Solo Dios tiene aseidad

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Solo Dios tiene aseidad

R.C.Sproul

De su serie de enseñanza Moisés y la zarza ardiente, R.C. Sproul explica que solo Dios existe por Su propio poder.

Transcripción

Tenemos la idea de la auto-existencia o lo que llamamos en teología el concepto de Aseidad. Cuando veo esta palabra en la pizarra, o cuando la veo en un libro de texto, sé que la gran mayoría de gente en las bancas nunca ha oído esa palabra y es tan oscura y esotérica que no les llega a importar oír esa palabra. Pero déjenme decirles en forma honesta y personal, que, al ver esa palabra, se me ponen los pelos de punta porque con esa única y pequeña palabra se captura toda la gloria de la perfección del Ser de Dios. Lo que hace a Dios diferente de ti, y diferente de mí, y diferente de las estrellas, los terremotos y de cualquier otra cosa creada es que Dios, y solo Dios tiene aseidad. Dios y solo Dios existe por Su propio poder.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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La clave del gozo cristiano

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La clave del gozo cristiano

R.C.Sproul

La palabra gozo aparece una y otra vez en las Escrituras. Por ejemplo, los salmos están llenos de referencias al gozo. El salmista escribe: “El llanto puede durar toda la noche, pero a la mañana vendrá el grito de alegría (o gozo)” (Sal. 30:5b), y “Aclamen con júbilo (o gozo) a Dios, habitantes de toda la tierra” (Sal. 66:1). De la misma manera, en el Nuevo Testamento leemos que el gozo es un fruto del Espíritu Santo (Gál. 5:22), lo que significa que es una virtud cristiana. Al ver este énfasis bíblico, debemos entender lo que es el gozo, y perseguirlo.

A veces se nos dificulta entender el concepto bíblico del gozo por la manera en que lo define y describe nuestra cultura occidental. En particular, a menudo confundimos el gozo con la felicidad. En las bienaventuranzas (Mt. 5:3-11), de acuerdo a la traducción tradicional, Jesús dijo: “Bienaventurados los pobres en espíritu… Bienaventurados los que lloran… Bienaventurados los humildes” (vv. 3-5, énfasis agregado), y así sucesivamente. Algunas veces, sin embargo, los traductores adoptan el lenguaje moderno y nos dicen que Jesús dijo feliz en lugar de bienaventurado. Me fastidia un poco cuando veo eso, no porque me opongo a la felicidad, sino porque la palabra feliz en nuestra cultura se ha convertido en algo sentimental y trivial. Como resultado, tiene una connotación de cierta superficialidad. Por ejemplo, hace algunos años, Charles M. Schulz, en la tira cómica de Charlie Brown, acuñó la frase: “La felicidad es un perrito”, y se convirtió en una máxima que articula una idea de la felicidad que es sentimental y placentera. Y luego está esa famosa canción, “Don’t Worry, Be Happy” por Bobby McFerrin en los 1980s. Sugería una actitud sin preocupaciones, una actitud casual hacia el deleite.

Sin embargo, la palabra griega usada en las bienaventuranzas se traduce mejor como “bendecido”, pues comunica no solo la idea de felicidad, sino también la de una profunda paz, confort, estabilidad, y grande gozo. Así que debemos tener cuidado cuando leemos el texto del Nuevo Testamento, para no leerlo con los lentes del entendimiento popular de la felicidad, y así perder el concepto bíblico del gozo.

Piensa de nuevo en la canción por McFerrin. La letra es extraña, desde la perspectiva contemporánea. Cuando canta: “Don’t worry, be happy (no te preocupes, sé feliz)”, está hablando en imperativo, un mandamiento: “No estés ansioso. En lugar de eso, sé feliz”. Nos está dando un deber, no una sugerencia. Pero nunca pensamos en la felicidad de esta manera. Cuando no somos felices, pensamos que es imposible decidir por un acto de la voluntad el cambiar nuestros sentimientos. Tendemos a pensar en la felicidad como algo pasivo, algo que nos pasa y sobre lo que no tenemos control. Es involuntario. Sí, lo deseamos y queremos experimentarlo, pero estamos convencidos de que no podemos crearlo por un acto de la voluntad.

Extrañamente, cuando McFerrin manda a sus escuchas a que sean felices, suena mucho como lo que vemos en el Nuevo Testamento. Una y otra vez en las páginas del Nuevo Testamento se comunica la idea del gozo como un imperativo, una obligación. En base a la enseñanza bíblica, yo inclusive diría que es un deber cristiano, su obligación moral, el tener gozo. Eso quiere decir que cuando un cristiano falla en tener gozo, está pecando, y que la falta de felicidad y gozo son, en cierta manera, manifestaciones de la carne.

Por supuesto, hay veces en que nos llenamos de dolor y tristeza. Jesucristo mismo fue llamado “varón de dolores y experimentado en aflicción” (Is. 53:3). Las Escrituras nos dicen: “Mejor es ir a una casa de luto que ir a una casa de banquete” (Ecl. 7:2a). Inclusive en el sermón del monte, Jesús dijo: “Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados” (Mt. 5:4). Puesto que la Biblia nos dice que es perfectamente legítimo experimentar lamento, dolor, y duelo, esos sentimientos no son pecaminosos.

Sin embargo, quiero que veas que las palabras de Jesús se pueden traducir como “gozosos son los que lloran”. ¿Cómo puede una persona llorar y permanecer en gozo? Bueno, creo que podemos desenredar eso fácilmente. El corazón del concepto del gozo en el Nuevo Testamento es este: una persona puede tener el gozo bíblico aun cuando está en lamento, sufrimiento, o pasando por circunstancias difíciles. Esto es porque el llanto de la persona está dirigido hacia un asunto en específico, pero al mismo tiempo, posee una medida de gozo.

¿Cómo podemos regocijarnos siempre?

En su carta a los filipenses, el apóstol Pablo habla acerca del gozo y acerca del deber cristiano a regocijarse una y otra vez. Por ejemplo, escribe: “Regocíjense en el Señor siempre” (4:4a). Este es un imperativo bíblico, y no deja lugar para no regocijarse; Pablo dice que los cristianos deben regocijarse siempre, no a veces, periódicamente, u ocasionalmente. Luego agrega: “Otra vez lo diré: ¡Regocíjense!” (4:4b). Pablo escribió esta epístola desde la prisión, y en ella habla de cosas sombrías, como la posibilidad de ser martirizado y derramado como sacrificio (2:17). Y aun así le dice a los creyentes filipenses que deben regocijarse a pesar de las circunstancias en las que se encontraba.

Esto nos regresa esta cuestión de cómo podemos tener gozo como una disciplina de la voluntad. ¿Cómo podemos permanecer gozosos todo el tiempo? Pablo nos da la clave: “Regocíjense en el Señor siempre” (énfasis agregado). La clave para el gozo cristiano está en su fuente, la cual es el Señor. Si Cristo está en mí y yo en Él, esa relación no es una experiencia de a veces. El cristiano siempre está en el Señor y el Señor siempre en el cristiano, y esa siempre es una razón para tener gozo. Aun cuando el cristiano no puede regocijarse en sus circunstancias, si pasa por dolor, lamento, o tristeza, aun puede regocijarse en Cristo. Nos regocijamos en el Señor, y ya que nunca nos deja ni nos abandona, podemos regocijarnos siempre.

Este es un extracto tomado del libro electrónico gratuito, ¿Puedo tener gozo en mi vida? por R. C. Sproul.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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La advertencia de R.C. Sproul con respecto a la oración

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La advertencia de R.C. Sproul con respecto a la oración

R.C.Sproul

Necesito hacer una advertencia. En nuestros días, muchas personas han vuelto a descubrir el poder de la oración. Esto es algo bueno; no hay nada más emocionante en la vida cristiana que orar específicamente, para expresar un deseo, para hacer una solicitud o una petición a Dios, y luego ver cómo Él responde esa solicitud de manera específica y clara. Es bueno recibir lo que pedimos, pero el beneficio añadido es la seguridad que adquirimos de que Dios escucha nuestras oraciones y las responde.

Sin embargo, algunos llevan esto a un extremo y saltan a la conclusión de que la oración es una especie de varita mágica, que si oramos con el sonido correcto, de la manera correcta, con las frases correctas, y en la postura correcta, Dios está obligado a responder. La idea parece ser que tenemos la capacidad para obligar al Dios Todopoderoso para que haga por nosotros lo que nosotros queremos que se haga, pero Dios no es un botones celestial que está disponible cada vez que presionamos el botón, a la espera de servirnos en cada una de nuestras solicitudes.

Es posible que respondas que la Biblia parece decir que Dios está dispuesto a darnos prácticamente cualquier cosa que pidamos. Podrías mencionar que Jesús dijo: “Pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen, y se les abrirá” (Mat. 7 :7). Podrías recordar que Jesús dijo, “Y todo lo que pidan en oración, creyendo, lo recibirán” (Mat. 21:22). Podrías incluso mencionar que Él dijo: “Si dos de ustedes se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan aquí en la tierra, les será hecho por mi Padre que está en los cielos” (Mat.18:19).

Versos en su contexto

Tenemos que ser muy cuidadosos en nuestro manejo de estos versos, teniendo cuidado de interpretarlos en su contexto. Piensa en ello: a cualquier número de personas le gustaría ver una cura para el cáncer. Estoy seguro de que podría encontrar al menos unas pocas personas que estarían de acuerdo conmigo en esto, así que si dos o tres de nosotros nos reunimos y acordamos que una cura para el cáncer sería bueno, y luego oramos sobre eso, ¿estaría Dios obligado a responder?

Jesús dijo claramente: “Si dos de ustedes se ponen de acuerdo… les será hecho”, pero Él hizo esta declaración en el contexto de una gran cantidad de información acerca de la oración auténtica que Él ya había dado a sus discípulos. No podemos simplemente venir a un texto y escoger un verso sin examinar todas las cualificaciones que nuestro Señor dio en su enseñanza completa de la oración. Hacerlo así es arriesgarse a terminar con una visión mágica del asunto.

Criaturas del tiempo

Una de las razones por las que somos atraídos a la superstición y prácticas impías es que somos criaturas del tiempo. Como resultado de ello, estamos ansiosos. No sabemos lo que el mañana va a traer. Mi primera oración de niño fue: “Ahora me acuesto a dormir. Le pido al Señor que cuide mi alma. Si muero antes de despertar, pido al Señor que tome mi alma”. Esa última frase siempre me dio miedo, la parte de morir antes de despertar. No sabía si iba a morir antes de que me despertara. En realidad, no mucho ha cambiado desde entonces. No sé lo que esta tarde va a traer a mi vida. No sé lo que el mañana, la próxima semana, o el próximo año va a traer a mi vida, y tampoco tú. Vivimos siempre al borde de la eternidad, como criaturas finitas. Y eso trae ansiedad a nuestras almas.

¿No es interesante que uno de los negocios más lucrativos en los Estados Unidos de América en el siglo XXI, un tiempo de gran progreso en la educación, un tiempo de explosión del conocimiento, sigue siendo la práctica de la astrología? Lo he dicho muchas veces, que podría pedir a mis estudiantes del seminario a que nombren las doce tribus de Israel, y estaría muy feliz si pudieran nombrar ocho o nueve. Pero podría pedirles que nombren los doce signos del zodíaco, y prácticamente cada uno de ellos, dado el tiempo suficiente, podría nombrar todos los doce. No creo que ello signifique que estén más interesados en la astrología que en la historia bíblica, pero ello sugiere que la astrología es un fenómeno que está muy extendido en nuestra cultura. ¿Por qué? Porque queremos conocer el futuro.

Eso no es lo que significa vivir en la fe cristiana. Mi mañana y tus mañanas están en las manos de Dios. Hacemos nuestras peticiones ante Él y confiamos nuestros mañanas a su soberanía. Estoy encantado de que mi futuro no esté en las manos de las estrellas o los adivinos. Más bien, mi futuro está en las manos de la voluntad del Dios soberano.

Este extracto se toma del folleto, Preguntas Cruciales” de R.C. Sproul “¿Puede la oración cambiar las cosas?”ozo en mi vida? por R. C. Sproul.

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¿Cuán pecaminoso es el hombre?

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¿Cuán pecaminoso es el hombre?

R.C.Sproul

Imagina un círculo que represente el carácter de la humanidad. Ahora imagina que si alguien peca, un punto —una mancha moral atípica— aparece en el círculo, estropeando el carácter del hombre. Si se producen otros pecados, aparecen más manchas en el círculo. Así, si los pecados continúan multiplicándose, con el tiempo todo el círculo se llenará de puntos y manchas. ¿Pero han llegado a ese punto las cosas? El carácter humano está claramente contaminado por el pecado, pero el debate es sobre el alcance de esa mancha. La Iglesia Católica Romana mantiene la posición de que el carácter del hombre no está completamente contaminado, sino que conserva una pequeña isla de rectitud moral. Sin embargo, los reformadores protestantes del siglo XVI afirmaron que la contaminación del pecado y la corrupción del hombre caído es completa, haciéndonos totalmente corruptos.

Hay muchos malentendidos sobre lo que los reformadores querían decir con esa afirmación. El término que se utiliza a menudo para la condición humana en la teología reformada clásica es la depravación total. La gente tiene una tendencia a hacer una expresión de dolor cada vez que utilizamos ese término porque hay una confusión muy extendida entre el concepto de depravación total y el concepto de depravación absoluta. Depravación absoluta significaría que el hombre es tan malo –tan corrupto– como podría ser. Yo no creo que haya un ser humano en este mundo que sea absolutamente corrupto, pero eso es solo por la gracia de Dios y por el poder restrictivo de Su gracia común. A pesar de los muchos pecados que hemos cometido individualmente, podríamos haberlo hecho peor. Podríamos haber pecado más a menudo. Podríamos haber cometido pecados más atroces. O podríamos haber cometido un mayor número de pecados. La depravación total, entonces, no significa que los hombres son tan malos como concebiblemente podrían llegar a ser.

Cuando los reformadores protestantes hablaban de la depravación total, querían decir que el pecado—su poder, su influencia, su inclinación—afecta a toda la persona. Nuestros cuerpos están caídos, nuestros corazones están caídos, y nuestras mentes están caídas. No hay parte de nosotros que escape a los estragos de la naturaleza humana pecaminosa. El pecado afecta nuestro comportamiento, nuestros pensamientos, e incluso nuestras conversaciones. La persona en su totalidad está caída. Esa es la verdadera medida de nuestra pecaminosidad cuando se juzga por el estándar y la norma de la perfección y la santidad de Dios.

Este extracto es tomado de «The Truth fo the Cross» (La Verdad de la Cruz) de R.C. Sproul.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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¿Murió Dios en la cruz?

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¿Murió Dios en la cruz?

R.C.Sproul

El famoso himno de la iglesia, “Maravilloso es el gran amor”, contiene una línea que hace una afirmación estremecedora: “Oh maravilla de su amor, por mí murió el Salvador*”. ¿Es correcto decir que Dios murió en la cruz?

Este tipo de expresión es popular en la himnografía y en algunas conversaciones. Así que aunque tengo escrúpulos sobre el himno, y me molesta la expresión, creo que la entiendo, y existe una manera de darle indulgencia.

Creemos que Jesucristo fue Dios encarnado. También creemos que Jesucristo murió en la cruz. Si decimos que Dios murió en la cruz, y si por eso queremos decir que la naturaleza divina pereció, nos hemos pasado de la línea hacia una seria herejía. De hecho, dos herejías relacionadas con este problema surgieron en los primeros siglos de la iglesia: teopasianismo y patripasianismo. La primera de ellas, el teopasianismo, enseña que Dios mismo sufrió la muerte en la cruz. El patripasianismo indica que el Padre sufrió vicariamente por medio del sufrimiento de su Hijo. Ambas herejías fueron rotundamente rechazadas por la Iglesia, por la razón de que categóricamente niegan el mismo carácter y naturaleza de Dios, incluyendo su inmutabilidad. No hay ningún cambio en la naturaleza sustantiva o el carácter de Dios en ningún momento.

Dios no solo creó el universo, sino que lo sostiene mediante el mismo poder de su ser. Como Pablo dijo: “Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch. 17:28). Si el ser de Dios cesara por un segundo, el universo desaparecería y dejaría de existir, porque nada puede existir aparte del poder sustentador de Dios. Si Dios muere, todo muere con Él. Obviamente, entonces, Dios no pudo haber perecido en la cruz.

Algunos dicen: “Fue la segunda persona de la Trinidad quien murió”. Eso sería una mutación dentro del mismo ser de Dios, porque cuando miramos a la Trinidad, decimos que los tres son uno en esencia, y que aunque hay distinciones personales entre las personas de la Divinidad, tales distinciones no son esenciales en el sentido de que son diferencias en ser. La muerte es algo que implicaría un cambio en el ser.

Deberíamos encogernos en horror ante la idea de que Dios realmente murió en la cruz. La expiación fue hecha por la naturaleza humana de Cristo. De alguna forma la gente tiende a pensar que esto disminuye la dignidad o el valor del acto sustitutivo, como si de alguna manera estuviéramos negando implícitamente la deidad de Cristo. Dios no lo quiera. Es el Dios-Hombre que muere, pero la muerte es algo que solo es experimentada por la naturaleza humana, porque la naturaleza divina no es capaz de experimentar la muerte.

*En ingles: “Que tú, Dios mío, hayas muerto por mí”.

Este extracto es tomado de The Truth of the Cross, de R.C. Sproul.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

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¿Pueden los incrédulos hacer buenas obras?

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¿Pueden los incrédulos hacer buenas obras?

R.C.Sproul

Imagine un círculo que representa el carácter de la humanidad. Ahora imagine que cuando alguien peca, aparece en el círculo una mancha, una especie de mancha moral, que arruina el carácter del hombre. Si ocurrieran otros pecados, aparecerían más manchas en el círculo. Bueno, si los pecados continuaran multiplicándose, eventualmente todo el círculo estaría lleno de manchas y manchas. Pero, ¿han llegado las cosas a ese punto? El carácter humano está claramente contaminado por el pecado, pero el debate es sobre el alcance de esa mancha. La Iglesia católica romana sostiene su posición en que el carácter del hombre no está completamente contaminado, sino que retiene una pequeña isla de justicia. Sin embargo, los reformadores protestantes del siglo XVI afirmaron que la contaminación pecaminosa y la corrupción del hombre caído es completa, haciéndonos totalmente corruptos.

Hay un gran malentendido acerca de lo que los reformadores querían decir con esa afirmación. El término que se utiliza a menudo para el predicamento humano en la teología reformada clásica es la “depravación total”. La gente tiende a estremecerse cada vez que usamos ese término ya que hay una confusión profunda entre el concepto de depravación total y el concepto de depravación absoluta. La depravación absoluta significaría que el hombre es tan malo y tan corrupto como podría serlo. No creo que haya un ser humano en este mundo que sea totalmente corrupto, aunque eso es solo por la gracia de Dios y por el poder contenedor de su gracia común. De los muchos pecados que hemos cometido, podríamos haber hecho muchos peores. Podríamos haber pecado más a menudo. Podríamos haber cometido pecados que eran más atroces. O podríamos haber cometido un mayor número de pecados. La depravación total, entonces, no significa que los hombres son tan malos como pueden ser.

Cuando los reformadores protestantes hablaban de la depravación total, querían decir que el pecado —su poder, su influencia, su inclinación— afecta a la persona entera. Nuestros cuerpos están caídos, nuestros corazones están caídos, y nuestras mentes están caídas; no hay parte de nosotros que pueda escapar los estragos de nuestra pecaminosa naturaleza humana. El pecado afecta nuestro comportamiento, nuestro pensamiento, e incluso nuestra conversación. La persona entera está caída. Esa es la extensión real de nuestra pecaminosidad cuando somos juzgados por el estándar y la norma de la perfección y santidad de Dios.

Ahondando más en el tema, cuando el apóstol Pablo explica detalladamente esta condición del humano caído, dice: “No hay justo, ni aun uno; … No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3:10b-12). Esa es una declaración radical. Pablo está diciendo que el hombre caído nunca, nunca, hace ni una sola buena acción, pero eso es un golpe duro a nuestra experiencia. Cuando miramos a nuestro alrededor podemos ver a muchas personas que no son cristianos pero hacen cosas que aplaudiríamos por su virtud. Por ejemplo, vemos actos de heroísmo sacrificado entre aquellos que no son cristianos, como los policías y bomberos. Muchas personas viven tranquilamente como ciudadanos respetuosos de la ley, nunca desafiando al estado. Escuchamos regularmente acerca de actos de honestidad e integridad, como cuando una persona devuelve una billetera perdida en vez de quedarse con ella. Juan Calvino llamó a estos actos: justicia civil. Pero ¿cómo puede haber obras de bondad cuando la Biblia dice que nadie hace el bien?

La razón de este problema es que cuando la Biblia describe la bondad o la maldad, lo mira desde dos perspectivas distintas. Primero, está la varilla de medición de la Ley, que evalúa el desempeño externo de los seres humanos. Por ejemplo, si Dios dice que no es permitido robar, y usted va toda la vida sin robar, desde una evaluación externa podríamos decir que usted tiene un buen historial. Usted ha guardado la ley externamente.

Pero además de la varilla de medición externa, también está la consideración del corazón, la motivación interna de nuestro comportamiento. Se nos dice que el hombre juzga por las apariencias externas, pero Dios mira el corazón. Desde una perspectiva bíblica, hacer una buena acción, en el sentido más completo, requiere no solo que el hecho se ajuste exteriormente a los estándares de la Ley de Dios, sino que proceda de un corazón que lo ama y quiere honrarlo. Recordad el gran mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mt. 22:37). ¿Hay alguien leyendo esto que haya amado a Dios con todo su corazón durante los últimos cinco minutos? No. Nadie ama a Dios con todo su corazón, no digamos con toda su alma y toda su mente.

Una de las cosas por las que voy a dar cuenta en el día del juicio es la forma en que he desperdiciado mi mente en la búsqueda del conocimiento de Dios. ¿Cuántas veces he sido demasiado perezoso y no me he dedicado con esfuerzo a conocer a Dios? No he amado a Dios con toda mi mente. Si amo a Dios con toda mi mente, nunca habría un pensamiento impuro en mi cabeza. Pero así no sucede en mi cabeza.

Si consideramos el desempeño humano desde esta perspectiva, podemos ver por qué el apóstol Pablo llegó a su conclusión radical de que no hay nadie que haga el bien, que no hay bondad en la humanidad. Incluso nuestros mejores trabajos tienen una mancha de pecado mezclada. Nunca he hecho un acto de caridad, de sacrificio, o de heroísmo que provenga de un corazón, un alma, y una mente que ame a Dios completamente. Externamente, muchos actos virtuosos ocurren tanto entre creyentes como incrédulos, pero Dios considera tanto la obediencia externa como la motivación. Bajo esa estricta norma de juicio, estamos en problemas.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

 

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Hipócritas en la iglesia

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Hipócritas en la iglesia

R.C.Sproul

¿Por qué maldijo Jesús a la higuera en Marcos 11? Jesús, entre otras cosas, era un profeta. Una de las formas más gráficas de comunicación profética en el Antiguo Testamento era enseñar por medio de objetos. El profeta tomaba algo de la naturaleza o de la vida cotidiana, como lo hizo Amós con una plomada de albañil para comunicar la verdad de Dios. Aquí Jesús encontró un objeto que ilustraba el pecado de la hipocresía. Tenía la apariencia de fertilidad, pero en realidad era estéril. A lo largo de su ministerio terrenal, Jesús denunció fuertemente el pecado de la hipocresía. Esa era su crítica básica a los fariseos de su tiempo (Lucas 12:1).

En varias ocasiones Jesús reprendió a los líderes religiosos por demostrar espiritualidad y rectitud a pesar de su falta visible de fruto.

Eso debería ser una lección para nosotros. Un ministerio evangelístico encontró durante muchos años que una de las diez principales objeciones al cristianismo es la suposición de que la iglesia está llena de hipócritas. La gente veía las vidas de los miembros de la iglesia a lo largo de la semana y dijeron que se alejaron del cristianismo porque creían que los cristianos no vivían lo que profesaban.

Es cierto que la iglesia está llena de pecadores. De hecho, no conozco de ninguna otra organización en el mundo que requiera que una persona sea un pecador para unirse a ella. Sin embargo, mientras que todos los hipócritas son pecadores, no todos los pecadores son hipócritas. La hipocresía es solo uno de muchos pecados. Es injusto que nuestros críticos digan: “Fulanito es un cristiano, y lo vimos pecando durante la semana; por lo tanto, es un hipócrita”. Eso no es necesariamente así. Si yo afirmo no hacer algo pecaminoso y luego usted me ve hacerlo, soy culpable de hipocresía. Pero si usted me ve hacer algo pecaminoso que nunca dije que no hago, soy un pecador pero no soy un hipócrita. Tenemos que establecer esa clara distinción.

Sin embargo, habiendo dicho eso en defensa de los cristianos que por su naturaleza caída continúan pecando incluso después de abrazar al Salvador, todavía exhorto a que todos tengamos cuidado de evitar el pecado de la hipocresía. Pablo habló de esto cuando dijo: “El nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de ustedes” (Ro. 2:24).

Los incrédulos nos ven predicando sin ponerlo en práctica, y eso no debería ser así entre nosotros.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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¿Cómo debo orar por mi iglesia?

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¿Cómo debo orar por mi iglesia?

Aaron L. Garriott

Nota del editor: Este es el capítulo 22 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Para saber cómo debemos orar por nuestras iglesias, primero necesitamos considerar cómo el Señor Jesucristo ora por Su Iglesia desde los cielos. J. C. Ryle estaba en lo correcto cuando dijo: «Lo que Dios pide por Su pueblo es lo mismo que Su pueblo debe pedir para sí mismo». Esto hace que la oración de Jesús en Juan 17 sea un patrón útil para orar por nuestras iglesias.

Es importante resaltar la naturaleza espiritual de la oración de Jesús. Esto puede parecer obvio, ya que toda oración es “espiritual”, pero me refiero al propósito (telos) de nuestras oraciones. Muchas cadenas de oración por correo electrónico están llenas de peticiones de salud y financieras. Ciertamente no debemos ignorar la importancia de las necesidades temporales (Fil 4:6), pero debemos orar por ellas en la medida en que sean para fines espirituales. Tal vez el resaltar unas cuantas categorías en Juan 17 respalde esta afirmación.

No todos podemos predicar; no todos podemos dirigir; no todos podemos dar oro y plata, pero todos podemos contribuir con nuestras oraciones.

Perseverancia: Ora para que nadie en la iglesia visible se desvíe, para que los que forman parte de la familia de tu iglesia sean contados entre aquellos de los cuales Cristo dijo que no perdería ni siquiera uno (vv. 11, 23; ver 10:28).

Gozo: Ora por un gozo pleno, constante, comunicable y centrado en Dios (Jn 17:13; ver Sal 16:1121:6).

Protección: Ora por protección contra el mundo, la carne y el diablo, aquel que busca descarriar a las ovejas (Jn 17:15).

Santificación: Ora para que tu iglesia viva en santidad y sea conformada a la imagen de Cristo por la obra del Espíritu Santo (v. 17).

Testimonio: Ora para que tu iglesia testifique de la gloria de Dios revelada en el evangelio de Jesucristo (v.18).

La unidad: Ora por una fraternidad inquebrantable basada en la verdad y por una unidad tangible entre los miembros de tu iglesia (vv. 11, 21-23).

Podemos usar estas categorías para orar tanto por individuos como por grupos de personas. También podemos usarlas para orar por la Iglesia universal o por la iglesia local.

La unidad es la categoría más prominente en la oración de Jesús. Desafortunadamente, es probable que sea por la que menos oramos. Jesús ora para que la unidad de Su Iglesia refleje la unidad de la Divinidad (v. 11). De la misma manera en que nuestra vida debe reflejar nuestra unión mística con Cristo, así también debe reflejar la unión que existe entre nosotros. Como ovejas de Cristo, muchas veces actuamos como si perteneciéramos a pastores y a rebaños diferentes. Pero la unidad del cuerpo bajo la guianza de su Cabeza es la que testifica al mundo la veracidad del evangelio (v. 21).

Charles Spurgeon exhortó a su iglesia: «No todos podemos predicar; no todos podemos dirigir; no todos podemos dar oro y plata, pero todos podemos contribuir con nuestras oraciones». Orar por nuestras iglesias alinea nuestros afectos con los afectos de Dios, quien «ama las puertas de Sión» (Sal 87:2). Richard Sibbes señaló que «las oraciones por la Iglesia [de Cristo] son aceptadas porque son para el beneficio de Su amada». Más aún, orar por la perseverancia, el gozo, la protección, la santificación, el testimonio y la unidad de nuestras iglesias asegura que nuestras oraciones están alineadas con la oración de Jesús, y ellas son un medio crucial por el cual Dios cumple Su promesa de «[hacer] bien con [Su] benevolencia a Sión» (Sal 51:18).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Aaron L. Garriott

Aaron L. Garriott

Aaron es gerente de producción de la Tabletalk Magazine, graduado de Wheaton College, y estudiante en Reformed Theological Seminary en Orlando, FL.

¿Escucha Dios las oraciones de los impíos?

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Keith A. Mathison

¿Escucha Dios las oraciones de los impíos?

Nota del editor: Este es el capítulo 23 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

A lo largo de la Escritura se nos informa repetidamente que Dios no escucha las oraciones de los impíos. Por ejemplo, Jeremías 14:11-12 dice: «Y el Señor me dijo: «No ruegues por el bienestar de este pueblo. Cuando ayunen, no escucharé su clamor; cuando ofrezcan holocausto y ofrenda de cereal, no los aceptaré”». Proverbios 28:9 nos dice que la oración del hombre sin ley «es abominación». Una y otra vez leemos que Dios no escucha las oraciones de los impíos (p. ej.: Sal 66:18Pr 21:13Is 1:15Jer 11:11-14). ¿Qué significa esto? ¿No es Dios omnisciente? ¿No conoce Él todas las cosas? Claro que sí. La Escritura nos dice que Dios conoce todas las cosas y que «no hay cosa creada oculta a Su vista» (Heb 4:13). Dios conoce cada uno de nuestros pensamientos (1 Cr 28:9), y Él conoce las palabras que vamos a decir aun antes de nosotros hablar (Sal 139:4).

Entonces ¿cómo es posible que la Biblia también diga que Dios no escucha las oraciones del impío? Para poder entender lo que la Escritura está diciendo, primero debemos considerar Isaías 59:1-2, donde el profeta escribe: «He aquí, no se ha acortado la mano del Señor para salvar; ni se ha endurecido Su oído para oír. Pero vuestras iniquidades han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados le han hecho esconder Su rostro de vosotros para no escucharos» (énfasis añadido). El profeta afirma que Dios puede oír. En otras palabras, Dios es omnisciente. Él puede oír las oraciones de los impíos, en el sentido de que Él sabe que ellos están orando, y Él conoce lo que ellos están orando. Dios es omnisciente.

La única oración del impío que Él escuchará es la oración de arrepentimiento genuino.

Sin embargo, Isaías señala inmediatamente que el problema no es la omnisciencia de Dios, sino el pecado de los que oran. Por causa de su pecado, Él no los escucha. Esto significa que Dios no escuchará a aquellos que ignoran Su ley. Zacarías dice claramente: «Como Yo había clamado y ellos no habían querido escuchar, así ellos clamaron y Yo no quise escuchar» (Zac 7:13). Si los impíos persisten en su maldad, Dios no concederá sus peticiones. Oran en vano.

Por otro lado, sí hay una oración que el impío puede orar que será escuchada por Dios. Es la oración de arrepentimiento. Vemos un ejemplo en 1 Reyes 21:17-29, donde Dios condena al malvado rey Acab (vv. 17-24). Al oír las palabras de juicio, Acab se arrepiente en cilicio (v. 27). El Señor ve su arrepentimiento y declara que el juicio caerá sobre los descendientes de Acab en lugar de sobre Acab mismo (vv. 28-29). Considera también el arrepentimiento de los ninivitas descrito en el libro de Jonás. Cuando el rey de Nínive oyó las palabras del profeta, tanto él como el pueblo se arrepintieron, y «se arrepintió Dios del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo» (Jon 3:1-10). Dios conoce y escucha todas las cosas, pero la única oración del impío que Él escuchará es la oración de arrepentimiento genuino.

Keith A. MathisonKeith A. Mathison

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo From Age to Age.

¿Cómo puedo orar por los enfermos y los moribundos?

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¿Cómo puedo orar por los enfermos y los moribundos?

Nota del editor: Este es el capítulo 24 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Kelly M. Kapic

Cuando vemos a otros padeciendo dolor, queremos ayudar. Queremos mejorar su situación. Ese es un instinto noble que refleja a nuestro buen Dios Creador.

Cuando Jesús se encontraba con personas que estaban lidiando con heridas, muy a menudo brindaba Su toque sanador. Su vida y Su proclamación prometieron una nueva creación donde no habrá dolor, temor o lágrimas. Sin embargo, esto no era más que un anticipo. Aquellos que Él sanó, murieron; su sanación temporal apuntaba a una regeneración completa y definitiva que aún no ha llegado.

Tiene sentido que los seguidores de Jesús quieran proclamar y ofrecer esperanza y sanidad completa. Sin embargo, ese buen instinto fácilmente puede irse por mal camino. Aunque este impulso puede estar basado en buenas intenciones, a veces terminamos hiriendo seriamente a los que están sufriendo.

Estamos llamados a llorar con los que lloran y a lamentarnos con los que se lamentan.

Primero que todo, no somos Jesús, y no tenemos Su autoridad mesiánica. Ciertamente podemos y debemos orar por sanidad física. Dios continúa siendo el médico por excelencia del cuerpo y del alma, y Él sigue obrando activamente en medio de Su creación.

Pero ¿qué pasa cuando el cáncer no se cura? ¿Qué sucede cuando el dolor crónico y debilitador nunca cesa? ¿Por qué es que la sanidad física tiende a ser la única cosa en la que concentramos nuestras oraciones?

Mucho más a menudo de lo que nos damos cuenta, deberíamos estar orando para que los santos que están sufriendo no se rindan en la desesperación. Tenemos que rogar a Dios que guarde sus corazones de endurecerse contra el Padre. Si bien puede ser legítimo dejar de orar por una sanación sobrenatural, nunca debemos dejar de pedir a Dios que fortalezca su fe, que avive su esperanza y les consuele con Su amor.

No estamos obligados a estar felices ni a ser optimistas en todo momento; a veces lloramos con los que sufren. Esto les muestra que no están solos, y los animamos aceptando su dolor y su lucha. En ocasiones, estas acciones les recuerdan su esperanza en Cristo con más eficacia que un sermón.

¿Cómo debemos abordar a los que viven en sufrimiento continuo, especialmente cuando los doctores no pueden encontrar soluciones y las oraciones no han resultado en una sanación física? Desafortunadamente, lo que muchos tratamos de hacer es seguir ofreciendo remedios, lo cual muchas veces resulta ser mucho más hiriente de lo que percibimos.

En lugar de esto, estamos llamados a amarlos. No somos responsables de resolver sus problemas de salud. Estamos llamados a estar ahí con ellos, a recorrer este difícil camino con ellos. Aún más, podemos aprender de ellos, escuchando de sus luchas e intentos de confiar en Dios en medio del temor y el dolor.

No se nos exige que resolvamos el misterioso dolor y sufrimiento de otros, ni tampoco que lo expliquemos o lo remediemos. No, estamos llamados a salir a caminar con ellos, a compartir comidas y a ofrecerles cálidos abrazos. Estamos llamados a llorar con los que lloran y a lamentarnos con los que se lamentan. Estamos invitados a tratar de iluminar la oscuridad con humor (como sea apropiado) y a crecer en sensibilidad hacia los demás a causa de las presiones que están enfrentando. Estamos llamados a amarlos, ofreciendo nuestras oraciones, nuestra presencia y nuestra perseverancia. Esto ya es suficientemente pesado sin nosotros tratar de llevar la carga de diagnosticar o remediar su mal; esa es una carga que nunca fuimos destinados a llevar.

 

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Kelly M. Kapic

Kelly M. Kapic

El Dr. Kelly M. Kapic es profesor de Estudios Teológicos en Covenant College de Lookout Mountain, Ga. Es el autor de varios libros, incluyendo Embodied Hope [La esperanza encarnada].