Una pasión por la verdad

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Una pasión por la verdad

Por George Grant

El príncipe de los predicadores, Charles Haddon Spurgeon, escribió una vez en su maravilloso libro John Plowman’s Talks [Las conversaciones de John Plowman]: «Quisiera que todo el mundo supiera leer y escribir y cifrar; de hecho, no creo que un hombre pueda saber demasiado; pero fíjate, el conocimiento de estas cosas no es educación; y hay millones de tus lectores y escritores que son tan ignorantes como el becerro del vecino Norton».

Esas masas ignorantes de las que escribió Spurgeon no son los que no terminaron sus lecciones. Son más bien aquellos que sí terminaron, o más bien aquellos que ingenuamente pensaron que las lecciones eran el tipo de cosas que podían ser terminadas.

La excelencia educativa desde una perspectiva bíblica no tiene tanto que ver con la cantidad de datos acumulados en la cabeza de un estudiante, sino con la forma de pensar y actuar entretejida en la vida de un estudiante.

La educación no tiene un término, un extremo polar, una línea final, un resultado. En cambio, es un depósito, una donación, una promesa e incluso una pequeña muestra del futuro. Para muchos, es triste decirlo, esta perspectiva exclusivamente cristiana es una cosmovisión totalmente foránea: una noción extraña, una paradoja arcaica, un misterio insondable. Las mentes embotadas por la asfixiante conformidad de la cultura popular no pueden sondear las profundidades o explorar la amplitud de la virtud distintivamente cristiana del contentamiento esperanzador ante las tareas perpetuas. Así se apresuran hacia lo que piensan que será el final de esto, aquello u otro capítulo de sus vidas. Están desesperados por terminar la escuela. Así, por ejemplo, la graduación no es para ellos el hito que marca un nuevo comienzo, sino que marca una conclusión. Luego, van a toda prisa por sus vidas y carreras: se arrastran con impaciencia durante la semana de trabajo, ansiosos para que llegue el fin de semana; trabajan solo para que les lleguen las vacaciones y continúan así su camino hacia la jubilación, siempre llegando al final de las cosas hasta que por fin las cosas llegan a su final.

Pero en el marco de la cosmovisión cristiana, el contentamiento esperanzador frente a las responsabilidades interminables es una virtud que continuamente genera en nosotros la expectación por nuevos comienzos, no viejas resoluciones. Es una virtud que produce en nosotros una nueva confianza tanto en el presente como en los días venideros. Eso es así simplemente porque es una virtud enraizada en un entendimiento de la buena providencia de Dios y en las riquezas del pacto de Su gracia.

Nosotros más que nadie, que fuimos traídos de muerte a vida, que fuimos traídos desde el fin de nosotros mismos al umbral de la eternidad, nosotros más que nadie entendemos esto. Esto es, de hecho, la esencia misma del evangelio. La crucifixión no es la terminación de la obra mediadora de Cristo, sino la conjunción de dos comienzos: la encarnación y la resurrección. Es el eje de la civilización que delimita una nueva creación: «Las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas» (2 Co 5:17).

Así que ahora somos un pueblo innatamente optimista, siempre comenzando de nuevo, afirmando nuestra fe en pleno acuerdo con los patriarcas y la patrística: «Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Heb 11:1).

De modo que, por ejemplo, toda conversación respecto a la educación es para nosotros un recordatorio de que apenas hemos comenzado a aprender a cómo aprender. Es una afirmación de que aunque nuestra magnífica herencia nos ha dado a conocer las espléndidas maravillas de la literatura y el arte y la música y la historia y la ciencia y las ideas en el pasado, apenas comenzamos a conocerlas y que una aventura de toda una vida en estos vastos y portentosos escenarios aún nos espera. De hecho, las lecciones más valiosas que la educación puede transmitir son siempre las lecciones que nunca terminan. Eso es, en realidad, el corazón de la filosofía cristiana en cuanto a la educación.

Por lo tanto, la excelencia educativa desde una perspectiva bíblica no tiene tanto que ver con la cantidad de datos acumulados en la cabeza de un estudiante, sino con la forma de pensar y actuar entretejida en la vida de un estudiante. Ese es el gran legado de la cristiandad.

Lamentablemente, esta no es una perspectiva particularmente popular en estos días. El trabajo duro y la disciplina sustancial necesaria para el aprendizaje de por vida no están en boga. Representan arcaísmos, que hace mucho tiempo fueron dejados en el polvo del tiempo por los nuevos artilugios de la contemporaneidad industrial y la modernidad progresiva.

Considera la lectura, por ejemplo. Mucho antes de que la pesadilla de la televisión invadiera cada una de nuestras vigilias, C.S. Lewis comentó que aunque la mayoría de la gente en las culturas industriales modernas son al menos marginalmente capaces de leer, simplemente no lo hacen. En su sabio y maravilloso libro An Experiment in Criticism [Un experimento en criticismo] escribió: «La mayoría, aunque a veces son lectores frecuentes, no le dan mucha importancia a la lectura. Ellos recurren a ella como el último recurso. La abandonan con diligencia tan pronto como aparece cualquier pasatiempo alternativo. Está reservada para viajes en tren, enfermedades, momentos extraños de soledad forzada o para el proceso llamado “leer hasta quedarnos dormido”. A veces la combinan con conversaciones aleatorias; a menudo, mientras escuchan la radio. Pero la gente que ama la literatura está siempre buscando tiempo libre y quietud para leer, y lo hace con toda atención. Cuando se les niega un tiempo de lectura dedicado y sin interrupciones, incluso por unos días, se sienten empobrecidos».

Además, Lewis admitió que hay un profundo desconcierto por parte de la masa de la ciudadanía sobre los gustos y hábitos de los letrados: «Es bastante claro que la mayoría, si hablaran sin pasión y fueran totalmente elocuentes, no nos acusarían de que nos gustan los libros equivocados, sino de hacer tanto alboroto por cualquier libro en absoluto. Consideramos como ingrediente principal de nuestro bienestar algo que para ellos es marginal. Por lo tanto, decir simplemente que a ellos les gusta una cosa y a nosotros otra es dejar fuera casi todos los hechos».

Todo esto no implica ningún indicio de vileza moral por parte de la bohemia moderna; más bien, es reconocer la simple realidad del enorme abismo que existe entre los que leen y los que no, entre los muchos populares y los pocos peculiares. Es para reconocer que la educación exige lo segundo, manteniendo al mismo tiempo una firme incompatibilidad con lo primero.

Y ahí está el problema. Queremos tener nuestro pastel y comerlo también; una perspectiva tan improbable como un avistamiento de Elvis, una reunión de los Beatles o que una buena legislación salga de Washington.

El problema de la lectura seria es parte integral de virtualmente todos los otros problemas de la modernidad: la lectura seria es a menudo un trabajo laborioso que requiere una disciplina inquebrantable, y si hay algo a lo que los modernos tenemos aversión, es al trabajo disciplinado. En esta extraña época de «a quién le pueda interesar» y de «todo al instante», llena de comidas en el microondas, edificios prefabricados, ventanas de autoservicio, aprobaciones de crédito sin esperas y fórmulas de entretenimiento predigeridas, tendemos a querer reducirlo todo al nivel del menor común denominador y al más rápido plazo de entrega, que parece ser cada vez más bajo y cada vez más rápido con cada día que pasa.

Incluso la Iglesia ha sido presa de este «espíritu de los tiempos». Si realmente dependiera de nosotros, no querríamos que la adoración fuera tan terriblemente exigente. No quisiéramos una doctrina que desafíe nuestros conceptos favoritos. Solo quisiéramos la música con la que nos sentimos cómodos. Solo nos interesa una predicación que nos tranquilice, que refuerce nuestras preferencias particulares, que nos dé una sensación de serenidad… y todo en un tiempo récord. Queremos un cambio rápido; una gracia barata; banalidades inspiradoras; una teología de calcomanías para autos; una fe fácil. Queremos un cristianismo ligero. Queremos las lindas noticias, no necesariamente las buenas nuevas.

Por las mismas razones, cuando leemos preferimos la literatura chatarra. Los hechos predigeridos del USA Today son mucho más fáciles de tragar que el Magnalia Christi Americana de Cotton Mather. Acéptalo, Dan Brown, Danielle Steele y Tom Clancy son más fáciles de digerir que Abraham Kuyper, Thomas Chalmers y Merle d’Aubigne. La lectura es una disciplina, y toda disciplina es difícil. Sin embargo, así es como es con cualquier cosa que valga la pena en realidad.

En su destacado libro The Moral Sense [El Sentido Moral] James Q. Wilson señala ese punto con gran claridad. Él argumenta que «las mejores cosas de la vida» siempre «nos cuestan algo». Debemos sacrificarnos para alcanzarlas, para lograrlas, para mantenerlas e incluso para disfrutarlas.

Esa es una de las lecciones más importantes que podemos aprender en la vida. Es el mensaje que sabemos debemos inculcar en nuestros hijos: la paciencia, el compromiso, la diligencia, la constancia y la disciplina al final dará sus frutos si estamos dispuestos a aplazar la gratificación lo suficiente como para que las semillas que hemos sembrado germinen y produzcan fruto.

Un enfoque frívolo, superficial e impreciso a cualquier cosa —ya sea los deportes, los estudios, los negocios o el matrimonio— es en última instancia contraproducente. Es poco probable que satisfaga cualquier apetito, al menos, no por mucho.

Fue el abandono moderno de este tipo de excelencia educativa, este patrón de aprendizaje de por vida que provocó que G.K. Chesterton comentara: «La gran tradición intelectual que nos llega del pasado nunca se interrumpió o perdió a causa de nimiedades como el saqueo de Roma, el triunfo de Atila o todas las invasiones bárbaras de la Edad Media. Se perdió después de la introducción de la imprenta, el descubrimiento de América, la llegada de las maravillas de la tecnología, el establecimiento de la educación universal y toda la iluminación del mundo moderno. Fue allí, si acaso, donde se perdió o quebró con impaciencia el largo, delgado y delicado hilo que había descendido desde la lejana antigüedad; el hilo de ese inusual pasatiempo humano: el hábito de pensar».

Si queremos evitar la tendencia de la modernidad maligna, si queremos recuperar nuestra herencia cristiana en la educación, si queremos transmitir esa herencia a nuestros hijos y nietos, si queremos emprender el inicio de comienzos interminables, entonces debemos volver a las tontas certezas de la experiencia de la cristiandad: la excelencia educativa es trabajo duro, y exige una visión para el aprendizaje a lo largo de toda la vida.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
George Grant
George Grant

George Grant es el pastor de Parish Presbyterian Church (PCA), el fundador de Franklin Classical School, Chalmers Fund, y King’s Meadow Study Center, y el autor de más de 70 libros.

La parábola de la viuda y el juez injusto

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Las parábolas de Jesús

La parábola de la viuda y el juez injusto

Benjamin L. Gladd 

Nota del editor: Este es el décimo primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

A primera vista, la parábola de la viuda y el juez injusto (Lc 18:1-8) nos parece extraña, y no son pocos los pastores y laicos luchan por comprenderla. Pero la parábola, una vez entendida en su contexto, tiene un sentido maravilloso e insta al pueblo de Dios a seguir adelante en la fe.

En el contexto, estamos cerca del final de un largo viaje a Jerusalén, una travesía que ocupa casi un tercio del Evangelio de Lucas (9:51–19:44). La parábola llega inmediatamente después del discurso de Jesús sobre Su regreso como el Hijo del Hombre, un evento que ocurrirá al final de la historia (17:20-37). Durante el período entre la primera y la segunda venida de Cristo, la comunidad del pacto soportará grandes dificultades y persecución, por lo que la parábola motiva a los creyentes a perseverar. A diferencia de otras parábolas en el Evangelio de Lucas, la parábola de la viuda y el juez injusto está precedida por una declaración de propósito: «que ellos [los discípulos] debían orar en todo tiempo, y no desfallecer» (18:1; ver 5:36; 6:39; 12:16; 13:6). La expresión «desfallecer» [o «desmayar»] aparece a menudo en el Nuevo Testamento en el contexto de soportar la persecución de los últimos tiempos. Por ejemplo, Pablo le dice a la iglesia de Éfeso «no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros, porque son vuestra gloria» (3:13; ver también 2 Co 4:1,16Gál 6:92 Tes 3:13). 

La fe es ciertamente un don de Dios, un acto de pura gracia, pero la fe verdadera siempre va acompañada de obras fieles.

En general, el fluir de la parábola es bastante sencillo: una viuda suplica resueltamente a un juez pagano que le haga justicia. Casi todos los detalles de la parábola son vagos; no sabemos nada sobre cómo o por qué la viuda fue agraviada, nada sobre su «adversario» ni sobre dónde ocurrió esto excepto «en cierta ciudad» (Lc 18:2). Pero aprendemos algo sobre la naturaleza del juez, que «ni temía a Dios ni respetaba a hombre alguno» (v. 2) y, debido a la insistencia de la viuda, emitió un veredicto favorable (v. 5). 

La parábola gira en torno a dos temas clave: la justicia y la perseverancia. Lucas se esfuerza por resaltar la condición de incredulidad del juez. ¿Por qué? La idea es que si un juez que es injusto puede dictar un veredicto favorable como resultado de la persistencia, ¿cuánto más lo hará un juez justo? Encontramos las formas sustantivas y verbales de la palabra «justicia» a lo largo de la parábola, en los versículos 3, 5, 7 y 8. Sin embargo, no es la forma genérica de «justicia». El término que se usa aquí se encuentra en varios pasajes que describen actos de retribución o venganza: justicia para una persona que ha sido victimizada. Por ejemplo, en Hechos 7:24, Esteban relata un evento de la vida de Moisés: «al ver que uno de ellos era tratado injustamente, lo defendió y vengó al oprimido matando al egipcio» (ver Ex 2:11-12). Las palabras aquí para «tratado injustamente» y «vengó» se derivan de las mismas que encontramos en Lucas 18:3 (ver también Rom 12:1913:4Heb 10:301 Pe 2:14Ap 6:10). La viuda de la parábola, entonces, busca retribución y vindicación. Ella desea que el juez castigue a quien la ha agraviado injustamente. 

Haríamos bien en considerar cómo encaja esta parábola en el contexto más amplio de Lucas 17–18. En los pasajes anteriores, mucho de lo que Jesús enseña se refiere a la perseverancia de los creyentes antes de Su segunda venida (17:22-37). A medida que se desarrolla la historia, aumenta la hostilidad entre el pueblo de Dios y el mundo. Vivimos en los «últimos días», un período de tiempo que está extrañamente marcado por la presencia del Reino de Dios y la tribulación (Mt 13:24-50). Participar del Reino inevitablemente resulta en grandes dificultades y persecución. Los verdaderos creyentes deben estar dispuestos a perder sus vidas por el bien del Reino (Lc 17:33). Serán agraviados y el mundo hará lo peor. Pero porque la viuda perseveró, el juez la vengó. Porque los verdaderos creyentes perseveran con fe, Dios promete vengarlos. La fe es ciertamente un don de Dios, un acto de pura gracia (Ef 2:8-9), pero la fe verdadera siempre va acompañada de obras fieles (Stg 2:14-26). Quizás uno de los pasajes más parecidos a la parábola de la viuda es el del quinto sello en Apocalipsis 6:9-10, En el que los santos muertos por causa de la Palabra claman a Dios en el cielo: «¿Hasta cuándo, oh Señor santo y verdadero, esperarás para juzgar y vengar nuestra sangre de los que moran en la tierra?». Mientras anhelamos con los santos celestiales que Dios derrame Su justicia sobre el mundo, Él nos recuerda una cosa: que «[descansemos] un poco más de tiempo» (v. 11).

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Benjamin L. Gladd
Benjamin L. Gladd

El Dr. Benjamin L. Gladd es profesor asociado de Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary en Jackson, Mississippi. Es autor o coautor de varios libros, entre ellos From Adam and Israel to the Church [Desde Adán e Israel hasta la Iglesia].

Nada menos que la Palabra de Dios

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Nada menos que la Palabra de Dios

R.C.Sproul

¿Cuál es el papel principal que cumplen los milagros?

En este breve vídeo, R.C. Sproul examina el libro de Hebreos para considerar cómo las obras milagrosas de Dios se relacionan con Su Palabra.

Transcripción

Ahora vamos al libro de Hebreos en el Nuevo Testamento. Y leemos en el segundo capítulo estas palabras:

Por tanto, debemos prestar mucha mayor atención a lo que hemos oído, no sea que nos desviemos. Porque si la palabra hablada por medio de ángeles resultó ser inmutable, y toda transgresión y desobediencia recibió una justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande? La cual, después que fue anunciada primeramente por medio del Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, tanto por señales como por prodigios y por diversos milagros y por dones del Espíritu Santo según Su propia voluntad.

A menudo pensamos en dar testimonio como algo que solo nosotros hacemos, que es nuestra tarea dar testimonio de Cristo o dar testimonio de Dios. Pero Dios dio testimonio de Jesús y la forma en que Él dio testimonio de Jesús fue con milagros.

John Locke, el filósofo británico, dijo una vez que la función principal, no la única función, pero la función principal del milagro en la Biblia es de dar crédito al autor. Es decir, para demostrar la veracidad de la persona que los está haciendo, para certificar que
esta persona era aprobada por Dios y que estaba hablando la verdad de Dios.

Esa es la razón por la que debemos ser muy, muy cuidadosos acerca de nuestra comprensión de los milagros. Porque aparte de las otras funciones que ellos tienen de aliviar el sufrimiento y cosas así, en los tiempos bíblicos uno de los propósitos principales del milagro era probar que esa persona era un agente de revelación, que era alguien hablando nada menos que la Palabra de Dios.

Ministerios Ligonier
Ministerios Ligonier

Somos la confraternidad de enseñanza del Dr. R.C. Sproul. Existimos para proclamar, enseñar y defender la santidad de Dios en toda su plenitud a tantas personas como sea posible. Nuestra misión, pasión y propósito: ayudar a las personas a crecer en su conocimiento de Dios y Su santidad.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

El temor a no ser aceptados

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El. temor

El temor a no ser aceptados

Jeremy Pierre

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor

Nos gusta ser aceptados. Ser aceptados es ser deseados. Y el deseo de ser deseado es uno de los impulsos más poderosos del corazón humano. Al ver cómo esta hambre por ser deseados lleva a personas razonables a actuar con tanta desesperación, e incluso necedad, me he preguntado si sus cabezas han sido reemplazadas. Yo mismo he sido un necio desesperado… y tú también.

Ser considerado poco atractivo o indigno de atención es una de las peores categorías posibles en una cultura como la nuestra. He visto más de una vez a una mujer de calidad terminar con un hombre cuestionable, simplemente porque fue el primero en expresar interés por ella en mucho tiempo. Y viceversa. La aceptación es la moneda de nuestras relaciones sociales, se percibe en todo: desde la atracción tácita hacia una persona por encima de otra en una fiesta hasta las diferentes muestras de atención que intercambiamos en las redes sociales. Queremos ser aceptados, y queremos que nos digan: «Me gusta». 

¿Cómo podemos interpretar esta experiencia bíblicamente? Veamos algunos temas de las Escrituras que pueden ayudarnos a entenderlo.

  1. Dios nos diseñó para ser aceptados.

El desagrado entre las personas no existía en el huerto del Edén antes de la Caída. Por supuesto, nunca llegamos a ver cómo habría funcionado una sociedad completa bajo esos hermosos árboles. Pero si la relación entre Adán y Eva nos enseña algo sobre las relaciones (no solo el matrimonio) es que Dios creó a las personas para que conectaran entre sí, libres del temor a la vergüenza y el rechazo. Estaban desnudos y no se avergonzaban (Gn 2:25). Pero la maldición del pecado los desconectó, trajo temor y vergüenza, haciendo que las personas se dieran cuenta de lo que estaba mal en ellos mismos y en los demás (3:7). Fueron separados el uno del otro y también de su Creador. Fuimos creados para ser aceptados porque fuimos creados para conectarnos unos con otros.

  1. Ser aceptados significa ser deseados. Ser deseados es parte de pertenecer.

Las personas se sienten atraídas a lo que consideran valioso. El libro de Cantares describe cómo se ve la intimidad restaurada entre un esposo y una esposa, y nos enseña un principio que aplica a todas las relaciones humanas: el vínculo entre el deseo y la pertenencia. Este tema se resume bien en Cantares 7:10: «Yo soy de mi amado, y su deseo tiende hacia mí». En otras palabras, una esposa se siente segura en su relación con su esposo porque él expresa claramente su deseo por ella. Este mismo principio se aplica en el resto de las relaciones humanas: ser aceptados es un elemento clave de la conexión relacional para la que fuimos creados.

  1. No ser aceptados significa no ser deseados.

Lo peor de no ser aceptados es que nos recuerda nuestras características indeseables, las cualidades que no dan la talla. Es una forma de rechazo. Le tememos al rechazo porque fuimos creados para pertenecer a una comunidad.

Esto nos indica que, a fin de cuentas, el temor a no ser aceptados es temor al rechazo. El hecho de que temamos al rechazo no es sorprendente, pues el Señor nos creó para conectarnos unos con otros. Pero Dios nos diseñó para una intimidad aún más esencial. Fuimos creados para pertenecer a Dios. Y esto es lo que empieza a movernos hacia una solución sólida al temor a no ser aceptados por las personas.

  1. Fuimos creados para pertenecer primeramente al Señor.

El Señor nos creó para que le pertenezcamos primero a Él y luego a los demás. El temor a no ser aceptados por las personas puede amenazar ese orden, pues al querer ser deseables a los ojos de las personas, muchas veces menospreciamos el afecto superior de Dios hacia nosotros. Olvidamos que nuestro mayor problema nunca ha sido el rechazo de las personas, sino el de Dios. El temor a no ser aceptados por las personas puede indicar que hemos olvidado el privilegio asombroso de ser recibidos tan profundamente por Dios, que Jesús dice que el Padre ama a Su pueblo con el mismo amor con que lo ama a Él (Jn 17:26). No hay un afecto más profundo en todo el universo.

  1. El Señor te valora (es decir, te acepta y te ama).

Aquí no estoy proponiendo meramente un evangelio terapéutico. Su amor no es simplemente Su intento por asegurarte que eres más deseable de lo que piensas. Su amor es mucho mejor que esto. Significa que Él te valora por razones mucho más profundas que cualquier cualidad que puedas tener o no tener. Él te valora porque te creó como una expresión única de Su propio ser. Aunque tu pecado desfigura esa expresión, la intención de Dios sigue siendo apartarte para Su exclusiva posesión. Él ve la imagen de Cristo en ti (Rom 8:291 Co 15:49).

Todo esto significa que Dios no solo te ama. Él te acepta. Es decir, el afecto que tenía Salomón por su esposa, o Adán por Eva, es tan solo un pequeño reflejo del deseo de Dios por Su pueblo. Él nos valora porque nos ha hecho valiosos al derramar Su amor sobre nosotros en Cristo. 

Ser aceptados por Dios es una consecuencia de Su amor. A medida que confíes en ese amor perfecto, el temor a no ser aceptado por las personas irá perdiendo su poder sobre ti.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jeremy Pierre
Jeremy Pierre

El Dr. Jeremy Pierre es decano de estudiantes y profesor asistente de Consejería Bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Ky., pastor en Clifton Baptist Church y coautor de The Pastor and Counseling [El pastor y la consejería].

La parábola de los obreros de la viña

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Las parábolas de Jesús

La parábola de los obreros de la viña

Jonathan T. Pennington

Nota del editor: Este es el décimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

«Jardines imaginarios con sapos reales en ellos». Así es como un escritor ha descrito las parábolas de Jesús. Son historias imaginarias pero se relacionan con la vida real. Son jardines imaginarios pero en ellos hay sapos reales. A menudo esos sapos somos nosotros.

Mateo 20:1-16 inicia con una situación común en el mundo antiguo: un hacendado necesita obreros, así que, contrata a algunos jornaleros. A medida que avanza el día, necesita más trabajadores. Por lo que regresa varias veces hasta que solo falta una hora antes de que termine la jornada.

Pero luego el dueño de la viña hace algo extraño. Al final del día, llama a todos los obreros y les paga a los que solo trabajaron una hora, el salario completo de un día. Este acto impresionantemente generoso provoca un murmullo en el grupo. Los obreros que trabajaron el día completo hacen rápidamente los cálculos: «Si estos que trabajaron solo una hora recibieron un denario, entonces nosotros ganaremos un buen dinero», probablemente piensen. Esperan que este sea su día de suerte.

En la parábola, Jesús les recuerda que todo lo que tienen proviene de Dios, que todas sus bendiciones son por la generosidad de Dios, no por su propio obrar.

De modo que podemos entender que cuando a los obreros les llegó el pago y se les puso en sus manos extendidas y cubiertas de ampollas el mismo salario que a aquellos que fueron contratados más tarde, no estaban muy contentos que digamos. Se pusieron furiosos, lo suficiente como para quejarse abiertamente ante su benefactor. El dueño les responde diciendo que les había pagado la cantidad justa que habían acordado y que como él elija gastar su dinero, incluyendo la decisión de ser generoso con aquellos que tuvieron menos oportunidad de trabajar, depende de él. Los trabajadores quejosos no habían sido tratados injustamente. Su tormento emocional se debía a expectativas basadas en su envidia, no en la injusticia.

En la historia de la Iglesia, han existido muchos intentos de explicar esta parábola. Algunos han sugerido que las cinco contrataciones distintas representan cinco etapas de la historia mundial durante las cuales Dios ha llamado a Su pueblo hacia Sí mismo, o diferentes etapas en la vida en las que una persona puede convertirse en cristiano. El punto es que Dios es bondadoso con todos y le da la bienvenida a todos a Su reino, sin importar cuándo son llamados. Algunos dicen que la parábola es una imagen del reino futuro de Dios donde todos los salvos reciben el cielo, no importando cuánto hayan trabajado para Dios. Pero la más amplia y quizás más popular interpretación es que esta parábola es simplemente una imagen de la increíble y maravillosa gracia y generosidad de Dios, o en pocas palabras, del evangelio.

Cada una de estas interpretaciones tiene algo de verdad en ella. Pero existe algo más que debemos ver. La clave está en prestar atención al contexto que Mateo nos da para esta parábola. La historia que precede a nuestra parábola es acerca del rico, líder de una sinagoga, que termina no siguiendo a Jesús debido a que su amor por sus posesiones era demasiado grande (19:16-22). Ante esto, los discípulos estaban conmocionados. Jesús entonces les promete recompensas asombrosas por haber dejado todo lo que tenían para seguirle (vv. 23-30). Esta promesa de que los discípulos se sentarían en doce tronos consume tanto sus pensamientos, que poco después Jacobo y Juan ya estaban deseando ser los que se sentaran en los tronos más cercanos a Jesús (20:20-28).

Ese contexto muestra que esta parábola va dirigida directo a nuestros corazones, a esos problemas gemelos de la autocomplacencia y la envidia. Cuando el joven rico se alejó con las manos vacías pero a los humildes discípulos se les prometió ser gobernantes, era imposible para ellos el no ser un poco autocomplacientes, enorgullecerse un tanto de su sabio logro, de su mejor elección de seguir a Jesús. En la parábola, Jesús les recuerda que todo lo que tienen proviene de Dios, que todas sus bendiciones son por la generosidad de Dios, no por su propio obrar. Los discípulos no son mejores que el hombre rico. Al mismo tiempo, Jesús presiona directamente en nuestros corazones, que son propensos a la envidia. Jesús desafía a Sus discípulos a no mirar lo que otros tienen y tornarse amargados y celosos. La rivalidad es destructiva para el alma porque todo en la vida es un regalo que proviene de Dios. 

Por lo tanto, esta parábola nos da una visión de la generosa gracia de Dios hacia nosotros y hacia otros. Encontramos vida cuando fijamos nuestros ojos, no horizontalmente en lo que otros tienen, sino verticalmente, en la generosidad del Dueño de toda la tierra, el Rey Jesús, que nos llama amigos y nos provee sabia y generosamente.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jonathan T. Pennington
Jonathan T. Pennington

Dr. Jonathan T. Pennington es profesor del Nuevo Testamento y director de estudios de doctorado Ph.D. del Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Kentucky, y es ministro asociado de predicación en la Sojourn East Church. Es autor de varios libros, incluyendo The Sermon on the Mount [El Sermón del Monte] y Human Flourishing [El florecimiento humano].

¿Qué es el Día de la Reforma?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

¿Qué es el Día de la Reforma?

Stephen Nichols

Un solo evento en un solo día cambió el mundo. Ocurrió el 31 de octubre de 1517. El hermano Martín, monje y erudito, había luchado durante años con su iglesia, la Iglesia en Roma. Se sentía grandemente perturbado por la venta sin precedentes de indulgencias. La historia tiene todos los elementos de un éxito de taquilla en Hollywood. Conozcamos al elenco.

Primero, está el joven obispo —demasiado joven según las leyes de la Iglesia— Alberto de Maguncia. No solo era obispo sobre dos diócesis, sino que deseaba un arzobispado adicional sobre Maguncia. Esto también iba en contra las leyes de la Iglesia. Así que Alberto apeló al Papa en Roma, León X. Proveniente de la familia de Médici, León X avariciosamente permitió que sus gustos excedieran sus recursos financieros. Entran los artistas y escultores, Rafael y Miguel Ángel.

Cuando Alberto de Maguncia apeló por una dispensación papal, León X estaba preparado para negociar. Alberto, con la bendición papal, vendería indulgencias por los pecados pasados, presentes y futuros. Todo esto molestó al monje Martín Lutero. ¿Podemos comprar nuestro acceso al cielo? Lutero tuvo que protestar.

Pero ¿por qué el 31 de octubre? El 1 de noviembre ocupaba un lugar especial en el calendario de la Iglesia como el Día de Todos los Santos. El 1 de noviembre de 1517, una exposición masiva de reliquias recién adquiridas serían exhibidas en Wittenberg, la ciudad de Lutero. Los peregrinos vendrían de todas partes, harían una genuflexión ante las reliquias, y eliminarían así cientos si no miles de años de tiempo en el purgatorio. El alma de Lutero se enfurecía cada vez más. Nada de esto parecía correcto.

Martín Lutero, un erudito, tomó la pluma en la mano, la sumergió en su tintero y publicó sus 95 Tesis el 31 de octubre de 1517. Estas tenían la intención de suscitar un debate, para estimular la reflexión entre sus hermanos y compañeros en la Iglesia. Las 95 Tesis suscitaron mucho más que un debate. Estas 95 Tesis también revelaron que la Iglesia ya no podía ser rehabilitada. Se necesitaba una reforma. La Iglesia y el mundo nunca volverían a ser los mismos.

Una de las 95 Tesis de Lutero de manera simple declara: «El verdadero tesoro de la Iglesia es el Evangelio de Jesucristo». Esa declaración sola es el significado del Día de la Reforma. La Iglesia había perdido de vista el Evangelio porque hacía mucho tiempo que había cubierto las páginas de la Palabra de Dios con capas y capas de tradición. La tradición siempre produce sistemas de obras para ganar tu camino de regreso a Dios. Fue así en el caso de los fariseos como también en el catolicismo romano medieval. ¿No dijo el mismo Cristo: “Mi yugo es fácil y mi carga ligera?” El Día de la Reforma celebra la gozosa belleza del Evangelio liberador de Jesucristo.

¿Qué es el Día de la Reforma? Es el día en que la luz del Evangelio prorrumpió de las tinieblas. Fue el día en que comenzó la Reforma protestante. Fue un día que llevó a Martín Lutero, Juan Calvino, John Knox y a otros reformadores a ayudar a la Iglesia a encontrar su camino de regreso a la Palabra de Dios como la única autoridad para la fe y la vida y a guiar a la Iglesia de regreso a las gloriosas doctrinas de la justificación por la gracia sola a través de la fe sola en Cristo solo. Este día encendió el fuego de los esfuerzos misioneros, motivó la composición de himnos y el canto congregacional y promovió la centralidad del sermón y la predicación para el pueblo de Dios. Es la celebración de una transformación teológica, eclesiástica y cultural.

Es por eso que celebramos el Día de la Reforma. Este día nos recuerda que debemos estar agradecidos por nuestro pasado y al monje convertido en reformador. Además, este día nos recuerda nuestro deber, nuestra obligación de mantener la luz del Evangelio en el centro de todo lo que hacemos.

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries.
Stephen Nichols
Stephen Nichols

El Dr. Stephen J. Nichols es presidente de Reformation Bible College, director académico de Ligonier Ministries y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Es el anfitrión de los podcasts 5 Minutes in Church History y Open Book. Es autor de numerosos libros, entre ellos For Us and for Our SalvationJonathan Edwards: A Guided Tour of His Life and ThoughtPeace y A Time for Confidence, y es coeditor de The Legacy of Luther y de la serie de Crossway: Theologians on the Christian Life. Él está en Twitter @DrSteveNichols.

El temor a ser un mal padre

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier


Serie: El Temor

El temor a ser un mal padre

Jon Nielson


Nota del editor:
 Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Cuando tuvimos a nuestro primer hijo, experimenté esa avalancha de emociones que los padres dicen sentir. Asombro. Admiración. Gratitud. Los primeros dos días en el hospital fueron maravillosos, pues estábamos rodeados de enfermeras serviciales y animados por las visitas de nuestros amigos. Pero nunca olvidaré el sentimiento que se apoderó de mí mientras nos alejábamos del hospital con nuestra hija de dos días en el asiento trasero: «¿Realmente creen que somos capaces de cuidar a esta niña? ¿Qué vamos a hacer sin un botón para llamar a la enfermera?». Sentía miedo, aprensión y una profunda sensación de insuficiencia.

Dios ha sido fiel. Disfrutamos profundamente esta responsabilidad que Él nos ha dado de criar a cuatro hermosas hijas . Pero este temor de los padres nunca desaparece por completo, ¿no es cierto? Se transforma y adopta diferentes formas a medida que nuestros hijos van creciendo. Comenzamos a temer los futuros años rebeldes de nuestros hijos: ¿Y si rechazan la fe cristiana? Tememos su irrespeto: ¿Y si se niegan a someterse a nosotros? Tememos nuestra propia debilidad: ¿Y si cometemos grandes errores en su crianza? Sentimos lo que sentí cuando salimos de ese hospital nueve años atrás: miedo, aprensión y una sensación de insuficiencia.

Cuando hacemos lo que es correcto para nuestros hijos, haciéndolos infelices en el proceso, no deberíamos enfocarnos en su desaprobación sino en la aprobación eterna que tenemos ante Dios en Cristo.

Permíteme traer algunas palabras de la carta de Pablo a los efesios que pueden ayudarnos a rechazar estos temores tan comunes. Primero, podemos criar a nuestros hijos sin temor debido a la soberanía de Dios en la salvación. El apóstol Pablo no se anda con rodeos con respecto a nuestro estado sin Cristo: estábamos «muertos» en nuestros pecados (Ef 2:1). No heridos, ni parcialmente destrozados, ni faltos de oxígeno: muertos. Una de las doctrinas gloriosas de la fe cristiana es la de la regeneración: la obra soberana del Espíritu Santo que hace que los corazones muertos cobren vida para tener una fe salvadora en Jesucristo. Padres, no podemos fabricar la regeneración. Es una obra de Dios el Espíritu Santo, el único que puede dar vida a los muertos. Podemos dar testimonio, diariamente, del evangelio de Jesucristo. Podemos enseñar a nuestros hijos la Palabra de Dios y las doctrinas de la fe. Podemos modelar la obediencia a Jesucristo para que nuestros hijos la vean. Podemos orar hasta llorar. Pero ningún padre ha podido regenerar el corazón de un hijo. Por tanto, quítate esa carga. Ese trabajo le corresponde a Dios.

En segundo lugar, podemos criar a nuestros hijos sin temor admitiendo nuestra insuficiencia y debilidad. El apóstol Pablo deja en claro que, dado que nuestra salvación es por la sola gracia y no por obras, ningún cristiano puede «jactarse» de su aprobación ante Dios (Ef 2:9). ¿De qué podemos jactarnos, aparte de Jesucristo nuestro Salvador? Estábamos muertos en nuestros pecados, nos resucitó y nos dio el don de la fe. De modo que, padres, sintámonos libres de admitir nuestra propia insuficiencia y debilidad en la crianza de nuestros hijos, así como admitimos nuestra total insuficiencia y debilidad ante un Dios santo. Es seguro que cometeremos errores; el temor a ello no debe dominarnos. Somos absolutamente insuficientes para salvar a nuestros hijos; ya lo hemos dicho. Así que liberémonos del temor al fracaso en la crianza. Todos fallaremos. Oremos para que Dios dirija los corazones de nuestros hijos, a través y a pesar de nuestra guía imperfecta, hacia un Salvador que nunca fallará.

En tercer lugar, podemos criar a nuestros hijos sin temor debido a la aprobación eterna de Dios que tenemos en Cristo. Incluso ahora, que nuestros hijos están pequeños, no me gusta cuando se molestan conmigo. Me encanta ser el papá «divertido», decirles que sí a todo lo que pueda y ver las expresiones de gratitud en sus caritas. No me gusta decirles que no. No me gusta que me digan que no soy divertido. Si soy honesto, la razón por la que no me gusta es mi propia inseguridad. Soy un hombre adulto… y necesito la aprobación de los niños. Suena un poco tonto, ¿no? Pero creo que esto se intensifica a medida que los niños crecen. Por supuesto que queremos ser divertidos. Por supuesto que queremos dar a nuestros hijos las cosas que quieren. Pero a menudo no podemos. Y cuando hacemos lo que es correcto para nuestros hijos, haciéndolos infelices en el proceso, no deberíamos enfocarnos en su desaprobación sino en la aprobación eterna que tenemos ante Dios en Cristo. Nuestro Padre celestial «nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para Sí mediante Jesucristo» (Ef 1:4-5). Es esa eterna aprobación de un Padre amoroso lo que nos fortalece para lidiar con la enojada (y esperemos que temporal) desaprobación de nuestros hijos.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jon Nielson
Jon Nielson

El Dr. Jon Nielson es el pastor principal de Christ Presbyterian Church en Roselle, Illinois. Es autor de varios libros, incluso algunos volúmenes de la serie Reformed Expository Bible Studies [Estudios bíblicos expositivos y reformados] .

Por qué la Reforma sigue siendo importante

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Por qué la Reforma sigue siendo importante

Michael Reeves

El 31 de octubre de 2016, el papa Francisco anunció que después de quinientos años, los protestantes y los católicos ahora «tienen la oportunidad de reparar un momento crítico de nuestra historia yendo más allá de las controversias y desacuerdos que a menudo nos han impedido entendernos». Al leer esto, da la impresión de que la Reforma fue una disputa desafortunada e innecesaria por tonterías, un arrebato infantil que todos podemos dejar atrás ahora que hemos crecido.  

Pero dile eso a Martín Lutero, quien sintió tal liberación y gozo al redescubrir la justificación por la fe sola que escribió: «Sentí que había nacido de nuevo y que había entrado en el paraíso mismo por puertas abiertas». Díselo a William Tyndale, a quien le parecieron noticias tan «felices, alegres y gozosas» que lo hicieron «cantar, bailar y saltar de alegría». Díselo a Thomas Bilney, quien descubrió que le proporcionaba «consuelo y reposo maravillosos, tanto así que mis huesos magullados saltaron de alegría». Es evidente que esos primeros reformadores no lo vieron como un pleito juvenil, sino como el descubrimiento de buenas nuevas de gran gozo.

BUENAS NOTICIAS EN 1517

A principios del siglo XVI, Europa llevaba ya unos mil años sin una Biblia que la gente pudiera leer. Por tanto, Thomas Bilney nunca se había encontrado con las palabras: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1 Tim 1:15). En lugar de comunicarles la Palabra de Dios, se les decía que Dios es un Dios que capacita a las personas para que se ganen su propia salvación. Como solía decir uno de los maestros de la época: «Dios no le negará Su gracia a los que dan lo mejor de sí». Sin embargo, lo que ellos presentaban como palabras de ánimo le dejaba un sabor amargo a todos los que las tomaban en serio. ¿Cómo puede uno estar seguro de haber hecho el mejor esfuerzo? ¿Cómo puede uno saber si se ha convertido en el tipo de persona justa que merece la salvación?

Martín Lutero ciertamente lo intentó. Escribió: «Era un buen monje y mantuve mi orden tan estrictamente que de ser posible que un monje entrara al cielo mediante la disciplina monástica, yo debería haber entrado». Sin embargo, encontró lo siguiente:

Mi conciencia no me daba certeza sino que siempre dudaba y decía: «No lo hiciste bien. No estuviste suficientemente contrito. Dejaste eso fuera de tu confesión». Cuanto más trataba de remediar una conciencia incierta, débil y atribulada con tradiciones humanas, más aumentaba mi incertidumbre, mi debilidad y mi tribulación.

Según el catolicismo romano, Lutero tenía razón al no estar seguro del cielo. Mostrar esa confianza en tener un lugar en el cielo se consideraba una presunción errada, y fue uno de los cargos formulados contra Juana de Arco en su juicio en 1431. Allí, los jueces proclamaron:

Esta mujer peca cuando dice estar tan segura de que será recibida en el Paraíso como si ya fuera partícipe de… la gloria, pues en este camino terrenal ningún peregrino sabe si es digno de gloria o de castigo, algo que solo sabe el Juez soberano.

Ese juicio tenía mucho sentido dentro de la lógica del sistema: si solo podemos entrar al cielo porque (por la gracia habilitadora de Dios) nos hemos vuelto personalmente dignos de él, entonces es obvio que nadie puede estar seguro. Según esa línea de razonamiento, si no puedo afirmar que no tengo pecado, no puedo afirmar que iré al cielo.

Esa fue la razón por la que, siendo un estudiante, el joven Martín Lutero gritó de miedo cuando casi fue alcanzado por un rayo en una tormenta eléctrica. A él le aterrorizaba la muerte, pues sin el conocimiento de la gracia y la suficiencia de la salvación de Cristo, sin el conocimiento de la justificación que es por la fe sola, no tenía esperanza de ir al cielo.

Y fue por eso que su redescubrimiento en las Escrituras de la justificación que es por la fe sola se sintió como entrar al paraíso a través de puertas abiertas. Significaba que, en lugar de toda su angustia y terror, ahora podía escribir:

Cuando el diablo nos arroja nuestros pecados y declara que merecemos la muerte y el infierno, debemos hablar así: «Admito que merezco la muerte y el infierno. ¿Y qué? ¿Significa esto que seré sentenciado a una condenación eterna? De ninguna manera. Porque conozco a Uno que sufrió y proveyó satisfacción por mí. Su nombre es Jesucristo, el Hijo de Dios. Donde Él esté, allí estaré yo también».

Y fue por eso que la Reforma le dio a la gente un gusto por los sermones y por la lectura de la Biblia. Poder leer las palabras de Dios y ver en ellas tan buenas nuevas de que Dios salva a los pecadores, no sobre la base de lo bien que se arrepientan sino por Su propia gracia, fue como un rayo de luz solar en el mundo gris de la culpa religiosa.

BUENAS NOTICIAS EN 2017

Durante los últimos quinientos años no se han desvanecido ni la hermosura ni la relevancia de las ideas de la Reforma. Las respuestas a las mismas preguntas claves todavía marcan la diferencia entre la desesperanza y la felicidad humanas. ¿Qué me pasará cuando muera? ¿Cómo puedo saberlo? ¿Es la justificación el don de un estatus justo (como argumentaron los reformadores) o un proceso para uno volverse más santo (como afirma Roma)? ¿Puedo confiar plena y únicamente en Cristo para ser salvo, o mi salvación depende también de mis propios esfuerzos y mi éxito en la santidad?

Lo que casi siempre hace que la gente se confunda y vea la Reforma como un evento histórico que quedó en el pasado es la idea de que fue solo una reacción a algún problema del día. Pero cuanto más se mira, más claro se vuelve: la Reforma no fue principalmente un movimiento negativo para alejar a las personas de Roma y de su corrupción; fue un movimiento positivo para acercarlas al evangelio. Y eso es precisamente lo que preserva la vigencia de la Reforma hoy en día. Si la Reforma hubiera sido una mera reacción a una situación histórica hace quinientos años, uno esperaría que hubiera terminado. Pero como programa para acercarnos cada vez más al evangelio, no puede terminar.

Durante los últimos quinientos años no se han desvanecido ni la hermosura ni la relevancia de las ideas de la Reforma.

Otra objeción es que el enfoque de la cultura actual en el pensamiento positivo y la autoestima ha eliminado la percepción de necesidad que debe tener todo pecador de ser justificado. En la actualidad no vemos a muchas personas vestidas de cilicio ni haciendo vigilias de oración durante noches heladas para ganarse el favor de Dios. Por esto, el problema de Lutero de ser torturado por su culpa ante el Juez divino se descarta como un problema del siglo XVI, y su solución de la justificación por la fe sola se descarta como innecesaria para nosotros hoy.

Pero es precisamente en este contexto que la solución de Lutero resuena como una noticia tan feliz y relevante. Al descartar la idea de que podríamos ser culpables ante Dios y, por lo tanto, necesitar Su justificación, nuestra cultura ha sucumbido al viejo problema de la culpa de maneras más sutiles y no tiene los medios para solucionarlo. Hoy en día, todos somos bombardeados con el mensaje de que nos amarán más cuando nos hagamos más atractivos. Puede parecer que eso no está relacionado con Dios, pero sigue siendo una religión de obras y una que está profundamente arraigada en el ser humano. Por eso, la Reforma contiene las buenas noticias que más brillan. Lutero pronuncia palabras que atraviesan la penumbra como un rayo de sol glorioso y completamente inesperado:

El amor de Dios no encuentra lo que le agrada sino que lo crea…. En lugar de buscar su propio bien, el amor de Dios fluye y otorga el bien. Por tanto, los pecadores son atractivos porque son amados; no son amados porque sean atractivos.

UNA VEZ MÁS, HA LLEGADO LA HORA

Quinientos años después, la Iglesia católica romana aún no ha sido reformada. A pesar de todo el cálido lenguaje ecuménico utilizado por tantos protestantes y católicos romanos, Roma todavía repudia la justificación que es por la fe sola. Entienden que pueden hacerlo porque no ven las Escrituras como la autoridad suprema a la que deben conformarse los papas, los concilios y las doctrinas. Y debido a que las Escrituras están tan relegadas, no se fomenta la alfabetización bíblica y, por lo tanto, millones de católicos romanos todavía se mantienen alejados de la luz de la Palabra de Dios.

Fuera del catolicismo romano, la doctrina de la justificación que es por la fe sola es evitada rutinariamente por ser considerada insignificante, errada o desconcertante. Algunas nuevas perspectivas sobre lo que el apóstol Pablo quiso decir con justificación, especialmente cuando han tendido a desviar el énfasis de cualquier necesidad de conversión personal, solo han confundido más a las personas, y han abandonado o comprometido precisamente el artículo que Lutero había dicho que no podían renunciar ni comprometer.

Ahora no es momento de ser tímido en cuanto a la justificación o la autoridad suprema de las Escrituras que la proclaman. La justificación por la fe sola no es una reliquia de los libros de historia; hoy permanece como el único mensaje que realmente libera, el mensaje con el poder más profundo para hacer que los humanos se desarrollen y florezcan. Da seguridad ante nuestro Dios santo y convierte a los pecadores que intentan comprar a Dios en santos que le aman y le temen.

¡Y cuántas oportunidades tenemos para difundir esta buena noticia hoy! Hace quinientos años, la invención de Gutenberg de la imprenta significó que la luz del evangelio podría viajar a una velocidad nunca antes vista. Las Biblias de Tyndale y los tratados de Lutero podrían publicarse por miles. Hoy en día, la tecnología digital nos ha dado otro momento como ese en Gutenberg, y el mismo mensaje ahora se puede difundir a velocidades que Lutero nunca podría haber imaginado.

Tanto las necesidades como las oportunidades son tan grandes como hace quinientos años; de hecho, son mayores. Así que imitemos la fidelidad de los reformadores y sostengamos en alto el mismo evangelio maravilloso, porque no ha perdido nada de su gloria ni de su poder para disipar nuestras tinieblas.

Este artículo fue publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries.
Michael Reeves
Michael Reeves

El Dr. Michael Reeves es presidente y profesor de teología en Union School of Theology en Gales. Es autor de varios libros, incluyendo Rejoicing in Christ [Regocijo en Cristo]. Es el profesor destacado de la serie de enseñanza de Ministerios Ligonier The English Reformation and the Puritans [La Reforma inglesa y los puritanos].

Las parábolas de la oveja y la moneda perdidas

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Las parábolas de Jesús

Las parábolas de la oveja y la moneda perdidas

Por Josh Moody

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

El contexto de estas dos famosas parábolas, que conducen a la aún más famosa parábola del hijo pródigo, es que Jesús está siendo criticado por pasar tiempo con «pecadores». Él los está recibiendo y comiendo con ellos. Jesús está pasando tiempo con aquellos a quienes los fariseos y los escribas, esos archilegalistas de Su época, consideraban como marginados de la sociedad, fuera de los límites, no deseados e inaceptables para Dios. El problema era este: si Jesús es lo que dice ser (que, según lo veían los fariseos, era al menos un hombre santo que hablaba por Dios), ¿cómo es que puede pasar tiempo con estos insoportables «pecadores»?

Cuando Jesús responde a sus críticas por medio de estas parábolas, reposiciona la conversación de manera magistral (y como Maestro): lejos de ser cuestionable, lo que Jesús hace verdaderamente representa el latido mismo del gozo del cielo. 

Si nos falta gozo en nuestra vida cristiana o en nuestras iglesias, el primer remedio es comenzar a buscar a los perdidos.

Veamos primero cómo reposiciona la conversación en cada una de las parábolas y luego apliquemos eso a nuestro contexto del ministerio del siglo XXI. 

Comencemos con la parábola de la oveja perdida, que es bastante conocida. Un hombre que tiene cien ovejas, pierde una. ¿Qué hace? ¿Se olvida de la que ha perdido y se concentra en la mayoría que sí está a su cuidado y a salvo? ¿O se olvida de las noventa y nueve y va tras la una? ¿O hay alguna técnica intermedia que pueda adoptar, delegando en otro el ministerio a esa una o a las noventa y nueve para así multiplicar el impacto? Dado que el representar al pueblo de Dios como ovejas era algo muy familiar para todos en ese momento, los oyentes originales habrán comprendido inmediatamente que Él estaba hablando de personas, no de ovejas. La insinuación radical de Jesús parece inevitable porque Su pregunta expone cómo habrían actuado Sus oyentes en relación con ovejas reales. Dejarían las noventa y nueve e irían tras la una. 

Para aquellos que han pasado su vida en entornos urbanos —la gran mayoría del mundo en estos días— vale la pena un breve repaso sobre lo tontas que son las ovejas. Se pierden fácilmente. Se caen y parecen incapaces de ponerse de nuevo en pie. Si hay una descripción adecuada de lo que es hacer ministerio pastoral, esa es pastorear. Todos somos como ovejas que tienden a extraviarse. Esta primera parábola enfatiza que incluso cuando alguien se ha descarriado, cuando alguien ha «pecado» y se ha marginado de la sociedad y ha extralimitado los estándares de las reglas religiosas y los rituales del momento, es la responsabilidad del pastor concentrarse en esa una, no en las noventa y nueve. Más aún, el gozo que hay en los cielos es la recompensa para aquellos que se enfocan en la una. 

La segunda parábola, la de la moneda perdida, en términos generales, enseña lo mismo. El contexto, sin embargo, nos es menos familiar. ¿Por qué una mujer tendría «diez monedas de plata»? La mayoría de los comentaristas a lo largo de los años han estado de acuerdo en que esta mujer es una joven soltera y las diez monedas de plata representan su dote, que ha guardado cuidadosamente y tal vez ha adherido a su cabellera como señal de su disponibilidad para el matrimonio. Entonces, perder una moneda de plata es el equivalente a perder, no solo una gran cantidad de dinero, sino también la posibilidad de casarse pronto. El énfasis de esta historia, entonces, no está tanto en el «dejar atrás» (aparentemente, ella podía guardar las nueve monedas restantes en algún lugar seguro mientras buscaba), sino en el esfuerzo y la diligencia requeridos para encontrar la moneda perdida. Una vez más, el punto principal es el gozo que viene como resultado, esta vez tanto en su comunidad de amigos como en los atrios del cielo mismo, representado por los ángeles de Dios. 

¿Qué debemos aprender de estas parábolas respecto al ministerio de hoy en día? En primer lugar, que la gran división que existe en el ministerio contemporáneo, entre aquellos que se enfocan en ser «buscadores» y aquellos que apuntan a enseñar solamente a los cristianos, es una división antibíblica y que no nos permite ver una dinámica y un desarrollo de la narrativa bíblica más amplios. ¿No urgía Pablo a Timoteo, un pastor que enseñaba a los cristianos, a hacer el trabajo de un evangelista? Y en segundo lugar, que si nos falta gozo en nuestra vida cristiana o en nuestras iglesias, el primer remedio es comenzar a buscar a los perdidos.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Josh Moody
Josh Moody

El Dr. Josh Moody es pastor principal de College Church en Wheaton, Illinois, y es presidente de God Centered Life Ministries. Es autor de varios libros, incluido How the Bible Can Change Your Life [Cómo puede la Biblia cambiar tu vida].

El temor de que los hijos no conozcan al Señor

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El Temor

El temor de que los hijos no conozcan al Señor

Por Rebecca VanDoodewaard


Nota del editor:
 Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Mónica era una mujer que temía por el alma de su hijo. Y con razón: Agustín veía la fe de Mónica como algo tonto y débil. Rechazó su cristianismo, volviéndose a la filosofía pagana, al entretenimiento violento y a la indulgencia sexual. Sin embargo, esta madre de la Iglesia primitiva siguió a su hijo por todo el Imperio romano, con la esperanza de seguir influenciándolo y de algún modo llevarlo a Cristo. 

Mónica no está sola. El temor por nuestros hijos es tan antiguo como Adán y Eva. Parece ser tan natural en la crianza como lo son las ampollas después de un maratón. Nos preocupamos por el bienestar físico, mental y emocional de nuestros hijos. Y los temores tienden a crecer junto con ellos: nos preocupa que al aprender a caminar terminen con un chichón en la frente; nos preocupa que al aprender a conducir terminen en la sala de emergencias de un hospital.

Para salvar a Su pueblo descarriado, el Padre envió a Su Hijo unigénito, un Hijo que fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Pero el temor a que un hijo no sea salvo es el más oscuro de nuestros temores. La conducta de nuestros hijos puede confirmar y aumentar nuestros temores, profundizándolos a medida que pasa el tiempo y persiste su falta de arrepentimiento. Y este temor es complicado. Tememos no solamente por las almas de nuestros hijos, aunque eso es lo principal. También tememos que se hagan daño a sí mismos y a los demás, que desacrediten el nombre de Cristo y de la Iglesia, que nadie entienda nuestro dolor, que estemos perdiendo el contacto con ellos mientras buscan escapar de nuestra influencia. Tememos que esta prueba sea de por vida. Aun en medio del dolor, el temor a lo que piensen los demás acerca de nuestra paternidad o familia puede nublar nuestras mentes y nuestros corazones.

La preocupación de Mónica por Agustín la hacía llorar mientras iba de un lugar a otro. Las oraciones y las lágrimas deben estar allí, fluyendo a causa del amor por nuestros hijos y la tristeza por la acumulación de su culpa delante de Dios. Pero nuestras lágrimas nunca podrán consolar, alentar ni eliminar la culpabilidad de nuestros hijos. ¿Qué pasa si no lloramos lo suficiente o si lloramos por las razones equivocadas? ¿Qué pasa si oramos con un énfasis incorrecto? Nuestras acciones paternas nunca son meritorias. Como diría el gran escritor de himnos Horatius Bonar, todas nuestras oraciones, suspiros y lágrimas son incapaces de aliviar su terrible carga.

Hace falta que intervenga un amor por nuestros hijos que supere el nuestro. Dios no ha prometido salvar a todos los niños del pacto (Mt 10:34-36). Pero Él sigue siendo el Dios fiel que guarda el pacto y que se reveló a Sí Mismo a Abram (Gn 17). Nuestra experiencia no cambia el carácter de Dios. Si nuestros hijos no se aferran a las promesas del pacto, la culpa es de ellos, no de Dios. Dios es el mismo Padre celestial inmutable que salva a todos los que vienen a Él. Él escucha nuestras oraciones y las responde con Su sabiduría oculta.

Pero Él hace más que eso. Dios entiende lo que es tener un hijo descarriado. En Oseas, el Señor dice: «Cuando Israel era niño, Yo lo amé, y de Egipto llamé a Mi hijo. Cuanto más los llamaban los profetas, tanto más se alejaban de ellos» (11:1-2a). Dios fue rechazado por un pueblo que Él amó y cuidó.

Para salvar a Su pueblo descarriado, el Padre envió a Su Hijo unigénito, un Hijo que fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Tú y yo nunca habríamos sacrificado a un hijo fiel y amoroso por gente que nos odiara. Esto va más allá del alcance del amor humano. Pero si estamos en Cristo, esta es nuestra experiencia: antes estábamos «alejados y… de ánimo hostil, ocupados en malas obras» (Col 1:21), mas ahora estamos reconciliados con el Padre por medio de la expiación del Hijo. El Dios que se acercó a nosotros no ha cambiado a pesar de nuestras circunstancias.

Un hijo descarriado es una gran prueba de fe, en parte porque la situación expone qué tanto caminamos por fe, y no por vista. Cuando solo tenemos ojos para nuestro hijo descarriado, y para todas las formas en que el mundo, la carne y el diablo están obrando con éxito en él o ella, el temor es una respuesta natural. Al vivir por fe uno puede ver esta realidad. Uno ve el peligro espiritual, pero se enfoca en quién es Dios. Miramos a Cristo, quien puede decirle al Padre: «De los que me diste, no perdí ninguno» (Jn 18:9). Por Su gracia, Dios trae a muchos pródigos de vuelta a casa. Los padres cristianos deben llegar al punto de su fe en el que, con mansedumbre pero de todo corazón, afirmen junto con nuestro Señor Sus palabras más difíciles:

El que ama al padre o a la madre más que a Mí, no es digno de Mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a Mí, no es digno de Mí. Y el que no toma su cruz y sigue en pos de Mí, no es digno de Mí (Mt 10:37-38).

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rebecca VanDoodewaard
Rebecca VanDoodewaard

Rebecca VanDoodewaard es autora de Reformation Women: Sixteenth-Century Figures Who Shaped Christianity’s Rebirth [Las mujeres de la Reforma: Figuras del siglo XVI que moldearon el renacimiento del cristianismo] y de las series para niños de Banner Board Books.