Metáforas animales para la vida cristiana

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas animales para la vida cristiana

 Robert VanDoodewaard

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

De principio a fin, la Biblia está llena de historias y ejemplos de corderos, ovejas y pastores. Ya en Génesis 4, con la ocupación y la adoración de Abel, las Escrituras centran nuestra atención en el sacrificio justo de un cordero y el asesinato de un pastor. Es una triste introducción a las realidades del pecado, pero también alude indirectamente a las dificultades que enfrentarían las ovejas y los pastores. La identidad de los patriarcas como pastores los convirtió en una abominación para los egipcios (Gn 46:24). Los más grandes líderes nacionales del Antiguo Testamento, Moisés y David, atravesaron dificultades como pastores de ovejas antes de servir como profeta y rey de Israel, respectivamente. Para ellos, su pueblo, e incluso ellos mismos, eran como ovejas necesitadas de un pastor (Nm 27:17; Sal 23). Desde el momento del éxodo en adelante, la fiesta de la Pascua dirigió la atención de los creyentes aún más claramente a la necesidad de que el cordero tomara el lugar de ellos frente al juicio. A lo largo de su historia, los israelitas sobrevivieron cuidando, comiendo y sacrificando ovejas, y a través de esto aprendieron a verse a sí mismos como ovejas.

Lo cierto es que las metáforas que se basan en esta experiencia son muy útiles para producir humildad en el creyente. Si tuviéramos más experiencia con ovejas, como muchos israelitas, creo que tendríamos una comprensión mucho más rica y realista de las comparaciones. Mi propia experiencia se limitó a unas pocas horas tratando de ayudar a un agricultor en el día de la esquila. Aprendí que las ovejas realmente se pierden, se meten en todo tipo de problemas, se ensucian mucho e incluso pueden ser agresivas. Hermosos corderitos fueron pisoteados a muerte por otras ovejas. Escuché sobre amenazas de lobos, coyotes e incluso cuervos. La realidad es que el uso bíblico de las ovejas como metáfora no es tan sentimental como podríamos pensar. Muchas de las metáforas y comparaciones asumen las debilidades de las ovejas, su tendencia a la autodestrucción y la dificultad de pastorearlas.

La marca principal de las ovejas verdaderas es que oyen la voz de Cristo y responden a Su voz acudiendo a Él y siguiéndole (Jn 10:27).
Cuando buscamos las metáforas sobre las ovejas en los salmos, los profetas y los evangelios, encontramos muchos textos que nos humillan como creyentes al compararnos con las ovejas. Aprendemos que los creyentes son relativamente indefensos y que necesitan protección. Las ovejas necesitan que se les muestren los pastos que son mejores para ellas. Necesitamos desesperadamente la guía de la Palabra de Dios (Sal 119:176). Cuando nos desviamos por nuestra pecaminosidad, necesitamos que nos rescaten (Is 53:6; Mt 18:12-14). La terquedad del pueblo de Dios los llevó a ser abandonados como un cordero en el desierto (Os 4:16). En tiempos de prueba, las ovejas tropiezan y se dispersan (Mt 26:31). Existe el peligro de que pastores malvados abusen de las ovejas, las espanten y no las cuiden debidamente (Ez 34). Los falsos profetas se disfrazan de ovejas, pero resultan ser lobos voraces (Mt 7:15). El Señor miró con ira a estos líderes malvados y prometió visitar personalmente a Su rebaño (Zac 10:3).

Varias de las metáforas en el Nuevo Testamento nos llevan a pensar seriamente en la necesidad de discernimiento y sabiduría. El Señor Jesús advirtió a Sus discípulos en Mateo 10:16: «Mirad, Yo os envío como ovejas en medio de lobos; por tanto, sed astutos como las serpientes e inocentes como las palomas». Los cristianos que viven en medio de los incrédulos deben darse cuenta de que están rodeados de personas que son espiritualmente, y a veces incluso físicamente, peligrosas para ellos. Lamentablemente, el peligro no es solo por los lobos que están fuera de la Iglesia; incluso otros miembros de la Iglesia pueden «morderse y devorarse» unos a otros (Gal 5:15). Al responder a las personas difíciles o peligrosas, como cristianos no somos llamados a volvernos como lobos, sino a ser sabios e inofensivos. Para esto debemos conocer bien las Escrituras, estar listos para dar una razón de la esperanza que tenemos, e incluso saber cuándo guardar silencio. También se nos recuerda, con la imagen de las ovejas y las cabras en Mateo 25:32, que en última instancia el Señor Jesús es el Pastor que discernirá entre Su verdadero rebaño y los impostores en el día final. Él es el Pastor que conoce perfectamente cada motivación y cada pecado secreto, y sabe cuándo falta amor. Aunque Su rebaño parezca estar mezclado en el presente, un día será puesto en orden. Es mucho mejor que uno discierna su corazón hoy mismo y se arrepienta de ser una «cabra» o un «lobo» antes de que sea demasiado tarde. La marca principal de las ovejas verdaderas es que oyen la voz de Cristo y responden a Su voz acudiendo a Él y siguiéndole (Jn 10:27).

Al final, la belleza y el poder de la metáfora de las ovejas en las Escrituras no se encuentra principalmente en una comparación sentimental con un cordero, sino en reconocer nuestra tendencia hacia el pecado y la necedad. Lo más importante es que el Señor ha prometido cuidar a pecadores pobres y necesitados. «Como pastor apacentará Su rebaño, en Su brazo recogerá los corderos, y en Su seno los llevará» (Is 40:11). Él fue y es el Buen Pastor que da Su vida por las ovejas y que reúne a Su rebaño (Jn 10:11-16). Pero aún más profundamente, Él es el Salvador que se rebajó hasta el punto de convertirse en «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (1:29). Aunque Él es el Verbo mismo de Dios, «Como oveja fue llevado al matadero; y como cordero, mudo delante del que lo trasquila, no abre Él Su boca» (Hch 8:32). La belleza de la metáfora es que nos enseña cuánto dio el Señor por los pecadores y cuán profundo es Su amor al convertirse en el Cordero de la Pascua. Sin embargo, la metáfora no termina ahí. Al final de la Escritura, la obra de Cristo hace que el símbolo pequeño, humilde y débil del Cordero se convierta en el símbolo más grande y glorioso de poder sobre el mal. Cristo el Cordero es Señor de señores y Rey de reyes (Ap 17:14). El Cordero es el esposo de la Iglesia, y Él es el objeto central de nuestra adoración eterna (caps.19-22).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert VanDoodewaard
Robert VanDoodewaard

El reverendo Roberto VanDoodewaard es pastor de la Iglesia Reformada Esperanza en Powassan, Ontario, Canadá.

Metáforas agrícolas para la vida cristiana

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Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas agrícolas para la vida cristiana

Matthew Barrett 

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

En el centro de la fe cristiana hay una creencia fundamental: no hay nadie como Dios. Él no es criatura, sino el Creador, Aquel que Isaías dice que es alto y sublime (Is 6:1). Qué increíble es, entonces, que este Dios se inclinara y se diera a conocer a criaturas finitas y pecaminosas como nosotros.

A Juan Calvino le encantaba decir que Dios es como un enfermero que se inclina para balbucearle cariñosamente a un recién nacido. Cuando leemos la Biblia, vemos esta adaptación cada vez que Dios usa metáforas para transmitirnos Su mensaje de salvación de una manera que podamos entender. Estas metáforas nos ayudan a conocer a Dios y a vivir la vida cristiana coram Deo, ante el rostro de Dios.

Por ejemplo, de entre las muchas maneras en que Dios podría haberse comunicado con Israel, Él eligió las metáforas agrícolas. Israel era un pueblo cuya existencia dependía de la tierra. Israel fue liberado de Egipto para entrar en la tierra que Dios le había prometido a su padre Abraham. Sin embargo, observa cómo se describe esta tierra: una tierra que mana leche y miel (Ex 3:8). La agricultura no era solo una forma de vida para Israel; era una señal de la bendición del pacto de Dios. Disfrutar del fruto de la tierra era una indicación segura de que Dios había cumplido las promesas que le había hecho a Abraham.

El cristiano que permanece en Cristo es como un árbol plantado cerca de corrientes de agua.

Cuando Israel peca y quebranta el pacto, su castigo es el exilio de la tierra y del fruto que da. Es apropiado que los profetas describan a Israel como un árbol que ha sido cortado. Sin embargo, Dios permanece fiel a Su pacto, prometiendo levantar «un retoño del tronco de Isaí» de modo que «un vástago de sus raíces dará fruto» (Is 11:1). Sabemos por el Nuevo Testamento que este Vástago justo no es otro que Jesús, el Hijo supremo de David, el tan esperado Salvador de Israel.

También Jesús utiliza la metáfora agrícola. Para explicar la salvación que ofrece, Jesús dice que Él es el «pan de vida» (Jn 6:35), una imagen que sin duda resonó con aquellos oyentes que recordaban cómo sus padres habían recibido el maná del cielo en el desierto. «Porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da vida al mundo» (6:33).

Jesús recurre nuevamente a las metáforas agrícolas cuando describe lo que significa no solo creer en Él inicialmente, sino permanecer en Él perpetuamente. En el Antiguo Testamento, Israel es llamado una vid (Sal 80:8-16Jer 2:21) y un viñedo (Is 5:1-727:2-6), pero Israel es una vid que no dio fruto. Esta metáfora agrícola es de las que apuntaban hacia el futuro, a la venida de la vid verdadera. Eso explica por qué Jesús dice: «Yo soy la vid verdadera, y Mi Padre es el viñador… Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15:1-5). El viñador arranca y lanza al fuego los sarmientos que no dan fruto, y a los que sí dan fruto los poda para que den más fruto (vv. 2, 5-7). Por un lado, las palabras de Jesús sirven como una advertencia para que no pensemos que podemos confesar el nombre de Cristo sin vivir en obediencia a Él. Aquellos que no le conocen ni le obedecen realmente experimentarán el juicio venidero. Por otro lado, el sarmiento que da fruto representa al creyente que está unido a Cristo. Esa unión con Cristo es solo por medio de la fe, pero tal unión siempre resulta en el fruto de las buenas obras y la obediencia.

Los autores del Nuevo Testamento usan esta misma metáfora agrícola para describir la vida cristiana. Por ejemplo, Pablo les dice a los gálatas que el Espíritu Santo está obrando para santificarlos cada vez más a imagen de Cristo. Pero todo cristiano sabe que este proceso no es fácil, pues de este lado del cielo seguimos luchando contra la tentación. Así que Pablo advierte al cristiano contra las «obras de la carne» y, al igual que la de Jesús, la advertencia de Pablo es seria: «Los que practican tales cosas no heredarán el Reino de Dios» (Gal 5:21). Por el contrario, el cristiano debe caracterizarse por el «fruto del Espíritu» (5:22-23). Dar ese fruto puede ser un proceso doloroso: Jesús dice que los sarmientos que permanecen en la vid deben ser podados para dar fruto (Jn 15:2), y Pablo dice que «los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos» (Gal 5:24). Sin embargo, tenemos plena confianza en que podemos dar fruto porque el Espíritu Santo, que primero nos unió a Cristo, también nos ayuda a vivir y a caminar por el Espíritu (v. 25).

A medida que luchamos contra el pecado y tratamos de dar fruto, puede que nos cueste mantenernos enfocados en la meta final. Quizás el Salmo 1 nos pueda ayudar. Allí, el hombre justo es descrito como un «árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua» (1:3). En nuestro patio trasero hay un árbol que toda nuestra familia ama; se extiende sobre la casa y nos proporciona sombra. Sin embargo, el año pasado, la mitad de sus ramas murieron porque sus raíces no pudieron encontrar suficiente agua. Por el contrario, el cristiano que permanece en Cristo es como un árbol plantado cerca de corrientes de agua. Como resultado, ese árbol «da su fruto a su tiempo, y su hoja no se marchita» (v. 3). El resultado final es maravilloso: mientras que el malvado «perecerá» (v. 6), el justo «en todo lo que hace, prospera» (v. 3).

Con todo, el cristiano no solo debe ser ese árbol que da fruto; también —cambiando a otro tipo de metáfora— es llamado a ser un pescador que lanza su cuerda o echa su red para traer a otros peces. Mientras Jesús andaba por los caminos de Israel, no solo veía olivos (Jn 8:1) e higueras (Mt 21:19), sino también la orilla del mar. Fue en el mar donde llamó a algunos de Sus primeros discípulos. Estaban sentados en sus botes de pesca, pero Jesús los llamó más bien a pescar hombres (Mt 4:19). Si eres cristiano, deseas ser como ese árbol plantado junto a corrientes de agua. Pero no olvides que el cristiano que da fruto se mantiene mirando hacia afuera; no trata de ocultar su fruto, sino de compartirlo con los demás. Después de haber probado cuán dulce es el fruto de ese árbol, el cristiano es aquel que entusiasmado sale de pesca para contar a otros acerca de la vid verdadera que da vida eterna. Hacerlo puede parecer aterrador, pero quizá una última metáfora agrícola nos pueda dar el incentivo que necesitamos: aunque Adán comió del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 3:6) y sumió a la humanidad en el pecado, los que confían en el último Adán, Jesucristo, comerán del árbol de la vida para siempre (Gn 2:9Ap 22:14).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Matthew Barrett
Matthew Barrett

El Dr. Matthew Barrett es profesor asociado de Teología Cristiana en el Midwestern Baptist Theological Seminary en Kansas City, Mo., y editor ejecutivo de Credo Magazine. Es autor de numerosos libros, incluyendo None Greater: The Undomesticated Attributes of God [Nadie mayor: Los atributos indómitos de Dios].

La belleza de la Escritura

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Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

La belleza de la Escritura

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

El Dr. Steven J. Lawson una vez comparó la Biblia con un diamante cuya belleza, cuando se coloca contra la luz, se refracta de muchas maneras diferentes: «Ningún símbolo de la Biblia puede comunicar el todo. Por lo tanto, se requieren muchas metáforas diferentes, muchas analogías diferentes, para siquiera comenzar a tratar de [comprender] la totalidad del poder invencible de la Palabra inerrante». La Biblia está llena de ilustraciones, símbolos y metáforas que Dios usa para ayudarnos a conocerle y a relacionarnos con Él, y para ayudarnos a conocernos a nosotros mismos. Él usa metáforas para ayudarnos a entender las verdades sobre esta vida presente, la vida eterna y la condenación eterna.

Dios se llama a Sí mismo nuestro Padre y nos consuela llamándonos Sus hijos.

Si bien es probable que recordemos algunas de las metáforas mejor conocidas en la Escritura, como las del pastor y las ovejas, la vid y los sarmientos y otras, debemos reconocer que la Biblia utiliza muchas metáforas, símiles, símbolos e ilustraciones diferentes, algunas de las cuales pueden sonar extrañas a nuestros oídos, particularmente si somos del Occidente. Recuerda que la Biblia está impregnada de la cultura del Levante Mediterráneo. Dependiendo de dónde seamos y de las experiencias que hayamos tenido, muchas de estas metáforas pueden resultarnos difíciles de entender. Sin embargo, en Su sabiduría, Dios las usa para ayudar a Su pueblo de todo el mundo, de muchos contextos diferentes, a conocerlo más. Las metáforas de la Escritura nos revelan la belleza integral que ella misma posee, pero más que eso, revelan la belleza de nuestro Dios misericordioso que se relaciona con nosotros, nos condesciende y nos habla con palabras que podemos entender.

Por supuesto, si se presionan más allá de sus límites, las metáforas pierden su calidad didáctica. Debemos tener cuidado de no leer de más en las metáforas, de no abusar de ellas o de limitar innecesariamente conceptos doctrinales enteros a metáforas. Sin embargo, las metáforas, símbolos e ilustraciones de la Escritura, nos ayudan a asociar nuestras experiencias en la vida con conceptos espirituales y doctrinales para que podamos conocer más a Dios y servirle más plenamente. Estudiarlas nos puede ayudar a ver más y más destellos de la belleza que proceden del hermoso diamante que es la Escritura. Mucha de esa belleza es un gran consuelo para nuestras almas. Dios se llama a Sí mismo nuestro Padre y nos consuela llamándonos Sus hijos. Se ha revelado a nosotros de maneras que nos ayudan a relacionarnos con Él como nuestro Padre amoroso, misericordioso y santo, y de maneras que nos ayudan a tener una fe humilde, dependiente y como la de un niño. A medida que crecemos en madurez como Sus hijos, Su Espíritu Santo nos ayuda a conocerlo más y más profundamente como nuestro Pastor, nuestra Roca y nuestra Fortaleza mientras seguimos a Cristo Jesús que es el camino, la verdad y la vida.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Audacia y claridad para ser luz en el mundo

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Audacia y claridad para ser luz en el mundo

Rosaria Butterfield

En este mundo poscristiano, nuestra teología se exhibe en todo lo que hacemos y decimos. Tomemos, por ejemplo, la puerta del ático que colgaba de una bisagra rota en la casa de los Butterfield el miércoles 9 de noviembre de 2016, y a Phil, el manitas del vecindario que vino a repararla. Cuando Phil aceptó el trabajo y vino a casa, le di la bienvenida, le mostré la puerta del ático, me aseguré de que supiera que el café en la cafetera era para él, y luego seguí con las lecciones de mis hijos, a quienes educo en casa.

Pero en un rato lo escuché. Alguien estaba llorando.

Phil estaba en lágrimas. Había terminado el trabajo y estaba sentado en mi cocina, con la cara entre sus manos callosas, sollozando. Pregunté por qué, y me dijo sin rodeos que los cristianos son personas peligrosas, y que las elecciones pasadas en los Estados Unidos lo habían demostrado. Se preguntaba cómo podíamos seguir siendo amigos si no estábamos de acuerdo en cuanto a los valores básicos, y cómo yo podía creer las cosas que creía.

Phil y yo hemos sido vecinos por años. Vamos a las mismas barbacoas, a los mismos funerales y a las mismas fiestas vecinales. Nos hemos prestado jaulas para perros, devuelto las bicicletas de nuestros niños y compartido bulbos de iris. Pero al día siguiente de ir a las urnas, las líneas fueron trazadas. La pregunta de Phil era clave: ¿Podemos confiar en personas que tienen una cosmovisión diferente a la nuestra? ¿Hacia dónde nos dirigimos a partir de ahora? Si ni siquiera podemos conversar con otros, ¿cómo vamos a compartirles el evangelio? 

Acerqué un taburete a la mesa de la cocina y lloramos juntos. A veces no hay otra cosa que hacer ante un mundo tan dividido. 

Estos tiempos se caracterizan por la intolerancia en la sociedad, y esto hace que seamos tentados a suavizar las verdades difíciles de la fe, a temer que nuestra opinión pública nos dé una mala reputación, a volver a trazar las líneas dadas por Dios para no tener que amar ni hablar con la audacia del evangelio. Somos tentados a tratar de «equilibrar» la gracia y la verdad.

Para vivir con audacia y claridad de modo que seamos luz para el mundo, tenemos que amar a nuestro prójimo sacrificialmente y vivir nuestras vidas con una transparencia evangélica.

Muchos critican a las iglesias confesionales fieles y a sus pastores y ancianos, desconcertados porque estos no se postran ante los ídolos gemelos de la cultura actual: la orientación sexual (la creencia de que tu deseo sexual te define ontológicamente) y la interseccionalidad (la creencia de que tu identidad en realidad se mide en función de cuántos estatus de víctima puedes reclamar, con una dignidad humana que solo se acumula a través de la intolerancia al desacuerdo de cualquier índole). ¿Qué hacemos entonces? 

Podemos aprender de la Iglesia primitiva, que en el segundo siglo enfrentó oposición en dos frentes: persecución desde afuera y falsa doctrina desde adentro.

La persecución llegó a la Iglesia del segundo siglo cuando los cristianos se negaron a confesar a César como Señor. Es útil saber que a los cristianos del segundo siglo que vivían en Roma no se les pedía que negaran a Jesús directamente. Jesús podía simplemente ser uno más entre los muchos dioses. Pero Roma veía la profesión de la exclusividad de Cristo como una traición, y eso era una ofensa capital. Cristianos jóvenes y ancianos fueron ejecutados por profesar la exclusividad del señorío de Cristo. Y en medio de la persecución, la Iglesia creció en gracia y en tamaño, y el evangelio se extendió hasta los confines de la tierra.

La falsa doctrina siempre viene de dos formas: una es antagónica, estableciéndose como una clara oposición a la verdad del evangelio; la otra es canibalística, queriendo comerse vivo al poder del evangelio al afirmar falsamente que este último resalta lo que la cultura ya sabe que es verdad. Nuestra propia cultura, al igual que la del segundo siglo, presenta una falsa doctrina canibalística, una que quiere promover la gracia del evangelio sin la sangre de Cristo o sin Su poder de resurrección. Un ejemplo de la falsa doctrina canibalística de nuestros días sería el eslogan del movimiento LGBTQ: “El amor gana”. La misma palabra; diferente cosmovisión.

¿Qué podemos aprender de los cristianos del segundo siglo? Primero, ellos sabían que si la verdad del evangelio no estaba acompañada de una gracia diaria, sacrificial y hospitalaria, sería ineficaz. Es importante que estemos dispuestos a compartir la verdad bíblica que creemos, y también a sufrir por ella. Segundo, ellos sabían que la falsa doctrina es mucho más peligrosa que la persecución. Nosotros, los cristianos occidentales del siglo XXI, con frecuencia creemos todo lo contrario. Y debido a que le tememos más a la persecución que a la falsa doctrina, muchas veces somos ineficaces al ofrecer la enseñanza bíblica que mejor comunica la verdad y la gracia del evangelio.

Para vivir con audacia y claridad de modo que seamos luz para el mundo, tenemos que amar a nuestro prójimo sacrificialmente y vivir nuestras vidas con una transparencia evangélica. Debemos arriesgarnos y amar a nuestros prójimos lo suficiente como para que sepan qué dice Dios acerca de nuestro pecado y nuestro sufrimiento. Nuestro prójimo necesita saber quiénes somos realmente y a quién servimos. No para que podamos estar de acuerdo en que estamos en desacuerdo, sino para que podamos estar en desacuerdo y aun así cenar juntos, y al final de la cena abrir la Palabra de Dios y discutir lo que allí se encuentra. Necesitamos ser transparentes al compartir las Escrituras, algo que Dios ha ordenado a Su pueblo. Es en estos lugares incómodos y honestos, estos lugares donde vemos la imagen de Dios en los demás a pesar de los abismos que nos separan, que el evangelio puede comunicarse con integridad. Pero esto solo sucederá si nos atrevemos a arriesgarnos. Porque para reflejar la imagen de Dios en conocimiento, justicia y santidad, necesitamos hacer más que simplemente asentir y sonreír. En nuestro mundo poscristiano, nuestras palabras no pueden ser más fuertes que nuestras relaciones. Esto significa que debemos prepararnos para la ardua labor de construir relaciones sólidas y para enfrentar los peligros de hablar la verdad del evangelio. Debemos aprovechar los conflictos y no ser demasiado sensibles a lo que las personas nos digan o a lo que digan de nosotros. Debemos proclamar a Cristo crucificado, y aprovechar cada oportunidad para hacerlo. Esto es lo que significa ofrecer a nuestro mundo poscristiano una verdad cristiana que es auténtica y audaz. 

No estamos llamados a equilibrar la gracia y la verdad, algo que resulta en una miserable ecuación donde solo queda el 50 por ciento de cada una. Estamos llamados a practicar el 100 por ciento de la gracia y el 100 por ciento de la verdad. El amor a Dios y el amor al prójimo no exigen menos. Y es que en nuestro mundo poscristiano, necesitamos hacer más que simplemente asentir y sonreír. A veces tenemos que comenzar llorando juntos, sabiendo que en la batalla espiritual hay que derribar antes de reconstruir.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rosaria Butterfield
Rosaria Butterfield

La Dra. Rosaria Champagne Butterfield es esposa de pastor, madre, maestra de sus hijos en casa y autora de of The Secret Thoughts of an Unlikely Convert [Los pensamientos secretos de una convertida improbable] y Openness Unhindered [Transparencia sin restricciones].

Audacia y claridad para ser luz en el mundo

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Audacia y claridad para ser luz en el mundo

Rosaria Butterfield

En este mundo poscristiano, nuestra teología se exhibe en todo lo que hacemos y decimos. Tomemos, por ejemplo, la puerta del ático que colgaba de una bisagra rota en la casa de los Butterfield el miércoles 9 de noviembre de 2016, y a Phil, el manitas del vecindario que vino a repararla. Cuando Phil aceptó el trabajo y vino a casa, le di la bienvenida, le mostré la puerta del ático, me aseguré de que supiera que el café en la cafetera era para él, y luego seguí con las lecciones de mis hijos, a quienes educo en casa.

Pero en un rato lo escuché. Alguien estaba llorando.

Phil estaba en lágrimas. Había terminado el trabajo y estaba sentado en mi cocina, con la cara entre sus manos callosas, sollozando. Pregunté por qué, y me dijo sin rodeos que los cristianos son personas peligrosas, y que las elecciones pasadas en los Estados Unidos lo habían demostrado. Se preguntaba cómo podíamos seguir siendo amigos si no estábamos de acuerdo en cuanto a los valores básicos, y cómo yo podía creer las cosas que creía.

Phil y yo hemos sido vecinos por años. Vamos a las mismas barbacoas, a los mismos funerales y a las mismas fiestas vecinales. Nos hemos prestado jaulas para perros, devuelto las bicicletas de nuestros niños y compartido bulbos de iris. Pero al día siguiente de ir a las urnas, las líneas fueron trazadas. La pregunta de Phil era clave: ¿Podemos confiar en personas que tienen una cosmovisión diferente a la nuestra? ¿Hacia dónde nos dirigimos a partir de ahora? Si ni siquiera podemos conversar con otros, ¿cómo vamos a compartirles el evangelio? 

Acerqué un taburete a la mesa de la cocina y lloramos juntos. A veces no hay otra cosa que hacer ante un mundo tan dividido. 

Estos tiempos se caracterizan por la intolerancia en la sociedad, y esto hace que seamos tentados a suavizar las verdades difíciles de la fe, a temer que nuestra opinión pública nos dé una mala reputación, a volver a trazar las líneas dadas por Dios para no tener que amar ni hablar con la audacia del evangelio. Somos tentados a tratar de «equilibrar» la gracia y la verdad.

Para vivir con audacia y claridad de modo que seamos luz para el mundo, tenemos que amar a nuestro prójimo sacrificialmente y vivir nuestras vidas con una transparencia evangélica.

Muchos critican a las iglesias confesionales fieles y a sus pastores y ancianos, desconcertados porque estos no se postran ante los ídolos gemelos de la cultura actual: la orientación sexual (la creencia de que tu deseo sexual te define ontológicamente) y la interseccionalidad (la creencia de que tu identidad en realidad se mide en función de cuántos estatus de víctima puedes reclamar, con una dignidad humana que solo se acumula a través de la intolerancia al desacuerdo de cualquier índole). ¿Qué hacemos entonces? 

Podemos aprender de la Iglesia primitiva, que en el segundo siglo enfrentó oposición en dos frentes: persecución desde afuera y falsa doctrina desde adentro.

La persecución llegó a la Iglesia del segundo siglo cuando los cristianos se negaron a confesar a César como Señor. Es útil saber que a los cristianos del segundo siglo que vivían en Roma no se les pedía que negaran a Jesús directamente. Jesús podía simplemente ser uno más entre los muchos dioses. Pero Roma veía la profesión de la exclusividad de Cristo como una traición, y eso era una ofensa capital. Cristianos jóvenes y ancianos fueron ejecutados por profesar la exclusividad del señorío de Cristo. Y en medio de la persecución, la Iglesia creció en gracia y en tamaño, y el evangelio se extendió hasta los confines de la tierra.

La falsa doctrina siempre viene de dos formas: una es antagónica, estableciéndose como una clara oposición a la verdad del evangelio; la otra es canibalística, queriendo comerse vivo al poder del evangelio al afirmar falsamente que este último resalta lo que la cultura ya sabe que es verdad. Nuestra propia cultura, al igual que la del segundo siglo, presenta una falsa doctrina canibalística, una que quiere promover la gracia del evangelio sin la sangre de Cristo o sin Su poder de resurrección. Un ejemplo de la falsa doctrina canibalística de nuestros días sería el eslogan del movimiento LGBTQ: “El amor gana”. La misma palabra; diferente cosmovisión.

¿Qué podemos aprender de los cristianos del segundo siglo? Primero, ellos sabían que si la verdad del evangelio no estaba acompañada de una gracia diaria, sacrificial y hospitalaria, sería ineficaz. Es importante que estemos dispuestos a compartir la verdad bíblica que creemos, y también a sufrir por ella. Segundo, ellos sabían que la falsa doctrina es mucho más peligrosa que la persecución. Nosotros, los cristianos occidentales del siglo XXI, con frecuencia creemos todo lo contrario. Y debido a que le tememos más a la persecución que a la falsa doctrina, muchas veces somos ineficaces al ofrecer la enseñanza bíblica que mejor comunica la verdad y la gracia del evangelio.

Para vivir con audacia y claridad de modo que seamos luz para el mundo, tenemos que amar a nuestro prójimo sacrificialmente y vivir nuestras vidas con una transparencia evangélica. Debemos arriesgarnos y amar a nuestros prójimos lo suficiente como para que sepan qué dice Dios acerca de nuestro pecado y nuestro sufrimiento. Nuestro prójimo necesita saber quiénes somos realmente y a quién servimos. No para que podamos estar de acuerdo en que estamos en desacuerdo, sino para que podamos estar en desacuerdo y aun así cenar juntos, y al final de la cena abrir la Palabra de Dios y discutir lo que allí se encuentra. Necesitamos ser transparentes al compartir las Escrituras, algo que Dios ha ordenado a Su pueblo. Es en estos lugares incómodos y honestos, estos lugares donde vemos la imagen de Dios en los demás a pesar de los abismos que nos separan, que el evangelio puede comunicarse con integridad. Pero esto solo sucederá si nos atrevemos a arriesgarnos. Porque para reflejar la imagen de Dios en conocimiento, justicia y santidad, necesitamos hacer más que simplemente asentir y sonreír. En nuestro mundo poscristiano, nuestras palabras no pueden ser más fuertes que nuestras relaciones. Esto significa que debemos prepararnos para la ardua labor de construir relaciones sólidas y para enfrentar los peligros de hablar la verdad del evangelio. Debemos aprovechar los conflictos y no ser demasiado sensibles a lo que las personas nos digan o a lo que digan de nosotros. Debemos proclamar a Cristo crucificado, y aprovechar cada oportunidad para hacerlo. Esto es lo que significa ofrecer a nuestro mundo poscristiano una verdad cristiana que es auténtica y audaz. 

No estamos llamados a equilibrar la gracia y la verdad, algo que resulta en una miserable ecuación donde solo queda el 50 por ciento de cada una. Estamos llamados a practicar el 100 por ciento de la gracia y el 100 por ciento de la verdad. El amor a Dios y el amor al prójimo no exigen menos. Y es que en nuestro mundo poscristiano, necesitamos hacer más que simplemente asentir y sonreír. A veces tenemos que comenzar llorando juntos, sabiendo que en la batalla espiritual hay que derribar antes de reconstruir.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rosaria Butterfield
Rosaria Butterfield

La Dra. Rosaria Champagne Butterfield es esposa de pastor, madre, maestra de sus hijos en casa y autora de of The Secret Thoughts of an Unlikely Convert [Los pensamientos secretos de una convertida improbable] y Openness Unhindered [Transparencia sin restricciones].

Teología reformada clásica y la defensa de la fe

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Teología reformada clásica y la defensa de la fe

J.V. Fesko

C.S. Lewis escribió una vez que los libros antiguos traen la fresca brisa del pasado, que pasa por nuestras mentes para recordarnos verdades olvidadas desde hace mucho tiempo. Leer libros antiguos, por lo tanto, ayuda a la Iglesia a recuperar el enfoque reformado clásico para la defensa de la fe, es decir, la apologética. Los teólogos reformados clásicos dicen cosas diferentes a las que dicen muchos de nuestros contemporáneos en la actualidad. Karl Barth, por ejemplo, dijo que no hay punto de contacto entre el creyente y el incrédulo; por tanto, la apologética es innecesaria. El apologista reformado conservador Cornelius Van Til escribió en una carta a Francis Schaeffer que ninguna forma de teología natural habla de Dios con precisión. Sin embargo, la teología reformada histórica revela algo diferente. Esta diferencia de opinión entre la teología reformada contemporánea y la clásica merece una breve investigación para comprender por qué debemos leer libros teológicos reformados antiguos para defender la fe. 

Las obras reformadas de los siglos XVI y XVII hablan regularmente de dos ideas que pocos teólogos reformados contemporáneos mencionan: nociones comunes y el orden de la naturaleza. Primero, ¿qué son las nociones comunes? Las nociones comunes son aquellas ideas que todos los seres humanos poseen de forma innata en virtud de haber sido creados a imagen de Dios. Históricamente, los teólogos reformados han recurrido a las nociones comunes en sus interpretaciones de varios pasajes de Romanos. 

Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos, ya que muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos (Rom 2:14-15). 

El apóstol Pablo escribe sobre aquellos gentiles incrédulos que no recibieron la ley de Dios que fue particularmente revelada en el Sinaí. Aun así, estos incrédulos tienen las obras de la ley escritas en sus corazones. Los incrédulos conocen el bien y el mal, como vemos en la declaración de Pablo de que sus «sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan» (Rom 2:15 NVI). 

Ya que Dios ha escrito dos libros, la Escritura y la naturaleza, ¿no deberíamos usar ambos cuando defendemos la fe? ¿Por qué dejaríamos la mitad del arsenal revelador de Dios esperando en el estante?

Hay varios pasajes más a los que apelan las obras teológicas reformadas clásicas, como cuando el pagano Abimelec mostró más moralidad que Abraham. Abimelec amonestó a Abraham por mentir sobre su relación con Sara (Gn 20:9-11). Los teólogos reformados clásicos también apelaron a la interacción de Jonás con los marineros paganos, quienes al principio se negaron a arrojarlo por la borda durante la tormenta porque sabían que eso estaba mal (Jon 1). También se cita 1 Corintios 5:1, donde Pablo reprende a los corintios por aprobar un tipo de inmoralidad sexual que ni siquiera se tolera entre los paganos. En otras palabras, los no creyentes en algunos casos tenían estándares morales más altos que los cristianos corintios. 

En segundo lugar, los teólogos reformados clásicos creían que las nociones comunes eran una parte de un todo mayor, es decir, del orden de la naturaleza. El orden de la naturaleza es la forma en que la creación refleja quién es Dios. Dios diseñó a los seres humanos para que encajen de manera integral dentro de Su creación más amplia. El conocimiento de las obras de la ley, que es innato de todos los seres humanos, está conectado a la creación en general. Un pasaje típico al que apelan los teólogos es Romanos 1:19-20

Porque lo que se conoce acerca de Dios es evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente. Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa. 

Otro es el Salmo 19: 

Los cielos proclaman la gloria de Dios, y la expansión anuncia la obra de Sus manos. Un día transmite el mensaje al otro día, y una noche a la otra noche revela sabiduría. No hay mensaje, no hay palabras; no se oye su voz (vv. 1-3).

La gente puede observar la creación y ver los trazos de pincel y la firma del Artista Maestro. Ya sea que uno mire a la creación en general y discierna el poder eterno de Dios y Su naturaleza divina o sea que estudie cosas particulares del mundo como los insectos y vea reflejos de la sabiduría de Dios (Pr 6:6), todo el orden creado y los seres humanos reflejan al Dios que los hizo a ambos. 

En la teología reformada clásica, se pueden encontrar referencias a las nociones comunes y al orden de la naturaleza en los escritos de Heinrich Bullinger, Martin Bucer, Juan Calvino, Francis Turretin, Girolamo Zanchi, Richard Baxter, John Owen, Franciscus Junius y otros. Pero el lugar más destacado donde aparecen estos conceptos es en la tradición confesional reformada histórica. La Confesión francesa (1559), escrita principalmente por Calvino, declara: «Dios se revela a los hombres… en Sus obras, en Su creación, así como en Su preservación y control» (artículo 2). Mucha gente sabe que la Confesión de Fe de Westminster (1647) comienza con un capítulo sobre la Escritura. Pero debemos notar que la línea de apertura de ese capítulo se refiere a algo diferente: «Aunque la luz de la naturaleza, las obras de la creación y la providencia manifiestan la bondad, la sabiduría y el poder de Dios…» (1.1). La luz de la naturaleza es una rúbrica general para las nociones comunes y la revelación general de Dios en la creación. De hecho, la Confesión de Westminster hace cuatro referencias más a la luz de la naturaleza como algo por lo cual la Iglesia ordena ciertos aspectos de la adoración (4.6), como aquello que permite a los no creyentes enmarcar sus vidas moralmente (10.4), y como testigo, junto a la Escritura, que revela si cierta conducta es moral o inmoral (20.4). La quinta referencia a la luz de la naturaleza en el capítulo de la confesión sobre la adoración es una de sus declaraciones más completas sobre el conocimiento natural de Dios: 

La luz de la naturaleza demuestra que hay un Dios, que tiene señorío y soberanía sobre todo, que es bueno y que hace bien a todos, y por lo tanto, debe ser temido, amado, alabado, invocado, creído, servido y en quien se debe confiar, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (21.1). 

Uno de los símiles más memorables de la luz de la naturaleza proviene de la Confesión belga (1561): 

Lo conocemos… por la creación, preservación y gobierno del universo; que está ante nuestros ojos como el libro más elegante, en el que todas las criaturas, grandes y pequeñas, son como muchas letras que nos llevan a contemplar las cosas invisibles de Dios (Artículo 2). 

Estos datos bíblicos y confesionales conducen a dos puntos clave: (1) la importancia del libro de la naturaleza, y (2) la necesidad de usar en conjunto los libros de la naturaleza y la Escritura para defender la fe. En el siglo XX, los teólogos reformados hicieron un uso vigoroso del libro de la Escritura, y eso es encomiable. Pero al mismo tiempo, el buen libro de la naturaleza de Dios se ha quedado en el estante y ha acumulado una buena capa de polvo. Ya que Dios ha escrito dos libros, la Escritura y la naturaleza, ¿no deberíamos usar ambos cuando defendemos la fe? ¿Por qué dejaríamos la mitad del arsenal revelador de Dios esperando en el estante? Los teólogos contemporáneos han defendido su renuencia a usar el libro de la naturaleza con un conjunto de justificaciones: Dios está por encima de la prueba; apelar a la teología natural somete la verdad al juicio de la razón pecaminosa; ninguna cantidad de evidencia ni de argumentación puede convertir al incrédulo. Aquí es donde entra en juego el segundo punto; a saber, debemos siempre usar en concierto la revelación general y la Escritura. El salmista ensalza la belleza y el poder revelador de la creación y luego pasa a la ley especialmente revelada de Dios (Sal 19:7). Cuando Pablo enfrentó a los filósofos incrédulos en el Areópago, se conectó con su audiencia a través de su conocimiento natural, aunque distorsionado, de Dios y corrigió su comprensión con el evangelio especialmente revelado de Cristo y Su resurrección (Hch 17:232830). La Escritura y la teología reformada histórica transmiten la idea de que el Dios sobre el que leemos en las páginas de la Sagrada Escritura es el mismo Dios que ha creado el mundo que nos rodea. 

Al usar los dos libros de Dios, debemos reconocer sus distintas funciones. Solo la revelación especial de la Escritura habla de la persona y obra de Cristo y la salvación que viene a través del evangelio. Además, solo el poder regenerador soberano del Espíritu Santo puede convertir a los pecadores y trasladarlos del reino de las tinieblas al reino de la luz; solo a través del don de fe dado por el Espíritu, las personas pueden aferrarse al evangelio de Cristo. Como escribe Pablo: «El hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente» (1 Co 2:14). Esto no significa que el libro de la naturaleza sea superfluo. Más bien, desde el fundamento de la autoridad de la Escritura, podemos apelar al libro de la naturaleza como un testigo corroborante creado por un autor divino. Podemos interactuar con los no creyentes y saber que podemos comunicar la verdad escritural porque Dios ha creado a todas las personas a Su imagen y ha escrito Su ley en sus corazones. 

Busca libros antiguos reformados de los siglos XVI y XVII y deja que la brisa fresca del pasado te recuerde verdades olvidadas desde hace ya mucho tiempo. Usa los libros de la naturaleza y la Escritura de Dios para defender la fe que fue una vez entregada a los santos.

Este articulo fuepublicado originalmente en Tabletalk Magazine.
J.V. Fesko
J.V. Fesko

El Dr. J.V. Fesko es decano académico y profesor de Teología Sistemática y Teología Histórica en el Seminario Teológico Reformado en Jackson, Misisipi, Estados Unidos de América. Es autor de numerosos libros, incluyendo Reforming Apologetics [Reformando la apologética] y Word, Water, and Spirit [Palabra, agua y Espíritu].

El ajetreo y el descanso

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

El ajetreo y el descanso

Kevin DeYoung

Este pasaje del Evangelio de Marcos me ha intrigado desde hace años:

Levantándose muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, salió, y se fue a un lugar solitario, y allí oraba. Y Simón y sus compañeros salieron a buscarle; le encontraron y le dijeron: «Todos te buscan». Y Él les dijo: «Vamos a otro lugar, a los pueblos vecinos, para que predique también allí, porque para eso he venido». Y fue por toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando demonios (Mr 1:35-39).

Jesús me asombra. Su encarnación, Su resurrección, Su ascensión y Su exaltación son indescriptibles. También me asombran las cosas cotidianas de la vida de Jesús, como el hecho de que nunca habló sin pensar, nunca desperdició el tiempo y nunca se desvió del plan de Su Padre. A menudo me maravillo al pensar lo terriblemente ocupado que estuvo Jesús, pero solo con las cosas que debía estar haciendo.

Muchos de nosotros estamos tan familiarizados con los evangelios que pasamos por alto lo que es obvio: Jesús era un hombre verdaderamente ocupado. Una de las palabras favoritas de Marcos es «inmediatamente». Jesús y Su grupo de discípulos se pasaron tres años en un torbellino de actividades. Inmediatamente terminaba un evento, empezaba otro. En Marcos 1, Jesús comienza Su ministerio público enseñando en la sinagoga, reprendiendo a un espíritu inmundo, preocupándose por la suegra de Simón y luego quedándose despierto hasta tarde en la noche para sanar a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsar a muchos demonios (1:14-34). En una ocasión, Jesús estaba demasiado ocupado como para comer, y Su familia pensó que Él estaba perdiendo el juicio (3:20-21). Las multitudes siempre estaban buscando a Jesús, demandando de Su tiempo y de Su atención. Los evangelios nos dan la impresión de que Él estuvo predicando, sanando y expulsando demonios casi todos los días durante tres años.

No pienses que Jesús fue una especie de maestro esotérico que se pasó la vida en un estado de contemplación. Si Jesús ministrara en la carne hoy día, recibiría más correos electrónicos que cualquiera de nosotros. Las personas y los medios de comunicación estuvieran clamando por Su atención. Jesús no vivió en una nube, ajeno a las presiones cotidianas de la existencia humana. Él fue «tentado en todo como nosotros, pero sin pecado» (Heb 4:15). Y eso incluye la tentación de vivir pecaminosamente ocupado.

Pero ese no fue su caso. Jesús se mantuvo ocupado, pero nunca de una manera que le causara nerviosismo, ansiedad, irritabilidad, orgullo ,envidia, o que lo distrajera con asuntos de menor importancia. Cuando toda Capernaúm esperaba por Su toque de sanidad, Él se apartó a un lugar desierto para orar. Y cuando los discípulos le insistieron que volviera a trabajar, Él salió hacia otra ciudad para predicar. Jesús sabía distinguir entre lo urgente y lo importante. Él entendía que todas las cosas buenas que podía hacer no eran necesariamente las cosas que debía hacer.

Si Jesús tuvo que ser prudente con Sus prioridades, nosotros también tendremos que serlo. Tendremos que asegurarnos de que nuestra misión sea permanecer en la misión. Tendremos que dejar de hacer algunas cosas buenas. Y tendremos que hacer un esfuerzo por descansar.

Jesús sabía distinguir entre lo urgente y lo importante.

Hace unos cinco años, redescubrí la importancia de uno ejercitarse regularmente. Desde que era niño me gustaba correr y lo hice mientras estuve en la secundaria y en la universidad. Pero a medida que aumentaba mi edad (y mi peso), disminuía la frecuencia con la que hacía ejercicio. Hasta que un amigo y yo decidimos apuntarnos para un triatlón, algo que ninguno de los dos había hecho antes. Así que comencé a nadar, a montar bicicleta y a correr prácticamente todos los días de la semana, excepto los domingos.

¿Y sabes qué? Realmente me gustó. Aún me gusta. Ha sido una de las mejores cosas que he hecho en los últimos cinco años. Estoy seguro de que logro más cosas en la semana cuando me olvido de mi lista de quehaceres y saco tiempo para ejercitarme.

Pero he aprendido que aunque el ejercicio es un tipo de «descanso», no obtendrás beneficio alguno del ejercicio si no descansas. Como soy mejor estudiante que atleta, he suplementado mi nueva rutina de ejercicios con mucha lectura acerca del ejercicio. En los últimos años, he leído más de dos docenas de libros sobre nadar, montar bicicleta y correr. Y todos dicen que el mayor obstáculo de las personas que están enfocadas en hacer ejercicio (y tan enfocadas que hasta leen sobre hacer ejercicio) no es la falta de fuerza de voluntad ni de trabajo duro. Es la falta de descanso. Cuando haces ejercicio, tu corazón y tus pulmones se estresan; tus músculos son sometidos a una gran presión y sufren desgarres microscópicos. El ejercicio en sí mismo no te hace más fuerte. Tu cuerpo se fortalece solo si llegas a descansar. Tu cuerpo se dice a sí mismo: «Bueno, eso fue un poco demandante. Deberíamos construir un poco más de músculo allí, quemar un poco más de grasa la próxima vez, mandar un poco más de sangre y hacer que los pulmones se expandan para que absorban más oxígeno».

Leí un artículo en una revista que contenía seis leyes para entrenar según algunos atletas profesionales. Las reglas 1, 2 y 3 eran: Te estás esforzando demasiado. Y regla 6 era: Necesitas dormir más. Tal como pasa con tu cuerpo físico, así también sucede con tu cuerpo espiritual: la capacidad de tu cuerpo, mente y corazón para enfrentar retos mayores no aumentará si cada día te esfuerzas al máximo. Tanto en el ejercicio como en la vida, nunca avanzaremos si nunca descansamos.

Ya sea que se hable del descanso en general o del descanso del día de reposo, siempre está el peligro de caer en el legalismo. Pero es probable que el mayor peligro para la mayoría de nosotros no sea la escrupulosidad excesiva, sino nuestra indiferencia ante el regalo que Dios nos ha dado. Lo primero que debemos recordar sobre el día de reposo es que Jesús dijo que el día de reposo se hizo para el hombre, y no el hombre para el día de reposo (Mr 2:27). Descansar, cualquier día, es un regalo de Dios para nosotros, si tan solo confiamos en Él lo suficiente como para recibirlo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kevin DeYoung
Kevin DeYoung

El Rev. Kevin DeYoung es pastor de Christ Covenant Church en Matthews, N.C., y maestro asistente de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary de Charlotte, N.C. Es autor de numerosos libros, incluyendo Taking God at His Word [Confía en Su Palabra] y Just Do Something [Haz algo].

La fidelidad de Cristo en las cosas pequeñas

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

La fidelidad de Cristo en las cosas pequeñas

Sinclair B. Ferguso

Nota del editor: Este es el quinto y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

Es un principio en el Reino de Cristo que, quien «es fiel en lo muy poco, es fiel también en lo mucho» (Lc 16:10). Pero en ese Reino, el Señor Jesús también practicó lo que predicó. Toda Su vida ilustró «la fidelidad en las cosas pequeñas». El tema merece ser tratado en un libro, y este breve ensayo pretende simplemente animarnos a reconocer algunas de las pequeñas cosas que hemos tendido a pasar por alto en la vida del Salvador. Aquí hay cinco de ellas.

Jesús fue «humilde de corazón» en Su atención a los «pequeños»: los pobres, los enfermos y, sí, también los niños.

  1. Jesús fue un niño conforme a Éxodo 20:12: Él observó el mandato de «[honrar] a tu padre y a tu madre». Sabemos que esto ya era cierto de Él cuando tenía solo doce años, como vemos en Lucas 2:41-52. Cuando José y María lo llevaron a la fiesta de la Pascua en Jerusalén ese año, ellos en realidad lo «perdieron». «Y al regresar ellos, después de haber pasado todos los días de la fiesta, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo supieran Sus padres… y comenzaron a buscarle» (vv. 43-45). Cuando finalmente lo encontraron en el templo, los nervios de María se irritaron un poco: «¿Por qué nos has tratado de esta manera?… tu padre y yo…» (una frase que la mayoría de los niños reconocen como una fuerte reprimenda). Ella culpó a Jesús a pesar de que Él era su responsabilidad (v. 48). Pero observa a Jesús: Él explicó amablemente que había ido al único lugar en la ciudad donde ellos debían haber sabido que lo encontrarían («¿Acaso no sabíais que me era necesario estar en la casa de Mi Padre?»). Y luego fíjate en lo que Lucas añade: «Y descendió con ellos… y continuó sujeto a ellos» (vv. 49-51). Sí, aunque lo habían culpado injustamente, Jesús honró el quinto mandamiento de Su Padre al obedecer a Sus padres terrenales. Ciertamente, prestó atención de manera detallada a todos los mandamientos de Su Padre.
  2. Jesús fue también un hombre conforme a Deuteronomio 8:3: Él «no solo [vivió] de pan…, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (ver Mt 4:4). De toda palabra. Jesús no solo creyó en la «inspiración verbal y plenaria» sino en la obediente «alimentación verbal y plenaria». Cada palabra de Su Biblia fue vital para Él. Se deleitó en la fidelidad minuciosa: quería conocer, amar y obedecer cada palabra que Dios había espirado.
  3. Por otra parte, Él fue un orador conforme a Proverbios 16:23-24: Él valoró y usó «palabras agradables», que son como «panal de miel… dulces al alma y salud para los huesos» (v. 24). Y por eso, la gente se maravillaba de las «palabras agradables» que hablaba. Según Proverbios 16:24, tal discurso tiene tanto la dulzura como las propiedades medicinales de la miel. Pablo se hace eco de ese comentario y nos insta a seguir el ejemplo de Jesús (Col 4:6). Jesús prestó atención a la forma en que hablaba. Su discurso da la impresión de un pensamiento profundo y cuidadoso y una preocupación por los demás. Además, nunca parece haber desperdiciado una palabra. ¿Cómo es esto? Es porque Él tenía «lengua de discípulo» y sabía cómo «sostener con una palabra al fatigado» (Is 50:4); Sus palabras agradables hicieron eso.
  4. Nuestro Señor fue también un ejemplo conforme a Isaías 42:2-4 (Mt 12:20): en particular «no quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que humea». Observa Su reacción cuando Marta, llena de tensión, lo confronta y se queja porque María no está ayudando con la comida y que Jesús no está haciendo nada al respecto. «Marta, Marta,» Él dice (Lc 10:41). Sí, vendrán palabras de corrección, pero primero están las palabras de profundo afecto para dar seguridad y calmar a Su amiga.
  5. Entonces, Jesús fue —según Su propia declaración— un Salvador conforme a Mateo 11:28-30: Él fue, ciertamente, «manso y humilde de corazón». Trató a los enfermos como si fueran Su propia familia; fue «manso» en la forma en que se acercó a las viudas como si fueran Su madre; Él fue «humilde de corazón» en Su atención a los «pequeños»: los pobres, los enfermos y, sí, también los niños. Estas no son cosas de «gran escenario» sino pequeños detalles. Es ciertamente significativo que un hombre que lo «injuriaba» se convirtiera al ver la forma en que murió (Mt 27:44Lc 23:42-43) y quizás no menos importante por la forma en que cuidó a la madre que lo había amado (Jn 19:26-27).

¿Hay una explicación para esto? La encontramos, al menos en parte, donde Jesús mismo la encontró, en Isaías 50:4: «Mañana tras mañana me despierta, despierta mi oído para escuchar como los discípulos». Aunque no poseía una Biblia hebrea propia, la había escondido en Su corazón. Él escuchaba la Palabra de Dios cada día y meditaba en ella; eso significa algo más que simplemente leerla. Él estaba reflexionando en ella, asimilándola, digiriéndola.

Los padres de Jesús debían haber sabido que si lo iban a encontrar en algún lugar de Jerusalén, sería en el templo. ¿No le habían enseñado a desear una cosa, es decir, a «[habitar] en la casa del SEÑOR… para contemplar la hermosura del SEÑOR, y para meditar en Su templo» (Sal 27:4)? Eso fue exactamente lo que estaba haciendo cuando Su «padre y… madre [lo abandonaron] (v. 10).

La fidelidad de nuestro Señor en las cosas pequeñas, entonces, fue simplemente el reflejo de la perfecta belleza que Él vio en el rostro de Su Padre mientras escuchaba ansiosamente lo que Él tenía que decir. Que eso también sea así para nosotros.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

Fieles en las cosas pequeñas donde somos llamados

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

Fieles en las cosas pequeñas donde somos llamados

Por David Mathis

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

Henry tenía un padre negligente que se distraía a sí mismo con la caza y la pesca. En su pereza e irresponsabilidad, envió al joven Henry a un internado y dejó que el director se hiciera cargo de él; llegó hasta el punto de firmar sus cartas como «Tío» en lugar de «Papá». Sin embargo, para Henry Francis Lyte (1793-1847), quien llegaría a convertirse en un buen pastor y un poeta célebre, el evangelio de Cristo redimió su entendimiento de lo que significa tener un Padre, trabajar ante Su cálida sonrisa, llamarle «Abba» y anhelar verle cara a cara.

Tal gozo estabilizante inspiró a Lyte a escribir: «Cristo, mi cruz he tomado», un poema que fue tan conmovedor y centrado en Dios que se le puso música para cantarlo en la congregación. Y a pesar de las dificultades de sus inicios, cuando Lyte estuvo a punto de morir, sus últimas palabras fueron: «¡Paz! ¡Gozo!».

Gozo en cada llamado

En una de las líneas más memorables del himno, Lyte llama a los cristianos a «[hallar] gozo en cada estación»:

Alma mía, eres salva,
deja el miedo y el pecar.
Halla gozo en cada estación
aunque haya más que soportar.
¿O qué Espíritu en ti habita
y qué Padre has de gozar?
Si Jesús vino a salvarte,
¿qué más puedes desear?

En otras palabras, Dios es lo suficientemente grande como para ayudarnos hasta en nuestras tareas más insignificantes. Él es lo suficientemente santo como para santificar nuestros momentos más banales. Él es lo suficientemente grandioso como para darle importancia a las cosas pequeñas de nuestras vidas. Y en ellas, darnos un gozo precioso y peculiar. En Cristo, por medio de Su Espíritu, hay «gozo en cada estación», no solo en los destellos brillantes y públicos de nuestras diferentes vocaciones, sino en los momentos más pequeños, más banales y aparentemente insignificantes de nuestras vidas.

¿En cuáles «cosas pequeñas» de tus estaciones aún no has descubierto el gozo que las acompaña?

Las cosas pequeñas importan. Y nuestros fracasos en ellas muestran cómo subestimamos la grandeza de nuestro Dios. Independientemente de qué tan pequeño sea el asunto, el Dios del Salmo 139 ve, sabe y se preocupa. «¿Adónde me iré de Tu Espíritu, o adónde huiré de Tu presencia?» (Sal 139:7).

Los pequeños hábitos

J. C. Ryle (1816-1900), el obispo anglicano evangélico, publicó una serie de sermones para niños titulada Stories for Boys and Girls [Historias para niños y niñas], en la cual escribe: «Oh, queridos hijos míos, ¿quién puede medir el poder que tienen los pequeños? ¡El poder de los pequeños es maravilloso! Nadie sabe lo que se puede lograr con un poco, y otro poco, y otro poco». Ryle continúa: «Oh, ¡la importancia de los pequeños hábitos! Hábitos de lectura, hábitos de oración, hábitos de alimentación, pequeños hábitos a lo largo del día… todas estas cosas son pequeñas. Pero conforman el carácter, y son de suma importancia».

Cada llamado particular en la vida, en cada etapa específica, nos presenta oportunidades únicas para ser fieles en las cosas pequeñas, con sus respectivos gozos. ¿Has considerado tus llamados y las distintas oportunidades que te ofrecen? Ya sea en el trabajo, en casa o en la Iglesia, ya sea como padre o madre, ya sea como esposo o esposa, ya sea como amigo o vecino, Dios quiere que conozcamos el placer de agradarle; no solo en los momentos grandes y públicos que tendemos a enfatizar, sino también (y especialmente) en los hábitos secretos y aparentemente insignificantes que «conforman el carácter» y «son de suma importancia».

¿En cuáles «cosas pequeñas» de tus estaciones aún no has descubierto el gozo que las acompaña?

En el trabajo

Crecí siendo hijo de un dentista, y solía escuchar a los pacientes de mi padre elogiándolo efusivamente por su trabajo. Más de uno lo llamaba «el doctor indoloro». Otros comentaban alegremente sobre lo agradable que eran las consultas, a diferencia de las experiencias miserables que habían tenido en otros consultorios. En múltiples ocasiones, escuché a los pacientes de mi padre decir cómo podían ver por sí mismos la calidad de los empastes (cosas pequeñas) al mirarse en el espejo comparándolos con empastes hechos por otros dentistas, quienes simplemente «llenaban el hueco».

Muchos de nosotros dedicamos la mitad de nuestras vidas al trabajo, e incluso las ocupaciones públicas más glamurosas están llenas de cosas pequeñas. Así que no debería sorprendernos que, al hablar específicamente acerca de nuestro trabajo, el apóstol Pablo enfatice los aspectos que solemos pasar por alto. «Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3:23); «Servid de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres» (Ef 6:7). En dos ocasiones enfatiza la «sinceridad de corazón» y habla de servir «no para ser vistos, como los que quieren agradar a los hombres» (Ef 6:5-6Col 3:22).

Las cosas pequeñas acaban sumando mucho a lo largo del tiempo, como la manera en que tratamos la propiedad y los recursos de nuestro empleador, si trabajamos con diligencia cuando no nos están viendo, si animamos constantemente a nuestros empleados y compañeros de trabajo y si estamos dispuestos a sacrificar nuestra productividad con tal de escuchar. ¿Dedicaremos unos minutos extra a limpiar un espacio común? ¿Honraremos el tiempo de los demás llegando a tiempo (o incluso más temprano) o no convocando reuniones innecesarias o dejando que se prolonguen más allá del punto en que los rendimientos disminuyen?

Tal fidelidad en las cosas pequeñas suele comenzar cuando somos estudiantes. La vida universitaria está llena de momentos pequeños y aparentemente insignificantes en los cuales nos entrenamos para una carrera de trabajo diligente y energético, o nos acostumbramos a ceder a la pereza y a preferir el camino fácil. En la universidad, los cristianos pueden honrar a Dios practicando la honestidad académica y estudiando, tal como Pablo exhortó a Timoteo: «… como obrero que no tiene de qué avergonzarse» (2 Tim 2:15).

En Efesios 6 y Colosenses 3, Pablo no solo nos insta a ser industriosos en nuestras labores sino que promete una recompensa. Él quiere que recordemos la bendición y que la anhelemos (Hch 20:35). Nos dice que debemos trabajar duro «sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia» (Col 3:24) y «sabiendo que cualquier cosa buena que cada uno haga, esto recibirá del Señor» (Ef 6:8).

En el hogar

De manera particular, el hogar nos recalca la importancia de lo que no se ve y de lo que no tiene glamur. Para la mayoría de nosotros, el hogar es, por naturaleza, más privado que el lugar de trabajo. Así que es probablemente en nuestras vidas domésticas donde más vemos secuencias de muchas cosas pequeñas.

Para aquellos que trabajan fuera del hogar, estar en él puede ser una sorprendente tentación a la pereza. Si salimos «a trabajar», podríamos asumir que vamos a casa solo para descansar. No hay duda de que el descanso, tanto en las noches como en el día de reposo, suele suceder en casa, pero el hogar no es solamente para descansar. Y eso es especialmente cierto cuando hay niños a tu alrededor.

Aquí los momentos que no se ven son los que más importan. Para los esposos y las esposas, podría tratarse de esas pequeñas consideraciones cuando la otra persona no está cerca. ¿Qué tan dispuestos estamos a hacer las tareas domésticas para evitar que se le acumulen a nuestro cónyuge? ¿Qué tan rápido nos remangamos la camisa para lavar los platos o nos metemos al baño para darle una limpieza que sea verdaderamente cristiana? Cuando estoy cansado, ¿me muestro dispuesto a agotarme para resolver un desastre del cual mi esposa ni se daría cuenta a menos que yo lo deje ahí? ¿Y qué tan dispuesto estoy a invertir la energía extra que se necesita luego de un largo día para pensar y comunicar palabras de afirmación en vez de solo expresar frustraciones?

Las cosas pequeñas de la vida en el hogar también incluyen a nuestros vecinos: saludarlos, detenernos para escuchar, cuidar de sus casas, ofrecerles una mano y ayudarles con un gozo contagioso.

En la Iglesia

Considera cómo todas las cualidades de los ancianos en la Iglesia son cosas pequeñas. Tal como ha observado Don Carson, es significativo ver lo insignificantes que son, en un sentido, los requisitos para servir en la Iglesia (1 Tim 3:1-13Tit 1:5-9). Son cosas pequeñas que se van sumando. Lo que necesitamos de nuestros pastores, y de toda la Iglesia, no es un intelecto de clase mundial, sino el tipo de fidelidad en las cosas pequeñas que es fundamental para la madurez cristiana y que sirve de ejemplo para el rebaño (1 Tim 4:121 Pe 5:3).

En la vida de Iglesia, las cosas pequeñas son muy útiles (como llegar unos minutos antes al servicio de adoración y quedarse unos minutos más al final para saludar y relacionarse con los demás). Cuando llegas tarde y sales desde que hacen la oración final, no permites que ocurran algunas de las interacciones humanas más importantes de toda la semana, tanto para ti como para otros. Y cada Iglesia local necesita voluntarios para llevar a cabo varios ministerios. Estos voluntarios tienen que presentarse tal y como lo prometieron y cumplir con responsabilidades que no suelen ser celebradas, ya sea cuidando o enseñando a niños, sirviendo como ujier, dando la bienvenida en la puerta o ayudando con el estacionamiento; aparte de orar regularmente por la Iglesia y por sus líderes, y de buscar formas de cuidar tangiblemente a familias que estén pasando por temporadas difíciles.

Entra en el gozo

Mi padre, el dentista indoloro, casi cumple setenta años y pronto llegará al final de su vida laboral. Uno puede ver el fruto de décadas de fidelidad en las cosas pequeñas al ver a tantos levantándose y llamándolo bienaventurado. Como un hijo que ama profundamente a su padre, oro que pasen muchos años más antes de que concluyan sus días en el hogar y en la Iglesia. Pero cuando lleguen a su fin, tanto para él como para el resto de nosotros, cuán increíblemente dulce será escuchar el elogio de nuestro Señor por ser fieles en las cosas pequeñas: «Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor» (Mt 25:21).

Hasta ahora, han sido muchas las veces que hemos pasado por alto el gozo escondido en las cosas pequeñas de cada estación. Vamos a encontrarlo mientras podamos. Muy pronto llegará el gozo de la estación final, uno que nunca dejará de madurar, de profundizar ni de expandirse.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David Mathis
David Mathis

David Mathis es editor ejecutivo de desiringGod.org, pastor de Cities Church en Minneapolis/Saint Paul, Minn., y autor de Habits of Grace: Enjoying Jesus through the Spiritual Disciplines [Hábitos de gracia: Disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales].

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 7ma. parte

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 7ma. parte

Robert Rothwell

Nota del editor: Esta es la séptima y última parte del tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

En la primera parte de este artículo, nos enfocamos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era primitiva. En la segunda parte vimos algunos ejemplos bíblicos durante la era patriarcal. En la tercera parte, tratamos algunos ejemplos durante la era del éxodo. En la cuarta parte, nos enfocamos en la era de Josué y los jueces. Luego, en la quinta parte, vimos algunos ejemplos bíblicos desde la era de los reyes y los profetas hasta el retorno del pueblo de Israel del exilio. En la sexta parte, vimos algunos ejemplos durante los albores del nuevo pacto. Para cerrar con este articulo, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era apostólica.

La era apostólica

Consideramos mayormente el Evangelio de Lucas al ver a algunas de las personas que fueron fieles en las cosas pequeñas durante el ministerio de Jesús. Pero no nos olvidemos del mismo Lucas. Tenemos el Evangelio de Lucas y el libro de los Hechos porque Lucas el médico fue fiel en las cosas pequeñas. Él fue minucioso al consultar las diferentes fuentes respecto a la vida de Cristo y el ministerio apostólico, rastreando los detalles menores, asegurándose de registrar correctamente las palabras de las figuras claves, revisando y volviendo a revisar su obra para darnos un relato ordenado del ministerio de nuestro Salvador y de la labor de los apóstoles después de la ascensión de Cristo (Lc 1:1-4Hch 1:1-3). Además, Lucas viajó con Pablo y sirvió fielmente al apóstol donde fuera que Pablo lo requiriera. Lucas incluso estuvo con Pablo al final de su vida, sirviéndole fielmente (Col 4:142 Tim 4:11). De seguro no estamos especulando excesivamente si decimos que Lucas fue fiel como amigo y doctor en el cuidado de las cosas pequeñas ligadas al ministerio de Pablo, prescribiéndole varios tratamientos sencillos y asistiendo a Pablo para aliviar sus cargas cuando podía hacerlo: colocándole y extrayéndole puntadas para cerrar sus heridas, buscándole medicinas, tomando notas de los sermones del apóstol, etc.

Dios continuará llevando a cabo Sus propósitos hasta llegar a la consumación de Su Reino cuando Jesucristo regrese.

Priscila y Aquila también se destacan como personas fieles en las cosas pequeñas durante el período apostólico. El discipulado puede ser una tarea ardua. Hacerlo bien requiere de un gran compromiso y de una perseverancia constante para enseñar a tiempo y fuera de tiempo, aprovechando los pequeños momentos y conversaciones, así como deben hacerlo los padres cuando están enseñando la ley de Dios a sus hijos. Priscila y Aquila discipularon fielmente a Apolos en las cosas pequeñas, pues él «enseñaba con exactitud las cosas referentes a Jesús» —los fundamentos del evangelio—, pero necesitaba ayuda para entender los asuntos que no eran centrales en cuanto a lo que es necesario creer para ser salvo (Hch 18:24-28).

Los apóstoles nombran a muchos individuos que les sirvieron fielmente mientras desarrollaban su ministerio apostólico. Ya hemos mencionado a Lucas, pero las salutaciones finales de las epístolas enumeran a muchos otros hombres y mujeres. Hay otro ayudador que se destaca: Epafrodito, quien sirvió a Pablo como asistente y mensajero, llevando obsequios de la iglesia de Filipos para apoyar al apóstol mientras estaba encarcelado en Roma. La tarea de llevar estos fondos ciertamente involucraba aspectos para nada glamurosos: era necesario hacer planes de viaje y prestar atención a detalles pequeños como la preparación del equipaje. Sin embargo, Epafrodito fue fiel en todas las cosas necesarias para llevar a cabo la labor, tanto en las grandes como en las pequeñas. Incluso casi murió en el proceso, pero eso no aminoró su fervor por ser fiel en las cosas pequeñas (Flp 2:19-304:18).

Por último, pero no menos importante, el elogio que Pablo hace de la fe de Loida y Eunice, la abuela y la madre de Timoteo respectivamente, es un testimonio de la importancia de la fidelidad en las cosas pequeñas. Aquí tenemos a dos mujeres más en la comunidad pactual que siguieron los mandamientos de Deuteronomio 6:4-9 e imprimieron la ley de Dios en los corazones de sus hijos. ¿De qué otra manera habría Timoteo conocido desde la niñez «las Sagradas Escrituras» que nos dan «la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús» (2 Tim 1:53:15)? La fidelidad de estas mujeres al enseñar la Palabra de Dios en los pequeños momentos cotidianos de la formación de Timoteo le dio a la Iglesia un siervo de Dios dedicado y un pastor fiel.

La fidelidad importa

Hemos podido resaltar solo algunos ejemplos de cómo la fidelidad en las cosas pequeñas fue clave en la historia de la salvación. Desde los casos de las figuras bien conocidas (como Jacob, David y María) hasta los de las menos conocidas (como Puá, Eunice y los padres israelitas que no fueron nombrados), la fidelidad en los asuntos pequeños, en los detalles, ha sido usada por Dios para edificar Su Reino. Sin embargo, Dios continúa contando Su historia; Él continuará llevando a cabo Sus propósitos hasta llegar a la consumación de Su Reino cuando Jesucristo regrese. Como hemos visto, no necesitamos ser líderes famosos ni magníficos para desempeñar papeles importantes en esta historia. Necesitamos ser fieles en las cosas pequeñas que Dios nos ha llamado a hacer.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.