¿Escucha Dios las oraciones de los impíos?

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El Blog de Ligonier

Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Escucha Dios las oraciones de los impíos?

Keith A. Mathison

Nota del editor: Este es el capítulo 23 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

A lo largo de la Escritura se nos informa repetidamente que Dios no escucha las oraciones de los impíos. Por ejemplo, Jeremías 14:11-12 dice: «Y el Señor me dijo: «No ruegues por el bienestar de este pueblo. Cuando ayunen, no escucharé su clamor; cuando ofrezcan holocausto y ofrenda de cereal, no los aceptaré”». Proverbios 28:9 nos dice que la oración del hombre sin ley «es abominación». Una y otra vez leemos que Dios no escucha las oraciones de los impíos (p. ej.: Sal 66:18Pr 21:13Is 1:15Jer 11:11-14). ¿Qué significa esto? ¿No es Dios omnisciente? ¿No conoce Él todas las cosas? Claro que sí. La Escritura nos dice que Dios conoce todas las cosas y que «no hay cosa creada oculta a Su vista» (Heb 4:13). Dios conoce cada uno de nuestros pensamientos (1 Cr 28:9), y Él conoce las palabras que vamos a decir aun antes de nosotros hablar (Sal 139:4).

Entonces ¿cómo es posible que la Biblia también diga que Dios no escucha las oraciones del impío? Para poder entender lo que la Escritura está diciendo, primero debemos considerar Isaías 59:1-2, donde el profeta escribe: «He aquí, no se ha acortado la mano del Señor para salvar; ni se ha endurecido Su oído para oír. Pero vuestras iniquidades han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados le han hecho esconder Su rostro de vosotros para no escucharos» (énfasis añadido). El profeta afirma que Dios puede oír. En otras palabras, Dios es omnisciente. Él puede oír las oraciones de los impíos, en el sentido de que Él sabe que ellos están orando, y Él conoce lo que ellos están orando. Dios es omnisciente.

La única oración del impío que Él escuchará es la oración de arrepentimiento genuino.

Sin embargo, Isaías señala inmediatamente que el problema no es la omnisciencia de Dios, sino el pecado de los que oran. Por causa de su pecado, Él no los escucha. Esto significa que Dios no escuchará a aquellos que ignoran Su ley. Zacarías dice claramente: «Como Yo había clamado y ellos no habían querido escuchar, así ellos clamaron y Yo no quise escuchar» (Zac 7:13). Si los impíos persisten en su maldad, Dios no concederá sus peticiones. Oran en vano.

Por otro lado, sí hay una oración que el impío puede orar que será escuchada por Dios. Es la oración de arrepentimiento. Vemos un ejemplo en 1 Reyes 21:17-29, donde Dios condena al malvado rey Acab (vv. 17-24). Al oír las palabras de juicio, Acab se arrepiente en cilicio (v. 27). El Señor ve su arrepentimiento y declara que el juicio caerá sobre los descendientes de Acab en lugar de sobre Acab mismo (vv. 28-29). Considera también el arrepentimiento de los ninivitas descrito en el libro de Jonás. Cuando el rey de Nínive oyó las palabras del profeta, tanto él como el pueblo se arrepintieron, y «se arrepintió Dios del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo» (Jon 3:1-10). Dios conoce y escucha todas las cosas, pero la única oración del impío que Él escuchará es la oración de arrepentimiento genuino.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison
Keith A. Mathison

El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo From Age to Age.

¿Cómo debo orar por mi iglesia?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Cómo debo orar por mi iglesia?

Aaron L. Garriott

Nota del editor: Este es el capítulo 22 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Para saber cómo debemos orar por nuestras iglesias, primero necesitamos considerar cómo el Señor Jesucristo ora por Su Iglesia desde los cielos. J. C. Ryle estaba en lo correcto cuando dijo: «Lo que Dios pide por Su pueblo es lo mismo que Su pueblo debe pedir para sí mismo». Esto hace que la oración de Jesús en Juan 17 sea un patrón útil para orar por nuestras iglesias. 

Es importante resaltar la naturaleza espiritual de la oración de Jesús. Esto puede parecer obvio, ya que toda oración es “espiritual”, pero me refiero al propósito (telos) de nuestras oraciones. Muchas cadenas de oración por correo electrónico están llenas de peticiones de salud y financieras. Ciertamente no debemos ignorar la importancia de las necesidades temporales (Fil 4:6), pero debemos orar por ellas en la medida en que sean para fines espirituales. Tal vez el resaltar unas cuantas categorías en Juan 17 respalde esta afirmación.

No todos podemos predicar; no todos podemos dirigir; no todos podemos dar oro y plata, pero todos podemos contribuir con nuestras oraciones.

Perseverancia: Ora para que nadie en la iglesia visible se desvíe, para que los que forman parte de la familia de tu iglesia sean contados entre aquellos de los cuales Cristo dijo que no perdería ni siquiera uno (vv. 11, 23; ver 10:28).

Gozo: Ora por un gozo pleno, constante, comunicable y centrado en Dios (Jn 17:13; ver Sal 16:1121:6).

Protección: Ora por protección contra el mundo, la carne y el diablo, aquel que busca descarriar a las ovejas (Jn 17:15).

Santificación: Ora para que tu iglesia viva en santidad y sea conformada a la imagen de Cristo por la obra del Espíritu Santo (v. 17).

Testimonio: Ora para que tu iglesia testifique de la gloria de Dios revelada en el evangelio de Jesucristo (v.18).

La unidad: Ora por una fraternidad inquebrantable basada en la verdad y por una unidad tangible entre los miembros de tu iglesia (vv. 11, 21-23).

Podemos usar estas categorías para orar tanto por individuos como por grupos de personas. También podemos usarlas para orar por la Iglesia universal o por la iglesia local.

La unidad es la categoría más prominente en la oración de Jesús. Desafortunadamente, es probable que sea por la que menos oramos. Jesús ora para que la unidad de Su Iglesia refleje la unidad de la Divinidad (v. 11). De la misma manera en que nuestra vida debe reflejar nuestra unión mística con Cristo, así también debe reflejar la unión que existe entre nosotros. Como ovejas de Cristo, muchas veces actuamos como si perteneciéramos a pastores y a rebaños diferentes. Pero la unidad del cuerpo bajo la guianza de su Cabeza es la que testifica al mundo la veracidad del evangelio (v. 21).

Charles Spurgeon exhortó a su iglesia: «No todos podemos predicar; no todos podemos dirigir; no todos podemos dar oro y plata, pero todos podemos contribuir con nuestras oraciones». Orar por nuestras iglesias alinea nuestros afectos con los afectos de Dios, quien «ama las puertas de Sión» (Sal 87:2). Richard Sibbes señaló que «las oraciones por la Iglesia [de Cristo] son aceptadas porque son para el beneficio de Su amada». Más aún, orar por la perseverancia, el gozo, la protección, la santificación, el testimonio y la unidad de nuestras iglesias asegura que nuestras oraciones están alineadas con la oración de Jesús, y ellas son un medio crucial por el cual Dios cumple Su promesa de «[hacer] bien con [Su] benevolencia a Sión» (Sal 51:18).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Aaron L. Garriott
Aaron L. Garriott

Aaron L. Garriott es editor principal de Tabletalk Magazine, profesor adjunto residente en la Reformation Bible College de Sanford, Fla., y graduado del Reformed Theological Seminary en Orlando, Fla.

¿Cómo puedo orar por mis hijos?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Cómo puedo orar por mis hijos?

Burk Parsons 

Nota del editor: Este es el capítulo 21 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Orar por nuestros hijos surge naturalmente cuando entendemos que Dios nos ha hecho criaturas dependientes, creadas para depender del Señor. Dios diseñó nuestros corazones con un deseo insaciable de estar en comunión con Él. Y aunque la oración no surge fácilmente, nosotros los que tenemos un corazón que ha sido regenerado por el Espíritu Santo, no podemos evitar ir una y otra vez a nuestro Padre celestial para darle gracias, alabarlo y pedir Su ayuda.

Queremos que nuestros hijos conozcan al Señor y el gozo y el gozo de la comunión y el compañerismo con Él. Queremos que sean regenerados —que nazcan de nuevo— pero no tenemos la capacidad de hacerlo en nuestras propias fuerzas, ya que solo el Espíritu Santo tiene la gracia soberana y el poder de salvar a nuestros hijos. Para tal fin, podemos orar por nuestros hijos mientras aún crecen en el vientre de su madre. Podemos orar primero y ante todo para que Dios soberanamente regenere sus corazones a fin de que tengan una vida nueva en Jesucristo. Podemos orar para que nuestros hijos confíen en Dios, amen a Dios, amen y obedezcan la Palabra de Dios, confiesen sus pecados a Dios, adoren a Dios y tengan comunión con Dios todos los días de su vida.  Podemos orar para que el Señor les conceda humildad, sabiduría, discernimiento, honor, integridad, amor y gracia en todo en la vida. Podemos orar para que confíen y sigan al Señor toda su vida, para que nunca conozcan un tiempo en el que no confiaron en el Señor, y podemos orar para que tengan testimonios excepcionalmente ordinarios de vidas vividas confiando y siguiendo al Señor.

Podemos orar para que nuestros hijos confíen en Dios, amen a Dios, amen y obedezcan la Palabra de Dios, confiesen sus pecados a Dios, adoren a Dios y tengan comunión con Dios todos los días de su vida. 

Más allá de orar por nuestros hijos, quizás lo más fundamental que podemos hacer es modelar una vida de oración ante ellos. Estamos llamados a hacer discípulos y la Gran Comisión comienza en casa. Nosotros mismos necesitamos conocer más acerca de la oración si vamos a instruir a nuestros hijos de una manera que los prepare para orar genuinamente por sí mismos, en nuestra ausencia. A medida que ellos maduran, podemos seguir explicándoles qué es la oración y cómo pueden orar. Podemos orar con ellos, por ellos y en torno a ellos. También podemos orar por sus circunstancias particulares y por la obra de Dios en sus vidas.

Mientras continuamos dependiendo de Dios y disfrutando de la comunión con Él, reflejaremos a Cristo en nuestras propias vidas, dirigiendo a nuestros hijos no a nosotros mismos, sino a su Padre celestial; para que así nuestro Dios pueda usarnos, siendo vasijas pecaminosas y rotas, como modelo de una vida de oración arrepentida y fiel en comunión con Él. Que nuestros hijos nos vean siempre regocijándonos, orando sin cesar y dando gracias en toda circunstancia mientras anhelamos que venga el Reino de nuestro Señor y que sea hecha Su voluntad, así en la tierra como en el cielo (1 Tes 5:16–18Mt 6:10).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

¿Cómo puedo orar por mi cónyuge?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Cómo puedo orar por mi cónyuge?

Joe Holland

Nota del editor: Este es el capítulo 20 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Orar por nuestro cónyuge combina las dos relaciones más importantes de nuestras vidas: nuestro pacto con Dios y nuestro pacto con nuestro cónyuge. Estos dos pactos son el cimiento de la creación antes de la caída, y el pacto matrimonial en particular es la ilustración primordial para comprender gran parte de la historia redentora (Ef 5:22-33). La oración es una marca distintiva del matrimonio entre Cristo y la Iglesia, y también debe serlo en nuestros matrimonios.

Pero así como el orgullo fue el pecado que socavó ambos pactos edénicos, también distorsiona nuestras oraciones por nuestro cónyuge. Muy a menudo nuestras oraciones por nuestro cónyuge comienzan con lo que queremos que cambie en ellos. Pero la Escritura enseña que seremos la mayor influencia de santificación en la vida de nuestro cónyuge. Un esposo que ora por su esposa para que ella sea amada por un marido que cada día crece más en santidad está orando por algo bueno, y es su propia respuesta. Al orar por nuestro cónyuge, es posible que la respuesta principal de Dios sea cambiarnos a nosotros mismos, no a él o a ella.

Nunca subestimes el poder y el privilegio de orar por tu cónyuge.

Pero sí debemos considerar cómo podemos orar específicamente por nuestro cónyuge. 2 Pedro 3:18 es un excelente punto de partida: «Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo». Ora por el crecimiento de tu cónyuge en la gracia de Jesús, para que su vida esté marcada por el arrepentimiento y por un gozo profundo en el evangelio. Ora para que tu cónyuge conozca cada vez más a Jesús, para que su estudio de la Biblia, tanto en el hogar como durante la predicación del día del Señor, le revele más verdades sobre nuestro gran Salvador.

Ora también para que tu cónyuge experimente la gracia y el crecimiento únicos que son particulares de su género y su rol. Somos hombres y mujeres que en el matrimonio nos convertimos en esposos y esposas, y por la bendición de Dios, padres y madres. Los esposos y las esposas experimentan tentaciones únicas, tienen llamados diferentes y experimentan gracias particulares que son exclusivamente de su género. Para orar correctamente por nuestros cónyuges debemos tomar en cuenta estas particularidades en cuanto a los géneros y los roles.

Por último, eleva oraciones por la salud física de tu cónyuge. Una de las metas de un matrimonio cristiano fiel es que uno de los cónyuges asista al funeral del otro, por lo que nuestras oraciones por nuestro cónyuge a veces incluirán orar a medida que su salud se va deteriorando. Aunque nuestro hombre exterior va decayendo, oramos que nuestro hombre interior se renueve de día en día (2 Co 4:16). Las cirugías, los cánceres, los partos y las enfermedades son oportunidades para nosotros aprender del cuidado de Dios por nuestra alma y nuestro cuerpo.

Nunca subestimes el poder y el privilegio de orar por tu cónyuge.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Joe Holland
Joe Holland

El Rev. Joe Holland es un editor asociado de Ligonier Ministries y un anciano docente en la Presbyterian Church in America.

¿Cómo orar por los inconversos?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Cómo orar por los inconversos?

Michael Lawrence

Nota del editor: Este es el capítulo 19 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Tengo una amiga invonversa que me pide que ore por ella con mucha frecuencia. Yo sé que, aunque ella no lo sepa, lo que más necesita es conocer a Jesucristo para salvación. Entonces, ¿debería orar con y por ella por cosas buenas pero menos importantes? Después de todo, Jesús dijo: «Pues, ¿de qué le sirve a un hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se destruye o se pierde?» (Lc 9:25).

Cuando los inconversos nos piden que oremos por ellos, a veces nos sentimos agobiados. Por un lado, sabemos que Dios escucha nuestra oraciones por dirección, ayuda y misericordia temporal de una manera diferente a la que Él escucha las del no creyente. Proverbios 15:29 dice: «El Señor está lejos de los impíos, pero escucha la oración de los justos». No queremos pasar por alto lo que Dios puede estar haciendo en sus vidas por medio de las pruebas, y tampoco queremos ser usados para propósitos egoístas. Por otro lado, no nos alegramos por el sufrimiento de alguien, y queremos que nuestros amigos no creyentes conozcan el poder de Dios y se vuelvan a Él en fe. Entonces, ¿cómo deberíamos orar?

Solo Dios sabe como hacer que un pecador se vuelva a Él.

Encontramos la respuesta al darnos cuenta de que no tenemos que escoger entre su petición y nuestro deseo de arrepentimiento y fe. Podemos confiar en que Dios responde nuestras oraciones en Su perfecta sabiduría y para Su gloria máxima.

Si bien no podemos orar por peticiones malvadas o ilegales, debemos orar con gusto por cosas buenas para nuestros amigos no creyentes. La gente nos pide que oremos, entre muchas otras cosas, por trabajo, salud y relaciones amorosas pues son buenas dádivas de Dios. Jesús dijo: «Él hace salir Su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5:45). Las buenas dádivas de Dios no necesitan otra justificación, ni siquiera la salvación, y si nuestros amigos inconversos terminan usando esas buenas dádivas de manera ingrata, eso no cambia el hecho de que el amor busca cosas buenas tanto para el prójimo y como para el enemigo (v. 44).

Pero después de haber orado por la petición de nuestro amigo no creyente, también debemos orar, ya sea con él o en privado, para que Dios se revele a través de la respuesta a nuestra oración. Y podemos confiar en que Dios sabe cómo hacerlo. En Su perfecta sabiduría, Él puede usar la concesión de una buena dádiva en respuesta a la oración para mover a alguien a creer en Su existencia y poder, y así buscarlo en el evangelio. Y debemos ser audaces para dar seguimiento y notar esto. Por otro lado, Dios puede negarle esa buena dádiva para que quede sin alternativa y venga a Él.

Solo Dios sabe como hacer que un pecador se vuelva a Él. No sabemos cómo sucede, pero no hay que temer que nuestras oraciones por cosas buenas se interpondrán en el camino. Nuestra responsabilidad es amar a nuestro prójimo a través de la oración, orando por cosas buenas y orando por lo mejor.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Michael Lawrence
Michael Lawrence

Michael Lawrence es el pastor principal en Hinson Baptist Church y profesor adjunto de teología sistemática en el Southern Baptist Theological Seminary.

¿Y si no tengo deseos de orar?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Y si no tengo deseos de orar?

Adriel Sanchez

Nota del editor: Este es el capítulo 18 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Nunca he conocido a un cristiano que haya dicho: «Creo que oro lo suficiente». A la mayoría de nosotros nos cuesta orar. Esto puede ser por diversas razones, pero a veces es que simplemente no deseamos orar. Nuestra falta de deseo no solo se debe a la pereza, sino que radica en una incredulidad mucho más profunda. Muchas veces no deseamos orar porque no creemos verdaderamente que orar nos ayudará. Somos incrédulos, como suele demostrar el hecho de que orar no es lo primero que hacemos normalmente, pues lo vemos como el último recurso. Para poder cultivar una pasión por la oración tenemos que recordar el poder de la oración.

El poder de la oración no depende de tus deseos de orar, sino de la fe en las promesas de Dios.

La oración es uno de los medios principales por los cuales descubrimos el plan soberano de Dios para nuestras vidas. No siempre tendremos deseos de orar, pero cuando lo hacemos, las cosas cambian. Jesús dijo: «Porque en verdad os digo que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: «Pásate de aquí allá», y se pasará; y nada os será imposible» (Mt 17:20). Observa la relación que hay entre la fe y la oración. La fe produce oración. Así como un recién nacido comienza a balbucear, al que ha nacido de nuevo se le concede un nuevo deseo de tener comunión con Dios a través de la oración. Sin embargo, la debilidad de nuestra carne (la misma debilidad que impedía que los discípulos de Jesús oraran, Mt 26:41) a menudo apaga el deseo de orar. Esa debilidad, junto al diluvio de las circunstancias de la vida, puede acabar completamente con nuestra vida de oración.

Necesitamos avivar las llamas de las brasas de la oración. Estas brasas son encendidas por medio de la predicación fiel que escuchamos los domingos y por nuestra propia lectura privada de la Escritura durante la semana. La fe produce oración, pero la Palabra de Dios con Su Espíritu produce fe (Rom 10:17). En mi propia vida, he notado que existe una correlación directa entre estar llenos de la Palabra de Cristo y tener el deseo de una comunión con Dios por medio de la oración. La falta de oración resulta de una falta de fe, lo cual suele significar que hemos dejado de contemplar la gloria de Dios revelada en la Escritura.

Así que para el cristiano que dice: «Es que nunca tengo deseos de orar» (el tipo de cristiano que me encuentro todo el tiempo), mi exhortación es esta: disciplínate para orar comoquiera. Acepta que el poder de la oración no depende de tus deseos de orar, sino de la fe en las promesas de Dios. Sumérgete en esas promesas y notarás que hay momentos en tu vida en los que la oración se enciende como un fuego. También podrías notar que a veces orar es como encender un carro durante el invierno: toma tiempo para que el motor se caliente. Eso está bien. No te des por vencido cuando te sientas frío; más bien, excava más profundo en los tesoros del evangelio. Ese evangelio produce fe, y esa fe producirá un corazón de oración.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Adriel Sanchez
Adriel Sanchez

El Rev. Adriel Sánchez es el pastor principal de la iglesia North Park Presbyterian Church en San Diego y conductor del programa de radio Core Christianity.

El Pastor del Señor

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Serie: El Mesías prometido

El Pastor del Señor

Max Rogland

Nota del editor: Este es el último de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

¿Oras por tu pastor? Deberías. Los pastores son blancos especiales de los ataques del maligno. Tiempo atrás, el padre de la Iglesia, Juan Crisóstomo, comentó: “El diablo se enfurece con mayor violencia contra los maestros ya que por su destrucción el rebaño también se dispersa”. Los enemigos del Reino de Dios saben que provocar la caída de un pastor, ya sea por medios violentos, tentándolos hasta que caen en inmoralidad o de alguna otra manera, es infligir un gran daño a la causa de Cristo.

Esta relación estratégica entre el pastor y las ovejas se declara explícitamente en Zacarías 13:7: “Hiere al pastor y se dispersarán las ovejas”. Los escritores de los evangelios se refieren a este mismo pasaje en la narración de la traición y el arresto de Cristo en el monte de los Olivos: «Entonces Jesús les dijo: “Esta noche todos vosotros os apartaréis por causa de Mí, pues escrito está: ‘Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño se dispersarán’”» (Mt 26:31; ver también Mr 14:27). La profecía de Zacarías encuentra su cumplimiento final en Jesucristo cuando Él va a la cruz. Cuando el Buen Pastor es herido, Sus discípulos se dispersan (Mt 26:56Mr 14:50-52).

La oración por los pastores y líderes es esencial para la salud y el bienestar de la Iglesia.

El cumplimiento de Zacarías 13:7 en el Nuevo Testamento quizás parece tan obvio que podríamos pasar por alto algunas características sorprendentes de esta profecía mesiánica. Cabe destacar que tanto en su contexto original del Antiguo Testamento como en su cita ligeramente parafraseada del Nuevo Testamento, en realidad es Dios quien está “[hiriendo] al pastor”. El Señor es quien levanta una “espada” en Zacarías 13:7 y le ordena que hiera a Su pastor: “‘Despierta, espada, contra Mi pastor, y contra el hombre compañero Mío’, declara el SEÑOR de los ejércitos”. En otras palabras, aunque el arresto, el juicio, la tortura y la crucifixión de Jesús constituyeron una obra atroz de hombres malvados opuestos al Reino de Dios, al mismo tiempo se estaba llevando a cabo la obra misteriosa del santo propósito y decreto del Señor para la salvación de Su rebaño. Fue tanto la peor obra como la más grandiosa obra que jamás haya sucedido. Encontramos esta asombrosa paradoja a lo largo de las Escrituras, desde las palabras de José a sus hermanos en Génesis 50:20 (“Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente”) hasta las de Pedro en el sermón de Pentecostés en Hechos 2:23 (“… a este [Jesús], entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios, clavasteis en una cruz por manos de impíos y le matasteis”). No debemos excusar el comportamiento pecaminoso, pero podemos estar seguros de que incluso los peores actos de los hombres pertenecen a “todas las cosas” que Dios hace que cooperen para nuestro bien (Rom 8:28).

Otro aspecto sorprendente de la profecía de Zacarías que merece una consideración más atenta es el efecto de haber herido al pastor. Puede parecer demasiado obvio para requerir un comentario, pero las ovejas, al igual que las personas, necesitan líderes, y la Biblia es consciente de que las “ovejas que no tienen pastor” (Mt 9:36) son vulnerables y se desvían del camino seguro. La eliminación violenta del pastor del Señor en Zacarías 13:7 da como resultado la dispersión de las ovejas, y esta realidad no solo se exhibe por completo en las narraciones de los evangelios sobre el arresto de Cristo, sino que también vemos el mismo patrón una y otra vez a lo largo de la historia de la Iglesia. Las iglesias que no tienen pastor o cuyo liderazgo pastoral es deficiente tienden a ser más vulnerables espiritualmente y más propensas a experimentar estrés congregacional. Esta es la razón por la que la oración por los pastores y líderes es tan esencial para la salud y el bienestar de la Iglesia.

Sin embargo, aquí vemos nuevamente otra misteriosa paradoja en la profecía de Zacarías. Es cierto que la herida del pastor es la causa de la dispersión de las ovejas. Sin embargo, de una manera asombrosa y totalmente inesperada, la herida del Buen Pastor no solo “dispersa” a las ovejas sino que también las “atrae”. Jesús dice: “Y Yo, si soy levantado de la tierra, atraeré a todos a Mí mismo” (Jn 12:32; ver también Jn 3:14). Esto podría incluir Su exaltación, pero ciertamente se refiere a “qué clase de muerte iba a morir” (Jn 12:33), es decir, la crucifixión que sufrió en manos de aquellos que le rechazaron (Jn 8:28). Las ovejas de Cristo se dispersaron cuando Él fue herido por primera vez, pero ahora Él está persiguiéndolas, incluso reuniendo a las que están lejos en “un rebaño” con “un solo pastor” (Jn 10:16; ver también Jn 11:51-52).

El mayor golpe contra el Buen Pastor no se produjo cuando fue arrestado en el jardín de Getsemaní, sino en el Gólgota, donde se derramó la sangre del Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1:29). Es la “sangre de Su cruz” la que reconcilia todas las cosas con Dios y a Sus seguidores entre sí (Col 1:20). El sacrificio de Cristo estableció el fundamento para la Iglesia de todas las naciones, tanto para judíos como para gentiles, atrayendo a las naciones que antes eran distantes y eliminando la “pared intermedia de separación” para que la Iglesia pueda ser un “nuevo hombre” (Ef 2:13-16). Hiere al Pastor, y las ovejas serán reunidas.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Max Rogland
Max Rogland

El Dr. Max Rogland es ministro principal de Rose Hill Presbyterian Church y profesor asociado de Antiguo Testamento en el Erskine Theological Seminary de Columbia, S.C.

¿Puedo orar oraciones imprecatorias?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración

¿Puedo orar oraciones imprecatorias?

John W. Tweeddale

Nota del editor: Este es el capítulo 17 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Sí. Y deberías hacerlo. Por más difícil que sea aceptar esa respuesta, es la que más concuerda con el registro bíblico. Permíteme explicarlo.

Un salmo imprecatorio es un tipo de lamento. En la literatura de sabiduría hebrea, los salmos de lamento conforman los clamores individuales y grupales del pueblo de Dios. De manera particular, los salmos imprecatorios vocalizan las lágrimas de Israel ante la injusticia y el sufrimiento. Al orar por la maldición de Dios sobre Sus enemigos, Israel buscaba exaltar la bondad de la ley de Dios para Su pueblo.

Los salmos imprecatorios ayudan a moldear el dolor y la indignación que experimenta el pueblo de Dios en un mundo que ha sido corrompido por el pecado.

En esencia, un salmo imprecatorio es una invocación de maldición divina. Ejemplos de estas imprecaciones incluyen los Salmos 5, 6, 35, 69 y 109, los cuales son citados en el Nuevo Testamento. Hay declaraciones de maldición a lo largo de todo el canon bíblico. Por ejemplo, Jesús pronuncia ayes de justicia en contra de los líderes religiosos en Mateo 23. En Gálatas 1:8-9, Pablo declara anatema a cualquiera que predique otro evangelio. Y los mártires en el cielo le piden a Dios que vengue su sangre en Apocalipsis 6:10.

El testimonio consistente de la Escritura afirma la legitimidad de que el pueblo de Dios eleve oraciones imprecatorias en sus oraciones individuales, familiares y corporativas. El fundamento de esta afirmación subyace en la asunción básica de que las oraciones del pueblo de Dios deben estar arraigadas en toda la Escritura. El Salterio es el himnario y libro de oración que Dios mismo inspiró. Nos enseña un lenguaje de petición y alabanza. Los salmos imprecatorios ayudan a moldear el dolor y la indignación que experimenta el pueblo de Dios en un mundo que ha sido corrompido por el pecado.

Algunos reaccionan al lenguaje áspero de los salmos imprecatorios. Aunque esto es entendible, no debemos perder de vista lo que merece nuestro pecado. Otros destacan la enseñanza de Jesús sobre amar a nuestros enemigos. Pero el Nuevo Testamento no enseña que amar a nuestros enemigos requiere que nos abstengamos de apelar a la justicia divina. Orar para que Dios castigue al impío no es un acto sin amor ni vengativo, sino que es una expresión de fe en Aquel que juzga con justicia (1 Pe 2:23). Aún así, otros quieren limitar los salmos imprecatorios al Israel del antiguo pacto. Aunque las circunstancias del pueblo del pacto de Dios han cambiado con la venida de Cristo, las mismas crueldades que atormentaron a Israel como pueblo creyente en medio de un mundo hostil aún continúan atormentando a la Iglesia actual. Si eliminamos el vocabulario de los salmos imprecatorios en nuestros hogares e iglesias, ¿qué cantarán y orarán los cristianos cuando ocurre la tragedia?

En última instancia, orar los salmos imprecatorios es orar como Jesús nos enseñó a orar. Como cristianos, anhelamos que venga el Reino de Dios. Deseamos que Su voluntad sea hecha en la tierra como en el cielo. Orar los salmos imprecatorios no es un llamado a las armas sino un llamado a la fe. Elevamos nuestras voces, no nuestras espadas, cuando oramos para que Dios convierta o maldiga a los enemigos de Cristo y de Su Reino.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John W. Tweeddale
John W. Tweeddale

El Dr. Tweeddale es decano académico y profesor de teología en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.

Un Gobernante de Belén

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Serie: El Mesías prometido

Un Gobernante de Belén

Jonty Rhodes

Nota del editor: Este es el 12vo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

Según la leyenda, el rey Arturo se encuentra en la isla mística de Ávalon, esperando regresar para rescatar a Gran Bretaña en su momento de mayor necesidad. Un día, el más oscuro de todos, aparecerá el futuro y definitivo rey de Gran Bretaña. Arturo es, por supuesto, un personaje mitológico. Pero el profeta Miqueas sabía de un verdadero Rey cuyos orígenes eran “desde tiempos antiguos” (Miq 5:2) y que vendría de forma inesperada a rescatar a Su pueblo.

Miqueas, contemporáneo de Isaías, habló la Palabra de Dios a Israel en tiempos de gran peligro. Debido al pecado de Samaria (el reino del norte de Israel) y de Judá (el reino del sur), los israelitas sufrirían un ataque devastador. El poderoso imperio asirio llegaría y conquistaría al pueblo de Dios; Samaria quedaría como “un montón de ruinas en el campo” (Miq 1:6) y el desastre incluso llegaría “hasta la puerta de Jerusalén” (v. 12). Gran parte de la culpa recaía sobre los líderes de Israel.

Los orígenes de Cristo son mucho más antiguos que David, que Abraham o incluso que la creación misma.

Estos gobernantes, lejos de proteger y proveer para su pueblo, estaban matando y devorando como caníbales. Ellos se “comían la carne [del] pueblo, les [desollaban] su piel, [quebraban] sus huesos, y los [hacían] pedazos como para la olla, como carne dentro de la caldera” (Miq 3:3). No es de extrañar que años más tarde el profeta Jeremías resumiera el mensaje de Miqueas citando una de sus predicciones más premonitorias:

Miqueas de Moréset profetizó…

“Sión será arada como un campo; Jerusalén se convertirá en un montón de ruinas, y el monte del santuario será como los lugares altos de un bosque” (Jer 26:18, citando Miq 3:12).

En este mundo oscuro y peligroso, Miqueas habló no solo palabras de juicio, sino también de esperanza. En nuestro versículo, esta esperanza se centra en un lugar humilde y un Gobernante celestial.

Un lugar humilde

Las buenas noticias de Miqueas comienzan con: “Pero tú…” (Miq 5:2). Samaria quedó reducida a escombros, Jerusalén se encuentra en ruinas, pero hay esperanza para alguien. Curiosamente, ese “alguien” no es una persona sino un lugar: Belén Efrata. “… de ti me saldrá el que ha de ser gobernante en Israel” (Miq 5:2).

En lugar de salir de la poderosa Jerusalén, la capital de Judá, con su palacio real, el Rey y Rescatador saldría de la humilde Belén. Belén era prácticamente inexistente: un pequeño pueblo justo al suroeste de Jerusalén. Sin embargo, en algún momento entre 700-730 a. C., Miqueas profetizó que este pueblo insignificante sería el lugar de nacimiento del Mesías.

Y así sucedió. En el Evangelio de Mateo, leemos que Jesús nació “en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes” (2:1). En la providencia de Dios, el emperador romano había emitido una orden para que todo ciudadano regresara a su ciudad natal. Y así, María y José salieron de Nazaret para viajar a Belén. Puede que el emperador haya estado planeando un censo, pero Dios se estaba asegurando de que se cumpliera la palabra que Él envió a través de Miqueas.

Al igual que en los días de Miqueas, Israel tenía un gobernante codicioso y despiadado. Herodes el Grande se reveló como otro “rey caníbal” cuando ordenó la matanza de todos los niños varones en Belén, y engendró a Herodes Antipas, quien luego sirvió la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja. Pero en medio de la oscuridad, el Rey había venido. De hecho, la profecía de Miqueas se cita cuando Herodes pregunta a los principales sacerdotes y escribas dónde se suponía que naciera el Cristo. Ellos responden: “En Belén de Judea, porque así está escrito por el profeta” (Mt 2:5).

Un Gobernante celestial

Pero Miqueas nos dice más que solo el lugar de nacimiento de este Gobernante. También nos enteramos de los orígenes de Su familia. Este Gobernante será uno cuyos “orígenes son desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad”. ¿Qué nos dice Miqueas sobre Cristo?

Dado que la profecía está dirigida a Belén, por un lado es probable que esta sea una alusión al hijo más famoso de esa ciudad. El rey David, el padre fundador de la línea real de Israel, nació en Belén, muchos años antes de la profecía de Miqueas. El futuro gobernante saldría de esta raíz: Jesús es descendiente de David, el rey de la antigüedad. Tiene sangre antigua y real.

Pero creo que Miqueas nos está contando algo más. Los orígenes de Cristo son mucho más antiguos que David, que Abraham o incluso que la creación misma. El Salmo 74:12 nos dice que “Dios es mi rey desde la antigüedad”, usando la misma expresión que usa Miqueas para describir a Cristo. Miqueas insinúa que los orígenes de Jesús no son solo davídicos sino divinos. Él es Dios el Hijo, y al ser Dios, no tiene principio. El siempre ha existido.

Así que, lejos de los pasillos del poder, Jesucristo, descendiente de David a través de Su padre adoptivo, José, nació en Belén. Dios mismo vino a gobernar y a rescatar. Su apariencia no era impresionante. Su lugar de nacimiento era desfavorable. Pero Dios siempre obra de esta manera: es a través del mensaje débil y necio de la cruz que somos rescatados del pecado, una amenaza mucho mayor que los asirios de Miqueas. Y cuán apropiado es que Belén signifique “casa de pan”. Un lugar de nacimiento apropiado para Aquel que, en marcado contraste con Herodes y los reyes caníbales de los días de Miqueas, vino a alimentar a Su pueblo. El Pan de Vida, acostado en un pesebre, un comedero, en la Casa de Pan.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jonty Rhodes
Jonty Rhodes

El Rev. Jonty Rhodes es ministro de Christ Church Central Leeds en Leeds, Inglaterra. Es autor de Covenants Made Simple: Understanding God’s Unfolding Promises to His People.

¿Mi pecado obstaculiza mis oraciones?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie:Preguntas claves sobre la oración

¿Mi pecado obstaculiza mis oraciones?

David E. Briones

Nota del editor: Este es el capítulo 16 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La respuesta es sí. El pecado claramente obstaculiza las oraciones del pueblo de Dios. Muchos versículos confirman esto (por ejemplo: Sal 66:18Pr 28:9Is 59:2Jn 9:311 Pe 3:74:7). Pero la pregunta más específica que responderemos en este breve artículo es: “¿Impide mi pecado que Dios me conceda lo que pido?”. El versículo que aborda esa pregunta directamente es Santiago 4:3: “Pedís y no recibís, porque pedís con malos propósitos, para gastarlo en vuestros placeres”. Vamos a considerar lo que este texto dice y lo que no dice.

Santiago 4:3 dice que no recibiremos lo que pedimos si nuestros motivos son egoístas; es decir, si queremos algo de parte de Dios simplemente para “gastarlo en [nuestros] placeres”. Anteriormente, Santiago mencionó cómo estas “pasiones… combaten en vuestros miembros” (v. 1), pero la gente parece estar perdiendo en la batalla. Quieren las dádivas de Dios para satisfacer sus deseos pecaminosos. Usan herramientas cristianas para alcanzar la meta no cristiana de la autogratificación. Jesús ciertamente dijo a Sus discípulos: “Pedid, y se os dará” (Mt 7:7). Pero el motivo con el que uno pide debe estar basado en la segunda y la tercera petición del Padre nuestro: “Venga Tu reino. Hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo” (Mt 6:10). La persona que ora de esta manera desea las dádivas de Dios para glorificarle y gozarse en Él, tanto ahora como para siempre.

No siempre podremos entender el porqué, pero siempre debemos confiar en que nuestro buen Dios nos dará lo que más nos convenga según Su voluntad.

Sin embargo, Santiago 4:3 no está diciendo que recibiremos todo lo que deseemos si tenemos motivos piadosos, un corazón lleno de fe y amor por el Señor Jesucristo y una voluntad completamente alineada con la voluntad de Dios. A diferencia de muchos predicadores actuales del evangelio de la prosperidad, Dios no es un cajero automático divino. El hecho de que Él tenga fondos inagotables a Su disposición no significa que podemos simplemente retirar cualquier cantidad que deseemos, cuando sea que deseemos, para cualquier cosa que deseemos. El Señor es soberano y bueno. Él sabe precisamente lo que necesitamos y lo que no necesitamos. Necesitamos repetir la oración de Jesús: “No se haga Mi voluntad, sino la Tuya” (Lc 22:42).

Lo contrario también es verdad. El hecho de que nuestra oración no sea contestada en la manera que deseamos no significa que hay algún pecado oculto en nuestra vida o que nos falta fe. Claro, eso puede ser verdad. El pecado puede obstaculizar nuestras oraciones, pero no siempre es verdad que una oración obstaculizada significa que hay pecado presente. Un “no” de parte de Dios es una respuesta a la oración. Y este Dios que dice “no” da esa respuesta para nuestro bien y para Su gloria. No siempre podremos entender el porqué, pero siempre debemos confiar en que nuestro buen Dios nos dará lo que más nos convenga según Su voluntad.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David E. Briones
David E. Briones

El Dr. Briones es profesor de Nuevo Testamento en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de Paul’s Financial Policy: A Socio-Theological Approach [La política financiera de Paul: Un enfoque socio-teológico].