La plenitud de gozo

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La plenitud de gozo

R.C. Sproul

«Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo quita; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto» (Juan 15:2).

No tengo habilidad para la jardinería, y mi conocimiento en horticultura es muy rudimentario. Sin embargo, he experimentado el proceso de cultivar rosas, y he aprendido que después de que florecen pueden decaer si no las cortas en cierta parte del tallo. Si soy diligente en podar las partes muertas del rosal, el florecimiento se vuelve más hermoso con el tiempo.

Este proceso me parece contrario a mi intuición; creería que cortando partes del tallo estaría hiriendo o incluso destruyendo el rosal. Sin embargo, el proceso de poda concentra los nutrientes del rosal, o del arbusto, causando que este produzca fruto consistentemente. Este proceso es especialmente importante en el cuidado de los viñedos, el cual es el ejemplo de la vid que vemos en la metáfora de Jesús.

Continuando con el capítulo de Juan, Jesús dijo: “Ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado” (v. 3). Aquí Él se está dirigiendo a sus discípulos, a los creyentes, y a aquellos que ya disfrutaban de la comunión con Él y tenían una relación de salvación con Él. Él dijo que ellos ya habían sido “limpios”, y luego agrega: “Permanezcan en Mí, y Yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en Mí” (v. 4).

Entonces ¿qué pasa con las ramas que son podadas del árbol o del arbusto? Después de que son cortadas, ellas se marchitan y mueren, pues han sido separadas de su suministro de vida. Obviamente, esas ramas muertas no producirán fruto alguno. Se vuelven impotentes.

Necesitas la iglesia de Cristo. Necesitas la comunión de los santos y la asamblea de la gente de Dios. No somos individualistas llamados a vivir en aislamiento.

Un día, durante una comida al aire libre en la casa de unos de sus miembros, un ministro se acercó a la parrilla para hablarle al anfitrión, el cual había dejado de ir al servicio semanal. El ministro esperaba animarlo a comenzar a asistir una vez más, pero cuando el ministro le preguntó al anfitrión por qué no había vuelto, el hombre respondió: “Soy cristiano, pero no siento que deba ir a la iglesia. Puedo hacerlo solo. Soy un tipo de persona independiente. No necesito de comunión con otros para estimular mi caminar con el Señor”.

Mientras el ministro escuchaba las explicaciones de este hombre, notó que el carbón de la parrilla estaba al rojo vivo. Sin decir nada, el ministro cogió un cubierto de tenazas y apartó de los otros uno de los carbones encendidos, y siguió la conversación con el feligrés. Sin embargo, minutos después el ministro cogió el carbón que había apartado, miró al hombre y le dijo: “¿Viste lo que acaba de pasar? Hace un par de minutos yo no me hubiera atrevido a tocar este carbón porque estaba muy caliente, pero apenas lo separé de los otros, dejó de arder y enfrió. Ya no podrá ayudar a cocinar las carnes de la parrilla. Eso es lo que te va a pasar a ti, pues tú necesitas el cuerpo de Cristo. Tú necesitas la iglesia de Cristo. Tú necesitas la comunión de los santos y la asamblea de la gente de Dios. No somos individualistas llamados a vivir en aislamiento”.

El ministro tenía razón. La compañía de otros creyentes mantiene nuestra fe viva y activa. Pero si nos enfriamos cuando nos alejamos de la conexión con otros cristianos, ¿cuánto más nos marchitaremos si nos alejamos de la verdadera fuente de poder, que es Cristo mismo?

Ese es el punto que Jesús está haciendo aquí. Seremos infructuosos y nos marchitaremos espiritualmente si no permanecemos en Cristo, la vid verdadera.

La palabra griega traducida como “permanecer” es meno, la cual también puede traducirse como “remanente” o “quedarse”. Si queremos ser productivos, no podemos simplemente visitar a Jesús de vez en cuando. Necesitamos permanecer en Él.

Déjame enfatizar que Jesús no estaba hablando en esta parábola sobre perder la salvación. Ese es otro asunto. Pero nos estaba recordando que somos propensos a divagar, a dejar de aprovechar la fuente de nuestro poder y nuestra vitalidad espiritual, que es Cristo mismo.

Así que la enseñanza de Jesús es mantenernos cerca: “Permanezcan en Mí, y Yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en Mí” (v. 4). En pocas palabras, todos los esfuerzos que hacemos para estar gozosos, para ser productivos, o para lograr algo que valga la pena en el reino de Dios, son ejercicios inútiles si tratamos de hacerlos en nuestra propia fuerza.

Los cristianos debemos entender que sin una conexión fuerte con Cristo, que es el suministro de energía, seremos completamente infructuosos.

Jesús continuó diciendo:

«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer. Si alguno no permanece en mí, es echado fuera como un sarmiento y se seca; y los recogen, los echan al fuego y se queman. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto, y así probéis que sois mis discípulos. Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea perfecto» (v. 5-11).

Fue solo en el versículo final de este pasaje que Jesús explicó por qué había enseñado esto a los discípulos: “Estas cosas les he hablado, para que Mi gozo esté en ustedes, y su gozo sea perfecto”. Nota tres cosas importantes en esta lección.

Primero, el gozo que Jesús quiere ver en nosotros es su gozo. Anteriormente Jesús le habló a sus discípulos acerca de la paz, diciendo: “La paz les dejo, Mi paz les doy; no se la doy a ustedes como el mundo la da. No se turbe su corazón ni tenga miedo” (Jn. 14:27). Entonces, ¿de dónde viene la paz del cristiano? Viene de Él; de hecho, es Su paz. Y así mismo, su propio gozo está disponible para nosotros, y Él quiere verlo habitando en nosotros.

Segundo, Él quiere que su gozo permanezca en nosotros. Él quiere que tengamos un gozo permanente, no una montaña rusa de emociones oscilando entre gozo y miseria. Si nosotros queremos estar consistentemente gozosos, necesitamos habitar en Él.

Tercero, Él distingue entre su gozo y nuestro gozo, y expresa el deseo de que “nuestro gozo sea cumplido”. ¿No es acaso eso lo que queremos? No queremos una copa parcial del fruto del Espíritu. No queremos solo un poquito de gozo. Queremos todo el gozo que el Padre haya guardado para sus hijos. Esa plenitud de gozo viene de Cristo. Es primero su gozo el que Él nos da, y cuando estamos conectados a Él, este gozo que proviene de Él crece, aumenta, y se llena.

Ninguno de los que están leyendo este articulo ha experimentado el nivel más alto de gozo disponible para los hijos de Dios. Hay más gozo disponible que el que tienes en este momento. Hay una plenitud que nos espera mientras el fruto del Espíritu es nutrido por la vid verdadera.

Este es un extracto del libro gratis de R.C. Sproul: «¿Puedo tener gozo en mi vida?». Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

No confundas el placer con el gozo

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No confundas el placer con el gozo

R.C. Sproul

Cuando estaba chico mis padres me obligaban a la iglesia cada domingo por la mañana. No tenía deseos de ir. Encontraba que el servicio de adoración era aburrido y no podía esperar a que se terminara para salir a jugar. Pero todavía peor que el servicio de adoración dominical era la clase semanal de catecismo, la cual teníamos los sábados por la mañana. Esa fue mi peor experiencia en la iglesia de pequeño. Tuve que pasar por una clase de comulgante, luego siguió una clase de catecismo, donde yo y otros niños y niñas teníamos que memorizar el Catecismo menor de Westminster. Lo soporté todo para convertirme en miembro de la iglesia y terminar el curso para que mis padres estuvieran satisfechos. No me convertí a Cristo sino hasta años después.

Cuando me convertí en cristiano me encontré deseando haber puesto más atención a mi clase de catecismo. Lo único que recordaba del Catecismo menor era la primera pregunta y respuesta, y la única razón por la que recordaba esa pregunta era porque nunca pude encontrarle el sentido. La pregunta era esta: “¿Cuál es el propósito principal del hombre?”. La respuesta que teníamos que aprender y recitar era esta: “El propósito principal del hombre es glorificar a Dios, y disfrutarlo por siempre”. Simplemente no podía conectar las dos cosas. Entendía, incluso de niño, que la idea de glorificar a Dios tenía algo que ver con obedecerle, algo que ver con la búsqueda de la piedad. Pero eso no era lo que me preocupaba más. No era mi propósito principal ser un hijo obediente de Dios, ¡para nada! Y debido a que no era mi propósito principal ser un hijo obediente de Dios, no podía entender cómo había una relación entre glorificar a Dios y disfrutarlo. Para mí, las dos cosas parecían antitéticas, incompatibles.

Al buscar perdón de Dios día a día, regresamos al principio de nuestro gozo, al día en que descubrimos que nuestros nombres están escritos en el cielo.
Mi problema era que había confundido dos ideas fundacionales. No sabía la diferencia entre placer y gozo. Lo que yo quería era placer, porque asumía que la única manera de tener gozo era adquiriendo placer. Pero entonces descubrí que mientras más placer adquiría, menos gozo poseía, porque estaba buscando el placer en cosas que desobedecían a Dios. Esa es la atracción del pecado. Pecamos porque da placer. La seducción del pecado es que pensamos que nos hará feliz. Pensamos que nos dará gozo y realización personal. Pero solamente nos da sentimiento de culpa, la cual socava y destruye el gozo auténtico.

Mi conversión fue fundamentalmente una experiencia del perdón de Dios. Cuando fui salvo podría haber saltado de alegría en la lluvia, pues experimenté la diferencia entre placer y gozo. Descubrí en mi propia conversión un gran gozo.

El salmo 51 es el más grande ejemplo de arrepentimiento que encontramos en toda la Escritura. En este salmo, David, bajo la convicción del Espíritu Santo, es traído a arrepentimiento por su pecado con y contra Betsabé. Está quebrantado y contrito del corazón, y viene delante de Dios rogando recibir perdón. Dice: “Restitúyeme el gozo de Tu salvación” (v. 12a). Aquellos que han experimentado el perdón de Dios y el gozo inicial de ello siempre necesitan que ese gozo sea restituido, que el gozo pueda regresar al ser removida la culpa del pecado continuo. Al buscar perdón de Dios día a día, regresamos al principio de nuestro gozo, al día en que descubrimos que nuestros nombres están escritos en el cielo.

Hay millones de personas que nunca han experimentado el gozo de la salvación. Si eres una de ellas, te digo que no hay nada como eso en el mundo. Solo imagina a Dios borrando todo pecado que jamás hayas cometido, qué sea removida toda esa culpa que has acumulado y los sentimientos que vienen por ello. Eso es lo que Cristo vino a hacer. Quiere darnos gozo, no poder o éxito. Su regalo es el gozo que viene al saber que nuestros nombres están escritos en el cielo.

Este es un extracto del libro gratis de R.C. Sproul: «¿Puedo tener gozo en mi vida?». Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

 

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Nuestro hermoso Dios

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Nuestro hermoso Dios

R.C. Sproul

Siempre me ha parecido interesante que la Biblia a menudo hace referencia a lo bello. De hecho, si uno se toma el tiempo de buscar cada referencia que se hace acerca de la “belleza”, o cada referencia que se hace a “lo bello” en una concordancia, podríamos darnos cuenta de que la palabra belleza en una forma u otra es usada con frecuencia en las páginas de la Sagrada Escritura, particularmente en el Antiguo Testamento. 1 Crónicas 16:29 es uno de los lugares donde leemos acerca de la belleza: “Tributen al Señor la gloria debida a Su nombre; traigan ofrenda, y vengan delante de Él. Adoren al Señor en la majestad de la santidad”. Este pasaje nos habla de la santidad y la gloria de Dios en relación con la idea de la belleza. Estamos llamados a venir ante la presencia de Dios y a adorar lo que es bello en Él: y eso es su gloria y santidad.

La Escritura se preocupa por tres dimensiones de la vida cristiana: lo bueno, lo verdadero, y lo bello.

Otros textos que también nos hablan sobre la belleza de Dios los podemos encontrar en los Salmos. “Una cosa he pedido al Señor, y ésa buscaré: Que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y para meditar en Su templo” (Sal. 27:4). En el salmo 29, David nos llama a adorar al Señor en la belleza o hermosura de su santidad. En ambos pasajes, el Señor, o aspectos significativos de su carácter, son llamados “bellos”.

Me temo que la idea de la belleza de Dios ha quedado prácticamente eclipsada en nuestra cultura contemporánea, nuestra comunidad secular, y también en la iglesia. He dicho en muchas ocaciones que la Escritura se preocupa por tres dimensiones de la vida cristiana: lo bueno, lo verdadero, y lo bello. Sin embargo, tendemos a separar el tercero de los otros dos. Algunos cristianos reducen su preocupación por las cosas de Dios al ámbito ético, a una discusión de rectitud o de bondad con respecto a nuestro comportamiento. Otros están tan preocupados por la pureza de la doctrina que se enfocan mas por la verdad a expensas del comportamiento, o a expensas de lo santo. Raramente, al menos en muchos de los círculos protestantes, encontramos un enfoque en lo bello.

Esto refleja un sorprendente desequilibrio, pues la Biblia se preocupa por la bondad, la verdad, y la belleza. Dios nos dice que las Escrituras son como el fundamento o la fuente de toda bondad. Toda bondad encuentra su definición en el carácter de Dios. Analizándolo bien, el carácter de Dios es la medida de la bondad. Al mismo tiempo, las Escrituras hablan de Dios como el autor, la fuente, y el fundamento de toda la verdad. De la misma manera y en la misma dimensión, las Escrituras nos hablan acerca de la belleza de Dios. Su Palabra nos dice que todas las cosas bellas encuentran su fuente y fundamento en el carácter de Dios mismo. Entonces, Dios es en última instancia la norma del bien, la norma de lo verdadero, y la norma de lo que es verdaderamente bello.

Vivimos en un momento de mucha crisis en la cultura secular, y sobre todo en la iglesia, con respecto a lo bello. Escucho todo el tiempo de artistas cristianos que son músicos, escultores, pintores, arquitectos, escritores, dramaturgos, y demás, que se sienten aislados de la comunidad cristiana. Me dicen que son tratados con desprecio porque su vocación se considera mundana e indigna de la devoción cristiana. Ese es un triste comentario sobre nuestra forma de ver las cosas, particularmente cuando miramos la historia de la iglesia y vemos que la iglesia cristiana ha producido algunos de los mayores gigantes en la música, el arte, y la literatura. ¿Dónde sino en la historia cristiana encuentras un Milton, un Handel, un Bach, o un Shakespeare, hombres que han sido pioneros de la grandeza en las artes?

Si fueras al Louvre en París, o al Rijksmuseum en Amsterdam, y examinaras la historia del arte, verías que está dominado por una orientación religiosa, y específicamente, una orientación cristiana. Desde que el pueblo de Dios ha existido en comunidad, el arte ha sido una preocupación significativa. Cuando vamos al Antiguo Testamento, por ejemplo, observamos que las primeras personas llenas del Espíritu Santo eran los artesanos, y artesanos que Dios seleccionó con el fin de preparar los objetos para hacer su tabernáculo. Esa es la inspiración divina: estos artistas fueron inspirados por Dios y su Espíritu Santo. Él los inspiró para hacer la artesanía del tabernáculo y sus muebles, para el trabajo del metal en el tabernáculo, y para la fabricación de los vestidos y túnicas de Aarón, que debían ser hechos para la gloria y la belleza del Padre. A Dios le preocupaba no solo usar artistas en la construcción de su santuario en el Antiguo Testamento, sino también le preocupaba dotar a esos mismos artistas con el poder de su Espíritu Santo para asegurarse de que lo que hacían cumplía con los estándares de belleza que Él mismo había establecido.

Al mismo tiempo, también vemos en el Antiguo Testamento fuertes prohibiciones contra el mal uso del arte. Uno de los diez mandamientos prohíbe hacer imágenes talladas que se volvieran parte de la práctica de la idolatría, por lo que existe una cerca protectora alrededor del uso del arte en el Antiguo Testamento. Aunque hubo algunas formas de arte que recibieron la bendición de Dios, hubo otras que no.

No puedes leer las Escrituras y llegar a una conclusión simplista de que todo arte es buen arte, o que todo arte es mal arte. No puedes leer las Escrituras y llegar a la idea de que el arte siempre es legal, o que el arte siempre es ilegal. Lo que podemos hacer es entender que Dios creó el arte, y esto dice que el arte es lo suficientemente importante, al punto de incluirlo en su tabernáculo para mostrar lo que es hermoso, ahí donde las personas se encontrarían para adorarlo. La belleza es importante para Dios porque Él es hermoso, y por eso lo bello también debe ser importante para su pueblo. Se debe alentar a los artistas cristianos a crear bellas artes, y se debe alentar a los cristianos a apreciar lo bello junto a lo verdadero y lo bueno, porque el Señor mismo es hermoso.

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

¿Qué cree la Iglesia católica sobre la justificación?

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¿Qué cree la Iglesia católica sobre la justificación?

R.C. Sproul

El evangelio de Jesucristo siempre corre el riesgo de ser distorsionado. Se distorsionó en los siglos que precedieron la Reforma protestante del siglo XVI. Se distorsionó innumerables veces en la historia de la Iglesia, y frecuentemente se distorsiona hoy. Por esto Martín Lutero dijo que el evangelio debe ser defendido en cada generación. Es el centro del ataque de las fuerzas del mal. Saben que si erradican el evangelio, erradican el cristianismo.

Hay dos lados al evangelio, las buenas nuevas del Nuevo Testamento: un lado objetivo y uno subjetivo. El contenido objetivo del evangelio es la persona y obra de Jesús: quién es y lo que ha hecho en su vida. El lado subjetivo concierne la pregunta de cómo los beneficios de la obra de Cristo pueden ser apropiados por el creyente. Allí sale a relucir la doctrina de la justificación.

Lo que estaba en juego en la Reforma era el evangelio de Jesucristo.
La Reforma incluyó muchos puntos, pero el principal, el punto material de la Reforma era el evangelio, específicamente en la doctrina de la justificación. No había un gran desacuerdo entre las autoridades católico romanas y los reformadores protestantes sobre el lado objetivo. Todos estaban de acuerdo en que Jesús era divino, el Hijo de Dios y de la Virgen María, y que había vivido una vida de obediencia perfecta, muerto en la cruz como expiación, y resucitado de la tumba. La batalla era sobre la segunda parte del evangelio, la parte subjetiva, la pregunta de cómo los beneficios de Cristo se aplican al creyente.

Los reformadores creían y enseñaron que somos justificados por la fe solamente. La fe, decían, es la única causa instrumental para nuestra justificación. Querían decir que recibimos todos los beneficios de la obra de Jesús al poner nuestra confianza en Él solamente.

La comunidad romana también enseñaba que la fe es una condición necesaria para la salvación. En el seminal de Concilio de Trento (1545–1563), que formuló la respuesta de Roma a la Reforma, las autoridades católico romanas declararon que la fe es tres cosas: el initium, el fundamentum, y la radix. Esto es, que la fe es el comienzo de la justificación, el fundamento para la justificación, y la raíz de la justificación. Pero Roma mantenía que una persona podía tener fe verdadera y aún así no ser justificada, porque había muchas más cosas en el sistema romano.

En realidad, el evangelio de acuerdo a Roma, expresado en Trento, decía que la justificación se lleva a través de sacramentos. Inicialmente, quien los recibe debe aceptar y cooperar en el bautismo, en donde recibe gracia que justifica. Retiene esa gracia hasta cometer pecado mortal. El pecado mortal es llamado así porque mata la gracia de la justificación. El pecador entonces debe ser justificado una segunda vez. Eso sucede por el sacramento de la penitencia, el cual el concilio de Trento definió como “el segundo tablón” de la justificación para aquellos que habían hundido sus almas.

La diferencia fundamental era esta. Trento decía que Dios no justifica a nadie hasta que dicha persona tuviera justicia real inherentemente en su persona. En otras palabras, Dios no declara justa a una persona a menos que ella lo sea. Entonces, de acuerdo a la doctrina católico romana, la justificación depende de la santificación de la persona. En contraste, los reformadores decían que la justificación se basa en la justicia imputada de Jesús. La única base por la cual una persona puede ser salva es la justicia de Jesús, la cual le es adjudicada cuando cree.

Éstas eran dos maneras de ver la salvación radicalmente diferentes. No podían ser reconciliadas. Una era el evangelio, la otra no. Entonces, lo que estaba en juego en la Reforma era el evangelio de Jesucristo. Aunque el Concilio de Trento hizo muchas buenas afirmaciones de verdades tradicionales de la fe cristiana, declaró que la justicia por la fe solamente era anatema, ignorando la plena enseñanza de la Escritura, como aquella encontrada en Romanos 3:28, “Concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la Ley”.

Este es un extracto del libro de R.C. Sproul titulado «¿Estamos Juntos en Verdad?«. Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios

La virtud cristiana del amor

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La virtud cristiana del amor

R.C. Sproul

¿Cuántas personas conoces que hayan llegado al salón de la fama en música, arte, literatura, o deportes, debido a su amor? Elevamos a la gente al estatus de héroes debido a sus dones, sus talentos, y su poder, pero no debido a su amor. A pesar de esto, desde la perspectiva de Dios, el amor es la mayor de todas las virtudes. Pero, ¿qué es el amor?

Se dice que el amor hace que el mundo gire, y el amor romántico ciertamente hace que la cultura gire en términos de publicidad y entretenimiento. Nunca nos cansamos las de historias románticas. Pero no nos referimos al amor romántico cuando hablamos de la virtud cristiana del amor. Estamos hablando de una dimensión mucho más profunda del amor, una virtud tan suprema que debe distinguir a los cristianos de todas las demás personas. Es más, el amor es tan importante en las enseñanzas bíblicas que Juan nos dice: “Dios es amor” (1 Jn. 4:7-8).

1 Corintios 13 mide las profundidades de lo que significa realmente el amor. Es una vara de medir con la que podemos examinarnos cuidadosamente para ver si este amor habita en nuestros corazones y se hace manifiesto en nuestras vidas.

Cualquier otra cosa que digamos sobre la virtud cristiana del amor, debemos tener en claro que el amor que Dios ordena es un amor que imita el suyo. El amor de Dios es absolutamente perfecto. Y somos llamados a reflejar ese amor como un espejo, a ser perfectos como Él es perfecto (Mt. 5:48). Ahora, por supuesto, ninguno de nosotros ama de manera perfecta, y es por esto que debemos estar cubiertos con la justicia perfecta de Cristo por medio de la fe únicamente en Él. No obstante, es importante regresar a la Escritura para descubrir cómo el amor debe lucir, pues nos satisfacemos fácilmente con un entendimiento sentimental, sensiblero, romántico, o superficial del amor.

1 Corintios 13 mide las profundidades de lo que significa realmente el amor. Es una vara de medir con la que podemos examinarnos cuidadosamente para ver si este amor habita en nuestros corazones y se hace manifiesto en nuestras vidas. Por eso me sorprende que 1 Corintios 13 sea uno de los pasajes más populares en toda la Biblia, en lugar de ser uno de los más despreciados. No puedo pensar en ningún capítulo en la Escritura que revele tan rápido nuestro pecado. Su popularidad quizá se debe a que es uno de los capítulos menos comprendidos y menos aplicados de la Biblia. En cierta manera somos ambivalentes a él. Nos atrae la grandeza de su tema y la elocuencia de su lenguaje, a pesar de que al mismo tiempo somos rechazados por este capítulo porque revela nuestras faltas. Queremos guardar cierta distancia del mismo porque nos muestra tan claramente nuestra falta de amor real.

Este capítulo es parte de una amonestación apostólica a los cristianos que se encontraban separados por las contiendas de la iglesia. Se estaban comportando de manera inmadura y carnal, y en el corazón de esa profana conducta estaban ciertos talentos, habilidades, y dones, que se manifestaban en ellos sin que hubiera amor en sus vidas. En los versos de apertura, Pablo habla del amor como el sine qua non de la virtud cristiana (1 Cor. 13:1-3). Está hablando en hipérbole, exagerando intencionalmente las cosas para establecer su punto. Inicia comparando el amor con el don de lenguas. Pablo dice: “No me importa si hablas cincuenta idiomas, o si tienes el don de milagrosamente hablar en idiomas extranjeros. No me importa si Dios te ha dotado con la habilidad de hablar el lenguaje de las potestades celestiales. Si no tienes amor, la elocuencia de tu discurso se convierte en ruido. Se convierte en disonancia, un estruendo irritante y molesto”. Él dice que si hablamos en lenguas de hombres o de ángeles pero no tenemos amor, nos convertimos en un metal resonante o en un címbalo que retiñe… puro ruido. Toda la hermosura del discurso se pierde cuando el amor está ausente.

Pablo luego compara el amor con los dones de profecía y entendimiento, dotaciones milagrosas que Dios daba a las personas durante la era apostólica. Estos formidables dones no se comparaban con el amor. El apóstol dice que puedes tener talentos milagrosos, puedes recibir poder de Dios el Espíritu Santo, pero debe ser para usarlos en el contexto de la gracia del amor. Y sin ese amor, el uso de poder divino es una parodia. Jesús tuvo que advertir incluso a sus discípulos sobre el peligro de usar un don dado por Dios sin amor. Jesús empoderó a sus discípulos para participar en su ministerio de exorcismo, y ellos fueron en su misión y regresaron con la frente en alto. Estaban tan emocionados ante la efectividad de su ministerio que se regocijaban en el poder que Cristo les había dado. Pero ¿qué dijo Jesús? No se regocijen por tener poder sobre Satanás, sino regocíjense de que sus nombres estén escritos en el cielo (Lc. 10:1-20). Los discípulos se centraron en el poder, en lugar de en la gracia que se encontraba detrás de ese poder. Estaban intoxicados por el regalo, y se estaban olvidando de aquel que lo dio.

La conclusión es que los dones de Dios pueden ser usados sin amor. Cuando eso sucede, su valor es destruido. La esencia del amor, nos dice 1 Corintios 13, es buscar el bien de los demás. Una persona que refleja el amor de Dios se da por otros, en lugar de ejercer su poder para su propio beneficio. Pero somos personas que estamos más interesadas en el poder; en hacer en lugar de ser. Nos preocupamos más por tomar el poder sobrenatural que Dios puede dar, que en el amor sobrenatural derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom. 5:5). Nuestras prioridades están fuera de lugar. Gracias sean dadas a Dios que su amor por nosotros es mayor que nuestro amor por Él. Que Él nos fortalezca para buscar su amor sobre todas las cosas, un amor que refleje su amor por nosotros en Cristo (Rom. 5:8).

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

 

La Iglesia debe predicar a Cristo

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La Iglesia debe predicar a Cristo

R.C. Sproul

La Iglesia del siglo XXI se enfrenta a muchas crisis. Una de las más graves es la crisis de la predicación. Diversas filosofías de predicación compiten por ser aceptadas entre los ministros contemporáneos. Algunos ven el sermón como una charla informal; otros, como un estímulo para la salud psicológica; otros, como un comentario sobre la política contemporánea. Sin embargo, algunos aún ven la exposición de las Sagradas Escrituras como un ingrediente necesario en el oficio de la predicación. A la luz de estos puntos de vista, siempre es útil ir al Nuevo Testamento para buscar o averiguar el método y el mensaje que se encuentra en el registro bíblico de la predicación apostólica.

Primeramente, debemos hacer distinción entre dos tipos de predicación. La primera ha sido llamada kerigma; la segunda, didaché. Esta distinción se refiere a la diferencia entre proclamación (kerigma) y la enseñanza o instrucción (didaché). La estrategia de la iglesia apostólica era ganar convertidos por medio de la proclamación del evangelio. Una vez que la gente respondía a ese evangelio, eran bautizados y recibidos en la iglesia visible. En seguida se sometían a una exposición regular y sistemática de la enseñanza de los apóstoles, a través de la predicación ordinaria (homilías), y en grupos particulares de instrucción catequista. Cuando se comenzó a compartir a los gentiles, los apóstoles no entraron en gran detalle sobre la historia redentiva del Antiguo Testamento. Ese conocimiento ya se asumía entre las audiencias judías, pero no se manejaba entre los gentiles. Sin embargo, incluso en las audiencias judías, el énfasis central de la predicación evangelística era el anuncio de que el Mesías había venido y establecido el reino de Dios.

Después de predicar los detalles de su muerte, resurrección, y ascensión a la diestra de Dios, los apóstoles llamaban al pueblo a convertirse a Cristo, arrepentirse de sus pecados, y recibir a Cristo por fe.

Si tomamos un tiempo para examinar los sermones de los apóstoles que se registran en el libro de Hechos, vemos una estructura algo común y familiar en ellos. En este análisis, podemos discernir el kerigma apostólico, la proclamación básica del evangelio. Aquí, el enfoque en la predicación estaba en la persona y la obra de Jesús. El evangelio mismo fue llamado el evangelio de Jesucristo. El evangelio es acerca de Él; involucra la proclamación y declaración de lo que Él logró en su vida, en su muerte, y en su resurrección. Después de predicar los detalles de su muerte, resurrección, y ascensión a la diestra de Dios, los apóstoles llamaban al pueblo a convertirse a Cristo, arrepentirse de sus pecados, y recibir a Cristo por fe.

Cuando buscamos extrapolar, a partir de estos ejemplos, cómo evangelizó la iglesia apostólica, debemos preguntarnos: al transferir a la iglesia contemporánea los principios apostólicos de la predicación, ¿qué es apropiado? Algunas iglesias creen que es un requisito predicar el evangelio o comunicar el kerigma en cada sermón que se predica. Este punto de vista ve un énfasis evangelístico en la predicación del domingo en la mañana. Sin embargo, muchos predicadores hoy en día dicen que predican el evangelio regularmente cuando en algunos casos nunca han predicado el evangelio en absoluto, porque lo que ellos llaman el evangelio, no es el mensaje de la persona y la obra de Cristo, y de cómo su obra cumplida y sus beneficios pueden ser apropiados por el individuo por medio de la fe. Más bien, el evangelio de Cristo es intercambiado por promesas terapéuticas de una vida con propósito o de cómo llegar a una realización personal al venir a Jesús. En los mensajes así, la atención se centra en nosotros y no en Él.

Por otro lado, al estudiar el patrón de los servicios de adoración de la iglesia primitiva, vemos que la asamblea semanal de los santos involucraba reunirse para adoración, comunión, oración, celebración de la cena del Señor, y devoción a la enseñanza de los apóstoles. Si estuviéramos allí, veríamos que la predicación apostólica abarcaba la totalidad de la historia de la redención y la suma de la revelación divina; no se limitaba simplemente al kerigma evangelístico.

Así que, de nuevo, el kerigma es la proclamación esencial de la vida, muerte, resurrección, ascensión, y gobierno de Jesucristo, así como un llamado a la conversión y al arrepentimiento. Es este kerigma que el Nuevo Testamento indica como el poder de Dios para salvación (Rom. 1:16). No puede haber ningún sustituto aceptable para ello. Cuando la iglesia pierde su kerigma, pierde su identidad.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

 

Los cinco puntos del calvinismo

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Los cinco puntos del calvinismo

R.C. Sproul

El ya fallecido teólogo Cornelius Van Til una vez observó que el calvinismo no debe ser identificado con los llamados cinco puntos del calvinismo. Más bien, Van Til concluyó que los cinco puntos funcionan como una vía, o un puente, a toda la estructura de la teología reformada. Del mismo modo, Charles Spurgeon argumentó que el calvinismo no es más que un apodo para la teología bíblica. Estos titanes del pasado entendieron que la esencia de la teología reformada no puede reducirse a cinco puntos particulares, los cuales surgieron como puntos de controversia en Holanda hace siglos con los remonstrantes, quienes se opusieron a cinco puntos específicos del sistema de doctrina encontrado en el calvinismo histórico. Esos cinco puntos se han asociado con el acróstico TULIP (por sus siglas en inglés): depravación total, elección incondicional, expiación limitada, gracia irresistible, y la perseverancia de los santos.

El punto central de la teología reformada es Dios, y es la doctrina de Dios que impregna la totalidad de la sustancia del pensamiento reformado.

Este artículo busca abordar la cuestión de la teología reformada desde la perspectiva de lo que en la filosofía se llama: la vía negativa. Este método de acercarse a la verdad define las cosas en términos de lo que no son; por lo tanto, se le llama el “camino de la negación”. Por ejemplo, cuando hablamos de la naturaleza de Dios, decimos que Él es infinito, lo que simplemente significa que Él no es “finito”. Este es un ejemplo de cómo se utiliza la forma de negación. Cuando comprendemos claramente cómo emplear este método, la forma de afirmación, su opuesto, se hace manifiesta. Si nos fijamos en lo que la teología reformada no es, nos ayuda a comprender lo que es.

Comenzamos diciendo que la teología reformada no es un conjunto caótico de ideas inconexas. Por el contrario, la teología reformada es sistemática. Vivimos en una época en que los sistemas de pensamiento son censurados en un mundo posmoderno, no solo en el ámbito secular de las ideas, pero incluso dentro de seminarios cristianos. Históricamente el principio de la teología sistemática ha sido el siguiente: la Biblia, siendo la Palabra de Dios, refleja la coherencia y la unidad del Dios cuya palabra es. Por supuesto, sería una distorsión tomar un sistema externo de pensamiento y forzarlo a la Escritura, obligando a la Escritura a ajustarse a él como si fuera una especie de lecho de Procusto. Ese no es el objetivo de la sana teología sistemática. Por el contrario, la verdadera teología sistemática trata de comprender el sistema de teología que está contenido dentro de todo el ámbito de la sagrada Escritura. No impone ideas sobre la Biblia; sino que escucha las ideas que son enunciadas por la Biblia y las entiende de una manera coherente.

El siguiente punto que hacemos a través de la negación es que la teología Reformada no es antropocéntrica. Es decir, la teología reformada no está centrada en los seres humanos. El punto central de la teología reformada es Dios, y es la doctrina de Dios que impregna la totalidad de la sustancia del pensamiento reformado. Por lo tanto la teología reformada, a modo de afirmación, puede llamarse teocéntrica.

Aunque no suele ser útil hablar de paradojas en nuestra comprensión de la verdad, hay sin embargo una paradoja que me gusta mantener. Por un lado, la doctrina adecuada de Dios, es decir, la doctrina de la naturaleza, atributos, y carácter de Dios, afirmada por diversos credos de pensamiento reformados, tiene poca deferencia con otras teologías y otras expresiones de fe que se encuentran entre los luteranos, católicos, metodistas, y otros. Al mismo tiempo, y en ello radica la paradoja, pues la dimensión más distintiva de la teología reformada es su doctrina de Dios. Aunque suena como que estoy escribiendo “con los dos lados de mi pluma”, permítanme apresurarme a aclarar esta afirmación paradójica. Después de que la teología reformada articula su doctrina de la naturaleza y el carácter de Dios en los primeros principios de su sistema doctrinal, no se olvida de estas afirmaciones cuando pasa a otras doctrinas. Por el contrario, nuestra comprensión de la naturaleza de Dios es principal y determinante con respecto a nuestra comprensión de todas las otras doctrinas. Es decir, nuestra comprensión de la salvación tiene como factor de control, justo en el corazón de sí misma, nuestra comprensión del carácter de Dios.

La teología de la reforma no es anticatólica. Esto puede parecer extraño, ya que la teología reformada surge directamente del movimiento protestante del siglo XVI, movimiento que se llama “protestante” porque se trataba de una “protesta” en contra de la enseñanza y de la actividad del catolicismo romano. Pero el término católico se refiere al cristianismo católico, la esencia de lo cual se puede encontrar en los credos ecuménicos de los primeros mil años de historia de la Iglesia, en particular los primeros credos y concilios de la Iglesia, tales como el Concilio de Nicea en el siglo IV, y el Concilio de Calcedonia en el siglo V. Es decir, esos credos contienen artículos de fe comunes y compartidos por todas las denominaciones que abrazan el cristianismo ortodoxo, doctrinas como la Trinidad y la expiación de Cristo. Las doctrinas afirmadas por todos los cristianos están en el centro y el núcleo del calvinismo. El calvinismo no se aparta en busca de una nueva teología ni rechaza la base común de la teología que toda la Iglesia comparte.

La teología de la reforma no es católica romana en su comprensión de la justificación. Esto es simplemente para decir que la teología reformada es evangélica, en el sentido histórico de la palabra. En este sentido, la teología reformada se sostiene fuerte y firmemente con Martín Lutero y los reformadores magisteriales en su articulación de la doctrina de la justificación por la fe sola. Afirma las solas de la Reforma, que son las causas formales y materiales de la Reforma del siglo XVI. Estos dos principios son las doctrinas de la sola Scriptura y sola fide. Ninguna de estas doctrinas se declaran explícitamente en los cinco puntos del calvinismo; sin embargo, en cierto sentido, se convierten en la base para las demás características de la teología reformada.

Estas declaraciones introductorias acerca de lo que la teología reformada no es son expresadas de una manera mucho más amplia y profunda en mi libro: ¿Qué es la Teología Reformada?, que fue escrito para ayudar a laicos y líderes cristianos a entender la esencia de la teología reformada. En este artículo estoy dando un enfoque escueto de la doctrina, recordando a los lectores que la teología reformada trasciende de los meros cinco puntos del calvinismo, porque es una cosmovisión de la vida y el mundo. Es del pacto. Es sacramental. Está comprometida a transformar la cultura. Está subordinada a la operación de Dios el Espíritu Santo, y tiene un marco rico para comprender la totalidad del consejo de Dios revelado en la Biblia.

 

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

¿Qué significa expiación y propiciación?

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¿Qué significa expiación y propiciación?

R.C. Sproul

Cuando hablamos del aspecto vicario de la redención, dos palabras técnicas aparecen una y otra vez: expiación y propiciación. Estas palabras despiertan todo tipo de argumentos acerca de cuál se debe utilizar para traducir una palabra griega en particular, y algunas versiones de la Biblia utilizan una de estas palabras, y otras versiones utilizaran la otra. A menudo se me pide explicar la diferencia entre propiciación y expiación. La dificultad es que a pesar de que estas palabras están en la Biblia, no las utilizamos como parte de nuestro vocabulario diario, y por eso no estamos seguros exactamente de lo que comunican en la Escritura. Nos faltan puntos de referencia en relación a estas palabras.

Expiación y propiciación

Pensemos en lo que significan estas palabras, entonces, comenzando con la palabra expiación. El prefijo ex significa “fuera de” o “de”, por lo que la expiación tiene que ver con eliminar algo o quitar algo. En términos bíblicos, tiene que ver con quitar la culpa mediante el pago de una sanción, o mediante la ofrenda de un sacrificio. En contraste, la propiciación tiene que ver con el objeto de la expiación. El prefijo pro significa “por”, así que la propiciación provoca un cambio en la actitud de Dios, para que Él pase de estar en enemistad con nosotros a estar por nosotros. A través del proceso de la propiciación somos restaurados a la comunión y al favor delante de Él.

En conjunto, la expiación y la propiciación constituyen un acto de aplacamiento.

En cierto sentido, la propiciación tiene que ver con el apaciguar a Dios. Sabemos cómo la palabra apaciguamiento funciona en conflictos militares y políticos. Pensamos en la llamada “política de apaciguamiento”, que es esa filosofía usada cuando se tiene a un estrepitoso conquistador del mundo suelto y haciendo sonar la espada; en lugar de arriesgar que se enoje, le das (como en la Segunda Guerra Mundial) los Sudetes de Checoslovaquia o alguna porción de territorio. Intentas mitigar su ira al darle algo que lo va a satisfacer para que no entre a tu país y te acribille. Eso es una manifestación impía de apaciguamiento. Pero si tú estás enojado y eres atacado, y yo satisfago tu ira o te apaciguo, entonces soy restaurado a tu favor y el problema es eliminado.

La misma palabra griega se traduce usando las palabras expiación y propiciación de cuando en cuando. Pero hay una ligera diferencia en los términos. La expiación es el acto que resulta en el cambio de la disposición de Dios para con nosotros. Es lo que Cristo hizo en la cruz, y el resultado del trabajo de expiación de Cristo es la propiciación: la ira de Dios es removida. La distinción es la misma que existe entre el rescate que se paga y la actitud de la persona que recibe el rescate.

La obra de Cristo fue un acto de aplacamiento

En conjunto, la expiación y la propiciación constituyen un acto de aplacamiento. Cristo hizo su obra en la cruz para aplacar la ira de Dios. Esta idea de aplacar la ira de Dios ha hecho poco para aplacar la ira de los teólogos modernos. De hecho, se vuelven iracundos sobre cualquier la idea de aplacar la ira de Dios. Creen que está por debajo de la dignidad de Dios que tenga que ser aplacado, o que debamos hacer algo para calmarle o apaciguarle. Tenemos que ser muy cuidadosos en la manera de como entendemos la ira de Dios, pero quisiera recordarles que el concepto de aplacar la ira de Dios tiene que ver aquí no con un punto periférico o tangencial de la teología, sino con la esencia de la salvación.

¿Qué es la salvación?

Permítanme hacer una pregunta muy básica: ¿qué significa el término salvación? Tratar de explicarlo rápidamente le puede dar un dolor de cabeza, debido a que la palabra salvación se utiliza de casi setenta diferentes maneras en la Biblia. Si alguien es rescatado de una derrota segura en la batalla, él experimenta salvación. Si alguien sobrevive una enfermedad que amenaza su vida, esa persona experimenta salvación. Si unas plantas reverdecen después de estar marchitas, son salvas. Ese es lenguaje bíblico, y realmente no es diferente a nuestra propia lengua. Un boxeador es salvado por la campana, lo que significa que se salvó de perder la pelea por knockout, no que fue transportado al reino eterno de Dios. En resumen, experimentar liberación de un peligro claro y presente se puede decir que es una forma de salvación.

Cuando hablamos de la salvación en la Biblia, debemos tener cuidado de afirmar de qué somos salvos. El apóstol Pablo hace exactamente eso por nosotros en 1 Tesalonicenses 1:10, donde dice que Jesús “nos libra de la ira venidera”. En última instancia, Jesús murió para salvarnos de la ira de Dios. Simplemente no podemos entender la enseñanza y la predicación de Jesús de Nazaret aparte de esto, porque Él constantemente advirtió a la gente que todo el mundo algún día pasaría a estar bajo el juicio divino. Estas son algunas de sus advertencias sobre el juicio: “Pero Yo les digo que todo aquél que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte” (Mat. 5:22); “Y yo os digo que de toda palabra vana que hablen los hombres, darán cuenta de ella en el día del juicio” (Mat. 12:36); y “Los hombres de Nínive se levantarán con esta generación en el juicio y la condenarán, porque ellos se arrepintieron con la predicación de Jonás; y miren, algo más grande que Jonás está aquí” (Mat. 12:41). La teología de Jesús era una teología de crisis. La palabra griega crisis significa “juicio”. Y la crisis de la que Jesús predicó era la crisis de un juicio inminente al mundo, en el cual Dios derramará su ira contra los no redimidos, los impíos, y los impenitentes. La única manera de escapar ese derramamiento de ira es ser cubierto a través de la expiación de Cristo.

Por lo tanto, el logro supremo de Cristo en la cruz es que Él aplacó la ira de Dios, la cual nos destruiría de no haber sido cubiertos por el sacrificio de Cristo. Así que si alguien argumenta en contra del aplacamiento, o de la idea de que Cristo satisface la ira de Dios, debes estar alerta, porque el evangelio está en juego. Se trata de la esencia de la salvación — que como personas que estamos cubiertas por la expiación, somos redimidos del supremo peligro al que se expone cualquier persona. Es algo terrible caer en las manos de un Dios santo que está airado. Pero no hay ira para aquellos cuyos pecados han sido pagados. De eso es lo que se trata la salvación.

ESTE EXTRACTO ES TOMADO DE LA VERDAD DE LA CRUZ (THE TRUTH OF THE CROSS), POR R.C. SPROUL.
Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

¿Qué es el evangelio?

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¿Qué es el evangelio?

R.C. Sproul

No hay mayor mensaje que el evangelio. Pero a pesar de su importancia, muy a menudo es distorsionado masivamente o simplificado de más. La gente piensa que está predicando el evangelio cuando te dice: “Puedes tener un propósito en la vida”, o “puedes encontrar significado en tu vida”, o “puedes tener una relación personal con Jesús”. Todo eso es verdad y es importante, pero no llega al corazón de lo que es el evangelio.

El que Dios te perdone es algo muy costoso. Le costó el sacrificio de su propio Hijo.
Al evangelio se le llama “buenas nuevas” ya que habla sobre el problema más serio que tú y yo tenemos como seres humanos, y ese problema es simplemente esto: Dios es santo y Él es justo, y yo no lo soy. Y al final de mi vida estaré delante de un Dios justo y santo, y seré juzgado. Y seré juzgado ya sea en base a mi propia justicia, la falta de ella, o en base a la justicia de otro. Las buenas nuevas del evangelio son que Jesús vivió una vida de perfecta rectitud y perfecta obediencia a Dios, no a su propio favor, sino por su pueblo. Él ha hecho por mí lo que yo no podía hacer por mí mismo. Pero no solo vivió esa vida de perfecta obediencia, sino que se ofreció a sí mismo como un sacrificio perfecto para satisfacer la justicia de Dios.

El gran error en nuestros días es el siguiente: creer que Dios no se preocupa de proteger su propia integridad. Que es una deidad debilucha, que solo pasa su varita mágica de un lado a otro perdonando a todos. No. El que Dios te perdone es algo muy costoso. Le costó el sacrificio de su propio Hijo. Fue tan valioso el sacrificio que Dios lo pronunció valioso al levantarlo de los muertos. Así que Cristo murió por nosotros, y fue levantado para nuestra justificación. Por lo que el evangelio es algo objetivo. Es el mensaje de quién es y qué hizo Jesús. Y también tiene una dimensión subjetiva.

¿Cómo nos apropiamos subjetivamente de los beneficios de Jesús? ¿Cómo los consigo? La Biblia deja en claro que no somos justificados por nuestras obras, ni por nuestros esfuerzos, ni por nuestras acciones, sino por la fe —y solo mediante la fe. La única manera en que puedes recibir el beneficio de la vida y la muerte de Cristo es poniendo tu fe en Él y solo en Él. Si haces esto, eres declarado justo por Dios, adoptado en su familia, perdonado de todos tus pecados, y habrás comenzado tu peregrinación hacia la eternidad.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

 

¿Qué significa temer a Dios?

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¿Qué significa temer a Dios?

R.C.Sproul

Tenemos que hacer algunas distinciones importantes sobre el significado bíblico de “temer” a Dios. Estas distinciones pueden ser útiles, pero también un poco peligrosas. Cuando Lutero lidió con ello, hizo la siguiente distinción, que desde entonces llegó a ser famosa: él distinguió entre un temor servil y un temor filial.

Si realmente tenemos una sana adoración por Dios, deberíamos tener certeza también de que Dios puede ser aterrador.
El temor servil es una especie de temor que un prisionero en una cámara de tortura tiene para con su torturador, el carcelero, o el verdugo. Es ese tipo de terrible ansiedad en la que alguien se asusta por el peligro claro y presente que representa otra persona. O es el tipo de miedo que un esclavo tendría a manos de un amo malicioso que viene con el látigo para atormentarlo. Servil se refiere a una postura de servidumbre hacia un propietario malévolo.

Lutero distinguió eso de lo que él llamó temor filial, que viene del concepto latino del cual obtenemos la idea de familia. Se refiere al temor que un niño tiene por su padre. En este sentido, Lutero estaba pensando en un niño que tiene un gran respeto y amor por su padre o madre y que realmente quiere complacerlos. Tiene temor o ansiedad de ofender a quien ama, no por miedo a una tortura, o incluso a un castigo, sino más bien porque tiene miedo de disgustar a aquel que es —en el mundo de ese niño—, la fuente de seguridad y amor.

Creo que esta distinción es muy útil debido a que el significado básico de temer al Señor que leemos en Deuteronomio está presente también en los libros de Sabiduría, donde se nos dice que “el temor del Señor es el principio de la sabiduría”. El enfoque aquí se centra en un sentido de admiración y respeto por la majestad de Dios. Esto es algo que a menudo falta en el cristianismo evangélico contemporáneo. Nos comportamos de una forma muy descarada y arrogante delante de Dios, como si tuviéramos una relación informal con el Padre. Se nos invita a llamarlo Abba, Padre, y a gozar de la intimidad personal con Él que nos ha sido prometida, pero sin ser impertinentes. Siempre debemos mantener un sano respeto y adoración hacia Él.

Un último punto: si realmente tenemos una sana adoración por Dios, deberíamos tener certeza también de que Dios puede ser aterrador. “¡Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo!” (Heb. 10:31). Como gente pecadora, tenemos todas las razones del mundo para temer el juicio de Dios; esto es parte de nuestra motivación para reconciliarnos con Dios.

 

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.