Enfrentando la vergüenza

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Enfrentando la vergüenza

W. Duncan Rankin

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie «La vergüenza», publicada por la Tabletalk Magazine.

Avasalladora y desmoralizante, la vergüenza nos distancia tanto de Dios como del hombre. Pero ¿dónde comenzamos como creyentes a desenmarañar nuestra vergüenza? Debe haber una respuesta cristiana para esto, porque Dios no abandonaría a Sus amados en medio de su más profunda decadencia emocional.

El problema de la vergüenza

Como hijos de nuestro primer padre Adán y nuestra primera madre Eva, cada uno de nosotros siente vergüenza por causa del primer pecado. Todos caímos en la rebelión de Adán en el huerto: su pecado fue nuestro pecado, ya que él fue nuestra raíz y cabeza (Ro. 5:12-18I Co. 15:21-22). Culpables bajo la ira de Dios, desde ese momento hemos necesitado un Salvador. Escondiéndonos entre los arbustos, avergonzados de nuestra corrupción por naturaleza, sentimos diariamente la imago Dei (imagen de Dios) en nosotros desfigurada y conocemos la desolación del pecado y el dominio de Satanás (Tit. 3:3Heb. 2:14-15).

Como si el fruto del pecado de Adán fuera poco, nuestra vergüenza solo empeora. Nuestras propias transgresiones se van amontonando, haciendo que nuestra deshonra crezca día tras día (Ro. 3:23). Algunos de nuestros pecados nos son conocidos: vemos y sentimos su fuerza en nuestras almas. Otros pecados parece que escapan de nuestra vista por causa de nuestras mentes finitas y caídas (Ro. 1:21-25). Nuestras obras tenebrosas algunas veces son simples, actos francos de desobediencia. Otros pecados son más complejos y difíciles de rastrear, que reflejan las vidas enredadas que tan a menudo llevamos, aun como creyentes, de este lado de la Gloria (Col. 3:5). Con frecuencia sorprendente, aún nos engañamos a nosotros mismos con giros mentales y de corazón que invitan a la falsa vergüenza, donde en realidad no hay ninguna (I Re. 19:1-10). En todo momento, la sombra de vergüenza cae cada vez más oscura sobre nuestro rostro.

El pecado de otros es una tercera y poderosa fuente de vergüenza en nuestras vidas. Un ejemplo es los vecinos que deberían ayudarnos, nos hieren, nos hacen daño o nos abandonan (Lc. 10:21-37). Tanto de manera individual como colectiva, otros en este mundo caído amontonan falsa vergüenza sobre falsa vergüenza, como se observa en los interlocutores de Job (Jb. 4-37). Aun nuestros compañeros cristianos pueden cargarnos falsamente de vergüenza por lo que dicen y lo que hacen (I Cor. 1:10-13Gál. 2:12-13). El problema de la vergüenza es universal entre los hombres.

El secreto para la vergüenza

Entonces, ¿cómo desenmarañamos nuestra vergüenza? La esperanza en uno mismo solo saca de quicio, tal y como nos consta por nuestros repetidos fracasos y frustraciones. El secreto para la vergüenza debe yacer fuera de nosotros mismos, en la única esperanza que siempre hemos tenido: Jesucristo nuestro Señor. Por medio de Su cruz, Jesús alivia nuestra culpa, así como a su prima, la vergüenza.

Al ser redimidos y reconciliados con nuestro Padre celestial por medio de Su Hijo amado, la base de nuestra verdadera vergüenza es tratada y nuestro distanciamiento es eliminado.

La encarnación de nuestro Señor fue parte del remedio para nuestra culpa. Así que, “por cuanto los hijos participan de carne y sangre, Él igualmente participó también de lo mismo” (Heb. 2:14). El Hijo de Dios,en perfecta armonía con Dios el Padre y Dios el Espíritu Santo,se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn. 1:14). Viviendo una vida perfecta, el Salvador encarnado fue el Cordero inmaculado de Dios, quien agradó a Su Padre celestial en toda manera posible (Mt. 3:17).

Pero Su vida no solo fue para vivir: Jesús nació para morir. Se requería Su expiación para aliviar nuestra culpa. “Por tanto, tenía que ser hecho semejante a Sus hermanos en todo, a fin de que llegara a ser un misericordioso y fiel sumo sacerdote en las cosas que a Dios atañen, para hacer propiciación por los pecados del pueblo” (Heb. 2:17). Los creyentes son justificados por medio de la fe en este Salvador, el sacrificio sustitutorio que expió sus pecados y culpa (Ro. 3:23-26). El perdón del pecado y la libertad de la culpa son nuestros solo por la unión con Cristo, el encarnado y crucificado.

Estas no son las únicas bendiciones de la encarnación y expiación de Cristo. Así como sucede con nuestra culpa, Jesús también remedia nuestra vergüenza a través de Su persona y obra.

En Su encarnación, el eterno Hijo de Dios, la segunda persona de la santa Trinidad, abrazó la culpa de la humillación: “tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres” (Fil. 2:6-7). Como lo describió el Reformador Juan Calvino: “En resumen, desde el momento en que Él tomó forma de siervo, comenzó a pagar el precio de la liberación a fin de redimirnos” (Instituciones 2.16.5). El escándalo y la vergüenza saturaron sus días. Concebido fuera del matrimonio, declarado maníaco por Su familia y despreciado por las autoridades, Jesús estaba familiarizado con los susurros, las miradas y los gritos de la vergüenza.

A cierto nivel, es un consuelo genuino para nosotros el hecho de que Jesús sintió el destello sonrojado de la vergüenza. Tenemos un Gran Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras debilidades y que conoce nuestra vergüenza desde dentro hacia afuera (Heb. 4:14-15). Su humanidad es real y verdadera, de modo que no pudo haber sido de otra manera (2 Jn. 1:7). Él nos toca en nuestra carne, evitando que tengamos que enfrentar la horrorosa carga de nuestra vergüenza por nosotros mismos. Aun así la encarnación en sí misma no fue suficiente para corregir nuestra vergüenza. El remedio de Dios para nuestra vergüenza también tuvo que viajar a través del Calvario.

Crucificado como un traidor blasfemo, Jesús fue una deshonra ante los ojos tanto de la iglesia como del estado (Jn. 19:12-22). La burla vergonzosa que tuvo que soportar no se compadecía de Su persona divina, adorado por los querubines y serafines en los cielos. Sus oficios mediadores de profeta, sacerdote y rey pasaron a ser el mero deporte de la guardia romana (Mt. 27:27-31).

En la cruz, Su agonía de vergüenza no fue accidental. Este instrumento romano era una maquinaria de desacato y ridículo público. Allí fue despojado de Su vestidura y expuesto al desnudo a la mira de todos (Jn. 19:23-24). Sudando, sangrando y sofocándose hasta la muerte, Él encarnó la deshonra y la inmundicia (Deut. 21:23Gál. 3:13). Tan detestable era este instrumento que ningún ciudadano romano podría jamás ser tan deshonrado.

Pero Jesús fue tan deshonrado, no por causa de Sí mismo, sino por nosotros y por nuestra salvación. Conociendo muy bien lo que Él enfrentaría, voluntariamente escogió la cruz, a pesar de su vergüenza. Su decisión no fue ligera, como lo atestiguó la agonía de Su frente en el Jardín de Getsemaní (Lc. 22:41-44). ¿Por qué abrazar la vergüenza de la cruz? Él lo hizo, según se nos dice: “por el gozo puesto delante de Él… menospreciando la vergüenza” (Heb. 12:2).

¿Qué gozo fue el Suyo que hizo que la cruz valiera la pena? Él había dado Su palabra en el gran pacto de redención, en donde Él fue de una sola mente y corazón con Dios el Padre (Jn. 1:110:27-2917:4-6Ef. 1:3-5). Él le había prometido a Adán, Eva y aun al diablo que vendría y aplastaría la cabeza de la serpiente, la cual nos había engañado hacia el pecado y la vergüenza (Gén. 3:15). Y Él había profesado Su amor imperecedero por Su novia, por quien dio Su vida para salvarla (Cnt. 4Is. 53). Pero sobre todo, el celo por la gloria de Su Padre, Su voluntad y honor lo consumían (Sal. 69:7-9Jn. 2:17Mt. 26:39-42). Así que Jesús puso Su mirada hacia ese bien, aborreciendo el horror y la vergüenza que se interponía. En el mismo momento y por el mismo método con el que Él lidiaba con nuestra culpa, Jesús también posteriormente resolvió nuestra vergüenza.

La respuesta a la vergüenza

Identificándose con nosotros en nuestra vergonzosa condición, Jesús se hizo representante y sustituto de Su propio pueblo. En Su activa obediencia de toda la vida, Él ganó la perfecta justicia que fundamenta la paz de Su pueblo y que puede transformar su vergüenza (2 Cor. 5:21). En Su obediencia pasiva, personalmente tomó la más horrible forma de nuestra vergüenza humana para Sí mismo; como el Hijo eterno de Dios, Él abrazó la desgracia que se extendía desde las profundidades de la tierra hasta las alturas de los cielos como nadie jamás podría hacerlo. Solo en el Calvario podía ser correctamente sentida y medida la crueldad de la vergüenza humana. Allí nuestra recompensa es grandiosa (Ro. 6:23)

Nuestra vergüenza comienza a desenmarañarse a medida que vemos Su estimada persona y entendemos Su obra incomparable como nuestra. Unidos a Él por fe por medio del Espíritu Santo, nuestra posición cambia completamente (Ef. 2:4-9). Al ser redimidos y reconciliados con nuestro Padre celestial por medio de Su Hijo amado, la base de nuestra verdadera vergüenza es tratada y nuestro distanciamiento es eliminado.

Jesús tomó para Sí mismo el grito del abandono (Mr. 15:34) para que ya no seamos abandonados. Él nos da la bienvenida con brazos abiertos, invitándonos a la verdadera comunión, paz y vida eterna por Su gracia por medio de fe. Shalom con Dios, con nuestros semejantes (incluyendo, sorpresivamente, a nuestros enemigos), y aun con nosotros mismos es progresivamente nuestro: “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (Gál. 5:25). A medida que andamos con Él por fe, llegamos a vivir, pensar y sentir cada vez más como Jesús, aun respecto a nuestra propia vergüenza.

Los creyentes pueden enfrentar la vergüenza de este modo mientras viven el resto de sus vidas cristianas por Su gracia y fortaleza. Esto significa que necesitamos de los medios de gracia que Él ha establecido: la Palabra leída, predicada, cantada, orada y observada en los sacramentos. También necesitamos esos medios secundarios de comunión (Hch. 4:32) y disciplina eclesiástica (Gál. 6:1). Usando todas estas respuestas prácticas para nuestra vergüenza, podemos sentarnos, gatear, caminar y correr para la Gloria de Dios, desenmarañando y menospreciando el oprobio que tan fácilmente nos enreda.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
W. Duncan Rankin
W. Duncan Rankin
El Dr. W. Duncan Rankin ha servido como pastor de las congregaciones presbiterianas en Mississippi, Tennessee, Georgia y Virginia.

 

 

 

Nuestro mundo desvergonzado

Ministerios Ligonier

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Nuestro mundo desvergonzado

Andrew M. Davis

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie «La vergüenza», publicada por la Tabletalk Magazine.

La primera vez que se habla de la vergüenza en las Escrituras en realidad se celebra la ausencia de ella: Adán y Eva estaban desnudos y no sentían vergüenza (Gn. 2:25). Las Escrituras apuntan a un destino final: la Nueva Jerusalén, donde nada vergonzoso jamás entrará (Ap. 21:27), un lugar donde los redimidos de cada nación celebrarán su eterna limpieza de la vergüenza por la sangre de Cristo. Antes de llegar allí, sin embargo, se desarrolla una historia trágica y sórdida en la que los descendientes de Adán exploran con creciente osadía las profundidades de la vergüenza a la que nuestra raza puede sumergirse. Aquí destacaremos tres maneras en las que nuestro mundo muestra corrupción en lo que a la vergüenza se refiere, concluyendo con un consejo a los cristianos sobre cómo debemos responder a nuestro mundo desvergonzado.

Deleitándose en lo que es vergonzoso

La vergüenza central de la raza humana es la idolatría, descrita en Romanos 1:22-25. Allí, Pablo dice que la raza humana «cambió la gloria de Dios por imágenes» e «intercambió la verdad de Dios por una mentira, y adoró y sirvió a la criatura en lugar del Creador». La raza humana se ha negado a adorar al Dios verdadero, a cambio, vergonzosamente concibe dioses y diosas, crea imágenes como el centro de su adoración y se deleita en ellas. Esta es la mayor vergüenza de todas: adorar y servir a las cosas creadas en lugar del glorioso Creador. Por lo tanto, el deleite en todas las religiones no cristianas, o en el ateísmo materialista, es vergonzoso.

En nuestro evangelismo, es esencial proclamar la ley de Dios para producir esa convicción y los correspondientes sentimientos de vergüenza en nuestros oyentes.

A partir este punto central, fluyen todas las demás vergüenzas menores. Romanos 1 revela que Dios entregó a la raza humana a una mente depravada (Ro. 1:28), y parte de esta depravación es deleitarse en lo que Dios llama vergonzoso. En Isaías 3:9, el profeta condena al pueblo de Jerusalén: «y como Sodoma publican su pecado; no lo encubren. ¡Ay de ellos!» Observa que Isaías está sorprendido de que no hagan ningún esfuerzo por ocultar su pecado, sino que realmente lo proclaman descaradamente como lo hizo Sodoma. Es muy malo pecar en secreto, pensando que ni siquiera Dios puede verte (Is. 29:15). Pero no hacer ningún esfuerzo por ocultarlo, como si el pecador estuviera realmente orgulloso de las cosas perversas que estaba haciendo, muestra una mayor profundidad de maldad. Peor aún, el pecador extiende su deleite depravado a los demás: «los cuales, aunque conocen el decreto de Dios que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también dan su aprobación a los que las practican» (Ro. 1:32).

El mundo se deleita en pecadores audaces que burlan la Palabra de Dios y no esperan ningún castigo. Nuestra cultura celebra al habilidoso asesino de sangre fría, al ladrón audaz , al justiciero arrogante, al cantante obsceno, al creador rebelde, al comediante blasfemo, a la actriz desnuda, a esa «pareja glamorosa» que fornica , al atleta que se idolatra, al ocultista místico y demás. Tal vez el ejemplo más claro en nuestros días haya sido el movimiento de la homosexualidad; de ser algo casi universalmente considerado como vergonzoso, a convertirse en algo en lo que deberíamos complacernos. El movimiento por los derechos de los homosexuales busca no solo la tolerancia de lo que Dios llama pecaminoso, sino la celebración de ello en toda la sociedad.

Suprimiendo la vergüenza verdadera

Romanos 1:18 revela que las personas «reprimen la verdad» por su injusticia. Esta poderosa imagen muestra a los pecadores como reteniendo la verdad que se impone con fuerza sobre sus corazones. La santidad de Dios y nuestra vergüenza son verdades apremiantes. Cuando Adán y Eva comieron la fruta del árbol del conocimiento del bien y del mal, sus ojos se abrieron a su vergüenza e inmediatamente se escondieron el uno del otro. Pero mucho más importante, se escondieron de Dios, aterrorizados, debido a su sentimiento de vergüenza. La fabricación con hojas de higuera y el ocultarse detrás de los árboles de la presencia de Dios representan sus esfuerzos por reprimir su vergüenza a través de la auto-salvación.

De la misma manera, los pecadores de hoy a menudo sienten una profunda vergüenza por los pecados cometidos, y la Biblia revela que deberían sentirla. La frase frecuentemente repetida: «¡Deberías estar avergonzado de ti mismo!», es una verdad en la mayoría de los casos con respecto a nuestra pecaminosidad. Pero en lugar de correr hacia el Dios viviente por la salvación, los pecadores intentan una variedad de estratagemas para aliviar la quemadura de la vergüenza. Principalmente, atacan la vergüenza en sí misma. Proverbios 30:20 dice: «Así es el camino de la mujer adúltera: come, se limpia la boca, y dice: No he hecho nada malo». Muchos corren hacia psiquiatras y otros consejeros que son hábiles para persuadirlos de que sus acciones fueron «perfectamente normales». Más allá de esto, las personas tratan de ocultar sus sentimientos de vergüenza haciendo buenas obras o adormeciendo sus mentes con drogas, alcohol o placeres terrenales.

Buscando avergonzar a los justos

Por el contrario, nuestro mundo también amontona abusos contra aquellos que defienden la justicia en nuestra era corrupta. Isaías 5:20 capta la brújula moral defectuosa de nuestra época: «¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas!» Entonces nuestra cultura se deleita en lo que es vergonzoso y se avergüenza de lo que Dios encuentra deleitoso. Recientemente vi una camiseta que proclamaba: «La homosexualidad no es vergonzosa; la homofobia sí». El nuevo término homofobia (hacia 1969) implica que la convicción bíblica sobre ese pecado es en sí misma una forma de enfermedad mental. Cuando el jugador de fútbol de la Universidad de Missouri, Michael Sam, se declaró homosexual, sus compañeros le dieron una gran ovación en un partido de baloncesto. Cualquiera que se negara a pararse y echar porras ciertamente lo hubieran hecho sentir avergonzado.

Nadie en la historia ha experimentado una humillación más injusta que Jesús. El único hombre perfecto que alguna vez vivió no tenía nada de qué avergonzarse, pero Su perfecta justicia suscitó un profundo odio por parte de Sus enemigos. «Fue despreciado y desechado de los hombres» (Is. 53:3), y derramaron vergüenza sobre Él. Ser arrestado en público, enjuiciado, condenado, despojado y azotado, escupido y burlado, exhibido por las calles de Jerusalén hasta que estuvo fuera de las puertas, y crucificado a la vista de la multitud que pasaba, todas estas cosas fueron diseñadas para avergonzarlo al máximo. Sin embargo, Jesús consideró que esta vergüenza pública no tenía importancia en comparación con la gloria insuperable que estaba trayendo a Su Padre mediante esta obra expiatoria, y el gozo eterno que estaba trayendo a Sus ovejas al morir por ellas: «Jesús …quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios» (Heb. 12:2). Las palabras «menospreciando la vergüenza» dejan en claro que el mundo lo colmó de abusos, pero al sopesarlo con el gozo que estaba comprando, pensó que era un pequeño precio a pagar.

Ahora bien, si el Jefe de la familia fue abusado tan vergonzosamente, también deberíamos esperar lo mismo. El mundo busca agresivamente avergonzar a los cristianos que viven abiertamente para Dios, que predican el evangelio de Cristo como el único camino de salvación, que defienden valientemente a los pobres y necesitados, que se oponen a las leyes injustas. Pablo sintió el mecanismo poderoso y avergonzante del mundo cuando iba de lugar en lugar predicando el evangelio de Cristo y fue arrestado y golpeado en muchos de ellos. Pero él afirmó abiertamente: «Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree» (Ro. 1:16). Pedro dijo que el mundo se sorprenderá amargamente cuando no participemos en la misma inundación de libertinaje en que viven, y nos ultrajarán (avergonzarán) (1 Pe. 4:4).

Cómo debería responder la Iglesia

Los cristianos deben mostrar humildad en el tema de la vergüenza y dar un ejemplo al mundo. Debemos reconocer que nuestro pecado es algo vergonzoso, y que los sentimientos de vergüenza son respuestas razonables a la convicción del Espíritu Santo (Ro. 6:21 ). En nuestro evangelismo, es esencial proclamar la ley de Dios para producir esa convicción y los correspondientes sentimientos de vergüenza en nuestros oyentes. Pero también debemos mostrar y proclamar el gozo del perdón total que la cruz de Jesucristo prodiga a cualquiera que cree solamente en Él. Como Romanos 10:11 dice: «Todo el que cree en Él no será avergonzado».

También deberíamos esperar que el mundo inconverso se deleite en una vergüenza cada vez mayor, «yendo de mal en peor» (2 Ti. 3:13). No deberíamos sorprendernos si el mundo nos odia y busca avergonzarnos (1 Jn. 3:13). Pero como Cristo, debemos soportar el sufrimiento, menospreciando (pensando muy poco de) la vergüenza (Heb. 12:2). Como Pablo, debemos predicar con valentía el evangelio y no avergonzarnos de él (Ro. 1:16). Debemos resistir cualquier tentación de avergonzarnos de Cristo y de Sus palabras en esta generación adúltera y pecadora (Mr. 8:38), para que Él no se avergüence de nosotros cuando regrese en gloria. Y deberíamos estar dispuestos a permanecer bajo la cruz de Cristo, fuera de la puerta, y soportar el oprobio que soportó (Heb. 13:12–13). Solo de esta manera, Dios nos usará para rescatar a los pecadores de la vergüenza eterna.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Andrew M. Davis
Andrew M. Davis
El Dr. Andrew M. Davis es pastor de la First Baptist Church en Durham, Carolina del Norte, y profesor adjunto de teología histórica en Southeastern Baptist Theological Seminary.

Lo que hace la vergüenza

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Lo que hace la vergüenza

James Coffield

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie «La vergüenza», publicada por la Tabletalk Magazine.

En un momento preñado de tristeza y esperanza, dignidad y depravación, sufrimiento y gloria, una madre bajo duelo se paró frente a los dolientes que se habían reunido para honrar la vida de un hombre, y pronunció las siguientes palabras: “La vergüenza mató a mi hijo Lucas. La vergüenza lo mantuvo tranquilo, viviendo con secretos sombríos y con terrible remordimiento, rodeado de amigos, pero aun así muy solo”. Después de repasar los rostros de los que estaban reunidos y al reconocer silenciosamente a los que ella sabía que también habían luchado con la adicción, les amonestó: “No permitan que la vergüenza gane. El maligno ha llenado su pluma con vergüenza, desconexión, secretos y pena y está escribiendo su historia tenebrosa. La historia de luz proveniente de Dios con redención, esperanza, comunidad, verdad y gloria, está escrita con Su propia sangre”.

Lucas Johnson apagó su propia vida el año pasado al final de una batalla prolongada contra la adicción y la vergüenza. Aunque era bastante joven y había crecido en un hogar cristiano y había profesado fe en Cristo, había perdido toda esperanza. Lucas no había captado la verdad de que el evangelio de gracia reemplazaba su identidad basada en vergüenza con una identidad en Cristo. Su historia es narrada por la voz de la vergüenza, en marcado contraste con el evangelio de Lucas, el cual está salpicado de historias en las cuales la vergüenza es sofocada por la gloria. En el evangelio según Lucas Johnson, el maligno secuestró la historia de gloria y la cubrió de vergüenza. Una persona envuelta en vergüenza se concentrará en sí misma; se aislará y culpará a otros por su situación. La vergüenza a la postre crea un estilo relacional de evasión. Queremos evitar ser descubiertos, para prevenir que nuestros lugares más oscuros sean expuestos.

Como creyentes nuestras historias serán tejidas y culminarán en gloria.

Esta no es solamente la historia de Lucas Johnson, porque la vergüenza es parte de la historia de todos. La vergüenza se escribe a sí misma dentro de la historia de nuestras vidas. La vergüenza se hace manifiesta por el aislamiento, la autoprotección, el odio propio, la autodestrucción, autopreservación y la ilusión de control. La primera dinámica es el aislamiento, la cual es la postura de la vergüenza.

A pesar de la popularidad y los amigos de Lucas, él creó un mundo que no le conocía, un mundo de aislamiento. El pecado de la vergüenza tiene una singular manera de distanciarnos de los demás. Una manera simple de definir el pecado es decir que nos separa más profundamente de Dios; de nosotros mismos, de otros; y finalmente de la creación. Una persona cargada de vergüenza se aislará de gente saludable o en buen estado emocional, y aunque no comparta sus propios secretos, será arrastrada hacia relaciones con otras personas marcadas por la vergüenza. Evitará la vulnerabilidad y se moverá hacia el cinismo en sus relaciones. Las relaciones del individuo cargado de vergüenza son a menudo superficiales, disfuncionales y enfocadas en conductas externas comunes (juegos, música, entretenimientos) contrario a las experiencias emocionales compartidas. A fin de crear una postura de aislamiento, el motor que mueve esta actitud es la autoprotección.

Si una persona siente como que están a punto de “descubrirla,” entonces se deja sobrecoger por el temor. Las buenas relaciones demandan vulnerabilidad; el compromiso con la autoprotección mata la vulnerabilidad. Muy parecido a un soldado tras las fronteras enemigas, el individuo cargado de vergüenza siempre se la pasa revisando y evaluando el ambiente buscando alguna señal de exposición potencial. Las barreras saludables son importantes, especialmente en las nuevas relaciones, pero las relaciones solo pueden crecer a medida que se toman riesgos más significativos para desarrollar afinidad. La vergüenza previene que se tomen estos riesgos. A medida que crecen el aislamiento y la autoprotección, se reducen las relaciones positivas. La ausencia de influencias estimulantes y perspectivas saludables promueve el creciente odio propio.

La motivación detrás de todas las estrategias relacionales negativas es el odio propio. El nivel de vergüenza que se ha escabullido en la historia de uno, se correlaciona con el nivel de odio propio que se experimenta. La gente cargada de vergüenza se enfurecerá consigo misma y se ofenderá solo de pensar en la gracia. A menudo estos viven en un estado de ambigüedad, con un sentido tanto de derecho como de indignidad. Hay una demanda por socorro o liberación, pero a la vez hay un sabotaje cuando este se ofrece. A menudo demandan una gran dosis de atención mientras que simultáneamente sabotean esta atención porque se sienten indignos. Se encuentran en una danza constante con la mentira de la inevitabilidad: “Soy una persona indeseable; es solo asunto de tiempo antes de que todo mundo se entere de quién soy”.

A Satanás se lo conoce como el “acusador de los hermanos,” y él nos susurra y nos recuerda que nuestros momentos más oscuros han de ser revelados. En Jeremías, el pueblo de Dios está sediento en medio del desierto. En Jeremías 2:13 él declara que han cometido dos pecados. El primer pecado es que le han dado las espaldas a Dios, la fuente de aguas vivas, y el segundo es que se han “cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua”; a saber, neciamente han elaborado sus propias maneras creativas de satisfacer su sed. Es el acusador que causa que sintamos repugnancia por nuestra sed en vez de sentirnos arrepentidos de nuestra propia rebelión.

Dios usa imágenes poderosas en las Escrituras para describirnos como hambrientos, sedientos, encarcelados, en cautiverio y esclavizados. Estos descriptores son usados para describirnos cuando no mantenemos una relación con Él. La vergüenza nos invita a aborrecer nuestra sed, nuestros deseos hambrientos de conexión y redención, y hace que odiemos aún la posibilidad de esperanza.

La característica más insidiosa de la vergüenza, no obstante, es la habilidad de provocar que la gente considere la creencia errónea de que en su esencia han sido diseñados defectuosamente. Es el odio propio quien le dijo a Lucas que no había salida y que él era demasiado indeseable y muy alejado de la redención. Sus “cisternas agrietadas que no retienen agua” eventualmente se secaron, abandonándolo a la creencia de que estaba solo y sin posibilidad de redención.

El odio propio da paso a comportamientos desesperados y autodestructivos. La vergüenza se correlaciona con la conducta destructiva. Investigaciones muestran una alta correlación entre la vergüenza y la participación en la intimidación, la agresión y el suicidio. Para Lucas, la conducta destructiva era adicción; en otros, pudiera ser actividades que anestesian el alma. La vergüenza opera como un filtro y amplificador. Filtra la dignidad que es parte de ser un portador de la imagen de Dios y amplifica nuestra depravación. Puede que algunos vivan una vida orientada hacia el temor y que nunca tomen riesgos apropiados. El alma desesperada anhela ser anestesiada.

El temor a la exposición cuando uno atenta preservar las trizas restantes de la dignidad, llega a ser profundo. La cantidad de energía que se requiere para esconder la lucha creciente es inmensa. El vivir da paso al sobrevivir; el relacionarse da paso a la autopreservación. Es imposible llegar a ser orientado hacia otro u orientado hacia Dios cuando uno está enfocado en sobrevivir. En este estado de sobrevivencia mayor, la ansiedad aumenta, hay una probabilidad creciente de depresión, y comenzamos a mantener y proteger secretos sombríos de lo que pensamos que somos, de lo que hemos hecho, y en algunos casos, de lo que nos han hecho. Cuando la meta de uno es autopreservación, la ilusión del autocontrol es imperativa.

Paradójicamente la vergüenza le da a la persona cargada de vergüenza la ilusión de control. Permite que nos sintamos como si fuéramos capaces de cavar nuestras propias cisternas: “Si el problema soy yo, puedo resolverlo. No necesito ser dependiente de Dios o de nadie. Yo puedo arreglarme”. Un principio de vida es que solo luchamos batallas que creemos que podemos ganar, y la vergüenza nos permite reestructurar la realidad y creer que nosotros somos el problema y la solución; por lo tanto, podemos ganar. La vergüenza invita a la persona a llevar la carga, y al lograrlo, provee un falso sentido de control. A la persona cargada de vergüenza se le permite llevar esta carga y no confiar en Dios o en otros, jamás. La historia de gloria de Lucas fue secuestrada por la vergüenza, mientras que el evangelio de Lucas nos cuenta de la gloria que se desató de historias que inicialmente fueron bañadas de vergüenza.

El evangelio bíblico de Lucas incluye historias de los marginados o privados de derechos: el leproso, el paralítico, la mujer con el flujo de sangre. Las historias de Lucas invitan a los lectores a ver a Cristo como el transformador y el sanador. Lucas aun introduce la gran historia de gloria en un lugar que muchos considerarían vergonzoso: un establo con pastores. La gran historia de gloria de Dios es un torrencial de historias como la del menesteroso, el enfermo, el abandonado y el despreciado, pero Su presencia convierte lo vil en lo exaltado. Como creyentes nuestras historias serán tejidas y culminarán en gloria.

Lucas Johnson cegó su propia vida, creyendo que al hacerlo significaría que su historia llegaría a su final. Aun así, el Señor sigue usando su historia para consolar, instruir y motivara otros. Su familia sigue usando su dolor para educar y consolar a otros que se sienten como si estuvieran perdiendo esperanza. Es tanto aleccionador como tonificante el darnos cuenta que la voz de Satanás conducirá a la vergüenza, pero que la voz de Dios conducirá a la gloria. Así como la vergüenza puede conducir a la autodestrucción, el vivir en gloria conducirá a la transformación.

 

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

James Coffield

James Coffield

El Dr. James Coffield funge como profesor adjunto de consejería y es el director clínico del programa de maestría en consejería en el Seminario Teológico Reformado en Orlando, Florida.

 

Por qué sentimos vergüenza

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Por qué sentimos vergüenza

Jeremy Pierre

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie «La vergüenza», publicada por la Tabletalk Magazine. 

Las vacas no sienten vergüenza. Este sorprendente hecho me vino a la mente en la Feria del Condado Lorain, durante un verano particularmente moderado en Ohio. Lo que no fue para nada moderada fue mi repugnancia ante las hinchadas ubres llenas de mugre expuestas a la vista de todos. Mientras tanto, la vaca permaneció allí, parpadeando con ojos vidriosos. Mi mente casi adolescente , ya constantemente consciente de los aspectos desagradables de la existencia corporal, no podía entender tal cosa. Puede que las vacas no sientan vergüenza, pero los preadolescentes la respiran.

No solo los adolescentes, todo ser humano que respira siente vergüenza, independientemente de la etapa de la vida en que se encuentre o de sus antecedentes personales. Siempre ha sido así, casi desde que apareció el hombre en la tierra. Casi. Hubo un tiempo en que las personas disfrutaban de la riqueza de la existencia humana sin siquiera saber qué es la vergüenza. Sin experimentar una continua duda interna y el miedo a la condenación.

Gente gloriosa y vergonzosa

Dios originalmente creó al hombre bueno, muy bueno, de hecho, lo creó a Su imagen (Gn. 1:26-312:25). Es decir, en las palabras del Catecismo de Heidelberg: «en verdadera justicia y santidad» (Q & A 6). Adán estaba completamente seguro cerca de Dios porque era como Él. La vergüenza era completamente extraña a su naturaleza, totalmente inapropiada para una criatura tan gloriosa. Él podía caminar desnudo frente a toda la creación. Todo lo que se podía conocer sobre este hombre y su esposa estaba en plena exhibición. Y ellos no tenían miedo.

Pero todos conocemos el capítulo siguiente. La duda tonta, la mirada lujuriosa, la codicia consumada. Y de repente, ellos fueron conscientes de su desnudez en formas que nunca antes lo habían sido. No estaban más desnudos de lo que estaban antes, pero su desnudez ahora les hacía sentir inseguros. Ya no podían revelar de manera segura todo acerca de sí mismos al mundo que los observaba, el uno al otro, o especialmente a Dios. Los paseos vespertinos con Dios, que una vez fueron el deleite del día, ahora eran el terror de sus vidas.

El placer había sido reemplazado por el terror, no porque Dios había cambiado, sino porque ellos lo hicieron. Ellos estaban muy conscientes de la presencia de algo nuevo, una enfermedad extraña a su diseño: defecto, falta, pecado. Y lo habían invitado a entrar, sin pensar que con el pecado vendría la muerte (Ro. 5:12). Habían insistido en conocer el mal, y ahora eran partícipes de sus consecuencias, a saber, la conciencia de que la muerte está al acecho.

Mientras tanto, las vacas masticaban y miraban, ajenas a su propia desnudez. Una vaca no siente vergüenza porque ella no es la obra maestra de Dios. Los agentes morales creados para reflejar el carácter de Dios son los únicos capaces de conocer la tragedia personal de lo que se perdió en Edén.

Nuestra experiencia de vergüenza

No mucho ha cambiado para las vacas a lo largo de las generaciones. Tampoco ha cambiado mucho para nosotros. Seguimos plagados de vergüenza. Dentro de nosotros, nuestros pensamientos entran en conflicto y nuestras conciencias nos acusan, recordándonos que Cristo juzgará «los secretos de los hombres» (Ro. 2: 14-16). La vergüenza es el dolor de saber que nuestras conciencias tienen razón.

La vergüenza es una parte necesaria de la experiencia de un cristiano porque lo lleva de regreso a la cruz, donde vuelve a experimentar que su vergüenza ya ha sido quitada.

La vergüenza es auto evaluativa, pero es consciente también de las evaluaciones de los demás, particularmente de Dios. Es un sentimiento intenso sobre uno mismo, pero siempre consciente de la mirada de los demás. Es el testimonio interno inquebrantable de que no estamos a la altura y también el respectivo temor de que otros descubran este hecho.

A algunos estudiosos les gusta hacer distinción entre la vergüenza y la culpa describiendo la vergüenza como un pronunciamiento en contra de lo que soy, mientras que la culpa es un pronunciamiento en contra de lo que hago. La vergüenza es la conciencia particular de un individuo de que merece ser juzgado como persona, mientras que la culpa es un sentimiento de remordimiento por su conducta digna de juicio. Muchos creen que una buena dosis de culpa por las acciones injustas es saludable, pero no creen que la vergüenza como pronunciamiento sobre uno lo sea.

Creo que distinciones como estas pueden ser útiles para comprender los matices de nuestra experiencia, pero no para separarlos. La culpa y la vergüenza van de la mano. Si hago algo malo, eso indica algo sobre mí. Pecamos porque somos pecadores. Esa es una conexión que la Biblia claramente mantiene (Mt. 15:18Lc. 6:45), de manera que la vergüenza es una parte saludable de nuestra autopercepción.

Ahora espera un segundo. ¿Acabo de decir que la vergüenza es saludable? Sí, pero ten en cuenta lo siguiente con mucho cuidado: la vergüenza es una parte saludable, pero no un final saludable de la experiencia cristiana. La vergüenza no es la conclusión final que hacemos sobre nosotros mismos. Es una conciencia dolorosa que nos guarda de descansar satisfactoriamente en nuestro estado caído. Ella nos impulsa a buscar defensa de las acusaciones, un refugio de la amenaza del juicio, una pizca de gracia de un Juez misericordioso.

Y solo al ser empujados encontraremos que hay más que una pizca de gracia. Hay en abundancia. Abundante lino blanco para vestir a las personas desnudas.

Este es el evangelio cristiano, uno que los cristianos proclaman a sí mismos una y otra vez mientras viven bajo la carga diaria de que se les recuerde la oscuridad que aún permanece en su interior. De esta manera, Dios revierte el uso que Satanás hace de la vergüenza. Satanás quiere que nuestra vergüenza nos lleve lejos de Dios y hacia los arbustos. Pero Dios quiere que nuestra vergüenza nos lleve a Él en busca de ropas.

Qué hace un cristiano con la vergüenza

Al desempacar los aspectos prácticos de estas observaciones, vemos que a un cristiano le quedan al menos tres opciones para lidiar con su experiencia de vergüenza. Las primeras dos son falsas. Solo la última es la intención de Dios para el creyente.

Primero, los cristianos pueden esconderse de Dios y de los demás con miedo. Los cristianos saben mejor que nadie lo que Dios dice sobre el pecado. Sus declaraciones resuenan en sus oídos por la predicación de la iglesia y por las vidas de otros creyentes. Como lo hicieron nuestros padres originales, ellos se esconden de Dios y de los demás. Viven bajo la angustiosa conciencia de que las cosas que están en su interior no se ajustan a las expectativas de todos los que los rodean.

Una cosa es admitir orgullo. Todo el mundo llama a eso pecado, y se espera que confesarlo sea parte del proceso. ¿Pero qué hay de los pecados ocultos y profundos? ¿Las sucias fantasías sexuales, los viciosos insultos confidenciales, las borracheras desenfrenadas? La idea de que alguien descubra estas cosas causa tanta angustia que un cristiano se aísla de todos, incluyendo a Dios.

No toma mucho tiempo para que este aislamiento se vuelva cinismo. Jesús se convierte en el tipo de Salvador que prefiere a personas felices con pecados delicados. El cínico ve a Jesús dispuesto a ayudar a las personas que son impacientes, pero no a los que son pervertidos. Pero este no es el Jesús de la Escritura, que da «vestiduras blancas para que te vistas y no se manifieste la vergüenza de tu desnudez» (Ap. 3:18).

Esta primera opción no funciona porque la vergüenza necesita ser quitada, no ocultada.

En segundo lugar, los cristianos pueden tratar de evitar su sentido de la vergüenza. No la disfrutan y creen que es perjudicial para su autoestima. Por lo tanto, a través de varios medios, ya sea una psicología sofisticada o simplemente la confundida sabiduría convencional, se convencen a sí mismos de no sentir vergüenza poniendo excusas o culpando a otros.

Ahora, es completamente posible para los creyentes sentir falsa vergüenza; es decir, temer la condena de los demás porque no se ajustan a algún sistema de valores culturales que no sea necesariamente bíblico. Los adolescentes pueden sentir vergüenza por tener espinillas, las personas mayores por ser olvidadizas, los profesionales por no ganar suficiente dinero. Esta es una vergüenza falsa porque está basada en un estándar falso. Tratar con esto requiere que rechacemos aquellos estándares que compiten con los de Dios y rehusemos medirnos por estos.

Pero cuando se trata del estándar de Dios, de nada nos sirve negar la culpabilidad personal. No hay un máximo confort en tratar de disminuir mi sensación de desnudez ante un Dios santo. Tratar de hacerlo es simplemente coserse un vestido de retazos con hojas de higuera. La vergüenza es una parte necesaria de la experiencia de un cristiano porque lo lleva de regreso a la cruz, donde vuelve a experimentar que su vergüenza ya ha sido quitada.

Esta segunda opción no funciona porque la vergüenza necesita ser eliminada, no evitada.

Por lo tanto, la tercera y última opción para un cristiano es manejar la vergüenza, y es la única correcta: los cristianos reconocen lo que es vergonzoso dentro de ellos en la seguridad de la gracia prometida de Dios. La vergüenza es un testigo interno de que el pecado nos ha corrompido tan profundamente que solo Dios podría arreglar las cosas. Y Él ha prometido hacer exactamente eso.

El Dios de santidad resplandeciente, cuya pureza caracteriza a todo lo que le rodea, no despreciará a un corazón contrito y humillado (Sal. 51:17). Como dijimos, la vergüenza es una parte saludable, pero no un final saludable de la identidad cristiana. Esto se debe a que la identidad cristiana se basa en el mensaje original de Jesús, quien vino a decirles a las personas buenas que en realidad son malas y a las personas malas que Él las puede hacer buenas (Mr. 2:15-17). El fin de la identidad cristiana es la justicia o rectitud, no la vergüenza. Esta justicia les es dada de parte de Otro por fe, pero no es menos suya a causa de esto (Ro. 1:16-17).

Claro, las vacas no sienten vergüenza. Pero eso no las hace más afortunadas que nosotros. Las vacas nunca tendrán la oportunidad de compartir la justicia de Cristo. Ninguna otra criatura siente vergüenza porque ninguna otra criatura estuvo destinada a compartir el carácter de su Creador.

La vergüenza es un privilegio. Recuerda eso la próxima vez que la experimentes. Ella muestra que Dios te valora lo suficiente como para atraerte hacia la justicia que solo Él puede proporcionar.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Jeremy Pierre
Jeremy Pierre
El Dr. Jeremy Pierre es decano de estudiantes y profesor asistente de consejería bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Kentucky y es pastor en Clifton Baptist Church, y coautor de «The Pastor and Counseling».

Cuatro implicaciones de la teología de Martín Lutero

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El Blog de Ligonier

Cuatro implicaciones de la teología de Martín Lutero

Sinclair B. Ferguson

¿Qué significan la soberanía de Dios, la salvación por la gracia, la justificación por la fe, y la nueva vida en unión con Cristo para la vida cristiana? Para Martín Lutero, llevan cuatro implicaciones:

La primera implicación es el conocimiento de que el creyente cristiano es simul iustus et peccator, al mismo tiempo justificado y pecador. Este principio, a el cual Lutero fue estimulado posiblemente por Theologia Germanica de John Tauler, fue un principio altamente estabilizador: en y de mí mismo, solo veo un pecador; pero cuando me veo en Cristo, veo a un hombre que es considerado justificado con Su perfecta rectitud. Tal hombre puede estar en la presencia de Dios tan justo como Jesucristo, porque él es justo solo en la justicia que pertenece a Cristo. Aquí estamos seguros.

La segunda implicación es el descubrimiento de que Dios se ha vuelto nuestro Padre en Cristo. Somos aceptados. Uno de los recuentos más bellos que encontramos en Table Talkde Lutero, fue documentado de manera significativa por el melancólico, pero muy querido, John Schlaginhaufen:

Dios tiene que ser más amable conmigo y hablarme de una manera más amable de la que mi Katy habla al pequeño Martín. Ni Katy ni yo podríamos sacar los ojos o arrancar la cabeza de nuestro hijo. Dios tampoco. Dios debe tener paciencia con nosotros. Él nos ha dado evidencia de ello, y por eso Él envió a su Hijo a nuestra carne para que podamos verle a Él para lo mejor.

Tercero, Lutero enfatiza que la vida en Cristo es necesariamente una vida debajo de la cruz. Si estamos unidos a Cristo, nuestras vidas se verán como la suya. El camino para la iglesia verdadera y el cristiano verdadero no es a través de la teología de gloria (theologia gloriae), sino a través de la teología de la cruz (theologia crucis). Esto nos impacta interiormente mientras morimos a nosotros mismos y externamente mientras compartimos en el sufrimiento de la iglesia. La teología medieval de gloria debe ser derrotada por la teología de la cruz. A pesar de todas sus diferencias en sus entendimientos de la naturaleza precisa de los sacramentos, Lutero y Calvino están de acuerdo aquí. Si estamos unidos a Cristo en su muerte y resurrección, y marcados por nuestro bautismo (como enseña Pablo en Rom. 6:1-14), la totalidad de la vida cristiana será llevar la cruz:

La Cruz de Cristo no significa aquel pedazo de madera que Cristo soportó sobre sus hombros, y al cual fue clavado después, sino que de manera general significa todas las aflicciones de los fieles, cuyos sufrimientos son los de Cristo, 2 Cor. 1.5: “Los sufrimientos de Cristo abundan en nosotros”; otra vez: “Ahora me alegro en medio de mis sufrimientos por ustedes, y yo voy completando en mí mismo lo que falta de las aflicciones de Cristo, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col. 1:24). Por eso, generalmente la Cruz de Cristo significa todas las aflicciones de la Iglesia, las cuales sufre por Cristo.

Entonces, la unión del creyente con Cristo en su muerte y resurrección, y su manifestación en la vida diaria se volvió, para Lutero, los lentes por los cuales el cristiano aprende a ver toda experiencia en la vida. Esto —la theologia crucis— es lo que trae todo a un enfoque más agudo y nos permite entender los altos y bajos de la vida cristiana:

Es productivo saber estas cosas, para que no seamos tragados por completo por la pena o caigamos en desesperación cuando vemos que nuestros adversarios nos persiguen con crueldad, nos excomulgan, y nos matan. Pero pensemos, por el ejemplo de Pablo, que necesitamos gloriarnos en la cruz que soportamos, no por nuestros pecados, sino por el nombre de Cristo. Si consideramos solo en nosotros mismos los sufrimientos que aguantamos, no solo son dolorosos sino insoportables; pero cuando podemos decir: “Tus sufrimientos (oh, Cristo) abundan en nosotros”; o, como se dice en Salmo xlvi: “Por tu causa, siempre nos llevan a la muerte”, así estos sufrimientos no solo son fáciles, sino también dulces, según este dicho: “Mi yugo es suave y mi carga es liviana” (Mat. xi.30).

Cuarto, la vida cristiana es marcada por la seguridad y la alegría. Eso fue uno de los distintivos de la Reforma, y con justa razón. El redescubrimiento de la Reforma en relación con la justificación —que, en lugar de trabajar esperando llegar hacia ella, la vida cristiana en realidad comienza con ella— trajo una liberación imponente, que llena la mente, la voluntad, y los afectos con alegría. Significaba que ahora uno podía empezar a vivir en la luz de un futuro seguro en gloria. Inevitablemente, esa luz se reflejaba a la vida presente, trayendo alivio intenso y liberación.

Para Lutero, la vida cristiana es una vida que está basada en el evangelio, construida por el evangelio, que magnifica al evangelio, que muestra la gracia gratuita y soberana de Dios, y se vive en gratitud al Salvador que murió por nosotros, unida a Él llevando la cruz hasta que la muerte sea tragada por completo en victoria y la fe se convierta en vista.

Tal vez, en 1522, mientras escuchaban la predicación de Lutero algún domingo en la iglesia de Borna, algunas personas de su congregación se preguntaron qué estaba en el corazón de este evangelio que había emocionado, o más bien transformado, al Hermano Martín. ¿Podría ser posible para ellos también? Lutero había leído sus mentes. Había entrado al púlpito listo para responder a su pregunta:

¿Pero qué es el evangelio? Es esto, que Dios ha enviado a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores, (Jn. 3:16), y para aplastar al infierno, derrotar la muerte, quitar el pecado, y satisfacer la ley. ¿Pero qué tienes que hacer? Nada, excepto aceptarlo y levantar la vista a tu Redentor y creer firmemente que ha hecho todo esto por tu bien y te da todo libremente, para que en medio del terror de la muerte, el pecado y el infierno, tú puedas decir con confianza y depender de ello con audacia, y decir: “Aunque no cumplo la ley, aunque el pecado está presente todavía y tengo miedo de la muerte y del infierno, aun así por el evangelio yo sé que Cristo me ha otorgado todas sus obras. Estoy seguro de que no mentirá, su promesa cumplirá. Y como símbolo de esto he recibido bautismo. 

En esto anclo mi confianza. Yo sé que mi Señor Cristo ha derrotado la muerte, el pecado, el infierno, y al diablo por mi bien. Era inocente, como dice Pedro: “Él cometió ningún pecado, ni hubo engaño en su boca” (1 Ped. 2:22). Por eso el pecado y la muerte no podían matarle a él, el infierno no le podía contener, y Él se ha hecho su Señor, y ha concedido esto a todos que lo aceptan y lo creen. Todo esto es efectuado no por mis obras o méritos; sino por pura gracia, bondad, y misericordia.

Una vez Lutero dijo, “si pudiera creer que Dios no estaba enojado conmigo, me pararía de cabeza con alegría”. Tal vez ese mismo día algunos de los que le escucharon predicar respondieron y experimentaron aquella “confianza” de la que hablaba. ¿Quién sabe si algunos de los oyentes más jóvenes escribieron a sus amigos después, y les dijeron que habían regresado a casa y se pararon de cabeza con alegría?

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson
El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

Nuestra esperanza final

Ministerios Ligonier

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Nuestra esperanza final

Michael A. Rogers

Nota del editor: Este es el cuarto y último capítulo en la serie «Esperanza en medio de la decepción», publicada por la Tabletalk Magazine.

Enterré a Esperanza recientemente. Ella era una mujer cristiana madura, una joven de ochenta y seis años, que constantemente ejemplificaba su nombre a lo largo de las dos décadas que yo fui su pastor. Cuando nos conocimos, ella estaba en rehabilitación por lesiones casi fatales debido a un accidente automovilístico. Esperanza vivía con dolor diario; caminaba usando dos bastones para mantener el equilibrio. Sin inmutarse ante los múltiples problemas de salud, siempre irradiaba profunda alegría y confianza en su Señor y Salvador.

Al final, Esperanza fue hospitalizada para una cirugía de corazón que había sido planificada para incluir cuatro baipases, pero que al final se convirtieron en seis. Otro pastor y yo la visitamos antes de la cirugía y la ungimos en una oración de Santiago 5 por sanidad. Ella irradiaba confianza en el cuidado providencial de Dios, ya sea en la vida o la muerte. Esperanza sobrevivió a su cirugía cardíaca masiva por cuarenta y ocho horas, pero luego el Señor silenciosamente se la llevó a casa. Santiago 5:15 al final se cumplió: «y la oración de fe [restauró a la enferma], y el Señor [la] levantará» en el último día.

Los que predicamos la Palabra de Dios, necesitamos hablar con más frecuencia sobre los temas principales de la escatología: el regreso de Cristo, el juicio sobre todas las almas en el día del Señor, el infierno como el destino para la incredulidad y el gozo asegurado del cielo que le espera a los redimidos en Cristo. El evangelicalismo de un kilómetro de ancho y dos centímetros de profundidad de nuestros días tiende a enfocarse más en la vida cristiana en este mundo presente que en los contornos de la esperanza eterna. La gente en la antigüedad vivía en una realidad donde era mucho más probable encontrarse con muerte repentina, alta mortalidad infantil y enfermedad desenfrenada. Con una expectativa de vida más corta, ellos no estaban tan profundamente arraigados en el mundo material como nosotros. La esperanza centrada en Cristo ante la inminencia de la muerte resonaba desde sus púlpitos. ¿Dónde están aquellos hoy día que pueden decir como Richard Baxter: «Prediqué como si no estuviera seguro de que volvería a hacerlo de nuevo, y como un moribundo dirigiéndose a moribundos»?

Algunos consideran extraño que la Palabra de Dios diga menos sobre la emocionante experiencia del cielo de lo que quisiéramos escuchar. Las promesas del Antiguo Testamento acerca de la seguridad del creyente más allá de esta vida son como raros destellos relampagueantes, contrastados con un panorama sombrío de sufrimiento. Job 19:25-26 es notable en este sentido: «Yo sé que mi Redentor vive, y al final se levantará sobre el polvo. Y después de deshecha mi piel, aun en mi carne veré a Dios». El Salmo 16:11 ofrece un consuelo igualmente prometedor: «Me darás a conocer la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; en tu diestra, deleites para siempre».

Aun aquellos que tienen una esperanza positiva del cielo pueden olvidar que el Nuevo Testamento predice una expectativa de dos etapas para la vida cristiana después de la muerte. Primero está la experiencia instantánea de cada creyente que muere físicamente, cuya alma parte para estar con Cristo (Fil 1:23). En Hebreos 12:23, el autor describe una asamblea general de los santos que han partido y están presentes con el Señor en este momento, antes del gran día de la resurrección. Son llamados «los espíritus de los justos hechos ya perfectos». Por la gracia de Dios, nuestras almas/espíritus reciben el don de la inmortalidad de parte de Dios, quien es el único inmortal. Las Escrituras afirman que al llegar la muerte física, los elegidos de Dios,los creyentes, continúan existiendo como almas conscientes, viviendo de manera excepcional en la presencia de Dios.

Los cristianos no consideramos que el mal y el sufrimiento tienen la última palabra.

En la actualidad, nos es imposible concebir lo que es ser un alma sin un cuerpo carnal. Pensamos en nuestro cuerpo material como la sólida realidad, mientras que nuestras almas son formas tenues y fantasmales. (¿Quién alguna vez ha pesado o medido o tomado una «selfie» de un alma?) Sin embargo, en 2 Corintios 5:1, Pablo insiste en que nuestra alma es «un edificio, una casa no hecha por manos, eterna en los cielos». Nuestras almas son sustanciales; son de naturaleza espiritual, sin embargo disfrutan de una existencia sustancial. Pablo añade en 2 Corintios 5:7-8 que «(por fe andamos, no por vista); pero cobramos ánimo y preferimos más bien estar ausentes del cuerpo y habitar con el Señor». Al morir, dejamos nuestros cuerpos físicos atrás en la tumba mientras nuestras almas son recibidas en la presencia maravillosa de Dios.

Los teólogos típicamente se refieren a esta transición de morir en cuerpo físico a vivir en alma inmortal como el «estado intermedio». Ese término implica algo intermedio, incompleto. No es un término equivocado, pero prefiero llamar a nuestra etapa de entrada a la eternidad por un título más positivo: «el cielo inmediato». El énfasis debe estar en la «inmediatez» de esta experiencia inaugural. Jesús le dijo al ladrón arrepentido en la cruz: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Luc 23:43). La esperanza bíblica respalda la afirmación segura de que todos aquellos que son transformados por la gracia a través de la fe para nombrar a Jesús como Señor, cobran vida en Él en una nueva dimensión inmediatamente después de su muerte física. Hoy estamos «en» Cristo; al morir, estaremos «con» Cristo.

Sin embargo, hay una segunda fase para la esperanza cristiana. La sorprendente segunda venida del Señor Jesús será el amanecer del cielo supremo. En una secuencia que se desarrolla rápidamente, Cristo aparecerá visible y gloriosamente ante todo el mundo, trayendo consigo almas de creyentes que han partido (1 Tes 4:13-18). Todos los creyentes serán investidos con cuerpos de resurrección (1 Cor 15:51-57). Todos los que reciban al Rey con fe gozosa en ese día asombroso estarán bajo la segura protección de su Redentor. Otros eventos cósmicos incluyen el juicio final, donde la incredulidad es condenada más allá de toda apelación y aquellos que nunca confiaron en Cristo exclusivamente son excluidos de la presencia de Dios para siempre (Mat 25:31-46). La creación misma se renovará en un cielo nuevo y una tierra nueva (Rom 8:20-212 Ped 3:10-13).

El pináculo de la experiencia futura del creyente se expone adecuadamente en los últimos dos capítulos de la Biblia. Apocalipsis 21:3 profetiza que en el cielo nuevo y en la tierra recreada: «He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo». Esta es la existencia suprema y perfeccionada en la que se desvanecen todas las huellas del mal, pecado, muerte y llanto. Apocalipsis 22:4-5 da un toque final cuando dice del Señor mismo: «Ellos verán su rostro… no tendrán necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará, y reinarán por los siglos de los siglos».

El panorama extenso de todo este cielo final es tan impresionante que no es de extrañar que millones de escépticos vean la realidad concluyente de la Biblia como irreal o mitológica. En cierto sentido, no me sorprende que los cínicos digan que nuestra esperanza es como «hacer castillos en el aire». Sin embargo, los cristianos no son tontos o ignorantes; nosotros no somos débiles de mente al evaluar las condiciones del mundo de hoy. Nuestras observaciones de sufrimiento brutal y muerte a nuestro alrededor son tan objetivas y realistas como las de cualquiera. Simplemente no consideramos que el mal y el sufrimiento tienen la última palabra.

En Mero Cristianismo, C.S. Lewis escribió:

La esperanza significa una continua expectativa de la vida eterna…. No significa que debemos dejar este mundo tal como está. Si leemos la historia veremos que los cristianos que más hicieron por este mundo fueron aquellos que pensaron más en el otro.

La esperanza es una fe centrada en Cristo que se extiende hacia el futuro. Creemos que todas los cosas que Dios revela en las Escrituras son Sus promesas garantizadas. Debido a quién está hablando, todo lo que el Señor revela debe hacerse realidad. Compara la fe y la esperanza de Abraham. Romanos 4 dice que Abraham tenía una comprensión real de la impotencia de su cuerpo de noventa y tantos años y la esterilidad de su esposa, Sara. Pero él vio más allá de estas circunstancias, porque fue Dios quien le prometió un hijo. Por lo tanto, «el creyó en esperanza contra esperanza, a fin de llegar a ser padre de muchas naciones» (Rom 4:18). Pablo declaró, Abraham estaba «plenamente convencido de que lo que Dios había prometido» (v. 21). Ese es el verdadero centro de la esperanza cristiana.

Sin duda, estar con Cristo como alma perfeccionada al momento de mi muerte, imaginar su regreso histórico, contemplar su trono de juicio sin temor, recibir un magnífico cuerpo renovado y recorrer un planeta recreado, todas estas escenas de esperanza en el futuro parecen increíbles en este momento. La avalancha de datos sobrecarga nuestros circuitos espirituales. Sin embargo, debemos confiar en todo lo que la Escritura presenta, debido a quién reveló estas promesas.

El escritor puritano Thomas Adam concluyó el asunto de esta manera:

La esperanza es una bella dama de semblante claro; su lugar adecuado está sobre la tierra; su objetivo final está en el cielo. . . la fe es su fiscal general, la oración su abogado, la paciencia su médico. . . el agradecimiento su tesorero, la confianza su vicealmirante, las promesas de Dios su ancla. . . y la gloria eterna su corona.

Aunque mi esposa y yo aun no tenemos setenta años, el año pasado compramos un lápida para nuestro lote de cementerio y lo inscribimos con nueve palabras como testimonio de nuestra esperanza ante la muerte física. Las palabras escogidas de Filipenses 1:21 leen: «El vivir es Cristo y el morir es ganancia».

En el análisis final, ¿puedes decir que tu confianza como hijo de Dios en Cristo se mantiene firme sobre ese credo de resurrección?

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Michael A. Rogers
Michael A. Rogers
El Dr. Michael A. Rogers es pastor principal de Westminster Presbyterian Church (PCA) en Lancaster, Pensilvania.

Un tiempo para llorar

Ministerios Ligonier

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Un tiempo para llorar

Joe Holland

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie «Esperanza en medio de la decepción», publicada por la Tabletalk Magazine. 

Soy muy consciente de que probablemente este artículo te encuentre en un momento de profundo dolor. Por supuesto, puede que estés intelectualmente interesado en el tema del lamento, o puede que seas alguien que regularmente ayuda a personas en momentos de duelo y tragedia: un anciano, consejero o miembro de la iglesia. Pero para algunos de ustedes, este artículo los encontrará en un profundo dolor. Empiezo diciendo que sé lo difícil que es enseñar en el cementerio donde las lágrimas son mejores compañeras que las palabras y las frases plasmadas en una página. Lector afligido, quiero comenzar diciendo: «Lo siento mucho. ¿Podríamos reunirnos alrededor de la Biblia, en tu momento de dolor, y dejar que el Señor coloque Su brazo sobre nuestros hombros, escuchando Su invitación a hacer lo que Su pueblo ha hecho y siempre hará hasta el día en que no haya más lágrimas; llorar, lamentarnos, afligirnos?»

¿Una tristeza descontrolada?

Debo comenzar desde una posición algo extraña, aparentemente. Y eso es solo porque el lamento es muy malentendido hoy día. Muy a menudo, vemos el lamento como un arrebato emocional continuo y desenfrenado, un torrente de sentimientos oscuros y llenos de dolor. Es como el hombre que golpea una pared de yeso con su puño y le abre un hoyo, quien, por el bien de su puño y la pared de yeso, nunca aconsejaría hacer tal cosa, y aun así en su ira apasionada y sin sentido se encuentra queriendo dañar a ambos. Se piensa que el luto y la ira tienen esto en común: la pérdida de control, la incapacidad de pensar con claridad, y el flagelo de una vida tomada por sorpresa por circunstancias no deseadas y siempre evitadas.

Pero el lamento bíblico no es una tristeza o emoción desenfrenada. Pablo aconseja a los cristianos afligidos en Tesalónica, diciendo:

Pero no queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como lo hacen los demás que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá con Él a los que durmieron en Jesús (1 Tes 4:13-14).

En este pasaje Pablo está poniendo límites al dolor, ofreciendo una doctrina para guiar el lamento. Él está corrigiendo y enseñando en el cementerio. Aquellos que tienen esperanza, una confianza demostrada y sobrenatural en las promesas de Dios, cuando se lamentan bíblicamente, lo hacen de manera diferente a aquellos que no tienen esperanza. Este mismo patrón aparece en la segunda carta de Pablo a la iglesia de Corinto, donde él compara dos clases de dolor o tristeza por el pecado, diciendo: «Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte» (2 Cor. 7:10). Los muchos salmos de lamentos y el libro de Lamentaciones muestran una precisión artística y una profundidad teológica que no fueron escritos durante un estallido emocional descontrolado, una especie de torrente desconsolado de conocimiento. No, el lamento bíblico es algo más que una tristeza descontrolada. Es preciso, planificado y gobernado por las Escrituras.

Ahora lloramos en el cementerio con la misma certeza con que danzaremos en la resurrección cuando Jesús regrese.

La verdad del lamento

También es importante agregar, por controvertido que parezca a los oídos modernos, que las emociones son tan correctas o incorrectas como lo son las declaraciones de verdad. Ten en cuenta que estoy hablando de veracidad y no de validez. La validez de las emociones proviene de que somos criaturas creadas para sentir profundamente y, sin embargo, también criaturas finitas y caídas. Una persona sin emociones es una anomalía extraña y obtusa. Alguien puede tener una emoción válida ante circunstancias desconcertantes que, después de un tiempo, se convierte en una emoción totalmente diferente. Por ejemplo, la reacción ante la pérdida de alguien que ha muerto joven puede comenzar con una emoción de ira ante una corta vida pero luego, con el tiempo, convertirse en una emoción de gratitud por los años disfrutados con esa persona. Esas emociones de ira y eventual agradecimiento son igualmente válidas, aunque en última instancia, el agradecimiento es una emoción más apropiada para expresarle a un Dios que hace bien todas las cosas, que no corta la vida antes de tiempo ni la prolonga demasiado. Y entonces vemos que la validez y la veracidad son cosas diferentes. Fuimos hechos para sentir, de inmediato y con frecuencia. Pero podemos darnos cuenta de que un sentimiento particular fue totalmente equivocado, inapropiado o incorrecto después de que el paso del tiempo nos trae una mayor claridad.

Esto me lleva de vuelta a mi afirmación de que las emociones son verdaderas o falsas. Podemos reconocer que una emoción es incorrecta. Pablo instruye a los cristianos en Roma diciendo: «Gozaos con los que se gozan y llorad con los que lloran» (Rom 12:15). Eso parecería un consejo extraño si todas las emociones estuvieran libres de juicio, es decir, fueran amorales en su expresión. Pero, ¿cuántos de nosotros conocemos la tentación de lamentarnos cuando alguien más celebra la promoción en el trabajo que queríamos? ¿Cuántos de nosotros conocemos la tentación de regocijarnos ante la desgracia de otros a quienes despreciamos en secreto, o incluso no tan en secreto? Y a esto debemos agregarle este último pensamiento: somos criaturas que buscamos darle significado a las cosas. No nos limitamos a ver pasar la vida. Damos significado, asignando a los eventos de la vida las categorías apropiadas de bueno, malo, justo, malvado, bello, feo, pecaminoso o santo. Nuestras vidas emocionales, al igual que nuestras vidas intelectuales, son nuestro intento de asignar veracidad a los acontecimientos de la vida. Y nuestro Dios de verdad, que nos llama a ser un pueblo que dice la verdad, nos ha dado emociones para que sean asignadas con precisión a todos los eventos que componen cada una de nuestras vidas. Para ser más específico y limitar el alcance de esta discusión al tema en cuestión, el lamento no es solo una emoción válida sino que debe ser una emoción verdadera, asignada de acuerdo con las instrucciones bíblicas, para determinar o indicar aquello que verdaderamente es triste o doloroso. El lamento es tan ortodoxo o poco ortodoxo como una declaración doctrinal.

No ignoremos cuán inusuales son el lamento y la tristeza bíblicos en comparación con lo que usualmente se conoce con esas mismas palabras en nuestros días. El lamento no es la liberación desenfrenada de dolor o tristeza. El lamento no es alborotado e incomprensible. Como las emociones son verdaderas o falsas en su expresión, el lamento no puede ser simplemente la validez de las lágrimas cada vez que salen de nuestros ojos. El lamento es un regalo de Dios para el pueblo de Dios, las migajas de dolor que conducen a la celebración del gozo.

Un Salvador que lamenta

No hay mejor manera de examinar el lamento cristiano que observar el lamento en Cristo, ese hombre grande y perfecto, expresivo de emociones profundas que siempre fueron verdaderas y piadosas. En la narración de la muerte y resurrección de Lázaro, tenemos un ejemplo instructivo de dónde y cuándo Jesús muestra Sus emociones más profundas.La historia se divide en tres partes: el reconocimiento de Jesús de la muerte de Lázaro mientras está con Sus discípulos, Su conversación final con las hermanas afligidas de Lázaro, y luego Su milagrosa resurrección de Lázaro en la tumba. Contrariamente a lo que podríamos pensar, Jesús guarda las más profundas expresiones de tristeza y lamento para la tumba, no para cuando recibe la llamada telefónica por primera vez, ni para cuando está sentado en la sala de espera con la familia afligida. Su lamento y tristeza —»se conmovió profundamente en el espíritu, y se entristeció» (Jn 11:33), «Jesús lloró» (v. 35), y «de nuevo profundamente conmovido» (v. 38)— ocurre entre la segunda y tercera parte de esta narración, después de Sus conversaciones con María y Marta, y sirven como prefacio y preparación para Su batalla contra la muerte y victoria definitiva frente a la tumba de Lázaro.

En su obra «La vida emocional de nuestro Señor», BB Warfield muestra que el lamento de Jesús no es un colapsante sollozo de tristeza o melancolía; en cambio, lo que revela el original en griego es que las lágrimas de Jesús son una mezcla precisa y controlada de verdaderos sentimientos de dolor, lamento, duelo, tristeza y especialmente, ira contra la muerte misma.

Pero la emoción que desgarró Su pecho y clamó por ser exteriorizada fue la de ira justa. La expresión incluso de esta ira, sin embargo, fue fuertemente contenida. . . Juan nos da a entender que la expresión externa de la furia de nuestro Señor fue marcadamente restringida: su manifestación fue muy inferior a su intensidad real. . . El espectáculo de la angustia de María y sus compañeros enfureció a Jesús porque trajo conmovedoramente a Su conciencia la maldad de la muerte, su antinaturalidad, su «tiranía violenta» como la califica Calvino (en el versículo 38). . . Es la muerte el objeto de Su ira, y detrás de la muerte aquel que tiene el poder de la muerte, y a quien Él ha venido al mundo para destruir. . . La resurrección de Lázaro se convierte así, no en una maravilla aislada, sino —como en verdad se presenta a lo largo de toda la narración (compara especialmente, versículos 24-26)— en un ejemplo decisivo y un símbolo público de la conquista de Jesús sobre la muerte y el infierno.

Lo que Warfield describe tan vívidamente es el lamento y la tristeza bíblicos, controlados intencionalmente y exhibidos por Jesús frente a la tumba de Su amigo. La emoción bíblica apropiada del Mesías ante la muerte no es la resignación o un falso lloriqueo, sino las lágrimas de una ira llena de dolor y tristeza que el Conquistador del pecado, la muerte y el diablo mostró durante Su asalto certero y violento a las puertas del mismo infierno. Como Sus seguidores, nos unimos a Jesús en el mismo tipo de lamento preciso e intencional contra el pecado, la muerte y la obra de satanás.

El lamento bíblico es dolor y tristeza mezclados con justa ira y rabia. Nuestra doctrina nos enseña que el reino de Jesús ha sido inaugurado pero aún no consumado, que las lágrimas corren por nuestras mejillas hoy, pero no en ese día (Apocalipsis 21:4), que los santos siguen muriendo una muerte sin aguijón; cuando estas doctrinas verdaderas son enseñadas, el lamento y la tristeza se unen a ellas, uniendo mente y afectos, añadiendo significado emocional a la conquista continua del Rey Jesús sobre el pecado, la muerte y el diablo. Ahora lloramos en el cementerio con la misma certeza con que danzaremos en la resurrección cuando Jesús regrese. Pero cada cosa según su orden: el llanto antes de la risa, el sepulcro antes de la resurrección.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Joe Holland
Joe Holland
El Rev. Joe Holland es un editor asociado de Ligonier Ministries y un anciano docente en la Presbyterian Church in America.

El fracaso y la decepción en las Escrituras

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

El fracaso y la decepción en las Escrituras

David P. Murray

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie «Esperanza en medio de la decepción», publicada por la Tabletalk Magazine. 

Si organizáramos una conferencia sobre “El fracaso y la decepción”, ¿crees que alguien asistiría? Si escribiéramos un libro con ese título, ¿crees que alguien lo compraría? El fracaso y la decepción no son temas muy populares. No venden taquillas ni libros. No generan tráfico, como nos aseguran los mercadólogos de Internet. No nos interesa pensar en nuestros fracasos y decepciones, y mucho menos escuchar los de otras personas. Vivimos en una “cultura del éxito” que endiosa el ganar y la realización; sin embargo, todo eso es tan irreal.

Leer la Biblia es como echarse un balde de agua fría. El fracaso y la decepción se encuentran en casi cada página. Aunque no nos guste, eso es más real que las historias de éxito a las que solemos aspirar alcanzar. Sin duda, ponte metas altas, pero al hacerlo, debes tomar en cuenta que nadie se libra de los fracasos y las decepciones. Entonces, mejor es prepararse para sacarle provecho a esos momentos.

“¿En serio? ¿Sacarle provecho al fracaso y a la decepción?” Así es; igual que muchos dentro del pueblo de Dios, me he dado cuenta de que los momentos más productivos espiritualmente hablando son cuando he fracasado y estoy decepcionado.

Antes de ver cómo la Biblia nos puede ayudar a planificarnos, prepararnos y beneficiarnos de nuestros fracasos y decepciones, debemos definir unos conceptos. El fracaso es la falta de éxito al hacer algo. Es no llenar las expectativas del estándar personal que nos hemos trazado o que otros han determinado por nosotros. Puede ser culpa nuestra (p. ej., reprobamos un examen porque no estudiamos suficiente), o culpa de otro (p. ej., fracasamos en el matrimonio porque nuestro cónyuge nos fue infiel). Y a veces podemos tener una sensación de fracaso cuando en realidad no hemos fallado (p. ej., nos despiden del trabajo porque hubo una fusión o una reestructuración). La decepción es la sensación de tristeza y frustración que proviene del fracaso, ya sea de nuestro propio fracaso, el de otros, o de ambos. Con estas definiciones a mano, ¿qué nos enseña la Biblia sobre el fracaso y la decepción?

El fracaso es inevitable

Si nuestros centros educativos realmente quisieran preparar a nuestros hijos para enfrentar la vida, darían clases sobre el fracaso y la decepción. Puede ser que nuestros hijos jamás tengan que usar álgebra o química en sus vidas, pero sí tendrán que saber lidiar con los fracasos y las decepciones. Sin importar donde nos encontramos en la Biblia, hallamos fracaso y decepción: Adán y Eva (Gen. 3), Caín y Abel (Gen. 4), Noé y sus hijos (Gen. 9), Abraham y Sara (Gen. 16), Lot y sus hijas (Gen. 19), Jacob y Esaú (Gen. 27), José y sus hermanos (Gen. 37), Nadab y Abiú (Lev. 10), Aarón y María (Num. 12), Israel y Canaán (Num. 14), Moisés y la peña (Num. 20), Sansón y Dalila (Jueces 16), Samuel y sus hijos (1 Sam. 8), David y Betsabé (2 Sam. 11), Salomón y su harén (1 Re. 11). Y así continúa, incluso hasta en el Nuevo Testamento, donde vemos discípulo tras discípulo e iglesia tras iglesia marcados por el fracaso y la decepción. El mensaje uniforme de la Biblia es que el fracaso y la decepción son una parte inevitable de la experiencia humana. Imagínate un discurso de graduación o de inauguración con este énfasis bíblico. Esto prepararía a nuestros hijos aún mejor para la vida, particularmente ayudándoles a manejar apropiadamente sus expectativas.

El fracaso es variado

Al examinar el récord bíblico, nos asombra la variedad y la diversidad de fracasos. Si no llega de una forma, lo hará de otra. Los fracasos espirituales y morales son los más comunes, con múltiples ejemplos muy claros de desobediencia a los Diez Mandamientos de Dios. Por ejemplo, Israel no adoró exclusivamente a Dios (Isa. 2:8), Aarón fracasó al hacer un becerro de oro para adorar (Ex. 32:4); Uza fracasó al no reverenciar a Dios (2 Sam. 6:7); Israel no guardó el día de reposo para santificarlo (Ex. 16:27-30); Elí no disciplinó a sus hijos y sus hijos no lo honraron (1Sam. 2:22-25); David no respetó la santidad de la vida y del matrimonio (2 Sam. 11:1-21); Acán fracasó al robarse objetos de oro (Jos. 7:1); Ananías y Safira fracasaron al mentirle al Espíritu Santo (Hch. 5:3); y Demas fracasó al codiciar las riquezas de este mundo (2 Tim. 4:10). Diez Mandamientos, diez fracasos.

Fracasos familiares se pueden notar en como Abraham y Sara trataron a Agar (Gen. 16:21) y en la rivalidad celosa entre Jacob y Esaú (Gen. 25:29-34). Amistades fracasadas son visibles en el saludo y beso engañoso de aquel que traicionó a Jesús (Mat. 26:49) y en el desacuerdo entre el apóstol Pablo y Bernabé a causa de la utilidad de Marcos (Hch. 15:36-41). Fracasos de liderazgo se evidencian en cada rey de Israel y de Judá (2Cr. 12:14-22:9-10). Vemos fracasos eclesiásticos en casi cada congregación del Nuevo Testamento, como es evidenciado en el tono decepcionado que encontramos en muchas de las cartas de Pablo (1 Co. 1:11-13Gá. 1:6) y en cinco de las cartas de Cristo a las siete iglesias (Ap. 2-3). Fracasos financieros ocurren en las vidas de Giezi (2 Re. 5:22-27), del hombre con un talento (Mat. 25:24-30), y del rico insensato (Lc. 12:16-21). Fracasos nacionales y políticos son muy evidentes en la historia de constante rebelión de Israel en contra de Dios. La Biblia hasta nos muestra un fracaso social con el invitado mal vestido para la boda (Mat. 22:11-13). El fracaso usa una gran variedad de atuendos.

El fracaso puede venir luego de un gran éxito

Una de las lecciones que estas variadas experiencias de fracaso y decepción nos enseñan es que somos más vulnerables cuando tenemos más éxito. El éxito genera confianza, que en muchos casos se convierte en exceso de confianza, que suele ser la antesala del desastre (Pro. 16:18). Sansón, David y Salomón son pruebas dolorosas de esto en el Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento destaca a Pedro como un ejemplo de esto (Mat. 26:33-3569-75). Él era de los amigos íntimos de Jesús, hablaba grandes cosas acerca de Dios, estaba siendo grandemente usado por el Señor y tenía una gran confianza en su capacidad de ser fuerte en el momento de la prueba. Pero fracasó en tres ocasiones, dos veces negando a Cristo frente a una joven sierva y una vez ante desconocidos. La narrativa bíblica sobre el peligro de la arrogancia y el orgullo ha probado ser verdadera a través de toda la historia, incluyendo nuestros días, cuando hombres poderosos y exitosos son derrumbados diariamente por las víctimas débiles e indefensas que ellos previamente habían oprimido y abusado.

El fracaso puede ser repetido

Hay muchos dichos trillados y simplistas en cuanto al fracaso, incluyendo: “El fracaso es el mejor maestro” y “En todo fracaso hay una oportunidad nueva”. Gracias a Dios, como veremos más adelante, muchas personas logran aprender de sus fracasos y muchos individuos logran avanzar después de una caída. Pero esto no siempre es así. Como nos advierte la Biblia, el fracaso puede ser repetido. Por ejemplo, Abraham no pudo confiar en Dios para cuidar de Sara cuando fueron a Egipto. Terminó diciendo mentiras sobre su relación con ella a un rey pagano que finalmente se enteró de la verdad y lo reprendió por eso (Gen.12:10-20). Pero eso no lo detuvo de hacer prácticamente lo mismo más adelante (Gen. 20). Uno pensaría que Jacob hubiera aprendido la dolorosa lección del favoritismo al recordar la amarga historia de su propia familia. No obstante, hizo lo mismo al demostrar demasiado favoritismo para con su hijo José (Gen.37:3-4). Hasta los mismos discípulos de Jesús, a pesar de que tenían el beneficio de Sus constantes y afectuosas amonestaciones, fracasaron repetidamente en comprender quién era Cristo y qué vino a hacer (Mat. 16:21-23Lc. 18:3423:25-27). A veces el fracaso se duplica al ir de un extremo al otro tal como hizo la iglesia en Corinto. En primera instancia, no disciplinan a un hermano impenitente (1 Co. 5), y luego no le dan la bienvenida cuando se arrepiente (2 Co. 2:5-11). El fracaso no es un maestro perfecto, en parte porque nosotros no somos estudiantes perfectos.

El fracaso es doloroso

Todos los ejemplos bíblicos del fracaso demuestran la dolorosa decepción que le sigue: decepción personal, decepción con otros y hasta decepción con Dios. Pero hay tres fracasos bíblicos que son particularmente agonizantes. Primeramente, tenemos la amarga decepción de Moisés al no poder entrar a la Tierra Prometida por haber golpeado la peña en vez de hablarle a esta como Dios le había pedido. (Nu. 20:10-13). Imagínate todo ese esfuerzo, todo ese estrés, esos cuarenta años vagando por el desierto, todas las quejas y murmuraciones de los Israelitas, para venir a ser detenido en la misma frontera de su destino final, todo por haber perdido los estribos una vez. Moisés le suplicó a Dios que aliviara su decepción y le permitiera entrar a la Tierra Prometida. Pero Dios se negó y en cambio le dio la consolación de verla de lejos (Deu. 3:23-27). Imagínate la decepción de Moisés.

El segundo fracaso bíblico que es particularmente agonizante es el del Rey David, quien fracasó moralmente al cometer adulterio con Betsabé y luego matar a su esposo, Urías (2 Sam. 11). Como nos enseñan los Salmos 32 y 51, la dolorosa decepción de David consigo mismo no fue solo mental, espiritual y emocional, pero también fue física. Aun cuando había sido perdonado, las consecuencias de sus fracasos se evidenciaron durante el resto de su vida en la desintegración de su familia y la pérdida temporal del trono. Grandes convulsiones acompañaron sus fracasos.

El tercer fracaso es el de Pedro, quien negó a Cristo tres veces. Este era un hombre a quien Jesús le había advertido una y otra vez sobre su exceso de confianza; a quien Jesús le dijo claramente que le negaría tres veces y aun así lo hizo. Luego cantó el gallo, los ojos de Jesús se encontraron con los de Pedro, “y saliendo fuera, lloró amargamente” (Lc. 22:62). Piensa en cuánto dolor debió haber llenado la vida de Pedro en los días después de este triple fracaso al pensar en lo que hizo. Cuántas veces debieron haber deseado Moisés, David y Pedro no haber fracasado. Puede ser que los videos de fracasos o “fails” en YouTube nos hagan reír, pero los fracasos de nuestros héroes bíblicos nos hacen llorar.

El fracaso debe ser compartido

Uno de los problemas con las constantes historias de éxito que se nos venden hoy día es el mensaje de que el éxito es para todos y todos serán exitosos. Eso da como resultado la realidad de que nadie está preparado cuando el éxito nunca hace acto de presencia y en cambio es el fracaso que continuamente visita. Consciente de este desequilibrio, Johannes Haushofer de la Universidad de Princeton publicó en Twitter una lista de todos sus fracasos. Hizo esto “en un intento de buscar cierto equilibrio y animar así a otras personas a continuar esforzándose aún frente al fracaso.” Él dice: “La mayoría de las cosas que intento fracasan, pero esos fracasos suelen ser invisibles, mientras que los éxitos son visibles. He notado que esto a veces les da a otros la impresión de que la mayoría de las cosas me salen bien”.

La Biblia publica la lista de fracasos de prácticamente todos sus personajes. Algunos hasta publican sus propios fracasos. Por ejemplo, los salmistas no solo confiesan sus fracasos, sino que también cantan de ellos no para celebrarlos sino para lamentarse de ellos y buscar la ayuda de Dios. Son muy sinceros en cuanto a sus vidas y cómo en realidad no todo les sale bien. En los Salmos 73 y 78, Asaf confiesa como él fracasa mientras que los malhechores tienen éxito, llevándolo a fallar en su fe. Él deja todo sobre la mesa y básicamente confiesa: “No estoy manejando bien esta situación”. Es entonces que Dios interviene para recordarle Sus promesas y propósitos, y Asaf empieza a recuperar su compostura y equilibrio espiritual. ¡Cuán agradecidos debemos estar por estos cantos de fracaso con los cuales podemos identificarnos, recordándonos que no estamos solos, ayudándonos a aceptar que lo anormal es normal y guiándonos a llevar nuestros fracasos ante Dios al igual que compartirlos con otros!

Job es otro ejemplo de un fracaso compartido. Él era un hombre justo (Job 1:1). Sin embargo, cuando le tocó un sufrimiento extremo, en parte, terminó culpando a Dios. Es cierto, se mantuvo firme al inicio (vv.20-22), y es verdad que hubo grandes momentos de éxito espiritual ante grandes pruebas espirituales (19:23-27; 23:8-10). Pero esa no es toda la historia; ni siquiera es la mayor parte de la historia. Su libro incluye momentos en que su respuesta fue muy inadecuada, mientras expresaba decepción con sus amigos y hasta con Dios y Su providencia. Nuevamente, somos animados por el registro honesto tanto de los fracasos como los éxitos de Job (aunque escritores y predicadores suelen ignorar lo primero).

El compartir los fracasos de estos hombres nos motiva a ser honestos y abiertos en cuanto a nuestras propias vidas. Dejemos a un lado las historias de éxito que el mundo nos cuenta para seguir el ejemplo bíblico de autenticidad valiente al compartir con otros creyentes las altas y bajas de nuestras vidas. ¡Cuán diferente sería esto de tantos perfiles en Facebook!

El fracaso evita peores fracasos

Una cosa que he notado al reflexionar sobre mi propia vida es que mis fracasos me han evitado peores fracasos, no sólo por lo que he aprendido a través de ellos, pero también al enseñar a otros. Esto también lo vemos en la Biblia. Si las iglesias del Nuevo Testamento no hubieran fracasado tan miserablemente en muchos aspectos, en nuestras biblias no tuviéramos hoy las cartas que les fueron enviadas y de las cuales aprendemos y tomamos medidas para evitar o lidiar con fracasos similares. ¿Cuántas iglesias han evitado caer en el caos carismático gracias a las cartas a los corintios fracasados? ¿Cuántas iglesias han evitado comprometer la doctrina de la justificación solo por fe gracias a la carta a los gálatas fracasados? ¿Cuántas iglesias han sido libradas de la fiebre de los últimos tiempos gracias a las cartas de Pablo a los tesalonicenses fracasados? ¿Cuántas iglesias han retornado a su primer amor gracias a la carta de Cristo a los efesios fracasados en Apocalipsis? ¿Cuántos cristianos han evitado el exceso de confianza gracias a los fracasos de Pedro?

Podemos mirar a nuestro alrededor y escuchar las sirenas sonando al lado de los escombros de iglesias y pastores que han fracasado en permanecer firme en pureza doctrinal y moral. Ni siquiera tenemos que ver más allá de nuestras propias vidas para ver las señales de advertencia. Hace un par de años mi salud se deterioró a causa del mucho trabajo y estrés. Terminé siendo hospitalizado en dos ocasiones con enfermedades que amenazaban mi vida. Sin embargo, al reflexionar sobre lo acontecido, puedo ver cómo Dios usó el fracaso de mi salud para evitarme posibles fracasos espirituales. En ese sentido, el fracaso puede ser un regalo precioso. Dios usa hasta nuestros fracasos para nuestro bien (Ro. 8:28).

El fracaso puede ser perdonado

En muchos sentidos, la pregunta no es cuándo, dónde ni cómo fracasaremos. La interrogante más importante es: ¿qué haremos con nuestros fracasos? Como hemos podido ver, muchos fracasos no solamente son lecciones para ser aprendidas sino también pecados para ser confesados. No se trata simplemente de recordarlos para aprender de ellos; debemos llevarlos ante Dios para recibir el perdón por ellos. Eso es difícil, pero a la vez libertador. La confesión nos libra de culpa y vergüenza y nos asegura perdón y aceptación (Pro. 28:13). En vez de negar, minimizar, ocultar o evitar nuestros fracasos, debemos sacarlosa la luz del día y ante la luz de Dios, confesar ante Él nuestra culpabilidad, y en oración pedir de Su misericordia. Sin importar la gravedad, la frecuencia o la torpeza de nuestra caída, si confesamos nuestros fracasos ante Dios, hallaremos misericordia (1Jn. 1:9). Le puedes llevar fracasos de cada área de tu vida y Él te hará más blanco que la nieve. Si me permitieran hacerle un cambio al muy querido villancico navideño, lo titularía: “Venid fracasados todos”.

No solo eso, pero Cristo también nos da Su perfección. Así es, Él no solo nos quita lo negativo dejándonos en un estado neutral, Él nos da Su justicia para que estemos más que bien (2 Co. 5:21). La perfección de Cristo se nos otorga y es contada como nuestra (Ro.3:21-26). No importa lo que ha sucedido en nuestro pasado o lo que sucederá en nuestro futuro, cuando Dios nos juzga, Él no ve fracaso sino éxito, no ve imperfección sino perfección, no ve injusticia sino justicia, no ve razones para condenar sino para celebrar (Ro. 8:1). Por fe en Cristo, nuestros fracasos son intercambiados por Sus logros.

El fracaso no nos define

El resultado de esto no es que nunca más fracasamos. No, el resultado es que el fracaso ya no es lo que nos define. Nuestro Dios y Salvador no define a Su pueblo por sus fracasos sino por su fe. Mira los fracasos de los santos en el Antiguo Testamento, sin embargo, mira como Dios los define en Hebreos 11. No es el salón del fracaso sino el salón de la fe. Él no recuerda sus tropezones, sino que celebra sus éxitos por su fe solo en Cristo. El fracaso sigue siendo parte de nuestra identidad, pero ya no es la mayor parte. Sigue siendo parte de nuestras vidas, pero ya no es crucial, no tiene la última palabra, y definitivamente no tiene la primera palabra tampoco. El fracaso no es lo que Dios ve a primera vista cuando mira a Su pueblo, y no debe ser lo primero que veamos nosotros al mirarnos a nosotros mismos o a otros cristianos. En Cristo somos justos. Esa es nuestra identidad primordial. Eso es lo que Dios ve primero, y, por lo tanto, eso es lo que nosotros debemos ver primero también.

El fracaso nos acerca al cielo

Sin importar cuantas veces confesamos nuestros fracasos, somos perdonados por nuestros fracasos, e intercambiamos nuestros fracasos por la justicia de Cristo. Mientras estemos en este mundo, fracasaremos; una y otra vez, fracasaremos. Esto nos mantiene humildes, nos mantiene dependientes y nos mantiene mirando hacia Cristo. Pero, sobre todo, nos mantiene con la mirada hacia el cielo, el lugar donde no habrá más fracasos. ¿Recordaremos nuestros fracasos allí? Si, pero sin dolor, solo como algo cubierto del perdón de Cristo, y solo para motivarnos a alabarle más:

Al que nos ama y nos libertó de nuestros pecados con Su sangre, e hizo de nosotros un reino y sacerdotes para Su Dios y Padre, a Él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén. (Ap. 1:5-6)

Todos veremos nuestros fracasos desde una nueva perspectiva, no solo nuestros fracasos morales y espirituales, pero también las decepciones relacionales y vocacionales. Veremos la sabia providencia de Dios al permitir esa ruptura relacional, esa entrevista fatal, esa pérdida del trabajo y ese examen reprobado. Cuando Dios re-enmarca nuestros fracasos, poniéndoles el marco dorado de Su sabia soberanía, estos son transformados de feas casualidades abstractas a diseños bellamente elaborados.

¿Fracasaremos allá? No, nunca. No fracasaremos, ni tampoco lo hará nadie más. Las lágrimas de la decepción serán parte del torrente que serán enjugado de nuestros ojos (Ap. 21:4). El cielo será una gran y larga historia de éxito: éxito moral, éxito espiritual, éxito intelectual, éxito físico, éxito relacional, éxito vocacional y éxito eclesiástico.

Así que, sí, nuestros fracasos del presente deben llevarnos a Cristo, pero a la vez, nos deben hacer anhelar el cielo, para apresurar el día en que el dolor del fracaso y la tortura de la decepción desaparecerán para siempre.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

David P. Murray
David P. Murray
El Dr. David P. Murray es profesor de Antiguo Testamento y teología práctica en el Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Michigan, y pastor de Grand Rapids Reformed Church.

La realidad de la decepción

Ministerios Ligonier

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La realidad de la decepción

Jeremy Pierre

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie «Esperanza en medio de la decepción», publicada por la Tabletalk Magazine.

La vida es una larga y constante decepción. La mayoría de la gente se da cuenta de esto cuando llega a sus treintas. En la niñez todo se ve posible. Los años de la adolescencia están llenos  de angustia y ansiedad, pero incluso esa ansiedad deja entrever algo de esperanza, ya que es solo una indignación silenciosa ante la idea de que las cosas podrían ser mejores. En sus veintes, una persona puede todavía conservar la ilusión de que el mundo pronto florecerá. No es hasta los treintas que una persona se da cuenta de que mucho de lo que viene no será mejor de lo que ya ha pasado. Los cuarentas, cincuentas y siguientes, con frecuencia reafirman la famosa bienaventuranza de Alexander Pope: “Bienaventurado el hombre que no espera nada, porque nunca será decepcionado”. Vivir es ser decepcionado.

Así que anímate. Por extraño que parezca, la decepción puede ser un indicador de que estás viendo el mundo correctamente. Nadie disfruta sentirse decepcionado. En sí misma, la decepción es similar a la tristeza por una pérdida y, en última instancia, no fuimos diseñados para ella. Pero, como todas las emociones, la decepción es un indicador de cómo una persona percibe su vida: qué es lo que cree y quiere de ella. Cuando estás viviendo en un mundo caído, a veces creer y querer lo correcto significa que serás decepcionado.

La experiencia de la decepción

Los seres humanos pueden decepcionarse porque son capaces de tener expectativas. Estamos hechos para anhelar mejores días. Todo fanático de un equipo perdedor sabe esto. Lo mismo ocurre con cada adolescente con acné, cada padre insomne de un recién nacido, cada joven profesional en búsqueda de una carrera, cada recién divorciado sentado en una casa ahora vacía. Todos en nuestra mente soñamos en pantalla gigante con una mejor vida, libre de las partes más dolorosas del presente. Vivimos en un desierto, pero imaginamos un jardín.

La decepción es lo que experimentamos cuando ese jardín nunca florece. Por supuesto, sabemos que no florecerá de inmediato. Pero, ¿tal vez lo hará incrementalmente? ¿Tal vez en el próximo capítulo  de la vida? ¿Tal vez al doblar la próxima esquina? Todos estos “tal vez” son los proyectores en la pantalla de la mente. Lo que proyectan podríamos llamar expectativas.

Experimentamos decepción como una sensación de pérdida cuando la realidad no cumple con nuestras expectativas. Las palabras clave son realidad y expectativas, y ambos términos están cargados de significado teológico.

La decepción es un indicador de cómo una persona percibe su vida: qué es lo que cree y quiere de ella.

Una teología de la decepción

La realidad es el mundo que nos rodea, un mundo que existía antes de que cualquiera de nosotros tomara su primer respiro. El mundo es un componente dado de nuestra experiencia, el contexto en el que nacemos y en el que nos movemos. Está fuera de nuestro control, está fuera de nuestra determinación y opera de acuerdo a leyes que no legislamos. En pocas palabras,la realidad es realidad. Y esta realidad constantemente falla en parecerse al Edén imaginario en el que tanto amamos habitar.

La realidad es el mundo en el que Dios nos colocó. Es fácil pasar por alto el significado teológico de Génesis 2:8: «Y plantó el Señor Dios un huerto hacia el oriente, en Edén; y puso allí al hombre que había formado». Dios hizo a Adán como una imagen corporal de Él en una ubicación física. Este mundo precedió a Adán. Estaba fuera de su determinación aunque bajo su dominio para ser el contexto de su obediencia (1:28). Adán no podría simplemente haber vivido en su mente; él tenía que moverse en una realidad fuera de su mente.

Las expectativas, por otro lado, son una respuesta humana a la realidad; y como respuestas, tenemos participación en ellas. Las expectativas son en parte esperanza, en parte predicción de lo que será la realidad. Son en parte esperanza en el sentido de que son una expectativa de lo bueno. Nadie se decepciona cuando no sucede algo malo que esperaban; en cambio, experimentan alivio. La esperanza es la anticipación de que la realidad se caracterizará por un mayor gozo, una mayor provisión, mayores logros, mayor paz.

Adán perdió su lugar en una realidad ideal al desobedecer a Dios, quien lo envió a él y a su esposa fuera del Edén y hacia la decepción suprema de un mundo acechado por la muerte y la decadencia (Gé 3:8-24). Un mundo que una vez fue generoso con fruto se volvió hostil con espinas. Esta es la realidad que los nietos de Adán han heredado. Pero también han heredado la memoria de ese jardín. Nuestra misma capacidad para decepcionarnos muestra que tenemos expectativas de un mundo mejor que el que vivimos.

Entonces, en cierto sentido, la decepción es una respuesta correcta a un mundo decepcionante. Vemos expectativas decepcionadas en todas partes en las Escrituras: desde Job maldiciendo el día en que nació, hasta los hijos de Coré comparando este lugar con la tierra de los muertos, hasta Pablo describiendo a la creación misma gimiendo de dolor y desilusión (Job 3:3Sal 88:12Ro 8:19-22). Esta decepción colectiva es una señal segura de que sabemos que podemos esperar más.

Entonces, ¿cómo procesamos nuestra decepción personal? Aquí hay algunos principios.

Tus decepciones específicas son solo la manifestación de una decepción más amplia. Como dijimos al principio, la vida es una decepción larga y constante. Esta gran decepción se manifiesta en muchas otras que son pequeñas. Familias rotas, carreras fallidas, salud en declive. Años de planificación y trabajo que resultan solo en más incertidumbre, no menos. Temor de que tus hijos adultos no mantengan los valores de la familia. Las relaciones que deberían haber sido de por vida ni siquiera alcanzan su vida media. O quizás lo peor de todo es que has obtenido las posesiones que deseabas y simplemente no te dan la satisfacción que buscabas.

Estas decepciones ordinarias guardan relación con cosas que van más allá de la situación que te decepciona. El sabio de Eclesiastés, sentado bajo los árboles frutales de su jardín soleado, festejando con funcionarios aduladores de todo el mundo, miraba fijamente al cielo, diciendo: «He visto todas las obras que se han hecho bajo el sol, y he aquí, todo es vanidad y correr tras el viento» (Ecl 1:14).

La decepción del predicador no se debió a los árboles, la comida o los funcionarios. Su decepción fue una comprensión abarcadora y exhaustiva, no de que simplemente este mundo no proporciona la satisfacción final, sino que no puede proporcionar la satisfacción final. Sus decepciones específicas son solo el reconocimiento propio de esta misma realidad.

Si deseas manejar la decepción de una manera piadosa, debes comenzar simplemente reconociendo que tus decepciones específicas no son exclusivas. El mundo no es particularmente injusto contigo. Es injusto con todos. Pensar que tus propias decepciones son una carga mayor para ti que las de los demás, te conducirá rápidamente a la autocompasión y al primo más sutil de la autocompasión, el auto-desprecio.

Tus decepciones pueden mostrar que tus expectativas no se alinean con lo que Dios dice acerca de la realidad. Dios nos dice que el mundo está caído. Tus decepciones pueden deberse a que esperas más de este mundo de lo que Dios dijo que daría. Todos prefieren secretamente un regreso inmediato al jardín anterior que esperar por el nuevo. Pero Dios dice que este mundo está marcado por futilidad y dificultad. La felicidad que experimentamos es genuina, pero es fugaz. La pregunta es: ¿estamos dispuestos a vivir a la manera de Dios en un mundo caído?

Tomemos, por ejemplo, los tipos de decepción que acabo de mencionar: una familias rotas, una carrera fallida o una salud en declive. Dios, de hecho, diseñó la familia para proporcionar intimidad y seguridad, pero en un mundo caído, las relaciones se rompen. El esperar una familia ideal ha impedido que muchas personas disfruten de su familia real. El trabajo y la carrera son una parte esencial de nuestro llamado o vocación, destinados a proporcionar satisfacción y provisión, pero en un mundo caído, las carreras no están garantizadas. Esperar por la carrera ideal no nos permite disfrutar el trabajo que ahora tenemos. Lo mismo sucede con la salud. Dios hizo al cuerpo humano con la facultad de auto sanarse, pero nuestra condición caída es evidente en cada molestia y dolor. Nuestro anhelo de una buena salud puede llevarnos a ser ingratos por cada día de vida.

Esperamos un mundo no afectado por la caída. Cuando hacemos eso, estamos insistiendo en nuestra propia versión de lo que el mundo debería ser, en lugar de confiar en Dios por el mundo que es.

Tus decepciones pueden, por otro lado, mostrar que tus expectativas se alinean con lo que Dios dice acerca de la realidad. Aunque Dios te dice que el mundo está caído, Él también te dice que no debería ser así. Tus desilusiones pueden mostrar que estás de acuerdo con Él. Sientes el dolor de una familia rota porque sabes que fuimos creados para estar en cercanía. Estás desilusionado por la pérdida inesperada de tu trabajo porque Dios diseñó el trabajo para producir una recompensa. Estás frustrado con un cuerpo que no responde cómo quieres porque sabes que Dios hizo los cuerpos para sean perfectos. La diferencia entre las expectativas que se alinean con las de Dios y las que no lo hacen está en tu disposicion de someterte a la manera de Dios de ver la vida: plagada de dificultades por ahora con el fin de agudizar tu anhelo por el mundo venidero. El dolor de darse cuenta de que el mundo está roto puede ser una plataforma para adorar al Dios que, incluso ahora, está preparando un mundo inquebrantable.

Tus decepciones deberían producir dos acciones en ti: lamentación y búsqueda. El predicador de Eclesiastés nos enseña a lamentar nuestra decepción. Lamentar significa quejarse con fe delante de Dios. Expresar nuestras decepciones a Dios es lo opuesto de albergarlas en nuestras almas. El lamento es una manera de entregar nuestras expectativas a Él, confiando en que Él va a solucionar la situación de acuerdo con Su sabiduría y en Su tiempo.

La gente de fe en Hebreos 11 nos enseña a buscar una mejor nación. La fe hace que las personas actúen de forma extraña en su realidad presente: no se conforman con ella. Habitantes de tierra firme construyen botes para salvarse de la destrucción venidera. Hombres ricos dejan todo para deambular. Ancianas deshonradas engendran naciones. Príncipes se identifican con esclavos para obtener un mejor reino. Prostitutas se convierten en las únicas con ojos para ver una vida mejor. Todos estaban insatisfechos con el presente con la esperanza de un futuro mejor, un futuro con Dios.

Así que anímate. La decepción puede ser refinada para un buen uso. Si nuestra realidad actual nos enseña a lamentarnos y a buscar, estamos bien encaminados a través de esta  larga y constante decepción. Y en el mundo inquebrantable que nos espera, llegaremos firmemente al final de la decepción.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Jeremy Pierre
Jeremy Pierre
El Dr. Jeremy Pierre es decano de estudiantes y profesor asistente de consejería bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Kentucky y es pastor en Clifton Baptist Church, y coautor de «The Pastor and Counseling».

¿Qué es el Reino de Dios?

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¿Qué es el Reino de Dios?

R.C. Sproul

Supongamos que alguien te hace la pregunta: “¿Qué es el reino de Dios?” ¿Cómo responderías? La respuesta más fácil sería notar que un reino es un territorio donde gobierna un rey. Y como entendemos que Dios es el Creador de todas las cosas, su reino se extiende por todo el mundo. Esto manifiesta que el reino de Dios está dondequiera que Dios reina, y dado que Él reina en todas partes, el reino de Dios está en todas partes.

Sin embargo, eso no es todo. Ciertamente, el Nuevo Testamento se refiere a algo más. Podemos ver esto en el momento que Juan el Bautista sale del desierto anunciando con urgencia: “Arrepentíos, porque el reino de Dios se ha acercado”. Y volvemos a verlo cuando Jesús aparece en escena con el mismo anuncio. Si el reino de Dios es todo el universo sobre el cual Él reina, ¿por qué alguien tendría que anunciar que el reino de Dios estaba cerca o estaba por suceder? Obviamente, Juan el Bautista y Jesús se referían a algo más profundo.

En el corazón de este tema está la idea del reino mesiánico de Dios. Un reino que será gobernado por el Mesías escogido de Dios, quien no será solo el Redentor de su pueblo, sino también su Rey. Así que cuando Juan habla de la proximidad radical de este avance, la intrusión del reino de Dios, está hablando del reino del Mesías.

La tarea de la iglesia es hacer visible el reino invisible.

Al final de la vida de Jesús, justo cuando estaba a punto de partir de este mundo, sus discípulos tuvieron la oportunidad de hacerle una última pregunta. Ellos le preguntaron: “Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?” (Hch. 1:6b).

Fácilmente puedo imaginarme que de alguna manera Jesús se frustró con esa pregunta. Y hubiera esperado que Él dijera: “¿Cuantas veces tengo que decirles que yo no restauraré el reino de Israel?”; pero eso no fue lo que dijo; Él les dio una respuesta paciente y gentil. Él dijo: “No les corresponde a ustedes saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con Su propia autoridad; pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch. 1:7-8). ¿Qué quiso decir? ¿A dónde quería llegar?

Cuando Jesús le dijo a Pilato: “Mi reino no es de este mundo”, ¿estaba indicando que su reino era algo espiritual que toma lugar en nuestros corazones, o estaba hablando de algo más? Todo el Antiguo Testamento llama la atención no a un reino que simplemente toma lugar en los corazones de las personas, sino a un reino que se abriría paso en este mundo, un reino gobernado por el Mesías escogido por Dios. Por esta razón, durante su ministerio en la tierra, Jesús dijo cosas como: “Pero si Yo por el dedo de Dios echo fuera los demonios, entonces el reino de Dios ha llegado a ustedes” (Lc. 11:20). ¿Cómo podría el reino haber llegado a la gente, o estar cerca de ellos? El reino de Dios estaba cerca de ellos porque el Rey del reino estaba allí. Cuando Él vino, Jesús inauguró el reino de Dios. Él no lo consumó, pero sí lo empezó. Y cuando ascendió al cielo, fue allí para su coronación, para su investidura como Rey de reyes y Señor de señores.

Así que la realeza de Jesús no es algo que permanezca en el futuro. Cristo es Rey en este preciso minuto. Él está en el puesto de la más grande autoridad cósmica. Toda la autoridad en el cielo y en la tierra ha sido dada al ungido Hijo de Dios (Mt. 28:18).

En 1990 me invitaron a Europa del Este a realizar una serie de cátedras en tres países, primero en Checoslovaquia, luego Hungría, y finalmente Rumania. Cuando partíamos de Hungría, nos alertaron que la patrulla fronteriza de Rumania era un poco hostil a los estadounidenses, y que debíamos estar preparados para que nos arrestaran en la frontera.

Efectivamente, cuando nuestro inestable tren llegó a la frontera con Rumania, dos guardias se subieron. No podían hablar inglés, pero señalaron nuestros pasaportes y nuestro equipaje. Ellos querían que bajáramos nuestras maletas del portaequipaje y las abrieramos. Eran bastante bruscos y rudos. Fue entonces, cuando de la nada, su jefe apareció, un oficial corpulento que hablaba un poco de inglés. Él notó que una de las mujeres de nuestro grupo tenía una bolsa de papel en su regazo, y había algo que se asomaba. El oficial dijo: ¿Qué es esto? ¿Qué hay en la bolsa? La abrió, sacó una Biblia, y repasó rápidamente las hojas. Luego se detuvo y me miró. Yo estaba sosteniendo mi pasaporte americano, y él dijo: “Usted no estadounidense”. Miró a Vesta y dijo: “Usted no estadounidense”. Y luego dijo lo mismo al resto del grupo. Fue allí cuando él sonrió y dijo: “Yo no soy rumano”.

Para entonces ya estábamos confundidos, pero él señaló un texto, me lo dio, y me dijo, “Lee lo que dice”. Yo miré y decía: “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Fil. 3:20a). El oficial era un cristiano. Volteó a ver a sus subordinados y dijo: “Dejen a esta gente en paz. No hay problema. Ellos son cristianos”. Como puedes imaginar, dije: “Gracias, Señor”. Este hombre entendía algo acerca del reino de Dios: que nuestra ciudadanía, en primer lugar, es el reino de Dios.

Yo tuve una crisis sobre esto en mi último año de seminario, cuando era un pastor estudiantil de una iglesia de refugiados húngaros en el oeste de Pensilvania. Era un pequeño grupo de unas cien personas, muchas de las cuales no hablaban inglés. Alguien donó una bandera estadounidense a la iglesia, la cual coloqué en la plataforma, frente a la bandera cristiana. Mi crisis llegó la semana siguiente, cuando uno de los ancianos, que era un veterano, vino y me dijo: “Reverendo, usted puso todo mal allí en la plataforma”. Le pregunté: “¿Por qué?”. Dijo: “Bueno, la ley de nuestra tierra requiere que cada vez que se muestra una bandera junto a la bandera estadounidense, debe colocarse en una posición subordinada a la bandera estadounidense. La forma en que usted las puso, la bandera estadounidense está subordinada a la bandera cristiana. Eso tiene que cambiar”. Cualquiera que haya vivido fuera de este país sabe lo maravilloso que es este lugar. Me encanta y lo respeto, junto con sus símbolos, incluida la bandera. Pero mientras escuchaba a este anciano hablar, me pregunté a mí mismo: ¿Cómo puede la bandera cristiana estar subordinada a cualquier bandera nacional?

El reino de Dios triunfa sobre todos los reinos terrenales. Soy primero cristiano, y segundo estadounidense. Le debo lealtad a la bandera estadounidense, pero tengo una mayor lealtad a Cristo, porque Él es mi Rey. Entonces tuve un dilema. No quería violar la ley de los Estados Unidos, y no quería comunicar que el reino de Dios está subordinado a un gobierno humano. Así que resolví el dilema con bastante facilidad: saqué ambas banderas de la iglesia.

Experimentamos este conflicto de reinos cuando Jesús nos dice que oremos: “Venga tu reino”. ¿Qué significa esto? ¿Qué estamos orando cuando hacemos esta petición? Hay una lógica que corre como una cinta a través del Padre nuestro. Cada una de las peticiones está conectada a las demás. La primera petición que Jesús nos enseñó fue: “Santificado sea tu nombre”, lo cual pide que el nombre de Dios sea considerado como santo. Manifiestamente, a menos que y hasta que el nombre de Dios sea considerado como santo, su reino no vendrá ni podrá venir a este mundo. Pero nosotros que consideramos que su nombre es santo, tenemos la responsabilidad de manifestar el reino de Dios.

Juan Calvino dijo que la tarea de la iglesia es hacer visible el reino invisible. Lo hacemos al vivir de tal manera que damos testimonio de la realidad de la monarquía de Cristo en nuestros trabajos, nuestras familias, nuestras escuelas, e incluso nuestros talonarios de cheques, ya que Dios, en Cristo, es Rey sobre cada una de estas esferas de la vida. La única forma en que el reino de Dios se manifestará en este mundo antes de que Cristo venga es si lo manifestamos por la forma en que vivimos como ciudadanos del cielo y súbditos del Rey.

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios