La misión de Timoteo en Filipos

Miércoles 6 Septiembre
Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús. Pero ya conocéis los méritos de él, que como hijo a padre ha servido conmigo en el evangelio. Así que a este espero enviaros, luego que yo vea cómo van mis asuntos.
Filipenses 2:21-23
La misión de Timoteo en Filipos
Dirigiéndose a los creyentes de la asamblea de en Filipos, Pablo se presentó a sí mismo y a Timoteo con el título de “siervos (o: esclavos) de Jesucristo” (1:1). ¿Por qué? Porque en esta carta Pablo presenta a Cristo como el gran Siervo. Era bastante apropiado entonces que Pablo y Timoteo siguieran el ejemplo del Siervo fiel. Por lo tanto, también nos corresponde hacerlo en la actualidad.

Tras presentar a Cristo como el Siervo por excelencia (vv. 5-11), Pablo esperaba que los filipenses fueran siervos fieles. Para animarlos, les presentó su propio ejemplo (vv. 17-18) y luego el de Timoteo y Epafras (vv. 19-30). Por eso Pablo quiso enviar a Timoteo en ese momento, teniendo la certeza de que él mismo podría visitarlos más tarde. La misión de Timoteo tenía dos objetivos. En primer lugar, debía informar a los creyentes en Filipos acerca de la situación de Pablo, una misión similar a la que otros habían recibido (Ef. 6:21-22; Col. 4:8-9). Pero también debía ocuparse de los filipenses y de sus necesidades. Después de su visita, Timoteo volvería para informarle a Pablo acerca de lo que había visto, para que, en palabras del apóstol, “Yo también esté de buen ánimo al saber de vuestro estado” (Fil. 2:19). No hay razón para creer que Timoteo no cumplió con esta tarea.

Las cualidades de Timoteo son notables y presentan un modelo a seguir para todo creyente. La preocupación de Timoteo por los creyentes es un buen ejemplo de la preocupación que los miembros del Cuerpo deben tener por los demás, la cual no nacía de un motivo egoísta. Los méritos de Timoteo implicaban que había sido puesto a prueba y había sido hallado fiel; esto lo sabían los creyentes de Filipos. Lo que Pablo dice (“ha servido conmigo”) da a entender que Timoteo había servido como siervo. ¿Y nosotros? ¿Somos ’Timoteos’ o somos aquellos que ’buscan lo suyo propio’!

Alfred E. Bouter
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Simón Pedro (4) – Su confusión

Lunes 4 Septiembre
Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, una para Moisés, y una para Elías; no sabiendo lo que decía.
Lucas 9:33
Simón Pedro (4) – Su confusión
Simón Pedro fue llamado “bienaventurado” por el Señor Jesús debido a su confesión: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt. 16:16-17). A pesar de esta bendición, la franqueza de Simón, a menudo descontrolada, su falta de conocerse a sí mismo y su ignorancia de los planes de Dios, lo llevarían a cometer varios errores muy serios.

Poco después de su confesión de fe, Simón reprendió fuertemente al Señor Jesús por haber anunciado que sería rechazado y condenado a muerte (Mt. 16:21-23). Ante esta situación, Cristo lo reprendió y le dijo claramente que en esta ocasión era portavoz de Satanás. Y Jesús añadió: “Me eres piedra de tropiezo” (NBLA). De un momento a otro, Pedro pasó de ser una piedra bienaventurada a una piedra de tropiezo. Este fue el preludio de las cosas que vendrían en su vida.

Cuando Pedro, Jacobo y Juan estuvieron en “el monte santo”, tuvieron el privilegio de ver una visión de la gloria de Cristo en el Milenio. Pero Pedro comprendió su significado mucho tiempo después (véase 2 P. 1:18). Su primera reacción fue lanzar un comentario desafortunado y confuso. Sugirió construir tres tiendas, una para el Señor, otra para Moisés y otra para Elías. Poner Cristo al mismo nivel que Moisés y Elías es un grave error, a pesar de que Pedro le dio el primer lugar al Señor, mencionándolo primero: “Una para ti, una para Moisés, y una para Elías”. Pedro estaba tan impresionado de estar en presencia de hombres tan estimados como Moisés y Elías que asoció al Señor con ellos. El que antes había dicho: “Tú eres el Hijo de Dios viviente” ahora puso al Señor Jesús al mismo nivel que estos hombres tan honorables, pero falibles. El Padre no puede soportar esto e interrumpió a Pedro mientras este aún hablaba. Una nube llegó y cubrió a los discípulos y se oyó una voz: “Este es mi Hijo amado; a él oíd” (v. 35). ¡Con qué frecuencia hablamos imprudentemente! ¡Y cuán grave es cuando empaña la gloria de nuestro Señor Jesús!

Brian Reynolds
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La fuente del gozo

Domingo 3 Septiembre
Nos gozaremos y alegraremos en ti; nos acordaremos de tus amores más que del vino.
Cantar de los Cantares 1:4
La fuente del gozo
El frescor de una nueva fe puede traer una alegría tan viva que nos eleva por encima de nuestras circunstancias. Después de ser llevados al Señor Jesús y encontrar en él esa dulce seguridad del perdón y la perfecta aceptación, todo a nuestro alrededor parece estar vivo y lleno de alabanzas a Dios

Sin embargo, por muy desbordante y real que sea esta alegría, no siempre permanece tan profunda y entusiasta como en nuestra conversión. Su fervor pronto se desvanece y nos preguntamos qué ha pasado. ¿Por qué no conservamos ese inmenso gozo que era tan valioso para nosotros y que deseábamos profundamente no perder jamás?

La respuesta se halla en el bello versículo de hoy. El gozo es un elemento profundamente importante en la vida cristiana, pero no puede sostenerse por sí mismo. Si hacemos del gozo nuestro objetivo, lo perderemos. El gozo no puede alimentar nuestras almas. Solamente puede ser el resultado de algo más importante. “Nos gozaremos y alegraremos en ti”. El Hijo del Dios, que murió y resucitó por nosotros, es el único Objeto que puede llenar verdaderamente nuestro corazón de gozo profundo y perdurable. Debemos alimentarnos de él y del alimento sólido de su Palabra. Entonces podremos decir como Jeremías: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jer. 15:16).

El versículo de hoy dice: “Nos acordaremos de tus amores más que del vino”. El vino simboliza el gozo, aquello que trae emoción. Es mucho más importante recordar el amor del Señor Jesús que el gozo de nuestras propias experiencias. Su gozo, su amor y él mismo permanecen igual, mientras que nuestro gozo viene y va. No puede permanecer constante.

Hagamos del amor del Señor, de su Palabra y de su Persona, los objetos de nuestra meditación. Entonces tendremos un gozo puro y precioso.

L. M. Grant
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Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

Sábado 2 Septiembre
Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.
Lucas 23:34
Perdonar
Mientras que muchas personas han batallado para salvar a un amigo, nuestro Señor, antes de su muerte, utilizó su último aliento para interceder por sus enemigos. En el punto más álgido de su sufrimiento en manos de hombres ingratos, él hizo la petición del versículo de hoy. Cuando Pedro preguntó: “¿Cuántas veces perdonaré… ?” Jesús respondió: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mt. 18:21-22).

En algunas personas, el hecho de no tomarse a pecho los insultos se debe más bien a un temperamento frío e indiferente: poseen una insensibilidad estoica tanto a la bondad como a la maldad. No fue así con Jesús. Su naturaleza santa lo hacía profundamente sensible a la ingratitud y a los insultos, fueran fruto del odio o de la traición. Muchas personas están más dispuestas a perdonar a un enemigo abierto y desenmascarado que a perdonar y olvidar cuando se trata de la infidelidad y la insensibilidad de un amigo, o de un amor no correspondido. ¡El Señor no fue así!

Fíjense en cómo actuó Jesús con sus propios discípulos, quienes lo abandonaron cuando más los necesitaba. Lo primero que hizo después de resucitar fue disipar sus temores y les aseguró su amor eterno. Se encontró con ellos para bendición (Jn. 20:20-21), y cuando ascendió, los dejó con una bendición (Lc. 24:50). Al igual que el Señor, no debemos considerar a nadie como nuestro enemigo, ni actuar con amarga recriminación.

Interpretemos los fallos de los demás de la mejor manera posible y no hagamos insinuaciones o comentarios injuriosos. Considerémonos a nosotros mismos, no sea que también seamos tentados (Gá. 6:1). Cuando albergamos conscientemente un espíritu implacable, consideremos donde estaríamos si el Señor se hubiese comportado de esa forma con nosotros. Recordemos: “De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Col. 3:13).

J. R. MacDuff
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Complacer a Dios

Viernes 1 Septiembre
Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto.
1 Corintios 10:5
Complacer a Dios
Toda alma regenerada tiene la capacidad y el deseo de agradar a Dios. Por el contrario, “los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Ro. 8:8), y “sin fe es imposible agradar a Dios” (He. 11:6).

Enoc fue uno de los creyentes del Antiguo Testamento que agradó a Dios al mantenerse alejado de la contaminación y la impiedad de la cultura en la que vivía (He. 11:5). Entonces, antes del diluvio, Dios lo sacó de este mundo sin que pasara por la muerte. Enoc es una bella imagen de la esperanza cristiana de ser librados de la ira venidera. Sin embargo, Dios no se agradó en varios de los hijos de Israel. Ellos se caracterizaban por la codicia, la idolatría y la fornicación; además tentaron al Señor y murmuraron. Como resultado, Dios los derribó en el desierto, y esto fue escrito para nuestra admonición, para que evitemos cometer los mismos errores.

Buscar agradar a Dios tiene un efecto positivo en nuestra vida de oración. El apóstol Juan escribió: “Cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Jn. 3:22). Solo un Hombre, el Señor Jesús, pudo decir: “Yo hago siempre lo que le agrada” (Jn. 8:29). Por lo tanto, él es el ejemplo perfecto que debemos seguir. Aunque no siempre podamos complacer a Dios a causa de la carne miserable en nosotros, debemos recordar que (1) nuestra liberación se ha cumplido en Cristo; y que (2) tenemos, a través del Espíritu que mora en nosotros, el poder para someternos a Dios (Ro. 8:13).

Finalmente, tomemos en serio esta exhortación: “Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más” (1 Ts. 4:1).

Richard A. Barnett
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Después de la cautividad en Babilonia (25) Tristes noticias

Jueves 31 Agosto
Los príncipes vinieron a mí, diciendo: El pueblo de Israel y los sacerdotes y levitas no se han separado de los pueblos de las tierras… han tomado de las hijas de ellos para sí y para sus hijos, y el linaje santo ha sido mezclado con los pueblos de las tierras… Cuando oí esto, rasgué mi vestido y mi manto, y arranqué pelo de mi cabeza y de mi barba, y me senté angustiado en extremo.
Esdras 9:1-3
Después de la cautividad en Babilonia (25) Tristes noticias
Esdras y los que lo acompañaban solo llevaban unos días en Jerusalén cuando recibieron una triste noticia: muchos israelitas, incluso sacerdotes y levitas, se habían casado con personas paganas de los pueblos que los rodeaban. Sus líderes y gobernantes fueron los primeros en hacerlo. Su reacción fue inmediata: ayunó, rasgó su ropa y se arrancó el pelo y la barba, y se sentó desesperado hasta el sacrificio de la tarde. Quienes temían ante la Palabra de Dios se unieron a él en su angustia.

En el momento del sacrificio de la tarde -la hora en que nuestro Señor Jesús, varios años más adelante, murió en la cruz por nuestros pecados- Esdras se puso de rodillas y comenzó a orar con vergüenza y humillación, llorando y confesando este gran pecado: habían desobedecido al Señor al casarse con mujeres paganas. Al orar, se identificó con las personas que habían pecado. Orando con toda humildad, reconoció que Dios es justo. Dijo varias veces “nosotros” en su oración, pero nunca dijo “ellos”. Muchos hombres, mujeres y niños se unieron a él durante su oración, y todos lloraron amargamente.

Nuestra tendencia natural, cuando el pecado sale a la luz, es culpar a los que han pecado, haciéndonos quedar bien por efecto de comparación. Sin embargo, ante Dios, no solo somos personas individuales, sino también parte del grupo al que pertenecemos, ya sea una asamblea, una comunidad o una nación. Que Dios nos ayude a ocupar nuestro lugar en la humillación ante él. Esdras no se dio por vencido ni regresó a Babilonia para asociarse con mejores personas. Él, junto con quienes lo acompañaban, necesitaban no solo confesar, sino también abandonar su pecado para hallar misericordia (Pr. 28:13).

Eugene P. Vedder, Jr.
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La visión de Isaías

Miércoles 30 Agosto
En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.
Isaías 6:1
La visión de Isaías
¡Qué efecto tuvo esta impresionante visión del Señor en el joven profeta! Vio al Señor en su majestad -sentado en un trono alto y sublime; en su santidad- los serafines exclamaban: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos”; y en su gloria: “toda la tierra está llena de su gloria”. No es de extrañar que el templo temblara y se llenara de humo.

Podemos suponer que Isaías también tembló. En el capítulo anterior había pronunciado seis ayes sobre aquellos en Israel que deshonraban a Dios con sus actitudes y acciones. Pero cuando vio al Señor, dijo: “¡Ay de mí!”. Ese siempre será el efecto de la presencia de Dios en los hombres. En este lugar santo, perdemos de vista los “labios inmundos” de los demás, porque descubrimos que nuestros propios labios son inmundos.

Pero el Señor tenía algo más en mente para Isaías. Un carbón encendido, tomado del altar por uno de los serafines, tocó sus labios, y el “ay” de su confesión da paso al “he aquí” de la purificación. Citemos las palabras del serafín: “He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (v. 7). Estas palabras ilustran maravillosamente el efecto purificador de la obra de Cristo en favor de aquellos que reconocen que lo necesitan. El apóstol Juan lo expresó así: “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7).

Y finalmente, al “he aquí” de la purificación da paso al “anda” de la comisión. Habiendo sido purificado por el Dios cuya santidad había sido ultrajada, Isaías asumió con valentía el desafío que le presentó el Señor: “¿A quién enviaré?”, y respondió: “Heme aquí, envíame a mí”. Una comprensión de la santidad de Dios y de su obra purificadora nos capacita para proclamar el mensaje de Dios.

Grant W. Steidl
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Los días de Noé y nuestros días

Martes 29 Agosto
Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del hombre.
Lucas 17:26
Los días de Noé y nuestros días
La maldad se había propagado por todas partes en los días de Noé. La gente cometía actos malvados de forma continua y deliberada. La tierra estaba llena de violencia, hasta que finalmente Dios la declaró corrupta, llena de la putrefacta decadencia del pecado (Gn. 6:1-12). Sin embargo, Noé halló gracia a los ojos del Señor (v. 8). Es significativo que Noé y su familia fueran alcanzados por la gracia de Dios, lo cual está en línea con el principio inmutable de la Biblia de que nadie puede ganarse el favor de Dios por sus propias obras.

Al mismo tiempo, vemos que el temor del Señor había producido características piadosas en la vida de Noé (v. 9). En primer lugar, y ante todo, él era justo en la práctica. Se comportaba honorablemente con todos. No tenía favoritismos, tratando a algunos bondadosamente y a otros de forma áspera. Decidió hacer lo correcto en cada situación. En segundo lugar, Noé era perfecto, lo que en este contexto no significa sin pecado, sino recto, es decir, irreprochable en todos los aspectos de su vida. Además, Noé caminó con Dios, lo que sugiere que buscaba el camino de Dios en todo. Dondequiera que Dios iba, Noé quería seguirlo.

Esta conducta era tanto más visible cuando se contrastaba con el mundo pecaminoso en el que habitaba. En ese aspecto, Noé es un ejemplo para nosotros, los cristianos, que vivimos en un mundo que se precipita hacia otro día de juicio. No debemos desesperarnos cuando las tinieblas se espesan, y no debemos burlarnos de los pecadores que aún no han respondido al llamado de arrepentimiento. En lugar de eso, debemos manifestar el carácter de Cristo, como hizo Noé. El Espíritu de Dios nos fortalecerá para amar la justicia y vivir irreprochablemente, haciendo lo que es correcto y honorable. Entonces caminaremos con Dios en la senda de la piedad, en medio de nuestros vecinos y conocidos, entre quienes debemos resplandecer como luminares en el mundo (Fil. 2:15).

Stephen Campbell
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Lunes 28 Agosto
Murmurasteis en vuestras tiendas, diciendo: Porque Jehová nos aborrece, nos ha sacado de tierra de Egipto… las ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo; y también vimos allí a los hijos de Anac.
Deuteronomio 1:27-28
Argumentos sin sentido
¡Qué rara prueba de odio! ¡Cuán altamente absurdos son los argumentos de la incredulidad! Si verdaderamente los hubiera odiado, nada más sencillo que haberlos dejado morir entre los hornos de ladrillos de Egipto, bajo el látigo de los crueles capataces de Faraón. ¿Por qué tomarse tanto trabajo con ellos? ¿Para qué esas diez plagas mandadas sobre el país de sus opresores? ¿Por qué, si los aborrecía, no permitió que las aguas del mar Rojo los sepultaran, como sepultaron a sus enemigos? En una palabra: ¿por qué todas esas maravillosas liberaciones?

¡Ah! Si no hubiesen estado poseídos por un espíritu de ciega e insensata incredulidad, tantas evidentes y magníficas pruebas de amor los hubiesen conducido directamente a una conclusión totalmente opuesta a la que osaron expresar. No hay nada bajo el cielo más irracional que la incredulidad; no hay nada más lógico, claro y justo que la sencilla confianza de una fe sencilla, como la de un niño.

La incredulidad no solo es un razonador ciego e insensible, sino también un murmurador oscuro y pesimista. No considera el lado bueno de las cosas. Siempre está del lado equivocado, porque pone a Dios a un lado y solo mira a las circunstancias. La fe habría dicho: “Bien; aunque las ciudades estén amuralladas hasta el cielo, Dios está por encima de ellas porque está en el cielo. Si la tierra estuviese cubierta de ciudades amuralladas desde Dan hasta Beerseba, y si los gigantes fuesen tan numerosos como las hojas del bosque, serían como el tamo de las eras ante Aquel que ha prometido dar para siempre la tierra de Canaán a la descendencia de Abraham, su amigo”.

C. H. Mackintosh
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La simpatía de Jesús

Domingo 27 Agosto
Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba.
Juan 11:33-36
La simpatía de Jesús
Jesús, el Hijo de Dios, está parado junto a la tumba de Lázaro, y lo vemos llorar. Visitaba a menudo esta acogedora casa de Betania, donde se respiraba una atmósfera de amor. En medio de toda la agitación, el Extranjero celestial podía llegar allí y hallar almas unidas a él, junto con una gran calma. Pero las cosas han cambiado porque ha entrado otro visitante: la muerte, ese intruso inoportuno, acababa de traer consigo la tristeza y el dolor. Jesús llegó justo en medio de estas tristes circunstancias.

Leemos en Isaías 63:9: “En toda angustia de ellos él fue angustiado”. La escena junto a la tumba muestra claramente el cumplimiento de esta profecía. Jesús compartió el dolor de Marta y María, y sintió su pena como nadie más podría hacerlo. No solo mostró una simpatía incomparable, sino que fue capaz de aportar esperanza a esta escena de tristeza y muerte. De hecho, este era el propósito de su venida. Todos los enemigos deben huir de su presencia. Sí, vencerá a todos los enemigos, incluida la muerte, y triunfará sobre ellos (cf. 1 Co. 15:26).

Cristo vino a quitar de en medio el pecado por el sacrificio de sí mismo. Vino a derrotar con su muerte al diablo, quien tenía el poder de la muerte. Además, vino a traer vida e incorruptibilidad a este mundo en el que reinaban el pecado y la muerte. Nuestro precioso Salvador no solo lloró con los que lloraban y se vio afectado por los sentimientos de dolor y simpatía, también llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, así como todo el peso del pecado y el juicio de Dios contra este. Cristo venció, y su victoria es nuestra. “Sorbida es la muerte en victoria… ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?… gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 15:54-57).

Jacob Redekop
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