¿Está usted bien informado?

Viernes 24 Marzo

Dios… nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder.
Hebreos 1:1-3
¿Está usted bien informado?

Con la llegada del internet y del teléfono inteligente, ahora tenemos acceso a toda la información que queremos. Sin embargo, no responden a nuestra pregunta fundamental: «¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Por qué estoy aquí?».

El que cree que Dios existe sabe que él mandó escribir la Biblia, y que ella responde a las preguntas que nos hacemos sobre el porqué de nuestra vida. Encontramos en ella las siguientes respuestas y las recibimos como verdaderas:

– Dios creó al hombre para mantener con él una relación de confianza, amor, paz y gozo (Proverbios 8:31);

– los hombres, creados por Dios, se niegan a reconocerlo como su creador. Por este motivo hay tanta maldad, injusticia, odio, violencia, inmoralidad y sufrimiento en el mundo (Romanos 1:19-21);

– Dios es amor; él envió a Jesucristo para ofrecernos el perdón y la vida eterna (1 Juan 4:9);

– Dios muestra su gracia al que le ha desobedecido (Isaías 1:18). Cuando creemos y aceptamos a Jesús como nuestro Salvador, Dios nos perdona gratuitamente. ¡Es un efecto de su gracia! Nos reconcilia con él. Incluso se convierte en nuestro Padre.

Escuche la información vital que Dios nos da: ¡hoy usted puede tener la salvación y la vida! También le dice que no aplace su decisión, pues “no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Santiago 4:14).

Ezequiel 19 – Hechos 25 – Salmo 36:1-6 – Proverbios 12:5-6

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

En aquella misma hora Jesús se regocijó en el espíritu | Charles Spurgeon

24 de marzo
«En aquella misma hora Jesús se regocijó en el espíritu».
Lucas 10:21

El Salvador era «varón de dolores», pero toda mente reflexiva descubre que en lo íntimo de su alma había un inagotable tesoro de gozo refinado y celestial. En la raza humana nunca hubo un hombre que tuviese una paz más profunda, más pura o más permanente que nuestro Señor Jesucristo.

Él fue ungido «con óleo de alegría más que [sus] compañeros» (He. 1:9). Su benevolencia debe de haberle dado, por la misma naturaleza de las cosas, los más profundos deleites posibles, porque la benevolencia es gozo. Hay algunas notables sazones cuando este gozo se manifiesta espontáneamente: «En aquella misma hora Jesús se regocijó en el espíritu, y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra». Cristo tuvo sus cánticos, aunque le rodeaban las tinieblas. Aunque su rostro estaba desfigurado y su semblante había perdido el brillo de la felicidad terrena, sin embargo, algunas veces, al pensar en «el galardón» (He. 11:26) su cara se encendía con un incomparable resplandor de deleite, y entonces elevaba a Dios su alabanza en medio de la congregación. En esto, el Señor Jesús es un bendito representante de su Iglesia en la tierra. En esta hora, la Iglesia espera vivir compenetrada con su Señor recorriendo un camino espinoso; a través de mucha tribulación, está forzando su marcha hacia la corona. Llevar la cruz es su cometido; y ser despreciada y considerada extraña por los hijos de su madre su suerte.

No obstante, la Iglesia tiene un profundo manantial de gozo del que ninguno puede beber sino sus propios hijos. Hay tesoros de vino, y aceite y grano ocultos en medio de nuestra Jerusalén, de los cuales siempre se alimentan y se nutren los santos de Dios. Y, algunas veces —como en el caso de nuestro Salvador—, tenemos nuestros tiempos de intenso deleite, porque «del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios». Aunque estemos exilados, nos regocijamos en nuestro Rey; sí, en él nos regocijamos grandemente, mientras enarbolamos en su nombre nuestras banderas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 92). Editorial Peregrino.

Un diálogo con Dios

Jueves 23 Marzo

(El joven Samuel respondió:) Habla, porque tu siervo oye.

1 Samuel 3:10

Y hablaba el Señor a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero.

Éxodo 33:11

La comunión (4)

Un diálogo con Dios

– Dios dijo a Abraham: “No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande”. Abraham, que no tenía hijos, respondió: “¿Qué me darás, siendo así que ando sin hijo… ?”. Entonces el Señor le anunció que tendría realmente un hijo. Luego lo llevó afuera, y le dijo: “Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas… Así será tu descendencia” (Génesis 15:1-5).

– El apóstol Pablo tenía un sufrimiento físico continuo, por eso suplicó al Señor que lo curase. No se nos dice la respuesta, pero sabemos que el apóstol suplicó una segunda vez, y luego una tercera. Y solo entonces escuchamos la respuesta divina: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).

– Jesús habla de su regreso. Entonces el Espíritu y la Iglesia, su Esposa, exclaman: “Ven”. Un poco después el Señor responde: “Ciertamente vengo en breve”. Y la Iglesia le responde: “Amén; sí, ven, Señor Jesús” (Apocalipsis 22:17-20).

Estos diálogos muestran lo que es la comunión con Dios. Escuchando al Señor, dirigiéndonos a él por medio de la oración, y meditando su Palabra, intercambiamos pensamientos con él. Y esto, por supuesto, si primero lo hemos recibido en nuestra vida. A veces el Señor nos habla y nos interpela de una manera u otra. Entonces, ¿podremos responderle como Samuel: habla, Señor, “porque tu siervo oye”? (1 Samuel 3:10).

(continuará el próximo jueves)

Ezequiel 18 – Hechos 24 – Salmo 35:22-28 – Proverbios 12:3-4

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¿Quién ganará la batalla? | Charles Spurgeon

22 de marzo
«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos también estén conmigo».
Juan 17:24

¡Oh muerte, por qué tocas el árbol bajo cuyas frondosas ramas reposa el cansado! ¿Por qué arrebatas de la tierra al bueno en quien tenemos todo nuestro deleite? Si has de emplear el hacha, hazlo con los árboles que no dan fruto: en ese caso te lo agradeceremos. Sin embargo, ¿por qué has de talar los hermosos cedros del Líbano? ¡Oh, detén tu hacha y perdona al justo! Pero no, eso no puede ser: la muerte hiere al mejor de nuestros amigos. El más generoso, el más consagrado, el más santo, el más piadoso debe morir.

¿Y por qué? Porque prevalece esta oración de Jesús, que dice: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo». Por causa de esta oración suben al Cielo sobre alas de águila. Cada vez que un creyente sube de esta tierra al Paraíso, la oración de Jesús tiene respuesta. Un anciano teólogo dice que, muchas veces, Jesús y los suyos elevan oraciones contrarias. Tú doblas las rodillas en oración y expresas: «Padre, quiero que tus santos estén conmigo donde yo estoy». Cristo, por su parte, dice: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos también estén conmigo».

Así, el discípulo se opone a su Señor. El alma no puede estar en dos sitios a la vez: a ese ser amado no le es posible encontrarse al mismo tiempo con Cristo y contigo. ¿Quién ganará la batalla? Si el Rey bajara de su Trono y dijera: «Aquí hay dos suplicantes cuyas peticiones son opuestas, ¿a cuál de ellas debo responder?», estoy seguro de que, aunque te fuera doloroso, replicarías: «Jesús, no se haga mi voluntad, sino la tuya».

Tú pondrías fin a la oración por la vida de tus seres queridos si supieses que Cristo está orando de forma contraria a la tuya y diciéndole al Padre: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo». Señor, tenlos tú, por fe te los entrego.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 90). Editorial Peregrino.

¿Es usted un culpable perdonado?

Miércoles 22 Marzo
Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.
Salmo 32:1
Mirad a mí, y sed salvos.
Isaías 45:22

¿Es usted un culpable perdonado?
Es difícil reconocer que somos culpables y que merecemos el juicio de Dios. Sin embargo, la Biblia declara: “No hay justo, ni aun uno… por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:10, 23).

Entonces, una vez que hemos dado el paso más difícil de reconocer y confesar nuestro estado ante Dios, solo nos queda echarnos en sus brazos y aceptar el perdón que nos ofrece, pues él “quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Timoteo 2:4).

El pecado nunca es insignificante para Dios. Pero “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Jesucristo manifestó este amor llevando en nuestro lugar el juicio de Dios. Incluso el hombre más pecador puede ir con confianza a Dios, quien perdona sin límites. “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Santiago 4:8).

En los evangelios Jesús dice que los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mateo 9:13). Los que se creen justos no pueden acceder al perdón. Así, no tomar conciencia de su situación de pecador es privarse de descubrir el amor infinito de Dios. Y el creyente que reconoce sus pecados, sus faltas, sus límites, es liberado de la culpa que eso conlleva. ¡Él sabe que Dios lo perdonó!

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Ezequiel 17 – Hechos 23:12-35 – Salmo 35:15-21 – Proverbios 12:1-2

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Dios nos ama

Martes 21 Marzo
Yo os he amado, dice el Señor; y dijisteis: ¿En qué nos amaste?
Malaquías 1:2

Dios nos ama
Esta pregunta que el pueblo de Israel hizo a Dios es muy insolente: “¿En qué nos amaste?” ¡Sobre todo después de tantas pruebas del fiel amor de Dios! Dios había escuchado el clamor de aquellos que estaban reducidos a esclavitud en un país extranjero y los había liberado de forma milagrosa. Había cuidado de ellos durante 40 años en el desierto, antes de llevarlos a “la tierra prometida” (Hebreos 11:9). Luego, la lista de bendiciones que Dios prodigó a su pueblo no dejó de crecer; sin embargo, ¡Dios solo recibió desprecio! “¿En qué nos amaste?”, dijo el pueblo.

A veces oímos decir: «Si Dios nos amara no habría tantas injusticias, tanta pobreza…». ¡Qué ultraje para Dios! ¡El incrédulo no puede hacer responsable del estado actual del mundo a un Dios en quien no cree!

Todos los que creen en Jesucristo saben bien que Dios continúa amándonos, a pesar de nuestras faltas e indiferencia. Este es un gran milagro del amor divino que podemos explicar a los que se atreven a poner en duda el amor de Dios… porque no lo conocen.

“Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:6-8). ¿Puede haber un amor más grande que el que Dios nos manifestó dando a su propio Hijo para salvarnos? Y continúa amándonos a pesar de nuestra maldad.

Dios no puede amarnos más de lo que ya lo hizo, y no puede darnos más de lo que ya nos dio. ¡Oremos a él con fe, pues está listo para perdonar al que cree en su amor!

Ezequiel 16:35-63 – Hechos 22:22-23:11 – Salmo 35:9-14 – Proverbios 11:31

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Maridos, amad a vuestras mujeres así como Cristo amó a la iglesia | Charles Surgeon

20 de marzo
«Maridos, amad a vuestras mujeres así como Cristo amó a la iglesia».
Efesios 5:25

¡Qué precioso ejemplo da Cristo a sus discípulos! Pocos maestros se atreverían a decir: «Si quieres practicar mi doctrina, imita mi vida». No obstante, como la vida de Cristo es una transcripción exacta de la perfecta virtud, él puede señalarse a sí mismo como modelo de santidad y como maestro de ella. El cristiano debiera tomar como modelo solo a Cristo. No hemos de estar satisfechos hasta que reflejemos la gracia que había en él. Como esposo, el cristiano debe fijarse en Cristo y actuar según ese modelo. El verdadero cristiano tiene que ser un esposo como Cristo lo fue para su Iglesia. El amor de un esposo es especial. El Señor abriga para con su Iglesia un afecto peculiar, que la eleva sobre el resto de la Humanidad. «Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo». La Iglesia elegida es la favorita del Cielo, el tesoro de Cristo, la corona de su cabeza, el brazalete de su brazo, el pectoral de su corazón, el mismo centro y esencia de su amor. Un esposo debiera amar a su esposa con un amor constante, pues así ama Jesús a su Iglesia. Él no varía en su afecto. Él puede cambiar la forma de manifestar su cariño, pero el cariño en sí es siempre el mismo. Un esposo debiera amar a su esposa con un amor permanente, porque nada «podrá apartarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro». Un verdadero esposo ama a su esposa con un amor de corazón, ferviente e intenso. No es un mero culto de labios. ¡Ah!, querido amigo, ¿qué más podía Cristo hacer en prueba de su amor que aquello que hizo? Jesús tiene un amor deleitoso para con su Esposa. Él estima el amor de esta y se deleita gratamente con ella. Creyente, tú te maravillas del amor de Jesús, te admiras de él, ¿pero lo estás imitando? En tus relaciones familiares, ¿es «como Cristo amó a la Iglesia» la regla y la medida de tu amor?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 88). Editorial Peregrino.

Los dos peces

Lunes 20 Marzo
Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?…
Y tomó Jesús aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados; asimismo de los peces, cuanto querían. Juan 6:9-11

Los dos peces
Era el cumpleaños de Hugo. Su tío le había dado un poco de dinero; con esa suma podía comprar lo que tanto deseaba: un pequeño acuario con dos peces rojos que nadan entre conchas amarillas, plantas verdes y piedras multicolores. El día siguiente iría a la tienda donde ya había admirado el objeto de sus deseos.

Esa tarde, en el curso bíblico, el maestro habló de los leprosos y del dinero que a veces falta para atenderlos en el hospital y para comprar los medicamentos.

–¡Qué pena que no pueda dar nada!, pensó Hugo, pues tengo el dinero justo para mis dos peces.

Y soñando con su acuario, no escuchó más al maestro. Pero de repente le oyó decir:

–Sí, ese niño también dio dos peces al Señor Jesús.

Entonces Hugo volvió a la realidad:

–¿Qué dijo de los peces?, se preguntó. ¡Ah, se trataba del niño de la Biblia que dio al Señor Jesús cinco panes y dos peces, y con ello más de 5 000 personas fueron alimentadas!

Hugo volvió a casa muy pensativo.

–Ese chico dio dos peces…

La decisión que tomó le costó un poco, pero ya estaba decidido: el próximo domingo daría su precioso dinero para la misión que ayuda a los leprosos.

Días más tarde el tío de Hugo se enteró del buen gesto de su sobrino y le regaló un acuario con dos magníficos pececillos.

Ezequiel 16:1-34 – Hechos 21:37-22:21 – Salmo 35:1-8 – Proverbios 11:29-30

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Y comió hasta que se sació y le sobró | Charles Spurgeon

19 de marzo
«Y comió hasta que se sació y le sobró».
Rut 2:14
Cuando tenemos el privilegio de comer del pan que da Jesús, nos sentimos, como Rut, satisfechos con el abundante y sabroso alimento. Cuando Jesús es el anfitrión, ningún convidado se levanta vacío de su mesa. Nuestra mente se siente satisfecha con la preciosa verdad que Cristo revela; nuestro corazón está contento con Jesús, el tan deseado objeto del amor; nuestra esperanza se siente satisfecha, porque ¿a quién tenemos en el Cielo sino a Jesús?; nuestro deseo queda saciado, ya que ¿qué podemos desear nosotros más que conocer a Cristo y ser hallados en él? (cf. Fil. 3:9, 10). Jesús llena nuestra conciencia hasta dejarla en perfecta paz. Llena nuestro juicio con la persuasión de la certeza de sus enseñanzas, nuestra memoria con los recuerdos de lo que él ha hecho y nuestra imaginación con la esperanza de aquello que aún ha de hacer. Así como Rut «se sació y le sobró», lo mismo pasa con nosotros. Hemos tomado profundos tragos, hemos pensado que podíamos ingerir todo lo que Cristo nos daba; pero, tras hacer cuanto pudimos, tuvimos que dejar un gran sobrante. Nos hemos sentado a la mesa del amor del Señor y dicho: «Nada sino lo infinito podrá alguna vez satisfacerme; soy un pecador tan grande que tengo que tener méritos infinitos para lavar mis pecados». Sin embargo, alcanzamos el perdón de nuestros pecados y vimos que había méritos de sobra. Nuestra hambre quedó satisfecha en la fiesta del amor sagrado, y vimos que sobraba una superabundancia de alimento. Hay ciertas cosas hermosas en la Palabra de Dios que aún no hemos gustado y que estamos obligados a dejar por ahora, porque somos semejantes a aquellos discípulos a quienes Jesús dijo: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar» (Jn. 16:12). Sí, hay virtudes que no hemos obtenido, lugares de compañerismo más estrecho con Cristo que no hemos alcanzado, y alturas de comunión que nuestros pies no han escalado. En ese mismo banquete de amor hay muchos cestos con pedazos sobrantes. Magnifiquemos la liberalidad de nuestro glorioso Booz.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 87). Editorial Peregrino.

Sí, no, o más tarde

Domingo 19 Marzo

Está atento a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío, porque a ti oraré. Oh Señor, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré.

Salmo 5:2-3

Sí, no, o más tarde

Ante las necesidades urgentes presentadas a Dios mediante la oración, a menudo esperamos una respuesta rápida. Pero Dios no siempre interviene así. A veces dice: sí; pero también dice: no; y a veces dice: más tarde.

– Para la respuesta «sí», es decir, para la respuesta que esperamos, ¿oramos conforme a la Palabra de Dios? “Si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Juan 5:14-15).

– Pero Dios puede respondernos con un «no» categórico, incluso si pedimos con fe. Y las razones pueden ser varias: nuestra oración tiene como objetivo solo nuestra satisfacción personal, o nuestra petición no es conforme a la Palabra de Dios… ¡Pero podemos estar seguros de que él nos ama! Sometámonos a la voluntad de Dios. Así seremos bendecidos.

– Por último, con sabiduría, por razones que a menudo ignoramos, a veces Dios no nos da rápidamente la respuesta esperada. Quizá quiera que pasemos por la prueba de la fe que produce paciencia (Santiago 1:3). En la calma y la confianza en Dios, quien sabe cuál es el momento para responder, obtendremos lo que solo Dios sabe dar, lo mejor para nosotros.

La oración es la expresión de una gran virtud cristiana, la dependencia. Orando, uno experimenta a la vez su propia debilidad y el poder del Señor, su propia ignorancia y la sabiduría del Señor; toma el lugar que le corresponde y reconoce el Suyo. El Señor posee todos los derechos sobre aquel que se inclina de rodillas ante Él.

Ezequiel 14-15 – Hechos 21:17-36 – Salmo 34:15-22 – Proverbios 11:27-28

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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