¿Dónde y cuándo debo orar?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración

¿Dónde y cuándo debo orar?

Nathan W. Bingham

Nota del editor: Este es el undécimo de 25 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Un amigo mío está a solo unas semanas de casarse. Una cosa que le he enfatizado este año es que la buena comunicación es una de las claves para un matrimonio fructífero. Como seres relacionales creados a imagen de Dios, todos reconocemos este aspecto vital de las relaciones cercanas. Por eso es útil recordar que la oración es, como Juan Calvino decía a menudo, una «conversación con Dios».

¿Cuándo debemos orar? Al igual que la conversación dentro de un matrimonio saludable, la oración es, de manera ideal, frecuente y orgánica. Si solo hablara con mi esposa durante períodos de tiempo programados al principio o al final del día, o peor aún, solo los domingos, podría haber un problema. A la vez, programar momentos intencionales para tener una conversación más profunda e ininterrumpida, quizás mientras los niños están en la cama o mientras salimos a cenar, es extremadamente saludable. Notamos esta tensión en las Escrituras cuando se nos manda a «[orar] sin cesar» de una manera muy orgánica (1 Tes 5:17) y a la misma vez vemos a cristianos orando en momentos determinados y no de manera accidental.

No priorizar la oración es priorizar otra cosa.

Como cristiano, no me llevó mucho tiempo aprender que si no reservaba un tiempo diario para orar, las ocupaciones de la vida se me interpondrían muy fácilmente. No priorizar la oración es priorizar otra cosa. Al mismo tiempo, también aprendí que cuando doy prioridad a establecer un tiempo para orar, tiendo a tratarlo como un elemento más en mi lista de tareas pendientes. Puedo caer en la trampa tachar a Dios y luego olvidarme de Él. Enfocar la oración como algo que tengo que hacer puede llevarme a descuidar al Señor durante todo el día. No te desalientes. Al igual que la comunicación en un matrimonio saludable, por la gracia de Dios, una vida de oración saludable se desarrolla con el tiempo.

Otra pregunta es dónde debemos orar. Muchas mañanas he orado en la cama. También he pasado muchas mañanas volviéndome a dormir. Creo que la respuesta sobre dónde debemos orar es liberadora y simple: debemos orar donde necesitemos orar. Si estás a punto de entrar en una reunión de negocios o en una habitación con un niño malcriado e impenitente, ora en tu mente o en voz baja por sabiduría o paciencia. Si necesitas confesar un pecado u orar por un ser querido que atraviesa una prueba y no deseas ser interrumpido o distraído, busca un lugar alejado de interrupciones y distracciones. Las Escrituras no limitan la oración solo dentro del edificio de una iglesia. Debemos orar donde necesitemos orar. Pero si una determinada ubicación nos estimula a quedarnos dormidos, tal vez deberíamos buscar otro lugar.

Si bien Dios no prescribe un momento o un lugar específico para la oración, sería sabio reservar momentos específicos para orar y utilizar lugares apropiados para la oración. La manera de hacer esto será diferente para cada persona según las diferentes estaciones y situaciones de la vida.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nathan W. Bingham
Nathan W. Bingham

Nathan es el Director General de Comunicaciones para Ligonier Ministries y un graduado del Presbyterian Theological College en Melbourne, Australia. Escribe en NWBingham.com. Lo puedes seguir en Twitter @NWBingham.

La gratitud en medio de la pérdida

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Serie: Gratitud

La gratitud en medio de la pérdida

Michael S. Beates

Nota del editor: Este es el noveno de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Ser agradecido es valorar los beneficios recibidos, sentir gratitud. Pero ¿cómo puede alguien ser agradecido cuando los sueños se esfuman? ¿O cuando somos golpeados por la enfermedad, la discapacidad, la traición de los amigos más cercanos o cualquier otra pérdida irrecuperable? ¿De dónde viene la gratitud cuando las providencias difíciles parecen robarle el gozo al futuro? Este era el dilema de Job. Luego de haber perdido prácticamente todo menos el aliento, Job deseó no haber nacido nunca.

Yo he estado allí. Recuerdo momentos en los que mi amada esposa y yo nos hemos dicho el uno al otro (¡en voz alta!): “¿Acaso no sería mucho más fácil morir y estar con Cristo que continuar en esta tristeza y desazón?”.

Debido a que somos seres humanos, tenemos tanto recuerdos del pasado como anhelos para el futuro. Sin embargo, cuando los recuerdos del pasado nos causan dolor y los anhelos para el futuro son imposibles de cumplir (en esta vida), la gratitud es una cosa difícil pero preciosa de cultivar. Aun así, debemos cultivarla. Debemos protegerla, nutrirla, regarla y cuidarla con todas nuestras fuerzas, como si fuera una planta frágil con un pequeño tallo que brota. Alguien ha dicho: “Dios no desprecia los comienzos pequeños”. Y la Escritura nos recuerda que Él “no quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo mortecino; con fidelidad traerá justicia” (Is 42:3). Esto es alentador.

Al escribir esto, me doy cuenta de que hace casi exactamente treinta y ocho años murieron muchos sueños para mi esposa y para mí. A nuestra primogénita, Jessica, le diagnosticaron discapacidades severas ocasionadas por una anomalía cromosómica. Ella necesitaría cuidado total durante el resto de su vida. Nunca iba a caminar, hablar, ni tener una vida significativa (al menos ante los ojos del mundo). Se esfumó el sueño de verla desarrollarse y convertirse en jovencita, de dar su mano en matrimonio, de jugar con sus hijos en mi regazo cuando fuera anciano. De inmediato, ya no pensábamos en lo que podríamos hacer, sino a lo que nunca más podríamos hacer debido al cuidado que requería su vida.

Las pérdidas más profundas producen en nosotros la esperanza del gozo y el contentamiento más profundos.

Poco después de eso, en nuestra búsqueda de información, me encontré con una frase fascinante que describía nuestra vida en ese momento: tristeza crónica. Piensa en esas palabras por un momento. Cada vez que veíamos a otros padres cumplir metas con sus hijos, experimentábamos la tristeza de no verlas en nuestra amada hija.

J.R.R. Tolkien nos ayuda a comprender esta realidad. En su ensayo “Sobre los cuentos de hadas”, dice que la esperanza de un final feliz (en los cuentos)

no niega la existencia de la discatástrofe, de la tristeza y del fracaso: la posibilidad de éstos se hace necesaria para el gozo de la liberación; niega (ante muchas evidencias, por así decirlo) la completa derrota final, y en este sentido es evangelium [“buenas noticias” en griego], ya que ofrece un fugaz resplandor de Gozo, Gozo que trasciende las murallas de este mundo, tan conmovedor como la tristeza misma.

Luego, expandiendo esta idea en una carta a su hijo Christopher en 1944, Tolkien dijo:

La Resurrección fue la mayor “eucatástrofe” posible en el Cuento de Hadas más grandioso, y produce esa emoción esencial: el gozo cristiano que produce lágrimas porque tiene cualidades muy similares a la tristeza, ya que viene de esos lugares donde el Gozo y la Tristeza se reconcilian en armonía, cuando el egoísmo y el altruismo se ven perdidos en el Amor.

¿Lo viste? El gozo y la tristeza están tan íntimamente relacionados que ambos producen lágrimas. En la gran historia de Dios, las pérdidas más profundas producen en nosotros la esperanza del gozo y el contentamiento más profundos. Esto no tiene sentido ante los ojos del mundo, pero es la naturaleza del Evangelio.

Hay un poema magnífico escrito por Emily Kingsley que se titula “Bienvenido a Holanda”. Como madre de un niño discapacitado, Kingsley dice que la pérdida es como planificar un viaje a Italia para ver las maravillas de la arquitectura, el arte y el Renacimiento del sur de Europa, pero cuando te bajas del avión, te das cuenta de que llegaste a Holanda. Los vientos del Mar del Norte son brutales; los colores están apagados; el arte, la cultura y el idioma no son lo que esperabas. Pero aun así, si estás dispuesto, puedes encontrar belleza en los tulipanes y los molinos de viento. Ella concluye: “Si pasas el resto de tu vida lamentándote por no haber podido llegar a Italia, nunca serás libre para disfrutar de las cosas tan especiales y tan maravillosas… que tiene Holanda”. Sé agradecido por las pequeñas bendiciones. Cultívalas para que produzcan gozo.

Joni Eareckson Tada nos recuerda que “a veces Dios permite lo que Él odia para producir cosas que Él ama”, aun nuestra santificación y nuestra salvación. Hay una verdad profunda en esta afirmación, que informa nuestra comprensión de la gratitud incluso en los tiempos de pérdida.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Michael S. Beates
Michael S. Beates

El Dr. Michael S. Beates, ex Director Adjunto de Tabletalk Magazine, ha impartido clases en el Reformed Theological Seminary, en Florida Southern College y en Belhaven College.

La gratitud y la bondad soberana de Dios

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Serie: Gratitud

La gratitud y la bondad soberana de Dios

Eric J. Alexander

Nota del editor: Este es el octavo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Cuando pienso en mi infancia, aún recuerdo vívidamente la manera en que mis padres trabajaron duro para enseñar a sus hijos la importancia de la gratitud.

Cuando llegaba alguna visita con regalos para nosotros, siempre se nos preguntaba: “¿Qué se dice?”. Inmediatamente respondíamos: “Muchísimas gracias”, enfatizando la palabra muchísimas si estábamos muy agradecidos. Cuando los invitados se marchaban, mi madre nos recalcaba cuán amables y generosos habían sido con nosotros.

Cuando la salvación en Cristo llegó a nuestro hogar, no fue sorprendente para nosotros aprender que la Escritura nos instaba a “[dar] gracias en todo” (1 Tes 5:18). Por supuesto, la causa básica para la gratitud era que Dios el Padre no escatimó a Su propio Hijo, sino que lo entregó para morir en la cruz y así lograr nuestra salvación. Pero más que eso, la naturaleza y la práctica de Dios era derramar Su bondad sobre Sus criaturas, por lo que Su pueblo cantaba: “Ciertamente Dios es bueno para con Israel”, e instaba a otros: “Probad y ved cuán bueno es el Señor”.

Esto me impresionó tanto que hasta recuerdo la primera vez que me explicaron el capítulo ocho de Romanos cuando era adolescente. Romanos 8:28 dice que “para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien”. Pablo no está diciendo meramente que Dios le da buenas dádivas a Su pueblo. En realidad, él está asegurándole a cada creyente que hay un Dios soberano obrando en toda circunstancia (incluyendo los padecimientos del versículo 17 y los gemidos del versículo 23) para el bien eterno de Su pueblo. John Stott comenta: “Nada sobrepasa el alcance supremo de Su providencia”.

No hay área de la vida en la que Dios no esté misericordiosamente comprometido a suplir constantemente nuestras necesidades.

J.I. Packer señala que la palabra bíblica para esto es “gracia”, tanto la gracia común como la especial. La gracia común se refiere a las bendiciones de nuestra vida diaria, mientras que la gracia especial se refiere a la bendición de la salvación de Dios. Sobre la primera, Packer dice: “Cada alimento, cada placer, cada posesión, cada destello de luz del sol, cada sueño nocturno, cada momento de salud y seguridad, y todo lo demás que sostiene y enriquece la vida es un don divino”. Es significativo que la raíz anglosajona de donde proviene la palabra God [Dios] significa “good” [bueno]. A. W. Pink añade: “Su bondad no se deriva de nada: es la esencia de Su naturaleza eterna”.

Ahora, a la luz de todo esto, no es sorprendente que la Biblia suela asociar la bondad de Dios con nuestra gratitud, sobre todo en los Salmos: “Dad gracias al Señor, porque Él es bueno” (Sal 107:1). 

Para el cristiano, la ingratitud no solo evidencia una ausencia de buenos modales. Es un pecado contra el Dios que no escatimó a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros. A medida que crecemos en experiencia cristiana y en nuestro conocimiento de la Escritura, descubrimos que la naturaleza y la práctica diaria de Dios es derramar Su bondad sobre Su pueblo, cubriendo cada área de la vida. Su gracia y poder son más que suficientes para suplir lo que es bueno para nosotros, tanto espiritualmente como materialmente. Con razón podemos cantar alegremente: “Loemos a Dios por Su bondad, el amigo inmutable, fuerte y fiel; Su poder a Su amor es igual, sin medida ni fin por siempre. Amén”.

Por supuesto, es importante clarificar, tanto para nosotros mismos como para nuestros hijos, que “toda buena dádiva y todo don perfecto” no es una referencia a la prosperidad material. Podría o no incluir eso, pero en Romanos 8:28 Pablo nos dice: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito”. Y allí mismo dice claramente cuál es ese propósito: que sean “hechos conforme a la imagen de Su Hijo”. Por lo tanto, lo que más le importa a Dios es nuestro bienestar espiritual, que desarrollemos una verdadera similitud a Cristo. Ahora, eso no debería cegarnos a la verdad que Pablo detalla en el mismo capítulo de que “el que no eximió ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con Él todas las cosas?” (v. 32). “Todas las cosas” debe incluir tanto los dones materiales como los espirituales. No hay área de la vida en la que Dios no esté misericordiosamente comprometido a suplir constantemente nuestras necesidades (nota, no necesariamente lo que queremos o deseamos) y en la que no esté demostrando Su absoluta suficiencia para cada uno de Sus hijos. A la luz de esto, el salmista nos insta a decir: “Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de Sus beneficios” (Sal 103:2). Y Pablo hubiera añadido felizmente: “Y hazme más como Jesús”.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Eric J. Alexander
Eric J. Alexander

El Rev. Eric J. Alexander es un ministro retirado de la Iglesia de Escocia. Estuvo sirviendo recientemente como ministro principal de St. George’s-Tron Church en Glasgow hasta su retiro. Es el autor de Our Great God and Saviour [Nuestro gran Dios y Salvador].

¿Qué significa «Amén»?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Qué significa «Amén»?

Jared Oliphint

Nota del editor: Este es el décimo de 25 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

«Como era al principio, es hoy y habrá de ser eternamente. Amén, amén». Desde los inicios del cristianismo, los creyentes han cantado alguna versión de este himno, el Gloria Patri. Esa palabra repetida al final del himno — «amén»— marca el final de himnos, oraciones e incluso credos como el Credo Apostólico, de una manera familiar, tal vez demasiado familiar. Es posible que te hayas sorprendido a ti mismo en algún momento repitiendo mecánicamente esta palabra. Sin embargo, esta pequeña palabra debe ser dicha con convicción e intencionalidad, porque conecta al pueblo de Dios hoy con Su pueblo pactual del pasado.

La palabra amén se remonta al Antiguo Testamento cuando Dios formó a un pueblo pactual para Sí mismo. Puede que hayas escuchado la expresión: «Y todo el pueblo de Dios dijo» seguido por un resonante, «¡Amén!». Tanto la palabra misma como su función en el lenguaje están estrechamente relacionadas con la idea de verdad. Actúa como señal de que hay un acuerdo, y al igual que en el Gloria Patri, con frecuencia se repetía: «Amén y amén» (Neh 8:6Sal 72:1989:52).

Abstenerse de decir «amén» puede ser apropiado a veces.

En el Nuevo Testamento, la palabra continúa siendo usada. En Romanos 1:25 y en otros lugares, Pablo lo usa para enfatizar la adoración a nuestro Creador. En 1 Corintios 14:16 él dice: «Si bendices solo en el espíritu, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias el que ocupa el lugar del que no tiene ese don, puesto que no sabe lo que dices?». Decir «amén» da por sentado que entiendes y que estás consciente de lo que estás afirmando en adoración.

Al mismo tiempo, Dios no espera que demos ciegamente amenes a cada una de las oraciones que oímos. Si la palabra amén está atada a la verdad, parte de ser responsable con lo que afirmamos es discernir lo que podemos y lo que no podemos afirmar. Aunque Pablo esperaba que una congregación caída como la de Corinto continuara la tradición de alabar a Dios mediante el uso del amén, él sabía que no toda oración sería infalible. Si una oración incluye algo descaradamente falso que va en contra de la Escritura, estaríamos en nuestro derecho de no decir «amén» al final. La teología y la práctica falsas nunca glorifican a Dios, y si estamos en una iglesia donde esto es un problema perpetuo, puede ser el momento de buscar otras opciones donde congregarnos. Por lo tanto, abstenerse de decir «amén» puede ser apropiado a veces.

Pero la abstención debe ser la excepción. Dios nos ha dado los medios para conectarnos con Su pueblo pactual del pasado, siendo tan pecaminosos como somos, y la práctica y tradición de decir la antigua palabra amén contribuye a esa conexión. Cuando recordamos que participar en esta tradición no se trata de nosotros mismos sino de dar gloria al Dios de la verdad, nos damos cuenta de que nuestros amenes nos ayudan a dirigir nuestro enfoque lejos de nosotros mismos y más apropiadamente hacia Dios.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jared Oliphint
Jared Oliphint

Jared S. Oliphint es estudiante de doctorado en filosofía en la A&M University de Texas y estudiante de maestría en el Westminster Theological Seminary de Filadelfia.

Cuando no siento gratitud

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Serie: Gratitud

Cuando no siento gratitud

Eric Kamoga

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Dios ha provisto la manera para que los cristianos enfrenten el pecado: el Evangelio de la gracia, que presupone el odio de Dios hacia el pecado. Dios perdona porque otro ha tomado el castigo por nuestro pecado. El remedio para la ingratitud es la gloriosa gracia de Dios en Cristo, sucintamente capturada en Romanos 8:32: “El que no eximió ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con Él todas las cosas?”. Contemplar la gracia no solo conduce al arrepentimiento, pues resalta lo abominable de la ingratitud, sino que también produce agradecimiento, porque muestra la generosidad de Dios.

El descontento con la provisión de Dios produce codicia e ingratitud. Adán y Eva no consideraron que la generosa provisión de Dios en Su creación y Su presencia fueran suficientes. En incredulidad y codicia, se aferraron a lo que veían como una necesidad que Dios, obrando sin amor, había fallado en satisfacer. Dios no sólo juzgó su pecado sino que también misericordiosamente prometió y proveyó redención en Cristo (Gn 3). La persona ingrata arremete contra el amor y la generosidad del Padre, rehusando honrar a Dios como el Dador verdadero de todas las cosas buenas, buscando en las dádivas lo que se encuentra solo en el Dador (Ro 1:21-23Stg 1:17). La ingratitud surge cuando no valoramos correctamente el tesoro que ya tenemos.

El contentamiento es la base de la gratitud.

Para curar la ingratitud, uno debe apreciar los dones otorgados dentro del contexto de las bendiciones perdurables dadas en Cristo (Ef 1:3). Sentir gratitud por las bendiciones temporales de Dios, aunque bueno y necesario, es insuficiente. La gratitud por los alimentos diarios no se limita a la comida física sino que se extiende y apunta al alimento espiritual diario y a la fiesta del Cordero que se aproxima (Ap 19:7-10). Israel se quejó por la ausencia de los manjares egipcios, no solo porque había olvidado lo que Dios había hecho, sino porque una dieta variada parecía ser un tesoro más deseable que Dios mismo, quien estaba en medio de ellos, y lo que Él estaba haciendo, a saber, mostrándoles la necesidad que tenían del Pan celestial y Su poder de provisión (Nm 11:4-6Dt 8:2-5Jn 6:25-35). Ellos no recibieron la ausencia de una dieta variada como un regalo. Cuando Israel prosperó, seguían siendo ingratos porque se enfocaban en las dádivas en lugar del Dador. 

En contraste, Pablo tenía contentamiento en cada situación, tanto en la abundancia como en la escasez, porque él estaba satisfecho en el Dador de todas las circunstancias (Fil 4:12). Él tenía contentamiento y, por lo tanto, sentía gratitud porque sabía que tenía el mejor regalo posible, Cristo en nosotros, y porque recibió todas las circunstancias, incluyendo las pruebas, como regalos de un Padre amoroso (Ro 5:1-5Heb 12:3-1113:5-6). Contentos por nuestro perdurable tesoro, podemos recibir gratamente todas las circunstancias como de la mano amorosa de nuestro Padre (Mt 13:44-46Ro 8:2833-39). El contentamiento es la base de la gratitud.

Si y cuando uno cae en la ingratitud, apreciar la generosidad de Dios en Cristo es una parte necesaria del arrepentimiento. El arrepentimiento nunca es solamente acerca del pecado y del odio hacia este (2 Co 7:10). Judas Iscariote lamentó su pecado pero se ahorcó (Mt 27:3-5). El verdadero arrepentimiento también pondera y recibe la gracia de Dios otorgada en Cristo. Una vez que consideramos la generosa provisión de Dios, podemos ver la ingratitud correctamente en el contexto de la gracia y clamar: “Estoy agradecido; ayuda mi ingratitud”. Debido a que la respuesta de Dios a la ingratitud es una provisión adicional de Su gracia inagotable y una entrega continua de todas las cosas en Cristo, podemos descansar en esta gracia a pesar de la tensión con la que vivimos mientras esperamos nuestra perfección como hijos de Dios, quienes, como Cristo, seremos perfectamente agradecidos.

El enfocarnos en la provisión de Dios en Cristo, nos ayuda a recibir la gracia para nuestro inexcusable pecado de la ingratitud, dar gracias y recordar el regalo más grande que ya tenemos y tendremos para siempre: Cristo, Dios con nosotros. Este es el antídoto para la tentación de creer que somos indignos del amor de Dios por nuestra ingratitud o que Dios nos está privando de algo bueno. Nuestros primeros padres sucumbieron ante esta última tentación aun cuando Dios ya había provisto lo que ellos buscaban al crearlos en Su propia imagen y semejanza. Su fe, demostrada por medio a la obediencia, habría resultado en la consumación del estatus de ser como Dios. Dios ha garantizado nuestra perfección en Su semejanza al sellarnos con Su Espíritu (Ef 1:134:24Col 3:4101 Jn 3:2). Tener contentamiento en esta provisión eterna, entendida por medio de la fe, produce que el arrepentimiento y la acción de gracias surjan espontáneamente de corazones perdonados.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Eric Kamoga
Eric Kamoga

Eric Kamoga es profesor en el Africa Reformation Theological Seminary en Kampala, Uganda, y estudiante de doctorado en el Westminster Theological Seminary en Filadelfia.

¿Es necesario terminar cada oración con “en el nombre de Jesús”?

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Serie: Gratitud

¿Es necesario terminar cada oración con “en el nombre de Jesús”?

Mantle A. Nance

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Jesús enseñó repetidamente a Sus discípulos a orar en Su nombre (Jn 14:13-1415:1616:23-24). Orar en el nombre de Jesús es reconocer que nuestro acceso a Dios en oración es solo a través de Jesús. Como pecadores, estamos separados de Dios y hemos perdido la comunión con Él. A través de la fe en Cristo solo, nuestra comunión con Dios es restaurada. Por gracia, el Espíritu Santo nos une a Cristo y nos concede entrada a la comunión —la vida de oración— que Jesús tiene con Su Padre celestial, de tal manera que, como hijos adoptivos de Dios, podemos llamar al Padre de Jesús nuestro Padre y experimentar una comunión íntima y vivificante con Él (Mt 6:9Rom 8:15).

Cuando consideramos nuestra pecaminosidad y la santidad de Dios, podemos perder la motivación para orar. Puede que creamos que Dios no quiere saber de nosotros debido a nuestros fracasos o que Él está cansado de escucharnos confesar los mismos pecados o hacer las mismas peticiones una y otra vez. La buena noticia es que cuando los creyentes invocan al Padre en oración, lo hacemos en el precioso nombre de Jesús y cubiertos en Su justicia. El Padre se deleita en responder a cualquiera que lo invoque en el nombre de Su Hijo. Nuestras oraciones son «aceptas en el Amado» y son escuchadas tan claramente como las oraciones del Cristo intercesor (Ef 1:6Heb 7:25).

Es correcto y sabio decir las palabras «en el nombre de Jesús» cuando oramos.

Estas maravillosas verdades a veces llevan a los cristianos a preguntarse: ¿es necesario terminar cada oración con «en el nombre de Jesús»? O dicho de otra manera, ¿necesitamos decir las palabras «en el nombre de Jesús» cada vez que oramos? No creo que estemos obligados a decir «en el nombre de Jesús» cada vez que oramos. Lo importante es que reconozcamos en nuestro corazón que nuestro acceso a Dios en oración es solo a través del «[único] mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre» (1 Tim 2:5).

Habiendo dicho esto, es correcto y sabio decir las palabras «en el nombre de Jesús» cuando oramos. Hacer esto honra la exclusiva obra mediadora de Jesús y por lo tanto glorifica al Padre que lo escogió para ser el Sumo Sacerdote de Su pueblo (Heb 5:5). También honra y expresa la obra del Espíritu que, como dijo Benjamin Morgan Palmer, crea una «empatía viva» entre los santos que oran en la tierra y el Cristo que intercede en el cielo, conduciéndonos a orar con Cristo «Abba, Padre» (Gál 4:6). Además, decir «en el nombre de Jesús» cultiva la confianza en nosotros y en aquellos con quienes oramos para acercarnos al trono de la gracia con confianza, sabiendo que nuestro Padre se deleita en escuchar y responder a todos los que oran en el nombre de Su Hijo (Heb 4:16).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Mantle A. Nance
Mantle A. Nance

El Dr. Mantle A. Nance es pastor de la iglesia presbiteriana Ballantyne en Charlotte, N.C.

Cómo la gratitud moldea nuestro servicio

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Serie: Gratitud

Cómo la gratitud moldea nuestro servicio

Steffen Mueller

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Todo cristiano debería ser profundamente agradecido por múltiples razones. Encontramos algunas de ellas en Colosenses 3:12-17, donde se enumeran las características de las que debemos revestirnos “como escogidos de Dios, santos y amados” (v. 12). 

Dios no nos escogió porque somos más inteligentes, más fuertes o mejor preparados teológicamente que otros, sino por el simple hecho de que Él nos ama. Esto debería humillarnos y a la vez regocijarnos. En Cristo somos santos y somos hijos de Dios, amados por toda la eternidad. Con esta realidad en mente, tú y yo, como creyentes, deberíamos ser humildes cuando interactuamos con otras personas. No somos mejores que ellas; es solo por la gracia de Dios que hemos recibido el perdón de Dios (v. 13) y el amor de Dios. Por lo tanto, debemos amar y servir a Dios en primer lugar, y luego a otras personas. Marcos 10:45 dice: “Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos”.

Un corazón agradecido

No obstante, cuando interactuamos más de cerca con las personas, no nos toma mucho tiempo notar que la gente puede ser complicada y que es pecaminosa. Así que la pregunta es: ¿Cómo reaccionamos? ¿Tendríamos que alejarnos de las personas, por lo menos hasta cierto punto, y mostrarles menos amor y menos servicio centrado en Cristo?

Al pasar mucho tiempo en la Palabra de Dios y al cantar con corazones agradecidos a nuestro gran Dios, somos fortalecidos en nuestro hombre interior para amar y servir.

El mensaje del Evangelio es precisamente lo contrario: ya que tú y yo somos complicados y pecaminosos, Jesucristo vino a salvarnos de nuestros pecados y a hacernos cada vez más como Él. Mientras más crezcamos en semejanza a Cristo, menor será nuestra tendencia a alejarnos de las personas y a negarles nuestras vidas y nuestro servicio. En Colosenses 3:14, Dios dice: “Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor, que es el vínculo de la unidad”. Un corazón agradecido se manifiesta en el servicio amoroso a Dios y a otras personas. Mientras más agradecidos seamos por la gracia y el amor de Dios en nuestras vidas, mayor será nuestra disposición, compromiso y determinación a amar y servir a otros, aun cuando sean difíciles y pecaminosos.

Libertad para servir

Como pastor, a veces me canso de la gente complicada y pecaminosa. En esos momentos, tengo que recordarme a mí mismo que Jesús nunca se da por vencido conmigo y que nunca deja de amarme y servirme. En Colosenses 3:15, Dios nos dice: “Y que la paz de Cristo reine en vuestros corazones, a la cual en verdad fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos”. Es la paz de Cristo, el hecho de que Jesús me ha perdonado por completo y me ama perfectamente, la que me ayuda a amar y servir a otros. No necesito que otras personas me den algo de amor o de respeto para yo servirles (aunque todos queremos que ser amados y respetados). Solo en Cristo encuentro paz perfecta, aceptación perfecta, amor perfecto y fidelidad perfecta. Nadie me ama más que Jesucristo, y nadie está más comprometido conmigo que Jesucristo. Eso me da una paz que sobrepasa el entendimiento y me libera para amar y servir a otras personas incondicionalmente.

Fortaleza mediante la adoración

Una manera práctica en la que podemos ser fortalecidos para vivir en conformidad a estas grandes verdades se presenta en Colosenses 3:16, donde Pablo dice: “Que la palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, con toda sabiduría enseñándoos y amonestándoos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en vuestros corazones”. Al pasar mucho tiempo en la Palabra de Dios y al cantar con corazones agradecidos a nuestro gran Dios, somos fortalecidos en nuestro hombre interior para amar y servir. El versículo 17 es un cierre maravilloso para este precioso pasaje bíblico: “Y todo lo que hacéis, de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de Él a Dios el Padre”.

Hay un sinfín de razones por las que debemos estar agradecidos de Dios. Mencionaré una más. En Hebreos 12:28-29, Dios nos dice: “Por lo cual, puesto que recibimos un Reino que es inconmovible, demostremos gratitud, mediante la cual ofrezcamos a Dios un servicio aceptable con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor”. El hecho de que el Reino de Dios sea inconmovible nos da seguridad y paz, y es un gran estímulo para servir a nuestro Dios santo, adorándolo con temor y reverencia. Que solo a Dios sea la gloria.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Steffen Mueller
Steffen Mueller

El Rev. Steffen Mueller está plantando la iglesia Gospel Church München en Múnich, Alemania.

Ayudando a nuestros hijos a ser agradecidos

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Serie: Gratitud

Ayudando a nuestros hijos a ser agradecidos

Melissa Kruger

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Todos salimos llorando de la heladería. Lo que debió ser una divertida salida de verano terminó siendo una crisis familiar. Tan solo cinco minutos antes, habíamos entrado a la heladería emocionados y sonrientes. Sin embargo, mientras les explicaba a mis tres hijos que solo podían ordenar una bola de helado (en lugar de algo más costoso con siropes y chispas por encima), sus rostros cambiaron y comenzaron a quejarse. Al ver sus reacciones, me di cuenta de que era hora de enseñarles una dura lección. “Nos vamos todos al auto. Hoy no compraremos helado”.

Mis hijos me miraron sorprendidos, y luego con lágrimas en sus ojos. Yo también lloraba. Hay veces que enseñar una lección duele tanto como aprenderla. Yo deseaba comer ese rico helado con mis hijos, pero mi mayor preocupación era sus corazones. Si no podían ser agradecidos con una bola de helado porque vieron algo mejor, ¿cómo aprenderían a ser agradecidos en un mundo que siempre está incitándoles a querer más?

Este mundo nunca nos dará satisfacción. Tampoco le dará satisfacción a nuestros hijos.

Cultivar el agradecimiento en nuestros hijos no es una tarea sencilla. Vivimos en un mundo caído, por lo que toda la vida será una mezcla de bendiciones y dificultades. Aun como adultos, somos tentados a enfocarnos en lo que nos falta, en lugar de regocijarnos por lo que ya hemos recibido. Tendemos a sentirnos merecedores de lo bueno y a sorprendernos de las dificultades. Sin embargo, con la ayuda del Espíritu, podemos entrenar nuestras mentes para que lleven todo pensamiento cautivo (2 Co 10:5) y ayudar a nuestros hijos para que aprendan a ser agradecidos aun cuando las circunstancias no estén a la altura de nuestras expectativas o esperanzas.

Beneficiarios agradecidos 

Una de las primeras maneras en las que modelamos una vida de agradecimiento es expresándolo a nuestros hijos. Aunque parezca contradictorio, pedir a nuestros hijos que ayuden en el hogar les da oportunidades para crecer en gratitud (aunque se quejen). A los hijos les encantan los elogios de sus padres. Cuando se esfuerzan y les decimos: «¡Buen trabajo!» o «¡Estoy muy orgulloso de ti!», ellos aprenden la importancia de mostrar aprecio a los demás.

También aprenden el esfuerzo que requieren las tareas del hogar, lo cual les ayuda a ser más agradecidos cuando otra persona les sirve. Cada noche después de la cena, mis hijos limpian todas las ollas y sartenes, recogen los platos y limpian las mesetas. Algunas noches, cuando están ocupados haciendo sus tareas escolares o practicando algún deporte, me ofrezco a limpiar la cocina por ellos. Sus rostros siempre se iluminan con profunda gratitud, una gratitud que no tendrían si fuera yo quien limpiara la cocina todas las noches. Son fieles en devolverme (con abrazos y palabras de ánimo) el agradecimiento que han recibido.

Practicando el agradecimiento

Incorporar ejercicios de agradecimiento en nuestras rutinas diarias es otra manera de ayudar a nuestros hijos a crecer en gratitud. Enseñarles a decir “gracias” por una tarde de juegos, a expresar gratitud por el almuerzo o a escribir notas de agradecimiento junto con los regalos son ejercicios sencillos que ayudan a nuestros hijos a entender la importancia de ser agradecidos.

A medida que leemos la Biblia con nuestros hijos y les enseñamos a orar, ellos aprenden a dar gracias a Dios, el Dador de toda buena dádiva y todo don perfecto (Stg 1:17). Pueden darle las gracias como Creador por los patios de recreo, las mascotas, los maestros, la familia, la iglesia y su peluche favorito. Pueden regocijarse en la sabiduría, el poder y la misericordia de Dios al aprender sobre las historias del Antiguo Testamento. Pueden dar gracias a Dios por Su amor, gracia y perdón al aprender sobre Jesús.

Nuestros hijos también aprenden a ser agradecidos por las oportunidades que tienen de dar generosamente. Ya sea compartiendo su juguete favorito con un amigo o colocando parte de su mesada en el plato de las ofrendas, a medida que ellos dan fielmente a los demás, experimentan la veracidad de las palabras de Jesús: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hch 20:35). Los hábitos que tenemos en el hogar fomentan hábitos de agradecimiento en las vidas de nuestros hijos.

Ejemplos de agradecimiento 

La manera más poderosa (y quizá la más difícil) de enseñar a nuestros hijos a ser agradecidos es a través de nuestro propio ejemplo. Pablo nos exhorta: “Estad siempre gozosos; orad sin cesar; dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes 5:16-18). ¿Las circunstancias te roban el gozo? ¿Es la queja un hábito en tu hogar? ¿Suele haber palabras de agradecimiento en tus labios? El ejemplo que damos a nuestros hijos les enseña en maneras que nuestras palabras nunca podrían hacerlo.

Este mundo nunca nos dará satisfacción. Tampoco le dará satisfacción a nuestros hijos. A medida que pongamos nuestra esperanza en algo mejor, en algo eterno, en algo que está por venir, nuestros hijos aprenderán de nuestro ejemplo. Nuestro agradecimiento no debe depender de lo bueno que haya sido nuestro día, sino de lo bueno que es nuestro Dios.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Melissa Kruger
Melissa Kruger

Melissa Kruger es coordinadora del ministerio de mujeres en la iglesia Uptown Church de Charlotte, Carolina del Norte. Es autora de varios libros, entre ellos The Envy of Eve [La envidia de Eva]. Es la maestra destacada en la serie de Ligonier titulada Contentment [El contentamiento].

Agradecimiento y generosidad

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Gratitud

Agradecimiento y generosidad

Lowell A. Ivey

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

“¡Mío! ¡Yo lo tenía primero!”. Soy padre de cuatro niños pequeños, así que estas palabras resuenan con regularidad en mi hogar. Mis hijos saben que entristecen el corazón de su padre cuando se hablan de esta manera. Saben que la Biblia les enseña a ser “amables unos con otros” (Ef 4:32). Y saben que “el amor… no es jactancioso, no es arrogante… no busca lo suyo” (1 Co 13:4-5). Así que ¿por qué les cuesta tanto vivir conforme a lo que saben? 

Las palabras son pequeñas ventanas al corazón. Con bastante frecuencia, las palabras de mis hijos me llevan a reflexionar en mis propias actitudes hacia Dios. ¿Cómo se ven mi egoísmo y mi ingratitud a los ojos de Aquel que envió a Su Hijo unigénito para pagar por mi pecado? ¿Qué dice mi renuencia a dar libremente de mis tesoros terrenales acerca de mi amor (o falta de amor) por Aquel que me amó primero? 

Hace poco, caminaba con un grupo de compañeros de ministerio en una ciudad concurrida. En la acera, recostado de un edificio, había un anciano sosteniendo un cartel que decía: “No tengo hogar, ¡ayúdenme, por favor!”. Al igual que los demás pastores en el grupo, evité hacer contacto visual y seguí caminando. Al mismo tiempo, me sentí intensamente culpable por no haberme detenido a reconocer la existencia (y la miseria) de otro ser humano creado a imagen de Dios.

La generosidad comienza en el corazón. Comienza cuando dejamos de lamentarnos por aquellas cosas a las cuales hemos renunciado y comenzamos a regocijarnos por todo lo que hemos ganado en Cristo.

“Dios ama al dador alegre” (2 Co 9:7). Al leer estas palabras de las Escrituras, ¿pensamos en lo que requieren de nosotros más que en lo que revelan acerca del corazón de Dios? 

Observa con cuidado las dos primeras palabras: “Dios ama”. Dios es un Padre misericordioso y generoso con Sus hijos, a pesar de que somos indignos y pecadores. Él no necesita nada de nosotros. Él es el Creador de los confines de la tierra. Él creó las galaxias de la nada. No hay nada que tengamos que no venga del corazón paternal de Dios. De tal manera amó Dios al mundo que dio. Él nos dio a Su Hijo en la cruz. Él nos da Su Espíritu para conformar nuestro corazón al Suyo.

“Dios ama al dador alegre”. Pero nos engañamos a nosotros mismos si asumimos que Él nos ama porque somos dadores alegres por naturaleza. Más bien, Dios ama a pecadores impíos e ingratos como tú y como yo, y nos transforma en dadores alegres. Algo que hace solo por gracia, únicamente por medio de la fe en Cristo. 

Entonces ¿qué significa ser un dador “alegre”? Significa ser un dador gozoso, un dador generoso. Significa no dar de mala gana ni por obligación (2 Co 9:7). Observa el contexto más amplio:

Que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre. Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para vosotros, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abundéis para toda buena obra… Y el que suministra semilla al sembrador y pan para su alimento, suplirá y multiplicará vuestra sementera y aumentará la siega de vuestra justicia; seréis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual por medio de nosotros produce acción de gracias a Dios (2 Co 9:7-810-11).

Ser un dador alegre significa reconocer que Dios “suministra semilla al sembrador y pan para su alimento”, y que Él también es capaz, por medio de nuestra generosidad alegre, de enriquecernos espiritualmente, particularmente en la gracia del agradecimiento. Un dador alegre no solo es un dador generoso, sino que también es un dador agradecido. Un dador alegre está agradecido con Dios por el don de la salvación en Cristo Jesús. Un dador alegre está agradecido por cada oportunidad que Dios le da de participar en Su obra de llamar a pecadores al arrepentimiento y a la vida eterna. Un dador alegre sabe que no hay nada que tenga que no haya venido de la mano generosa de Dios, y quiere que toda su vida sea un coro incesante de alabanza y gratitud hacia el Padre por habernos dado a Su Hijo. 

¿Eres un cristiano generoso? La generosidad comienza en el corazón. Comienza cuando dejamos de lamentarnos por aquellas cosas a las cuales hemos renunciado y comenzamos a regocijarnos por todo lo que hemos ganado en Cristo. Comienza cuando nuestro tesoro está en los cielos, y no en la tierra. Comienza cuando podemos decir, en cualquier circunstancia y con todo nuestro corazón: “¡Gracias a Dios por Su don inefable!” (2 Co 9:15).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Lowell A. Ivey
Lowell A. Ivey

El Rev. Lowell A. Ivey es el pastor organizador de Reformation Presbyterian Church en Virginia Beach, Va.

La ingratitud como raíz del pecado

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Gratitud

La ingratitud como raíz del pecado

William B. Barcley

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Cuando mi sobrina tenía dos años y medio, mi hermana y mi cuñado la llevaron a visitar a unos amigos. Cuando llegaron, la hija de esos amigos, que tenía seis años, llevó a mi sobrina a otro cuarto para jugar con ella mientras los adultos conversaban. Luego de unos veinte minutos, la niña de seis años regresó a donde estaban los adultos exasperada. Había estado jugando un juego en el que tenía que pasarle decenas de fichas a mi sobrina. La pequeña se quejaba, diciendo: “Cada vez que le paso una ficha, me dice ‘gracias’ y espera que yo le diga ‘de nada’”. Ese había sido el “diálogo” constante durante veinte minutos, y la niña más grande ya estaba frustrada.

La ingratitud y el orgullo van de la mano. Donde vaya uno, allá lo acompaña el otro.

Enseñar a nuestros hijos a dar las gracias y a tener un espíritu agradecido es parte importante de la paternidad cristiana. La razón es que nuestro Padre celestial exige que Sus hijos estén llenos de acciones de gracias. La gratitud es esencial para el seguidor de Jesucristo. Por otro lado, la ingratitud es pecado y es la raíz de otros pecados.   

Dios creó al hombre —y luego recreó a Su pueblo— para que lo adorara a Él. En la obra clásica llamada El contentamiento cristiano… una joya rara, Jeremiah Burroughs escribe: “Adorar no es simplemente hacer lo que a Dios le agrada, sino también agradarse de lo que Dios hace”. La adoración incluye deleitarse en todo lo que Dios trae a nuestras vidas y dar gracias por ello, en todas las circunstancias. Un corazón agradecido es un corazón que adora. El corazón ingrato es incapaz de adorar a Dios. 

En Romanos 1:18 – 3:20, Pablo detalla exhaustivamente el pecado humano y la condenación divina. Ninguna persona queda excluida (“todos pecaron”). Ningún matiz del pecado queda en el tintero: abarca desde la codicia hasta la malicia, desde la envidia hasta el asesinato, desde el chisme hasta la difamación, desde el odio contra Dios hasta la desobediencia a los padres, desde la rebeldía hasta la justicia propia, desde el hacer lo malo hasta el inventar lo malo, y desde la comisión de pecados hasta la aprobación de los que cometen pecado. Sin embargo, la raíz de todos estos males es que la humanidad no honra a Dios como a Dios ni le da gracias (1:21).

En esencia, la ingratitud es un rechazo de Dios. Es un rechazo de Él como Creador y Gobernador de todas las cosas. Es un rechazo de Dios como el dador de la vida, el dador de toda bendición, ya sea esperada o inesperada, placentera o dolorosa. Aun cuando estuvo encarcelado, Pablo se regocijó y exhortó a los filipenses a que se regocijaran con él. Exhortó a otros a que siempre dieran gracias. Los creyentes tenemos espíritus agradecidos porque reconocemos que todo lo que tenemos, todos los lugares donde nos encontramos e incluso todo lo que somos viene de la mano de Dios, para Su gloria y para nuestro bien.

Los cristianos, al igual que mi sobrina, reconocemos que todo lo que tenemos es un regalo. Dios nos ha dado todo: la vida, la salvación y todo lo que forma parte de la vida en este mundo y en el venidero. Cada día, cada momento, debería estar lleno de acciones de gracias. Dios es bueno, y todo lo que Él hace y otorga es para nuestro bien. Todo es un regalo.

Imagina que un hijo de padres ricos que ha recibido regalos costosos, asistido a las mejores escuelas y vivido en comodidad y seguridad le dice a sus padres: “Ustedes nunca me dieron lo suficiente”. Diríamos que ese hijo es un malcriado, un malagradecido. Sin embargo, cada uno de los regalos que Dios da a Sus propios hijos es infinitamente mejor: más lujoso, moldeado a la perfección para cada circunstancia, siempre para nuestro bien y siempre inmerecido. ¡Qué hijos tan malcriados somos si no le damos gracias constantemente!

Tiene sentido, entonces, que la ingratitud sea una característica de la apostasía en “los últimos días”. Pablo escribe: “Pero debes saber esto: que en los últimos días… los hombres serán amadores de sí mismos, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, irreverentes…” (2 Tim 3:1-2). Tiene sentido que los “amadores de sí mismos”, los “jactanciosos”, los “soberbios” y los “ingratos” estén en el mismo grupo. La persona ingrata se cree el centro del mundo. Cree que se ha ganado todo lo que tiene. Para ella, nada es un regalo.

Pablo muestra la ingratitud como la raíz de un sinfín de problemas en la iglesia de Corinto. Escribe: “¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?” (1 Co 4:7). Los miembros de la congregación no reconocían que todo lo que tenían era un regalo de Dios. En cambio, eran soberbios y presumidos. 

Aquí, entonces, vemos al pecado “original” supremo asomando su horrible cabeza: el pecado del orgullo. La ingratitud y el orgullo van de la mano. Donde vaya uno, allá lo acompaña el otro. Un corazón orgulloso es un corazón ingrato que está en enemistad contra Dios. Cristiano, todo lo que tienes es un regalo. Agradécele a Dios constantemente por ello.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
William B. Barcley
William B. Barcley

El Dr. William B. Barcley es el ministro principal de la Iglesia Presbiteriana Gracia Soberana en Charlotte, Carolina del Norte, profesor adjunto de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Reformado y autor del libro “El secreto del contentamiento”.