¿Qué pasó con el pudor y la modestia?

¿Qué pasó con el pudor y la modestia?
SUGEL MICHELÉN

Como vimos en la entrada anterior, Dios no nos ha dejado en oscuridad con respecto al tema de la vestimenta. Él ha hablado y, como siempre, lo que Él dice sobre este asunto es completamente contrario a lo que el mundo dice. Pero si eres creyente, los criterios de Dios revelados en la Palabra de Dios son los que deben amarrar tu conciencia y guiar tus pasos; no la revista Vogue, ni Harper’s Bazar, ni Cosmopolitan, ni GQ para los hombres, sino la infalible, inerrante y todo suficiente Palabra de Dios. “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Rom. 3:4). ¿Qué nos dice Dios en Su Palabra sobre la vestimenta, qué nos ordena?

Veamos lo que Pablo dice al respecto en 1Tim. 2:9: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia”. Las dos palabras que Pablo usa en el texto, y que RV traduce como “atavío” y “decoro”, proceden de la misma raíz: kosmos y kosmeo, de dónde proviene nuestra palabra “cosmético”. La palabra kosmos significa “orden, arreglo o sistema”. Lo contrario de kosmos es caos. De manera que lejos de reprimir ese deseo natural de las mujeres a arreglarse, Pablo lo pone más bien en perspectiva. “Arréglense, pero como mujeres piadosas, mujeres que le temen a Dios y que desean agradarle a Él y reflejar Su carácter por encima de todas las cosas”. Ahora bien, ese arreglo personal debe poseer dos características fundamentales.

La mujer debe vestirse con pudor

La palabra griega que Pablo usa aquí conlleva tanto la idea de modestia como de humildad. Significa literalmente “sentido de vergüenza”. Una mujer piadosa debería sentirse avergonzada y culpable si por causa de su vestimenta alguien es distraído en su adoración a Dios o llevado a tener pensamientos impuros.

La modestia es todo lo opuesto a la arrogancia y al deseo de llamar la atención. Cuando esta mujer se viste ella está delante de Dios, no delante de los hombres. Por eso la modestia evita el exceso y la sensualidad.

La ropa de una mujer cristiana debe estar en perfecta consonancia con su profesión de fe. Una mujer que ama a Jesucristo no trata de causar furor con su vestido. Su principal interés es mostrar el carácter de nuestro Dios y Padre en todo cuanto hace y en todo cuanto usa.

Si te vistes para la gloria de Dios, tu vestimenta revelará pureza y castidad. En vez de mostrar las formas de tu cuerpo para provocar a otros, vas a cubrirlo adecuadamente porque no quieres ni pensar que por causa de un capricho tuyo un hombre sea llevado a pecar contra el Dios al que tú dices amar, adorar y servir.

De más está decir que ese no es el pensamiento del mundo en cuanto a este asunto. La industria de la moda no cree que el principal propósito de la ropa sea cubrir el cuerpo, sino más bien atraer las miradas de los hombres sobre ti; la mayoría de la moda hoy día es diseñada para provocar una atracción sexual. Se usan telas que se pegan al cuerpo para revelar sus formas, y son cuidadosamente diseñados para resaltar ciertas partes que son cubiertas de tal manera que provoquen el deseo de ver más.

En un libro secular sobre la moda titulado “Hombres y mujeres” escrito por Claudia Kidwell y Valerie Steele, dice que “la ropa es especialmente sexy cuando llama la atención al cuerpo desnudo que está debajo”. Por eso mientras más corto y ajustado mejor. Lamentablemente debemos reconocer que los impíos son más honestos que muchos cristianos. Ellos nos dicen francamente lo que muchos creyentes no se atreven a decir: “Nos vestimos así para provocar, para llamar la atención sobre nuestra figura, para que puedas tener una idea clara de mis formas”.

Como decía en un anuncio sobre trajes de baño: “Es glamoroso… es exótico… definitivamente esto no tiene que ver con nadar”. ¡Por supuesto que no tiene que ver con nadar! Esto tiene que ver con la sensualidad y la provocación.

Las formas del cuerpo del hombre y de la mujer no son pecaminosas; el cuerpo fue diseñado por un Dios bueno y santo, que luego de hacerlo lo declaró bueno y santo. Pero el hombre pecó y se corrompió, y por esa causa el cuerpo descubierto de una mujer es como un barril de pólvora que pasa en medio de candelabros encendidos. Es por eso que nuestro Señor y Salvador nos advierte con tanta fuerza que tengamos cuidado con lo que ven nuestros ojos: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mt. 5:27-29).

Para el hombre es un problema ver a una mujer vestida en una forma reveladora e insinuante. Si la codicia, dice Cristo, ya adulteró con ella en su corazón; y la mujer que provocó tal pensamiento por llevar una falda demasiado corta, o un pantalón ajustado, o una blusa ceñida al pecho que revela claramente sus formas, esa mujer tendrá que darle cuenta a Dios en el día del juicio.

Escucha lo que dice nuestro Señor acerca de aquellos que ponen tropiezo a otros: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los tropiezos! porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo! (Mt. 18:6-7).

Un vestido ajustado que revela claramente las formas del cuerpo, o demasiado corto como para cubrir lo que debe ser cubierto, no es algo neutral. Eso es pecaminoso porque violenta la santidad de Dios y la modestia que estamos llamados a exhibir como hijos de Dios. Y que nadie nos acuse de legalistas por decir esto. Urgir a los creyentes a cubrir su cuerpo no es legalismo, porque la modestia es un mandamiento escritural, un mandamiento que muchos parecen estar olvidando. Cada vez se nota menos la diferencia entre nosotros y los paganos que no conocen a Dios.

¿Es tu vestimenta un reflejo de la humildad y castidad que debe caracterizar a un creyente? Cristo nuestro Salvador, derramó Su preciosa sangre en la cruz para comprar tu alma y tu cuerpo, y el Espíritu de Dios ha venido a hacer morada en ti. A la luz de esa realidad debes dedicarte en cuerpo y alma a perseguir la gloria de Dios en todas las áreas de tu vida.

Dice Pablo en 1Cor. 6:19-20: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”. ¿Te vistes como es apropiado vestir al templo del Espíritu Santo? ¿Es tu vestido un reflejo claro del carácter santo y puro de Dios?

Pero la mujer no solo debe vestirse con pudor, sino también, en segundo lugar…

La mujer debe vestirse con buen juicio

Ese es el significado de la palabra que RV traduce como “modestia” en 1Tim. 2:9. También podemos traducirla como “auto control”, “sentido común” o “pureza mental”. Se trata de una mujer juiciosa que no se deja llevar por sus impulsos. Cuando se viste lo hace en una forma discreta y apropiada: apropiada para su edad, para su situación económica y para su época.

En cuanto a esto último dice Richard Baxter: “Es siempre legítimo seguir la moda sobria de la gente sobria; pero no es legítimo seguir la moda vana, inmodesta y enfermiza de los rebeldes, desenfrenados, orgullosos y disolutos” (Christian Directory; pg. 393).

Así que debemos vestirnos con pudor y buen juicio. Y digo “debemos” porque aunque Pablo se está refiriendo en este texto a las mujeres de manera particular, el espíritu general de la Escritura nos permite aplicar estos principios a los hombres también.

Que Dios nos ayude a glorificarle en todo cuanto hacemos, incluyendo la forma como nos vestimos. Nuestra vestimenta dice mucho de la realidad de nuestro corazón.

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

Cuando Dios trabaja en derrumbar nuestro orgullo

Cuando Dios trabaja en derrumbar nuestro orgullo
CARLOS LLAMBÉS

No sé si alguna vez te pasó que estabas muy entusiasmado con una tarea o ministerio, pues sentías que ese era el llamado del Señor para tu vida… hasta que empezaste a ver que los resultados no eran los que imaginabas al inicio. ¿Te ha pasado alguna vez? Es así como descubrimos nuestra necesidad de ser humillados por Dios para quitar el orgullo de nuestro corazón.

El próximo Billy Graham
Después de estudiar para ser capellán, comencé a visitar y predicar en la cárcel. Tenía gran entusiasmo y pasión por ver a aquellas personas conocer el evangelio. El Señor me había preparado de diferentes maneras para esto, como por ejemplo, sirviendo en tareas de evangelismo en nuestra iglesia local. Además, estaba entusiasmado de ser parte de un ministerio que pondría a nuestra iglesia en buena consideración a ojos de los miembros y del resto de la sociedad.

Yo pensaba que sería el próximo Billy Graham, un referente contemporáneo del evangelismo. Sin embargo, el Señor no había terminado conmigo y tenía muchas cosas que enseñarme.

Dios trabajará en tu vida para quitar el orgullo, aunque tenga que hacerlo mediante procesos dolorosos

Para mi desilusión, nadie mostró frutos de arrepentimiento durante los primeros meses de mi servicio regular en la cárcel. Aunque me dedicaba a predicar el evangelio a todos y cada uno en aquellas celdas húmedas, no hubo ni un solo convertido.

Mi frustración fue en aumento, al punto de querer tirar la toalla por la ausencia de resultados. Me preguntaba: «¿Será verdad que el Señor me llamó a este ministerio? ¿Se equivocó Dios o me equivoqué yo?».

Tiempo de ser humillado
Desde luego que el equivocado era yo. El llamado de Dios era cierto, pero mi actitud orgullosa al responder a Su llamado estaba mal. Fue un tiempo humillante para mí, pero con el paso del tiempo entendí que el Señor estaba trabajando en derrumbar mi orgullo, y Él siempre logra lo que se propone.

La gracia de Dios salió a mi encuentro en medio de mi angustia y frustración. Él me hizo entender por medio de Su Palabra cuál era el problema: Necesitaba confesar mi pecado de orgullo y clamar por ayuda al Señor. Yo no era el próximo Billy Graham.

Al igual que el rey Uzías, quien fue castigado con lepra por el Señor (2 Cr 26:16-20), yo también había caído en el orgullo. El apóstol Pablo también entendía este asunto del orgullo y las consecuencias que trae a nuestras vidas. La razón y propósito del famoso aguijón de Pablo era mantenerlo humilde:

Y dada la extraordinaria grandeza de las revelaciones, por esta razón, para impedir que me enalteciera, me fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca (2 Co 12:7 énfasis añadido).

Trabajando de rodillas
Cuando Dios te hace ver las cosas con tanta claridad, solo te queda caer de rodillas y reconocer que estás teniendo una actitud que no le honra. Debes confesar tu pecado y clamar por Su intervención.

Los mejores resultados vienen cuando trabajamos de rodillas y en humildad delante de Dios

Las personas que sienten en sus corazones la disposición de servir a Dios necesitan una intervención divina en primer lugar. El orgullo y la arrogancia no tienen cabida en el reino de Dios; tarde o temprano lo podrás comprobar, porque Él mismo te lo hará ver. Dios trabajará en tu vida para quitar el orgullo, aunque tenga que hacerlo mediante procesos dolorosos.

A partir de ese «reencuentro» que tuve con el Señor de rodillas, ¿qué crees que sucedió? Las cosas en la cárcel comenzaron a cambiar, los reclusos comenzaron a prestar atención al mensaje del evangelio y Dios comenzó a obrar en sus corazones. Algunos hombres mostraron arrepentimiento y pudimos comenzar con ellos un estudio bíblico.

Esto no significa que siempre que nos humillamos ante Dios veremos automáticamente los resultados exactos que queremos en nuestros ministerios, pero muchos misioneros hemos aprendido (¡y seguimos aprendiendo!) que los mejores resultados —de acuerdo a la soberanía de Dios y Su plan para nosotros— vienen cuando trabajamos de rodillas y en humildad delante de Dios. Lo mismo aplica para toda la vida del creyente.

Recuerda que «la recompensa de la humildad y el temor del Señor son la riqueza, el honor y la vida» (Pr 22:4). La humildad encierra un tesoro incalculable, pero muchas veces se nos olvida. Entonces el Señor tiene que intervenir para hacernos recordar el peligro del orgullo y los beneficios de la humildad bíblica.

Carlos Llambés es pastor misionero de origen cubano, sirviendo con la International Mission Board por más de 15 años en República Dominicana y México. Hoy reside y sirve en Panamá, cubriendo parte de las islas del Caribe. Su pasión es llevar el mensaje de salvación a donde el Señor le envíe, hacer discípulos y plantar iglesias con el fundamento bíblico de la Palabra de Dios. Es parte del equipo de escritores de Coalición Por El Evangelio, Soldados de Jesucristo y Editorial EBI. Tiene una Maestría en Estudios Teológicos de Southern Baptist Theological Seminary. Es autor del libro 7 disciplinas espirituales para el hombre. Está casado con Liliana Llambés, quien es de origen colombiano, y juntos tienen cuatro hijos adultos y nueve nietos. Puedes encontrarlo en Facebook y Twitter.

Confronta a los hipócritas, pero no los canceles

WILL ANDERSON

En la era digital, las historias de pastores caídos se vuelven virales, se documentan y se distribuyen a las masas a través de las redes sociales, YouTube, podcasts y denuncias en línea. Cuanto más prominente es el líder, más fuerte es el ruido. Cuanto más graves sean los pecados, mayor será la audiencia.

Desenmascarar a los charlatanes religiosos es lo correcto. Honra a las víctimas, hace que los líderes descarriados rindan cuentas y desafía los modelos de liderazgo basados más en la celebridad que en el servicio. Pero si bien exponer la hipocresía abusiva es un paso seguro hacia la justicia, es un primer paso crucial, no es una solución completa.

La hipocresía es como una máquina demoledora que destroza las almas a su paso, dejando a los santos desorientados tambaleándose entre los escombros de la traición. Los pastores falsos crean ovejas insensibles. En respuesta, algunos deconstruyen su camino hacia la desconversión, renunciando al cristianismo. Para los que se quedan, decididos a hallar sanidad en la iglesia y no fuera de ella, la ira, la desconfianza y la duda persisten: ¿Por qué volver a confiar en un pastor?

El hastío consume a innumerables buscadores de justicia. No basta con acusar a los abusadores espirituales; también estamos llamados a dar los primeros auxilios, vendando a los hermanos y hermanas heridos, indicándoles que Cristo es digno de confianza. Por eso me encanta Mateo 23, donde Jesús reprende ferozmente la hipocresía de los fariseos.

Este capítulo nos enseña de muchas maneras, a través de tres lecciones, que Jesús —y no los titulares— es quien debe moldear nuestra respuesta a la hipocresía.

  1. La hipocresía en los líderes no niega la obediencia en nosotros.
    Jesús no se contiene en Mateo 23, pues llama a los fariseos «hijos del infierno» y «guías ciegos», pero de forma sorprendente sus primeras palabras instruyen a los oyentes a obedecer las enseñanzas de ellos:

Los escribas y los fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés. De modo que hagan y observen todo lo que les digan; pero no hagan conforme a sus obras, porque ellos dicen y no hacen (Mt 23:2-3).

Exponer la hipocresía abusiva es un paso seguro hacia la justicia, pero no es una solución completa

El punto de Jesús es claro, aunque contracultural: Todo discípulo debe obedecer la verdad bíblica, independientemente de quién la enseñe. Es desconcertante que los pastores malos a menudo enseñen cosas buenas. Jesús no nos está diciendo que seamos indiferentes a los pastores farsantes (su crítica mordaz lo demuestra más tarde). Pero Jesús sabe que somos propensos a tirar el bebé (la verdad que fortalece la fe) con el agua sucia (la hipocresía que aplasta la fe). Incluso cuando el pecado anula el ministerio de alguien, la Palabra de Dios nunca debe ser anulada (Is. 55:9-11). Como explica el comentarista Michael J. Wilkins:

Hay que obedecer todas y cada una de las interpretaciones correctas de las Escrituras. Los fariseos decían muchas cosas buenas, y su doctrina estaba más cerca de la de Jesús en muchos aspectos cruciales que la de otros grupos… Jesús no condena la búsqueda de la justicia en sí misma; más bien, critica solo ciertas actitudes y prácticas expresadas dentro del esfuerzo por ser justos.

Cuando una autoridad espiritual engaña, es tentador descartar no solo a la persona, sino también todo lo que ha enseñado. Se siente más seguro desechar todo, incluyendo la doctrina. Pero esto crea cínicos que perciben toda autoridad espiritual como abusiva y cualquier llamado a la obediencia como legalismo. Dios quiere que seamos duros con los tiranos, pero tiernos con Su Palabra. Abandonar la verdad es renunciar a nuestra arma más fuerte contra el mal. Permanezcamos armados.

  1. Dios odia la hipocresía más que nosotros.
    Mateo 23, junto con toda la Escritura (ver Ezequiel 34), nos muestra la ira de Dios cuando los líderes espirituales engañan y maltratan a Su pueblo. Cristo tiene cero simpatía por encubrir o minimizar las prácticas que calumnian Su nombre y maltratan a Su novia. Su furia santa es intensa, no indiferente; específica, ni ambigua.

En Mateo 23:4-36, Jesús lanza algunos reproches que irritan a los fariseos: hipócritas, hijos del infierno, guías ciegos, insensatos, ciegos, codiciosos, autocomplacientes, sepulcros blanqueados, malvados, serpientes, camada de víboras. Lejos de ser insultos inmaduros, estas palabras revelan el amor de Cristo por Su pueblo. Como un padre que increpa a alguien que intenta hacer daño a su hijo, la intensidad muestra intimidad.

Abandonar la verdad es renunciar a nuestra arma más fuerte contra el mal

El amor también es evidente en lo específico de la ira de Jesús. Con argumentos afilados, persigue a los fariseos con precisión, como señala Wilkins en su comentario sobre este pasaje: ellos imponen cargas legalistas a la gente (v. 4), muestran su piedad de forma pretenciosa (v. 5), se aprovechan de su posición de modo que menosprecian la autoridad de Dios (vv. 6-12), juegan con la religión (vv. 15-22), hacen prominentes asuntos menores (vv. 23-34), valoran la tradición por encima de Dios (vv. 25-28), y ahogan a las voces justas con las suyas (vv. 29-32).

Jesús lo deja claro: los que alardean de Su nombre, a costa de Su pueblo, corren un grave peligro. La justicia llegará.

  1. Dios anhela sanar a los hipócritas.
    Con una ira justa corriendo por sus venas, las últimas palabras de Jesús en esta escena son impactantes:

¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados a ella! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste! (v. 37).

Esto es notable: Dios reprende a los hipócritas, pero también quiere sanarlos. Cuando rechazan Su gracia, como a menudo lo hacen, se lamenta. ¿Lo hacemos nosotros? ¿Estamos dispuestos a imitar la ira y la compasión de Jesús? Todos los cristianos atraviesan la misma metamorfosis: enemigos de Dios convertidos en amigos de Dios por la gracia de Dios (Ro 5:10). Si la gracia de Dios está firmemente arraigada en nosotros, anhelaremos verla en los demás.

Arrogancia y falsa humildad
El enfoque de Jesús para enfrentarse a los hipócritas entra ciertamente en conflicto con el espíritu de nuestra época. Seguir Su ejemplo radical requiere evitar dos extremos.

El primer extremo es la arrogancia, una ira desligada de la humildad. De nuevo, debemos enfadarnos por la hipocresía; pero como cristianos, sabemos que la indignación «justa» se degrada rápidamente en ira injusta, alimentada más por el orgullo que por la justicia. La ira piadosa implica moderación, confiando en que Él hará justicia. Tal contención contradice la cultura de cancelación. Al igual que todas las emociones, sometemos nuestra ira a Dios, actuando de forma responsable para defender a las víctimas y destronar a los manipuladores, pero de forma justa, no insensata.

El segundo extremo es una falsa humildad, que se niega a señalar la hipocresía porque «al fin y al cabo, todos somos hipócritas». Mostrándose como no juzgadora, esta mentalidad ignora la enseñanza clara de Jesús de que la disciplina eclesiástica es necesaria (Mt 18:15-19). Pablo dice que es el «peor de los pecadores», pero también reprende a Pedro por negarse a comer con los gentiles (Gá 2:11-21). Si la ira de Jesús en Mateo 23 nos enseña algo, que algunas situaciones requieren que hablemos en voz alta contra la hipocresía. Si nos negamos a reprender cuando la ocasión lo exige (Lc 17:3), nuestro silencio es cobardía, no humildad.

Uno de mis profesores favoritos del seminario nos retó a leer Mateo 23 cada año, y he aceptado el reto. Todos tenemos la tentación de sacar provecho del liderazgo de forma egoísta. Que el temor al Señor nos guarde de la insensatez.

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Will Anderson (MA, Talbot School of Theology) es director de Mariners Church en Irvine, California.

La justificación: ¿qué es y qué hace?

Matthew Leighton

La doctrina más distintiva de la fe evangélica es la justificación por la fe sola. No hay ninguna otra religión en el mundo que tenga semejante enseñanza. No solo es una doctrina distintiva, sino que viene a ser la única solución al problema más importante de la humanidad: su propia injusticia y la ruptura de su relación con el Creador. La justificación por la fe sola es el camino que Dios ha puesto para establecer de nuevo la paz entre Él y sus criaturas. Es el corazón del evangelio, la buena noticia de la Biblia.

A pesar de su importancia, muchos evangélicos no son capaces de articular claramente esta doctrina. En este artículo daremos una breve y sencilla explicación de la justificación según el testimonio bíblico, con el fin de ayudarnos a entender mejor esta verdad y aplicarla a nuestra vida.

La justificación según la Biblia

Empecemos con una definición de la palabra justificar. En el lenguaje cotidiano usamos esta palabra muchas veces para hablar de cómo nosotros nos defendemos ante las acusaciones. Por ejemplo, yo me justifico presentando evidencias y argumentos acerca de mi inocencia. Cuando me justifico, me declaro justo o inocente. Así usamos esta palabra en el día a día, pero en la Biblia se usa de otra manera.

En nuestras versiones aparece la palabra justificar como traducción de una palabra griega, dikaio, que muchas veces hace referencia no a una declaración del ser humano sobre sí mismo, sino a una declaración divina. Por ejemplo, Romanos 5:1 dice lo siguiente:  

“Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

En este texto, y en otros más, el verbo se usa en la forma pasiva. Cuando el texto dice “justificados”, o “habiendo sido justificados”, significa que no nos justificamos a nosotros mismos, sino que es Dios quien nos justifica. Cuando Dios justifica, Él declara que una persona es justa.

Esta declaración divina es un acto forense. Es una declaración que Dios emite como juez. No se trata de un cambio o proceso dentro de la persona que recibe el veredicto. La palabra justificar se usa precisamente de esta manera legal o forense en varios pasajes bíblicos. Un ejemplo claro de este uso se encuentra en Romanos 8:33-34:

“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”.

Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes.

Aquí se contempla a Dios como juez, y el apóstol Pablo menciona dos veredictos que puede emitir. Uno es condenar. La condena es claramente una declaración legal de culpa, sin tratarse de un proceso o cambio subjetivo en la persona condenada. Cuando Dios condena, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: culpable y merecedor del castigo correspondiente.

Paralelamente, cuando Dios justifica, emite una declaración legal sin requerir un proceso o cambio subjetivo en la persona justificada. Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes. De modo que la justificación es legal, puntual, y externa al ser humano. No se trata de un proceso de transformación interior.

El apuro del ser humano rebelde

¿A quién justifica Dios? De entrada, pensaríamos que Dios debe justificar a la gente buena. Puesto que Dios es un juez omnisciente, Él sabrá quién es bueno y quién no lo es y, siendo justo, suponemos que Dios debería justificar a las personas cuyo comportamiento es ejemplar e intachable, que son justas en sí mismas. No obstante, la Biblia pinta un cuadro muy oscuro de la humanidad y su injusticia. Pablo, en la misma carta a los Romanos, declara lo siguiente:

“Como está escrito: ‘No hay justo, ni aun uno No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno’”, Romanos 3:10-12.

Según el apóstol (y el Antiguo Testamento, del cual cita), no hay gente buena. Todos somos injustos, todos nos desviamos. Nos ofendemos los unos a los otros y ofendemos a Dios cometiendo injusticias a menudo, no solamente con hechos externos, sino también con actitudes y disposiciones internas como el egoísmo, el orgullo, y el odio. Si es así, ¿a quién puede justificar Dios? Si no siguiéramos leyendo el pasaje, podríamos concluir que, ante un Dios perfectamente justo, nadie será justificado. Pero la Biblia nos sorprende. Romanos 4:5 dice así:

“Pero al que no trabaja, pero cree en Aquél que justifica al impío, su fe se le cuenta por justicia”.

Según la Biblia, Dios sí justifica a personas. No a personas buenas, sino a personas “impías”, personas que precisamente no merecen ser declaradas justas, sino condenadas. ¡Esto es una muy buena noticia! Pero, ¿cómo puede ser? ¿No está Dios quebrantando su propia justicia al justificar a impíos (Pr. 17:15)?

La solución: la imputación

Si Dios no hiciera nada más, sería injusto. ¿Qué es lo que Dios hace para que su veredicto no sea injusto? Tenemos una pista en un texto que hemos considerado ya. Romanos 5:1 dice que por la justificación tenemos paz con Dios por medio de Jesucristo. La clave de la justificación es Jesús. Pablo amplía esta idea en 2 Corintios 5:21:

“Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él”.

Es gracias a Jesús que Dios justifica al impío, y esto es así porque Jesús obedece y muere en el lugar del pecador. Jesús era perfectamente justo. Si ha habido alguien en la historia que no mereció morir, esa persona fue Jesús. Jesús no había pecado (“al que no conoció pecado”); no obstante, Dios le trató como pecador (“lo hizo pecado”). Lo hizo pecado “por nosotros”, es decir, en el lugar del ser humano. Lo hizo para que “fuéramos hechos justicia de Dios en Él”.

Así, Dios puede justificar y satisfacer su justicia al mismo tiempo. Podemos resumirlo de esta manera: Dios trata a Jesús como impío (cuando Cristo muere en la cruz), y trata al impío como Jesús lo merece (cuando le son otorgadas todas las bendiciones de la vida eterna).

Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.

Este intercambio entre el creyente y Cristo se conoce como imputación. Por un lado, Dios atribuye la culpa de nuestro pecado a Cristo, y Cristo sufre las consecuencias de ella en la cruz. Por otro lado, Dios confiere la justicia de Cristo a nosotros, y considera los méritos o los merecimientos de Cristo como si fuesen nuestros. Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.

De modo que Dios justifica a impíos no con base en la justicia inherente en ellos, sino con base en la justicia de Cristo. Les justifica no por lo que ellos hacen, sino por lo que Jesús hizo.

¿Qué merece Jesús? La justificación: una declaración de haber obedecido perfectamente y, como consecuencia, todas las bendiciones celestiales, porque es digno de ellas. Jesús comparte este estatus y estas bendiciones con muchas personas (Ro. 4:1-823-255:12-211 Co. 1:30Fil. 3:7-9).

El rol de la fe

Ahora bien, no todo el mundo goza de este privilegio. ¿Quiénes son aquellos a quienes Dios justifica? Son los que creen, los que tiene fe:

“También nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para que seamos justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley. Puesto que por las obras de la ley nadie será justificado”, Gálatas 2:16.

La fe es una actitud de receptividad, dependencia, y confianza. Dios no nos justifica por lo que hacemos, por nuestros esfuerzos, o por nuestra obediencia (“obras de la ley”), sino por lo que Jesús hizo. La fe confía en Jesús y en su obra como suficiente para recibir la justificación de Dios (Ro. 3:284:23-25Ef. 2:8-10).

¿Qué papel tiene la fe exactamente en la justificación? ¿Podría ser que la fe misma nos hace dignos de la justificación? No, porque la fe, por definición, no es una obra. Es precisamente la única actitud humana que le dice a Dios: “Yo no puedo; necesito que tú me salves” (ver Lc. 18:9-14). La fe mira fuera de sí, se concentra en su objeto y le abraza, confiando su destino a Él y aferrándose a su capacidad para salvar.

La fe, en este sentido, es como la mano vacía del mendigo que recibe una limosna. Extender la mano no le hace digno de recibir el donativo, sino que éste se da puramente por la bondad del dador. Lo único que hace la mano es recibir. Y la mano está precisamente vacía, no con un billete en la palma.    

¿Qué de Santiago capítulo 2?

Una objeción contra la descripción de la justificación dada aquí es que la Biblia dice que la justificación no es por la fe sola. Santiago 2:24 dice:

“Ustedes ven que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe”.

¿Será que los reformadores hace 500 años y los evangélicos desde entonces no se percataron de este verso? ¿Será que van en contra de la enseñanza explícita de la Biblia?

Hay que leer los textos en sus contextos. Santiago no está lidiando con el mismo problema que Pablo. Por un lado, Pablo argumenta con personas que piensan que tienen que aportar algo para efectuar su justificación. Por otro lado, Santiago está discutiendo con personas que piensan que se salvan por una profesión de fe meramente de palabras.

El verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace.

Santiago empieza el pasaje diciendo: “¿De qué sirve, hermanos míos, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarlo?” (Stg. 2:14). ¿Cuál era el problema al que se enfrentó Santiago? Había personas que decían que tenían fe en Jesús pero cuyas vidas no reflejaban esta fe de ninguna manera. Esta clase de fe, una fe que no transforma la vida, que no va secundada por hechos, es una fe que no vale nada.

En cambio, el verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace. La fe que salva no es solo de palabras. El corazón dispuesto a confiar en Cristo también está dispuesto a obedecerle.

Los protestantes siempre han dicho que las obras no son la base de la justificación. Es decir, Dios no nos justifica porque nuestras obras lo merecen. No obstante, las obras son la evidencia de una fe verdadera. Si la fe es real, habrá obras que lo comprobarán. En este sentido, la justificación es por la fe sola, pero no una fe que está sola. Pablo mismo también lo afirma en Gálatas 5:6.

La clave para la vida cristiana

¿Por qué la fe no se encuentra sola en la vida de una persona justificada? Una de las razones es que la justificación por la fe, bien entendida, capacita para obedecer. Es contraintuitiva, porque parece que la justificación sin obras debería dar lugar al libertinaje y a la desobediencia. Sin embargo, la justificación por la fe sola resulta ser la clave, la única fuente duradera de motivación, y el patrón a seguir para vivir la vida cristiana.

La justificación por la fe es la clave para la vida cristiana porque le da al creyente el derecho legal de participar en las bendiciones celestiales, incluyendo la obra santificadora del Espíritu (ver Gá. 3:6-14). La justificación por la fe es también el motor que impulsa la fidelidad a Dios porque garantiza ser aceptado por Él, lo cual libera al creyente para obedecerle radicalmente, incluso arriesgando su vida, confiando que Dios estará siempre con él y obrará todo para bien (Ro. 5:1-58:28-30).

Finalmente, la justificación por la fe provee el patrón para la vida cristiana porque en ella Dios muestra su misericordia y generosidad, lo cual motiva asimismo al creyente a mostrar misericordia y generosidad hacia los demás (Mt. 18:21-35). ¡Gloria a Dios por tan excelsa doctrina!

Matthew Leighton (MDiv, ThD) es profesor y decano de estudiantes en la Facultad de Teología Internacional IBSTE, cerca de Barcelona. También es anciano en la Església Evangèlica de Vilassar de Mar. Él y su esposa, Núria, tienen cinco hijos.

¿Qué significa “Cristo es la cabeza de la iglesia”?

DUSTIN BENGE

Identificar a Cristo como la cabeza de la iglesia denota que tiene señorío soberano y autoridad suprema sobre ella. La Biblia menciona en varios textos que «Cristo es la cabeza de la iglesia», por ejemplo:

Más bien, al hablar la verdad en amor, creceremos en todos los aspectos en Aquel que es la cabeza, es decir, Cristo (Ef 4:15).

Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo El mismo el Salvador del cuerpo (Ef 5:23).

Él es también la cabeza del cuerpo que es la iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, a fin de que Él tenga en todo la primacía (Col 1:18).

Cuando pensamos en la palabra «jefe», a menudo, pensamos en un director ejecutivo o en el jefe de alguna institución u organización. Pero la frase «cabeza de la iglesia» no se emplea para identificar a Cristo como cabeza de una compañía o cabeza de alguna organización terrenal.

Identificar a Cristo como la cabeza de la iglesia denota que tiene señorío soberano y autoridad suprema sobre ella

Por supuesto, mi mente va a Efesios 5:23, cuando el apóstol Pablo distingue a Cristo como la cabeza de la iglesia para explicar el papel del varón en la familia. Pero lo más interesante en ese versículo es la frase «la cabeza de la iglesia». Su cuerpo, la iglesia, no es el resultado del ingenio humano. La iglesia no es el resultado de la visión de algún empresario. El Cristo viviente es la cabeza de un organismo viviente.

Al pensar en el señorío y la soberanía de Cristo sobre la iglesia, quizás tu mente vaya de inmediato a la Gran Comisión que Jesús delegó a Sus discípulos: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra» (Mt 28:18).

Así, la supremacía de Cristo, que fue establecida de manera firme antes de la creación y exhibida en Su encarnación, reina ahora, ahora mismo, sobre Su iglesia y, por supuesto, será eternamente establecida a Su regreso.

Cristo es la cabeza y nosotros, como iglesia, somos el cuerpo llamado a darle gloria en toda nuestra manera de vivir

Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen. Él es también la cabeza del cuerpo que es la iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, a fin de que Él tenga en todo la primacía. Porque agradó al Padre que en Él habitara toda la plenitud, y por medio de Él reconciliar todas las cosas consigo, habiendo hecho la paz por medio de la sangre de Su cruz, por medio de Él, repito, ya sean las que están en la tierra o las que están en los cielos (Col 1:16-20).

Así que la iglesia recibe toda su vida de Cristo y no tiene vida aparte de Él. Son uno, Cristo es la cabeza y nosotros, como iglesia, somos el cuerpo llamado a darle gloria en toda nuestra manera de vivir.

Esta es una adaptación de un artículo publicado originalmente en Crossway.
Dustin Benge (PhD, The Southern Baptist Theological Seminary) es profesor asociado de espiritualidad bíblica y teología histórica en el Southern Baptist Theological Seminary. Él y su esposa, Molli, viven en Louisville, Kentucky.

El discipulado y el pastorado: 7 verdades sobre el llamado pastoral

MIGUEL NÚÑEZ

El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro (Lc 6:40).

En la Biblia, podemos encontrar tres términos diferentes para nombrar a los pastores: obispo (gr. epískopos), anciano (gr. presbúteros: «blanco en cana») y pastor (gr. poimen). En la primera carta de Pedro, observamos que estos tres términos hacen referencia a un solo oficio:

Ruego a los ancianos [presbúteros] que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad [poimano] la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando [episkopeo] de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto (5:1-2).

Los ancianos (presbuteros) debían apacentar (poimano) y cuidar (episkopeo) de la grey. Tres términos diferentes para una misma persona.

En este artículo abordaré la importancia que la iglesia local tiene al formar pastores. Este tema es de suma importancia, especialmente en nuestro contexto latinoamericano, debido, en primer lugar, a la impureza doctrinal en nuestras iglesias. Hay una gran cantidad de pastores que han llegado a su puesto de autoridad sin una enseñanza; solo repiten cosas que en alguna ocasión escucharon. Esto no debe continuar si deseamos que nuestros países sean transformados.

En segundo lugar, la iglesia local debe formar pastores debido a la ausencia de integridad pastoral. Quizás un pastor pueda tener buena teología, pero si no es un hombre íntegro tenemos un problema grave. Dios desea utilizar instrumentos limpios para hacer fluir Su gracia.

La iglesia local debe formar pastores debido a la disminución del estándar para ser pastor que impera en nuestras iglesias. No me puedo imaginar que alguien desee subirse a un avión que es dirigido por un piloto con pocas horas de vuelo o, peor aún, sin ninguna experiencia.

A nadie le gustaría exponerse a una cirugía de corazón abierto con un cirujano con poco entrenamiento. En la Biblia tenemos al menos tres listados de requisitos para los pastores que con frecuencia pasamos por alto. Esto ha provocado una falta de respeto por la función pastoral. En muchas regiones de Latinoamérica he observado un lamentable temor hacia los pastores y una falta de respeto y admiración por ellos debido al estilo de vida que llevan.

Ya que hemos establecido la importancia de que la iglesia local forme pastores, quisiera también establecer unas premisas:

1) Los seminarios no forman pastores
Esta no es solo mi opinión, sino también la de Albert Mohler, presidente de uno de los seminarios más influyentes de nuestra época, el Seminario Teológico Bautista del Sur.

Los seminarios forman una mente con conocimiento bíblico, te brindan disciplina y estructura, desarrollan tu habilidad para exponer, pero los pastores se forman cuidando ovejas.

2) Los seminarios no ordenan pastores
Esta es labor de la iglesia local. La iglesia local es el mejor lugar para formar pastores. Esto no significa que sea el mejor lugar para entrenar teológicamente a las personas, sino que es el mejor lugar para desarrollar el corazón pastoral que se forma al estar en contacto con ovejas que son difíciles y tercas, con las que deben trabajar y a quienes deben amar.

3) El conocimiento bíblico no es lo mismo que la madurez
Conozco personas con doctorados académicos que son emocionalmente inmaduros. Necesitamos aplicar el conocimiento bíblico en la vida práctica para que el carácter sea transformado y obtener madurez. La madurez va ligada a la manera en que vives tu vida, a cómo te relacionas con tu esposa y tus hijos, a la forma en que te relacionas con otros pastores, estén de acuerdo contigo o no. Todo esto habla de nuestro nivel de madurez.

4) Es posible ser teológicamente astuto, pero inmaduro
Nuestro pecado no es un problema intelectual o de conocimiento, de manera que poseer una licenciatura, una maestría o un doctorado, no es un indicativo de haber sido santificado. Este conocimiento puede envanecernos y cegarnos a nuestra condición moral. Así que, la madurez se relaciona con la transformación de nuestro carácter, en donde hemos adquirido conocimiento, pero también lo hemos llevado a la práctica.

Un cirujano no se forma solo al leer libros de cirugía. Un piloto no se forma solo leyendo manuales de vuelo. De la misma manera, debemos llevar a la práctica nuestro conocimiento.

5) Un pastor necesita más que solo entendimiento de la verdad; necesita sabiduría
La sabiduría es vivir en relación con otros piadosamente, complaciendo a Dios conforme al conocimiento que ha adquirido, ya sea en el seminario o en la iglesia local.

6) La mente de un pastor debe ser regenerada, pero su corazón debe ser reclamado diariamente
Antes de ser salvos, nuestros corazones pertenecían a otro reino y estaban dominados por el pecado. Cristo reclamó nuestros corazones en la regeneración. Sin embargo, el mundo está lleno de seducciones, atracciones y distracciones que reconquistan ciertas áreas de nuestros corazones. Por tanto, nuestros corazones deben ser reclamados continuamente si queremos ser verdaderos discípulos de Cristo y, en especial, si deseas ser un pastor que forme discípulos.

7) El propósito de la Palabra no es la información teológica, sino la transformación del corazón
El propósito de un sermón no es llenarnos de más conocimiento, sino ayudarnos a ser transformados cada vez más a la imagen de Cristo. Si la Palabra no está haciendo esto, tenemos un problema grave. Somos solo oidores y no hacedores; académicos, pero no pastores con un profundo interés por la salud de las ovejas.

Puedes tener el conocimiento correcto, las habilidades necesarias, la filosofía ministerial apropiada e incluso la experiencia suficiente en el ministerio y no ser conocido por ti mismo o por otros. En otras palabras, podemos ser individuos tan cerrados que ni nosotros mismos nos conocemos; no percibimos nuestras debilidades ni nuestros pecados, o la gravedad de estos y la forma en que están afectando a otros. La forma en que podemos describir esto es haciéndonos preguntas. Debemos reflexionar y examinarnos. Aun Sócrates dijo: «No vale la pena vivir una vida no examinada». ¡Y él no era cristiano! Debemos cuestionarnos: ¿Qué amo? ¿A qué aspiro? ¿Con qué sueño? ¿Qué me causa ansiedad? ¿Por qué estaría dispuesto a pecar? Estas preguntas revelan con cuáles ídolos luchamos.

Ser discípulo de Cristo es algo serio. Ser pastor de los discípulos es todavía más serio porque nuestro llamado es a reflejar la imagen que perdimos en el jardín del Edén. Si fallamos en reflejar de forma apropiada esa imagen, menos luciremos como discípulos y menos productivos y eficientes seremos al llevar a cabo la obra del Señor.

Que el Señor nos ayude a estar a la altura de Su llamado.

​Miguel Núñez es vicepresidente de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puedes encontrarlo en Twitter.

El evangelio de la gracia soberana de Dios

POR: JOEL BEEKE

Un libro del Nuevo Testamento que hace un hincapié particular en la asombrosa gracia soberana de Dios es la carta de Pablo a los Romanos. Según Pablo, esta gracia hace que tanto judíos como gentiles sean coherederos del reino de Dios con el fiel Abraham (Rom. 4:16). Establece paz entre Dios y los pecadores, quienes son sus enemigos (Rom. 5:2). Solo esta gracia es más fuerte que las fuerzas del pecado, trayendo libertad genuina y duradera del dominio del pecado (Rom. 5:20-21; 6:14). La gracia divina equipa a los hombres y mujeres cristianos con dones variados para servir en la iglesia de Dios (Rom. 12:6). Esta gracia en última instancia va a conquistar a la muerte y es el presagio seguro de vida eterna para todos los que la reciben (Rom. 5:20-21), porque es una gracia que data de antes de la creación del tiempo y, sin respetar el mérito humano, elige hombres y mujeres para la salvación (Rom. 11:5-6).

Esta idea de que la salvación se debe totalmente a la gracia de Dios es el tema central no solo en Romanos sino también en todas las epístolas de Pablo. Por ejemplo, Pablo comienza su carta a los Filipenses con una oración por la Iglesia en la que dice: “el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (1:6). “La simiente de Dios vendrá a la cosecha de Dios”, escribe Samuel Rutherford. La salvación no es ni nuestra ganancia ni nuestra obra. Es por eso que Pablo oraba con gozo y acción de gracias cada vez que recordaba los Filipenses. Si el hombre habría comenzado la obra de la salvación, la continuaría, y tendría que completarla, la alabanza de Pablo sería silenciada. Pero debido a que la salvación fluye de una obra divina que persiste día a día a pesar de las luchas y contratiempos del hombre, una obra que sin duda se perfeccionará en el gran día, todo es para alabanza de la gloria del Dios trino. Es por esto que Pablo da gracias a Dios por todas las doctrinas de la gracia, y es movido a gozo cada vez que piensa en los creyentes siendo atraídos a Cristo. Al aferrarnos a la gracia de Dios, nosotros, al igual que Pablo, podemos ser cristianos gozosos que victoriosamente confiesan: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rom. 8:31).

La gracia nos llama (Gal. 1:15), nos regenera (Tito 3:5), nos justifica (Rom. 3:24), nos santifica (Heb. 13:20-21), y nos preserva (1 Pe. 1:3-5). Necesitamos de la gracia para ser perdonados, para volvernos a Dios, para sanar nuestros corazones rotos, y para fortalecernos en tiempos de problemas y de guerra espiritual. Solo mediante la gracia libre y soberana de Dios podemos tener una relación salvadora con Él. Solo a través de la gracia podemos ser llamados a la conversión (Ef. 2:8-10), la santidad (2 Pe. 3:18), el servicio (Fil. 2:12-13) o sufrimiento (2 Cor. 1:12).

La gracia soberana aplasta nuestro orgullo. Nos avergüenza y nos humilla. Queremos ser los sujetos, no los objetos, de la salvación. Queremos ser activos, no pasivos, en el proceso. Nos resistimos a la verdad de que Dios es el único autor y consumador de nuestra fe. Por naturaleza, nos rebelamos contra la gracia soberana, pero Dios sabe cómo romper nuestra rebelión y hace que seamos amigos de esta gran doctrina. Cuando Dios le enseña a los pecadores que su misma esencia está depravada, gracia soberana se convierte en la doctrina más alentadora posible.

Desde la elección hasta la glorificación, la gracia reina en espléndida soledad. Juan 1:16 dice que recibimos “gracia sobre gracia”, que literalmente significa “gracia frente a la gracia”. La gracia sigue a la gracia en nuestras vidas como las olas siguen unas a las otras hasta la orilla. La gracia es el principio divino por el cual Dios nos salva; es la provisión divina en la persona y obra de Jesucristo; es la prerrogativa divina que se manifiesta en la elección, el llamado, y la regeneración; y es el poder divino que nos permite abrazar libremente a Cristo para que podamos vivir, sufrir y hasta morir por su causa y ser conservado en Él por la eternidad.

Los calvinistas entienden que, sin la gracia soberana, todo el mundo se perdería para siempre. La salvación es completamente por gracia y es toda de Dios. Primero tiene que venir vida de Dios antes de que el pecador pueda levantarse de la tumba.

La gracia gratuita clama por tener expresión en la iglesia de hoy en día. Las decisiones humanas, manipulaciones de multitudes y llamados al altar no producirán convertidos genuinos. Solo el evangelio antiguo de la gracia soberana capturará y transformará a los pecadores por el poder de la Palabra y el Espíritu de Dios.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por Markos Fehr.
Dr. Joel R. Beeke es el presidente y profesor de teología sistemática y homilética en el Puritan Reformed Theological Seminary y un pastor en Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Mich.

¿Cuándo debe dividir la doctrina?

¿Cuándo debe dividir la doctrina?
GAVIN ORTLUND

Por varias razones, últimamente he estado pensando acerca de cómo los cristianos deben relacionarse entre sí en torno a las doctrinas secundarias. ¿Qué tipo de asociaciones y alianzas son apropiadas entre los cristianos de diferentes denominaciones, redes, y/o tribus? ¿Qué clase de sentimientos y prácticas debe caracterizar nuestra actitud hacia aquellos en el cuerpo de Cristo con quienes tenemos desacuerdos teológicos significativos? ¿Qué aspecto tiene el manejar con integridad y transparencia las diferencias personales de convicción que pueden surgir con una iglesia, jefe, o institución?

Este tipo de preguntas ha sido una parte significativa de mi propio viaje denominacional y teológico durante la última década, y es un tema práctico que siempre estará con nosotros, así que pensé que sería útil compartir dos convicciones que han estado desarrollándose en mí mientras que he ido luchado en el camino.

Mis comentarios aquí no son un tratamiento completo de todo este asunto, y reflejan un poco de mi propio contexto e historia. Pero mi propia historia puede tener similitudes con otras, así que puede ser útil compartirla.

En el nivel conceptual más amplio, veo dos peligros opuestos: el minimalismo doctrinal y el separatismo doctrinal.

El peligro del minimalismo doctrinal
La trayectoria general de nuestra cultura parece tender hacia el minimalismo doctrinal y la indiferencia doctrinal (especialmente en mi generación). Hace 400 años, si usted tomaba una opinión diferente sobre el bautismo, puede que hubiera sido ahogado. Hoy nos asustamos con esa postura, pero a menudo vamos al extremo opuesto y decimos, en efecto: “¿A quién le importa?”.

No puedo recordar cuántas veces, al hablar de doctrinas secundarias, he oído a la gente decir: “No es un tema del evangelio; es un tema secundario”. Ahora, por supuesto, debemos distinguir entre el evangelio y las cuestiones secundarias, pero si no presionamos más allá de esta distinción básica, este tipo de declaración puede a menudo ocultar la importancia de varias cuestiones secundarias. A veces sospecho que lo que la gente realmente quiere decir cuando hacen esta distinción es algo así como: “Es una cuestión secundaria; por lo tanto no importa realmente”. O cuando decimos: “No peleemos por este tema”, a veces lo que realmente queremos decir es: “No he estudiado lo suficiente para saber o preocuparme sobre por qué es importante”.

Las doctrinas pueden ser “no esenciales” y, sin embargo, muy importantes, y las diferentes doctrinas tienen diferentes tipos de importancia. A menudo considero útil, en mi propio pensamiento, pensar en términos de tres tipos de doctrinas, con una categoría subsiguiente para cuestiones sobre las que no se requiere ni se prohíbe ninguna postura:

Doctrinas primarias
Doctrinas secundarias
Doctrinas terciarias
Adiaphora (“cosas indiferentes”)
Por supuesto, un esquema de 4 categorías como este es algo arbitrario, también (ya que se pueden elegir tres o cinco o diez en su lugar). Pero esta manera de enmarcar las cuestiones nos permite reconocer un espectro de importancia a varias doctrinas no evangélicas, mientras que al mismo tiempo sigue siendo relativamente simple (una categorización de diez unidades sería difícil de manejar).

Por ejemplo, la mayoría de nosotros reconocería que la autoridad bíblica es una doctrina importante, sin afirmar que es un tema de evangelio en el sentido de que si lo niegas, te conviertes en un hereje. Por lo tanto, si la Trinidad está en la categoría 1, y el color de la alfombra en el santuario está en la categoría 4, tener dos agrupaciones distintas entre estas dos nos permite no colapsar la autoridad bíblica y, digamos, la naturaleza del rapto en la misma categoría.

Hay varias razones por las que creo que no debemos equiparar “secundario” con “indiferente”, agrupando todo lo que está en las categorías 2-4:

A) Una visión elevada de la Escritura nos llama a atesorar todo lo que Dios ha dicho. Imagina que recibes una larga carta de tu amor platónico. Apreciarías cada palabra de esa carta; no hay nada que pasarías de largo. Así también, si nos aferramos a la inspiración y perspicuidad de la Escritura, no deberíamos desestimar ninguno de los contenidos. Incluso cuando no vemos personalmente la consecuencia inmediata de cierto pasaje, nuestro amor por el Señor que nos lo inspiró, y nuestra reverencia a ella como su Palabra inspirada, debe obligarnos a estudiar diligentemente y esforzarnos por entenderla. Toda la Escritura, desde las oscuras leyes ceremoniales en Levítico a las extrañas imágenes de Apocalipsis, desde el momento de las 70 semanas en Daniel 9 hasta la identidad del hombre de perdición en 2 Tesalonicenses 2, debe ser precioso alimento y bebida para nosotros.

B) El respeto por la historia de la Iglesia debe animarnos a respetar aquello por lo que nuestros predecesores lucharon. Cuando visitamos un monumento conmemorativo, o un museo dedicado a un acontecimiento histórico, debemos respetar los sacrificios que otros han hecho. Por ejemplo, cuando visitamos el Cementerio y Memorial de Normandía, recordamos lo costosas que han sido algunas de nuestras libertades de hoy en día.

El respeto por la historia de la Iglesia debe animarnos a respetar aquello por lo que nuestros predecesores lucharon.

Así es con la historia de la Iglesia: si tenemos un respeto por los grandes líderes cristianos del pasado, desde los padres de la Iglesia hasta la era moderna, debemos escuchar cuidadosamente por qué lucharon tan apasionadamente sobre ciertas doctrinas secundarias. Por ejemplo, aquellos que quieren restar importancia a las diferencias entre católicos y protestantes hoy en día, pueden verse algo sacudidos de esta mentalidad al considerar el ejemplo de los obispos anglicanos Hugo Latimer, Nicolás Ridley, y Tomás Cranmer, quienes estuvieron dispuestos a ser quemados en la hoguera debido a sus convicciones en cuestiones como la transubstanciación y la naturaleza de la misa.

C) Muchas doctrinas secundarias tienen una relación vital con el evangelio. Algunas lo representan. Algunas lo protegen. Algunas fluyen lógicamente de él (o en él). Rara es una doctrina que puede ser herméticamente aislada del resto de la fe cristiana. Por lo tanto, minimizar las doctrinas secundarias a veces deja a las principales blandas, más silenciadas, y/o más vulnerables.

Minimizar las doctrinas secundarias a veces deja a las principales blandas, más silenciadas, y/o más vulnerables.

D) Toda verdad forma cómo pensamos y vivimos de manera sutil pero importante. No creo que mi comprensión de la soberanía divina, por ejemplo, sea un “asunto del evangelio” en todas sus matices, y con agrado acojo como mis hermanos y hermanas en Cristo a aquellos que sostienen un punto de vista arminiano/wesleyano. Al mismo tiempo, mi comprensión de la soberanía de Dios tiene implicaciones masivas para el cristianismo práctico y cotidiano. Por ejemplo, afecta profundamente mi vida de oración. Por lo tanto, es muy problemático ignorar estos temas como “no esenciales” y, por lo tanto, básicamente insignificantes. Uno podría estudiar la disputa entre calvinistas y arminianos diligentemente durante cincuenta años y no desperdiciar un instante por hacerlo.

El peligro del separatismo doctrinal
Hay, sin embargo, un peligro opuesto al minimalismo doctrinal. Para plantear esto déjeme compartir parte de mi propia historia. Los últimos diez años han sido muy solitarios para mí en lo denominacional. Me he sentido como un nómada denominacional. Crecí en la Iglesia Presbiteriana de América (PCA, por sus siglas en inglés), y estoy muy agradecido a esa maravillosa denominación por la experiencia formativa que tuve en ella. Pero terminé a favor del credobaptismo después de un estudio intensivo sobre esa cuestión, y por lo tanto me convirtió en “no apto para ser ordenado” en la PCA. Posteriormente llegué a descubrir que tampoco era yo un ajuste ideal en algunos círculos bautistas con B mayúscula, porque aunque afirmo el credobaptismo, no creo que debamos exigirlo para la membresía en la iglesia o la participación en la cena del Señor. (Creo que la membresía en la iglesia y la cena del Señor son expresiones de unidad en el evangelio, no expresiones de unidad en el bautismo). Así también me volví inaceptable en muchos círculos bautistas.

Después de haberme aislado efectivamente del más del 98% de la cristiandad, me distancié de la mayoría de las iglesias libres y no confesionales por aterrizar yo fuera del campamento premilenial (soy amilenial, aunque no lo enfatizo particularmente). Mientras tanto, resueno con el ethos y la liturgia de muchos servicios de adoración orientados más históricamente, por ejemplo, dentro de algunas iglesias anglicanas que he visitado.

Todo esto me ha dejado bastante aislado y fuera de lugar. Ahora, por supuesto, esa es mi culpa, de alguna manera. Pero ninguno de estos temas eran cambios particularmente emocionales para mí; no es como si tuviera algún deseo de salir, por ejemplo, del presbiterianismo. Simplemente aterricé en un lugar a nivel intelectual y teológico.

Y creo que es importante ser transparente en cuanto a dónde aterrizan nuestras convicciones, incluso cuando esto nos lleva a perder oportunidades de trabajo o financiamiento, a tristes separaciones, o transiciones inconvenientes. Algunas personas parecen ser capaces de “ajustar” sus convicciones para encajar en su contexto actual o futuro; pero no entiendo cómo eso no transgrede el noveno mandamiento. Yo entiendo la lucha y el dolor que conlleva; y entiendo la necesidad de tener tacto y ser cuidadosos, sobre todo cuando uno todavía no se ha decidido por completo. Pero al final del día, debemos ser honestos.

Agradezco haber aterrizado en la CCCC (Conferencia de Congregaciones Cristianas Conservadoras), que es un grupo conservador y pequeño de iglesias congregacionales (la Iglesia Lake Avenue en Pasadena y la Iglesia Park Street en Boston son probablemente las dos iglesias CCCC más conocidas). CCCC ha sido un buen ajuste para mí: son sólidamente evangélicos, pero permiten diferentes puntos de vista sobre temas como el milenio, o los días de la creación, o dispensacionalismo; y me gusta ser parte de una denominación protestante específica, reconocible, cuyas raíces pueden remontarse a lo largo de la historia de la Iglesia (Harold John Ockenga, Jonathan Edwards, John Owen, Declaración de Saboya, etc.).

Mirando hacia atrás a mi migración denominacional, reconozco que algunas de las particiones de caminos han sido inevitables. Por ejemplo, puedo entender por qué no puedo ser ordenado en un contexto presbiteriano, dada mi posición sobre el bautismo. Pero a veces se trazan líneas de división en lugares que no me parecen necesarios.

Por ejemplo, a medida que los crecientes desafíos asociados con nuestra cultura secular se elevan alrededor nuestro, me parece inútil seguir dividiéndonos unos de otros en la iglesia con respecto a las perspectivas milenarias. Los cristianos piadosos pueden no estar, y a veces no están, de acuerdo en esta cuestión, la cual no está directamente relacionada, por lo que yo percibo, con gran parte de la vida cristiana diaria o de la vida de la iglesia. Y se refiere (principalmente) a un muy controversial y altamente simbólico pasaje al final de la Biblia. Sé que hay preocupaciones acerca de la “trayectoria hermenéutica” de las interpretaciones alternativas de Apocalipsis 20, pero ¿por qué no trazar las líneas de asociación en torno a esas trayectorias en lugar de su aplicación en este texto? Los argumentos de la “pendiente resbaladiza” son siempre un poco resbaladizos: empiezas a usarlos, y ¿cuándo te detienes? Me siento de manera similar acerca de la opinión de la membresía de la iglesia y la cena del Señor entre los llamados “bautistas estrictos”, pero probablemente sea un tema demasiado grande para abordarlo aquí.

Entonces, ¿cómo decidimos cuándo asociarnos con otros cristianos? Sé que toda esta área es demasiado complicada para abordarla en una publicación, pero aquí hay un par inicial de preguntas guía que pueden ser útiles:

A) ¿Qué tipo de asociación o unidad está siendo considerada? Hay diferentes tipos de asociación: la pertenencia a la iglesia no es lo mismo que la ordenación, que no es lo mismo a hablar en una conferencia juntos. Es obviamente problemático esperar el mismo nivel de acuerdo teológico para estos diferentes tipos de asociación/unidad en el evangelio. Y por supuesto, hay otras expresiones de asociación o unidad, así como el asociarnos en esfuerzos sociales (como la formación de una organización contra la trata de personas) donde no creo que debamos exigir ningún tipo de compromiso cristiano.

B) ¿Qué tipo de asociación o unidad servirá más para promover el evangelio? Por supuesto, responder a esa pregunta no es fácil, y sé que algunos “bautistas estrictos”, y aquellos que solo aceptan a premileniales, creen que sus opiniones protegen el evangelio. Pero por lo menos sigamos haciendo esta pregunta, y estemos abiertos a ver dónde podemos estar errando, en una dirección u otra. A veces se siente como que algunos cristianos ven la doctrina de minimizar las cosas como el único error, por lo que no prestamos suficiente atención al daño que resulta de la separación innecesaria. El separatismo no es en principio inferior al minimalismo, ni en su culpabilidad ni en sus consecuencias, hasta donde yo puedo ver.

C) Incluso cuando debo formalmente dividirme de otros cristianos, ¿es la actitud de mi corazón una de gracia, humildad, e invitación hacia ellos? Los peligros asociados con el separatismo doctrinal, en mi opinión, no son ante todo separaciones formales, sino actitudes del corazón. Es fácil que los sentimientos de autojustificación se junten con con nuestros distintivos secundarios. Sabemos que esto está sucediendo cuando nos sentimos superiores a los cristianos de otras tribus y grupos.

Por lo tanto, cuando debamos separarnos formalmente de otros cristianos, debemos tener especial cuidado de que no haya en nuestro corazón desprecio, condescendencia, o sospecha indebida hacia ellos. Si ellos son el pueblo de Dios, ellos tienen Su favor y afecto, y por lo tanto deben tener los nuestros también. “Miren que no desprecien a uno de estos pequeñitos, porque les digo que sus ángeles en los cielos contemplan siempre el rostro de Mi Padre que está en los cielos” (Mt. 18:10).

Publicado originalmente por Gavin Ortlund. Traducido por Jacquie Tolley.
Imagen: Lightstock.


​Gavin Ortlund (PhD, Fuller Theological Seminary) es esposo, padre, pastor y escritor. Es pastor principal en First Baptist Church of Ojai, Ojai, California. Gavin escribe de manera regular en Soliloquium, y es autor de Theological Retrieval for Evangelicals: Why We Need Our Past to Have a Future (Crossway, 2019) y Finding the Right Hills to Die on: The Case for Theological Triage (Crossway/TGC, forthcoming). Puedes encontrarlo en Twitter.

¿Cómo puedo proteger a mi hijo del adoctrinamiento estatal?

Coalición por el Evangelio

¿Cómo puedo proteger a mi hijo del adoctrinamiento estatal?

John Piper

Nota del editor: El pastor John Piper recibe preguntas de algunos de sus oyentes de su programa Ask Pastor John. A continuación está su respuesta a una de esas preguntas.

Un hombre, esposo y padre cristiano que vive en Suecia nos envía la pregunta de hoy. “¡Hola, pastor John! Amo este podcast y tus enseñanzas. Vivo en Suecia, un país coercitivo y, en muchas maneras, socialista. No hace mucho tiempo, se prohibieron las exenciones para educar a los hijos en el hogar por convicciones religiosas. Debemos enviar a nuestros hijos a la escuela o el gobierno amenaza con quitárnoslos. El Estado obliga a los niños a comenzar el preescolar cuando apenas tienen seis años. Las escuelas cristianas son prácticamente ilegales y una escuela puede tener un ‘perfil cristiano’, pero es un título sin significado alguno. A estas pocas escuelas cristianas todavía no se les permite ser ‘religiosas’ o enseñar una cosmovisión cristiana. Están obligados por ley a cumplir con el mismo plan de enseñanza que las escuelas seculares y ateas para brindarles a los niños una educación secular, e incluso deben enseñar a nuestros niños la ideología LGBTQ como una norma positiva. Pastor John, en un país como este: ¿cómo podemos educar a nuestros hijos?”.

Permítanme intentar elaborar un caso o una comprensión desde el principio más básico y general, hasta la aplicación inmediata para un padre en Suecia que se enfrenta a este tipo de desafío difícil.

Los padres y las asociaciones
Comenzaría desde lo más básico afirmando que Dios ha asignado a los padres, no al Estado, sino a los padres, la crianza y formación de las mentes y corazones de los niños en el conocimiento de Dios y en cómo vivir esto en el mundo. Me baso en textos como Efesios 6:4 (”Padres … críenlos [a sus hijos] en la disciplina e instrucción del Señor”), Deuteronomio 6:6-7 y el libro de Proverbios, que se centra en la enseñanza de padres y madres como fundamento para la vida.

Dios ha asignado a los padres la educación y formación de la mente y el corazón de sus hijos

Por supuesto, los padres siempre han sabido que necesitan la ayuda de otras personas de muchas maneras (por ejemplo, la iglesia y la comunidad), para desarrollar en sus hijos conocimientos que ellos mismos no tienen. Eso no es una implicación solo para la vida moderna en la era técnica. En el primer siglo, los padres de Pablo consideraron oportuno complementar lo que recibió en casa con la educación que recibió “bajo Gamaliel” (Hch 22:3). Ese no es un principio nuevo. Los padres edifican en sus hijos y se asocian con otros para que ellos edifiquen en sus hijos lo que necesitan para la vida. Ese es el primer principio que es un hecho, creo, para los cristianos.

Un interés común
El segundo principio que establecería es que Dios ha ordenado que haya gobiernos y Estados, y el gobierno empuña la espada, lo que significa que el gobierno puede hacer cumplir las leyes con coerción, multas, encarcelamiento, daños corporales y muerte (Ro 13:4). Ese gobierno debe preocuparse por el bien de su pueblo (1 P 2:14). Esto implica que tendrá un fuerte interés en que su pueblo esté educado, al menos lo suficiente para hacer que la sociedad funcione.

Imagínate lo que sucedería si en las sociedades modernas nadie supiera leer o nadie pudiera hacer aritmética básica, sin mencionar ser capaz de pensar críticamente con respecto a las vastas complejidades de lo que hace que la infraestructura de las ciudades funcione. El invierno pasado, tuvimos tan mal tiempo en Minneapolis, que estuvo diez o veinte grados bajo cero durante días y días. Pensé que si la infraestructura de esta ciudad se dañaba, nos moriríamos de frío. Realmente pereceríamos. Realmente le importa al gobierno, a quién le interesa el bienestar de su trabajo continuo, que haya una educación básica y más que básica.

Las vías para la educación
Sin embargo, el tercer principio, que es realmente importante en esta situación, sería que este fuerte interés del gobierno por tener una población educada se vuelva malo cuando se apropia del derecho más fundamental de la familia de educar a sus hijos.

En otras palabras, yo diría que los gobiernos deberían encontrar una manera de alentar el crecimiento de una población educada respetando los derechos de las familias y promoviendo múltiples vías para todo tipo de educación general y superior, mientras los padres buscan formas de asociarse con aquellos que tienen experiencia en equipar a sus hijos para que funcionen con sabiduría, moralidad y productividad en el mundo.

Tres opciones para las familias
Con estos tres principios básicos, ahora podemos analizar la situación en Suecia y la crianza de los hijos allí. Por supuesto, Suecia no es el único país del mundo que, de acuerdo con estos principios, se extralimita en su intromisión en los derechos de las familias. Conozco al menos a dos familias aquí en Minneapolis que vinieron de otro país de Europa precisamente porque prohibieron la educación en el hogar y exigieron la educación estatal con todo su adoctrinamiento de la cosmovisión actual.

Millones de cristianos en todo el mundo han vivido y viven en regímenes opresivos que tienen un poder tan altivo que sobrepasan el papel que Dios les ha dado y hacen cumplir esta extralimitación con el poder del encarcelamiento y la muerte. Esto no es inusual. Es decir, esto es común en todo el mundo y siempre ha sido común.

Entonces, veo tres posibilidades para las familias cristianas que hoy están en una situación como la que se encuentra esta familia en Suecia.

  1. Buscar la libertad en otro lugar
    Una posibilidad es la emigración fuera de su país a una sociedad más libre, una opción que probablemente simplemente no existe para la mayoría de las familias por muchas razones, incluidas leyes de inmigración cada vez más restrictivas y muchas otras cosas que no solo lo harían difícil, sino probablemente no sabio.
  2. Mantén a los niños en casa
    En segundo lugar, puedes mantener a tus hijos fuera de la escuela y correr el riesgo de perderlos. En los últimos años, vimos en las noticias a familias en Suecia donde eso sucedió. Le quitaron cinco niños a sus padres porque estos no los enviaban a la escuela pública. Ahora, ese es un riesgo enorme y probablemente la mayoría de los padres simplemente no dirán: “Eso valdría la pena”. Probablemente no valga la pena. Quédate con tus hijos y arriesga la educación.
  3. Envía a los niños a la escuela, pero edúcalos en el hogar y en la iglesia
    Eso me lleva a mi tercera opción, que es la que probablemente seguirán la mayoría de las familias y que más o menos, creo, tendrán que seguir, esto es: una educación radicalmente cristiana en casa, junto con la educación estatal (que va a ser diametralmente opuestos en muchos sentidos), será necesaria para edificar en la vida de los niños dos convicciones profundas e inquebrantables. Este es el objetivo ahora:

Jesús, el tipo de persona que es y el tipo de salvación asombrosa que ofrece, es mejor que cualquier cosa que encuentren en la escuela o en cualquier otro lugar entre sus compañeros. Esa es la primera convicción que quieren inculcar en estos niños con esta educación cristiana radical en casa, en la iglesia y entre amigos.
El camino de Jesús, el estilo de vida que Jesús enseña, modela y requiere, es mejor, mucho mejor, enormemente mejor, que cualquier estilo de vida ofrecido en la escuela o en los medios de comunicación.
Modela un gozo abundante en Cristo para tus hijos. Modela una gran confianza en su soberanía

Esto no es diferente. Este no es un tipo de crianza diferente de la que ocurriría en otra cultura. Pero yo pensaría que en una situación en la que los niños se ven obligados a ser adoctrinados con puntos de vista no bíblicos sobre lo que es verdadero y falso, lo correcto y lo incorrecto, lo bello y lo feo, la intencionalidad de la educación cristiana de los padres en el hogar debe ser mayor y más urgente para construir la mentalidad en nuestros niños desde la edad más temprana de que realmente no somos parte de ese sistema.

Creo que eso es cierto aquí en Estados Unidos, pero los padres no lo sienten. No lo creen. Ellos saben cada vez más que es verdad, pero hemos sentido por tanto tiempo que pertenecemos aquí. No sentimos que realmente no formamos parte del sistema. Es nuestro sistema hasta cierto punto, pero cada vez es menos el caso. Bueno, en Suecia, han declarado que no es el caso. Creo que existe esta mayor intencionalidad donde les enseñamos a nuestros hijos que vivimos en un sistema coercitivo, no bíblico e injusto. Les enseñamos eso. Eso se consideraría antipatriótico en algunos países. Los estadounidenses hoy en día lo consideran antipatriótico en gran medida y no deberían considerarlo de esa manera.

Entonces, en Suecia, creo que tienes que enseñarles a tus hijos desde el principio que vivimos en un sistema en el que nos obligan a hacer lo que no deberían obligarnos a hacer. Los niños deben tener esa mentalidad desde el principio.

Confianza en el Rey Jesús
Quisiera enfatizar para este padre cristiano que el gran desafío es definir esa alienación del Estado y de la cultura sin volverse amargado, resentido, melancólico ni temeroso. En cambio, modela a tus hijos un gozo abundante en Cristo. Muestra una gran confianza en su soberanía sobre los regímenes coercitivos y malvados. Muestra una tremenda esperanza de que, aun bajo estas limitaciones, Cristo es capaz de mostrarse a sí mismo y su camino como algo mucho más profundamente satisfactorio y gratificante que cualquier cosa que este mundo presente ofrece. Ese es el gran desafío.

Los mandamientos bíblicos de regocijarnos siempre y dar gracias en todo, de hecho “por todo” (Ef 5:20), fueron pronunciados en situaciones que eran, en gran manera, opresivas e intimidantes. Entonces, el gran desafío en la crianza de los hijos es ser un tipo de persona que confía tanto en el poder, la sabiduría y la bondad del Rey Jesús, el Presidente Jesús, el Jefe Jesús, el Primer Ministro Jesús, que nuestro gozo es indomable. A los niños se les debe mostrar que el camino de Jesús es de mucho gozo, aun si es un camino doloroso, de abnegación y un camino estrecho que conduce a la vida.

Trabajen juntos
Agregaría una cosa más y estoy seguro de que este padre lo sabe, probablemente mejor que yo. Las familias no deberían pelear esta batalla solos junto a sus hijos para mostrarles la verdad. Si es posible, deberían reunirse en iglesias saludables, rodeados de otras familias con esperanzas y anhelos similares. A los jóvenes les encanta tener amigos y el poder de la presión de grupo es enorme. La Biblia dice que las malas compañías corrompen las buenas costumbres (1 Co 15:33), por lo que debemos orar fervientemente para que Dios levante otros amigos cristianos para nuestros hijos.

Debemos unirnos como padres cristianos para ayudarnos mutuamente a proporcionar el tipo de alternativas para nuestros niños y jóvenes que puedan disfrutar, de modo que cuando sus compañeros no cristianos les ofrezcan alternativas que no sean saludables, puedan hacerle frente.

No hay un lugar seguro en el mundo para criar niños: no lo es Estados Unidos, de seguro, ni Suecia, ni China ni Corea del Norte. No hay un lugar seguro para criar hijos cristianos, niños que atesoren a Cristo por encima de todo lo demás. Solo Dios puede obrar el milagro que anhelamos ver en los corazones de nuestros hijos.

Entonces, con toda nuestra enseñanza, modelaje, amistades en la iglesia y nuestro gozo, debemos orar sin cesar por el milagro de la regeneración en nuestros hijos.

Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.
​John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.

Tú eres responsable de tus hijos

Coalición por el Evangelio

Tú eres responsable de tus hijos
JUAN D. ROJAS

“Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón. Las enseñarás diligentemente a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas”, Deuteronomio 6:4-9.

Este pasaje se conoce como el Shemá, y es una de las oraciones más importantes para los judíos. Es vital que consideremos este texto con detenimiento, ya que nos enseña muchas cosas valiosas. Una de ellas es la importancia de enseñar la Palabra de Dios a nuestros hijos.

Un mandato para todos
El mandato en el Shemá es para cada hombre y mujer del pueblo de Dios, y enfatiza la responsabilidad primaria de los padres: educar a sus hijos en la fe.

La formación espiritual y el discipulado debe de originarse y tener su mayor fuerza y profundidad en los hogares. Esto no solo lo vemos en el Shemá; por toda la Escritura encontramos el testimonio de que Dios espera que los padres seamos los primeros maestros de nuestros hijos en los caminos y mandamientos de nuestro Dios.

Proverbios 22:6 dice, “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere grande no se apartará de él”. Este texto es un principio sabio dado por un Padre a otros padres. Tenemos la responsabilidad de enseñar a nuestros niños en el camino de Señor y el hacerlo, aunque de ninguna manera será garantía de su conversión, definitivamente será de grande bendición para sus vidas.

Por otro lado, Jesús, a sus doce años, se encontró discutiendo temas teológicos con los rabinos de su época. Esto en parte puede atribuirse a la solidez con la que José y María lo discipularon desde muy pequeño. No podemos olvidar que Jesús es Dios, pero también un hombre que “…crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52).

Es fácil darnos cuenta de que la familia es la institución de vida más importante para el desarrollo de una persona. Debido a eso, Dios diseñó que la formación espiritual de los hijos sea cultivada y modelada por los padres. Y esto no significa simplemente orar antes de cada comida con ellos, sino también cimentar una enseñanza sólida y completa de todo el consejo de Dios. Por eso en el Shemá, Dios es muy claro acerca de la constancia, frecuencia, e intencionalidad de la formación espiritual que debemos de tener para con nuestros hijos: “Las enseñarás diligentemente a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:7).

¿Cuáles son tus prioridades?
Los padres debemos buscar tener nuestras prioridades alineadas al orden de Dios. Vivimos en un mundo acelerado que nos obliga a correr en todas direcciones, tentándonos constantemente a dejar de lado la formación espiritual de nuestros niños. Al final, reducimos su instrucción a una hora el domingo y por alguien que tal vez ni siquiera conocemos. Aunque la escuela dominical para los niños es una gran bendición, no debe ser el lugar principal para la educación espiritual y bíblica de nuestros hijos.

Los padres de familia somos los encargados de la salud espiritual de nuestra esposa y de nuestros hijos. Los varones estamos llamados a ser los sacerdotes en nuestro hogar y guías espirituales de los miembros de nuestras casas. Somos los responsables delante de Dios de enseñarles la Palabra de Dios y su aplicación. Debemos de enseñarles a orar, a leer las Escrituras, y a valorar las disciplinas espirituales.

El teólogo Jonathan Edwards dijo: “Toda familia cristiana debiera ser una pequeña iglesia, consagrada a Cristo, e influenciada y gobernada enteramente por sus mandamientos. La educación y orden de la familia son algunos de los mejores medios de gracia”.1

Sé fiel a tu llamado
Quisiera motivarles a empezar o a retomar con entusiasmo y perseverancia el trabajo de la formación de los discípulos más inmediatos que Dios nos ha dado: nuestros propios hijos. Los invito a que juntos recibamos este noble encargo como una oportunidad única de parte de Dios para la formación de futuros hombres y mujeres que puedan ser de bendición a nuestro mundo. Los hijos son una bendición del Señor y una oportunidad increíble para formar más discípulos que traigan bendición al mundo y gloria a su Nombre.

[1] Farewell Sermon (The Works of Jonathan Edwards, Vol. I, p. ccvi.)
Juan D. Rojas es el pastor de la Iglesia Casa Vida en Tamarindo, Costa Rica. También es el fundador del movimiento Plantación Casa Vida, y estudiante de Doctorado en el Southern Baptist Theological Seminary.