Los discípulos guardan los mandamientos de Cristo

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Los discípulos guardan los mandamientos de Cristo

Greg D. Gilbert

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie «Discipulado», publicada por la Tabletalk Magazine.

Cuando Jesús llamó por primera vez a Simón Pedro y a su hermano Andrés para Su obra, el mandato fue: «Seguidme». ​​Con el tiempo, aquellos que fueron tras Jesús y le siguieron fueron llamados Sus «discípulos», «estudiantes» o «seguidores». A lo largo de Su ministerio, Jesús dejó claro a Sus oyentes que ser Su discípulo no era simplemente recibir una educación o incluso adherirse a un conjunto de principios o estipulaciones éticas. Ser un discípulo de Jesús significaba reconocerlo por lo que realmente era: el Hijo de Dios encarnado, el tan esperado Mesías, y, por lo tanto, reorientar la vida para que se ajuste a los estándares de Su reino celestial.

Nuestra obediencia a Jesús es una de las características que nos distingue como aquellos que realmente le aman.

En Juan 14:15, Jesús dice a Sus discípulos esta verdad de manera llana: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Esta puede parecer una afirmación sencilla, incluso simplista, pero si la miramos de cerca, nos damos cuenta de que nos enseña mucho sobre lo que significa ser un verdadero discípulo de Jesús. Lo primero que hay que notar es que la motivación para la obediencia cristiana es y debe ser el amor, no el miedo. Como cristianos, queremos obedecer a Jesús no porque tengamos miedo de que recibiremos juicio si no lo hacemos, sino porque reconocemos quién Él es y lo que ha hecho por nosotros, y eso a su vez hace nacer en nuestras almas un profundo deseo de honrarlo con nuestras vidas. Como dice Juan en su primera epístola: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1 Jn 4:19), y es esa fuente de amor la que se desborda con un deseo de obedecerle.

Segundo, nota que en Juan 14:21, Jesús pone esta verdad en orden invertido: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama”. En otras palabras, nuestra obediencia a Jesús es una de las características que nos distingue como aquellos que realmente le aman. Como Jesús dice en otro lugar: «Porque por el fruto se conoce el árbol» (Mt 12:33).

Tercero, nota que esta obediencia que rendimos a Jesús no es por nuestro propio poder. En el versículo siguiente, Jesús nos dice que pedirá al Padre que envíe a otro Consolador, al Espíritu Santo (Jn 14:16), y luego Pablo nos dice que es Este quien nos da el poder para hacer morir las obras de la carne y que está con nosotros en la tribulación, clamando que somos hijos de Dios (Rom 8:13-17).

Todo esto deja claro que cualquier acusación de antinomianismo en contra del cristianismo, es decir, que este es «contra la ley», es falsa e infundada. El mismo Pablo preguntó: “¿Qué diremos, entonces? ¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde? ¡De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (Rom 6:1-2). Nuestra salvación se basa, entera y completamente, en la justicia de Cristo, tanto en Su vida como en Su muerte, imputada a nosotros. Esa sola justicia es la base de nuestra justificación. Pero hay fruto espiritual evidente en aquellos que han sido justificados: un reconocimiento de Jesús como el Rey, y un amor lleno de gratitud hacia Él que produce un deseo lleno del Espíritu de seguirlo y obedecer Sus mandamientos.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Greg D. Gilbert
Greg D. Gilbert
El Dr. Greg D. Gilbert es el pastor principal de la Third Avenue Baptist Church en Louisville, KY. Es autor de varios libros.

Los medios ordinarios del discipulado

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Los medios ordinarios del discipulado

Mantle A. Nance

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie «Discipulado», publicada por la Tabletalk Magazine. 

En Hechos 2:42, Lucas proporciona un resumen de las formas en que los creyentes de la iglesia primitiva crecieron como discípulos. Él escribe: «Y se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración». Según Lucas, estos cristianos se consagraron a cuatro medios básicos por los cuales habían sido discipulados. Consideremos estos medios y la forma en que el Cristo resucitado todavía los usa hoy en la vida de Su pueblo.

Primero, Lucas nos dice que los discípulos primitivos se dedicaron a las «enseñanzas de los apóstoles». Debemos notar que Lucas elige caracterizar esta actividad en términos de devoción. En otras palabras, ellos hicieron del escuchar y estudiar la verdad tal como se revela en Jesucristo una prioridad, una parte regular e innegociable de sus vidas. Todavía hoy, la mayoría de los ministros te dirán que aquellos que hacen esto son los que, usualmente, llevan la vida cristiana más intensa y fructífera. Aquellos que asisten fielmente a la enseñanza pública de la Palabra con un hambre genuina son los discípulos que hacen discípulos. Cuando la Palabra es predicada con fidelidad, audacia y sabiduría en el poder del Espíritu, estos discípulos son equipados para ser fieles, audaces y sabios influenciadores de Cristo en cada esfera de sus vidas.

Sobrenaturalmente, incomprensiblemente, el Dios trino se comunica con nosotros, nos nutre, nos anima y nos equipa para ser discípulos a través de los sacramentos.

Lucas también habla de la devoción de los primeros discípulos “a la comunión». Nuestro Dios trino es el Dios de la comunión eterna, y nosotros, como aquellos hechos a Su imagen, fuimos creados para tener comunión con Él y con los demás. Nuestras vidas son deficientes sin un compañerismo genuino con otros, especialmente con otros que comparten nuestro amor por Cristo. A medida que nos animamos proactivamente unos a otros, el cuerpo de Cristo se edifica espiritualmente y, muy a menudo, numéricamente. Cuando somos conocidos por nuestro amor mutuo, aquellos que aún no han probado y visto que el Señor es bueno a menudo se vuelven curiosos y abiertos a escuchar más acerca del Jesús que está en el centro de toda nuestra comunión, y, por la gracia de Dios, también llegan a ser verdaderos partícipes de esa comunión.

Tercero, Lucas nos dice que la iglesia primitiva estaba dedicada “al partimiento del pan». Esto probablemente se refiere a su observancia de la Cena del Señor, lo cual hacían, junto con el bautismo (lee Hechos 2:41), de acuerdo con las instrucciones de Cristo. Metafóricamente, los sacramentos del bautismo y la Cena del Señor comunican el amor adoptivo del Padre, la gracia sacrificial del Hijo y la comunión vivificante del Espíritu de tal manera que transforman y equipan a los discípulos.

Los sacramentos, como la comunión de los santos, nos recuerdan que estamos destinados a reunirnos corporativamente para crecer como individuos. En una época donde somos tan bendecidos con tantos libros y sermones cristianos disponibles a través de Internet y de otros medios, los sacramentos nos mantienen regresando a la iglesia reunida, para la cual no hay sustituto. Dios se complace en encontrarse con Su pueblo reunido de una manera especial a través de nuestra observancia de los sacramentos.

En cuanto a la forma en que Cristo se encuentra con nosotros cuando participamos de la Cena del Señor por fe, incluso el erudito estudioso Juan Calvino tuvo que admitir: «Lo experimento en lugar de entenderlo». Sobrenaturalmente, incomprensiblemente, el Dios trino se comunica con nosotros, nos nutre, nos anima y nos equipa para ser discípulos a través de los sacramentos. No hay sustituto para ellos en la vida del discípulo.

Por último, pero no menos importante, Lucas nos dice que los primeros discípulos se dedicaron a «la oración». La oración corporativa ha sido referida como el último mandato de Cristo y la primera responsabilidad de la iglesia (ver Hechos 1:14). La iglesia primitiva conoció por experiencia propia el poder de la oración y se valió de este mientras los discípulos oraban por la llenura, la sabiduría, la guía y la audacia del Espíritu. Como dijo Spurgeon: «Las reuniones de oración fueron las arterias de la iglesia primitiva. A través de ellas corría el poder de sostener la vida».

«La oración» en Hechos 2:42 probablemente sea representativa de la adoración general de la iglesia primitiva. Todavía hoy, cuando la iglesia busca el rostro del Padre mediante la mediación del Hijo encarnado con la ayuda del Espíritu, el Dios trino se complace en habitar entre las alabanzas de Su pueblo para la gloria de Su nombre, la derrota de Sus enemigos. y la edificación de Su iglesia (ver 2 Cro 20:22; Sal 8: 2Col. 3:16).

Estos medios de gracia pueden parecer débiles a los ojos del mundo, pero a los ojos del Señor y del creyente que discierne, ellos son canales a través de los cuales los pecadores se relacionan con el Cristo resucitado y los discípulos son facultados para vivir vidas agradecidas que dan un maravilloso testimonio de su Salvador.

En lugar de confiar en la última innovación o novedad, sigamos los pasos de la iglesia primitiva y hagamos uso de estos medios ordinarios de gracia. Al hacerlo, Cristo equipará a Sus discípulos para hacer discípulos, y Su alabanza continuará extendiéndose hasta los confines de la tierra.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Mantle A. Nance
Mantle A. Nance
El Dr. Mantle A. Nance es pastor de la iglesia presbiteriana Ballantyne en Charlotte, N.C.

¿Qué es un discípulo?

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¿Qué es un discípulo?

Anthony Carter

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie «Discipulado», publicada por la Tabletalk Magazine.

La Biblia nos recuerda que los primeros seguidores de Jesucristo fueron llamados cristianos por primera vez cuando el testimonio de la fe llegó a la ciudad de Antioquía (Hch 11:25). Aunque inicialmente fue un término de burla, los seguidores de Cristo pronto abrazaron la designación cristianos porque los identificaba abierta y desvergonzadamente con Cristo. Pero antes de que el título de cristiano fuera ampliamente aceptado, ¿cómo eran llamados los primeros seguidores de Cristo? Simplemente los llamaban «discípulos». Discípulo era la referencia preferida para los creyentes. Pero, ¿qué es un discípulo?

En resumen, un discípulo es un estudiante. Un discípulo es aquel que se disciplina a sí mismo en las enseñanzas y prácticas de otro. La palabra discípulo, al igual que disciplina, proviene de la palabra latina discipulus, que significa «alumno» o «aprendiz». En consecuencia, aprender es disciplinarse uno mismo. Por ejemplo, si se quiere avanzar en las artes o las ciencias o el atletismo, uno tiene que disciplinarse y aprender y seguir los principios y fundamentos de los mejores maestros en esa área de estudio. Así fue y es con los discípulos de Cristo. Un discípulo sigue a Jesús.

Cuando Jesús llamó a Sus primeros discípulos, simplemente dijo: «Sígueme» (Mc 1:172:14Jn 1:43). Un discípulo es un seguidor, uno que confía y cree en un maestro y sigue sus palabras y ejemplo. Por lo tanto, ser un discípulo es estar en una relación. Es tener una relación íntima, instructiva e imitativa con el maestro. En consecuencia, ser un discípulo de Jesucristo es estar en una relación con Jesús, es buscar ser como Jesús. En otras palabras, seguimos a Cristo para ser como Cristo (1 Cor 11:1) porque como Sus discípulos, pertenecemos a Cristo. El discípulo de Jesús tiene ciertas características que son acordes con una relación con Jesús. ¿Cuáles son las cualidades de un discípulo de Cristo? ¿Cuáles son los rasgos de aquellos que siguen y son llamados discípulos de Cristo?

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo.

Un discípulo escucha a Jesús

Nadie puede decir que es un discípulo de un maestro a menos que esté listo para escucharlo. El mundo está inundado de maestros compitiendo por oyentes y seguidores. Escuchar a Jesús es lo que un discípulo cristiano hace . Cuando Jesús habla, el discípulo escucha. El discípulo se aferra a cada palabra del Maestro como si esa palabra fuera pan para el hambriento o agua para el sediento. Cuando Jesús se reunió con Sus discípulos en el Monte de la Transfiguración, Dios el Padre habló desde el cielo con un mandato claro: «Este es mi Hijo amado… a Él oíd» (Mt 17:5). No puedes ser cristiano y no escuchar a Jesús.

Un discípulo aprende de Jesús

Escuchar a Jesús no es suficiente. Un discípulo no escucha y luego se aleja como si las palabras del maestro no tuvieran impacto. Cuando Jesús llama a Sus discípulos, los llama a aprender y a escuchar. Cuando vienen, Él dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mat 11:29). El discípulo es un aprendiz, y las palabras de Cristo le son de peso. Cuando Jesucristo expulsó a los buscadores de panes y peces en el pasaje de Juan 6, se volvió hacia los doce discípulos y preguntó: «¿Acaso queréis vosotros iros también?» Pedro, hablando en nombre de los demás, respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6:68-69). Aprender de Cristo es el mayor deseo del discípulo. Es la base de todo lo que cree. Con gozo recibe las palabras de su Maestro. Estas son su pan de cada día. Medita en ellas día y noche (Sal 1:2).

Un discípulo obedece a Jesús

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo. El discípulo, el que realmente escucha y aprende, pondrá en práctica lo que aprende. Para el discípulo, la obediencia no es opcional. Jesús ha demostrado ser digno de toda obediencia. Aquellos que lo conocen mejor están más conscientes de esto. Cuando la boda en Caná se quedó sin vino, María (la madre de Jesús) les dijo a los sirvientes de la casa que buscaran a Jesús y «haced todo lo que Él os diga» (Jn 2:5). Ese fue un gran consejo. Poner en práctica las enseñanzas del Maestro es el fruto del verdadero discipulado. Jesús mismo declaró que aquellos que lo aman demuestran su amor por Él guardando Sus mandamientos (Jn 14:212315:10).

Algunos tratan de hacer una distinción entre ser un discípulo y ser un cristiano. Sin embargo, la Biblia nunca hace tal distinción. Antes de ser llamados cristianos, fueron llamados discípulos. Ser un discípulo de Cristo es ser un cristiano. Ser cristiano es confiar en Cristo, escuchar a Cristo, aprender de Cristo y obedecer a Cristo. En consecuencia, ser cristiano es ser un discípulo. Fue así en el comienzo y así sigue siendo hoy.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Anthony Carter
Anthony Carter
El reverendo Anthony Carter es pastor de East Point Church en East Point, Ga. Es autor de varios libros, incluido Blood Work.

El mandato del discipulado

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El mandato del discipulado

R.C.Sproul

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie «Discipulado», publicada por la Tabletalk Magazine. 

Algunos años atrás, en el condado donde trabajaba como pastor asociado, unas iglesias evangélicas decidieron unirse para patrocinar una campaña evangelística. Serví como líder del comité de organización de dicha campaña y tomamos la decisión de invitar a un predicador de radio bien reconocido para que fuese el evangelista. Miles de personas asistieron a la primera noche de campaña. Nunca olvidaré la invitación del predicador al final de su sermón.

Primeramente invitó a pasar al frente a todos los que habían aceptado a Cristo como su Señor y Salvador. Unas treinta o cuarenta personas pasaron al frente. Luego dijo algo que me asombró. Invitó a pasar a todos aquellos que ya eran cristianos pero que nunca habían sido discípulos de Cristo. Para mi sorpresa, muchos creyentes, algunos a quienes conocía muy bien, pasaron al frente pensando que en ese instante se estaban haciendo discípulos de Jesucristo por primera vez.

Esta segunda invitación me perturbó. En esencia, el predicador estaba enseñando que hay dos tipos de cristianos: los convertidos y los discípulos. Conforme a su enseñanza, los convertidos son los que confían en Cristo como su Salvador; discípulos son aquellos que toman un paso posterior para seguir a Cristo como su Señor. Técnicamente, alguien podría convertirse y ser cristiano sin ser un discípulo. No obstante, en los evangelios, Jesús no hace tal distinción. Ser cristiano es ser discípulo; ser discípulo es ser cristiano.

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos.

Precisamente eso es lo que Jesús le recuerda a Sus discípulos en la Gran Comisión al final del evangelio de Mateo. Nota lo que dice Jesús: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (Mat. 28:19). El imperativo de Jesús no es de convertir personas sino de hacer discípulos. En otras palabras, para el cristiano no es opcional el seguir y obedecer a Cristo. El apóstol Juan es aún más franco cuando escribe: “El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda Sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él” (1Jn. 2:4).

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos. Nuestros primeros pasos como cristianos, aunque a menudo pequeños y titubeantes, son pasos que siguen a nuestro Salvador.

Me temo que mucho de lo que podríamos llamar cristianismo evangélico ha perdido de vista esta verdad importante. Muchos se han dejado engañar al pensar que por tan solo haber orado una oración, firmado una tarjeta o pasado al altar ya tienen el cielo garantizado. Pero Jesús nos pide algo más. Jesús nos exige confiar en Él con nuestras vidas. Jesús nos exige seguirle (Lc. 9:23). En pocas palabras, Jesús exige que seamos Sus discípulos.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Grant R. Castleberry
Grant R. Castleberry
El reverendo Grant R. Castleberry es pastor de discipulado en Providence Church en Frisco, TX., y está cursando su doctorado en historia de la iglesia y teología sistemática en el The Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY.

El significado de la voluntad de Dios

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El significado de la voluntad de Dios

R.C.Sproul

Perdida en el País de las Maravillas, Alicia llegó a una bifurcación en el camino. Mientras permanecía congelada por la indecisión, sentía la punzada de un gélido pánico. Levantó la mirada hacia el cielo en busca de orientación. Su mirada no encontró a Dios, solo al gato de Cheshire que la acechaba desde lo alto del árbol.

—¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?

—Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar —dijo el Gato.

—No me importa mucho el sitio… —dijo Alicia.

—Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes —dijo el Gato

Al cristiano sí le importa el destino. Somos un pueblo peregrino. Si bien no deambulamos en un desierto camino a la Tierra Prometida, buscamos un país mejor, una ciudad eterna cuyo constructor y creador es Dios. Un día Él nos llevará a casa a Su reino.

Buscar la voluntad de Dios puede ser un ejercicio de piedad o impiedad, un acto de humilde sumisión o indignante arrogancia, dependiendo de qué voluntad de Dios es la que buscamos.

Por lo tanto, el destino último está claro. Estamos seguros de que hay un futuro glorioso para el pueblo de Dios. Sin embargo, ¿qué hay con el mañana? Nos sentimos ansiosos por el futuro inmediato, tal como les ocurre a los incrédulos. Desconocemos los pormenores de nuestro futuro personal. Al igual que los niños, preguntamos: “¿Seré feliz? ¿Seré rico? ¿Qué me sucederá?”. Debemos caminar por fe y no por vista.

Siempre que ha habido gente, ha habido agoreros y adivinos explotando nuestras ansiedades. Si la prostitución es la profesión más antigua del mundo, la adivinación sin duda es la segunda más antigua. “Háblame del mañana” es la súplica del especulador de la bolsa de valores, el empresario competitivo, los pronosticadores deportivos, y la joven pareja enamorada. El estudiante se pregunta “¿iré a graduarme?”. El gerente reflexiona “¿seré ascendido?”. La persona en la sala de espera del doctor aprieta las manos y se pregunta “¿será cáncer o indigestión?”. La gente ha examinado vísceras de lagartija, pieles de serpientes, huesos de búhos, la tabla ouija, el horóscopo diario, y las predicciones de los analistas deportivos, todo ello para ganar un pequeño margen de certeza contra un futuro desconocido.

El cristiano siente la misma curiosidad, pero plantea la pregunta de otra manera. Él pregunta: “¿Cuál es la voluntad de Dios para mi vida?”. Buscar la voluntad de Dios puede ser un ejercicio de piedad o impiedad, un acto de humilde sumisión o indignante arrogancia, dependiendo de qué voluntad de Dios es la que buscamos. Tratar de mirar detrás del velo aquello que a Dios no le ha placido revelar es inmiscuirse en cosas santas que no nos incumben. Juan Calvino dijo que cuando Dios “cierra su santa boca”, deberíamos desistir de hacer preguntas (Commentaries on the Epistle of Paul the Apostle to the Romans, trad. y ed. John Owen [reimp., Grand Rapids, Mich.: Baker Book House. 2003], 354).

Por otra parte, Dios se deleita en escuchar las oraciones de Su pueblo cuando individualmente preguntan: “¿Señor, qué quieres que yo haga?”. El cristiano se vuelca hacia Dios en busca de Sus instrucciones, tratando de saber qué rumbo le agrada. Esta averiguación de la voluntad de Dios es una búsqueda santa, una indagación que la persona piadosa debe emprender vigorosamente.

Este extracto se toma del folleto, ¿Puedo conocer la voluntad de Dios? por R. C. Sproul (Poiema Publicaciones, 2017)

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

¿Cuándo una iglesia deja de ser iglesia?

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¿Cuándo una iglesia deja de ser iglesia?

R.C.Sproul

¿Cuándo una iglesia deja de ser iglesia? Esta pregunta ha recibido varias respuestas a lo largo de la historia, dependiendo de la perspectiva y evaluación de ciertos grupos. No existe una interpretación rígida sobre lo que constituye una iglesia verdadera. Sin embargo, en la ortodoxia cristiana clásica han surgido ciertos estándares que definen lo que llamamos el cristianismo “católico” o universal. Este cristianismo universal apunta a las verdades esenciales que han sido expresadas históricamente en los credos del primer milenio y son parte de la confesión de prácticamente cada denominación cristiana en la historia. Entonces, hay al menos dos formas en las que un grupo religioso falla en cumplir con los estándares de ser una iglesia.

‪La primera es cuando caen a la apostasía. La apostasía ocurre cuando una iglesia deja sus amarres históricos, abandona su posición confesional histórica, y se degenera a un estado en el cual las verdades cristianas esenciales son negadas descaradamente, o la negación de tales verdades es ampliamente tolerada.

La caída de una iglesia a la apostasía debe diferenciarse de aquellos grupos que nunca alcanzaron en realidad el estatus de una iglesia viable.

Otra prueba de la apostasía es a nivel moral. Una iglesia se convierte en apóstata de facto cuando sanciona y fomenta pecados graves y atroces. Tales prácticas se pueden encontrar hoy en ciertos sistemas de denominaciones controversiales, tales como los conocidos episcopalismo y presbiterianismo tradicionales, los cuales se han alejado de sus amarras confesionales históricas, así como su posición confesional sobre cuestiones éticas básicas. (Nota del editor: Estas denominaciones han apoyado el matrimonio homosexual y aun permitido la ordenación de homosexuales hombres y mujeres).

La caída de una iglesia a la apostasía debe diferenciarse de aquellos grupos que nunca alcanzaron en realidad el estatus de una iglesia viable. De manera particular, nos referimos a las sectas heréticas. Aquí una vez más no encontramos ninguna definición rígida universal sobre lo que constituye una secta. El término tiene más de un significado o denotación. Por ejemplo, todas las iglesias que practican ritos y rituales tienen en su núcleo una preocupación por su “cultus” o “culto”. El “cultus” es el cuerpo organizado de la adoración que se encuentra en cualquier iglesia. Sin embargo, esta dimensión puede ser distorsionada a tal grado que el uso del término “culto” es aplicado en su sentido peyorativo. Por ejemplo, el diccionario puede definir el término “culto” como una religión que es considerada falsa, poco ortodoxa, o extremista. Cuando hablamos de cultos en este sentido, lo que viene a la mente son las distorsiones radicales en grupos marginales, como el fenómeno de Jonestown. Allí un grupo de devotos se sometieron a su líder megalómano, Jim Jones, e ilustraron su devoción a tal grado que voluntariamente se sometieron a la orden de Jones de suicidarse. Esto muestra el comportamiento extremista de las sectas.

Vale la pena notar que casi cualquier compendio que trata con la historia de las sectas incluirá dentro de sus estudios las grandes masas de la religión, tales como los mormones y testigos de Jehová. Sin embargo, el tamaño y la permanencia de estos grupos tienden a darles más credibilidad al paso del tiempo y a medida que más gente se asocia con sus creencias. Cuando miramos a grupos, tales como los mormones y los testigos de Jehová, encontramos elementos de verdad en sus confesiones. Sin embargo, al mismo tiempo, expresan claras negaciones de lo que históricamente podrían ser consideradas verdades esenciales de la fe cristiana. Esto ciertamente incluye su descarada negación de la deidad de Cristo. Los testigos de Jehová y los mormones tienen esta negación en común. Aunque ambos colocan a Jesús en algún tipo de posición exaltada en sus respectivos credos, Él no alcanza el nivel de deidad. Los dos grupos consideran a Cristo una criatura exaltada. Siguiendo la línea de pensamiento del antiguo hereje Arrio, los mormones y testigos de Jehová sostienen que el Nuevo Testamento no enseña la deidad de Cristo; más bien, ellos argumentan que enseña que Él es el primogénito exaltado de toda la creación. Dicen que Él es la primera criatura hecha por Dios, a quien luego se le dio poder superior y autoridad sobre el resto de la creación. Aunque Jesús es exaltado en tal cristología, todavía está muy lejos de la ortodoxia cristiana que confiesa la deidad de Cristo. Los pasajes en el Nuevo Testamento que se refieren a Jesús como siendo “engendrado” y “el primogénito de la creación” se utilizan incorrectamente para justificar esta definición de Cristo como criatura.

En los tres primeros siglos de la historia cristiana, el pasaje bíblico que dominó la reflexión sobre la comprensión de Cristo en la iglesia fue el prólogo del Evangelio de Juan. Este prólogo afirma que Cristo es el “Logos”, o la Palabra eterna de Dios. Juan declara en su Evangelio que el Logos estaba “con Dios en el principio, y era Dios”. Este “con Dios” sugiere una distinción entre el Logos y Dios, pero la identificación por el verbo que une “era” indica una identidad entre el Logos y Dios. La forma en que los mormones y los testigos de Jehová y otros grupos niegan esta verdad es por la substitución del artículo determinado en el texto por el artículo indeterminado, lo que hace que el Logos sea “un dios”. Con el fin de forzar esta interpretación del texto, uno debe afirmar previamente alguna forma el politeísmo. Tal politeísmo es totalmente ajeno a la teología judeocristiana, donde la deidad se entiende en términos monoteístas.

La amenaza de las distorsiones de las sectas es algo con lo que la iglesia tendrá que luchar en cada generación y en cada época. También es importante entender que incluso las iglesias legítimas pueden encontrar en su interior prácticas que reflejan el comportamiento de las sectas. Las sectas pueden surgir dentro de las estructuras de ciertas iglesias. En la comunión romana, por ejemplo, vemos en Haití una mezcla de teología católica romana con las prácticas del culto vudú. También en esa misma comunión no hay duda de que grandes grupos de personas veneran a María a un grado que va más allá de los límites defendidos por la propia iglesia, degenerando su adoración en una mentalidad de secta. Pero tal puede ser el caso entre los luteranos, presbiterianos, o cualquier grupo, cuando la ortodoxia es sacrificada por la devoción a los ídolos.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

La gracia de la fe

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La gracia de la fe

R.C.Sproul

Una vez tuve una conversación con una mesera acerca de cuán maravilloso es vivir en Florida, particularmente durante los meses fríos del año. Esta joven indicó que era del norte, pero dijo: “No regresaría al norte ni para salvar mi alma”. Yo le dije: “Bueno, tú y yo diferimos en este punto. Tampoco tengo ningún deseo de volver al norte, pero si significara la salvación de mi alma, no dudaría en regresar”.

Cuando decimos: “No haría esto o aquello ni para salvar mi alma”, estamos hablando de manera jocosa. Me atrevo a decir que aquellos que usan esa frase no han pensado seriamente en el significado literal de sus palabras. No están haciendo ningún tipo de declaración acerca de sus almas. Simplemente están usando una expresión popular.

Aquellos que son salvos son habilitados o capacitados para creer con el fin de la salvación de sus almas.
Pero en el siglo diecisiete, la iglesia y la gente en general estaban muy preocupadas con la salvación del alma humana. La Confesión de Fe de Westminster manifiesta esta preocupación, estableciendo los requerimientos bíblicos para la salvación con cierto detalle. En el capítulo 14, la confesión muestra el prerrequisito clave para la salvación. El título del capítulo es “De la Fe Salvadora”, y comienza con estas palabras: “La gracia de la fe, por la cual se capacita a los elegidos para creer para la salvación de sus almas, es la obra del Espíritu de Cristo en sus corazones…”

Presta mucha atención a aquellas primeras cinco palabras. La confesión no habla simplemente de fe. Más bien, pone nuestra atención en “la gracia de la fe”. Llama a la fe una gracia porque viene a nosotros como un regalo de Dios; algo que no podemos comprar, obtener o merecer en ninguna manera. La definición usual que tenemos en teología para gracia es “favor inmerecido de Dios”. Así que la fe es la manifestación de la gracia de Dios. En pocas palabras, aquellos que son salvos son habilitados o capacitados para creer con el fin de la salvación de sus almas. La fe no es vista como un logro del espíritu humano. De hecho, la fe no es algo ejercido de manera natural por un ser humano caído.

Aquí radica el punto crucial del asunto que provoca tanta controversia en teología. Por un lado, Dios requiere fe, y aún así por otro lado, las Escrituras dicen que nadie puede ejercer fe salvadora a menos que Dios haga algo sobrenatural para habilitarlo o capacitarlo para ello.

 

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

¿Puede el diablo leer mi mente?

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¿Puede el diablo leer mi mente?

R.C.Sproul

No tengo certeza ni tampoco tengo un conocimiento exhaustivo de los poderes de Satanás. Sé que Satanás tiene más poder que el que uno encuentra normalmente entre los seres humanos. Al mismo tiempo, sé que Satanás no es divino; él no es Dios, no tiene poderes o atributos divinos. Él es una criatura con las limitaciones que normalmente se encuentran en la creación. Él es un ángel.

Una pregunta similar sería, ¿Puede Satanás estar en más de un lugar al mismo tiempo? Yo estaría inclinado a decir que no.

La Biblia no nos provee una lista exhaustiva de los poderes de los ángeles. Ellos son más poderosos que las personas pero mucho menos poderosos que Dios. Obviamente Dios puede leer tu mente. Dios es omnisciente. Él conoce tus pensamientos mientras los piensas: “Aun antes de que haya palabra en mi boca, Oh Señor, Tú ya la sabes toda” (Sal. 139:4). Dado que Dios es un ser sobrenatural y puede leer nuestras mentes, la tendencia de los cristianos es a pensar que Satanás, siendo un ser sobrenatural también, debe ser capaz de leer nuestras mentes también. Pero los poderes de Satanás no son iguales a los de Dios.

Una pregunta similar sería, ¿Puede Satanás estar en más de un lugar al mismo tiempo? Yo estaría inclinado a decir que no. Yo dudo que en mi tiempo de vida alguna vez tenga que preocuparme de que Satanás esté leyendo mi mente, porque probablemente nunca me lo encontraré. Él solo puede estar en un lugar al mismo tiempo. Es una criatura, y las criaturas están por definición limitadas al tiempo y espacio. Así que Satanás no puede estar en más de un lugar al tiempo. Él tiene a todos sus asistentes menores, y puede enviar a uno de ellos para atormentarme y para tentarte y acusarte, pero va a guardar su tiempo y energía para personas de mayor influencia que la mía.

Satanás enfocó sus ataques en Jesús en el Nuevo Testamento. En la Tentación, entró en diálogo con Jesús. Sabía lo que Jesús estaba pensando por lo que Jesús decía. Pero fuera de eso, no veo ninguna razón para creer que pueda leer tu mente o la mía. Claro, eso no necesariamente es un poder divino. Tal vez él pueda ser capaz de hacerlo. Pero no tengo ninguna razón para creer que pueda.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

 

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Cristo y el amor al prójimo

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Cristo y el amor al prójimo

J.R. Vassar

Nota del editor: Este es el séptimo y último capítulo en la serie «Amando a nuestro prójimo», publicada por la Tabletalk Magazine. 

En «Los Hermanos Karamazov», de Fyodor Dostoevsky, se desarrolla una poderosa escena entre el padre Zósimo, el obispo que vive en el monasterio y sirve como mentor de Aliocha, y una dama que se acerca a él para pedirle consejo. Ella le confiesa que teme que no puede «amar activamente» porque a menudo sus motivos son malos. El padre Zósimo responde a su preocupación haciendo referencia a una confesión similar que había escuchado muchos años antes de la boca de un médico.

“Amo a la humanidad», dijo, «pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente. Más de una vez» –dijo– «he soñado apasionadamente con servir a la humanidad, y tal vez incluso habría subido al calvario por mis semejantes, si hubiera sido necesario; pero no puedo vivir dos días seguidos con una persona en la misma habitación: lo sé por experiencia. Cuando noto la presencia de alguien cerca de mí, siento limitada mi libertad y herido mi amor propio. En veinticuatro horas puedo tomar ojeriza a las personas más excelentes: a una porque permanece demasiado tiempo en la mesa, a otra porque está acatarrada y no hace más que estornudar. Apenas me pongo en contacto con los hombres, me siento enemigo de ellos», dijo. «Sin embargo, cuanto más detesto al individuo, más ardiente es mi amor por el conjunto de la humanidad».

El padre Zósimo concluye su consejo diciendo:

“Lamento no poder decirle nada más consolador, pues el amor activo, comparado con el amor contemplativo, es algo cruel y espantoso. El amor contemplativo está sediento de realizaciones inmediatas y de la atención general. Uno está incluso dispuesto a dar su vida con tal que esto no se prolongue demasiado, que termine rápidamente y como en el teatro, bajo las miradas y los elogios del público. El amor activo es trabajo y tiene el dominio de sí mismo; para algunos es una verdadera ciencia”.

Hay una gran diferencia entre el amor contemplativo y el amor en acción, entre el ideal del amor y su demostración práctica. El amor contemplativo es fácil y no requiere nada de nosotros más que imaginación, mientras que el amor activo es exigente, demanda que nuestra imaginación se ejercite y encuentre expresión a través de nuestro cuerpo. El amor contemplativo es una idea romántica que se desarrolla en nuestra mente con un público admirador ficticio, pero el amor activo es un drama real que requiere presencia y perseverancia. Cuando Jesús y los autores del Nuevo Testamento resumen la ley como amar a Dios y amar a nuestro prójimo, tienen en mente el amor activo.

El apóstol Juan nos llama al amor activo cuando escribe: «Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Jn 3:18). El amor se hace visible al llevar a cabo las demandas severas que requiere. Jesús nos mostró perfectamente este tipo de amor y desea obrarlo en nosotros y a través de nosotros. Pero amar a nuestro prójimo con este amor activo es, como dice el padre Zósimo, «algo cruel y espantoso», y requerirá la ayuda del Espíritu Santo.

Jesús amó a Sus discípulos hasta el final, incluso cuando manifestaron corazones duros, mentes torpes y un carácter débil.

El amor activo es específico

Jesús no solo amaba a la gente en general y a distancia. Amaba a la gente de manera personal y cercana. Su amor no era un vago sentimiento hacia las masas sino un amor tangible dirigido a personas particulares. Él amó a Su familia, sometiéndose a Sus padres terrenales mientras crecía bajo su autoridad (Lc 2:51). Mostró amor por Su madre en Sus momentos de agonía al confiar su bienestar a Su amigo y discípulo Juan (Jn 19:26-27). Jesús amó a Sus discípulos hasta el final, incluso cuando manifestaron corazones duros, mentes torpes y un carácter débil. Él amó a Sus enemigos, no rivales desconocidos en tierras lejanas, sino personas de su misma comunidad que le hacían oposición de manera agresiva, le calumniaban y le rechazaban violentamente (Lc 4:16-30). Jesús amó a personas con nombres, historias y necesidades específicas. Buscó conocer esos nombres, ser parte de esas historias y satisfacer esas necesidades. Sanó a la suegra de un amigo (Mc 1:29-31). En compasión, tocó y sanó a un leproso. Alimentó a los hambrientos, curó a los enfermos, dio vista a los ciegos, liberó a los oprimidos y enseñó a las multitudes que eran como ovejas sin pastor.

El amor contemplativo no requiere que uno realmente entre en la vida y el dolor de otro. Pero el amor activo es tangible en su expresión. Está dirigido a personas reales y busca aliviar necesidades reales. Nos demanda ir más allá del sentimiento por los desconocidos, sino acoger al otro, conocerlo, escucharlo y ayudarlo.

El amor activo es sacrificial

El hombre contemporáneo está abiertamente comprometido con el «individualismo expresivo». Este dogma cultural cree que la persona verdaderamente feliz es la que está libre de responsabilidades, libre para perseguir sus sueños, seguir su corazón y vivir sus más profundos deseos, echando a un lado a cualquier persona o entidad que pueda restringir esa búsqueda. La felicidad es el objetivo, y sacrificarse a sí mismo se considera traición, la forma más segura de arruinar la felicidad propia.

Pero para amar verdaderamente, tenemos que limitar voluntariamente nuestras libertades. El amor «no busca lo suyo» (1 Co 13:5) sino que considera las necesidades de los demás. El amor contemplativo no requiere en realidad la muerte del yo, el sacrificio de las libertades o el llevar las cargas de los demás. Sin embargo, amar «de hecho y en verdad» a menudo requiere que desechemos nuestras propias preferencias, comodidades y calendarios por el bien de otro. En nuestros matrimonios, familias, iglesias, amistades y vecindarios, si queremos amar verdaderamente, tenemos que poner el bien del otro por encima del nuestro. No podemos vivir la visión de autonomía e individualismo radical y experimentar las profundidades del amor, porque el amor, por su propia naturaleza, impone restricciones en nuestras vidas.

Jesús modeló esta verdad. «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20:28). Él no vino a hacer Su propia voluntad, sino la voluntad del Padre (Jn 6:38). Se negó a exigir Su propia voluntad, sino que a causa del amor se sometió a la voluntad del Padre y al bien eterno de aquellos a quienes vino a salvar. Jesús con gusto tomó nuestras cargas y las llevó a la cruz. La muerte sustitutiva de Cristo se convierte en el modelo de amor para la comunidad cristiana. Pablo nos exhorta a «[andar] en amor, así como Cristo también os amó y se dio a sí mismo por nosotros» (Ef. 5:1-2). Si queremos amar a nuestro prójimo como Jesús nos ha amado, debemos renunciar a la autonomía y la libertad egocéntrica y recibir gozosamente las restricciones y cruces que el amor introduce. Debemos dar la bienvenida a las interrupciones e inconvenientes que el amor sacrificial requiere de nosotros.

El amor activo a menudo no es recíproco

El amor contemplativo espera una recompensa inmediata. Ansía ser apreciado, afirmado y celebrado por los esfuerzos que hace, y se cansa cuando el reconocimiento tarda en llegar. Pero el amor activo trabaja y persevera aun cuando no es correspondido.

El amor cristiano no fluctúa según el retorno de la inversión. El amor de Jesús fue y es repudiado, rechazado y no correspondido. Sin embargo, Él es firme en Su amor y no lo niega ni siquiera a las personas que constantemente lo rechazan.

Amar a nuestros amigos, familias y vecinos, como Jesús nos ama, exige la renuncia a los requisitos que naturalmente le otorgamos a los destinatarios de nuestro amor. El amor activo y concreto significa que seguimos amando incluso cuando ese amor es despreciado y no valorado. Nuestro amor debe ser cruciforme, moldeado por la cruz. La cruz no fue solo la manifestación del amor de Dios en Cristo, también fue el rechazo de la humanidad al amor de Dios en Cristo, y la imagen perfecta de la vitalidad de ese amor aún frente al rechazo. Cuando amamos a los demás y nuestro amor es encontrado con ira, amargura, ingratitud o presunción, nuestra visión de Jesús continuamente orando por Sus verdugos mientras lo crucificaban sirve para sustentar nuestro amor.

El amor activo produce belleza en nosotros

Dios desea hacernos más como Jesús. Él nos ha dado el Espíritu Santo para conformarnos a la imagen de Jesús para que podamos llegar a ser más y más lo que Dios quiere que seamos. Al darnos en amor a nuestro prójimo, el Espíritu Santo cultiva nuestra humanidad y produce belleza en nosotros. Esa belleza no vendrá al simplemente imaginarnos actos de amor sino mediante el ejercicio repetitivo del amor desinteresado. Nuestro carácter se forja por los actos que repetimos. Cuando elegimos una y otra vez limitar nuestras libertades en amor sacrificial hacia personas en particular que quizá lo rechacen, nos transformamos en un cierto tipo de persona, un pueblo que ama como Jesús amaba.

No somos justificados por nuestro amor. El mensaje del evangelio no es «ama como Jesús». Jesús murió la muerte que Él murió porque no podemos vivir la vida que Él vivió. Somos justificados solo por la fe en Su obra terminada. Pero aquellos que son justificados por la fe reciben el glorioso llamado de vivir y amar como Jesús, confiando en que Su Espíritu es suficiente para fortalecer nuestros esfuerzos y que Su gracia es suficiente para perdonar nuestros fracasos.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
J.R. Vassar
J.R. Vassar
El Rev. J.R. Vassar es el pastor principal de Church at the Cross [La iglesia en la cruz], en Grapevine, TX.

¿Cuál fue el propósito de Dios en la cruz?

Ministerios Ligonier

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¿Cuál fue el propósito de Dios en la cruz?

R.C. Sproul

La doctrina de la expiación limitada (también conocida como “expiación definitiva” o “redención particular”) dice que la expiación de Cristo fue limitada (en su alcance y objetivo) a los elegidos; Jesús no redimió los pecados de todo el mundo en la tierra. En mi denominación examinamos hombres jóvenes que entran al ministerio, e invariablemente alguien le preguntará a un estudiante, “¿Crees en la expiación limitada?” El estudiante responderá diciendo: “Sí, yo creo que la expiación de Cristo es suficiente para todos y eficiente para algunos”, es decir, el valor de la muerte de Cristo en la cruz fue lo suficientemente grande como para cubrir todos los pecados de todas las personas que han vivido, pero que solo se aplica a aquellos que ponen su fe en Cristo. Sin embargo, esa declaración no llega al verdadero corazón de la controversia, que tiene que ver con el propósito de Dios en la cruz.

La implicación de la posición no reformada es que Dios no sabe de antemano quién va a ser salvo.

Hay básicamente dos maneras de entender el plan eterno de Dios. Una comprensión es que, desde toda la eternidad, Dios tuvo el deseo de salvar el mayor número posible de personas de la raza humana caída, por lo que Él concibió un plan de la redención a través del cual Él enviaría a su Hijo al mundo para ser el portador del pecado para la gente caída. Jesús iría a la cruz y moriría por todos los que en algún momento depositarían su confianza en él. Así que el plan fue provisional —Dios proveyó expiación para todos los que se apropian de ella, esto es, para todos los que creen—. La idea es que Jesús murió potencialmente por todos, pero es teóricamente posible que todo esto fuera en vano, ya que todos, hasta la última persona en el mundo, podría rechazar la obra de Jesús y optar por permanecer muerto en sus delitos y pecados. Por lo tanto, el plan de Dios podría haberse frustrado ya que nadie podría aprovecharlo. Esta es la opinión que prevalece en la iglesia de hoy, que Jesús murió por todos provisionalmente. En el último análisis, si la salvación sucede, esto depende de cada persona individualmente.

La idea reformada entiende el plan de Dios de manera diferente. Dice que Dios, desde la eternidad pasada, ideó un plan que no era provisional. Era un plan “A”, sin un plan “B” a seguir si no funcionaba. Bajo este plan, Dios decretó que Él salvaría a un cierto número de personas de la humanidad caída, la gente a quien la Biblia llama los elegidos. Con el fin de que este plan de elección funcionara en la historia, Él envió a su Hijo al mundo, con el objetivo y el diseño específicos de lograr la redención de los elegidos. Esto se logró a la perfección, sin que una gota de la sangre de Cristo se desperdiciara. Todo el mundo que el Padre escogió para salvación será salvo a través de la expiación.

La implicación de la posición no reformada es que Dios no sabe de antemano quién va a ser salvo. Por esta razón, hoy hay teólogos diciendo: “Dios salva a tantas personas como le sea posible”. ¿Cuánta gente puede salvar Dios? ¿A cuántas personas tiene Él el poder para salvar? Si Él es realmente Dios, tiene Él el poder para salvar a todas las personas. ¿A cuántas personas tiene Él la autoridad para salvar? ¿No puede Dios intervenir en la vida de alguien, tal como lo hizo en la vida de Moisés, la vida de Abraham, o la vida del apóstol Pablo, para ponerlas en una relación de salvación con Él? Ciertamente Él tiene el derecho a hacer eso.

No podemos negar que la Biblia habla de Jesús muriendo por “el mundo”. Juan 3:16 es el primer ejemplo de un verso que utiliza este lenguaje. Pero hay un punto de vista de contrapeso en el Nuevo Testamento, incluyendo el Evangelio de Juan, que nos dice que Jesús dio su vida no por todos, sino por sus ovejas. Aquí, en el Evangelio de Juan, Jesús habla de sus ovejas como aquellos que el Padre le ha dado.

En Juan 6, vemos que Jesús dijo: “Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me envió” (v. 44a), y la palabra traducida como “traer” adecuadamente significa “obligar”. Jesús también dijo en ese capítulo, “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí” (v. 37a). Su punto fue que todos aquellos a quienes el Padre ha designado para venir a su Hijo, vendrían, nadie más. Por lo tanto, tu salvación, de principio a fin, se basa en el decreto soberano de Dios, quien decidió en su gracia tener misericordia de ti, no porque vio cumplido en ti algo que demandaba, sino por el amor del Hijo . La única razón que puedo dar bajo el cielo de por qué soy cristiano, es porque soy un regalo del Padre al Hijo, no por lo que he hecho o podría hacer.

 

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.