Amando a los difíciles de amar

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Amando a los difíciles de amar

Dan Matsche

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie «Amando a nuestro prójimo», publicada por la Tabletalk Magazine. 

«¡Enciérrenlos y tiren la llave! ¡Son solo una amenaza para la sociedad! ¿De quién se está hablando aquí? De hombres, mujeres y jóvenes encerrados detrás de los barrotes y las paredes de nuestras cárceles y prisiones. Ellos son realmente difíciles de amar. Sin embargo, estamos llamados a ir a ellos y mostrarles el amor de Jesucristo.

¿Hay algún ejemplo bíblico de amar al difícil de amar? Hay muchos ejemplos, pero considero que uno que se destaca de una manera especialmente poderosa, mostrándonos el amor que Dios tiene por los que son difíciles de amar, se trata de un hombre llamado Ananías. Muchas personas nunca han oído hablar de él, pero Ananías fue usado maravillosa y poderosamente por Dios para amar a un hombre muy difícil de amar llamado Saulo de Tarso.

Hechos 9 cuenta la historia de cómo Saulo se dirigía a Damasco para hacer cosas terribles a los seguidores de Jesús, incluso asesinarlos. Él no era exactamente alguien fácil de amar. Ananías, siendo un seguidor de Jesús, era objeto de la ira de Saulo. Pero Dios le habló a Ananías y le dijo que fuera a Saulo. Y mira la respuesta de Ananías a Dios: “Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuánto mal ha hecho a tus santos en Jerusalén, y aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre» (Hch 9:13-14). Nosotros pudiéramos Podríamos decir: «Señor, ¿estás bromeando conmigo? Ir a hablar con un criminal que está fuera de control y a punto de hacer cosas horribles, ¿en serio?

Ahora mira la respuesta de Dios a Ananías en el versículo 15: «Pero el Señor le dijo: Ve, porque él me es un instrumento escogido, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel». Esto debería ayudarnos a entender que hay instrumentos escogidos por Dios detrás de los barrotes y las paredes de la prisión, y es nuestro honor y privilegio compartir la verdad de la Palabra de Dios con ellos.

Algunos de los mejores hombres que conozco fueron algunos de los hombres más despreciables que haya conocido.

Lo que sucedió después

Ahora somos testigos del resultado de la obediencia de Ananías al amar al difícil de amar:

Ananías fue y entró en la casa, y después de poner las manos sobre él, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.. . . Y enseguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas, diciendo: Él es el Hijo de Dios. (vr. 17, 20)

¿Qué fue lo que pasó aquí? El evangelio hizo lo que hace el evangelio. El evangelio transforma vidas, y transformó la vida de Pablo para siempre.

He visto esto suceder en la prisión de manera regular. Déjame darte un par de ejemplos.

Recientemente, un joven entró a mi oficina en la prisión con un pedazo de papel y comenzó a explicarme qué contenía. Él dijo: «Tengo treinta y dos años y nunca he tenido un trabajo en mi vida. Todo lo que he sido es ser un traficante de drogas». Luego dijo: «En este papel hay una lista de todos los pecados horribles que recuerdo haber cometido en mi vida. Creo que ni siquiera Dios pudiera perdonar lo que hay en este papel». Hablamos durante un buen rato. Compartí las Escrituras con él sobre la obra de Jesús en la cruz y sobre cómo podemos confesar nuestros pecados y recibirlo como nuestro Salvador y Señor. Tomó un tiempo, pero él entendió el evangelio.

Él confió en Jesucristo como su Salvador y Señor, luego le pedí que pusiera su mano sobre ese papel con todos los pecados enumerados cuidadosamente. Enseguida puse mi mano sobre su mano y le entregamos todo a Jesús mientras le dabamos gracias por Su precioso y total perdón. Luego tomé el papel y lo hice trizas justo en frente de él. Le dije: «Tú, mi querido hermano, ahora eres libre». Desde ese día, ha sido un poderoso testigo para otros reclusos, para el personal de la prisión y para su familia. Condujo a su padrastro a Jesucristo, así como a su hijo de once años en la sala de visitas de la prisión.

Una vez, cuando estaba ministrando una mañana en el pabellón de los condenados a muerte en la Florida, un recluso que había confiado en Jesucristo como su Salvador y Señor y que ahora estaba llegando al final de su vida en esta tierra me dijo: «¡Dios me ha dado una esperanza infinita en vez de un final sin esperanza!» Sentí un gran amor por él en ese precioso momento.

Demostración de amor verdadero

Lee con cuidado el siguiente pasaje de las Escrituras. Aquí vemos el amor de nuestro Dios por nosotros. Un amor que realmente no es de este mundo. Un amor que nos defiende y nos respalda cuando todo y todos nos abandonen.

Porque mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos. Porque a duras penas habrá alguien que muera por un justo, aunque tal vez alguno se atreva a morir por el bueno. Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Entonces mucho más, habiendo sido ahora justificados por Su sangre, seremos salvos de la ira de Dios por medio de Él. Porque si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo, mucho más, habiendo sido reconciliados, seremos salvos por Su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido la reconciliación (Rom 5:6-11).

¿Podemos amar a quien es difícil de amar? Sí. Nosotros también podemos ser un Ananías. Podemos visitar una cárcel o prisión, o incluso ir a donde ese vecino o compañero de trabajo tan falto de amor, y mostrarles cómo luce realmente el amor de Jesús. Estamos llamados a hacerlo, y en la obediencia hay bendiciones que ni siquiera podemos imaginar.

Nunca me canso de ver a Dios tomar a un individuo despreciable y perdido y transformarlo totalmente en una persona piadosa, productiva, útil y amorosa que está comprometida con Jesucristo y todo lo que eso significa. Es un gran gozo ser parte de ello. Algunos de los mejores hombres que conozco fueron algunos de los hombres más despreciables que haya conocido. ¿Qué pasó? El evangelio.

Me encanta el himno «Roca de la Eternidad» de Augustus Toplady. Sus palabras, «Nada traigo para Ti / Mas tu cruz es mi sostén», retratan vívidamente lo que sucede en las vidas de las personas difíciles de amar cuando se enfrentan cara a cara con la realidad de quién es Jesús y lo que ha hecho en sus vidas mientras confían solamente en Él para su salvación.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Dan Matsche
Dan Matsche
El Rev. Dan Matsche es un capellán de prisiones con Good News Jail & Prison Ministry. Él ha estado sirviendo en cárceles y prisiones por casi treinta y cinco años. Actualmente sirve en una prisión en Canon City, Colorado.

Dios es incomprensible

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Dios es incomprensible

R.C. Sproul

¿Qué podemos saber acerca de Dios? Esta es la pregunta más básica de la teología, ya que lo que podamos saber sobre Él, en caso de ser esto posible, determinará el alcance y contenido de nuestro objeto de estudio. Respecto a esto, debemos tomar en cuenta la enseñanza de los mejores teólogos de la historia, quienes en su totalidad han afirmado la “incomprensibilidad de Dios”.

Al usar el término incomprensible, no se están refiriendo a algo que no podemos comprender o conocer en lo absoluto. Teológicamente hablando, decir que Dios es incomprensible no quiere decir que Dios sea completamente incognoscible; significa que ninguno de nosotros puede comprender a Dios por completo.

La incomprensibilidad está relacionada con un principio clave de la Reforma protestante: lo finito no puede contener (ni retener) lo infinito. Los seres humanos son criaturas finitas, por lo tanto nuestras mentes siempre funcionan desde una perspectiva finita. Vivimos, nos movemos, y existimos en un plano finito, pero Dios vive, se mueve, y existe en lo infinito. Nuestro entendimiento finito no puede contener a un sujeto infinito; por lo tanto, Dios es incomprensible. Este concepto es un equilibrio que nos sirve de advertencia, no sea que pensemos que hemos entendido y dominado cada detalle de Dios. Nuestra finitud siempre limita nuestra comprensión de Él.

Si malinterpretamos la doctrina de la incomprensibilidad de Dios, podemos caer fácilmente en dos graves errores. El primero es sostener que Dios, dado que es incomprensible, debe ser completamente incognoscible, y todo lo que afirmemos sobre Él es palabrería. Pero el cristianismo afirma la racionalidad de Dios junto con su incomprensibilidad. Nuestras mentes pueden llegar únicamente hasta cierto punto en su comprensión de Dios, y para conocerlo, necesitamos su revelación. Pero esa revelación es inteligible, no irracional. No es mera palabrería, o un sinsentido. El Dios incomprensible se ha revelado verdaderamente a sí mismo.

Es entonces que aludimos al principio de la Reforma, según el cual Dios está tanto oculto como revelado. Hay una dimensión misteriosa de Dios que no conocemos. Sin embargo, no nos deja en la oscuridad, buscándolo a tientas en la penumbra. Él se revela a sí mismo, y es este el fundamento de la fe cristiana. El cristianismo es una religión de revelación. El Dios creador se ha revelado claramente en el glorioso teatro de la naturaleza; a esto llamamos “revelación natural”. Dios también se ha revelado a sí mismo verbalmente. Ha hablado, y tenemos su Palabra grabada en la Biblia. Aquí nos referimos a la revelación especial, la información que Dios nos da y que nunca podríamos descubrir por cuenta propia.

Dios permanece incomprensible porque se revela a sí mismo sin revelar todo lo que hay que saber acerca de Él. “Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, pero las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre” (Dt. 29:29). No es que no tengamos conocimiento de Dios, o que tengamos un conocimiento completo de Él; más bien, tenemos un conocimiento práctico que es útil y crucial para nuestras vidas.

Nuestras mentes pueden llegar únicamente hasta cierto punto en su comprensión de Dios, y para conocerlo, necesitamos su revelación.

Esto plantea la pregunta de cómo podemos hablar de manera significativa sobre el Dios incomprensible. Los teólogos tienen una desafortunada tendencia a oscilar entre dos extremos. Uno es el del escepticismo, considerado anteriormente, el cual asume que nuestro lenguaje acerca de Dios carece por completo de sentido y no tiene ningún punto de referencia respecto a Él. El otro extremo es una forma de panteísmo que asume falsamente que hemos entendido o contenido a Dios. Nos mantenemos al margen de estos errores cuando comprendemos que nuestro lenguaje sobre Dios se basa en la analogía. Podemos decir cómo es Dios, pero tan pronto como igualemos cualquier cosa que usamos para describirlo en su esencia, hemos cometido el error de pensar que lo finito puede contener lo infinito.

Históricamente, vemos al liberalismo protestante y a la neo-ortodoxia vacilar entre los dos errores mencionados anteriormente. La teología liberal del siglo XIX identificó a Dios con el flujo de la historia y con la naturaleza. Promovió un panteísmo en el que todo era Dios y Dios era en todo. En ese contexto, la neo-ortodoxia se negó a identificar a Dios con la creación y buscó restaurar la trascendencia de Dios. En su celo, los teólogos neo-ortodoxos hablaban de Dios como aquel que es “completamente otro”. Esa idea es problemática. Si Dios es completamente otro, ¿cómo podríamos saber cualquier cosa acerca de Él? Si Dios es completamente diferente a nosotros, ¿cómo podría revelarse?, ¿qué medios podría usar?, ¿podría revelarse a través de una puesta de sol?, ¿podría revelarse a través de Jesús de Nazaret? Si Él fuera completamente otro a los seres humanos, ¿qué base común pudo existir alguna vez para la comunicación entre Dios y la humanidad? Si Dios es completamente diferente a nosotros, no habría forma de que nos hablara.

Comprender que nos relacionamos con el Señor a través de la analogía resuelve el problema. Hay un punto de contacto entre el hombre y Dios. La Biblia nos dice que somos creados a la imagen de Dios (Gn. 1:26-28). En cierto sentido, los seres humanos son como Dios. Eso hace posible que la comunicación ocurra. Dios ha puesto esta capacidad de comunicación en la creación. No somos Dios, pero somos como Él porque llevamos su imagen y somos hechos a su semejanza. Por lo tanto, Dios puede revelarse a nosotros, no en su lenguaje, sino en el nuestro. Él puede hablar con nosotros, puede comunicarse de una manera que podamos entender, no de forma exhaustiva, sino verdadera y significativa. Si te deshaces de la analogía, terminas en el escepticismo.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul
El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Amando a nuestras comunidades

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Amando a nuestras comunidades

David S. Apple

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie «Amando a nuestro prójimo», publicada por la Tabletalk Magazine. 

Personas sin hogar, residentes en hogares de ancianos y reclusos son solo algunos de los prójimos más necesitados de la Iglesia Presbiteriana Tenth en el centro de Filadelfia. Por casi treinta años los miembros de nuestra iglesia se han acercado a estas personas y a otras que residen cerca, para establecer una relación y brindarles esperanza. Pero nuestros ministerios de mayor alcance son aquellos de benevolencia para con las personas que viven en las calles alrededor de la iglesia.

Debido a que brindamos un servicio a los que no tienen hogar, muchas personas nos llaman queriendo ayudarnos en nuestro “comedor popular”. Les tengo que explicar que no somos un comedor popular sino un ministerio cristiano que brinda esperanza y hospitalidad. La cena mensual para la comunidad es una buena alternativa al comedor popular que suele ser muy impersonal. Es un banquete para unas 120 personas pobres que viven en las calles cerca de nuestra iglesia. El ministerio consiste en que nuestros invitados primeramente adoren a Dios y luego coman con los miembros de la iglesia cuyo servicio es sentarse, comer y hablar; practicando así la hospitalidad, propiciando conversaciones y dándole la bienvenida a nuestros invitados.

Las cenas promueven un evangelismo de amistad. El personal voluntario que trabaja o vive cerca de la iglesia continuamente está en contacto con los invitados, sea que se vean en las calles o en el parque cerca de la iglesia. Y como se conocieron en las cenas, tienen la oportunidad de continuar ministrándoles al desarrollar una amistad.

Reflejamos a Cristo, le damos credibilidad a nuestra iglesia con nuestros vecinos e impactamos vidas dentro y fuera de la iglesia.

Las cenas nos dan muchas oportunidades para servir. Las familias con niños montan las mesas y ponen las vajillas. Los jóvenes sirven la comida y bebida como si fuera en un restaurante, lo cual les permite interactuar con las personas que están sirviendo. Nuestros invitados se dan cuenta que hay algo diferente acerca de nuestra iglesia y este ministerio, y vuelven una y otra vez.

Aunque las cenas son el primer punto de contacto, semanalmente se imparten dos estudios bíblicos que proveen ayuda a largo plazo. Los voluntarios en estos estudios bíblicos buscan reconstruir las vidas de nuestros vecinos al brindarles una relación a largo plazo con creyentes, referirles a programas de rehabilitación de adicciones centrados en Cristo y ayudarles a reestructurar sus vidas a través del discipulado cristiano.

Considera los ejemplos de Jimmy y Wilma. Jimmy fue adicto a las drogas durante treinta y cinco años. Buscó nuestra ayuda pero a la misma vez, y por su propia cuenta, ingresaba en diferentes programas seculares de rehabilitación. Siempre duraba un par de meses, abandonaba los programas y regresaba a su adicción. Necesitaba ayuda, pero quería seguir teniendo el control de su vida. Dos eventos le demostraron cuan descontrolado estaba. Un invierno casi perdió los dedos de sus pies por congelamiento al quedarse a dormir en su auto. Luego, casi muere porque otro adicto lo apuñaló en el pecho. Estaba en serios problemas. Eventualmente reconoció la verdad y regresó con nosotros pidiendo ayuda. Su arrepentimiento nos motivó a hacer todo lo posible por ayudarlo. Jimmy ingresó en un programa de rehabilitación cristocéntrico a largo plazo, conoció la fe salvífica en Jesucristo y se reconcilió con su familia. Se mudó de estado para poder estar más cerca a ellos y es miembro de una iglesia centrada en la Palabra.

Wilma se beneficiaba de ser parte de nuestro ministerio. Había estado presa por asesinato. Después de cumplir su sentencia, se fue a vivir en las calles de Filadelfia como adicta. Asistía regularmente a nuestros estudios bíblicos pero solo quería la comida física y no el alimento espiritual. Se rehusó a que la ayudáramos con su estilo de vida adictivo. Siete años después, fue encarcelada por robo. Esta vez, reconoció cuán quebrantada estaba y pidió nuestra ayuda. Ya desintoxicada, estaba hambrienta espiritualmente hablando, pidió una Biblia, se alimentó de ella y Dios transformó su vida eternamente. Durante su encarcelamiento nos mantuvimos en contacto. Años después, cuando le dieron libertad condicional, regresó a Filadelfia y empezó a congregarse en una iglesia centrada en la Palabra.

La fortaleza de este ministerio es que las personas logran romper sus adicciones al ser redimidas y discipuladas. Muchas de esas personas llegan a ser miembros de nuestra iglesia y de otras. Una vez más, este ministerio demuestra el poder transformador de Cristo Jesús para “liberar a los cautivos” de sus adicciones a las drogas con su influencia redentora en las familias y vecindarios. Reflejamos a Cristo, le damos credibilidad a nuestra iglesia con nuestros vecinos e impactamos vidas dentro y fuera de la iglesia.

“Mejor es un plato de legumbres donde hay amor, que buey engordado [banquete] y odio con él”. Eso es lo que Proverbios 15:17 dice acerca de la hospitalidad. En nuestras cenas comunitarias, proveemos la comida y el amor a nuestros invitados de honor. Nuestra hospitalidad ofrece un elaborado banquete y un compromiso de dar una cálida bienvenida, una amistad y las buenas nuevas de Jesucristo a todos los que van.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
David S. Apple
David S. Apple
El Dr. Apple es el director de Ministerios Misericordia en la Iglesia Presbiteriana Tenth en Filadelfia, donde ha ministrado desde 1988.

Amando a la iglesia

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Amando a la iglesia

Jonathan Leeman

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie «Amando a nuestro prójimo», publicada por la Tabletalk Magazine. 

Para cuando se publique este artículo, habré dejado la iglesia a la que me uní por primera vez en 1996 y donde he servido como anciano durante gran parte de la última década. Estoy emocionado de irme; odio irme. Y el amor es la razón de por qué.

Sesenta de nosotros partimos para plantar una iglesia en nuestro propio vecindario. Queremos amar a nuestros vecinos no cristianos con una congregación cerca de ellos. Sin embargo, irse significa alejarse de las relaciones de discipulado uno a uno, dividir a los grupos pequeños y volver a priorizar quién es invitado a almorzar o cenar. Significa no compartir más oportunidades de comunión y ministerio semanales. Es desgarrador.

El amor compartido dentro de una iglesia es el amor de una familia (ver 1 Tim 5:1-2). Y como un hijo o hija que alcanza la mayoría de edad, a veces eres enviado, con toda la alegría agridulce que acompaña a este envío.

¿Qué crees que es el amor dentro de una iglesia? ¿Amas a tu iglesia? ¿Cómo?

Un modelo del amor de Dios

Traza una teología bíblica del pueblo de Dios a través de la historia de los pactos en la Biblia. Descubrirás que uno de los propósitos de Dios para Su pueblo especial es modelar lo que Él espera de todos los pueblos. Dios ordena a todos los que están hechos a Su imagen que lo amen a Él y a su prójimo. Pero Él especialmente usa a Su iglesia para ejemplificar tal amor.

Pero eso no es todo. La iglesia es donde la humanidad, o una nueva humanidad, comienza a amar a sus enemigos, tal como Cristo nos amó. Piénsalo. Todos aspirábamos a ser reyes en la carne. Lo que significa que los miembros de la iglesia son nuestros enemigos naturales, así que es dentro de la iglesia que practicamos el amar a nuestros ex enemigos.

La iglesia es donde la humanidad, o una nueva humanidad, comienza a amar a sus enemigos, tal como Cristo nos amó.

Un testimonio del amor de Dios

La iglesia no modela una marca genérica del amor. Lo que debemos mostrar es el amor de Dios en Cristo: «como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13: 34-35). Jesús enfatiza el hecho de que el mundo sabrá que somos Sus discípulos, no por nuestro amor al mundo, aunque ciertamente es cierto, sino por nuestro amor mutuo. A través de nuestras prácticas bíblicas de palabras indulgentes y acciones piadosas, demostramos cómo es el amor de Cristo.

El mundo cree que entiende el amor. No es así. Solo conoce el amor de los juegos de suma de cero: «Quiero que ames menos a los demás para que puedas amarme más». Sin embargo, el amor de Dios es un amor generativo. Crea más de sí mismo. Mira esto en Juan 17: el Padre ama al Hijo, y el Hijo al Padre. El Padre y el Hijo envían al Espíritu para formar un pueblo que recibirá el amor del Padre por el Hijo. Y a través del Espíritu, ellos aprenden a amar a Dios y el uno al otro así como el Padre, el Hijo y el Espíritu se aman mutuamente.

Sacrificio y obediencia

Nuestra cultura define el amor como dar a las personas lo que quieran. El amor significa priorizar la autoexpresión y la autorrealización.

Sin embargo, Jesús enseña que el amor conduce a la obediencia, y la obediencia es una evidencia del amor (Jn 14:21, 23; 15:10-11; 1 Jn 5:3). El amor no se deleita en el mal, sino que se regocija en la verdad. Presta atención a la voluntad del Padre. Desea el bien para los demás, pero ese bien siempre involucra a Dios y la obediencia a Su voluntad revelada.

El amor incluso implica disciplina. El Señor disciplina a aquellos a quienes ama. Una iglesia que nunca disciplina, o corrige el pecado, es una iglesia sin amor.

Misericordia y compasión

El amor en una iglesia también implica misericordia y paciencia, así como hemos recibido misericordia y paciencia. El amor cubre una multitud de pecados. Algunos de los miembros de tu iglesia son fáciles de amar. Algunos son difíciles. Y ese es el punto. Los fáciles de amar nos enseñan a amar los difíciles de amar: los fastidiosos, los inmaduros, los que no se presentan a tiempo cuando les toca servir en el ministerio de niños o cuyos hijos rechazan a los nuestros.

Si el amor es paciente y bondadoso, como dice Pablo, puedes asumir que serán las personas que nos tienten a la impaciencia y la falta de amabilidad las que mejor nos entrenen en los caminos del amor.

El amor por la iglesia comienza en una iglesia local, un lugar con personas reales con dones reales y problemas reales. Ponte a trabajar ahí, y luego deja que tu amor por otras iglesias locales, otras denominaciones y cristianos de todo el mundo crezca desde este semillero.

La reacción del mundo

El mundo amará y odiará lo que tu iglesia llama amor. Si solo lo aman, puedes estar seguro de que les estás ofreciendo un amor falso y mundano. El amor del Padre no está en el mundo, y por eso a veces llaman amor al odio y odio al amor.

Nuestra nueva iglesia , como tu iglesia, solo puede ofrecer una visión tenue del amor del cielo como en un espejo. La buena noticia es que podemos apuntar a nuestro vecindario a Aquel que los ama de manera perfecta —y a nosotros—, el perfecto que algún día vendrá a recibirnos plenamente en Su amor. Ese es el corazón de nuestra fe y esperanza.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Jonathan Leeman
Jonathan Leeman
Es Director Editorial de 9Marks y anciano de Capitol Hill Baptist Church en Washington, D. C. Ha escrito varios libros sobre la iglesia local.

 

Amando a nuestra familia

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Amando a nuestra familia

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie «Amando a nuestro prójimo», publicada por la Tabletalk Magazine. 

El amor familiar tiene sus raíces en la creación. Por la misericordia de Dios, los seres humanos caídos todavía tienden a conservar un amor natural por sus familias. Aunque malvados, los padres dan buenos regalos a sus hijos (Mt 7:9-11). La bondad familiar a menudo despierta respuestas de amor incluso en los malvados (Mt 5:46-47). Solo cuando Dios permite que el pecado siga su curso completo, el amor propio del hombre destruye el afecto natural y desintegra a la familia (2 Tim 3: 1-4). Esa es la tragedia que se desarrolla en la cultura occidental.

El verdadero amor cristiano por nuestra familia es más grande que el afecto natural, porque ese amor no nace de la carne ni de la voluntad del hombre, sino que brota de Cristo y de Él crucificado. Dios envió a Su Hijo como el sacrificio expiatorio por nuestros pecados para llevar el justo juicio que nuestros pecados merecían: «En esto consiste el amor» (1 Jn 4:10 ). En el mejor de los casos, somos pecadores merecedores de la ira de Dios, pero Él nos ama al más alto grado. El afecto natural es una extensión del amor propio, pero la cruz infunde un amor sacrificial en nuestras almas. Cada fracaso en amar a nuestro padre, madre, hermana, hermano y a cualquier otra persona tiene su raíz en nuestro fracaso de abrazar a Cristo crucificado con una fe viva.

El verdadero amor cristiano por nuestra familia es más grande que el afecto natural, porque ese amor no nace de la carne ni de la voluntad del hombre, sino que brota de Cristo y de Él crucificado.

La familia crece a partir del vínculo matrimonial entre marido y mujer. Ninguna otra relación capta nuestro supremo llamado a reflejar el amor de Cristo: las esposas en su reverente sumisión y los maridos en su abnegado servicio (Ef 5:22-25). Juntos, marido y mujer deben convertirse en mejores amigos a través de la vida que comparten en Cristo (vv. 28-30). O, si el cónyuge de un cristiano no es creyente, entonces el creyente debe vivir con la esperanza de ganar al pecador por el testimonio de la belleza de la santidad, la pureza y el temor divino (1 Pe 3:1-4). Cuando llevar la cruz en el matrimonio atraviesa nuestras almas, debemos recordar que Dios diseñó el matrimonio por algo más que nuestra satisfacción. El matrimonio existe para la gloria de Dios. Un cónyuge amoroso es una imagen de Dios (Gén 1:27).

Unidos como amantes y colaboradores, el esposo y la esposa aman a sus hijos, con el hombre como el principal responsable: «Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos (Ef. 6:4). Esto trasciende las cosas de este mundo y abarca «en la disciplina e instrucción del Señor» (v. 4).

Los padres cristianos actúan en unión con Cristo nuestro Mediador, porque como miembros de Él, comparten Su unción. Por consiguiente, deberían amar a sus hijos como profetas bajo el gran Profeta, hablándoles la Palabra de Dios con pasión y amor (Deut 6:6-7). Deben amar a sus hijos como sacerdotes bajo el Sumo Sacerdote con tierna misericordia, intercesión diaria y adoración conjunta en el hogar y la iglesia (Heb 2:17-184:14-1610:19-2513:15). También deben amar a sus hijos como reyes bajo el Rey supremo, protegiéndolos de las influencias corruptoras y depredadoras (Jn 10: 12-14), y gobernarlos con disciplina para entrenarlos en el camino de la paz (Is 9:6-7). Sin embargo, deben recordar que ellos mismos no pueden salvar a sus hijos, ya que solo hay un Mediador (1 Tim 2:5-6), y el evangelio a veces divide a una familia como una espada (Mat 10:34-36).

Padres y madres, ¿es Jesús su Profeta, Sacerdote y Rey? ¿Están actuando en el nombre de Jesús como profetas, sacerdotes y reyes en sus hogares con perseverancia, por amor a Él?

El amor de un niño por su padre y su madre se muestra en sumisión a su autoridad y receptividad a su instrucción, tal como Dios lo ordena (Ef 6:1-3). Un niño puede honrar a sus padres correctamente solo por fe, en unión y comunión con Jesucristo («en el Señor», v.1). Hijos e hijas, ¿son como ramas que habitan en la vid (Jn 15:5), extrayendo amor por sus padres de Jesucristo por la fe?

Con el tiempo, los niños crecen y las relaciones se multiplican. El amor requiere que los padres capaciten a los hijos mayores incrementando su libertad para vivir como miembros responsables de la sociedad. Deben sentir el peso de proveerse a sí mismos: «Si alguno no trabaja, tampoco debe comer» (2 Tes 3:10). El amor nos guía a recibir a nuestros yernos y nueras como a nuestros propios hijos, y también a liberar a estas nuevas parejas para que formen sus propios hogares: deben «irse» para «unirse» (Gen 2:24). No tenemos autoridad para seguir gobernándolos, pero siempre debemos amarlos, interesarnos por lo que Dios está haciendo en sus vidas y ser consejeros fieles (Ex 18:7-913-24). Los hijos adultos nunca dejan atrás el deber de honrar y amar a sus padres, ya que abandonar a sus padres ancianos contradice tanto la ley como el evangelio (Mt 15:3-61 Tim 5:816). Por su parte, los abuelos y bisabuelos deberían dar ejemplos de fe perseverante, orar mucho por sus descendientes y compartir la sabiduría de Dios con ellos, para que la bendición de Dios se extienda hasta mil generaciones (Deut 7:9).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Joel R. Beeke
Joel R. Beeke
El Dr. Joel R. Beeke es presidente del Puritan Reformed Theological Seminary y pastor de Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan.

Amándonos a nosotros mismos

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Amándonos a nosotros mismos

Deepak Reju

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie «Amando a nuestro prójimo», publicada por la Tabletalk Magazine.

Cuando el fariseo le pregunta: “¿Cuál es el gran mandamiento de la ley?” Jesús responde: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mat 22:37). Y luego agrega: “Y el segundo es semejante a éste, Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mat 22:39). Nota la frase al final del versículo 39: ”como a ti mismo”. ¿Por qué Jesús agrega estas cuatro palabras? Es porque instintivamente buscamos hacernos el bien; nadie nos obliga a cuidar de nosotros mismos. El amor propio es natural, normal, se da por sentado. Así como el amor propio es un hecho, Jesús dice que debemos amar a nuestro prójimo. Sin embargo, a causa de mi pecado, no quiero hacer el trabajo difícil de amarlo. No obstante, si yo amo a Cristo, debo amar a mi prójimo tanto como me amo a mí mismo, como si mi prójimo fuese yo mismo.

En un mundo donde la gente es egoísta y se preocupa muy poco por los demás, cualquier conversación que trate del amor propio puede hacer sentir incómodo a un cristiano. ¿Acaso la Biblia no me llama a negarme a mí mismo y a poner a los demás primero? Sí, lo hace. ¿Acaso la Biblia no dice que el propósito de la vida es glorificar a Dios? Sí, lo dice. Pero estas verdades no pueden descartar la intención de Jesús en Mateo 22:39: Ya que siempre buscas tu propio bien, busca el bien de tu prójimo con la misma intensidad.

Jesús presupone que nos amamos a nosotros mismos, y no condena todas las formas de hacerlo, por lo tanto debe haber una manera bíblica de pensar en el amor propio. Es entendible que el cristiano se sienta incómodo al hablar del amor a sí mismo; nuestro mundo está repleto de personas que son fundamentalmente egoístas. Pero hay una manera correcta (bíblica) y una manera incorrecta (anti-bíblica) de amarnos a nosotros mismos.

Cuando confiamos en Jesús, no perdemos la perspectiva, sino más bien obtenemos la perspectiva propia que debemos tener.

La manera incorrecta

Un amor propio que exalta mis necesidades, mis deseos y mis esperanzas por encima de Dios u otros está mal. Es como un tirano manipulando a los demás para conseguir lo que él quiere. Por ejemplo, Jennifer está soltera y desesperadamente quiere un esposo. Ella cambia la manera de vestirse y comienza a coquetear para llamar la atención de los hombres. Cuando es crudamente honesta, su deseo de casarse le resta valor a la vida que Dios le ha dado. Otro ejemplo, Pedro está frustrado porque su esposa se entrega por completo a los hijos y lo tiene a él descuidado. A él le importa más su necesidad de sexo y atención que el obedecer a Dios y amar a su esposa.

Un amor propio que pone a Dios en segundo plano en relación a mis necesidades y mis deseos es común pero inaceptable para los cristianos. Toda versión del amor propio que me pone en el centro de mi universo (ignorando a Dios) me lleva a enfocarme demasiado en mí mismo. Jennifer está más preocupada por su deseo de obtener la felicidad que por confiar en Dios. Pedro quiere sexo y atención por encima de todo lo demás y manipula a su esposa para obtenerlo.

Un amor propio que me cega a mis errores y minimiza mi pecado es peligroso. Solo cuando Dios abre mis ojos a mi pecado es que llego a comprenderme adecuadamente. Un concepto adecuado de nosotros mismos nos hace ver que somos completamente depravados, en todos los aspectos: nuestras mentes, corazones y cuerpos.

Un amor propio cuyo objetivo es hacerme sentir mejor acerca de mí mismo no está bien. El movimiento de la autoestima nos susurra al oído: “¡Eres asombroso, por lo tanto siéntete bien contigo mismo!”, o: “¡No te sientas mal, lo estás haciendo genial!” Como creyentes, nuestra confianza no está arraigada en nosotros mismos, nuestras habilidades, o nuestro autodiscurso motivacional, sino en el Dios que en Su misericordia nos salva a través de Su Hijo.

La manera correcta

Un correcto amor propio exalta a Dios y nos pone en segundo plano (Ex 20:1-6; Sal 40:8; Mat 6:9-10,33). Dios ajusta nuestras prioridades de tal manera que no podemos hacernos “rey del universo”. Una vida de rey es peligrosa porque la auto-exaltación y el egocentrismo suelen seguirle los pasos. Solo el Dios Todopoderoso tiene derecho de sentarse en el trono. Cuando nos sometemos a Su reinado, Él nos coloca en nuestro lugar, y nuestro amor propio no se sale de control. La intensidad de la búsqueda de un esposo por parte de Jennifer se disminuye a medida que ella va creciendo en su fe, confiando en que el amor de Dios es mejor para ella que cualquier otra cosa. La vida de soltera ya no es intolerable. Una vida centrada en el evangelio le da ojos para ver más allá de su propio interés.

Un correcto amor propio nos facilita el negarnos a nosotros mismos (Mat 16:24). Negarnos a nosotros mismos no es odiarnos a nosotros mismos. Más bien es poner nuestras necesidades a un lado para reorganizar nuestras vidas conforme a los valores del reino, usando la fuerza que Dios nos da. Pedro se siente olvidado por su esposa, pero su fe le ayuda a confiar en que teniendo conversaciones honestas con ella y una actitud humilde como la de Cristo, y poniéndola a ella por encima de sus propias necesidades, honrará a Dios y ayudará a la recuperación de su matrimonio.

Un correcto amor propio incluye el cuidarnos física, espiritual y relacionalmente (I Cor 6:19-20). Negarse a uno mismo no es un pretexto para descuidarnos. Hay un tipo de autocuidado que es normal y saludable para los cristianos. Ejercitarse no se trata simplemente de mantenerse en forma, pero aún más importante que eso, es ser un buen mayordomo del cuerpo que Dios nos ha dado. Pasar tiempo regularmente en la Palabra y recibiendo una prédica semanal en una iglesia nos mantiene espiritualmente en forma. Cuando regularmente empapamos nuestros corazones con la Palabra, vamos creciendo en una esperanza centrada en Cristo. Y porque Dios nos ha hecho dependientes los unos de los otros, aislarnos no es una opción. Dios nos hizo para hallar satisfacción y crecimiento en el crisol de relaciones que exaltan Su nombre. La salud física, espiritual y relacional nos da la fuerza para demostrarle amor a otros.

Un correcto amor propio reconoce nuestras limitaciones y nuestra necesidad de volvernos a Jesús (2 Cor 5). El orgullo nos hace pensar que podemos sobrevivir solos. Peor aún, nos engaña de tal modo que intentamos autorescatarnos (“¿Quién necesita a Jesús? Yo me puedo encargar de esto”.) El orgullo nos hace pensar más de nosotros mismos y de nuestras destrezas de lo que deberíamos pensar. El apóstol Pablo le rogó a los Corintios para que “ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Cor 5:15). Esta misma advertencia aplica para nosotros. Cuando nuestros sentimientos están orientados alrededor de Cristo y no de nosotros mismos, todo cambia. Los mandamientos de Cristo ya no nos pesan y son un gozo cumplirlos. Cuando confiamos en Jesús, no perdemos la perspectiva, sino más bien obtenemos la perspectiva propia que debemos tener. Cuando amamos a Jesús, nos amamos mejor a nosotros mismos . Cuando solo nos amamos a nosotros mismos e ignoramos a Jesús, hacemos de nuestras vidas un desastre.

Amando al prójimo como a ti mismo

Hay un amor propio tan preocupado y centrado en sí mismo que no nos ayuda a tener un buen punto de comparación con lo que dice Mateo 22:39. Este es un amor que nos exalta, minimiza nuestro pecado y nos hace altaneros. No puede ser la clase de amor propio que Jesús tenía en mente.

Un amor que honra a Jesús, que se niega a sí mismo y que es sensible al pecado es radicalmente diferente. No se ocupa tanto de sí mismo que ignora a los demás. Nos enfoca en el evangelio y no exclusivamente en nosotros mismos. Logra ver los valores de Dios y los atesora. Encuentra descanso en Cristo. Evita los autorescates diarios y se vuelve a Jesús por ayuda.

Jesús nos dice que debemos atender las necesidades de nuestro prójimo como lo hacemos con nosotros mismos. Como es normal amarnos a nosotros mismos, pero no es normal hacerlo correctamente (porque todos somos pecadores), démosle gracias a Dios que Jesús nos da la sabiduría y la fuerza de amarnos a nosotros mismos bíblicamente y de amar a nuestro prójimo con sabiduría.

Este articulo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Deepak Reju
Deepak Reju
El Dr. Deepak Reju es pastor de consejería bíblica y de ministerio familiar en Capitol Hill Baptist Church en Washington, D.C.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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¿Quién es mi prójimo y por qué debería amarlo?

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El Blog de Ligonier

¿Quién es mi prójimo y por qué debería amarlo?

 David Owen Filson

Amo el énfasis que Lucas hace en el Espíritu Santo. Él nos dice que el Espíritu cubrió a María, y que el Logos eterno se encarnó (Lc 1:35). El Espíritu, en forma de paloma, descendió sobre Jesús en Su bautismo (Lc 3:22). Jesús enfrentó la tentación en el desierto mientras el Espíritu le daba poder (Lc 4:1). Nuestro Señor comenzó Su ministerio público citando a Isaías y declarando la unción que estaba sobre Él por el Espíritu (Lc 4:18). Concebido, fortalecido y ungido por el Espíritu, Jesús entonces se encuentra regocijándose en Él. ¿Qué fue lo que llenó el corazón de Cristo con tanto gozo? La humillante ironía de que los sabios y entendidos de este mundo no comprenden las verdades del evangelio que Jesús permite que los niños entiendan (Lc 10:21-22).

Este es el contexto de la «prueba» que el intérprete de la ley diseña para Jesús (Lc 10: 25-37). Tratar de acorralar a Jesús nunca funciona bien, ni en aquel entonces ni ahora. Y las historias, una vez que asumimos que las entendemos, tienden a perder su impacto. Echemos otro vistazo.

«Y he aquí, cierto intérprete de la ley se levantó, y para ponerle a prueba [a Jesús] dijo” (Lc 10:25). Esa es la forma en que Lucas dice: «Mira esto: un teólogo muy inteligente del Antiguo Testamento se puso delante de todos e intentó acorralar a Jesús». Hizo una pregunta crucial sobre la vida eterna: la pregunta que la Biblia aborda desde su principio hasta el final. Sin embargo, Lucas quiere que sepamos la intención detrás de la pregunta. Este erudito bíblico no solo estaba tratando de hacer tropezar a Jesús, sino que asumió que podía justificarse a sí mismo (Lc 10:29). «¿Qué haré para heredar la vida eterna?» La pregunta es maliciosa y arrogante, ya que asume que la herencia, por definición, un regalo, es algo que se puede ganar. Esta falsa concepción del evangelio está en todos nosotros. Todos nos preguntamos qué debemos hacer para ganar la vida eterna y para merecer nuestra justificación.

No solo nunca sale bien probar a Jesús, sino que está estrictamente prohibido (Dt 6:16). Jesús, atrevidamente, redirecciona la atención de esta pregunta con otra. Él le pregunta a este experto en la ley sobre la ley. Pareciera una sesión de entrenamiento para este jurista seguro de sí mismo. Por esto responde rápida, confiada y concisamente: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10:27). Jesús básicamente le da la máxima calificación a su respuesta, diciendo: «Has respondido correctamente; haz esto y vivirás» (Lc 10:28). El jurista tiene razón en cuanto a la ley, ya que ha mencionado los mandamientos de amar a Dios y al prójimo (Lv 19:18, Dt 6:4-5). Y Jesús, por supuesto, tiene razón: la vida eterna depende del cumplimiento de la ley.

Somos la posesión preciada de Aquel que se hizo nuestro prójimo, que se hizo carne, que habitó entre nosotros.
El muy versado intérprete de la ley, para no quedarse atrás, concibe una segunda ronda de prueba para asegurarse de que Jesús supiera que la respuesta no era tan simple: «¿Y quién es mi prójimo?» (Lc 10:29). Nuestro Señor vuelve a redirigir la atención, pero primero, le cuenta una historia.

La historia que Jesús cuenta pareciera una gran obra teatral. Un viajero desprevenido está en un viaje peligroso, uno no apto para cardíacos. Veintisiete kilómetros cuesta abajo, descendiendo más de mil metros, desde Jerusalén hasta Jericó. El Obispo J.C. Ryle llamó el camino a Jericó «la vía sangrienta». Jesús sabe que el intérprete de la ley percibirá el peligro. Lo único que le hace falta al relato es: «Fue una noche oscura y de tormenta. . . «

El telón se levanta: ¡ladrones! ¡Salen de la nada! Hay secciones del camino bien peligrosas y remotas, llenas de lugares clandestinos desde donde es bien fácil tenderles una emboscada a los desprevenidos y a los viajeros solitarios. Nuestro cansado viajero es dejado desnudo, ensangrentado, fracturado y medio muerto (Lc 10:30). Entra en escena a la derecha: un sacerdote. Él ve y pasa cerca del otro lado del camino. Lo mismo sucede con el levita que viene después (Lc 10:31-32). ¿Y si esto fuera un cadáver? No pueden arriesgarse a la contaminación. Quién sabe qué clase de malabarismo ético ellos empleaban para racionalizar, incluso santificar su falta de compasión. Cuando veamos al necesitado, especialmente en situaciones de riesgo, cuando está en juego algo más que conveniencia, ¿ayudaremos o seguiremos de largo? Charles Spurgeon, cuyo púlpito estaba en el corazón de una gran ciudad llena de maravillas y riquezas, pobreza y crimen, una vez amonestó a la congregación del Tabernáculo Metropolitano de Londres:

Te has reído de lo que el sacerdote pudo haber dicho, pero si te inventas excusas cada vez que ves necesidades reales y las puedes suplir, no te rías de tus excusas, el diablo hará eso; es mejor que llores por ellas, ya que hay una razón más grave por qué lamentar que tu corazón sea duro con tus semejantes cuando están enfermos, y quizás enfermos de muerte.

Una entrada inesperada, en escena a la izquierda: un samaritano. El jurista sabe que no hay nada bueno en un samaritano. Sin embargo, el samaritano tiene «splanchna». Esta no es la palabra griega más elocuente al salir de los labios, pero tiene que ser una de las más bellas. Esta palabra significa «compasión»; y el samaritano derrama el aceite y el vino de la compasión sobre las heridas del hombre y las venda. Qué tierna escena. Jesús dice que el samaritano tiene compasión. Pero, en cierto sentido, la compasión ha consumido al samaritano. Él da y da en abundancia. Nada hace falta para el cuidado de este pobre extraño en el mesón (Lc 10:33-35).

Ahora, Jesús le devuelve la pregunta al experto de la ley. En lugar de responderle: «¿Quién es mi prójimo?» Jesús, extrayendo una apología incuestionable de su conmovedor relato, le pregunta: «¿Cuál de estos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» (Lc 10:36). La arrogancia del jurista está bajo ataque compasivo. Él responde: «El que tuvo misericordia de él» (Lc 10:37).

Quizás el jurista ha comenzado a entender. Necesitamos considerar nuevamente el mensaje y el estilo de la misericordia de Jesús. Debemos ir y hacer lo mismo. Casi a todos nos toca transitar, lastimados y golpeados, por el camino a Jericó, por así decirlo. Ese camino puede ser problemas emocionales, financieros, enfermedad, adicción o conflictos matrimoniales. ¿Triunfará la compasión sobre la conveniencia? ¿O la piedad sobre los prejuicios? ¿Triunfará la tierna comprensión sobre la tiranía de lo urgente? ¿Y qué si alguien terminara en el camino a Jericó por necedad pecaminosa? ¿Debería molestarme en ayudar a alguien así? Sin embargo, ¿no es así como la mayoría de nosotros terminamos en nuestro propio camino a Jericó?

¿Y qué si la persona en necesidad no se parece en nada a mi? Quizá alguien que se identifique mejor debería ayudarla. Pero la pregunta no es: «¿Cómo alguien cuyo color de piel no es como el mío, cuyas creencias difieren de las mías, cuyo pasado sexual, presente o futuro es avergonzante puede ser mi prójimo?» Más bien, debemos preguntarnos: «¿De quién tengo la oportunidad y el privilegio de ser prójimo en este día? » Si, como dice el Salmo 23:6, la gracia está en una carrera de persecución, entonces unámonos a la carrera. Incluso si —especialmente si— esa carrera es arriesgada y costosa. Incluso si—especialmente si— no contamos con muchos recursos económicos. Después de todo, la carrera de la vida cristiana a la que Hebreos 12:1 se refiere es una agona, es decir, puede ser agonizante y difícil. Jonathan Edwards una vez predicó un sermón bien confrontador, «El deber de la caridad a los pobres», en el cual preguntó:

Si nunca estamos obligados a aliviar las cargas de los demás, sino solo cuando podemos hacerlo sin cargarnos a nosotros mismos, entonces, ¿cómo llevaremos las cargas de nuestro prójimo cuando no soportamos ninguna carga en absoluto? Aunque es posible que no tengamos en abundancia puede darse el caso de que nos veamos obligados a socorrer a otros que están en mucho mayor necesidad, como lo indica esa regla de Lucas 3:11: “El que tiene dos túnicas, comparta con el que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo”.

Cuando damos nuestra túnica para cubrir el frío de la desnudez de otro, nos revestimos de tierna compasión (Col. 3:12). No nos demos la vuelta como el joven rico en Marcos 10:17-22, queriendo ganar la vida eterna y desanimado porque sus grandes posesiones lo poseían a él.

Somos la posesión preciada de Aquel que se hizo nuestro prójimo, que se hizo carne, que habitó entre nosotros, que corrió la carrera por nosotros, cumpliendo toda la ley, cargado con nuestro pecado, dejado ensangrentado, golpeado y muerto en la cruz. Él nos levantó del camino a Jericó de nuestro propio pecado y quebrantamiento, derramó sobre nosotros el aceite y el vino de la salvación, nos envolvió con una nueva «túnica» —el manto de Su justicia (Is 61:10)— vendó nuestras heridas a través de Sus heridas (Is 53:5), y aseguró un lugar para nosotros en el mesón del lugar santísimo, más allá del velo (Heb 6:19). Él ahora nos pide que seamos prójimos amorosos.

En lugar de preguntar qué debemos hacer para ganar la vida eterna, nos convertimos en prójimo de los necesitados, no para ganar la vida eterna, sino para evidenciar que tenemos vida eterna; no para merecer nuestra justificación, sino para manifestar que somos justificados por una gracia que nos persigue, especialmente cuando deambulamos por los caminos más remotos y peligrosos.

Este articulo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

David Owen Filson

David Owen Filson

El reverendo David Owen Filson es pastor y maestro en la iglesia Christ Presbyterian Church en Nashville, Tenn., y profesor invitado de teología histórica en el Reformed Theological Seminary in Charlotte, N.C.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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¿Tiene la Biblia errores?

Ministerios Ligonier

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¿Tiene la Biblia errores?

R.C. Sproul

“La Biblia es la Palabra de Dios, la cual se equivoca”. Desde la venida de la teología neo-ortodoxa a principios del siglo XX, esta afirmación se ha convertido en un mantra entre aquellos que quieren tener una visión elevada de la Escritura y a la vez evitar la responsabilidad académica de afirmar la infalibilidad bíblica y la inerrancia. Pero afirmar esto es un oxímoron por excelencia.

Volvamos a examinar esta fórmula teológica insostenible. Si eliminamos la primera parte, “La Biblia es”, obtenemos “la Palabra de Dios, la cual se equivoca”. Si lo analizamos más y tachamos “la Palabra de”, y “la cual”, llegamos a la conclusión final:

“Dios se equivoca”.

Pensar que Dios se equivoca de alguna manera, en algún lugar, o en alguna cosa que haga es repugnante tanto para la mente como para el alma. Aquí la crítica bíblica alcanza el punto más bajo del vandalismo bíblico.

¿Cómo podría una criatura sensata concebir una fórmula que habla de la Palabra de Dios como errante? Parecería obvio que si un libro es la Palabra de Dios, no pudiera (en efecto, no puede) errar. Si se equivoca, entonces no es (de hecho, no puede ser) la Palabra de Dios.

Atribuir a Dios cualquier error o falibilidad es teología dialéctica extrema.
Tal vez podamos resolver la antinomia diciendo que la Biblia se origina en la revelación divina de Dios, que lleva la marca de su verdad infalible, pero esta revelación es mediada por autores humanos que, en virtud de su humanidad, manchan y corrompen esa revelación original por su inclinación al error. Errare humanum est (“Errar es humano”), gritó Karl Barth, insistiendo que al negar el error, uno se queda con una Biblia doceta, es decir, una Biblia que simplemente “parece” ser humana, pero que en realidad es el producto de una humanidad fantasmal.

¿Quién argumentaría en contra de la propensión humana al el error? De hecho, debido a esa propensión existen los conceptos bíblicos de la inspiración y la superintendencia divina de la Escritura. La teología clásica ortodoxa siempre ha sostenido que el Espíritu Santo supera el error humano al producir el texto bíblico.

Barth dijo que la Biblia es la “Palabra” (verbum) de Dios, pero no las “palabras” (verba) de Dios. Con esa gimnasia teológica quería resolver el dilema insoluble de llamar a la Biblia la Palabra de Dios, que al mismo tiempo se equivoca. Si la Biblia es errante, entonces es un libro de reflexión humana sobre la revelación divina, solo otro volumen humano de teología. Puede tener un profundo conocimiento teológico, pero no es la Palabra de Dios.

Los críticos de la inerrancia argumentan que la doctrina se inventó en el escolasticismo protestante del siglo XVII, donde la razón superó la revelación, lo que significaría que no era la doctrina de los reformadores magisteriales. Por ejemplo, señalan que Martín Lutero nunca usó el término inerrancia. Eso es correcto. Lo que dijo fue que las Escrituras nunca se equivocan. Juan Calvino tampoco usó el término. Dijo que deberíamos recibir la Biblia como si escucháramos las palabras audibles viniendo de la boca de Dios. Los reformadores, entonces, no usaron el término inerrancia, pero articularon claramente el concepto.

Ireneo vivió muchos antes del siglo XVII, al igual que Agustín, el apóstol Pablo, y Jesús. Ellos, entre otros, enseñaron claramente la veracidad absoluta de la Escritura.

La defensa de la inerrancia de parte de la iglesia descansa sobre la confianza de la iglesia en la visión de la Escritura sostenida y enseñada por Jesús mismo. Queremos tener una visión de las Escrituras que no sea ni más alta ni más baja que el punto de vista de Jesús.

La plena confianza de las Sagradas Escrituras debe ser defendida en cada generación, contra toda crítica. Esa es la genialidad del libro The Inerrant Word: Biblical, Historical, Theological, and Pastoral Perspectives [La palabra inerrante: Perspectivas bíblicas, históricas, teológicas, y pastorales]. Debemos escuchar atentamente a esta reciente defensa.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio. Te recomendamos leer el libro del Dr. Sproul, ¿Puedo confiar en la Biblia?

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

http://www.ligonier.es

 

 

 

 

 

Enseñando la Verdad

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Enseñando la Verdad

John MacArthur

Nota del editor: Este es el cuarto y último capítulo en la serie «Falsos maestros«, publicada por la Tabletalk Magazine.

A través de los años, he hablado con muchos pastores, la mayoría de los cuales son hombres que trabajan fielmente en circunstancias difíciles, haciendo todo lo posible para satisfacer las expectativas de su iglesia. La rutina típica del pastor está llena de actividades que le impiden estudiar, pasar tiempo a solas y reflexionar. Está ocupado aconsejando a los atribulados y confundidos, visitando a los enfermos, evangelizando a los perdidos y compartiendo con los miembros de la iglesia.

Los que están en los bancos generalmente esperan que su pastor haga de estas cosas su más alta prioridad. Parecen pensar que el estudio y la preparación para la predicación son un lujo; actividades discrecionales que el pastor puede hacer en su tiempo libre, si es que tiene alguno.

Sin embargo, es exactamente lo opuesto. La responsabilidad del pastor de enseñar a la congregación es su primera y más importante prioridad. Otros deberes pastorales, aunque muy importantes y a menudo urgentes, nunca deben tener preeminencia sobre la enseñanza o abrumarlo con tanta actividad que le falte tiempo para prepararse adecuadamente para el ministerio de la Palabra.

La Escritura es clara sobre esto. Los apóstoles en Jerusalén enfrentaron tanto trabajo que tuvieron poco tiempo para la oración y el ministerio de la Palabra. Ellos dijeron: «No es conveniente que nosotros descuidemos la palabra de Dios para servir mesas» (Hch 6:2, aquí y siguiente). Por lo tanto, los apóstoles pidieron a la congregación que seleccionara hombres capaces y calificados para que hicieran el trabajo de servir para entonces ellos poder dedicarse al ministerio de enseñanza.

Uno de los requisitos fundamentales para que un hombre tenga el oficio de anciano o pastor es que debe «poder enseñar» (1 Tim 3:22 Tim 2:224Tito 1:9). La expresión denota habilidad y aptitud especial: un talento distintivo para la enseñanza. El hombre que carece de esa habilidad no está calificado (y por lo tanto no está llamado por Dios) para ocupar el cargo de pastor.

El término pastor significa «guía, apacentador». Una de las formas más importantes para un anciano «pastorear el rebaño de Dios» (1 Pe 5:2) es alimentar y guiar a su gente con doctrinas e instrucciones de la Palabra de Dios.

La responsabilidad del pastor de enseñar a la congregación es su primera y más importante prioridad.

En Efesios 4, Pablo enumera algunos de los principales dones que Cristo le dio a Su pueblo. A diferencia de los dones espirituales que encontramos en Romanos 12:6-7 y 1 Corintios 12:8-10, estos dones no son destrezas o habilidades individuales. Son hombres, llamados a ser líderes y oficiales en la iglesia: «Y Él dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros» (Ef 4:11). Estos son cuatro oficios, no cinco. Pablo coloca «pastores y maestros» en una misma expresión con una construcción única. Él está hablando de pastores que son maestros.

Cuando el Apóstol le da su instrucción final a Timoteo, el enfoque de su exhortación es este texto tan conocido: «Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción» (2 Tim 4:2). Cada elemento de este mandato tiene un propósito pedagógico.

Pablo le está ordenando a Timoteo que predique tanto didáctica como doctrinalmente. Eso es inconfundiblemente claro, porque él continúa diciendo: «Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos» (vv. 3-4). La doctrina (literalmente «enseñanza») es la esencia del mensaje de un predicador fiel. La Escritura es el único texto del verdadero pastor; mitos y asuntos que dan comezón de oír son los temas favoritos de los lobos y los mercenarios.

La naturaleza misma de la Palabra de Dios exige un enfoque didáctico. Unos versículos antes de decirle a Timoteo que «predicara la palabra», Pablo había escrito: «Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia» (2 Tim 3:16). Fíjate bien en el hecho de que todos los ministerios provechosos de la Palabra de Dios son primeramente instructivos antes que devocionales e inspiradores.

Para asegurarse de que el ministerio de enseñanza no muriera con Timoteo, incluso cuando la predicación de la Palabra de Dios llegara a pasar de moda, Pablo le dijo a Timoteo: «Y lo que has oído de mí en la presencia de muchos testigos, eso encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Tim 2:2)

Hoy día, cada predicador fiel que sigue las instrucciones de Pablo para el ministerio está en esa línea de sucesión. El encargo que Pablo le dio a Timoteo es para todos nosotros. Debemos permanecer comprometidos con nuestro llamado, buscando firmemente manejar con precisión la Palabra de Dios.

Este articulo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

John MacArthur

Es el pastor-maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California, así como también autor, orador, rector emérito de The Master’s University and Seminary y profesor destacado del ministerio de medios de comunicación de Grace to You.

Desde que completó su primer libro que fue un éxito en ventas, El Evangelio según Jesucristo, en el año 1988, John ha escrito cerca de 400 libros y guías de estudio, incluyendo Fuego Extraño, Avergonzados del Evangelio, El Asesinato de Jesús, El Hijo Pródigo, Doce Hombres Inconcebibles, Verdad en Guerra, El Jesús que no Puedes Ignorar, Esclavo, Una Vida Perfecta y la serie de Comentarios MacArthur del Nuevo Testamento. Los títulos de John han sido traducidos a más de dos docenas de idiomas. La Biblia de estudio MacArthur, el recurso que es la piedra angular de su ministerio, está disponible en el idioma inglés (NKJ, NAS y ESV), español, ruso, alemán, francés, portugués, italiano, árabe y chino.

John y su esposa, Patricia, viven en el sur de California y tienen cuatro hijos casados: Matt, Marcy, Mark y Melinda. Ellos también disfrutan de la alegre compañía de sus 15 nietos.

La falsa enseñanza y la paz y pureza de la Iglesia | 2da Parte

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La falsa enseñanza y la paz y pureza de la Iglesia | 2da Parte

Eric Landry

Nota del editor: Esta es la conclusión del articulo «La falsa enseñanza y la paz y pureza de la Iglesia», que es el tercer capítulo en la serie «Falsos maestros«, publicada por la Tabletalk Magazine. 

¿Qué podemos hacer para mantener la paz y pureza de la iglesia?

Aunque no podemos evitar cada ataque del enemigo, algunos simples pasos ayudarán a prevenir el tipo de daño que la falsa enseñanza puede hacer en una iglesia local.

Primero, mantén expectativas altas en cuanto a líderes ordenados y no ordenados. El apóstol Pablo le indica a Timoteo y a Tito qué cualidades buscar al considerar líderes para sus nuevas iglesias. Sus ancianos y diáconos deben tener una buena teología, un carácter piadoso y un buen testimonio para con los de afuera (1 Tim 3:1-7, Tito 1:5-9). ¿Se aseguran nuestras iglesias de que los candidatos para el liderazgo cumplan con las calificaciones establecidas por el apóstol Pablo? Me temo que, en algunas iglesias, esas calificaciones se han puesto a un lado para darle preferencia al hermano que tiene éxito en los negocios, que tiene una gran personalidad y que ha donado (o puede donar) una suma significativa de dinero a la iglesia. La iglesia debe aspirar a tener un liderazgo que coincida con la expectativa apostólica en lugar de las expectativas de la junta directiva o cuerpo pastoral.

En segundo lugar, sé parte de la solución y no del problema. Los líderes de la iglesia leen mucho y variado mientras se preparan para enseñar al pueblo de Dios, pero si queremos garantizar una dieta continua de sana teología, debemos citar regularmente a escritores y referirnos a libros que no desvíen a la gente. No vale la pena mencionar la perla teológica de una fuente aberrante o pensador heterodoxo que vaya a confundir al pueblo de Dios. Echa un vistazo a los libros en la biblioteca de tu iglesia; revisa cuidadosamente los libros o recursos en la mesa de entrada. ¿Conducen estos recursos al corazón de la sana doctrina, o fomentan la «teología radical» que lleva a la congregación por caminos extraños? Los líderes de la iglesia deben usar su influencia para constantemente guiar a la iglesia hacia lo comprobado y verdadero en vez de lo nuevo y extremo.

Un día vendrá cuando Jesús presente la iglesia a Sí mismo como Su esposa santa e inmaculada.

Tercero, recuerda que todo ministerio fluye de la predicación de la Palabra el domingo. Los líderes de la iglesia deben revisar regularmente con sus líderes laicos para ver cómo las clases de entresemana o grupos pequeños están alineados con la reunión congregacional de los domingos. Es fácil para los grupos pequeños convertirse en “entidades” aisladas del ministerio general de la iglesia. Ese aislamiento puede amplificar la voz de un líder sobre el liderazgo ordenado de la iglesia y darle una plataforma para introducir falsas enseñanzas. Este peligro se puede mitigar, en parte, eligiendo cuidadosamente a quién le es permitido enseñar y dirigir grupos formales dentro de la iglesia y eligiendo cuidadosamente el plan de estudios que usará cada grupo. Sin embargo, generalmente se requiere un paso adicional: reúne periódicamente a los líderes de grupo y los maestros de estudio bíblico para entrenarlos, pasar tiempo en oración y motivarlos. Asegúrate de que ellos vean su ministerio como una extensión del ministerio de la Palabra, no como una competencia de este. Los pastores, ancianos, diáconos y líderes laicos deben unir sus esfuerzos en los ministerios para los que Dios los ha llamado y dotado. Juntos, «funcionando adecuadamente», el cuerpo de Cristo se edifica a sí mismo en amor (Ef 4:16).

Desafortunadamente, a pesar de nuestros mejores esfuerzos preventivos, la confrontación aún puede ser necesaria si descubrimos que la falsa enseñanza ha echado raíces en la iglesia. Entonces, el cuarto paso es hacer el arduo trabajo de confrontación. A pesar de las cosas horribles que las personas sienten la libertad de decirse en internet, protegidas por el anonimato de la interacción virtual, vivimos en una era no confrontacional. Nuestra tendencia a «ser amables» a veces nos lleva a evitar conversaciones difíciles. Aquellos que son sabios en la fe, que son los hermanos y hermanas mayores, los padres y las madres de la iglesia, deben estar dispuestos a reprender y exhortar gentilmente a aquellos que puedan estar perturbando la paz y pureza de la iglesia.

El ejemplo del pastor Bob en la historia anterior es útil aquí. Él con firmeza, pero con cuidado, explicó la posición de la iglesia al Sr. Smith. No pasó por alto el problema (esperando que mejorara por sí solo), ni reaccionó de forma exagerada (confrontando al Sr. Smith públicamente o echándolo de la iglesia). Cada oportunidad que tenemos para proteger la paz y pureza de la iglesia es también una oportunidad de ministrar personalmente a aquellos que están en el error.

Mientras los líderes ordenados tienen la tarea particular de proteger a la congregación de las falsas enseñanzas, todos los miembros de la iglesia están llamados a ser como los de Berea (Hch 17:11) y a «retened lo bueno» después de probar la enseñanza que escuchan (1 Tes 5:21). Cuando Dios bendice nuestros esfuerzos, el resultado es una iglesia segura donde los hombres, mujeres y niños pueden confiar en que Dios les está hablando a través de la predicación de la Palabra y ministrándoles de domingo a domingo cuando la iglesia se une en adoración.

Luchar por la paz y pureza de la iglesia no es normalmente un trabajo fácil. Requiere una ardua labor de estudio y un carácter firme. A veces es tentador rendirnos ante la desesperación. En esos momentos, recuerda que, si bien la paz y pureza de la iglesia pueden parecer una realidad frágil ahora, nuestra búsqueda de estas se basa en el futuro prometido por Dios. Un día vendrá cuando las puertas de la nueva Jerusalén nunca serán cerradas, cuando el pueblo de Dios nunca estará en peligro (Ap 21:25). Un día vendrá cuando Jesús presente la iglesia a Sí mismo como Su esposa santa e inmaculada (Ef 5:27). Luchamos por la paz y pureza de la iglesia con ese día en mente, seguros de que llegará en el tiempo de Dios.

Este articulo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Eric Landry

Eric Landry

El reverendo Eric Landry es pastor de la Redeemer Presbyterian Church (Austin, Texas) y editor ejecutivo del Modern Reformation.