia al pueblo de Dios de lo que el pecado puede llegar a causar en tu vida y en la mía. Mi oración es que al meditar en estas cosas puedas entender cuán pecaminoso es el pecado, para usar las palabras del apóstol Pablo, y que entonces seas movido a buscar la santidad de nuestro Dios.
Primera ley:El pecado te llevará más allá de dónde pensabas llegar. Decimos “es que solo pienso llegar hasta aquí”, o, “créeme, que esto está bajo control”. Lo que estaba bajo control termina controlándote a ti. A su tiempo controlará tu corazón, y lo que controla tu corazón controlará también tus emociones y eventualmente toda tu mente. Tu vida queda sometida al pecado.
Segunda ley:El pecado te alejará por más tiempo de lo que habías pensado. “Es solo un par de días…”, y los días se convierten en semanas, y las semanas en meses, y en muchas ocasiones en años.
Tercera ley:El pecado te costará más de lo que querías pagar. Te costará tu integridad, tu reputación, tu paz. Puede llegar a costarte tu esposa o esposo, tus hijos, tus amigos, tu trabajo, tu ministerio y tu iglesia.
Cuarta ley:Pecas a tu manera, pero tienes que regresar a la manera de Dios. Él determina los términos de tu regreso. Y Sus caminos pueden ser largos y difíciles. La restauración del pecado es un proceso.
Quinta ley:El pecado engendra pecado. Una vez pecas, te ves en la necesidad de pecar nuevamente para encubrir tu primera falta.
Sexta Ley:El pecado te lleva a justificar lo que has hecho. El peso de la culpa y la necesidad de lucir bien ante los demás, te llevará a explicar y luego a justificar tu pecado. Ahora pecarás de auto-justificación.
Séptima Ley:El placer es efímero y temporal, pero las consecuencias del pecado son duraderas. El placer que te produce el pecado en el que incurres es de mucho menor duración que las consecuencias que te acarrea el haber pecado.
Novena Ley:Mi pecado comienza cuando yo quiero, pero las consecuencias comienzan cuando Dios quiera. De hecho, Dios puede visitar la iniquidad de los padres hasta la tercera y cuarta generación.
Décima Ley:Nadie se burla de Dios. “No os dejéis engañar, de Dios nadie se burla; pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará”, Gálatas 6:7.
Miguel Núñez
Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico.
Me encanta la consejería prematrimonial. Es un descanso de lo que ocurre a menudo: la respuesta a una crisis. En lugar de eso, tengo la oportunidad de ver a dos personas increíblemente felices, emocionados por el día en que serán una sola carne. Mi trabajo en estas sesiones es escuchar, reír, y desafiar.
Típicamente dirijo tres sesiones. Las dos primeras sin duda son una alegría, pero la última, si soy sincero, es mi favorita.
No estoy tratando de aguarle la fiesta a nadie, pero quiero que las parejas tengan una imagen un poco más realista de cómo será la vida después de que la ceremonia de bodas se haya acabado. Con este fin, tengo al menos una reunión privada con cada persona, donde hago esta pregunta: “¿Qué vas a hacer la primera vez que empieces a sentir lo mismo por otra persona que lo que sientes por tu pareja ahora?”.
Un anillo no te impedirá pecar
Es una cuestión desagradable, lo admito y una que la mayoría de las parejas no anticipan. La idea de que podrían comenzar a tener sentimientos amorosos hacia alguien que no sea su prometida —en cualquier momento de sus vidas— parece como un asalto a su amor y fibra moral. Pero no seas engañado. Poner un anillo en tu dedo no hace nada para restringir la rebelión que está en tu corazón. Según The Truth About Cheating [“La verdad sobre el engaño”] por M. Gary Neuman, casi el setenta por ciento de los hombres que tenían una aventura nunca pensaron que harían una cosa así.
Además, los que afirmaban la declaración, “yo nunca engañaría a mi esposa”, estaban exponencialmente en un mayor riesgo de tener una aventura más adelante en la vida. A Satanás le encantaría si creyeras que eres invulnerable a alguna categoría de pecado, porque entonces dejarías de proteger tu alma de sus terribles efectos. Como dice Jeremías 17:9, “Más engañoso que todo es el corazón, y sin remedio; ¿Quién lo comprenderá?”. O como Robert Murray McCheyne escribió una vez, “La semilla de todo pecado conocido por el hombre está en mi corazón”.
Señales de advertencia
En cuanto la indignidad de la pregunta haya comenzado a disiparse, podemos pasar a la segunda etapa: Tenga un plan. Las personas rara vez (solo el seis por ciento, según Neuman) simplemente “caen en la cama juntos”. La gran mayoría de las ocurrencias en que alguien tiene una aventura, la hace con alguien que ha conocido al menos un mes y con quien ha tenido múltiples interacciones. Eso significa que hay tiempo para notar las señales de advertencia y que hay tiempo para hacer algo al respecto con bastante anticipación de algo atroz. Algunos de estas señales pueden incluir:
Tener mucha anticipación de ver a esta persona.
Estar dispuesto a apartarse de tu camino para asegurarte de que tendrás interacciones regulares con ella.
Reorganizar tu calendario para tener una manera de pasar más tiempo con esa persona (como reuniones muy tempranas en la mañana, almuerzos largos, reuniones muy tarde o en las noches, entre otras).
Ser cada vez más crítico de tu cónyuge, especialmente en comparación con la otra persona especial.
Buscar razones para estar fuera de la presencia de tu cónyuge.
Tu vida recreativa se vuelve más y más exclusiva de tu cónyuge.
Tu deseo de intimidad, física o emocional, con tu cónyuge disminuye.
¿Qué pasa si nota algunas de estas señales de advertencia en su vida? Aquí hay tres pasos, entre otros.
1. Termina la relación
Si puedes sacar por completo a la persona de tu vida, hazlo. A veces a causa del trabajo, la iglesia, o la familia, es difícil o imposible terminar la relación completamente. En ese momento, es necesario separar a aquella persona de cualquier cosa que se parezca en algo a intimidad emocional.
La intimidad emocional es el elemento vital de una aventura. A veces las personas dan a conocer sus sentimientos el uno al otro con la esperanza de que ayudará a evitar que se actúe, pero todo lo que realmente hace es derramar gasolina sobre una llama romántica que está creciendo. Quieres que ese fuego muera de hambre; no quieres alimentarlo.
2. Consigue ayuda
Encuentra a alguien que te anime al crecimiento cristiano en tu relación matrimonial. Una de las peores cosas que te pueden pasar es encontrar a un amigo que es realmente favorable hacia las tendencias errantes que tienes. Más de setenta y cinco por ciento de los hombres que tenían una aventura tenían un amigo que hizo lo mismo. Como Proverbios 13:20 dice: “El que anda con sabios será sabio, pero el compañero de los necios sufrirá daño”. O como Pablo afirma sin rodeos: “No se dejen engañar: Las malas compañías corrompen las buenas costumbres” (1 Corintios 15:33).
Lo mejor es si este amigo —o incluso mentor— puede ser encontrado de antemano. A menudo les animo a mis participantes prematrimoniales a determinar de antemano quién es la persona que pudieran llamar en medio de la noche y confesar: “Creo que mi corazón empieza a ser tentado”. Más importante aún, coméntale a tu amigo quién es esa persona, y permítele que toque base contigo de este problema de vez en cuando.
3. Renueva tu compromiso a un matrimonio feliz
Al contrario a lo que las películas y las canciones a menudo nos llevan a creer, solo alrededor del diez por ciento de los que tenían una aventura la hicieron con alguien que consideraban “más atractivo” que su cónyuge. Los hombres y las mujeres que tienen una aventura a menudo la hacen debido a las necesidades emocionales, más que las físicas. Para los hombres, por lo general es la necesidad de sentirse estimado, respetado, y apreciado que les lleva a una aventura; mientras que para las mujeres, es la necesidad de sentirse escuchada, amada, y querida.
Cuando percibas una falta de estas cosas en tu propio matrimonio, dispóngase a orar juntos, ir a consejería, leer libros, asistir a talleres y seminarios y conferencias…cualquier cosa que sea necesario con el fin de reavivar su propia pasión en su matrimonio.
Lo más importante es estar dispuesto a reconocer tus propios errores, y tratar de mostrar algo del amor de Dios a aquel a quien hizo esa promesa en el primer lugar. Como dice Ligon Duncan, “Las personas no se salen del amor; se salen del arrepentimiento y el perdón”.
En medio de toda la preparación para aquel día especial, nunca es demasiado temprano para planificar para el día en que todo podría pender de un hilo. Reconoce tu propia propensión al pecado, ten un plan para tratar con él en el momento en que asome su cabeza fea, y mantente firme en tu compromiso a alegrarte con la mujer (esposa) de tu juventud (Proverbios 5:18).
Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Scott Matson.
Josh Squires tiene grados en consejería y divinidad. Actualmente se desempeña como pastor de consejería y atención a la congregación en la Iglesia Presbiteriana First en Columbia, Carolina del Sur, donde vive con su esposa Melanie y sus 4 hijos.
¿Debe la iglesia involucrarse en política? Para responder esta pregunta, es necesario clarificar primero qué es política y de qué iglesia estamos hablando.
Algunas definiciones
La palabra “política” proviene del griego “polis” que significa “ciudad”. De manera que, en términos generales, política es todo aquello que tiene que ver con la vida de la ciudad y las responsabilidades de los ciudadanos que la componen. En ese sentido, es obvio que ningún ciudadano, sea cristiano o no, puede abstraerse del todo de la política, porque somos parte de una comunidad y debemos aprender a convivir en ella.
Pero en un sentido más restringido, la política es la ciencia del gobierno. O como bien ha dicho alguien: “Tiene que ver con el desarrollo e implementación de políticas específicas a través de un proceso de legislación”. Cuando las personas preguntan si la iglesia debe involucrarse en política, usualmente están usando el término en esa connotación más restringida.
Por otra parte, cuando hablamos de la iglesia no nos estamos refiriendo al cuerpo total de los creyentes en Cristo de todas las épocas y en todo lugar, lo que conocemos como la iglesia universal, sino más bien a las iglesias locales, compuestas por creyentes que se congregan en un lugar particular con sus líderes particulares. Los hombres y mujeres que pertenecen a estas iglesias locales se han arrepentido de sus pecados, han confiado únicamente en Cristo para la salvación de sus almas, y han manifestado a través del bautismo que han muerto a su vida pasada y han dado toda su lealtad únicamente a Jesús como el Amo y Señor de sus conciencias.
Cada una de estas iglesias locales es descrita en el Nuevo Testamento como “columna y baluarte de la verdad” (1Tim. 3:15), porque han sido llamadas a proclamar, defender y encarnar la verdad de Dios revelada en Su Palabra. Eso quiere decir que al congregarnos como iglesia cada semana no lo hacemos para hacer proclamas políticas, ni para hacer un análisis del desempeño de nuestros gobernantes, ni para impartir charlas socio económicas o dar consejos terapéuticos, sino para exponer, de la manera más fiel posible, lo que Dios nos dice en Su Palabra, de manera que Su perspectiva venga a ser la nuestra en todos los aspectos de la vida humana.
Es por eso que el apóstol Pablo escribe a un joven pastor llamado Timoteo diciéndole que debía presentarse a Dios aprobado, como un obrero que no tiene de qué avergonzarse, porque traza bien la Palabra de verdad (2 Tim. 2:25). Y más adelante, le advierte en esta misma carta “que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios” (2 Tim. 3:1-4).
¿Qué debía hacer Timoteo al enfrentar una sociedad tan corrompida y con valores tan distorsionados? ¿Fundar un partido político para hacer la diferencia? No. Pablo le sigue diciendo que él debía persistir aferrado a las Escrituras, “las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. “Timoteo, todo lo que tú necesitas para tu propia vida y la de aquellos a los cuales ministras, lo tienes aquí, en esa Palabra inspirada y todo suficiente”. Por lo tanto, “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra” (2 Tim. 4:1-2). Esa es la esencia de nuestra labor, instruir al pueblo de Dios con la Palabra de Dios, para que en todo puedan ver las cosas como Dios las ve.
Los creyentes como ciudadanos
Ahora bien, esos creyentes que se congregan cada domingo para ser edificados: no pueden aislarse de su realidad cotidiana en el resto de la semana, sino que deben vivir a la luz del evangelio, en medio de sus familias, en el desempeño de su trabajo, y como ciudadanos responsables de una nación.
Es de esa manera que el cristianismo ha impactado el mundo a través de los siglos, transformando al individuo y proveyendo una nueva forma de pensar, una nueva perspectiva de la vida que poco a poco comienza a permear la sociedad en la medida en que esos individuos transformados por el evangelio se involucran en el mundo.
Si cometemos el error de sustituir la predicación de la Palabra de Dios por proclamas políticas, no estaremos capacitando a los creyentes para pensar, actuar y reaccionar en una forma bíblica y, por lo tanto, no los estaremos equipando para que se desempeñen apropiadamente como ciudadanos de un país democrático. Esa es la ventaja de vivir en una democracia.
En un discurso pronunciado en la Cámara de los Comunes, en Noviembre de 1947, es decir poco después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill dijo que la democracia no era perfecta y llena de sabiduría. De hecho, dijo él, “se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que se han probado de vez en cuando”.[i]
Nosotros podemos votar, participar en debates públicos; hacer uso de los medios de comunicación, dar a conocer nuestras preocupaciones y opiniones a los legisladores y representantes; todo lo que sea necesario y legítimo para promover una legislación que sea más acorde con el carácter de Dios revelado en Su Palabra.
El cristiano y la política
Aparte de todo eso, algunos individuos son llamados por Dios a participar más activamente en la política, en su aspecto más restringido, por más difícil que ese mundo sea. Seguramente no fue fácil para José ni para Daniel estar envueltos activamente en gobiernos paganos, pero por la gracia de Dios ambos pudieron mantener su integridad y dar testimonio de su fe en medio de mucha oscuridad y corrupción.
Si Dios te ha llamado y capacitado para servirle a Él sirviendo en el gobierno, o en algún cargo político, hazlo para Su gloria y guardándote de idolatrar la política y el poder, porque la enseñanza del Salmo 146 sigue vigente: “No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación. Pues sale su aliento, y vuelve a la tierra; en ese mismo día perecen sus pensamientos. Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en Jehová su Dios, el cual hizo los cielos y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay; que guarda verdad para siempre, que hace justicia a los agraviados, que da pan a los hambrientos… (y) liberta a los cautivos” (Sal. 146:3-7).
No es el poder político lo que va a transformar el mundo en un reino de paz y justicia, sino el Señor Jesucristo en Su venida. Pero esa realidad no debe paralizarnos y encerrarnos en nuestro pequeño mundo evangélico. Esto lamentablemente ocurre muy a menudo en algunos grupos cristianos debido a un futurismo mal sano que no toma en cuenta nuestras responsabilidades presentes como sal y luz del mundo.
Permítanme explicar esto con un ejemplo. Si un individuo se hospeda por una noche en un hotel, seguramente no va a contratar a un decorador de interiores porque no le gusta el empapelado de las paredes de la habitación. Muchos creyentes se ven aquí y ahora como huéspedes momentáneos que deben sentarse a esperar pasivamente hasta el día en que llegue la gran remodelación de este mundo, cuando nuestro Señor Jesucristo regrese en gloria. Pero eso es evadir la responsabilidad que tenemos de amar al prójimo como a nosotros mismos, poniendo nuestros dones y capacidades al servicio de los demás. Del rey David se dice en Hechos 13:36 que él sirvió a su propia generación por la voluntad de Dios. Haciendo lo que Dios quería que él hiciera, su generación se benefició de su desempeño como rey.
John Stott, un siervo de Dios fallecido recientemente, dice lo siguiente al respecto: “Al fin y al cabo solo hay dos posibles actitudes que los cristianos pueden adoptar hacia el mundo. Una es escapar y la otra es involucrarse… ‘Escapar’ quiere decir dar la espalda al mundo en actitud de rechazo, lavar nuestras manos… y endurecer nuestros corazones contra los agonizantes gritos del mundo buscando ayuda. En contraste, ‘involucrarse’ quiere decir dar una vuelta para mirar el mundo con compasión, ensuciar y lastimar nuestras manos en el servicio y sentir en nuestro interior el amor incontenible y conmovedor de Dios”.[ii]
Nuestro Dios no se detuvo a mirar desde lejos la miseria humana, sino que se involucró en la persona de Cristo, el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros, como dice en Juan 1:14. Y es obvio que Él quiere que los Suyos hagan lo mismo, porque así lo enseñó en la parábola del buen samaritano.
Así que no tenemos que escoger entre la proclamación del evangelio y nuestra involucración activa en el mundo, porque una cosa se desprende de la otra. Al predicar el evangelio los hombres son transformados, y la transformación de los individuos trae como resultado ciudadanos responsables que en ocasiones llegan a transformar toda una nación.
Eso fue lo que sucedió a raíz de los grandes avivamientos del siglo XVIII, liderados por los hermanos Wesley y George Whitefield. Estos hombres son recordados por su celo evangelístico, y por los miles y miles que vinieron al conocimiento de Cristo a través de sus ministerios.
Pero como bien señala Francis Schaeffer: “Aún los historiadores seculares han tenido que reconocer que fueron los resultados sociales que provinieron de (ese avivamiento) lo que salvó a Inglaterra de su propia versión de la Revolución Francesa”.[iii] Uno de esos historiadores, J. W. Bready, dice en una de sus obras que “el avivamiento evangélico, ignorado y frecuentemente burlado” fue “la nodriza del espíritu y de los valores del carácter que han creado y sostenido las instituciones libres a través del mundo de habla inglesa” y “la clave moral de la historia anglo-sajona”. Y luego añadió que el avivamiento evangélico “hizo más para transformar el carácter moral de la población en general que cualquier otro movimiento histórico registrado en Inglaterra”. Es por esto que Bready no duda en referirse a John Wesley como “el hombre que restauró el alma de la nación”.[iv]
Lo mismo podemos decir de William Wilberforce, miembro del Parlamento Británico, que se convirtió al Señor a la edad de 26 años, y quien lideró la compaña que dio como resultado la abolición de la esclavitud. Junto a un grupo de políticos cristianos, llamados la Comunidad de Clapham, por el nombre del pueblo donde vivían, se involucraron en la reforma penal y parlamentaria, en la educación popular, la obligación de los ingleses para con sus colonias (en especial la India), la propagación del evangelio, y la legislación laboral. Hicieron campañas en contra de los duelos, las apuestas, las borracheras, la inmoralidad y los deportes crueles contra los animales. Todo eso motivados por la fe cristiana que compartían. Estos hombres no veían dicotomía alguna entre el celo evangelístico y la involucración social.
Pero cada cosa en su justo lugar. La iglesia como iglesia está llamada a proclamar el evangelio de salvación a los perdidos y a predicar la Palabra de Dios con tal fidelidad que los creyentes continuemos siendo transformados por medio de la renovación de nuestro entendimiento, como dice Pablo en Romanos 12:2.
En la medida en que esos creyentes abracen una cosmovisión bíblica, debido en gran parte a la fortaleza de los púlpitos en las iglesias, en esa misma medida serán padres responsables, trabajadores responsables y ciudadanos responsables que van a contribuir con decisión y convicción a los cambios que nuestra sociedad necesita con tanta urgencia.
Y si alguno es llamado por Dios a involucrarse activamente en la política, en vez de servirse del cargo, van a servir a su generación desde la posición en la que han sido colocados, no siguiendo necesariamente los lineamientos de su partido, sino de acuerdo a la voluntad de Aquel que es el Amo, Dueño y Señor de nuestras consciencias, nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.
Pastores, sigamos predicando todo el consejo de Dios en nuestras congregaciones, porque es la voluntad de nuestro Señor transformar sociedades y naciones, a través de la transformación de individuos por medio del poder del evangelio.
Esta exposición fue presentada en el Panel: El Gobierno, los líderes, y el rol de la iglesia en la esfera política. Puedes ver el video completo haciendo clic aquí.
[i] John Stott; Los Problemas que los Cristianos Enfrentamos Hoy; pg. 40.
[ii] John Stott; Los Problemas que los Cristianos Enfrentamos Hoy; pg. 24.
[iii] Russell Moore; The Kingdom of Christ; pg. 127.
Sugel Michelén (MTS) ha sido por más de 30 años uno de los pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios en el día del Señor. Es autor de Palabras al Cansado, Hacia una Educación Auténticamente Cristiana, de un libro ilustrado para niños titulado La más Extraordinaria Historia Jamás Contada, y recientemente de De parte de Dios y delante de Dios: Una guía de predicación expositiva. El pastor Michelén y su esposa Gloria tienen 3 hijos y 4 nietos. Puedes encontrarlo en twitter.
Esta ha sido uno de los temas controversiales a lo largo de los años, y que lamentablemente muchos han respondido de una manera emocional y no a través del análisis bíblico. Aquellos de nosotros que crecimos en el catolicismo siempre oímos que el suicidio era un pecado mortal que enviaba a la persona al infierno irremediablemente. Para muchos, que han crecido con esa posición, se le hace imposible despojarse de esa idea. Otros han estudiado el tema y después de haberlo hecho han concluido que ningún cristiano sería capaz de terminar con su vida. Hay otros que afirman que un cristiano podría cometer suicidio, pero perdería la salvación. Y aun otros piensan que un cristiano podría cometer suicidio en situaciones extremas, sin que eso conlleve su condenación.
En esencia tenemos entonces cuatro posiciones:
a) Todo el que comete suicidio bajo cualquier circunstancia va al infierno (posición Católica tradicional).
b) Un cristiano nunca llega a cometer suicidio porque Dios lo evitaría.
c) Un cristiano puede cometer suicidio, pero perdería su salvación.
d) Un cristiano puede cometer suicidio sin que necesariamente pierda su salvación.
La primera de estas cuatro posiciones fue la creencia mayoritaria hasta la época de la Reforma, cuando la doctrina de la salvación (Soteriología) comenzó a ser mejor estudiada y entendida. En ese momento, tanto Lutero como Calvino concluyeron que ellos no podían afirmar categóricamente que un cristiano no podía cometer suicidio, y/o que el que se suicidaba iría a la condenación. En la medida en que la salvación de las almas fue analizada en detalle, muchos de los reformadores comenzaron a concluir de manera distinta a lo que la iglesia de Roma había tenido hasta entonces.
Al final del camino, la pregunta es: ¿qué dice la Biblia?
Comencemos mencionando aquellas cosas que sabemos de manera definitiva a partir de la revelación de Dios:
El ser humano es totalmente depravado (primer punto del TULIP calvinista). Con esto no queremos decir que el ser humano es tan malo como pudiera ser, sino que todas sus capacidades están teñidas por el pecado: su mente o intelecto, su corazón o emociones y su voluntad.
El cristiano ha sido regenerado, pero aun después de haber nacido de nuevo, debido a la permanencia de la naturaleza carnal, continúa con la capacidad de cometer cualquier pecado, con la excepción del pecado imperdonable.
El pecado imperdonable es mencionado en Marcos 3:25-32 y otros pasajes, y a partir de ese contexto podemos concluir que este pecado se refiere al rechazo continuo de la acción del Espíritu Santo en la conversión del hombre. Otros, a partir del pasaje citado, lo entienden como el atribuir a Satanás las obras del Espíritu de Dios. Obviamente, en ambos casos se está haciendo referencia a una persona no creyente.
De manera particular queremos destacar que el cristiano es capaz de quitarle la vida a otra persona, como lo hizo el Rey David, sin que esto afectara su salvación.
Lo anterior implica que el pecado de mañana de un cristiano fue perdonado en la cruz, donde Cristo nos justificó, y al justificarnos nos declaró justos sin serlo, y lo hizo como una sola acción que no necesita ser repetida en el futuro. En la cruz Cristo no nos hizo justificables, sino justificados (Romanos 3:23-26, Romanos 8:29-30).
La salvación y el acto del suicidio
Dentro del movimiento evangélico existe un grupo de creyentes, a quienes ya hemos aludido, denominados Arminianos, que difieren de los Calvinistas en relación a la doctrina de la salvación. Una de esas diferencias, que no es la única, gira en torno a la posibilidad de que un cristiano pueda perder la salvación. Una gran mayoría en este grupo cree que el suicidio es uno de los pecados capaces de quitarle la salvación al creyente. Los que afirmamos la seguridad eterna del creyente (Perseverancia de los santos) no somos de aquellos que creemos que el suicidio o cualquier otro pecado eliminaría la salvación que Cristo compró en la cruz.
Tanto en la posición Calvinista como en la Arminiana, algunos afirman que un cristiano jamás cometería suicidio. Sin embargo, no existe un versículo o pasaje bíblico que pueda ser usado para categóricamente afirmar esta posición. Algunos, conociendo esto, defienden su posición señalando que en la Biblia no hay ningún suicidio cometido por creyentes, mientras que aparecen varios casos de personajes no creyentes que terminaron con su vida. Con relación a este señalamiento, quisiera decir que usar esto para establecer que un cristiano no puede cometer suicidio no es una conclusión sabia, porque estamos haciendo uso de un argumento de silencio, que en lógica es el más débil de todos. Hay múltiples cosas no mencionadas en la Biblia (cientos o quizás miles), y si hacemos uso de argumentos de silencio estamos corriendo el riesgo de establecer posibles verdades nunca reveladas en la Biblia. Ejemplo: no aparece un solo relato de Jesús riendo; a partir de ahí yo podría concluir que Jesús nunca rió o que no tenía la capacidad para reír. ¿Sería esto un argumento sólido? Obviamente no.
Quisiéramos enfatizar que si alguien que ha vivido una vida consistente con la fe cristiana comete suicidio, tendríamos que preguntarnos antes de ir más allá si realmente esa persona ha evidenciado frutos de salvación, o si su vida fue más una religiosidad que otra cosa. Pienso que probablemente este sería el caso en la mayoría de los suicidios de los llamados cristianos. A pesar de esto, creemos que al igual que Job, Moisés, Elías y Jeremías, los cristianos pueden deprimirse tanto hasta el punto de querer morir. Y si ese cristiano no tiene un llamado y un carácter tan fuerte como el de estos hombres, pensamos que pueden ir más allá del solo deseo y terminar quitándose la vida. En este caso, el que Dios haya permitido que esto ocurriera pudiera representar parte de la disciplina de Dios, por este cristiano no haber hecho uso de los medios de gracia dentro del cuerpo de Cristo provistos por Dios para la ayuda de sus hijos.
Muchos opinan, como ya aludimos, que este pecado cometido en el último momento no proveyó oportunidad para el arrepentimiento, y es esto lo que termina robándole la salvación al suicidarse. Yo quisiera que el lector creyente pausara por un momento y se pregunte qué pasaría si él muriera justo en este instante, si él piensa que morirá libre de pecado. La respuesta a esta pregunta es evidente: ¡No! Nadie muere sin pecado, porque no hay un instante de nuestras vidas en la que el ser humano está completamente libre de pecado. En cada momento de nuestra existencia hay pecados en nuestras vidas de los cuales no estamos ni siquiera apercibidos, y otros que sí conocemos, pero que en ese momento no nos hemos dirigido al Padre para buscar su perdón, simplemente porque lo hemos considerado de menos cuantía, o porque estamos esperando por el momento apropiado para ir a orar y pedir dicho perdón.
La realidad en torno a esto es que cuando Cristo murió en la cruz pagó por nuestros pecados pasados, presentes y futuros, como ya dijimos. Por tanto, el mismo sacrificio que cubre los pecados que han permanecido con nosotros hasta el momento de nuestra muerte es el que cubriría un pecado como el suicidio. La Palabra de Dios es clara en Romanos 8:38 y 39 “Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro”. Note que este texto dice que “ninguna otra cosa creada”. Esta frase incluye al creyente mismo. Notemos también que este pasaje habla de “ni lo presente, ni lo por venir”, haciendo referencia a situaciones futuras que todavía no hemos vivido. Por otro lado, Juan 10:27-29 nos habla de que nadie nos puede arrebatar de la mano de nuestro Padre, y Filipenses 1:6 dice que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús”.
En conclusión:
Si establecimos que el cristiano es capaz de cometer cualquier pecado, ¿por qué no concebir que potencialmente él podría cometer el pecado del suicidio?
Si establecimos que la sangre de Cristo es capaz de perdonar toda pecado, ¿no cubriría la sangre este otro pecado?
Si el sacrificio en la cruz nos hizo perfectos para siempre, como dice el autor de Hebreos (7:28, 10:14), ¿no sería esto suficiente para hablar de que ningún pecado nos roba la salvación?
Si un Moisés llega a desear que Dios le quite la vida por la presión establecida por el pueblo sobre él, ¿no podría un paciente esquizofrénico o en condición de depresión extrema, que no tenga la fortaleza de carácter de un Moisés, atentar contra su vida de manera definitiva?
Si no somos Dios, y no tenemos manera de medir la conversión interior del ser humano, ¿podríamos afirmar categóricamente que alguien que dio testimonio durante su vida de ser cristiano, al cometer suicidio realmente no era cristiano?
Basado en la historia bíblica y en la experiencia del pueblo de Dios, pudiéramos concluir que el suicidio entre creyentes probablemente es una ocurrencia extremadamente rara, debido a la acción del Espíritu Santo y a los medios de gracia presentes en el cuerpo de Cristo.
Pensamos que el suicidio es un pecado grave, porque atenta contra la vida humana. Pero ya establecimos que un creyente es capaz de eliminar la vida humana, como lo hizo David. Si lo puedo hacer contra otro, ¿cómo no concebir que podría hacerlo contra mí mismo? Esta es nuestra posición.
Como usted puede ver, no es tan fácil establecer categóricamente una posición en torno al suicidio y la salvación; todo lo que podemos hacer es razonar a través de verdades teológicas claramente establecidas para llegar a una conclusión probable sobre un hecho no definitivamente establecido. Por tanto, mientras más coherentemente teológico es mi argumento, más probable será la conclusión a la que arribo. Agustín tenía razón al decir: En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todas las cosas, caridad”. Mi recomendación es que usted pueda hacer un estudio exhaustivo, otra vez o por primera vez, acerca de todo lo que Dios dice en cuanto a la salvación, que es mucho, más que en cuanto al suicidio, que es prácticamente nada.