La simiente de la mujer

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Serie: El Mesías prometido

La simiente de la mujer

R. Andrew Compton

Nota del editor: Este es el segundo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido

La maldición sobre la serpiente en Génesis 3:14-15 prepara el escenario para el curso posterior de la historia redentora. Las alusiones obvias del Nuevo Testamento a este pasaje ocurren en lugares como Lucas 10:19Romanos 16:20 y Apocalipsis 12:17. Sin embargo, a partir de este punto en el libro de Génesis, el tema de la “enemistad entre las descendencia/simientes” caracteriza la narrativa bíblica. Este pasaje se cumple finalmente en Jesucristo, la consumada “simiente de la mujer” que aplasta la cabeza de la serpiente. En los tres discursos de maldición dados en Génesis 3:14-19, se bosqueja la trama de la historia.

La intensidad de estos discursos se puede rastrear de la siguiente manera. En su punto máximo, una maldición le es dada directamente a la serpiente: “Maldita serás” (v. 14). Con Adán, hay una leve mitigación: la tierra es maldita por causa de él, pero él no es maldecido directamente como lo fue la serpiente (v. 17). Finalmente, con Eva, la palabra maldición ni siquiera es usada.

La maldición de la serpiente culmina en el versículo 15: “Y pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente ; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar”. Eva no murió el mismo día que comió del árbol (ver 2:17); ella vivió lo suficiente como para tener hijos. El dolor en el parto fue multiplicado, pero el parto ocurrió de todos modos (3:16). Adán nombró a Eva apropiadamente: “El hombre le puso por nombre Eva a su mujer, porque ella era la madre de todos los vivientes” (v. 20). A través de Eva vendría la vida.

Qué consuelo saber que en Cristo Dios nos ha reconciliado Consigo mismo.

A partir de este momento, Génesis presenta dos líneas de simientes librando una guerra santa. Cuando Eva dio a luz a Caín, su confianza en la promesa de Dios era fuerte: “He adquirido varón con la ayuda del Señor” (4:1). Y sin embargo, este hombre, Caín, era en realidad del maligno (1 Jn 3:12) y mató a su justo hermano Abel. Caín demostró ser de la línea de la serpiente, que inicialmente parecía ganar ventaja. El juicio de Dios sobre Caín aludió a las maldiciones en Génesis 3: “Ahora pues, maldito eres de la tierra” (4:11). Caín fue como su padre biológico Adán, al ser maldito de la tierra, pero también fue como su padre espiritual, el diablo, en el sentido de que él mismo recibió la maldición: “Maldito eres de la tierra” (v. 11, énfasis agregado).

Lo que vemos a continuación es el contraste entre lo que podríamos llamar dos “patriarcas” de simientes diferentes. Caín fue la cabeza de la línea de la serpiente, y Set de la línea de la promesa.

Caín procedió a construir un imperio malvado. Aunque Adán y Eva fueron enviados al este del Edén, Caín voluntariamente se alejó aún más al este de la presencia de Dios. Construyó una ciudad, tuvo un hijo, Enoc, y nombró a la ciudad (literalmente “la llamó”) en su honor. (Nota que la próxima vez que leamos de alguien construyendo una ciudad, es otra ciudad serpentina en el este, Babel [Gn 11]). A pesar de los logros culturales de la línea de Caín (4:18-24), vemos que esta culmina en el nacimiento de Lamec, la séptima generación. Dios prometió vengarse siete veces en Génesis 4:15 de cualquiera que matara a Caín, pero Lamec actuó como si fuera más grande que Dios, capaz de imponer una venganza setenta veces. ¿Había la simiente serpentina de Caín planteado un verdadero desafío a la promesa de Dios?

En Génesis 4:25, leemos de la línea de la promesa. Eva dio a luz un reemplazo del justo Abel, Set. Con el hijo de Set, hay un interés continuo en los nombres de las personas: “A Set le nació también un hijo y le puso por nombre Enós. Por ese tiempo comenzaron los hombres a invocar el nombre del Señor” (v. 26). La línea de Set culmina en el nacimiento de un mejor Enoc que el Enoc cainita. Este Enoc era la séptima generación de Set, pero era lo opuesto a la séptima generación cainita, Lamec. Cuando Lamec se jactó de ser más grande que Dios, Enoc caminó con Dios (5:22) y no probó la muerte (v. 24; Heb 11:5). Luego vino un Lamec mejor y diferente, un setita que engendró un hijo, Noé (Gn 5:28-29). Sobre el nacimiento de Noé, Lamec dijo: “Este nos dará descanso de nuestra labor y del trabajo de nuestras manos, por causa de la tierra que el Señor ha maldecido”. Noé era un tipo de Cristo, siendo un hombre justo entre un pueblo adúltero. Su línea fue salvada, pero la línea de la serpiente pereció en su mayoría.

Sin embargo, el diluvio, no fue el golpe final de la cabeza de la serpiente. El hijo de Noé, Cam, continuaría con la línea de la serpiente. No obstante, vendría el día en que llegaría la simiente prometida, Cristo mismo (Gál 3:16). Esta simiente le daría el golpe definitivo a la serpiente. En la nueva creación, no quedará ningún Cam para liderar una nueva resistencia. Génesis 3:14-15 contiene la línea de la historia redentora de toda la Biblia, prometiendo  que aunque la guerra santa se librará entre las dos líneas, Dios proveerá salvación, completa y final, en la obra de Cristo. Qué consuelo saber que en Cristo Dios nos ha reconciliado Consigo mismo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R. Andrew Compton
R. Andrew Compton

El reverendo R. Andrew Compton es profesor asistente de estudios del Antiguo Testamento y director del programa de maestría en estudios teológicos en el Mid-America Reformed Seminary y pastor asociado de la Redeemer United Reformed Church en Dyer, Indiana.

¿Es de ayuda compartir mis peticiones con otros?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración

¿Es de ayuda compartir mis peticiones con otros?

Thomas Brewer

Nota del editor: Este es el capítulo 14 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

A la mayoría de nosotros nos han pedido que oremos por algo. Recientemente, le dije a una amiga que oraría por su esposo, quien está sirviendo en el ejército en el extranjero, para que Dios le permita volver a casa a salvo. Al hacerlo, seguramente estaría repitiendo la misma oración de mi amiga. ¿Por qué molestarse? ¿No escuchó Dios las oraciones de mi amiga? ¿Por qué necesitaría Dios escuchar lo mismo de mi parte?

Quizás lo hacemos porque pensamos que si Dios escucha la misma oración de parte de dos personas, será más probable que la responda. Según ese razonamiento, sería tremendo si pudiéramos encontrar aún más personas para que oren. Pero sabemos que algo en este razonamiento suena mal, y es que insinúa que podemos conformar la voluntad de Dios a la nuestra, solo tenemos que conseguir suficientes personas para que oren. Sin embargo, sabemos que Dios no obra de esta manera. Su voluntad no cambia porque haya muchas personas orando. Dios hace lo que a Él le agrada, y nuestro llamado es conformarnos a Su voluntad, no viceversa (Sal 135:6Mt 6:10).

Orar con otros agrada a Dios, le glorifica y es parte de lo que nos transforma a la imagen de Cristo.

Entonces, ¿por qué orar? Bueno, paradójicamente, la voluntad de Dios es que oremos los unos por los otros y en todo momento (Ef 6:181 Tes 5:16-18Stg 5:16). Vemos ejemplos de este tipo de oración en la vida de Jesús y en las vidas de los apóstoles (Jn 17; Col 1:9). Los mandatos son sencillos: ora, continúa orando y ora por los demás.

Debemos orar no solo porque es la voluntad de Dios, por supuesto, sino también porque Dios quiere dar a conocer Su nombre en nuestras vidas (Sal 46:10). Una de las maneras en que Él logra esto es a través de la oración. Por ejemplo, cuando la Iglesia en Hechos oró para que Pedro fuese liberado de la cárcel, él fue milagrosamente liberado por un ángel (Hch 12:1-17). ¿Había Dios determinado liberar a Pedro desde antes que orara Su pueblo? Sí. ¿Respondió Dios sus oraciones? Sí. ¿Fue su fe fortalecida, sus vidas bendecidas, y el nombre de Dios glorificado? Si. Nuestro Dios es soberano sobre todo y conoce nuestras peticiones incluso antes de que haya palabra en nuestra boca (Sal 139; Mt 6:8). Aun así, Dios decide responder las oraciones de Su pueblo. Es la manera en que Dios ha establecido el universo. Cuando Su pueblo ora, Él escucha. Dios responde a Su tiempo y a Su manera. Pedro ciertamente no esperaba a un ángel. Independientemente de lo que Dios decida hacer, confiamos en Él y le damos gloria.

Así que ¿es de ayuda compartir mis peticiones con otros? No, eso no ayuda a alterar la voluntad de Dios, pero sí, sí ayuda. Ayuda porque Dios decide escuchar y actuar según las oraciones de Su pueblo cuando ellos oran juntos según Su voluntad y en Su Espíritu. El Espíritu, claro está, intercede por nosotros, conociendo la voluntad de Dios a la perfección (Rom 8:27). Orar con otros agrada a Dios, le glorifica y es parte de lo que nos transforma a la imagen de Cristo. Después de todo, Jesús oró por Sí mismo y por otros. Nosotros debemos ir y hacer lo mismo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Thomas Brewer
Thomas Brewer

Thomas Brewer es editor en jefe de Tabletalk Magazine y un anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en América.

El verdadero Israel de Dios

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Serie: El Mesías prometido

El verdadero Israel de Dios

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primero de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido

En Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés], recientemente concluimos un estudio de dos años y medio del libro de Éxodo en nuestro servicio de domingo por la noche.  Fue un tremendo viaje a medida que salíamos de Egipto, a través del mar Rojo, por el desierto, subiendo y bajando el monte Sinaí y hacia la tierra prometida. Desde el principio, observamos que una de las razones fundamentales para la liberación divina de Israel de Egipto, no fue simplemente que los israelitas fueran libres de la esclavitud sino que fueran liberados para poder adorar al Señor. Dicho de manera sencilla, el libro de Éxodo no se trata fundamentalmente del éxodo, sino de la adoración. El Señor liberó a Israel para que ellos pudieran adorarle. La historia de Éxodo corresponde a la narrativa teológica general de la Escritura, y la gran narrativa general de la Escritura no es simplemente redención de la esclavitud sino redención para adorar.

El plan soberano y la promesa de Dios no pueden ser frustrados.

A lo largo del Nuevo Testamento, el Señor gloriosamente revela cómo el Mesías prometido cumplió las profecías, las promesas y el plan de nuestro Dios triuno.  El Evangelio de Mateo revela cómo Jesús es el verdadero y más grande Israel de Dios (Mt 2:13-155:17; ver Os 11:1) que logró lo que Israel logró. Él fue a Egipto y salió de Egipto (Mt 2). Pasó por las aguas (Mt 3:13-17) y por el desierto, donde fue tentado a adorar algo más que a Dios solo y fue sostenido por toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4:1-11). Habló con Moisés y Elías acerca de Su partida (literalmente, Su «éxodo»; ver Lc 9:31). Y, mientras repetía la historia de Israel en Su propia persona, Él cumplió los oficios de rey y profeta, sirviendo como el Rey del linaje de David quien es también el Hijo supremo de David (Mt  2:21221:527:27-31; ver 2 Sam 7) y como el Profeta superior a Moisés (Mt 11:1-1923-24; ver Dt 18:15-22).

Jesús repitió, avanzó y cumplió la historia de Israel en el clímax de Su obra. Sufrió el exilio de Su muerte en la cruz (Mt 27:32-50), donde también cumplió Su papel como el gran Sumo Sacerdote y el Cordero de la Pascua sacrificado (Mt 26:1-1327:51). Allí, el templo de Su cuerpo fue destruido (Mt 26:6127:40), pero al tercer día fue restaurado del exilio de la muerte en Su resurrección, resucitando el templo de Su cuerpo (Mt 28:1-10) y convirtiéndose en la piedra angular del nuevo templo, Su Iglesia, que es el cumplimiento del plan de Dios para Su verdadero pueblo Israel (1 Pe 2:4-8). El plan soberano y la promesa de Dios no pueden ser frustrados, porque ahora Jesucristo tiene toda la autoridad en el cielo y en la tierra, y está con nosotros hasta el fin del mundo, y Él regresará como nuestro Rey y nos llevará a la Tierra Prometida celestial.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

¿Cuál debe ser mi postura al orar?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración

¿Cuál debe ser mi postura al orar?

Kevin Struyk

Nota del editor: Este es el capítulo 13 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La postura no es algo que comentamos muy a menudo. De hecho, hablar sobre la postura —cómo posicionar el cuerpo cuando estamos en ciertos lugares para lograr ciertos propósitos— puede sonar absurdo hoy en día. En una sociedad que valora la libertad de expresión y el deshacerse de las ataduras de los modales antiguos, incluyendo las tradiciones, las prácticas y los valores bíblicos, ser intencional con nuestra postura no es una gran prioridad. Sin embargo, los discípulos de Jesucristo comprenden la importancia y el gran privilegio de venir ante nuestro santo y justo Dios en oración. Por lo tanto, al comunicarnos con nuestro Señor, debemos considerar cómo nuestra postura afecta nuestras oraciones.

Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu.

En Occidente, el hombre típicamente se arrodilla al proponerle matrimonio a su futura esposa. Esta postura, por lo general, muestra la devoción, el amor y el deseo del hombre de servir a su futura esposa, la cual merece honor y respeto. Estar de rodillas también demuestra sumisión y vulnerabilidad. La capacidad de uno ver y moverse es muy limitada en esa posición. Este ejemplo nos ayuda a entender el significado de nuestra postura al orar.

Estar de rodillas es común para los que oran. Al igual que un hombre que está proponiendo matrimonio, el que está arrodillado en oración asume una posición baja y humilde, mostrando dependencia, devoción y honor al Señor. Vemos a nuestro Señor y Salvador Jesucristo demostrando Su dependencia al arrodillarse para orar en el jardín de Getsemaní (Lc 22:40-41). Pablo, luego de contarle a sus amigos sobre su partida, se arrodilló con los ancianos para orar (Hch 20:36). Pedro, antes de ordenarle a Tabita que se levantase de los muertos, se arrodilló y oró (9:40). Tanto al arrodillarse como al doblegarse, el cuerpo se encorva, limitando las distracciones, mostrando honor y trayendo a la memoria nuestra total dependencia del Señor.

Sentarse, ponerse de pie y levantar las manos en oración son otras posturas que encontramos en la Biblia. David se sienta ante el Señor en oración (2 Sam 7:18), Salomón se pone de pie y extiende sus manos en oración (1 Re 8:22), y Pablo exhorta a Timoteo y a otros a orar levantando manos santas (1 Tim 2:8). Durante el transcurso de un día normal, lo más común es que nos encontremos sentados o de pie. Tal vez estás sentado en una mesa, en un carro o en un escritorio. Quizás te gusta caminar, correr o hacer ejercicios. Cualquiera que sea el caso, es bueno, correcto y apropiado orar al Señor en estas distintas posturas. Las instrucciones de Pablo a orar en todo tiempo y sin cesar probablemente incluían el estar sentado y de pie, así como otras posiciones (Ef 6:181 Tes 5:16-18).

De todos modos, lo más importante no es la postura externa del cuerpo, sino la postura interna del corazón; nuestros corazones deben expresar quebrantamiento, contrición, humildad y dependencia. Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu. Comunicarse con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo es un privilegio indescriptible. Que nuestra postura, tanto la interna como la externa, demuestre nuestra sincera devoción y gratitud al Señor.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kevin Struyk
Kevin Struyk

El Rev. Kevin Struyk es un pastor asociado en Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, FL y un graduado del Reformed Theological Seminary en Orlando, Fla.

La gratitud en la oración

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Serie: Preguntas claves sobre la oración

La gratitud en la oración

Kevin Struyk

Nota del editor: Este es el capítulo 13 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La postura no es algo que comentamos muy a menudo. De hecho, hablar sobre la postura —cómo posicionar el cuerpo cuando estamos en ciertos lugares para lograr ciertos propósitos— puede sonar absurdo hoy en día. En una sociedad que valora la libertad de expresión y el deshacerse de las ataduras de los modales antiguos, incluyendo las tradiciones, las prácticas y los valores bíblicos, ser intencional con nuestra postura no es una gran prioridad. Sin embargo, los discípulos de Jesucristo comprenden la importancia y el gran privilegio de venir ante nuestro santo y justo Dios en oración. Por lo tanto, al comunicarnos con nuestro Señor, debemos considerar cómo nuestra postura afecta nuestras oraciones.

Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu.

En Occidente, el hombre típicamente se arrodilla al proponerle matrimonio a su futura esposa. Esta postura, por lo general, muestra la devoción, el amor y el deseo del hombre de servir a su futura esposa, la cual merece honor y respeto. Estar de rodillas también demuestra sumisión y vulnerabilidad. La capacidad de uno ver y moverse es muy limitada en esa posición. Este ejemplo nos ayuda a entender el significado de nuestra postura al orar.

Estar de rodillas es común para los que oran. Al igual que un hombre que está proponiendo matrimonio, el que está arrodillado en oración asume una posición baja y humilde, mostrando dependencia, devoción y honor al Señor. Vemos a nuestro Señor y Salvador Jesucristo demostrando Su dependencia al arrodillarse para orar en el jardín de Getsemaní (Lc 22:40-41). Pablo, luego de contarle a sus amigos sobre su partida, se arrodilló con los ancianos para orar (Hch 20:36). Pedro, antes de ordenarle a Tabita que se levantase de los muertos, se arrodilló y oró (9:40). Tanto al arrodillarse como al doblegarse, el cuerpo se encorva, limitando las distracciones, mostrando honor y trayendo a la memoria nuestra total dependencia del Señor.

Sentarse, ponerse de pie y levantar las manos en oración son otras posturas que encontramos en la Biblia. David se sienta ante el Señor en oración (2 Sam 7:18), Salomón se pone de pie y extiende sus manos en oración (1 Re 8:22), y Pablo exhorta a Timoteo y a otros a orar levantando manos santas (1 Tim 2:8). Durante el transcurso de un día normal, lo más común es que nos encontremos sentados o de pie. Tal vez estás sentado en una mesa, en un carro o en un escritorio. Quizás te gusta caminar, correr o hacer ejercicios. Cualquiera que sea el caso, es bueno, correcto y apropiado orar al Señor en estas distintas posturas. Las instrucciones de Pablo a orar en todo tiempo y sin cesar probablemente incluían el estar sentado y de pie, así como otras posiciones (Ef 6:181 Tes 5:16-18).

De todos modos, lo más importante no es la postura externa del cuerpo, sino la postura interna del corazón; nuestros corazones deben expresar quebrantamiento, contrición, humildad y dependencia. Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu. Comunicarse con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo es un privilegio indescriptible. Que nuestra postura, tanto la interna como la externa, demuestre nuestra sincera devoción y gratitud al Señor.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kevin Struyk
Kevin Struyk

El Rev. Kevin Struyk es un pastor asociado en Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, FL y un graduado del Reformed Theological Seminary en Orlando, Fla.

La gratitud en la oración

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Serie: Gratitud

La gratitud en la oración

John Blanchard

Nota del editor: Este es el último de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

nante e incurable, pero, por la sangre de Cristo, el perdón de los pecados es la cura de esta enfermedad”. 

Ninguno de nosotros experimentará circunstancias en las que no haya bendiciones por las cuales Dios merezca nuestra gratitud.

Después, David medita con gratitud en que Dios “rescata de la fosa [su] vida”; es decir, de los dolores indescriptibles del infierno. Esta redención eterna les asegura a los creyentes que “no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús” (Rom 8:1), certeza gloriosa por la que debemos estar eternamente agradecidos.

El rey suma a todo esto su gratitud porque Dios le asegura que Él lo “corona de bondad y compasión” y “colma de bienes [sus] años”, lo que confirma el testimonio previo de David de que “el bien y la misericordia [lo] seguirán todos los días de [su] vida” (Sal 23:6).

La acción de gracias de David en el Salmo 103 ahora traspasa los límites de su experiencia personal e incorpora el cuidado pactual de Dios de todos los creyentes. Él “hace justicia, y juicios a favor de todos los oprimidos”; Él es “compasivo y clemente… lento para la ira y grande en misericordia”, que es así de grande “como están de altos los cielos sobre la tierra”; Él se compadece “como un padre se compadece de sus hijos”. Todos estos beneficios están asegurados porque Dios “ha establecido Su trono en los cielos, y Su Reino domina sobre todo”. En el siglo XVII, el teólogo David Dickson identificó diecisiete de estos beneficios en este salmo.

El culto de oración semanal de mi iglesia local comienza con una lectura bíblica, que es seguida inmediatamente por un momento de alabanza y acción de gracias al Señor, patrón que refleja la exhortación del salmista: “Entrad por Sus puertas con acción de gracias, y a Sus atrios con alabanza. Dadle gracias, bendecid Su nombre” (Sal 100:4). Una y otra vez, el Apóstol Pablo nos insta a mezclar nuestras peticiones con alabanzas: debemos estar “dando siempre gracias por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a Dios, el Padre” (Ef 5:20); no debemos estar afanosos, “antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios” (Flp 4:6); debemos perseverar “en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Col 4:2); debemos dar “gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes 5:18).

En pocas palabras, debemos aprender a tener una actitud agradecida, incluso en los días más oscuros, sabiendo que aun estos están en las manos de Dios. Ninguno de nosotros experimentará circunstancias en las que no haya bendiciones por las cuales Dios merezca nuestra gratitud. Azotado por un tsunami personal en el que perdió a todos sus hijos y todo su ganado, Job “postrándose en tierra, adoró, y dijo: … bendito sea el nombre del Señor” (Job 1:20-21).

La escritora de himnos Frances Ridley Havergal, quien vivió en el siglo XIX, testificó en una ocasión: “Si pudiera escribir como quisiera sobre la bondad de Dios hacia mí, la tinta herviría en mi pluma”. En esta era digital, podría haber escrito: “¡Mi computadora colapsaría!”. Asumamos ese riesgo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John Blanchard
John Blanchard

El Dr. John Blanchard es un predicador, profesor y apologista que vive en Banstead, Inglaterra. Es autor de varios libros, entre ellos Últimas preguntas y ¿Qué ha pasado con el infierno?

Gratitud y ambición

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Serie: Gratitud

Gratitud y ambición

Paul Levy

Nota del editor: Este es el duodécimo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

¿Acaso la gratitud y la ambición van de la mano? Tal combinación parece incongruente. Si realmente estás agradecido por algo, sin duda la ambición te parecerá un poco peligrosa ya que por lo general está más asociada al descontento o incluso a la codicia. Pero ¿podríamos decir que la gratitud real, genuina y sincera es incompatible con la ambición?

Consideremos la ambición por un momento. Nuestras mentes piensan automáticamente en el mal uso y el abuso de la ambición, ya que hay numerosos ejemplos de esto en la Escritura. Los más obvios son el de la torre de Babel en Génesis 11 y el del rico insensato en Lucas 12. En ambos casos vemos una ambición que es autosuficiente; para ellos, Dios no era un factor a considerar. En Babel, la motivación de los constructores era hacerse un nombre famoso para sí mismos, mientras que en Lucas 12, el rico insensato hace planes para acumular riquezas materiales y construir graneros más grandes sin tomar en cuenta a Dios. Claramente, la ambición puede ser peligrosa.

Nuestros corazones son engañosos, y a veces la línea que divide el celo piadoso y la ambición egoísta es muy fina.

Sin embargo, eso no niega el hecho de que la ambición es parte de nuestro diseño divino como seres humanos. La ambición no es perversa en sí misma, sino algo que Dios nos ha dado con el fin de que la usemos para nuestro bien y el de los demás. La ambición piadosa conlleva un fuerte deseo y una gran disciplina para lograr fines justos.

Adán y Eva recibieron una orden clara de parte de Dios de llenar la tierra y sojuzgarla (Gn 1:28). A Noé se le reafirmó ese llamado después del diluvio (9:1). Este mandato dado durante la Creación debía ser su ambición. El salmista ordena: “Pon tu delicia en el Señor, y Él te dará las peticiones de tu corazón” (Sal 37:4). El apóstol Pablo era ambicioso en cuanto al Evangelio, y prosiguió hacia la meta por el premio de ese supremo llamamiento (Flp 3:14). Él nos dice explícitamente que su ambición era predicar el Evangelio donde Cristo no había sido anunciado (Rom 15:19-20). El mismo Señor Jesús mostraba celo por la gloria de Su Padre y era obediente a Su voluntad. Él nos enseña que Sus discípulos deben ser personas que tienen hambre y sed de justicia, y que Su pueblo debe buscar primero el Reino de Dios (Mt 5:66:33). En 1 Corintios 10:31 se nos dice que ya sea que comamos o que bebamos o que hagamos cualquier otra cosa, debemos hacerlo todo para la gloria de Dios.

La gratitud y la ambición divina deben ir de la mano. Es la gratitud por todas las buenas dádivas de Dios —Su creación, redención, preservación y segura esperanza futura— lo que debe alimentar nuestra ambición, de modo que podamos vivir vidas para Su gloria y para el bien de los demás. La gratitud nunca debe conducir a una existencia autosatisfecha y pasiva. El conocimiento de Dios y de Su obra en Cristo debe conducir a un deseo de vivir y de trabajar para Él. Como dice el Catecismo Menor de Westminster, existimos para glorificar a Dios y disfrutarlo para siempre. La ambición por hacer eso está en el ADN de cada hijo de Dios.

Fuimos hechos para planear, y los planes sabios que hacemos para la gloria de Dios, ya sea con respecto a nuestra familia, nuestro hogar, nuestras finanzas o incluso nuestro estado físico, son buenos y son parte de lo que significa ser humano. Por supuesto, tenemos que evaluar nuestras ambiciones. Sabemos que nuestros corazones son engañosos, y a veces la línea que divide el celo piadoso y la ambición egoísta es muy fina. Sin embargo, estamos llamados a vivir a la luz de todo lo que Dios ha hecho y está haciendo por nosotros, a usar el tiempo y los recursos que Él nos ha dado por Su gran generosidad, y a vivir de una manera que sea ambiciosa para la gloria de Dios.

¿Qué pasa cuando no logramos nuestras ambiciones? Vivimos en un mundo donde nuestras esperanzas y planes no siempre se hacen realidad, y muchos cristianos han experimentado  grandes decepciones. Hebreos 11 es un capítulo que presenta a muchos de nuestros héroes de la fe y, sin embargo, al final del capítulo hay campeones anónimos que sufrieron burlas y flagelaciones, incluso cadenas y encarcelamientos. Fueron apedreados; fueron aserrados por la mitad; fueron asesinados a filo de espada. Dudo mucho que esa fuera la ambición de estos hombres y mujeres cuando salieron a servir al Señor. Cada miembro del salón de la fe en Hebreos 11 murió en fe, sin haber recibido lo que se les había prometido.

Eso nos regresa a la verdad de que Dios es Dios. Sus caminos no son nuestros caminos, y Sus pensamientos no son nuestros pensamientos (Is 55:8-9). En Su gracia, Dios tiende a redirigirnos según Su voluntad soberana. Tomamos las palabras de Proverbios 3:5-7, reconociendo al Señor en todos nuestros caminos, confiando en que Él actuará. Incluso la decepción de una ambición frustrada puede ser una fuente de gratitud. Como dice el escritor del himno: “Lo que mi Dios ordena es correcto; Su santa voluntad permanecerá”. Dios sabe lo que es mejor, así que sé agradecido y sé ambicioso para Su gloria y para tu gozo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Paul Levy
Paul Levy

El Rev. Paul Levy es ministro de la International Presbyterian Church Ealing en Londres.

Codicia y gratitud

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Serie: Gratitud

Codicia y gratitud

Robert M. Godfrey

Nota del editor: Este es el undécimo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Si la gratitud debe ser nuestra respuesta automática a la gracia que experimentamos en la vida cristiana, entonces ¿por qué a menudo somos ingratos? ¿Cuál es la raíz de la ingratitud? En parte, la respuesta a esa pregunta se encuentra en el último de los Diez Mandamientos, donde Dios dice: “No codiciarás”. Si nos detenemos a pensar en este mandamiento, podríamos preguntarnos si sería exagerado decir que la codicia es la raíz de la ingratitud. Inicialmente podríamos ser tentados a pensar que este mandamiento es solo una décima parte de la ley, o que es el más insignificante porque está de último. Sin embargo, es lo contrario, deberíamos reconocer que es el decreto sumativo y concluyente de la ley de Dios. Al hacer esto, notamos el carácter integral del mandamiento.

El carácter integral de la codicia

El carácter integral de este mandamiento muestra la manera en que la codicia suele estar involucrada cuando se quebranta cualquiera de los Diez Mandamientos. Esto se evidencia claramente en algunos pasajes de la Escritura. Cuando Pablo reflexiona sobre toda la ley, él utiliza la codicia para resumirla (Rom 7:7). Cuando advierte a los gálatas que deben guardarse del pecado, él se refiere al pecado como la codicia de la carne en contra del Espíritu (Gál 5:17). Y cuando Santiago está advirtiendo en contra del homicidio, de las peleas y de las guerras, él muestra cómo la codicia es la raíz de todos estos pecados (Stg 4:2).

El Catecismo de Heidelberg también expone el carácter integral de la codicia (Pregunta y Respuesta 113). Nos dice que el décimo mandamiento ordena: “Que nunca surja en nuestros corazones ni la más mínima inclinación o idea contraria a alguno de los mandamientos de Dios”. Esta respuesta apunta al hecho de que cuando nuestra ingratitud nos lleva a desafiar cualquiera de los Diez Mandamientos, la raíz es la codicia, nuestro deseo de posicionarnos por encima de Dios.

El contentamiento produce piedad y gratitud en la vida del creyente.

Cuando adoramos a otros dioses, cuando no descansamos ni adoramos en el día de reposo, cuando no honramos a las autoridades, o cuando luchamos con alguna forma de adulterio, es porque estamos codiciando. Estamos codiciando cuando adoramos la manera de vivir del mundo, cuando deseamos un día de reposo enfocado en nuestros intereses, cuando reclamamos autoridad sobre nuestra vida, o cuando deseamos al cónyuge de nuestro prójimo. El carácter integral del pecado revela cómo la codicia es la raíz de todo acto de ingratitud hacia Dios.

El Conquistador absoluto de la codicia

Las raíces de la codicia están profundamente arraigadas en nuestras vidas cristianas. Reconocer esto nos conduce a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien luchó perfectamente contra la codicia y siempre mostró contentamiento al obedecer la voluntad de Dios. Durante la tentación de Cristo en el desierto, ¿qué buscaba Satanás si no tentarle a codiciar en contra de la Palabra de Dios? Satanás estaba tentando al Salvador con la esperanza de que Él codiciara comida, fama y el cumplimiento de metas egoístas (Lc 4:1-13). Sin embargo, Cristo resistió el pecado de la codicia, en el cual el primer Adán cayó como presa (Gn 3:6). Él estaba completamente satisfecho con las promesas de Su Padre; la Palabra Viva no tenía necesidad de lo que el diablo le ofrecía. Y al desarraigar el pecado de la codicia, el Señor nos muestra al principio de los Evangelios cómo Él cumplió la ley en su totalidad por nosotros.

El contentamiento en la vida cristiana

Entender la codicia y cómo Cristo conquistó el pecado nos ayuda a enfrentar y desarraigar la codicia de nuestras vidas como cristianos. Primero debemos despojarnos del viejo hombre y destruir la codicia que proviene de nuestra naturaleza caída. Asimismo, como aquellos que ahora estamos vivos en Cristo, debemos vestirnos del nuevo hombre, cuya motivación para todas las cosas es el contentamiento, no la codicia. Los que pertenecemos a Cristo debemos cultivar contentamiento y satisfacción en Él, confiando en que se aproxima una cosecha fructífera.

Este verdadero contentamiento significa que no estamos deseando vivir como el mundo ni disfrutar de sus placeres. Más bien, debemos estar satisfechos con las promesas del Evangelio. Esta es la exhortación de Pablo a Timoteo (1 Tim 6:3-11): sigue la sana doctrina de la Escritura “que es conforme a la piedad”. Pablo le recuerda a su discípulo: “Pero la piedad, en efecto, es un medio de gran ganancia cuando va acompañada de contentamiento” (v. 6). Pablo exhorta a los cristianos a evitar los “deseos necios y dañosos, y toda clase de mal” y a estar contentos con lo que tienen (vv. 8-9). Luego de mencionar las cosas de las que Timoteo debe huir, Pablo le exhorta a “seguir la justicia, la piedad, la fe, el amor, la perseverancia y la amabilidad”. El contentamiento produce piedad y gratitud en la vida del creyente. Además, el cristiano que vive con contentamiento se mantiene expectante, aguardando el regreso del Rey, quien lo recibirá en Su reino por siempre (Ap 21-22).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert M. Godfrey
Robert M. Godfrey

El Dr. Robert M. Godfrey es pastor de Zeltenreich Reformed Church en New Holland, PA.

¿Por cuánto tiempo debo orar?

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Serie: Gratitud

¿Por cuánto tiempo debo orar?

C.N. Willborn

Nota del editor: Este es el capítulo 12 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La duración de las oraciones es un tema interesante, pero es más interesante que relevante. Me imagino que muchas personas han luchado con la duración de sus oraciones y han llegado a pensar: “¿Oré lo suficiente?” y “¿Estuvo Dios complacido con la cantidad de tiempo que pasé orando esta mañana?”. Estas preguntas son el producto de un enfoque metodológico pietista u orientado a las obras de la vida cristiana. Combina el pietismo con nuestro celo por la idea de que “mientras más grande, mejor”, y los cristianos terminan pensando cuantitativamente en vez de pensar cualitativamente acerca de la oración. Comenzamos a pensar más en nosotros mismos que en el Dios trino a quien oramos.

En la Biblia abundan los ejemplos de oraciones cortas.

¿Nos ofrece la Biblia ayuda para la disciplina de la oración? Claro que sí. Pero en ninguna parte la Biblia dice: “Orarás en intervalos de ______”. Encontramos a diversos personajes bíblicos orando a todas horas del día, pero poco se especifica sobre la duración. David oró en la noche (Sal 42:8), como también lo hizo nuestro Salvador (Mr 14:32). Nuestro Señor Jesús también oró temprano en la mañana (Mr 1:35). Las oraciones de Pablo parecen ser esporádicas, elevadas cuando era impulsado a alabar y cuando las necesidades se hacían evidentes.

No obstante, es instructivo notar la longitud de las oraciones registradas en las Escrituras. Comencemos con la oración modelo de nuestro Señor (Mt 6:8-13); ahí encontramos brevedad. Aun si fuera un “esquema de oración” para ser rellenado, yo te recordaría que nuestro Señor introdujo estos pocos versículos con las siguientes palabras: “Y al orar, no uséis repeticiones sin sentido” (Mt 6:7). Aquí Él enfatiza la calidad por encima de la cantidad (repetición). En la Biblia abundan los ejemplos de oraciones cortas. Moisés clamó al Señor por misericordia en un momento crucial, y su oración ocupa cuatro versículos (Dt 9:26-29). Elías oró para defender el honor de Dios en dos versículos (1 Re 18:36-37). La oración más crítica de Nehemías tomó siete versículos enormes (Neh 1:5-11). Todas las oraciones registradas de Pablo son cortas (por ejemplo, Flp 1:9-11Col 1:9-12). Incluso la oración de nuestro Señor como Sumo Sacerdote registrada en Juan 17 es corta. Léela en voz alta en algún momento y cronométralo, probablemente toma unos tres minutos.

Sí, a veces nos encontramos pasando un tiempo extendido en oración, pero la duración no es lo más importante. La clave está en orar la Biblia. Una guía útil para esto se encuentra en el Catecismo Menor de Westminster 98-107. Usemos las palabras de Dios y “[oremos] sin cesar” (1 Tes 5:17). Es decir, siempre que veamos algo digno de alabanza en la vida cotidiana, alabemos a Dios. Siempre que recordemos algo digno de agradecimiento durante el día, démosle gracias. Tan pronto veamos a un pecador, pidamos a Dios por éste. Siempre que seamos tentados, clamemos a Él. Esas oraciones serán cortas pero eficaces si oramos con fe (Mt 21:22). Aquí va una mejor respuesta a la pregunta “¿Por cuánto tiempo debo orar?”: hasta que mueras.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
C.N. Willborn
C.N. Willborn

El Dr. C.N. Willborn es pastor principal de Covenant Presbyterian Church en Oak Ridge, Tenn., Y profesor adjunto de teología histórica en Greenville Presbyterian Theological Seminary en Greenville, S.C.

Gratitud y queja

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Serie: Gratitud

Gratitud y queja

Marissa Henley

Nota del editor: Este es el décimo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Durante unos pocos meses gloriosos al final del 2011, casi nunca me quejé. Había tenido que pasar por varios meses de tratamiento por un cáncer poco común y me acababan de declarar libre de cáncer. No sabía cuántos días saludables tendría con mi familia joven antes de que el cáncer regresara, y estaba determinada a sacarle la mayor cantidad de gozo posible a cada día.

Para ponerlo de forma llana, dejé de quejarme al darme cuenta de que, estadísticamente hablando, debí haber estado muerta. Se me había concedido el don de la vida, y mi gratitud se desbordaba.

Pero no me tomó mucho tiempo olvidar lo que se me había concedido. Caí nuevamente en mis viejos hábitos de murmuración, tal como los israelitas que se maravillaron del poder de Dios en el mar Rojo pero no confiaron en que Él les proveería agua potable (Éx 14-15). Aunque yo había experimentado la fidelidad del Señor a través de las aguas profundas del sufrimiento, olvidaba Su bondad en los charcos más pequeños de mi día, tales como un clima sombrío o una fila lenta en la cafetería.

La gracia de Dios nos constriñe a responder con gratitud, no con murmuración.

Al enfrentarnos a las frustraciones y los inconvenientes menores de la vida diaria, tenemos que tomar una decisión: agradecer o murmurar. A medida que nos esforzamos por agradecer, necesitamos reconocer la pecaminosidad de nuestra murmuración, examinar las actitudes del corazón que yacen detrás de ella y descubrir su remedio en el Evangelio.

El pecado de la murmuración

Podríamos irritarnos ante la idea de que nuestra queja es pecaminosa. Pero en Filipenses 2:14, Pablo nos amonesta: “Haced todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones”. En contraste, nos exhorta a “[dar] gracias en todo” (1 Tes 5:18). En Números 14, Dios describe a los israelitas quejosos como una “congregación malvada” y les niega la entrada a la tierra prometida (vv. 26-30). La Escritura muestra claramente que Dios ve nuestra murmuración respecto a nuestras circunstancias como quejas pecaminosas contra Él.

La murmuración y la gratitud no pueden coexistir. Cuando decidimos murmurar, pecamos contra Dios. Cuando decidimos ser agradecidos, obedecemos a Dios y le glorificamos a medida que brillamos como luces ante el mundo que nos rodea (Flp 2:15).

La raíz de la murmuración

Algunas veces nuestras quejas surgen de un deseo de justicia o de un compromiso con el bienestar de otros. En Hechos 6, la Iglesia trajo de manera apropiada una queja a favor de las viudas que no estaban siendo atendidas. Cuando experimentamos o somos testigos de actos de injusticia o de abuso, necesitamos llevar esas quejas a las autoridades apropiadas.

Pero la mayoría de nuestras quejas están enraizadas en nuestro propio pecado más que en nuestra propia preocupación por otros. Nuestras murmuraciones centradas en nosotros mismos provienen de la ingratitud, el orgullo y la incredulidad. En nuestra ingratitud, fallamos en darle gracias a Dios por todas Sus buenas dádivas. Nos enfocamos en lo que nos hace falta en vez de regocijarnos en lo que Dios ha provisto. En nuestro orgullo, pensamos que sabemos lo que es mejor para nosotros. En vez de confiar en los planes de Dios, queremos las cosas a nuestra manera. En nuestra incredulidad, no confiamos en que Dios nos dará lo que necesitamos. Le decimos a Dios: “Lo que has hecho no está bien. Lo que nos has dado no es suficiente”. Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo para arrancar esta maleza de nuestros corazones murmuradores, y en cambio crecer en gratitud, humildad y dependencia del Señor.

El remedio para la murmuración

El remedio para nuestras quejas es recordar el Evangelio. En esos días sin quejas del 2011, era profundamente consciente de que había sido librada de la enfermedad y de la muerte, y de cómo se me había concedido la salud y la vida. Ver la bondad y la fidelidad de Dios era fácil.

Pero algunas veces, nuestras desafiantes circunstancias opacan las buenas dádivas de Dios. Nos cuesta dar gracias cuando abundan las razones para la murmuración. En esos días, necesitamos cultivar la gratitud del Evangelio. Cuando consideramos lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo, tenemos razones interminables para intercambiar nuestras protestas por alabanza.

Hermanos y hermanas en Cristo, ustedes han sido rescatados de la muerte y se les ha dado una vida nueva. Cristo “nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales” (Ef 1:3). Todas las circunstancias de sus vidas son ordenadas por nuestro Padre bueno, fiel y sabio. Cuando enfrenten luchas terrenales, pueden regocijarse en sus riquezas eternas en Cristo.

Ya sea que estemos frustrados a causa de un compañero de trabajo que no coopera o por niños que no obedecen; ya sea que nuestro día sea interrumpido por un pequeño inconveniente o por una gran decepción, esta verdad permanece: la gracia de Dios nos constriñe a responder con gratitud, no con murmuración. Cuando hacemos todas las cosas sin quejarnos, le damos gloria a Aquel que nos da un sinfín de razones para alabarle.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Marissa Henley
Marissa Henley

Marissa Henley es autora de Loving Your Friend through Cancer: Moving beyond «I’m Sorry» to Meaningful Support [Amando a tu amigo en medio de su cáncer: Yendo más allá de “Lo Siento” para dar un apoyo significativo].