Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado

Victor CruzNota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie «La Gran Comisión», publicada por la Tabletalk Magazine.

Ser un evangelista es más que solo hablarle a la gente acerca de Jesús; requiere que nos convirtamos en maestros del evangelio. El evangelio es proclamado a través la predicación de las buenas nuevas. Este es el comienzo. Pero también necesitamos explicar a los nuevos creyentes las implicaciones y consecuencias de creer en el evangelio. Esto es necesario para hacer verdaderos discípulos.

El ministerio cristiano es principalmente un ministerio de enseñanza.

La autoridad para enseñar

R.T. France señala que cuando Jesús les dijo a sus discípulos que tendrían que enseñar, Él les estaba transfiriendo la autoridad para ser maestros. En Mateo 28:20, el apóstol usa por primera vez el verbo «enseñar» (didaskō) lo que implica que los discípulos en ese momento tenían autoridad de parte de Cristo para enseñar a otros.

Creer en el evangelio requiere que el nuevo creyente se someta a la enseñanza y reciba instrucción para vivir de acuerdo a la voluntad de Jesús. Hacer discípulos comienza con la confesión de fe en Cristo (Rom. 10:9); luego, el bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo para que podamos unirnos a la iglesia a fin de aprender a guardar todo lo que Jesús nos ha mandado en el contexto de una comunidad de creyentes.

La necesidad de enseñar

El hecho de que la iglesia ha sido establecida por Jesús para ser una comunidad de enseñanza es claro. Y si esta es la naturaleza de la iglesia, entonces el ministerio cristiano es principalmente un ministerio de enseñanza.

En Hechos 2:42, aprendemos que la iglesia primitiva se reunía para dedicarse a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración. Los primeros cristianos priorizaron el pasar tiempo juntos para comprender el evangelio y las implicaciones de este en sus vidas. Los apóstoles formularon el evangelio. Luego los predicadores proclamaron el evangelio y los maestros enseñaron las implicaciones éticas del mensaje del evangelio.

Dios le ha dado dones a la iglesia a fin de mantener el evangelio en el centro de la nueva comunidad. Pablo, en su segunda carta a Timoteo, dice respecto del evangelio: “para el cual yo fui constituido predicador, apóstol y maestro” (2 Tim. 1:11). Todos los dones y el estatus dado a Pablo fueron usados al servicio del evangelio. La iglesia, por tanto, debe ser la guardiana del evangelio, y todo lo que hace la iglesia y cada ministerio en ella debe ser un instrumento para la promoción del evangelio y el avance del reino de Cristo. Esta es la única manera de cumplir con la Gran Comisión.

Qué enseñar

Al evaluar cuales enseñanzas son esenciales para los nuevos discípulos, podemos considerar lo que Derek Tidball sugiere fueron los objetivos de la enseñanza de Pablo:

Él (el apóstol) quiere que sus discípulos crezcan, se conviertan en adultos maduros, y dejen de ser bebés o niños (1 Cor. 3:1-414:20Ef. 4:14-15). Él quiere que la novia sea virgen, comprometida con un solo esposo, y que no tenga ojos para nadie más (2 Cor. 11:2). Utilizando imágenes del gimnasio y de la pista de atletismo, él quiere que desarrollen fuerza, resistencia y que no sean débiles en la fe (1 Cor. 9: 24-27Ef. 4:161 Tes. 3:22 Tes. 2:3). 2:17, 3:3). Usando imágenes de la agricultura, él quiere que echen raíces profundas y ver el desarrollo del fruto (1 Cor. 3:5-92 Cor. 9:10Gál. 5:22 Fil. 1:11Col. 1:102:7). Usando imágenes educativas, él quiere que «aprendan a Cristo» (Ef. 4:20).

Tidball demuestra aquí la rica diversidad de enseñanzas que los discípulos deben recibir, pero que sin embargo, están enfocadas en un objetivo: la creación de creyentes fuertes y maduros.

Cuando Pablo supo que estaba cerca de la muerte, le recordó a Timoteo su deber en el evangelio. El corazón de su ministerio era predicar y enseñar el evangelio, defenderlo contra los ataques y la falsificación, y asegurar su transmisión precisa a las generaciones venideras. A Timoteo le fue encomendado guardar el evangelio (2 Tim. 1:14), sufrir por el evangelio (2:3, 8-9), persistir en el evangelio (3:13-14) y proclamar el evangelio (4:1-2). Este es el mayor privilegio y deber que se le puede confiar a un maestro: ser el guardián del evangelio y enseñarlo fielmente a discípulos fieles.

artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Victor Cruz
Victor Cruz
El Dr. Víctor Cruz es el pastor-plantador de la Iglesia El Redentor en la Ciudad de México.

Bautizándolos

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Bautizándolos

 J.V. Fesko

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie «La Gran Comisión», publicada por la Tabletalk Magazine. 

Creo que cuando las personas miran el bautismo, tienen una comprensión limitada de por qué Jesús ordenó que bauticemos a Sus discípulos. La mayoría de las personas probablemente asocian el agua con la limpieza, que es una conexión precisa dado el mensaje del profeta Ezequiel de que Dios rociaría agua sobre Su pueblo (Ez. 36:25). La limpieza del pecado, sin embargo, es solo un elemento en el significado e importancia del bautismo.

El mandamiento de Cristo de bautizar en última instancia descansa sobre Sus propias acciones.

En lugar de enfocarse en el individuo, Dios usa el agua en conexión con el contexto más amplio de la historia de la redención. A lo largo de la Escritura, el agua y el Espíritu aparecen en contextos que despliegan nuevas imágenes de la creación. El Espíritu Santo sobrevoló la creación (Gn. 1:2). Noé envió una paloma (la representación simbólica que el Nuevo Testamento le da al Espíritu) sobre las aguas del diluvio que habían disminuido (Gn. 8:8-12Mt. 3:16). Cuando Israel fue bautizado en el Mar Rojo, Dios colocó Su Espíritu, al cual representó como un ave que revolotea, en medio de Israel (Ex. 14:21-22Dt. 32:10-12Is. 63:11-141 Cor. 10:1-4).

Cuando Jesús fue bautizado, el Espíritu descendió sobre Él en forma de paloma (Mt. 3:16). Dios empleó agua junto con la obra del Espíritu para producir nuevas creaciones, ya sea la primera creación, la tierra recreada después del diluvio, la creación de Israel como nación o la piedra angular de la nueva creación a través de Jesús, el último Adán (1 Cor. 15:45).

Dios estaba enviando un mensaje de que, a fin de cuentas, haría de los nuevos cielos y la nueva tierra, una obra del Dios trino a través de la obra de Su Hijo por el agua y la obra del Espíritu Santo. Esta promesa aparece, por ejemplo, en el libro del profeta Joel: «Y sucederá que después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne» (Jl. 2:28). Esta es la promesa que Juan tenía en mente cuando dijo a la multitud en el desierto: «Yo os bauticé con agua, pero Él os bautizará con el Espíritu Santo» (Mc. 1: 8). Y esta es la promesa que Cristo cumplió en Pentecostés.

Hay dos elementos notables que vinculan los eventos del Pentecostés con el mandato de bautizar que Cristo dio en Su Gran Comisión (Mt. 28:18-20). Primero, esto cumplió la profecía del Antiguo Testamento, como hemos notado. Pedro les dijo a las multitudes que los eventos que estaban presenciando eran un cumplimiento de la profecía de Joel de que Dios derramaría Su Espíritu sobre toda carne (Hch. 2:18-21). Esta es también la promesa de Juan acerca del bautismo del Espíritu Santo. El sermón de Pedro en Pentecostés confirma esto: «Así que, exaltado a la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís» (Hch. 2:33). Cristo bautizó a la iglesia en el Espíritu Santo: Él comenzó el derramamiento del Espíritu sobre toda carne.

En segundo lugar, de acuerdo con Su mandato de bautizar a las naciones, observa que personas de muchas naciones, judíos y gentiles, se reunieron en Pentecostés (Hch. 2:9-11). Jesús estaba bautizando a toda carne, estaba bautizando las naciones con el Espíritu, y al hacer esto, los estaba trayendo a la nueva creación. Por lo tanto, cuando la iglesia bautiza a los discípulos de Cristo, le dice al mundo y al pueblo de Dios a través de la predicación del evangelio, tanto en palabras como en agua, que Cristo está derramando el Espíritu, limpiando a las personas de sus pecados, uniéndolos a Sí mismo, y trayéndolos a los nuevos cielos y la nueva tierra.

Por lo tanto, el mandamiento de Cristo de bautizar en última instancia descansa sobre Sus propias acciones: Su derramamiento del Espíritu sobre las naciones para unir a un pueblo a Sí mismo, para limpiar a Su novia de toda mancha y arruga para que pueda presentarla como santa y sin defecto (Ef. 5:25-27). Esto es lo que Pablo llamó el lavamiento de la regeneración y la renovación (Tit 3:5; ver Mt. 19:28).

Así que el bautismo predica un mensaje a través del agua, aunque este mensaje solo puede escucharse y ser eficaz cuando se une a la predicación de la Palabra. El agua sola no tiene poder para salvar o limpiar. Más bien, junto con la predicación de la Palabra, Dios a través del Espíritu salva y santifica. En el lenguaje teológico técnico, el bautismo es un medio de gracia.

Es por eso que debemos bautizar a los discípulos de Cristo; es el medio elegido por Dios para salvar y santificar a Su pueblo. Bautizamos porque, en las palabras del Catecismo Menor de Westminster, «es un sacramento, en el cual, el lavamiento con agua, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, significa y sella nuestra unión con Cristo, nuestra participación en los beneficios de la alianza de gracia y nuestro compromiso de ser del Señor» (P & R 94). Bautizamos, por lo tanto, en el nombre de la Trinidad porque Dios ha enviado a Su Hijo, quien ha derramado Su Espíritu, y Él está haciendo los nuevos cielos y la nueva tierra, nos está limpiando de nuestro pecado, y nos ha unido a Jesús, el último Adán, que está marcando el comienzo de la nueva creación, los nuevos cielos y la nueva tierra.

Este es un entendimiento profundo del bautismo y al cual todos debemos apegarnos, ya sea que recibamos el bautismo personalmente o lo observemos administrado a otros.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
J.V. Fesko
J.V. Fesko
El Dr. J.V. Fesko es decano académico y profesor de Teología Sistemática y Teología Histórica en el Seminario Teológico Reformado en Jackson, Misisipi, Estados Unidos de América. Es autor de numerosos libros, incluyendo Reforming Apologetics [Reformando la apologética] y Word, Water, and Spirit [Palabra, agua y Espíritu].

Haced discípulos

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Haced discípulos

Dave Eby

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie «La Gran Comisión», publicada por la Tabletalk Magazine.

Cuando comencé el seminario en 1967, el mandato de Jesús en Mateo 28:18-20 de «haced discípulos» me desconcertó. Había algo enigmático y misterioso al respecto, aparentemente comprendido solo por unos pocos de los iniciados. Al mismo tiempo, las palabras de Jesús exigían comprensión y acción, y esto comenzó una peregrinación para buscar entender y practicar el hacer discípulos. Después de treinta y cuatro años de pastorear en los Estados Unidos y ahora después de siete años como maestro de seminario en Uganda, todavía estoy aprendiendo.

Miremos juntos tres preguntas simples: (1) ¿Qué es un discípulo? (2) ¿Cómo se hacen los discípulos? (3) ¿Qué tipos de discipulado hay?

Hacer discípulos implica exhortar con la Palabra, llamando a las personas a convertirse en aquellos que aprenden de Cristo.

La palabra griega que traducimos como discípulo significa aprendiz. Un discípulo es un aprendiz del Señor Jesús. Un aprendiz es un oyente y un practicante. La Gran Comisión es un mandato para llevar a las personas a Cristo de modo que escuchen, aprendan y practiquen. Un discípulo de Jesús se convierte en Su aprendiz para siempre.

Entre las cosas que los discípulos deben estar aprendiendo de Cristo están:

  1. Negarse a sí mismo y seguir a Jesús con una lealtad no dividida (Lc. 9:23-2614:26).
  2. Odiar el pecado y amar la santidad.
  3. Servir y amar a la iglesia de Cristo a pesar de todas sus imperfecciones.
  4. Amar a los perdidos y a las naciones, y tener una pasión por el avance del evangelio.
  5. «Adornar» el evangelio de Cristo con buenas obras de amor, justicia y misericordia (Tit. 2:101214).
  6. Vivir por fe en Cristo y en el evangelio (Ro. 1:17).
  7. Regocijarse de que los requisitos humanamente inalcanzables de tener un registro limpio, un corazón nuevo y un nuevo poder para vivir una vida santa han sido comprados y provistos solo por Cristo, solo por gracia, y que son recibidos por medio de la fe sola. La regeneración, la justificación y la santificación son todos regalos gratuitos.
  8. Gloriarse solo en la cruz y el evangelio, y huir de todo orgullo y logro propio (Flp. 3:3-9).
  9. Colocar nuestra esperanza en Cristo para la gloria y gracia futuras, una esperanza que nos sostiene en las muchas aflicciones de esta breve estadía en el «valle de sombra de muerte».

Los discípulos se hacen a través del ministerio de la Palabra confiada a la iglesia, incluyendo predicación, enseñanza, evangelismo y consejería. La Palabra enseña, reprende, corrige e instruye en justicia (2 Tim. 3:16-17). La Palabra hace discípulos y Cristo hace discípulos a través de la Palabra. Él utiliza a Sus siervos para administrar Su Palabra formalmente en servicios de adoración, clases de capacitación, grupos de estudio bíblico, sesiones de consejería, clases de seminario y misiones evangelísticas, o para predicarla informalmente en conversaciones en cualquier entorno.

Hacer discípulos es, preeminentemente, responsabilidad de la iglesia. Hacer discípulos implica exhortar con la Palabra, llamando a las personas a convertirse en aquellos que aprenden de Cristo; enseñando a las personas lo que Cristo ha ordenado; enseñando a la gente a obedecer todo lo que Cristo ha ordenado; enseñándoles a obedecer en el contexto de la vida de la iglesia; y convocando a la iglesia para que ordene a todas las naciones a seguir a Jesús y a convertirse en Sus aprendices.

Veamos tres tipos de discipulado:

El discipulado inicial es ganar discípulos a través de la evangelización, llevando a los pecadores a Cristo como aprendices a través del primer arrepentimiento , la fe y la sumisión a la gracia.

El discipulado normal tiene lugar en la congregación. Es enseñar a los creyentes todo lo que Cristo ha ordenado sobre todos los aspectos de la vida. Creyentes hambrientos, educables y fieles serán aprendices continuos de Jesús mientras se sientan bajo la predicación y la enseñanza de la Palabra de Dios y se convierten en hacedores de ella (Stg. 1:22). Crecerán en la vida continua de la fe, el arrepentimiento, el ministerio y la misión. Serán equipados, comisionados y enviados para contribuir a la misión de Dios en este mundo, que consiste en hacer discípulos a quienes Cristo ha redimido de cada nación, edificando la iglesia de Cristo entre todos los pueblos y llamándolos a la plenitud del reino de Dios.

El discipulado restaurador es aprender de Cristo a cómo lidiar con los problemas que surgen por causa del pecado remanente que mora en el creyente. El discipulado restaurador requiere enseñanza específica, reprensión, corrección y capacitación que aborden estos problemas específicos. Los objetivos del discipulado restaurador son similares a los objetivos de todo discipulado: restablecer al creyente a la utilidad y al aprendizaje humilde de Cristo para llegar a ser como Cristo en corazón, conducta y misión.

Llevar a las personas a Cristo para que se conviertan en aprendices es un gran llamado y privilegio. Los hacedores de discípulos son humanos e impotentes en sí mismos, sin embargo, son responsables ante Cristo y son activos en Él. Por lo tanto, avanza en obediencia fiel para predicar la Palabra. Es el Cristo exaltado, en última instancia, quien hace discípulos al causar que Su Palabra germine y crezca a través de nuestro trabajo. A través de ti, Cristo ganará, edificará, equipará, restaurará y enviará aprendices a cumplir Su misión en este mundo necesitado.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Dave Eby
Dave Eby
El Dr. Dave Eby es un anciano docente en la Presbyterian Church in America y es el decano fundador del Westminster Seminary en Kampla, Uganda, el cual comenzó en el 2007.

¿Cómo entonces “iremos”?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

¿Cómo entonces “iremos”?

Karl Dahlfred

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie «La Gran Comisión», publicada por la Tabletalk Magazine.

Aparenta ser un mandamiento simple: “Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones” (Mt. 28:19). Pero ¿quién exactamente se supone que vaya? Algunos argumentan que el mandato de Jesús de ir y hacer discípulos solo fue para los Apóstoles originales y que la Gran Comisión fue subsecuentemente cumplida por esos Apóstoles. Pero tal enorme tarea hubiera sido imposible que la completaran solo once hombres. Y la promesa de Jesús de estar con ellos “hasta el fin del mundo” implica que la validez de esta encomienda se extendería más allá de sus vidas. Si es así, la iglesia ha heredado esta comisión de los Apóstoles, y tiene la responsabilidad de obedecer el mandato de Cristo hasta que Él venga.

Es importante notar que la comisión de Cristo de ir y hacer discípulos es dada a la iglesia entera, no solo a cristianos específicos. Es muy popular el ver la Gran Comisión como un mandato para que cada creyente se involucre en el evangelismo. Y algunos defensores de las misiones han argumentado que a menos que tengas un llamado específico a permanecer en tu ciudad, debes llegar a ser un misionero transcultural en obediencia a la Gran Comisión. Aunque estos puntos de vista sean bien intencionados, se equivocan cuando tratan de colocar el mandato de Cristo en el contexto de la enseñanza del Nuevo Testamento respecto al cuerpo de Cristo.

Independientemente de nuestra ubicación en la vida, hay maneras en que podemos tener parte en hacer discípulos a todas las naciones.

El Apóstol Pablo escribió: “Pues así como en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo en Cristo e individualmente miembros los unos de los otros. Pero teniendo dones que difieren, según la gracia que nos ha sido dada, usémoslos” (Ro. 12:4-6). Aunque todo creyente tiene un rol que desempeñar en la Gran Comisión, no todos tenemos el mismo rol.

Ciertamente hay algunos que tienen el rol de misioneros, evangelistas, pastores o maestros de Biblia. Y algunos irán al otro lado del planeta para cumplir con estos roles. En el mundo de hoy, hay una gran necesidad de misiones transculturales, y el campo misionero es un lugar fantástico para servir a Cristo. Pero no es para todos.

Cuando Jesús dijo: “Id”, no estaba ordenándoles a todos Sus discípulos que fueran al extranjero. Justo antes de Su ascensión, Jesús fue bien específico sobre las ubicaciones geográficas a donde Él esperaba que Sus discípulos fueran. Él les dijo: “me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch. 1:8). Jesús y Sus discípulos estaban en Jerusalén cuando Él dijo estas palabras. Jesús quería que ellos comenzaran a testificar de Su vida, muerte y resurrección allí mismo donde se encontraban,en Jerusalén.

Pero no debían detenerse allí. Algunos irían a otras partes de Judea, compartiendo el evangelio con otros judíos. Pero otros trascenderían fronteras culturales y religiosas, haciendo discípulos en Samaria. Y mucho más allá, algunos de los discípulos de Jesús irían a los confines de la tierra, haciendo discípulos en lugares totalmente diferentes a su tierra natal.

Jesús dio por hecho que algunos de Sus discípulos irían a las partes más recónditas de la tierra. Pero Él no visualizó a todos Sus discípulos subiendo a un barco hacia alguna parte remota del mundo.  El Nuevo Testamento pone mucho más énfasis en la fidelidad en medio de la situación en la que nos encontramos que en las travesías físicas. Como escribió el Apóstol Pablo: “y a que tengáis por vuestra ambición el llevar una vida tranquila, y os ocupéis en vuestros propios asuntos y trabajéis con vuestras manos, tal como os hemos mandado; a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada” (I Ts. 4:11-12).

Aunque no todos nosotros volaremos alrededor del planeta para compartir el evangelio y tampoco vamos a enseñar y bautizar en nuestra iglesia local, eso no significa que no podemos involucrarnos en la obediencia al aspecto de “ir” de la Gran Comisión. Como sucedió con los discípulos originales que estaban en Jerusalén, nosotros procuramos vivir fielmente en el lugar donde nos encontramos, “estando siempre preparados para presentar defensa ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (I Pe. 3:15). E independientemente de nuestra ubicación en la vida, hay maneras en que podemos tener parte en hacer discípulos a todas las naciones.

Para comenzar, podemos aprender sobre evangelismo y misiones. Lee una biografía misionera como la historia de Adoniram Judson o John Paton. Averigüa a cuáles misioneros sostiene tu iglesia. Suscríbete  a sus listas de correspondencia, lee sus cartas de oración y ora por ellos. Apoya a misioneros financieramente.

También recuerda que en nuestro mundo globalizado, la gente está viajando como nunca antes y ahora las naciones vienen a nosotros. Invita a un estudiante internacional a comer o hazte amigo de la familia inmigrante que recién se mudó al frente. Identifica en tu iglesia a los que podrían ser buenos candidatos misioneros y anímalos y apóyalos en esa dirección.

Aunque no todos los cristianos van a “ir” en el sentido físico, todos somos parte del cuerpo de Cristo y tenemos un rol que desempeñar. ¿De qué modo vas a “ir” hoy?

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Karl Dahlfred
Karl Dahlfred
El Rev. Karl Dahlfred es profesor asociado de misiones y de historia eclesiástica del Seminario Bíblico Bangkok en Bangkok, Tailandia, y es asistente del gerente general de Publicaciones Confraternidad Misionera de Ultramar en Tailandia.

Toda autoridad en el cielo y en la tierra

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Toda autoridad en el cielo y en la tierra

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie «La Gran Comisión», publicada por la Tabletalk Magazine.

¿Quién tiene la autoridad para mandar a otros? ¿Qué le da a alguien el derecho de mandar a otra persona? Esta pregunta puede plantearse con respecto a cada área de la vida: la vida familiar (padres), la vida de la iglesia (pastores, ancianos), la vida civil (gobernantes, presidentes, etc.). ¿Quién autoriza a los padres, pastores, ancianos y gobernadores a presidir en sus respectivas esferas?

Es de destacar que antes de que Jesús comisionara a Sus discípulos en Mateo 28:18-20, afirmó Su autoridad para hacerlo. Habiendo cumplido la obra de redención, anticipó Su ascensión y coronación, ese punto en el cual se sentaría a la diestra del Padre y se le daría el nombre que está sobre todo nombre en los cielos y la tierra (Ef. 1:20-23).

Jesús, siendo el eterno Hijo de Dios, tiene autoridad en Sí mismo.

Autoridad es el derecho a ejercer dominio, a gobernar, a mandar. La palabra griega exousia, que se traduce como la palabra en español autoridad en Mateo 28:18-20, significa literalmente «lo que surge de ser». Es el derecho a gobernar que surge de las condiciones presentes (estado de ser) o de la relación en la que uno se encuentra. Un padre tiene el derecho de gobernar en virtud de la relación ordenada por Dios que el padre tiene con su hijo. Jesús tiene el derecho de gobernar en virtud de Su estado actual de ser, o condición, como el vencedor del pecado, la muerte y el infierno.

Por lo tanto, antes de que el Señor Jesús comisionara a Sus discípulos, afirmó Su autoridad para hacerlo. Aquí tenemos un reclamo de autoridad universal e ilimitada. Debemos notar primero la fuente de Su autoridad: la recibió de Su Padre. En Su estado de humillación (Su vida terrenal antes de Su resurrección), Él poseía autoridad, pero voluntariamente limitó el ejercicio de la misma. Sin embargo, a veces la afirmaba con gran poder.

Durante Su ministerio, Su autoridad fue manifestada en la manera en que enseñaba (Mt. 7:29), en conceder perdón de los pecados (9:6), en calmar el mar (8:26), en sanar todo tipo de enfermedad y dolencia (9:35), en expulsar demonios (12:22) y en obtener victoria sobre la misma muerte (Jn. 11:43).

Pero todos estos ejercicios de autoridad no fueron más que débiles manifestaciones de la autoridad ilimitada y universal que le fue restaurada por el Padre en Su exaltación. Ahora Jesús afirma: «toda autoridad en el cielo y en la tierra». Más adelante el apóstol Pablo escribe a los filipenses que Dios el Padre ahora «exaltó hasta lo sumo» al Hijo para que en Su nombre «se doble toda rodilla». Todas las cosas han sido puestas bajo Su autoridad (Flp. 2:9-10).

Por supuesto, Jesús, siendo el eterno Hijo de Dios, tiene autoridad en Sí mismo. Él posee autoridad de acuerdo a Su deidad junto con el Padre y el Espíritu. Él, junto con el Padre y el Espíritu, es el creador soberano y sustentador de todo lo que existe.

Sin embargo, en Su encarnación y en Su humillación, Él eligió no ejercer Su autoridad de la misma manera que lo hizo antes. Como dice el Catecismo Menor de Westminster: Él nació  «sujeto a la ley» (Pregunta y Respuesta 27). Él, quien con el Padre y el Espíritu expresó Su soberana voluntad en la autoridad de Su santa ley, ahora estaba sujeto a esa ley. Jesús en Su encarnación experimentó la humillación de estar bajo la autoridad de simples hombres: padres, gobernantes civiles, etc. Eligió no ejercer todos los privilegios de Su autoridad y se permitió ser gobernado, incluso abusado, por hombres mortales y malvados.

Pero, después de haber realizado la obra que el Padre le dio, fue exaltado en lo alto como el Dios-hombre, el Mesías. Jesús entonces recibió autoridad dada por el Padre. Su autoridad pre-encarnada fue restablecida ya que fue investido con autoridad desde lo alto como Señor y Cristo. La profecía mesiánica del Salmo 2 se cumplió en Jesús (Hch. 13:33He. 1:55:5). A lo largo del Antiguo Testamento, a Israel se le prometió un Mesías que sería exaltado al lugar de suprema autoridad y dominio. El Salmo 2:6-8 declara que al Mesías le son dadas las naciones mismas de la tierra como Su herencia. Todos los seres angélicos, los santos, los profetas y los apóstoles se postran ante Él, reconociendo que Él es el Rey de reyes y el Señor de señores. Y un día todos Sus enemigos serán conquistados y puestos por estrado de Sus pies (Sal. 110:1).

Ten en cuenta también el alcance de Su autoridad. Es ilimitada. Su autoridad no está restringida por jurisdicción o geografía. Él ha recibido del Padre toda autoridad, sin limitaciones o restricciones. Sabemos que este es el caso porque Jesús agrega la frase aclaratoria «en el cielo y en la tierra», en todas partes del universo en que cualquier autoridad puede ser ejercida. A Él se le otorga toda la autoridad en los ámbitos espiritual y material, en los cielos y en la tierra. No hay lugar en este universo sobre el cual no se le haya dado autoridad. Su autoridad penetra en cada reino y esfera de influencia.

Es sobre este fundamento que Jesús comisionó a Sus discípulos. No sería la Gran Comisión si no descansara sobre esta gran alegación de autoridad universal e ilimitada. Y siendo autorizados por el Señor mismo, los discípulos salieron y transformaron el mundo.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Roland Barnes
Roland Barnes
El reverendo Roland Barnes es pastor principal de Trinity Presbyterian Church (PCA) en Statesboro, Georgia.

 

La Gran Comisión en el Antiguo Testamento

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

La Gran Comisión en el Antiguo Testamento

L. Michael Morales

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie «La Gran Comisión», publicada por la Tabletalk Magazine.

Por estar basada en el propio reino de Dios, entendemos que la Gran Comisión comienza antes de que la humanidad se distanciara de Su Creador. En el sexto día, el hombre fue comisionado por Dios para llenar y sojuzgar la tierra, y para ejercer dominio sobre las criaturas (Gn. 1:27). En consecuencia, uno podría definir justamente la Gran Comisión como “ejercer dominio y sojuzgar» la tierra y sus criaturas, una comprensión que necesitaremos explicar.

Sin duda, la frase «ejercer dominio y sojuzgar» tiene connotaciones profundamente negativas en nuestro mundo moderno, llena de recuerdos de horrible tiranía y abuso de poder. Sin embargo, debemos notar que esta comisión fue dada antes del descenso al pecado y la miseria, precisamente en el contexto del hombre en unión con Dios, es decir, dado al hombre como portador de la imagen de Dios (v. 26), creado para la comunión con Dios y para mediar en el bendito reino de Dios sobre toda la tierra.

Una vez que entendemos la Gran Comisión en función del reino, nos encontramos en una mejor posición para evaluar esta agenda a lo largo del resto del Antiguo Testamento.

La teología aquí es doble. Primero, Adán debe reunir a toda la creación en alabanza y adoración a Dios el séptimo día: eso es lo que significa «ejercer dominio y sojuzgar». Él está a cargo de apartar (“santificar”) la creación cada vez más hasta que toda la tierra sea santa, llena de la perdurable gloria de Dios.

En segundo lugar, no hay bendición para ser disfrutada, por mínima que sea, que no se derive del reino de Dios; ese es el gozo de lo que significa «ser sojuzgado o sometido», especialmente después de haber sido expulsados de la vida con Dios. Por esta razón, con alegría enseñamos a nuestros hijos que Cristo ejecuta el oficio de rey «sujetándonos [sometiéndonos] a Sí mismo» (Catecismo Menor de Westminster, Pregunta y Respuesta 26).

La Gran Comisión otorgada a Adán implicaba que su reinado estaría al servicio de su oficio sacerdotal, a saber, que él «ejercería dominio y sojuzgaría» con el fin de reunir a toda la creación a los pies del Creador en adoración. La consumación del día de reposo estuvo en el corazón y fue la meta de la comisión del sexto día.

Una vez que entendemos la Gran Comisión en función del reino, nos encontramos en una mejor posición para evaluar esta agenda a lo largo del resto del Antiguo Testamento. El reino de Dios es universal, y desde el principio, Su plan de salvación estaba dirigido a todas las familias de la tierra, nunca olvidando el hecho de que Él posee “todas las naciones” (Sal. 82:8).

Aquí, el papel de Génesis 1-11 como un prólogo de la historia de Israel es extremadamente importante, ya que la identidad y el sagrado llamado de Israel brotan de este contexto universal y siempre están determinados por él. Después de que las naciones son dispersadas al exilio desde la torre de Babel, Dios llama a Abram en Génesis 12, prometiendo que por medio de él «serán benditas todas las familias de la tierra» (v. 3). Esta promesa es más adelante reiterada a Abraham: «y en tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra, porque tú has obedecido mi voz» (Gn. 22:18; véase 18:18). Luego es otorgada a Isaac (26:4), y luego a Jacob como el padre de las doce tribus de Israel (28:14).

Junto con esta promesa está el trasfondo del reino. A Abram se le había prometido: «de ti saldrán reyes» (17:6); y luego observamos una genealogía que florecerá en el linaje de David. Eventualmente, a través de Israel, surgiría un rey para reunir a las naciones de vuelta a la presencia de Dios.

Israel, además, fue llevado a la comunión del pacto con Dios en el Sinaí para vivir como un reino sacerdotal y una nación santa (Ex. 19:6), es decir, para ser una luz a los gentiles. Los atributos paralelos que definen, sacerdotal y santo, deben ser entendidos en el sentido de ser apartados para el Señor Dios por el bien de las naciones; Israel debía ser un mediador entre Dios y las naciones. Este llamado sagrado tenía mucho más que ver con ser sometido que con someter a otros pueblos. Israel necesitaba ser consagrado y santificado, transformado en el siervo de Dios por el bien del mundo, para glorificar a Dios ante las naciones. El Salmo 67, uno de los muchos salmos que llaman a los gentiles a alabar a Dios, declara claramente que Israel había recibido misericordia e incluso la bendición sacerdotal para que el camino de Dios fuera conocido en la tierra, y para que Su salvación abarcara a las naciones.

Sin embargo, durante el primer período de Israel, «no había rey en Israel», lo que significaba que «cada uno hacía lo que le parecía bien ante sus ojos» (Jue. 21:25). En otras palabras, sin uno que encarnara el reino de Dios, Israel caería persistentemente en apostasía. Israel necesitaba ser sometido antes de que pudiera ser una luz para los gentiles.

Tras la instalación de David como rey de Israel, la Gran Comisión nuevamente se convirtió en un mandato divino para un rey humano. El Salmo 2, probablemente utilizado durante la ceremonia de coronación de Israel, es instructivo en este punto. En medio de las naciones enfurecidas, el Señor declara: «Pero yo mismo  he consagrado a mi rey sobre Sion, mi santo monte» (v. 6). El rey entonces declara el decreto divino: «Ciertamente anunciaré el decreto del Señor que me dijo: ‘Mi Hijo eres tú; yo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra’»(vv. 7-8). La frase “Mi Hijo” nos lleva una vez más a Adán y a otra faceta de la teología de la Gran Comisión.

En un sentido único, Adán puede ser llamado el «primogénito» hijo de Dios (engendrado y hecho). La genealogía de Lucas del Mesías, por ejemplo, nos lleva de vuelta a Set como hijo «de Adán» y luego a Adán como hijo «de Dios» (Lc. 3:38, ver Gn. 5:1-3). Como el «primogénito» de Dios, entonces, la herencia de Adán era tan amplia como su comisión: toda la tierra, porque «el ganado sobre mil colinas» y «el mundo y todo lo que en él hay» son suyos (Sal 50:1012). Adán poseía, en otras palabras, el derecho inherente de gobernar y someter a toda la tierra en nombre de su Padre y por causa de la gloria de su Padre.

A medida que la historia de la redención progresa, Israel se convierte, por así decirlo, en el segundo hijo «primogénito» de Dios. Debe ser notado aquí que el Señor fue bastante específico en cuanto a las palabras que Moisés iba a hablar en su confrontación inicial con Faraón: «Así dice el SEÑOR: ‘Israel es mi hijo, mi primogénito. Y te he dicho: ‘Deja ir a mi pueblo para que me sirva’, pero te has negado a dejarlo ir. He aquí mataré a tu hijo, a tu primogénito” (Ex. 4:22-23, ver Os. 11:1). La señal final de Dios, celebrada anualmente en la Pascua, clavaría esa revelación original profundamente en el corazón de Faraón.

Volviendo ahora al Salmo 2, David, como cabeza de Israel y por promesa divina (2 Sam. 7:14), podría ser considerado hijo de Dios en un sentido especial, ya que evidentemente había recibido el manto de Adán en función de su oficio. Por su unción, David heredó el papel de Adán como «hijo de Dios» y rey ​​de la tierra. «Yo también lo haré mi primogénito», dice Dios, «el más excelso de los reyes de la tierra» (Sal. 89: 26-27).

Es importante entender que solo al ser ungido como rey  fue que David recibió la encomienda de gobernar y someter a las naciones. La comisión de David fue extender la voluntad y el reino de Dios sobre la tierra; sus «enemigos» no eran meramente políticos o personales, sino los enemigos de Dios, reyes que se habían opuesto al Señor y a Su ungido. En realidad, sin embargo, el objetivo de someter a Israel probaría ser demasiado. Peor aún, fueron los propios reyes de Israel los que desviaron a las ovejas de Dios hacia la rebelión perversa y la odiosa idolatría. El exilio fue inevitable.

Aun así, notablemente, en el contexto de la apostasía de Israel, Dios prometió levantar un Siervo davídico que no solo guiaría a las tribus de Jacob a través de un nuevo éxodo, sino que también sería hecho “luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra» (Is. 49: 6). Este mismo Siervo, leemos más adelante, sufriría el juicio de Dios al cargar los pecados de muchos, para que como sacerdote exaltado pudiera «rociar a muchas naciones» (Is. 52:13-53:12; ver 1 Pe. 1:1-2). Habiendo expiado los pecados de Su pueblo, este Mesías venidero, el último Adán, la simiente de Abraham, el verdadero Israel, el mayor David, el Siervo Sufriente, el Hijo de Dios, ascendería a lo alto para reinar desde el Monte Sion celestial, a la diestra de Dios el Padre.

Mateo 28, entonces, no es más que la aceptación de la herencia prometida en el Salmo 2. Pero este reinado está al servicio de un oficio sacerdotal, para guiarnos a la presencia de Dios a través del velo de la carne desgarrada y la sangre derramada. A través de Su Espíritu derramado, Jesús reina para someter y convocar a toda la creación a la adoración de Su Padre (1 Co. 15: 24-28), sometiéndonos día a día cada vez más profundamente para que podamos aprender cómo «glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.»

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

L. Michael Morales
L. Michael Morales
El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?

Todas las naciones y la plantación de iglesias

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Todas las naciones y la plantación de iglesias

Ed StetzerNota del editor: Este es el primer capítulo en la serie «La Gran Comisión», publicada por la Tabletalk Magazine.

 

La Gran Comisión. Las palabras «gran» y «comisión» no están en el texto, pero el calificativo aplica. Esta «orden autoritativa, encargo o directriz» es «inusualmente grande, extrema y notable» (frases prestadas de las definiciones de libros de texto de ambas palabras). Pero ¿por qué?

La magnitud de la tarea es expresada por tres pequeñas palabras: todas las naciones. Esta frase se traduce del griego panta ta ethnē, y a menudo es un tema de gran discusión. Cuando muchas personas escuchan ethnē, o «naciones», piensan en países. Pero cuando Jesús dijo esas palabras, no habían países como los tenemos hoy. El estado nación es una invención de la era moderna. En los días de Jesús, habían grupos de personas, y habían imperios. Entonces, Jesús estaba hablando de pueblos, de todos los pueblos.

La Gran Comisión no se puede cumplir sin la plantación de iglesias.

Cuando Jesús dijo «a todas las naciones», no quiso decir exactamente lo que los misiólogos como yo quieren leer en el texto, como si estuviera hablando de los once mil grupos de personas etnolingüísticas en el mundo de hoy. Sin embargo, tenía la intención de identificar más que simplemente a los no judíos o gentiles. Él le habló a un pueblo judío que sabía que Dios creó las naciones en Babel (Gn. 11:9), llamó a las naciones «a Jerusalén» (Is. 2), expuso las lenguas de las naciones en Pentecostés (Hch. 2) y será adorado por hombres y mujeres de toda lengua, tribu y nación para siempre (Ap. 7).

En otras palabras, cuando Jesús habló de ir a las naciones, los oyentes de Su época entendieron la inmensidad de esta extraordinaria tarea. La idea de «las naciones» no era nueva para ellos, aunque Jesús estaba cambiando la forma en que el pueblo de Dios llegaba a ellos.

Al hablar de las naciones, Jesús revirtió la dirección de la misión. Ya no era que las naciones vinieran a Jerusalén (Is. 2), sino que los discípulos debían salir de Jerusalén hacia las naciones (Hch. 1:8).

Al escuchar esas palabras, los discípulos obedecieron al mandato de Jesús. Lo que hicieron revela lo que entendieron que Jesús quiso decir cuando les dijo que fueran a todas las naciones. Fueron a todas las naciones y plantaron iglesias. Y nosotros también deberíamos hacerlo.

La Gran Comisión sin un enfoque en las naciones carece de su contexto bíblico, de los hechos de los discípulos y del lugar que ocupa en la misión de Dios. La Gran Comisión sin un enfoque en plantación no ha entendido lo que hicieron los discípulos al escuchar de la Gran Comisión.

Cuando Jesús dijo: «todas las naciones»,  Él redirigió la misión y envió a Su pueblo a las naciones. Dependiendo de quién los cuenta y cómo los cuentan, hay más de seis mil grupos de personas no alcanzadas. Poco menos de tres mil de ellos todavía no han sido contactados siquiera, lo que significa que hay poco o ningún creyente en el área.

Las naciones son de gran importancia en la Gran Comisión, y Dios nos está llamando a plantar iglesias entre esas (y otras) naciones. Se necesitan nuevas plantaciones de iglesias.

Tu nación, de donde sea que estés leyendo esto, está entre las naciones. De donde sea que estés leyendo esto, este pasaje aplica. La plantación de iglesias debe llevarse a cabo en tu nación, tal como debería ocurrir en todas las naciones. A veces esto ocurre debido a que “las naciones” viven en nuestra nación. Solo en los Estados Unidos, hay más de quinientos grupos de personas no alcanzadas.

En una investigación publicada del año pasado por el Gordon-Conwell Theological Seminary, el misiólogo Todd M. Johnson y su equipo descubrieron que casi el veinte por ciento de las personas que no son cristianas en América del Norte no conocen personalmente a un cristiano. Más del setenta y cinco por ciento de los sijs, hindúes y jainistas que viven en los Estados Unidos no conocen a un cristiano. Lo mismo es cierto para más del sesenta y cinco por ciento de los budistas, sintoístas, taoístas, zoroastrianos y practicantes de la religión popular china. Incluso el cuarenta y dos por ciento de los musulmanes reconocen que no tienen contacto cercano con algún cristiano. Se necesitan nuevas plantaciones de iglesias.

Pero, incluso las personas en la cultura mayoritaria necesitan nuevas iglesias. La iglesia es central para la misión de Dios de proclamar la historia de Jesús a cada hombre, mujer y niño. Al mirar en el Nuevo Testamento, vemos que la plantación de iglesias intencional, bajo la guía del Espíritu Santo, fue un método clave usado por las iglesias primitivas para obedecer el mandato de Jesús. Eso debería ser cierto hoy. Y eso incluye plantar iglesias en centros urbanos, suburbios en crecimiento, comunidades rurales y más. Se necesitan nuevas plantaciones de iglesias.

La Gran Comisión no se puede cumplir sin la plantación de iglesias. Jesús nos dijo que debemos discipular, bautizar y enseñar. Esas tres cosas se hacen en el contexto de una iglesia local. Si tu quieres que las personas se conviertan en discípulos, se bauticen y se les enseñe la Palabra de Dios, ya sea en una gran ciudad estadounidense o en una aldea rural de Asia, la plantación de iglesias debe ser uno de los medios.

Alguien plantó la iglesia a la que asistes. Alguien plantó la iglesia desde la cual alguien vino a contarte del evangelio. Alguien plantó la iglesia donde fuiste un nuevo discípulo, fuiste bautizado y donde te enseñaron por primera vez.

No permitas que tu iglesia sea un callejón sin salida en la carretera de la Gran Comisión. Las naciones, y los perdidos en tu nación, necesitan más. Se necesitan nuevas plantaciones de iglesias.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Ed Stetzer
Ed Stetzer
El Dr. Ed Stetzer es director ejecutivo del Centro de Evangelismo de Billy Graham, Billy Graham Center for Evangelism, y es el Presidente de la organización para la Iglesia, Misión y Evangelismo de Billy Graham en el Wheaton College en Wheaton, Illinois.

¿Qué significa “permanecer en Cristo”?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

¿Qué significa “permanecer en Cristo”?

Sinclair B. Ferguson

La exhortación a “permanecer” ha sido frecuentemente mal entendida, como si se tratara de una experiencia especial, mística, e imposible de definir.

Pero Jesús deja en claro que más bien implica una serie de realidades concretas.

Permanecer en Cristo significa permitir que su Palabra llene nuestras mentes, dirija nuestra voluntad, y transforme nuestros afectos.

En primer lugar, la unión con nuestro Señor depende de su gracia. Por supuesto que estamos activamente y personalmente unidos a Cristo por la fe (Juan 14:12). Pero la fe en sí misma tiene sus raíces en la actividad de Dios. Es el Padre quien, como el jardinero divino, nos ha injertado en Cristo. Es Cristo, por su Palabra, quien nos limpia y nos da forma, para unirnos a Él (Juan 15:3). Todo es en su soberanía, todo es por gracia.

En segundo lugar, la unión con Cristo significa ser obediente a Él. Permanecer implica nuestra respuesta a la enseñanza de Jesús: “Si permanecen en Mí, y Mis palabras permanecen en ustedes…” (Juan 15:7a). Pablo hace eco a esta idea en Colosenses 3:16, donde escribe: “Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes”, una declaración muy relacionada con la exhortación paralela en Efesios 5:18: “Sean llenos del Espíritu”.

En pocas palabras, permanecer en Cristo significa permitir que su Palabra llene nuestras mentes, dirija nuestra voluntad, y transforme nuestros afectos. En otras palabras, ¡nuestra relación con Cristo está íntimamente conectada a lo que hacemos con nuestras Biblias! Luego, por supuesto, mientras que la Palabra de Cristo more en nosotros y el Espíritu nos llene, oraremos de una manera consistente con la voluntad de Dios y descubriremos la verdad de la frecuentemente mal aplicada promesa de nuestro Señor: “Pidan lo que quieran y les será hecho” (Juan 15:7b).

Tercero, Cristo subraya otro principio, “Permanezcan en Mi amor” (Juan 15:9), y dice muy claramente lo que esto implica: el creyente descansa su vida en el amor de Cristo (el amor de Aquel quien da su vida por sus amigos, v. 13).

Este amor para nosotros se ha demostrado en la cruz de Cristo. Nunca nos desviemos de la contemplación diaria de la cruz como la demostración irrefutable de amor, o de la dependencia del Espíritu que derrama ese amor en nuestros corazones (Romanos 5:5). Además, permanecer en el amor de Cristo se ve de una manera muy concreta: la simple obediencia rendida a Él es el fruto y la evidencia del amor por Él (Juan 15:10-14).

Finalmente, somos llamados, como parte del proceso de permanecer, a someternos a las “tijeras” de Dios, quien en su providencia poda toda deslealtad, y a veces todo lo que no es importante, con el fin de que podamos permanecer en Cristo de todo corazón.

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio. Este es un extracto del libro «Solo en Cristo» por Sinclair Ferguson.

Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson
El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

El TULIP y las Doctrinas de la Gracia

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

El TULIP y las Doctrinas de la Gracia

Steven Lawson

La verdad central de la gracia salvadora de Dios se establece de forma resumida en la afirmación: “La salvación es del Señor”. Esta fuerte declaración significa que cada aspecto de la salvación del hombre proviene de Dios y depende totalmente de Dios. La única contribución que hacemos es el pecado que fue puesto sobre Jesucristo en la cruz. El apóstol Pablo afirmó esto cuando escribió: “Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre” (Ro. 11:36). Esto quiere decir que la salvación es determinada por Dios, comprada por Dios, aplicada por Dios y asegurada en Dios. De principio a fin, la salvación es solo del Señor.

Esta verdad se resume mejor en las doctrinas de la gracia, que son: la depravación total, la elección incondicional, la expiación definida, el llamado eficaz, y la gracia que preserva. Estas verdades presentan al Dios trino como el autor de nuestra salvación de principio a fin. Cada miembro de la divinidad, Padre, Hijo, y Espíritu, juega un papel en la redención, y trabajan juntos como un solo Dios para rescatar a aquellos que perecen bajo la ira divina. En perfecta unidad, las tres personas divinas hacen el trabajo que los pecadores destinados al infierno, quienes son completamente incapaces de salvarse a sí mismos, no pueden hacer.

La única contribución que hacemos es el pecado que fue puesto sobre Jesucristo en la cruz.

Depravación total

El primer hombre, Adán, pecó, y su transgresión y culpa fueron inmediatamente imputadas a toda la humanidad (excepto Cristo). Con este único acto de desobediencia, contaminó moralmente cada parte de su ser: mente, afectos, cuerpo, y voluntad. Por este pecado, la muerte entró al mundo, y la comunión de Adán con Dios se rompió.

La culpa y la corrupción de Adán fue transmitida a su descendencia natural en el momento de la concepción. A su vez, cada uno de los hijos de sus hijos hereda esta misma caída radical. De manera consecuente se ha transmitido a cada generación hasta el día de hoy. La naturaleza perversa de Adán se ha extendido a la totalidad de cada persona.

Fuera de la gracia, nuestras mentes están oscurecidas por el pecado, incapaces de comprender la verdad. Nuestros corazones están contaminados, incapaces de amar la verdad. Nuestros cuerpos están muriendo, progresando hacia la muerte física. Nuestras voluntades están muertas, incapaces de elegir lo bueno. La incapacidad moral para agradar a Dios contamina a todas las personas desde su entrada en el mundo. En su estado no regenerado, nadie busca a Dios. Nadie es capaz de hacer el bien. Todos están bajo la maldición de la ley, que es la muerte eterna.

Elección incondicional

Mucho antes de que Adán pecara, Dios ya había decretado y determinado la salvación para los pecadores. En la eternidad pasada, el Padre eligió a un pueblo que sería salvo en Cristo. Antes de que el tiempo comenzara, Dios eligió a muchos entre la humanidad a quienes se proponía salvar de su ira. Esta selección no se basó en ninguna fe prevista en aquellos a quienes eligió. Tampoco fue motivado por su bondad inherente. En su lugar, de acuerdo con su amor infinito y su sabiduría inescrutable, Dios puso su afecto en sus elegidos.

El Padre dio a los elegidos a su Hijo para ser su novia. Cada uno de los elegidos fue predestinado por el Padre para ser hecho a la imagen de su Hijo y cantar sus alabanzas para siempre. El Padre comisionó a su Hijo para venir este mundo y entregar su vida para salvar a estos mismos elegidos. Del mismo modo, el Padre comisionó al Espíritu para traer a estos mismos elegidos a la fe en Cristo. El Hijo y el Espíritu concurrieron libremente en todas estas decisiones, haciendo de la salvación la obra indivisible del Dios trino.

Expiación definida

En la plenitud de los tiempos, Dios el Padre envió a su Hijo a entrar en este mundo caído con la misión de redimir a su pueblo. Nació de una virgen, sin naturaleza pecaminosa, para vivir una vida sin pecado. Jesús nació bajo la ley divina para obedecerla por completo en nombre de los pecadores desobedientes que la habían roto repetidamente. Esta obediencia activa de Cristo cumplió todas las justas exigencias de la ley. Al guardar la ley, el Hijo de Dios logró una justicia perfecta, la cual es contada a los pecadores creyentes para que sean declarados justos (justificados) ante Dios.

Esta vida sin pecado de Jesús lo calificó para ir a la cruz y morir en lugar de los pecadores culpables y destinados al infierno. En la cruz, Jesús soportó la completa ira del Padre por los pecados de su pueblo. En esta muerte vicaria, el Padre transfirió a su Hijo todos los pecados de todos aquellos que creerían en Él. Siendo un sacrificio y cargando el pecado, Jesús murió como sustituto en lugar de los elegidos de Dios. En la cruz, Él propició la justa ira de Dios hacia los elegidos. Por la sangre de la cruz, Jesús reconcilió al Dios santo con el hombre pecador, estableciendo la paz entre ambos. En su muerte redentora, Él compró a su novia, su pueblo elegido, de la esclavitud del pecado y la liberó.

La muerte de Jesús no solo hizo a toda la humanidad potencialmente salvable. Tampoco su muerte simplemente logró un beneficio hipotético que puede o no ser aceptado. Su muerte, tampoco, simplemente hizo a toda la humanidad redimible. En su lugar, Jesús en realidad redimió a un pueblo específico a través de su muerte, asegurando y garantizando su salvación. Ni una gota de la sangre de Jesús se derramó en vano. Él verdaderamente salvó a todos por quienes murió. Esta doctrina de la expiación definida se conoce en ocasiones como expiación limitada.

Llamado eficaz

Con unidad de propósito, el Padre y el Hijo enviaron el Espíritu Santo al mundo para aplicar esta salvación a los elegidos y redimidos. El Espíritu vino a convencer a los elegidos de pecado, justicia, y juicio, y a volverse al Hijo, a todos aquellos que el Padre le dio. En el tiempo divinamente señalado, el Espíritu quita de cada elegido su incrédulo corazón de piedra, endurecido y muerto en pecado, y lo reemplaza con un corazón creyente de carne, receptivo y vivo para Dios. El Espíritu implanta vida eterna dentro del alma espiritualmente muerta. Él concede a los hombres y mujeres elegidos los dones del arrepentimiento y la fe, lo que les permite creer que Jesucristo es el Señor.

De repente, todas las cosas se vuelven nuevas. La nueva vida del Espíritu produce un nuevo amor por Dios. Nuevos deseos de obedecer la Palabra de Dios producen una nueva búsqueda de la santidad. Hay una nueva dirección de vida, vivida con una nueva pasión por Dios. Estos nacidos de nuevo dan evidencia de su elección con el fruto de la justicia. Este llamado del Espíritu es efectivo, lo que significa que los elegidos ciertamente responderán cuando se les dé dicho llamado. Finalmente no se resistirán. Por este motivo, la doctrina del llamado eficaz en ocasiones se le llama la doctrina de la gracia irresistible.

Gracia que preserva

Una vez convertido, cada creyente se mantiene eternamente seguro por las tres personas de la Trinidad. A todos los que Dios conoció de antemano y predestinó en la eternidad pasada, glorificará en la eternidad futura. Ningún creyente abandonará a Dios o se apartará. Cada creyente está firmemente retenido por las manos soberanas del Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo, y nunca se perderá. Ninguna de las ovejas por las cuales Jesús dio su vida perecerá. El Espíritu Santo sella de manera permanente en Cristo a todos los que atrae a la fe. Una vez nacido de nuevo, no podría no haber nacido. Una vez creyente, ninguno puede convertirse en incrédulo. Una vez salvo, ninguno puede dejar de serlo. Dios los preservará en la fe para siempre, y perseverarán hasta el fin. Es por esto que la doctrina de la gracia que preserva a menudo se llama la doctrina de la preservación de los santos.

De principio a fin, la salvación es del Señor. En realidad, estas cinco doctrinas de la gracia forman un cuerpo completo de verdad con respecto a la salvación. Están inseparablemente conectadas y por lo tanto se mantienen o caen todas juntas. Abrazar cualquiera de las cinco requiere abrazar las cinco. Negar una es negar las otras y fracturar la Trinidad, poniendo a las tres personas en desacuerdo entre sí. Estas doctrinas hablan juntas a una sola voz para dar la mayor gloria a Dios. Esta alta teología produce alta doxología. Cuando se comprende correctamente que solo Dios: Padre, Hijo, y Espíritu, salva a los pecadores, entonces toda la gloria es para Él.

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

Steven Lawson
Steven Lawson
El Dr. Steven J. Lawson es fundador y presidente de OnePassion Ministries. Es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries, director del programa de doctorado en The Master’s Seminary y anfitrión del Instituto de Predicación Expositiva. Ha escrito más de dos docenas de libros.

Consolad a mi pueblo

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Consolad a mi pueblo

Michael Lawrence

Nota del editor: Este es el quinto y último capítulo en la serie «La vergüenza», publicada por la Tabletalk Magazine.

Dado que la vergüenza siempre está escondida, a menudo nos toma por sorpresa. Un incrédulo ha estado asistiendo a mi iglesia por varios meses. Siempre vestido de manera muy profesional y bien hablado, con frecuencia me agradece por mis sermones, pero nada en nuestras interacciones pasadas me prepararon para su visita a mi oficina.

En el sermón del domingo anterior, consideré la huída humillante de David de Jerusalén en 2 Samuel 15. Observé que David no solo estaba aprendiendo a confiar en Dios en medio de su humillación, pero también estaba apuntando a Cristo Jesús. Al igual que David, Jesús salió de Jerusalén humillado. Fue despojado de cada pedazo de dignidad, no al huir, sino al morir en la cruz, desnudo y avergonzado. Pero a diferencia de David, la humillación de Jesús no era el resultado de Su pecado sino del nuestro. La increíble verdad del evangelio es que Jesús no solo cargó nuestra culpa, sino que también soportó nuestra vergüenza (Heb. 12:2).

Nuestras iglesias deben ser lugares donde la vergüenza es redimida en lugar de negada.
Esto resonó en el corazón del visitante. Por décadas, él había cargado un sentido ineludible de vergüenza. Siendo un inmigrante, había sido educado en las escuelas que le enseñaban que debía avergonzarse por quien era. A pesar de que había crecido y se había convertido en un defensor de los suyos, no podía escapar a la vergüenza que sentía. Mientras hablábamos, su vergüenza se anexaba a las cosas que había hecho al igual que a su etnicidad, y sin importar cuánto intentara, no podía escapar de ella. Él sabía que los maestros en la escuela se habían equivocado en cuanto a su cultura. También sabía que tenía razón para sentirse avergonzado.

Nuestras iglesias están llenas de personas como este hombre. Personas llenas de vergüenza por lo que les ha sucedido y lo que han hecho. Se esconden, esperando que los demás no los vean. Puede que se escondan detrás de su personalidad solitaria, pero también pueden esconderse en el perfeccionismo, éxito, activismo e incluso en su audacia. Pero como Adán y Eva, quienes después de la caída intentaron esconder su vergüenza con hojas de higuera (Gn. 3:7), nuestras estrategias no funcionan porque la vergüenza permanece. No importa que tan bien la cubramos, sabemos que sigue ahí.

Así que, ¿cómo puede la iglesia local ayudar a consolar y sanar a los que se esconden, cubiertos en su vergüenza?

Primero, necesitamos ser comunidades donde el evangelio es predicado. No solo desde el púlpito, sino también en nuestros grupos pequeños y relaciones de mentoría, a la hora de compartir una comida y al reunirnos para tomar un café. Y ese evangelio debe abordar nuestra vergüenza. Jesús no solo nos justifica; Él también nos hace limpios y nos viste con Su justicia. Se alude a esto cuando Dios viste a Adán y a Eva (Gn. 3:21), pero se cumple en Cristo, en quien hemos sido vestidos «de ropas de salvación» (Is. 61:10). El mensaje del evangelio no es menos que perdón; es más. Cristo nos quita nuestra vergüenza y nos da Su justicia.

Segundo, necesitamos modelar el aceptarnos unos a otros en Cristo. Sanar la vergüenza no requiere que la hagamos pública en un domingo en la mañana, pero sí involucra revelar nuestra vergüenza a personas que llevarán nuestra pena con nosotros en amor. «Y si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él» (1 Co. 12:26). Cuando salimos de nuestro escondite y descubrimos que los demás no nos rechazan, comenzamos a creer que Dios en Cristo no nos rechaza tampoco.

Tercero, a diferencia de la respuesta del mundo, nuestra respuesta a la vergüenza no es el convertirnos en descarados. Los avergonzados necesitan arrepentirse. Pero para hacerlo, necesitan ayuda para poder distinguir las causas de su vergüenza. La vergüenza es compleja y distorsionadora. Nos culpamos a nosotros mismos por lo que otros nos hicieron y nos excusamos por cómo respondimos. Esta es «la tristeza del mundo [que] produce muerte» (2 Co. 7:10-11). La esperanza para el avergonzado se encuentra al colocar la responsabilidad en el lugar que le corresponde, y eso requerirá, por lo general, la perspectiva clara de los demás. A medida que ayudamos a las personas a ver la diferencia entre su propio pecado y el pecado de otros hacia ellos, la tristeza piadosa y el arrepentimiento pueden comenzar su obra de gracia en nosotros.

Finalmente, nuestras iglesias deben ser lugares donde la vergüenza es redimida en lugar de negada. En 1 Corintios 6:9-10, Pablo da una lista de pecados vergonzosos que los creyentes no deben tolerar entre ellos. Pero luego pasa a declarar en el v. 11: «Y esto erais alguno de vosotros». Los avergonzados ven a su alrededor en la iglesia y no encuentran a alguien como ellos. Pero por medio de los testimonios públicos, relaciones transparentes, cuidado de los grupos pequeños, e inclusive sabias ilustraciones en los sermones, los avergonzados descubren que están en la compañía de pecadores redimidos. Cuando eso sucede, se transmite la esperanza de que la siguiente declaración de Pablo también podría ser cierta para ellos: «Pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, pero fuisteis justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios».

El único tipo de iglesia local que puede traer consuelo a los avergonzados es la iglesia que no se avergüenza del evangelio. Y eso significa reconocer la humillación que Jesús soportó por nosotros. Esto es lo que el hombre que vino a mi oficina se le hacía tan difícil de aceptar. Estaba esperando por un cristianismo que le quitara su falsa vergüenza, sin confrontarlo con su verdadera vergüenza. Pero esto un paquete completo. Él sigue escuchando, sigue batallando. Y nosotros seguimos caminando con él, porque no nos sorprende la vergüenza. Más bien, como cristianos, sabemos tanto lo que es estar avergonzados como el que nuestra vergüenza haya sido removida.

Este artículo fue publicado originalmente en la

Michael Lawrence
Michael Lawrence
Michael Lawrence es el pastor principal en Hinson Baptist Church y profesor adjunto de teología sistemática en el Southern Baptist Theological Seminary.

Tabletalk Magazine.