¿Son la Biblia y la ciencia compatibles?

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Serie: Dando una respuesta

¿Son la Biblia y la ciencia compatibles?

Keith A. Mathison

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie Dando una respuesta, publicada por Tabletalk Magazine.

Muchos de los que rechazan la fe cristiana lo hacen porque creen que la Biblia contradice la ciencia, sin embargo, el que exista un conflicto y una contradicción reales depende de cómo uno defina la Biblia y la ciencia. Si la Biblia es definida como «un libro de cuentos de hadas y supersticiones» y la ciencia es definida como «hechos comprobados», entonces es obvio que vamos a tener un conflicto y ambos serán incompatibles como fuentes de la verdad. Si la Biblia es considerada como la Palabra de Dios y la ciencia es considerada como una metodología necesariamente materialista que descarta la posibilidad misma de Dios, entonces sí, habrá un conflicto. Propongo, sin embargo, que estas no son las mejores definiciones de partida y que si reflexionamos más detenidamente sobre la Biblia y la ciencia, veremos que no están necesariamente en conflicto.

Los cristianos entienden que Dios es el Creador de todas las cosas en el cielo y en la tierra y también creen que Dios ha revelado ciertas verdades acerca de Sí mismo a través de Su creación (Ro 1:20). Los teólogos llaman a esto revelación general. Dios también se ha revelado a Sí mismo en Su Palabra, a esto llamamos revelación especial. Un punto importante a tener en cuenta es que tanto en la revelación general como en la revelación especial, Dios es el Revelador. Debido a que Dios es infalible, no hay posibilidad de conflicto o contradicción entre Su revelación general y Su revelación especial; Dios es la única fuente infalible de ambos.

Los creyentes no tienen nada que temerle a la ciencia entendida como el estudio de las obras creadas por Dios.

Tampoco hay conflicto entre lo que Él ha revelado en la Biblia (revelación especial) y lo que es realmente cierto con respecto a Su creación. Si Dios creó algo de manera particular, y si Dios es consistente consigo mismo y siempre veraz, Su revelación especial no dirá nada que contradiga la verdad real sobre Sus obras creadas. Si es verdad, por ejemplo, que Dios creó la tierra como una esfera, entonces Su revelación especial no puede contradecir esto, ni lo hará. Por lo tanto, si hay un lenguaje en la Biblia que parece describir la tierra como un disco plano, entonces el problema está en nuestra interpretación.

Cuando un conflicto surge, es siempre el resultado de una mala interpretación humana de las obras creadas de Dios, de lo que Él ha revelado a través de Su creación, de lo que Él ha revelado a través de Su Palabra o de alguna combinación de estas. En otras palabras, un conflicto puede ser el resultado de una teoría científica incorrecta sobre algún aspecto de las obras creadas por Dios, puede también ser el resultado de una interpretación incorrecta de la revelación especial de Dios o bien puede ser el resultado de mal interpretar ambas. El problema siempre está en los intérpretes humanos caídos y falibles (científicos y teólogos), no en Dios.

Los seres humanos son falibles. El hecho de que hayan varios factores, incluyendo la ignorancia y el pecado, significa que podemos equivocarnos y de hecho lo hacemos.. Aquellos que observan y tratan de entender el mundo creado pueden y han cometido errores. Las hipótesis y teorías científicas son falibles y pueden estar equivocadas. Aquellos que estudian y buscan entender la Biblia también pueden cometer errores y lo han hecho. Hay interpretaciones contradictorias de muchos textos bíblicos y sistemas teológicos contradictorios porque los intérpretes de la Escritura son falibles. Las interpretaciones exegéticas y teológicas y las teorías pueden estar equivocadas.

La ciencia y la Escritura son completamente compatibles siempre y cuando se entienda que la ciencia es el estudio cuidadoso de las obras de Dios en la creación. La ciencia corre el riesgo de ser incompatible con la Escritura solo cuando se importan filosofías metafísicas naturalistas y materialistas a la definición de la ciencia. El conflicto percibido que existe hoy en día se debe, en gran parte, a tales suposiciones filosóficas por parte de muchos incrédulos. Irónicamente, estas suposiciones filosóficas no pueden ser probadas a través de ningún medio de observación empírico.

Debido a que el mundo creado es de la forma en que Dios lo ha creado, tanto los creyentes como los incrédulos pueden y han hecho observaciones verdaderas al respecto. Por supuesto, los incrédulos siempre expresan cualquier observación verdadera que hacen dentro de un marco filosófico no bíblico, pero las observaciones,  en lo que a estas se refieren, pueden ser verdaderas. Como observó Juan Calvino, los incrédulos pueden conocer las verdades sobre «las cosas terrenales», aunque con respecto a «las cosas celestiales», sean «tan ciegos como topos» (Instituciones 2.2.12-21). Los creyentes no tienen nada que temerle a la ciencia entendida como el estudio de las obras creadas por Dios. Las obras de las manos de Dios son impresionantes y maravillosas, y los cristianos pueden regocijarse y alabar a su Creador cada vez que algo verdadero acerca de estas obras es descubierto, sin importar quién hizo el descubrimiento. El problema no es la ciencia como tal; son solo las falsas filosofías que se disfrazan de ciencia las que deben ser rechazadas.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison
Keith A. Mathison

El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo From Age to Age.

Considérate a ti mismo

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Considérate a ti mismo

Burk Parsons

Nota del editor: Esta es la octava y última parte de la serie de artículos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

La controversia existe porque la verdad de Dios existe en un mundo de mentiras. La controversia es la difícil situación de pecadores en un mundo caído, quienes originalmente fueron creados por Dios para conocer la verdad, amar la verdad y proclamar la verdad. No podemos escapar de la controversia en este lado del cielo, ni deberíamos intentarlo. Como cristianos, Dios nos ha rescatado de las tinieblas y nos ha capacitado para permanecer en Su luz admirable. Él nos ha llamado a entrar en las tinieblas y brillar como una luz en el mundo, reflejando la gloriosa luz de nuestro Señor Jesucristo. Y cuando la luz brilla en la oscuridad, la controversia es inevitable.

Si nos preocupamos por la gloria de Cristo, nos preocuparemos por la paz y la unidad de Su Iglesia, y, a su vez, nos preocuparemos por la pureza de la Iglesia.

Si estamos en Cristo, la verdad nos ha liberado, y en consecuencia, somos llamados a discernir la verdad del error y la verdad de la verdad a medias. Aunque no siempre es fácil defender la verdad en medio de la oscuridad de este mundo, el Espíritu Santo nos ayuda a distinguir la luz de las tinieblas mientras caminamos a la luz de Su Palabra. La dificultad viene cuando tratamos de discernir la verdad del error en la Iglesia de Cristo. Además, cuando creemos que hemos discernido la verdad del error en la Iglesia, ¿cómo exponemos el error y proclamamos la verdad dentro del cuerpo de Cristo? Esto es particularmente difícil teniendo en cuenta que Dios nos llama, por un lado, a «contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos» (Jud 3), y por otro lado nos llama a esforzarnos “por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Ef 4:3).

Entonces, ¿cómo contendemos por la fe única y verdadera mientras, a la vez, luchamos por mantener la paz y la unidad en la Iglesia? A primera vista, algunos podrían pensar que estos dos mandamientos son mutuamente excluyentes. Sin embargo, el llamado de Dios para contender por la pureza y el llamado de Dios para luchar por la paz y la unidad están estrechamente entrelazados. Si queremos entender cómo debemos involucrarnos en una controversia, primero debemos entender que éstas no se oponen entre sí, sino que, por necesidad, se complementan la una a la otra.

La paz y la unidad existen en la Iglesia no a pesar de la verdad, sino precisamente a causa de la verdad. Es por eso que luchamos fervientemente por la pureza de la fe única y verdadera a fin de preservar la auténtica unidad de la única y verdadera esposa de Cristo para la gloria de Cristo. La unidad a expensas de la pureza produce anarquía. No podemos tener verdadera paz y unidad sin pureza.

Si nos preocupamos por la gloria de Cristo, nos preocuparemos por la paz y la unidad de Su Iglesia, y, a su vez, nos preocuparemos por la pureza de la Iglesia. Más concretamente, si somos complacientes con todas y cada una de las controversias, esto probablemente significa que somos complacientes con la verdad misma. Sin embargo, si nos involucramos completamente en todas y cada una de las controversias aparentes que ocurren en la Iglesia, podría significar que no nos estamos haciendo las preguntas correctas para determinar en cuáles controversias debemos involucrarnos y, lo que es más, de qué manera y hasta qué punto deberíamos hacerlo.

En su carta Sobre la controversia, John Newton advierte que antes de participar en una controversia de cualquier tipo, primero debemos considerarnos a nosotros mismos. Él pregunta:

¿Qué le aprovechará al hombre ganar su causa y silenciar a su adversario, si al mismo tiempo pierde ese espíritu humilde y compasivo en el cual el Señor se deleita, y al cual le ha prometido Su presencia?

Newton escribió estas palabras en el siglo XVIII, y son tan pertinentes hoy como lo fueron en aquel entonces, especialmente cuando tomamos en cuenta la constante aparición de nuevos medios a través de los cuales cualquiera puede involucrarse en una controversia de una manera más fácil y más pública. No obstante, el medio no es el problema, como tampoco lo es la controversia. Nosotros somos el problema: cómo nos involucramos en la controversia y cómo utilizamos los medios, tanto los antiguos como los nuevos.

Con esto en mente, mientras nos esforzamos por examinarnos correctamente antes de participar en una controversia, ya sea en Internet o en un libro, propongo diez preguntas que podemos hacernos para ayudarnos a determinar si, cuándo y cómo, deberíamos involucrarnos en una controversia mientras luchamos por la paz, la pureza y la unidad de la Iglesia de Jesucristo.

1. ¿He orado? La oración es lo más fácil de hacer y, quizás, lo más fácil de olvidar. Antes de involucrarnos en una controversia, estamos llamados a buscar humildemente al Señor, orando por nosotros mismos y por aquel con quien estamos en desacuerdo.

2¿Cuál es mi motivo? Hacemos bien en cuestionar nuestros motivos sin cuestionar los de los demás. Somos arrogantes al pensar que podemos juzgar los motivos de los demás cuando a veces ni siquiera entendemos nuestros propios motivos. Necesitamos pedirle al Espíritu que escudriñe nuestros corazones y nos revele si hay maldad.

3¿Estoy tratando de edificar a los demás? ¿Estamos tratando de ganar una discusión por el simple hecho de discutir, o es nuestro objetivo llevar a la persona con la que estamos en desacuerdo, y a nuestra audiencia, a un mayor entendimiento de la Palabra de Dios para la gloria de Dios? ¿Es nuestro objetivo mostrar nuestra inteligencia o dirigir a otros hacia Dios y Su Palabra?

4. ¿He  buscado consejo? Necesitamos desesperadamente buscar la sabiduría de nuestros hermanos en Cristo, particularmente hombres y mujeres mayores que se han llegado a ser más amables, amorosos y sabios a medida que han madurado en el Espíritu. Necesitamos buscar la sabiduría de nuestros pastores y ancianos, e incluso de hermanos sabios con quienes aún podríamos estar en desacuerdo.

5¿Preferiría mejor sufrir la injusticia? Cuando alguien nos ha criticado, justa o injustamente, en público o en privado, no siempre es necesario responder. El amor cubre una multitud de pecados, nuestro humilde silencio u ofrecer la otra mejilla pueden apartar la ira del otro.

6¿Cómo trataré a la persona con la que estoy en desacuerdo? ¿Estamos mostrando amor a nuestro hermano para que el mundo pueda ver que somos discípulos de Cristo? ¿Estamos tratando a nuestro «oponente» como a un hermano en Cristo o como un enemigo de la Iglesia?

7. ¿Estoy involucrando a una audiencia más grande de lo necesario? ¿Es este un asunto público o privado? Además, ¿es un tema fundamental o secundario? ¿Han discrepado sobre este asunto hombres piadosos a lo largo de la historia y, de ser así, cómo debería esto afectar mi tono? ¿Estamos respondiendo a una controversia real o estamos más bien creando una o convirtiendo el asunto en un problema más grande de lo que realmente es?

8¿Soy la persona indicada para involucrarme? A menudo tenemos un concepto más alto de nosotros mismos del que deberíamos tener, y rara vez consideramos a los demás como mejores que nosotros. Debemos preguntarnos si es necesario decir algo, y si somos nosotros los indicados para decirlo. El simple hecho de disponer de una plataforma para hablar de un problema no significa que siempre tengamos que usarla.

9¿Cuál es mi meta final? ¿Qué aspiramos? ¿Qué verdad estamos defendiendo? ¿Contribuirá nuestra participación a un mayor avance del Evangelio y del amor a Dios y al prójimo? Nuestro objetivo nunca debe ser una mera provocación.

10. ¿Estoy enfocado en la gloria de Dios? ¿Estamos sirviendo al reino de Dios o a nuestro propio reino y reputación? Nuestra meta no es ganar más lectores u oyentes, sino dirigir los ojos de todos hacia Cristo para Su gloria. Si tenemos que involucrarnos en una controversia, hagámoslo única y exclusivamente por el reino y la gloria de Dios, no el nuestro.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

En busca de la verdad

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Serie: Dando una respuesta

En busca de la verdad

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie Dando una respuesta,publicada por Tabletalk Magazine. 

Cada vez que la gente me pregunta a qué me dedico, respondo diciéndoles que soy pastor. Cuando les digo que soy pastor, la gente parece llenarse  instantáneamente de una variedad de emociones mientras tratan de decidir cómo responder. Dependiendo de su estado espiritual y de su relación con Cristo y la Iglesia, sus respuestas van desde el miedo hasta el consuelo, desde la ansiedad hasta el deleite. Algunas personas intentan cambiar el tema lo más rápido posible, otras quieren contarme todo sobre su caminar espiritual, otras quieren descargar todas sus cargas, algunas hablan de porqué dejaron la iglesia y otras se regocijan de nuestra fe común en Cristo. Pero la mayoría de las veces, cuando le digo a la gente que soy pastor, ellos tienen preguntas: preguntas sobre nuestra iglesia, sobre lo que creo, sobre la Biblia, Dios y la vida después de la muerte. Todas la gente tiene preguntas. Somos inquisitivos por naturaleza, y en esta era de pluralismo, ateísmo y escepticismo, mucha gente está buscando la verdad y las respuestas a las preguntas fundamentales de la vida.

En esta era de pluralismo, ateísmo y escepticismo, mucha gente está buscando la verdad y las respuestas a las preguntas fundamentales de la vida.

En cierta manera, los pastores tienen más oportunidades que otros cristianos para proclamar y explicar el Evangelio y hacer el trabajo de un evangelista y apologista. Es uno de los gozos de ser pastor. Por la naturaleza misma de lo que hacemos, los pastores somos teólogos y apologistas; pero en realidad, cada cristiano es un teólogo y un apologista. La pregunta para todos nosotros es si en realidad somos buenos teólogos y apologistas y si somos estudiantes serios de la Escritura, de la teología y de las respuestas que provienen de la Escritura. Como cristianos, estamos llamados a estar preparados para dar una respuesta de la esperanza que está en nosotros, como nos manda Pedro, y a no olvidar nunca que debemos responder con «mansedumbre y reverencia» (1 Pe 3:15).

Cuando hacemos nuestras buenas obras ante el mundo espectador —no para ser vistos por los hombres a fin de obtener gloria para nosotros mismos, sino para que el mundo pueda ver nuestras buenas obras y glorificar a nuestro Padre celestial— la gente naturalmente nos preguntará por qué hacemos todo lo que hacemos, por qué creemos lo que creemos y por qué nos aferramos a la esperanza que está en nosotros. Y cuando lo hagan, no debemos tener miedo, porque Cristo ha prometido que el Espíritu Santo está con nosotros para darnos el valor y la compasión a fin de hablar la verdad en amor. Porque esta es una de las principales maneras en que brillamos como luces en las tinieblas del mundo, sabiendo que la gente solo puede ver la luz si el Espíritu Santo abre sus ojos, expulsa las tinieblas, regenera sus corazones y les da vida a la luz de la gloria de Jesucristo.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Considera a tu público

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Considera a tu público

Robert Rothwell

Nota del editor: Esta es la séptima parte de la serie de articulos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

Los incrédulos, a pesar de que sus corazones y mentes se oponen a la verdad de Dios, a veces tienen una visión más espiritual de lo que queremos reconocer. Al menos eso fue lo que aprendí cuando era estudiante en la universidad. Como estudiante de religión en una universidad secular, a menudo me encontraba en medio de debates en el salón de clases sobre la inerrancia de la Escritura, la exclusividad de Cristo y otros temas. Desearía poder decirles que siempre fui compasivo y conciliador en mis intentos de evitar que maestros y estudiantes distorcionaran las enseñanzas de Jesús. Desafortunadamente, mi entusiasmo por las verdades centrales del evangelio algunas veces se manifestó en formas menos edificantes. Mi tono elevado, el afán de interrumpir a mis oponentes y cosas por el estilo, a menudo formaban parte de mis argumentos. Con mucha frecuencia, estaba más interesado en ganar un debate que en demostrar gracia en mi defensa de la verdad.

Tales espectáculos marcaron mi segundo año, cuando tomé mis primeras clases de religión, pero nunca pensé en el impacto que tuvieron en mis compañeros de estudios. Eso cambió durante mi penúltimo año cuando una de mis compañeras de clase se me acercó después de una tranquila y respetuosa discusión entre el profesor y yo sobre la exclusividad de Cristo para la salvación. Esta chica no era cristiana. De hecho, era practicante de la wicca. Pero ella me comentó al final de la clase que había percibido un cambio notable en mi manera de debatir en comparación con el año anterior. No estuvo de acuerdo con mi argumento, pero me estaba elogiando por mi forma de exponerlo. Era casi como si me estuviera agradeciendo por presentar mi argumento cristiano de una manera, bueno, cristiana.

Decir que siempre he mostrado compasión en mis argumentos desde ese día sería una mentira. Sin embargo, me gusta pensar que al menos intento, en mis mejores momentos, tener en cuenta lo que el público podría estar pensando y esperando cuando tomo una posición como cristiano. Después de todo, nos guste o no, otros creyentes e incluso el mundo siempre nos están observando. La manera en que discutimos, por lo tanto, tendrá una influencia espiritual en el público, para bien o para mal. Eso es lo que John Newton nos recordaría en la segunda parte de su carta Sobre la controversia.

Newton menciona tres grupos que conforman la comunidad que puede ser testigo de nuestra participación en medio de la controversia. El primer grupo está formado por aquellos con los que tenemos claras diferencias de principio. Algunos de estos serán cristianos y otros no. De cualquier manera, tienen opiniones religiosas ya establecidas. ¿Cómo deberíamos considerar a estos observadores?

Con respecto a ellos, te dirijo a lo que ya he dicho. Aunque tienes los ojos puestos en una persona principalmente, hay muchos que piensan como él, y por eso el mismo razonamiento se mantendrá, ya sea con respecto a una persona o a un millón.

Te recomiendo el artículo anterior sobre este tema en esta serie de Tabletalk.

El segundo grupo de observadores son aquellos que no tienen opiniones religiosas establecidas, pero conocen las virtudes que marcan a los verdaderos cristianos. Tales individuos tienen una expectativa adecuada de cómo los creyentes deben participar en un debate. En otras palabras, ellos saben cuando no estamos siendo mansos, humildes o amorosos. Estas personas están buscando esos errores para justificar su rechazo de la verdad. En esencia, Newton nos aconseja comportarnos de una manera cristiana para no agregar más leña al fuego del rechazo.

Antes de continuar desempacando su consejo sobre este grupo, hagamos una distinción entre aquellos que tienen una expectativa adecuada de los cristianos y aquellos que tienen una expectativa inadecuada. En el mundo de hoy, muchas personas malinterpretan las virtudes cristianas de la mansedumbre, la humildad y el amor. Creen que tomar una posición sobre cualquier cosa es inherentemente arrogante y carente de amor. Tristemente, esta perspectiva puede ser más frecuente dentro de la iglesia que incluso dentro de la cultura secular.

Newton se refiere a aquellos que tienen una comprensión básica de lo que significa la verdadera humildad, la mansedumbre y el amor, no a aquellos que tienen expectativas erróneas basadas en la comprensión falsa de las virtudes antes mencionadas. Las personas a las que se refiere saben que la humildad no es rehusarse a defender la verdad, sino la voluntad de afirmar que no defendemos la verdad por nuestra propia cuenta. Estas personas saben que presentar un caso es una expresión profunda de amor, especialmente si el caso está siendo claramente argumentado por el bien del oponente y de su público.

Estos argumentos deberían ser tomados claramente de las Escrituras y de la experiencia, y respaldados por un discurso tan moderado que persuada a nuestros lectores de que, ya sea que los convenzamos o no, deseamos lo mejor para sus almas y luchamos solo por amor a la verdad. Si podemos convencerlos de que actuamos conforme a estos motivos, hemos ganado la mitad del argumento. Estarán más dispuestos a considerar calmadamente lo que ofrecemos; y si aún así discrepan de nuestras opiniones, se verán obligados a aprobar nuestras intenciones.

En otras palabras, tanto los observadores como los oponentes no deberían tener dudas de que estamos contendiendo por la verdad porque los amamos, y no porque queremos parecer más inteligentes o más sabios que otros.

El último grupo de observadores que conforman el público espectador, dice Newton, son aquellos que están dispuestos a estar de acuerdo con nosotros. Podemos edificar grandemente a estas personas, o podemos causarles un gran daño espiritual.

Es fácil «entusiasmar» a una multitud de personas que piensan como nosotros. Lo vemos todo el tiempo en eventos políticos y en otros casos donde el predicador le está «predicando al coro». Cosas buenas pueden surgir cuando defendemos la verdad ante aquellos que están básicamente en la misma página que nosotros. Su comprensión de la doctrina puede ser agudizada, y su amor por Cristo puede profundizar más. Pero estos observadores están prestando atención, no solo al contenido de lo que decimos sino a la forma en que lo decimos. Si están convencidos de la verdad de nuestras palabras, entonces es más probable que estén convencidos de que nuestra forma de exposición también es sana. Esto está bien si presentamos la verdad en humildad y amor. Sin embargo, si somos arrogantes y queremos aumentar nuestros seguidores más de lo que deseamos que otros amen la verdad, animamos a la gente a hacer lo mismo, envenenando árboles que deberían estar produciendo el fruto del Espíritu en toda circunstancia.

Defender la verdad, incluso si crea controversia, es esencial a veces. Al mismo tiempo, Newton reconoce la justicia propia que motiva muchos debates:

Los mejores hombres no están completamente libres de esta levadura [la justicia propia], y por lo tanto son demasiado dados a complacerse con las representaciones que ridiculizan a nuestros adversarios, y en consecuencia exaltan nuestras propias opiniones. Las controversias, en su mayor parte, se manejan de tal manera que satisfacen su mala disposición en lugar de reprimirla; y, por lo tanto, en términos generales, son poco provechosas. Provocan a quienes deberían convencer y envanecen a quienes deberían edificar.

Tanto cristianos como no cristianos nos están observando. Estemos, por lo tanto, dispuestos a defender firmemente la verdad de Cristo, pero hagámoslo con sabiduría que discierna las colinas sobre las cuales debemos morir, de aquellas sobre las cuales no está en juego ninguna verdad esencial. Más aún, permanezcamos de tal manera que nuestro amor y humildad nunca puedan ser legítimamente cuestionados.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

Centrándose fielmente en el carácter de Dios

Ministerios Ligonier

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Centrándose fielmente en el carácter de Dios

R.C.Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue mejor conocido por proclamar, enseñar y defender la santidad de Dios en toda su plenitud. Mira este breve video de R.C. a través de los años enseñando sobre la santidad de Dios y por qué es es central para el propósito de Ligonier.

Transcripción

Mi estrategia fue centrar la atención, lo más posible, en el carácter de Dios; porque pensé que la mayor debilidad en la iglesia, tanto en la iglesia liberal como en la iglesia evangélica, fue una comprensión del carácter de Dios el Padre.

Entonces, organizamos este ministerio y básicamente lo que hacemos es que producimos programas en video para adultos en la Escuela Dominical. Damos un vistazo alrededor del mundo y vemos pedacitos de toda clase de experiencias e información radicalmente diferentes y, a veces, en conflicto.

Y lo que tratamos de hacer es capacitar a las personas para que piensen como cristianos, para que busquen la mente de Cristo, para que comprendan que la fe cristiana no es una reserva de compartimientos que no tiene nada que ver con el resto de la vida.

Y, hasta que no entendamos nuestro pecado, nunca entenderemos lo que él ha logrado por nosotros en la historia, en sus actos redentores, en el éxodo del Antiguo Testamento, en la cruz del Nuevo Testamento, ni entenderemos nuestra propia meta y propósito como cristianos, que son llamados a ser un pueblo santo, santificado del Señor. Hasta que tengamos una idea de todo el concepto de la santidad.

La Biblia usa palabras como: estamos muertos en pecado, somos esclavos del pecado, somos por naturaleza hijos de ira, no queremos a Dios en nuestro pensamiento. Porque Él es santo y nosotros no.

Creo que una de las cosas más importantes que hacemos es tratar de profundizar nuestra comprensión del carácter de Dios.

Si Ligonier es fiel a sus fundamentos y creo que lo será, deberíamos estar en medio de una renovación mundial de la fe reformada.

En lo que a mí respecta, ese es el tipo de cosas que no puedes programar en un estudio: ¡Dios es soberano!

No hay “moléculas sueltas” en un universo donde Dios es soberano. Si Dios no es soberano, Dios no es Dios.

Quiero ponerlo simple. El Evangelio es tan claro en las Escrituras que un niño puede entenderlo.

Lo que quiero transmitirles es que, a menos que un hombre nazca de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

Si Dios es Dios; si realmente es Dios, no solo es Dios de la iglesia, es Dios del gobierno, es Dios de las artes, es Dios sobre todo.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Considera a tu oponente

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Considera a tu oponente

Keith A. Mathison

Nota del editor: Esta es la sexta parte de la serie de artículos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

Fui convencido de la verdad de la teología reformada mientras asistía al Dallas Theological Seminary, la institución emblemática de la teología dispensacional. Algunos de mis compañeros me acusaron de ser un apóstata cuando descubrieron que había rechazado el dispensacionalismo. Después de haberme puesto mi nuevo uniforme de los cinco puntos del calvinismo, asumí una actitud de superioridad y condescendencia hacia aquellos que permanecían comprometidos con el dispensacionalismo. La burla se convirtió en el arma principal de mi arsenal. Cuando llegué al Reformed Theological Seminary [Seminario Teológico Reformado], aterricé justo en medio de debates entre estudiantes sobre temas que eran desconocidos para mí —debates acerca de teonomía, metodología apologética entre otros— y que eran poco frecuentes en Dallas. No era capaz de contribuir mucho a estas discusiones, pero continué con mi burla hacia los dispensacionalistas.

Con cuánta frecuencia olvidamos tratar a los hermanos en Cristo como a hermanos en Cristo, aquellos a quienes el Padre ama y con quienes compartiremos la eternidad en el cielo nuevo y tierra nueva.

Estaba en lo que Michael Horton llama la «etapa de jaula»: ese periodo de tiempo en el cual un nuevo convertido a la teología reformada debe ser encerrado en una jaula por su propio bien y el bien de los demás a su alrededor. Durante la etapa de jaula, el novato reformado está frecuentemente airado porque las doctrinas de la gracia no le fueron enseñadas antes. Él puede ser particularmente mordaz hacia la tradición de la cual vino, y ay de aquellos que permanecen en esa tradición (ya sea dispensacionalismo o cualquier otra). A menudo ellos son vistos como intelectualmente inferiores por no ser capaces de ver la clara verdad de la Escritura que la megamente calvinista sí ve. Se vuelven el objeto de la burla y el blanco del sarcasmo y el escarnio. El nivel de arrogancia y orgullo que uno puede alcanzar durante la etapa de jaula es imposible de comprender y desagradable de contemplar..

No sé si John Newton pasó por algo similar a la «etapa de jaula» después que vino a Cristo. Lo que sí sé es que su carta Sobre la controversia me ayudó a ver lo que había estado haciendo. Newton escribió esta carta a un compañero de ministerio que estaba planeando tomar la pluma contra otro ministro que consideraba que estaba en error. Esto es a veces necesario, pero Newton ofrece sabios consejos sobre cómo hacerlo. En su escrito, le recomienda a su amigo que piense en tres cosas: su oponente, su audiencia y en sí mismo. En este artículo, consideraremos cómo debemos pensar acerca de nuestros oponentes en una controversia.

Newton comienza esta sección con un consejo muy sabio. Él escribe:

En cuanto a tu oponente, deseo que antes de que pongas la pluma sobre el papel en su contra, y durante todo el tiempo que estés preparando tu respuesta, puedas encomendarlo con una oración fervorosa a las enseñanzas y la bendición del Señor. Esta práctica llevará tu corazón a amarlo y a compadecerse de él; y tal disposición tendrá una buena influencia en cada página que escribas.

¿Alguna vez has pensado en orar por aquellos con quienes estás involucrado en algún tipo de controversia? Parece obvio, pero tendemos a quedar tan atrapados en el calor de la batalla que fácilmente nos olvidamos de hacer esto. Vemos a nuestro oponente teológico de la misma manera que un soldado ve a un enemigo de combate, como alguien que debe ser destruido antes de que nos destruya a nosotros. Así, los debates teológicos en los círculos calvinistas a veces degeneran en el equivalente verbal de la Federación Internacional de Lucha Libre. Si oráramos por aquellos con quienes nos involucramos en controversias, estaríamos menos inclinados a la ira y la malicia hacia ellos.

Newton después explica que necesitamos considerar si nuestro oponente en la controversia es un creyente o no.

Si lo consideras como un creyente, aunque muy equivocado en el tema sobre el cual debaten, las palabras de David a Joab acerca de Absalón, son muy pertinentes: «Por amor a mí tratadlo bien». El Señor lo ama y es paciente con él; por lo tanto, no debes despreciarlo, ni  tratarlo con dureza. El Señor es paciente contigo de la misma manera, y espera que muestres compasión a los demás, considerando el mucho perdón que tú mismo necesitas. Dentro de poco se verán en el cielo; entonces él te será más querido que el amigo más cercano que tienes ahora en esta tierra. Ten presente ese periodo en tus pensamientos; y aunque puede que consideres necesario oponerte a sus errores, velo personalmente como un alma gemela, con quien serás feliz en Cristo por siempre.

Con cuánta frecuencia olvidamos esto. Con cuánta frecuencia olvidamos tratar a los hermanos en Cristo como a hermanos en Cristo, aquellos a quienes el Padre ama y con quienes compartiremos la eternidad en el cielo nuevo y tierra nueva.

Por otro lado, si vemos a nuestro oponente como un incrédulo, debemos recordar que “por la gracia de Dios soy lo que soy”. Dios pudo haber abierto sus ojos en lugar de los tuyos. Debemos permanecer humildes. Debemos recordar que nosotros también estábamos alejados de Dios. Nosotros también éramos enemigos del Señor. Nuestra oración en este caso debe ser por su conversión, y debemos tener cuidado de no hacer algo que sea una innecesaria piedra de tropiezo en su camino. Debemos hablar o actuar con la esperanza de que nuestras palabras puedan ser usadas por Dios para traer a esta persona a la fe y al arrepentimiento.   

La carta de Newton nos anima a tratar a nuestros oponentes en la controversia como desearíamos ser tratados, y si hay algo que a todos nos desagrada, es ser tergiversado o calumniado. Debemos, por lo tanto, hacer el mayor esfuerzo por representar con precisión la perspectiva de nuestro oponente. Aunque Newton no trata con este tema de manera explícita, está implícito en sus palabras.

El noveno mandamiento nos prohíbe hacer daño a nuestro prójimo por medio de las mentiras (Éx 20:16). Aquellos que siguen a Cristo no deben dar falso testimonio de otras personas, oponentes teológicos o de otra naturaleza (Éx 23:17Lv 19:111416). Distorsionar una posición del  oponente en medio de una controversia teológica es calumniar a esa persona, y calumniar es un ejemplo de un uso malvado de las palabras y el lenguaje (Stg 4:11).

Distorsionar los puntos de vista de aquellos con los que no estamos de acuerdo no solo es deshonesto, sino que no tiene sentido. Debemos esforzarnos por representar los puntos de vista de nuestros oponentes con honestidad. Golpear a un hombre de paja es un ejercicio inútil y nos hace parecer bastante tontos en el proceso. Uno no puede convencer a un oponente del error de su punto de vista si uno está argumentando en contra de un punto de vista que este oponente no sostiene.  

En la controversia, entonces, esforcémonos por recordar a nuestro oponente. Recordemos orar por él, tratarlo amablemente y hacerle frente con los estándares más altos de honestidad.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison
Keith A. Mathison

El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo From Age to Age.

¿Cuál es el papel de la experiencia en la vida cristiana?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

¿Cuál es el papel de la experiencia en la vida cristiana?

R.C. Sproul

Hoy en día, la experiencia personal ha sido exaltada sobre todas las cosas como el criterio final de lo bueno y lo malo. Solo piensa en todas las personas que tratan de justificarse a sí mismas basándose en lo que sienten. De manera rutinaria el divorcio es excusado basándose en que la pareja casada ya no siente que está enamorada. Se nos dice que la homosexualidad debe ser aceptada como un bien moral porque algunos homosexuales aseguran haber sentido una atracción hacia el mismo sexo desde una edad temprana. Incluso muchos cristianos profesantes toman sus decisiones sobre lo que está bien y lo que está mal basándose en lo que sienten.

Es difícil tener una discusión con alguien que hace de su experiencia el árbitro final de la realidad. Muchas personas aceptan el viejo adagio de que «una persona con una experiencia nunca está a merced de otra con un argumento». En última instancia, tenemos que estar en desacuerdo con esta afirmación, pero no porque la experiencia no sea un tutor valioso. Ella puede ayudarnos a conectar la teoría con la práctica y los conceptos abstractos con situaciones concretas. Nos ayuda a filtrar las sutiles diferencias que vivimos en este mundo complejo. Incluso algunas experiencias parecen probar que la experiencia triunfa sobre la argumentación. Pienso en el ejemplo de Roger Bannister. Antes de 1954, muchas personas argumentaban que ningún ser humano podía correr una milla en menos de cuatro minutos. Bannister rompió ese récord, demostrando por medio de la experiencia que el argumento no era válido.

El problema no es que la experiencia nunca pueda superar un argumento; sabemos por la historia de la ciencia que a menudo la experiencia de la investigación empírica ha volcado los argumentos prevalecientes. El problema es la idea de que la persona con una experiencia nunca está a merced de otra con un argumento. En muchos casos, un buen argumento triunfa sobre la experiencia. Esto es particularmente cierto cuando el debate se refiere a la experiencia personal frente a un entendimiento sólido de la Palabra de Dios.

Recuerdo una ocasión en que una señora se me acercó y me dijo: “Dr. Sproul, durante treinta años he estado casada con un hombre amable y un buen proveedor que no es cristiano. Finalmente, ya no pude soportar el no tener en común con él lo más importante en mi vida: mi fe. Así que, lo dejé. Pero me ha estado llamando todos los días rogándome que regrese. ¿Qué cree que Dios quiere que haga?»

«Eso es sencillo», le dije. «La falta de fe cristiana de su esposo no es motivo para un divorcio según 1 Corintios 7. Entonces, la voluntad de Dios es que usted regrese con él».

La experiencia puede y debe enseñarnos, pero nunca puede ser el árbitro final del bien y el mal.

A la mujer no le gustó mi respuesta y dijo que no era buena porque yo no sabía lo que era vivir con su esposo. Le respondí: «Señora, usted no me preguntó qué yo haría si estuviera en sus zapatos. Tal vez me hubiera ido mucho antes que usted, pero eso es irrelevante para el caso. Usted me preguntó acerca de la voluntad de Dios, y eso está claro en esta situación. Su experiencia no es un permiso para desobedecer a Dios”. Puedo decir con gratitud que cuando la mujer se dio cuenta que le estaba pidiendo a Dios que hiciera una excepción solo por ella, se arrepintió y regresó con su esposo.

El argumento de esa mujer se replica todos los días entre muchos cristianos que someten la Palabra de Dios a su experiencia. Muy a menudo, cuando nuestra experiencia entra en conflicto con la Palabra de Dios, dejamos de lado las Escrituras. Podemos refugiarnos en la opinión pública o en los estudios psicológicos más recientes. Permitimos que la experiencia común de las personas que nos rodean se convierta en normativa, negando la sabiduría y la autoridad de Dios y prefiriendo la experiencia colectiva de los seres humanos caídos.

En verdad, todos sabemos que la experiencia suele ser un buen maestro. Pero la experiencia nunca es el mejor maestro. Dios, por supuesto, es el mejor maestro. ¿Por qué? Porque Él nos instruye desde la perspectiva de la eternidad y de las riquezas de Su omnisciencia.

A veces tratamos de encubrir nuestra confianza en la experiencia con un lenguaje más ortodoxo. No puedo decirles cuántas veces he escuchado a los cristianos decirme que el Espíritu Santo los guió a hacer cosas que las Escrituras claramente prohíben o que Dios les dio paz en su decisión de actuar de una manera que es claramente contraria a la ley de Dios. Pero eso es una calumnia blasfema contra el Espíritu, como si alguna vez Él tolerara el pecado. Ya es suficientemente malo culpar al diablo por nuestras propias decisiones, pero cuando apelamos al Espíritu para justificar nuestras transgresiones, nos ponemos en un grave peligro.

Uno de los dispositivos de manipulación más poderosos que hemos diseñado es el afirmar que experimentamos la aprobación del Espíritu a nuestras acciones. ¿Cómo puede alguien osar contradecirnos cuando reclamamos la autoridad divina para eso que queremos hacer? El resultado es que terminamos silenciando cualquier cuestionamiento sobre nuestro comportamiento. Pero la Escritura nos dice que el Espíritu Santo nos guía a la santidad, no al pecado, y si el Espíritu inspiró las Escrituras, cualquier experiencia que tengamos que sugiera que podemos ir en contra de la enseñanza bíblica, no puede ser de Él.

Mientras vivamos en este lado del cielo, debemos lidiar con el estado  caído de nuestros cuerpos y almas. Procurar que nuestra experiencia sea determinante de lo que es bueno y malo es repetir el pecado de Adán y Eva. ¿Por qué ellos desobedecieron al Señor? Porque confiaron en su experiencia que les decía que «el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría» (Gn 3:6). Ignoraron las promesas y las advertencias que Dios les reveló sobre el fruto del árbol prohibido. La experiencia puede y debe enseñarnos, pero nunca puede ser el árbitro final del bien y el mal. Ese papel pertenece únicamente a nuestro Creador, y Su Palabra nos da los estándares por los cuales debemos vivir.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Ni una iota ni una tilde

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Ni una iota ni una tilde

Brandon C. Crowe

Nota del editor: Este es el decimoctavo y último capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine. 

El pasaje de Mateo 5:17-18 es clave para interpretar el Sermón del Monte y todo el Evangelio de Mateo:

No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir. Porque en verdad os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, no se perderá ni la letra más pequeña [una iota] ni una tilde de la ley hasta que toda se cumpla”.

Aquí Jesús dice que ni una iota ni una tilde se perderán de la ley. La referencia a la letra más pequeña del alfabeto hebreo nos indica que el Antiguo Testamento es completamente confiable, incluso hasta el más mínimo detalle. Esto es consistente con la postura de Jesús en otras ocasiones. Nunca encontramos a Jesús expresando desacuerdo con las Escrituras. A pesar de que algunos han argumentado que Jesús discrepa con las Escrituras en la llamada antítesis de Mateo 5:21-48, Él explícitamente nos enseña lo contrario en los versículos 17-18. Jesús no ha venido a abolir la ley Mosaica (o los profetas) sino a cumplirla. En los versículos 21-48, Él no está en desacuerdo con el “escrito está”, sino con el “habéis oído que se dijo” (versículos 21, 27, 33, 38, 43; también ver el versículo 31). Jesús critica las interpretaciones erróneas de las Escrituras, no las palabras escritas en sí mismas.

Por lo tanto, es necesario apreciar la veracidad perdurable de la ley de Moisés ya que Jesús es el cumplimiento de esta ley (5:17; ver Rom 10:4). Jesús no la anula, sino que viene para que todo lo que hay en ella se cumpla (Mt 5:18). Y Él logra esto a través de toda Su obediencia representativa. Aunque la enseñanza de Jesús desafía hasta el alma, Él no vino a agobiarnos con cargas imposibles de llevar (11:28–30; ver 23:4). Solo Jesús, el último Adán y perfecto Hijo de Dios, es capaz de cumplir perfectamente la ley de Dios (3:15) y por consiguiente, capaz de derramar Su sangre para el perdón de los pecados (26:28; ver 1:21; 20:28).

Es necesario apreciar la veracidad perdurable de la ley de Moisés ya que Jesús es el cumplimiento de esta ley.

Esto no significa que los cristianos no deban preocuparse por seguir la ley de Dios; Cristo nos hace libres para obedecerla. Los discípulos de Jesús son llamados a amar genuinamente a Dios y a su prójimo (22:37–40; ver 7:21). Este es un llamado muy elevado, pero Jesús mismo lo personificó a lo largo de Su vida. Por medio de Su obediencia, Jesús nos libera de la carga de tratar de ganar nuestra salvación. Debemos ser misericordiosos por causa de la misericordia que Jesús nos ha mostrado (5:7; 9:13; 12:7; 23:23; ver Os 6:6Mt 18:33). En pocas palabras, la ley de Dios es un testigo permanente de la persona y obra de Cristo, y por medio de Él podemos llamar esta ley, nuestra delicia.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Brandon C. Crowe
Brandon C. Crowe

El Dr. Brandon Crowe es profesor asociado de Nuevo Testamento en Westminster Theological Seminary en Filadelfia y autor del libro “Was Jesus Really Born of a Virgin?” [¿Verdaderamente Jesús nació de una virgen?]

Razones por las que la controversia es a veces necesaria

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Razones por las que la controversia es a veces necesaria

Albert Mohler

Nota del editor: Esta es la quinta parte de la serie de articulos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

Recientemente observé cómo una joven madre reaccionó rápida y decisivamente para poner fin a la disputa entre dos niños de edad preescolar. Ella actuó con justicia y efectividad, y luego se volteó hacia sus dos acusados y estableció la ley: “¡Pelear nunca es lo correcto!”

Lo siento, querida mamá, entiendo lo que estabas tratando de hacer, pero esa instrucción moral no les servirá de mucho a esos niños a medida que crezcan en madurez. El reto que tienen por delante es el de aprender cuándo es correcto pelear, y cómo pelear la buena batalla de la fe, tal como manda la Biblia.

¿Y qué tal en la Iglesia? ¿Es correcto que cristianos e iglesias se involucren en controversias? Por supuesto, la respuesta es sí; hay momentos en que los creyentes están divididos por asuntos serios y trascendentales, y la controversia es el resultado inevitable. La única manera de evitar toda controversia sería considerando que nada de lo que creemos es lo suficientemente importante como para ser defendido y que ninguna verdad es tan valiosa como para ser comprometida.

Sabemos que Cristo se preocupa mucho por la paz de Su Iglesia. En Su oración por la Iglesia en Juan 17, Jesús pide que Su rebaño sea protegido por el Padre y esté caracterizado por la unidad. Pero, como Cristo también aclara, Su Iglesia debe estar unida y santificada en la verdad. En otras palabras, no hay una unidad genuina fuera de la unidad en la verdad revelada de Dios.

El Nuevo Testamento no es evasivo ya que revela controversias serias y trascendentales entre las congregaciones más antiguas e incluso entre los líderes cristianos. El Apóstol Pablo entró en una controversia con los gálatas mientras defendía el Evangelio no adulterado (Gál 1:6-9). Se metió en una controversia moral al escribirle a los corintios (1 Co 5). Pablo confrontó a Pedro en cuanto a los gentiles y la circuncisión (Gál 2:11-14). Judas advirtió del perpetuo desafío de defender la verdad contra sus enemigos (Jud 3). Juan advirtió sobre una iglesia que era tan tibia y poco comprometida con la verdad que era incapaz de entrar en controversia (Ap 3:14-22).

No hay una unidad genuina fuera de la unidad en la verdad revelada de Dios.

La historia de la Iglesia también nos recuerda la necesidad de la controversia cuando está en juego la verdad del Evangelio. Una y otra vez, vemos momentos en que la verdad debe ser defendida o negada. La Iglesia debe mirar directamente lo que se está enseñando y determinar si la enseñanza es fiel a las Escrituras. Esto suele provocar controversia. Si la Iglesia creyera que la controversia se debe evitar a toda costa, no tendríamos idea de lo que es el Evangelio.

Para nuestra vergüenza, con mucha frecuencia la Iglesia se ha divido por las controversias equivocadas. Hay congregaciones y denominaciones que se han dividido por razones que son irrelevantes a la luz de la Palabra de Dios. Más aún, algunas iglesias parecen prosperar en la controversia, incluso cuando algunos miembros y líderes de la congregación son agentes de desunión. Esto trae vergüenza y reproche a la Iglesia, y distrae a la Iglesia de su tarea de predicar el Evangelio y hacer discípulos.  

Entonces, ¿cómo podemos saber si una controversia es correcta o no? La única manera de responder a esa pregunta es yendo a las Escrituras para evaluar la importancia de lo que se está debatiendo. Todas las preguntas relacionadas con la verdad son importantes, pero no todas son igualmente importantes. Las controversias sobre doctrinas centrales y esenciales no se pueden evitar sin traicionar el Evangelio. Tal como Pablo le advirtió a los gálatas, una iglesia que no esté dispuesta a enfrentar la controversia por doctrinas de vital importancia, pronto estará predicando “otro evangelio”. La Iglesia ha tenido que enfrentar controversias por doctrinas tan esenciales como la deidad y humanidad de Cristo, la naturaleza de la Trinidad, la justificación por la fe sola y la veracidad de las Escrituras. Si se hubieran evitado esas controversias, el Evangelio y la autoridad de las Escrituras se habrían perdido. Estas controversias fueron por doctrinas de “primer nivel”: doctrinas sin las cuales la fe cristiana no puede existir.

Doctrinas en un segundo nivel de importancia no tienen que ver con los aspectos fundamentales del Evangelio, y su llamado al arrepentimiento y fe, pero sí explican el por qué la Iglesia se ha dividido en diferentes denominaciones. Las denominaciones han surgido a raíz de desacuerdos en cuanto al bautismo, el orden de la iglesia y otros asuntos que son inevitables en la vida congregacional.

En un tercer nivel, vemos controversias sobre temas que deben ser discutidos, e incluso debatidos, pero que nunca deben dividir a los creyentes en diferentes congregaciones y denominaciones. Las congregaciones y denominaciones deben desarrollar la madurez bíblica y espiritual necesaria para poder determinar la importancia de los desacuerdos y saber cuando la controversia es correcta y cuando no lo es.

Los políticos son conocidos por instar a sus colegas a no desperdiciar una crisis. De la misma manera, la Iglesia no debe desperdiciar una controversia. La iglesia fiel debe hacer que sus controversias valgan la pena. La controversia, cuando aparece, debe conducir a la Iglesia a Cristo y a las Escrituras a medida que los creyentes buscan conocer todo lo que la Biblia enseña. Las disputas y los debates deben poner a la Iglesia de rodillas en oración mientras los creyentes buscan ser de una sola mente guiada por el Espíritu Santo. La controversia,  manejada apropiadamente, servirá para advertir a la Iglesia del peligro de la apatía doctrinal y de la necesidad de la humildad personal.

En fin, la controversia debe llevar a la iglesia a orar por esa unidad que Cristo logrará solo cuando glorifique a Su Iglesia. Aun así, Señor, ven pronto. Hasta entonces, no nos atrevamos a desperdiciar una controversia.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Albert Mohler
Albert Mohler

El Dr. R. Albert Mohler Jr. es presidente y profesor Joseph Emerson Brown de teología cristiana en The Southern Baptist Theological Seminary [El Seminario Teológico Bautista del Sur] en Louisville, Ky. Es el anfitrión de The Briefing y autor de muchos libros, incluyendo We Cannot Be Silent.

Espíritus inmundos y lugares áridos

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Espíritus inmundos y lugares áridos

Robert W. Carver

Nota del editor: Este es el decimoséptimo capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine. 

«¡Beelzebú! ¡Este no expulsa los demonios sino por Beelzebú!» Con tal malicia respondieron los fariseos después de que Jesús sanó a un endemoniado. Jesús señaló que su acusación era absurda e ilógica, y luego los acusó de haber cometido el pecado imperdonable (Mt 12:22-32). Dijo que los ninivitas (que se arrepintieron con la predicación de Jonás) y la Reina del Sur (que vino para escuchar la sabiduría de Salomón) se levantarían en el juicio contra «esta generación» (vv. 41-42). Uno mayor que Jonás y Salomón estaba en medio de ellos, y sin embargo, lo rechazaron.

Jesús entonces habló de un espíritu inmundo saliendo de una persona, deambulando, y finalmente volviendo a entrar en esa persona junto con otros siete espíritus más malvados que él (vv. 43-45):

Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, pasa por lugares áridos buscando descanso y no lo halla. Entonces dice: “Volveré a mi casa de donde salí”; y cuando llega, la encuentra desocupada, barrida y arreglada. Va entonces, y toma consigo otros siete espíritus más depravados que él, y entrando, moran allí; y el estado final de aquel hombre resulta peor que el primero. Así será también con esta generación perversa.

El contexto del pasaje es como una serie de círculos concéntricos cada vez más amplios. El contexto más específico se centra en la hostilidad de los fariseos hacia Jesús y la condenación de Jesús hacia ellos. El contexto más amplio se remonta al ministerio de Juan el Bautista. Ante la predicación de Juan, muchas personas (al menos externamente) cambiaron a un mejor estilo de vida (3:5-6). El ministerio de Jesús también atrajo un gran interés inicialmente. En un determinado momento, la gente estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para convertirlo en su rey (Jn 6:15). Pero al día siguiente, muchos de Sus «discípulos» se dieron la vuelta y ya no andaban con Él (6:59-66).

Una persona que ha sido purgada por la auto-negación se vuelve vulnerable a la reinfestación por males aun más graves.

De modo que, podemos decir que un espíritu inmundo y demoníaco sale de una persona cuando esta decide hacer un cambio para bien. Ha iniciado una nueva etapa por su propio esfuerzo y las cosas parecen estar mejor. Pero en realidad, se ha creado un vacío espiritual. Como dice la Reformation Study Bible: «A menos que el Espíritu de Dios venga a habitar en ella (Rom 8:9), una persona que ha sido purgada por la auto-negación se vuelve vulnerable a la reinfestación por males aun más graves tales como el orgullo, la hipocresía y el desprecio por los demás». En consecuencia, el estado final de esta persona resultará mucho peor que el primero.

Jesús concluye: «Así será también con esta generación perversa». Jesús describió a esa generación (tipificada por los fariseos) como caprichosa, perversa y adúltera debido a que fallaron en recibirlo por quien Él es: el Salvador enviado del cielo. Lo mismo ocurrirá con cada generación (y cada individuo) que no lo reconozca y acepte.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Robert W. Carver
Robert W. Carver

Robert W. Carver se desempeñó como profesor asociado de griego y Biblia en Clearwater Christian College en Clearwater, Florida, durante más de treinta y cinco años.