SANTIDAD Y JUSTICIA | R.C.Sproul 3/6

Ministerios Ligonier

Serie: La Santidad de Dios

3-SANTIDAD Y JUSTICIA

R.C.Sproul

La santidad es la característica de la naturaleza de Dios que está en el corazón mismo de Su ser.

Hace más de 30 años que el Dr. R.C. Sproul escribió su afamado libro “La Santidad de Dios”, el cual por la gracia de Dios ha sido de bendición y edificación a una multitud de personas alrededor del mundo. En esta serie de 6 estudios, R.C. Sproul explora bien de cerca el carácter de Dios, llevándonos a nuevas percepciones sobre el pecado, la justicia y la gracia. En este primer estudio veremos la importancia que Dios pone en Su santidad.

Guía de estudio y transcripción disponibles: https://es.ligonier.org/videos/la-san…

Visita https://renovandotumente.org para escuchar Renovando Tu Mente y descargar la guía de estudio de la serie en curso, gratuitamente. Si deseas escucharnos en tu estación de radio local, motívalos a solicitar acceso a la programación completando nuestro formulario en línea. https://renovandotumente.org/inscripcion

EL TRAUMA DE LA SANTIDAD | R.C.Sproul 2/6

Ministerios Ligonier

Serie: La Santidad de Dios

2-EL TRAUMA DE LA SANTIDAD

R.C.Sproul

MINISTERIOS LIGONIER

La santidad es la característica de la naturaleza de Dios que está en el corazón mismo de Su ser.

Hace más de 30 años que el Dr. R.C. Sproul escribió su afamado libro “La Santidad de Dios”, el cual por la gracia de Dios ha sido de bendición y edificación a una multitud de personas alrededor del mundo. En esta serie de 6 estudios, R.C. Sproul explora bien de cerca el carácter de Dios, llevándonos a nuevas percepciones sobre el pecado, la justicia y la gracia. En este primer estudio veremos la importancia que Dios pone en Su santidad.

Guía de estudio y transcripción disponibles: https://es.ligonier.org/videos/la-san…

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Líderes en el hogar

El Blog de Ligonier

Serie: El liderazgo

Líderes en el hogar
Por Timothy Z. Witmer

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo

¿Quién lo dice?». Probablemente has escuchado estas palabras en una discusión. Probablemente has dicho estas palabras en una discusión. La importancia de estas tres palabras radica en el hecho de que llegan a la pregunta fundamental de quién tiene «derecho» a ser escuchado y quién tiene el derecho a ser seguido. ¿Quién es el líder? Por supuesto, el problema en nuestra cultura es que nadie quiere reconocer a alguien en tal posición, es decir, a alguien que tenga autoridad. Pero como puedes ver en este asunto, Dios ha ejercido Su prerrogativa como Creador del universo de identificar a aquellos que son llamados a liderar en la iglesia (los ancianos). Él también ha establecido la autoridad del gobierno civil (Rom 13). Las Escrituras también brindan una clara orientación sobre la autoridad dentro de la familia.

MARIDOS Y MUJERES
Probablemente haya más malentendidos sobre la relación entre marido y mujer que sobre cualquier otro tema en nuestra sociedad. Las Escrituras, sin embargo, son muy claras. Un pasaje clave que trae claridad al tema se encuentra en Efesios 5. En este capítulo, Pablo detalla varias implicaciones prácticas de la nueva vida en Jesús, incluida la forma en que los maridos y sus mujeres deben relacionarse entre sí. Comenzamos, como lo hace Pablo, con una mirada al rol de la mujer:

Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo Él mismo el Salvador del cuerpo. Pero así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo (Ef 5:22-24).

Al mirar este texto, debemos tener cuidado con las caricaturas y los malentendidos que abundan. Hace muchos años, cuando empezaba mis estudios de teología, hablaba con un amigo y él dijo: «Oye, Tim, encontré mi versículo favorito en la Biblia». Yo respondí: «¿En serio? ¿Cuál es?». Él dijo: «Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos». Él continuó con una fuerte risa. Le pregunté: «¿Leíste el resto del pasaje?». Pareciendo algo desconcertado, respondió «no» y se alejó. Era obvio que no había seguido leyendo sobre los roles complementarios que hombres y mujeres son llamados a cumplir en el contexto del matrimonio.

En primer lugar, debemos observar que tanto el hombre como la mujer son creados a la «imagen de Dios» (Gn 1:26). Ambos también están encargados de ejercer dominio sobre la creación. Las Escrituras son excepcionales en la dignidad que se le otorga al género femenino. Pero es importante comprender que los maridos y las mujeres están llamados a diferentes roles en el matrimonio.

MUJERES: SUMISIÓN RESPETUOSA
La mujer es llamada a respetar el liderazgo amoroso de su marido. La palabra «someter», usada por Pablo en este contexto, tiene en su raíz la idea de «orden». Para que alguna organización funcione correctamente, debe haber un lugar donde «uno asume la responsabilidad». El propósito de esta disposición no es para que el marido pueda dar órdenes, sino para que haya orden en el hogar. Primus inter pares es una gran locución en latín que captura esta dinámica. Significa «el primero entre iguales». A continuación, veremos la naturaleza del liderazgo que el marido está llamado a proporcionar.

Pero antes analicemos algunas de las caricaturas sobre el rol de la mujer. En primer lugar, la sumisión de una mujer a su marido no es una expresión de inferioridad. Hay quienes piensan que cuando uno está llamado a someterse a otro, esto automáticamente implica que el que se somete es inferior. Este no es el caso. El ejemplo más profundo de esto es el mismo Señor Jesús. Él ha existido eternamente con el Padre y el Espíritu Santo en la gloria del cielo. Pero del misterio de la encarnación, Pablo escribe:

El cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Flp 2:6-8).

Jesús vino al mundo en sumisión y obediencia al Padre, pero en ningún momento fue inferior al Padre. Su sumisión fue con el propósito de lograr nuestra redención. Como Dios-hombre, Él cumplió perfectamente la ley en nuestro lugar. Como Dios-hombre, Él expió perfectamente nuestros pecados en la cruz. La sumisión voluntaria del Salvador al Padre en la encarnación fue diseñada con un propósito específico, pero en ningún momento estuvo en una posición de inferioridad.

De manera similar, el respeto de la mujer por el liderazgo de su marido no es una expresión de inferioridad sino un reconocimiento de sumisión al plan de Dios para el orden en la familia. Es un grave error que un marido malinterprete su lugar de liderazgo como una posición de superioridad. Recuerda que Pedro describió a la mujer como «coheredera de la gracia de la vida» (1 Pe 3:7). Pablo escribió: «No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3:28). Con respecto a nuestra posición en Cristo, no hay diferencia. El marido y la mujer participan por igual en los beneficios y la posición garantizada por la obra de Cristo, pero el matrimonio es una relación en la que somos llamados a diferentes roles.

En segundo lugar, la sumisión de la mujer a su marido es voluntaria. La responsabilidad de someterse no significa la sumisión de todas las mujeres a todos los hombres. Es una dinámica única establecida para el funcionamiento ordenado de la familia en el matrimonio. Por lo tanto, es muy importante que una mujer tenga esto en cuenta cuando esté considerando casarse. ¿El hombre con el que pretendes casarte es alguien cuyo liderazgo respetas y a quien puedes someterte? Si no, él no es el hombre adecuado. Con demasiada frecuencia, las mujeres piensan que pueden cambiar a un hombre después de casarse con él. No cuentes con eso.

En tercer lugar, la sumisión de una mujer a su marido es una expresión de su sumisión a Cristo. Para una mujer, seguir el liderazgo de su esposo es un aspecto importante de seguir a Cristo. Pablo escribe: «las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor» (Ef 5:22). Esto no significa «como si tu marido fuera el Señor», sino más bien «como parte de tu obligación para con el Señor». Una forma de hacer a un marido muy obstinado y desanimarlo es fallando en respetar su liderazgo. Si bien esta es la obligación de la mujer en el Señor, como maridos, siempre debemos preguntarnos si somos respetables y si estamos liderando como el Señor quiere. Esto nos lleva a examinar el rol del marido.

MARIDOS: LÍDERES AMOROSOS
La mujer es llamada a un rol difícil, pero es un rol que será mucho más fácil de asumir si su marido cumple con su responsabilidad de proporcionar un liderazgo amoroso. Es interesante observar que Pablo dirige unas cuarenta palabras a las mujeres, pero unas ciento quince a los maridos. En Efesios 5:25-33, él describe el rol de los maridos en el matrimonio. La clave es el versículo 25: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella».

¿Cuál es el estándar de amor que se establece ante los maridos? Es el amor sacrificial del Señor Jesucristo. Es Su liderazgo de servicio amoroso el que proporciona el entorno para que las mujeres lo sigan. Veamos cómo el amor de Cristo da ejemplo del amor de los maridos por sus mujeres.

En primer lugar, el amor de Cristo es incondicional. No había nada en ti o en mí que mereciera o exigiera el amor de Cristo. Muy por el contrario, «Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5:8). No solo no le amamos, sino que en nuestro pecado íbamos en la dirección opuesta. Es el clásico caso de amor no correspondido. Es por eso que nuestra relación con Él es únicamente por Su gracia.

Nuestro amor por nuestras esposas también debe ser incondicional. Tenemos que admitir desde el inicio que la analogía se viene abajo porque somos seres humanos pecadores. Debemos admitir que hubo «condiciones» que nos atrajeron hacia nuestras esposas, incluidas la personalidad, los intereses e incluso la buena apariencia. Sin embargo, nuestro amor por nuestras mujeres se basa en el compromiso que hicimos en nuestros votos matrimoniales en la presencia de Dios y los testigos. Tu amor por tu mujer debe ser incondicional en el sentido de que no cambia según las circunstancias. Los maridos deben tener cuidado de no comunicarles a sus mujeres que su amor se basa en cómo se ven hoy o en cómo les responden hoy. Nuestro amor se basa en el compromiso, no en las condiciones.

En segundo lugar, el amor de Cristo es sacrificial. Pablo escribe que los maridos deben amar a sus mujeres «como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella» (Ef 5:25). ¿Hasta qué punto amó Cristo a la Iglesia? Él se dio completamente por ella. Su venida fue para entregarse en servicio desinteresado. A nosotros, como maridos, se nos dice que este es nuestro modelo para servir a nuestras esposas. Esto es muy opuesto a nuestra inclinación natural. A todos nos gusta que nos sirvan, especialmente en el hogar. Los maridos deben ser los principales siervos en el hogar, preparados para hacer lo que sea necesario en el hogar y con los hijos.

Finalmente, Pablo nos recuerda que Jesús estaba preocupado por la santidad de la Iglesia. Su amor y sacrificio fueron para «santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada» (Ef 5:26-27). El amor de Jesús al darse a Sí mismo no fue simplemente para que fuéramos perdonados, sino para que fuéramos santos. La principal preocupación de un marido debe ser que su esposa e hijos sean estimulados en su crecimiento en Jesús. Al igual que con el rol de la mujer, ser un líder amoroso es parte de la obediencia del marido a Cristo.

Podemos regocijarnos de que Dios nos ha hablado y enseñado cómo debe ser el liderazgo en el hogar. Es cierto, estos respectivos roles no surgen de manera natural o fácil debido a nuestro egoísmo pecaminoso. Esta es la razón por la que nuestros hogares deben ser lugares de arrepentimiento y perdón, donde la dependencia diaria de la gracia del evangelio y del poder del Espíritu sean moldeados y practicados. Solo entonces nuestros hijos verán en sus padres la realidad del evangelio. Solo entonces, de acuerdo con el plan que Dios quiere, nuestros matrimonios reflejarán el misterio de la relación entre Cristo y Su Iglesia.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Timothy Z. Witmer
El Dr. Timothy Z. Witmer es pastor de St. Stephen Reformed Church en New Holland, Pa., y profesor de teología práctica emérito en el Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Es autor de Mindscape y The Shepherd Leader.

Líderes en la iglesia

El Blog de Ligonier

Serie: El liderazgo

Líderes en la iglesia
Por Derek Thomas

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo

¿Pero qué tipo de Iglesia? ¿Y con qué estructura y organización? Se trata de preguntas que tardaron en responderse. En la incipiente Iglesia, inmediatamente después de Pentecostés, parece que había muy poca estructura, solo una comunidad supervisada por los apóstoles y comprometida con cuatro rasgos distintivos: la enseñanza apostólica, la comunión, el partimiento del pan y «la oración» (Hch 2:42).

El liderazgo en esta Iglesia primitiva evolucionó desde reuniones en casas con poca estructura hasta congregaciones más organizadas con cargos distintivos: diáconos y ancianos. El examen del «oficio» en la Iglesia del Nuevo Testamento está curiosamente cargado de dificultades. El principal punto de discusión es el identificar los oficios que se supone que son permanentes y los que son meramente temporales.

Asociado a la cuestión de los oficios, está el asunto igualmente controversial de los dones extraordinarios (p. ej. las lenguas y la profecía). ¿Son estos dones permanentes o temporales? Los cesacionistas (como yo) creen que la Escritura identifica ciertos dones en el Nuevo Testamento como «señales de un verdadero apóstol» (2 Co 12:12), que fueron dados para propósitos redentores específicos en un período en el que la Iglesia poseía una relativa escasez de Escritura del Nuevo Testamento. Estos dones extraordinarios fueron esenciales para guiar y dirigir a la Iglesia en su infancia. Sin embargo, una vez que el canon del Nuevo Testamento se completó y los apóstoles (definidos de forma amplia o restringida) fallecieron, surgió una situación más normativa que presenta relativamente pocos oficios: diáconos, ancianos y (para algunos intérpretes) pastores.

El progreso en la estructura eclesiástica es claramente visible en la forma en que las últimas epístolas a Timoteo y Tito no mencionan los dones y oficios extraordinarios, sino que se centran en los diáconos y ancianos y en el papel de Timoteo como predicador del evangelio. Es como si hubiera una expectativa de que algunas cosas están destinadas a la edad de la infancia y no a la edad de la madurez.

DIÁCONOS
Los diáconos parecen haber sido producto de una crisis. El crecimiento de la Iglesia, particularmente en su variedad racial y étnica, causó problemas. Las viudas, por ejemplo, eran especialmente vulnerables en la cultura del primer siglo. El sentido de comunidad exigía la distribución de alimentos a los que no podían valerse por sí mismos, una cuestión que parece haber provocado un sentimiento de desigualdad y frustración (Hch 6:1-7). Las viudas helenistas (de habla griega) se sentían excluidas de la distribución en favor de las viudas de habla aramea. Se trataba del clásico problema de «nosotros versus ellos» con el que la Iglesia de nuestro tiempo está demasiado familiarizada. A modo de solución, los apóstoles seleccionaron a siete hombres para supervisar el asunto. ¿Y la razón de esta solución? Para que los apóstoles pudieran dedicarse «a la oración y al ministerio de la palabra» (v. 4).

Aunque no se alegó ninguna acusación específica de parcialidad o mala gestión contra los apóstoles, quedó claro que estos no podían predicar la Palabra y con igual empeño «servir mesas» (v. 2). Necesitaban ayuda para cumplir el papel que se les había encomendado en el crecimiento y la alimentación de la Iglesia.

Es interesante la forma en que estos siete hombres fueron reconocidos y apartados. Debían demostrar ciertas cualidades: debían ser «de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría» (v. 3). Y, aunque fueron elegidos por la asamblea cristiana local, en última instancia fueron «nombrados» por los apóstoles, quienes «después de orar, pusieron sus manos sobre ellos» (vv. 3, 6). Por lo tanto, parece que hubo un acto de ordenación y de instalación, lo que indica algo del carácter distintivo de la tarea encomendada a estos siete hombres.

Pero ¿eran diáconos estos siete hombres? Las Escrituras no los identifican específicamente como tales, pero el término griego «servir» (diakone) tiene una estrecha relación con la palabra «diácono». Aunque no fueron llamados diáconos explícitamente, estos siete hombres debían dedicarse a un ministerio diaconal (de servicio) que requería un acto de ordenación específico para llevarse a cabo. Es justo sugerir que eran protodiáconos, un ejemplo de cómo la Iglesia hace una distinción entre el ministerio de la Palabra y los aspectos más prácticos y materiales de la vida de la Iglesia. Por tanto, la comunión de los santos y el oficio del diácono abordan cuestiones de importancia práctica que implican dinero, comida y cuidados básicos.

LIDERAZGO DE SERVICIO
Debemos observar que se consideraron necesarios ciertos requisitos morales y espirituales para cumplir con la función de servir a las mesas. Los oficios en el Nuevo Testamento siempre están en función del liderazgo de servicio. Los diáconos y los ancianos deben ser como Cristo, sirviendo a los demás antes que a sí mismos. Curiosamente, no se requiere ninguna cualidad especial de piedad para un cargo más que para el otro. Al enumerar la lista de cualidades espirituales necesarias en un diácono, Pablo replica las mismas calificaciones requeridas para los ancianos. Aparte del don de enseñanza, los diáconos deben reflejar los aspectos morales y espirituales más elevados de la piedad (1 Tim 3:8-12).

La distribución de la ayuda a las viudas en Hechos 6 sirve de modelo para el trabajo asignado a los diáconos en general: los diáconos deben demostrar su liderazgo en asuntos relacionados con la propiedad y el dinero, así como con la ayuda. Unas décadas más tarde, Pablo haría algunas matizaciones importantes en el ámbito del ministerio diaconal, especialmente entre las viudas (1 Tim 5:3-16). En 1 Timoteo 5, se habla de las viudas de la iglesia y no de las viudas en general. La principal cuestión en la que se insiste es la responsabilidad de la familia en el cuidado de las viudas. El diaconado no debe crear una cultura de derecho que abuse de los recursos de la iglesia. La familia es la principal fuente de esa ayuda. Los diáconos, por lo tanto, deben poseer dones espirituales de discernimiento y compasión, así como firmeza y resolución para tomar estas difíciles decisiones.

¿DIACONISAS?
¿Deben todos los diáconos ser hombres? Mientras que en el Nuevo Testamento no hay pruebas de que hubo mujeres ancianas, los datos relativos a los diáconos son un poco más ambivalentes. Pablo encomienda a su «hermana Febe» a la iglesia de Roma y la describe como «diaconisa de la iglesia en Cencrea» (Rom 16:1). La palabra «diaconisa» en griego es diakonos, un término que no puede significar más que el compromiso con el ministerio diaconal sin el requisito adicional de la ordenación al cargo. Además, al abordar las calificaciones para los diáconos en 1 Timoteo 3, Pablo añade calificaciones para las esposas de los diáconos (3:8-13, especialmente el v. 11), pero no hace ninguna calificación de este tipo cuando previamente se dirige a los ancianos en el mismo capítulo (3:1-7).

Algunos argumentan que el término para «mujeres» (griego gunaikas) puede tener el significado de «diaconisas» y que tal lectura tiene más sentido en el flujo del capítulo. Las denominaciones reformadas, como la mía (la Iglesia Reformada Presbiteriana Asociada), reconocen y ordenan a las diaconisas, y lo hacen por convicción exegética sin la menor sugerencia de que se siga necesariamente un argumento de «pendiente resbaladiza» en relación con tener a mujeres en el rol de ancianas.

ANCIANOS
Dejando a un lado la cuestión de si un «ministro» (o un «anciano docente» en el uso presbiteriano actual) es un oficio separado del de «anciano» (o «anciano gobernante») —un tema que requeriría varias páginas para tratarlo adecuadamente—, el Nuevo Testamento deja muy claro que uno de los oficios normativos en la Iglesia es el de anciano.

Los tres títulos del Nuevo Testamento para este cargo, que se utilizan indistintamente, son episkopos (supervisor u obispo), presbuteros (anciano) y poimén (pastor). Por ejemplo, los tres términos se utilizan para las mismas personas en Hechos 20:17 y 20:28. Esto por sí solo debería ser suficiente para disipar cientos de años de división y decenas de miles de páginas escritas en apoyo de la opinión de que estos términos se refieren a cargos distintos.

Pablo proporciona una lista de calificaciones morales y espirituales para los ancianos en 1 Timoteo 3:1-7 y Tito 1:5-9. Con los ancianos, al igual que con los diáconos, el liderazgo sin virtud es catastrófico. Ninguna cantidad de dones puede compensar la falta de integridad.

La única característica distintiva de un anciano (a diferencia de un diácono) es que debe ser «apto para enseñar» (1 Tim 3:2). ¿Pero qué significa esto?

No todos los ancianos «trabajan en la predicación y en la enseñanza» (1 Tim 5:17), un punto que sugiere que los que lo hacen puedan ocupar un oficio diferente al de anciano. Tal vez no debamos darle demasiada importancia a esto. Después de todo, los diáconos deben guardar el misterio de la fe con limpia conciencia (1 Tim 3:9), las mujeres mayores deben enseñar a las mujeres más jóvenes (Tit 2:4), y las congregaciones enteras deben enseñarse unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales (Col 3:16). De hecho, todo cristiano debe estar preparado para dar razón de la esperanza que tiene (1 Pe 3:15). La capacidad de enseñar no es suficiente para calificar a alguien para el cargo de anciano. Pero los ancianos deben tener claramente esta habilidad.

Mientras que la autoridad de los diáconos parece limitarse al cuerpo de la iglesia local al que pertenecen, hay ocasiones en las que la autoridad de los ancianos trasciende la congregación local. Por ejemplo, los ancianos que se reunieron en el concilio de Jerusalén (Hch 15:6-21) tomaron decisiones que afectaron a toda la Iglesia del Nuevo Testamento.

Por lo tanto, el liderazgo en la Iglesia del Nuevo Testamento descansa en los dos oficios: el de diácono y el de anciano. Asegurar que nuestras propias iglesias tengan ambos es un compromiso con nuestra sumisión a la enseñanza de la Escritura. Tener dirigentes piadosos y bien instruidos en la iglesia es un requisito básico. Todas las cosas deben hacerse decentemente y en orden (1 Co 14:40), y esto se aplica especialmente a la novia de Cristo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Derek Thomas
El Dr. Derek W.H. Thomas es ministro principal de First Presbyterian Church in Columbia, en Carolina del Sur, y es profesor rector de teología sistemática y pastoral en el Reformed Theological Seminary. Es profesor de Ligonier Ministries y autor de muchos libros, entre ellos How the Gospel Brings Us All the Way Home [Cómo el evangelio nos lleva a casa].

Liderar con convicción

El Blog de Ligonier

Serie: El liderazgo

Siervos fieles
Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo

Cuando un líder entra en una habitación, más vale que entre con él la pasión por la verdad. El liderazgo auténtico no surge del vacío. El liderazgo que más importa es el que tiene convicciones, profundas convicciones. Esta cualidad del liderazgo surge de las creencias más profundas que dan forma a lo que somos y establecen nuestras creencias sobre todo lo demás. Las convicciones no son solo creencias; es decir, no son aquellas creencias que simplemente sostenemos. Por el contrario, las convicciones nos sostienen a nosotros. No sabríamos quiénes somos si no fuera por estas creencias fundamentales, estas convicciones, y sin ellas no sabríamos cómo liderar.

Los líderes cristianos reconocen que la convicción es esencial para nuestra fe y nuestro discipulado. Nuestra experiencia cristiana comienza con la creencia. El versículo más conocido del Nuevo Testamento, Juan 3:16, nos dice que Dios envió a Jesucristo, su único Hijo, «para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna». Cuando Pablo y Silas le dijeron a su aterrorizado carcelero cómo podía ser salvo, lo expresaron con una poderosa e inconfundible sencillez: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo, tú y toda tu casa» (Hch 16:31).

El mandato a creer es fundamental en la Biblia. El cristianismo se basa en ciertas verdades no negociables, y esas verdades, una vez conocidas, se traducen en creencias. Las creencias que anclan nuestra fe son aquellas con las que estamos más apasionada y personalmente comprometidos, y estas son nuestras convicciones. No creemos en la creencia, como tampoco tenemos fe en la fe. Creemos en el evangelio y tenemos fe en Cristo. Nuestras creencias tienen sustancia y nuestra fe tiene un objeto.

En pocas palabras, una convicción es una creencia de la que estamos plenamente convencidos. No me refiero a que simplemente creamos que un determinado conjunto de afirmaciones sea cierto, sino que estamos convencidos de que estas verdades son esenciales y cambian la vida. Vivimos de estas verdades y estamos dispuestos a morir por ellas.

Pensemos en Pedro y Juan, los dos apóstoles que, pocos días después de la muerte y resurrección de Cristo, tuvieron el valor de enfrentarse al Sanedrín y desafiar su orden de no predicar acerca de Jesús en público. Dijeron a las autoridades que los arrestaban que simplemente no podían dejar de contar lo que habían «visto y oído» (Hch 4:20). Esas mismas convicciones son las que no permiten a los líderes cristianos callar hoy, incluso ante las amenazas y la oposición.

Justino Mártir, uno de los líderes de la Iglesia primitiva, también sirve como retrato del liderazgo conviccional. Mientras conducía a los miembros de su propia congregación a la ejecución a manos de las autoridades romanas, Justino animó a su gente con estas palabras: «Recordad que pueden matarnos, pero no pueden hacernos daño».

Ese es el auténtico liderazgo en su forma más clara: el liderazgo que lleva a la gente a la muerte, sabiendo que Cristo los vindicará y les dará el regalo de la vida eterna. Afortunadamente, la mayoría de nosotros nunca tendrá que experimentar ese tipo de desafío en el liderazgo.

Sin embargo, las convicciones siguen siendo las mismas y también la función de esos compromisos en la vida y el pensamiento del líder. Sabemos que estas cosas son tan ciertas que estamos dispuestos a arriesgarnos por ellas, a vivir por ellas, a liderar por ellas y, si es necesario, a morir por ellas.

El liderazgo que realmente importa se trata de convicción. El líder se ocupa, con razón, de todo, desde la estrategia y la visión hasta la creación de equipos, la motivación y la delegación. Pero en el centro del corazón y la mente del verdadero líder se encuentran las convicciones que impulsan y determinan todo lo demás.

Muchos de mis modelos de liderazgo por convicción más alentadores e instructivos los encuentro en la historia. A lo largo de mi vida, me he inspirado en el ejemplo de Martín Lutero, el gran reformador del siglo XVI, que estaba tan convencido de la autoridad de la Biblia que estuvo dispuesto a presentarse ante el intimidante tribunal de autoridades religiosas que lo juzgó, e incluso a enfrentarse al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, declarando: «Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa, que Dios me ayude».

Aquí estoy. Esas palabras son un manifiesto del liderazgo por convicción. Pero Lutero no solo estuvo dispuesto a ponerse en pie; estuvo dispuesto a liderar a la Iglesia en un proceso de reforma valiente.

Cuando era adolescente, vi la película El hombre de los dos reinos, basada en la obra de Robert Bolt. La historia trata de los últimos años de Sir Thomas More y su juicio por traición. El ex canciller de Inglaterra se ganó la furia del rey Enrique VIII por negarse a prestar el juramento de supremacía, que declaraba al rey como gobernador supremo de la Iglesia. Más tarde supe que el propio More había perseguido a los luteranos y a William Tyndale, el gran traductor de la Biblia al inglés. La versión de Bolt sobre Thomas More no contaba toda la verdad, pero desde la primera vez que vi esa película hasta ahora, me sigue inspirando el ejemplo que dio More al ir al cadalso por ser fiel a sus convicciones. Frente a la multitud reunida para presenciar su ejecución, declaró: «El rey me ha ordenado ser breve, y como soy obediente servidor del rey, breve seré. Muero como buen siervo de su majestad, pero primero está Dios».

Ese es el tipo de convicción que hace la diferencia. Lamentablemente, demasiados líderes de hoy parecen tener poca idea de lo que creen, o parecen estar impulsados por una convicción poco clara y discernible. ¿Cuántos de los líderes actuales son conocidos por las convicciones por las que están dispuestos a morir, o incluso a vivir?

A los líderes se les puede dividir entre aquellos que simplemente ocupan un cargo o posición y aquellos que tienen grandes convicciones. La vida es demasiado corta para prestar atención a los líderes que defienden poco o nada, a los que buscan el siguiente programa, que siguen la última moda de liderazgo, que prueban una idea tras otra, pero que no están impulsados por convicciones profundas.

Quiero ser un líder que importe, liderar de forma que marque la diferencia precisamente porque esas convicciones importan. Si lo piensas, casi todos los líderes que hoy son recordados como hitos en la historia fueron líderes cuyas convicciones sobre la vida, la libertad, la verdad y la dignidad humana cambiaron la historia.

Ese es el único liderazgo que importa. Los líderes con convicciones impulsan a la acción precisamente porque están impulsados por convicciones profundas, y su pasión por estas convicciones se transfieren a sus seguidores, que se unen en una acción concertada para hacer lo que saben que es correcto. Y saben que es lo correcto porque saben lo que es verdadero.

¿Cómo podría un líder cristiano estar satisfecho con algo menos que esto? Los cargos, los oficios y los títulos se desvanecen más rápido que la neblina.

Una vez llevé a mi hijo, Christopher, de viaje a Nueva York. En varios lugares, nos encontramos con estatuas y monumentos de hombres que fueron, en algún momento, famosos o poderosos. La mayoría ha desaparecido de la memoria de todos, y sus imágenes se mezclan ahora con el paisaje neoyorquino, por el que pasan millones de personas sin siquiera notarlas.

La mayoría de los estadounidenses consideran que el presidente de los Estados Unidos ocupa el más alto cargo de liderazgo secular que existe. Pero ¿cuántos estadounidenses pueden nombrar siquiera veinte o treinta de los cuarenta y cinco hombres que han ocupado ese cargo? ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a alguien mencionar a Chester A. Arthur o a William Henry Harrison?

Sí recordamos a aquellos que fueron conocidos por sus convicciones y por el valor que esas convicciones produjeron. Este mismo principio puede extenderse a todos los cargos y posiciones de liderazgo imaginables. Sin convicción, nada importa realmente, y nada de importancia se transmite.

Creo que el liderazgo consiste en poner en práctica las creencias correctas y saber, sobre la base de las convicciones, cuáles son esas creencias y acciones correctas. Demasiado de lo que pasa por liderazgo hoy en día es mera gestión. Se puede gestionar sin convicciones, pero no se puede liderar de verdad.

Para los líderes cristianos, este enfoque en la convicción es aún más importante. No podemos liderar de una manera que sea fiel a Cristo y eficaz para el pueblo de Dios si no estamos profundamente comprometidos con la verdad cristiana. No podemos liderar fielmente si primero no creemos fielmente y si no estamos profundamente comprometidos con la verdad cristiana.

Al mismo tiempo, hay muchos cristianos que se sienten llamados a liderar y están apasionadamente comprometidos con las verdades correctas, pero simplemente no están seguros de hacia dónde ir. El punto de partida del liderazgo cristiano no es el líder, sino las verdades eternas que Dios nos ha revelado: las verdades que permiten que el mundo tenga sentido para nosotros, enmarcan nuestra comprensión y nos impulsan a la acción.

El apóstol Pablo animó a los tesalonicenses a saber que el evangelio había llegado a ellos, «no [solo] en palabras, sino también en poder y en el Espíritu Santo y con plena convicción » (1 Tes 1:5). Como líder cristiano, eso es lo que espero y ruego que sea cierto en mi caso, y en el tuyo también. Quiero liderar «con plena convicción».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Albert Mohler
El Dr. R. Albert Mohler Jr. es presidente y profesor Joseph Emerson Brown de teología cristiana en The Southern Baptist Theological Seminary [El Seminario Teológico Bautista del Sur] en Louisville, Ky. Es el anfitrión de The Briefing y autor de muchos libros, incluyendo We Cannot Be Silent.

Siervos fieles

El Blog de Ligonier

Serie: El liderazgo

Siervos fieles
Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo

Hemos entrado en una nueva era de la historia moderna. Esta era está marcada por un enorme vacío de liderazgo, pero también por una aversión hacia la noción misma de liderazgo. Es más, existe una tendencia que va en aumento, de celebrar a los líderes autoproclamados y que han demostrado falta de integridad, y que han ignorado y faltado el respeto a los líderes fieles y veteranos cuya integridad se ha demostrado a lo largo de décadas. Se desprecia a los líderes de valor y convicción y se idolatra a los líderes que ceden y hacen concesiones. Ahora vivimos en un mundo que aplaude a los Chamberlain y se burla de los Churchill. Si esto fuera cierto solo en el mundo, quizás sería soportable, pero tristemente también es cierto en la iglesia y en el hogar.

Algunos cristianos han llegado a insinuar que el liderazgo no es una categoría bíblica, sugiriendo que el servicio debería desplazar la noción de liderazgo. Sin embargo, tal proposición no solo crea un falso dilema, sino que socava la Escritura, que nos enseña que el papel de líder es designado por Dios. Los líderes deben dirigir con diligencia, y los que están bajo los líderes deben obedecerles y someterse a ellos e imitarles (Rom 12:8; 1 Co 12:28; Heb 13:7-24). Aunque todos hemos visto un mal liderazgo y a veces hemos experimentado el abuso de poder de un líder, debemos reconocer que Dios ha designado líderes en el mundo, el gobierno, el lugar de trabajo, la escuela, la iglesia y el hogar. Como cristianos, no podemos permitirnos caer en la trampa del cinismo que cuestiona toda autoridad y nos deja revolcándonos en el fango de nuestra autoproclamada autoridad. Todos estamos bajo autoridad y todos tenemos líderes a los que debemos rendir cuentas. Del mismo modo, todos los líderes están bajo la autoridad de Dios y en última instancia son responsables ante Él.

El liderazgo y el servicio no se excluyen el uno al otro. Los líderes son, ante todo, siervos de Dios que sirven liderando. La cualidad más esencial del liderazgo es la humildad, y la auténtica humildad se manifiesta con valor, compasión y convicción. Un líder fiel es un líder humilde que dirige con amor, no inspirando temor. Un líder fiel no se preocupa por caer bien a todo el mundo. Un líder fiel sabe delegar, confía en quienes ha delegado y no le preocupa quién se lleve el mérito. Un líder fiel conoce sus defectos y pecados y lleva una vida de arrepentimiento y perdón. En definitiva, un líder fiel es un seguidor fiel de Jesucristo, quien nos ha guiado sirviéndonos con humildad, sacrificio y alegría.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Sufre en esperanza

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Sufre en esperanza
Por C.N. Willborn

Nota del editor: Este es el capítulo 13 de la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Amenudo les digo a los hijos de nuestra iglesia ―desde los más pequeños hasta los estudiantes universitarios― que ellos piensan que van a vivir para siempre, pero siempre añado: «¡No es así!». De hecho, les digo, van a morir, e incluso puede que sufran físicamente antes de morir. Es un hecho que sufrirán emocionalmente. Todos sufrimos de alguna manera en algún momento de nuestras vidas. Es posible que suframos dificultades físicas, carencia de bienes físicos o angustia emocional, y a veces eso es a causa de nuestra fe. Nuestro Señor dijo: «En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16:33). La tribulación incluye sufrimiento.

Vi a mi madre piadosa sufrir de muchas maneras, a menudo en el plano emocional, mientras criaba a tres hijos que no siempre anduvieron en los caminos del Señor. La vi sufrir la muerte de mi maravilloso padre, que fue su esposo durante cincuenta y ocho años. Finalmente, la vi sufrir la pérdida de su salud y movilidad, y, a la postre, sufrir los dolores del cáncer. A pesar de todo, el lema que ella me repetía era sencillo: «Hijo, yo confío en el Señor». Esa no era una frase santurrona. Era la voz de la fe. Era real y la ayudó a vivir una vida ejemplar, con una determinación paciente, una disposición dulce y un anhelo por su Salvador, en medio de todo su sufrimiento, que nos impactaba a todos. Ella vivía con la esperanza del cielo y de Cristo, y era real. Todos sus hijos, nietos y bisnietos recordaremos durante toda la vida la disposición confiada de Nana en todos los momentos difíciles. Ella vivió con la esperanza bienaventurada de su Señor y Salvador Jesucristo (Tit 2:13).

Hace dos años, los médicos nos dijeron que nuestro hijo de diecinueve años tenía «un bulto en el cerebro». El «bulto» resultó ser un absceso del tamaño de un huevo de pavo. En seguida, le realizaron tres cirugías en una sola semana. Un mes después, se le realizó una cuarta cirugía debido a un problema con los medicamentos. La noche del diagnóstico inicial, tuve esa «charla» con nuestro hijo. Le pregunté si entendía lo serio que era esto. «Sí», me dijo. «Sé que debes estar asustado, porque yo sí que lo estoy», le respondí. Él me dijo: «Papá, hemos confiado en el Señor en todo lo demás. Podemos confiar en Él ahora». Yo lloré y dije: «Amén». Luego me dijo: «Estaré bien pase lo que pase, papá». No te diré que mi fe y la de la familia fue lo suficientemente fuerte como para mover montañas esa noche o en los meses siguientes. Estaba débil. Muchas veces oré: «Señor, aumenta mi fe», y Él lo hizo. A veces un poquito, a veces un poco más. Esperamos en el Señor y Él fue todo lo que necesitábamos. Oh, por cierto, el Señor mantuvo a nuestro hijo con nosotros; acaba de graduarse de la universidad y ahora va a entrar a la escuela de posgrados. Sin embargo, aunque no hubiera librado a nuestro hijo… alabado sea el Señor por la esperanza que tenemos en un Dios soberano.

Para mis lectores jóvenes: mi madre tenía ochenta y cinco años. Era de esperar que sufriera y muriera. Sin embargo, mi hijo tenía diecinueve años, y en verdad sufrió (y todavía tiene que tomar medicamentos con efectos secundarios). Fácilmente podría haber muerto. Pero el punto es este: siempre puedes enfrentar el sufrimiento ―a esos matones de la escuela, esas críticas de moda de tus «amigos», esas disputas relacionales con tus mejores amigos, el cáncer, los abscesos cerebrales― con tu mejor Amigo a tu lado. Eso siempre y cuando tu mejor amigo sea Cristo Jesús. «Pero hay amigo más unido que un hermano» (Pr 18:24), y Jesús afirma ser ese amigo: «Os he llamado amigos» (Jn 15:15). Él es nuestra esperanza.

Mi madre tenía esa esperanza porque conocía al Salvador, Jesucristo. Su fe estaba basada solo en Él. Mi hijo tuvo esa esperanza en medio de sus sufrimientos porque conoce al Salvador, Jesucristo. Ambos conocían la Biblia y la promesa de la esperanza que tenemos en el Señor Jesucristo. Los dos asistían fielmente a los cultos de adoración y se empapaban de los medios de gracia: la palabra, la oración y los sacramentos. Amaban y disfrutaban la comunión de los santos que se encuentra en Su Iglesia. La esperanza ―no un «yo pienso», sino la esperanza genuina― no surge de la nada. Se cultiva y se vive solamente por la fe en Cristo. Prepárense bien, amigos jóvenes, para los sufrimientos que les esperan, de modo que puedan glorificar a Dios con sus vidas esperanzadas, incluso en los tiempos difíciles.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
C.N. Willborn
El Dr. C.N. Willborn es pastor principal de Covenant Presbyterian Church en Oak Ridge, Tenn., Y profesor adjunto de teología histórica en Greenville Presbyterian Theological Seminary en Greenville, S.C.

Muéstranos cómo terminar bien

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Muéstranos cómo terminar bien
Por Wiley Lowry

Nota del editor: Este es el duodécimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Terminar bien comienza ahora. Puede que admitir la vejez sea una lucha muy antigua, pero los cristianos jóvenes necesitan los ejemplos de los santos mayores que han aceptado su edad y están cultivando el fruto espiritual en sus últimos años.

El estímulo de nuestros amigos ancianos es una bendición especial. Sidney era casi sesenta años mayor que yo, pero en los últimos años de su vida fue uno de mis amigos más cercanos. Me llamaba por teléfono, y sus primeras palabras solían ser: «Habla el viejo». Sidney aceptó su edad y, como disfrutó el amor de Dios durante muchas décadas, estaba comprometido con terminar bien.

Sidney me mostró cómo terminar bien con dos palabras. En una ocasión, fui con él a ver a un amigo moribundo, y Sidney se inclinó junto a su amigo, habló con él en voz baja, oró con él, y luego le dijo : «Billy, dos palabras: te… amo…». Eso era todo, dos palabras sencillas pero notables. Y ese era Sidney: amaba a las personas de un modo sencillo pero notable. Ya fuera su esposa, que sufría de Alzheimer; sus médicos y enfermeras, que lo cuidaron durante un cáncer y un derrame cerebral, o el camarero que le traía café antes del almuerzo, Sidney quería saber de ellos, cómo estaban y cómo podía ayudarlos y orar por ellos. Vi cómo el «viejo» servía a Dios y a los demás con esas dos palabras sencillas.

La gran bendición de ver a alguien terminar bien no es solo que aprendemos cómo vivir mañana; en realidad, es que aprendemos cómo vivir hoy. Los hombres y mujeres que siguen viviendo la segunda mitad de su vida con madurez y fidelidad a Dios son una motivación para que las generaciones jóvenes vivan de esa misma forma ahora.

En el Nuevo Testamento, leemos que Timoteo disfrutó las bendiciones de contar con ejemplos fieles y piadosos. No solo tuvo a su abuela Loida y a su madre Eunice, que le ejemplificaron y enseñaron la fe, sino también a Pablo, que peleó la buena batalla, terminó la carrera y guardó la fe. Timoteo necesitaba las lecciones que aprendió de los hombres y las mujeres mayores para ser diligente y fructífero en el llamado de Dios. Piensa en algunos de los aspectos en que Pablo terminó bien:

Siguió consagrado a Dios en oración, alabanza, adoración y obediencia hasta el final.
Soportó las pruebas con gracia y valor.
Vivió con humildad, contentamiento, gratitud, gozo y esperanza.
Amó y sirvió a los demás, incluso cuando era difícil para él.
Recordó y formó a la generación venidera para el ministerio.
Se preparó para la muerte y estaba ansioso por estar con Cristo.
Pablo «terminó la carrera» y el patrón general de su vida fue un ejemplo de la gracia y perseverancia de Dios, pero, en realidad, las prioridades de la vida de Pablo son las mismas preocupaciones apremiantes a cualquier edad.

Cuando los creyentes jóvenes enfrentan horarios ocupados, presiones diarias y el costo de seguir a Jesús, quieren saber que todo estará bien. Nuestros temores pecaminosos y las mentiras del mundo insisten en que debemos buscar el éxito y el placer a toda costa, pero los creyentes maduros tienen el beneficio de la retrospectiva y la perspectiva para insistir en que el camino de Dios es el mejor. Necesitamos tener ejemplos vivos de sabiduría y vejez que testifiquen que Dios es fiel y que ser fiel a Él es, a fin de cuentas, lo único que realmente importa.

Nadie sabe lo que nos depara el mañana y siempre estamos entrando a etapas nuevas y desconocidas de la vida. Dios puede llamarnos a terminar antes de lo que habíamos planeado, pero Él es bondadoso. De hecho, el salmista nos da una oración y un camino a seguir:

Oh Dios, tú me has enseñado desde mi juventud, y hasta ahora he anunciado tus maravillas. Y aun en la vejez y las canas, no me desampares, oh Dios, hasta que anuncie tu poder a esta generación, tu poderío a todos los que han de venir (Sal 71:17-18).

Algunos pueden sentirse tentados a pensar que el llamado a terminar bien solo es relevante para las personas que tienen ochenta o noventa años, pero en realidad la preparación comienza mucho antes. El carácter y los hábitos piadosos que se desarrollan a través de los años son los patrones que emergen en la vejez e influyen a los creyentes más jóvenes de un modo inolvidable. La necesidad de ser fieles en la segunda mitad de la vida es demasiado importante como para esperar hasta que sea demasiado tarde. Por lo tanto, la petición es simple: muéstranos ahora cómo comenzar a terminar bien.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Wiley Lowry
El Rev. Wiley Lowry es ministro de cuidado pastoral en la First Presbyterian Church de Jackson, Mississippi, y profesor adjunto de Belhaven University.

Ama a tus hijos y a tu cónyuge

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Ama a tus hijos y a tu cónyuge
Por Dennis E. Johnson

Nota del editor: Este es el undécimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Por la gracia de Dios, mi esposa y yo cumplimos cincuenta años de matrimonio. Nuestros hijos adultos sobrevivieron a nuestros intentos falibles de pastorear sus corazones. Ahora, nos alegra verlos pastorear los corazones de nuestros nietos. He aprendido que el matrimonio a veces es difícil, pero a menudo es dulce. La crianza de los hijos es aterradora, pero puede estar llena de gozo. Nuestro Padre celestial es paciente, misericordioso y fiel para siempre. Todavía estoy aprendiendo mucho más, y aquí hay algunas exhortaciones que surgen de ese aprendizaje.

Ama a Cristo más de lo que amas a tu familia. Los vecinos de Israel sacrificaban a sus hijos a Moloc. Nuestros vecinos suelen sacrificar a sus cónyuges e hijos al desarrollo profesional, la realización personal u otros «ídolos». Los cristianos podemos reaccionar de forma exagerada a este ambiente cultural tóxico convirtiendo al amor matrimonial y paternal, que son buenas dádivas de Dios, en nuestros propios ídolos. Pero Jesús dice: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10:37).

No puedes amar bien a tu cónyuge o a tus hijos si los amas más que a nada. Siendo ídolos, las personas más cercanas y queridas no pueden llevar la carga de tu devoción y dependencia. Solo si tu corazón se postra y tu esperanza está fija en Jesús, recibirás la gracia para amar a tus seres queridos como Dios espera que lo hagas.

Ama a tu familia más que a ti mismo. El egocentrismo es la configuración predeterminada de los corazones humanos torcidos, incluso de los que están siendo renovados por el Espíritu de Dios. Pasar de perseguir nuestras propias agendas a estar dispuestos a rendir nuestras vidas por los demás, como Jesús lo hizo por nosotros (1 Jn 3:16), requiere esfuerzo. Tal sacrificio no solo incluye circunstancias extremas inusuales (proteger a tu esposa e hijos de una agresión física), sino también las decisiones cotidianas de la vida: cómo invertimos el dinero, el tiempo y la energía (v. 17).

Sobre todo, guarden sus corazones. Proverbios 6:20-35 brinda consejos oportunos para nuestra atmósfera social, donde las sensaciones frescas de necesidades insatisfechas y atracción superan a los votos antiguos e incómodos. Esposo, deja de comparar a tu esposa cansada con la compañera de trabajo que derrocha su admiración sobre cada una de tus ideas. Esposa, ten cuidado con el oído atento del papá que conociste en las prácticas de fútbol de tu hijo, cuya empatía supera la de tu desatento esposo. Recuerden, pueden sacar amor de una reserva que va más allá de ustedes mismos: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1 Jn 4:19).

Marca la pauta. El amor apunta a lo mejor para nuestros seres queridos. Eso requiere disciplina. «Además, habéis olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige: HIJO MÍO, NO TENGAS EN POCO LA DISCIPLINA DEL SEÑOR… PORQUE EL SEÑOR AL QUE AMA, DISCIPLINA» (Heb 12:5-6). Pablo exhorta a los padres a criar a sus hijos «en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef 6:4). Estos textos nos muestran tres verdades: (1) El amor verdadero disciplina. No decir «no» no es una señal de amor, sino de indiferencia, inercia o timidez egoísta. (2) La disciplina piadosa no fluye de un impulso por controlar, sino de un anhelo amoroso por el bienestar de tu cónyuge y tus hijos. (3) Cuando nos sometemos a la disciplina del Señor, podemos extender la disciplina amorosa del Señor a los demás.

Vive por gracia. Cuando somos transformados por la gracia de Dios, podemos amarnos los unos a los otros y a nuestros hijos, viviendo por esta gracia hora tras hora. Dios conoce lo peor de ti y aun así te acoge en amor. Su gracia te libera para humillarte ante tu esposa, tu esposo, tus hijos; para admitir tu pecado y fracaso, y para pedir perdón. Además, vivimos por gracia cuando soportamos con paciencia los errores y las ofensas de los demás, negándonos a vengarnos o alimentar el rencor.

Ama a la Iglesia. Amar a nuestros cónyuges e hijos significa mostrarles por qué amamos a la Iglesia. Lamentablemente, un síntoma de la «idolatría familiar» de algunos creyentes es la inclinación a aislar a sus familias, no solo de las influencias de nuestra cultura cada vez más pagana, sino también de la comunión del cuerpo de Cristo. Cristo le dio a Su Iglesia dones espirituales que nos ayudan a crecer juntos hacia la madurez (Ef 4:11-16). Dios incluyó Sus directrices para los padres (Dt 6:5-9; Ef 6:4) en documentos dirigidos a todo Su pueblo: «Escucha, oh Israel» (Dt 6:4) y «a los santos que están en Efeso» (Ef 1:1). Amamos más a nuestro cónyuge y a nuestros hijos cuando los ayudamos a «captar» nuestro propio amor por la Iglesia de Cristo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Dennis E. Johnson
El Dr. Dennis E. Johnson es profesor emérito de teología práctica en el Westminster Seminary California. Es autor de varios libros, incluyendo Walking with Jesus through His Word [Caminando con Jesús a través de Su Palabra]..

Muéstrennos cómo ser una familia

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Muéstrennos cómo ser una familia
Por Adriel Sanchez

Nota del editor: Este es el décimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra.

ueridos padres y madres en Cristo: estoy agradecido por la experiencia y sabiduría que Dios les ha dado para criar familias piadosas. Como saben, muchos estamos recién empezando a formar nuestras propias familias. Necesitamos desesperadamente su estímulo en este tiempo.

Desde el punto de vista estadístico, los hogares de padres casados son cada vez menos comunes. Un estudio reciente, realizado por el Centro de investigaciones Pew, afirma que, desde 1968, se ha cuadruplicado el número de padres solteros en Estados Unidos. Aunque esta realidad ha afectado a todos los grupos étnicos y raciales, la prevalencia de los padres solteros me resulta especialmente cercana debido a mi trasfondo hispano. En la actualidad, casi uno de cada cuatro niños hispanos están siendo criados por madres solteras. Yo fui uno de esos niños, criado por una madre soltera esforzada. Muchos de nosotros no tuvimos una crianza familiar «normal». No pudimos ver a esposos que amaran a sus esposas como Jesús ama a la Iglesia ni esposas que modelaran la gracia y la sumisión santa descrita en las Escrituras (Ef 5:22–33). Ahora estamos tratando de liderar nuestros propios hogares, pero no es fácil. Es como entrar a una habitación oscura y amoblada por primera vez. Te mueves despacio, pero no puedes evitar chocar con el sofá o la mesa de centro. Nuestra gran esperanza es llegar a entender el panorama del matrimonio y la familia antes de ―siguiendo con la metáfora― volcar un jarrón costoso y producir un daño severo. La orientación de ustedes es fundamental, y me gustaría compartirles algunas formas en las que creo que pueden proporcionarla.

En primer lugar, ¿podrían ser sinceros con nosotros respecto a sus fracasos anteriores? Algunos de ustedes (a pesar de su trasfondo) han derribado jarrones. Han cometido errores en el hogar y pueden rastrear los pasos que los llevaron a ellos. Pueden tratarse de errores respecto a la manera en que amaron a su cónyuge, a la forma en que manejaron las finanzas, al tiempo que le dedicaron al trabajo o a la forma en que educaron a sus hijos. El evangelio nos da la libertad de abrirnos respecto a nuestras fallas pasadas porque han sido perdonadas. Desde luego, las fallas perdonadas siguen teniendo consecuencias, pero también pueden ser utilizadas por Dios para enseñarles lecciones importantes a otros. Hay advertencias que pueden darnos y necesitamos escuchar, y, por mucho que les cueste compartirlas, pueden ser de gran beneficio para nosotros, sus hijos en Cristo.

En segundo lugar, necesitamos su perspectiva. Al decir eso, no me refiero solo a sus consejos, sino también a su punto de vista. Me he dado cuenta de que es fácil tener una visión muy estrecha cuando hay niños pequeños en la casa. Necesitamos que nos recuerden que cambiar los pañales hoy es parte del discipulado a largo plazo, para que no desmayemos. Sospecho que esta perspectiva es la que están empezando a compartir con nosotros cuando nos dicen: «Disfruten de estos días; ¡pasan tan rápido!». No se detengan ahí. Sigan animándonos cuando «estos días» se sientan agotadores. Recuérdennos nuestra esperanza suprema, el Hijo de Dios. Cuando estemos tan metidos en nuestras propias familias que perdamos de vista Su familia, y la eternidad, dígannos la verdad en amor.

En tercer lugar, enséñennos a dirigir a nuestras familias en la adoración. Entendemos el concepto de la vida devocional personal, pero orar y leer las Escrituras juntos es algo que no hacemos muy bien. Necesitamos su estímulo para cultivar estas prácticas piadosas, y necesitamos su sabiduría respecto a lo que funciona mejor en las diferentes etapas de una familia joven. ¿Cómo es que un recién casado lava a su novia en la Palabra de Dios? ¿Cómo es que una madre nueva puede plantar las semillas de la fe en sus hijos? ¿Qué es lo que ha funcionado y ha sido de bendición para su familia, y qué habrían hecho diferente si hubieran podido?

Padres y madres, ustedes son un regalo para nuestra generación si nos presentan y nos legan el ejemplo piadoso ordenado por Pablo:

Los ancianos deben ser sobrios, dignos, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la perseverancia. Asimismo, las ancianas deben ser reverentes en su conducta: no calumniadoras ni esclavas de mucho vino, que enseñen lo bueno, que enseñen a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada. Asimismo, exhorta a los jóvenes a que sean prudentes; muéstrate en todo como ejemplo de buenas obras, con pureza de doctrina, con dignidad, con palabra sana (Tit 2:2-7).

Que Dios los ayude a modelar estas cosas, y que nos ayude a nosotros a aprenderlas de ustedes.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Adriel Sanchez
El Rev. Adriel Sánchez es el pastor principal de la iglesia North Park Presbyterian Church en San Diego y conductor del programa de radio Core Christianity.