Nota del editor: Este es un fragmento adaptado del libro Sobre la roca: Un modelo para iglesias que plantan iglesias. Justin Burkholder. B&H Español.
Esto sonará un poco sencillo, pero la iglesia crece mediante el evangelismo. La iglesia no es nada más y nada menos que la comunidad de los que han sido salvos por la obra de Cristo. Esto significa que la gente que pertenece a esa comunidad tiene que haber escuchado sobre la obra de Cristo y tiene que haber creído en ella. Así lo dice Pablo: “¿Cómo, pues, invocarán a Aquél en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquél de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Rom. 10:14).
A medida que las personas oyen de Cristo y de su obra, y creen en Cristo y en su obra redentora, se van agregando a la comunidad de fe. A fin de cuentas, la iglesia del futuro es el fruto del evangelismo de la iglesia de hoy. Dios mismo ha escogido a los que son discípulos hoy “a fin de que anuncien las virtudes de Aquél que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable” (1 Ped. 2:9). Jesús les dice a sus discípulos en los últimos momentos con ellos: “Como el Padre Me ha enviado, así también Yo los envío” (Jn. 20: 21). Lo que Jesucristo está diciendo es que la iglesia, formada por sus discípulos, ha sido enviada al mundo con el fin de predicar el evangelio. Mientras más personas escuchen el evangelio, más creerán en Él y más crecerá la iglesia.
Llenar un salón con gente que canta, aplaude y escucha una predicación no significa que la iglesia ha crecido; solo significa que la asistencia ha aumentado.
El evangelismo en la iglesia local es una tarea de todos los miembros. La Gran Comisión es una encomienda que fue dada a todos los discípulos de Jesús. Por lo tanto, nadie queda exento del evangelismo. Hoy en día es muy común pensar que el que evangeliza es el pastor o los que pertenecen al ministerio de evangelismo. Los demás simplemente esperan que él o esos miembros particulares hagan ese trabajo. Algunos también creen que los que deben evangelizar son los que tienen el don de evangelización. Es probable que tengan mayor éxito debido a que están enfocados en el evangelismo, pero eso no quita que todos seamos responsables de anunciar las buenas nuevas de Jesús.
Cuando hablamos del crecimiento de la iglesia no nos referimos tan solo al aumento en el número de los asistentes a los servicios de los domingos. Parte del problema de enfocarnos solo en el crecimiento de la asistencia dominical radica en que no representa el crecimiento total de la verdadera iglesia. No creemos que todas las personas que asisten los domingos serán las que estarán en la presencia de Dios en el cielo por toda la eternidad. Aunque asistan a la iglesia, no todos ellos son la iglesia. Llenar un salón con gente que canta, aplaude y escucha una predicación no significa que la iglesia ha crecido; solo significa que la asistencia ha aumentado. Lo que realmente queremos ver es más gente que crea y crezca en las verdades del evangelio. Esto implica que estén viviendo una vida donde confiesen su pecado, su esperanza esté puesta en Cristo y estén haciendo buenas obras como resultado de una vida transformada luego de haber creído en el evangelio. Por tanto, nuestro enfoque, nuestro tiempo, nuestros recursos y nuestra atención deberían estar más enfocados en la proclamación del evangelio.
Si tu mayor anhelo para la nueva plantación es llenar el salón, probablemente harás crecer la iglesia con personas interesadas en la religión, gente trasplantada de otras iglesias que están buscando una mejor experiencia dominical y no personas que confiesen su nueva fe en Cristo. Tal vez te estés preguntando: “Pero, ¿cómo podemos asegurar el crecimiento de la iglesia?”. Muy buena pregunta que tiene una respuesta muy sencilla: no lo podemos hacer. Es mejor admitirlo que intentar darle una justificación a nuestro posible pragmatismo en busca de resultados numéricos. A Dios le agrada que nosotros no tengamos el poder para hacer que su iglesia crezca, porque solo Él es quien da el crecimiento. Eso es justamente lo que dice Pablo, “Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento” (1 Cor. 3:6).
A Dios le agrada que nosotros no tengamos el poder para hacer que su iglesia crezca, porque solo Él es quien da el crecimiento.
Como ves, nosotros sí somos responsables de sembrar y regar. Esto significa que, como un buen granjero, no podemos tener la plena seguridad de que las plantas darán fruto, pero sí sabemos que hay tierra fructífera y lista para dar fruto, y por eso es que sembramos y regamos. Esto lo hacemos orando y confiando en Dios, quien finalmente es el responsable y el único capaz de producir el crecimiento.
Nosotros somos responsables de asegurar que los que deben oír tengan a alguien que les predique (Rom. 10:14-15). Nuestra responsabilidad es asegurarnos de que estamos proclamando el evangelio a tiempo y fuera de tiempo. A medida que proclamamos con fidelidad el evangelio, tenemos la plena confianza de que Dios salvará y añadirá a nuestro número, tal como lo hizo a lo largo del libro de Hechos. En este sentido, el éxito debe medirse por las oportunidades que aprovechamos para evangelizar. Fracasamos cuando no evangelizamos. Somos exitosos cuando somos fieles en evangelizar. El tamaño de la cosecha de salvación le corresponde solo al Señor.
Justin Burkholder es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Junto a su esposa sirven como misioneros en Guatemala con TEAM (The Evangelical Alliance Mission). Sirve como uno de los pastores en Iglesia Reforma y como Director de México y Centro América para TEAM. Es el autor de Sobre la Roca: un modelo para iglesias que plantan iglesias. Tienen tres hijas. Puedes seguirlo en Twitter o visitar su blog.
La gloria de Dios nos motiva a honrarlo en el matrimonio
por Joselo Mercado.
Nota del editor: Este es un fragmento adaptado del libro El matrimonio que agrada a Dios: Cómo vivir el evangelio hasta que la muerte nos separe (B&H Español, 2019),
Siempre hay algo que nos motiva en la vida. Hacemos las cosas porque hay una fuerte motivación en nuestros corazones que nos impulsa a actuar de cierta manera y lograr cierto objetivo. Por ejemplo, vamos a la universidad porque nos gusta la carrera y también porque queremos buenos trabajos. Hacemos ejercicios porque queremos sentirnos bien y también porque deseamos lucir bien. Nos levantamos cada mañana para ir a trabajar porque nos gusta lo que hacemos y también porque necesitamos cubrir nuestras necesidades.
La cosmovisión del mundo sostiene que, al final, es en la motivación donde radica su propia realización y felicidad. Hacemos las cosas que hacemos porque tenemos derecho a ser felices, porque nuestros sueños deben ser cumplidos. Todo nuestro actuar está permeado por esa visión global secular. Muchas novias caminan al altar el día de su boda guiadas por esa cosmovisión. Muchos novios esperan nerviosos a sus novias en el altar, poniendo todas sus esperanzas en que esa mujer ha llegado para hacerlos felices.
Los matrimonios que comienzan con esta visión de buscar su felicidad propia están, desde mi perspectiva, destinados al fracaso. Destinados al fracaso si definimos que el éxito en el matrimonio es que Dios sea glorificado. Quizás no todos terminan en divorcio, pero con esa visión egoísta, un matrimonio no puede cumplir la misión para la cual fue diseñado. Mientras el propósito del matrimonio sea la satisfacción personal de cada individuo, el mismo puede parecer perfecto en las redes sociales, pero no está cumpliendo la función primordial del diseño de Dios, que es glorificarlo a Él. Para que un matrimonio pueda hacer esto, ambos miembros deben desear glorificar a Dios individualmente y esto requiere morir a sus deseos personales para juntos vivir para un propósito eterno.
La Biblia nos recuerda una y otra vez que Dios merece toda gloria y que fuimos creados para darle gloria al que merece toda la gloria.
Descubramos un principio general que servirá para el matrimonio y para cualquier área de nuestra vida. El Catecismo de Westminster señala: “El propósito principal de un ser humano es dar gloria a Dios y disfrutarlo por siempre”. El apóstol Pablo enseñó con absoluta claridad que debemos hacerlo todo para la gloria de Dios (1 Co. 10:31). Dar gloria a Dios es el tema central de la Biblia. Una y otra vez se nos recuerda que Dios merece toda gloria y que fuimos creados para darle gloria al que merece toda la gloria. La gloria de Dios es un concepto que permea toda la Biblia. Los reformadores entendieron que todo es para la gloria de Dios. Su gloria es el reflejo de todo lo que Dios es en sí mismo. Su infinita perfección y Su santidad hacen que Dios sea glorioso.
Nosotros los creyentes, cuando somos salvados por el sacrificio sustitutorio de Jesús, somos transformados, la imagen de Dios comienza a ser restaurada en nosotros y comenzamos a reflejar la gloria de Dios por su gracia.
Este propósito es visible desde el Edén. Dios nos crea a su imagen y semejanza para ser su reflejo en este mundo y nos encomienda la tarea de sojuzgar su creación para su gloria. El Señor le recuerda a Israel, vez tras vez, que Él no comparte su gloria con nada ni nadie (Is. 42:8). El apóstol Pablo nos dice que la motivación detrás de la elección incondicional divina es la gloria de Dios (Rom. 9:23). Existe mucha evidencia bíblica que confirma que hemos sido creados para dar gloria a Dios. Ese es nuestro propósito, para eso Dios nos creó y, aún es más importante para el creyente porque para eso Dios lo salvó.
En oposición a la visión del mundo, la cosmovisión cristiana está basada en que fuimos creados para la gloria de Dios. Me pregunto entonces, ¿por qué los matrimonios cristianos lo olvidan o no lo toman en cuenta? Podría decir que los problemas matrimoniales con mi esposa Kathy o de los que escucho durante la consejería matrimonial se resumen en que uno de los cónyuges, o ambos en el matrimonio, no están dando gloria a Dios.
Si nos detuviéramos a analizar el motivo del conflicto en un matrimonio que se manifiesta en que ella está deprimida o él es agresivo, en que la esposa es sarcástica o el esposo no muestra interés, es muy posible que descubramos que la razón por la que están así es porque piensan que merecen ser felices y la persona con la que se casaron ya no cumple o nunca ha cumplido ese propósito. Cuando no vivo para la gloria de Dios, sino que vivo para mi propia gloria, si mi pareja no vive para mi gloria, entonces voy a entrar en guerra con ella.
Uno de los pasajes más poderosos que nos muestra qué sucede cuando un matrimonio está en conflicto es el siguiente: “¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No vienen de las pasiones que combaten en sus miembros? Ustedes codician y no tienen, por eso cometen homicidio. Son envidiosos y no pueden obtener, por eso combaten y hacen guerra. No tienen, porque no piden. Piden y no reciben, porque piden con malos propósitos, para gastarlo en sus placeres” (Stg. 4:1-3 LBLA).
El matrimonio debe ser la unión de dos vidas para reflejar el glorioso evangelio que a su vez refleja la gloria de Dios.
Estamos dispuestos a entrar en guerra porque no obtenemos lo que deseamos, porque finalmente estamos viviendo para nuestra propia gloria y no para la gloria de Dios. Vivimos para satisfacer nuestros deseos y placeres. Cuando nuestros placeres no se complacen, estamos dispuestos a todo por obtenerlos. Estamos dispuestos a subir nuestro tono de voz, dispuestos a manipular, dispuestos a menospreciar, y hasta dispuestos a abandonar.
La realidad del matrimonio que la Biblia presenta es la de morir al yo para la gloria de Dios y el bienestar del otro. El Señor nos dice: “Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gn. 2:24). El matrimonio implica unidad y morir al individualismo para vivir junto a otra persona. Mi vida ya no se trata solo de mí porque ya no estoy solo, sino que estoy unido a otro.
El matrimonio debe ser la unión de dos vidas para reflejar el glorioso evangelio (1 Tim. 1:11) que a su vez refleja la gloria de Dios. El glorioso evangelio es donde Dios más claramente refleja Su gloria, ya que un Dios soberano y santo da su vida por pecadores que no lo merecen, por medio de la vida, la muerte, y la resurrección de Jesús.
El matrimonio refleja esta gloriosa realidad al dar nuestra vida por el bien del otro. El Señor nos presenta en Efesios 5:22-33 una hermosa imagen de la unidad que se manifiesta en la relación de Cristo y la Iglesia y que debe ser reflejada por el esposo y la esposa. Es importante recordar siempre que no nos hemos casado para ser felices. Nos casamos para darle gloria a Dios y para que, por medio de nuestro matrimonio, otros puedan ver el reflejo de la gloria de Dios, ya que estamos imitando la hermosa relación entre Cristo y su Iglesia.
Adquiere el libro.
Imagen: Lightstock. José (Joselo) Mercado es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Oriundo de Puerto Rico, renuncia a su carrera de consultoría en el año 2006 para ingresar al colegio de pastores de Sovereign Grace Ministries. Es el pastor principal de la Iglesia Gracia Soberana en Gaithersburg, Maryland. Joselo completó su Maestría en Artes en estudios teologícos en SBTS, y está casado con Kathy Mercado y es padre de Joey y Janelle. Puedes encontralo en Facebook y Twitter.
En mi iglesia perfecta los hermanos siempre llegan a tiempo. La predicación expositiva es aplicable a la vida diaria. Rara vez hay malos entendidos. Casi nunca escuchamos chisme, y las familias viven prácticamente sin problemas, poniendo en práctica lo que oyen los domingos. Nuestra casa de reunión es preciosa: la arquitectura ni demasiado contemporánea, ni muy anticuada. Los jóvenes viven en santidad para Cristo, los padres son líderes en la casa, y las esposas se someten amorosamente a sus maridos.
Excepto, por supuesto, que esta iglesia existe solo en la imaginación.
Mi iglesia, en realidad, es muy diferente. Es más hospital que museo de cera. Hay personas que llegan siempre a tiempo… a la predicación. Y nuestro local de reunión es pequeño y multipropósito.
Mi iglesia está muy lejos de ser la iglesia perfecta.
¿Y sabes? Me encanta.
El mito de la iglesia perfecta Un pastor me advirtió hace tiempo de los “brinca iglesias”. Son hermanos que van de iglesia en iglesia, siempre buscando una que satisfaga sus necesidades. Se caracterizan por ser amables, pero algo críticos de “su antigua iglesia”. Normalmente prefieren ayudar pero no comprometerse. Y al año o dos se retiran porque la gente no era lo suficientemente amable, o el pastor no los visitó con frecuencia, o el programa de niños no era muy bueno, o la predicación era a veces aburrida. Así que se retiran a buscar otra iglesia. Siempre buscando la perfecta. Nunca encontrándola.
El problema es que nunca la encontrarán. La iglesia perfecta no existe, o por lo menos, no como la están buscando.
Déjame repetir eso de nuevo: la iglesia perfecta no existe. Antes de que respondas: “¡Por supuesto que es perfecta, ya que es el cuerpo de Cristo!”, sí, en eso tienes razón, y hablaremos de eso más abajo. A lo que me refiero es que hay muchas personas que buscan iglesias de la misma manera que buscan restaurantes: buen ambiente, asientos cómodos, y un menú para cualquier paladar. Los cristianos nos hemos vuelto bastante requisitosos al ir de compras en busca de iglesia. Rara vez se piensa en términos de lo que se puede aportar. Más bien, en lo que se puede recibir.
Por supuesto, hay congregaciones que hace mucho que deberían haber hecho algunos cambios, y soy el primero en decir que me desespera ver la increíble desorganización y falta de esfuerzo que abunda en las iglesias hispanas. Pero al mismo tiempo me entristece la constante rotación de personas en nuestras congregaciones debido a que “no encuentran lo que estaban buscando”, sea lo que sea.
Perfecta y perfeccionándose “Por tanto”, dice Pablo, “ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1). De manera real, todo hijo de Dios es perfecto. Ha sido declarado justo por el poder de Dios y a través de la obra santificadora en Cristo. Esta es una verdad impresionante. A los ojos de Dios somos declarados perfectos con base en la obra perfecta de Jesucristo. De manera posicional, somos justos, ¡aunque sigamos cometiendo pecado en nuestra carne! De allí que Lutero decía que somos simul justus et peccator: simultáneamente justos y pecadores.
En Cristo, la iglesia es santa y perfecta, ya que “Cristo amó a la iglesia y se dio El mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada” (Ef. 5:25b-27). En ese sentido, ¡toda verdadera iglesia es perfecta! Cristo mismo la ha santificado y purificado, con el propósito de presentársela a sí mismo. De una manera real, toda (verdadera) iglesia imperfecta es en realidad perfecta en Cristo.
Pero al mismo tiempo, toda iglesia —compuesta por cristianos individuales— está en un proceso continuo de santificación. Por eso los apóstoles constantemente exhortan a la santidad.
Escucho a personas decir que debemos ser como a las iglesias del Nuevo Testamento. Me pregunto, a qué iglesia en específico se refieren. ¿La de Corinto? ¿La de Galacia? ¿Pérgamo? Uno no tiene que ser un erudito para ver que la mayoría de las iglesias del Nuevo Testamento tenían problemas. Muchos problemas. Serios problemas.
En realidad, todas dejan mucho qué desear. Los corintios tienen un desorden en la iglesia (1 Cor. 14:40). A los gálatas Pablo dice, “¡Oh, gálatas insensatos! ¿Quién los ha fascinado…?” (Gál. 3:1). La palabra “fascinó” puede traducirse como “hechizó” (léxico BDAG). Pablo simplemente no podía creer lo sucedido en Galacia. ¡Era como si alguien los hubiera hechizado! En Apocalipsis, las iglesias de Éfeso, Pérgamo, Tiatira, Sardis, y Laodicea son exhortadas a arrepentirse (Apoc. 2:5, 16, 21–22; 3:3, 19).
En este otro sentido, no hay iglesia perfecta. Solo iglesias en perfeccionamiento.
Pero hay algo que me llama la atención. Aun con los problemas, con las rebeldías, con las malas actitudes, siguen siendo iglesias de Jesús. A los Corintios, Pablo los llama la “iglesia de Dios”, y “santificados” (1 Co. 1:2). A los Gálatas los llama “hijos” (Gá. 4:6). Inclusive las siete iglesias de Asia claramente pertenecen a Jesucristo mismo; el hecho de que las llame al arrepentimiento habla de la preocupación que Jesús tiene por ellas.
Buscando una buena iglesia ¿Y entonces? ¿Qué esperanza hay? Mucha. Si estás buscando iglesia, busca una iglesia fiel. Que ame a Cristo y predique la Palabra. No te enfoques en los programas o instalaciones (por importante que eso pueda ser). Tampoco en que todos se vistan como tú y siempre te saluden. Mejor busca una iglesia compuesta por gente imperfecta que está en Cristo y en proceso de perfección por el poder del Espíritu. Busca una iglesia en donde se predique la palabra de Dios, se administren las ordenanzas con fidelidad, y se busque vivir en santidad.
Y entonces comprométete. Asiste. Ponte bajo la autoridad de los ancianos. Busca servir en lugar de criticar. Recuerda, la posición del crítico es la más cómoda: no hace nada pero encuentra fallas en todo.
Y si ya te encuentras en una iglesia fiel pero imperfecta, deja de esperar a que la gente se te acerque, ¡tú acércate! Deja de esperar a que alguien te visite, ¡tú visita! Conviértete en un agente de cambio con toda humildad y mansedumbre. Emociónate con tu iglesia. Apoya a los líderes. Involúcrate con los hermanos.
Las iglesias necesitan una multitud de hermanos comprometidos con el servicio y sacrificio. Que piensen más en otros y menos en ellos mismos.
Si tu iglesia parece más hospital que museo de cera, da gloria a Dios. Estás en el lugar correcto.
Imagen: Lightstock. Emanuel Elizondo (MDiv, DMin) es editor en jefe de Biblias Holman. Enseña teología en la UCLA y predica en la iglesia Vida Nueva en Monterrey, México, donde vive con su esposa Milka. Tiene un doctorado en predicación expositiva en The Master’s Seminary. Puedes seguirlo en Facebook y Twitter.
Nota del editor: Este es un fragmento adaptado del libro Haz algo: Descubre la voluntad de Dios (Poiema Publicaciones, 2020), por Kevin DeYoung.
Lo que los creyentes necesitamos para vivir una vida piadosa es sabiduría. Dios no nos dice el futuro, ni espera que lo adivinemos. Cuando no sabemos hacia dónde ir y tenemos que enfrentar decisiones difíciles en la vida, Dios no espera que andemos a tientas en la oscuridad tratando de encontrar Su voluntad en Su dirección. Él espera que confiemos en Él y seamos sabios.
Dios quiere que conozcamos Su sabiduría La Palabra de Dios es viva y eficaz. Cuando leemos la Biblia, escuchamos a Dios con una seguridad que no encontramos en ningún otro libro y en ninguna otra voz. Podemos leer las Escrituras sabiendo que esto es lo que dice el Espíritu Santo. Y a medida que las leemos, las releemos, las meditamos y las digerimos, llegaremos a tener «la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús» (2 Ti 3:15).
Pero la Biblia no es un libro de casos. No nos da información explícita sobre el noviazgo o las carreras, o sobre cuándo empezar una iglesia o comprar una casa. Todos hemos deseado que la Biblia fuera ese tipo de libro, pero no lo es, porque Dios está más interesado en algo más que el hecho de que podamos cumplir con Su listado de tareas: Él quiere nuestra transformación.
Dios quiere que lo conozcamos íntimamente Dios no solo quiere que obedezcamos Sus mandamientos de manera externa. Él quiere que lo conozcamos tan íntimamente que Sus pensamientos se conviertan en nuestros pensamientos, Sus caminos en nuestros caminos, Sus deseos en nuestros deseos. Dios quiere que bebamos tan profundamente de las Escrituras que nuestras mentes y corazones sean transformados para que podamos amar lo que Él ama y odiar lo que Él odia. Romanos 12:1-2 es el texto clásico sobre este tipo de transformación espiritual:
Por tanto, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es el culto racional de ustedes. Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno y aceptable y perfecto.
Aquí hay tres mandamientos: (1) Ofrecer nuestros cuerpos como sacrificios vivos, (2) no amoldarnos al mundo actual, (3) ser transformados mediante la renovación de nuestras mentes. Si hacemos estas tres cosas, podremos discernir cuál es la voluntad de Dios. Así funciona la vida cristiana. No hay atajos. Dios quiere que nos ofrezcamos a Él por completo, que nos apartemos de los caminos del mundo y así seamos transformados. Solo entonces tendremos algo mejor que revelaciones especiales sobre el futuro. Tendremos sabiduría.
Dios quiere que desarrollemos un gusto por la piedad Mi esposa, Trisha, no aprecia mi —¿cómo decirlo?— paladar sensible. La verdad: soy difícil para comer. Hay demasiadas comidas que no me gustan, y puedo detectar muy fácilmente cuando hay algún ingrediente nuevo en una receta que ya es familiar. Así debiéramos ser con la Palabra de Dios. Debemos ingerirla y digerirla con tanta regularidad que lleguemos a desarrollar un gusto por la piedad. Eso es sabiduría.
La sabiduría es la diferencia entre conocer a un biólogo de clase mundial que pueda escribir tus ensayos por ti y aprender de un biólogo de clase mundial para poder escribir ensayos como él.
Muchos de nosotros queremos que Dios sea un académico de clase mundial que escriba nuestros ensayos y viva nuestras vidas, pero Dios quiere que nos sentemos a Sus pies y leamos Su Palabra para poder vivir una vida que refleje a Su Hijo. Dios no quiere revelarnos el futuro por una sencilla pero profunda razón: nos convertimos en aquello que contemplamos. Dios quiere que le contemplemos en Su gloria para ser transformados a Su semejanza (2 Co 3:18). Si Dios nos resolviera todo, no tendríamos que confiar en Él ni aprender a deleitarnos en Su gloria. Dios dice: «No te voy a dar una bola de cristal. Te voy a dar mi Palabra. Medita en ella; contémplame en ella; sé como yo».
Busca la sabiduría de Dios en comunidad Los sabios leen y memorizan la Escritura. Les encanta escuchar a otros leerla, predicarla y cantarla. Pero los sabios también saben que necesitan leer la Biblia en comunidad. Necesitamos escuchar lo que dicen los demás cristianos que leen sus Biblias. Si queremos tomar decisiones sabias, debemos buscar el consejo de los demás. Esto es particularmente importante al tomar decisiones amorales o decisiones sobre asuntos que no se tratan claramente en las Escrituras. Esto no quiere decir que tenemos que hacer lo que crea la mayoría, ni que las decisiones que tomemos tienen que agradarle a todo el mundo, ni que debemos consultar a todo cristiano que tengamos cerca. Pero cuando la Palabra de Dios no habla decisivamente, o cuando el tema que tienes por delante ni siquiera es mencionado en la Escritura, es sabio escuchar a otros cristianos.
Considera estas palabras de Proverbios:
El sabio oirá y crecerá en conocimiento, Y el inteligente adquirirá habilidad (1:5).
El camino del necio es recto a sus propios ojos, Pero el que escucha consejos es sabio (12:15).
Sin consulta, los planes se frustran, Pero con muchos consejeros, triunfan (15:22).
Escucha el consejo y acepta la corrección, Para que seas sabio el resto de tus días (19:20).
Una de las virtudes que más aprecio en los demás, y una que espero reflejar, es el ser enseñable. ¿Estás dispuesto a cambiar tu parecer cuando el argumento de otro tiene más peso que el tuyo? ¿Estás dispuesto a escuchar un buen consejo de otros labios que no sean los tuyos, y que tal vez contradiga tus ideas preconcebidas? ¿Estás dispuesto a decir: «Eso no se me había ocurrido» o «Puedo ver tu punto»? Si nadie te ha escuchado cambiar de opinión acerca de algo, o eres un dios o te crees que lo eres. Puedo decir sin temor a equivocarme que tomo mejores decisiones cuando las consulto con mi esposa. Tomo mejores decisiones cuando lo hago junto con los demás pastores de mi iglesia. Soy más sabio cuando escucho primero a mis amigos.
Por supuesto, muchas veces tienes que decidir las cosas por ti mismo. En ocasiones tendrás que ir contra la corriente porque sabes que es lo correcto. Pero para la mayoría de nuestras decisiones, haría mucho bien el simplemente preguntar a otro: «¿Qué piensas?». Nos la pasamos preguntándole a Dios: «¿Cuál es tu voluntad?», cuando Él probablemente está pensando: «Pues, consíguete un amigo. Ve y habla con alguien. Por algo redimí a tantas personas: cometen menos errores cuando hablan entre ustedes. Pide consejo».
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Kevin DeYoung (MDiv, Seminario Teológico Gordon-Conwell) es pastor principal de la Iglesia Christ Covenant en Matthews, Carolina del Norte, presidente de la junta de The Gospel Coalition, profesor asistente de teología sistemática en el Seminario Teológico Reformado (Charlotte) y candidato a doctorado en la Universidad de Leicester. Es autor de numerosos libros, incluyendo Just Do Something. Kevin y su esposa, Trisha, tienen siete hijos.
Cuando Acab vio a Elías, Acab le dijo: “¿Eres tú, perturbador de Israel?” Y él respondió: “Yo no he perturbado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, porque ustedes han abandonado los mandamientos del Señor y han seguido a los baales”.
(1 Reyes 18:17-18)
Todos nosotros deseamos ser personas a carta cabal porque estamos dotados para desarrollar nuestras personas. Es nuestra responsabilidad, entonces, organizarla para hacer de ella una vida efectiva y fructífera. Todos queremos desarrollarnos como personas sin convertirnos en personajes de ficción que son solo una actuación para agradar a los demás y ocultar lo que en verdad somos. Tampoco queremos ser parte del personal, convirtiéndome en parte de una masa impersonal, un número, una cuenta bancaria, un mero código de barras. La verdad es que todos queremos ser identificados por nuestros nombres de manera individual y reconocidos por nuestras características particulares.
Todos los seres humanos tenemos características comunes que expresamos, usamos y las hemos hecho crecer de diferentes maneras. Tenemos capacidad de nuestra propia existencia, gozamos de memoria, capacidad de reflexión y afectos particulares. Tenemos voluntad y somos capaces de tomar decisiones y ejecutarlas.
El problema es que toda esta constitución perfecta se ve afectada por problemas de índole espiritual y de formación (o deformación) en el devenir de nuestra existencia. Así es que cada uno de nosotros lleva la carga de algún tipo de deterioro anímico y personal que nos hace infelices e incapaces de alcanzar el pleno de nuestras potencialidades. Sin embargo, todo esto no nos hace irresponsables, sino que nos obliga a poder trabajar y encontrar respuestas para cada uno de nuestros dilemas.
John Quincy Adams, sexto presidente de Estados Unidos, escribió en su diario: “Soy un hombre reservado, frío, austero y cohibido: mis adversarios políticos dicen que soy un sombrío misántropo* y mis enemigos personales me tildan de salvaje insociable. Pese a que conozco el defecto de mi carácter, no por eso tengo la maleabilidad necesaria para reformarlo *(que manifiesta aversión por el trato humano)”.
Los que conocen la obra política de este hombre podrían sorprenderse con esta afirmación tan oscura de sí mismo. Como ministro de Estado fue uno de los formuladores de la política exterior norteamericana. Él fue un defensor destacado de la libertad de expresión y portavoz de la causa antiesclavista. Sin embargo, todos los logros profesionales, la fuerza y pujanza para sacar adelante un ideal, y hasta un país, se ven empañados por un hombre que no podía lidiar con las debilidades de su propio carácter.
Como ven, no podemos dejar el trabajo de nuestro carácter a la casualidad. Puede decirse sin exageración que los individuos que fracasan con el desarrollo de su carácter son una gran tragedia porque las guerras llegan y se van las circunstancias económicas se modifican de acuerdo con los diferentes factores en juego; las desventajas naturales y las catástrofes inherentes a la existencia humana afectan con frecuencia variable a todo el mundo; las desigualdades sociales son crueles con algunos, y la prosperidad arruina a otros; pero a través de todas las situaciones de esta escena complicada, en la mansión como en la choza, en la guerra como en la paz, en opulencia o pobreza, en felicidad doméstica o discordia, entre los ignorantes o los académicos; por doquier, solo un carácter afirmado, sano y vibrante puede dar la posibilidad de vivir por encima de todo aquello que nos toca vivir y no podemos modificar.
Elías iba a tener su primer encuentro con el temible rey Acab. Las primeras palabras de Acab al ver a Elías demuestran el grado de desarticulación de su carácter. Le increpó al profeta los daños que el juicio de Dios había producido sobre toda la nación. Elías tuvo que corregirlo y decirle: “Tú eres el culpable” a lo que el rey no respondió ni una sola palabra, se quedó pasmado, incapaz de entender lo que Elías le decía. El problema de Acab, al igual que el de muchos hombres y mujeres del siglo XXI, es que era incapaz de reconocer un esquema valórico superior a su propia e irrefrenable voluntad, y menos podía aceptar como propias las consecuencias de sus funestas decisiones.
Desde los tiempos de Jeroboam, todo Israel había perdido el norte y cada uno se había dejado llevar por sus propios desvaríos y opiniones. Todo el pueblo mantenía la misma actitud irresponsable de Acab. Elías lo supo describir muy bien cuando se presentó delante del pueblo diciéndoles: “…¿Hasta cuándo vacilarán entre dos opiniones? Si el Señor es Dios, síganlo; y si Baal, síganlo a él. Pero el pueblo no le respondió ni una palabra” (1 Re. 18:21b).
La nueva religión de Israel mostraba la desarticulación del carácter de los hebreos. Ahora adoraban a una pequeña estatuilla de barro llamada Baal (Señor) y tenían un culto sin valores o demandas. Todo se basaba en la búsqueda de su propio provecho y satisfacción. Aun las prácticas religiosas eran inhumanas y hasta sanguinarias, pero eso era lo que al pueblo, al parecer, le agradaba. Esas tristes convicciones de los profetas de Baal se observan durante su enfrentamiento con Elías:
“Entonces tomaron el novillo que les dieron y lo prepararon, e invocaron el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: Oh Baal, respóndenos. Pero no hubo voz ni nadie respondió. Y danzaban alrededor del altar que habían hecho… Y gritaban a grandes voces y se sajaban, según su costumbre, con espadas y lanzas hasta que la sangre chorreaba sobre ellos. Pasado el mediodía, se pusieron a gritar frenéticamente…” (1 Re. 18:26,28,29a).
Esa era la triste realidad de un pueblo distanciado de Dios que había caído en la locura al abandonar la cordura que solo el Señor puede brindar.
Ninguno de nosotros está libre de perder el control sobre su propio carácter. Es un trabajo diario, constante y persistente, no podemos soldarlo para que quede inamovible; es más bien como un río, cuya corriente debe llegar al mar; tendrá remolinos, crecidas, caminos tortuosos, pero siempre se dirigirá en la misma dirección. Y esa es nuestra tarea: tener una sola dirección que nos permita saber que estamos yendo a alguna parte.
Nuestro carácter tiene que ser ejercitado de manera permanente porque los embates contra él son permanentes. Por ejemplo, Elías había tenido sucesivas victorias espirituales. Sin embargo, sus fortalezas se vieron debilitadas cuando, de repente, se vio amenazado por Jezabel, la temible esposa de Acab. Ella decretó su muerte inmediata, y Elías, lleno de temor, huyó despavorido: “y anduvo por el desierto un día de camino, y vino y se sentó bajo un arbusto; pidió morirse y dijo: Basta ya, Señor, toma mi vida porque yo no soy mejor que mis padres” (1 Re. 19:4).
La grandeza de un carácter está tanto en su grandeza como en su delicadeza. Elías era un hombre como cualquiera de nosotros y podía sucumbir ante la prueba como cualquiera de nosotros. Pero el Señor estuvo cerca para fortalecer su carácter, así como está cerca de nosotros para fortalecernos de la misma manera. La solución para Dios no radicaba en cambiar las circunstancias, sino en devolverle el norte a Elías con su voluntad. El Señor le hizo la misma pregunta dos veces: “¿Qué haces aquí, Elías? ” (1 Re. 19:9b,13b).
Elías respondió desde su propio corazón, con miedo pero sin excusas: “Entonces él respondió: He tenido mucho celo por el Señor, Dios de los ejércitos; porque los Israelitas han abandonado Tu pacto, han derribado Tus altares y han matado a espada a Tus profetas. He quedado yo solo y buscan mi vida para quitármela” (1 Re. 19:14). El Señor no lo dejó escondido, no le secó las lágrimas, no le justificó su miedo, lo que hizo fue simplemente devolverle la dirección perdida: “Y el Señor le dijo: “Ve, regresa por tu camino…” (1 Re. 19:15a).
Elías no podía dejar de ser Elías, así como tú no puedes dejar de ser tú. Todos nosotros debemos volver sobre nuestros pasos para saber quiénes somos y adónde vamos. ¿Dónde estás ahora? ¿En qué líos estás metido? ¿Por qué estás allí? Si no eres sincero en tus respuestas, antes de buscar tener un carácter organizado, preferirás organizar coartadas y justificaciones que quiten de en medio tu responsabilidad. Puedes también manifestarte impotente ante las circunstancias, que es también una de las mayores puertas de escape a la responsabilidad.
En realidad, el fatalismo es uno de los estados más cómodos en los que puede vivir el hombre. Pero si eres sincero, podrás compartir lo que dijo el apóstol Juan: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:8-9). Reconocer nuestras faltas, pecados y dificultades delante del Señor es el primer gran paso para empezar a superarlas.
Solo la Palabra de Dios aplicada al corazón y a la vida práctica puede ayudarnos a fortalecer nuestro carácter y ayudarnos a alcanzar siempre un grado elevado de unidad en nuestra vida. Sin ella, nuestras vidas estarían divididas y diseminadas, pero con ella en el corazón alcanzarán totalidad, responsabilidad y coherencia. Así como cuando falla el sistema nervioso y el cuerpo puede empezar a manifestar desórdenes en su comportamiento que le impiden actuar en unidad; así también los reflejos, impulsos, deseos, emociones, pensamientos y propósitos deben hallarse coordinados en la Palabra de Dios para formar un carácter efectivo.
Nuevamente te pregunto: ¿QUÉ HACES AQUÍ…? Una respuesta sincera puede marcar la diferencia.
En la discusión que ha generado los artículos sobre el ateísmo, a raíz de la entrevista que salió publicada recientemente en uno de nuestros diarios sobre la formación de la Asociación de Ateos Dominicanos (Ateodom), hemos estado tratando de señalar algunas incongruencias en las que incurrió su presidente en la entrevista (“Las incongruencias de Ateodom” y “El amor según Ateodom“).
Al hablar de “incongruencia” nos estamos refiriendo a algo que es ilógico. Por tal razón, pensé que era importante hablar un poco de la lógica para que esta discusión pueda ser significativa y edificante.
La lógica es una de las herramientas fundamentales de la filosofía. Según Aristóteles, la lógica no es un campo científico separado del resto, sino más bien un instrumento necesario para el quehacer científico en cualquier área.
Sin la lógica la ciencia no es posible, ya que lo que es ilógico es incomprensible y, por lo tanto, imposible de conocer. La lógica es esencial para que podamos entender. Ahora bien, la ley fundamental de la lógica es la ley de la no contradicción.
La forma más sencilla de definir la ley de la no contradicción es con la siguiente ecuación: A no puede ser igual a B y a noB (que ahora reseñaremos como –B) al mismo tiempo y en el mismo sentido. Por ejemplo, una idea (A) no puede ser verdadera (B) y falsa (-B) al mismo tiempo y en el mismo sentido. Una figura (A) no puede ser cuadrada (B) y redonda (-B) al mismo tiempo. Yo puedo hacer con masilla una figura cuadrada y luego hacer otra redonda, pero no puedo hacer una que sea cuadrada y redonda al mismo tiempo.
En cierta ocasión un joven fue llamado a comparecer a la oficina de impuestos internos de EUA para ser auditado, debido a que no había llenado su declaración de impuestos por varios años.
Cuando el agente de impuestos internos le preguntó por qué no lo había hecho, el joven replicó que cuando estaba en la universidad a él se le enseñó que la ley de la no contradicción era un principio opcional que no teníamos que acatar necesariamente.
Por lo tanto, si no hay diferencia entre B y -B fue solo asunto de tiempo para llegar a la conclusión de que no hacía ninguna diferencia si llenaba la planilla de impuestos o no. Al oír la explicación, el agente de impuestos le dijo: “Eso es muy interesante. Nunca antes había escuchado una explicación como esta. Pero ya que Ud. cree que no existe ninguna diferencia entre B y -B, estoy seguro que también creerá que no existe ninguna diferencia entre estar en la cárcel y no estarlo”.
EL CARÁCTER AUTOEVIDENTE DE LA LEY DE LA NO CONTRADICCION:
Hay algunas cosas que todo ser humano debe dar por sentado o aceptar a priori. La ley de la no contradicción es una de ellas. Como dice R. Nash: “Estrictamente hablando, la ley de la no contradicción no puede ser probada”. Cualquier prueba que se presente a su favor tiene que presuponer la veracidad de esa ley.
Sin embargo, podemos probar la validez de esta ley a través de argumentos negativos o indirectos. Toda negación de la ley de la no contradicción nos lleva al absurdo, tanto en nuestra forma de pensar como en nuestra forma de vivir.
A. La lógica y la comunicación humana significativa:
Las personas que intentan negar la validez de la ley de la no contradicción están envueltas en una tarea condenada al fracaso, ya que están obligados a usar el mismo principio que están tratando de negar para poder negarlo. Si queremos hablar inteligiblemente no podemos atribuir significados contrarios a la misma palabra al mismo tiempo y en el mismo sentido.
Ronald Nash dice al respecto: “Ya que cualquier refutación de la ley de la no contradicción tendría que ser expresada en una lenguaje inteligible y ya que un hablar significativo presupone la ley, en principio es imposible usar el lenguaje para negar la ley de la no contradicción”.
Y luego añade: “Si la ley de la no contradicción es negada, nada tiene significado, incluyendo las oraciones de las personas que piensan estar negando la ley”. Así que “la ley de la no contradicción es una ley del ser y del pensamiento necesaria e indispensable”.
B. La lógica y las acciones humanas significativas:
Las personas que intenten negar la ley de la no contradicción rápidamente se encontrarán en situaciones muy difíciles. Por ejemplo, si B = -B, entonces no habría ninguna diferencia entre tomarse un jugo de naranja (B) y un veneno (-B). Tampoco podríamos señalar la pecaminosidad de un adúltero porque estar con su esposa (B) sería lo mismo que estar con otra que no lo sea (-B).
ALGUNOS EJEMPLOS DE IRRACIONALIDAD:
A. El escepticismo:
El escepticismo puede ser propuesto de dos maneras distintas.
Nadie puede conocer nada.
Ninguna proposición es verdadera.
En cuanto a la primera, tendríamos que preguntar al escéptico: “¿Tú sabes que nadie puede conocer nada?” Si el escéptico responde que sí, es obvio que se está contradiciendo a sí mismo; pero si responde que no, entonces está admitiendo que él no sabe de qué está hablando.
Por otra parte, si alguien dice que ninguna proposición es verdadera, entonces debemos preguntarle: ¿Es tu proposición verdadera? Cualquier respuesta que dé a esta pregunta coloca al escéptico en un callejón sin salida.
B. Evidencialismo:
La esencia del evidencialismo fue expresado por un pensador del siglo XIX, W. K. Clifford, quien escribió: “Es erróneo siempre, dondequiera y para cualquiera, creer alguna cosa sin evidencia suficiente”.
Y ya que según Clifford, nunca podríamos encontrar suficientes evidencias para las creencias religiosas, todo el que acepte una creencia religiosa está actuando en una forma inmoral, irresponsable e irracional.
He aquí una vez más una declaración que se refuta a sí misma. Basta con pedir al evidencialista una prueba de su aseveración. Como es imposible presentar evidencias para probar tal cosa, tenemos que llegar a la conclusión de que la verdadera irracionalidad se encuentra en la proposición del evidencialismo.
C. Deconstruccionismo:
Según el deconstruccionismo el significado de las palabras cambia continuamente, pues dependen del contexto cultural de cada cual, lo mismo que de su trasfondo y experiencia; de manera que no podemos asignarle a las palabras un significado inherente, estable y universal.
De ese modo el deconstruccionismo pone bajo cuestionamiento la noción fundamental de la tradición intelectual de Occidente y que el deconstruccionista Jaques Derrida (fallecido el 8 de octubre de 2004) llama “logocentrismo”.
Tal como el término sugiere, las palabras han ocupado un lugar central en la historia del pensamiento como un vehículo confiable de verdad y significado. Derrida, en cambio, insiste en que toda oración está sujeta a muchas interpretaciones legítimas.
Como ha dicho alguien: “El lector va generando su propia comprensión del texto a través de la lectura. No hay una interpretación mejor y otra peor del texto. Todas las interpretaciones son válidas”.
Pero una vez más, esta postura es irracional. Ellos están usando palabras para decirnos que no creen que podemos comunicarnos con palabras. Como bien señala Lindsley: “Toda negación de que las palabras sean significativas usa palabras para negarlo. Esta asume que tu puedes comunicar que no puedes comunicarte”.
Una estudiante, cuyo profesor era deconstruccionista, relató la siguiente historia verídica. Su profesor anunció que el examen final requería un ensayo sobre la novela Moby Dick. Esta joven comenzó su ensayo con estas palabras: “Moby Dick es la República de Irlanda”.
En los próximos 90 minutos siguió desarrollando su tesis con la cual ganó una “A” y la siguiente nota del profesor: “Qué ensayo más creativo”. Y lo cierto es que el ensayo fue muy creativo, el único problema es que no tenía nada que ver con la novela de Herman Melville.
¿Cómo identificar la doctrina de los falsos maestros?
Sugel Michelén
Sería imposible en un sólo artículo hablar detalladamente de las diversas doctrinas erróneas enseñadas por los falsos profetas. No obstante, en el pasaje de Mateo 7:15-23 nuestro Señor Jesucristo nos da una clave que nos ayudará a englobar sus enseñanzas.
¿Cuál es el contexto en que aparece esta advertencia sobre los falsos profetas? La invitación a entrar por la puerta estrecha, y la advertencia de que también existe una puerta ancha, que no es otra cosa que la oferta del enemigo de nuestras almas, quien nos asegura que podemos alcanzar el reino de los cielos sin tener que sufrir todos los inconvenientes que trae consigo el camino de Cristo (comp. Mt. 7:13-14).
El Señor está persuadiendo aquí a Su auditorio a entrar por la puerta estrecha, porque a pesar de ser estrecha, es la única vía de acceso al reino de los cielos. Y es en ese contexto que dice en el vers. 15: “Guardaos de los falsos profetas”. De donde deducimos que la característica general de los falsos profetas es que prometen salvación, pero rebajando al mismo tiempo las demandas del evangelio.
Ofrecen salvación sin tener que entrar por la puerta estrecha ni caminar por el camino angosto. Aquietan la intranquilidad de sus corazones con algo menos que una verdadera obra de gracia en el corazón; de manera que al final los pecadores se sienten tranquilos y en paz, a pesar de no ver en sus vidas las señales que acompañan el verdadero arrepentimiento y la verdadera fe.
¿Cuáles son los pasos que debe dar el pecador para entrar por la puerta estrecha? Arrepentirse de sus pecados, y creer en Cristo; tomar la decisión de divorciarse de su vida de pecado, y abrazar a Cristo tal como es ofrecido en el evangelio: Como el Sacerdote que te redime, como el Profeta que te revela la voluntad de Dios, y como el Rey que gobierna sobre tus pasiones y deseos.
Ese es el mensaje claro que encontramos en todo el NT (comp. Mr. 1:14-15; Hch. 20:18-21). Cualquier persona que enseñe un camino diferente para llegar al cielo que no sea a través de esa puerta estrecha del arrepentimiento y la fe, es un falso profeta aunque cite media Biblia en cada sermón.
La salvación que Cristo ofrece al pecador por medio de la fe no es simplemente un pasaje gratis al cielo, sino reconciliación con Dios y la liberación del dominio del pecado sobre nuestras vidas. Incluye el destronamiento del pecado y la entronización de la gracia, como dice Pablo en Rom. 6:14: “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia”. Si estáis bajo la gracia el pecado no puede seguir reinando. Luchamos diariamente contra él, sigue siendo nuestro enemigo, pero ya no es nuestro rey. Y en ese mismo capítulo de Romanos, en el vers. 20, dice Pablo: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin la vida eterna”. ¿Quiénes son los que tienen como fin la vida eterna? Aquellos que tienen ahora por fruto la santificación porque han sido libertados del pecado.
El falso profeta excluye de su mensaje este aspecto esencial del evangelio. Entretienen a los hombres con diversos temas, algunos muy útiles por cierto, pero no les hablan del arrepentimiento, no los enfrentan con sus pecados, no les hablan de esa fe en Cristo que nos lleva a abrazarlo tal como Él es ofrecido en el evangelio; no sólo como nuestro Sacerdote, sino también como nuestro Profeta y como nuestro Rey.
En otras palabras, introducen su veneno a través de lo que dicen, pero también a través de lo que callan (comp. Ap. 22:18-19). Ellos no echan a un lado la Biblia completamente, pero le añaden y le quitan. Mantienen ciertas cosas esenciales de la Biblia, hablan de Cristo, de Su muerte en la cruz, de confiar en Él; pero todo esto viene a ser en su predicación un conjunto de frases sin sentido. “Debemos confiar en Jesús”, “debemos dejar que Jesús guíe nuestros pasos”, “debemos tener un encuentro personal con Jesús”.
Todo eso suena muy bien, pero ¿cuáles son las implicaciones prácticas de esas cosas? ¿Qué significa la guía de Jesús sobre nuestras vidas? ¿Cómo me afectará esto en mis negocios, en mi relación con el mundo que me rodea, en el uso de mis bienes? ¿Qué significa realmente confiar en Jesús? ¿Cuáles consecuencias vendrán a mi vida por confiar en Él? Esa es la parte que el falso profeta prefiere callar. Es por eso que el ministerio de los falsos profetas generalmente resulta muy consolador al principio.
Con esto no estoy diciendo que los verdaderos predicadores no deban consolar con la Palabra de Dios. Gracias a Dios que en la Biblia encontramos textos tan consoladores como Rom. 8:28 o el Salmo 23. Pero noten que la Biblia consuela al que debe consolar. Pablo señala en Rom. 8:28, por citar un texto, quiénes son los que tienen derecho a ampararse en esas palabras tan consoladoras: “Los que aman a Dios”. Y ¿quiénes son los que aman a Dios? El Señor responde a esto en Jn. 14:21-23: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo? Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió”. El falso profeta se limita a citar la consolación, pero no lleva a su auditorio a examinar con objetividad sin tienen derecho a apropiarse de tales promesas.
En Jer. 6:14 el Señor nos advierte que los falsos profetas “curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz”. Eso es lo que el pueblo quería oír, y por lo tanto es lo que los profetas falsos les decían (comp. Is. 30:9-10). Ahora, imaginen el contraste entre el mensaje de estos hombres, siempre tan consolador, tan tranquilizante, con el mensaje de Isaías (comp. Is. 1:10-18). Mientras los falsos profetas decían al pueblo que todo estaba bien y que no tenían nada de qué preocuparse, Isaías les decía que ellos no tenían garantía alguna de tener sobre ellos la bendición de Dios, mientras establece la base apropiada para recibir la bendición divina (comp. Is. 1:18-19).
Y ¡cuántos van hoy camino al infierno, tranquilos y confiados, sin haber entrado nunca por la puerta estrecha del verdadero arrepentimiento y la verdadera fe, y sin estar transitando por el camino angosto de una vida santa! Prestaron oídos a estos falsos profetas que hablan de paz cuando no hay paz, y ahora caminan tranquilos hacia las llamas del infierno (comp. Ez. 13:21-23). No son pocos, sino muchos, los que el día del juicio escucharán aquellas solemnes palabras del Señor: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores del maldad” (Mt. 7:23).
La Biblia advierte que muchos se enfrentarán con la muerte sumidos en una falsa paz; si no deseas pertenecer a ese grupo asegúrate de haber entrado por la puerta estrecha, y de que estás transitando en estos momentos por el camino angosto.
Sugel Michelén
Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Ha sido por más 35 años uno de los pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios. Es autor de varios libros, incluyendo De parte de Dios y delante de Dios y El cuerpo de Cristo. El pastor Michelén y su esposa Gloria tienen 3 hijos y 5 nietos. Puedes seguirlo en Twitter.
Qué hacer cuando tu hijo es adicto a los videojuegos
Melanie Hempe
Estábamos en la carretera, llevando a nuestro hijo mayor de vuelta de su primer año en la universidad, cuando el momento de claridad llegó.
«Mamá, he estado en la cama durante la última semana», dijo Adam. «No salí de mi dormitorio. No terminé mis clases. Ese videojuego me hizo algo».
Nunca olvidaré el shock que sentí. ¿Qué quieres decir con «ese juego me hizo algo»?
En ese momento, seis años de conflicto de repente tenían sentido. Por fin me di cuenta: nuestro hijo estaba atrapado en su mundo virtual y no podía salir.
Problema Debí haberme dado cuenta de las señales de advertencia en la escuela secundaria, cuando Adam empezó a dejar los deportes y los pasatiempos para jugar más a los videojuegos. También empezó a preferir su mundo de juegos a pasar tiempo con nosotros o ir a la iglesia. Yo odiaba mi nuevo trabajo como mamá policía de los videojuegos, poniendo el temporizador de la cocina y lidiando con constantes conflictos sobre su tiempo de juego.
¿Era normal que un adolescente estuviera horas y horas felizmente encorvado sobre una pantalla en el oscuro sótano? Mis amigas me decían: «Al menos no se mete en problemas. Al menos siempre sabes dónde está». Recuerdo pensar que era un estándar muy bajo. Pero era mi primer hijo, y parecía estar aprendiendo mucho en esa pantalla; al menos, eso es lo que él me decía.
Si sientes que algo va mal en la relación de tu hijo con las pantallas, no ignores esa persistente advertencia interior
Sus hábitos frente a la pantalla empeoraron en noveno grado, cuando su escuela, como muchas otras, dio un computador portátil a cada estudiante. Ese fue un punto de inflexión para nuestra familia, porque perdimos toda capacidad de ayudarle a controlar su tiempo frente a la pantalla. Un día, mientras caminaba por el pasillo de la escuela para reunirme con el consejero y hablar del problema, me crucé con una fila de chicos que jugaban a Call of Duty en sus portátiles regaladas. Me pregunté cómo lo estarían afrontando otros padres.
El resto del tiempo que Adam pasó en la secundaria estuvo lleno de conflictos: el tira y afloja de intentar manejar la vida con su inmanejable obsesión por los juegos. Nos alegramos de que fuera a la universidad; suponíamos que superaría su hábito juvenil y por fin empezaría su vida. Pero nos equivocamos. En el viaje de vuelta a casa, me di cuenta de que nos enfrentábamos a algo más serio que un mal hábito. Tenía todos los síntomas de una adicción.
Investigación Mi formación es en enfermería, así que me sumergí a fondo en la investigación cerebral relacionada con el uso de videojuegos. Hablé con médicos y neurocientíficos de todo el país y aprendí que la adicción a los videojuegos incluye un componente neuroquímico bien definido. Las resonancias magnéticas muestran que la adicción a los videojuegos es neurológicamente similar a cualquier otra adicción. Al igual que las apuestas y las drogas, el juego secuestra la vía de recompensa de la dopamina. La sobreproducción de dopamina durante el juego desencadena una serie de acontecimientos neuroquímicos que conducen a un anhelo por más. Esto, a su vez, provoca un deterioro del autocontrol y disfunciones en las actividades cotidianas y las relaciones interpersonales, factores determinantes de cualquier adicción.
Adam no exageraba: el juego le había «hecho algo» a su cerebro.
Pasé de pensar en términos de límites parentales —como fijar un toque de queda o no permitir películas de clasificación R— a comprender las implicaciones emocionales y espirituales más profundas de un niño perdido en el mundo virtual. El juego no era un rito de iniciación neutral. Por el contrario, como todas las actividades adictivas, podría potencialmente arrastrar a un niño lejos de los cimientos de su vida familiar y espiritual. Se convierte en el dios de su propio universo en su escapada diaria. Con el tiempo, el mundo virtual puede llegar a ser tan auténtico y tan inmersivo que la necesidad de su familia, de Dios y del gozo natural disminuye.
Redención Incluso cuando los tiempos eran oscuros y me sentía aislada en esta lucha, sabía que en el fondo había un propósito mayor. 2 Corintios 1:3-5 nos dice que Dios nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que podamos consolar a los que están en cualquier tribulación con el consuelo que hemos recibido de Dios. Me prometí a mí misma que nunca olvidaría el dolor de esta etapa de mi vida para poder ayudar a otras familias a evitar lo que le ocurrió a mi hijo mayor.
Gracias a Dios, nuestra historia está llena de redención. En primer lugar, casi doce años después, a Adam le va bien: sirvió cinco años en el ejército estadounidense y se graduó de la licenciatura. Ahora está terminando la carrera de Derecho y es portavoz de ScreenStrong, una organización sin ánimo de lucro que creamos para salvar a los niños del camino que él tomó. Adam les cuenta que desearía poder recuperar las más de diez mil horas que pasó jugando y perdiéndose en el mundo virtual.
En segundo lugar, a raíz de lo que vivió Adam, mi esposo y yo cambiamos la forma de abordar la tecnología con su hermana y sus hermanos gemelos más pequeños, creando para ellos una infancia libre de videojuegos y teléfonos inteligentes.
¿Radical? Sí. Pero nuestra hija se desenvolvió bien en la escuela secundaria sin teléfonos inteligentes ni redes sociales. Nunca se vio arrastrada al drama de las guerras de mensajes de texto de secundaria ni a las tentaciones de los adolescentes mayores en las redes sociales. Los gemelos están progresando en la escuela secundaria, manteniendo relaciones cara a cara con muchos grupos de amigos, entrenadores y profesores. En lugar de jugar a Fortnite durante cuatro horas diarias, compiten en béisbol y en carreras a campo traviesa, forman parte del consejo estudiantil y disfrutan tocando el violín y el piano. Todas estas son actividades que Adam perdió por el tiempo que invirtió mirando una pantalla con el control del juego en la mano.
A menudo me preguntan si ellos se sienten excluidos. No, mis hijos están muy unidos a sus amigos y a nuestra familia. Este camino ha dado lugar a mucha alegría en nuestro hogar.
En tercer lugar, Dios ha usado la historia de Adam para llegar a muchas familias. Ahora paso mi tiempo ayudando a otras madres y padres que están luchando con problemas de tiempo de pantalla en sus hogares. La educación sobre los efectos de las pantallas en el cerebro se convierte en la luz que brilla en los lugares oscuros. Los padres pueden comprender los efectos del uso excesivo de las pantallas en el desarrollo del niño y tomar las mejores decisiones para su familia. A través de la comunidad, los padres dejan de sentirse aislados y avergonzados. ¿Cuál es el resultado? Se restablecen las relaciones.
Sigamos avanzando No hay que avergonzarse de cometer errores; nosotros cometimos muchos. Como padres, luchamos por vivir en la tensión entre la soberanía de Dios sobre cada centímetro cuadrado de la creación (citando a Abraham Kuyper) y nuestra responsabilidad de ser fieles administradores de nuestras vidas y guardianes de nuestros hijos.
¿Cómo podemos hacer esto bien? Los elementos adictivos y provocativos de los videojuegos son tan poderosos que creo que es peligroso permitir que entren en nuestros hogares como una actividad valorada durante la infancia y luego esperar que nuestros hijos prosperen. Preparar a nuestros hijos para el fracaso no es protegerlos, no es sabio y no honra a nuestro Creador.
La solución no consiste en privar a nuestros hijos de la diversión, sino en devolverles el gozo profundo de la vida real
Nuestra responsabilidad como padres es proteger a nuestros hijos de los elementos adictivos de la cultura que les hacen daño. Hazte algunas preguntas: ¿Está aumentando el uso de juegos en tu casa con el paso del tiempo? ¿El tiempo dedicado a los juegos está desplazando a los deportes y las aficiones sanas? ¿Están empeorando las notas y las relaciones de su hijo? ¿Su juego lo está distanciando de Dios y de su familia?
Si sientes que algo va mal en la relación de tu hijo con las pantallas, no ignores esa persistente advertencia interior, como hice yo durante mucho tiempo.
Adam me dijo una vez: «Mamá, nunca herirás mis sentimientos si compartes mi historia. Por favor, advierte a todas las familias que puedas».
Todas las familias se enfrentan al maremoto de la tecnología digital en la infancia, pero no todas tienen por qué verse arrastradas por ella. No podemos inmunizar a nuestros adolescentes con controles parentales o más conversaciones. No podemos cambiar el proceso de desarrollo infantil: son inteligentes pero no maduros. No podemos obligar a los niños a ser «sabios» con el tiempo de pantalla, ya que no son adultos con un córtex frontal totalmente conectado.
Pero podemos estar más informados y ser más diligentes a la hora de alinear las actividades de nuestros hijos con nuestros valores. Podemos evitar proactivamente las luchas frente a la pantalla y centrarnos en relaciones sanas. La solución no consiste en privar a nuestros hijos de la diversión, sino en devolverles el gozo profundo en el compromiso con la vida real. Dios creó un mundo para que lo exploren y aventuras para que las vivan en la vida real. Apuntemos hacia Su dirección.
Mantengamos allí también nuestra mirada. Recordemos que Dios es quien nos da nuevas misericordias cada mañana (Lm 3:22-23), sabiduría cuando se la pedimos (Stg. 1:5) y resistencia y ánimo que podemos compartir con otros (Ro 15:5).
La adicción a los videojuegos es real; no tengas miedo de buscar ayuda de padres que han salido del otro lado de sus luchas contra las pantallas. Hay esperanza. Por la gracia de Dios, puedes recuperar a tus hijos y reconectar a tu familia.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Eduardo Fergusson. Nota del editor: Amy C. Eytchison contribuyó a este artículo.
Melanie Hempe (BSN, Emory University) es la fundadora de ScreenStrong, una organización nacional sin ánimo de lucro que trabaja con las familias para eliminar la dependencia infantil de las pantallas. Ha escrito tres libros para padres y presenta un podcast semanal, ScreenStrong Families. Su trabajo ha aparecido en Psychology Today, The Wall Street Journal, Thrive-Global, A&E Network, CBS, NPR, CNN, el documental Screened Out y diversos medios de comunicación y televisión. Vive en Carolina del Norte con su esposo y sus cuatro hijos.
Nota del editor: Este es un fragmento adaptado del libro Hechos 1 – 12 para ti (Poiema Publicaciones, 2022), por Albert Mohler Jr.
La llegada del Espíritu Santo en los acontecimientos de Pentecostés en Hechos 2:1-13 prepara el escenario para el sermón de Pedro en los versículos 14-36. En este punto, es importante resaltar que este sermón marca el inicio del testimonio de la iglesia en cumplimiento de la comisión dada a los apóstoles en Hechos 1:8.
Con el sermón en Pentecostés, Pedro presenta el testimonio de la iglesia cristiana al mundo, el cual declara que Jesucristo es el Señor crucificado y resucitado. El mensaje comenzará aquí en Jerusalén, pero, así como lo deja en claro el libro de Hechos, continuará extendiéndose al resto del mundo.
El hombre La porción de Hechos 2:14-36 contiene uno de los sermones más asombrosos que se han predicado. Pero antes de ver lo que se dijo, o incluso cómo se dijo, date cuenta quién habló a la multitud de Jerusalén en este día extraordinario.
El versículo 14 revela que Pedro fue el predicador de ese día y que estaba junto a los otros apóstoles. Puede que este hecho no nos sorprenda, pero debemos considerar nuevamente cuán impactante es en la historia bíblica el hecho de que Pedro estuviera siquiera presente, y ¡cuanto más hablando!
Pedro actuó de manera cobarde, incluso negando a Jesús en los últimos momentos de Su vida (Lc 22:54-62), por lo que la presencia de Pedro en el día de Pentecostés es testimonio de la voluntad de Cristo para perdonar incluso al peor de los pecadores. La osadía de Pedro en el día de Pentecostés solo puede ser explicada por el poder del Espíritu obrando en él. Solo unas semanas antes, Pedro estaba dándole la espalda a Cristo. Ahora está proclamándolo con confianza, e incluso confrontando a los judíos con su pecado y necesidad de arrepentirse.
Con el sermón en Pentecostés, Pedro presenta el testimonio de la iglesia cristiana al mundo, el cual declara que Jesucristo es el Señor crucificado y resucitado
Debemos reflexionar sobre el denuedo y el liderazgo de Pedro en el día de Pentecostés. La gracia que recibió de Cristo en el momento de su restauración después de su negación le permitió predicar el evangelio y hacerlo con osadía. El Señor sabía que Pedro lo negaría (Lc 22:34). Esa tarde, Pedro, de hecho, negó al Señor y hacer eso lo quebrantó emocionalmente (Lc 22:54-62).
El apóstol Juan completa los detalles de lo que sucedió después de la negación de Pedro. A la luz de su triple negación, Cristo le extendió misericordia al otorgarle una triple redención (Jn 21:15-19). Pedro ha sentido el dolor de su pecado y la redención por la gracia de Cristo. La razón por la cual esto es importante es que la historia de Pedro es la historia de cada cristiano. La misericordia del Señor puede restaurar a cualquiera. Ahora Pedro extiende esa misma misericordia a la multitud que se ha reunido ese día de Pentecostés.
El método Lo segundo que debemos notar acerca del sermón de Pedro es el método que utilizó para presentarlo. Observa que de inmediato Pedro dirige su audiencia a las Escrituras: «esto es lo que fue dicho por medio del profeta Joel» (Hch 2:16). De hecho, Pedro apela a las Escrituras en repetidas ocasiones. En el transcurso de su sermón, entrelaza grandes pasajes del Antiguo Testamento que hablan sobre Cristo como Joel 2 y los Salmos 16 y 110.
El sermón de Pedro es un ejemplo maravilloso para nosotros de lo que debería ser la predicación: acudir al texto bíblico, explicarlo, aplicarlo y pedir una respuesta. En otras palabras, Pedro muestra aquí en los primeros capítulos de Hechos que los apóstoles del primer siglo se dedicaron a la predicación expositiva. Su proclamación se enfoca en la persona y la obra de Jesucristo. Su enfoque es apropiado dada la importancia del momento que acaba de ocurrir. Con demasiada frecuencia, los sermones se entrelazan alrededor de historias o temas no relacionados, sin centrarse en Jesús. Pedro no hace esto. Su sermón es directo y demuestra el cumplimiento de las promesas de Dios en la persona y obra de Jesucristo.
El mensaje En Hechos 2:17-21, Pedro explica y defiende las acciones de los apóstoles en el aposento alto en Pentecostés. Algunos judíos en la multitud creían que los apóstoles estaban borrachos (v. 13), pero Pedro explica que el profeta Joel había predicho los desconcertantes acontecimientos de Pentecostés y que, por lo tanto, los apóstoles estaban cumpliendo así la profecía del Antiguo Testamento.
Pedro dice que Joel 2 profetizó que señales milagrosas acompañarían al derramamiento del Espíritu en los «últimos días» y de acuerdo con el Antiguo Testamento, los «últimos días» fueron los días del nuevo pacto y la nueva creación (Hch 2:17). Esencialmente, el apóstol está enseñando a la multitud que todas las promesas del Antiguo Testamento acerca de la nueva creación han sido ya inauguradas por la obra de Jesucristo.
Pedro continúa su sermón enfatizando la soberanía de Dios sobre los eventos alrededor de la muerte y la resurrección de Jesús. Como señala, la muerte de Jesucristo fue parte del «determinado propósito» de Dios desde toda la eternidad (Hch 2:22-24).
Algunas tradiciones teológicas tienen la noción equivocada de que la historia se desarrolla como un proyecto cooperativo entre Dios y el hombre, es decir que Dios está esperando a ver cómo nuestras acciones darán forma a la historia y luego responderá de acuerdo con ellas. Sin embargo, este punto de vista no es congruente con la Biblia. Jesús no terminó en la cruz por un fracaso en Su ministerio. Pedro declaró que Jesús fue entregado por Dios el Padre según el plan predeterminado de Dios (v. 23). Dios no envió a Jesucristo para ver cómo Su creación, en su naturaleza pecaminosa, respondería a Él. Ni tampoco consideró la crucifixión como una mera posibilidad. Jesucristo fue el Cordero de Dios, enviado a morir.
Pedro llama a su audiencia a reconocer las Escrituras y su clara enseñanza con respecto a la identidad de Jesús: el mayor hijo de David, el Mesías de Israel. Esta gran verdad debería dar a los cristianos de todo el mundo una firme certeza de que Dios tiene realmente el control de la historia del mundo y el control de nuestras vidas. Nuestro Dios no está esperando a ver cómo se desarrolla la historia. El Dios de las Escrituras es el Dios que dispone todas las cosas de acuerdo con el designio de Su voluntad (Ef 1:11). Él es el Dios que actúa en la historia. Él es el Dios trascendente, eterno, soberano, omnipotente y omnisciente. Esto no significa que los hombres responsables de la crucifixión estén excusados; los que estaban presentes en la crucifixión son llamados «impíos» y son culpables de su pecado (Hch 2:23). Pero la Biblia contiene ambos hechos aparentemente contradictorios —la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre— como verdades armoniosas.
Por supuesto, la historia no termina con la crucifixión. Pedro continúa su sermón señalando: «Este [Jesús]… ustedes lo clavaron en una cruz por manos de impíos y lo mataron. Pero Dios lo resucitó» (v. 23-24). La gente impía o malvada había tratado de matar a Jesús, pero Dios lo levantó de los muertos. Toda la redención es iniciada por Dios.
Los seres humanos habían llegado a un punto de absoluta rebelión. Simplemente ya no había nada más que pudiéramos hacer por nosotros mismos. Pero Dios tomó la iniciativa y nos salvó mediante la obra de Cristo. Pedro está enseñando que, sin que los malvados que mataron a Jesús supieran, Dios siempre había planeado entregar a Su Hijo para que fuera asesinado, y luego resucitarlo de entre los muertos. Fue en esta victoria que Dios demostró Su sabiduría y poder sobre la muerte. Argumentando a partir de las Escrituras, el apóstol continúa enfatizando el señorío de Cristo, que se da a conocer ahora a través de la resurrección.
Finalmente, Pedro hace un llamado a su audiencia a reconocer las Escrituras y la clara enseñanza del Antiguo Testamento con respecto a la identidad de Jesús (Hch 2:36). El argumento de Pedro está saturado de las Escrituras. Está razonando a partir del Antiguo Testamento para demostrar que Jesús es en realidad el mayor hijo de David, el Mesías de Israel.
El Dr. R. Albert Mohler Jr. es el presidente del Southern Baptist Theological Seminary (Lousville, Kentucky) y una de las voces de mayor influencia en el panorama evangélico de los Estados Unidos actualmente. El Dr. Mohler es conocido por su firme y clara defensa del evangelio y por su fidelidad a las Escrituras. Puedes seguir sus publicaciones mediante su sitio web, Twitter y Facebook.
DEFINICIÓN La pregunta del origen del pecado indaga cuál fue la causa del pecado de Adán, por la que el género humano cayó de la justicia a la condenación, y contempla la relación de la venida del pecado al mundo con la voluntad del Creador bueno y santo, quien es soberano sobre todo.
SUMARIO La enseñanza bíblica sobre el pecado comienza en el jardín, donde Adán violó la prohibición de Dios de comer del árbol prohibido. Allí descubrimos que, antes de la caída del hombre, el pecado existía en la forma de la serpiente tentadora: Satanás. Sin embargo, como Dios creó todas las cosas buenas, incluidos los ángeles que después cayeron, inevitablemente debemos enfrentarnos a la soberanía, omnisciencia y omnipotencia de Dios con respecto al origen del pecado. Una enseñanza bíblica equilibrada mostrará que Dios no es el autor del pecado, ya que, en Su santidad, Dios no tiene pecado ni maldad. Por otra parte, una cuidadosa reflexión bíblica enseña que Dios permitió el pecado de tal manera que Él permanece moralmente perfecto: Dios nunca es la causa principal, sino solo la secundaria en el pecado humano. El intento de dar un sentido racional al pecado siempre se tropezarán con la irracionalidad inherente al mismo. Sin embargo, en la cruz de Jesucristo, donde Dios quiso que Su Hijo fuera entregado a la muerte por manos de pecadores culpables, descubrimos la mejor respuesta a las preguntas sobre el origen del pecado en la gracia soberana de Dios, que le trae gloria por medio de la redención de los pecadores.
¿Cuál es la causa del pecado humano? La pregunta sobre el origen del pecado tiene importancia por lo que nos dice tanto del hombre como de Dios. Según las teorías modernas, el pecado del hombre se origina en sus orígenes evolutivos. Se dice que la historia implica un ascenso desde unos comienzos salvajes, de modo que el pecado se considera simplemente como algo innato de la naturaleza humana. El efecto de una visión evolutiva del hombre es normalizar lo que la Biblia llama pecado como una simple necesidad de nuestra existencia.
Este enfoque moderno del origen del pecado entra en conflicto de manera radical con la Biblia al negar una justicia original a Adán. Génesis 1:27 afirma que «Dios creó al hombre a imagen Suya», y esta imagen implica santidad personal, rectitud y, por lo tanto, la liberación de la necesidad de pecar. Donald Macleod escribe: «Según la Biblia, el hombre, tal como fue hecho por Dios, era recto. Fue hecho a la imagen de Dios. Estaba sin pecado alguno».1 Sin embargo, el hombre se convirtió en pecador cuando Adán sucumbió a la tentación en el jardín. En este importante sentido, el hombre pecó cuando Adán quiso pecar en su corazón. Aunque Dios le prohibió comer del árbol de la ciencia del bien y del mal (Gn 2:17-18), Adán comió el fruto y cayó en el pecado (Gn 3:6). Por lo tanto, el pecado no se originó en la naturaleza humana tal y como Dios la creó, sino que resultó cuando Adán fue tentado por la serpiente maligna por medio de su mujer. Una vez que Adán pecó, toda la raza humana cayó con él, perdieron la justicia original de la creación hecha a imagen de Dios (Gn 6:4), comparten la culpa de Adán (Ro 5:12, 18) y se corrompieron con el pecado, de modo que de ahí en adelante cada ser humano nace como pecador (Sal 51:5).
Aunque podemos rastrear la entrada del pecado humano hasta la tentación y la caída de Adán, observamos que la caída de Adán fue precedida por la caída de los ángeles malvados, de los cuales el principal es Satanás, quien se disfrazó en el jardín como la serpiente., pues cuando Adán pecó, ya había un ángel pecador presente en el jardín. La Biblia no define con claridad la manera o el momento en que tuvo lugar la caída de los ángeles. Pero Jesús dice que Satanás «fue un asesino desde el principio» (Jn 8:44; ver 1 Jn 3:8), lo que muy probablemente se refiere al principio del relato de la creación. Pablo advierte a los líderes de la iglesia de que no se envanezcan y caigan en «la condenación en que cayó el diablo» (1 Ti 3:6), lo que sugiere que el pecado originario de Satanás fue un orgullo que resentía la creación del hombre a imagen de Dios. Es lógico que Satanás tentara a Adán y Eva para que fueran «como Dios» (Gn 3:5), porque esta misma rebeldía descontenta ocasionó su propia caída.
El pecado y la voluntad de Dios Estos datos bíblicos nos llevan al asunto de la relación de Dios con el origen del pecado. Herman Bavinck comenta: «Sobre la base de la Escritura, es seguro que el pecado no comenzó en la tierra, sino en el cielo, a los pies del trono de Dios, en Su presencia inmediata».2 ¿Significa esto que el pecado tiene su origen en Dios o en Su voluntad?
Dados los atributos divinos de la omnisciencia y omnipotencia, es inconcebible que el pecado, ya sea como acto o como poder, pueda haberse originado separado de la voluntad de Dios. Algunos pensadores han tratado de eximir a Dios de las implicaciones de esta realidad. Por ejemplo, Immanuel Kant argumentó que era la voluntad de Dios que existiera el pecado porque era necesario para la posibilidad del bien en el mundo. Al igual que los pájaros solo pueden volar gracias a la resistencia contraria del viento, también la presión del pecado es necesaria para la perfección moral humana.3 Otros han argumentado que el pecado era necesario para la creación de Dios a fin de que el hombre ejerciera el libre albedrío. El problema de estos puntos de vista es que el pecado se convierte así en algo normativo para la condición humana y puede incluso considerarse como una especie de bien. Este punto de vista contrasta con la insistencia de la Biblia en que el pecado es siempre «malo ante los ojos del Señor» (2 Cr 29:6).
La Biblia enseña uniformemente la soberanía de Dios sobre todas las cosas (Mt 10:9; Sal 33:11), lo que incluiría el origen del pecado, pero las Escrituras niegan explícitamente que Dios sea en Sí mismo la fuente del mal. Santiago 1:13 afirma que Dios no es el autor del pecado: «Que nadie diga cuando es tentado: “Soy tentado por Dios”. Porque Dios no puede ser tentado por el mal». 1 Juan 1:5 insiste: «Dios es Luz, y en Él no hay ninguna tiniebla», por lo que el pecado no se origina en la naturaleza o el ser de Dios. Tampoco nada de lo hecho por Dios fue malo en modo alguno, como declara Génesis: «Dios vio todo lo que había hecho; y era bueno en gran manera» (1:31). Job 34:10 declara: «Lejos esté de Dios la iniquidad, / Y del Todopoderoso la maldad». Además, la Biblia declara explícitamente el odio de Dios por el pecado (Sal 5:4; Lc 16:15).
¿Muestran estos versículos que Dios simplemente permitió el pecado, sin que fuera Su voluntad? La respuesta debe ser que «no», si por permiso excluimos la voluntad positiva de Dios. Fred G. Zaspel escribe: «La relación de Dios con los actos pecaminosos no es puramente pasiva: Su participación no es la de una mera autorización».4 Podemos decir con razón que Dios tuvo la voluntad de permitir el pecado, pero al hacerlo se afirma Su gobierno providencial sobre el pecado. Los teólogos abordan esta situación afirmando que el papel de Dios en el origen del pecado no implica una causalidad primaria sino secundaria. Fue la voluntad de Satanás la que pecó al dirigir la rebelión de los ángeles, así como fue la voluntad de Adán la que pecó al tomar el fruto prohibido. En última instancia, estos fueron según la voluntad decretada por Dios, pero Satanás y el hombre siguen siendo responsables de su pecado. Zaspel explica que «todo lo que sucede, bueno o malo, proviene de la ordenación positiva de Dios; pero la calidad moral del hecho en sí mismo está enraizada en el carácter moral de la persona que lo hace».5 Al mismo tiempo, debemos notar una diferencia entre la voluntad de Dios sobre el bien y el mal, la primera implica una habilitación positiva y la segunda un permiso positivo. Bavinck escribe: «La luz no puede por sí misma producir oscuridad; la oscuridad solo surge cuando la luz se retira».6
Aunque debemos negar cualquier bondad en el pecado mismo, sigue siendo cierto que Dios ha ordenado el pecado —de hecho, Dios utiliza el pecado sin pecar— para la alabanza de Su gloria. Puesto que «Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas», Dios quiso utilizar el pecado, en última instancia, para mostrar la perfección de Sus atributos, de modo que «a Él sea la gloria para siempre» (Ro 11:36). Por lo tanto, podemos llegar a decir que, aunque el pecado es malo, es bueno que haya pecado, pues de lo contrario Dios no habría sido la voluntad de Dios que existiera.
La enseñanza más clara de las Escrituras que afirma tanto la voluntad de Dios sobre el pecado como la responsabilidad del hombre sobre el mismo formó parte del sermón de Pedro el día de Pentecostés. Al condenar al pueblo de Jerusalén por su pecado contra el Salvador, Pedro declaró: «ustedes lo clavaron en una cruz por manos de impíos y lo mataron» (Hch 2:23). El pecado fue cometido por el pueblo que clamó por la crucifixión de Jesús, por Poncio Pilato en su error judicial, por los soldados romanos que clavaron a Cristo en la cruz, y por los sacerdotes y otros líderes religiosos que se burlaron del Hijo de Dios en Su tormento. Sin embargo, Pedro también atribuye a Dios la plena soberanía sobre todos estos perversos acontecimientos. Él añade en ese versículo que Jesús fue «entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios» (Hch 2:23). Dios no solo sabía que Su Hijo sería torturado, escarnecido y asesinado, sino que fue de acuerdo con Su «plan definitivo» y eterno para la historia que estos eventos tuvieron lugar.
El «enigma» del origen del pecado Al responder a las preguntas sobre el origen del pecado, si bien podemos afirmar muchas verdades importantes, nos encontramos ante lo que Herman Bavinck llamó «el mayor enigma de la vida y la cruz más pesada que debe soportar el intelecto».7 Cuando se considera como una explicación del mundo tal como lo conocemos, el pecado tiene perfecto sentido: de hecho, sin una doctrina de la caída de la humanidad, la historia del mundo es incomprensible. Sin embargo, considerando los datos bíblicos sobre el pecado en sí, cuando nos preguntamos cómo es que seres creados totalmente buenos por Dios —tal como el ángel Satanás y el hombre Adán— pudieron querer pecar, se nos escapan todas las respuestas. Los intentos de racionalizar el origen del pecado tropiezan con la irracionalidad esencial de la criatura que se rebela contra el Creador. Esta irracionalidad aflige no solo a los pecados originarios de la historia antigua, sino también a cada pecado que cometemos hoy. Cuando el cristiano se pregunta amargamente: «¿Por qué pequé?», hay descripciones —por la tentación, por permanecer en el pecado interno, etc.—, pero no hay explicaciones verdaderas del origen de ningún pecado.
Es por esta razón que los cristianos pueden estar agradecidos por la pregunta «¿Por qué?» cuando se trata del pecado. Al no tener una respuesta verdadera en el lado humano de la ecuación, encuentra satisfacción en la gracia de la voluntad soberana de Dios. Romanos 11:32 afirma: «Porque Dios ha encerrado a todos en desobediencia para mostrar misericordia a todos». Solo a la luz de la gloria de la gracia de Dios empieza a tener sentido el pecado. Dios ha escogido salvar a Su pueblo, como pecadores, por medio de la sangre de Su Hijo como muestra de misericordia soberana. Los cristianos se dan cuenta así de que, porque nos convertimos del pecado que fue lavado mediante la sangre expiatoria, Dios es glorificado en Su Hijo. Lejos de minimizar la importancia de nuestros pecados continuos, los cristianos también se dan cuenta de que Dios es glorificado ahora en el poder que Su gracia proporciona permitiéndonos no pecar. El enigma del origen del pecado, pues, permite a los creyentes en Cristo percibir con gloriosa claridad el asombroso amor y la misericordia de Dios en Su Hijo, «para alabanza de la gloria de Su gracia» (Ef 1:6).
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Camilo Patiño.
Este ensayo es parte de la serie Concise Theology (Teología concisa). Todas las opiniones expresadas en este ensayo pertenecen al autor. Este ensayo está disponible gratuitamente bajo la licencia Creative Commons con Attribution-ShareAlike (CC BY-SA 3.0 US), lo que permite a los usuarios compartirlo en otros medios/formatos y adaptar/traducir el contenido siempre que haya un enlace de atribución, indicación de cambios, y se aplique la misma licencia de Creative Commons a ese material. Si estás interesado en traducir nuestro contenido o estás interesado en unirte a nuestra comunidad de traductores, comunícate con nosotros.
NOTAS AL PIE 1Donald Macleod, A Faith to Live By: Understanding Christian Doctrine [Una fe para vivir: Comprendiendo la doctrina cristiana] (Ross-shire, UK: Christian Focus, 1998), p. 110. 2Herman Bavinck, Reformed Dogmatics (Dogmática reformada), 4 vols., trad. John Vriend (Grand Rapids, MI: Baker, 2006), 3:36. 3Ibid., 3:56. 4Fred G. Zaspel, The Theology of B. B. Warfield: A Systematic Summary [La teología de B. B. Warfield: Un resumen sistemático] (Wheaton, IL: Crossway, 2010), p. 205. 5 Ibid. 6Bavinck, Reformed Dogmatics [Dogmática reformada], 3:63. 7 Ibid., 53.
LECTURAS ADICIONALES Berkhof, Louis. Teología sistemática (Libros Desafío, 1995). Berkhof ofrece una consideración breve y legible, pero completa, de este tema. Bavinck, Herman. Reformed Dogmatics, Volume Three: Sin and Salvation in Christ [Dogmática reformada, edición condensada en un solo volumen: Pecado y salvación en Cristo]. Trad. John Vriend (Grand Rapids, MI: Baker, 2006). Es el tratamiento más completo y maduro que existe sobre el tema. La sección correspondiente está disponible en línea aquí (en inglés). Bowers, Johnathan. «Seven Things the Bible Says about Evil [Siete cosas que dice la Biblia sobre el mal]» (Desiring God, 18 de octubre de 2011). Este artículo es especialmente útil para conectar las respuestas al asunto del mal con la cruz de Cristo. Piper, John. «God Planned Sin! [¡Dios planeó el pecado!]». Extracto del sermón en video que argumenta a partir de las Escrituras que el mayor de todos los pecados, el grotesco asesinato de Jesucristo, fue el plan de Dios que reveló Su voluntad para salvar a los pecadores. Piper, John. «Is God Sovereign Over Sin? [¿Es Dios soberano sobre el pecado?]». Extracto del sermón en video que explica la voluntad soberana de Dios y Su control sobre todo pecado. Warfield, B. B. Works [Obras] (10 vols. Grand Rapids, MI: Baker, 2003) 2:20-22. ———. Selected Shorter Works [Obras breves selectas] (Phillipsburg, NJ: P&R, 1970) 2:310-13. Warfield ofrece una perspectiva perspicaz sobre la visión ortodoxa del origen del pecado, destacando especialmente las enormes contribuciones de Agustín. «What is the origin of sin? [¿Cuál es el origen del pecado?]» ¿Preguntas sobre Dios? Breve y útil resumen del tema.