Y los violentos lo conquistan por la fuerza

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Y los violentos lo conquistan por la fuerza

David E. Briones

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Jesús dijo: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo conquistan por la fuerza» (Mt 11:12). Aquí, dos interrogantes han dejado a los lectores rascándose la cabeza: primero, ¿qué quiere decir que el reino está sufriendo violencia? Y segundo, ¿quiénes son los que conquistan el reino por la fuerza? Para ir aclarando un poco este asunto, comencemos con la segunda pregunta para luego regresar a la primera.

Así como el reino enfrentó hostilidad en aquel entonces, también lo hace ahora.

¿Quiénes son «los violentos» que «conquistan [el reino] por la fuerza»? La palabra traducida como«los violentos» siempre tiene una connotación negativa. Por lo tanto, no puede describir una acción positiva, como en la traducción «hombres ansiosos se esfuerzan por entrar en él» (J.B. Phillips). Debe referirse a aquellos que se opusieron al reino. Esto se hace aún más obvio cuando reconocemos que la palabra traducida como «conquistan» (o «arrebatan») casi siempre implica malas intenciones. Las personas malvadas que encajan en esta descripción incluyen a Herodes Antipas, quien encarceló a Juan el Bautista (Mt 11:2), y los líderes judíos que se opusieron al ministerio de Jesús (9:34; 12:22-24).

¿Qué quiere decir que el reino está “sufriendo violencia”? El verbo griego usado aquí puede traducirse correctamente de dos maneras: «sufriendo violencia» «avanzando con fuerza». Ambas traducciones son admisibles. La primera opción considera que el reino está bajo ataque de las fuerzas de las tinieblas (Herodes Antipas, líderes judíos, etc.). La opción dos proyecta una imagen del reino de Dios como avanzando poderosamente contra esa misma oposición. Si bien cada una destaca un elemento verdadero del reino de los cielos, la opción uno es más convincente. Porque si «los violentos conquistan [el reino] por la fuerza», entonces tendría más sentido ver el reino como «sufriendo violencia» a manos de «los violentos». En ambas cláusulas de Mateo 11:12, el reino de Dios es el objeto directo de la hostilidad incrédula.

Así como el reino enfrentó hostilidad en aquel entonces, también lo hace ahora. Pero los creyentes pueden descansar confiadamente en el triunfo de Dios sobre el mal, el pecado y la muerte misma a través del Señor Jesucristo. Cualquiera que sea la oposición que el reino y sus súbditos puedan enfrentar, la declaración de Job al Señor sigue siendo cierta: «Yo sé que Tú puedes hacer todas las cosas, y que ningún propósito tuyo puede ser estorbado» (Job 42:2).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
David E. Briones
David E. Briones

El Dr. Briones es profesor de Nuevo Testamento en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de Paul’s Financial Policy: A Socio-Theological Approach [La política financiera de Paul: Un enfoque socio-teológico].

Una introducción a las duras declaraciones de Jesús

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Una introducción a las duras declaraciones de Jesús

John W. Tweeddale

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Las llamadas duras declaraciones de Jesús se incorporaron al léxico cristiano en 1983 con la publicación del libro de F.F. Bruce que lleva el mismo nombre. Sin embargo, individuos han estado lidiando con las enseñanzas de Jesús mucho antes de que el padre de la erudición bíblica evangélica británica del siglo veinte escribiera su ahora famosa obra.

Luego del discurso de Jesús sobre el pan de vida en Juan 6, muchos seguidores profesantes de Cristo abandonaron Su grupo de discípulos porque se sintieron ofendidos por lo que denominaron como Sus «duras declaraciones» (vv. 60-65). No todos estaban desconcertados por las palabras de Cristo. El apóstol Pedro respondió a las mismas palabras «ofensivas» con confianza, exclamando: «Tú tienes palabras de vida eterna» (v. 68). ¿Cómo responderemos a las duras declaraciones de Jesús?

Una de las razones por la que nos esforzamos por entender de manera correcta las duras declaraciones de la Biblia es porque creemos, como Pedro, que ellas contienen las palabras de vida eterna.

Incluso una lectura rápida de Juan 6:22-71 revelará una serie de desafíos interpretativos. El sermón de Jesús aborda doctrinas tan amplias como la Trinidad, la elección y la reprobación, el propósito de Su misión, la naturaleza de la fe, la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el lugar de Israel dentro de la historia de la redención y la obra del Espíritu Santo. Como lo ilustra esta lista, las dificultades en la interpretación bíblica no se limitan a las duras declaraciones de Jesús, sino que están presentes en toda la Biblia.

Una de las razones por la que nos esforzamos por entender de manera correcta las duras declaraciones de la Biblia es porque creemos, como Pedro, que ellas contienen las palabras de vida eterna. En muchos sentidos, luchar con estas duras declaraciones es la quintaesencia de la ocupación evangélica. Dado que creemos que la Biblia es la inerrante Palabra de Dios, examinamos detenidamente cómo es interpretada cada «iota y tilde». La vocación más básica de cada cristiano es ser un buen exégeta de la Palabra de Dios. La razón por la cual nos preocupa tanto la tarea de la hermenéutica es porque creemos que la interpretación correcta de la Sagrada Escritura es esencial para la fe y la práctica. Nuestro compromiso con la inspiración y la autoridad de la Biblia requiere el estudio, la explicación, la defensa y la aplicación cuidadosa de la revelación bíblica.

El vínculo entre la autoridad bíblica y la interpretación es un sello distintivo del pensamiento protestante. Un subproducto de la doctrina de la Reforma de la sola Scriptura, con su insistencia en una lectura literal de la Biblia, fue el desarrollo de recursos tales como concordancias y guías de estudio, para ayudar a los lectores a ser más diestros en la exposición de las Escrituras. Basándonos en las ideas de los reformadores, aquí hay cuatro herramientas útiles de hermenéutica para ayudarte a «manejar con precisión» las duras declaraciones de la Biblia (2 Tim 2:15).

Primero, conoce el contexto. La regla más fundamental en la interpretación bíblica es la analogía de la Escritura. Deja que la Escritura interprete la Escritura. Cada texto bíblico está situado en un contexto bíblico. Toma el tiempo para definir palabras difíciles, localizar lugares desconocidos y resumir el punto principal del pasaje. Pregúntate cómo el versículo en cuestión contribuye a la lógica del capítulo y a la trama del libro. Compara pasajes poco claros con porciones más claras de la Biblia que se refieren a la misma enseñanza o evento. Volviendo a Juan 6, los comentarios de Jesús sobre el pan de vida no solo deben leerse en el contexto de la alimentación de los cinco mil, sino también en referencia a la provisión de Dios de maná para Israel en Éxodo 16 y Números 11.

Segundo, revisa tu teología. Los reformadores también enfatizaron la analogía de la fe. Ninguna interpretación debe contradecir la teología general de la Escritura. Aunque tu análisis gramatical-histórico pueda ser completo, si esta interpretación compromete las verdades de la fe cristiana, puedes estar seguro de que has interpretado el texto incorrectamente. Una sólida confesión de fe y una teología sistemática confiable son recursos invaluables para delinear los límites ortodoxos dentro de los cuales florece la exégesis bíblica.

Tercero, escucha a los santos. Si bien la historia de la iglesia y la erudición bíblica actual no son inherentemente autoritativas y en ocasiones pueden reflejar un consenso doctrinal mínimo, la exégesis no ocurre en un vacío histórico. Los mejores exégetas aprenden de la comunión de los santos. El Cristo que ascendió ha dado maestros y predicadores con el propósito de ayudar a Su pueblo a entender mejor Su Palabra. Los comentarios, las Biblias de estudio y los sermones están entre los mejores amigos de los exégetas. Verifica tus interpretaciones comparándolas con los hallazgos de los mejores intérpretes bíblicos tanto en el pasado como en el presente.

Finalmente, confía en el Espíritu. La interpretación bíblica es un ejercicio espiritual. Debemos depender de la obra iluminadora del Espíritu Santo para evitar el error y para interpretar correctamente la Palabra de Dios. Como Jesús dice: «El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha» (Jn 6:63). Las palabras de Jesús son difíciles, no porque sean oscuras, sino porque son imposibles de creer sin el Espíritu Santo.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
John W. Tweeddale
John W. Tweeddale

El Dr. Tweeddale es decano académico y profesor de teología en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.

La perspicuidad de las Escrituras

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

La perspicuidad de las Escrituras

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Una de las partes más importantes, pero a menudo la más olvidada, de nuestro orden de servicio en Saint Andrew’s Chapel es la oración de iluminación. En nuestra liturgia, la oración de iluminación se sitúa entre la lectura de la Escritura y el sermón. En nuestra oración, pedimos humildemente a Dios que ilumine Su Palabra para nosotros por el Espíritu Santo para que podamos escuchar, entender y aplicar correctamente lo que el Señor nos dice en Su Palabra. La razón por la cual es uno de los elementos más importantes de nuestro servicio es porque necesitamos desesperadamente que el Espíritu Santo nos ayude a entender Su Palabra. La razón por la que es quizás la parte más pasada por alto de nuestro culto es porque olvidamos con demasiada facilidad lo dependientes que somos del Espíritu Santo para ayudarnos a captar las gloriosas verdades de la sagrada Palabra de Dios.

Cuando decimos que creemos en la perspicuidad de las Escrituras, la gente a veces tiene la impresión equivocada de que estamos implicando que todo en las Escrituras es completamente claro y fácil de entender.

El Espíritu Santo mora en nosotros y nos permite interpretar y aplicar Su Palabra, y es el Espíritu Santo quien nos conduce a toda verdad. Somos totalmente dependientes del Espíritu Santo. Sin Él, no podemos entender correctamente nada en Su Palabra. No necesitamos ser grandes eruditos para entender la Palabra de Dios, simplemente necesitamos ser niños nacidos de nuevo y humildes, en quienes habita el Espíritu Santo. Sin embargo, incluso como creyentes, sabemos que no todo en la Escritura es fácil de entender.

En teología, hablamos de la perspicuidad de la Escritura. La palabra perspicuidad, en pocas palabras, significa «claridad». Curiosamente, la palabra perspicuidad es una de las palabras más confusas que podríamos usar para hablar de claridad. Es más, cuando decimos que creemos en la perspicuidad de las Escrituras, la gente a veces tiene la impresión equivocada de que estamos implicando que todo en las Escrituras es completamente claro y fácil de entender. Pero ese no es el caso. Lo sabemos por experiencia y porque la misma Palabra de Dios nos dice que no todo en ella es fácil de entender. La Confesión de Fe de Westminster (1.7) explica lo que creemos cuando hablamos de la perspicuidad de las Escrituras: «Todas las cosas en las Escrituras no son igualmente evidentes en sí mismas, ni igualmente claras para todos. Sin embargo, todas aquellas cosas que son necesarias obedecer, creer y observar para la salvación están claramente propuestas y expuestas en uno u otro lugar de las Escrituras, para que no solo los eruditos, sino también los que no son eruditos lleguen a una comprensión suficiente de ella mediante el debido uso de los medios ordinarios». En otras palabras, no todo en la Escritura es fácil de entender, pero lo que debemos entender para ser salvos es claro. Las declaraciones duras de Jesús no sólo se encuentran en los Evangelios, sino en toda la Escritura, ya que Jesús es el autor definitivo de la Escritura en Su calidad de Verbo eterno de Dios.

Fundamentalmente, lo que es tan difícil acerca de las duras declaraciones de Jesús no es nuestra incapacidad de entenderlas plenamente, sino de creerlas plenamente y obedecerlas plenamente. Es por eso que necesitamos la obra iluminadora del Espíritu Santo para ayudarnos no solo a entender la Palabra de Dios, sino también a obedecerla, amarla, aplicarla y proclamarla al vivir coram Deo, ante el rostro de Dios, para Su gloria.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

La práctica de la mortificación

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

La práctica de la mortificación

Sinclair B. Ferguson

Nota del editor: Este es el quinto y último capítulo en la serie «La mortificación del pecado«, publicada por la Tabletalk Magazine.

Las consecuencias de una conversación pueden cambiar nuestra opinión sobre su importancia.

Mi amigo, un ministro más joven, se sentó conmigo en su iglesia al terminar una conferencia y me dijo: «Antes de que nos retiremos esta noche, solo muéstrame los pasos necesarios para ayudar a alguien a mortificar o hacer morir el pecado». Estuvimos sentados hablando de ésto por un poco más de tiempo y luego nos fuimos a descansar; espero que se haya sentido tan bendecido como yo con nuestra conversación. Todavía me pregunto si estaba haciendo su pregunta como pastor o simplemente para sí mismo, o ambos. 

¿Cuál es la mejor manera de responder a su pregunta? Lo primero que debes hacer es: ir a las Escrituras. Sí, recurrir a John Owen (¡nunca es una mala idea!) o a algún otro consejero vivo o muerto. Pero recuerda que tenemos más que solo buenos recursos humanos en este tema. Necesitamos ser enseñados desde «la boca de Dios» para que los principios que estamos aprendiendo a aplicar lleven consigo tanto la autoridad de Dios como la promesa de Dios de hacerlos eficaces en nosotros.

No puedes «mortificar» el pecado sin experimentar el dolor de la muerte. ¡No hay otra manera!

Varios pasajes vienen a la mente para este estudio: Romanos 8:13Romanos 13:8-14 (texto de Agustín); 2 Corintios 6:14-7:1Efesios 4:17-5:21Colosenses 3:1-171 Pedro 4:1-111 Juan 2:28-3:11. Es importante destacar que solo dos de estos pasajes contienen el verbo «mortificar» («dar muerte»). De igual manera es importante notar que el contexto de cada uno de estos pasajes va más allá de la  exhortación a mortificar el pecado solamente. Como veremos, esta es una observación que resulta ser de gran importancia.

De estos pasajes, Colosenses 3:1-17 es probablemente el mejor lugar para comenzar.

Aquí vemos cristianos relativamente jóvenes que habían disfrutado de una maravillosa experiencia de conversión del paganismo a Cristo; entrando así al mundo de la gracia, gloriosamente nuevo y liberador. Tal vez, si leemos entre líneas, podríamos decir que ellos sintieron por un momento como si hubiesen sido liberados no solo del castigo del pecado, sino también de su influencia en sus vidas; tan maravillosa fue su nueva libertad. Pero luego, por supuesto, el pecado volvió a asomar su horrenda cabeza. Habiendo experimentado el «ya» de la gracia, ahora estaban descubriendo el doloroso «todavía no» de la santificación progresiva. ¡Suena familiar!

Al igual que en nuestra subcultura evangélica de soluciones rápidas para problemas de largo plazo, si los colosenses no tenían una comprensión firme de los principios del Evangelio, entonces ahora se encontraban en peligro; pues justo en este momento los nuevos creyentes tienden a ser presa relativamente fácil para los falsos maestros con nuevas promesas de una vida espiritual más elevada. Eso fue lo que Pablo temió (Col 2:816). Los métodos para “producir santidad” estaban ahora en boga (Col 2:21-22) y parecían ser muy espirituales, justo lo que los nuevos creyentes necesitaban. Pero, de hecho, «carecen de valor alguno contra los apetitos de la carne» (Col 2:23). No son los métodos nuevos, sino es el entender cómo obra el Evangelio lo único que puede proporcionar el fundamento y el patrón de conducta adecuados para enfrentar el pecado. Este es el tema de Colosenses 3:1-17.

Pablo nos da el patrón y el ritmo que necesitamos. Al igual que los saltadores de longitud olímpicos, no tendremos éxito a menos que volvamos del punto de acción a un punto en el cual podamos recobrar energía para el arduo trabajo de luchar contra el pecado. ¿Cómo, entonces, nos enseña Pablo a hacer esto?

En primer lugar, Pablo enfatiza lo importante que es para nosotros el estar familiarizados con nuestra nueva identidad en Cristo (3:1-4).  Muy a menudo, cuando fallamos espiritualmente, lamentamos el haber olvidado quiénes realmente somos: somos de Cristo. Tenemos una nueva identidad. Ya no estamos «en Adán» sino «en Cristo»; ya no estamos en la carne, sino en el Espíritu; ya no estamos dominados por la vieja naturaleza, sino que vivimos en la nueva naturaleza (Rom 5:12-218:92 Co 5:17). Pablo toma tiempo para explicarlo de esta manera: hemos muerto con Cristo (Col 3:3; incluso, fuimos sepultados con Cristo, 2:12); hemos sido resucitados con Él (3:1), y nuestra vida está escondida en Él (3:3). Ciertamente estamos tan unidos a Cristo que también seremos manifestados con Él en gloria (3:4).

Nuestra incapacidad de lidiar con la presencia del pecado a menudo es consecuencia de una amnesia espiritual, olvidamos nuestra nueva, verdadera y real identidad en Cristo. Como creyente, soy alguien que ha sido liberado del dominio del pecado, por lo tanto, soy libre y estoy motivado a luchar contra el ejército del pecado que batalla en mi corazón. 

Por consiguiente, el principio número uno es: conocer, confiar, pensar y actuar según tu nueva identidad: estás en Cristo.

En segundo lugar, Pablo continúa exponiendo cómo trabaja el pecado en cada área de nuestras vidas (Col 3:5-11). Si vamos a luchar contra el pecado bíblicamente, no debemos cometer el error de pensar que podemos limitar nuestro ataque a una sola área de debilidad en nuestras vidas. Todo pecado debe ser tratado, así que, Pablo habla en contra de la manifestación del pecado en la vida privada (v. 5), en la vida pública y cotidiana (v. 8) y en la vida en la iglesia (v. 9-11, «los unos a los otros», refiriéndose a la comunión en la iglesia). El desafío de la mortificación es similar al desafío de una dieta (¡en sí misma una forma de mortificación!): cuando comenzamos, descubrimos que hay todo tipo de razones por las que tenemos sobrepeso. Realmente estamos luchando contra nosotros mismos, no solamente con el controlar las calorías. ¡Yo soy el problema, no las papas fritas! Mortificar el pecado produce un cambio que impacta todas las áreas de la vida.

En tercer lugar, la exposición de Pablo nos proporciona una guía práctica para mortificar el pecado. A veces parece como si Pablo diese exhortaciones («Haced morir …», 3:5, RV60) sin dar ayuda «práctica» para responder a nuestras inquietudes de cómo aplicar esas verdades a nuestras vidas. A menudo, hoy en día, los cristianos van a Pablo para que les diga qué hacer, pero luego se dirigen a una librería cristiana para descubrir cómo hacerlo. ¿Por qué este desvío? Probablemente porque no nos detenemos lo suficiente para analizar lo que Pablo está diciendo. No meditamos profundamente ni nos sumergimos lo suficiente en las Escrituras. Digo esto porque, usualmente, cada vez que Pablo emite una exhortación, la rodea con pistas sobre cómo podemos y debemos ponerla en práctica.

Esto es absolutamente cierto aquí. Observa cómo este pasaje ayuda a responder nuestro «¿cómo lo hago?”

1. Aprende a reconocer el pecado por lo que realmente es. Llama las cosas tal como son; llámalo «inmoralidad sexual» no «estoy siendo tentado un poco», llámalo «impureza» y no «estoy luchando con mis pensamientos», llámalo «malos deseos, que es idolatría» en vez de «creo que necesito organizar mis prioridades un poco mejor». Este patrón corre a través de toda esta sección. ¡Qué manera tan poderosa de desenmascarar el autoengaño y ayudarnos a quitarle la máscara al pecado que acecha en lo recóndito de nuestros corazones! 

2. Mira tu pecado por lo que realmente es ante la presencia de Dios. «Por causa de estas cosas vendrá la ira de Dios» (3:6). Los maestros de la vida espiritual hablaron de arrastrar nuestros deseos (aunque griten y pataleen) hasta la cruz, al Cristo que llevó la ira de Dios sobre Sí mismo en nuestro lugar. Mi pecado me conduce no solo a un placer efímero, sino también a un disgusto espiritual. Mira la verdadera naturaleza de tu pecado a la luz del castigo que merece. Con mucha facilidad pensamos que el pecado es menos serio en los cristianos que en los no creyentes: «Es perdonado, ¿no es así?» ¡No si continuamos en él (1 Jn 3:9)!  Ve el pecado desde una perspectiva celestial y siente la vergüenza de aquello en lo que una vez caminaste (Col 3:7; ver también Rom 6:21).

3. Reconoce la inconsistencia de tu pecado. Tú has desechado al «viejo hombre» y te has vestido del «nuevo hombre» (3:9-10), así que ya no eres el «viejo hombre». La identidad que tenías «en Adán» se ha ido. El viejo hombre fue «crucificado con Él [Cristo] para que nuestro cuerpo de pecado [probablemente «la vida en el cuerpo dominado por el pecado»] fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado» (Rom 6:6). Las nuevas criaturas viven vidas nuevas; cualquier cosa que me lleve fuera de esa verdad es una contradicción a la realidad de quién soy «en Cristo».

4. Mortifica al pecado (Col 3:5). Es tan «simple» como eso. Rehúsalo, haz que muera de hambre y recházalo. No puedes «mortificar» el pecado sin experimentar el dolor de la muerte. ¡No hay otra manera!

Pero nota que Pablo establece esto en un contexto muy importante y más amplio. La tarea negativa de mortificar el pecado no se logra sin cumplir con el llamado positivo del Evangelio de «revestirse» del Señor Jesucristo (Rom 13:14).  Pablo explica esto en Colosenses 3:12-17. Barrer y limpiar la casa simplemente nos deja disponibles para una nueva invasión del pecado. Pero cuando verdaderamente comprendemos el principio del «intercambio glorioso» en el Evangelio de la gracia, entonces comenzamos a experimentar un avance real en la santidad. El nombre y la gloria de Cristo son manifestados y exaltados en y entre nosotros (3:17) porque los deseos y hábitos pecaminosos no solo se rechazan, sino que se intercambian por gracias (3:12) y acciones (3:13) Cristocéntricas, ya que estamos revestidos del carácter de Cristo y Sus gracias se mantienen unidas a través del amor (v. 14) tanto en nuestra vida privada como en la comunión con la iglesia (v. 12-16).

Estas son algunas de las cosas que mi amigo y yo hablamos aquella noche inolvidable. No tuvimos la oportunidad de preguntarnos el uno al otro «¿cómo te ha ido?» porque fue nuestra última conversación; él murió unos meses después. A menudo me he preguntado cómo fueron los meses en su vida luego de esta conversación. De cualquier manera, la seria preocupación personal y pastoral de su pregunta aún resuena en mi mente. Tiene un efecto similar a lo que Charles Simeon dijo que veía transmitido en los ojos de su amado retrato del gran Henry Martyn: «¡No juegues con eso!»

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

Con premeditación y alevosía

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Con premeditación y alevosía

Kris Lundgaard

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie «La mortificación del pecado«, publicada por la Tabletalk Magazine.

Cuando Genoveva le dijo a Liz que se había puesto la blusa al revés, Liz estaba mortificada. El verbo mortificar proviene de una palabra en latín que significa muerte, por lo tanto aplica en la situación de Liz, ella quería morirse. Hoy en día, rara vez usamos la palabra en otro sentido que no sea el de esta vergüenza común que sienten los adolescentes, pero hubo un tiempo en que los creyentes usaban “mortificar” y su sustantivo mortificación para referirse a nuestro deber de hacer morir el pecado (Rom 8:13Col 3:5). Si empleamos el significado original, la mortificación resulta ser una perspectiva renovada para la vida cristiana, dándonos una comprensión más profunda de lo que significa seguir a Cristo. En otras palabras, se puede pensar en cualquier práctica o deber bíblico en términos de la mortificación.

Pongamos a prueba mi teoría. Empecemos desde arriba: ¿Qué pasaría si amáramos a Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas? De seguro que mientras más lo amamos, más disminuye el pecado. La segunda prueba es como la primera: ama a tu prójimo como a ti mismo y el egoísmo se desvanece. Sigamos: honra a tu padre y a tu madre y terminarás matando de hambre tu deseo de rebelarte. Pon las necesidades de una hermana antes que las tuyas y tu orgullo muere. Regocíjate en la esposa de tu juventud y calmarás el deseo de regocijarte en la esposa de tu vecino. Comparte tus bienes con un amigo en necesidad y la avaricia menguará. Debido a estas verdades es que no puedo imaginarme una vida cristiana saludable sin la mortificación, tal como no me puedo imaginar una moneda con una sola cara.

Alguien que está determinado a matar su carnalidad debe analizar todo como lo hace un asesino, estudiando los hábitos de su víctima para planificar su destrucción.

Podrías pensar: “Si no puedo evitar mortificar la carne cuando vivo fielmente, entonces, ¿por qué no solo concentrarme en la fe, la esperanza y el amor, y así dejar que la mortificación ocurra por su propia cuenta? (siendo esta una manera positiva de enfrentar el problema)”. Es cierto que si crecemos en fe, esperanza y amor, el pecado disminuye; sin embargo, Dios dice claramente que Él quiere que hagamos morir el pecado (Rom 8:13Col 3:5), un llamado que requiere atención (Rom 8:5-8). El lente de la mortificación nos permite apuntar a pecados específicos para debilitarlos, herirlos y hasta matarlos de una manera más directa. Piensa en cómo cuidas tu jardín: desyerbándolo y alimentándolo. Alimentar tu jardín representa el cultivar la fe, esperanza y el amor; mientras que desyerbar es encontrar esa mala yerba del pecado y arrancarla desde sus raíces.

Aun así, algunos consideran que la mortificación es como una cirugía opcional, como si el doctor hubiera dicho que puedes pasar tu vida entera sin hacértela aunque pudiera ser que experimentes algunas molestias. Sobre la base de esta premisa, algunos sopesan los supuestos beneficios de mortificar el pecado contra el trabajo duro y obvio que representaría, y deciden que la recompensa es demasiado pequeña. Podrían declararse “cristianos carnales”, sellar sus boletos para ir al cielo y continuar con vida a la ligera: comiendo, bebiendo y divirtiéndose.

Pero considera esto: “Si vivís conforme a la carne, habréis de morir; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Rom 8:13); “todo el que tiene esta esperanza puesta en Él, se purifica” (1 Jn 3:3); y “ninguno que es nacido de Dios practica el pecado” (1 Jn 3:9). Esta cirugía no es electiva; ninguno que espera vivir en Dios puede rechazarla.

No me malinterpreten, no estoy diciendo que la mortificación es una manera de justificarnos a nosotros mismos. Decir eso me convertiría en un hereje, y también en un tonto. Lo que tengo en mente es más bien esto: la mortificación es algo que la vida de Dios hace en nosotros. Haber nacido de Dios nos hace criaturas nuevas viviendo vidas nuevas en el Espíritu, y un aspecto esencial de esa nueva vida es darle golpes de muerte al pecado que aún permanece. No matamos la carne para ganarnos la salvación; debemos nacer de nuevo antes de poder siquiera levantar un dedo en contra del pecado. “Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne…”

Otros artículos en esta serie nos ayudarán a refinar más nuestro enfoque en la mortificación, pero comencemos echando un vistazo a nuestra lucha contra la carne para empezar a entrenar nuestras manos para la batalla.

La mortificación es exasperante. Aprendemos esto primero, y nos desconcierta tanto que puede desafiar el fundamento de nuestra esperanza. Pero escuchemos a Pablo decirnos con espíritu fraternal: “Porque lo que hago, no lo entiendo; porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco, eso hago” (Rom 7:15). ¿Está Pablo aquí describiendo su vida antes o después de estar en Cristo? Estoy convencido de que está quejándose de un aguijón que perforó su corazón después de ser cristiano, no porque logra expresar perfectamente la confusión de mi alma, ni porque cada creyente que he conocido tiene la misma queja, sino porque tal irritación solo tiene sentido en aquel que ha nacido de Dios. Pablo le dijo a los de Galacia que lo que los detenía de hacer lo que querían hacer era una batalla entre su carne y el Espíritu dentro de ellos (Gál 5:17). De hecho, solo los esclavos del pecado están libres de esta batalla (Rom 6:20).

Pensamos que el pecado no debería dominarnos con tanta frecuencia porque el Espíritu reside en nosotros. Confundidos y frustrados, cuestionamos la obra de Dios en nosotros. Nuestras expectativas deben ser reajustadas a las de Pablo: así es, el pecado no tiene dominio sobre nosotros (Rom 6:14), y será completamente removido de nosotros (Rom 7:24), pero no hasta que seamos glorificados con Cristo; así que debemos continuar luchando por purificarnos hasta nuestro último día (1 Jn 3:2-3). Irónicamente, esta misma lucha nos asegura que hemos nacido de Dios.

La mortificación es intencional. Empecé diciendo contemplativa: eso implica un pensamiento profundo y suena espiritual. Pero quise sugerir la idea de asesinato, tal como en la frase “con premeditación y alevosía”. Alguien que está determinado a matar su carnalidad debe analizar todo como lo hace un asesino, estudiando los hábitos de su víctima para planificar su destrucción. Ya que nuestros corazones son engañosos (Jer 17:9), nuestra única esperanza es preparar nuestras mentes para tomar acción (1 Pe 1:13) y ser tan vigilantes contra las artimañas de la carne como lo estamos contra Satanás (1 Pe 5:8).

Tal como estudiamos las Escrituras para conocer a Dios, así mismo debemos escudriñarnos a nosotros mismos para conocer nuestro pecado. Todos tenemos diferentes grietas en nuestra armadura. Por ejemplo, nunca he sido tentado a embriagarme; mi placer por el vino se limita a la santa cena y una copa de vino tinto que tomo de vez en cuando con un amigo. Pero con los años he aprendido que cuando me siento agotado o estresado, soy un campo de minas: exploto con la más mínima provocación y le grito a mi esposa e hijos. Reconociendo esto, ahora puedo tomar la delantera a mi carne. Cuando sin razón le hablo mal a mis seres queridos, me reviso: ¿estoy cansado? ¿estoy estresado? Y cuando le presto atención al Espíritu, entonces confieso que estoy de mal humor y que necesito descansar un poco antes de poder hablar. Tales lecciones no se aprenden sin cicatrices.

La mortificación es radicalMi equipo de trabajo verifica software de fábrica antes de entrar en producción. Las fallas de fábrica son costosas, así que cuando algún error se nos escapa, investigamos para poder implementar medidas preventivas; no podemos permitirnos el mismo error dos veces. Sabemos que tenemos que encontrar la causa principal, la raíz. Si no cavamos profundamente, terminamos jugando el “Machaca-el-Topo”, martillando un topo solo para ver que aparecen tres más.

Tal mortificación puede ser el resultado de la ignorancia —no sabiendo cómo ver más allá de los síntomas para llegar a las fuentes más profundas del pecado— o de pereza espiritual. Cuando Pablo dice que “la raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Tim 6:10), él da por sentado que hay otras raíces del mal, y que una raíz puede producir diferentes males. Por ejemplo, la falta de dominio propio de un niño frente a una lata de galletitas puede convertirse en la falta de dominio propio de un hombre ante la pantalla de su computadora. Si no identificamos estas raíces, no las podemos desarraigar; y si no sacamos al pecado desde sus raíces bueno, espero que hayan leído El Principito y sepan de los árboles de baobab: “un baobab es algo de lo cual nunca, nunca podrás librarte si te ocupas de él muy tarde”.

La mortificación es colaborativaLa oración y meditación privada son esenciales, pero si fueran nuestras únicas armas contra la carne, nuestro enemigo estaría más armado que nosotros. “Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo” (Gál 6:1). Pablo no quiere decir “si alguien es atrapado con las manos en la masa”, no,  él quiere dar a entender “si alguien está atrapado, embrollado en la arena movediza del pecado”. Tarde o temprano todos nos enredamos; hay momentos en que no podemos lograr desenredarnos a menos que confesemos humildemente nuestro pecado a un hermano.

Dietrich Bonhoeffer conocía el poder de la confesión mutua y lo expuso en el libro Vida en Comunidad, desarrollando la enseñanza de Santiago 5:16. Él entendía que un hombre podía arrepentirse en privado y confesar su pecado ante Dios una y otra vez, año tras año, y nunca lograr debilitar el dominio del pecado sobre su vida. Pero que si se atrevía a sacar su pecado a la luz ante un hermano en Cristo de confianza, este pecado se secaría y moriría. Escuchar las confesiones uno del otro es una manera en la que “llevamos los unos las cargas [más pesadas] de los otros” (Gál 6:2).

Al final, Dios nos librará de este desesperante “cuerpo de muerte”  (Rom 7:24-25). Hasta entonces, por el Espíritu, libremos esta guerra —esta guerra santa intencional, radical y colaborativa— con premeditación y alevosía.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Kris Lundgaard
Kris Lundgaard

El Rev. Kris Lundgaard es un misionero de Mission to the World (Misión al Mundo), una agencia de la Iglesia Presbiteriana en América, actualmente sirve en Slovakia. Él es el autor de The Enemy Within (El enemigo que llevamos dentro).

Libres para morir

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Libres para morir

Joseph A. Pipa Jr.

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie «La mortificación del pecado«, publicada por la Tabletalk Magazine.

La unión del creyente con Cristo Jesús es primordial en la práctica de la mortificación. En Romanos 6:1-13 específicamente, Pablo muestra la relación entre nuestra unión con Cristo y nuestro deber de hacer morir la carne. En Romanos 6, el apóstol refuta la idea de que la justificación promueve el pecado. Él enseña que la obra de Cristo en la cruz, la cual es la base de la justificación, también es la base para la santificación.

Pablo basa su argumento en la unión del creyente con la muerte y resurrección de Cristo. Él dice: “Porque si hemos sido unidos a Él en la semejanza de Su muerte, ciertamente lo seremos también en la semejanza de Su resurrección” (Rom 6:5).

Cuando te encuentras frente a la tentación, cuando la lujuria se levanta en tu interior para atacarte, considérate muerto al pecado.

La Biblia establece esta unión de dos maneras: el creyente está unido a Cristo a través de un pacto y a través de su conversión. En primer lugar, el creyente está unido a Cristo por medio de un pacto. En 1 Corintios 15:21-22, Pablo establece que toda la humanidad fue llevada al pecado y a la condenación porque estaba en pacto con Adán. De manera similar, todos los elegidos son salvos porque están en unión con el Señor Jesucristo.

Cuando Cristo vino al mundo, Él obedeció la ley de Dios perfectamente y ofreció Su vida sin pecado como sacrificio por los pecados de Su pueblo. Debido a que Cristo es la Cabeza federal de Su pueblo, actuó por todos Sus elegidos, y ellos actuaron en Él. Cuando Él obedeció, ellos obedecieron; cuando Él murió, ellos murieron; cuando Él resucitó de entre los muertos, ellos resucitaron también. De este modo, la culpa de sus pecados le fue imputada a Él mientras colgaba en la cruz, saciando así la ira de Dios; y en consecuencia, sus pecados les son perdonados (Rom 3:24-26). Además, ya que Cristo obedeció perfectamente la Ley, Su obediencia perfecta les es imputada, y Dios los declara justos (Rom 6:72 Co 5:21). Este perdón e imputación de Su justicia es la justificación del creyente.

En segundo lugar, el creyente está unido a Cristo por su conversión. Lo que Cristo hizo por nosotros legalmente, mientras estuvo en la tierra, llega a ser nuestro personalmente cuando nacemos de nuevo, nos arrepentimos y creemos en Él (conversión). Cuando nos convertimos somos injertados en Cristo personalmente ya que Su Santo Espíritu mora en nosotros. Esta unión personal con Cristo es la base de nuestra santificación.

En cuanto a la santificación, dos cosas ocurren en el momento de nuestra conversión. Primero, debido a nuestra unión con Cristo, cuando nacemos de nuevo, el viejo hombre muere (Rom 6:6). En la conversión, la muerte de Cristo es aplicada a nosotros, provocando así la muerte de nuestra naturaleza pecaminosa, por lo tanto, estamos muertos al pecado. Aunque Dios en Su providencia ha dejado un remanente de pecado en nosotros y debemos luchar para matarlo (mortificación), nuestra unión con Cristo en Su muerte garantiza la victoria en esta lucha.

Segundo, cuando nacemos de nuevo, somos librados del poder del pecado. Pablo dice que el poder que resucitó a Cristo de entre los muertos es el mismo poder que nos regenera y que está obrando continuamente en nosotros (Rom 6:8-9Ef 1:18-20). Así que, vivimos por el poder de Su resurrección (Gál 2:20); y por lo tanto, nuestra unión con Cristo certifica que la obra de la mortificación no fallará.

¿Cómo, pues, utilizamos la realidad de nuestra unión en la muerte y resurrección de Cristo para luchar contra el pecado? Primero, Pablo nos llama a practicar el deber del pensamiento espiritual  positivo (Rom 6:11). La doctrina sobre el poder del pensamiento positivo es errónea, pero hay poder en el pensamiento espiritual. Pablo nos exhorta a pensar espiritualmente sobre nuestra unión con Cristo y considerarnos muertos al pecado.

Cuando te encuentras frente a la tentación, cuando la lujuria se levanta en tu interior para atacarte, considérate muerto al pecado. Cuando te lamentas por tu falta de amor a Dios y falta de crecimiento en Su gracia, debes recordarte que vives una nueva vida en Cristo y que por Él puedes crecer en santidad. Desarrolla el poder del pensamiento espiritual.

Segundo, practica el deber del enlistamiento espiritual. Pablo utiliza un concepto militar en los versículos 12-13. Como el pecado ya no es nuestro amo, no debemos permitirle gobernar nuestros cuerpos para obedecer sus lujurias. Él usa el término cuerpo porque las perversidades del pecado en el alma normalmente se manifiestan en los apetitos del cuerpo, y así el cuerpo se convierte en un instrumento del pecado: nuestros ojos, lengua, manos y pies.

Pablo dice: deja de enlistar a los miembros de tu cuerpo para servir al pecado; más bien, ofrécete a Dios como uno que ha resucitado de entre los muertos y que le pertenece. La mortificación es el resultado de nuestra consagración a Dios. 

Tercero, haz uso de tu bautismo. Debido a la unión con Cristo, el bautismo es una herramienta dada por Dios para ayudarnos a mortificar el pecado. En los versículos 3-4, Pablo usa el bautismo para comprobar que no debemos continuar en el pecado.

El Catecismo Mayor de Westminster (#167) da respuesta a la pregunta “¿Cómo debemos aprovechar nuestro bautismo?”  con lo siguiente:

“El deber muy indispensable (pero muy olvidado) de aprovechar nuestro bautismo debemos cumplirlo a lo largo de toda nuestra vida, especialmente en tiempos de tentación, y cuando estemos presentes en el bautismo de otros; por medio de una consideración seria y agradecida acerca de su naturaleza y los propósitos por los cuales Cristo lo instituyó, los privilegios y beneficios que por consiguiente confiere y sella, y de nuestro voto solemne que en ello hemos hecho. Mediante el humillarnos por nuestra suciedad pecaminosa, por estar lejos de y caminar contrario a la gracia del bautismo y nuestros compromisos; mediante el crecimiento hacia la seguridad del perdón del pecado, y en todas las demás bendiciones con las cuales hemos sido sellados en el bautismo; mediante el fortalecerse de la muerte y resurrección de Cristo (en quien hemos sido bautizados) para la mortificación del pecado y el avivamiento de la gracia; y mediante el esforzarse por vivir por fe, a fin de vivir en santidad y justicia, como los que en su bautismo han rendido sus nombres a Cristo; y para andar en amor fraternal, como corresponde a quienes hemos sido bautizados por un mismo Espíritu en un solo cuerpo”.

“Aprovechar” quiere decir apropiar el bautismo a nuestra vida. Nota de manera particular que nos apropiamos de los beneficios del bautismo “mediante el fortalecerse de la muerte y resurrección de Cristo (en quien hemos sido bautizados) para la mortificación del pecado y el avivamiento de la gracia”. El bautismo nos recuerda que estamos unidos a Cristo y que hemos muerto al pecado y a su poder en nosotros. A medida que reflexionamos en el bautismo y su significado, obtenemos fuerzas por la muerte y resurrección de Cristo. Además, el bautismo nos recuerda nuestra obligación de arrepentirnos, mortificar nuestro pecado y buscar la santidad. Por lo tanto, el bautismo es un puente útil para conectar lo que somos en Cristo con nuestra lucha contra la tentación y el pecado.

Nuestra unión con Cristo garantiza nuestra mortificación. Debemos recordarnos del poder que tenemos en Cristo, enlistar nuestros cuerpos al servicio de la justicia y usar nuestro bautismo como el medio para lograr estos fines. 

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Joseph A. Pipa Jr.
Joseph A. Pipa Jr.

El Dr. Joseph A. Pipa es presidente y profesor de teología sistemática e histórica en Greenville Presbyterian Theological Seminary (Seminario Teológico Presbiteriano de Greenville) en Greenville, Carolina del Sur. Él es el autor de Did God Create in 6 Days? [¿Creó Dios todo en 6 días?].

Traición cósmica

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Traición cósmica

R.C. Sproul

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie «La mortificación del pecado«, publicada por la Tabletalk Magazine.

La pregunta «¿Qué es el pecado?» se plantea en el Catecismo Menor de Westminster. La respuesta a esta pregunta en el catecismo es simplemente ésta: «El pecado es la falta de conformidad con la ley de Dios o la transgresión de ella».

Examinemos algunos de los elementos de esta respuesta catequética. En el primer caso, el pecado es identificado como algún tipo de carencia o falta. En la Edad Media, los teólogos cristianos trataron de definir el mal o el pecado en términos de privación (privatio) o negación (negatio). En estos términos, el mal o el pecado se definía por su falta de conformidad con el bien. La terminología negativa asociada con el pecado puede ser vista en palabras bíblicas como desobediencia, ateísmo o inmoralidad. En todos estos términos, vemos lo negativo siendo enfatizado. Otras ilustraciones incluirían palabras como deshonor, anticristo, etc.

Debido a que es la ley de Dios la que define la naturaleza del pecado, quedamos expuestos a las terribles consecuencias de nuestra desobediencia a esa ley.
Sin embargo, para tener una visión completa del pecado, tenemos que entender que se trata de algo más que una negación del bien, o algo más que una simple falta de virtud. Podemos inclinarnos a pensar que el pecado, si se define exclusivamente en términos negativos, es simplemente una ilusión. Pero los estragos del pecado apuntan dramáticamente a la realidad de su poder, la cual nunca puede ser explicada por medio de apelaciones a la ilusión. Los reformadores añadieron a la idea de privatio la noción de realidad o actividad, de modo que el mal se ve en la frase «privatio actuosa«. Esto enfatiza el carácter activo del pecado. En el catecismo, el pecado se define no sólo como una falta de conformidad, sino como un acto de transgresión, una acción que implica una violación de una norma.

Para comprender el significado del pecado, no podemos definirlo aparte de su relación con la ley. Es la ley de Dios la que determina lo que es el pecado. En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo, particularmente en Romanos, elabora el punto de que hay una relación inseparable entre el pecado y la muerte y entre el pecado y la ley. La fórmula simple es esta: No pecado equivale a no muerte. No ley equivale a no pecado. El apóstol argumenta que donde no hay ley, no hay pecado, y donde no hay pecado, no hay muerte. Esto se basa en la premisa de que la muerte invade la experiencia humana como un acto de juicio divino por el pecado. Es el alma que peca la que muere. Sin embargo, sin ley no puede haber pecado. La muerte no puede entrar en la experiencia humana hasta que primero la ley de Dios sea revelada. Es por esta razón que el apóstol argumenta que la ley moral estaba en efecto antes de que Dios le diera a Israel el código mosaico. El argumento se basa en la premisa de que la muerte estaba en el mundo antes del Sinaí, que la muerte reinó desde Adán hasta Moisés. Esto solo puede significar que la ley moral de Dios fue dada a Sus criaturas mucho antes de que las tablas de piedra fueran entregadas a la nación de Israel.

Esto da algo de credibilidad a la afirmación de Immanuel Kant sobre un imperativo moral universal al que llamó imperativo categórico, que se encuentra en la conciencia de toda persona sensible. Debido a que es la ley de Dios la que define la naturaleza del pecado, quedamos expuestos a las terribles consecuencias de nuestra desobediencia a esa ley. Lo que el pecador requiere para ser rescatado de los aspectos punitivos de esta ley es lo que Solomon Stoddard llamó una justicia de la Ley. Así como el pecado es definido por la falta de conformidad con la Ley, o la transgresión de la Ley, el único antídoto para esa transgresión es la obediencia a la Ley. Si poseemos tal obediencia a la Ley de Dios, no estamos en peligro del juicio de Dios.

Solomon Stoddard, el abuelo de Jonathan Edwards, escribió en su libro, La justicia de Cristo, el siguiente resumen del valor de la justicia de la Ley: «Es suficiente para nosotros si tenemos la justicia de la ley. No hay peligro de que nos perdamos si tenemos esa justicia. La seguridad de los ángeles en el Cielo es que ellos tienen la justicia de la ley, y es una seguridad suficiente para nosotros si tenemos la justicia de la ley. Si tenemos la justicia de la ley, entonces no estamos sujetos a la maldición de la ley. No somos amenazados por la ley; no provocamos a la justicia; la condenación de la ley no puede apoderarse de nosotros; la ley no tiene nada que objetar contra nuestra salvación. El alma que tiene la justicia de la ley está fuera del alcance de las amenazas de la ley. Cuando se responde a la demanda de la ley, la ley no encuentra culpabilidad. La ley maldice solo por falta de obediencia perfecta. Además, donde está la justicia de la ley, Dios se ha comprometido a dar vida eterna. Tales personas son herederos de la vida, según la promesa de la ley. La ley los declaró herederos de la vida, Gálatas 3:12, «la ley no es de fe; al contrario, el que las hace (las cosas escritas en el libro de la ley), vivirá por ellas». (La justicia de Cristo, p. 25).

La única justicia que cumple con los requisitos de la Ley es la justicia de Cristo. Es solo por medio de la imputación de esa justicia que el pecador puede poseer la justicia de la Ley. Esto es crítico para nuestro entendimiento en este día donde la imputación de la justicia de Cristo está siendo fuertemente atacada. Si abandonamos la noción de la justicia de Cristo, no tenemos esperanza, porque la Ley nunca es negociada por Dios. Mientras la Ley exista, estamos expuestos a su juicio a menos que nuestro pecado esté cubierto por la justicia de la Ley. La única cobertura que podemos tener de esa justicia es la que nos viene de la obediencia activa de Cristo, quien cumplió por Sí mismo cada jota y cada tilde de la Ley. Su cumplimiento de la ley en Sí mismo es una actividad vicaria por la cual Él alcanza la recompensa que viene con tal obediencia. No lo hace para Sí mismo, sino para Su pueblo. Es el marco de esta justicia imputada, este rescate de la condenación de la Ley, esta salvación de los estragos del pecado que viene a ser el escenario para la santificación del cristiano, en el que debemos mortificar el pecado que permanece en nosotros, ya que Cristo murió por nuestros pecados.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios

Un asunto de vida o muerte

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Un asunto de vida o muerte

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie «La mortificación del pecado«, publicada por la Tabletalk Magazine.

El mundo cristiano está lleno de camisetas, folletos y baratijas que hablan de cómo tener una vida cristiana ideal. Cada año, los cristianos gastan millones de dólares en libros de autoayuda y guías de cómo vivir una vida abundante. La mayoría de las veces, a los cristianos se les dice que si quieren ser realmente grandes cristianos, simplemente necesitan seguir algunos consejos prácticos.

Qué extraño pensar que el camino a la vida es a través de la muerte; la muerte de nuestro pecado y la negación de nosotros mismos.

La verdad es que cada cristiano, que no ha sido seducido por las tácticas superficiales y el polvo mágico de los gurús cristianos infantiles de la tierra evangélica de Nunca Jamás, sabe muy bien que vivir la vida cristiana es mucho más que leer el último libro cristiano de auto-ayuda. Es un poco irónico que uno de los más grandes libros jamás escritos sobre la vida cristiana sea el clásico de John Owen La mortificación del pecado, un libro que trata sobre la muerte del cristiano a sí mismo y un libro sobre el cual hemos basado esta serie especial de Tabletalk magazine.

La tesis del libro de Owen se basa en la exhortación del apóstol Pablo a mortificar la carne: «porque si vivís conforme a la carne, habréis de morir; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis» (Rom 8, 13). Qué extraño pensar que el camino a la vida es a través de la muerte; la muerte de nuestro pecado y la negación de nosotros mismos (Lc 9:23). De hecho, el fundamento mismo de nuestra justificación está en la muerte de la muerte misma a través de la muerte de Jesucristo, y el fundamento de la vida cristiana y la santificación está en la muerte del yo a través de la muerte de nuestro pecado. Ahí yace la simplicidad de la vida abundante del cristiano en Cristo (Jn 10:10).

Lo que nos hace diferentes del mundo de pecadores que nos observa no es que no pecamos, sino que odiamos nuestro pecado, que nos arrepentimos de nuestro pecado y que buscamos seriamente mortificar nuestro pecado que ha sido llevado a la cruz y puesto sobre nuestro Salvador que expió por nuestro pecado, y todo esto para la gloria de Dios. En su prefacio de La mortificación del pecado, Owen escribió: «Espero… que la mortificación y la santidad sean promovidas en mi corazón y en el corazón y en la vida de los demás, para gloria de Dios; y que de esta manera el evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo pueda ser enaltecido en todas las cosas». Mientras que muchos cristianos suponen que su crecimiento espiritual es medido en algún tipo de tabla de crecimiento celestial, nosotros solo crecemos a medida que nos convencemos más y más de la santidad de Dios y de la ausencia de la verdadera santidad en nuestras propias vidas, mortificando el pecado y viviendo obedientemente coram Deo, ante la presencia de Dios, para la gloria de Dios y por causa de Su Hijo en el cual morimos, y en quien hemos sido resucitados a una vida abundante.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Un llamado de Adviento a orar por la Iglesia en China

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

David Hall

Un llamado de Adviento a orar por la Iglesia en China

Hace unos dieciocho meses, un anciano de nuestra iglesia y yo tuvimos el privilegio de viajar desde Atlanta y enseñar en un increíble seminario en China. En las últimas semanas, este seminario ha sido atacado y perseguido. Algunos de esos jóvenes guerreros y valientes que enseñamos han sido arrestados recientemente y de manera regular. A iglesias, escuelas y seminarios se les ha ordenado cerrar por parte de un gobierno que desea prohibir la adoración a cualquier rey rival. ¿Suena esto como el relato familiar de Adviento en Mateo?

Durante esa visita del 2017, nosotros pudimos movernos libremente en Chengdu, en el suroeste de China, mientras yo enseñaba sobre el tema «Calvino para hoy» y hablaba en la primera graduación de un pequeño seminario allí. Los sesenta estudiantes eran tan sobresalientes como los de cualquier escuela de postgrado en Occidente. La opulencia y la riqueza de la ciudad (dos veces más grande que Nueva York) también eran impresionantes. Las oportunidades para el evangelio son aún mayores. Tuvimos la bendición de comer y tener comunión con algunos de los más altos líderes de las iglesias reformadas en China, que ahora tiene muchos presbiterios.

Posteriormente, en el 2018 nos asociamos con Ligonier para establecer «The R.C. Sproul Lectures in Theology» [Las charlas de R.C. Sproul sobre teología] en aquel seminario, con una excelente serie de disertaciones sobre el culto reformado en agosto del 2018; y habíamos planificado la impartición de conferencias sobre la predicación expositiva y el ministerio pastoral a cargo de destacados expertos en los próximos años.

Y todos reconocemos que las puertas que se abren… también pueden cerrarse rápidamente. A raíz de recientes decretos, las iglesias en China han sido acosadas, amenazadas, oprimidas y perseguidas. Pero como en el primer Adviento, ellos todavía miran atentamente al único Rey. Desde luego, están sujetos a las autoridades gobernantes (ve esta reciente y fenomenal declaración de un pastor en Chengdu), y saben que Dios debe protegerlos cuando se promulgan decretos malvados.

¿Debemos dejar de orar por esta nueva iglesia, que —con sus más de cien millones de creyentes— puede haberse convertido en la comunidad más grande, si no la más comprometida, de nuestro tiempo? ¿Y debería ser una sorpresa que los poderes del mal quieran abortar este movimiento y a sus hijos, para que no rivalicen con un trono terrenal?

Estoy muy agradecido por las respuestas espiritualmente maduras y valientes de los líderes de la Iglesia en China. Sus palabras se remontan a las de los cristianos del primer siglo que enfrentaron con valentía la persecución autorizada por el Estado. Así como los santos del pasado, ellos saben que Jesús reina. Una declaración en particular de agosto de 2015 debe ser tan valorada como las de Barmen o Birmingham:

Ningún gobierno o institución social tiene el poder de manejar o juzgar la conciencia, la fe y la religión de una persona. El poder del mundo se limita a administrar y proteger el cuerpo exterior de una persona, sus propiedades y los bienes y órdenes públicos. En cualquier definición, la fe cristiana no es asunto de ningún gobierno nacional. Ninguna agencia gubernamental o sus asociados tienen el derecho de interferir, monitorear o dirigir las doctrinas de la Iglesia, oficiales o cualquier ministerio relacionado con el Evangelio. Tampoco puede quitar o limitar los derechos de la Iglesia a la predicación y a los sacramentos.

Estas palabras suenan como si hubieran sido tomadas directamente de la Reforma Protestante, y no es de extrañar, ya que estos cristianos están apreciando las contribuciones del cristianismo reformado. Sí, esta es una iglesia valiente que es más adulta, mucho menos narcisista, más realista y más comprometida que muchas de las iglesias cristianas del Occidente.

En el Adviento, recordamos a otro rey malvado que ordenó el asesinato en masa cuando su débil reinado fue amenazado. Otra vez hoy, vemos a la verdadera Iglesia siendo protegida mientras está bajo la cruz. ¿No deberíamos orar por estos amigos y mártires? ¿Por qué no nos unimos en Adviento y usamos uno de los medios de gracia más poderosos que nuestro Señor mismo ordenó para interceder por estas iglesias, pastores y ancianos? Que cada una de nuestras iglesias se una en oración en este Adviento, y que Dios proteja y bendiga a estos santos mientras nos humilla para admirar a muchos que son nuestros superiores.

Este artículo fue publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries

David Hall
David Hall
El Dr. David W. Hall es pastor principal de la Iglesia Presbiteriana Midway en Powder Springs, Georgia. Es autor de The Genevan Reformation and the American Founding.

11/11 – Y en la casa del Señor moraré por largos días

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El Salmo 23

11/11 – Y en la casa del Señor moraré por largos días

Nota del editor: Este es el décimo primero y último capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por Tabletalk Magazine.

Los salmos de David están llenos de un anhelo de permanecer en la presencia de Dios, en Su casa. En el Salmo 26:8 David declara: «Oh SEÑOR, yo amo la habitación de Tu casa, y el lugar donde habita Tu gloria». En el siguiente salmo, David declara que este anhelo es la motivación primaria de su corazón al decir: «Una cosa he pedido al SEÑOR, y ésa buscaré: que habite yo en la casa del SEÑOR todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del SEÑOR, y para meditar en Su templo» (27:4). Otro salmo, escrito por los hijos de Coré, expresa el mismo deseo no menos apasionado: «¡Cuán preciosas son Tus moradas, oh SEÑOR de los ejércitos! Anhela mi alma, y aun desea con ansias los atrios del SEÑOR; mi corazón y mi carne cantan con gozo al Dios vivo» y pronuncia: «¡Cuán bienaventurados son los que moran en Tu casa!» (84:1-2, 4). Tal anhelo de una vida con Dios, en la casa de Dios, concluye lo que es quizás el salmo más conocido y amado: «Y en la casa del SEÑOR moraré por largos días» (23:6).

A través de la obra expiatoria de Jesucristo y la unión con Él por el Espíritu Santo, los pecadores pueden llegar a ser hijos y familia de Dios.

Lejos de ser un sentimentalismo vacío, el deseo de David fue alimentado por una teología robusta, por su comprensión del carácter de Dios así como también de Sus propósitos y promesas para Su pueblo. De hecho, tal esperanza de morar con Dios fue revelada por Dios mismo. Después de que Dios liberó a Israel a través de las aguas del mar, Moisés dirigió al pueblo en un canto divinamente inspirado, que enseñaba que el Señor, en Su misericordia, conduciría al pueblo que había redimido, guiándolo a Su propia «santa morada», es decir, al «santuario, oh Señor, que Tus manos han establecido» (Éx. 15:1317). Israel había sido redimido para morar con Dios. Maravillosamente, David entendió que su deseo de morar con Dios era insignificante en comparación con el propio celo del Señor que dijo: «Y que hagan un santuario para mí, para que yo habite entre ellos» (Éx. 25:8). Mientras los peregrinos israelitas viajaban a Jerusalén para las fiestas anuales, el templo de Salomón en el Monte Sión sirvió como símbolo del propósito supremo de Dios de habitar con Su pueblo. Es relevante para esta teología el hecho de que un altar imponente y ensangrentado estaba en el patio antes de la entrada a la casa de Dios.

En el Salmo 23, David presenta la esperanza de habitar con Dios de dos maneras. Primero, la casa de Dios es descrita como el fin del viaje para Su pueblo. Usando las imágenes de pastoreo del éxodo mismo, David presenta al Señor como su Pastor a lo largo de esta vida. Las representación cambia entonces a la de la hospitalidad: a medida que la guianza culmina con la llegada, el Pastor se convierte en anfitrión. Curiosamente, la transición de la metáfora de una oveja conducida por su pastor a la de un huésped honrado por su anfitrión ocurre a través del «valle de sombra de muerte» (v. 4). Entonces, para David la esperanza de habitar con Dios en Su casa era una realidad para el futuro, una escatología. La expectativa de David era segura ya que él mismo, como pastor, entendía que la llegada no era una carga para las ovejas, que a menudo son temerosas, necias y caprichosas. Más bien, la guía, el cuidado y la protección de las ovejas, junto con su destino, era una carga impuesta al pastor.

En segundo lugar, la casa de Dios se presenta como el principio de la gloria eterna. Sin duda, los deleites y las alegrías de la casa de Dios se prueban en esta vida, especialmente entre el pueblo de Dios en la adoración del Día de Reposo. Además, el Señor ciertamente había tendido una mesa en el desierto a lo largo de los viajes de Israel, pero estos casos, por bendecidos que fueran, son meros anticipos del banquete que Dios ha preparado para Su pueblo en la «casa» de una gloriosa nueva creación. Ungir la cabeza con aceite y servir en la copa hasta que se rebose, son descripciones simbólicas que muestran una hospitalidad generosa (v. 5). Aquí Dios es presentado como un antiguo anfitrión del Cercano Oriente que generosamente honra y sacia a sus invitados con una abundancia extravagante. En otra parte, David elabora, diciendo que los hijos de Dios «se sacian de la abundancia de Tu casa, y les das a beber del río de Tus delicias» (Sal. 36:8). La palabra que David usa aquí para «delicias» proviene de la misma raíz que la palabra Edén, el paraíso de Dios donde la humanidad una vez disfrutó las delicias de Su comunión. El fin de nuestro viaje también es un nuevo comienzo, el comienzo de una vida supremamente bendecida con Dios y Su pueblo en un paraíso más glorioso que el Edén.

Sin embargo, ni siquiera la frase «invitado de honor» capta del todo la esperanza y el corazón de David. Esta generosa hospitalidad se derrama más bien sobre hijos e hijas. A través de la obra expiatoria de Jesucristo y la unión con Él por el Espíritu Santo, los pecadores pueden llegar a ser hijos y familia de Dios, nacidos de Dios (Jn. 1:12-13Ef. 2:19). Como el hijo pródigo que regresa y recibe un abrazo prolongado de su padre jadeante, así el fin de nuestro viaje y el comienzo de la eternidad son en realidad un regreso a casa, y de hecho, la casa de Dios no está completa hasta que todos Sus hijos regresen a su hogar. Guiados por el Buen Pastor, el Señor Jesucristo, que entregó Su vida por Sus ovejas, el pueblo de Dios entrará por Sus puertas con acción de gracias y a Sus atrios con alabanza (Jn. 10:1-18, ver Sal. 100).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
L. Michael Morales
L. Michael Morales
El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?