El cordón de grana

Sábado 26 Agosto
Cuando nosotros entremos en la tierra, tú atarás este cordón de grana a la ventana por la cual nos descolgaste… Cualquiera que saliere fuera de las puertas de tu casa, su sangre será sobre su cabeza.
Josué 2:18-19
El cordón de grana
¡Qué hermosa imagen de la salvación de Dios! Rahab tuvo que atar el cordón de grana a su ventana para que todos pudieran verlo. Los lugareños no sabían para qué servía; tal vez pensaban que era solo un adorno. Los dos espías le dijeron a Rahab que reuniera en su casa a su padre, su madre, sus hermanos y otros miembros de su familia. El cordón de grana que colgaba de la ventana los mantendría a salvo el día en que el juicio llegara a Jericó.

En su Palabra, Dios nos ha dado un cordón de grana (el color de la sangre); Él salva a todos los que se ponen bajo su protección, todos los que están dentro de esa casa. Todos los que están en Cristo están protegidos por su preciosa sangre. Esto es una señal segura, ya que el Padre la está mirando. Cristo murió por mí; por eso mi alma está a salvo. En otras palabras, estos hombres le dijeron a Rahab: “Responderemos por tu seguridad; tú y toda tu casa se salvarán, porque están a salvo por el cordón de grana”. Cristo es la seguridad para todos los que ponen su confianza en su preciosa sangre. Pero si Rahab, o cualquiera de su familia, no se ponía bajo la protección del cordón de grana, era bajo su propio riesgo.

Si te niegas a poner tu confianza en el Señor Jesucristo, si te niegas a refugiarte bajo su preciosa sangre, el día en que Dios venga a sacudir poderosamente la tierra, todas las cosas en las que los hombres han puesto su confianza se harán añicos. Entonces serás una pobre alma, perdida y arruinada, y tu sangre estará sobre tu propia cabeza, porque has despreciado el sacrificio ofrecido por nuestro Señor Jesucristo.

H. A. Ironside
Es la sangre tan preciosa del buen Salvador, la que quita los pecados y el temor.
Francis R. Havergal
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El engaño del dinero

Viernes 25 Agosto
Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?.
Marcos 8:36-37
El engaño del dinero
La gran pregunta que se hace hoy en día es: “¿Qué gano con esto?”. Cuando se haya sumado todo, ¿qué dejará tal o cual transacción? ¿En qué medida habré salido ganando? ¿Cuál es el beneficio?

Un millonario estadounidense dijo en su lecho de enfermedad: “El hombre más pobre que conozco es aquel que solo tiene dinero”. Otro dijo: “Aunque un hombre sin dinero es pobre, el hombre que no tiene nada más que dinero es aún más pobre. Las posesiones del mundo no pueden evitar que los espíritus desfallezcan y se encojan cuando llegan las pruebas y los problemas, al igual que un dolor de cabeza no se puede curar con una corona de oro, o el dolor de cuello con una cadena de perlas”. Agustín de Hipona comentó una vez que “las riquezas terrenales están llenas de pobreza”. Esto ciertamente es mucho más acertado que la idea de que un hombre que tiene 100. 000 dólares es el doble de feliz que alguien que posee 50. 000 dólares. Nunca se cometió un error más grande que este y, sin embargo, es lo que la gente comúnmente cree.

Es mucho más correcto decir que el dinero es un proveedor universal de todo menos de la felicidad, y un pasaporte universal a todo lugar menos al cielo. La palabra comúnmente usada para “riquezas” en el Antiguo Testamento se traduce frecuentemente como “pesado”. Esto es muy significativo, ya que el que posee abundantes riquezas es el que mejor sabe las cargas que imponen tales posesiones. Alguien más ha dicho: “Hay una carga debida al cuidado al obtenerlas, un temor al conservarlas, una tentación al usarlas, una culpa al abusar de ellas, una tristeza al dejarlas, y una carga debido a las cuentas que hay que rendir al final a causa de ellas”.

G. Cutting
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¿Quién decís que soy YO?

Jueves 24 Agosto
Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Mateo 16:15-16
Simón Pedro (3) – Su confesión
El Señor Jesús estaba viajando cerca de Cesarea de Filipo, una ciudad ubicada a unos 200 km al norte de Jerusalén, en una región habitada principalmente por gentiles. Fue allí donde Cristo les preguntó a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (Mt. 16:13). Los discípulos le informaron cuál era la opinión popular: la gente creía que Jesús era uno de los venerados profetas, o Juan el Bautista que había vuelto a la vida (v. 14). A los ojos de mucha gente, Jesús era un hombre santo o un profeta.

Pero ¿qué opinaban los propios discípulos? Simón Pedro tomó la palabra, como era su costumbre, y dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Esta confesión de Pedro no fue producto de un razonamiento humano, ni de una visión particular. El Padre se lo había enseñado divinamente. No fue la “carne ni sangre” lo que lo llevó a esta conclusión, sino la gracia soberana de Dios (véase Juan 1:13).

Proféticamente, el Señor había anunciado el nuevo nombre de Pedro cuando este creyó en él como el Mesías (Jn 1:41, 42). Pero ahora, tras confesar que Cristo es “el Hijo de Dios viviente”, el Señor le reveló el significado más profundo de su nuevo nombre. Como Hijo del Dios “viviente”, él tiene poder sobre las “puertas del hades”. El reino de Satanás y el poder de la muerte no prevalecerán. El nombre “Dios viviente” significa que es el Dios de la resurrección. Sobre esta roca -la confesión de que Jesús es el Hijo del Dios viviente- sería edificada la Iglesia. La roca es Cristo, no Pedro, como algunos han supuesto erróneamente. Pedro significa simplemente piedra, y nosotros, al igual que él, somos “piedras vivas” que son puestas en el templo que Cristo está construyendo (1 P. 2:5). La muerte no tendrá ningún poder sobre los que han creído en él. ¡Demos gracias al Padre por habernos revelado a su amado Hijo!

Brian Reynolds
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Hacer la voluntad de Dios en obediencia a su Palabra

Miércoles 23 Agosto
Pues por no haberlo hecho así vosotros la primera vez, Jehová nuestro Dios nos quebrantó, por cuanto no le buscamos según su ordenanza.
1 Crónicas 15:13
Hacer la voluntad de Dios en obediencia a su Palabra
El deseo de David de llevar el arca de vuelta a Jerusalén era bueno, pero la forma en que lo hizo fue incorrecta. Se olvidó de consultar la Palabra de Dios en cuanto a la forma de transportar el arca, y recurrió al método que los filisteos habían utilizado: “un carro nuevo” (1 S. 6:7). Ningún cristiano con discernimiento espiritual podría negar que existe un orden divino en la Palabra de Dios. Las tribus de Israel estaban acampadas alrededor del tabernáculo en conformidad con una instrucción divina, y se les había dado órdenes de cómo se debía desmontar y transportar el tabernáculo; a la tribu de Leví se le encargó especialmente el transporte de sus distintas piezas. El arca debía ser llevada sobre los hombros de los coatitas. Este mandamiento no se cumplió y el resultado fue desastroso. Los hijos de Israel confesaron entonces que no habían actuado de acuerdo según el orden establecido. Y cuando trajeron el arca como Dios había ordenado, se produjo una gran alegría.

Hay un orden divino para el funcionamiento de la Iglesia, “porque Dios no es Dios de desorden, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos” (1 Co. 14:33 VM2020). Descuidar este orden divino para la Iglesia, establecido en las Epístolas a los Corintios, ha traído como consecuencia la confusión y el desorden, generando que cada uno haga lo que cree que es correcto a sus propios ojos.

Que Dios bendiga a los dos o tres que, en gran debilidad y oprobio, se reúnen sencillamente al nombre del Señor Jesús, y sin reconocer otra cabeza que no sea Cristo, ni otro poder que no sea el del Espíritu Santo, y sin depender más que de la Palabra de Dios. A los tales, el Señor les promete no solo su presencia, sino también su aprobación. Los tiempos cambian, pero no afectan a su Palabra, y Dios es tan inmutable como su Palabra.

Richard A. Barnett
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El llamamiento divino (12) – Llamamiento y elección

Martes 22 Agosto
Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia.
2 Pedro 1:3
El llamamiento divino (12) – Llamamiento y elección
El llamamiento de Dios refleja quién es él, mientras que su poder produce una respuesta en aquellos que llama. El “Dios de toda gracia” (1 P. 5:10) es el gran Creador y Redentor que trae vida donde hay muerte. Él trabaja en quienes hemos sido llamados, para perfeccionarnos y prepararnos para su gloria eterna. Mientras estamos en esta tierra, el temor de Dios (la piedad) nos capacita para una verdadera comunión con él y con los que él ha llamado. El conocimiento pleno de Aquel que llama implica una relación consciente de amor con él. Su llamamiento nos ha dado entrada a Dios, que es amor, para su propia gloria y excelencia -o virtud moral.

La traducción aquí utilizada dice que Dios “nos llamó por su gloria y excelencia”, lo cual no es una contradicción: ambos pensamientos son verdaderos. Como resultado, los cristianos -creyentes verdaderamente nacidos de nuevo- pueden tener vida y comunión con él ahora y para siempre, y esto ha sido posible por el llamamiento eficaz del poder de Dios.

Pedro sabía que pronto dejaría la tierra. Como pastor (Jn. 21:15-17), quería que todos los creyentes crecieran en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Quería que todos fueran diligentes en el uso de los recursos de Dios y progresaran en el camino de la fe. Él dijo: “Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás” (2 P. 1:10). El llamamiento y la elección de Dios implican que los creyentes se involucren, que hagan la voluntad de Dios.

Nuestras mentes no pueden comprender cómo el llamamiento de Dios, en su gracia soberana, no deja de lado nuestra propia responsabilidad. El desafío de Pedro muestra ambos lados: cuando hacemos lo que Dios desea, Dios hace su obra, y todo el crédito es suyo. Llamados a heredar una bendición, debemos ser vencedores diligentes. Dios siempre cumple su parte. ¡Hagamos su voluntad!

Alfred E. Bouter
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La mano de nuestro Dios estaba sobre nosotros, y nos libró de mano del enemigo

Lunes 21 Agosto
La mano de nuestro Dios estaba sobre nosotros, y nos libró de mano del enemigo y del acechador en el camino. Y llegamos a Jerusalén… fue luego pesada la plata, el oro y los utensilios, en la casa de nuestro Dios… Los hijos de la cautividad… ofrecieron holocaustos al Dios de Israel, 12 becerros por todo Israel, 96 carneros, 77 corderos, y 12 machos cabríos por expiación, todo en holocausto a Jehová. Y entregaron los despachos del rey a sus sátrapas.
Esdras 8:31-33, 35-36
Después de la cautividad en Babilonia (24) A la llegada
El viaje de los hijos de Israel desde Babilonia hasta Jerusalén duró 4 meses. Dios, a quien habían acudido para que los protegiera, los guardó. Esdras no lo da por algo normal, sino que reconoce con gratitud que la mano de Dios estaba sobre ellos. ¿Nos damos cuenta de que Dios actúa con bondad hacia nosotros, o lo damos por sentado?

El Dios de Israel había confiado cosas preciosas a los que habían hecho el viaje a Jerusalén: tesoros de plata y oro, monedas y utensilios preciosos ofrecidos al Señor por el rey y sus súbditos, así como por sus hermanos israelitas. Todas estas cosas se habían pesado cuidadosamente antes de salir y al llegar. Todo había sido anotado. Nuestro Señor enseñó que durante su ausencia ha confiado talentos y minas a sus siervos (Mt. 25:14-30; Lc. 19:11-27). Y también mantiene un seguimiento de estas cosas. Pronto llegará el día en que tendremos que dar cuenta de todo lo que se nos ha confiado.

Los que habían regresado de Babilonia, ahora ofrecían sacrificios por todo Israel, no solo por ellos mismos, sino por todo el pueblo de Dios. Estos sacrificios representan los diversos aspectos de la obra de Cristo. Perdemos fácilmente de vista el hecho de que nuestra reunión o participación común con los creyentes es solo una parte muy pequeña de la Iglesia por la que murió nuestro Señor. Cada miembro es precioso a sus ojos. ¿Oramos también por ellos?

El rey también le había dado órdenes a Esdras para que las transmitiera a quienes lo representaban allí. Esdras cumplió esta tarea. Puesto que vivimos en una época en la que Cristo aún no gobierna, sometámonos también a las autoridades existentes.

Eugene P. Vedder, Jr.
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Resurrección y victoria

Domingo 20 Agosto
Envió desde lo alto; me tomó, me sacó de las muchas aguas. Me libró de mi poderoso enemigo, y de los que me aborrecían; pues eran más fuertes que yo. Me asaltaron en el día de mi quebranto, mas Jehová fue mi apoyo.
Salmo 18:16-18
Resurrección y victoria
Este salmo presenta al Señor Jesús bajo las profundas aguas del sufrimiento y la muerte en el Calvario, rodeado de enemigos que no conocían la razón de su sumisión que lo llevó a tal muerte. Por lo tanto, mientras se unían para burlarse de él y despreciarlo, ellos no tuvieron en cuenta el maravilloso sacrificio que él estaba realizando en ese mismo momento.

Ese día, Satanás y los hombres unieron cruelmente todas sus fuerzas en oposición a él. Y más que eso, Dios, en su absoluta justicia, lo desamparó para que sufriera en solitaria agonía, cargando sobre él el pecado y la culpa de los pecados de muchos. Pero, al mismo tiempo, el corazón del Padre se deleitó en este sacrificio perfecto, amándolo por poner su vida.

Cuando todo se cumplió, el enemigo se regocijó en su victoria, y los hombres sellaron la tumba para que su victoria fuera lo más segura posible. Pero se habían olvidado de Dios. Cristo fue crucificado en debilidad (2 Co. 13:4), y sus enemigos, en su orgullo carnal, pensaron que habían triunfado. Pero Dios intervino desde arriba: lo “sacó de las muchas aguas” y lo “libró” de su “poderoso enemigo”. Entonces el poder del hombre se convirtió en una evidente debilidad. Los soldados de la tumba estaban aterrorizados y sin fuerzas. Al conocer esta noticia, los gobernantes se escandalizaron y se asustaron; recurrieron a burdas mentiras para protegerse. Dios resucitó a su Hijo de entre los muertos. ¡El Varón de dolores ahora era el Vencedor! No queda duda: toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. Si los enemigos tiemblan, los creyentes se alegran y rinden sincera adoración al Padre y al Hijo.

L. M. Grant
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Libertad cristiana (3)

Sábado 19 Agosto
Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad.
Santiago 2:12
Libertad cristiana (3)
La verdadera libertad cristiana no es una licencia para hacer lo que se me antoje. Hemos visto que está ligada al deseo de vivir para Cristo y para los demás. ¡La hallo y la poseo cuando estoy ocupado con Cristo!

En el versículo de hoy, Santiago habla de “la ley de la libertad”. Al utilizar la palabra ley busca indicar que se trata de “la fuerza que controla” o “el principio de acción”. La ley (dada por Moisés) exigía a los judíos que amaran al prójimo, pero no les daba la fuerza, y los condenaba si no lo hacían. Pero bajo la gracia se nos da la fuerza para amar al prójimo. Los verbos “hablad” y “haced” se refieren a nuestras palabras y acciones, a lo que decimos y a cómo caminamos: ¡ambas cosas deben ir a la par! Cuando no es así, estamos infringiendo la ley de la libertad y se dará cuenta de esta falta en el tribunal de Cristo (1 Co. 3:14-15; 2 Co. 5:9, 10). En Romanos 14:10-13, Pablo establece un paralelismo entre el tribunal de Cristo y la ley de la libertad, ¡con ello busca motivarnos y recordarnos que la ley de la libertad debe regir nuestras vidas!

Pero, ¿qué impide que esta libertad se vea en nuestras propias vidas y en nuestras asambleas locales? Santiago asocia la ley de la libertad con la Palabra de Dios (Stg. 1:21-27). Para poner en práctica la Palabra, debemos atesorarla en nuestro corazón para que nos sirva de guía en todos los aspectos o detalles de nuestra vida. Debe ser nuestra estándar; es un instrumento eficaz para evitar que nos dejemos influir por el mundo que nos rodea. Al descuidar la Palabra de Dios, permitimos que el mundo dicte nuestros pensamientos y nuestra conducta. ¡Seremos verdaderamente libres si miramos a la perfecta ley de la libertad y perseveramos en ella, no siendo “oidores olvidadizos” sino “hacedores” de la palabra!

Tim Hadley, Sr.
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Confiar en Jesús

Jueves 17 Agosto
Enviaron, pues, las hermanas para decir a Jesús: Señor, he aquí el que amas está enfermo. Oyéndolo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro.
Juan 11:3-5
Confiar en Jesús
¡Qué confianza en el Señor mostraron María y su hermana Marta cuando enviaron un mensaje para informarle que su hermano Lázaro estaba enfermo! Apelaron a su tierno corazón. Sabían que Jesús los amaba, y mencionaron a Lázaro por una necesidad particular. Tenían plena confianza en que Jesús podía ayudarles. Muchas veces en el pasado habían sido testigos del poder milagroso del Señor, quien nunca había rechazado a nadie. Todos los que acudían a él recibían ayuda, a menudo más allá de las esperadas. Esto es lo que leemos Marcos 7:37: “En gran manera se maravillaban, diciendo: bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar”. ¿Se negaría ahora el Señor a responder a su clamor?

Todos podemos identificarnos con María y Marta. No hay hogar, ni familia, donde la enfermedad y el miedo a la muerte no hayan aparecido inoportunamente. A veces nos sentimos totalmente desesperados. Las enfermedades prolongadas de las esposas, los padres o los hijos, agotan nuestras fuerzas, nos privan del sueño y nos dejan completamente exhaustos. A veces nuestra paciencia llega a su límite, y sentimos que nadie nos entiende ni se preocupa por nosotros, o eso parece.

Jesús conocía la ansiedad de las dos hermanas y simpatiza con ellas. También sabía que esta enfermedad era “para la gloria de Dios”, y por eso esperó a que llegara el momento perfecto en los planes de Dios. ¡Qué confianza y paz sentimos al ver cómo se desarrolla esta escena! También nosotros podemos confiar plenamente en Aquel que “hace todo bien”. Él atrae nuestros corazones al suyo para que cada uno de nosotros esté convencido de que nos ama tanto como amó a Marta, María y Lázaro.

Jacob Redekop
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Contacto personal con Jesús

Miércoles 16 Agosto
[Jesús fue con Jairo] y le seguía una gran multitud… cuando [una mujer] oyó hablar de Jesús, vino por detrás… y tocó su manto.
Marcos 5:24-27
Contacto personal con Jesús
Cuando vemos a la multitud que rodea al Señor, podemos suponer que todos creían en él. Lo mismo ocurre hoy cuando vemos los edificios religiosos llenos de cristianos que profesan ser adoradores de Cristo. Podemos tener la impresión de que hay una multitud de creyentes en Cristo, ya que oímos que se pronuncian himnos y oraciones en su nombre, y también vemos diversas obras que se realizan en el nombre de Cristo. Ciertamente, así es como juzgan los hombres, ya que se llaman a sí mismos cristianos y dicen que su país está “cristianizado”. Pero, ¿implica esto que todos ellos creen realmente en el Señor Jesús? ¡Ay, no! En la multitud de personas que dicen conocerlo, y que poseen una profesión externa, el Señor sabe distinguir a los que tienen una fe personal en él: “Conoce el Señor a los que son suyos” (2 Ti. 2:19).

La multitud de los que rodeaban a Jesús podía ser sincera, ya que veían sus milagros y recibían beneficios de él, pero no sentían realmente la necesidad de pertenecer a Cristo; no tenían, por tanto, una fe personal en él. Del mismo modo, hoy en día, la gente puede ser bastante sincera cuando se adhiere, como dicen, a la religión cristiana. Pero este compromiso exterior con el cristianismo (unirse a la multitud que sigue a Jesús) no dará la salvación al alma; no resolverá la cuestión del pecado, la muerte y el juicio; no romperá el poder del pecado, ni nos librará de la corrupción, la carne y el mundo.

Para que haya una bendición real, debe haber una fe personal en el Señor Jesús. No tenemos que hacer grandes cosas para asegurar esta bendición, eso solo halagaría nuestro orgullo; pero al creer en el Salvador estamos dispuestos a no ser nada, y a darle a él toda la gloria. El poder está en Cristo, no en la fe; la fe, aunque sea débil, asegura la bendición al ponernos en contacto con Aquel que posee todo el mérito.

Hamilton Smith
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.