La eternidad en nuestros corazones

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Entre dos mundos

La eternidad en nuestros corazones

Por John W. Tweeddale

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos

ocas cosas reflejan mejor la anticipación de ver a Cristo cara a cara que una boda. El 14 de enero de 1632, el pastor y teólogo presbiteriano escocés Samuel Rutherford escribió una carta llamando la atención sobre este fenómeno. Afirma: «Nuestro amor [a Cristo] debe comenzar en la tierra, tal como será en el cielo; porque la novia no se deleita tanto en su traje de bodas como lo hace por su novio».

Si alguna vez has asistido a una boda, apreciarás la observación de Rutherford. Por muy hermoso que sea su atuendo, la novia nunca camina hacia el altar con la mirada puesta en su vestido. Su atención está en su futuro marido. Rutherford amplía la ilustración para ayudarnos a ver más claramente la verdadera maravilla del cielo. Continúa: «Así que nosotros, en la vida venidera, aunque revestidos de gloria como con un manto, no nos veremos tan afectados por la gloria que nos rodea como por el rostro y la presencia gozosa del novio». Bajo la superficie de la prosa anticuada de Rutherford hay una profunda ilustración. Por más impresionante que será el cielo, lo que lo hará tan maravilloso es que finalmente veremos el rostro de nuestro Salvador. La Iglesia, así como la novia, estará con Jesús como novio y vivirán felices para siempre.

Casi dos siglos después de que Rutherford escribiera sus famosas cartas, una poeta inglesa llamada Anne Cousin escribió el conocido himno The Sands of Time Are Sinking [Las arenas del tiempo se hunden], basado en los «dulces refranes» de Rutherford. Una estrofa en particular resume el drama de contemplar a Cristo en gloria:

La novia, su vestido
Allí no mirará, 
Sino de su Esposo
La muy hermosa faz;
Ni gloria, ni corona,
Sino a mi amado Rey
Veré en la muy gloriosa
Tierra de Emanuel.

De este lado de la eternidad, la vida cristiana es como un compromiso matrimonial. Se vive anticipando el día de la boda. Como cristianos, vivimos entre el ya de nuestro desposorio con Cristo y el todavía no de la celebración de las bodas del cordero. Debemos ser como la futura esposa que aprovecha cualquier ocasión para prepararse para la vida con su amado. La expectativa de ver a Cristo por vista en el cielo debe, por tanto, informarnos sobre cómo vivimos por fe aquí en la tierra.

En un nivel más básico, el entusiasmo que sienten las parejas comprometidas expone un deseo fundamental que todas las personas comparten: el anhelo de eternidad. Este punto es bien señalado por el Predicador en Eclesiastés 3:9-11:

¿Qué saca el trabajador de aquello en que se afana? He visto la tarea que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que en ella se ocupen. Él ha hecho todo apropiado a su tiempo. También ha puesto la eternidad en sus corazones; sin embargo, el hombre no descubre la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin.

Consideremos dos maneras en que este texto nos enseña sobre nuestro anhelo por la eternidad. En primer lugar, se nos dice que Dios «ha hecho todo apropiado a su tiempo» (v. 11). Un comentarista moderno ha llamado a este verso «la mejor declaración de la providencia divina en toda la Escritura». Lo que hace que este texto bíblico sea tan sorprendente es que hay muchas cosas en la vida que están lejos de ser apropiadas. Pero el Predicador no ignora la fealdad que invade al mundo. Su pregunta en el versículo 9 se hace eco de la maldición pronunciada en el jardín del Edén: «¿Qué saca el trabajador de aquello en que se afana?». No se trata de una mera pregunta retórica desvinculada de las presiones de la experiencia real de la vida (ver 1:3). La aparente inutilidad del duro trabajo con poca ganancia es algo de lo que él ha sido testigo de primera mano: «He visto la tarea que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que en ella se ocupen» (3:10).

Para ser claros, el registro bíblico afirma la dignidad del trabajo. Antes de la caída, a Adán y a Eva se les ordenó ejecutar sus tareas con la promesa de ser fructíferos (Gn 1:28-312:15-17; ver Ec 3:13). Pero después de la caída, el trabajo es arduo (Gn 3:17-19). Ya no realizamos nuestras tareas en el exuberante entorno de un jardín, sino en las duras condiciones de un desierto lleno de espinas y cardos, de fracasos y frustraciones. Como lamenta el Predicador en Eclesiastés 2:23, «su tarea es dolorosa». Cuando enfrentamos dificultades en nuestras carreras, injusticia en el lugar de trabajo y el fracaso a la hora de completar las asignaciones, somos confrontados con la dolorosa verdad de que este mundo caído nunca producirá ganancias duraderas. La insatisfacción vocacional nos recuerda que hemos sido creados para algo más grande que lo que pueden ofrecer nuestras aficiones y carreras.

Pero hay esperanza. Se nos dice que Dios ha hecho todo apropiado a su tiempo. El «todo» de Eclesiastés 3:11 nos recuerda el «todo» del versículo 1: «Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo». El hecho de que la vida se viva bajo el cuidado de un Creador soberano ilumina nuestra comprensión de todo. A la luz de Su providencia, aprendemos que hay un tiempo para nacer y para morir, para plantar y para cosechar, para lamentarse y para bailar, para guerra y para la paz. Sobre todas estas cosas, Dios tiene el control. La belleza se encuentra en el descubrimiento de que Dios orquesta hasta el último detalle según su perfecto diseño.

Eclesiastés 3:11 es el Romanos 8:28 del Antiguo Testamento. En Romanos 8:28, el apóstol Pablo afirma: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito». Observa que Pablo no dice que todas las cosas son buenas, sino que todas las cosas cooperan para bien. ¿Y qué es el bien? Es ser conformado a la imagen de Cristo (v. 29). A medida que los cristianos experimentan las estaciones de la vida, podemos ser reconfortados al saber que Dios usa cada circunstancia para conformarnos más y más a la imagen de Su Hijo.

El 24 de agosto de 1662, más de dos mil ministros fueron expulsados de la Iglesia de Inglaterra por no ajustarse al Libro de Oración Común. El día fue conocido como el Día de Black Bartholomew, una referencia solemne a cuando miles de hugonotes franceses fueron masacrados ese mismo día en 1572. Uno de los ministros expulsados fue un puritano llamado Thomas Watson. En respuesta a la Gran Expulsión, escribió un breve libro llamado A Divine Cordial [Una consolación divina], basado en Romanos 8:28, con el fin de consolar a los cristianos que sufren. Observó que «las mejores cosas y las peores cosas, por la mano dominante del gran Dios, trabajan juntas para el bien de los santos». Es innegable que este mundo es a menudo sombrío y está lleno de angustias. Pero Dios utiliza maravillosamente tanto las alegrías como las penas para transformarnos como cristianos en la semejanza a Cristo. Las decepciones tienen una manera de hacernos desear aún más estar con Él.

En segundo lugar, se nos dice que Dios «ha puesto la eternidad en sus corazones» (Ec 3:11). Estas palabras anticipan el inicio de las Confesiones de Agustín, donde afirma: «Alabarte es el deseo del hombre, pequeña parte de tu creación. Tú haces que el hombre se complazca en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti». Tanto el antiguo Predicador como el padre de la Iglesia afirman que hemos sido creados con conocimiento de Dios y un anhelo de eternidad. Mientras que Agustín destaca la inquietud que experimentamos sin el conocimiento de Dios en Cristo, el Predicador en Eclesiastés plantea un punto ligeramente diferente. Al subrayar la futilidad de la vida bajo el sol, nos empuja a reconocer nuestra conciencia innata de la eternidad.

Fíjate en lo mucho que el Predicador dice percibir sobre los caminos de Dios. Entiende que Dios da trabajo a los hombres como un regalo (Ec 3:1013), que Dios hace todo apropiado a Su tiempo (v. 11a), que Dios pone la eternidad en los corazones de los hombres (v. 11b), que los propósitos de Dios son inescrutables (v. 11c), que los planes de Dios perduran para siempre (vv. 14-15), y que Dios juzgará a los justos y a los impíos (vv. 16-22). En resumen, el Predicador sabe que los caminos de Dios son apropiados, inescrutables y eternos. Aunque seamos criaturas finitas y caídas, Dios nos ha dado la capacidad de discernir que la historia tiene un propósito, aunque seamos incapaces de comprender plenamente «la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin» (v. 11). Ser confrontados con nuestra finitud debe aumentar nuestra dependencia de Dios. Debemos vivir nuestra vida desde el punto de vista de la eternidad.

El pecado, sin embargo, distorsiona esta perspectiva. Ya no tratamos el trabajo como un regalo de Dios, sino como una plataforma para la grandeza personal. El tiempo no se ve como algo hermoso que debe ser redimido, sino como algo intrascendente que puede ser desperdiciado. La historia no se entiende como el escenario del gobierno providencial de Dios, sino como un campo de juego para que los poderosos se aprovechen de los débiles. Y la vida eterna no se desea, sino que es objeto de burla por parte de los que solo viven el momento. Eclesiastés nos enseña que ese fatalismo es inútil. Fuimos creados para conocer a Dios. Nada, aparte de la eternidad con Él, satisfará nuestros anhelos más profundos.

La buena noticia es que Cristo proporciona el camino para que las personas pecadoras habiten en la presencia de Dios para siempre. Como afirma el apóstol Pedro: «Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 Pe 3:18). Por esta esperanza eterna es que vivimos. Como peregrinos que viajan de este mundo al otro, nos levantamos cada mañana esperando ansiosamente el regreso de nuestro Rey. Reconocemos que cada día del Señor es un anticipo de la eternidad. Y durante el resto de la semana, marcamos nuestros relojes sabiendo que incluso nuestros trabajos están siendo utilizados por Dios para prepararnos para la Tierra de Emanuel.

En la mañana del Día de Black Bartholomew de 1683, William Payne fue a despedirse de su viejo amigo John Owen. Payne también llevaba la noticia de que el último libro de Owen iba a ser publicado pronto. Owen respondió memorablemente:

Me alegro de oír que esa obra está en la imprenta; pero, ¡oh hermano Payne, por fin ha llegado el día tan esperado, en el que veré esa gloria de otra manera en la que nunca lo he hecho o he sido capaz de hacer en este mundo!

El testimonio de Owen al morir fue para recordar la eternidad a su congregación. Quería que supieran que la única manera de ver a Cristo por vista en el cielo es contemplándole primero por la fe aquí en la tierra.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John W. Tweeddale
John W. Tweeddale

El Dr. Tweeddale es decano académico y profesor de teología en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.

El pueblo de Dios en el exilio

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Serie: Entre dos mundos

El pueblo de Dios en el exilio

Por Ra McLaughilin

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos

a mayoría de las personas reconoce intuitivamente la diferencia entre una casa y un hogar. Eso es lo que hace que el exilio sea un castigo tan efectivo: nos impide volver al hogar. Nos separa de los seres queridos y de la seguridad, y nos despoja de nuestro sentido de pertenencia. Incluso puede colocarnos en lugares hostiles y peligrosos.

El pueblo de Dios ha vivido como exiliado en tierras extranjeras desde que fuimos expulsados del jardín del Edén. Toda nuestra historia ha sido un ciclo de exilio y restauración. La buena noticia es que el ciclo está llegando a su fin. Por ahora, sin embargo, nuestras vidas son una mezcla de exilio y restauración.

EL JARDÍN DEL EDÉN

La humanidad fue creada como parte del plan de Dios para extender Su reino celestial a la tierra (Mt 6:10; Ap 21-22). Para lograrlo, Dios creó un mundo perfecto y apartó una tierra especial llamada Edén (que en hebreo significa «agradable» o «lugar encantador»). Los cuatro ríos del Edén (Gn 2:10-14) indican que se extendía desde Mesopotamia hasta Egipto.

Dios plantó un jardín en Edén, del que brotaban las cabeceras de los cuatro ríos. Esto sugiere que el jardín era elevado y central, quizás en las montañas de Judea. También asignó a la humanidad la tarea de «cultivar» y «cuidar» el jardín (Gn 2:15) y de «llenad la tierra y sojuzgadla» (1:28). En otras palabras, nuestro trabajo era expandir los límites del jardín hasta los confines de la tierra.

En Edén, Dios estableció el pacto de obras para regir nuestra relación con Él (Confesión de Fe de Westminster 7.2). Teníamos la responsabilidad de obedecer a Dios cumpliendo nuestros deberes asignados y sin comer del fruto prohibido (Gn 2:17). Si obedecíamos, seríamos bendecidos con la vida eterna (3:22). Si no, seríamos responsables de la muerte (2:17).

Lamentablemente, la serpiente engañó a Eva, Eva persuadió a Adán, ambos comieron el fruto prohibido y la humanidad fue desterrada del jardín (cap. 3). Dios puso guardias angelicales para asegurarse de que la humanidad no volviera a entrar a escondidas (v. 24).

LA MALDICIÓN DEL EXILIO

El primer exilio de la humanidad nos apartó de la presencia manifiesta de Dios y nos puso junto al resto de la creación bajo la maldición de Dios (Rom 8:20-22). El trabajo se volvió difícil, la maternidad se hizo dolorosa y eventualmente todos murieron (Gn 3:16-19). Todos nacemos muertos espiritualmente (Rom 8:5-11), haciendo imposible el cumplimiento de nuestras obligaciones del pacto o el volvernos a Dios con fe (7:14-25; Gal 5:17). Vivíamos en una comunión rota con Dios (Rom 5:10Ef 2:1-3) y en conflicto con nuestros cónyuges, familiares y vecinos. Esas condiciones han persistido. Sin la intervención de Dios, eso es todo lo que podemos ser.

Afortunadamente, Dios prometió enviar un Redentor para salvarnos del exilio y, al fin de cuentas, de la muerte (Gn 3:15). Él estableció el pacto de gracia (CFW 7.2), mediante el cual Cristo revierte la maldición y el exilio del pecado de Adán (Rom 5:12-19).

El exilio de la humanidad del jardín se hizo programático por la forma en que Dios administró Su pacto con la humanidad, al menos a nivel corporativo. Dios nos da las leyes del pacto. Podemos cumplirlas y ser bendecidos, o romperlas y ser maldecidos. La maldición puede ser tan grave como la muerte, pero Dios opta con más frecuencia por algo como el exilio. Si acudimos a Él con fe, nos redimirá. Si no lo hacemos, el castigo puede aumentar (Lv 26; Dt 28-31).

Por nuestra cuenta, nunca podremos ser lo suficientemente buenos para evitar el exilio y mucho menos ganarnos las bendiciones de Dios. Por eso Cristo lo hace por nosotros. Si estamos unidos a Él por la fe sola, tenemos la promesa de una restauración completa del exilio de Adán.

EL DILUVIO

Tras ser exiliados del jardín, la humanidad cayó a una mayor maldad. Nos convertimos en adoradores falsos y asesinos, despreciando tanto a Dios como al prójimo. Caín, el primer asesino, fue desterrado de la presencia del Señor en Edén (Gn 4:16) y sus descendientes fueron peores que él. La humanidad llegó a ser tan malvada que Dios nos destruyó a casi todos en el diluvio (caps. 6-9). Solo Noé y su familia se salvaron.

El diluvio llevó a Noé hasta Ararat, justo después de la frontera del Edén. Este desplazamiento geográfico amplió la maldición de la humanidad, alejándonos de la tierra favorecida por Dios. Sin embargo, Dios confirmó el pacto de gracia con Noé (6:18; 9:9), indicando que a través de Noé, la humanidad recuperaría lo que había perdido no solo en el diluvio sino en la caída.

Bajo el pacto noético, la humanidad comenzó a ser restaurada al favor de Dios. En la misma medida, también comenzamos a regresar al Edén. Para entonces era muy diferente, pero seguía representando la esperanza del reino de Dios.

LA PERMANENCIA DE ABRAHAM

Con el tiempo, Dios eligió a Abraham para que se convirtiera en el padre de una nueva nación, a través de la cual Dios cumpliría Su plan de un reino terrenal (12:1-3; 17:4-8). Geográficamente, condujo a Abraham desde las distantes porciones del Edén en Mesopotamia hacia su centro.

El traslado de Abraham fue más por la gracia y la bendición de Dios, que por Su ira y maldición. Aun así, implicó que dejara su hogar sin saber hacia dónde iba. Por otra parte, cuando Abraham llegó a Canaán, la tierra estaba sumida en una hambruna severa (12:10). Así que se trasladó temporalmente con su familia a Egipto y luego regresó a Canaán una vez terminada la hambruna.

Durante este tiempo la vida de Abraham parecía estar lejos de ser bendecida. Su esposa fue llevada al harén de Faraón, su sobrino fue secuestrado y Abraham tuvo que dirigir a su familia a la batalla (caps. 12-14). Todo esto ocurrió antes de que Dios hiciera un pacto con él. Dios le había hecho varias ofertas y garantías de tierra y descendencia (12:1-3, 7; 13:14-17) y después las confirmó a petición de Abraham (15:8).

Dios se comprometió a darle Canaán a Abraham, junto con una descendencia demasiado numerosa para ser contada. A través de esos descendientes extendería el reino de Abraham por todo el mundo (vv. 1-21; 17:1-14; Rom 4:13).

Abraham nunca vio cumplidas estas promesas (Heb 11:13). Vivió y murió como extranjero en la misma tierra que Dios había prometido darle, con un solo hijo (Isaac) al que Dios había extendido la promesa del pacto (Gn 22:16-18). Pero ni Abraham ni nadie en la Escritura después de él creyó que las promesas de Dios habían fracasado. Esperaban algo más que un poderoso reino humano; esperaban que el reino celestial de Dios viniera a la tierra (Heb 11:16).

EL ÉXODO

Dos generaciones más tarde, la familia de Abraham regresó a Egipto como huéspedes de honor, con la promesa de Dios de que volverían a Canaán como una gran nación (Gn 46:3-4). Esa promesa se cumplió, pero solo después de que Dios permitiera que los israelitas fueran esclavizados por los egipcios durante siglos (Ex 6:612:40).

Dios devolvió a Israel la tierra de Canaán no porque ellos se acordaran de Su pacto, sino porque Él lo recordó (2:23-25). Al igual que pasó con Noé y Abraham, la razón de su prolongado sufrimiento no parece haber sido su propio pecado, sino la pecaminosidad de otros. Sin embargo, Dios lo utilizó para su bien (Rom 8:28). Israel se convirtió en una nación poderosa y salió con el botín de Egipto (Ex 3:22).

Al regresar a Canaán, Israel repetía un movimiento que había hecho Abraham. Como Adán, habían sido expulsados del jardín. Como Noé, habían sido expulsados de Edén. Al igual que Adán, Noé y Abraham, se les había prometido el regreso al Edén, desde donde comenzarían a extender el reino de Dios hasta los confines de la tierra.

Israel fue infiel a Dios durante el éxodo. Así que, aunque Él permitió que la nación saliera de Egipto, no los restauró a la tierra prometida. En cambio, prolongó su exilio haciéndolos vagar hasta que toda la primera generación que había salido de Egipto, excepto Josué y Caleb, hubiera muerto en el desierto (Nm 14).

EL PRIMER REINO

En Canaán, Israel luchó durante siglos antes de que Dios hiciera un pacto con David en el que le prometía que uno de sus hijos gobernaría Israel para siempre (2 Sam 7; Sal 89). Luego, bajo el hijo de David, Salomón, Israel alcanzó la cima de su poder. Sus fronteras se extendían hasta los bordes de Edén y su pueblo era demasiado numeroso para ser contado (1 Re 4:20-21), tal como Dios había prometido a Abraham.

Salomón construyó el templo como casa y trono de Dios (1 Cr 28:2Is 6:1) y el propio trono de Salomón era una extensión del de Dios (1 Cr 28:5-629:23). Al igual que el tabernáculo, el templo y su mobiliario hacían eco de las imágenes del Edén. Ambas estructuras reflejaban exteriormente su propósito espiritual de ser el lugar donde Dios habitaba y se reunía con Su pueblo. Pero incluso aquí, algo faltaba. Dios no caminaba con Su pueblo como lo había hecho con Adán en el jardín.

Más tarde, el mismo Salomón fue infiel. Así que, en los días de su hijo Roboam, el reino se dividió entre Judá en el sur e Israel en el norte (1 Re 12:16-24). Finalmente, tanto el reino del norte como el del sur fueron llevados a nuevos exilios. Así como se habían alejado espiritualmente de Dios, fueron alejados geográficamente de Su trono en Jerusalén.

EL ÚLTIMO REINO

Hubo un intento de restaurar el reino en los días de Esdras y Nehemías, pero se tambaleó porque el pueblo fue infiel. Finalmente, Dios hizo lo que Su pueblo no pudo o no quiso hacer. Envió a Su propio Hijo para sacar a Su pueblo del exilio y construir el reino de los cielos en todo el mundo.

¿Dónde esto nos deja ahora? ¿Vivimos en el exilio o vivimos en el reino celestial de Dios en la tierra? En cierto sentido, la respuesta es ambas cosas. El reino de Dios ya está aquí, pero es en gran medida espiritual (Lc 17:20-21). Por tanto, somos exiliados físicos pero no espirituales. Luchamos contra el mundo físico, la carne corruptible y la presencia del pecado (Rom 7:14-25Gal 5:17). Pero espiritualmente, somos ciudadanos del reino de Dios, habitados por el Espíritu Santo y sentados con Cristo en los lugares celestiales (Ef 2:4-7).

Aun así, Jesús todavía no ha vuelto para renovar los cielos y la tierra, y esto no es el jardín del Edén, o mejor dicho, la nueva Jerusalén. El pacto de gracia garantiza que, cuando llegue la plenitud del reino de Dios, no volveremos a sufrir (Ap 21:4). Hasta entonces, se nos asegura en gran medida que sufriremos (2 Tim 3:12). Eso hace que nuestras vidas se parezcan mucho a la de Abraham. Vivimos y caminamos por fe, sabiendo que las promesas de Dios son verdaderas incluso cuando no se sientan como tal.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Ra McLaughilin
Ra McLaughilin

Ra McLaughlin es vicepresidente de operaciones y finanzas de Third Millennium Ministries.

Midiendo el éxito

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Midiendo el éxito

Por Larry G. Mininger

Alrededor de cuarenta personas dispersas en sillas de metal me saludaron en mi primer domingo de mi primer (y único) pastorado, en una pequeña y pintoresca capilla enclavada en el bosque entre enormes naranjales al oeste de Orlando, Florida. No habían bancos para sentarse, órgano, alfombras ni carreteras pavimentadas que condujeran a este lugar. Habían serpientes en el corredor y cocodrilos en el lago cercano. ¡Pensé que estaba en la jungla!

Cuando tenía cerca de un año en el ministerio, una visitante, felicitándome por el sermón, me susurró: «No estarás aquí por mucho tiempo». Desconcertado al principio, me di cuenta de que ella quería decir que yo no tendría que trabajar por mucho tiempo en este recóndito escenario. ¡Yo era suficientemente bueno para obtener una iglesia más grande! Los sentimientos de halago se transformaron en frustración. ¿Se suponía que yo debía estar insatisfecho con mi congregación? ¿Acaso estas personas no valían el sacrificio de mi vida? ¿Es el pastorado como un negocio donde subes la escalera corporativa hacia el «verdadero éxito»? Decidí que no permitiría que esa mentalidad dirigiera mi ministerio.

La fascinación por la grandeza eclipsa la verdad de que Jesús, el constructor (Mt 16:18) y la cabeza (Ef 1:22) de la Iglesia, ha edificado muchas más congregaciones pequeñas que grandes. Iglesias pequeñas, no grandes, son la norma. En los Estados Unidos, la congregación que tiene más de setenta y cinco miembros está por encima del promedio. Un informe reciente de una denominación orientada al crecimiento de iglesias reveló que un tercio de sus congregaciones tiene menos de cincuenta miembros y la mitad tiene menos de cien.

Aunque la primera iglesia en Jerusalén comenzó con tres mil almas y rápidamente aumentó a cinco mil, no se obtuvieron resultados similares en Asia. ¿Qué tan grandes eran las congregaciones en Éfeso o en Colosas? La Iglesia visible de Cristo creció inmensamente, pero no en un solo lugar. Al igual que hoy, el tamaño de sus congregaciones variaba ampliamente en ese entonces.

El hecho de que es decisión del Señor que las congregaciones varíen en tamaño puede deducirse de varios textos. Primero, en Mateo 25:14-29 tenemos la parábola de Jesús sobre la repartición de talentos. A cada siervo se le dio una cantidad diferente con la cual servir, y cada uno regresó con un incremento diferente. Todos conocemos pastores que no solo predican a sus congregaciones, sino que también convierten sus sermones en libros para «kilometraje adicional» y luego ponen esos sermones en la radio para un ministerio aún más grande. Esto ilustra que Jesús ha confiado diferentes cantidades de talentos a diferentes siervos que generan resultados diferentes. ¡Acredítale la diferencia a Jesús!

Segundo, en Mateo 13:23, Jesús proclamó que la semilla sembrada en buena tierra (es decir, la Palabra predicada) produce varias cosechas: a treinta, sesenta o cien. Según Jesús, debemos esperar resultados variables de la misma semilla y del mismo trabajo. Dios, no el predicador, es quien produce el incremento diverso. La salvación es del Señor. Él edifica Su Iglesia como Él quiere.

Tercero, considera que «hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios el que hace todas las cosas en todos» (1 Co 12:4-6).

Nota que el Espíritu Santo ha creado deliberadamente una variedad en Su Iglesia: una diversidad de dones espirituales, una diversidad de ministerios y una diversidad de operaciones («diversas funciones», NVI). ¿No ayuda esta diversidad divinamente determinada a explicar los diferentes tamaños de las congregaciones de Jesús?

Además, la experiencia nos dice que no a todos les va bien en una iglesia grande. Algunas almas se pierden en la multitud, mientras que otras lo hacen así a propósito. Otras no disfrutan la atención que reciben en una iglesia pequeña; la rendición de cuentas que se da con naturalidad resulta demasiado evidente para ellas. Una iglesia grande puede ofrecer grandes programas (que, por cierto, a menudo bendicen a las iglesias más pequeñas), mientras que la mayoría de los santos se sienten más necesitados en una iglesia más pequeña. Una iglesia grande tiene un personal diverso y especializado, mientras que en una iglesia pequeña cada miembro puede relacionarse con el pastor como con un entrenador personal de su alma.

Por lo general, una iglesia pequeña tiene la relación pastor-miembro más favorable. En este sentido, una iglesia pequeña es más como el ministerio de Jesús a los doce o como la iglesia promedio del Nuevo Testamento. Un pastor de una iglesia pequeña puede visitar cada hogar, conocer bien a toda su gente e interceder por sus necesidades de oración más íntimas.

Finalmente, ¿qué es lo más importante para Jesús en cualquier iglesia? ¿No es la combinación de la proclamación bíblica de Su Palabra, la administración fiel de Sus sacramentos, así como el cuidado amoroso y la disciplina de Su pueblo a la manera de Jesús? Una buena iglesia pequeña puede proveer todo esto a las ovejas de Jesús y, en el caso de cuidado y disciplina, probablemente más intensivamente que una buena iglesia grande.

No hay correcto e incorrecto cuando se trata de tamaño. Aunque el tamaño seguramente se ve afectado por nuestra fe versus nuestro pecado, al final es el Señor Jesús quien hace ese llamado. Él edifica la Iglesia como Él quiere. Él reparte Sus dones, ministerios y resultados, y reúne a Su pueblo en rebaños alrededor de la tierra según Su propia sabiduría. Las iglesias grandes, medianas o pequeñas realmente no están en competencia entre sí, sino que son partes diversas del plan integral y eterno del Señor para reunir a todo Su pueblo en una Iglesia visible, finalmente, en gloria. Entonces, cada pastor y congregación, según las diversas habilidades dadas por Dios, responde a la comisión de Jesús, y los resultados y la gloria pertenecen a Cristo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Larry G. Mininger
Larry G. Mininger

El Dr. Larry G. Mininger es pastor emérito de la Lake Sherwood Orthodox Presbyterian Church, en Orlando, Florida. Además, sirve como encargado de atención estudiantil en el Reformation Bible College, Sanford, Florida.

El ya y el todavía no

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Serie: Entre dos mundos

El ya y el todavía no

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos

Este mundo no es nuestro hogar, pero lo será. Vivimos nuestros días en este mundo triste esperando ansiosamente el cielo nuevo y la tierra nueva, aferrándonos diariamente a esta promesa: «He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo y Dios mismo estará entre ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Ap 21:3-4). Somos peregrinos en nuestro viaje a casa y añoramos un lugar en el que nunca hemos estado. Somos extranjeros, forasteros y extraños en una tierra extraña, cuya ciudadanía en el cielo está asegurada en Aquel que ha ido delante de nosotros, que está sentado a la diestra del Padre y que vuelve para juzgar, vencer y consumar.

En este mundo tendremos tribulaciones, pero «confiad», dijo Jesús —no porque vayamos a vencer al mundo, cambiar completamente el mundo, acostumbrarnos a este mundo o llegar a amar el mundo— sino porque Jesús declaró: «Yo he vencido al mundo» (Jn 16:33). Y así, esperamos entre el ya y el todavía no, entre lo que nuestro Señor ha declarado que ya es verdad y lo que todavía no se ha revelado. Sin embargo, nuestra espera no es en vano, ni es una espera pasiva o aislada. Más bien, esperamos a nuestro Novio para que pueda reunir a Su novia de toda tribu, lengua y nación para Su gloria. Esperamos con esperanza, con participación activa en la misión de Dios y en comunidad con la Iglesia de Jesucristo, pues Cristo es la luz del mundo y los que estamos unidos a Él por la fe —y por la fe sola— estamos en Él. Y así, tan pronto como Cristo nos llama a salir de las tinieblas y a entrar en Su maravillosa luz, nos envía de vuelta a las tinieblas para brillar tanto en palabras como en hechos ante el mundo que nos observa. A medida que el mundo vea nuestras buenas obras y mientras el mundo escuche nuestra proclamación del glorioso evangelio, la novia elegida de Cristo de todo el mundo glorificará a nuestro Padre en el cielo.

Para que la creencia tenga un significado que cambie el corazón y la vida, requiere que Dios sea tanto su fuente como su objeto (Sal Aunque retirarse por completo del mundo a menudo parece atractivo, el Señor no nos da esa opción (1 Co 5:9-10). Más bien, mientras vivimos en este mundo de pecado y en estos cuerpos de pecado, somos embajadores de Cristo en nuestro viaje a la tierra prometida. Cuando nosotros los peregrinos lleguemos a casa, Jesús enjugará toda lágrima de nuestros ojos —no solo las de tristeza, sino también las de alegría— ya que, de lo contrario, no podríamos verle cara a cara mientras le adoramos por siempre coram Deo.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

¿Quién soy yo?

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Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk MagazineEl cuádruple estado de la humanidad

Por Burk Parsons

¿Quién soy yo?

En la adaptación musical de la obra clásica de Victor Hugo, Los Miserables, el protagonista Jean Valjean llega a un punto de crisis en su vida en que se siente abrumado por su culpa al haber sido convicto como un criminal y delincuente. En una escena notablemente emocional, Valjean hace una pregunta penetrante: «¿Quién soy yo?». Al considerar su pasado, su presente y su futuro, lucha con la realidad de su culpa y su merecida condenación ante Dios y los hombres. Se ve forzado a cuestionar su identidad e integridad y a enfrentarse con la inocencia de un hombre que fue acusado falsamente porque ha sido erróneamente identificado como Valjean. Aunque Valjean ha logrado evitar ser reconocido como reo al cambiar de nombre e identidad, tiene que afrontar la verdad de quién es realmente: un convicto cuyo número de prisión es 24601.

Muchos lectores de Los Miserables no conocen el significado de ese número. Los estudiosos literarios argumentan que Víctor Hugo le asignó ese número a Valjean como una forma de identificarse con su protagonista, ya que representaba la fecha en que Víctor Hugo creía que había sido concebido: el 24 de junio de 1801 (24/6/01). Víctor Hugo se estaba identificando con Valjean como un pecador, no solo desde el momento en que pecó por primera vez, sino desde el día de su concepción. Bien pudiera ser que Víctor Hugo haya tenido en mente lo que David confesó: «He aquí, yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre» (Sal 51:5).

La mayoría de las personas en el mundo no saben por qué están aquí, quiénes son en realidad, de dónde provienen ni hacia dónde van. Además, tienen una opinión totalmente incorrecta de sí mismas, pues creen que son fundamentalmente buenas, que nacieron buenas y que están de camino a un lugar bueno. No entienden que son pecadores culpables, concebidos en pecado, nacidos con una naturaleza pecaminosa, que viven bajo la ira de Dios y esperan la justa condenación de Dios. Toda la humanidad se encuentra por naturaleza en un estado de pecado, y todas las personas necesitan desesperadamente escuchar las buenas nuevas de Jesucristo para que, por la obra regeneradora del Espíritu Santo, puedan ser justificadas ante Dios por la fe sola y salvadas eternamente por medio de Cristo. Solo por la obra del Espíritu en nosotros a través del evangelio de Cristo, Dios nos muestra quiénes somos realmente, de modo que cuando somos movidos por el Espíritu a preguntar: «¿Quién soy yo?», podemos declarar humilde y valientemente: «Fui concebido en pecado, nací pecador, mereciendo la condenación, pero he nacido de nuevo por el Espíritu, he sido unido a Jesucristo y estoy destinado a la gloria. Eso es quien soy: mi identidad, por la gracia de Dios, está en Cristo».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

No necesitamos superhombres

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No necesitamos superhombres

Por Howard Q. Davis Jr.

En el capítulo dos de Instruments in the Redeemer’s Hands [Instrumentos en las manos del Redentor], Paul David Tripp cuenta una historia de un miembro de la iglesia que llamó al pastor para que ayudara a un hombre. El comentario de Tripp para el miembro fue: «¿No es asombroso el amor de Dios? A Dios le importa este hombre y pone a uno de Sus hijos en su camino. Tú le importas a Dios y Él te ha dado la oportunidad de ser un instrumento en Sus manos». ¡Aquellos de nosotros que no somos pastores somos propensos a querer que el pastor lo haga todo! Esperamos que él esté a cargo de todo, desde mover las mesas para la reunión de damas hasta ser el director ejecutivo. Ese, definitivamente, no es el rol del pastor. La otra cara de la moneda es que en muchas iglesias el pastor quiere ser y es el director, pero eso tampoco es un modelo bíblico y, en última instancia, acarreará serios problemas para el ministerio.

Pues Dios no ve como el hombre ve, Como dice John MacArthur en The Master´s Plan for the Church [El plan del Señor para la Iglesia]: «Es comprensible que los ancianos no puedan darse el lujo de consumir su tiempo y energía con los detalles administrativos, las relaciones públicas, los asuntos financieros menores y otras cuestiones del funcionamiento diario de la iglesia. Tienen que dedicarse sobre todo a la oración y al ministerio de la Palabra y a elegir a otros para que manejen esos otros asuntos». El modelo bíblico de un pastorado es el de un trabajo en equipo. En cada lugar del Nuevo Testamento donde se usa el término presbuteros (es decir, «anciano») está en plural, excepto cuando el escritor se refiere solamente a sí mismo. En ninguna parte del Nuevo Testamento se hace referencia a una congregación de un solo pastor. La iglesia en Jerusalén incluía apóstoles y ancianos (Hch 11; 15); la iglesia en Antioquía tenía profetas y maestros (Hch 13:1). Asimismo, las iglesias en Creta, Filipos y Éfeso tenían ancianos, también llamados «obispos».

Don Clements en Biblical Church Government [El gobierno de la iglesia bíblica] escribe que «en cada una de las primeras iglesias del Nuevo Testamento, había claramente una pluralidad de ancianos en el liderazgo. En otras palabras, la iglesia no era gobernada por la decisión de una persona. Más bien, debía ser gobernada por grupos de ancianos que trabajaban juntos. Este es uno de los puntos más importantes en la forma bíblica de gobernar la iglesia, pero es un punto frecuentemente malinterpretado, practicado incorrectamente y difamado en las iglesias de hoy en día». Hay varios problemas con el modelo de un solo líder. Todos somos pecadores y, sin la participación de otro, uno puede convertirse en un «dictador religioso». La gran cantidad de tareas en la iglesia es demasiado grande para que un hombre las maneje física, mental y emocionalmente. Al tratar de hacerlas todas, como dice Clements, «el líder más fuerte, si se queda solo, se consumirá rápidamente». La Escritura nos manda a que examinemos cada palabra que procede del púlpito; si solo hay uno que toma las decisiones, no habrá mucho examen de lo que él diga. Muchas denominaciones se han ido por el camino de la apostasía por no practicar tal examen, y creo que es particularmente cierto en esta era de creerlo todo fácilmente y creencias pluralistas. Lo mismo sucedió en días de Jeremías (ver Jer 5:30-316:13-14).

La idea de múltiples ancianos no es una novedad para la Iglesia del Nuevo Testamento. La vemos operando a través del Antiguo Testamento. Dios, hablándole a Moisés desde la zarza ardiente, le ordena: «Reúne a los ancianos» (Ex 3:16b). Es poco probable que esto se refiera solamente a los hombres de mayor edad, pero esta es la primera vez que se usa este término en la Escritura. Sin embargo, en numerosos pasajes en Deuteronomio podemos ver que a los «ancianos» se les asignan responsabilidades específicas (19:12; 21:19-20; 22:15-18; 25:7-9; 31:9-13). Para la época de Cristo, los ancianos eran una institución en las sinagogas judías.

La función de los ancianos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, es llevar a cabo la «supervisión» de la Iglesia. Las tareas de los ancianos, según lo establecido en la Escritura, incluyen predicar, enseñar, velar por la doctrina, ejercer disciplina, visitar a los enfermos, orar, alimentar al rebaño y velar por la congregación.

Pablo en su carta a los filipenses describe dos grupos de oficiales en la iglesia: obispos (supervisores o ancianos) y diáconos (Flp 1:1). El propósito especial del diácono se encuentra en Hechos 6:1-7: ellos ayudan a los ancianos a ministrar a los pobres y a las viudas (ministerio de misericordia) para que los ancianos puedan dedicarse al ministerio de la oración y la Palabra. Como su nombre lo indica en el griego, la función principal de los diáconos es la del servicio. Ellos realizan sus deberes bajo la supervisión de los ancianos. Como Brian Habig y Les Newsom señalan en su excelente obra The Enduring Community [La comunidad duradera], «la Palabra tenía que ser predicada para que las vidas fueran cambiadas y los corazones fueran convertidos. Tan fundamental fue esta actividad para la vida de la Iglesia que nada que los distrajera de esta práctica sería permitido… Los discípulos estaban tan comprometidos con estas actividades primarias que instituyeron un oficio completamente dedicado a las necesidades temporales o físicas de la Iglesia».

Gobernar junto a una pluralidad de ancianos no es solamente el modelo bíblico, sino que también le brinda mucha protección al pastor. Si el predicador actúa como un director ejecutivo, entonces cada decisión que él tome proveerá municiones a algún miembro disgustado de la congregación para que las use en su contra. Cuando los ancianos toman una decisión, es una decisión grupal, y por lo tanto, ¡no es solo del pastor!

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Howard Q. Davis Jr.

El juez retirado Howard Q. Davis Jr. es un anciano gobernante en la Primera Iglesia Presbiteriana en Indianola, Mississippi. También se desempeñó como moderador de la 33ª Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana en América.

Bonifacio: El apóstol a Alemania

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

Bonifacio: El apóstol a Alemania

Por Henry Krabbendam 

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

No es exagerado decir que, desde los días del gran apóstol a los gentiles, ningún misionero del evangelio ha sido más eminente en trabajos, en peligros, en devoción, y en tener ese propósito tenaz pero flexible que nunca pierde de vista su objetivo, aun cuando se viera obligado a acercarse a él por algún otro camino que el que se había propuesto originalmente, que Winfrid, conocido en los anales de la cristiandad como Bonifacio, “el apóstol de (los Países Bajos y) Alemania”» (William Smith y Henry Wace, eds., A Dictionary of Christian Biography [Diccionario de biografías cristianas], Nueva York: AMS Press, 1967, vol. 1, p. 327).

Este emotivo veredicto deja una impresión duradera en todo lector reflexivo. Francamente, debería emocionarlos. Pero ¿quién es este Bonifacio? ¿Qué le hizo merecedor de este veredicto? ¿Qué lo convirtió en el hombre que fue? Y, por último, pero no menos importante, ¿qué debe hacer la Iglesia con su legado?

Nacido en la década del año 670 en Bretaña y, preocupado por las cosas eternas a una edad sorprendentemente temprana, Bonifacio rogó, y finalmente recibió, el permiso renuente de su padre para entrar en un monasterio y entregarse a una vida de servicio en el Reino de Dios. Durante la preparación monástica para la tarea de su vida, aprendió la obediencia incondicional a sus superiores eclesiásticos, se inflamó su amor por Cristo, demostró ser un estudiante celoso de las Escrituras, se convirtió en un discípulo devoto en la escuela de la oración, creció rápidamente en la santidad con propósito, demostró ser un poderoso predicador del evangelio y fue ordenado sacerdote a la edad de treinta años. Pero, sobre todo, el monasterio, un semillero de fervor evangelístico, lo impregnó de un celo evangelístico duradero.

Su ministerio puede ser dividido en tres fases, formuladas desde su incursión misionera inicial (716) en los Países Bajos (Frisia), hasta su incursión final (754), posiblemente ya como un octogenario, en la misma área geográfica. Su primera incursión no tuvo éxito debido a una guerra que se desató entre Radbod, rey de los frisones, que buscaba devastar todas las iglesias y monasterios posibles, y Carlos Martel, rey de los francos. Su última incursión concluyó con su muerte como mártir, la pieza que coronó una vida extraordinaria, caracterizada por un impulso espiritual enorme, un entusiasmo sin temor, un vigor interminable y una perseverancia indomable. Se distinguió desde el principio como un misionero apasionado y eventualmente se convirtió en un organizador excepcional, un excelente administrador y un fino estadista. Dedicó todos sus dones y talentos a la infatigable búsqueda de su gran visión dual: cristianizar toda la Europa pagana y fusionar a los convertidos en una Iglesia poderosa, efectiva e influyente bajo la sombrilla unificadora y autoritaria del obispo de Roma.

En su primera fase (718-722), Gregorio II le encargó que trabajara como sacerdote misionero en Turingia (centro-sur de Alemania) y Frisia. En Turingia se encontró con una mezcla de cristianismo y paganismo, y con una moral relajada. Aunque disfrutó de cierto éxito, experimentó la resistencia de un clero de mentalidad independiente que controlaba a las iglesias ya establecidas. Esto y la muerte de Radbod lo motivaron a regresar a Frisia, donde trabajó durante tres años. Vio muchos paganos convertidos. Esta vez las autoridades eclesiásticas estaban con él e incluso le ofrecieron un obispado. Pero su corazón misionero no le permitió aceptarlo, porque estaba ansioso por moverse a nuevos campos de labor evangelística.

En la segunda fase (722-742), bajo la protección de Carlos Martel y delegado por Gregorio II como obispo misionero, se concentró primero en Hessia (norte-centro de Alemania) y luego en Turingia. Su éxito en Hessia lo inmortalizó como uno que «superó a todos sus predecesores en la dimensión y en los resultados de su ministerio» y, por tanto, «fue un instrumento de Dios mayor que ningún otro individuo para llevar el cristianismo» a Alemania. Los eventos que asestaron un golpe decisivo al paganismo mitológico y que hicieron que su ministerio se disparara fueron, en primer lugar, el talado osado y estratégico de un roble impresionante dedicado a la adoración de Thor, dios del trueno, que era considerado sagrado e inviolable. Y segundo, el uso de esa madera para erigir una capilla para la gloria de Cristo. Para la población nativa, la «falta de respuesta» de Thor estableció la autoridad del Dios cristiano y Su apóstol eclesiástico. Esto llevó a miles de conversiones y constituye el comienzo de la cristianización a todo lo largo de Alemania. Lo que caracterizó su ministerio en Turingia, luego de que Gregorio III lo encomendara como arzobispo misionero para darle mayor autoridad, fue la fundación de una vasta red de iglesias dedicadas, diócesis funcionales, monasterios disciplinados y escuelas florecientes. Con una combinación de gracia apacible y disciplina intolerante, predicó incesantemente contra el culto pagano, las herejías doctrinales, la impureza moral y el catolicismo independiente, y trató de erradicar estas cosas armado con el amor por las Escrituras y el celo por la Iglesia, así como con habilidad organizativa y capacidad administrativa.

En la tercera fase (744-753), bajo la protección de Pipino, hijo de Carlos Martel, y comisionado como arzobispo de Maguncia por el papa para darle jurisdicción regional, expandió su ministerio a Baviera (sur de Alemania) y Francia. En Baviera continuó mostrando su genio para la organización y administración eclesiásticas, y en Francia su celo indomable por la reforma personal y eclesiástica.

Al final, sin interés de partir tranquilamente de esta escena terrenal, murió como había vivido, como un soldado de Cristo. Buscando destruir la adoración pagana y salvar almas paganas, trajo sobre sí la ira de los objetos de su amor y celo. Él y sus compañeros se negaron a defenderse y fueron masacrados. Irónicamente, sus asesinos en poco tiempo reconocieron frente al Dios de Bonifacio y sus muchos amigos leales, el callejón sin salida espiritual y social en que vivían y se arrepintieron, en apariencia, de corazón. Se hicieron seguidores de Cristo y miembros de Su Iglesia. Así, Bonifacio logró con su muerte lo que no logró durante su vida.

Esto nos deja con las dos últimas preguntas planteadas al principio de este artículo: ¿Qué hizo que Bonifacio fuera el hombre que fue? ¿Y cuál es su legado? Ninguna de las dos preguntas es muy difícil de responder con la ayuda de las Escrituras, sus cartas y los testimonios de la historia.

Todos los elogios que le han sido y que le pudieran ser asignados, tales como su piedad con propósito, su gozo inefable, su constante alabanza a Dios, su celo indomable, su trabajo infatigable y su esfuerzo sacrificial, a menudo en medio de tiempos difíciles, parecen reflejar la gloria restaurada (Sal 85), con su fuente en la cruz y en la resurrección de Cristo, su agente en el Espíritu de Cristo y su primera gran demostración en Hechos 2. A lo largo de su ministerio, Bonifacio anheló y mostró el poder pentecostal de la resurrección que estaba ansioso por abrazar tanto el sufrimiento, que viene al predicar el evangelio, como la semejanza a una muerte llena de frutos que Jesús mismo dejó como modelo, tanto para Sus discípulos como para la Iglesia universal (Jn 12:24Fil 3:10Col 1:24). Combina este poder abundante del Espíritu con un amor sacrificial y un discernimiento que luce infalible en el manejo de personas y situaciones eficazmente y sin temor (2 Tim 1:7), y comenzará a surgir el perfil del «apóstol de los Países Bajos y Alemania». En una entrega llena de gozo, se sometió a vivir en un monasterio como campo de entrenamiento habitual de la fe cristiana. Pronto encontró su nicho misionero y con una devoción inquebrantable mantuvo el rumbo en el principio, en la mitad y hasta el final de su vida. Al principio, puso en peligro su vida aventurándose en una zona que estaba en guerra con el evangelio. A la mitad, arriesgó su vida y bajo la autoridad del evangelio derribó un roble que era idolatrado. Al final, entregó su vida y fue martirizado por la causa del evangelio. Básicamente, estas tres instancias cuentan su historia.

Pero ahora, su legado. Sería inconcebible demandar que todos los cristianos imiten los dones que Dios ha derramado sobre algunos individuos en específico, como es el genio para la organización y la administración. Sin embargo, sería igualmente inconcebible no presentar como vinculante para cada individuo lo que Dios requiere de todos los cristianos. Siguiendo los pasos del gran apóstol a los gentiles, Bonifacio abrazó de todo corazón, como norma de Dios, el doble plan que Cristo dejó a la Iglesia: sufrimiento y muerte en Él, y vida en Su pueblo (2 Co 4:12). Si la Iglesia celebrara a Bonifacio simplemente como un fenómeno extraordinario, perdería el punto. Solo si él logra energizar a la Iglesia, y solo si la Iglesia lo abraza a él y su vida como un ejemplo del deseo de avivamiento de parte de Dios, y solo si nos confesamos como culpables y avergonzados de todo lo que se quede corto de esto, entonces podremos esperar disfrutar de un tipo de ministerio así de indispensable, ya sea en lo que parece ser un Oriente Medio (musulmán) prácticamente muerto, en una Europa (secularizada) casi muerta o en unos Estados Unidos de América (humanistas) moribundos. Francamente, el mensaje de la historia en general y de Bonifacio en particular es muy claro. A menos que la Iglesia, siguiendo los pasos de Bonifacio, esté dispuesta a sufrir y morir, y con palabras y ejemplos urja a todos sus hijos a una edad temprana a seguir su ejemplo, en lugar de solo permitirles renuentemente que lo hagan en circunstancias extraordinarias, la Iglesia estará destinada a sufrir y enfrentar de cerca la muerte a manos del mundo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Henry Krabbendam
Henry Krabbendam

El Dr. Henry Krabbendam es profesor de teología en Covenant College en Lookout Mountain, Georgia, y es misionero en Uganda.

El monje solitario

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VII

El monje solitario

Nicholas Needham

El siglo VII es una época olvidada para la mayoría de los protestantes. Sin embargo, vale la pena conocerla. El corazón creativo de su teología estaba en el Este: el Imperio bizantino, con su centro en Constantinopla. Aquí las controversias cristológicas del siglo V todavía estaban presentes. Como resultado de los concilios de Calcedonia (451) y el Segundo de Constantinopla (553), la iglesia del Este y el Imperio se dividieron amargamente entre dos grandes partidos. En un lado de la controversia estaban los calcedonios, leales al credo ortodoxo de Calcedonia, de que Cristo es una persona con dos naturalezas; y al otro lado estaban los monofisitas, numerosos en Egipto y Siria, que sostenían que el Cristo encarnado tiene una sola naturaleza (una especie de naturaleza divina-humana sintetizada).

El Imperio bizantino haría un último intento para eliminar la brecha entre los calcedonios y los monofisitas. La iniciativa vino del emperador Heraclio (610–641). Él tomó su postura teológica del patriarca Sergio I de Constantinopla, quien sugirió que los calcedonios y los monofisitas podrían unirse en torno a la fórmula de una «energía única» en Cristo. Cuando los teólogos hablaban de «energía» (en griego, energeia), se referían a la acción, actividad, trabajo u operación que revela la naturaleza distintiva de una cosa. 

¿Qué tenía esto que ver con la disputa entre calcedonios y monofisitas? La controversia se desarrolló en torno a cómo Cristo puede ser una persona si tiene dos naturalezas. Los calcedonios hacían distinción entre la naturaleza y la persona, argumentando que las dos naturalezas de Cristo habitan una en la otra sin confundirse entre ellas, unidas por la única persona divina de Cristo. Los monofisitas respondieron que si Cristo es una sola persona, esto requiere que Sus dos naturalezas se conviertan en una. Pero la energía fue un tercer factor en la ecuación, algo diferente a las ideas de naturaleza y persona. Si los calcedonios y los monofisitas pudieran estar de acuerdo en que Cristo tiene una sola energía, tal vez ambas partes podrían aceptar esto como la explicación de Su unidad.

Sergio I de Constantinopla argumentó que la energía pertenece a la persona y no a la naturaleza. Ya que los calcedonios y los monofisitas estaban de acuerdo en que Cristo era una persona, ellos (sugirió Sergio) podrían ver que Sus dos naturalezas estaban unidas en la única energía de Su persona. El emperador Heraclio defendió la fórmula de «energía única» de Sergio y tuvo cierto éxito. Sin embargo, la reunión se encontró con serios problemas en Palestina. Los monjes calcedonios, dirigidos por el brillante patriarca Sofronio I de Jerusalén, se opusieron fuertemente a la fórmula de energía única. Sofronio argumentó que la energía no pertenece a la persona (como dijo Sergio), sino a la naturaleza (como en el entendimiento tradicional). Por lo tanto, en Cristo hay dos energías distintas, humana y divina, que revelan las dos naturalezas distintas del Salvador.

La oposición de Sofronio a la fórmula de energía única incitó a Heraclio a buscar el apoyo del papa Honorio I. Esto fue lo peor que pudo haber hecho. Honorio llevó el conflicto a aguas aún más tormentosas. Profesando estar descontento con toda la charla sobre energías, propuso la sugerencia explosiva de que Cristo tiene una sola voluntad en lugar de una sola energía. Honorio pensó que los calcedonios y los monofisitas podían encontrar puntos en común al confesar que las dos naturalezas del Salvador están unidas por su única voluntad divina, lo cual, por supuesto, significaba negar que Cristo tiene una voluntad humana. El emperador Heraclio aprovechó esta idea y, en el 638, emitió una declaración teológica oficial, la Ekthesis. Esta declaración prohibió toda mención adicional de energías, y decretó que Cristo tenía una sola voluntad divina. Esta iba a ser la nueva ortodoxia. Aquellos que apoyaron la Ekthesis fueron conocidos como mono theletes, término griego que significa «voluntad única».

La posición monotelista levantó poderosos enemigos entre los calcedonios ortodoxos. El más poderoso fue el monje griego Máximo el Confesor (580–662), quien sostuvo vehementemente que Cristo tiene dos voluntades, una humana junto a una divina. ¿Por qué le dio tanta importancia a este asunto? La respuesta reside en su preocupación por la doctrina de la salvación. La voluntad humana, señaló Máximo, es la fuente del pecado, la sede misma de nuestra corrupción que necesita ser rescatada y santificada. Por lo tanto, si ha de haber salvación para nuestras voluntades caídas, el Hijo de Dios debe tomar una voluntad humana para Él mismo en la encarnación. La única forma en que nuestras voluntades pueden llegar a ser santas es siendo conformadas a la voluntad humana perfectamente santa de Cristo, el Dios-hombre. Pero los monotelitas estaban diciendo que Cristo no tiene voluntad humana. ¿De dónde entonces, preguntó Máximo, proviene la santificación de nuestras voluntades pecaminosas? Es esencial para nuestra salvación que Dios el Hijo haya tomado una voluntad humana.

No era una buena señal para los monotelitas el haberse hecho un enemigo como Máximo. Él era un teólogo de gran eminencia, al nivel de Atanasio, los padres de Capadocia, Cirilo de Alejandría y Juan de Damasco como una de las mentes más destacadas de la Iglesia oriental.

Cuando murió Heraclio, su sucesor fue su nieto Constante II (641–68), un dictador cruel. El emperador Constante intentó apagar la controversia silenciando a todas las partes; su edicto de 648, Typos, prohibió a todos los ciudadanos bizantinos volver a mencionar voluntades y energías en Cristo, bajo pena de severo castigo. Para los ortodoxos, esta orden imperial significaba tolerar la herejía en la Iglesia, y algunos de ellos no estaban dispuestos a obedecerla.

Uno de ellos fue el nuevo papa, Martín I, quien ascendió al trono papal en julio del 649. Martín era un aliado cercano de Máximo e impresionó a todos con su radiante santidad y su profundo conocimiento. En octubre de ese año, Martín convocó un concilio romano que condenó el monotelismo y afirmó que Cristo tiene dos voluntades, una humana y una divina. Máximo estuvo presente y jugó un papel principal en este concilio. Luego, Martín envió copias de las decisiones del concilio a lo largo de Oriente y Occidente, junto con una carta circular advirtiendo a todos los cristianos fieles contra la peligrosa herejía de los monotelitas.

Ese desafío tan osado al emperador Constante selló el destino de Máximo y Martín. Las tropas bizantinas los capturaron en el 653, los llevaron a Constantinopla y los encarcelaron durante un largo período en condiciones horrendas que destrozaron la ya mala salud de Martín. Finalmente fueron juzgados por traición en el 655. Martín fue declarado culpable y condenado a muerte; sus ropas papales les fueron arrancadas; fue azotado y arrastrado a los calabozos. En un inesperado toque de misericordia, Constante suavizó la sentencia de Martín condenándolo al destierro. Agotado por su terrible encarcelamiento, el papa murió seis meses después: un mártir por su fe en la humanidad plena de Cristo.

Entonces se llevó a cabo un juicio contra Máximo. Él había encabezado la oposición al monotelismo. Constante estaba decidido a hacer un espectáculo público de él. Día tras día, los jueces lanzaron acusaciones de traición y herejía contra el anciano monje, que ahora tenía 74 años. Sin embargo, Máximo no se inmutaba, rechazando todos los cargos de traición y negando firmemente que un emperador tuviera derecho a interferir en asuntos teológicos. Tal conducta era el Estado imponiendo sus manos impías en la independencia de la Iglesia. Constante no estaba impresionado; Máximo fue golpeado y desterrado a la pequeña ciudad de Bizia en Tracia.

Desde Bizia, Máximo continuó hablando y escribiendo contra el monotelismo; así que en el 662, un enfurecido Constante lo sometió a un nuevo juicio. Los jueces presionaron a Máximo con el argumento de que todos los demás miembros de la Iglesia oriental se habían sometido al Typos. ¿Cómo se atrevía él, un monje solitario, a desafiar la voz de la Iglesia? ¿Solo Máximo tenía la razón y todos los demás estaban equivocados? ¿Creía que solo él era salvo? La respuesta de Máximo resuena a través de los siglos: «Dios conceda que yo no condene a nadie, ni diga que solo yo soy salvo. Pero prefiero morir antes que violar mi conciencia abandonando lo que creo acerca de Dios».

Esta vez, el castigo de Máximo fue más severo: le arrancaron la lengua y le cortaron la mano derecha para que no pudiera hablar ni escribir. Luego fue desterrado a la costa sureste del Mar Negro, donde murió unos meses después. Fue por su firme confesión de fe en medio de estas crueldades que la Iglesia más tarde llamó a Máximo «el Confesor».

Constante fue asesinado en el 668. Su hijo Constantino IV (668–85) resultó ser un tipo de emperador muy diferente a su padre. Actuando en armonía con el papa de su tiempo, Agatón, quien fue un fiel discípulo de Martín y Máximo, Constantino convocó al sexto de los concilios ecuménicos en noviembre del 680, el Tercer Concilio de Constantinopla. El concilio fue un triunfo total para los enemigos del monotelismo, vindicando la creencia en la humanidad plena de Cristo por la cual Máximo y Martín habían sufrido. El concilio también nombró y condenó a quienes habían enseñado la doctrina de la energía única y la voluntad única, especialmente al patriarca Sergio de Constantinopla y al papa Honorio, llamándolos instrumentos de Satanás, herejes y blasfemos. Esta condena de un papa herético por parte de un concilio ecuménico fue más adelante una de las armas favoritas de los protestantes en su conflicto con el papado y sus afirmaciones de infalibilidad.

El Tercer Concilio de Constantinopla puso fin a los siglos de controversia sobre la relación entre la humanidad y la divinidad en Cristo. También fue el último de los concilios ecuménicos en recibir el reconocimiento de las tres ramas de la Iglesia profesante: católica romana, ortodoxa oriental y protestante.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas R. Needham
Nicholas R. Needham

El Dr. Nicholas Needham es pastor de la Iglesia Inverness Reformed Baptist Church de Inverness, Escocia, y profesor de historia eclesiástica en el Highland Theological College de Dingwall, Escocia. Es autor de la obra 2,000 Years of Christ’s Power [2000 años del poder de Cristo], compuesta de varios tomos.

Un cristianismo consistente

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Serie: La ética cristiana

Un cristianismo consistente
Por Jim E. Kim

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética cristiana

on frecuencia, en la Biblia se trata el tema de la hipocresía pero rara vez se menciona de manera diplomática. Originalmente designaba a un actor actuando con una máscara pero luego la palabra adquirió la connotación negativa de una inconsistencia entre lo que uno cree y cómo actúa. Esta inconsistencia se puede entender de dos maneras. Algunas inconsistencias son pretensiones de justicia propia, actuando como si uno fuera justo y virtuoso de manera exterior, mientras se carece de convicción interior. Hay muchos ejemplos de esto en los Evangelios. Jesús criticó deliberadamente a muchos que estaban más interesados ​​en la alabanza pública por sus actos religiosos de orar, ayunar y dar limosna (Mt 6:2516), aquellos que condenaban los pecados de otros mientras ignoraban los suyos propios (7:5) y aquellos que adoraban de labios y externamente pero sin sinceridad (15:8-9). Jesús llamó la atención sobre la hipocresía de muchos líderes religiosos de Su tiempo comparándolos con vasos y platos que están limpios por fuera mientras permanecen sucios en su interior, y con «sepulcros blanqueados», como algo hermoso por fuera que cubre la muerte por dentro (23:25-28). Esta inconsistencia —pretensión espiritual externa o falsa espiritualidad— es la descripción más común de hipocresía.

Pero la hipocresía también puede referirse a una inconsistencia de otro tipo: pretender no tener convicciones internas cuando ejercitarlas es inconveniente o difícil. En Gálatas 2, Pablo relata una interacción importante que tuvo con Pedro y Bernabé (vv. 11-14). Cuando Pedro se unió a Pablo en Antioquía, inicialmente disfrutó de la compañía y hermandad de los cristianos gentiles sin vacilar ni dudar. Esto es totalmente consistente con la creciente comprensión de Pedro del mensaje del evangelio, que rompe las tradiciones y distinciones que separaban a los judíos de los gentiles (ver Hch 10-11). Sin embargo, cuando llegaron otros llamados «los de la circuncisión», que mantenían las distinciones tradicionales entre judíos y gentiles, Pedro «empezó a retraerse y apartarse» (Gal 2:12). ¿Por qué? Por su temor a los hombres. Cuando Bernabé y muchos otros judíos comenzaron a seguir a Pedro, Pablo se enfrentó a Pedro y lo reprendió por su hipocresía (v. 13). Pedro debió haberlo sabido. Aunque realmente creía en el poder del evangelio para derribar las barreras humanas, siguió las costumbres de los hombres por temor al juicio de ellos. Sus acciones externas eran incompatibles con sus convicciones internas.

Si somos honestos, luchamos contra ambas formas de inconsistencia. En la Iglesia, a menudo buscamos la aceptación y el reconocimiento de otros creyentes hablando, actuando y sirviendo en maneras que nos hagan parecer más fieles, más conocedores y más maduros de lo que realmente somos. Además, en nuestra vida diaria, con frecuencia buscamos la aceptación y el reconocimiento del mundo silenciando nuestras convicciones y ocultando nuestros compromisos en la forma en la que hablamos, actuamos y servimos. Nada de esto es aceptable.

Las Escrituras nos exhortan a ser cristianos consistentes, con una vida de fe informada y motivada por el evangelio. Claro, esto es más fácil decirlo que hacerlo. Tal vez la iglesia de Colosas nos instruya. Cuando Pablo escribió su carta a esa congregación, la iglesia de Colosas era pequeña y nueva, y muchos de sus creyentes estaban luchando para vivir su fe en un mundo confuso y hostil. Por todos lados había filosofías, sabidurías y religiones que animaban a estos creyentes a silenciar, mezclar y, en ocasiones, a abandonar su fe. A estos cristianos que luchaban para vivir su fe, ¿qué les dijo Pablo? Les recordó enfática y repetidamente a los colosenses que Cristo es supremo sobre todas las cosas y que todos los creyentes le pertenecen (Col 1:15-20). Como dice de manera muy bella el Catecismo de Heidelberg: «Que yo en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo» (pregunta y respuesta 1). Además, si le pertenecemos, entonces como creyentes debemos andar «como es digno del Señor» (Col 1:10; ver 2:6).

Pablo consideró la idea de vivir «como es digno del Señor» lo suficientemente importante como para repetirla en otros lugares con ligeras variaciones, ya que instó a los creyentes a vivir de una manera digna «del evangelio de Cristo» (Flp 1:27), «de la vocación con que habéis sido llamados» (Ef 4:1) y de «Dios» (1 Tes 2:12). Esta es una vida tan transformada por Cristo que ya no busca mayor identidad ni mejor estatus pretendiendo ser algo más que pecadores salvados por gracia. Esta es una vida tan conformada a Cristo que seguir la voluntad de Dios en Cristo ya no es un sacrificio, sino un gozo persistente, incluso cuando seguirlo fielmente implique persecución y sufrimiento. Esta es una vida tan centrada en Cristo que agradarle a Él es el primer y único propósito en la vida, de modo que ya no seamos tentados a agradar a otros pretendiendo ser más o menos de lo que realmente somos. Como dijo de modo provechoso Juan Calvino:

Por lo tanto, si se pregunta qué clase de vida es digna de Dios, tengamos siempre presente esta definición de Pablo: que es una vida tal que, dejando las opiniones de los hombres, y dejando, en suma, toda inclinación carnal, está regulada de manera que queda sujeta únicamente a Dios.

Esto significa que ya sea en privado o en público, en la Iglesia o en el mundo, ante un amigo o enemigo, o en persona o en línea, vivimos consistentemente de una manera digna de alguien que es amado por Cristo, salvo por Cristo y que pertenece a Cristo.

Un cristianismo consistente es lo que la Palabra enseña y lo que el mundo necesita. Nuestras iglesias no necesitan cristianos con egos inflados sino creyentes que a diario entiendan que «es necesario que Él crezca, y que yo disminuya» (Jn 3:30). Nuestras comunidades y sociedades no necesitan cristianos que se desvanezcan en el trasfondo de la cultura y la vida actuales; en cambio, necesitan de aquellos que con fidelidad y consistencia en lo ordinario den testimonio de una vida y una realidad que no son de este mundo. Esto no es algo que podamos hacer por nosotros mismos, pero damos gracias «Porque Cristo, que nos ha redimido y liberado por Su sangre, también nos renueva a Su propia imagen por Su Espíritu Santo, para que así demos testimonio, a través de toda nuestra conducta, de nuestra gratitud a Dios por Sus bendiciones, y para que Él sea alabado por nosotros» (Catecismo de Heidelberg, 86).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jim E. Kim
Jim E. Kim

El Rev. Joel E. Kim es presidente de Westminster Seminary California. Es el co editor de Always Reformed [Siempre Reformado]

Oportunidad y oposición

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El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VII

Oportunidad y oposición

Por Abdul Saleeb

Qué está pasando con la Iglesia en el mundo musulmán en los primeros años del siglo XXI? En el pasado, era muy común que los misioneros dedicaran una vida de servicio fiel al evangelio y vieran muy poco o ningún resultado tangible en términos de musulmanes viniendo a la fe en Cristo. Sin embargo, hoy sabemos de un número significativo de musulmanes —a veces en los miles y a veces en las decenas de miles— que han venido a la fe en los últimos quince años.

Los estudiantes de misiones detectan un número de factores que Dios está usando para el avance del Reino de Cristo entre varios de los pueblos musulmanes. La inestabilidad política y el surgimiento de un islam radical y militante han hecho que muchos musulmanes empiecen a cuestionar la legitimidad del islam y que estén más receptivos al evangelio de Cristo, el Príncipe de Paz. Las tendencias actuales del mundo moderno como la globalización, la urbanización y las migraciones masivas, han abierto oportunidades nuevas y sin precedentes para compartir el evangelio con el pueblo islámico. El uso de tecnologías modernas como los satélites e Internet, junto con la distribución masiva de Biblias, también están teniendo un impacto significativo en países musulmanes que antes estaban bien cerrados. El número de misioneros que Dios está levantando para llevar el evangelio al mundo musulmán también está aumentando, no solo de iglesias en América del Norte, sino también de América del Sur y Corea del Sur, y más recientemente de iglesias clandestinas que crecen a un ritmo acelerado en China. Algunos de los temas recurrentes en los testimonios de conversión de musulmanes a Cristo incluyen cosas tales como el ministerio y estilo de vida de los creyentes cristianos, la oración contestada y la liberación de una situación difícil, el hallar la paz y la seguridad de perdón en la Biblia, encontrar el amor de Dios en las Escrituras y experimentarlo en la comunión cristiana y en los actos de servicio humilde.

Aunque tenemos muchas razones para regocijarnos por la incomparable propagación del evangelio entre los musulmanes en nuestros días, también necesitamos reconocer la intensidad de la oposición al evangelio. Nuestros hermanos y hermanas que viven y ministran en la mayoría de los países musulmanes enfrentan muchos momentos difíciles y oscuros. Algunas veces la oposición puede tomar la forma de persecución directa. Muchos siervos de Cristo han sido asesinados, encarcelados y torturados por evangelizar a musulmanes. Las esposas de muchos pastores me han dicho que cada vez que sus esposos salen de la casa, luchan con el temor de no volver a verlos jamás. La ley islámica prohíbe cualquier forma de evangelismo cristiano, y convertirse del islam al cristianismo es considerado un delito castigado oficialmente con la pena de muerte. Muchas iglesias viven con el temor constante de ser bombardeadas, atacadas por una turba enfurecida o clausuradas por órdenes del gobierno. Las personas que activamente muestran un testimonio cristiano pueden recibir amenazas de muerte contra ellas y sus familias. Muchos pastores luchan con el hecho de que frecuentemente están bajo el escrutinio del gobierno. Con mucha frecuencia, los cristianos y los convertidos al cristianismo sufren el acoso, el ridículo, el rechazo por parte de la familia y la comunidad, y la discriminación en los ámbitos educativos y laborales debido a su fe. Los gobiernos islámicos y las mezquitas utilizan todas las herramientas de los medios de comunicación y del sistema educativo a su disposición para propagar el islam y atacar la fe cristiana, pero en la mayoría de los casos, nunca permitirían que los cristianos tengan el mismo acceso para dar una respuesta o simplemente presentar el evangelio.

También hay muchos desafíos internos que la Iglesia enfrenta. Hay divisiones denominacionales y una mentalidad competitiva entre cristianos. Muchos observadores pueden señalar la falta de educación teológica y madurez espiritual incluso dentro del liderazgo de la Iglesia. Una gran tentación para muchos musulmanes convertidos al cristianismo es casarse con otro musulmán, ya que es posible que no puedan encontrar una pareja adecuada. A veces, debido a las presiones familiares o a los muchos peligros de vivir como cristiano en una sociedad musulmana, un creyente declarado se convierte de nuevo al islam. Muchos cristianos en el mundo musulmán también se ven tentados a dejar su país de origen y mudarse a Occidente, donde pueden vivir sus vidas y expresar su fe cristiana con seguridad y paz.

Necesitamos comprometernos a orar e identificarnos con la Iglesia sufriente y perseguida en el mundo musulmán. Pero también debemos regocijarnos por el crecimiento y la expansión de la Iglesia en el mundo musulmán. Debemos recordarnos una vez más, especialmente en medio del creciente radicalismo y la violencia en todo el mundo islámico de hoy, que todos los tronos, dominios, principados y poderes visibles e invisibles, todas las cosas fueron creadas por medio de Él y para Él, y Él es «la cabeza del cuerpo que es la iglesia» (ver Col 1:1618).

No hay necesidad de desesperarse. Podemos estar seguros de que el Rey Jesús está sentado en Su trono y, de hecho, está cumpliendo Su gran propósito de edificar Su Iglesia en todo el mundo (y especialmente en el mundo islámico) ­¡ante nuestros ojos!

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Abdul Saleeb

El reverendo Abdul Saleeb es coautor de El lado oscuro del Islam con el Dr. R.C. Sproul. Pastorea una confraternidad de conversos musulmanes en los Estados Unidos y está íntimamente involucrado con iglesias en el Medio Oriente.