Agustín, doctor en la gracia

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

Agustín, doctor en la gracia

Por Tom Nettles

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

En cuanto a combinar doctrina y piedad, Agustín (354-430) tiene pocos iguales en la historia del cristianismo. Sus escritos nos orientan en todas las áreas de discusión: en filosofía cristiana, teología sistemática, filosofía de la historia, polémicas, retórica y devoción. Aunque algunos de sus puntos de vista apoyan las doctrinas de la oración intercesora y los sacrificios por los muertos, el purgatorio y la justificación transformadora, las poderosas doctrinas de Agustín sobre la gracia y sobre la encarnación y el sacrificio de Cristo son desarrolladas precisa y sustancialmente en las confesiones de la teología reformada. Tras la caída de Roma, el proyecto milenario de reconstruir la civilización occidental sobre el pensamiento cristiano, en lugar del pagano, se dio sobre los conceptos agustinianos. La Reforma del siglo XVI redescubrió y se basó en elementos que habían sido descuidados de la doctrina de Agustín sobre el pecado y la salvación.

Agustín nació en 354 en Tagaste, en la provincia romana de Numidia, en el norte de África. Observaciones posteriores sobre la infancia y la caída lo llevaron a señalar: «La inocencia de los niños está en la impotencia de sus cuerpos más que en cualquier cualidad de sus mentes» (Confesiones, 1.7. Las siguientes referencias a las Confesiones se identificarán solo por número de libro y capítulo).

Su padre, Patricio, era pagano. Agustín lo recordaba como un hombre grosero, lujurioso, iracundo e infiel a su cama matrimonial. Trabajó duro, pero le resultó difícil crecer como africano en el sistema romano de economía y política. Al parecer, Agustín sintió poco afecto por él, a pesar de su sacrificio para darle una educación. Patricio murió antes de que Agustín cumpliera diecisiete años.

Su madre, Mónica, era una cristiana celosa. Extraordinariamente apegada a Agustín y a su bienestar, buscó la salvación de su hijo con energía incesante y oración constante. Literalmente saltó de alegría al escuchar de su conversión y su sumisión al cristianismo ortodoxo. Poco después, segura de que sus dones y devoción habían ardido intensamente para la gloria de Dios, supo que no viviría más. Murió a los cincuenta y seis años, cuando Agustín tenía treinta y tres.

Sus dos padres, en opinión de Agustín, hicieron hincapié en el éxito de sus estudios. Su padre no tenía motivación espiritual, sino solo una vana ambición por el avance de su hijo. Su madre creía que su estudio no obstaculizaría su conversión, sino que más bien la ayudaría. Ella estaba en lo correcto.

Luego de estudios elementales en Tagaste, del 365 al 369, estudió literatura clásica en Madaura. Así inició un amor por el lenguaje que duró toda la vida, con el que procuró la expresión adecuada de la verdad. Sus estudios previos le mostraron cuán perversamente los hombres podían usar algo tan maravilloso e intrínsecamente bueno como el lenguaje. Las palabras y la elocuencia, tan necesarias para la persuasión y la exposición, habían sufrido el abuso de representar e inculcar errores y vilezas. Más tarde, en sus Confesiones, Agustín observaría el cuidado con que los hombres cuidan las reglas de las letras y las sílabas mientras descuidan las reglas eternas de la salvación sempiterna.

Con la ayuda de un rico benefactor llamado Romanianus, Agustín se fue a Cartago en el 370 para recibir estudios avanzados de retórica. Aquí comenzó un concubinato con una mujer que duró unos trece años. Un niño, Adeodato («dado por Dios»), resultó de su unión. Al pensar en el deseo que lo condujo a esta unión, Agustín recordó: «Desde la fangosa concupiscencia de la carne y la ardiente imaginación de la pubertad, las nieblas subieron y se empañaron para oscurecer mi corazón de modo que no pude distinguir la luz blanca del amor de la niebla de la lujuria» (2.2).

Durante nueve años buscó la verdad en la secta del maniqueísmo, fascinado por su materialismo y dualismo. Ellos abordaban el problema del mal combinando el pensamiento de Cristo, Buda y Zoroastro (un sabio persa). Agustín recibió lo que le parecía un enfoque sofisticado y científico de la existencia del mal, mientras que este aparentemente respaldaba la instrucción que recibió en la infancia con respecto a la enseñanza de Cristo sobre el Reino. Finalmente descubrió que este seductor sistema sincretista no tenía nada en común con su búsqueda personal de la unidad entre la palabra y la sustancia. En cambio, los maniqueos eran «hombres que deliraban soberbiamente, carnales y habladores en demasía». Su hablar atrapaba las almas con «un arreglo con las sílabas de los nombres de Dios el Padre y del Señor Jesucristo y del Paráclito, el Espíritu Santo, nuestro Consolador. Estos nombres siempre estuvieron en sus labios, pero solo como sonidos y ruidos de lengua» (3.6).

Sus reflexiones sobre el dualismo maniqueo lo condujeron a uno de sus puntos teológicos más profundos sobre el mal. En sus Soliloquios, escritos poco después de su conversión, se dirigió a Dios como alguien que «a los pocos que huyen para refugiarse en lo que es verdadero, muestra que el mal no es nada». Ya que Dios lo creó todo, el mal no tiene una existencia independiente del bien. El mal es una privación del bien. Cuando todo el bien se va, nada existe. El mal es solo una ausencia del bien. No es una sustancia independiente que invade y contamina, sino que debe tomar algo del bien de Dios y disminuir su gloria. Las sustancias en las que reside el mal son buenas en sí mismas. El mal se elimina, no mediante la erradicación de una naturaleza contraria, como lo conciben los maniqueos, sino mediante la purificación de la cosa misma que fue corrompida. La verdad y la falsedad habitan en la misma tensión, según Agustín, porque nada es falso excepto por alguna imitación de lo verdadero.

Después de completar sus estudios, enseñó retórica en Cartago. Allí encontró una atmósfera pedagógica intolerable. Un grupo de estudiantes conocidos como los «derrocadores» interrumpían todo orden y actuaban como locos cometiendo actos escandalosos y estúpidos. Si no hubieran sido protegidos por lo que era «la costumbre», habrían sido castigados por la ley.

Para escapar de esta atmósfera destructiva, se fue a Roma en el 383. Antes del año se enteró de un puesto de enseñanza de retórica en Milán. Los términos eran atractivos; solicitó y se fue en el 384. Allí se encontró con Ambrosio, el gran predicador de la Iglesia en Milán. No encontró la retórica de Ambrosio tan brillante como la de Fausto, su maestro maniqueo, pero pronto aprendió que el verdadero poder de su discurso residía en la correspondencia de su lenguaje con la realidad verdadera y sustancial. Se convenció de que el cristianismo era defendible contra los maniqueos y se inscribió como catecúmeno, nuevamente, en la Iglesia. El neoplatonismo limpió aún más su mente del dualismo de los maniqueos, luego de un breve coqueteo con el escepticismo. Su renovado compromiso con la Escritura comenzó a llenar los espacios en blanco en su desarrollo intelectual. Las doctrinas cristianas de la creación ex nihilo, la providencia y la redención por el Dios trino satisficieron con creces los anhelos de su mente y de su corazón.

Ahora sabía que el hombre hecho a la imagen de Dios no podía encontrar un lugar de descanso para el alma fuera de la alabanza, el amor y el conocimiento de Dios. Solo Dios es quien es «amado, consciente o inconscientemente, por todo lo que es capaz de amar». Descubrió que «Tú mismo nos mueves a ello, haciendo que nos deleitemos en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (1.1).

A los treinta y un años, se convirtió al leer Romanos 13:13-14. Escuchó a unos niños en un jardín cantando: «Toma y lee». Cuando tomó una Biblia que tenía cerca, sus ojos se centraron en las palabras del texto, lo que puso fin al ciclo de insatisfacción, convicción y búsqueda que lo había acosado por más de quince años. Fue bautizado por Ambrosio el 25 de abril del 387.

Agustín deseaba vivir en reclusión, sin poseer nada, habiendo abandonado su antigua búsqueda de placer, belleza y honor, entregándose a la contemplación de Dios por medio de las Escrituras. Intencionalmente evitó estar en una posición en la que alguna Iglesia sin obispo pusiera sus ojos en él. Fue a Hipona en el 391 con el propósito de establecer un monasterio porque en esa ciudad ya había un obispo, llamado Valerio. Sin embargo, Valerio dispuso el ordenar a Agustín como sacerdote y eventualmente como obispo en el 395.

Pasó el resto de su vida sirviendo a la gente de su parroquia como pastor y sirviendo a todo el mundo cristiano como un guía profundo hacia la verdad cristiana y la adoración pura. Sus Confesiones, una autobiografía espiritual, estableció la agenda teológica a la que dedicó sus enormes habilidades de reflexión filosófica y teológica. Sus puntos de vista sobre Cristo, la Trinidad, el pecado humano, el carácter del mal, la libre pero innata depravación de la voluntad caída, el poder y la necesidad de la gracia divina, la naturaleza de los sacramentos y la dirección de la historia humana bajo la divina providencia en un mundo caído, todo encuentra un punto de partida en las Confesiones.

Su declaración, «Dame lo que ordenas, y ordena lo que quieras» (10.29), escandalizó a Pelagio. La defensa, durante toda la vida de Agustín, de la necesidad de la gracia lo llevó a algunas de sus posiciones teológicas más profundas y controvertidas. Este aspecto del pensamiento de Agustín inspiró a la vida buena y a la teología poderosa en Anselmo, Lutero, Calvino, Jonathan Edwards y muchos otros. Articuló su punto de vista de la persona de Cristo de manera tan clara y convincente que anticipó la fórmula de los puntos de vista cristológicos ortodoxos de Calcedonia. Su notable teodicea desarrollada en la Ciudad de Dios revolucionó no solo los puntos de vista occidentales de la historia, sino que creó una dinámica para la discusión de las relaciones entre la Iglesia y el Estado que todavía hoy da frutos y suscita controversia. Si bien su defensa de la persecución de los donatistas dio muchos malos frutos, sus poderosos puntos de vista sobre la unidad de la Iglesia han dado sustancia a muchos esfuerzos evangélicos para lograr varios tipos de unidad a través de la discusión y afirmación doctrinal.

El monje Godescalco declaró hace 1200 años lo que todavía es cierto hoy: Agustín es, después de los apóstoles, el maestro de toda la Iglesia.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Tom Nettles
Tom Nettles

Tom sirvió por muchos años como profesor de teología histórica en el Southern Baptist Theological Seminary.

La controversia pelagiana

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

La controversia pelagiana

Por R.C. Sproul

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

Dame lo que ordenas, y ordena lo que quieras». Este pasaje de la pluma de San Agustín de Hipona fue la enseñanza que provocó una de las controversias más importantes en la historia de la Iglesia, y uno que provocó ira en los primeros años del siglo V.

La provocación de esta oración estimuló a un monje británico llamado Pelagio a reaccionar vigorosamente contra su contenido. Cuando Pelagio llegó a Roma en algún momento de la primera década del siglo V, estaba horrorizado por la laxitud moral que observó entre los cristianos profesos e incluso entre el clero. Atribuyó gran parte de este malestar a las implicaciones de la enseñanza de San Agustín, a saber, que la justicia solo podía ser lograda por los cristianos con la ayuda especial de la gracia divina.

Con respecto a la oración de Agustín, «Oh Dios, dame lo que ordenas, y ordena lo que quieras», Pelagio no tuvo problemas con la segunda parte. Él creía que el atributo más alto de Dios era en verdad Su justicia y por esa justicia tenía el perfecto derecho de obligar a Sus criaturas a obedecerlo de acuerdo con Su ley. Pelagio se enfocó en la primera parte de la oración, en la cual Agustín le pedía a Dios que le concediera lo que Él ordenaba. Pelagio reaccionó diciendo que en cualquier cosa que Dios ordena está implícita la capacidad de quien recibe la orden de obedecerla. El hombre no debería tener que pedir gracia para ser obediente.

Ahora, esta discusión se amplió a nuevos debates sobre la naturaleza de la caída de Adán, sobre el alcance de la corrupción en nuestra humanidad que describimos bajo la rúbrica de «pecado original» y sobre la doctrina del bautismo.

La posición de Pelagio era que el pecado de Adán afectó a Adán y solo a Adán. Es decir, como resultado de la transgresión de Adán, no se produjo ningún cambio en la naturaleza constitutiva de la raza humana. El hombre nació en un estado de justicia y, como uno creado a imagen de Dios, fue creado de manera inmutable. Aunque le era posible pecar, no le era posible perder su naturaleza humana básica, que era capaz de ser obediente, siempre y en todo lugar. Pelagio continuó diciendo que es posible, incluso después del pecado de Adán, para todo ser humano vivir una vida de justicia perfecta y que, de hecho, algunos han alcanzado tal estatus.

Pelagio no se opuso a la gracia, sino solo a la idea de que la gracia era necesaria para la obediencia. Sostuvo que la gracia facilita la obediencia, pero que no es un prerrequisito necesario para la obediencia. No hay transferencia de culpa de Adán a su descendencia ni cambio alguno en la naturaleza humana como subsecuencia de la caída. El único impacto negativo que Adán tuvo en su progenie fue el dar un mal ejemplo y si los que siguen el camino de Adán imitan su desobediencia, compartirán su culpa, afirmó Pelagio, pero solo siendo ellos realmente culpables. No puede haber transferencia o imputación de culpa de un hombre a otro de acuerdo con las enseñanzas de Pelagio. Por otro lado, Agustín argumentó que la caída perjudicó seriamente la capacidad moral de la raza humana. De hecho, la caída de Adán hundió a toda la humanidad en el estado ruinoso del pecado original. El pecado original no se refiere al primer pecado de Adán y Eva, sino que se refiere a las consecuencias para la raza humana de ese primer pecado. Se refiere al juicio de Dios sobre toda la raza humana por el cual Él trae sobre nosotros los efectos del pecado de Adán por la corrupción continua de todos sus descendientes. Pablo desarrolla este tema en el quinto capítulo de su epístola a los romanos.

El tema clave para Agustín en esta controversia era el problema de la capacidad moral del hombre caído, o la falta de ella. Agustín argumentó que antes de la caída, Adán y Eva disfrutaban de libre albedrío y de libertad moral. La voluntad es la facultad por la cual se toman las decisiones. La libertad se refiere a la capacidad de usar esa facultad para escoger las cosas de Dios. Agustín dijo que tras la caída, la voluntad, o la facultad de elegir, permaneció intacta; es decir, los seres humanos aún son libres en el sentido de que pueden elegir lo que quieran. Sin embargo, sus elecciones están profundamente influenciadas por la esclavitud del pecado que los mantiene en un estado corrupto. Y como resultado de esa esclavitud al pecado, se perdió esa libertad original que Adán y Eva disfrutaron antes de la caída.

La única forma de restaurar la libertad moral sería a través de una obra sobrenatural de la gracia de Dios en el alma. Esta renovación de la libertad es lo que la Biblia llama una libertad «real» (Stg 2:8). Por lo tanto, el quid de la cuestión tenía que ver con el tema de la incapacidad moral como el corazón del pecado original. La controversia arrojó varios veredictos eclesiásticos, incluido el juicio de la Iglesia en un sínodo en el año 418, donde el Concilio de Cartago condenó las enseñanzas de Pelagio. El hereje fue exiliado a Constantinopla en el 429. Y una vez más, el pelagianismo fue condenado por la Iglesia en el Concilio de Éfeso en el 431. A lo largo de la historia de la Iglesia, una y otra vez, el pelagianismo ha sido repudiado sin rodeos por la ortodoxia cristiana. Incluso el Concilio de Trento, que enseña una forma de semipelagianismo, en sus primeros tres cánones (especialmente en el sexto capítulo sobre la justificación), repite la antigua condena de la Iglesia a la enseñanza pelagiana de que los hombres pueden ser justos sin la gracia. Incluso en algo tan reciente como el catecismo católico romano moderno, esa condena continúa.

En nuestros días, debemos ver el debate entre el pelagianismo y el agustinianismo como el debate entre el humanismo y el cristianismo. El humanismo es una variedad recalentada de pelagianismo. Sin embargo, la lucha dentro de la Iglesia hoy en día es entre el punto de vista agustiniano y varias formas de semipelagianismo, que buscan un punto medio entre los puntos de vista de Pelagio y Agustín. El semipelagianismo enseña que la gracia es necesaria para lograr la justicia, pero que esta gracia no se imparte al pecador de manera unilateral o soberana como afirma la teología reformada. Más bien, el semipelagiano argumenta que el individuo da el primer paso de fe antes de que se otorgue esa gracia salvadora. Por lo tanto, Dios imparte la gracia de la fe en conjunto con la obra del pecador en la búsqueda de Dios. Parece que una pequeña mezcla de gracia y de obras no le preocupa mucho a los semipelagianos. Sin embargo, nuestra tarea es ser fieles primero a las Escrituras y luego a los antiguos concilios de la Iglesia, discernir la verdad de Agustín y defenderla bien.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Nuestra autoridad está viva

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

Nuestra autoridad está viva

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

En el pasillo principal del seminario donde estudié tienen una copia de la obra maestra de Albrecht Dürer, The Four Apostles [Los cuatro apóstoles]. Ciertamente es una interpretación magnífica de la obra clásica que fue pintada por uno de los profesores de Nuevo Testamento del seminario, cuya fidelidad bíblica se puede ver en un pequeño detalle de la pintura. Si uno estudia la pintura de cerca, uno puede observar una diferencia mínima entre la pintura de Dürer y su réplica. La pintura de Dürer tiene al apóstol Pedro sosteniendo la llave dorada de la puerta del cielo, mientras que la réplica muestra a Pedro sin una llave. Tal omisión deliberada es apropiada para un profesor protestante de Nuevo Testamento que, al reproducir dicha obra, entendió que las palabras de Cristo hacia Pedro no tenían la intención de colocar a Pedro como el único guardián de las llaves del Reino.

El período patrístico (la era de los padres de la Iglesia) terminó en el siglo V, y luego inició la Edad Media. El papado comenzó a establecer su autoridad suprema sobre la Iglesia de Cristo, y el papa León Magno decidió ocupar el lugar de San Pedro, cuya silla tenía sus patas en los cuatro extremos de la tierra.

Sin embargo, a principios del siglo, hubo un siervo fiel de África del Norte que defendió a la Iglesia de Cristo contra las herejías de los maniqueos, los donatistas y los pelagianos. Agustín de Hipona montó cuidadosamente sus defensas doctrinales y demostró que la Iglesia de Cristo no puede ser conquistada por sus enemigos. En el centro de la vida y la doctrina de Agustín había un corazón arrepentido que descansaba completamente en Dios, cuya gracia había sido manifestada en la perspicacia bíblica e integridad doctrinal de Su siervo. De hecho, fue en gran parte debido al ministerio de Agustín que la Iglesia fue sostenida durante las tormentas de la controversia a principios del siglo V, probando la veracidad de las palabras de Cristo al constituir Su Iglesia: «… edificaré Mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mt 16:18). Agustín entendió que, aunque la Iglesia tenía gran autoridad, dicha autoridad había sido establecida por la verdad de que la Iglesia pertenece únicamente a Jesucristo.

Agustín vivió coram Deo, ante el rostro de Dios, defendiendo el evangelio de Jesucristo. Falleció en el 430, y todos los demás papas, desde el papa León I en el 461 hasta el papa Juan Pablo II en el 2005, también han fallecido. Pero Aquel que es la única autoridad suprema sobre Su Iglesia, vive y reina para siempre.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Nuestros padres del siglo IV

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Nuestros padres del siglo IV

Por George Grant

Nota del editor: Este es el octavo artículo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Al igual que con los padres fundadores de los Estados Unidos, muchos mencionan a los padres de la Iglesia, pero son pocos los que realmente han llegado a leer sus escritos. Es común que se haga referencia a ellos, pero rara vez los vemos citados. Aunque son una parte fundamental de los eslóganes tradicionalistas, la realidad es que han contribuido muy poco a las tradiciones que se supone han inspirado. Hoy en día, estos padres de la Iglesia son desconocidos para la mayoría. Hay muy poco conocimiento sobre aquellos que le siguieron a los apóstoles, incluso en aquellas comunidades que ponen mucho énfasis en la sucesión apostólica (los católicos, los ortodoxos, los anglicanos y los coptos). Sus palabras y obras no suelen usarse más que para ser veneradas anecdóticamente.

La ironía de esto va más allá de lo obvio, pues la realidad es que los escritos de los padres de la Iglesia son completamente legibles y están ampliamente disponibles. Los primeros cristianos eran tanto alfabetizados como literarios. Eran gente del Libro y de los libros. Como resultado, sus cartas, sermones, tratados, comentarios, manifiestos, credos, diálogos, proverbios, epigramas y sagas fueron cuidadosamente preservados y antologizados a lo largo de los siglos. Los creyentes que fueron acosados y perseguidos durante la época imperial fueron consolados por su sabiduría pastoral. Los medievalistas basaron su cosmovisión en los fundamentos patrísticos a lo largo de la era de la cristiandad. Los reformadores protestantes consideraron sus preceptos con cuidado durante los tumultuosos días de la Reforma. De hecho, casi todas las generaciones de cristianos hasta finales del siglo XIX hicieron del estudio de sus ideas un aspecto elemental de la educación clásica.

Lamentablemente, la lectura de sus obras exige una cierta cantidad de diligencia, reflexión y discernimiento —como es necesariamente el caso de todo escrito sustancioso— lo cual probablemente es la causa por la cual leer y estudiar la literatura patrística pasó de moda a finales de siglo XX.

Teóricamente, la patrística continúa siendo atractiva para nosotros. Repetimos la piadosa letanía de los reformadores: volvamos al patrón de la Iglesia primitiva; restauremos la integridad de la adoración como algo primordial; eliminemos las capas acumuladas de prácticas, rituales y ceremonias tradicionales. De alguna manera, nos imaginamos que la patrística nos apoya en esto. Suponemos que es simplista, primitiva y básica. Por lo que con frecuencia nos sorprendemos al descubrir que en realidad es complicada, refinada y madura. Y si hay algo a lo cual la Iglesia moderna se opone es a la profundidad, a la sofisticación y a la perspicacia. El resultado es que continuamos con una ingenuidad despreocupada, diciendo: «No me confundan con los hechos».

En términos generales, la época de los padres, en la Iglesia Occidental, fue durante los primeros cinco siglos después de Cristo. En la Iglesia Oriental, la era patrística se extiende hasta abarcar a Juan Damasceno a mediados del siglo VIII. Los eruditos han seguido la tradición de organizar a los escritores en cuatro grupos. En el primer grupo están los padres apostólicos y los apologistas, o aquellos escritores que eran más o menos contemporáneos con la formación del canon del Nuevo Testamento. Todos estos escribieron en griego. En el segundo grupo están aquellos escritores del tercer siglo, aproximadamente desde los tiempos de Ireneo hasta el Concilio de Nicea. Estos escribieron en griego y en latín. En el tercer grupo están los padres latinos posnicenos, aquellos escritores de la época de los grandes concilios ecuménicos. En el cuarto grupo están los padres griegos posnicenos, aquellos escritores de la Edad de Oro bizantina.

La mayoría de las colecciones modernas de la patrística solamente incluyen escritos del primer grupo, lo cual es una gran pena. En realidad, la cúspide del período patrístico fue el siglo IV. Estos cien años fueron asombrosos, comenzando con Atanasio (296-373), quien se mantuvo contra mundum (contra el mundo) y concluyendo con Agustín (354-430), quien estableció los fundamentos de la civilización occidental. En el ínterin, hombres como Alejandro de Alejandría (267-328), Julio de Roma (337-352), Hilario de Poitiers (315-368), Basilio de Cesarea (330-379), Gregorio Nacianceno (330-390), Martín de Tours (335-397) y Gregorio de Nisa (335-394) pelearon y ganaron la gran lucha por la ortodoxia bíblica contra los arrianos, y comenzaron las primeras protestas contra las herejías de los apolinaristas y los monofisitas. Fue en el siglo IV que Juan Crisóstomo (344-407) revitalizó tanto la predicación como la liturgia de la Iglesia. Fue en el siglo IV que San Jerónimo de Belén (347-420) realizó el trabajo textual esencial sobre el cual la Iglesia se apoyaría por más de un milenio. Fue en el siglo IV que se revelaron los errores del pelagianismo, el donatismo y el celestianismo.

En tiempos como estos, en los cuales el evangelio está siendo atacado como en ningún otro momento desde el siglo IV, vale la pena tomarnos el tiempo para considerar los patrones de fidelidad que tuvieron los héroes de esa época. Nos convendría aprender de sus vidas y ministerios. Sin duda, sería beneficioso que siguiéramos los pasos de sus grandes batallas, de modo que podamos estar en condiciones para luchar las nuestras.

Por consiguiente, leer sobre estos padres, aprender de estos padres e imitar a estos padres no sería meramente un ejercicio de curiosidad por lo antiguo ni de idealismo nostálgico. Más bien, podría llegar a ser, aparte del estudio de las Escrituras mismas, lo que más nos ayude en nuestros discipulados.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
George Grant
George Grant es el pastor de Parish Presbyterian Church (PCA), el fundador de Franklin Classical School, Chalmers Fund, y King’s Meadow Study Center, y el autor de más de 70 libros.

Contra Mundum

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Contra Mundum

Por Ken Jones

Nota del editor: Este es el séptimo artículo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Como se ha ilustrado en otros artículos de esta serie, el siglo IV fue un período muy interesante en la historia de la Iglesia. Luego de soportar mucha persecución en su carácter de religión despreciada ante los ojos de Roma, la conversión de Constantino y el Edicto de Milán del año 313 dieron origen a una política de tolerancia del cristianismo. Con las amenazas externas a la Iglesia algo atenuadas, las amenazas internas comenzaron a surgir una vez más. La herejía no era novedad para la Iglesia. El apóstol Pablo enfrentó el reto de los judaizantes en el siglo I, y, entre otros, Ireneo refutó a los gnósticos y los marcionitas en el siglo II. En el siglo IV, la herejía más preponderante fue la doctrina respecto a la persona de Cristo de un presbítero de Alejandría llamado Arrio. Alejandro, el obispo de Alejandría, refutó la enseñanza de Arrio y sus seguidores, lo que posteriormente llevó al emperador Constantino a convocar el primer concilio ecuménico en Nicea durante el invierno de los años 324-325.

La controversia nunca es placentera, pero en la vida de la Iglesia algunas de las controversias más amargas han producido los frutos más dulces y perdurables. La controversia arriana no solo produjo el Credo Niceno del año 325 (que sigue siendo recitado en muchas iglesias al día de hoy), sino que también puso en la palestra a un verdadero héroe de la fe: Atanasio de Alejandría. Nacido alrededor del año 296, Atanasio fue algo así como un prodigio teológico y fue criado desde una temprana edad en el hogar y bajo la tutela del obispo Alejandro. Al momento del Concilio de Nicea, Atanasio era diácono y asistió al concilio como secretario de Alejandro. Incluso en su rol como secretario, Atanasio contribuyó significativamente a la redacción del credo. Sin embargo, fue después del concilio que el legado de Atanasio se forjó, cuando asumió el oficio de obispo en el año 328, luego de la muerte de Alejandro. Hay tres lecciones acerca de este campeón de la ortodoxia que quisiera que la Iglesia contemporánea considerara.

En primer lugar, Atanasio refutó el arrianismo motivado por su implicación práctica. Dicho de otro modo, en este debate teológico de finos matices Atanasio estaba preocupado por las implicaciones de esta herejía para la salvación. Dos de sus escritos reflejan sus inquietudes prácticas y pastorales.  La encarnación del Verbo expone el hecho de que en la encarnación, Dios el Verbo, Jesucristo, se hizo humano para renovar lo que era humano, para santificar lo que se había corrompido en Adán. En Discursos contra los arrianos, por su parte, Atanasio argumenta que solo Dios inicia y logra la salvación, y también señala que era necesario que nuestro Salvador fuera tanto completamente humano (para renovar la humanidad) como completamente divino (para lograr la reconciliación). 

Los cristianos evangélicos tienden a mantenerse al margen de las controversias teológicas porque asumen que solo se trata de teólogos ejercitando sus músculos intelectuales en debates especulativos que no tienen relevancia para la fe personal. Si bien puede haber instancias en que ese sea el caso, muchas de las controversias actuales, como «la controversia sobre el señorío de Cristo en la salvación», el documento ecuménico «Evangélicos y católicos juntos» y la «Nueva Perspectiva sobre Pablo», son muy prácticas. Al igual que Atanasio, debemos entender sus implicaciones para la fe «que de una vez para siempre fue entregada».

Lo segundo que podemos aprender de Atanasio es que no debe buscarse la unidad aparte de, o a costa de, la verdad. El Concilio de Nicea produjo el credo que estableció la fórmula ortodoxa sobre la naturaleza de Cristo. Todos los que no se conformaron a este credo fueron considerados herejes, lo que ocasionó el exilio de Arrio y sus partidarios. Diez años más tarde, líderes importantes de la Iglesia convencieron al emperador Constantino de restaurar a Arrio. Entonces, Constantino le escribió una carta a Atanasio (que para ese entonces ya era obispo) instándolo a recibir a Arrio, «cuyas opiniones habían sido distorsionadas». Atanasio rehusó volver a admitir a Arrio y sus seguidores porque «no podía existir comunión entre la Iglesia y aquel que negaba la divinidad de Cristo». Considerando que el emperador y muchos de los otros obispos estaban ejerciendo presión para la restauración de Arrio, habría sido fácil, por no decir entendible, que Atanasio cediera, pero él no cedió. La lección para nosotros es obvia: cuando las personas con las que tenemos comunión se apartan de los fundamentos de la fe, no están más que quebrantando esa comunión. Esta es la clara enseñanza de la Escritura: Gálatas 1:6-92 Juan 7-11Judas 3-4. La separación es dolorosa, pero a veces es necesaria. La posterior restauración de Arrio y sus seguidores tuvo como resultado que el arrianismo llegara a dominar en las provincias orientales de la Iglesia.

Una tercera lección que podemos aprender de Atanasio es su valiente determinación para defender la verdad. La restauración de Arrio y sus seguidores condujo a la expulsión de Atanasio en el año 335. A pesar de que fue restaurado poco antes de la muerte de Constantino en 337, ese fue solo el comienzo. En total, Atanasio fue exiliado cinco veces. Podemos aprender dos cosas de las expulsiones de Atanasio. Primero, no permitió que las experiencias lo amargaran o lo hundieran en la tristeza. Al igual que Pablo durante sus diversos encarcelamientos, Atanasio fue bastante productivo en el exilio. Segundo, el exilio no hizo que este santo se desmoronara y transigiera. Nuestro adversario busca agotarnos con sus ataques, y si el primero no funciona, puede que el tercero o el cuarto sí lo haga. Atanasio fue tan valiente para defender la verdad luego de su quinto y último exilio como lo fue después del primero. ¿Qué podemos aprender de este audaz hombre de fe? Podemos aprender que defendemos o negamos el evangelio en las doctrinas que sostenemos y que la comunión cristiana es un asunto de unidad doctrinal. Por último, debemos aferrarnos al evangelio con firmeza sin importar las consecuencias.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Ken Jones
Ken Jones

El reverendo Ken Jones es pastor de la Glendale Missionary Baptist Church en Miami, FL.

Lo bueno, lo malo y lo feo

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Lo bueno, lo malo y lo feo

Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el sexto artículo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

El Edicto de Milán del año 313 d. C. legalizó el cristianismo. La tolerancia de esta nueva fe en Roma no fue un proceso gradual. Ocurrió de repente, justo después de algunas de las persecuciones más brutales contra los cristianos. Pronto, las autoridades romanas estaban besando las manos heridas de los creyentes cristianos a los que ellos habían torturado. El paganismo rápidamente se desvaneció como la religión oficial del Imperio romano, solo para ser reemplazado por la Iglesia cristiana. El cristianismo, que una vez fue despreciado y perseguido, emergió triunfante de las catacumbas; con lo cual comenzaron realmente sus problemas.

Constantino

El emperador Diocleciano, quien inició las persecuciones más violentas y sistemáticas de cristianos, gobernó como parte de una tetrarquía en la cual compartía el poder con otros tres emperadores: Galerio en Europa central, Maximiano en Italia y África, y Constancio Cloro en Galia y Britania. Constancio Cloro rehusó atacar a los cristianos en su jurisdicción, pero los demás llegaron al fanatismo en su resolución de erradicar la nueva religión con una crueldad nunca antes vista: destruyeron iglesias y biblias, encarcelaron al clero y condenaron a muerte a todos los que se negaban a ofrecer sacrificios a los dioses romanos.

Antes de la batalla contra su último enemigo, Constantino, hijo de Constancio Cloro, tuvo un sueño. Él vio una cruz con las palabras: «Con esta señal, vencerás». Constantino reemplazó el águila romana por cruces, que eran llevadas como estandartes y estaban pintadas en los escudos de sus soldados. El 27 de octubre del año 312, en la Batalla del puente Milvio, justo a las afueras de Roma, Constantino conquistó bajo la señal de la cruz y el nuevo emperador le dio el crédito al Dios cristiano. En enero del nuevo año, proclamó el Edicto de Milán, que establecía que los súbditos de Roma podían seguir la religión que escogieran. El decreto también reconoció oficialmente al cristianismo y dispuso que las iglesias y los cristianos que habían perdido sus propiedades durante las persecuciones fueran indemnizados con fondos procedentes del tesoro imperial. Aunque el decreto garantizó la libertad religiosa también para los paganos, Constantino favoreció a la Iglesia, que pronto reemplazó a la antigua religión en influencia y poder. Adicionalmente, el emperador ejerció liderazgo en la Iglesia: nombró obispos, convocó el Concilio de Nicea, y, en efecto, se instauró a sí mismo como cabeza de la Iglesia. Pero, ¿era Constantino cristiano? Parece que no hasta que se halló en su lecho de muerte, cuando finalmente fue bautizado. En esa ocasión, dijo: «Ahora dejemos de lado toda duplicidad». Constantino fue uno de los emperadores romanos más talentosos y fue tan despiadado como los otros emperadores, llegando a condenar a su propio hijo a la muerte. Él continuó honrando a los dioses romanos, aun mientras llegó a apreciar el poder mayor de Jesucristo. Su madre Helena fue una creyente devota, aunque no está claro si llegó a la fe antes o después de que su hijo ascendiera al trono. Sin embargo, Constantino mismo siempre estuvo confundido teológicamente. A pesar de que convocó el Concilio de Nicea, fue influenciado por los arrianos. De hecho, fue bautizado por un obispo arriano. Luego de su muerte, el Senado romano le rindió homenajes de la misma forma que a los otros emperadores exitosos: votando para deificarlo. Sin embargo, gracias a Constantino la Iglesia emergió de la clandestinidad, influyendo positivamente en la cultura, floreciendo intelectualmente y estableciendo lo que se convertiría en los cimientos de la cristiandad, pero todo esto tuvo su precio.

Cristianismo constantino

Con la legalización de la Iglesia, el cristianismo, bajo Constantino, comenzó a ejercer su influencia moral positiva sobre una Roma que estaba en decadencia. Aunque las feministas de hoy día afirman que el cristianismo es opresivo, con muchas de ellas glorificando un pasado pagano imaginario en el que se adoraban diosas, la verdad es que las mujeres eran terriblemente oprimidas y abusadas bajo el paganismo; fue el cristianismo el que las liberó. Constantino, influenciado por la Iglesia, aprobó leyes que permitían a las mujeres administrar propiedades y las protegían de violaciones. A las madres les fueron dados derechos sobre sus hijos que antiguamente solo tenían los padres. Se protegió el matrimonio mediante nuevas leyes que restringían el divorcio y castigaban el adulterio. El infanticidio, la clásica práctica de «abandonar» bebés no deseados, fue prohibido como uno de los peores delitos. Se detuvo el sangriento espectáculo deportivo de observar cómo los gladiadores se mataban entre sí. Se adoptaron disposiciones para cuidar de las viudas y los huérfanos, los enfermos y los pobres.

Pero no solo la Iglesia comenzó a influenciar a la cultura; la cultura comenzó a influenciar a la Iglesia. Bajo Diocleciano, no había creyentes nominales. Nadie se unía a la Iglesia sin ser movido por la más profunda de las convicciones, ya que confesar a Cristo era un delito capital. No obstante, una vez el cristianismo se volvió políticamente correcto y popular en la cultura —de hecho, una forma de ser más estimado por el emperador— unirse a la Iglesia dejó de ser lo mismo. La gente abrazó el cristianismo sin necesariamente entender sus enseñanzas ni tener verdadera fe en Cristo, trayendo con ellos sus cosmovisiones paganas a la Iglesia.

Bajo Constantino y sus sucesores, la Iglesia cristiana como institución llenó rápidamente el vacío de los templos paganos. Durante el antiguo régimen, los sacerdotes estaban libres de impuestos, privilegio que se extendió al clero cristiano, por lo cual muchos romanos entraron al ministerio por motivos distintos a los religiosos. El Estado daba sus riquezas a los templos paganos, así que ahora los fondos estatales fluían en la Iglesia, con todas las tentaciones, la complacencia y el materialismo que las grandes riquezas pueden traer. Los sacerdotes cristianos reemplazaron a los sacerdotes paganos como consejeros y pronosticadores oficiales y le daban su aprobación a la corte imperial con oraciones y ceremonias, tal como lo hacían los sacerdotes paganos con sus sacrificios. La Iglesia también se politizó, con el emperador imponiendo su voluntad en asuntos del gobierno eclesiástico. La alianza entre la Iglesia y el Estado llegó a ser tal que los herejes no solo podían ser excomulgados, sino que también castigados por el poder civil. A medida que la distinción entre la Iglesia y el mundo se desvanecía, la Iglesia se volvió mundana.

No fue que, necesariamente y en todos los casos, la Iglesia siguió ciegamente al emperador en todos los casos, o que sucumbió totalmente a la cultura. A pesar de que Constantino convocó el Concilio de Nicea en un esfuerzo por unificar a la Iglesia luego de las múltiples herejías que salieron a la superficie después de la legalización del cristianismo, y a pesar de que, en un principio, ayudó a hacer respetar las enseñanzas de la Iglesia con respecto a la Trinidad, al poco tiempo él mismo se vio influenciado por los arrianos, quienes negaban la completa deidad de Cristo. Fue Constantino quien exilió a Atanasio, el teólogo que, se dice, enfrentó a todo el mundo para declarar la divinidad de Cristo.

Cuando Roma finalmente cayó, la Iglesia fue la única institución que se mantuvo en pie. Cuando los bárbaros, muchos de los cuales eran cristianos arrianos, terminaron con sus saqueos y el polvo de los años oscuros se asentó, surgió la nueva civilización de la Edad Media. Hubo corrupción cuando el Estado gobernó la Iglesia, pero esta incluso empeoró cuando la Iglesia gobernó al Estado. La Iglesia medieval adoptó la ornamentación, las jerarquías y el autoritarismo de la Roma imperial. Por la autoridad de un documento falso llamado la «Donación de Constantino» —que pretendía ser una concesión en que el emperador le entregaba al papa el dominio temporal— el papado medieval reclamó autoridad terrenal además de la espiritual. Esto creó una tiranía total y absoluta, al punto de que los reformadores abogaron por la autoridad de los gobernantes «seculares» por encima de y contra la jerarquía eclesiástica.

La paradoja

Ciertamente fue bueno que el cristianismo fuera legalizado, que los creyentes ya no tuvieran que temer por sus vidas, que la Iglesia pudiera jugar su rol moldeando la civilización. El problema con el Edicto de Milán y sus implicaciones fue que las esferas del gobierno terrenal y la nutrición espiritual se confundieron entre sí. La Iglesia llegó a ser como el gobierno en su ejercicio del poder y el gobierno llegó a ser como a la Iglesia al atribuirse un estatus divino. Esto impidió que tanto la Iglesia como el Estado funcionaran de la forma para la cual Dios los diseñó.

La Biblia, en Romanos 13 y otros pasajes, enseña claramente que los emperadores y otras autoridades terrenales en verdad son aprobados y usados por Dios para mantener orden en un mundo pecaminoso. El Estado y la cultura están sujetos a la ley moral de Dios, que restringe la maldad y promueve la justicia incluso en los incrédulos. Los logros de la civilización son buenos, y deben considerarse como bendiciones de Dios.

Sin embargo, la Iglesia es un reino que no es de este mundo. No actúa mediante poder coercitivo, sino por la Palabra de Dios. El Espíritu Santo llama a las personas a la fe, las libra del reino de la ley y las trae a la gracia y al perdón del evangelio. Esta fe no puede ser coaccionada. La Iglesia está enfocada en la eternidad por encima de todo, y su misión es traer salvación. No debe preocuparse por su propia gloria, sino que vive bajo la cruz de su Señor crucificado y resucitado.

Los cristianos deben estar en el mundo, pero no deben ser del mundo; viviendo positivamente la fe en sus diversas vocaciones en el plano «secular» e influenciándolo para bien, mientras recuerdan que, en última instancia, su ciudadanía está en los cielos.

Una de las grandes paradojas de la historia cristiana es que la Iglesia es más pura en tiempos de hostilidad cultural. Es cuando las cosas son fáciles y los tiempos son buenos que la Iglesia con mucha frecuencia se descarría. Cuando el cristianismo parece ser idéntico a la cultura e incluso cuando la Iglesia parece estar disfrutando su mayor éxito terrenal, entonces es más débil. 

En cambio, cuando la Iglesia enfrenta dificultades, persecución y sufrimiento —piensa en los cristianos de la Reforma durante la Inquisición, la Iglesia clandestina bajo el nazismo y el comunismo, y las iglesias secretas que en la actualidad se reúnen en casas en los países islámicos— entonces está más cerca de su Señor crucificado, entonces hay menos hipócritas y creyentes nominales en su membresía, y es entonces cuando la fe de los cristianos arde con más intensidad. 

Hoy en día, a pesar de que continúa habiendo iglesias que se conforman a la cultura, la era del cristianismo constantino casi ha llegado a su fin. Estamos entrando a una nueva era de hostilidad cultural al cristianismo verdadero y, paradójicamente, esa es una buena noticia para la Iglesia. Uno pensaría que sería un obstáculo para el crecimiento de la Iglesia si unirse a ella significara la pena de muerte. Sin embargo, el tiempo de persecución fue el mayor período de crecimiento eclesiástico en toda la historia.

Sin duda alguna, esta nueva hostilidad cultural va a ser mucho menos intensa que la que soportaron los antiguos cristianos romanos, al menos en el corto plazo. Sin embargo, parece que un nuevo paganismo se está gestando, un nuevo panteón politeísta de todas las religiones mundiales ante el cual se esperará que todos doblen las rodillas. No obstante, tal vez este panorama vaya acompañado de una Iglesia purificada y energizada una vez más, que infunda en sus creyentes la fe de las catacumbas.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gene Edward Veith
Gene Edward Veith

El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

Ni una iota

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Ni una iota

Por Rick Gamble

Nota del editor: Este es el quinto artículo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Mientras estuvo en la tierra, nuestro Señor aseveró que Él y el Padre son uno (Jn 10:30). Por otro lado, Él preguntó: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo uno, Dios» (Mr 10:18). Poner esas dos declaraciones juntas no es muy fácil. Sin embargo, la Biblia no deja solo esa pregunta por resolver. Jesús podía decirle al «desconocido» y curioso pecador escondido en un árbol que almorzaría con él y al mismo tiempo afirmar que «de aquel día o de aquella hora nadie sabe, sino solo el Padre» (Mr 13:32).

Hay una tensión inherente en estos y otros pasajes bíblicos. Para expresar la tensión de manera precisa, el gran problema relacionado con el ministerio terrenal de Jesús es este: el Divino que convirtió el agua en vino, que levantó a Su amigo Lázaro de la tumba, que caminó sobre el agua y ordenó a Su amigo Pedro que hiciera lo mismo, también podía morir una muerte sangrienta y vergonzosa en la cruz.

Verdaderamente Jesús es el Dios-hombre, pero la relación entre ambos no es tan fácil de entender. La resurrección no hizo la situación más simple. Después de conquistar la muerte, María pudo adorarlo y aferrarse a Sus pies. Su cuerpo nuevo todavía tenía las marcas de los clavos que Tomás pudo ver y tocar. Jesús pudo cocinar pescado de desayuno para Sus deprimidos discípulos pescadores. Pero también pudo caminar a través de puertas cerradas y, tras hablar con algunos discípulos, pudo desaparecer repentinamente. Al final de Su tiempo en la tierra, después de ser visto por muchos (Él no fue una aparición), ascendió corporalmente al cielo y ahora está sentado a la diestra del Padre.

Estos y otros pasajes de las Escrituras le enseñaron a la Iglesia primitiva, y nos enseñan hoy, a exclamar: «¡Jesús es Dios!». Nuestras voces se unen con los cristianos de hace dos mil años y se alegran de que tengamos un gran Sumo Sacerdote que «conoce» nuestras debilidades porque es verdaderamente hombre. Confesamos con ellos que Jesús de Nazaret, un hombre nacido de María, también es «Señor».

Aunque cantamos la misma canción de alabanza, nuestro mundo es diferente al de los seguidores de Cristo de los primeros cuatro siglos. No tenemos que adorar en las catacumbas y, al menos aquí en los Estados Unidos de América, los funcionarios del gobierno no nos quieren matar por nuestra profesión de fe. Afortunadamente, el mundo de la persecución cristiana del siglo IV dio un frenazo cuando el emperador Constantino rescindió los decretos anticristianos anteriores y elevó el cristianismo a ser la fe oficial del Imperio. De repente, la Iglesia tuvo tiempo libre para reflexionar sobre estas verdades bíblicas difíciles y aparentemente contradictorias.

Viendo nuestra tarea desde otra dirección, preguntamos: ¿Cómo ha entendido la Iglesia la enseñanza de Pablo que nos dice que Jesús tomó «la forma de siervo» (Flp 2:7) y la enseñanza del discípulo amado que nos recuerda que «vimos Su gloria»? (Jn 1:14). Reconociendo que Jesucristo es el Dios-hombre, la Iglesia tuvo que determinar cómo era posible que lo divino y lo humano se unieran. Esas preguntas fueron resueltas en el siglo IV, desde la época del Concilio de Nicea (325) hasta el Concilio de Constantinopla (381).

El llamado a una reunión en Nicea

Como suele ser el caso en la Iglesia, surgió una controversia por estos temas difíciles. Figuras particulares se asociaron con diferentes posiciones teológicas. Por un lado estaba el teólogo llamado Arrio. Para él, ciertos temas de la Escritura eran muy importantes. Por ejemplo, en las sinagogas judías se memorizaba y se repetía una frase hebrea particular, llamada el «Shemá»: «Escucha, oh Israel, el SEÑOR es nuestro Dios, el SEÑOR uno es» (Dt 6:4). ¡Esta es una enseñanza buena y verdadera! Sin embargo, si el Señor es «Uno», ¿cómo encaja Jesús en la ecuación? La respuesta para Arrio era simple. En la encarnación, Jesús de Nazaret «se convirtió» en el Dios-hombre. Una vez más, a primera vista, esta frase también es correcta. Jesús se convirtió en el Dios-hombre hace dos mil años cuando nació de la virgen.

Sin embargo, oculto detrás de esta frase correcta, había un bote de basura desbordante de ideas equivocadas. Cualquier cristiano ortodoxo de hoy puede afirmar que Jesús «se convirtió» en el Dios-hombre en aquel pequeño pueblo de Belén, pero también afirmamos que la segunda persona de la Trinidad existió en completa deidad antes de ese tiempo. Esta preexistencia de Cristo era el problema para Arrio. No la creía y dijo: «hubo un tiempo en que Él no era [el eterno Hijo de Dios]».

En este punto del debate, el héroe de la ortodoxia, Atanasio, legítimamente lanzó un grito de alarma. Para exponer el asunto de manera clara y concisa: los seguidores de Arrio habían negado la plena deidad eterna del Hijo y del Espíritu Santo con el Padre. Esto es herejía.

No obstante, la posición de Arrio era fácil de entender. Supuestamente ayudaba a «aclarar» los problemas bíblicos. Era una posición atractiva, ¡pero era incorrecta! El debate entre Atanasio y los seguidores de Arrio retumbó como un trueno por todo el Imperio. Para resolver la controversia, el emperador Constantino convocó una reunión gigante de la Iglesia.

En medio de mucho debate, los teólogos que se reunieron en el año 325 en el Concilio de Nicea establecieron la eterna divinidad preexistente de Cristo. Sus formulaciones excluyeron al arrianismo de la Iglesia. Se declaró que Jesús era «de una sustancia» con el Padre. La palabra griega para «de una, o la misma, sustancia» es homoousios. Consiste en dos palabras unidas. La mayoría sabe que la palabra «homo» significa «mismo», mientras que «ousia» significa «sustancia».

Después del 325

Con este primer gran concilio, se habían establecido las bases para la paz en la Iglesia. Se había tomado una buena postura teológica y la controversia sobre la naturaleza de Cristo debió haber llegado a su fin. ¡Pero aquí estamos hablando de teólogos! Mientras que el arrianismo fue condenado oficialmente y Atanasio había ganado teológica y políticamente, no todos estaban convencidos de la posición ortodoxa.

La lucha después del 325 no fue sobre hombres, sino sobre palabras. La controversia fue entre aquellos que se aferraron a homoousios y los que proclamaron una nueva palabra: homoiousios. Si estás leyendo esto por primera vez, es posible que ni siquiera hayas notado la diferencia. Hay una «i» insertada en la segunda palabra.

¿Es tan importante una pequeña «i»? Si evalúo el trabajo sobresaliente de un estudiante y pretendo darle una calificación de «A», pero olvido una pequeña línea, habrá una gran diferencia en el significado. Esa «A» se convertiría en una «F» en los registros de la clase. ¡Los estudiantes de teología deben preocuparse mucho por una pequeña línea! También deben preocuparse por una pequeña «i». Mientras homoousios significa de la «misma sustancia», homoiousios significa que Jesús es de una «sustancia similar».

Sin embargo, cuando estamos hablando de la misma «sustancia» o «esencia» de algo, o es completamente de esa sustancia o no lo es. Por ejemplo, una «manzana» puede ser «similar» a otra «manzana». Podrían haber diferencias de color o sabor, pero ambas serían «manzanas». Hay espacio para algunas diferencias en los detalles: más dulce o menos dulce, roja o verde. ¡Pero una «manzana» no puede saber como un sándwich de jamón ni parecerse a un elefante y seguir siendo una «manzana»! Debe tener todas las cualidades que hacen que una manzana sea una manzana. Tiene que ser «manzana» en su sustancia, o es otra cosa.

Después de un debate considerable, los teólogos se pusieron de acuerdo. Cuando se trata de la sustancia de la divinidad o la humanidad, no hay un «casi» divino ni un «parcialmente» humano. Dios tiene que ser completamente Dios y un hombre tiene que ser un hombre. Homoiousios (con la «i», sustancia «similar») fue rechazada por todos y la mayoría renunció a su posición de que Jesús podría ser «similar» a Dios en sustancia, confirmando así la ortodoxia.

Pero aún había algunos alborotadores que no estaban convencidos. Ellos no doblarían sus rodillas ante la noción de una encarnación completa del Hijo de Dios eternamente divino. Fueron más allá y dijeron que Jesús era «diferente» al Padre en Su sustancia.

Esta era una posición extrema y ​​por tanto todos entendieron que tenía que ser rechazada. Incluso los instigadores homoiousios se pusieron al lado de sus antiguos oponentes (homoousios) para luchar contra el nuevo enemigo: «diferente». Para terminar la controversia, otro concilio fue convocado, esta vez para reunirse en la ciudad de Constantinopla en el año 381. Allí fue reafirmado el credo completo, el que llamamos el «Credo de Nicea», que también es apropiadamente llamado «Credo Niceno-Constantinopolitano».

Sabiamente, el Credo de Calcedonia (451) no intenta explicar exhaustivamente el misterio de cómo Cristo puede ser completamente Dios y hombre. Sí establece que podemos reflexionar teológicamente entre dos límites, que Su naturaleza divina debe ser total y que Su naturaleza humana debe ser completa. También advierte contra una relación falsa entre las dos naturalezas.

Hay dos naturalezas en la sola y única persona de Cristo. Aun así, Él tenía una autoconciencia indivisa. El Credo de Calcedonia afirmó que incluso después de la encarnación, y durante toda la eternidad, la distinción entre las dos naturalezas continúa. Si bien son distintas, sin confusión ni conversión, no obstante, tampoco tienen separación ni división. En cuanto a la voluntad de Cristo, la voluntad divina sigue siendo divina y la voluntad humana sigue siendo humana. En Cristo, el Dios-hombre, los dos tienen una vida común y se interpenetran entre sí. Esto también es similar a la relación entre las tres personas de la Trinidad.

Una nota final en relación con la gloriosa doctrina de la persona de Jesucristo: estaríamos empobrecidos si no fuera por las arduas labores de los teólogos del siglo IV.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rick Gamble
Rick Gamble

El Dr. Rick Gamble es profesor de teología sistemática en el Reformed Presbyterian Theological Seminary y es pastor principal de la College Hill Reformed Presbyterian Church en Beaver Falls, Penn. También es autor de numerosos artículos sobre la vida y el pensamiento de Juan Calvino.

Una era crucial

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Una era crucial

Por John D. Hannah

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Fue un siglo extraordinario. Lo que inició como la «Era de los mártires» bajo Diocleciano, culminó con el surgimiento del cristianismo como religión del Imperio. El futuro de la Iglesia pasó rápidamente del ámbito de lo marginado y perseguido a lo victorioso, de no tener estatus legal a ser la hegemonía religiosa. Y así comienzan catorce siglos de dominio de la fe cristiana en el mundo occidental

El triunfo del cristianismo

Como creía que el Imperio estaba en decadencia, Diocleciano se dispuso reformar el Estado. La historia ha demostrado que, a menudo, los dictadores vienen disfrazados de libertadores, apelando a las necesidades de las masas; y este fue el caso aquí. Diocleciano creó una monarquía absoluta engrandeciendo al senado y declarándose a sí mismo como monarca semidivino. Sus talentos organizacionales resultaron ser beneficiosos a medida que el Imperio era asegurado y se extendía geográficamente. Sin embargo, en el año 303 desató una brutal persecución contra los cristianos por no ofrecer sacrificios a los dioses. Los persiguió quemando iglesias y destruyendo libros cristianos. Esto alcanzó al clero en el 305, lo que trajo encarcelamiento, tortura y muerte.

Constantino intentó unir a la Iglesia y al Estado; la Iglesia fue concebida como una institución de utilidad pública. Se hicieron reparaciones por la destrucción de la propiedad cristiana durante las persecuciones; al clero le fueron dadas concesiones tributarias y autoridad judicial para decidir en litigios privados. El culto al emperador cesó, los dioses desaparecieron de las monedas y a los funcionarios públicos les fue prohibido presidir ritos paganos. Constantino destruyó templos paganos, recompensó a las ciudades que suprimieron la adoración pagana y prohibió los juegos de gladiadores. Se adoptó un calendario cristiano con el domingo como día santo.

La explicación del cristianismo
En la nueva era del dominio de la Iglesia por medio del apoyo del Estado, surgieron obispos poderosos. Muchos de los avances organizacionales de Diocleciano, como la división del Imperio en doce diócesis, fueron incorporados a la Iglesia, añadiendo complejidad y eficiencia a su estructura de gobierno. En este siglo surgieron obispos poderosos tales como Ambrosio de Milán (340-97), quien fue conocido por sus habilidades retóricas que tuvieron gran influencia en Agustín, en la música de la Iglesia y en el ideal monástico. Ambrosio también condenó la persecución de paganos cometida por Teodosio I en Tesalónica (390) y lo excomulgó. Jerónimo fue un gran erudito bíblico y monje (fundó un monasterio en Belén). Es mayormente conocido por su traducción de la Biblia desde las lenguas originales, bajo la dirección de Dámaso, obispo de Roma; la Vulgata Latina, la Biblia de la Edad Media. Juan Crisóstomo (345-407), que fue una vez patriarca de Constantinopla, fue un predicador elocuente y un reformador moral; ha sido llamado el expositor cristiano más grande de su época. Eusebio (c. 263-340), obispo de Cesarea, aunque manchado por su posición moderadamente arriana, fue un erudito y clérigo. Su Historia eclesiástica, la fuente principal de nuestro conocimiento de la Iglesia en los primeros siglos, le ha hecho merecedor del título de «Historiador de la Iglesia». Cirilo de Jerusalén (c. 315-86) fue un destacado pastor, escritor y catequista.

Uno de los mayores beneficios del nuevo protagonismo de la Iglesia en el Imperio fue que los asuntos teológicos podían ser discutidos con una base más extensa que en siglos anteriores. De hecho, los emperadores jugaron un rol para resolver asuntos que amenazaban la tranquilidad del Imperio. Los obispos a lo largo del Imperio podían reunirse a discutir y formular respuestas a preguntas complejas. Los académicos hablan de la «era ecuménica», un período de varias reuniones mundiales de obispos para desenredar problemas y redactar credos. Como resultado, los clérigos ayudaron a definir la fe ortodoxa. Ellos no inventaron la fe, sino que pudieron explicarla de manera que fuera recibida por todas las iglesias.

Una vez que la paz llegó a las iglesias, el emperador se interesó profundamente en el bienestar del cristianismo; los asuntos religiosos se convirtieron en preocupaciones para el Estado. El tema que dominó el siglo, la deidad de Jesucristo, se encuentra en el corazón de la fe cristiana. Los clérigos se habían empeñado por un tiempo en explicar la relación del Padre con el Hijo. ¿Cómo podría la Iglesia proclamar de manera creíble que Jesucristo es Dios y, al mismo tiempo, declarar que «Dios, el Señor uno es» (Dt 6:4)? Al extender la deidad al Salvador, el monoteísmo parecía estar bajo amenaza.

Cuando en el siglo IV cierto presbítero buscó explicar la relación del Padre con el Hijo, negando su igualdad absoluta, el escenario quedó preparado para una resolución. Arrio de Alejandría (c. 250-336) se enfrentó a su obispo. Fue condenado en un concilio local en el año 321, pero su visión dividió a los obispos y amenazó la armonía del mundo de Constantino. En consecuencia, Constantino convocó al primer concilio ecuménico, o mundial, de obispos de la Iglesia en Nicea (una residencia de verano cerca de la, aún por terminar, nueva capital Constantinopla). El emperador favoreció la posición de Atanasio (c. 296-373), reciente sucesor de Alejandro. Esto ayudó a determinar las conclusiones del concilio. Arrio negó la igualdad del Padre con el Hijo para evitar el modalismo (la posición que él pensaba que Atanasio sostenía); Atanasio negó la desigualdad entre el Padre y el Hijo (posición que él acusaba a Arrio de defender). Más de trescientos obispos se reunieron y condenaron las enseñanzas de Arrio. Atanasio y Constantino, entre otros, sintieron que la frase «de una sustancia con el Padre» expresaba la coigualdad del Padre y del Hijo.

En parte, las continuas tensiones fueron el resultado de diferencias lingüísticas. El occidente latino hacía una distinción entre los términos «persona» y «sustancia». Se podía hablar, tal como lo hizo Tertuliano el siglo anterior, de dos personas y una sustancia. El oriente griego veía ambos términos como sinónimos y acusaba al occidente de apoyar el modalismo. El apoyo aumentó para la visión adopcionista de Arrio (una visión que afirmaba la deidad del Salvador a costa de Su eternidad).

La obra monumental de los tres obispos de Capadocia (Basilio de Cesarea [c. 330-97]; Gregorio de Nacianzo [c. 329-89]; y Gregorio de Nisa [c. 330-95]), al desenredar la confusión lingüística, abrió el camino a un segundo concilio ecuménico. Convocado por Teodosio I en Constantinopla (381), este concilio afirmó y amplió el Credo Niceno. Se distinguieron los términos «sustancia» y «personas». El primero, se refiere a los atributos de Dios que son igualmente compartidos por el Padre y por el Hijo; el segundo, se refiere a funciones que destacan las distinciones no en tipo sino en función. Las distinciones dentro de la Deidad se relacionan con la redención de la creación.

Un corolario a la discusión de la relación entre el Padre y el Hijo fue la comprensión del Espíritu Santo. La pregunta que dominaba la insistencia de Atanasio en que Jesús es Dios era: «¿Cómo podría un ser inferior a la divinidad absoluta proveernos de la redención divina, la vida de Dios para el alma?». La pregunta concerniente al Espíritu Santo era: «¿Cómo podría un ser inferior a Dios traernos la santidad de Dios?». En Constantinopla, la Iglesia pudo articular la doctrina de la tri-unidad de Dios. Hablar de la Trinidad apropiadamente es hablar de Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios Espíritu Santo, el gran tres en uno. La doctrina de la Santísima Trinidad continuó sin ser cuestionada en las iglesias cristianas por más de un milenio. Este fue el mayor logro de la Iglesia del siglo IV. Los obispos no inventaron la doctrina de la igualdad del Padre y del Hijo, sino que nos dieron una explicación importante de lo que la Iglesia siempre confesó. Dios es uno y Jesucristo es Dios.

El concilio también abordó un tema que se resolvería en el siglo V en el Concilio de Calcedonia (451). En Nicea y en Constantinopla, la Iglesia luchó por explicar la relación preencarnada del Hijo con el Padre. Un tema relacionado con eso fue el siguiente: ¿Cuál es la relación entre la deidad y la humanidad de Cristo cuando Cristo se encarnó? La lucha por explicar estas cosas comenzó aquí, pero la explicación final llegaría más tarde.

Apolinar (c. 310-90), obispo de Laodicea, afirmó que Cristo fue siempre completamente Dios, pero estuvo dispuesto a denigrar Su humanidad para preservar la unicidad de Cristo. Él argumentaba que Cristo no poseía una mente o un alma humana; sino que en su ausencia, moraba la deidad. Cristo era verdaderamente Dios pero no verdaderamente hombre. Su visión acerca de Cristo fue condenada, pues se entendió que podía ser tan destructiva como la de Arrio.

Intemporalidad y cambio
¿Qué podemos aprender del siglo IV como ciudadanos del siglo XXI? Para los santos que soportaron las aterradoras purgas de Diocleciano, es importante estar consciente de que Dios es soberano tanto en los momentos más oscuros como en los momentos más agradables. Él está obrando Su gran e inalterable plan incluso cuando no podemos ver qué cosas buenas podrían salir de una tragedia. ¿Quién hubiera imaginado que la ira de Diocleciano era el último respiro del paganismo y que la Iglesia estaba siendo preparada para una era completamente nueva? Es bueno saber que las apariencias pueden no ser la realidad.

Sin embargo, hay un factor constante en el siglo IV que provee continuidad para todos los cristianos. El común denominador es la pasión de la Iglesia por definir y defender las doctrinas de los apóstoles. Cuando las persecuciones terminaron y la Iglesia se encontró en un ambiente favorable, se propuso inmediatamente a explicar las maravillas de su proclamación: la deidad absoluta de Jesucristo, la belleza del Salvador encarnado. ¿Por qué? En el corazón de la fe cristiana están las buenas nuevas de redención del pecado por medio de Uno que tomaría el lugar del pecador, cargando su culpa y satisfaciendo la deuda de la justa y eterna ira de Dios. Solo Dios podía hacer esto; el gran Juez de la humanidad fue juzgado por nosotros. Sin embargo, solamente un ser humano debía estar en lugar de los humanos; y a la vez tenía que ser perfecto. ¿Quién podía hacer eso? Aquel que es Dios y, al mismo tiempo, un hombre perfecto, el Señor Jesucristo.

Lo que debe estar en el centro o ser la preocupación de la Iglesia es siempre Cristo y Sus misericordias. Somos deudores de hombres y mujeres, clérigos y laicos, de este maravilloso siglo por modelar eso para nosotros. Nuestra oración es que Él se convierta en la preocupación central de la Iglesia en el siglo XXI.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John D. Hannah

El Dr. John D. Hannah es profesor y presidente del departamento de teología histórica del Seminario Teológico de Dallas, Texas.

¿Quién decís que soy yo?

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

¿Quién decís que soy yo?

Por R.C. Sproul

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

En el principio existía el Verbo. Y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios».

El segmento introductorio del prólogo del Evangelio de Juan fue el texto más cuidadosamente examinado del Nuevo Testamento durante los primeros tres siglos de la historia cristiana. De todos los temas teológicos y preguntas que enfrenta la Iglesia primitiva, ninguno fue más agudo que el entendimiento de la Iglesia de la persona de Jesucristo.

El Nuevo Testamento dedica mucha atención a la persona y obra de Jesús: lo que dijo, lo que hizo, de dónde vino y adónde fue. Pero nada cautivó tanto las mentes de los líderes intelectuales de la Iglesia primitiva como la pregunta: «¿Quién era Él?».

La pregunta «¿quién era Jesús?» obligó a prestar atención al concepto juanino del logos. Este término griego, simplemente traducido como «verbo», era la idea más profunda sobre Jesús presentada en el Nuevo Testamento.

Notamos la distinción que hace Juan cuando escribe: «El Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». En el peor de los casos, Juan cae en una horrible contradicción entre dos afirmaciones hechas acerca del Logos con apenas un suspiro entre ellas. Cuando decimos que alguien o algo está con otro, eso normalmente indica una distinción entre ellos. Notamos una diferencia obvia entre distinción e identidad. Cuando afirmamos que dos cosas son idénticas, generalmente queremos decir que no hay diferencia o distinción entre ellas. Sin embargo, aquí Juan hace dos cosas: por un lado, distingue entre el Logos y Dios, mientras que, por el otro, identifica al Logos con Dios.

¿Contradicción? No necesariamente, aunque vivimos en una época en la que los teólogos, tanto liberales como conservadores, no solo se contentan, sino que se deleitan en las contradicciones. Sin embargo, si queremos conservar la cordura teológica, debemos rechazar la idea de que estas afirmaciones son de hecho contradictorias. Tampoco deseamos sucumbir a la noción popular pero mortal, que ahora es popular en los círculos anteriormente reformados, de que las verdaderas contradicciones pueden resolverse en la mente de Dios. Este nuevo irracionalismo nos da un Dios irracional con una Biblia irracional y una teología irracional; todo esto defendido por una apologética irracional. Este movimiento se basa en la falsa premisa de que la única alternativa al irracionalismo es el racionalismo. Pero uno no necesita ser racionalista para ser racional. Los vuelos a lo absurdo pueden deleitar a los filósofos existenciales, pero calumnian al Espíritu Santo de la verdad.

Tampoco podemos resolver la tensión en Juan apelando a la ausencia del artículo definido (como lo hacen los mormones y los testigos de Jehová) y traducir el texto: «Y el Verbo era un Dios». Este débil intento de resolución solo produce politeísmo.

Este fue el tipo de pregunta que impulsó a la Iglesia a examinar y probar las formulaciones cristológicas durante tres siglos. La confesión decisiva  del Credo Niceno del siglo IV no saltó de repente a la escena como Atenea de la cabeza de Zeus. La formulación de la doctrina de la Trinidad fue codificada en el siglo IV, pero de ninguna manera nació en ese momento. La Tri-unidad en la Deidad tuvo sus raíces en el suelo fértil del texto bíblico del primer siglo.

La cuestión del monoteísmo estuvo presente desde el principio. Se discutió en términos de la idea del monarquianismo. Estamos familiarizados con las palabras monarca o monarquía en una conversación normal, ya que las usamos con respecto a las mariposas y los gobernantes. En griego, el término tiene un prefijo y una raíz.

Irónicamente, la raíz de monarca «arc» aparece en Juan 1. El apóstol escribe: «En el principio…,» y la palabra traducida «principio» es archè. Esta palabra también significa «jefe» o «gobernante». En español hablamos de arcángeles, archienemigos, arquitectos (jefes de construcción), arzobispos, etc. En todas estas palabras, archè significa «jefe» o «gobernante». Por lo tanto, cuando agregamos el prefijo «mono» a la raíz archè, obtenemos la idea de «un gobernante». Un monarca, entonces, es un único gobernante sobre cualquier reino (generalmente un rey o una reina).

En los primeros siglos, la Iglesia tuvo que mantener la noción claramente enseñada del monoteísmo, con la igualmente clara afirmación de la deidad de Cristo. La forma en que el monoteísmo pudo mantenerse mientras se afirmaba la deidad de Cristo alcanzó proporciones de crisis en el siglo III y IV.

El tercer siglo fue testigo del fuerte asalto contra el cristianismo por diversas formas de gnosticismo que engendraron una especie de monarquianismo llamado «monarquianismo modalista». Para entender esto debemos comprender algo del significado del término «modo». Un modo era un «nivel» o «manifestación» particular de una realidad dada. La idea popular entre los gnósticos era que Dios es la realidad suprema. Su Ser irradia o emana del núcleo de Su Ser. Cada radiación o emanación representa un nivel de Su ser. Cuanto más lejos esté la emanación, o nivel, del núcleo del Ser divino, menos «puro» es su Ser divino.

El hereje Sabelio enseñó tal concepto. Comparó la relación del Logos con Dios como análoga, como lo es un rayo de sol con el sol. El rayo de sol es de la misma esencia o ser del sol, pero puede distinguirse del sol. En términos modernos, decimos que el sol está a ciento cincuenta millones de kilómetros de nosotros y, sin embargo, nos calientan los rayos que están cerca. Sabelio argumentó que Jesús era de la «misma esencia» (gr. homo-ousios) que Dios, pero era menos que Dios. Sabelio y su monarquianismo modalista fueron condenados como herejía en Antioquía en 267, y la Iglesia utilizó la expresión «de esencia similar» (homoi-ousios) para referirse al Logos. Aquí la idea era que el Logos, aunque se distinguía del Padre, compartía plenamente «de manera similar» con el Padre en Su Ser divino.

Poco después de la derrota de Sabelio y el monarquianismo modalista, surgió una nueva y más virulenta forma de monarquianismo. Irónicamente, su cuna fue Antioquía, el mismo lugar donde Sabelio fue condenado. La nueva herejía ha sido llamada «monarquianismo dinámico» y, a veces, «adopcionismo». La escuela antioqueña de Luciano, Pablo de Samósata y otros produjeron su representante más formidable: Arrio. Fue la enseñanza de Arrio y sus seguidores lo que provocó el crítico Concilio de Nicea y el Credo Niceno en 325.

Ya que esto será discutido más adelante en esta serie de Tabletalk, restringiré mis comentarios aquí para indicar que Arrio claramente negó la deidad eterna del Logos. Se defendió a sí mismo, irónicamente, apelando a la frase ortodoxa «esencia similar» (homoi-ousios). El Logos es solo «similar» a Dios; Él no es Dios mismo. La mayoría de los herejes como Arrio intentaron enmascarar su herejía utilizando lenguaje ortodoxo para transmitirla. La amenaza arriana fue tan grande que la Iglesia retrocedió en su elección de términos para definir la relación del Logos con el Padre. El término que la Iglesia había rechazado previamente en la disputa del siglo III con Sabelio, homoousios («de la misma esencia») fue elevado a la ortodoxia. Por supuesto, el término ahora no fue usado para volver al modalismo de Sabelio; más bien, se usó para afirmar que el Logos es de la misma esencia divina que Dios: coeterno, coesencial, no creado.

La importancia de la elección de esta palabra subraya en rojo cuán seriamente la Iglesia tomó la amenaza del arrianismo y cuán resuelta fue la Iglesia para mantener su confesión de la deidad plena de Cristo. Este fue el momento decisivo del cristianismo del siglo IV.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

El siglo IV: un tiempo trascendental

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

El siglo IV: un tiempo trascendental

Por Sinclair B. Ferguson

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

El siglo IV fue uno de los períodos más significativos durante los primeros mil quinientos años de la existencia de la Iglesia. En él ocurrieron una serie de eventos que marcaron la trayectoria de la Iglesia hacia el futuro.

El siglo comenzó con dos acontecimientos importantes.

PERSECUCIÓN

Los cristianos son llamados a vivir en paz con los demás en la sociedad (ver Rom 12:18). Pero a pesar del deseo de la Iglesia de contribuir a la sociedad y vivir en paz, la persecución continúa. Los emperadores o dictadores casi nunca comprenden el hecho de que los cristianos serán sus mejores ciudadanos. Trágicamente, los gobernantes suelen preferir el totalitarismo por encima de la gracia y sus efectos.

Cuando inició el siglo, Diocleciano (245-313) ya llevaba una década y media siendo emperador romano. Nacido en el anonimato, ascendió entre los rangos militares y fue declarado emperador en 284. Era un organizador y administrador extraordinariamente talentoso y, a su manera, un reformador del ahora inestable Imperio. Durante la mayor parte de su reinado, los cristianos disfrutaron de una paz relativa. Pero Diocleciano se convenció de que la única forma de fortalecer el Imperio romano era mediante un gobierno virtualmente totalitario. Esto a su vez requería un compromiso por parte de cada ciudadano a ver a su autoridad «divina» como sacratissimus Dominus noster (nuestro más sagrado Señor). Todo lo que se interpusiera en el camino de este gran plan era reprimido.

En el 303, la persecución estalló y las iglesias fueron destruidas. Al darse cuenta de que el cristianismo era una fe anclada en libros, Diocleciano también trató de destruir los libros de los cristianos, especialmente las Escrituras. Luego trató de destruir a los líderes de la Iglesia, y más adelante a los cristianos en general, si se negaban a inclinarse ante su decreto de que todos los ciudadanos del Imperio debían hacer sacrificios a los dioses de Roma. Por la gracia de Dios, muchos cristianos tuvieron el valor para permanecer firmes.

Diocleciano abdicó en el 305 y vivió los últimos años de su vida retirado en lo que ahora es Split, Croacia. Pero la persecución continuó.

Cuando leemos relatos de martirios, a veces es difícil distinguir la verdad de la exageración. En ocasiones, parecen exagerados. Pero tal vez la exageración surgió del deseo de establecer un contraste con otros cristianos que fueron intimidados, algunos de los cuales entregaron copias de las Escrituras que fueron quemadas. Esto hizo que la Iglesia tuviera otro problema: los cristianos fracasados, los traditores. ¿Qué pasaría si en tiempos posteriores de relativa calma quisieran regresar al redil?

Diocleciano se quitó la vida en el 313. Dos años antes, el Edicto de Nicomedia (311) había puesto fin a la persecución.

EL CULTO A LA SUAVIDAD

Los sufrimientos soportados por tantos cristianos resaltaron una segunda tendencia: una sensación creciente de calma y consuelo en aquellos que profesaban ser seguidores del Crucificado.

En la fe cristiana hay misterios y doctrinas que retan nuestras mentes. Pero a veces lo que más nos desafía no son las enseñanzas complejas, sino las más claras y sencillas. Confiamos en un Salvador crucificado que resucitó de entre los muertos, y le seguimos. En consecuencia, nuestras vidas estarán marcadas por la cruz. El camino a la vida es el camino de la muerte.

Puesto que nos alejamos instintivamente del sufrimiento, no debería sorprendernos que la misma reacción haya estado presente a principios del siglo IV.

La respuesta de unos cuantos al «amor sutil por suavizar las cosas» fue rechazar al mundo, abandonar la sociedad y vivir como ermitaños, distanciados del mundo y separados de los cristianos mundanos. Este movimiento ganó fuerza especialmente en Egipto, donde los hombres se mudaron al desierto para vivir vidas totalmente solitarias, anhelando contemplar las glorias de Dios y buscando Su presencia y poder para vencer la tentación. Sin embargo, muchos de ellos descubrieron que el desierto no está fuera del alcance del diablo.

ANTONIO

El más influyente de estos ermitaños fue Antonio (251-356), quien nació en Coma, Egipto. Mientras estaba en un servicio de su iglesia poco después de la muerte de sus padres, fue sobrecogido por las palabras de Jesús al joven rico cuando le dijo que vendiera todo y le siguiera. Tomando las palabras literalmente, se comprometió con un estilo de vida ascético en el desierto más o menos desde el 285 hasta el 305, donde formó a un grupo de monjes. Más adelante, regresó al desierto. Era ampliamente admirado, especialmente cuando Vida de Antonio (escrita por Atanasio) se hizo popular.

Paradójicamente, ambas influencias —la persecución y la vida monástica— tenían el potencial para destruir el testimonio de los cristianos. Si la oscuridad vence a la luz o la luz es eliminada del mundo, el mundo se oscurece. Si sacamos la sal del mundo, la decadencia moral y espiritual es inevitable. Así que las vidas de estos monjes del desierto, a pesar de su notable ascetismo, nos advierten que Cristo nos ha llamado a no abandonar el mundo, sino a vivir sacrificialmente en él.

Además de estos movimientos, debemos tomar nota de tres eventos importantes que tuvieron lugar durante el siglo IV.

CONSTANTINO

El primero fue que Constantino se convirtió en emperador. Según el autor cristiano del siglo IV llamado Lactancio, mientras Constantino luchaba por el control del Imperio romano, tuvo un sueño notable justo antes de la Batalla del Puente Milvio. Como resultado, luchó bajo el signo de la cruz, el cual se convirtió en el famoso monograma chi-rho (por las dos primeras letras de la palabra “Cristo” en griego). Cualquiera que sea la verdad, Constantino ganó la batalla y atribuyó su victoria al poder de Cristo. Inmediatamente comenzó a relajar las leyes penales contra los cristianos, y con el tiempo logró que el cristianismo fuera la religión oficial del gran Imperio romano.

Eran buenas noticias: el fin de la persecución. Pero también eran malas noticias. Era bueno en el sentido de que los cristianos ahora eran libres de adorar a Cristo sin obstáculos físicos. Pero era malo en el sentido de que, por primera vez, el cristianismo se había convertido en la religión del Estado. Los ciudadanos del Imperio romano ahora se verían a sí mismos como cristianos de facto. La distinción bíblica básica entre nacimiento natural y nacimiento espiritual se había perdido. Constantino hizo mucho para ayudar a la Iglesia. Pero este error fatal estorbó a la Iglesia a largo plazo al minimizar la diferencia entre un ciudadano de este mundo y un ciudadano del mundo venidero. La Iglesia en Occidente nunca ha sido la misma desde entonces.

NICEA

El segundo evento importante del siglo IV fue el Concilio de Nicea en el 325. Resolvió de manera oficial (pero no final) un amargo debate en la Iglesia sobre la identidad de Cristo.

Las semillas de este debate se pueden encontrar en la forma en que los primeros escritores cristianos respondieron la pregunta: ¿En qué sentido es Cristo completamente divino? El problema llegó a un punto crítico a través de la enseñanza de un presbítero (ministro) llamado Arrio, quien había argumentado que si el Hijo fue, como confesaba la Iglesia, «engendrado del Padre», entonces «hubo un tiempo en el que el Hijo no existió».

Frente a Arrio estaba la heroica figura de Atanasio. Este argumentó poderosamente que si el Hijo no es completamente Dios, entonces Él no puede reconciliarnos con Dios ya que Su muerte no tendría un poder infinito para salvarnos del pecado contra un Dios infinito y santo. Cristo solo puede reconciliarnos con Dios si es completamente divino. Además, Atanasio argumentó que si Cristo no es verdaderamente Dios (y, por implicación, lo mismo sería cierto acerca del Espíritu Santo), entonces los cristianos son bautizados en el nombre de un Dios y de dos de Sus criaturas. En otras palabras, el rito cristiano inaugural del bautismo en el único nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo requiere la plena deidad del Hijo para que tenga sentido.

Por su obstinada fidelidad, Atanasio (apodado «el enano negro» por su color y altura) fue exiliado en no menos de cinco ocasiones. Pero aun si el mundo entero hubiera estado en su contra, él estaba decidido a defender la deidad completa de su Salvador (de ahí la expresión Athanasius contra mundum, «Atanasio contra el mundo»). El concilio que convocó Constantino en Nicea en el 325 confirmó la convicción neotestamentaria de Atanasio sobre la deidad absoluta de nuestro Señor Jesucristo.

AGUSTÍN

Un tercer evento importante del siglo IV tuvo lugar en la vida de un individuo cuyos escritos lo han convertido en el pensador más influyente de la Iglesia desde los días de los apóstoles. El evento fue, por supuesto, la conversión de Agustín.

Aurelius Augustinus nació en el 354 en Tagaste, África del Norte (Annaba en la Argelia moderna), hijo de un padre pagano y una madre cristiana, Mónica (a cuyas oraciones Agustín luego atribuyó en parte su conversión). Las nuevas formas de pensar y las experiencias vanguardistas le fascinaban. A la edad de dieciocho años, tomó una concubina con la que vivió durante los siguientes quince años. Parecía haber intentado todo, incluyendo una nueva religión y hasta dietas extraordinarias (en un momento perteneció a una secta que creía que uno debía comer tantos melones como fuera posible).

No halló satisfacción. Al escribir sobre su experiencia en su obra más famosa, Confesiones, señala que por mucho que buscara lo que pensaba era la verdad, realmente estaba huyendo de ella y de la gracia de Dios en Jesucristo.

Años después, Agustín tomó un prestigioso trabajo como profesor de retórica en Milán, Italia. Comenzó a escuchar la predicación del gran Ambrosio, obispo de Milán. Un día, mientras estaba sentado en un jardín, escuchó a un niño en un jardín vecino gritar algunas palabras que pensó eran parte de un juego: tolle lege (toma y lee). Eso desencadenó algo en su mente. Tomó una copia del Nuevo Testamento que yacía sobre una mesa y la abrió en Romanos 13:14: «Antes bien, vestíos del Señor Jesucristo, y no penséis en proveer para las lujurias de la carne». Sintió que Dios le había hablado con la misma claridad con que había escuchado la voz del niño. Hizo exactamente lo que decía el texto. Confió en Cristo. Su antigua manera de vivir había llegado a su fin. Había hallado descanso en Dios, y en ese momento supo que había sido creado para descansar en Él. De ahí en adelante, fue un servidor devoto de Jesucristo. Su pensamiento y escritura determinaron de muchas maneras el curso de la historia de la teología cristiana, hasta los tiempos de la Reforma.

Una de las declaraciones más fascinantes de Confesiones es un comentario que hizo Agustín sobre Ambrosio. Estaba describiendo el momento de su vida en que llegó a Milán. ¿Qué fue lo que le impresionó del obispo? Él nos dice en su soliloquio de oración a Dios: «Empezó a agradarme, no como maestro de la verdad, porque al principio no tenía absolutamente ninguna confianza en Tu Iglesia, sino como un ser humano que fue amable conmigo… Sin embargo, gradualmente, aunque no me daba cuenta, me estaba acercando».

Justino Mártir conoció a Cristo por medio de un cristiano anciano mientras caminaba tranquilamente por la costa; Agustín llegó a la fe a través de la bondad de un obispo elocuente y de las oraciones de una madre. El nombre de Justino sigue vivo en la historia de la Iglesia, pero el anciano que le predicó a Cristo fue olvidado. Muchos cristianos están familiarizados con el nombre de Agustín. Pocos saben el nombre de su madre o el nombre de su ministro, Ambrosio.

Aquí hay un patrón y una lección. Al leer sobre las vidas de hombres y mujeres que han sido utilizados estratégicamente por Cristo para construir Su Reino, notamos que los nombres de aquellos que los condujeron a la fe en Jesucristo tienden a olvidarse o a perderse. Pero su importancia es incalculable. Dios se deleita en usar a personas corrientes y a los que han sido olvidados.

Esto es, sin duda, un gran estímulo para los que vivimos nuestras vidas cristianas en cierto anonimato. No esperamos encontrar nuestros nombres en ningún libro de historia de la Iglesia. Y, sin embargo, pudiera ser que alguien con quien seamos amables, porque amamos a Jesús, sea adoptado y usado extraordinariamente por Dios para construir la Iglesia de Jesucristo.

Cuando Jesús está construyendo Su Iglesia, la fidelidad es mucho más significativa que la fama.

Extracto adaptado de In the Year of Our Lord [En el año de nuestro Señor] por Sinclair B. Ferguson, © 2018, pp. 41-46.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.