Un renacimiento occidental

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

Un renacimiento occidental

Por Nicholas R. Needham

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

Europa occidental, en el siglo VIII, estuvo dominada por lo que los historiadores llaman el «Renacimiento carolingio», el cual no se debe confundir con el Renacimiento de los siglos XV y XVI. Este renacimiento del siglo VIII recibió su nombre de la dinastía gobernante de Francia, los carolingios. Al principio, ellos eran los mayordomos hereditarios del palacio real francés, quienes disfrutaban de un poder real bajo la figura monárquica de los merovingios. El más famoso de los mayordomos carolingios fue Carlos Martel (690-741), conocido como Carlos «el Martillo» por su decisiva victoria militar sobre los ejércitos musulmanes españoles. A menudo se olvida que, durante gran parte del período medieval, España fue islámica. Un ejército musulmán de África había cruzado el estrecho de Gibraltar en el año 711, y en el 718 había conquistado casi toda la España cristiana. Los musulmanes continuaron su avance hacia Francia. Sin embargo, en el 732, en Tours (o posiblemente en Poitiers), fueron recibidos por un ejército católico francés. Aquí, Carlos Martel derrotó a las fuerzas musulmanas, lo cual detuvo permanentemente el progreso occidental del Imperio islámico. Los franceses obligaron a los musulmanes a regresar a España, y allí se quedaron durante los siguientes 700 años, hasta que finalmente fueron expulsados ​​al norte de África en 1492. Martel salvó a Europa para el cristianismo.

Martel también dio un fuerte apoyo a la cristianización de la Alemania pagana. Esto fue llevado a cabo por una auténtica inundación de monjes misioneros ingleses, el más famoso de los cuales fue Bonifacio (680-754). Durante los próximos trescientos años, los monasterios en esta área fueron los centros vitales de la religión y la cultura cristiana en Alemania.

Esta alianza entre los carolingios y el papado por la evangelización de Alemania se fortaleció después de la muerte de Martel en el 741 y la ascensión al poder de sus hijos Carlomán y Pipino. Martel había puesto a Carlomán y Pipino en un monasterio durante su juventud, donde los monjes los habían criado para tener una preocupación genuina por el bienestar de la Iglesia. Ahora que compartían el trono de Francia, ellos invitaron a Bonifacio para ayudarles a reformar la Iglesia francesa. Dado que Bonifacio actuó como representante del papa, estas reformas fortalecieron el vínculo entre Francia y el papado. Carlomán se convirtió en monje después de que se completaron las reformas de Bonifacio, dejando así a su hermano Pipino como único gobernante de Francia.

Sin embargo, en teoría, Pipino seguía siendo solo el alcalde del palacio, el principal servidor de Childerico III, el último de los débiles reyes merovingios. Los fuegos de la ambición danzaban en el corazón de Pipino; sintió que él, el verdadero gobernante de Francia, debía llevar la corona real. Así que Pipino obtuvo el apoyo del papa Zacarías y en el 751 depuso a Childérico. Luego, Bonifacio, actuando nuevamente en nombre del papa, coronó a Pipino como rey de Francia, el primero de la gran dinastía real carolingia. Esta fue la primera vez que un papa afirmó que su autoridad apostólica incluía el derecho a sancionar el destronamiento de un rey y su reemplazo por otro. Pipino recompensó al papa invadiendo al reino lombardo de Italia en 756, el cual había estado amenazando a Roma. Pipino le dio al papa todas las ciudades lombardas que había capturado. Esta acción, conocida como «la donación de Pipino», creó un gran conjunto de territorios papales con forma de H a través de la parte centro occidental y noreste de Italia: los «estados pontificios». A partir de entonces, los papas serían tanto gobernantes seculares como líderes espirituales.

Cuando Pipino murió en el 768, sus dos hijos, Carlos y Carlomán, lo sucedieron como gobernantes conjuntos de Francia. Carlomán murió en el 771, dejando a Carlos como único gobernante. Carlos reinó durante los siguientes cuarenta y tres años (771-814) y creó el primer gran Imperio occidental desde la caída de Roma en el 410. A él se le conoce como «Carlos el Grande» o Carlomagno (del latín magnus, «grande»).

Carlomagno es una de las figuras verdaderamente colosales de la historia europea. Se le ha llamado el «Moisés de la Edad Media» porque sacó a los pueblos germánicos del desierto de la barbarie pagana y les dio un nuevo código de leyes civiles y eclesiásticas. Su biógrafo, Einhard, nos dice que Carlomagno era físicamente un gigante, sobrio y simple en su vida privada, un gobernante justo y generoso, un padre cariñoso y muy popular entre sus súbditos. Tenía una mente perspicaz, una devoción sincera a la fe cristiana y a la Iglesia católica, y una sensación ardiente de una misión personal de parte de Dios de unir a las naciones occidentales en un Imperio cristiano.

Podríamos pasar gran parte de nuestro tiempo contando la historia de las guerras de Carlomagno, las cuales, finalmente, rompieron la columna del poder pagano en Alemania. Sin embargo, es más provechoso considerar su papel en unir a Francia y Alemania con el pegamento de una nueva cultura cristiana. El principal asesor religioso de Carlomagno, el monje inglés Alcuino de York (730-804), fue clave en esto. Alcuino fue director de la escuela de la catedral de York antes de ingresar al servicio de Carlomagno en el 782. Durante los siguientes veintidós años, fue el maestro principal del Imperio carolingio, el hombre más culto de Europa occidental. Alcuino fue (entre otras cosas) comentarista bíblico, erudito textual, revisor litúrgico, defensor de la ortodoxia, reformador de monasterios, constructor de bibliotecas y astrónomo docto. Las principales contribuciones de Alcuino al Renacimiento carolingio fueron las siguientes:

Lenguaje. Alcuino reformó la ortografía y desarrolló un nuevo estilo de escritura a mano llamado «minúscula carolingia», en el que se basan nuestras letras impresas modernas. Los eruditos carolingios revivieron el latín, lo refinaron y lo enseñaron a todas las personas educadas. Se convirtió en el idioma internacional de la civilización occidental. Cualquiera que fuera su lengua nativa, todos los occidentales educados podían hablar latín.

Literatura. En los días previos a la invención de la imprenta, los monjes tenían que copiar los libros a mano. El ejército de monjes eruditos de Carlomagno hizo numerosas copias de escritos antiguos. La mayoría de nuestros textos sobrevivientes de la antigua Grecia y Roma nos han llegado de copias carolingias. Alcuino supervisó el establecimiento de bibliotecas monásticas en todo el imperio de Carlomagno, donde se copiaron y almacenaron estos libros. De esta manera, el Renacimiento carolingio ayudó a preservar y a transmitir al presente el conocimiento y la cultura del pasado.

La Biblia. Alcuino revisó el texto de la Biblia latina y estableció una edición estándar de la Vulgata de Jerónimo.

Educación. Carlomagno tuvo un fuerte interés personal en la difusión de la educación. Él ordenó a obispos y a abades para que establecieran escuelas para capacitar a sacerdotes y a monjes. Decretó que cada parroquia debía tener una escuela para educar a todos los niños varones del vecindario. Él fundó su propia academia real en Aquisgrán, la cual Alcuino presidió y que alentó el estudio de la lógica, la filosofía y la literatura.

Muchos de los asesores eclesiásticos de Carlomagno vieron la gran extensión de su reino como una recreación del Imperio romano en Occidente. Esto llevó a que Carlomagno fuera reconocido como «emperador de los romanos» en el año 800. En el día de Navidad de ese año, mientras Carlomagno estaba arrodillado en el altar de la iglesia de San Pedro en Roma, recibiendo la comunión, el papa León III mostró una corona y la colocó en la cabeza de Carlomagno. Así nació el «Sacro Imperio Romano». La coronación de Carlomagno por León significaba que él no era simplemente el rey de Francia, sino que también era el heredero de los antiguos emperadores romanos, aquel en quien el Imperio romano había renacido, el gobernante supremo del mundo occidental.

La exaltada visión de Carlomagno sobre la monarquía, sin embargo, lo condujo a un serio conflicto con el papado. Podemos captar el concepto de Carlomagno sobre su propia posición a través de una carta que le envió Alcuino:

Nuestro Señor Jesucristo te ha establecido como el gobernante del pueblo cristiano, en un poder más excelente que el del papa o el emperador de Constantinopla; en sabiduría, más distinguido; en la dignidad de tu gobierno, más sublime. Solo de ti depende toda la seguridad de las Iglesias de Cristo.

A lo largo de su reinado, Carlomagno actuó consistentemente bajo esta teoría de la «monarquía sagrada», considerándose a sí mismo como el superior del papa incluso en asuntos doctrinales. Podemos ver esto claramente en dos casos. En primer lugar, la respuesta de Occidente a la controversia iconoclasta fue formulada por Carlomagno (en vez de por el papa) en los llamados libros carolinos o «libros de Carlos», escritos con la ayuda de sus asesores religiosos, especialmente Alcuino. Los libros carolinos buscaban marcar una postura intermedia entre los defensores orientales y los enemigos de los iconos. En segundo lugar, Carlomagno también sancionó la inserción de la cláusula filioque en el Credo de Nicea, sobre la cabeza de la oposición del papa León III, de modo que el credo ahora dice que el Espíritu Santo procede del Padre «y del Hijo». La Iglesia oriental protestó fervorosamente contra esta alteración unilateral de un credo ecuménico causada por un emperador occidental, pero fue en vano. Esto trajo graves consecuencias, contribuyendo a la separación de Oriente y Occidente en iglesias separadas y mutuamente hostiles en el 1054.

La relación entre Carlomagno y el papado, entonces, era incómoda. La creación del Sacro Imperio Romano allanó el camino para los feroces conflictos entre papas y emperadores en la Edad Media tardía. El papado defendió el gran principio espiritual de la libertad e independencia de la Iglesia del control del Estado. Sin embargo, para asegurar esa independencia, los papas querían poner al Estado bajo el control de la Iglesia. Por otro lado, Carlomagno y sus sucesores se consideraban a sí mismos como «reyes sagrados», gobernantes divinamente elegidos de un Imperio cristiano, responsables ante Dios por su bienestar espiritual y secular. Para ellos, el papa era nada más que su principal consejero espiritual. Mientras la Iglesia y el Estado estuvieran unidos y fueran vistos como dos aspectos de una sola sociedad cristiana, la posibilidad de conflicto religioso y político entre el papa y el emperador era muy real.

Nicholas R. Needham
Nicholas R. Needham

El Dr. Nicholas Needham es pastor de la Iglesia Inverness Reformed Baptist Church de Inverness, Escocia, y profesor de historia eclesiástica en el Highland Theological College de Dingwall, Escocia. Es autor de la obra 2,000 Years of Christ’s Power [2000 años del poder de Cristo], compuesta de varios tomos.

Mas siempre ha de existir de Dios el reino eterno

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

Mas siempre ha de existir de Dios el reino eterno

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

al vez uno pudiera argumentar que la historia de la Iglesia consiste en un sinfín de divisiones. Sin embargo, si bien es cierto que la historia está repleta de divisiones eclesiásticas, hay una unidad que trasciende todo el bullicio mundano y la confusión diabólica que rodea a la historia del pueblo de Dios. Esta unidad no es el resultado de concesiones doctrinales ecuménicas, sino todo lo contrario, es una unidad que trasciende todas las herejías debido al hecho de que es una unidad establecida en Dios mismo.

Pues Dios no ve como el hombre ve, y Su narrativa del despliegue del pacto de redención trae unidad a toda la historia: una unidad gobernada por Dios, centrada en Dios y que glorifica a Dios. Así como Dios tiene un propósito para toda la historia, Dios está en toda la historia; de modo que hay una unidad general en toda la historia precisamente porque Dios es soberano sobre todos los acontecimientos de la historia, por derecho y por necesidad.

En la Alemania pagana del siglo VIII, Bonifacio, un monje agustino inglés que predicaba el evangelio, fue martirizado por construir un lugar de adoración cristiana usando la madera de un roble dedicado al dios del trueno. Bonifacio no sobrevivió físicamente las divisiones religiosas y sociales del siglo VIII, pero la verdad de Dios sí sobrevivió.

Ocho siglos después, un monje agustino alemán de la ciudad de Wittenberg llamado Lutero escuchó el mismo evangelio que Bonifacio había predicado. Su mensaje de reforma centrado en el evangelio hizo que ganara el derecho a recibir el título de «hereje» en la bula papal Exsurge Domine, publicada el 15 de junio de 1520 por el papa León X. Fue esa misma bula papal la que Lutero quemó el 10 de diciembre de 1520 junto a la puerta de Elster en Wittenberg, donde hasta el día de hoy permanece un enorme roble que fue dedicado a él en aquel histórico momento. A su tiempo, el mismo evangelio que Lutero proclamó encendió una llama que incendió el mundo, expandiéndose desde Alemania hasta Inglaterra, donde las llamas de la leña ardiente abrasaron los cuerpos de muchos mártires ingleses que predicaban el evangelio. Sus voces, junto con las voces de Bonifacio y Lutero, cantan mientras se postran ante el trono del Dios Altísimo, coram Deo: «Esa Palabra del Señor… Muy firme permanece; Nos pueden despojar; De bienes, nombre, hogar; El cuerpo destruir; Mas siempre ha de existir; De Dios el reino eterno».


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

¿Y si los musulmanes hubieran ganado?

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

¿Y si los musulmanes hubieran ganado?

Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

l 10 de octubre del 732 d. C., unos 80 000 soldados de caballería musulmanes atacaron a 30 000 soldados francos de infantería cerca de Tours, en la actual Francia. Esos musulmanes ya habían conquistado el norte de África y España, y estaban listos para barrer el resto de Europa.

Normalmente, los soldados a pie no son competencia para jinetes con lanzas, especialmente cuando son superados en número. Así que el rey franco, Carlos Martel «El Martillo», colocó a sus hombres en la cima de una empinada colina boscosa, con la esperanza de que tener que atacar cuesta arriba y evitar los árboles por lo menos lograría ralentizar la caballería musulmana. Más importante aún, hizo que sus hombres se agruparan para formar un gran cuadrado, sosteniendo sus escudos para formar un «muro de escudos» y creando un matorral de lanzas para defenderse de los caballos.

Si alguien se separaba del grupo, si alguien huía, si el muro de escudos colapsaba para forzar una retirada dispersa, los jinetes los cortarían fácilmente mientras corrían. Pero durante la batalla, mientras ola tras ola de jinetes se lanzaban contra la formación, el muro de escudos se mantuvo. No solo eso, los francos derrotaron por completo a los invasores, asesinaron al general musulmán e hicieron retroceder a sus fuerzas supervivientes de regreso a los Pirineos.

Experimento mental: ¿Qué hubiera pasado si el muro de escudos se hubiera roto? ¿Qué habría sucedido si los musulmanes hubieran ganado la batalla de Tours? ¿Y si los musulmanes en el siglo VIII se hubieran apoderado de Europa occidental? Si lo hubieran logrado, ¿cómo sería nuestra cultura hoy?

Pensar que seguramente la civilización occidental habría sobrevivido a pesar de una conquista musulmana es algo ingenuo. La cristiandad medieval probablemente no era tan robusta culturalmente como lo era el Imperio bizantino, pero luego de que Constantinopla cayó mucho después a manos de los musulmanes, casi nada sobrevivió a la islamización de esa cultura.

El solo decir que seríamos como Irak o Irán seguramente no sería suficiente. En su vestimenta, arquitectura y tecnología, estos países islámicos muestran una influencia occidental. Cuando los terroristas yihadistas atacan la civilización occidental, están usando bombas, armas y comunicaciones por Internet que la civilización occidental ha creado.

Así que imaginemos cómo sería nuestra cultura si los musulmanes hubieran conquistado Europa, como casi sucedió.

No tendríamos legislaturas, ya que el islam no reconoce la creación de nuevas leyes, pues la sharía del Corán se considera suficiente para todos los tiempos. Esto sería impuesto por un gobernante absoluto, como un emperador o un califa. Hoy en día seríamos esclavos o dueños de esclavos. Los tipos de libertades políticas que damos por sentado hoy no existirían.

El islam no aprueba la representación del arte, solo diseños elaborados para sus mezquitas y tapicería, por lo que no tendríamos mucho patrimonio en las artes visuales y el desarrollo de medios visuales distintivos, como el cine y la televisión, sería poco probable. Tendríamos poca o ninguna música, ya sean composiciones sinfónicas o rocanrol. Los países islámicos suelen tener poesía erótica y religiosa, pero, a pesar de relatos puntuales como Las mil y una noches, probablemente tuviéramos poca ficción. La novela no habría sido inventada. El islam no tiene drama, y sin los dramas bíblicos de la Iglesia primitiva y sin Shakespeare, nosotros tampoco lo tuviéramos.

Podríamos tener algo de ciencia. El antiguo mundo musulmán fue bueno con las matemáticas, pero no hubiera tomado la misma forma. La ciencia probablemente permanecería en el ámbito de lo abstracto y lo teórico, ignorando la forma en que los ingenieros occidentales convirtieron los descubrimientos científicos en tecnología aplicada.

El cristianismo hubiera sobrevivido; Cristo lo ha prometido, sin embargo, la Iglesia fuera marginada y restringida. La tolerancia islámica significa que a los cristianos se les permitiría permanecer en sus pequeños grupos y propagar su fe dentro de sus familias existentes, siempre y cuando muestren respeto por el islam. Pero ¡ay de ti si intentas evangelizar a un musulmán! Nuestras iglesias serían pequeños enclaves, como con los asirios en Irak o los coptos en Egipto. El cristianismo existiría, pero los musulmanes controlarían la cultura.

El Corán busca establecer, y fijar permanentemente, las leyes de Alá. La sharía no cambia, por lo que la cultura que gobierna no cambiará, especialmente si escapa a las contingencias de la historia al convertirse en universal.

El cristianismo enseña que las instituciones humanas deben ser juzgadas de acuerdo con la trascendente ley moral de Dios. Por lo tanto, tenemos la costumbre de criticar a nuestros gobernantes y a nuestras instituciones cuando no están a la altura de esta ley. Y como el cristianismo enseña que vivimos en un mundo caído, sabemos que nunca lo hacen. Y como este mundo no es absoluto sino dependiente, temporal, aceptamos y a veces incluso causamos un cambio cultural.

En resumen, si no fuera por ese soldado franco que se negó a correr cuando los caballos musulmanes se lanzaron sobre él, todavía estaríamos, en términos prácticos, en el siglo VIII.

Pensar cuál hubiera sido la influencia cultural del islam muestra la influencia cultural del cristianismo en alto relieve. El cristianismo directamente moldeó o permitió que existiera lo que ahora conocemos como civilización occidental.

El muro de escudos que se mantuvo es un ejemplo del reinado providencial de Dios sobre la historia.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gene Edward Veith
Gene Edward Veith

El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

El estado de gloria

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Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Por Sinclair B. Ferguson

El estado de gloria

Nota del editor: Este es el quinto y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk MagazineEl cuádruple estado de la humanidad

ace ya mucho tiempo, mientras entrenaba en un campo de práctica de golf, un hombre un tanto mayor que yo me ofreció su moderno palo vanguardista de última tecnología, que tenía una gran cabeza. «Prueba este, hijo», me dijo. Y me insistió. Dejé a un lado mi viejo palo de cabeza de madera (lo había comprado usado por £5) y probé su versión ultramoderna de cabeza de metal. La bola salió disparada y aún se mantenía en el aire cuando pasó sobre mis intentos anteriores. De pronto, el golf pareció más fácil, y mi golpe, mucho más poderoso.

No podía creerlo. Tampoco podía costear mi propio palo de última tecnología. Sin embargo, pensé que así es como debe ser la resurrección del cuerpo en el estado de gloria. Ya no será más débil, sino poderoso; la obediencia ya no será una batalla contra el mundo, la carne y el diablo, sino algo natural, al ritmo afable y alegre de un mundo libre del pecado. Si puedo disfrutar de esta nueva tecnología en un palo de golf, qué maravilloso será vivir en el pleno resplandor de la presencia de Dios.

Aunque era escocés, no existe ningún registro de que Thomas Boston (1676-1732), el autor del libro Human Nature in Its Fourfold State [La naturaleza humana en su cuádruple estado], haya jugado golf. No obstante, tuvo razones más importantes para reflexionar en la vida libre de pecado y enfermedades, y en la felicidad perfecta que traerá el estado de gloria. Durante los años en que Boston trabajó en los sermones y luego en el manuscrito que se convirtió en dicho libro, su amada esposa Catherine padeció una enfermedad invalidante y angustiosa, y la muerte infantil entró en su hogar. Por eso, la expectativa de la gloria por venir fue una realidad que lo sostuvo en medio de las pruebas y a la vez una motivación para vivir por su Señor Jesús a la luz de esa esperanza.

El conocimiento del estado de gloria no hará menos por nosotros. Pero, ¿qué podemos decir al respecto? Las Escrituras tienen mucho que decir sobre el estado de gloria. Algunas de sus enseñanzas pueden resumirse, quizá apropiadamente, bajo siete encabezados.

PROMETIDO POR LA PALABRA DE DIOS

Piensa en esto: no sabríamos nada del estado de gloria si no fuera por la Palabra de Dios y Sus promesas. Dios no necesitaba decirnos nada; después de todo, pudo haberse guardado todo como una sorpresa futura.

No obstante, nuestro Padre celestial es demasiado bondadoso como para negarles a Sus hijos la esperanza en un mundo de desesperación o la luz en un mundo de tinieblas. En Su gracia, nos ha dicho mucho, aunque no todo (no podríamos entender todo), sobre el mundo futuro. Entonces, «según Su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia» (2 Pe 3:13). Pedro nos dice que este conocimiento debería tener un impacto transformador en nuestras vidas (v. 17).

Pero ¿qué es exactamente lo que se promete?

El punto de los contrastes entre este mundo y el siguiente es simplemente estimularnos a ver cuánto más maravilloso que el presente es el futuro que aguarda al cristiano.

EN CONTRASTE CON LA VIDA PRESENTE

Una de las formas en que aprendemos es contrastando lo que ya sabemos con lo que aún necesitamos descubrir. La Escritura emplea este método en referencia a la resurrección. Nuestros cuerpos son como semillas que se siembran en la tierra. Perecen, pero luego emergen como flores gloriosas.

Nosotros también morimos y somos «sembrados» en el suelo. Pareciera que en los momentos finales de la vida está escrita la palabra «fin». Como observó el filósofo Thomas Hobbes, la vida puede ser «repugnante, brutal y corta». Por naturaleza estamos «sin esperanza», y cuando se acerca la muerte que todo lo conquista, la evidencia parece confirmar esa realidad. Sin embargo, señala Pablo, así como la semilla que cae en el suelo se desintegra y «muere» solo para «resucitar» otra vez como una hermosa flor, lo mismo ocurre con nuestros cuerpos:

Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita un cuerpo incorruptible; se siembra en deshonra, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, se resucita un cuerpo espiritual… Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad (1 Co 15:42-4453).

Piensa en eso: tendremos un cuerpo imperecedero, glorioso, poderoso, espiritual e inmortal.

Pero eso no es todo, Pablo también contrasta la vida que termina en la muerte con la muerte que termina en la vida. Aquí experimentamos aflicción; allí, gloria. Aquí todo es temporal; allí todo es eterno. Lo que aquí parece pesado allí parecerá «ligero» y lo que hay allí parecerá un «peso». Aquí este mundo parece sustancial y lo que «no se ve» parece insustancial, pero allí la realidad será precisamente lo opuesto.

¿Cuál es el punto de estos contrastes? Simplemente estimularnos a ver cuánto más maravilloso que el presente es el futuro que aguarda al cristiano.

LA CONSUMACIÓN DE LOS PROPÓSITOS YA HA COMENZADO

Aun así, también existe continuidad entre el «ahora» y el «todavía no», pues con la resurrección de Cristo el futuro ya ha comenzado en nuestra historia. Él es «primicias de los que durmieron» (1 Co 15:20). Su resurrección garantiza la nuestra, así como las primicias garantizan la cosecha final.

¿Cómo así? Debido a nuestra unión con Cristo, como notó Agustín, nuestro Señor se considera a Sí mismo incompleto sin nosotros. Entonces, cuando Él resucitó de los muertos, nosotros resucitamos en Él; cuando fuimos unidos al Salvador resucitado mediante la fe, fuimos ligados al Resucitado de manera tal que es imposible que no volvamos a resucitar un día. De hecho, tan indestructible es esta unión que el día «cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria» (Col 3:4).

En un cierto sentido, ya nos ha sido dada «vida juntamente con Cristo… y con Él nos resucitó» (Ef 2:5-6). La vida del futuro ya ha echado raíces en nosotros. Aunque aún residimos en un mundo moribundo, ya hemos muerto (al pecado) y hemos sido resucitados a novedad de vida (Rom 6:1-4). Ya no estamos bajo el dominio del pecado, de su culpa ni del poder de Satanás. La libertad de la gracia ya es nuestra, aunque todavía no gozamos de la plena «libertad de la gloria» (8:21). Sin embargo, estamos seguros de que Dios le dará los retoques finales a la buena obra que comenzó en nosotros (Flp 1:6). El mundo por venir nos parecerá asombrosamente nuevo, pero algo de él nos parecerá vagamente familiar.

El estándar para el juicio será Su vida vivida en nuestra naturaleza humana.

SECUELAS DEL JUICIO FINAL

«Está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio» (Heb 9:27). No todas las cosas se resuelven en esta vida: los impíos prosperan a menudo, los rectos con frecuencia incluso sufren martirio. No solo es cierto (como comenta Hamlet, el personaje de Shakespeare) que «el tiempo está fuera de quicio»: el mundo entero está fuera de quicio.

La justicia final no prevalece en este mundo. Pero en el día que dará paso al estado de gloria, todos los males se rectificarán. Todas las personas serán evaluadas: «Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo» (2 Co 5:10).

El «todos» que Pablo usa aquí significa «todos». Como escribiera el joven Robert Murray M’Cheyne (cuando estaba cerca de experimentar por sí mismo esa realidad): «Mientras caminaba por los campos, me vino el pensamiento, casi con poder apabullante, de que cada miembro de mi rebaño pronto estará en el cielo o en el infierno».

En aquel día, se verá la justicia perfecta de Dios, pues todos serán juzgados «conforme a sus obras» e incluso los secretos serán juzgados «mediante Cristo Jesús» (Rom 2:616). El estándar para el juicio será Su vida vivida en nuestra naturaleza humana.

No habrá excusas. Si estamos sin Cristo y sin el vestido de bodas que Él nos da para cubrirnos en Su justicia, seremos excomulgados a las tinieblas de afuera de las que nuestro Señor dio repetidas advertencias a lo largo de Su ministerio (Mt 8:1222:1325:30). Luego de amar más las tinieblas que la luz (Jn 3:19), luego de rebelarse contra Dios y de haber insistido en decir: «Hágase mi voluntad así en la tierra como en el cielo», los incrédulos oirán las palabras más terribles del universo ―«Hágase Tu voluntad»― y las tinieblas «de afuera» serán su destino.

Pero ¿y qué del creyente? ¿Cómo es posible que el hecho de que seamos juzgados «conforme a nuestras obras» derive en el estado de gloria? Es posible porque el Señor siempre juzga a los justificados conforme a su «obra de fe, [su] trabajo de amor y la firmeza de [su] esperanza en nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes 1:3). Al que ha sido fiel en lo poco no solo se le dará «más», sino «mucho». El siervo que produjo cinco minas (un poco más de un año de salario) a partir de una fue puesto sobre cinco ciudades. El juicio de su señor fue en proporción a la fidelidad del siervo (cinco por cinco), pero la recompensa desproporcionada vino de la abundante gracia de su señor (Lc 19:18-19).

Lo mismo ocurrirá en el estado de gloria. Lo que ahora está oculto será revelado. De seguro habrá sorpresas.

En este mundo, a veces nos encontramos con viejos amigos a los que no hemos visto en décadas, y mentalmente tenemos que estirar sus arrugas o volver a ponerles pelo en la cabeza para poder reconocerlos. Sin embargo, en ese mundo, bien puede ser que las primeras palabras que nos digamos sean: «¡Vaya, así es como en verdad eras!» (ver 1 Jn 3:1-2). La verdad oculta de lo que Dios nos ha hecho por fin será visible para todos. Este juicio de nuestras obras también será en conformidad a la gracia de Cristo, en quien hemos sido justificados y santificados.

LA REGENERACIÓN DE TODAS LAS COSAS

En la actualidad, no vemos que todo esté puesto bajo los pies de Jesús (Heb 2:5-9), pero cuando Él vuelva, subyugará todo lo que es malo y consumará lo que inauguró en Su resurrección. Esta es Su obra como el segundo hombre y el postrer Adán, el Verdadero Hortelano (Gn 1:28).

No toda la tierra era un huerto; Adán, Eva y su posteridad tenían que convertirla en uno. A lo mejor María no estaba tan equivocada «pensando que era el hortelano» (Jn 20:15).

De esta manera, Cristo llevará a cabo la renovación de este mundo caído en lo que Él llamó la palingenesis de todas las cosas (Mt 19:28, la única ocurrencia de la palabra «regeneración» en los evangelios). No es de sorprender que la Nueva Jerusalén esté inmersa en el nuevo huerto del Edén (Ap 22:1-5) y que las puertas que permiten el ingreso a ella nunca se cierren de día y que no haya noche allí.

Todo esto vendrá como resultado de una limpieza apocalíptica (1 Pe 3:10). Por ese día, cuando la verdadera identidad de los hijos de Dios será revelada en plenitud, toda la creación gime como mujer de parto. De hecho (como escribe J. B. Phillips al captar brillantemente un matiz del griego de Pablo): «Toda la creación está de puntillas para ver la maravillosa imagen de los hijos de Dios siendo lo que son» (Rom 8:19). Qué gran día será ese.

CRISTO EN EL CENTRO

En el estado de gloria, veremos a nuestro Salvador. «Ahora vemos por un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, como he sido conocido» (1 Co 13:12). ¡Una reunión cara a cara con el Señor Jesús! ¡Verlo como Él es! ¡Ser semejantes a Él (1 Jn 3:2)! ¡Transformados al nivel final de gloria (2 Co 3:18)!

Sin embargo, precisamente porque estaremos libres del pecado, no nos veremos consumidos por un interés en nuestra propia santificación perfecta. Tampoco reaccionaremos admirándonos los unos a los otros. No. Solo tendremos ojos para Uno: el León de la tribu de Judá, el Cordero inmolado pero ahora resucitado y puesto en Su posición legítima en el centro del trono de Dios (Ap 5:1-14).

Recuerdo que, cuando era adolescente, una noche soñé que moría y era recibido «al otro lado» por amigos que se acercaban para darme la bienvenida con los brazos abiertos. Vi que los apartaba a empujones y oí salir estas palabras de mis labios: «¡Déjenme ir a Jesús! ¡Déjenme ver a Jesús!». Ese es nuestro destino, pues en verdad:

La novia, su vestido
Allí no mirará,
Sino de su Esposo
La muy hermosa faz;
Ni gloria, ni corona,
Sino a mi amado Rey
Veré en la muy gloriosa
Tierra de Emanuel.

DIOS SERÁ TODO EN TODOS

En un pasaje notable, Pablo nos pasea por el «orden» divino de los «días» (1 Co 15:23) de la inauguración de este estado de gracia (vv. 20-28):

  • El día de la resurrección de Cristo, cuando todo comenzó (vv. 22-23a).
  • El día de nuestra resurrección, cuando se inaugurará su consumación (v. 23b).
  • El día de la destrucción, cuando los enemigos de Cristo y de nosotros serán vencidos (vv. 24-25).
  • El día de la victoria, cuando incluso el último enemigo, la muerte, será destruido (vv. 26-27).
  • El día de la consumación, cuando Dios será todo en todos (vv. 24, 28).

Ese día de la consumación, el segundo hombre llevará a una creación restaurada y a un pueblo redimido y resucitado a la presencia de Su Padre. Allí, como el postrer Adán, le presentará ese mundo, perfeccionado como resultado de Su obediencia hasta la muerte y de Su resurrección a novedad de vida. La obra que el Padre planificó y el Hijo realizó en nuestro lugar por el Espíritu estará completa.

Pablo aquí no está pensando en una subordinación dentro de la Trinidad eterna, sino en la sumisión legítima hecha por nosotros y con nosotros por parte de Su Hijo como Mediador, como nuestro representante, en nuestra carne y sangre humanas. Entonces, quizá, las palabras que pronunció en la cruz del Calvario ―«¡Consumado es!»― volverán a oírse.

¿Qué descendiente de la primera pareja que ha experimentado el estado de naturaleza, que ha probado la amargura del estado de pecado y que ahora ha sido introducido al estado de gracia no anhela el día cuando se dé paso al estado de gloria? Es que entonces la oración que nuestro Salvador hizo por nosotros será respondida a cabalidad: «Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo donde Yo estoy, para que vean Mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo» (Jn 17:24).

Robert M’Cheyne tenía razón. Será solo

Cuando el mundo pase ya,
Cuando el sol no brille más,
Con Jesús en gloria estemos
Y nuestra vida observemos,
Mi Señor, recién allí
Pesaré mi deuda a Ti.

«Amén. Ven, Señor Jesús» (Ap 22:20).


Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

El estado de gracia

Ministerios Ligonier

Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Por Cornelis P. Venema

El estado de gracia

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk MagazineEl cuádruple estado de la humanidad

unque no es muy probable que los lectores de la revista Tabletalk saquen su teología de las calcomanías para autos, sin duda algunos de ustedes habrán visto una que dice: «¡No soy perfecto, solo perdonado!». Si bien esta calcomanía pretende encapsular la verdad respecto a nuestro estado como pecadores salvados por el perdón de Dios en Cristo que nos llega por gracia, en realidad no logra su objetivo.

Sin duda, los cristianos no son perfectos. No obstante, esa no es toda la historia respecto a lo que la gracia salvadora de Dios en Cristo les otorga en esta vida. La frase pone de relieve una de las principales bendiciones de la obra salvadora de Cristo: el perdón. Pero, deja sin mencionar muchas bendiciones inherentes que también les son impartidas a los creyentes que están unidos a Cristo por medio de la fe. Cuando Cristo, por Su Espíritu y Su Palabra, imparte las múltiples bendiciones de Su obra salvadora como Mediador, estas bendiciones no solo incluyen el perdón, sino también la liberación del dominio del pecado y la renovación mediante el poder santificador de Su Espíritu.

Siguiendo el lenguaje del libro Human Nature in its Fourfold State [La naturaleza humana en su cuádruple estado], escrito por el gran puritano escocés Thomas Boston, cuando Dios salva a los pecadores perdidos mediante la obra de Cristo y el ministerio del Espíritu, no los deja impotentes ante la tiranía del diablo, de su propia carne pecaminosa y del mundo bajo el dominio del pecado. Los saca de su estado de perdición en Adán y los introduce a su nuevo estado de gracia en Cristo. Si bien todos los pecadores caídos son incapaces de no pecar (non posse non peccare), los pecadores redimidos sí son capaces de no pecar (posse non peccare). Los creyentes son capacitados por gracia mediante el Espíritu de Cristo para comenzar a conformarse a la voluntad de Dios en verdadero conocimiento, justicia y santidad. Este comienzo puede ser «pequeño», pero es un comienzo de «obediencia perfecta», como bien lo expresa el Catecismo de Heidelberg. Los creyentes en unión con Cristo fueron sellados «con el Espíritu Santo de la promesa», quien garantiza su herencia hasta que tomen completa posesión de ella (Ef 1:13-14). Experimentan los albores de la vida eterna en comunión con Dios y estos albores son una especie de primicias de la plenitud de vida que gozarán en los nuevos cielos y la nueva tierra.

LA UNIÓN CON CRISTO Y EL ORDEN DE LA SALVACIÓN

Para poder apreciar las riquezas de las bendiciones espirituales otorgadas a los creyentes en el estado de gracia, debemos recordar que Cristo imparte estos beneficios a través del ministerio del Espíritu Santo y la Palabra de Dios. Juan Calvino usa una frase encantadora para capturar la relación entre lo que Cristo ha obtenido para Su pueblo y la forma en que el Espíritu obra para unirlos a Cristo de modo que puedan participar en todos los beneficios de Su obra salvadora. El Espíritu Santo, dice Calvino, es el «ministro de la liberalidad de Cristo». Mediante el Espíritu, Cristo otorga libre y generosamente a Su pueblo las bendiciones que ha obtenido para ellos. Tan íntima es la relación entre el Espíritu y Cristo que el apóstol Pablo puede decir que «el Señor es el Espíritu» (2 Co 3:17) o que Él fue hecho «espíritu que da vida» (1 Co 15:45). Como lo expresa Calvino, el Espíritu es el «vínculo de comunión» entre Cristo y Su novia elegida. Él les comunica a los creyentes las riquezas de su herencia en Cristo.

En discusiones recientes en torno a la salvación mediante la unión con Cristo, se ha dicho mucho con respecto a la cuestión de cómo se relaciona esta unión con las bendiciones espirituales que se enumeran en lo que ha sido denominado el orden de la salvación (ordo salutis) en el estado de gracia. Estas discusiones a ratos han generado más calor que luz. Sin embargo, por lo general hay consenso en que el orden de la salvación ofrece un relato bíblico de todas las bendiciones espirituales otorgadas a los creyentes que están unidos a Cristo. A través del ministerio del Espíritu y la Palabra de Dios, los creyentes son llevados a la comunión con Cristo y comienzan a disfrutar de las bendiciones espirituales que son suyas en Él. El orden de la salvación busca proporcionar un relato bíblico de estas bendiciones como aspectos diferentes pero a la vez inseparables de la excepcional y gran obra del Espíritu en la salvación de los pecadores.

Quizás el testimonio bíblico más claro referente a los rudimentos del orden de la salvación es Romanos 8:29-30. En este pasaje, hallamos lo que a menudo se denomina la cadena de oro de la salvación:

Porque a los que [Dios] de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también llamó; y a los que llamó, a esos también justificó; y a los que justificó, a esos también glorificó.

Este pasaje es importante, no porque ofrece un orden completo de la salvación, sino porque nos provee un relato claro de la manera en que el propósito elector de Dios en gracia está ligado al llamamiento eficaz del evangelio, que lleva a los pecadores perdidos a Cristo por la senda de la fe y el arrepentimiento, les otorga la bendición de la justificación y asegura la glorificación del creyente. Cuando se observa en conjunto con otros testimonios escriturales sobre la obra de la gracia de Dios en la salvación de los elegidos, este pasaje es una piedra angular para formular el orden de la salvación de una manera más completa.

Puede ser útil distinguir tres grupos de beneficios que son otorgados mediante el ministerio del Espíritu cuando lleva a los creyentes a la comunión salvadora con Cristo. El primer grupo de beneficios describe la manera en que, normalmente, el Espíritu lleva a los elegidos a la unión con Cristo mediante el llamamiento eficaz, la regeneración y la conversión (la fe y el arrepentimiento). El segundo grupo de beneficios describe el nuevo estatus que los creyentes reciben en unión con Cristo, es decir, la justificación y la adopción. Por último, el tercer grupo de beneficios describe la nueva condición otorgada a los creyentes en unión con Cristo, es decir, su santificación y renovación en conformidad a la imagen de Cristo, que al final culmina en la glorificación. En consecuencia, la representación del orden de la salvación, que es efectuada mediante la unión con Cristo producida por el Espíritu, comúnmente incluye los siguientes aspectos: el llamamiento eficaz, la regeneración, la conversión (la fe y el arrepentimiento), la justificación, la adopción, la santificación, la perseverancia y la glorificación. Algunas de estas bendiciones son inconfundible y definitivamente obra de Dios (el llamamiento eficaz y la regeneración). Otras son acciones que Dios obra en los creyentes, pero que a la vez son propias de ellos (la fe y el arrepentimiento, la santificación y la perseverancia). Algunas se centran en actos judiciales de Dios que tienen relación con el estado del creyente ante Él (la justificación y la adopción). Otras son bendiciones transformadoras o renovadoras que renuevan progresivamente a los creyentes en santidad y conformidad a la imagen de Cristo (la santificación y la perseverancia). Todas ellas son propias del estado de gracia al que son llevados los pecadores perdidos según el propósito salvador de Dios.

EL LLAMAMIENTO EFICAZ, LA REGENERACIÓN Y LA CONVERSIÓN

La aplicación de la obra salvadora de Cristo por parte del Espíritu Santo comienza con el llamamiento eficaz y la regeneración. Por la Palabra del evangelio, el Espíritu lleva a las personas que Dios escoge a la comunión con Cristo. El Espíritu acompaña la proclamación del evangelio convenciéndonos de nuestro pecado y de nuestra miseria, iluminando nuestras mentes en el conocimiento de Cristo, y renovando nuestras voluntades (Catecismo Menor de Westminster, 31). Cuando el llamado del evangelio va acompañado del Espíritu vivificador de Cristo, los elegidos son persuadidos, capacitados y llevados a responder a la Palabra con fe y arrepentimiento. Por esta razón, el apóstol Pablo habla del llamamiento eficaz del evangelio como una «demostración del Espíritu y de poder» para que nuestra fe «no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Co 2:4-5). Sin la obra del Espíritu en la regeneración o el nuevo nacimiento, la Palabra por sí sola es incapaz de producir fe y arrepentimiento en los que son llamados a creer en Cristo y volverse de sus pecados. A menos que el Espíritu regenere u otorgue el nuevo nacimiento a los que son llamados por el evangelio, los pecadores perdidos permanecerán muertos en sus delitos y pecados, incapaces e indispuestos a cumplir las demandas del llamado del evangelio. Como Jesús anuncia en Su discurso sobre el nuevo nacimiento, nadie puede «ver» ni «entrar» en el Reino de Dios sin la obra del Espíritu (Jn 3:3-5). El nuevo nacimiento es, por completo, la obra del Espíritu. No producimos nuestro nuevo nacimiento en el plano espiritual más de lo que producimos nuestro nacimiento en el plano natural. «Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (3:6). Fuera de la obra del Espíritu en la regeneración, el estado de los pecadores caídos queda bien encapsulado en el dicho: «No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír». No obstante, en virtud de la obra del Espíritu en la regeneración, los ciegos pueden ver la gloria de Cristo y los ciegos pueden oír la Palabra hablada en el poder del Espíritu (1 Co 2:132 Co 4:6).

Considerada en su sentido más preciso, la regeneración por el Espíritu puede distinguirse del llamamiento eficaz. En tal sentido, la regeneración se refiere a un acto inefable del Espíritu mediante el cual los pecadores espiritualmente muertos reciben la capacidad de escuchar la Palabra, saber y entender lo que proclama y estar dispuestos a abrazar lo que promete. Sin embargo, como el Espíritu ordinariamente obra con la Palabra, el llamamiento eficaz y la regeneración, aunque son diferentes, no deben separarse. El curso ordinario es que el Espíritu otorgue el nuevo nacimiento mediante el instrumento de la Palabra del evangelio, que es denominada la «simiente de la regeneración» en 1 Pedro 1:23. Mediante el uso que el Espíritu hace de la Palabra de verdad, los pecadores perdidos son nacidos de Dios como una suerte de «primicias de sus criaturas» (Stg 1:18). Cuando la regeneración va ligada a la obra del Espíritu por el ministerio de la Palabra, es virtualmente sinónima al llamamiento eficaz. En su sentido más amplio, la regeneración incluso puede entenderse como algo que incluye la conversión y todos los frutos del ministerio del Espíritu en el estado de gracia. Dichos frutos incluyen la fe y el arrepentimiento, la renovación a la imagen de Cristo, la santificación y la glorificación.

Cuando los pecadores perdidos son eficazmente llamados y convertidos por el ministerio del Espíritu y la Palabra, responden al llamado del evangelio con fe y arrepentimiento. La fe y el arrepentimiento son gracias evangélicas diferentes pero inseparables que el Espíritu nos otorga a los pecadores perdidos a través del ministerio del evangelio (Hch 11:1813:48). La fe verdadera y salvadora consiste en el conocimiento, la convicción y la confianza de que el testimonio de la Palabra de Dios es verídico, en especial la promesa de que Cristo puede salvar «para siempre» a todos los que acuden a Él en fe (Heb 7:25). El arrepentimiento es, a la vez, un dolor profundo por el pecado y un gozo profundo en Dios por medio de Cristo. Cuando los creyentes se arrepienten, se vuelven del pecado a Dios, mortificando su carne pecaminosa y experimentando la vida en su nuevo hombre en Cristo. En lugar de continuar en el sendero del pecado y la desobediencia, comienzan a hacer buenas obras nacidas de la fe verdadera para la gloria de Dios y en conformidad al estándar de Su santa ley. Al igual que la fe, el arrepentimiento no es un mero acto que ocurre al comienzo de la vida del cristiano en el estado de gracia. Toda la vida cristiana, de principio a fin, es un alejamiento continuo o diario del pecado en dirección a Cristo. Durante el curso del peregrinaje del cristiano, la fe necesita ser nutrida y cultivada a través de los medios ordinarios de la gracia (la Palabra, los sacramentos y la oración). De igual forma, la vida del cristiano requiere volverse cada día del pecado a Dios en nueva obediencia.

LA JUSTIFICACIÓN Y LA ADOPCIÓN: UN NUEVO ESTATUS

Cuando los creyentes son llevados a la unión con Cristo mediante la fe, gozan de dos beneficios por gracia que reflejan su nuevo estatus ante Dios. En su estado natural, los pecadores caídos están expuestos a la justa sentencia divina de la condenación y la muerte. En el estado de gracia, los creyentes ya no están bajo la condenación de la ley ni tampoco obligados a hallar el favor de Dios haciendo lo que la ley requiere. Más bien, gozan de la gracia de la justificación gratuita. La justificación es el veredicto en que Dios declara por Su gracia que los que están en Cristo por medio de la fe son justos ante Él y tienen derecho a la vida eterna. Dios declara a los creyentes justos en Cristo otorgándoles e imputándoles Su obediencia, Su rectitud y la satisfacción de la justicia divina. Cuando los creyentes reciben la justicia de Cristo a través de la sola fe, gozan de la gracia de la aceptación gratuita de Dios. Además, en virtud del acto divino de adopción en Cristo por gracia, también gozan de todos los derechos y privilegios propios de los que son Sus hijos. Reciben un «espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Rom 8:15Gal 4:5-6). Las gracias de la justificación y la adopción gratuitas les permiten a los creyentes vivir en el gozo, la paz y la confianza de que son aceptados en el favor divino y tienen todos los derechos de los hijos adoptados.

LA SANTIFICACIÓN Y LA PERSEVERANCIA: UNA NUEVA CONDICIÓN

Mediante el Espíritu y la Palabra, los creyentes también disfrutan las bendiciones de la santificación y la perseverancia en unión con Cristo. El propósito de la redención del creyente es la conformidad perfecta a Cristo (Rom 8:29). Aunque este objetivo no puede alcanzarse en esta vida, el Espíritu de Cristo comienza a renovar a los creyentes en la senda de la obediencia. El apóstol Pablo nos presenta una descripción impactante de esta obra del Espíritu en Romanos 8:9-11: «Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de Su Espíritu que habita en vosotros» (cp. Gal 5:16-26). La bendición de la santificación libra de su antigua esclavitud al pecado a los que están en el estado de gracia y los posiciona en Cristo para que vivan según la «exigencia justa de la ley» (Rom 8:4, NTV, ver 6:15-23). Aunque el estado de gracia nunca es uno de perfección ni de ausencia de pecado en esta vida, sí constituye la inauguración de la vida de la nueva creación que culmina en el estado de glorificación. En este aspecto, el estado de gracia sobrepasa al estado de inocencia del que gozó la raza humana en Adán antes de la caída. Mientras el estado de inocencia era mutable y susceptible a ser perdido por la desobediencia, el estado de gracia viene con la garantía de vida inmutable e inquebrantable en comunión con Dios. En el estado de gracia, los creyentes tienen al Espíritu habitando en ellos, que es prenda y garantía de su herencia completa en Cristo (Jn 14:16-172 Co 5:5).

Dos consecuencias fluyen de lo que las Escrituras enseñan sobre el estado presente de los creyentes en unión con Cristo mediante la obra del Espíritu. En primer lugar, los creyentes son impulsados a repetir las palabras del apóstol Pablo en Filipenses 3:12-14:

No que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello [conocer a Cristo y el poder de Su resurrección] para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. […] Yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Y en segundo lugar, estas enseñanzas motivan a los creyentes a darles todos los usos posibles a los medios de gracia ―el ministerio de la Palabra por parte de la Iglesia, los sacramentos y la oración― a fin de crecer en la gracia y recibir lo que Cristo les otorga por gracia mediante Su Espíritu.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Cornelis P. Venema
Cornelis P. Venema

El Dr. Cornelis P. Venema es presidente y profesor de estudios doctrinales en Mid-America Reformed Seminary en Dyer, Indiana. Es autor de numerosos libros y coeditor del Mid-America Journal of Theology.

El estado de naturaleza

Ministerios Ligonier

Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Por William VanDoodewaard

El estado de naturaleza

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk MagazineEl cuádruple estado de la humanidad

a vida en el Edén era maravillosa. Nuestros primeros padres experimentaron la vitalidad completa en lo mejor de una creación prístina y hermosa. Era un mundo sin sufrimiento ni muerte. Todo era muy bueno, y, en el centro de todo, Adán y Eva disfrutaban de una comunión perfecta con Dios y entre ellos en su estado de inocencia.

Luego del gozo del matrimonio de Adán y Eva en Génesis 2, la serpiente, que «era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho» (Gn 3:1), apareció en el Edén. Sabemos por otros pasajes de la Escritura que Dios, quien es soberano sobre todo en santidad perfecta, no es ni puede ser el autor del mal (Dt 32:4Job 34:10Is 6:3). Génesis no revela la razón por la que Dios permitió a Satanás rebelarse, calumniar y engañar, ni tampoco está revelado plenamente por qué Dios se propuso que el hombre pudiera pecar contra Él. Pero, como en el caso del libro de Job, sí se nos revela lo que necesitamos saber. Los eventos de Génesis 3 son acordes al consejo de la santa voluntad de Dios, y, en última instancia, sirven para revelar Su gloria y cooperan para el bien de Su pueblo.

Luego de haber caído de la gloria angelical en su propia rebelión, Satanás entabló una conversación con Eva en el Edén. Usando el engaño y la calumnia, tentó a Eva a que probara el fruto del único árbol que Dios había prohibido: «¿Conque Dios os ha dicho: “No comeréis de ningún árbol del huerto”?… Ciertamente no moriréis. Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal» (Gn 3:14-5).

Eva interiorizó la tentación externa de Satanás, dando espacio en su corazón y en su mente a la narrativa de la serpiente, pasando de la atracción al deseo de actuar. Y a pesar de esto, el pecado de Eva no fue el más importante: Adán estaba allí a su lado (v. 6). El apóstol Pablo nos dice que «el pecado entró en el mundo por un hombre» (Rom 5:12). Dios había creado primero a Adán y le ordenó personalmente que no comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:17). Adán era el esposo y la cabeza federal de Eva; él representaba a Eva y a todos los hijos que ellos tendrían delante de Dios. Si bien Eva también estaba consciente de la prohibición de Dios respecto a comer del árbol, Adán sabía en todo momento que las palabras de Satanás eran mentira. Él no fue engañado (1 Tim 2:14), aunque Eva sí lo fue. Adán sabía que ella estaba siendo engañada, pero permaneció en silencio. En lugar de reprender y rechazar la tentación externa, tanto Adán como Eva eligieron libremente interiorizarla y aprobarla. Este fue el comienzo de su pecado, que precedió al acto de tomar el fruto y comerlo: «Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer… y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió» (Gn 3:6). El deseo pecaminoso dio a luz al acto pecaminoso cuando Adán y Eva fueron «llevados y seducidos» por sus propios deseos (Stg 1:14).

Dios ha incluido en la Biblia el relato de nuestra caída en Adán no solo para que tengamos claridad al vernos a nosotros mismos, sino también para nuestra vida y adoración en Él. 

Cuando Adán y Eva pecaron, ocurrió un cambio masivo. Dios los había creado con «conocimiento, justicia y verdadera santidad, según su propia imagen. Ellos tenían la ley de Dios escrita en sus corazones y el poder para cumplirla… sin embargo, con la posibilidad de transgredirla, siendo dejados a la libertad de su propia voluntad» (Confesión de Fe de Westminster 4.2). Tenían la capacidad tanto de no pecar como de pecar (posse non peccare et posse peccare). Pero ahora sucedió aquello de lo que Dios les había advertido amorosamente: «En el día que de él comas, ciertamente morirás» (Gn 2:17). Adán y Eva comenzarían a morir físicamente, encontrándose ahora expuestos a la enfermedad, los accidentes y a la muerte inevitable. Sin embargo, también murieron espiritualmente, cayendo a un estado de ser incapaces de no pecar (non posse non peccare). El pecado, la culpa y la incapacidad de no pecar se convirtieron en realidades determinantes de su estado de existencia. La Confesión de Fe de Westminster lo expresa de esta manera: «Por este pecado cayeron de su rectitud original y de su comunión con Dios, y de esta manera quedaron muertos en el pecado, y totalmente contaminados en todas las partes y facultades del alma y del cuerpo» (6:2). En ese momento, pasaron de la maravillosa luz y comunión con Dios a la muerte espiritual, las tinieblas y la separación de Él.

El cambio de Adán y Eva fue dramático. La ley de Dios escrita en sus corazones ya no era su gozo y sabiduría, sino su condenación. Luego de comer del fruto, los marcó de inmediato un sentido de vergüenza, culpa, y exposición, tanto entre ellos como ante Dios. «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos» (Gn 3:7). Su instinto inmediato como pecadores fue tratar de cubrir su vergüenza con hojas de higuera, escondiéndose entre los árboles del jardín en un intento inútil de evitar la presencia de Dios. Tenían miedo de Él, así que buscaron la oscuridad en lugar de la luz. Cuando fueron llamados a rendir cuentas, tanto Adán como Eva rehusaron responder honestamente las preguntas del Señor. «Con injusticia [restringieron] la verdad… Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido» (Rom 1:1821). Adán culpó a Eva; Eva culpó a la serpiente. Su integridad anterior en conocimiento, justicia y santidad desapareció. Aunque la imagen de Dios permaneció en ellos, ahora estaba distorsionada y desfigurada por el pecado.

La vida de Adán y Eva en el jardín antes de la caída existía en el contexto del pacto de vida (también conocido como pacto de obras) realizado con ellos. Los teólogos consideran que dicho pacto fue establecido en la creación de Adán y Eva a la imagen de Dios y fue expresado tanto de forma positiva en la bendición y el llamado a ser fructíferos, multiplicarse y ejercer dominio (Gn 1:28-30) como en la provisión de todo árbol del jardín para sustento junto con la prohibición de comer del árbol del conocimiento del bien y el mal (Gn 2:16-17). La Escritura deja claro que este pacto de vida fue realizado específicamente con Adán como el representante federal de toda la humanidad. Pablo habla de esto en Romanos 5, donde describe a Adán como el hombre por medio del cual el pecado, con la consecuencia de la muerte, entró al mundo «a todos los hombres» (Rom 5:12). Primera a los Corintios 15 hace eco de esto al comparar al primer hombre, «Adán [en quien] todos mueren», con Cristo (1 Co 15:2245-49).

Mientras el Nuevo Testamento nos habla de la posición de Adán como cabeza pactual, cuando leemos Génesis 1 – 3 con esto en mente, nos damos cuenta que ya era evidente. El Señor le ordena a Adán las disposiciones y la prohibición del pacto de vida antes de la creación de Eva. Cuando Adán y Eva caen en pecado, Adán es el primero en ser llamado a rendir cuentas. Él es quien, como cabeza del pacto, recibe las palabras que promulgan la maldición pactual de la muerte: «Comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» (3.19). Como Adán era el primer padre de toda la humanidad y también su cabeza pactual, la consecuencia de su pecado tuvo un alcance universal: «Toda la raza humana descendiente de Adán por generación ordinaria, pecó y cayó en él en su primera transgresión» (Catecismo Menor de Westminster, 16). Es por esto que todos desde Adán, excepto nuestro Señor Jesucristo, han sido concebidos y han nacido en pecado (Sal 51.5). Es por esto que «no hay justo, ni aun uno» (Rom 3:10). Pecamos en Adán: su pecado como nuestra cabeza federal nos es imputado. Como sus descendientes, nacemos en el consecuente estado caído de la naturaleza. 

Pero el alcance de las consecuencias va más allá de la humanidad universalmente caída. John Murray observa:

El pecado se origina en el espíritu y reside en el espíritu… pero afecta drásticamente lo físico y lo no espiritual. Sus relaciones son cósmicas. «Maldita será la tierra por tu causa… espinos y abrojos… la creación fue sometida a vanidad… la creación entera a una gime».

El desorden, el sufrimiento y la muerte se introdujeron en el tejido de todo el cosmos bajo el peso de la maldición.

Cuando entendemos estas realidades, comenzamos a entendernos mejor a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. ¿Por qué el sufrimiento y la muerte afligen a la creación? ¿Por qué deseamos las cosas que deseamos? ¿Por qué las personas que nos rodean hacen lo que hacen de la manera en que lo hacen? Es porque estamos caídos en Adán en el estado de naturaleza, separados de la vida y la comunión con Dios, y bajo Su maldición. Es porque, libremente y apartados de la gracia, solo queremos «cambiar la verdad de Dios por la mentira» y adorar y servir «a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos» (Rom 1:25). Estos efectos del pecado en la raza humana se describen con los términos teológicos de depravación total e incapacidad total. A menos que sean traídos por Dios al estado de gracia, todos los seres humanos son «por nacimiento hijos de ira, incapaces de ningún bien salvífico, e inclinados al mal, muertos en pecados y esclavos del pecado… y no quieren ni pueden volver a Dios… sin la gracia del Espíritu Santo, que es quien regenera» (Cánones de Dort 3/4.3).

Esto no significa que Adán, Eva y toda su posteridad sean inmediata o constantemente tan malvados como podrían serlo. Génesis narra mucho pecado y miseria, pero queda claro que algunos en el estado de naturaleza son más malvados que otros (ver Gn 4:23-24) y que ha habido momentos en los que la maldad aumentó y fue «mucha en la tierra» (6:5) en mayor medida que en otros tiempos. Los creyentes muestran el pecado remanente al mismo tiempo que los incrédulos muestran la gracia común. Tanto Faraón como Abimelec hicieron un bien externo al reprender a Abraham por su engaño (Gn 12:1820:9-10). Los Cánones de Dort señalan de manera útil que «después de la caída aún queda en el hombre alguna luz de la naturaleza, mediante la cual conserva algún conocimiento de Dios, de las cosas naturales, de la distinción entre lo lícito y lo ilícito, y también muestra alguna práctica hacia la virtud y la disciplina externa» (3/4.4). Aunque sigue estando distorsionada, la imagen de Dios en el hombre no está perdida completamente en el estado de naturaleza, debido a Su gracia común o restrictiva. Por eso, disfrutamos de la compañía de los buenos vecinos que no son cristianos, pero comparten sus herramientas de jardinería o nos ayudan después de una tormenta, aunque viven desafiando a Dios. No obstante, sus «buenas obras» no son verdaderas buenas obras que se conforman al estándar de Dios para lo que es bueno porque no son hechas en obediencia a Dios, para Su gloria ni son fruto de la fe en Cristo.

Hoy en día, las realidades del estado de naturaleza que nos son reveladas en la Escritura están siendo cuestionadas en varios frentes. Uno de ellos se encuentra en nuestro contexto evangélico contemporáneo, donde hay esfuerzos continuos por rechazar la historicidad de Adán y Eva como los primeros padres de toda la humanidad. Hay una creciente variedad de intentos de leer los primeros capítulos de Génesis usando nuevos métodos hermenéuticos. Aunque el impulso parece ser el deseo de armonizar el Génesis con la teoría de la evolución, las pérdidas bíblicas y teológicas son significativas. Algunos revisionistas tratan de argumentar que los primeros capítulos de Génesis no importan siempre y cuando haya existido un «Adán» en algún momento de la historia evolutiva que haya funcionado como cabeza federal de la humanidad contemporánea, futura y posiblemente incluso anterior. Si bien podemos estar agradecidos de que conserven vestigios de un Adán histórico, este planteamiento trae consigo la pregunta del lugar que tiene el hecho de que Adán haya actuado como cabeza pactual en su relación con todos sus descendientes por generación ordinaria. Si abandonamos eso, también estamos abandonando el fundamento bíblico y teológico de la generación extraordinaria y única de Jesús, la Simiente de la mujer, quien fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María como el segundo Adán.

Un segundo cuestionamiento de la comprensión bíblica del pecado dice relación con la doctrina del pecado sostenida por los evangélicos en las discusiones sobre la sexualidad humana. Algunos han adoptado una visión terapéutica del pecado o incluso articulan una doctrina católico romana de la concupiscencia. Según el catolicismo romano, la inclinación a pecar, o la «concupiscencia», no puede dañar a quienes luchan con ella y no es una ofensa para Dios a menos que sea puesta en acción. La visión terapéutica del pecado es muy similar. Ninguna de las dos concuerda con el testimonio de Génesis y de toda la Escritura: el pecado no solo incluye las acciones sino también las atracciones y los deseos pecaminosos que pueden producir el fruto de la acción pecaminosa. Aquí hay un peligro espiritual y teológico importante. Dar lugar al pecado en las atracciones y los deseos de los cristianos es, sin duda, una negación de la doctrina bíblica de la santificación y, en consecuencia, tendrá también repercusiones en la visión que se tiene de la persona y la obra de Cristo. En Gálatas, el apóstol Pablo, proclamando la palabra del Cristo ascendido, nos dice que «[el deseo] del Espíritu es contra la carne» (Gal 5:17). Los deseos que «llevan y seducen» no son neutrales, sino que son «terrenales, naturales y diabólicos» (Stg 1:143:15).  

Aunque ninguno de nosotros se regocija grandemente cuando le recuerdan las realidades de nuestra condición caída en Adán, entenderla como el Señor nos la revela en Su gracia es esencial para recibir Su evangelio. Es esencial para recibir la plenitud de Su revelación en la persona y obra de Cristo. Es para nuestro bien. Dios ha incluido en la Biblia el relato de nuestra caída en Adán no solo para que tengamos claridad al vernos a nosotros mismos, sino también para nuestra vida y adoración en Él.  «Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino… Tus testimonios he tomado como herencia para siempre, porque son el gozo de mi corazón» (Sal 119:105111).


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

William VanDoodewaard
William VanDoodewaard

El Dr. William VanDoodewaard es profesor de historia de la iglesia en The Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Mich. Es autor o editor de varios libros, incluyendo The Quest for the Historical Adam y Charles Hodge’s Exegetical Lectures and Sermons on Hebrews .


El estado de inocencia

Ministerios Ligonier

Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Por Richard P. Belcher Jr.

El estado de inocencia


Nota del editor: 
Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk MagazineEl cuádruple estado de la humanidad

Es importante entender que el mundo como fue creado al principio era un lugar muy distinto al mundo en que vivimos hoy en día. El mundo en que vivimos es un lío enredado. Cada día, las noticias documentan desastres naturales y la conducta violenta de los seres humanos. Los primeros dos capítulos del Génesis describen la creación original intacta, lo que tiene implicaciones para nuestro entendimiento de la vida actual.

Génesis 1 comienza con Dios, quien ha existido por toda la eternidad: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (v. 1). El primer capítulo de la Biblia narra el poder de Dios para tomar la tierra, que era un lugar inhabitable («sin orden y vacía»), y volverla habitable en seis días para los seres humanos (v. 2). Dios es poderoso, majestuoso y trascendente. Él habla, y las cosas comienzan a existir, y Él ordena el mundo que ha creado. En Génesis 1, Dios es Elohim, un nombre en la forma hebrea intensiva plural que enfatiza Su majestuosa Deidad. A diferencia de los relatos de la creación en el antiguo Cercano Oriente, en la narrativa de Génesis no hay un poder opositor que Dios tenga que vencer al crear el mundo ni tampoco está la muerte que pueda estropear la creación de Dios. Por el contrario, se hace varias veces la siguiente afirmación: «Y vio Dios que era bueno» (vv. 10, 18, 21, 25), además de la declaración final: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (v. 31). La creación de Dios es un lugar hermoso y magnífico para el disfrute de todas Sus criaturas, pero en especial de los seres humanos.

Es importante discutir el lugar y la labor del ser humano en el contexto de un mundo que no ha sido afectado por el pecado. La creación de la humanidad por parte de Dios es distinguida de Su creación de los animales con las palabras «Hagamos al hombre» (v. 26). Ya sea que estas palabras expresen una autodeliberación o una autoexhortación por parte de Dios, ellas enfatizan que Dios se involucró personalmente en la creación de la humanidad, de una forma diferente a como interactuó con los animales. Los seres humanos son hechos a la imagen de Dios y exhiben la «semejanza» de Dios. A pesar de que existen muchas maneras en que podríamos describir la imagen y semejanza de Dios, los aspectos principales que separan a los seres humanos de los animales son la autoconciencia, la habilidad de comunicarse, la habilidad de razonar y la habilidad de tomar decisiones morales. La imagen de Dios nos da una dignidad que no poseen los animales porque somos un reflejo de Dios. Estamos hechos de una forma única en la creación de Dios. Somos capaces de tener una relación personal con Dios al comunicarnos y tener comunión con Él. Hemos sido creados para adorarlo y para encontrar nuestro mayor propósito en vivir nuestras vidas para Su gloria. 

Cuando fueron creados por primera vez, Adán y Eva se encontraban en un estado de inocencia que todavía no estaba manchado por el pecado, y poseían tanto la habilidad de pecar (posse peccare) como la habilidad de no pecar (posse non peccare). Esta era una condición natural llamada justicia original. Había armonía en las facultades humanas, de modo que la mente, la voluntad y los afectos eran rectos y sumisos a Dios. Esta condición habría sido legada a los descendientes de Adán si él no hubiera pecado. Por otro lado, el catolicismo romano argumenta que la justicia original era un don sobrenatural añadido a la condición natural de la humanidad, pero esa perspectiva contradice la enseñanza de la Escritura. Dicha perspectiva asume que había algo faltante en la condición original de la humanidad, pero toda la creación que Dios había hecho, incluyendo la humanidad, fue declarada buena (v. 31). Cuando Dios le dio a Adán el mandamiento de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (2:17), Adán tenía la habilidad de obedecerlo. En otras palabras, Adán tenía la habilidad de «no pecar». 

A pesar de que no tenemos la misma capacidad creativa que Dios tiene ―ya que Él creó el mundo ex nihilo (de la nada)―, somos creativos y tenemos la habilidad de entender la creación de Dios y utilizarla para nuestro bien.

Cuando Dios creó a la humanidad a Su imagen, también les dio dominio sobre Su creación, mencionando específicamente a los peces, las aves y el ganado (1:26). El dominio humano se ha convertido en un punto de discordia debido a que muchos han negado el lugar especial de los seres humanos en la creación al atribuirles a los animales el mismo nivel de importancia. Sin embargo, el dominio debe entenderse en el contexto de Génesis 1 – 2, donde el papel de los seres humanos refleja la manera en que se presenta Dios. En Génesis 1, Dios es el Creador poderoso y majestuoso que le da forma a Su creación para que sea habitable para la humanidad. El dominio humano sobre la creación es un reflejo de la actividad de Dios. A pesar de que no tenemos la misma capacidad creativa que Dios tiene ―ya que Él creó el mundo ex nihilo (de la nada)―, somos creativos y tenemos la habilidad de entender la creación de Dios y utilizarla para nuestro bien. La palabra hebrea traducida como «dominio» en Génesis 1:26-28 significa «gobernar» y ocurre en contextos donde un grupo gobierna a otro grupo, por ejemplo, el del gobierno de Israel sobre sus enemigos (Is 14:2) y el de las naciones gentiles sobre los pueblos sometidos a ellas (v. 6). La palabra «sojuzgar» aparece en Génesis 1:28, donde la humanidad recibe la orden de ser fructífera, multiplicarse y llenar la tierra, orden que es seguida de los mandamientos de sojuzgarla y ejercer dominio sobre ella. Esta palabra es un término fuerte que se refiere a poner algo bajo control. Aparte de Génesis 1:28, aparece en el contexto de un mundo caído donde existe oposición expresa y, de ahí, la necesidad de que haya algún tipo de coerción (Nm 3:2229Jos 18:1Miq 7:10). Antes de la caída, Adán debía ejercer este papel llevando el mundo ordenado y domesticado del jardín hacia el mundo virgen y bueno pero salvaje fuera del jardín.

Génesis 1 presenta una de las caras del papel de los seres humanos en la creación de Dios, que es descrita en los términos del dominio y el gobierno. Génesis 2 presenta la otra cara, donde el énfasis está en el cuidado de la creación. Este papel también sigue el modelo de la actividad de Dios, donde el Dios creador poderoso y trascendente de Génesis 1 ingresa a Su creación para crear personalmente a Adán y a Eva, y para prepararles un lugar especial para vivir. El nombre de Dios no solo es Elohim, como en Génesis 1, sino «SEÑOR Dios» (Yahweh Elohim). El nombre Yahweh se vuelve significativo como el nombre pactual de Dios en el éxodo de Egipto, donde Dios escucha el clamor de Su pueblo y lucha para librarlos. El papel de Adán en el jardín sigue el modelo de la actividad de Dios, pues es colocado «en el huerto del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara» (2:15). De esta manera, el papel adecuado de los seres humanos en el mundo de Dios sigue el modelo de la actividad de Dios e incluye tanto el dominio como el cuidado de la creación.

Génesis 1 presenta el panorama general de la creación de los cielos y la tierra por parte de Dios. Génesis 2 se enfoca en la actividad de Dios en el huerto al describir cómo creó a Adán y a Eva y les proveyó un lugar especial para vivir y trabajar. Estos capítulos son importantes porque establecen el diseño de Dios para la humanidad en varias áreas que son fundamentales para la vida humana. Dios interactúa con los seres humanos a través de un pacto, así que no es sorpresa que encontremos evidencia de una relación pactual en Génesis 2. A pesar de que la palabra pacto no aparece en Génesis 2, tampoco aparece en 2 Samuel 7, pero otros pasajes bíblicos señalan que en ese capítulo se establece un pacto (2 Sam 23:5Sal 89:328132:11-12). Hay una relación similar entre Génesis 3 y Oseas 6:7. La clave no es si el término pacto aparece, sino si los elementos de un pacto están presentes. Este pacto hecho con Adán es comúnmente llamado el pacto de obras, ya que ofrece vida con la condición de una obediencia personal y perfecta, la condición de que Adán haga perfectamente las obras que Dios le encomendó (Confesión de Fe de Westminster 7.2).

Las partes del pacto eran Dios y Adán. La condición de su relación pactual era el mandato que Dios le dio a Adán de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:16-17). La bondad abundante de Dios fue demostrada al permitirle a Adán comer de todos los árboles del jardín prohibirle comer de solo un árbol. Dios probó a Adán para ver si desdeñaría Su provisión benéfica de alimento para comer del árbol prohibido. Este mandato ligado a un castigo se enfoca en la necesidad de que Adán obedeciera a Dios en todo. Le enfrenta a una clara elección entre la obediencia y la desobediencia a Dios.

Los pactos también tienen bendiciones y maldiciones. En Génesis 1:28, Dios bendice a la humanidad y les ordena que se multipliquen y llenen la tierra. Las bendiciones de Dios se experimentan en el cumplimiento de los mandatos de Dios. Las bendiciones de Dios también se ven en cómo Él provee todo lo que Adán necesita en el jardín para tener una vida plena y productiva (Gn 2). La maldición está conectada con la prohibición de que Adán comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal: «porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (v. 17). El castigo por quebrantar el mandato de Dios es la muerte. Si Adán desobedece, ocurrirán cambios trascendentales en su relación con Dios, su relación con su esposa Eva, su relación con la creación y su autopercepción. La muerte incluiría la pérdida de la vida física, pero también tendría consecuencias espirituales inmediatas.

Los pactos operan sobre la base de un principio representativo, de modo que las acciones del representante pactual afectan a los demás que son parte de la relación del pacto, incluyendo a los descendientes del representante (Gn 17:7Dt 5:2-32 Sam 7:12-16). La pena establece claramente que si Adán come del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, morirá. La entrada del pecado y la muerte al mundo no solo lo afectaría a él (Gn 3:9-12) y a sus descendientes (ver las consecuencias del pecado en Gn 4), sino también al resto de la creación (Gn 3:17-19). Adán era la cabeza pactual de la raza humana, y su pecado afectó negativamente a todos sus descendientes naturales. Teológicamente hablando, a cada descendiente natural de Adán le fue imputado o acreditado el pecado debido a su transgresión (Rom 5:12-13). Esto implica que si Adán hubiera obedecido el mandato de Dios y hubiera pasado la prueba, habría disfrutado de la vida con una bendición aún mayor. Adán fue creado en un estado de santidad positiva y no estaba sujeto a la ley de la muerte, pero tenía la posibilidad de pecar. Todavía no disfrutaba de la vida plena en el grado máximo de la perfección, de la vida que no se puede perder. Habría alcanzado la condición de non posse peccare (no poder pecar). Esta vida era simbolizada por el árbol de la vida (Gn 3:22), una prenda del pacto de vida (Catecismo Mayor de Westminster, pregunta 20), la recompensa prometida por la obediencia. 

Aunque Adán no cumplió con los términos del pacto de obras al comer del fruto prohibido, las ordenanzas fundamentales de la creación establecidas por Dios para la humanidad en ese pacto continúan. Dios estableció el matrimonio para que se pueda cumplir el mandato de fructificar, multiplicarse y llenar la tierra (Gn 1:28). La creación de la humanidad como varón y hembra por parte de Dios está diseñada para establecer la relación de una sola carne del matrimonio, tanto para el compañerismo como para la procreación de hijos (2:24). Dios le dio a Adán la tarea de labrar y cuidar el jardín (v. 15), que incluía plantar y cultivar las plantas (v. 5), ejerciendo un papel de dominio real al nombrar a los animales del jardín (vv. 19-20), y cuidar su espacio sagrado (un rol sacerdotal que tiene su foco de atención en el capítulo 3). Adán debía cumplir su papel como mayordomo de la creación de Dios, como portador de la imagen de Dios sumiso a la voluntad de Dios (un rol profético) y como alguien que debía honrar a Dios en todo lo que hacía. Dios formó personalmente a Adán del polvo de la tierra, le infundió vida (2:7) y sacó una costilla de su costado para proporcionarle una ayuda idónea (vv. 21-22). Dios es el Creador de Adán, pero es más que su Creador, ya que el jardín era un lugar especial donde la primera pareja podía tener comunión con Dios (las asociaciones entre el jardín y el templo como los querubines, el árbol de la vida y el agua que fluía del lugar de la presencia de Dios respaldan esto). Dios debe haber acudido al jardín muchas veces para tener comunión con Sus criaturas antes de dirigirse a él para juzgarlas, ya que, en lugar de ir al encuentro de Dios, Adán y Eva se escondieron de Él (3:8). Nuestros primeros padres, al igual que todos los seres humanos, fueron creados para adorar (Rom 1:21-23). La tarea de Adán en el huerto era más que solo una manera de sostener físicamente a su familia; era una vocación porque tenía el propósito de glorificar a Dios.

Al final del relato de la creación, Dios terminó Su obra de creación y reposó el séptimo día (Gn 2:1-3). De esta manera, ese día se volvió especial ya que Dios lo bendijo y lo apartó como santo. Más tarde, Moisés se refiere a este mismo patrón en el contexto del cuarto mandamiento como una razón para acordarse del día de reposo y santificarlo (Ex 20:11). Aunque no hay ninguna mención específica de la observancia del día de reposo en el huerto, tampoco hay menciones específicas de la adoración ni de ninguno de los otros mandamientos del Decálogo. Sin embargo, muchos de ellos están implicados en la estructura vital establecida en el jardín. Dios le dio a Adán un trabajo que debía realizar para cubrir sus necesidades diarias. El trabajo implica que las personas deben contentarse con lo que tienen (ver el décimo mandamiento) y no robar para conseguir lo que quieren (ver el octavo mandamiento). La relación exclusiva de una sola carne del matrimonio respalda la prohibición del adulterio del séptimo mandamiento. Las consecuencias negativas de las mentiras y el engaño de Satanás muestran la importancia de decir la verdad (ver el noveno mandamiento). El hecho de que Dios sea el único Dios verdadero y busque establecer una relación con Adán y Eva implica la importancia de los mandamientos sobre la adoración y el honor del nombre de Dios (ver el primero, el segundo y el tercer mandamiento). La bendición del séptimo día y el hecho de que haya sido apartado como santo es importante porque tiene implicaciones para la humanidad como un patrón de nuestros seis días de trabajo por uno de reposo (el cuarto mandamiento). Experimentamos este patrón todas las semanas cuando cesamos de trabajar y adoramos en el día de la resurrección de Cristo.

La salvación que Cristo aseguró para nosotros trae el descanso final (Mt 11:28-29) porque Él cumplió toda justicia al guardar la ley en nuestro lugar (cumpliendo el pacto de obras). Sin embargo, no entraremos a la plenitud de ese reposo hasta que Él vuelva otra vez. Hasta entonces, qué privilegio tenemos de experimentar un anticipo de ese reposo en la presencia de Dios con el pueblo de Dios en la adoración semanal mientras nos preparamos para esa adoración gloriosa al final de los tiempos, cuando experimentaremos la plenitud del reposo de nuestra salvación al regreso de Cristo. Entonces alcanzaremos la gloria escatológica y el reposo de no poder pecar (non posse peccare), llegando a la meta que Dios había planeado originalmente para la humanidad.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Richard P. Belcher Jr.
Richard P. Belcher Jr.

El Dr. Richard P. Belcher Jr. es profesor de Antiguo Testamento y decano académico en Reformed Theological Seminary en Charlotte, N.C., y Atlanta, y es un anciano de la Iglesia Presbiteriana en América.

Vivir en el mundo venidero

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Entre dos mundos

Vivir en el mundo venidero

Por Mark E. Ross

Nota del editor: Este es el séptimo y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos

La visión inicial del libro de Apocalipsis coincide con la última. En la primera, Juan oye una fuerte voz que le ordena escribir lo que ve, y contempla al Señor Jesús resucitado y glorioso, de pie en medio de Sus iglesias (1:10-20). La visión final es el descenso de la ciudad santa, la Nueva Jerusalén, «que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo». De nuevo, Juan oye una fuerte voz: «He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos» (21:1-3). También aquí el enfoque está en la presencia del Señor con su Iglesia. Esta es la consumación no solo de este libro, sino de toda la Biblia: Emanuel, «Dios con nosotros».

El capítulo inicial del Apocalipsis no es solo una visión del Señor. También es una visión del Día del Señor (1:10). Este es el primer uso conocido de este término en referencia al primer día de la semana. Aunque este término solo aparece aquí en el Nuevo Testamento, los primeros padres de la Iglesia no dejan lugar a dudas de que se trata de una referencia al día que llamamos domingo, el cual observaban como conmemoración de la resurrección del Señor. En otras partes del Nuevo Testamento, el día se llama por su nombre judío, traducido literalmente como «el primero del día de reposo» (Mt 28:1Mr 16:2Lc 24:1Jn 20:119Hch 20:71 Co 16:2). Las traducciones en español suelen utilizar «semana» en la frase, pero detrás de ella se encuentra la palabra griega sabbaton, que simplemente traduce la palabra hebrea para «día de reposo» (shabbat). El significado de esto aparecerá más adelante.

Muy pronto en la historia de la Iglesia, el primer día de la semana se convirtió en el día en que los cristianos se reunían para el culto. Esta práctica posiblemente comenzó el día de la resurrección de Jesús, ya que fue entonces cuando nuestro Señor resucitado se reunió por primera vez con sus discípulos y «se puso en medio de ellos» (Lc 24:36 ss.). El Evangelio de Juan también informa que «vino y se puso en medio de ellos», haciendo especial hincapié en la identificación del día: «Al atardecer de aquel día, el primero de la semana» (20:19). El siguiente encuentro fechado del Señor con sus discípulos fue «ocho días después», cuando Jesús de nuevo «vino y se puso en medio de ellos» (v. 26). Esto fue el domingo siguiente, según el cómputo judío (ver «el tercer día»; Lc 24:72146). En Hechos 20:7, Lucas informa que la iglesia en Troas se reunía «el primer día de la semana» para partir el pan. Su redacción sugiere que esta era una práctica habitual. Pablo había llegado allí siete días antes, y aunque se apresuraba a llegar a Jerusalén para el día de Pentecostés (v. 16), se quedó en Troas siete días, aparentemente para estar allí «el primer día de la semana, cuando [se] reunían para partir el pan» (v. 7).

El significado de esta referencia podría pasar fácilmente desapercibido para los lectores en español. Estamos tan acostumbrados a la organización del tiempo por semanas, que podríamos asumir que siempre ha sido así. Y lo era entre los judíos, pero no lo era entre los gentiles. El Nuevo Testamento ni siquiera tiene una palabra griega para ello, sino que utiliza la palabra judía para «día de reposo», con el día que le sigue llamado «el primero del día de reposo». La semana planetaria que conocemos se convirtió más tarde en estándar en todo el Imperio romano. Así, en Hechos 20:7, como también en las instrucciones de Pablo a las iglesias de Galacia y Corinto mencionadas en 1 Corintios 16:2, debemos recordar que todas estas iglesias estaban en territorio gentil, donde la «semana» no era una medida de tiempo estándar. Sin embargo, el apóstol de los gentiles evidentemente organizó estas iglesias de acuerdo con un ciclo de siete días, con énfasis en «el primero del día de reposo» en lugar del séptimo día que se llamaba «día de reposo». Aunque en 1 Corintios 16:2 no se menciona que la iglesia se reuniera en este día, sería muy extraño que Pablo especificara este día para apartar ofrendas para la iglesia de Jerusalén; a menos que en su vida en común como cristianos hubiera algo que señalara a este día en lugar de otro para tal demostración de «la comunión de los santos». No es que se les pagara semanalmente el «primero del día de reposo», pues el calendario semanal aún no se había generalizado.

Pablo ciertamente no sería de los que imponen una ceremonia puramente judía a las iglesias gentiles, por lo que el ciclo de siete días debe haber tenido una autoridad más duradera que las otras fiestas instituidas en el Sinaí (Lv 23). De hecho, Pablo reprocha a los gálatas por observar «los días, los meses, las estaciones y los años» (Gal 4:10) que, junto con la circuncisión, eran ceremonias judías que les habían impuesto los falsos maestros (5:2-6; ver Hch 15:1). Sin duda, una imposición similar está detrás de la advertencia de Pablo a los colosenses de no dejar que nadie los juzgue «con respecto a comida o bebida, o en cuanto a días de fiesta, o luna nueva, o día de reposo» (Col 2:16). Sin embargo, junto con estos fuertes rechazos de las ceremonias judías, Pablo instruye a los gálatas y a los corintios a «apartar algo y guardarlo» el «primer día de la semana» (1 Co 16:2). Claramente, algo más grande que Moisés estaba aquí. El día de reposo semanal de los judíos no era una ceremonia instituida por primera vez en el Sinaí. Era una ordenanza de Dios en la creación dada al principio del mundo para todas las personas (Gn 2:1-3). Nuestro Señor lo indicó cuando dijo: «El día de reposo se hizo para el hombre» (Mr 2:27). No era solo para el judío.

El día de reposo se perdió para el mundo en algún momento después de la caída, pero fue recuperado para Israel en el momento del éxodo (Ex 16) e incorporado en el pacto que Dios hizo con ellos en el Sinaí (20:8-11). De hecho, se convirtió en la señal de ese pacto, que debía ser observada a lo largo de sus generaciones, como un pacto para siempre (31:12-17). Se convirtió en un día de «santa convocación» (Lv 23:1-3) con sacrificios especiales designados para su celebración (Nm 28:1-10). Siempre en memoria de la creación de los cielos y la tierra por parte de Dios (Ex 20:8-1131:17Lv 24:8), Moisés también lo convirtió en un memorial de la redención de Israel de Egipto (Dt 5:12-15). El «reposo» era la idea principal conectada con su observancia, pero este reposo no consistía simplemente en dejar de trabajar. También era una convocatoria sagrada en la casa de Yahvé, el símbolo y el foco de Su presencia viva entre ellos, tanto en el tabernáculo (Ex 25:8) como en su sucesor, el templo (2 Cr 6:18). El día de reposo también apuntaba hacia adelante, al descanso eterno que llegaría en la consumación (Heb 3:7-4:10).

El Salmo 92 es «cántico para el día de reposo» y celebra la gran bendición que este día le ofrece al pueblo de Dios. Sus versos iniciales hablan de la bondad y la alegría de adorar en Su presencia (vv. 1-4), y sus versos finales hablan del florecimiento que llega a los que están así plantados en la casa y los atrios de nuestro Dios (vv. 12-15). El punto culminante de este canto tan equilibrado es el versículo 8: «Mas tú, oh SEÑOR, excelso eres eternamente». Es el único verso de una línea en el salmo, y se encuentra en el centro del mismo. Por encima y por debajo de este verso fundamental se ensayan el derrocamiento de los impíos (vv. 5-7) y la exaltación de los justos (vv. 9-11). El descanso y el culto del día de reposo ofrecen así un oasis para el pueblo de Dios, cansado y cargado, que vive en un mundo en el que los malvados a menudo prosperan y los justos a menudo sufren. El culto del día de reposo elimina la ilusión creada por este mundo caído y nos muestra que Dios está en lo alto para siempre, y por tanto el verdadero resultado de todas las cosas será tal y como Él ha prometido: el descanso eterno llegará al pueblo de Dios. El día de reposo anticipa así al reino consumado, trayendo al tiempo las bendiciones de la eternidad y bajando a la tierra las alegrías del cielo.

El Nuevo Testamento no suprime este medio de gracia señalado, sino que lo traslada a un nuevo día. Mientras que Pablo suprime con autoridad el deber del culto del séptimo día (Rom 14:1-6Gal 4:8-11Col 2:16-23), al mismo tiempo organiza a las iglesias en torno al «primero del día de reposo» (Hch 20:71 Co 16:2), que en la época del Apocalipsis de Juan se conocía como el Día del Señor. Al igual que el día de reposo que lo precedió en el Antiguo Testamento, es el día por encima de todos los días en que el pueblo de Dios del Nuevo Testamento se reúne en santa convocación, escuchando la lectura y exposición de la Palabra de Dios y partiendo el pan unos con otros (Hch 20:7). Es el día por encima de todos los días en que el Señor está presente con Su pueblo, de pie en medio de ellos, coronado sobre sus alabanzas (Sal 22:3), mientras cantan salmos, himnos y cánticos espirituales (Ef 5:19Col 3:16) y le ofrecen sus oraciones (1 Tim 2:1).

John Eliot (1604-90) fue un pastor puritano americano y misionero entre los nativos americanos. Eliot era un guardián diligente del Día del Señor como el día de reposo cristiano. En un sermón que escuchó Cotton Mather y del que tomó en notas, Eliot predicó que aquellos que eran celosos y guardaban el Día del Señor pasarían así una séptima parte de su vida terrenal en el cielo. Mientras vivieran en la tierra, no serían extraños al cielo, y cuando murieran el cielo no sería un lugar extraño para ellos. No, de hecho, porque habrán estado allí mil veces antes.

El apóstol Juan estaba en el Espíritu en el Día del Señor cuando vio al Señor de pie en medio de sus iglesias, de nuevo hablando palabras de esperanza y seguridad. El Señor Jesús todavía se revela a Sus iglesias cuando se reúnen para adorarle en espíritu y en verdad. El Día del Señor ha sido designado especialmente para este propósito y es rico en bendiciones. Como observó el puritano David Clarkson: «De modo que la presencia de Dios, que disfrutada en privado no es más que un arroyo, en público se convierte en un río que alegra la ciudad de Dios».


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Mark E. Ross
Mark E. Ross

El Dr. Mark E. Ross es profesor de teología sistemática en el Erskine Theological Seminary en Columbia, S.C. Es autor de Let’s Study Matthew.

Vivir en estos últimos días

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Entre dos mundos

Vivir en estos últimos días

Por Thomas R. Schreiner

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos

veces la gente me pregunta cuándo llegarán los últimos días, y yo les digo que los últimos días comenzaron hace dos mil años. Comenzaron con el ministerio, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Pedro nos dice que la venida de Cristo fue profetizada y conocida de antemano, y que Él «se ha manifestado en estos últimos tiempos» (1 Pe 1: 20). Como dice Hebreos 1:2, «en estos últimos días [Dios] nos ha hablado por su Hijo», mostrando que los últimos días llegaron con la venida del Hijo. Y el Hijo ha hablado la palabra final y definitiva en los últimos días.

Del mismo modo, Pedro declara en Pentecostés que la profecía de Joel sobre los últimos días se ha cumplido con el envío del Espíritu (Hch 2:16-18). Puesto que Jesús ha sido crucificado y exaltado, el Espíritu ahora se derrama sobre todos los que se arrepienten de sus pecados y ponen su confianza en Jesucristo. El apóstol Juan incluso declara que «ya es la última hora» (1 Jn 2:18), y así hemos estado viviendo en la última hora durante dos mil años.

El reino ha llegado en Jesús mismo, y se evidencia en el hecho de que Jesús expulsó a los demonios por el poder del Espíritu (Mt 12:28). Las parábolas que Jesús cuenta en Mateo 13 despliegan «los misterios del reino de los cielos» (v. 11), y podríamos resumir el mensaje de las parábolas diciendo que el reino está inaugurado, pero no consumado. El reino no llegó primero con poder apocalíptico, sino que es tan pequeño como un grano de mostaza y tan invisible como la levadura en la masa.

Los últimos días han llegado y el reino se ha inaugurado, pero el reino de Dios también se consumará un día. Por eso oramos «Venga tu reino» (Mt 6:10), y también oramos: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22:20). Como creyentes, vivimos entre los tiempos, y por eso, aunque somos santificados por la gracia de Cristo incluso ahora (1 Co 1:2), la santificación plena y completa será nuestra el día en que Jesús regrese (1 Tes 5:23-241 Jn 3:2). Como creyentes en Jesucristo, ahora somos hijos adoptivos de Dios (Rom 8:15-16), pero la plenitud de nuestra adopción se realizará en el día de la resurrección, cuando nuestros cuerpos sean transformados (v. 23). De la misma manera, ya que los últimos días han comenzado, somos redimidos mediante la sangre de Jesús (Ef 1:7Col 1:14), pero nuestra redención se completará cuando nuestros cuerpos sean resucitados de entre los muertos (Rom 8:23). Los creyentes son ahora salvados por la gracia sola a través de la fe sola (Ef 2:8), y sin embargo esperamos el día del juicio final cuando seremos salvados de la ira de Dios (Rom 5:9).

LOS ÚLTIMOS DÍAS Y LA SANTIFICACIÓN

Dado que los últimos días han llegado, ahora vivimos en la era en la que se cumplen las promesas de Dios. Se nos ha prometido que seremos semejantes a Jesús cuando le veamos (1 Jn 3:2), y esta esperanza de la transformación de los últimos tiempos nos motiva incluso ahora a ser más como Jesús, y así nos esforzamos por vivir vidas puras y santas (v. 3). Dios es soberano sobre todo lo que sucede, pero al mismo tiempo nuestras vidas santas pueden «apresurar» el día de su venida (2 Pe 3:12). En otras palabras, la santidad de nuestras vidas puede ser uno de los medios que Dios utiliza para llevar a cabo el final. La promesa de santidad al final de los tiempos no apaga nuestro deseo de ser como Cristo, sino que despierta nuestra pasión por vivir de una forma que agrade a Dios.

El intervalo entre la inauguración y el cumplimiento de las promesas de Dios se describe a menudo en términos del ya pero todavía no. Dios ya ha cumplido sus promesas de salvación, pero también hay una dimensión en la cual las promesas no se han consumado. El ya pero todavía no informa a todos los ámbitos de la vida. Cuando se trata de la santificación, los creyentes deben ser optimistas, ya que disfrutamos del don del Espíritu Santo en los últimos tiempos. Puesto que el Espíritu es dado, los creyentes deben estar llenos del Espíritu (Ef 5:18), andar en el Espíritu (Gal 5:16), ser guiados por el Espíritu (v. 18), manifestar el fruto del Espíritu (v. 22), marchar al paso del Espíritu (v. 25) y sembrar para el Espíritu (6:8). En otras palabras, por el poder del Espíritu, ahora podemos vivir de una manera que agrada a Dios. Estamos capacitados para amarnos unos a otros y cumplir la ley por el Espíritu (Rom 8:2-4). Estamos siendo transformados por la gracia y el poder de Dios, ahora que han llegado los últimos días.

No debemos olvidar, por otra parte, que en la santificación hay una dimensión que no se ha cumplido. Como creyentes, todavía no estamos perfeccionados en la santidad. La batalla entre la carne y el Espíritu todavía hace estragos (Gal 5:16-18), y todavía experimentamos nuestra «carnalidad» diariamente (Rom 7:14-25). Los deseos carnales no están ausentes, y no se irán hasta el día de la redención final. La intensidad de la batalla entre la carne y el Espíritu es tal, que los creyentes están en guerra con la carne (1 Pe 2:11) y debemos hacer morir nuestros deseos carnales (Rom 8:13Col 3:5). Estamos siendo cambiados por la gracia de Dios y por Su Espíritu, y sin embargo seguimos pecando diariamente, y por lo tanto la perfección no es una posibilidad en esta vida. Dios nos mantiene humildes recordándonos lo lejos que tenemos que ir. Nunca hay una excusa para el pecado; sin embargo, la dimensión «ya pero todavía no» de la santificación nos hace realistas para que no pensemos que somos más espirituales de lo que realmente somos.

LOS ÚLTIMOS DÍAS Y LA VIDA FAMILIAR

La verdad de que vivimos en los últimos días también afecta a la vida familiar, y me refiero a nuestros matrimonios y la crianza de los hijos. Por la gracia de Dios, nuestros matrimonios deberían ser notables por su amor y la preocupación que se expresa hacia el cónyuge. El matrimonio es un misterio que refleja la relación de Cristo con la Iglesia (Ef 5:32), y ese misterio debe reflejarse en la relación entre los esposos. Los maridos deben amar, cuidar, apreciar y nutrir a sus esposas, así como Cristo amó y se entregó por el bien de la Iglesia (vv. 25-29). Las esposas deben someterse y seguir el liderazgo de sus esposos, así como la Iglesia se somete a Cristo en todas las cosas (vv. 22-24). Debido a que Cristo ha venido y el Espíritu ha sido dado, nuestros matrimonios deben mostrar al mundo lo que el matrimonio puede y debe ser. Sin embargo, no debemos olvidar que aún no estamos en el paraíso. Nuestros matrimonios pueden ser buenos, pero no serán perfectos, pues todavía estamos manchados por el pecado hasta el día de la redención. Podemos tener buenos matrimonios, pero no hay matrimonios perfectos, y los que buscan un matrimonio perfecto pueden cometer el error trágico y pecaminoso de renunciar a un matrimonio que es bueno, o a un matrimonio que por la gracia de Dios puede ser bueno en el futuro. Lo perfecto, como dice el viejo refrán, puede ser enemigo de lo bueno.

Vemos la misma verdad en el ámbito de la crianza de los hijos. Los hijos están llamados a obedecer a sus padres (Ef 6:1-3), y como padres queremos instruirlos en las cosas del Señor (v. 4). Reconocemos que los niños necesitan disciplina, y los disciplinamos para que desarrollen un carácter piadoso. Nuestros hijos deben comportarse bien y ser piadosos, fieles y confiables (Tit 1:6). Si nuestros hijos son rebeldes y están fuera de control, estamos eludiendo nuestra responsabilidad como padres.

Pero también existe el peligro de una escatología sobrerealizada (pensar que podemos recibir la plenitud de la gloria ahora), y podemos cometer el error de esperar el cielo en la tierra al criar a nuestros hijos. Podemos caer en la trampa de esperar la perfección de nuestros hijos sin darnos cuenta. Cuando esto sucede, comenzamos a corregir a nuestros hijos en exceso, y podemos terminar exasperando a nuestros hijos al insistir constantemente en sus faltas. El resultado final es que nuestros hijos se desaniman y desalientan (Col 3:21). Vemos de nuevo que la enseñanza sobre los últimos días es inmensamente práctica. Entrenamos a nuestros hijos para que sean obedientes, pero no esperamos que sean perfectos.

LOS ÚLTIMOS DÍAS Y LA VIDA DE LA IGLESIA

Los últimos días han llegado. Jesús ha resucitado y el Espíritu es dado. En particular, el Espíritu se derrama sobre el pueblo de Dios, sobre la Iglesia de Jesucristo. La Iglesia es el cuerpo de Cristo y está llena de la plenitud de Cristo (Ef 1:23). La Iglesia debe ser el lugar en el que todos se reconcilien entre sí, de modo que negros y blancos, hombres y mujeres, oficinistas y obreros encuentren su unidad en Cristo (2:11-22). De hecho, la sabiduría de Dios se revela a las potestades angélicas por medio de la Iglesia (3:10), para que miren a la Iglesia y vean la gracia y el poder del Señor. La Iglesia debe ser el vehículo a través del cual el evangelio sale a la comunidad y al mundo. El mundo nota cuando los miembros de la Iglesia se aman unos a otros (Jn 13:34-35) y se da cuenta de que Jesús es el Cristo.

La Iglesia es transformada por la gracia de Dios y está madurando en lo que Dios quiere que sea (Ef 4:11-16). Sin embargo, la Iglesia no estará libre de manchas, arrugas, imperfecciones y cicatrices hasta el día de la redención (5:27). Anhelamos el cielo y la tierra, por lo que fácilmente nos sentimos insatisfechos con nuestra iglesia, incluso si la iglesia es fuerte, buena y madura. Podemos ver las manchas y las cicatrices, y empezar a criticar a nuestra iglesia en lugar de amarla y apoyarla.

PALABRA FINAL

Podríamos pensar que la idea de que vivimos en los últimos días es una doctrina abstracta sin relación con la vida cotidiana. Pero cuando consideramos el asunto más a fondo, vemos que es inmensamente práctico, pues afecta nuestra visión de la santificación, la vida familiar, la Iglesia, la política y mucho más. Podemos ser presa de una escatología poco realista y volvernos apáticos y satisfechos con el status quo. Al mismo tiempo, podemos cometer el error de abrazar una escatología sobrerealizada y esperar el cielo en la tierra. Podemos ver por qué necesitamos la Palabra de Dios y el Espíritu de Dios para mantenernos en el camino mientras vivimos entre los tiempos.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Thomas R. Schreiner
Thomas R. Schreiner

El Dr. Thomas R. Schreiner es el Profesor James Buchanan Harrison de Interpretación del Nuevo Testamento, profesor de teología bíblica y decano asociado de la escuela de teología del Seminario Teológico Bautista del Sur en Louisville, Ky. Es autor de numerosos libros, entre ellos Spiritual Gifts [Dones espirituales].

Vivir con doble ciudadanía

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Entre dos mundos

Vivir con doble ciudadanía

Por Justin Taylor

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos

No era fácil atrapar a Jesús en dilemas éticos o teológicos, pero eso no impidió que los líderes judíos lo intentaran. Jesús dejó claro que Su reino no es «de este mundo» (Jn 18:36). Su reino, que propiamente pertenece a la era venidera, estaba irrumpiendo en este mundo y en esta era presente. Así que los judíos se preguntaban: ¿cómo Su Reino se relacionaba con las instituciones de nuestro tiempo, como la familia y el Estado?

El pueblo de Dios ha vivido como exiliado en tierras extranjeras desde que fuimos expulsados del jardín del Edén. Toda nuestra historia En Lucas 20, los saduceos plantearon la cuestión de la familia, al construir un experimento mental acerca de la naturaleza del matrimonio en la resurrección para un viudo que vuelve a casarse. Jesús respondió: «Los hijos de este siglo se casan y son dados en matrimonio, pero los que son tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan ni son dados en matrimonio» (v. 34-35). La familia es una ordenanza de Dios en la creación, pero el reino de la era venidera opera de una manera diferente.

Cuando los escribas y ancianos judíos le preguntaron a Jesús si era lícito rendirle tributo al César, Jesús les pidió que le mostraran un denario. ¿De quién era la imagen y la inscripción? Cuando respondieron que era del César, Jesús llegó a Su conclusión: «Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (v. 22-25). De forma subversiva, Jesús limitó radicalmente la autoridad del César y mostró la autoridad ilimitada de Dios. La imagen en el denario significaba que ellos le debían tributo al César; pero la imagen de Dios, estampada en nuestra naturaleza humana, significa que le debemos nuestras vidas al Hacedor del cielo y la tierra. El gobierno es una ordenanza de Dios en la creación, pero el reino de la era venidera opera de una manera diferente.

LA CIUDAD DE DIOS Y LA CIUDAD DEL HOMBRE

En el siglo V, Agustín escribió La ciudad de Dios, su obra magistral de teología política en la que contrasta la civitas Dei (ciudad de Dios) con la civitas terrena (literalmente, ciudad del mundo). En los círculos populares, se entiende erróneamente que Agustín hablaba de la ciudad de Dios como la vida en el cielo, frente a la ciudad del hombre como la vida en la tierra, en el ámbito material. Según esa interpretación, somos miembros tanto de la ciudad del hombre como de la ciudad de Dios. Pero, en realidad, Agustín hablaba de dos comunidades o grupos de individuos de ideas afines, con visiones opuestas del cielo y de la tierra. La ciudad del hombre comienza —y esto es crucial— no con la creación, sino con la caída. Sus deseos y su agenda están profundamente desordenados, impulsados por el amor a uno mismo y no a Dios, y operando según las normas de la carne y no del Espíritu. Los redimidos, que constituyen la ciudad de Dios, buscan a Dios como el bien supremo y orientan todo en torno al amor a Él. Como cristianos, pues, vivimos en la ciudad del hombre pero pertenecemos a la ciudad de Dios.

EN, PERO NO DE

El paradigma de Agustín tiene profundas raíces bíblicas. Mientras vivimos en este mundo, reconocemos que «no tenemos aquí una ciudad permanente» (Heb 13:14); como Abraham, esperamos «la ciudad que tiene cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (11:10). Sin embargo, aunque seamos «extranjeros y peregrinos» (1 Pe 2:11) y no llamemos a ningún lugar de la tierra nuestro hogar permanente, también se nos ordena «buscar el bienestar de la ciudad… y orar al SEÑOR por ella» (Jer 29:7). No debemos ser «del mundo», sino que estamos irremediablemente «en el mundo» y somos enviados a lo más profundo «en el mundo» como embajadores y emisarios de Cristo (Jn 17:15-16; ver 1 Co 5:9-10). Debemos ser transformados por la Palabra en lugar de conformarnos al mundo (Rom 12:2). Debemos mantenernos «sin mancha del mundo» (Stg 1:27) y, sin embargo, debemos ser como la sal y brillar como la luz (Mt 5:13-16) para una cultura oscura y podrida a nuestro alrededor (ver Flp 2:15).

DOBLE CIUDADANÍA

La ciudadanía es una de las metáforas bíblicas para pensar en nuestra relación entre la era actual y la venidera. La ciudadanía es un estatus legal públicamente reconocido que autoriza a alguien a ser ciudadano, es decir, un miembro pleno y funcional de una civitas, una comunidad social y política, junto con los derechos y deberes que conlleva. A diferencia de quien es un mero súbdito de un reino, un ciudadano participa en la comunidad para ayudar a mantener el orden cívico.

En el libro de los Hechos, vemos que el apóstol Pablo no solo reconoce el concepto de su ciudadanía romana, sino que apela activamente a ella. Cuando la policía le comunicó a Pablo y Silas que los magistrados habían autorizado su salida callada de la cárcel, Pablo se indignó: «Aunque somos ciudadanos romanos, nos han azotado públicamente sin hacernos juicio y nos han echado a la cárcel; ¿y ahora nos sueltan en secreto? ¡De ninguna manera! Que ellos mismos vengan a sacarnos» (Hch 16:37). En Hechos 22, Pablo protestó con éxito por una flagelación a manos de los magistrados, haciéndole una simple pregunta al centurión: «¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin haberle hecho juicio? … Yo soy ciudadano de nacimiento» (vv. 25, 28). En ambos casos, la respuesta de las autoridades romanas fue de auténtico temor, ya que habían violado injustamente los derechos de uno de sus ciudadanos (21:38-39; 22:29).

Aunque Pablo había obtenido la ciudadanía romana por la historia de su familia, llegó a tener también otro tipo de ciudadanía. Escribiendo a la iglesia en Filipos, dice que para los cristianos «nuestra ciudadanía está en los cielos» (Flp 3:20). Jesús dijo que Su reino no es de este mundo (Jn 18:36). Cuando nacemos de nuevo y somos adoptados en la familia de Dios, entramos en un nuevo reino y nos sometemos a un nuevo Rey, habiendo sido liberados «del dominio de las tinieblas» y trasladados «al reino de su amado Hijo» (Col 1:13).

CUATRO MANERAS DE VIVIRLO

Aquí hay cuatro cosas para recordar cuando tratamos de ser fieles a nuestra doble ciudadanía.

1. Reconoce el gobierno de Dios sobre todo, aunque Él gobierna diferentes instituciones de manera diferente. Cristo tiene autoridad sobre el cielo y la tierra (Mt 28:18), pero a la luz de la caída, gobierna el orden temporal de esta era (incluyendo las instituciones creadas, como la familia y el Estado) de manera diferente a como gobierna a la Iglesia. El gobierno de esta época impone el orden a través del poder de la espada, imponiendo el orden a través de la coerción de la ley; el reino de Dios, en cambio, viene a través del poder del Espíritu, produciendo la transformación del pueblo de Dios, a través de la proclamación del evangelio y la participación regular en los medios de gracia.

2. Comprende que solo porque nuestra ciudadanía terrenal no sea la definitiva, eso no hace que sea irrelevante. Las cosas temporales pueden hacer una diferencia significativa. Pablo sabía que apelar a las autoridades sobre su ciudadanía romana no era lo mismo que compartir el evangelio con ellos. Pero sus derechos terrenales seguían siendo importantes. Las buenas leyes no pueden cambiar los corazones, pero aún pueden significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Sí, salvar un alma eterna es más importante que arreglar una necesidad temporal. Aliviar el sufrimiento eterno es superior a reducir el sufrimiento de esta era. Pero en realidad, la Biblia no nos pide que elijamos entre el evangelismo y el compromiso cívico, porque Cristo nos llama a una vida de discipulado en la que nos identificamos públicamente con Él y le seguimos, enseñando a los demás a obedecer todo lo que nos mandó (Mt 28:19-20).

3. Recibe con alegría todos los dones de Dios, incluyendo Su gracia común del gobierno. No está mal sentir frustración cuando las naciones se enfurecen (Sal 2), porque esto significa que el mundo no está operando de acuerdo al diseño dado por Dios. Pero nunca debemos olvidar la bondad de Dios al instituir este sistema en nuestro mundo caído. Dios ha designado gobernantes terrenales (Rom 13:1-2) para nuestro bien (v. 4), y debemos respetarlos y honrarlos (v. 7), por muy malos que sean. El gobierno es un don de Dios, diseñado para promover y proteger el bien, al mismo tiempo que sirve para disuadir lo que es malo (vv 2-4). Una de las razones por las que debemos orar por nuestros gobernantes es para que el gobierno funcione de tal manera que tengamos el tipo de condiciones que nos permitan vivir una vida tranquila y piadosa (1 Tim 2:2).

4. Adopta los medios de Dios en la tierra para identificar públicamente nuestra ciudadanía celestial. En un nivel, el mundo no puede ver nuestra ciudadanía celestial. Es un estatus no reconocido por ningún gobierno terrenal. Nuestra vida está «escondida con Cristo en Dios» (Col 3:3). Sin embargo, Dios ha ordenado una forma en la que nuestra ciudadanía puede ser declarada públicamente aquí y ahora, en la era entre los dos advenimientos de Cristo. La Iglesia de Jesucristo (la comunidad de culto formada por el pueblo de Dios reunido en el lugar de Dios bajo el gobierno de Dios y practicando los medios de gracia de Dios) es la expresión institucional del reino de Dios en este mundo. Los ciudadanos celestiales se unen a las iglesias locales en la tierra. Mediante el bautismo y la membresía, señalamos públicamente nuestro papel de embajadores en los puestos de avanzada del reino, ya que representamos y adoramos al Rey eterno e invitamos a otros a hacer lo mismo.

Hay cosas más importantes en la vida que el orden político y nuestro compromiso cívico. Pueden convertirse fácilmente en una idolatría, investida de una lealtad e identidad que va más allá de las Escrituras. Pero también es fácil eludir nuestros deberes y nuestra participación como ciudadanos terrenales, justificando nuestra apatía por razones espirituales que en sí mismas van más allá de las Escrituras. Sea cual sea el lado en el que estemos tentados a hacer hincapié, recordemos que somos ciudadanos con doble ciudadanía. Parte de ser un buen ciudadano, tanto en el ámbito celestial como en el terrenal, implica dejar que nuestras vidas civiles sean moldeadas por el evangelio e informadas por la Palabra de Dios, mientras trabajamos en oración para informarnos, para amar a nuestro prójimo y para trabajar por el bien común de la ciudad, incluso mientras esperamos e invitamos a otros a la ciudad que está por venir.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Justin Taylor
Justin Taylor

Justin Taylor es vicepresidente senior y editor de libros en Crossway. Es editor o coautor de varios libros, entre ellos The Final Days of Jesus [Los últimos días de Jesús]. Puedes seguirlo en Twitter @Between2Worlds.