La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 6ta. parte

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 6ta. parte

Robert Rothwell

Nota del editor: Esta es la sexta parte del tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

En la primera parte de este artículo, nos enfocamos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era primitiva. En la segunda parte vimos algunos ejemplos bíblicos durante la era patriarcal. En la tercera parte, tratamos algunos ejemplos durante la era del éxodo. En la cuarta parte, nos enfocamos en la era de Josué y los jueces. Luego, en la quinta parte, vimos algunos ejemplos bíblicos desde la era de los reyes y los profetas hasta el retorno del pueblo de Israel del exilio. En esta ocasión, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante los albores del nuevo pacto.

Los albores del nuevo pacto

No tenemos una fuente divinamente inspirada que hable sobre la fidelidad del pueblo de Dios durante los cuatrocientos años que pasaron entre el cese de la profecía luego de Malaquías y la restauración de la profecía en el siglo I d. C. con el ministerio de Juan el Bautista. Sin embargo, hay mucha literatura extrabíblica que da testimonio del compromiso hacia la ley de Dios de muchos judíos que vivieron en esa era. El Nuevo Testamento incluso testifica indirectamente sobre la fidelidad de muchos judíos en las cosas pequeñas. Después de todo, no habría habido gente justa como Zacarías y Elisabet —los padres de Juan el Bautista— o María y José —la madre y el padre adoptivo de Jesús— si sus predecesores no hubieran traspasado el conocimiento de Dios a las siguientes generaciones. No hay duda de que la fe de Zacarías, Elisabet, María y José tuvo mucho que ver con los esfuerzos de sus padres, abuelos, tatarabuelos y otros ancestros por enseñar la ley de Dios en sus familias durante la vida cotidiana y por transmitir la sabiduría de Proverbios y otros libros bíblicos a sus descendientes (Mt 1; Lc 1:1 – 2:7; ver Dt 6:4-9Pr 1:7-8).

El artículo del Dr. Sinclair Ferguson publicado en esta serie se enfoca en la fidelidad de Cristo en las cosas pequeñas, pero Él no fue el único judío fiel durante Su tiempo aquí en la tierra. Ya hemos mencionado la fe de María y José, pero notemos cómo esta se evidenció a partir del nacimiento de Jesús. Lucas 2:22-24 nos muestra su atención a los detalles de la ley cuando subieron a Jerusalén para ofrecer los sacrificios para la purificación. Ofrecieron un par de aves, el sacrificio que se le permitía a los padres pobres en la dedicación de su hijo a Dios (Lv 12). A pesar de que se trataba de un requisito ritual, podríamos decir que era algo pequeño. Las familias pobres seguramente podían pensar en cosas «mejores» o más urgentes en las cuales invertir sus recursos limitados. Sin embargo, María y José fueron fieles a todas las leyes de Dios, incluso aquellas que parecían ser de menor importancia o menos prioritarias con respecto a su pobreza. Y ya que estamos considerando este episodio, no olvidemos a la profetisa Ana y al hombre devoto llamado Simeón. Tanto Ana como Simeón recibieron algún tipo de revelación especial del Espíritu Santo de que Jesús era el Mesías prometido (Lc 2:25-38). ¿Pero cómo sabían ellos que vendría un Mesías, la «consolación de Israel» y la «redención de Jerusalén»? La respuesta tiene que ser que ellos eran personas devotas que prestaban atención a toda la Palabra de Dios. Debido a que conocían incluso las partes «pequeñas» de la Escritura, esperaban a un Salvador de Israel.  

La fidelidad en las cosas pequeñas significa perseverar hasta el final, llevando a cabo los detalles hasta que el trabajo se haya completado.

Una vez que comenzó el ministerio público de Jesús, muchas personas fueron fieles en las cosas pequeñas, bendiciendo a nuestro Señor y permitiendo que Su obra continuara. Es probable que todo el que de niño haya tomado clases de escuela dominical haya escuchado una lección sobre el niño que donó cinco panes y dos peces a Jesús en una de las ocasiones en que nuestro Salvador multiplicó los alimentos para dar de comer a miles de personas. Fue una pequeña cantidad de comida y un pequeño gesto de fidelidad. Sin embargo, esta fidelidad en las cosas pequeñas permitió que Jesús pudiera multiplicar esos alimentos para dar de comer a la multitud y revelarse a Sí mismo como el Pan de Vida (Jn 6).

En el ministerio de Jesús se destaca bastante la fidelidad de las mujeres. Considera, por ejemplo, a la suegra de Pedro, quien desempeñó fielmente los pequeños deberes de la hospitalidad para servir a Jesús y a Sus discípulos, supliéndoles alimento y bebida cuando visitaron Capernaúm (Lc 4:38-39). El Evangelio de Lucas también describe a mujeres como María Magdalena, Juana y Susana, quienes aportaban los fondos para proveer todo lo necesario a fin de que Jesús y los discípulos pudieran ministrar (Lc 8:1-3). Muchas de estas mujeres, si no todas, eran ricas, así que es probable que para ellas fuera solo un pequeño sacrificio el contribuir a la obra de Jesús y de los doce. Sin embargo, fueron fieles patrocinadoras de nuestro Señor mientras Él viajaba y enseñaba.

Al hablar de las mujeres que fueron fieles en las cosas pequeñas durante el ministerio de Jesús, no podemos olvidar a las mujeres de Galilea que siguieron a Jesús y estuvieron presentes en Su crucifixión y sepultura. Ellas prestaron atención al lugar donde fue puesto el cuerpo de Jesús, y prepararon especias y ungüentos para embalsamarlo. Tuvieron que asegurarse de que las cantidades de los ingredientes para el embalsamamiento fueran precisas, prestando atención a proporciones y detalles diminutos. Habría sido fácil olvidar por completo esta labor, pues Jesús había muerto como un delincuente a manos de Roma y asociarse con Él era algo riesgoso. Sin embargo, estas mujeres —María Magdalena, Juana y María la madre de Jesús, además de otras— fueron fieles en los aspectos pequeños de la sepultura de Jesús. En su fidelidad, tuvieron la bendición de ser las primeras testigos de la resurrección de nuestro Señor (Lc 23:55 – 24:11).

La fidelidad en las cosas pequeñas significa perseverar hasta el final, llevando a cabo los detalles hasta que el trabajo se haya completado. Las mujeres hicieron esto con respecto a la sepultura de Jesús, pero también vemos similarmente la fidelidad de José de Arimatea y de Nicodemo cuando Jesús murió. Ellos proveyeron la tumba y las primeras especias para embalsamar el cuerpo de Jesús, y también envolvieron Su cuerpo en telas de lino. Estos hombres financiaron la sepultura de Jesús, lo cual fue un gasto considerable. Aun así, era una «cosa pequeña», pues involucraba ser fiel cuando los otros discípulos habían huído, pero estos hombres perseveraron en los pequeños detalles de su discipulado hasta donde ellos entendieron que era el final (Jn 19:38-42).


Nota del editor: En la séptima y última parte de este artículo, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era apostólica.
Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 5ta. parte

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 5ta. parte

Robert Rothwell

Nota del editor: Esta es la quinta parte del tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

En la primera parte de este artículo, nos enfocamos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era primitiva. En la segunda parte vimos algunos ejemplos bíblicos durante la era patriarcal. En la tercera parte, tratamos algunos ejemplos durante la era del éxodo. En la cuarta parte, nos enfocamos en la era de Josué y los jueces. En esta ocasión, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas desde la era de los reyes y los profetas hasta el retorno del pueblo de Israel del exilio.

La era de los reyes y los profetas

Saúl, el primer rey de Israel, aprendió por las malas la importancia de la fidelidad en las cosas pequeñas. Cuando recibió la orden de destruir por completo a los amalecitas, incluyendo a su rey y su ganado, Saúl prestó atención a las cosas pequeñas, pero de mala manera. Se suponía que debía matar a todos los animales y a todas las personas, pero le perdonó la vida a Agag, el rey de los amalecitas, y se tomó el tiempo para sacar a los mejores animales a fin de preservarlos. Fue necesario prestar atención a los detalles pequeños de los animales para determinar cuáles eran de buena calidad y cuáles no. Al considerar esas cosas pequeñas, Saúl estaba siendo infiel, pues el Señor le había ordenado matar a los animales. Como consecuencia, el Señor rechazó a Saúl como rey de Israel (1 Sam 15).

Esto nos lleva a David, el rey más grande del antiguo Israel, un hombre famoso por su destreza en las batallas y su dedicación al Señor. Sin embargo, ¿qué tan seguido recordamos que David allanó el camino hacia su éxito real siendo fiel en las cosas pequeñas durante su juventud? Antes de ser elegido como rey, durante sus años de formación, David apacentó fielmente el rebaño de su padre Isaí. Al igual que otros buenos pastores, él tuvo que conocer a las ovejas por nombre, estar pendiente a la más mínima señal de enfermedad o lesión, memorizar cuáles eran los senderos seguros, saber cómo reconocer los mejores pastos para alimentarlas, estar alerta a la presencia de depredadores sigilosos y estar atento a una multitud de otras cosas pequeñas. Para ahuyentar a los depredadores, tuvo que hacerse experto lanzando piedras con su honda, practicando constantemente aun cuando no tuviera ganas de desarrollar su puntería. Para llegar al punto de poder aturdir o incluso matar a un depredador que persiguiera a sus ovejas, David tuvo que entrenar para mejorar su precisión, enfocándose en cosas pequeñas como el peso de la piedra, la fuerza del lanzamiento, la distancia adecuada desde la cual lanzarla, etc. Sí, el Señor estuvo con David para darle la victoria sobre Goliat, pero el éxito de David al matar al gigante posiblemente fue el resultado de los años de práctica con su honda (1 Sam 16 – 17). Este cuidado en las cosas pequeñas sin duda alguna fue beneficioso para él, ya que lo entrenó para desarrollar estrategias de batalla. Si uno aprende a engañar y ahuyentar a un lobo astuto, uno está bien preparado para derrotar a un soldado hábil.

Salomón cayó en idolatría casi al final de su vida, pero la fidelidad y el cuidado que mostró previamente en las cosas pequeñas le entregó al pueblo de Dios un tesoro de sabiduría que trasciende las edades. «Dios dio a Salomón sabiduría, gran discernimiento», y Salomón usó fielmente este don prestando atención a los detalles de la creación —a la fortaleza y la majestad de los cedros del Líbano; al comportamiento de las bestias, las aves, los reptiles y los peces (1 Re 4:29-34)—. Él fue fiel en buscar las pequeñas maneras en las que todas estas cosas exhiben sabiduría incluso para los seres humanos, y el fruto de sus labores se encuentra en el libro de Proverbios. Muchos de los proverbios bíblicos están basados en analogías sacadas del mundo natural (p. ej., Pr 6:6-1127:18).

Muchos de los ejemplos de fidelidad en las cosas pequeñas que vemos en la Escritura tienen que ver con la hospitalidad.

A propósito del libro de Proverbios, su misma existencia es un testimonio del impacto de la fidelidad en las cosas pequeñas. El libro de Proverbios parece presentarse como una herramienta para enseñar sabiduría y el temor del Señor a los jóvenes (1:7-8). Ya que fue recopilado bajo la inspiración del Espíritu Santo hace muchos siglos, el libro de Proverbios ha sido usado por el pueblo de Dios para equipar a los hijos e incluso a los adultos para servir a nuestro Creador. No tenemos un registro de cada hombre y mujer que en la historia de la comunidad del pacto ha sido fiel en los pequeños detalles descritos en Proverbios. Sin embargo, al igual que los mandamientos dados por medio de Moisés, los proverbios bíblicos han sido inculcados a la gente día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año (ver Dt 6:4-9). El poder que ha surgido gracias a la fidelidad en los pequeños momentos para enseñar estos «pequeños» proverbios es incalculable. No nos atrevemos a perder de vista lo que los padres y los líderes de la Iglesia pueden lograr en cuanto al sustento y la madurez del pueblo de Dios mediante la enseñanza de las perlas de sabiduría que encontramos en la Palabra de Dios, incluyendo el libro de Proverbios.

Muchos de los ejemplos de fidelidad en las cosas pequeñas que vemos en la Escritura tienen que ver con la hospitalidad. En las culturas antiguas que recibieron las Escrituras por primera vez, la hospitalidad era tan natural que podríamos verla como algo pequeño. Dicho de otro modo, se esperaba que las personas fueran hospitalarias incluso con los extraños, pero especialmente con los siervos del Señor. Aunque atender a huéspedes requiere esfuerzo, era algo «pequeño», una expectativa cotidiana enraizada en la sociedad, nada fuera de lo común. Durante el período de los reyes de Israel y de Judá, tenemos dos ejemplos notables de hospitalidad fiel. La viuda de Sarepta le dio al profeta Elías la poca comida que le quedaba, y la mujer sunamita construyó un cuarto donde Elías se podía alojar cuando estuviera en la ciudad (1 Re 17:8-162 Re 4:8-17). Estas mujeres sirvieron fielmente a los profetas de Dios en la «pequeña labor» de la hospitalidad y en todas las cosas ordinarias asociadas a ella (hacer la cama, preparar la comida, etc.). Su fidelidad en las cosas pequeñas sustentó a los profetas mientras ellos hacían sus labores vitales. ¿Quién puede estimar todo el bien que la hospitalidad del pueblo de Dios ha producido a lo largo de la historia de la Iglesia cada vez que los predicadores, los misioneros y otros se han encontrado con santos hospitalarios en momentos de necesidad?

Dios siempre ha esperado que Su pueblo testifique acerca de la obra y la gloria del Señor de Israel. Esto es parte de lo que significa que los hijos de Dios sean un «Reino de sacerdotes» (Ex 19:6Sal 71:17Mt 28:18-201 Pe 2:9). Esto también podría considerarse algo pequeño. Muchos misioneros a tiempo completo tienen el llamado específico de convertir este testimonio en la labor de sus vidas y de ir a lugares lejanos para poder cumplirlo. Por otro lado, la mayoría de nosotros debemos testificar en el transcurso de nuestras vidas cotidianas y ordinarias. De forma muy similar a como enseñamos a nuestros hijos los mandamientos de Dios durante los pequeños momentos de la vida diaria, así también debemos dar testimonio del Señor ante el resto de las personas en nuestras vidas. En los días de Eliseo, cuando el general sirio Naamán contrajo lepra, una muchacha israelita que servía en la casa de Naamán dio testimonio del Dios de Israel y de Su palabra mediante Su profeta. Este testimonio en el transcurso de sus deberes cotidianos, su fidelidad al testificar de Dios en las cosas pequeñas, dio el fruto de la conversión de Naamán (2 Re 5:1-19).

Siglos más tarde, el rey Josías de Judá «hizo lo recto ante los ojos del SEÑOR y anduvo en todo el camino de su padre David; no se apartó ni a la derecha ni a la izquierda» (2 Re 22:1-2). Dicho de otro modo, Josías fue fiel a la ley en todos los asuntos, incluso en las cosas pequeñas. Él no pasó por alto los «mandamientos menores». En sus días, Judá experimentó un breve avivamiento y la postergación de la ira de Dios (2 Re 22:3 – 23:25). Luego de la muerte de Josías, los reyes de Judá regresaron a la infidelidad tanto en las cosas grandes como en las pequeñas, y el pueblo de Dios sufrió la maldición del exilio.

Por último, antes de avanzar hacia el exilio, considera a Baruc, el escriba fiel que sirvió al profeta Jeremías. Baruc prestó atención a las cosas pequeñas cuando hizo su trabajo, asegurándose de registrar cada jota y cada tilde dictada por Jeremías. En ocasiones, parecía que trabajaba en vano. Por ejemplo, el malvado rey Joacim quemó el rollo escrito por Baruc cuando escuchó del juicio divino profetizado contra él. ¿Cómo crees que se sintió Baruc al ver su cuidadoso trabajo en llamas? La Biblia no nos dice, pero Baruc era humano igual que el resto de nosotros. Sin duda se sintió desalentado, y quizá hasta se preguntó: «¿Qué sentido tiene todo este esmero si mi trabajo va a terminar quemándose?». Sin embargo, cuando Baruc recibió la orden de producir un nuevo rollo con las mismas palabras y algunas adicionales, hizo el trabajo. Otra vez prestó atención a las cosas pequeñas, escribiendo cada palabra que Dios revelaba por medio de Jeremías sin alzar la pluma hasta completar el rollo. Debido a que Baruc fue fiel en las cosas pequeñas y prestó atención a los detalles en su trabajo, hoy tenemos el libro de Jeremías para nuestra edificación (Jer 36).

La era del exilio y el retorno

Mientras el pueblo de Dios estaba en el exilio babilónico, vemos ejemplos de fidelidad en las cosas pequeñas en la vida del profeta Daniel. Un pequeño asunto en el que Daniel y sus amigos Ananías, Misael y Azarías mostraron fidelidad fue su dieta. Al haber sido llevados a servir en la corte babilónica, estos jóvenes recibían una porción diaria de comida y de vino de parte del rey. Esta comida y esta bebida violaban las reglas dietéticas del antiguo pacto, y quizá también estaban asociadas con la idolatría. A pesar de que eran importantes, las leyes dietéticas ciertamente formaban parte de los asuntos menos trascendentes de la ley en comparación con cosas como la misericordia y la justicia (ver Mt 23:23-24). Sin embargo, Daniel y sus amigos demostraron ser fieles en estas «leyes pequeñas». Se rehusaron a corromperse con la comida del rey, eligiendo volverse vegetarianos antes que comer lo que estaba prohibido. Dios bendijo su fidelidad en las cosas pequeñas, y los hombres recibieron más sabiduría que los demás oficiales babilónicos (Dn 1).

Cuando los judíos volvieron del exilio, se encontraron con la destrucción de los muros de Jerusalén, por lo que el pueblo ya no estaba protegido de ejércitos invasores, ladrones y otros enemigos. Nehemías lideró el esfuerzo por reconstruir el muro, trabajo que requería mucha atención a detallitos como la evaluación del daño, la determinación de qué debía demolerse y qué podía recuperarse, y la designación de las personas adecuadas para reparar las diferentes secciones del muro, etc. El libro de Nehemías da testimonio de la fidelidad de Nehemías en la supervisión de la reconstrucción del muro. Se mantuvo atento a todos los detalles, grandes y pequeños, y su servicio fiel dio como resultado un nuevo muro para proteger la ciudad santa.


Nota del editor: En la sexta parte de este artículo, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas en los albores del nuevo pacto.
Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
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Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 4ta. parte

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La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 4ta. parte

Robert Rothwell

Nota del editor: Esta es la tercera parte del tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

En la primera parte de este artículo, nos enfocamos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era primitiva. En la segunda parte vimos algunos ejemplos bíblicos durante la era patriarcal. En la tercera parte, tratamos algunos ejemplos durante la era del éxodo. En esta ocasión, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas en la era de Josué y los jueces.

La era de Josué y los jueces

Como en todas las eras de la historia de la redención, la fidelidad en las cosas pequeñas —o la falta de ella— tuvo un impacto increíble durante la era de Josué y de los jueces. Recordamos la era de Josué como una que estuvo caracterizada principalmente por la fidelidad. Por ejemplo, Rahab fue fiel en las cosas pequeñas al mostrar hospitalidad a los espías israelitas. La práctica ordinaria de mostrar bondad a sus huéspedes a la larga les salvó la vida y permitió que ellos le pasaran información confidencial clave a Josué con respecto a la ciudad de Jericó (Jos 2).

Ser fiel en las cosas pequeñas requiere de mucho esfuerzo, el cual suele pasar desapercibido, pero esta fidelidad es lo que caracteriza a los siervos nobles de Dios.

Sin embargo, en los días de Josué, un episodio de infidelidad en las cosas pequeñas casi saboteó la conquista. Dios ordenó a los israelitas que no se quedaran con ninguna de las «cosas dedicadas al anatema»  —oro, plata y otros elementos preciosos— cuando asediaran Jericó. No obstante, Acán, de la tribu de Judá, fue infiel. Se quedó con un hermoso manto y doscientos cincuenta siclos de plata y oro (equivalentes a menos de 3,5 kg en la actualidad) en vez de colocarlos en el tesoro del Señor. A la luz de la riqueza disponible en Jericó, esta era una cantidad pequeña. Lo que Acán no tomó en serio fue algo pequeño, y su desobediencia pareció minúscula. Sin embargo, el pecado de Acán terminó causando la derrota de los israelitas en su primer ataque contra Hai, casi impidiendo la conquista de Canaán (caps. 6-7).

Bajo el liderazgo de los jueces, la infidelidad en las cosas pequeñas estaba a la orden del día. Recordamos a Sansón quizás como el más grandioso de los jueces; sin embargo, él fue infiel en los detallitos de su voto de nazareo. Hacia el fin de su vida, Sansón había violado todos los requisitos del nazareato (cosas relativamente sencillas como no beber alcohol, no cortarse el pelo y no acercarse a cuerpos muertos). Dios lo utilizó para eliminar a muchos filisteos, pero su infidelidad en las cosas pequeñas lo llevó a tener que perder la vida para lograrlo (Jue 13 – 16; ver Nm 6).

Por supuesto, durante el período de los jueces también hubo miembros del pueblo de Dios que fueron fieles en las cosas pequeñas. Considera a Rut la moabita, quien no quiso quebrantar el quinto mandamiento aun cuando su suegra Noemí le dio la opción de irse. Rut se apegó a Noemí y fue mucho más allá en el honor que le mostró. Sus pequeñas acciones de fidelidad en el cuidado de Noemí y en la recolección de alimento para ella no fueron ignoradas por Booz. Él vio su fidelidad en las cosas pequeñas —el trabajo corriente y cotidiano necesario para sustentar a su familia— y se dio cuenta de que ella no era una mujer común. Eso es lo que pasa con los asuntos «pequeños»: puede que sea más fácil ser fiel en las cosas grandes de la vida, tomar las decisiones verdaderamente importantes, que perseverar en el trajín cotidiano de la obediencia y el cuidado habituales. Ser fiel en las cosas pequeñas requiere de mucho esfuerzo, el cual suele pasar desapercibido, pero esta fidelidad es lo que caracteriza a los siervos nobles de Dios. La fidelidad de Rut hacia Noemí permitió que el linaje de Judá llegara hasta David y más allá, hasta el Hijo supremo de David: el Señor Jesucristo (Rt 1 – 4; Mt 1:1-17).


Nota del editor: En la quinta parte de este artículo, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas desde la era de los reyes y los profetas hasta el retorno del pueblo de Israel del exilio.
Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
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Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 3ra parte

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La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 3ra parte

Robert Rothwell

Nota del editor: Esta es la tercera parte del tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

En la primera parte de este artículo, nos enfocamos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era primitiva. En la segunda parte vimos algunos ejemplos bíblicos durante la era patriarcal. En esta ocasión, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era del éxodo.

La era del éxodo

Al comienzo de la era del éxodo, vemos el rol fundamental de unas mujeres que fueron fieles en las cosas pequeñas. ¿Cuál es el trabajo de una partera sino ayudar a preservar la vida de la madre y del hijo durante el parto? Ese trabajo requiere prestar atención a un sinfín de detalles pequeños: la respiración y los gemidos de la madre; la posición del bebé en el canal de parto; la presencia o ausencia de toallas limpias, agua y otros artículos. Recordar todas estas cosas diminutas y esenciales es suficientemente estresante, pero en la era del éxodo, las parteras hebreas tuvieron la complicación añadida de un decreto real que les ordenaba matar a los varones recién nacidos de Israel. No obstante, al menos dos de estas parteras, Sifra y Puá, no descuidaron las cosas pequeñas. Continuaron sirviendo fielmente a las madres hebreas, ayudándoles a dar a luz a sus niños (y a sus niñas), prestando atención a los detallitos para que las mujeres y sus hijos estuvieran seguros en el parto, y desobedeciendo al Faraón a fin de que los niños sobrevivieran. A causa de la fidelidad que estas parteras mostraron en las cosas pequeñas, el pueblo de Dios creció en número. Los nombres de Sifra y Puá serán recordados para siempre porque están en la Palabra de Dios (Ex 1:15-22). Dos parteras comunes —que no estaban intentando ser famosas y que probablemente no pensaban que estaban haciendo nada más que ser fieles en sus deberes cotidianos— no han sido olvidadas. Otros pueden pasar por alto la fidelidad de la gente común en las cosas pequeñas, pero Dios no lo hace.

Los israelitas debían instruir a sus hijos e hijas mientras estaban en la casa, mientras estaban viajando, mientras estaban acostados y mientras se estaban levantando.

Sabemos cómo la rapidez mental de Jocabed, la madre de Moisés, salvó a su hijo. ¿Pero nos fijamos también en su fidelidad en las cosas pequeñas? Habiendo vuelto a recibir a Moisés de mano de la hija de Faraón para criarlo, Jocabed desempeñó fielmente la labor de madre. A pesar del esfuerzo y el cansancio involucrados, alimentar y cuidar a un bebé cae dentro de la categoría de las «cosas pequeñas». El cuidado de un bebé implica algunas de las tareas más comunes y menos reconocidas de la vida. No requiere talentos especiales, sino solo prestar atención a cuánto está comiendo el bebé, al tiempo entre las comidas y a otras cosas por el estilo. Hay que prestar atención a decenas de pequeñeces cada día, incluso cada hora, si queremos que el bebé crezca y se desarrolle. Jocabed fue fiel en estas cosas pequeñas, y Moisés creció (Ex 2:1-10; ver 6:20). Años después, él llegó a ser el líder que libró a Israel de Egipto. Nadie debería subestimar lo que puede lograrse cuando una madre es fiel en las cosas pequeñas relacionadas al cuidado de sus hijos.

Después de que los israelitas salieron de Egipto, leemos sobre «Bezaleel y Aholiab y toda persona hábil», a quienes el Señor dio habilidades para trabajar con metales, fabricar telas, tallar maderas y realizar otros oficios (Ex 36:1). Estas personas fueron fieles en las cosas pequeñas del tabernáculo, elaborándolo en conformidad exacta al plan que Dios le dio a Moisés hasta en los detalles más mínimos. Debido a que fueron fieles en las cosas pequeñas, el pueblo de Dios tuvo un tabernáculo donde moraba el Señor y que les apuntaba a Aquel que asumiría nuestra humanidad y «tabernacularía» entre nosotros (Ex 36:2 – 40:38Jn 1:1-14).

Antes de concluir con el período del éxodo, debemos considerar Deuteronomio 6:4-9. Estando en las llanuras de Moab justo antes de entrar a la tierra prometida, los antiguos israelitas escucharon de boca de Moisés la confesión central de su fe —«Escucha, oh Israel, el SEÑOR Señor Señor es nuestro Dios, el SEÑOR uno es»— y la exhortación a enseñar a sus hijos los mandamientos de Dios en cada parte de la vida. Los israelitas debían instruir a sus hijos e hijas mientras estaban en la casa, mientras estaban viajando, mientras estaban acostados y mientras se estaban levantando. Fueron llamados a ser fieles en enseñar incluso los «pequeños mandamientos», las normas del Señor que podrían parecer menores en comparación con leyes como los Diez Mandamientos. Tenían que guiar a sus hijos incluso durante los pequeños momentos de silencio: los cinco minutos que transcurrían entre que se sentaban a la mesa y recibían la cena, los tres minutos que les tomaba ayudar al niño de tres años a quitarse la túnica, el minuto que tomaba darles un beso de buenas noches y apagar la vela. Minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día —mientras trabajaban y mientras jugaban, cuando los niños tenían ganas de escuchar y cuando no las tenían— los antiguos padres israelitas tenían que ser fieles en enseñar a sus hijos e hijas la ley de Dios. Este era un trabajo que muy poca gente veía y que a ratos frustraba a los padres. Después de todo, lograr que sus hijos prestaran atención a la ley no era necesariamente más fácil para ellos que para nosotros. Sin embargo, la fidelidad cotidiana al enseñar incluso los «pequeños» mandamientos y aprovechar los breves momentos de instrucción a la larga producía siervos fieles de Dios. La Escritura menciona a algunos de estos padres —la gran mayoría de ellos no son mencionados—, pero de esos siete mil que no doblaron la rodilla ante Baal en los días de Elías, quizá la mayoría, si no todos, fueron fieles porque sus padres les habían enseñado a no adorar dioses falsos (1 Re 19:18). La gracia de Dios siempre produjo y sustentó a un remanente fiel en Israel, pero el Señor usó a padres que fueron fieles en las cosas pequeñas, que perseveraron en la enseñanza de todos los mandamientos del Señor —tanto «pequeños» como «grandes»— para mantener a ese remanente. Nadie puede subestimar el grado en que la supervivencia del pueblo fiel de Dios en cada generación ha dependido de madres y padres que son fieles en las cosas pequeñas al enseñar a sus hijos los caminos de Dios.


Nota del editor: En la cuarta parte de este artículo,, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era de Josué y los jueces.
Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
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Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 2da parte

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 2da parte

Robert Rothwell

Nota del editor: Esta es la segunda parte del tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

En la primera parte de este artículo, nos enfocamos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era primitiva. En esta oportunidad veremos algunos ejemplos bíblicos durante la era patriarcal.

La era patriarcal

No es sorprendente que también veamos fidelidad en las cosas pequeñas durante la era patriarcal. En diferentes momentos cruciales, Dios usó la fidelidad de un patriarca en deberes pequeños para que Su plan de salvación avanzara.

A Jacob le tomó toda una vida aprender que no puedes servir al Señor usando el engaño. Sin embargo, aun cuando este timador usaba su ingenio para salir de apuros, ponía atención a las cosas pequeñas. Considera el tiempo en que vivió con Labán. Pensando que iba a casarse con Raquel, la hija de Labán, Jacob pasó siete años sirviendo fielmente a su futuro suegro. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, hizo todas las tareas, grandes y pequeñas, que Labán le daba. Entonces, luego de que Labán lo engañara y lo hiciera casarse con Lea, Jacob pasó otros siete años sirviendo fielmente a su suegro para poder casarse con Raquel. Durante siete años más, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, Jacob hizo todo lo que Labán le pidió (Gn 29:1-30). ¿Cuál fue el resultado de todo esto? Jacob recibió dos esposas de las cuales nacieron las doce tribus de Israel, la nación mediante la cual Dios iba a darle Su Mesías al mundo. Además, la fidelidad de Jacob en las cosas pequeñas mientras servía a Labán aumentó tanto la riqueza de Jacob como la de Labán, lo que le permitió al patriarca mantener a su familia y verla crecer en los años posteriores a su servicio (Gn 29:31 – 30:24).

José, el hijo de Jacob, sufrió mucho durante su vida. Sin embargo, a lo largo de toda ella, él fue fiel en las cosas pequeñas. Aunque comenzó como un humilde esclavo en la casa de Potifar, José se convirtió en el mayordomo de la casa debido a su atención persistente a los asuntos de Potifar. Dicho simplemente, no era posible ascender a una posición tan alta en la casa de una autoridad egipcia importante a no ser que uno se asegurara de recordar todos los detallitos involucrados en la buena administración de un hogar. Por tanto, «todo lo que [Potifar] poseía lo dejó en mano de José, y con él allí no se preocupaba de nada, excepto del pan que comía» (Gn 39:1-6). Josué fue tan fiel a su amo que se resistió a las insinuaciones sexuales de la esposa de Potifar. Podríamos haber esperado que José —al terminar en la cárcel debido a que Potifar le creyó más a su mujer que a su mayordomo fiel— pensara dentro de sí: «Esta fidelidad en las cosas pequeñas es absurda. Mira dónde me trajo. De ahora en adelante solo voy a hacer lo que yo quiera y a preocuparme por mí mismo» (ver 39:7-20). Sin embargo, si José alguna vez tuvo tal pensamiento, nunca actuó en conformidad a él. Sí, Dios permitió que José hallara gracia ante los ojos del carcelero, pero no podemos pensar que eso no tuvo que ver con la fidelidad de José en las cosas pequeñas. El carcelero vio en José la misma atención a los detalles que había visto Potifar, y puso a José a cargo de los prisioneros (vv. 21-23). Sabemos lo que pasó después. José llegó a ser conocido como intérprete de sueños, lo que lo llevó a servir a Faraón, a darle alimento a las naciones durante una gran hambruna y a llevar a su familia a Egipto, donde ellos pudieron crecer y convertirse en la nación de Israel. José recorrió este camino siendo fiel en las cosas pequeñas, lo que a su tiempo bendijo al mundo con alimento y con la nación de donde vendría el Salvador.


Nota del editor: En la tercera parte de este artículo,, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era del éxodo.
Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 1ra parte

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 1ra parte

Robert Rothwell

Nota del editor: Esta es la primera parte del tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

«Las cosas pequeñas son las que más importan». ¿Alguna vez has escuchado esa frase? Tal vez tú mismo la has dicho. Se usa con tanta frecuencia que se ha vuelto un cliché. Sin embargo, la particularidad de los clichés es que a menudo surgen y se popularizan porque hay algo de verdad en ellos.

Las cosas pequeñas sí importan. Las palabritas de aprecio que habitualmente dirigimos a nuestros amigos, familiares, empleados, supervisores y demás los edifican y mantienen las relaciones. Llevar el carro al mecánico cuando comienza a hacer un pequeño ruido puede solucionar un problema antes de que se requiera una reparación más costosa. Como escritor y editor, confieso que las cosas más fáciles de pasar por alto son las pequeñas: las comas, las letras traspuestas en una palabra, un número equivocado en una referencia bíblica, una palabrita como ni o no. Pasar por alto cosas como estas puede cambiar todo el sentido de una oración o producir confusión donde debería haber claridad.

La infidelidad en las cosas pequeñas le ha causado muchísimos problemas al pueblo de Dios a lo largo de la historia.

Siempre ha sido vital prestar atención a las cosas pequeñas y ser fieles en ellas. De hecho, nuestra misma salvación dependió de las cosas pequeñas. Por el contrario, la infidelidad en las cosas pequeñas le ha causado muchísimos problemas al pueblo de Dios a lo largo de la historia. Estamos familiarizados con los eventos grandiosos de la historia de la redención: la división del mar Rojo por parte de Moisés, la invasión de la tierra de Canaán liderada por Josué, la valentía de Ester ante el rey de Persia, la muerte y resurrección de Cristo. En la providencia de Dios, no habríamos sido salvos sin estas cosas. Sin embargo, la Biblia no solo incluye testimonios de milagros espectaculares, de acciones magníficas y arriesgadas y de líderes valientes, sino también de pequeños actos de fidelidad. En ocasiones, los personajes destacados de la historia de la salvación —los que todos recuerdan— sirvieron fielmente a Dios en las cosas pequeñas. En otras ocasiones, figuras menos conocidas realizaron pequeños actos de fidelidad. Pero independientemente de la fama o el anonimato de estos personajes, su fidelidad en las cosas pequeñas ha sido usada por Dios para salvar a Su pueblo y edificar a Su Iglesia. Veremos esto en esta breve sinopsis del testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas, también refiriéndonos de vez en cuando a actos significativos de infidelidad en las cosas pequeñas.

La era primitiva

Tristemente, el primer ejemplo bíblico que muestra la importancia de prestar atención a las cosas pequeñas es la infidelidad que condujo a nuestra necesidad de salvación. Por supuesto, estamos hablando del pecado de Adán y Eva. Nuestros primeros padres, creados por Dios y puestos en un jardín frondoso con todo lo que necesitaban para cumplir la misión del Señor, debían ser fieles en algo muy pequeño. En los mandamientos que recibieron Adán y Eva, nuestro Creador incluyó una pequeña ley negativa que decía que no debían comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Nuestros primeros padres no tenían una naturaleza caída. Podían comer de todas las otras frutas que había en el jardín —de hecho, en el planeta—. No comer del fruto prohibido era algo pequeño. Sin embargo, Adán y Eva fueron infieles en esta única cosa pequeña. Al comer del fruto, sumieron al mundo en el pecado (Gn 3).

Pero en la era primitiva también encontramos ejemplos de fidelidad en las cosas pequeñas. Génesis 4:3-5 nos dice que Abel se fijó en su rebaño y le trajo a Dios los primogénitos y la grosura, lo mejor que tenía. Ciertamente, Abel tenía que prestar mucha atención a cosas pequeñas para poder hacer esto. Tenía que recordar cuáles corderos habían nacido primero entre las muchas ovejas que tenía. Tenía que buscar cuidadosamente debajo de la lana de sus ovejas para detectar los pequeños defectos que pudieran impedir que un cordero fuera una ofrenda digna para el Señor. Abel hizo esto, dándonos así un ejemplo de adoración verdadera. Caín, el hermano de Abel, se destaca por haber hecho lo contrario. Él no prestó atención a las cosas pequeñas cuando recolectó el fruto para su ofrenda. El texto parece indicar que Caín no ofreció lo primero ni lo mejor. Dio porque tenía que hacerlo. Tal vez no examinó cada gajito de uva, cada semillita de granada, para asegurarse de que no tuvieran imperfecciones y fueran adecuados para ser ofrecidos a Dios.

Al considerar la fidelidad en el período primigenio, no podemos olvidar a Noé. Génesis 6:9 nos dice que «Noé era un hombre justo, perfecto entre sus contemporáneos; Noé andaba con Dios». La frase «andaba con Dios» se refiere a su comunión cotidiana con el Señor y su servicio a Él. No se trataba de nada espectacular. Noé no hizo ningún milagro estupendo antes, ni después, de construir el arca. Simplemente fue un hombre en un mundo lleno de injusticia, una sola persona santa que, a pesar de ser pecador, fue fiel al Creador en las cosas grandes y en las cosas pequeñas cuando nadie más lo fue. Hubo un período breve en el que Noé no fue fiel en las cosas pequeñas. Génesis 7:6 nos informa que tenía seiscientos años cuando entró al arca con su familia. Su rol esencial durante el gran diluvio fue precedido por seis siglos de fidelidad, incluyendo los años dedicados a la construcción de un arca que sobreviviría el diluvio sin inconvenientes durante los ciento cincuenta días en que las aguas prevalecieron sobre la tierra (v. 24). Cada medición tenía que ser exacta, cada pequeña grieta debía ser sellada con brea para crear un buque apto para navegar y que pudiera preservar tanto a los humanos como a los animales (Gn 6:14-16). Noé fue fiel en cada ínfimo detalle del arca y, por medio del arca, Dios salvó a la humanidad.


Nota del editor: En la segunda parte de este artículo,, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era patriarcal.
Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

Nuestro llamado a la fidelidad

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

Nuestro llamado a la fidelidad

Daniel Timmer

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

Ser cristiano es ser llamado a una vida de fidelidad. No obstante, el deber de la fidelidad cristiana, propiamente entendido, debe verse como nuestra respuesta a la fidelidad de Dios. Por supuesto, antes de que podamos hablar de la fidelidad de Dios hacia nosotros, primero debemos recordar que Dios es supremamente fiel a Sí mismo. Él siempre actúa en perfecta conformidad con Su propio carácter y propósito sagrados. Su objetivo singular es Su propia gloria y Él es infaliblemente fiel a esa meta. En Isaías 48:9-11, el motivo del Señor para restringir Su juicio es Él mismo y la gloria de Su propio nombre: 

Por amor a Mi nombre contengo Mi ira,
y para Mi alabanza la reprimo contigo
a fin de no destruirte.
He aquí, te he purificado, pero no como a plata;
te he probado en el crisol de la aflicción.
Por amor Mío, por amor Mío, lo haré,
porque ¿cómo podría ser profanado Mi nombre?
Mi gloria, pues, no la daré a otro. 

Del mismo modo, la gran promesa del nuevo pacto en Ezequiel 36 se da en el contexto de la determinación de Dios de actuar por amor a Sí mismo: 

Por tanto, di a la casa de Israel: «Así dice el Señor Dios: “No es por vosotros, casa de Israel, que voy a actuar, sino por Mi santo nombre, que habéis profanado entre las naciones adonde fuisteis. Vindicaré la santidad de Mi gran nombre profanado entre las naciones, el cual vosotros habéis profanado en medio de ellas… Entonces os rociaré con agua limpia… Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros… Pondré dentro de vosotros Mi espíritu y haré que andéis en Mis estatutos, y que cumpláis cuidadosamente Mis ordenanzas» (Ez 36:22-27). 

La gloria de Dios, el honor de Su nombre, está en juego en todo lo que Él hace. Entonces, ante todo, Dios es siempre fiel a Sí mismo. En 2 Timoteo 2:13, la razón por la que Dios permanece fiel incluso si nosotros somos infieles es que «no puede negarse a Sí mismo». Es imposible que Dios sea infiel, incluso frente a nuestras muchas infidelidades. Dios debe ser fiel a Sí mismo. Esta necesaria fidelidad de Dios hacia Sí mismo es el fundamento de nuestra esperanza y la fuente de toda bendición que podamos conocer. De ella brota todo despliegue de la gloria, la grandeza y la gracia de Dios. Sobre ella descansa la confiabilidad de cada una de Sus promesas. Es el fundamento del evangelio y la raíz de la redención ganada para los pecadores en Jesucristo. La encarnación, los sufrimientos y la gloria de nuestro Salvador pueden entenderse como el derramamiento de la fidelidad divina. Jesús vino, sangró y murió porque Dios es fiel a Sí mismo. 

La fidelidad de Dios a Sí mismo y de Cristo al Padre proporciona las raíces profundas de la fidelidad de Dios a Su pueblo pactual.

Esto explica la fidelidad de Cristo hacia Dios. Al comparar a Cristo con Moisés, el escritor de Hebreos nos invita a 

[considerar] a Jesús, el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. El cual fue fiel al que lo designó, como también lo fue Moisés en toda la casa de Dios… Y Moisés fue fiel en toda la casa de Dios como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir más tarde; pero Cristo fue fiel como Hijo sobre la casa de Dios (Heb 3:1-25-6). 

La fidelidad de Cristo a Dios es la fidelidad del Hijo hacia Su Padre, procurando nuestra salvación según los términos del pacto de redención. Esto significa que cada vez que hablamos de la fidelidad de Dios en Cristo hacia nosotros, estamos viendo solo la punta del iceberg. La fidelidad de Dios que experimentamos en el evangelio es la parte que podemos ver por encima de la superficie del agua, pero debajo de esta verdad, dándole flotabilidad, sosteniéndola para que podamos conocerla y deleitarnos, está la parte mayor de la fidelidad de Dios, a menudo desapercibida y pasada por alto: Su fidelidad a Sí mismo y la fidelidad del Hijo al Padre en el cumplimiento de nuestra redención para la gloria del nombre de Dios. 

Cambiando la metáfora, la fidelidad de Dios a Sí mismo y de Cristo al Padre proporciona las raíces profundas de la fidelidad de Dios a Su pueblo pactual. Esta gloriosa visión intratrinitaria de la fidelidad divina, a su vez, suministra la vida de la cual brota el fruto de nuestra fidelidad a Dios. Somos fieles a Dios porque Él es fiel a nosotros. Pero, como hemos visto, Él es fiel a nosotros, porque Él es fiel a Sí mismo. Él actúa por «amor a Su nombre». 

Es por esto que la fidelidad cristiana se describe como un fruto del Espíritu (Gál 5:22). Siendo Él mismo el don de la fidelidad divina, el Espíritu produce en nosotros la virtud de la fidelidad a Dios. Los santos a quienes Pablo dirige sus epístolas a los Efesios y a los Colosenses son llamados «fieles en Cristo Jesús» (Ef 1:1Col 1:2). La fidelidad marca a los cristianos, no como la base de su aceptación ante Dios, sino como la evidencia de esta.

A veces, la fidelidad en el Nuevo Testamento se relaciona con la perseverancia. En Hechos 11:23, cuando llegaron a Jerusalén las noticias de la iglesia que había iniciado en Antioquía, la iglesia de Jerusalén envió a Bernabé, el cual, «cuando vino y vio la gracia de Dios, se regocijó y animaba a todos para que con corazón firme permanecieran fieles al Señor». Del mismo modo, en Apocalipsis 2:10, se exhorta a la Iglesia con estas palabras: «Sé fiel hasta la muerte, y [Cristo] te dar[á] la corona de la vida».

Sin embargo, es bueno observar que el Nuevo Testamento usa el vocabulario de la fidelidad más comúnmente en el contexto de la mayordomía de nuestros dones para el ministerio y el servicio. Uno piensa aquí en la punzante reprensión que dio nuestro Salvador a los escribas y fariseos en Mateo 23:23. Ellos pagaban el diezmo «de la menta, del eneldo y del comino», pero descuidaban «los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad». Aquí vemos que la fidelidad está coordinada con la justicia y la misericordia y, por lo tanto, debe referirse a nuestra fidelidad hacia nuestro prójimo en el servicio a Dios. O piensa en las inquisitivas parábolas de Mateo 24:45-51 y 25:14-30, en las que el siervo fiel y sabio entra en el gozo del Señor porque ha actuado sabiamente con los recursos de la casa de su amo. Por el contrario, el siervo infiel es juzgado más severamente y arrojado a las tinieblas de afuera, donde es el llanto y el crujir de dientes. La gran evidencia de una correcta relación con Dios es la mayordomía fiel de Su gracia en nuestras vidas para Su gloria. El fracaso en la fidelidad demuestra que no somos buenos administradores y que no pertenecemos a Su reino. La inactividad en el servicio a nuestro Señor es ciertamente muy peligrosa cuando afirmamos haber sido hechos receptores de Su fidelidad en Cristo. 

Además, Pablo elogia repetidamente la fidelidad como la marca esencial de un consiervo o ministro del evangelio (Timoteo en 1 Co 4:17; Tíquico en Ef 6:21 y Col 4:7; Epafras en Col 1:7; Onésimo en Col 4:9). En 1 Corintios 4:1-2, Pablo dice: «Que todo hombre nos considere de esta manera: como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, además se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel». La fidelidad es la marca de los ministros del evangelio y de los siervos cristianos. Es por eso que Pablo insta a Timoteo en 2 Timoteo 2:2 a encargar su enseñanza «a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros». 

Entonces, queda claro que la fidelidad conlleva la sabia mayordomía de la Palabra de Dios. Implica tanto la diligencia en la ética de trabajo como la habilidad para dar a conocer la verdad siempre que la oportunidad lo permita. Esto es lo que significa ser un fiel administrador. Sin embargo, la fidelidad es un término ministerial que se aplica a todos los cristianos, no solo a los ministros ordenados del evangelio. En 3 Juan 5-6, por ejemplo, el Apóstol describe la práctica de la hospitalidad cristiana como un acto de fidelidad: «Amado, estás obrando fielmente en lo que haces por los hermanos, y sobre todo cuando se trata de extraños; pues ellos dan testimonio de tu amor ante la Iglesia». 

Lo maravilloso de cómo la Biblia presenta la fidelidad cristiana es que cuando los creyentes escuchen al fin las palabras «bien, siervo bueno y fiel» de boca de nuestro Señor en cuya casa hemos sido siervos, sabremos —de maneras que aquí solo vislumbramos y a menudo pasamos por alto— que toda nuestra fidelidad en la tierra no fue más que el producto de la fidelidad de Dios a Sí mismo. Gran parte del gozo del Señor en el cual entraremos aquel día será descubrir que Cristo nos recompensa por el fruto de Su propia gran obra por nosotros en la cruz y en nosotros por Su Espíritu. Nos postraremos y confesaremos que somos siervos indignos, habiendo cumplido tan solo con nuestro deber (Lc 17:10), pero Cristo nos dará Su gloria en abundancia y nos acogerá en Su presencia con gozo en el acto final de la fidelidad del pacto. «Fiel es el que os llama, el cual también lo hará» (1 Tes 5:24).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David Strain
David Strain

El Dr. David Strain es el ministro principal de la First Presbyterian Church en Jackson, Mississippi, y el presidente del consejo de Christian Witness to Israel (North America) [Testigos cristianos a Israel (Norteamérica)].

Dios es fiel

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

Dios es fiel

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

Parece algo difícil de admitir, pero como pastor que está a la vista pública, me ha resultado desafiante a lo largo de los años encontrar formas de servir a la gente sin que nadie se dé cuenta. Mucho del ministerio pastoral puede ser visto públicamente, como predicar los domingos o visitar a alguien en el hospital. Pero las cosas pequeñas también importan: orar por nuestros rebaños, escribir tarjetas y cartas de aliento y llamar para dar seguimiento a miembros de la congregación a fin de consolarlos y ayudarlos. Aunque tengo algunos amigos en la Iglesia a los que les gusta bromear diciendo «los pastores solo trabajan los domingos» la realidad es que no veo lo que hago los domingos como parte de mi semana laboral. El día del Señor es un dia de descanso y adoración tanto para mi como para cualquier cristiano. Aunque es agotador de por sí predicar en los dos servicios matutinos y en el vespertino (sin mencionar el hablar con la gente durante el día cuando el tiempo lo permite) es un placer hacerlo. De modo que, cuando la gente me pregunta «¿cuándo es tu día de reposo?», respetuosamente respondo: «El mismo día que el tuyo». Es el día del Señor para los pastores así como es el día del Señor para los miembros del coro, músicos, maestros de escuela dominical, diáconos, ancianos, anfitriones, ujieres y todos los que sirven al Señor de diversas maneras los domingos. 

Dios nos ha llamado a descansar en Cristo a medida que lo seguimos a Él por Su gracia y para Su gloria.

Independientemente, todos los cristianos sirven al Señor de maneras visibles, no solo los pastores. Ya sea que tengamos títulos y roles oficiales en el ministerio o no tengamos un título en particular en el ministerio (como la mayoría de los cristianos), estamos llamados a servir al Señor fielmente, no solo en las cosas grandes que la gente ve sino en las cosas pequeñas que pocos, si acaso, ven. La vida está compuesta, mayormente, de cosas pequeñas: hacer la cena, lavar los platos, conversar con un vecino o cambiar un pañal. Mucha de nuestra fidelidad al Señor está en nuestro esfuerzo por ser fieles en las cosas pequeñas de la vida. Sabemos que Dios siempre ve: Él ve las cosas grandes que hacemos y las cosas pequeñas que hacemos, y como nuestro Padre celestial, se preocupa por todas ellas. Él siempre ve y recompensa (Mt 25:21), en tanto que nuestras motivaciones sean las correctas y no estemos practicando nuestra justicia delante de los demás con el objeto de ser vistos y alabados por ellos (6:1-4). Dios nos llama a esforzarnos para ser fieles en todo en la vida, en las cosas grandes, las cosas pequeñas y en todo lo que está entre ellas, descansando en la gloriosa verdad de que Jesús fue fiel en todo. Él obedeció cada iota y tilde de la ley, y murió en la cruz por nuestra infidelidad a Él. Nuestra más grande esperanza no está nuestra total y completa fidelidad en todo, sino en la fidelidad de nuestro Dios, quien nos ha llamado a descansar en Cristo a medida que lo seguimos a Él por Su gracia y para Su gloria, mientras vivimos delante de Su faz, coram Deo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

¿Cómo puedo orar por el mundo?

Ministerios Ligonier

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Cómo puedo orar por el mundo?

Daniel Timmer

Nota del editor: Este es el último de 25  capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La Iglesia global y el mundo pueden parecer un par extraño por el cual orar, pero la relación teológica entre ellos indica que difícilmente podemos orar por uno sin orar por el otro. La Iglesia sale del mundo y no es del mundo (Jn 17:6), pero a pesar de la diferencia radical que hay entre ellos y de la oposición del mundo al mensaje bíblico (v. 14), la Iglesia solo puede cumplir su misión en el mundo (vv. 15, 18). El mundo no puede ser salvo independientemente de la Iglesia, ya que Dios ha escogido a la Iglesia como Su instrumento para proclamar el evangelio (Rom 10:13). Nuestras oraciones por la Iglesia, como las que están registradas en la Escritura, deben enfocarse en lo que la Iglesia necesita para desempeñar fielmente su misión: esto es, conocer al Dios triuno en toda Su grandeza, y conocer la salvación a través de Jesucristo en toda su gloria y plenitud (Ef 1:15-23Col 1:12); por fidelidad en medio de las pruebas (Ap 2:10); por una proclamación fiel, clara y organizada del evangelio (2 Tim 4:2); y por un estilo de vida (Mt 5:16) y una unidad (Jn 17:20-21) que no perjudiquen el mensaje del evangelio. Los que no vivimos bajo persecución debemos orar especialmente por aquellos que sufren a causa de su fe (Heb 13:3). Finalmente, todas estas peticiones están enfocadas en la meta principal de la Iglesia: la gloria del Dios triuno (Ef 3:20-21).

La misión de la Iglesia y el mundo están entrelazados en la misión que el Cristo resucitado encomendó a la Iglesia.

Cuando oramos por el mundo, rogamos que Dios sea glorificado a través de aquellos que actualmente se rehúsan a glorificarle (Mt 6:9-10Rom 1:28), así como lo hicimos nosotros en otro tiempo (1 Co 6:11). Puesto que el mundo fue creado para la gloria de Dios, podemos orar confiadamente para que Dios reciba la alabanza debida a Su nombre a través de todo el mundo (Sal 67:35Ap 4:11). Independientemente de la forma y la intensidad de la oposición del mundo (Sal 2:1-3Jn 15:18-19Ap 12:1-6), Dios es Rey (Sal 2; 24; 96-99; Ap 5:13-14), y nada puede frustrar Su plan ni resistirse a Su poder.

Por último, oramos por el progreso del evangelio y por la eliminación de todo lo que obstaculiza que este sea proclamado con compasión por los perdidos (Mt 23:37), y oramos por sabiduría, amor y confianza en el poder del evangelio mientras testificamos de Cristo al mundo (Mt 5:13-16Flp 2:12-161 Pe 3:15).

Cuando oramos según estas pautas bíblicas, estamos orando para que Dios cumpla Su promesa a Abraham de que por medio de su simiente Él bendeciría a toda la tierra (Gn 12:1-3). La misión de la Iglesia y el mundo están entrelazados en la misión que el Cristo resucitado, quien tiene todo el poder tanto en el cielo como en la tierra (Mt 28:18-20), encomendó a la Iglesia. Oremos para que el evangelio «se extienda rápidamente» (2 Tes 3:1) por medio de Su poder y para Su gloria.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Daniel Timmer
Daniel Timmer

El Dr. Daniel Timmer es profesor de Estudios Bíblicos en el programa de doctorado del Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Mich. Es líder en la Reformed Church de Quebec y sirve en la Facultad de Teología Evangélica en Montreal.

¿Cómo puedo orar por los enfermos y los moribundos?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Cómo puedo orar por los enfermos y los moribundos?

Kelly M. Kapic

Nota del editor: Este es el capítulo 24 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Cuando vemos a otros padeciendo dolor, queremos ayudar. Queremos mejorar su situación. Ese es un instinto noble que refleja a nuestro buen Dios Creador.

Cuando Jesús se encontraba con personas que estaban lidiando con heridas, muy a menudo brindaba Su toque sanador. Su vida y Su proclamación prometieron una nueva creación donde no habrá dolor, temor o lágrimas. Sin embargo, esto no era más que un anticipo. Aquellos que Él sanó, murieron; su sanación temporal apuntaba a una regeneración completa y definitiva que aún no ha llegado.

Tiene sentido que los seguidores de Jesús quieran proclamar y ofrecer esperanza y sanidad completa. Sin embargo, ese buen instinto fácilmente puede irse por mal camino. Aunque este impulso puede estar basado en buenas intenciones, a veces terminamos hiriendo seriamente a los que están sufriendo.

Estamos llamados a llorar con los que lloran y a lamentarnos con los que se lamentan.

Primero que todo, no somos Jesús, y no tenemos Su autoridad mesiánica. Ciertamente podemos y debemos orar por sanidad física. Dios continúa siendo el médico por excelencia del cuerpo y del alma, y Él sigue obrando activamente en medio de Su creación.

Pero ¿qué pasa cuando el cáncer no se cura? ¿Qué sucede cuando el dolor crónico y debilitador nunca cesa? ¿Por qué es que la sanidad física tiende a ser la única cosa en la que concentramos nuestras oraciones?

Mucho más a menudo de lo que nos damos cuenta, deberíamos estar orando para que los santos que están sufriendo no se rindan en la desesperación. Tenemos que rogar a Dios que guarde sus corazones de endurecerse contra el Padre. Si bien puede ser legítimo dejar de orar por una sanación sobrenatural, nunca debemos dejar de pedir a Dios que fortalezca su fe, que avive su esperanza y les consuele con Su amor.

No estamos obligados a estar felices ni a ser optimistas en todo momento; a veces lloramos con los que sufren. Esto les muestra que no están solos, y los animamos aceptando su dolor y su lucha. En ocasiones, estas acciones les recuerdan su esperanza en Cristo con más eficacia que un sermón.

¿Cómo debemos abordar a los que viven en sufrimiento continuo, especialmente cuando los doctores no pueden encontrar soluciones y las oraciones no han resultado en una sanación física? Desafortunadamente, lo que muchos tratamos de hacer es seguir ofreciendo remedios, lo cual muchas veces resulta ser mucho más hiriente de lo que percibimos.

En lugar de esto, estamos llamados a amarlos. No somos responsables de resolver sus problemas de salud. Estamos llamados a estar ahí con ellos, a recorrer este difícil camino con ellos. Aún más, podemos aprender de ellos, escuchando de sus luchas e intentos de confiar en Dios en medio del temor y el dolor.

No se nos exige que resolvamos el misterioso dolor y sufrimiento de otros, ni tampoco que lo expliquemos o lo remediemos. No, estamos llamados a salir a caminar con ellos, a compartir comidas y a ofrecerles cálidos abrazos. Estamos llamados a llorar con los que lloran y a lamentarnos con los que se lamentan. Estamos invitados a tratar de iluminar la oscuridad con humor (como sea apropiado) y a crecer en sensibilidad hacia los demás a causa de las presiones que están enfrentando. Estamos llamados a amarlos, ofreciendo nuestras oraciones, nuestra presencia y nuestra perseverancia. Esto ya es suficientemente pesado sin nosotros tratar de llevar la carga de diagnosticar o remediar su mal; esa es una carga que nunca fuimos destinados a llevar.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kelly M. Kapic
Kelly M. Kapic

El Dr. Kelly M. Kapic es profesor de Estudios Teológicos en Covenant College de Lookout Mountain, Ga. Es el autor de varios libros, incluyendo Embodied Hope [La esperanza encarnada].