Comiendo carne, bebiendo sangre

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Brian J. Vickers

Comiendo carne, bebiendo sangre

Nota del editor: Este es el décimo capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Estas son palabras difíciles, no hay duda de eso; no menos difíciles para los lectores de Juan que para los que oyeron a Jesús. Para muchos en ese día, fue demasiado, por lo que se fueron. Justo el día anterior, Jesús alimentó a cinco mil personas con cinco panes y dos pescados (Jn 6:1-14). Una vez que estaban bien alimentados, habiendo disfrutado de los beneficios del milagro de Jesús, la gente concluyó: «Verdaderamente este es el Profeta que había de venir al mundo», y decidieron que Él debía ser rey (vv. 14-15). Qué diferencia hace un día.

En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis Su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él (Jn 6:53–56).

¿A qué se refería Jesús con comer Su carne y beber Su sangre? Para la multitud judía, esto era ofensivo. Después de todo, comer sangre es impuro de acuerdo a la Ley Mosaica (Lv 17:12). Para la gente hoy día, Sus palabras pueden sonar confusas y chocantes, aún si no son tomadas literalmente. Y aunque no nos alejemos por causa de estas palabras, podríamos prácticamente ignorarlas.

Las palabras de Jesús nos llevan a considerar que solo podemos vivir por medio de Él.
El significado de las palabras de Jesús se encuentra en los versículos anteriores donde Él dice algo similar. En lugar de hablar de comer carne y beber sangre, dice: «Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna, y yo mismo lo resucitaré en el día final» (Jn 6:40). Jesús usa un lenguaje gráfico para mostrar a Sus oyentes el verdadero instrumento de la vida eterna: la fe solo en Él. Jesús nos invita a encontrar alimento eterno en Él por medio de la fe. De manera similar, Jesús dijo: «Esta es la obra de Dios: que creáis en el que Él ha enviado» (v. 29). En el desierto, Dios proveyó maná para los israelitas (vv. 31-32; Éx 16), y por medio de ello su fe fue probada. Ellos tenían que creer que Dios les daría exactamente lo que necesitaban cada día, por lo que se les dijo que no recogieran más de lo que necesitaban cada día. El maná prefiguraba el pan que habría de venir: Cristo. Debemos creer que en Él tenemos todo lo que necesitamos. Las palabras de Jesús nos llevan a considerar que solo podemos vivir por medio de Él.

Jesús dijo: «Yo soy el pan de la vida» (Jn 6:35). Las palabras de Jesús nos llaman a aferrarnos solo a Él por fe, a Aquel quien derramó Su sangre por nuestros pecados y que resucitó de los muertos para darnos vida eterna. En Él, probamos y vemos que el Señor es bueno (Sal 34:8).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Brian J. Vickers
Brian J. Vickers

El Dr. Brian J. Vickers es profesor de interpretación del Nuevo Testamento y Teología Bíblica en The Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY.

Sobre la controversia

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Sobre la controversia

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Nota del editor: Esta es la introducción a la serie de artículos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia. Un pastor, a punto de escribir un artículo criticando a otro pastor por su falta de ortodoxia, le escribió a John Newton sobre sus intenciones. A continuación, la respuesta de Newton.

Estimado señor,

Puesto que probablemente que te veas envuelto en una controversia, y tu amor por la verdad está acompañado de un temperamento fuerte, mi amistad me hace preocuparme por ti. Tú estás del lado más poderoso; porque la verdad es grande y debe prevalecer, una persona con habilidades inferiores a las tuyas podría salir al campo confiado en la victoria. Por lo tanto, no estoy angustiado por la batalla en sí; sino que quiero que seas más que un vencedor, y que triunfes, no solo sobre tu adversario, sino sobre ti mismo. Si no puedes ser derrotado, puede que seas herido. Para librarte de aquellas heridas que podrían hacerte llorar por tus conquistas, te presentaré algunas consideraciones que, si las observas debidamente, te servirán como una gran cota de malla; una armadura tal, que no necesitarás quejarte, como lo hizo David de la armadura de Saúl, de que esta sea más incómoda que útil; pues fácilmente percibirás que ha sido extraída de ese gran arsenal provisto para el soldado cristiano, la Palabra de Dios. Doy por sentado que no esperas ninguna disculpa por la libertad que me tomo y, por lo tanto, no te la ofreceré. Por cuestión de metodología, limitaré mi consejo a tres encabezados: respecto a tu oponente, al público y a ti mismo.

Si actuamos en un espíritu equivocado, traeremos poca gloria a Dios, haremos poco bien a nuestro prójimo, y no conseguiremos ni honor ni consuelo para nosotros mismos.

Considera a tu oponente

En cuanto a tu oponente, deseo que antes de que pongas la pluma sobre el papel en su contra, y durante todo el tiempo que estés preparando tu respuesta, puedas encomendarlo con una oración fervorosa a las enseñanzas y la bendición del Señor. Esta práctica llevará tu corazón a amarlo y a compadecerse de él; y tal disposición tendrá una buena influencia en cada página que escribas.

Si lo consideras como un creyente, aunque muy equivocado en el tema sobre el cual debaten, las palabras de David a Joab acerca de Absalón, son muy pertinentes: «Por amor a mí tratadlo bien». El Señor lo ama y es paciente con él; por lo tanto, no debes despreciarlo, ni  tratarlo con dureza. El Señor es paciente contigo de la misma manera, y espera que muestres compasión a los demás, considerando el mucho perdón que tú mismo necesitas. Dentro de poco se verán en el cielo; entonces él te será más querido que el amigo más cercano que tienes ahora en esta tierra. Ten presente ese periodo en tus pensamientos; y aunque puede que consideres necesario oponerte a sus errores, velo personalmente como un alma gemela, con quien serás feliz en Cristo por siempre.

Pero si lo ves como una persona inconversa, en estado de enemistad contra Dios y Su gracia (una suposición que, sin buena evidencia, no deberías estar dispuesto a admitir), él es un más apropiado objeto de tu compasión que de tu enojo. Desafortunadamente, «él no sabe lo que hace». Pero tú sabes quién te ha hecho tener una opinión diferente. Si Dios, en Su soberana voluntad, así lo hubiera ordenado, tú podrías haber sido como él es ahora; y él, en vez de ti, podría haber sido escogido para la defensa del Evangelio. Ambos eran igualmente ciegos por naturaleza. Si te consideras esto, no le reprocharás ni le odiarás, porque el Señor se ha complacido en abrir tus ojos, y no los suyos.

De todas las personas que se involucran en la controversia, nosotros, que somos llamados calvinistas, estamos más expresamente obligados por nuestros propios principios al ejercicio de la mansedumbre y la moderación. Si, en efecto, los que difieren de nosotros tienen el poder de cambiarse a sí mismos, si pueden abrir sus propios ojos y ablandar sus propios corazones, entonces podríamos, con menos incoherencia, sentirnos ofendidos por su obstinación; pero si creemos lo contrario, nuestra parte consiste en, no luchar, sino en instruir con mansedumbre a los que se oponen. «Por si acaso Dios les da el arrepentimiento que conduce al pleno conocimiento de la verdad». Si escribes con el deseo de ser un instrumento de corrección de errores, por supuesto que tendrás cuidado de no poner tropiezos en el camino de los ciegos o de no usar expresiones que puedan exasperar sus pasiones, reafirmarlos en sus principios y, por lo tanto, hacer que su convicción, humanamente hablando, sea más impracticable.

Considera a tu público

Al publicar tu escrito, captarás la atención del público, en el que tus lectores pueden estar divididos en tres clases: En primer lugar, aquellos que difieren de ti en principio. Con respecto a ellos, te dirijo a lo que ya he dicho. Aunque tienes los ojos puestos en una persona principalmente, hay muchos que piensan como él, y por eso el mismo razonamiento se mantendrá, ya sea con respecto a una persona o a un millón.

Habrá también muchos a los que les importa muy poco la religión, como para tener una opinión propia establecida, y que, sin embargo, están comprometidos de antemano a favor de aquellos sentimientos que son al menos repugnantes para la buena opinión que los hombres tienen de sí mismos de manera natural. Estos son muy incompetentes como jueces de doctrina; pero pueden formar una opinión tolerable del espíritu de un escritor. Saben que la mansedumbre, la humildad y el amor son las características de un temperamento cristiano; y aunque tienden a tratar las doctrinas de la gracia como meras nociones y especulaciones que, suponiendo que las adoptaran, no tendrían ninguna influencia saludable sobre su conducta; sin embargo, de nosotros, que profesamos estos principios, siempre esperan las disposiciones que corresponden a los preceptos del Evangelio. Son rápidos para discernir cuando nos desviamos de tal espíritu, y se aprovechan de ello para justificar su desprecio por nuestros argumentos. La máxima de las Escrituras de que «la ira del hombre no obra la justicia de Dios», es verificada mediante la observación diaria. Si nuestro celo está exacerbado por expresiones de ira, invectiva o desprecio, podríamos pensar que estamos sirviendo a la causa de la verdad, cuando en realidad solo traemos descrédito sobre ella. Las armas de nuestra contienda, y las únicas que son poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, no son carnales, sino espirituales; argumentos tomados claramente de las Escrituras y de la experiencia, y respaldados por un discurso tan moderado que persuada a nuestros lectores de que, ya sea que los convenzamos o no, deseamos lo mejor para sus almas y luchamos solo por amor a la verdad. Si podemos convencerlos de que actuamos conforme a estos motivos, hemos ganado la mitad del argumento. Estarán más dispuestos a considerar calmadamente lo que ofrecemos; y si aún así discrepan de nuestras opiniones, se verán obligados a aprobar nuestras intenciones.

Tendrás una tercera clase de lectores, quienes, teniendo el mismo sentir que tú, aprobarán fácilmente lo que propongas, y podrán ser establecidos y confirmados aún más en sus puntos de vista sobre las doctrinas de las Escrituras, por medio de una clara y magistral elucidación de tu tema. Puedes ser instrumental para su edificación si la ley de la bondad y de la verdad regula tu pluma, de lo contrario puedes hacerles daño. Hay un principio del yo que nos dispone a despreciar a los que difieren de nosotros; y a menudo estamos bajo su influencia, cuando pensamos que solo estamos mostrando un celo cada vez mayor por la causa de Dios.

Yo estoy convencido de que los puntos principales del arminianismo surgen del orgullo del corazón humano y se nutren de él; pero me alegraría si lo contrario fuera siempre cierto: que abrazar lo que se llama las doctrinas calvinistas fuera una señal infalible de una mente humilde. Creo que he conocido a algunos arminianos, es decir, personas que por falta de una luz más clara han tenido miedo de recibir las doctrinas de la gracia gratuita, que sin embargo han dado evidencia de que sus corazones estaban en cierto grado humillados ante el Señor.

Y me temo que hay calvinistas que, aunque lo consideran una prueba de su humildad, están dispuestos en palabras a degradar a la criatura y a dar toda la gloria de la salvación al Señor, pero no saben de qué tipo de espíritu son. Cualquier cosa que nos haga creer en nosotros mismos como relativamente sabios o buenos, a fin de tratar con desprecio a aquellos que no se adhieren a nuestras doctrinas, o que no siguen a nuestro grupo, es evidencia y fruto de un espíritu de justicia propia. La justicia propia puede nutrirse tanto de doctrinas como de obras; y un hombre puede tener el corazón de un fariseo, mientras que su cabeza está repleta de nociones ortodoxas de la indignidad de la criatura y de las riquezas de la gracia gratuita. Sí, y añadiría, los mejores hombres no están completamente libres de esta levadura [la justicia propia], y por lo tanto son demasiado dados a complacerse con las representaciones que ridiculizan a nuestros adversarios, y en consecuencia exaltan nuestras propias opiniones. Las controversias, en su mayor parte, se manejan de tal manera que satisfacen su mala disposición en lugar de reprimirla; y, por lo tanto, en términos generales, son poco provechosas. Provocan a quienes deberían convencer y envanecen a quienes deberían edificar. Espero que en tu forma de actuar se perciba un espíritu de verdadera humildad, y que sea un medio para promoverlo en los demás.

Considérate a ti mismo

Esto me lleva, en último lugar, a considerar tu propio interés en lo que te propones hacer. Defender la fe una vez entregada a los santos parece un servicio loable; se nos ordena a luchar seriamente por ella, y a convencer  a los que la contradicen. Si alguna vez tales defensas fueron oportunas y convenientes, parecen serlo en nuestros días, cuando los errores abundan por todos lados y toda la verdad del Evangelio se niega directamente o se tergiversa de manera flagrante.

Y sin embargo, encontramos muy pocos escritores de controversia que no hayan sido evidentemente lastimados por ella. O bien crecen en el sentido de su propia importancia, o asumen un espíritu airado y contencioso, o se apartan insensatamente de aquellas cosas que son el alimento y el soporte inmediato de la vida de fe, y gastan su tiempo y sus fuerzas en asuntos que, a lo sumo, tienen un valor secundario. Esto demuestra que aunque el servicio sea honorable, es peligroso. ¿Qué le aprovechará al hombre ganar su causa y silenciar a su adversario, si al mismo tiempo pierde ese espíritu humilde y compasivo en el cual el Señor se deleita, y al cual le ha prometido Su presencia?

No dudo que tu objetivo sea bueno, pero tienes que velar y orar porque encontrarás a Satanás a tu diestra para resistirte; él tratará de socavar tus puntos de vista; y aunque te empeñes en defender la causa de Dios, si no buscas continuamente al Señor para que te guarde, puede que se convierta en tu propia causa, y que despierte en ti esos impulsos que no son congruentes con la verdadera paz interior y que seguramente obstruirán tu comunión con Dios.

Ten cuidado de no admitir nada personal en el debate. Si crees que has sido maltratado, tendrás la oportunidad de demostrar que eres un discípulo de Jesús, «quien cuando le ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no amenazaba». Este es nuestro modelo, así que debemos hablar y escribir para Dios, «no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, sino más bien bendiciendo», porque para esto fuimos llamados. La sabiduría que viene de lo alto no solo es pura, sino pacífica y amable; y la falta de estas cualidades, como la mosca muerta en la olla del ungüento, estropeará el sabor y la eficacia de nuestras labores.

Si actuamos en un espíritu equivocado, traeremos poca gloria a Dios, haremos poco bien a nuestro prójimo, y no conseguiremos ni honor ni consuelo para nosotros mismos. Si te conformas con mostrar tu inteligencia y con provocar la risa en los que están de tu lado, tienes una tarea fácil; pero espero que tengas un objetivo mucho más noble, y que, consciente de la solemne importancia de las verdades del Evangelio y de la compasión debida a las almas de los hombres, prefieras ser un medio para eliminar los prejuicios de una vez por todas, en lugar de obtener el aplauso vacío de miles. Salid, pues, en el nombre y fortaleza del Señor de los ejércitos, hablando la verdad en amor; y que Él dé testimonio en muchos corazones de que eres enseñado por Dios, y favorecido con la unción de Su Espíritu Santo.

Extracto de The Works of John Newton, Letter XIX “On Controversy.”
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Somos la confraternidad de enseñanza del Dr. R.C. Sproul. Existimos para proclamar, enseñar y defender la santidad de Dios en toda su plenitud a tantas personas como sea posible. Nuestra misión, pasión y propósito: ayudar a las personas a crecer en su conocimiento de Dios y Su santidad.

Aborreciendo a la familia

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Aborreciendo a la familia

Thomas Brewer

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

La palabra aborrecer es fuerte. Cuando era pequeño, mis padres tenían una regla: no digas «aborrezco», al menos en la mayoría de los casos. Esta palabra estaba muy llena de ira y malicia para ser usada apropiadamente por un niño, y fue esencialmente eliminada de mi vocabulario diario.

Este lenguaje tan fuerte del aborrecimiento es lo que hace que muchos lectores tropiecen con las palabras de Jesús en Lucas 14:26:

Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.

Jesús nos manda a amar a nuestros enemigos y a bendecir a los que nos maldicen. Siendo este el caso, es difícil entender cómo Él puede mandarnos a aborrecer a nuestra familia, especialmente cuando Dios nos dio el mandamiento de honrar a nuestro padre y a nuestra madre.

Los discípulos de Jesús deben tomar su cruz y seguir a Jesús.

Hay un par de cosas que es importante comprender aquí. En primer lugar, Jesús era judío, y las familias de Su cultura, como la mayoría de las culturas antiguas, eran muy unidas. A menudo demandaban la más alta lealtad de hombres, mujeres y niños. En segundo lugar, Jesús hizo uso del lenguaje común de Su época. Al igual que en nuestros días, la exageración —hipérbole— era común para enfatizar alguna enseñanza. Es probable que hayas escuchado a alguien decir: «Esto tomará una eternidad», cuando lo único que se necesita son quince minutos. Jesús está usando la misma estrategia aquí para darle una lección a Sus discípulos.

Jesús está señalando que cualquiera que sea la prioridad que Sus discípulos puedan tener en sus vidas, ninguna se compara con la prioridad de seguirlo. Su comentario es una aplicación del primer y más grande mandamiento, que exige una total lealtad. Comparado con su máxima lealtad, Jesucristo, se podría decir que Sus discípulos «aborrecen» —hiperbólicamente hablando— a sus lealtades menores, incluso a sus familias. Y de hecho, ellos están llamados a «aborrecer» incluso sus propias vidas.

En pocas palabras, los discípulos de Jesús son llamados a morir a sí mismos y a vivir para Cristo, incluso hasta morir por su fe, como muchos de los que estuvieron allí con Él ese día serían llamados a hacer, y como muchos hoy en día son llamados también. Es por eso que el verso 27 dice que los discípulos de Jesús deben tomar su cruz y seguir a Jesús. ¿Y qué de ti? ¿Qué tiene prioridad en tu vida?

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Thomas Brewer
Thomas Brewer

Thomas Brewer es editor en jefe de Tabletalk Magazine y un anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en América.

Mentalidad celestial

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Mentalidad celestial

Randy Alcorn

Jonathan Edwards dijo“Sería bueno que pasáramos esta vida solo como un viaje hacia el cielo… al cual deberíamos subordinar todas las otras preocupaciones de la vida. ¿Por qué deberíamos trabajar o poner nuestro corazón en ninguna otra cosa, sino en aquello que es nuestro fin principal y nuestra verdadera felicidad?”

Con poco más de veinte años, Edwards escribió un conjunto de resoluciones de vida. Una de ellas decía: «He resuelto procurar alcanzar para mí mismo tanta felicidad en el otro mundo como me sea posible». Desafortunadamente, muchos creyentes no sienten gozo cuando piensan en el cielo.

Un pastor me confesó una vez: “Cada vez que pienso en el cielo, me deprimo. Preferiría simplemente dejar de existir cuando muera». «¿Por qué?», le pregunté. «No puedo soportar la idea de ese interminable tedio. Flotar en las nubes sin nada que hacer más que tocar un arpa… Todo es tan terriblemente aburrido. El cielo no parecer ser mejor que el infierno».

¿De dónde este pastor, educado en un seminario y creyente de la Biblia, obtuvo semejante perspectiva del cielo? Ciertamente no de las Escrituras, donde Pablo dijo que partir y estar con Cristo era mucho mejor que quedarse en una tierra maldita por el pecado (Flp 1:23). Mi amigo fue más honesto al respecto que la mayoría, pero he descubierto que muchos cristianos comparten esas mismas ideas erróneas sobre el cielo.

La Escritura nos manda a poner nuestros corazones en el cielo: “Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 3:1). Y para asegurarse de que no obviemos la importancia de una vida centrada en el cielo, el siguiente versículo dice: «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra [solamente]».

Mientras el cielo actual se encuentra en un estado de pre resurrección, el cielo postrero, donde Dios morará por siempre con Su pueblo, será en un universo resucitado (Ap 21:1–4). Debido al énfasis bíblico en la resurrección (1 Co 15), creo que Dios quiere que reflexionemos no solo a dónde vamos cuando morimos, sino a dónde viviremos con Cristo para siempre.

El cielo que Jesús describió no es un reino etéreo de espíritus incorpóreos.

Jesús dijo: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas… voy a preparar un lugar para vosotros» (Jn 14:2). Él eligió términos físicos conocidos (casa, habitaciones, lugar) para describir ese lugar. Nos dio algo tangible que esperar: un hogar, donde viviremos con Él.

El cielo que Jesús describió no es un reino etéreo de espíritus incorpóreos. Un lugar es físico por naturaleza, al igual que los seres humanos son tanto físicos como espirituales. Aquello para lo que estamos hechos — para lo que hemos sido específicamente diseñados—, es el lugar que Dios originalmente hizo para nosotros: la tierra.

La Escritura nos dice que debemos estar esperando “nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia” (2 Pe 3:13). Dios no ha abandonado Su diseño y plan original de que la humanidad gobierne la tierra para Su gloria. Un día, Él revertirá la maldición y restaurará lo que fue corrompido por el pecado. Él descenderá para habitar con Su pueblo en la nueva tierra, trayendo Su trono y el cielo mismo con Él (Ap 21:1–422:3).

¿Cuál es tu actitud con respecto al cielo? ¿Te llena de emoción? ¿Con qué frecuencia tú, tu iglesia y tu familia hablan de esto?

Si te falta pasión por el cielo, casi puedo asegurar que es porque tienes una teología del cielo deficiente y distorsionada (o estás tomando decisiones que entran en conflicto con la agenda celestial). Una visión del cielo precisa y bíblicamente energizada traerá una nueva pasión espiritual a tu vida.

Cuando pones tu mente en el cielo y ves el presente a la luz de la eternidad, incluso las decisiones pequeñas se vuelven tremendamente importantes. Después de la muerte, jamás tendremos otra oportunidad de compartir a Cristo con alguien que pueda ser salvado del infierno, de dar un vaso de agua al sediento, de invertir dinero para ayudar a los desamparados y alcanzar a los perdidos, o de compartir nuestras casas, nuestra ropa y el amor con los pobres y necesitados.

No es de extrañar que las Escrituras dejan claro que lo más importante en esta vida es prepararse para la próxima. Lo que necesitamos es una generación de personas con mentalidad celestial que vean a los seres humanos y la tierra no simplemente como son, sino como Dios quiere que sean.

Los teólogos una vez hablaron de la «visión beatífica», el latín de «una visión que hace feliz». Esa visión fue Dios mismo. Apocalipsis 22:4 dice del pueblo de Dios en la nueva tierra: «Ellos verán Su rostro». Dios es primario, todo lo demás es secundario. Los afluentes de gozo son el desbordamiento del creciente río de la propia bondad de Dios. Él le dice al que recibe en Su presencia: “Entra en el gozo de tu Señor”. Anticipar el gozo eterno de Su presencia nos permite tener un adelanto del cielo al regocijarnos en Él aquí y ahora.

Anhelando esa nueva tierra, «el hogar de justicia»Pedro dice: «Por tanto, amados, puesto que aguardáis estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por Él en paz, sin mancha e irreprensibles» (2 Pe 3:14).

Saber que nuestro destino es vivir como personas redimidas y justas en una tierra redimida y justa, con nuestro Redentor justo, debe ser un poderoso incentivo para apelar a Su fuerza y vivir justamente hoy.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Randy Alcorn
Randy Alcorn

Randy Alcorn es fundador y director de Eternal Perspective Ministries. Es un autor muy reconocido y sus libros de los más vendidos de New York Times. Él ha escrito más de cincuenta libros, incluidos “Heaven” y “The Treasure Principle.”

La blasfemia contra el Espíritu Santo

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La blasfemia contra el Espíritu Santo

Dennis E. Johnson

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

El anuncio hecho por Jesús de que la blasfemia contra el Espíritu Santo es un pecado que nunca será perdonado es «duro» por dos razones. En primer lugar, aparenta contradecir las Escrituras que nos dicen que la sangre de Cristo puede efectuar el perdón de todo pecado (1 Jn 1:7,9). Segundo, Jesús afirma que la calumnia contra Él mismo, el Hijo del Hombre, puede ser perdonada; pero la calumnia contra el Espíritu Santo no. ¿Acaso exalta esto la dignidad de la tercera persona de la Trinidad por encima de la segunda persona? Esta frase aparece en varias formas en los Evangelios:

Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada (Mt 12:31).

Solo Marcos explica por qué este pecado es imperdonable. Los escribas judíos atribuían a Satanás (Belzebú) el poder del Espíritu Santo por el cual Jesús expulsaba demonios. Lo que hace que la blasfemia del Espíritu Santo sea diferente de los pecados perdonables es la mentalidad consciente y voluntariamente rebelde de los escribas. La acusación de que el poder que Jesús tenía para expulsar demonios venía por Su alianza con el príncipe de los demonios, era obviamente absurda. Como Jesús resaltó, Satanás no es tan tonto como para luchar contra sí mismo. Solamente la determinación de los escribas por contradecir lo que sabían perfectamente que era verdad, podía moverlos a pronunciar tal acusación. Ante la evidencia irrefutable de que en Jesús, el Espíritu de Dios estaba estableciendo el reino de Dios y derrotando al de Satanás, ellos endurecieron sus corazones hasta el punto donde no hay retorno. Pablo, auque había sido «antes blasfemo…», lo hizo «…por ignorancia en [su] incredulidad» (1 Tim 1:13). Su ignorancia no lo excusó, pero dejó su corazón permeable a la invasión del Espíritu.

Satanás no es tan tonto como para luchar contra sí mismo.
El perdón es posible para el que calumnia al Hijo no porque una de las tres personas divinas tenga menos gloria que las otras. Más bien, la encarnación del Hijo encubrió Su gloria en maneras que la oscurecieron de la vista de muchos que estaban cegados por la incredulidad ignorante pero que todavía eran recuperables por el Espíritu.

Podemos estar seguros de dos verdades: nadie que cometa este pecado imperdonable confiará jamás en Cristo para recibir el perdón que se encuentra en Él. Y nadie que corra hacia el Hijo del Hombre, crucificado y resucitado, ha cometido tan horrenda calumnia contra el Espíritu; ni tampoco el Salvador rechazará a nadie que venga a Él.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Dennis E. Johnson
Dennis E. Johnson

El Dr. Dennis E. Johnson es profesor emérito de teología práctica en el Westminster Seminary California. Es autor de varios libros, incluyendo Walking with Jesus through His Word [Caminando con Jesús a través de Su Palabra]..

Las llaves del reino

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Las llaves del reino

Guy Prentiss Waters

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine. 

Para muchos cristianos, el mencionar “las llaves del reino” les hace recordar la extravagante afirmación de la Iglesia Católica Romana con respecto al papado. Con justa razón, los protestantes se distancian de tal afirmación. En Mateo 16:19, Jesús se dirige a Pedro, pero no le habla solamente a Pedro:

Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra, será atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, será desatado en los cielos.

Después de preguntarle a Sus discípulos en Cesarea de Filipo: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (v. 13), Jesús entonces les pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (v.15). La palabra griega traducida como vosotros (ὑμεῖς) está en plural, por lo tanto, cuando Pedro responde (v.16), el contexto implica que él está respondiendo por todos los discípulos. Las palabras de Jesús en los vv.18-19 por lo tanto representan la creencia de todos los discípulos. Más aún, Pedro es elogiado en vista de la confesión que hace en cuanto a Jesús (v.16). De modo que cuando Jesús promete construir Su iglesia sobre esta “roca”, Él tiene en mente a los doce discípulos haciendo esta confesión de Jesús como el Mesías. Estamos a mundos de distancia del pontífice romano. Los doce discípulos son testigos presenciales de Jesús y confiesan que Él es el muy anticipado Mesías. Esta revelación del nuevo pacto constituirá, junto con la revelación del antiguo pacto, el fundamento de la iglesia. Es en este sentido, que los apóstoles, a través de quienes Jesús proclamará esta revelación del nuevo pacto, formarán el fundamento de la iglesia (ver Jn 14:26-27; Ef 2:20).

Y ¿qué de las “llaves”? En Mateo 16:19 el “atar” y “desatar” de las “llaves” tiene como su trasfondo la autoridad administrativa del mayordomo de la casa. Los apóstoles, por medio de la enseñanza que Jesús les encargó, ordenarán y administrarán los asuntos de la iglesia. En el v.19, el “atar” y “desatar» se refiere a la disciplina de la iglesia. Debemos considerar las medidas disciplinarias de la iglesia como decisiones divinas. Sin embargo, solo cuando la disciplina de la iglesia se conforma a la voluntad de Cristo revelada en las Escrituras es que Jesús se adueña de esa disciplina. Es por la enseñanza y el orden que Jesús nos ha dado en Su Palabra que Él preside sobre Su amada iglesia. ¡Y eso sí que es una buena noticia!

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

El Dr. Guy Prentiss Waters es el profesor James M. Baird, Jr. del Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary in Jackson, Miss., con un interés particular en las cartas y la teología de Pablo, el uso de las Escrituras en el Nuevo Testamento y los Evangelios sinópticos.

Teología digital

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Teología digital

David P. Murray

Los artículos sobre los desafíos de la tecnología solían comenzar con una larga lista de estadísticas que prueban la seriedad de los problemas morales, espirituales, relacionales y cognitivos que surgen de la revolución digital. En la actualidad, no necesito gastar tinta o espacio en tales asuntos. Todos saben por observación o experiencia personal cuántos problemas existen y cuán grandes son. Además, la gran mayoría de los cristianos están lo suficientemente preocupados como para querer hacer algo al respecto. Pero, ¿qué podemos hacer?

Cero tecnología

Probablemente todavía existan unas cuantas personas que siguen intentando el enfoque de “cero  tecnología”. Ellos dicen: “Los peligros son demasiado grandes; las consecuencias, demasiado terribles. Por lo tanto, nos vamos a mantener separados del mundo rechazando la tecnología. No la compraremos y también le prohibiremos a nuestros hijos usarla”.

Este enfoque es admirable y comprensible, pero imposible. La tecnología digital está tan generalizada que intentar evitarla es como intentar no respirar. Incluso si logramos evadir la contaminación, nuestros hijos de seguro no lo lograrán. Ellos la encontrarán o ella los encontrará a ellos. Entonces van a usarla sin que lo sepamos y sin tener ninguna formación o enseñanza, lo que probablemente es el peor escenario posible.

Más tecnología

Otras personas intentan la estrategia de “más tecnología”. Esta es la estrategia en la que yo más solía enfocarme; la idea es que usamos la tecnología buena para derrotar a la tecnología mala.  Así que, usamos herramientas para bloquear canales de televisión por cable, establecemos contraseñas y límites de tiempo en las computadoras personales, añadimos aplicaciones de monitoreo en los celulares de nuestros hijos, instalamos aplicaciones de rendición de cuentas en nuestros portátiles, etc. Todas estas cosas son buenas y ciertamente pueden ser parte útil de un conjunto de acciones para cuidarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos.

Sin embargo, hay algunos problemas con confiar exclusivamente en el enfoque “más tecnología”. El primero de ellos es que nunca podemos tener suficiente tecnología buena para vencer la tecnología mala. Los adolescentes son particularmente hábiles para evadir los controles y encontrar brechas en los sistemas más seguros. Por supuesto, podemos frenarlos, podemos hacer que sea más difícil si ponemos algunos obstáculos en el camino, pero si están lo suficientemente decididos, nos van a ganar. Ellos siempre podrán encontrar más tecnología para frustrar nuestro plan de batalla de “más tecnología”.

Además, incluso si logramos asegurar sus dispositivos, apenas salen por la puerta, pueden acceder a lo que quieran en los dispositivos de sus amigos. O incluso pueden simplemente obtener otro dispositivo y esconderlo de nosotros. Este enfoque también tiene una tendencia al legalismo y socava las relaciones al crear un escenario similar al del “gato y el ratón” que da lugar a la sospecha en una de las partes y al escondite en la otra. Necesitamos algo más que “más tecnología”.

Cuanto más reconozcamos que la tecnología es un don de Dios, más aborreceremos el tomar Su don y usarlo contra Él.

Más teología

Mientras más he luchado con este problema en mi propia familia, más me he convencido de que la respuesta final no es ni “cero tecnología” ni “más tecnología”, sino “más teología”. Si queremos una solución profunda, duradera y espiritual, necesitamos aprender y enseñar verdades profundas, duraderas y espirituales. La sana teología digital es la respuesta a la tecnología digital; las verdades más antiguas son la mejor respuesta a los nuevos desafíos. “Más Trinidad” es más efectivo que “más tecnología”.

Dios es Tres-en-Uno

¿De verdad la Trinidad es la solución para la tecnología? En parte sí. Las tres personas de la Divinidad gozan de una perfecta relación entre ellas y buscan compartir esa relación con nosotros al invitarnos a esa comunidad sagrada.

Las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están caracterizadas por el amor, la confianza, la apertura y la comunicación. ¿Acaso no es ese el modelo para nuestras relaciones con nuestros hijos, en especial con respecto a la tecnología? ¿No es eso lo que queremos cultivar e imitar? Mientras más sanas sean nuestras relaciones con nuestros hijos, más sanas serán sus relaciones con la tecnología. Las relaciones más profundas son más efectivas que las reglas más detalladas.

Además, esta unidad trinitaria no solo es una relación para ser imitada, sino también una relación para ser disfrutada. Estamos invitados a entrar en esa comunión, a vivir en esa santa familia. Mientras más hagamos eso, más la Trinidad reemplazará a la tecnología o, al menos, más nuestra comunión con la Trinidad regulará la tecnología, para que nuestra relación con esta última sea más balanceada y beneficiosa.

Dios es bueno

A veces podemos ver la tecnología con tanto terror que damos la impresión de que toda es “del diablo”. No, la tecnología es un regalo maravilloso de Dios. Somos bendecidos por vivir en este tiempo y beneficiarnos tanto del rol que juega la tecnología en nuestras vidas cotidianas. ¿Cuántas vidas han sido salvadas gracias a los celulares? ¿Cuántas familias separadas se han mantenido unidas gracias a Skype y FaceTime? ¿Cuántas predicaciones y enseñanzas se han diseminado por el mundo gracias a ministerios cristianos como Ligonier? El diablo no creó ni inventó la tecnología; Dios lo hizo, en Su calidad de dador de toda buena dádiva y todo don perfecto.

Es verdad que el diablo abusa del regalo. Es cierto que nosotros lo pervertimos para darle usos pecaminosos. Sin embargo, nada de eso cambia el hecho de que Dios creó los materiales, las fuerzas y las mentes que han producido tanta tecnología beneficiosa. Cuanto más reconozcamos que la tecnología es un don de Dios, más aborreceremos el tomar Su don y usarlo contra Él, y más tomaremos Su don y lo usaremos de la forma que Él desea.

Dios es omnisciente

Nuestros padres o cónyuges no pueden verlo todo ni estar en todo lugar. El software de aplicación de rendición de cuentas puede ser evadida y las personas a las que les rendimos cuentas pueden ser engañadas. Sin embargo, no podemos evadir, engañar ni escapar del ojo del Dios que todo lo ve. Él lo ve todo: cada lugar, cada segundo, cada pantalla, cada clic, cada pulsación. Él tiene un informe diario de todos los sitios que visitamos, todos los mensajes que enviamos, todas las cuentas de Instagram que seguimos. Si realmente supiéramos que Él sabe, qué diferencia eso haría. Mientras más podamos recordarnos a nosotros mismos de la omnipresencia y la omnisciencia de Dios, más buscaremos usar la tecnología de formas que le agraden a Él y no de formas que provoquen Su ira. Sí, nuestro uso de la tecnología puede agradar a Dios. Él se deleita en ver la verdad en lugar de la falsedad en Facebook, en oír que la verdad se transmite por el mundo y en presenciar nuestro testimonio en línea ante los incrédulos.

Dios es juez

El conocimiento que Dios tiene de nosotros no está siendo almacenado en un mueble polvoriento o en un servidor lejano que algún día se perderá o será borrado. No, como Juez, un día Él nos llamará a rendir cuentas no solo por cada palabra ociosa, sino también por cada clic ocioso e idólatra, por cada segundo que pasamos inútilmente perdiendo el tiempo. Puede que silenciemos a nuestro juez interno, nuestra conciencia; podemos ser más listos que nuestros jueces terrenales, nuestros padres y las personas a las que les rendimos cuentas; pero jamás escaparemos del juicio de Dios. Es cierto que la gracia de Dios en Cristo cubre todo pecado; ningún creyente verdadero en Jesús será jamás separado de Cristo por su pecado, y Su justicia que nos ha sido imputada nos asegura el cielo. No obstante, sabemos que en aquel día final, Dios pesará las obras de los cristianos. Nos presentaremos ante el gran Juez, quien estará frente a nosotros no como nuestro condenador, sino como nuestro evaluador que juzgará lo que hemos hecho y le otorgará a Su pueblo mayores o menores recompensas conforme a su obediencia. Deja que Su discernimiento  te ayude a juzgar con discernimiento respecto a tu uso de la tecnología.

Dios es el Salvador

A veces, la culpa detiene al pecado; nuestras conciencias nos duelen y nos advierten para que cambiemos nuestros caminos. Sin embargo, con mayor frecuencia, la culpa multiplica el pecado; nos deja desesperanzados e impotentes. Una vez más hemos pecado con nuestro celular, fallamos otra vez en nuestro iPad. Nos sentimos tan condenados, ¿qué sentido tiene seguir intentando? Hemos pecado tanto, ¿qué daño va a causar otro pecado?

La culpa también multiplica el pecado al crear distancia entre nosotros y Dios. Nos enajena y nos separa de Dios y, en consecuencia, hace que pecar sea mucho más fácil. Esta es la razón por la que necesitamos escuchar sobre la salvación, la gracia y el perdón otra vez.

Nada desalienta al pecado como el perdón de los pecados, ya que no solo quita la culpa, sino que también multiplica el amor por el Perdonador. Cuanto más podamos abrazar el perdón divino, más abrazaremos al Perdonador y más amor por Cristo disfrutaremos.

Dios es poderoso

A veces podemos tener el deseo de rendirnos ante la batalla contra los peligros de la tecnología. Vemos los ejércitos alineados contra nosotros y nuestros hijos, y preguntamos: “¿Qué sentido tiene luchar si estoy contra tanto?”

Tienes razón; los ejércitos son demasiados, y demasiado poderosos. Sin embargo, mayor es el que está con nosotros que el que está con ellos. Con Dios, todas las cosas son posibles, y Él ama demostrar Su capacidad, especialmente en nuestra incapacidad. Su poder es manifestado especialmente en nuestra debilidad. Cuando sentimos y confesamos nuestra impotencia, es que Él hace Su entrada con Su omnipotencia. Él puede mantenernos seguros a nosotros y a nuestros hijos. Él es capaz y poderoso para salvar. Él también puede darnos a nosotros y a todos nuestros hijos Su Espíritu Santo para resistir la tentación y hacer lo que es justo y bueno. Su Espíritu es mucho más influyente que el espíritu de la época.

Dios es sabio

A veces podemos ser tentados a pensar que Dios no previó este enorme desafío moral y espiritual, que no lo anticipó y que, por lo tanto, no ha provisto nada en Su Palabra para ayudarnos. Después de todo, la Biblia fue escrita hace miles de años. ¿Qué puede la era del papiro decirle a la era digital? Afortunadamente, Dios sí lo previó, sí lo anticipó y ha dejado suficiente verdad en la Biblia para guiarnos por este campo minado. Muchos versículos del Nuevo Testamento sobre la ética cristiana pueden ser aplicados a la tecnología, pero me he dado cuenta de que el libro de Proverbios es especialmente útil como fuente de sabiduría divina para la era digital. ¿Por qué no leerlo mientras pedimos a Dios luz para saber cómo aplicar estos antiguos principios de sabiduría a los tiempos modernos? Dios es más sabio que los magnates tecnológicos más sabios y ha anticipado cada desarrollo tecnológico hasta el fin de los tiempos. Nunca llegará el día en que digamos: “Bueno, a la Biblia se le agotó la verdad”.

Apenas he rozado la superficie, pero espero que estés convencido de que la respuesta final para la tecnología digital es la teología digital.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David P. Murray
David P. Murray

El Dr. David P. Murray es profesor de Antiguo Testamento y teología práctica en el Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Michigan, y pastor de Grand Rapids Reformed Church.

Yo y el Padre somos uno

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Yo y el Padre somos uno

Andreas J. Köstenberger

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine. 

Cuando Jesús dijo: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10:30), ¿a qué se refería? El género de la palabra griega para «uno» en este pasaje no es masculino sino neutro, designando al Padre y a Jesús no como una sola persona sino como una sola entidad («una cosa»). La clara afirmación de la deidad de Jesús en el Evangelio de Juan es sorprendente, ya que plantea algunas preguntas importantes con respecto a Su relación con Dios el Padre. Si Dios el Padre —Yahweh, el gran «Yo Soy», el Dios de Abraham, Isaac y Jacob— es Dios, y Jesús es Dios también, ¿cuántos dioses hay?

En las mentes judías del primer siglo, esto levantó el espectro del diteísmo (la creencia en dos deidades), lo cual violaba la creencia aceptada desde tiempos antiguos de que Dios es uno, y  solo uno. Esto es lo que recitaban los judíos diariamente en su credo, el Shema (de la palabra hebrea para «escuchar»): «Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es» (Dt 6:4).

Esto hace que sea aún más notable que el Evangelio de Juan audazmente atribuya la deidad no solo al Padre, sino también a Jesús (especialmente en 1:1, 18; 20:28). Más de una vez, los oponentes de Jesús intentaron apedrearlo por blasfemia (8:59; 10:31), y la acusación principal es que Él, un simple hombre, se hizo a Sí mismo el Hijo de Dios. Por ejemplo, considera Juan 19:7:

Tenemos una ley, y de acuerdo con esa ley él debe morir porque se ha hecho a Sí mismo el Hijo de Dios.

¿Cómo, entonces, debemos explicar la afirmación de la deidad de Jesús por parte de judíos monoteístas como los apóstoles, que aparentemente no vieron una contradicción insuperable entre la creencia en un solo Dios y la adoración a Jesús? En resumen, la respuesta es esta: ellos creían que la identidad de Jesús estaba envuelta en Yahweh, el Dios de Israel, de tal manera que Él y el Padre eran uno mientras que al mismo tiempo permanecían dos personas distintas. Más tarde, esta afirmación se convirtió en el fundamento sobre el cual los padres de la iglesia construyeron la doctrina de la Trinidad: la creencia de que hay un solo Dios, en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu.

Por lo tanto, es imposible dividir a Jesús y al Padre; ambos son divinos y Su misión es la misma.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Andreas J. Köstenberger
Andreas J. Köstenberger

Andreas Köstenberger es profesor de investigación de Nuevo Testamento y Teología Bíblica y director del Centro de Estudios Bíblicos del Midwestern Baptist Theological Seminary. También es el fundador de Biblical Foundations,™ una organización dedicada a fomentar el regreso a los fundamentos bíblicos en el hogar, la iglesia y la sociedad.

Córtate la mano, sácate el ojo

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Córtate la mano, sácate el ojo

Ray Ortlund

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Las palabras duras no son palabras dañinas, cuando vienen de Jesús. Es importante mantener esto en mente cuando leemos lo siguiente:

Y si tu mano o tu pie te es ocasión de pecar, córtatelo y échalo de ti; te es mejor entrar en la vida manco o cojo, que teniendo dos manos y dos pies, ser echado en el fuego eterno. Y si tu ojo te es ocasión de pecar, arráncatelo y échalo de ti. Te es mejor entrar en la vida con un solo ojo, que teniendo dos ojos, ser echado en el infierno de fuego. (Mt 18:8–9)

Aquí, Jesús nos llama a la santidad personal, por costosa y dolorosa que sea, como Su ruta para nosotros “entrar en la vida”.

El Evangelio produce gente moralmente decisiva que tiene hambre y sed de justicia.

El Señor no nos está diciendo literalmente que nos mutilemos. Después de todo, el apóstol Pablo condenó “la humillación… y el trato severo del cuerpo” (Col 2:23). Pero el punto principal de nuestro Señor es este: debemos decidir que, sin importar cual sea el costo personal, seguiremos el supremo llamamiento de Dios en Cristo (Fil 3:14). Así es, el Señor está obrando en nosotros lo que es agradable delante de Él (Heb 13:21). Estamos confiando en Su mérito y poder. Pero no somos pasivos en nuestra santificación. Nuestra parte consiste en oponernos a nuestros pecados con una disciplina estricta; y no es opcional. Nuestro Señor nos dice: “Cueste lo que cueste, libérate, sígueme y entra en la vida. La única alternativa es el infierno”.

El Evangelio produce gente moralmente decisiva que tiene hambre y sed de justicia, deseos que Dios promete satisfacer (Mt 5:6). “La gracia de Dios se ha manifestado… enseñándonos, que negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente” (Tit 2:11-12). “Buscad… la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb 12:14). Disciplino mi cuerpo… para que haga lo que debe hacer” (1 Co 9:27 NTV).  

¿Sería una buena noticia si Jesús dijera “No importa cómo se manifiestan tus peores impulsos, no hablaremos de eso. De lo único que quiero hablar es de lo mucho que te acepto”? ¿Podríamos confiar en un Salvador así? El Jesús verdadero nos ama lo suficiente como para libremente aceptarnos y confrontarnos con honestidad.

Persigamos la santidad, rigurosamente. Por Su gracia y para Su gloria, entraremos en la vida que es verdaderamente vida para siempre.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Ray Ortlund
Ray Ortlund

El Dr. Ortlund es pastor principal de Immanuel Church en Nashville, Tenn., presidente de Renewal Ministries, y autor de varios libros, incluyendo When God Comes to Church.

Oculto a los sabios

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Oculto a los sabios

Erik Raymond

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Si nos sentamos en nuestra silla y contemplamos honestamente el alcance o influencia de la iglesia, terminamos algo desconcertados. Es claro que la agenda de Dios en y a través de la iglesia es exhibir Su infinita sabiduría: «A fin de que la infinita sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en las regiones celestiales» (Ef 3:10). Al mismo tiempo, hay muchas personas con impresionante influencia y habilidad que no son creyentes. ¿Alguna vez te has preguntado por qué Dios ha escogido pasar por alto a unos con tanto «potencial» para darle vida nueva a otros?

 Dios no necesita la sabiduría o el poder de los hombres para lucir bien.

Esto no desconcertó a Jesús. De hecho, fue una oportunidad para Él alabar en gran manera a Su Padre por tal demostración de sabiduría:

En aquel tiempo, hablando Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado (Mt 11:25–26).

En esta sección de Mateo, Jesús nos permite asomarnos a Su clóset de oración para escuchar este hermoso diálogo intratrinitario. Y al hacerlo, escuchamos a Jesús darle gracias a Su Padre por la sabiduría de lo que ha decretado ocultar y revelar. Él ha ocultado cosas a los sabios y se las ha revelado a los niños.

Las «cosas» que son ocultas o reveladas son el contenido de las enseñanzas de Jesús. Recordemos que Él acababa de desatar una fuerte crítica a los líderes religiosos. Estos eran la gente sabia, estudiada y respetada de ese tiempo. El punto de apoyo para este juicio fue lo que ellos hicieron con Su enseñanza. Ellos lo rechazaron a Él y mostraron así su necedad. Por otro lado, Jesús está rodeado de Sus discípulos. Estos mismos discípulos probablemente serían etiquetados como marginados religiosos por las prestigiosas élites culturales. En un marcado contraste, los discípulos son los bebés, aquellos que reciben humildemente Su enseñanza como un niño.

Jesús está alabando a Dios por Su sabiduría tal como es visualizada en esta misma escena. Dios no necesita la sabiduría o el poder de los hombres para lucir bien. Él mostrará Su sabiduría en la aparente necedad del mensaje y la manifestación de Su gracia (1 Co 1:18-31). Por supuesto, esto no significa que es imposible que las personas inteligentes se conviertan. A través de la historia de la iglesia, Dios ha escogido mostrar Su gracia al salvar a toda clase de personas. Sin embargo, cuando Dios salva a alguien, nunca es por su sabiduría o sus logros, sino más bien por su fe simple, como la de un niño, en la verdad del Evangelio.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Erik Raymond
Erik Raymond

Erik Raymond es el pastor principal de Redeemer Fellowship Church en el área metropolitana de Boston. Él y su esposa Christie tienen seis hijos.