El pecado imperdonable | R.C. Sproul

EL PECADO IMPERDONABLE

R.C.Sproul

Muchas personas temen y se preocupan porque en la Biblia hay un pecado que se describe como “imperdonable”. Aunque el evangelio ofrece gratuitamente el perdón a todos los que se arrepienten de sus pecados, hay un límite colocado en el umbral de este crimen. El pecado imperdonable sobre el que advirtió Jesús se identifica con la blasfemia contra el Espíritu Santo. Jesús declaró que este pecado no puede ser perdonado ni en el presente ni en el futuro:
Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero (Mateo 12:31–32).
Ha habido varios intentos por identificar este crimen específico que es imperdonable. Se lo ha asignado a crímenes tan horrendos como el homicidio o el adulterio. Sin embargo, si bien estos dos crímenes son pecados horribles contra Dios, la Escritura deja muy en claro que pueden ser perdonados si la persona que los cometió se arrepiente. David, por ejemplo, era culpable de ambos, pero fue restaurado a la gracia.
El pecado imperdonable con frecuencia suele ser identificado con la resistencia total y persistente a creer en Cristo. Como la muerte trae consigo el final de la oportunidad que una persona tiene para arrepentirse de su pecado y confiar en Cristo, la consecuencia de rehusarse a creer trae consigo el fin de la esperanza del perdón.
Si bien la resistencia total y persistente a creer tiene estas consecuencias no explica de manera adecuada la advertencia de Jesús relacionada con la blasfemia contra el Espíritu Santo. La blasfemia es algo que se hace con los labios o con la pluma. Involucra palabras.

Aunque cualquier forma de blasfemia es un ataque grave al carácter de Dios, se la suele considerar perdonable. Cuando Jesús hace esta advertencia sobre el pecado imperdonable debemos considerarla en el contexto de sus acusadores que estaban afirmando que Él estaba en liga con Satanás. Su advertencia es seria y aterradora. No obstante, sobre la cruz, Jesús oró para que los que habían blasfemado contra Él fuesen perdonados por causa de su ignorancia. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
Pero, sin embargo, si las personas han sido iluminadas por el Espíritu Santo hasta el grado de saber que Jesús es verdaderamente el Cristo, y luego lo acusan de ser satánico, han cometido un pecado que no tiene perdón. Los cristianos librados a sus propios recursos son capaces de cometer el pecado imperdonable, pero confiamos en que Dios en su gracia protectora guardará a sus escogidos de cometer dicho pecado. Cuando los cristianos fieles temen haber cometido dicho pecado, esta señal posiblemente ya nos esté indicando que no lo cometieron. Quienes cometan dicho pecado tendrán su corazón tan endurecido y se habrán abandonado tanto a su pecado que no sentirán ningún remordimiento.

Incluso en una cultura pagana y secular como la nuestra, las personas son reacias a blasfemar abiertamente contra Dios y contra Cristo. Aunque el nombre de Cristo es arrastrado por el barro cuando se echan temos y el evangelio es ridiculizado con chanzas y comentarios irreverentes, la gente evita relacionar a Jesús con Satanás.
Si bien el ocultismo y el satanismo proveen un contexto de peligro inminente para cometer el pecado imperdonable, aunque la blasfemia radical ocurriera ahí, todavía podría ser perdonad porque habría sido cometida en ignorancia por aquellos que todavía no fueron iluminados por el Espíritu Santo.
Resumen

  1. La blasfemia contra el Espíritu Santo no debe ser equiparada al homicidio o el adulterio.
  2. La blasfemia es un pecado contra Dios que involucra palabras.
  3. La advertencia original de Cristo era en contra de atribuirle las obras de Dios el Espíritu Santo a Satanás.
  4. Jesús oró pidiendo el perdón de los blasfemos que ignoraban su verdadera identidad.
  5. Los cristianos nunca cometerán este pecado por la gracia protectora de Dios.
    Pasajes bíblicos para la reflexión
    Mateo 12:22–32
    Lucas 23:34
    1 Juan 5:16

Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 173-175). Editorial Unilit.

EL ARREPENTIMIENTO | R.C.Sproul

EL ARREPENTIMIENTO

R.C. Sproul

El mensaje principal de Juan el Bautista, que fue el heraldo de Jesús, era “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. Este llamado al arrepentimiento era una apelación urgente a los pecadores. Nadie que se niegue a arrepentirse puede entrar en el reino de Dios. El arrepentimiento es un requisito previo, una condición necesaria para la salvación.
En la Escritura, el arrepentimiento significa “sufrir un cambio de mentalidad”. Este cambio de mentalidad no es un simple cambio de opiniones menores, sino un cambio completo en la dirección de nuestras vidas. Implica un giro radical del pecado a Cristo.
El arrepentimiento no es la causa de un nuevo nacimiento o regeneración; es el resultado del fruto de la regeneración. Aunque el arrepentimiento comienza con la regeneración, constituye una actitud y una acción que debe ser repetida a lo largo de la vida cristiana. Como continuaremos pecando, se nos llama a arrepentimos al ser convencidos de pecado por el Espíritu Santo.
Los teólogos distinguen dos tipos de arrepentimiento. El primero es llamado atrición. La atrición es un arrepentimiento falso o espurio. Comprende el remordimiento causado por un temor al castigo o la pérdida de una bendición. Cualquier padre ha comprobado la atrición en un hijo cuando lo descubre con las manos en la masa. El niño, temiendo la paliza, grita: “Lo siento, ¡por favor no me pegues!” Estas plegarias junto con algunas lágrimas de cocodrilo no suelen ser signos de un remordimiento genuino por haber actuado mal. Fue el tipo de arrepentimiento que exhibió Esaú (Génesis 27:30–46). Se lamentaba no por haber pecado sino por haber perdido su primogenitura. La atrición, entonces, es el arrepentimiento motivado por un intento de obtener un boleto que nos saque del infierno o de evitar el castigo.
La contrición, en cambio, es el arrepentimiento verdadero y piadoso. Es genuino. Comprende un remordimiento profundo por haber ofendido a Dios. La persona contrita confiesa su pecado de manera abierta y completa, sin intentar buscar excusas o justificarlo. Este reconocimiento del pecado viene acompañado de una voluntad por hacer una restitución siempre que sea posible y una resolución de abandonar el pecado. Este es el espíritu que exhibió David en el Salmo 51. “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí … Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:10, 17).
Cuando le ofrecemos a Dios nuestro arrepentimiento en un espíritu de verdadera contrición, Él nos promete perdonarnos y restaurarnos a la comunión con Él. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).
Resumen

  1. El arrepentimiento es una condición necesaria para la salvación.
  2. El arrepentimiento es el fruto de la regeneración.
  3. La atrición es un arrepentimiento falso motivado por el temor.
  4. La contrición es un arrepentimiento verdadero motivado por el remordimiento piadoso.
  5. El arrepentimiento verdadero conlleva la plena confesión, la restitución, y la resolución de abandonar el pecado.
  6. Dios promete el perdón y la restauración a todos los que se arrepienten en verdad.
    Pasajes bíblicos para la reflexión
    Ezequiel 18:30–32
    Lucas 24:46–47
    Hechos 20:17–21
    Romanos 2:4
    2 Corintios 7:8–12

Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 221-222). Editorial Unilit.

¿QUÉ ES EL MAL? | Norman Geisler

PREGUNTAS ACERCA DEL MAL

Norman Geisler

Tarde o temprano debo encarar este asunto con lenguaje sencillo: ¿qué razón tenemos —salvo nuestros propios deseos— para creer que Dios es —en cualquier forma concebible— «bueno»? ¿Acaso la evidencia prima facie no sugiere exactamente lo opuesto? ¿Qué tenemos para contrarrestar eso?
«Cristo es nuestro argumento. Pero, ¿y si Él se hubiera equivocado? Sus últimas palabras tienen un significado perfectamente claro. Descubrió que el Ser a quien llamaba Padre era terrible e infinitamente diferente de lo que supuso. La trampa, por tanto tiempo preparada —con tanto esmero— y tan sutil carnada, saltó por fin a la cruz. Triunfó el chiste cruel … Paso a paso fuimos «dirigidos camino arriba, hacia el jardín». Otra vez, cuando más bondadoso parecía, en realidad, preparaba la próxima tortura».
Esas palabras no provienen de un ateo o escéptico que trata de sacudir la fe en Dios que alguien pueda tener. Proceden de C.S. Lewis, uno de los más grandes defensores del cristianismo. Las escribió cuando aún estaba de duelo por la pérdida de su esposa, que murió de cáncer. Tal respuesta señala que, tarde o temprano, cada uno de nosotros debe tratar el problema del dolor, es decir, el problema del mal.
Si Dios no dijera que es bueno, el problema sería sencillo, pero lo es. Si no fuera omnipotente, tal como proponen los deístas finitos, no habría dificultad alguna. Si el mal no fuera real, podríamos eludir el problema. Pero no es así. Es muy real, especialmente pala quienes sufren dolor, y aunque no le demos una respuesta a cada situación individual, podemos hallar ciertos principios generales acerca del mal. Al menos podremos mostrar que la idea de un Dios bueno y poderoso no es irreconciliable con la existencia del mal.

¿QUÉ ES EL MAL?

¿Cuál es la naturaleza del mal? Hablamos de actos malos (asesinatos), de gente mala (Charles Manson), de libros malos (pornografía), de acontecimientos malos (huracanes), enfermedades malas (cáncer o ceguera) pero, ¿qué hace que todo eso sea malo? ¿Qué es el mal cuando lo vemos por sí mismo? Algunos han dicho que el mal es una sustancia que se adhiere a ciertos seres u objetos y los hace malos (como un virus que infecta un animal), o que es una fuerza contraria en el universo (como el lado oscuro de la película «La fuerza de Luke Skywalker»). Pero si Dios hizo todas las cosas, eso lo hace responsable del mal. El argumento parece ser como sigue:

  1. Dios es el autor de todo.
  2. El mal es algo.
  3. Por lo tanto, Dios es el autor del mal.

Agustín versus Maniqueo
Maniqueo fue un hereje dualista del siglo III de la era cristiana, proclamaba que el mundo fue hecho de materia no creada que era mala en sí misma. De ello deducía que toda existencia física era mala; solo las cosas espirituales podían ser buenas. Agustín escribió para demostrar que todo lo que Dios creó fue bueno y que el mal no es una sustancia.


«¿Qué es el mal?

Quizá usted replique: La corrupción. Innegablemente es una definición general del mal, porque implica oposición a la naturaleza, como también herir. Pero la corrupción no existe por sí misma, sino que aparece en un ente que se corrompe, de manera que no es una sustancia. Así que la cosa que se corrompe no es corrupción, no es mal, pues lo que es corrupto sufre pérdida de pureza e integridad. De modo que eso que no tiene pureza que perder no puede ser corrupto; y lo que tiene es necesariamente bueno ya que participa de la pureza. Repito, lo que se corrompe es descompuesto; y lo que es descompuesto sufre pérdida de orden; y el orden, es bueno. Ser corrupto no implica necesariamente ausencia de bien, pues la corrupción priva de lo bueno, lo que no ocurriría si hubiera ausencia de bien». [Sobre la moral de los maniqueos, 5.7.]
La primera cláusula es verdadera. Así que parece que debemos negar la realidad del mal para negar la conclusión (como hacen los panteístas). Podemos negar que el mal es una cosa o sustancia, sin decir que no es real. Es cierta carencia en las cosas. Cuando lo bueno que debería haber está ausente de algo, eso es malo. Después de todo, si no tengo una verruga en mi nariz, eso no es malo; porque, en primer lugar, no debe estar allí. Sin embargo, si a un hombre le falta la habilidad para ver, eso es malo. Asimismo, si una persona carece de la bondad y el respeto por la vida humana que debería tener, entonces puede asesinar. El mal es, en realidad, un parásito que no puede existir salvo como una grieta en algo que debiera ser sólido.
En algunos casos, el mal es explicable fácilmente, tal como sucede con las malas relaciones. Si escojo un buen revólver, le pongo una buena bala, lo apunto a mi buena cabeza, pongo mi buen dedo en el buen gatillo y le doy un buen apretón … resulta una mala relación. Las cosas involucradas en esta relación no son malas en sí mismas, pero la relación entre las cosas buenas carece definitivamente de algo. En este caso, la falta o carencia se da porque las cosas no se usan como deberían usarse. Los revólveres no se deben usar para matar indiscriminadamente, aunque son buenos para el esparcimiento. Mi cabeza no fue concebida para practicar tiro al blanco. De igual manera, nada malo hay en los vientos huracanados que se mueven circularmente, pero la mala relación surge cuando el ojo del huracán pasa por un lugar donde están estacionadas varias casas móviles. Las malas relaciones son malas porque la relación en sí carece de algo, de modo que nuestra definición del mal sigue viva. El mal es la falta de algo que debería haber en la relación entre las cosas buenas.

Geisler, N., & Brooks, R. (1997). Apologética: Herramientas valiosas para la defensa de la fe (pp. 69-72). Editorial Unilit.

PARADOJAS, MISTERIOS, Y CONTRADICCIONES | R.C. Sproul

PARADOJAS, MISTERIOS, Y CONTRADICCIONES

R.C. Sproul

Diversos movimientos dentro de nuestra cultura contemporánea, tales como la “New Age”, las religiones orientales, y la filosofía irracional, han ejercido su influencia y conducido a una crisis de entendimiento. Ha surgido una nueva forma de misticismo que le otorga al absurdo el sello de la verdad religiosa. A nuestro entender, la máxima del budismo zen, “Dioses una mano aplaudiendo”, constituye una clara ilustración de este concepto. Decir que Dios es una mano aplaudiendo suena como algo profundo. La mente conciente se confunde porque va a contramano de los patrones normales de pensamiento. Suena “profundo” e intrigante hasta que la analizamos cuidadosamente y descubrimos que en el fondo solo se trata de una afirmación carente de sentido. La irracionalidad es un tipo de caos mental. Descansa sobre una confusión contrapuesta con el Autor de toda verdad que no es un autor de confusión.

El cristianismo bíblico es vulnerable a dichas cadenas de irracionalidad exaltada debido a su cándido reconocimiento de que existen muchas paradojas y misterios en la Biblia. Como las diferencias que marcan los límites entre las paradojas, los misterios y las contradicciones son débiles pero cruciales, es importante que aprendamos a distinguir cuáles son estas diferencias. Cuando buscamos sondear las profundidades de Dios nos confundimos con mucha rapidez. Ningún mortal puede comprender a Dios exhaustivamente.

La Biblia nos revela cosas sobre Dios, cosas que aunque somos incapaces de comprenderlas completamente sabemos que son verdades. No tenemos ningún punto de referencia humano, por ejemplo, para entender a un ser que es tres en persona y uno en esencia (la Trinidad), o a un ser que es una persona con dos naturalezas distintas, la humana y la divina (la persona de Cristo). Estas verdades, tan ciertas como puedan serlo, son demasiado “elevadas” para ser alcanzadas por nosotros. Nos enfrentamos con problemas similares en el mundo natural. Sabemos que la gravedad existe, pero aunque no la entendemos, no por ello intentamos definirla en términos irracionales o contradictorios.

Casi todos estamos de acuerdo que el movimiento forma parte integral de la realidad, sin embargo, la esencia del movimiento en sí mismo ha dejado perplejos a los filósofos y a los científicos por milenios. La realidad tiene mucho de misteriosa y mucho que no podemos entender. Pero esto no se convierte en nuestra garantía para dar un salto al absurdo. Tanto en la religión como en la ciencia, la irracionalidad es fatal. En realidad, es mortal para cualquier verdad. El filósofo cristiano Gordon H. Clark en cierta ocasión definió un paradoja como “un calambre entre las orejas”. El propósito de su definición era señalar que lo que muchas veces se denomina una paradoja no es nada más que un razonamiento descuidado. Clark, sin embargo, reconoció con claridad la función y el papel legítimo de las paradojas. La palabra paradoja proviene de la raíz griega que significa “parecer o aparecer”. Las paradojas nos resultan difíciles porque a primera vista “parecen” ser contradictorias, pero si las examinamos con mayor detalle podemos encontrarles la solución. Por ejemplo, Jesús dijo que “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39). Superficialmente, esto parece ser una afirmación del mismo tenor que la que dice que “Dios es una mano aplaudiendo”. Parece contener en sí una contradicción. Lo que Jesús intentó decir, sin embargo, fue que si alguien pierde su vida en un sentido, la encontrará en otro sentido. Como la pérdida y el hallazgo están en dos sentidos distintos, no hay ninguna contradicción. Yo soy al mismo tiempo un padre y un hijo pero, obviamente, no en la misma relación. Debido a que la palabra paradoja ha sido muy frecuentemente entendida como sinónimo de contradicción, en algunos diccionarios ingleses ha sido ingresada como una segunda acepción al término contradicción. Una contradicción es una afirmación que viola la clásica ley de no contradicción.

La ley de no contradicción afirma que no es posible que A sea A y no-A [al mismo tiempo y en el mismo sentido. En otras palabras, algo no puede ser lo que es y no ser lo que es, al mismo tiempo y en el mismo sentido. Se trata de la ley más importante de todas las leyes de lógica. Nadie es capaz de entender una contradicción porque una contradicción es inherentemente no inteligible. Ni siquiera Dios puede comprender las contradicciones. Pero sin duda que las puede reconocer por lo que en realidad son -meras falsedades. La palabra contradicción proviene del latín “hablar en contra”. También se las conoce como una antinomia, que significa “contra la ley”. Si Dios hablara por medio de contradicciones carecería intelectualmente de leyes, tendría un doble discurso. Es un tremendo insulto y una blasfemia incluso el sugerir que el Autor de la verdad pudiera hablar con contradicciones. La contradicción es la herramienta de aquel que miente —el padre de las mentiras que desprecia la verdad. Existe una relación entre los misterios y las contradicciones que fácilmente nos conduce a confundirlas entre sí. No podemos entender los misterios.

No podemos entender las contradicciones. El punto de contacto entre los dos conceptos es su carácter de no inteligible. Los misterios no nos resultan claros ahora porque carecemos de la información o de la perspectiva para comprenderlos. La Biblia nos promete que, una vez en el cielo, estos misterios que ahora no podemos comprender serán explicados. Las explicaciones solucionarán los misterios del presente. Sin embargo, no hay ninguna explicación posible, ni en el cielo ni en la tierra, que pueda solucionar una contradicción.

Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 7-9). Editorial Unilit.

LA REVELACIÓN DIVINA | R.C. Sproul

LA REVELACIÓN DIVINA

R.C. Sproul

Todo lo que conocemos sobre el cristianismo nos ha sido revelado por Dios. Revelar significa “quitar el velo”. Implica el retirar la cubierta de algo que estaba oculto. Cuando mi hijo estaba creciendo, desarrollamos una tradición anual para festejar su cumpleaños. En lugar de seguir el procedimiento normal de repartir los regalos, lo hacíamos mediante una modalidad que era nuestra versión casera del programa televisivo de entretenimientos “Hagamos un trato”. Escondía sus regalos en lugares secretos tales como un cajón, o debajo del sillón, o detrás de una silla. Luego le daba opciones: “Puedes tener lo que está en el cajón del escritorio o lo que está en mi bolsillo”. El juego alcanzaba su clímax cuando llegábamos al “gran trato del día”. Colocaba en fila a tres sillas que cubría con una manta. Cada manta ocultaba un regalo. Una de las sillas tenía un pequeño regalo, la segunda silla tenía su regalo más grande, y la tercer silla tenía una muleta que había utilizado cuando se fracturó la pierna a los siete años. ¡Por tres años consecutivos mi hijo eligió la silla que tenía la muleta! (Siempre terminaba permitiéndole canjear la muleta por el verdadero regalo.) Al cuarto año, él estaba resuelto a no elegir la silla con la muleta debajo de la manta. Esta vez oculté su regalo grande junto con la muleta y dejé que la punta de la muleta asomara por debajo de la manta. Al ver la punta de la muleta, evitó elegir esa silla.

¡Nuevamente lo había atrapado! La diversión del juego consistía en adivinar dónde estaba escondido el tesoro. Pero se trataba únicamente de adivinar, de pura especulación. El descubrimiento del tesoro verdadero no podía concretarse hasta tanto la manta no hubiera sido retirada y el regalo quedara al descubierto. Lo mismo sucede con nuestro conocimiento de Dios. La especulación ociosa sobre Dios es tarea para un tonto. Si deseamos conocerle en verdad, debemos confiar en lo que Él nos dice sobre sí mismo. La Biblia nos indica que Dios se revela a sí mismo de diversas maneras. Despliega su gloria en la naturaleza y por medio de la naturaleza. En los tiempos antiguos se reveló por medio de sueños y de visiones. La marca de su providencia está demostrada en las páginas de la historia. Se revela a sí mismo en las Escrituras inspiradas. Y podemos ver el zenit de su revelación en Jesucristo que se hizo hombre —lo que los teólogos denominan “la Encarnación”. El autor de la epístola a los Hebreos escribe: Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo (Hebreos 1:1–2). Si bien la Biblia habla de las “muchas maneras” en que Dios se ha revelado a sí mismo, debemos distinguir entre dos tipos principales de revelación —la general y la especial. La revelación general se llama “general” por dos razones: (1) es general en cuanto a su contenido, y (2) ha sido revelada a un público en general. El contenido general La revelación general nos provee del conocimiento de que Dios existe. “Los cielos declaran la gloria de Dios”, nos dice el salmista. La gloria de Dios la vemos desplegada en la obra de sus manos. Este despliegue es tan claro y manifiesto que ninguna criatura puede dejar de apreciarlo. Nos revela la deidad y el poder eterno de Dios (Romanos 1:18–23). La revelación en la naturaleza no nos brinda una revelación completa de Dios. No nos brinda la información sobre Dios el Redentor que encontramos en la Biblia. Pero el Dios revelado en la naturaleza es el mismo Dios revelado en las Escrituras. El público en general No todas las personas en el mundo han leído la Biblia o escuchado la proclamación del evangelio. Pero la luz de la naturaleza brilla sobre cada uno en cualquier lugar y en cualquier tiempo. La revelación general de Dios tiene lugar todos los días. Él nunca se queda sin ningún testigo. El mundo visible es como un espejo que refleja la gloria de su Hacedor. El mundo es el escenario de Dios. Él es el actor principal que aparece al principio y en el centro. No puede caer ningún telón que oscurezca su presencia. De una simple mirada a la creación podemos saber que la naturaleza no es su propia madre. No hay nada de “madre” en la Madre Naturaleza. La naturaleza en sí misma no tiene ningún poder para producir ningún tipo de vida. En sí misma, la naturaleza es estéril. El poder para producir la vida reside en el Autor de la naturaleza —Dios. El sustituir la naturaleza como la fuente de vida es confundir a la criatura con el Creador. Cualquier forma de adoración de la naturaleza es un acto de idolatría y como tal le resulta detestable a Dios. Debido a la fuerza de la revelación general, todos los seres humanos saben que Dios existe. El ateísmo consiste en la negación lisa y llana de algo que se sabe ser cierto. Por eso es que la Biblia dice: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Salmo 14:1). Cuando las Escrituras tratan de este modo al ateo, llamándolo “necio”, le están haciendo un juicio moral. Ser un necio en términos bíblicos no es ser de pocas luces o ser poco inteligente; es ser inmoral. Así como el temor de Dios es el principio de la sabiduría, la negación de Dios es el colmo de la necedad. El agnóstico, asimismo, niega la fuerza de la revelación general. El agnóstico es menos estridente que el ateo; no niega de manera tajante la existencia de Dios. Sin embargo, el agnóstico declara que no hay evidencia suficiente para decidirse por una cosa u otra con respecto a la existencia de Dios. Prefiere dejar su juicio en suspenso, dejar la cuestión sobre la existencia de Dios con un signo de interrogación. Sin embargo, a la luz de la claridad de la revelación general, la postura que asume el agnóstico no es menos detestable para Dios que la del ateo militante. Pero para todo aquel cuya mente y corazón estén abiertos, la gloria de Dios es maravillosa de contemplar -desde los billones de universos en los cielos hasta las partículas subatómicas que componen la más pequeña de las moléculas. ¡Qué Dios increíble es este a quien servimos!

Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 3-5). Editorial Unilit.

¿Salvo de qué? | R.C.Sproul

¿Salvo de qué?

R.C.Sproul

En cierta ocasión un hombre joven en Filadelfia me detuvo y me preguntó: “¿Sois salvo?” Mi respuesta fue: “¿Salvo de qué?” Mi respuesta lo tomó por sorpresa. Obviamente no había pensado mucho sobre la pregunta que le estaba formulando a la gente. De lo que no me había salvado era de las personas que me detienen en la calle para acribillarme con la pregunta: “¿Sois salvo?”

La cuestión de ser salvo es la cuestión más importante de la Biblia. El tema de las Sagradas Escrituras es el tema de la salvación. En su concepción en el seno de María, Jesús es anunciado como el Salvador. El Salvador y la salvación van unidos. El papel del Salvador es salvar.

Pero volvemos a preguntarnos: ¿Salvarse de qué? El significado bíblico de la salvación es amplio y diverso. En su forma más sencilla el verbo salvar significa “ser rescatado de una situación peligrosa o amenazante”. Cuando Israel se escapó de la derrota de manos de sus enemigos en la batalla, se nos dice que fue salvado. Cuando una persona se recupera de una enfermedad que puso su vida en peligro de muerte, experimenta la salvación. Cuando se evita que una cosecha se pierda por una plaga o una sequía, el resultado es la salvación.

Utilizamos la palabra salvación de una manera similar. Decimos que a un boxeador lo “salvó la campana” si el asalto termina antes de que el árbitro acabe de contar. La salvación significa el haber sido rescatado de alguna calamidad. Sin embargo, la Biblia también utiliza la palabra salvación en un sentido específico para referirse a nuestra redención final del pecado y nuestra reconciliación con Dios. En este sentido, la salvación es la salvación de la mayor calamidad —el juicio de Dios. La salvación suprema ha sido lograda por Cristo que “nos libra de la ira venidera” (1 Tesalonicenses 1:10).

La Biblia anuncia con total claridad que habrá un día de juicio en el que todos los seres humanos deberán rendir cuentas delante del tribunal de Dios. Para muchos este “día del Señor” será un día de oscuridad sin ninguna luz. Será el día en que Dios derrame su ira contra los malvados y los impenitentes. Será el holocausto final, la hora más oscura, la peor calamidad que haya ocurrido en la historia humana. Ser libre de la ira de Dios, que sin duda se derramará sobre el mundo, es la salvación suprema. Es la operación de rescate que Cristo como el Salvador realiza para su pueblo.

La Biblia utiliza la palabra salvación en pocos sentidos, pero en muchos tiempos verbales. El verbo salvar aparece prácticamente en todos los tiempos verbales griegos. En un sentido fuimos salvados (desde la fundación del mundo); fuimos siendo salvados (por la obra de Dios en la historia); estamos salvados (por estar en un estado de justificación); estamos siendo salvados (al ser santificados o ser hechos santos); y seremos salvados (cuando experimentemos la consumación de nuestra redención en el cielo). La Biblia nos habla de la salvación en términos del pasado, del presente y del futuro.

A veces, equiparamos la salvación presente con nuestra justificación, que es presente. Otras veces, consideramos a la justificación como un paso específico dentro del orden o plan de la salvación.

Por último, es importante señalar otro aspecto central del concepto bíblico de la salvación. La salvación es del Señor. La salvación no es un emprendimiento humano. Los seres humanos no se pueden salvar a sí mismos. La salvación es una obra divina; Dios es quien la logra y la aplica. La salvación es del Señor y proviene del Señor. Es el Señor el que nos libra de la ira del Señor.

Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 181-182). Editorial Unilit.

¿EXISTEN LOS VALORES ABSOLUTOS?

¿EXISTEN LOS VALORES ABSOLUTOS?

El relativismo no es nada nuevo, pues Heráclito, filósofo de la antigüedad griega, ya había planteado que: «Nunca se baña uno dos veces en el mismo río, porque el agua siempre es nueva». De esa manera señalaba el cambio constante que embebe todo nuestro existir. Si todo está continuamente fluyendo (cambiando) entonces, nada permanece igual. Todo es relativo en cuanto a la manera en que las cosas son en un momento.

¿Cómo puede algún valor ser absoluto?
Varias son las teorías morales que han formulado retos a la naturaleza absoluta de los imperativos morales desde la época de Heráclito a la fecha. Algunos afirmaron que no hay leyes rígidas. Kierkegaard decía que todos los mandamientos éticos son trascendidos por los deberes religiosos, tal como Abraham tuvo que dar «un salto de fe» trascendiendo toda moral para sacrificar a Isaac. A.J. Ayer decía que todos los juicios de valor eran, literalmente, insensatos por ser inverificables mediante la experiencia. Algunos plantearon que, en realidad, la ética solo consta de principios generales que sirven para el propósito de estructurar (informar, en el sentido de dar forma o moldear) la sociedad. Jeremy Bentham y John Stuart Mill concordaron en que deben seguirse las normas sociales generales para que el hombre pueda ser feliz pero que, en última instancia, no son obligatorias. Otros, como Joseph Fletcher, piensan que todas las normas deben ser evaluadas por el individuo en cada situación.
La ética situacional de Joseph Fletcher está construida sobre la idea de que «nuestra obligación es relativa a la situación». El amor es el único absoluto para Fletcher, y todos los otros mandamientos morales son relativos respecto a ese absoluto. La única manera de juzgar lo bueno y lo malo es considerando los resultados. Lo que «sirve» o «satisface» es lo bueno. Los valores, entonces, no son hechos por Dios ni por la sociedad, sino por el individuo que debe decidir qué es lo bueno para él en una situación dada. Cuando se pregunta: «¿Es malo el adulterio?», Fletcher responde: «Uno solo puede contestar: “No sé. Quizá. Plantee un caso. Describa una situación real”». Fletcher cree que así elimina la crueldad del legalismo al enfocarse en las personas antes que en los preceptos.

Ética situacional
El libro de Joseph Fletcher, Ética situacional, no ofrecía ideas novedosas cuando fue publicado en 1966, sino que esclarecía la posición, lo cual la popularizó. Fletcher expresa sin ambages que sus presuposiciones son el pragmatismo (el fin justifica los medios), el relativismo (solo el amor es absoluto; todos los demás valores son relativos), el positivismo (los principios morales se creen, no se prueban), y el personalismo (las personas son más importantes que las cosas). Fletcher, refiriéndose a la Biblia, dice: «La melancolía barata o frustración absoluta nos seguirá si hacemos de la Biblia un libro de reglas, olvidando que es una colección de refranes, tal como el Sermón de la Montaña, que nos ofrece cuando mucho unos paradigmas o sugerencias» (p. 77). Fletcher defiende el pragmatismo al preguntar: «¿Qué justifica a los medios si el fin no los justifica?» (p. 120). Fletcher es coherente, al menos, pues procede a reconocer que los fines deben también ser justificados. El amor es el único fin que se justifica a sí mismo (p. 129), lo cual suscita la reflexión: Si el amor se justifica a sí mismo, ¿por qué no pueden ser buenos en sí mismos los otros bienes? Si lo fueran, entonces ya no serían medios sino fines en sí mismos.

LA IMPOSIBILIDAD DE NEGAR LOS ABSOLUTOS
Negar los absolutos implica una incoherencia fundamental: uno debe considerar que hay absolutos en el proceso mismo de la negación; por más razonables que parezcan esas propuestas. Para negar absolutos uno debe formular una negación absoluta. Es como decir: «Nunca digas nunca»; pues uno lo acaba de decir. O: «Siempre es malo decir siempre»; pues uno tiene que pronunciarlo para decirlo. ¿Cómo puede uno tener la certeza absoluta de que no hay absolutos?
Además, si el relativismo fuese cierto, entonces, debe haber algo respecto a lo cual todas las cosas son relativas, pero que no sea relativo en sí mismo. En otras palabras, algo tiene que ser absoluto antes que podamos ver que todo lo demás es relativo a eso. He aquí la naturaleza de las relaciones: existen entre dos o más cosas. Nada puede ser relativo en Sí mismo, y si todo lo demás es relativo, entonces tales relaciones no son reales. Tiene que haber algo inmutable con lo cual podamos medir el cambio en todo lo demás. Hasta Einstein lo admitió, y planteó un Espíritu absoluto al cual todo lo demás estaría relacionado. John Dewey, educador y filósofo norteamericano (1859–1952), avanzó al absoluto en su progresión; y Heráclito tuvo un Logos absoluto que medía el «fluir» de su río.

AFIRMAR VALORES ABSOLUTOS
Demostrar que el relativismo es erróneo no prueba que los valores cristianos sean buenos. El relativista replica: «¿Con que hay alguno valores absolutos? Nómbreme uno». C.S. Lewis nombró varios en sus obras al mostrar que muchas cosas son universalmente reconocidas como malas, por ejemplo, la crueldad con los niños, la violación, el asesinato sin causa debida, etc. Lewis también comentó (en el apéndice de su libro Abolition of Man), que los valores no cambian mucho de una cultura a otra sino que son muy similares. Nuestro desafío es, de todos modos, nombrar uno solo.
Algunos pensadores han tratado de reducir todos los principios morales a un absoluto central. Kant planteó su «imperativo categórico», que debe seguirse en toda circunstancia y que se descubre al preguntarse, en cada decisión: «¿Quiero que esta acción sea costumbre universal para todos los hombres?» Si usted contesta que no, entonces no lo haga. ¿Quiere que todos los hombres le mientan? Entonces, no mienta. ¿Quiere que todos los hombres no asesinen? Entonces, no asesine. Haga solo las cosas que quiere que todos los hombres sean capaces de hacer.

El quid del asunto
Si uno quiere llegar al quid del asunto y saber lo que realmente cree alguien respecto de los valores, indague cuáles son las expectativas de esa persona. Alguien puede decir, con toda facilidad, que la gente no vale más que las cosas, pero resistirá si uno lo trata como a un fósforo quemado y lo desecha. Espera que lo traten como persona valiosa, aunque niegue verbalmente ese valor. Hasta el que proclama que no hay valores, continúa valorando el derecho a tener esa opinión y espera que uno haga lo mismo. Este hecho nos sirve mucho para afirmar los valores absolutos, porque los hace efectivamente innegables. Cada vez que alguien niega los valores absolutos, espera que lo traten como alguien con valor absoluto.
Martin Buber dijo que el principio moral más importante es tratar a las personas como tales, no como cosas, pues podemos vivir viendo todo lo demás como «eso» o admitir que algunas cosas son similares a nosotros y debemos llamarlas «tú». Las interrelaciones «yo-tú» son, para Buber, las que confieren significado a la vida, y son el fundamento de todos los valores. La gente debe ser tratada como fines en sí misma y no como medio para un fin. Debe ser amada, no usada.
No cuesta mucho percatarse de que Kant y Buber concuerdan, en principio, con Jesús, en lo referido al valor más importante. Jesús dijo que tratemos a las personas en la forma en que queremos que ellas nos traten. Cuando se le preguntó cuál era la ley más importante del Antiguo Testamento, replicó: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas».
¿Qué es, pues, el imperativo categórico kantiano sino una reformulación de la regla de oro de Cristo? Y ¿qué es el «grande mandamiento» sino un imperativo para mantener las relaciones «yo-tú» con todas las personas, y, muy en especial, con el Tú Definitivo y Final?
Yo y tú
Martin Buber (1878–1965), el famoso filósofo existencialista judío-austríaco, exploró el ámbito de las relaciones en un libro titulado Yo y tú, en el que usa ese término familiar, «tú» para expresar intimidad. Comenta que vivimos en tres niveles de vida diciendo: «Al extender las líneas de las relaciones, se interceptan en el tú eterno» (p. 123). Buber define el amor así: «Amor es la responsabilidad de un yo por un tú: en esto consiste eso que no puede consistir de ningún sentimiento: la igualdad de todos los que aman. Desde el menor al más grande; y desde aquel dichosamente seguro, cuya vida está circunscrita por la existencia de otro amado ser humano, hasta aquel cuya vida está clavada en la cruz del mundo, capaz de lo que es inmenso y suficientemente atrevido para arriesgarse: amar al ser humano» (Martin Buber, Yo y tú, Fondo de Cultura Económica, México).
La ética del amor cristiano es el cimiento principal sobre el que se establecen todas las otras normas éticas.
El amor es un valor absoluto universalmente reconocido. Hasta Bertrand Russell, famoso por su ensayo Por qué no soy cristiano, dijo: «El mundo necesita amor o compasión cristianas». Erich Fromm, el sicólogo humanista, afirma que todos los problemas provienen de la falta de amor. Confucio tuvo la misma idea pero la expresó en forma negativa: «No hagas a los otros lo que no quieras que ellos te hagan a ti». ¿Quién alegaría contra el amor?
«¿Cómo quiero que me trate la gente?», es la pregunta que constituye la esencia del imperativo categórico kantiano pues, ciertamente, todos deseamos ser amados. Si queremos ser amados, entonces debemos amar a los demás. No amarlos equivale a negar la cualidad de persona de ellos, pues amamos a las personas como tales. Efectivamente, ¿no es por eso que esperamos ser amados: porque somos personas y las tales deben ser amadas? Si debemos ser amados, entonces todas las personas deben ser amadas. Concluir otra cosa sería incoherente y arbitrario. El amor es un valor moral absoluto universalmente aceptado y esperado por toda la gente.

Geisler, N., & Brooks, R. (1997). Apologética: Herramientas valiosas para la defensa de la fe (pp. 334-339). Editorial Unilit.

LAS CONSECUENCIAS DE LA AMARGURA | Por Jaime Mirón

LAS CONSECUENCIAS DE LA AMARGURA
Para motivar a una persona a cumplir con el mandamiento bíblico “despréndanse de toda amargura…” (Efesios 4:31 NVI), veamos las múltiples consecuencias (todas negativas) de este pecado.
1) El espíritu amargo impide que la persona entienda los verdaderos propósitos de Dios en determinada situación. Job no tenía la menor idea de que, por medio de su sufrimiento, el carácter de Dios estaba siendo vindicado ante Satanás. Somos muy cortos de vista.
2) El espíritu amargo contamina a otros. En uno de los pasajes más penetrantes de la Biblia, el autor de Hebreos exhorta: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (12:15). La amargura nunca se queda sola en casa; siempre busca amigos. Por eso es el pecado más contagioso. Si no la detenemos puede llegar a contaminar a toda una congregación, o a toda una familia.
Durante la celebración de la pascua, los israelitas comían hierbas amargas. Cuando un huerto era invadido por estas hierbas amargas, no se lo podía limpiar simplemente cortando la parte superior de las plantas. Cada pedazo de raíz debía extraerse por completo, ya que de cada pequeña raíz aparecerían nuevos brotes. El hecho de que las raíces no se vean no significa que no existan. Allí bajo tierra germinan, se nutren, crecen, y los brotes salen a la superficie y no en un solo lugar sino en muchos. Algunas raíces silvestres son casi imposibles de controlar si al principio uno no las corta por lo sano. El escritor de Hebreos advierte que la amargura puede quedar bajo la superficie, alimentándose y multiplicándose, pero saldrá a la luz cuando uno menos lo espera.
Aun cuando la persona ofendida y amargada enfrente su pecado de la manera prescrita por Dios, no necesariamente termina el problema de la contaminación. Los compañeros han tomado sobre sí la ofensa y posiblemente se irriten con su amigo cuando ya no esté amargado.
Hace poco un médico muy respetado y supuestamente cristiano había abandonado a su esposa y a sus tres hijos, yéndose con una de las enfermeras del centro médico donde trabajaba. Después de la sacudida inicial, entró en toda la familia la realización de que el hombre no iba a volver. Puesto que era una familia muy unida, se enojaron juntos, se entristecieron juntos, sufrieron juntos y planearon la venganza juntos, hasta que sucedió algo sorprendente: la esposa, Silvia, perdonó de corazón a su (ahora) ex esposo y buscó el consuelo del Señor. Ella todavía tiene momentos de tristeza y de soledad, pero por la gracia de Dios no está amargada. Sin embargo, los demás familiares siguen amargados y hasta molestos con Silvia porque ella no guarda rencor.
3) El espíritu de amargura hace que la persona pierda perspectiva. Nótese la condición del salmista cuando estaba amargado: “… entonces era yo torpe y sin entendimiento; era como una bestia delante de ti” (Salmo 73:21, 22 BLA). La persona amargada toma decisiones filtradas por su profunda amargura. Tales decisiones no provienen de Dios y generalmente son legalistas. Cuando la amargura echa raíces y se convierte en norma de vida, la persona ve, estima, evalúa, juzga y toma decisiones según su espíritu amargo.
Nótese lo que pasó con Job. En su amargura culpó a Dios de favorecer los designios de los impios (Job 10:3). Hasta lo encontramos a aborreciéndose a sí mismo (Job 9:21; 10:1).
En el afán de buscar alivio o venganza, quien está amargado invoca los nombres de otras personas y exagera o generaliza: “…todo el mundo está de acuerdo…” o bien “nadie quiere al pastor…” Las frases “todo el mundo” y “nadie” pertenecen al léxico de la amargura.
Cuando la amargura llega a ser norma de vida para una persona, ésta por lo general se vuelve paranoica e imagina que todos están en su contra. Un pastor en Brasil me confesó que tal paranoia tomó control de su vida, y empezó a defenderse mentalmente de adversarios imaginarios.
4) El espíritu amargo se disfraza como sabiduría o discernimiento. Es notable que Santiago emplea la palabra “sabiduría” en 3:14–15 al hablar de algunas de las actitudes más carnales de la Biblia. La amargura bien puede atraer a muchos seguidores. ¡Quién no desea escuchar un chisme candente acerca de otra persona! La causa que presentó Coré pareció justa a los oyentes, tanto que 250 príncipes renombrados de la congregación fueron engañados por sus palabras persuasivas. A pesar de que la Biblia aclara que el corazón de Coré estaba lleno de celos amargos, ni los más preparados lo notaron.
5) El espíritu amargo da lugar al diablo (Efesios 4:26). Una persona que se acuesta herida, se levanta enojada; se acuesta enojada, y se levanta resentida; se acuesta resentida, y se levanta amargada. El diablo está buscando a quien devorar (1ª Pedro 5:8). Pablo nos exhorta a perdonar “…para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones” (2 Corintios 2:11). Satanás emplea cualquier circunstancia para dividir el cuerpo de Cristo.
6) El espíritu amargo puede causar problemas físicos. La amargura está ligada al resentimiento, término que porviene de dos palabras que significan “decir de nuevo». Cuando uno tiene un profundo resentimiento, no duerme bien o se despierta varias veces durante la noche, y vez tras vez en su mente repite la herida como una grabadora. Es un círculo vicioso de no dormir bien, no sentirse bien al siguiente día, no encontrar solución para el espíritu de amargura, no dormir bien, ir al médico, tomar pastillas, etc. Algunas personas terminan sufriendo una gran depresión; otros acaban con úlceras u otras enfermedades.
7) El espíritu amargo hace que algunos dejen de alcanzar la gracia de Dios (Hebreos 12:15). En el contexto de Hebreos, los lectores estaban a punto de volver al legalismo y a no valerse de la gracia de Dios para su salvación. La persona amargada sigue la misma ruta porque la amargura implica vivir con recursos propios y no con la gracia de Dios. Tan fuerte es el deseo de vengarse que no permite que Dios, por su maravillosa gracia, obre en la situación.

Mirón, J. (1994). La amargura, el pecado más contagioso (pp. 8-12). Editorial Unilit.

CULPA

EL EFECTO DE LA REVELACIÓN GENERAL

“Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó.”

Romanos 1:19

Las Escrituras dan por sentado, y la experiencia lo confirma, que los seres humanos tienen inclinación natural por alguna forma de religión, y con todo, no adoran a su Creador, cuya revelación general de sí mismo lo da a conocer de manera universal. Ni el ateísmo teórico, ni el monoteísmo moral son naturales en nadie: el ateísmo es siempre una reacción contra una creencia preexistente en Dios o en dioses, y el monoteísmo natural sólo ha venido a aparecer a raíz de la revelación especial.

Las Escrituras explican este estado de cosas, diciéndonos que el egoísmo pecaminoso y la aversión a lo que nuestro Creador proclama sobre sí mismo conducen a la humanidad a la idolatría, la cual significa la transferencia de nuestra adoración y homenaje a algún poder u objeto diferente al Dios Creador (Isaías 44:9–20; Romanos 1:21–23; Colosenses 3:5). De esta forma, los humanos apóstatas “detienen con injusticia la verdad” y cambian “la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (Romanos 1:18, 23). Sofocan y mitigan tanto como pueden la conciencia que les da la revelación general de que hay un Juez-Creador trascendente, y adhieren su indestructible sensación de que existe lo divino a objetos indignos de ello. Esto conduce a su vez a una drástica decadencia moral, con su consiguiente angustia, como primera manifestación de la ira de Dios contra la apostasía del ser humano (Romanos 1:18, 24–32).

Hoy en día, la gente idolatra en el occidente, y de hecho adora una serie de objetos seculares, como la empresa, la familia, el fútbol, y sentimientos placenteros de diversas clases. La decadencia moral sigue siendo la consecuencia, tal como lo era cuando los paganos adoraban ídolos físicamente reales en los tiempos bíblicos.

Los seres humanos no pueden suprimir por entero su sensación de que hay un Dios, ni la de su juicio presente y futuro; Dios mismo no está dispuesto a permitírselo. Siempre queda algún sentido de lo que es correcto o incorrecto, y de que somos responsables ante un Juez divino que es santo. En nuestro mundo caído, todos aquéllos cuya mente no se halla deteriorada de alguna forma, tienen una conciencia que en algunos puntos los guía, y que de vez en cuando los condena, diciéndoles lo que deberían sufrir por las maldades que han cometido (Romanos 2:14 ss.), y cuando la conciencia habla en esos términos, constituye en verdad la voz de Dios.

En cierto sentido, la humanidad caída es ignorante con respecto a Dios, puesto que aquello que la gente quiere creer, y de hecho cree, acerca de los destinatarios de su adoración, falsifica y distorsiona la revelación de Dios, de la cual no pueden escapar. No obstante, en otro sentido, todos los seres humanos siguen estando conscientes de que hay un Dios, y se sienten culpables, además de tener incómodos indicios de que se aproxima un juicio que ellos no quisieran que se produjera. Sólo el Evangelio de Cristo puede poner paz en este perturbador aspecto de la situación del ser humano

 Packer, J. I. (1998). Teologı́a concisa: Una guı́a a las creencias del Cristianismo histórico (pp. 23–24). Miami, FL: Editorial Unilit.

 

EL IDEAL MORAL CRISTIANA

Alimentemos El Alma

LIBRO: ÉTICA CRISTIANA

Gerald Nyenhuis & James P. Eckman

Contiene las obras Ética cristiana: Un enfoque bíblico-teológico, por Gerald Nyenhuis; Ética cristiana en un mundo postmoderno, por James Eckman. Obtenga la guía de estudio de FLET en http://www.logos.com/es/flet.

Capítulo 4

EL IDEAL MORAL CRISTIANO, EL CONCEPTO DEL SUMMUM BONUM, Y EL IDEAL MORAL SEGÚN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Vivimos por los ideales. Cada vida consciente es una vida que tiene unos ideales. Una vida sin ideales, si fuera posible, sería una vida sin progreso, sin propósito y sin sentido. El vivir por los ideales es lo que distingue la vida humana de las otras formas de la vida. Aunque podemos notar que aun en la vida vegetal y animal existen ciertas direcciones y metas, no podemos afirmar que sean los ideales conscientes alrededor de los cuales estas formas de vida organizan sus actividades y orientan su existencia. Sin lugar a dudas, la vida biológica es una «interacción» en que todas las fuerzas del organismo cooperan para dirigirse hacia una meta. Pero, el organismo no se da cuenta de la meta, ni conscientemente se esfuerza para lograrla. La meta es consciente solamente en la vida humana. Lo que en la vida biológica es meramente instinto, inclinación, empuje, o tendencia, llega a ser propósito consciente en la vida humana. El hombre se esfuerza por alcanzar lo que haya puesto como su meta. Se hace propósitos, se dirige hacia sus fines, y abraza un ideal. Sus ideales pueden ser indignos de él como ser humano, pueden ser equivocados y perversos ya que muchos se esfuerzan para lograr fines ilegítimos o placeres prohibidos y dañinos, o se orientan para buscar venganza u otros tipos de metas nocivas. Sin embargo, cada ser humano orienta su vida para lograr algo, aunque sea una inactividad casi absoluta.

¿Qué cosa es un ideal?

Un ideal es la representación mental de lo bueno que anhelamos. Es lo que nos esforzamos para lograr. Queremos alcanzarlo. (El término «bueno» en esta definición no implica que lo es objetivamente sino que el que se esfuerza lo considera así). Es la meta para cuya realización nos esforzamos. Es lo deseable a tal grado que da sentido a nuestra existencia. Existen ideales grandes y los hay también pequeños. Cada vida humana contiene un verdadero complejo de ideales. Pero los fines menores, las metas y los ideales pequeños, están subordinados a la relación de un ideal, único, grande, omni-inclusivo y final. Este sublime ideal, que cada persona inteligente tiene (más o menos conscientemente), es su fin principal, el ideal de su vida, el bien más alto (concreto o teórico): es su summum bonum.

Es el gran ideal lo que da unidad a la vida humana. El hombre lo hace todo a fin de realizar ese ideal. En sus términos abandona ciertos empeños y, por otro lado, apenas se molesta en llegar a otras metas difíciles de lograr. Por ello, lo que corresponde a nuestro ideal, toca a las fuentes mismas de nuestra vida moral. La vida moral se determina por aquel ideal, y está formada por él.

De todo esto deducimos que el summum bonum de una persona es aquel bien que anhela por su propio valor, y en términos de ese bien busca todos los otros bienes. Esta exposición de la idea del summum bonum se encuentra ya en Aristóteles, el primer escritor sistemático sobre ética.

Dice Aristóteles: «Si existe un fin de nuestros actos deseados por sí mismo, y los demás por él, y es verdad también que no siempre elegimos una cosa en vista de otras, ello sería tanto como remontar al infinito, y nuestro anhelo sería vano y miserable. Es claro que ese fin último sería entonces no solo el bien sino el bien soberano» (Ética Nicomaquea, Libro I, cap. II).

Al hablar del ideal humano, el summum bonum, debemos distinguir entre el ideal actual y el ideal verdadero, que es su summum bonum. Esta también es la diferencia entre lo que es el ideal actual de la vida y lo que debe serlo. El ideal actual siempre es provisional, aunque funciona en el momento como si fuera el verdadero. Cada persona consciente tiene algún summum bonum, que es suyo propio, pero esto no es necesariamente su verdadero summum bonum. En cuanto al summum bonum actual de los hombres encontramos la más grande diversidad. Aquí se representan grandes conflictos. Para el hedonista, el placer es el summum bonum. No solamente es el placer su propio summum bonum, está convencido que lo es para otros también. Para el racionalista es la racionalidad, el vivir en armonía con «la razón», y este piensa que todos deben pensar como él. Para otro la autorrealización, el desarrollo de sus capacidades inherentes, que se aplica a sí mismo y a todos los demás. Y aun para otro el humanitarismo, etc.

Pero el verdadero summum bonum del hombre no puede ser sino uno, único y unificado. Al considerar el ideal humano, no nos interesa saber empíricamente lo que sean los ideales actuales ni describirlos. Es posible hacer una larga investigación para encontrar los ideales que, consciente o inconscientemente, están en función hoy; pero tal investigación tardaría mucho, y aunque pudiera ser de valor, no es nuestro propósito aquí. Este sería el punto de vista de la ética puramente empírica. Nosotros afirmamos una norma objetiva. Nuestra ética es objetiva y no meramente subjetiva. Nos preguntamos, entonces: ¿Qué cosa es el verdadero summum bonum? ¿Cuál debe ser el ideal de todo ser humano? ¿Cuál es el último, el único satisfactorio ideal? Este, lo afirmamos, es el ideal cristiano.

La segunda parte de este libro está dedicada a una consideración del ideal verdadero y cristiano, el summum bonum. Da por sentado el hecho de que Dios nos lo ha revelado y lo tenemos que comprender por su Palabra. Aceptamos la unidad de las Escrituras, por eso empezaremos con el Antiguo Testamento y luego estudiaremos el ideal moral del Nuevo Testamento.

I. El ideal moral según el Antiguo Testamento

Por cuanto la Biblia es la fuente última de toda verdad, también lo es en la esfera de lo moral. Por eso, debemos procurar determinar el verdadero ideal moral a la luz de sus enseñanzas. No podemos empezar con el Nuevo Testamento descartando el Antiguo, a pesar de que comúnmente se hace, aun por teólogos conservadores en nuestro tiempo. Que lo hagan se debe a una falta de entendimiento de la unidad y la continuidad de la divina revelación, sobrenatural y redentiva, a través de todas las épocas de los dos testamentos, tanto del antiguo como del nuevo. Creemos que los fundamentos de la verdad, tanto los doctrinales como los morales, se encuentran ya en el Antiguo Testamento. Nunca se logrará entender correctamente el Nuevo Testamento sin estudiar el Antiguo. A la verdad, como queremos mostrar, el ideal moral es esencialmente el mismo en los dos testamentos, por grande e importante que fuese el cambio que introdujera Jesucristo en su venida en la carne. Todos los principios morales del Nuevo Testamento se hallan ya en el antiguo. Jesús mismo dio énfasis sobre el Antiguo Testamento, basando sus enseñanzas, éticas y doctrinales, en él. Naturalmente, pues, empezamos el estudio del ideal moral con el Antiguo Testamento.

A. Jehová y la Ley

Al fondo de toda la ética antiguo-testamentaria y su ideal está una cadena de tres verdades que pueden llamarse «los supuestos teológicos del ideal moral del Antiguo Testamento». Esas tres verdades se enfocan en tres palabras: JEHOVÁ, BERITH, y TORAH.

1. La verdad básica de toda la teología y ética del Antiguo Testamento es la realidad de JEHOVÁ, el Supremo, el Transmundano, el Personal Dios-Creador, el Todopoderoso, el Omnisciente, el Soberano, el Santo, el Sabio, el Perfectamente Bueno, el Lleno de Gracia, el Misericordioso, y el Salvador. Jehová es el nombre que Dios dio a su pueblo para que este le pudiera invocar. Es el nombre del Dios que se revela, que se hace conocido, y por el cual se relaciona con su pueblo. Esta verdad, básica y revelada, determina todo lo que sigue. Implícito en esta verdad está el íntimo e inseparable nexo entre la religión y la moralidad. Es la característica más notable de toda la ética bíblica. La verdad religiosa y la verdad moral son, en el fondo, dos aspectos de la misma realidad. El ideal religioso es intrínsecamente moral, y el ideal moral es esencialmente religioso.

2. Una segunda verdad básica y fundamental de la ética antiguo-testamentaria está inseparablemente ligada con la primera. Se la puede expresar de esta manera: la relación que Jehová mantiene con su pueblo es una relación de pacto, BERITH. El pacto fue hecho con Abraham (Gn 15); fue renovado con Isaac y Jacob (Gn 26:24 y 28:13); y fue solemnemente ratificado por toda la nación israelita bajo la dirección de Moisés en el monte Sinaí (Éx 34:27–28). Dios se revela como Jehová, el Dios del pacto, y su pueblo es el pueblo del pacto. Esto involucra privilegios tanto como responsabilidades para el pueblo de Dios.

La revelación del pacto de Jehová con su pueblo se presenta repetidas veces como una relación semejante a la de marido y esposa, o, a veces, la de un padre y sus hijos. (Notamos que la primera está empleada particularmente en los libros de Isaías, Jeremías, Ezequiel, y Oseas.) En ambos casos no debemos pensar en las relaciones conyugales o paternales como las vemos representadas en los enlaces individualistas y fraccionados de la vida moderna, sino según se veían representadas en las asociaciones autoritativas de los tiempos antiguo-testamentarios. Relacionada con estas dos analogías está una tercera: la de un rey con sus súbditos, y los súbditos con el rey. En todas las ilustraciones, destaca el hecho de que el pacto es una relación de mutuas responsabilidades. El Dios que establece el pacto, lo hace soberanamente y, además de otorgar a su pueblo las solemnes promesas, le exige ciertas responsabilidades. De esto aprendemos que el pacto no es meramente un convenio entre iguales. Desde su principio y su fundamento el BERITH entre Jehová y su pueblo es unilateral. El pacto no es el resultado de una consulta que sostuviera Jehová con su pueblo sobre lo conveniente que le sería a este último entrar en tal pacto. Jehová hizo el pacto. Su origen está en la iniciativa divina. Es una muestra de su soberna gracia. Por esto la relación del pacto, en su presentación antiguo-testamentaria, se basa en la elección divina. La vida moral del pueblo de Jehová, tanto como la religiosa, está determinada (idealmente) por la relación del pacto, precisamente porque el pueblo es el Pueblo del Pacto.

3. Una tercera verdad básica y fundamental de la ética antiguo-testamentaria, y que es inseparable de las dos que precedieron, se puede formular así: la (TORAH) la Ley de Jehová. Esta expresión de las condiciones divinas para una relación de pacto incluye todos los principios y preceptos para la vida y la conducta del pueblo de Dios. La Ley de Jehová se arraiga en el pacto y depende de él. Por esto existe una relación íntima entre BERITH y TORAH (Jer 31:33; Éx 19:7). Debemos notar que en Éxodo 34:28 el decálogo se designa como «las palabras del pacto». La TORAH es la codificación de la voluntad de Jehová, quien es la Primera y la Divina parte del pacto y es quien lo redacta. El pueblo de Dios es la segunda parte y tiene que rendir obediencia para alcanzar paz y felicidad.

El concepto de «ley» tiene también connotaciones más amplias. «Ley» es una característica de toda la creación. Toda la creación está bajo la Ley. Estar bajo la Ley es una de los atributos esenciales de toda criatura. En su encarnación, Cristo «nació bajo la Ley» (Gl 4:4). La ley moral es más especifica. Tiene que ver con el pueblo de Dios, y fue promulgada a fin de que le fuera bien a su pueblo y que sus días fueran prolongados. Más que una simple exigencia moral, la Ley de Jehová es una bendición a su pueblo ya que proporciona comunión con Dios. De esto tenemos que hablar más.

Las relaciones morales del Antiguo Testamento se basan en esas tres verdades y están determinadas por ellas. Sobre esos fundamentos la estructura entera de la ética antiguo-testamentaria está edificada.

B. La Ley y la virtud en el Antiguo Testamento

En esta sección se emplea la palabra «virtud» en un sentido especial. El sentido en que la usamos no es de poder, ni de capacidad, ni de bondad (que suelen ser las acepciones más usuales en nuestros diccionarios). Para nosotros, la idea es más bien la que reúne las cualidades de integridad, rectitud, y probidad. Notamos algo de ello en el uso de algunos adjetivos relacionados con la palabra, como por ejemplo «virtuoso».

Debido a que la esencia de toda moralidad para el creyente antiguo-testamentario giraba alrededor de la Ley de Jehová, nos es fácil determinar que la naturaleza de virtud consiste en obedecer la Ley de Jehová.

1. La virtud en el Antiguo Testamento como obediencia

El hombre bueno es el hombre que obedece la Ley de Jehová. Debido a que la relación entre Jehová y su pueblo es una relación del pacto, y puesto que la Ley es la formulación de las rectas condiciones que impone Jehová al pueblo del pacto, la obediencia a la Ley es evidencia de fidelidad al pacto con Jehová. Por esto, la obediencia a la voluntad de Dios, expresada en la TORAH, era la condición fundamental de la vida moral del creyente en el tiempo del Antiguo Testamento. Esta es la verdad que se enseña a través del Pentateuco y los profetas. Otra afirmación de esta verdad se encuentra en Eclesiastés 12:13.

Otra caracterización muy típica del Antiguo Testamento para expresar la virtud de obediencia es la palabra TSEDEQ, rectitud. El hombre obediente es el hombre recto, es el que anda en el camino recto de los mandamientos de Jehová. El libro de los Salmos está repleto de este pensamiento. La importancia de la virtud de obediencia se acentúa en toda la historia de Israel y se expresa especialmente en los Salmos. Lo notamos en la historia de Adán y Eva, también en la de Abraham en Génesis 12. Asimismo en los discursos de Moisés en Deuteronomio, y de la misma manera en la exhortación de Josué antes de su muerte (Josué 24:21–24). La obediencia conduce hacia la felicidad. «Bienaventurado es aquel varón cuya delicia está en la Ley de Jehová.» «En guardar la Ley hay gran premio. » (Véanse los Salmos 1 y 119.)

2. La virtud del Antiguo Testamento como santidad

Otra perspectiva desde la cual el Antiguo Testamento ve a la virtud fundamental del creyente es la de la santidad. El hombre bueno es el hombre santo. Se puede decir que la actitud correcta en cuanto a la Ley de Jehová es la de obediencia. Pero hay que añadir de inmediato que el resumen de las demandas de la Ley, en cuanto a su contenido, se expresa en términos de santidad. La Ley entera conduce hacia la santidad. (Lv 19:2: «Santos seréis porque santo soy, yo Jehová, vuestro Dios». Véase también Lv 2:7; 21:8; 1 P 1:16.)

La etimología del adjetivo QAADOOSH (santo) se encuentra en la palabra que quiere decir separado, elevado, por encima. De la idea de separación espacial y física se deriva su significado espiritual y moral. En cuanto a Dios, la santidad tiene un significado sinónimo con trascendencia y majestad divina. El término describe a Jehová en su carácter enaltecido y en su gloria trascendente. Un nombre predilecto de Isaías para referirse a Jehová es QEDOOSH YISRAAEEL «El Santo de Israel». En otro lugar Isaías habla de Dios en esos términos: «El Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo» (57:15).

Este concepto de la santidad divina, como la exaltación y trascendencia divina, presenta implicaciones tanto metafísicas como morales. Dios está infinitamente enaltecido por encima del hombre finito, tanto en su Ser divino como en Su perfección moral. En el Antiguo Testamento, sin embargo, no es la trascendencia metafísica la que está más en la escena, sino la moral; pero a la vez debemos notar que la trascendencia moral presupone la metafísica. La santidad moral de Dios se entiende en su pleno significado solamente al notar el contraste entre la santidad de Dios, no meramente con la finitud del hombre, sino más bien con la pecaminosidad de este. Jehová no solamente «habita la eternidad», siendo de «ojos muy limpios para ver el mal» (Hab 1:13), también odia todo pecado. Un pasaje donde vemos la trascendencia divina combinada con la santidad es en la visión de Isaías (6:1–5). Por lo tanto, la santidad encuentra su antítesis en la iniquidad, la impureza, y la injusticia. A la verdad, la santidad de Dios es, en un sentido, el punto focal de todas sus perfecciones morales. Está claro que QAADOOSH no es una palabra que exprese solamente un atributo de la divinidad, sino la divinidad en sí.

Siendo ello el significado de la palabra que expresa la santidad de Dios, está claro que al aplicar la misma palabra a los creyentes del Antiguo Testamento se hace hincapié en el hecho de que ellos están separados, traídos, apartados y dedicados al servicio de Jehová (véase Éx 19:5–6a). Tiene para ellos un significado ceremonial y moral. En el sentido ceremonial indica que el pueblo está dedicado para el culto de Jehová. Esto no era solamente en los momentos especiales para realizar las ceremonias, sino el culto tenía que ver con toda su vida. En este sentido no solamente a las personas sino también a las cosas se llamaban santas. Lugares y objetos (como, por ejemplo, los lugares y utensilios apartados para el servicio en el templo) eran santos tanto como los sacerdotes. La aplicación ritualista de la santidad exigía a los israelitas una estricta limpieza y una rígida pureza en los asuntos de sacrificios de comida y bebida (véase Éx 22:31; Lv 11:44, 45).

La santidad de este tipo era simbólica; simbolizaba una santidad más alta, la santidad moral. En este último sentido, la santidad más alta y más profunda, consiste en conformarse a la enaltecida naturaleza moral de Dios. Esta semejanza con la naturaleza moral de Dios se puede lograr por solo un camino, el de la obediencia a la Ley de Dios, e implica una conformidad perfecta a la voluntad de Jehová expresada en su Ley. La santidad, en este sentido, es asemejarse a Dios en su perfección moral y en su repugnancia al pecado. Es a la vez la esencia y el fruto de la perfecta obediencia a la Ley de Jehová.

3. La virtud del Antiguo Testamento como sabiduría

El Antiguo Testamento retrata al hombre bueno como hombre sabio. Un contraste muy usual en el Antiguo Testamento es aquel entre el sabio y el necio. Esto se encuentra especialmente en los libros de los Proverbios, de Eclesiastés, y de los Salmos. La idea de sabiduría en el Antiguo Testamento no es una de mera prudencia o sagacidad; tampoco es de astucia. El sabio es el que conoce y hace la voluntad de Dios, la entiende intelectualmente, ama la Ley de Jehová, escucha al buen consejo de los ancianos, no actúa por impulso de la pasión momentánea, y ordena correctamente su vida. Tal como ganamos «sabiduría» para jugar el fútbol o para manejar un coche cumpliendo con las reglas, el cumplir con la Ley de Jehová nos dará una sabiduría para vivir en el sentido más profundo y completo.

La sabiduría del Antiguo Testamento es una sabiduría religiosamente condicionada. Solamente el que conoce verdaderamente a Dios, a Jehová el Dios verdadero, es sabio. Se puede decir que el verdadero sabio es el que vive en armonía con el gran plan y propósito de Dios para la vida humana. La sabiduría se manifiesta en la activa dirección de la inteligencia y la voluntad hacia la realización de la meta divina para la vida humana. Entonces «el temor de Jehová es el principio de la sabiduría». («Principio» en este sentido tiene el significado de fuente y fundamento, y no solamente de inicio. Véase Job 28:28; Sal 111:10; Prv 9:10.) Esa sabiduría es el summun bonum del hombre. Está elogiada por ser el bien más alto para el hombre (véase Proverbios, especialmente los capítulos 3, 8, y 9; también Job 28 y Eclesiastés 9 y 10).

El elemento religioso, básico al ideal antiguo-testamentario de la sabiduría, se ve más claro en su oposición a la necedad. El necio no se da cuenta de lo que sea bueno para él y, además, ni lo haría porque desprecia la voluntad de Dios. La sabiduría no es primariamente intelectual sino es en primer lugar un asunto del corazón, de la conciencia y del propósito moral. Por esto, el ateo es el necio típico (Sal 14:1; 53:1). En ambos textos debemos notar que el ateo necio es corrompido, hace iniquidades abominables, y no procura hacer ningún bien. El necio va corriendo hacia la destrucción, no porque no sepa mejor (según el concepto griego) sino porque no quiere estar atento a la sabiduría y al consejo sano, y también porque desprecia la Ley de Jehová. La sabiduría es saber, estudiar, y meditar sobre la Ley de Jehová, y ponerla por obra.

4. La piedad como principio radical de los tres anteriores conceptos

Los tres aspectos que hemos mencionado del ideal moral del Antiguo Testamento encuentran su unidad subjetiva en la piedad. La obediencia, la santidad, y la sabiduría se arraigan en la verdadera piedad, y constantemente toman aliento de ella. El «temor de Jehová» es la raíz de toda moralidad. El ideal de la piedad se presenta en distintas formas en el Antiguo Testamento. En los primeros capítulos de Génesis aparece como comunión con Dios; andar con Él, como vemos en los casos de Enoc y Noé (Gn 5:22–24; 6:9). En los libros de sabiduría, la piedad se manifiesta en «el temor de Jehová». Pero, a través del Antiguo Testamento, la piedad es el substrato y la raíz principal de la verdadera bondad, y se ve como obediencia, santidad, y sabiduría. La piedad es la sinceridad subjetiva en cuanto a la moralidad. En el Antiguo Testamento (de hecho, en toda la Biblia) la piedad es vivir constante y conscientemente en la presencia de Dios. El impío es el que vive como si Dios no existiera. La impiedad es vivir alejado de Dios, olvidándose y no pensando en Él por dedicarse a las cosas del mundo, como si uno nada tuviera que ver con Dios, su voluntad y su Palabra. La piedad es todo lo contrario.

De acuerdo con este principio subjetivo de la unidad de los varios aspectos de la virtud en el Antiguo Testamento, el principio objetivo de la unidad para la totalidad de la vida moral en el Antiguo Testamento es Dios mismo, el último punto de referencia y el objeto final de toda piedad y bondad. Arriba ya hemos considerado la Torah como el ideal objetivo de la vida moral antiguo-testamentaria. Pero, más básico aun, más básico que la Torah, es Dios, cuya voluntad se formula y se codifica en la Torah. Toda la vida del creyente del Antiguo Testamento gira alrededor de Dios, en todas sus expresiones y ramificaciones. La obediencia, arraigada en la piedad, es la conformidad con la voluntad revelada de Dios. La santidad, arraigada en la piedad, es la conformidad con la excelencia moral de Dios. La sabiduría, arraigada en la piedad, es la característica sobresaliente de quien tiene el recto discernimiento en cuanto a la voluntad y el propósito de Dios, y por eso sabe dirigir su vida. El ideal moral del Antiguo Testamento es por tanto un ideal teocéntrico. Dios es el verdadero summun bonum. Toda verdadera moralidad es, en el fondo, la piedad.

El Antiguo Testamento expresa el carácter teocéntrico del ideal moral en la Shema: «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón y de toda tu alma y de todas tus fuerzas» (Dt 6:4, 5). El amor a Dios y una devoción piadosa para con Dios, que constituyen el sumo bien para el creyente, resultan en paz para el alma, serenidad perfecta, y gozo supremo aun ante las circunstancias más difíciles de la vida. Asimismo, se constituyeron en la cima máxima de la vida moral y religiosa del israelita devoto. Tenemos dos formulaciones inmortales de este ideal en forma piadosa, una en el Salmo 73 y la otra en la oración de Habacuc.

«¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y porción es Dios para siempre» (Sal 73:25–26).

«Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación» (Hab 3:17–18).

C. La Ley en la historia

Hemos visto que la Ley está profundamente envuelta en la relación del pacto que existe entre Jehová y su pueblo. Hemos intentado exponer las virtudes típicas del «santo» antiguo-testamentario: la obediencia, la santidad, la sabiduría. Aquel triple ideal, cuyo principio fundamental se expresa en la idea de la piedad, también se relaciona con la Ley. Claro, toda la vida moral y religiosa del Antiguo Testamento encuentra su criterio, su norma, y su ideal en la Torah de Jehová. Debido a su importancia y prominencia dirigiremos nuestra atención al papel de la Ley en el pueblo de Dios, y también señalaremos la actitud del pueblo del pacto hacia la Ley en las distintas épocas de su historia.

La Torah es la codificación de la voluntad revelada de Jehová para la vida de Israel como el pueblo del pacto. Es instrucción. Nos enseña cómo amar a Dios sobre todo y al prójimo como a sí mismo. En este sentido, es correcto decir que la Torah, la Ley, es instrucción en el amor. Pero, nunca se debe olvidar que la Torah son las direcciones de cómo andar bien en comunión con Dios. En el sentido amplio el término la «Ley de Jehová» (o Torah) se refiere a la entera revelación de Jehová para su pueblo. Sin embargo, en un sentido más limitado designa los mandamientos revelados por Jehová para guiar la vida y la conducta de su pueblo. Podemos distinguir tres etapas en la historia de la Torah: 1. La mosaica; 2. la profética; 3. la post-exílica. La primera es la etapa de su promulgación; la segunda, la de su profunda interpretación espiritual; y la tercera, la de la desintegración de la Torah.

1. La época mosaica

Es esta la etapa de la promulgación de la Torah. La Torah se la reveló Jehová a Moisés. La Torah en la vida de Israel no se consideraba como tres unidades (civil, moral, y ceremonial, como hoy en día solemos dividir-la) sino como una unidad. Pero la Torah, la unidad, sin mencionarlos por separado tocaba los tres aspectos de la vida israelita. El aspecto civil siempre tiene que ver con condiciones especiales («si uno tiene un buey que suele cornear…»). La ley ceremonial fue básicamente pedagógica para enseñar el camino de la salvación, que se cumple en la obra de Cristo. La ley moral trata de los principios básicos que forman la base de nuestras decisiones ético-morales.

a. La vida civil

Un código extenso fue promulgado para la vida civil. Fue entretejido entre los dos otros aspectos, pero son muy claros los asuntos que tocaban la vida «civil». No cabe duda que el creyente en el Antiguo Testamento tenía que vivir su vida civil religiosamente, como un aspecto importante de su relación con Dios. Este aspecto de la Torah regulaba las relaciones sociales y políticas del pueblo. Son las reglas para vivir en sociedad y amar al prójimo. Siempre tiene que ver con un principio que se aplica a situaciones o condiciones particulares. Un principio notable de la legislación civil de la Torah es el de jus talionis o la justa retribución, «ojo por ojo; diente por diente» (Éx 21:23–25; Lv 24:17–21; Dt 19:21; Mt 5:38). Hoy en día solemos entender esta ley a revés, como si el objetivo fuera las duras penas, cuando en realidad su intención fue de un límite al castigo. La severidad del castigo nunca debe ser mayor que el crimen. Fue una disciplina al ser humano que siempre quiere «dar doble» en venganza de la ofensa.

b. Las ceremonias y el rito religioso

También la Ley incluía lo que conocemos como la ley ceremonial, y pertenecía al modo de culto, la manera de alabanza y adoración, el sistema de sacrificios, la actuación de los sacerdotes y levitas, y el servicio religioso.

El principio fundamental de esa legislación era la pureza ceremonial, la santidad, y la pureza interna. El israelita había de ser puro, separado de lo profano y dedicado a Jehová en el culto, o sea en el sentido ceremonial, pero también en toda su vida.

Las ceremonias, como hemos mencionado arriba, fueron actividades pedagógicas. Los sacrificios, los ritos, la actuación de los sacerdotes, el poner la Ley en los postes de las puertas encontró su sentido en lo que enseñaban. Toda la ley ceremonial apuntaba hacia Cristo y a la salvación en Él. Habiendo cumplido Cristo con esta ley, no tenemos que cumplirla también nosotros; más bien tenemos que entender la enseñanza de los ritos. No repetimos la pascua, pero tenemos que entender su significado.

c. La vida moral

Este aspecto no ha de considerarse como meramente coordinado con los aspectos civiles y ceremoniales de la vida israelita. Es mucho más. Por ser la formulación de la voluntad revelada de Dios en cuanto a toda la vida moral, la Torah se relaciona con la totalidad de la vida en su más profundo significado moral. El Decálogo es el resumen antiguo-testamentario de la voluntad de Dios y su aplicación a la vida moral. A pesar de la forma antiguo-testamentaria del Decálogo, que nos parece negativa, su significado y su orientación tienen una importancia más amplia que las restricciones nacionales de Israel. Los aspectos civiles y ceremoniales han sido reemplazados en la iglesia novo-testamentaria, pero la ley moral queda en pie por todas las edades.

2. La etapa profética

La etapa profética es la etapa de la interpretación más profunda y espiritual de la Ley. Los profetas alzaron sus voces en protesta contra la práctica de poner los ritos ceremoniales en lugar de la rectitud moral. El gran mal que siempre tienta al pueblo nomístico (de nomos=ley, hoy en día diríamos «legalista», pero esta palabra también tiene otras connotaciones) es el de caer en una observancia externa de la Ley, en lugar de una recta disposición interior. Los israelitas cayeron en este pecado en los días del reino. Eran estrictos y puntuales en la observación de ordenanzas rituales, pero su corazón estaba lejos de Dios.

Los profetas pregonaban contra el ritualismo y el formalismo. Esto es verdad sobre todo en cuanto a los profetas del séptimo y octavo siglo, pero no se restringe a ellos. Cierto está que la condenación de todo ello está explícita desde los días de Samuel. Samuel reprobaba a Saúl precisamente sobre esto cuando Saúl, bajo el pretexto de hacer sacrificio a Jehová, negó las instrucciones explicitas que había recibido de Dios de que tenía que destruir a los amalecitas y todas sus posesiones (1 S 15). El mismo mensaje, que obedecer es mejor que el sacrificio, es el que repetidas veces habían proclamado los profetas posteriores: Isaías, Amós, Miqueas y Joel (Is 1:10–17; Am 5:21–24; Mi 6:6–8; Jl 2:13).

No se debe malentender a los profetas. A veces se les interpreta como si fueran antagónicos a la Torah, pero hacer esto es errar seriamente en la interpretación de su actitud. Ellos no se oponían a la Torah en su carácter de ley; lo que condenaban y denunciaban era el externalismo. Lejos de contraponerse a la revelación mosaica, cimientan la estructura de su propia enseñanza sobre los fundamentos de esa revelación. Exhiben el profundo significado espiritual y la importancia moral de la Ley. La obediencia, insisten, no es asunto meramente de «dientes para afuera» sino del corazón. La religión verdadera no es meramente traer sacrificios sino consagrarse, en una sincera devoción de todo corazón, a Jehová. En el desarrollo ético (así como en el doctrinal) del Antiguo Testamento, notamos un continuo progreso desde la primera etapa, con su carácter prominente de una doctrina de leyes y deberes, hasta la ética de los profetas que acentuaban una doctrina de lo interior. El Señor requiere rectitud, sinceridad, integridad y pureza del corazón; y esto tanto en las actividades religiosas como en las relaciones civiles y sociales.

3. La etapa post-exílica

Esta etapa se caracteriza por la desintegración de la Ley. Cuando regresaron del exilio, los judíos habían aprendido a estimar en gran valor la Torah. Se daban cuenta de que habían estado esclavizados precisamente porque habían olvidado la Ley de Jehová. Por esto se aplicaron diligentemente al estudio de la Ley. Esdras es el ejemplo típico de esta espiritualidad. Las sinagogas que se levantaron llegaron a ser centros del estudio popular de la Ley. Los líderes de este movimiento fueron los escribas.

Pero antes de que pasara mucho tiempo el pueblo cayó en una forma extrema de legalismo. La Ley se hizo un fin en sí misma. Más bien adoraban la Ley en lugar de adorar a Jehová, de cuya voluntad la Ley era una proclamación. Apenas había revelación especial en esta época, y el espíritu profético dio lugar al espíritu de «escribas». Los escribas fueron los guardianes de la Ley. Los chasidim (o fariseos) se constituyeron en una aristocracia moral y llegaron al extremo de exhibir una observación tan puntual de la Ley que, con todas sus interpretaciones puestas como apéndices, la gente común y corriente no la podía cumplir. Lejos de enseñar la importancia espiritual de la Ley, guardaban escrupulosamente su letra. La ley moral fue despojada de su ideal y de su meta divina. La ética judaizante llegó a ser moralista y legalista. Así perdió su base distintivamente religiosa y, además, el principio de unidad. Todo esto resultó en la desintegración de la Ley. A pesar de que la Torah era una expresión unificada de la voluntad de Dios para la vida humana, la dividieron minuciosamente en un sinnúmero de pedazos, en reglas desconectadas, en preceptos aislados, y en reglamentos sueltos. Esto también caracteriza la ética de los libros apócrifos del Antiguo Testamento (que está en la Biblia católico-romana) y la del talmud, el comentario judío sobre la Ley. Hasta el día de hoy se nota esta característica en la ética del judaísmo.

Todo esto ocurrió junto con una actitud creciente de rígido separatismo. Bajo la dirección del chasidim, la mayoría del pueblo reaccionó contra toda liberalización y helenización de las tendencias del día (cuyo ejemplo mejor eran los saduceos), y pronto cayeron en una actitud estrecha, nacionalista, particularista y autojustificadora de una presuntuosa autosatisfacción. Lo que había de universalismo en la actitud anterior fue completamente borrado por la nueva actitud. El primer libro de los Macabeos muestra los aspectos mejores y peores del tal espíritu.

Fue contra este formalismo, el materialismo, y el estrecho particularismo de los escribas y fariseos que Jesús alzó su voz en protesta. Repetidamente acusó a los judíos de haber cambiado el énfasis y valor espiritual de los mandamientos de Dios en meros preceptos y tradiciones de hombres. La tradición llegó a ser un criterio igual a la revelación.

D. El carácter provisional de la Ley

Mucho más importante que la actitud de los israelitas hacia la Ley es la misma intención de la Ley, vista en su lugar en la historia de la revelación. De esto nos conviene hablar.

El ideal moral del Antiguo Testamento tiene a la vez un carácter provisional y proléptico. La plenitud del Sumo Bien quedaba por revelarse en el porvenir. Es una nota constante en el Antiguo Testamento entero. La ética antiguo-testamentaria es inseparable de la esperanza y la orientación mesiánica. El propósito redentivo de todo el Antiguo Testamento se cumpliría en el Nuevo Testamento, y esto tiene significado fundamental en cuanto al ideal moral del Antiguo Testamento. Desde el principio existía una orientación más definida y universal en cuanto a las promesas de Dios. Aunque Dios hizo su pacto con la nación elegida, su propósito era bendecir a la totalidad de la humanidad a través de esta nación. Esto fue revelado ya en su pacto con Abraham, «en ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gen 12:3; 22:18). El fin del pueblo escogido no es el particularismo nacionalista sino el de servir a un propósito más alto. Su meta es la de hacerse universal. El pacto tenía una meta cosmo-histórica que trascendería los limites de la época antiguo-testamentaria.

Después de la caída, el Sumo Bien se proyecta hacia el porvenir, a un venidero más allá, el de una esperanza mesiánica. Es la misma esperanza mesiánica que ilumina la visión humana, y a través de esta esperanza, el bien supremo se hace en la gran meta del mundo y del proceso histórico. El propósito final, hacia el cual todo el Antiguo Testamento se mueve, es el establecimiento del reino de justicia, el Reino del Mesías, en el cual todos participarán en las bendiciones prometidas al fiel patriarca. Todos los que son llamados hijos de Abraham, o sea, todos los que tienen la misma fe de Abraham (Gl 3:7, 8, 29; cf. Ro 4:16).

La anticipación de un orden nuevo, posterior y ulterior, de las cosas, de un universalismo que no era realizable bajo la ética antiguo-testamentaria, fue expresada repetidas veces por los profetas. Bellos cantos del universalismo venidero se encuentran en la profecía de Isaías (por ejemplo, 56:1–8). Ni el pacto ni la Ley tenían la intención de quedar para siempre en su forma antiguo-testamentaria como la final. Siempre se presuponía una etapa venidera más gloriosa del pacto y de la promulgación de la Ley (Jer 31:31–33). Jehová solemnemente declaró que vendrían los días en que haría un pacto nuevo con su pueblo, la esencia del cual sería espiritual, y lo expresó con estas palabras: «Daré mi ley en su mente [entrañas: versión de 1909) y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios y ellos me serán por pueblo». Esta profecía se cumplió en el Nuevo Testamento, como nos enseña la Epístola a los Hebreos (8:7–13; 10:16). Cristo se distingue de Moisés en que es el Mediador de un pacto mejor. En la dispensación del pacto nuevo la profecía fue cumplida, que la Ley de Dios sería escrita en el corazón.

Notamos también que el Nuevo Testamento habla de la etapa antiguo-testamentaria como una figura, o una sombra de la realidad venidera en Cristo. Tal como la sombra de alguien que nos sigue puede llegar antes y anunciar su presencia, así la sombra de Cristo cae sobre todo el Antiguo Testamento, anunciando su presencia y su venida. En Hebreos 10:1 notamos la distinción entre skia toon mellontoon agathoon (la sombra de bienes venideros) y eikoon toon pragmatoon (la imagen de las cosas). Aquí notamos que la realidad está representada como si ya se estuviera en el cielo. De esta realidad la revelación novo-testamentaria tiene la imagen eikoon, mientras que la revelación del Antiguo Testamento tiene la sombra aki. «la figura del Verdadero» (Heb 9:24). Encontramos semejante contraste en Colosenses 2:17, donde el apóstol habla de los mandamientos que tratan de la comida, la bebida, los sábados, las lunas, y las fiestas, y dice de estas cosas que son una sombra de lo venidero (skia toon mellontoon) pero que el cuerpo, es decir la realidad, se encuentra en Cristo (to de sooma tou christou).

Todo esto implica el carácter provisional y proléptico del ideal moral del Antiguo Testamento, que se cumpliría en el Nuevo Testamento. Y se concentra en la persona de Jesucristo. La realización redentiva del reino de Dios, prefigurado en el Antiguo Testamento, no se verificó hasta ser revelado en la persona y obra de Jesucristo. El ideal novotestamentario es tema del siguiente capítulo.

 Nyenhuis, G., & Eckman, J. P. (2002). Ética cristiana (pp. 79–101). Miami, FL: Editorial Unilit.

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