Un Antídoto Contra las Artimañas de Satanás

SERMÓN PREDICADO UN JUEVES POR LA NOCHE DURANTE EL INVIERNO DE 1858

POR CHARLES HADDON SPURGEON,

EN LA CAPILLA DE NEW PARK STREET, SOUTHWARK, LONDRES,

Y SELECCIONADO PARA LECTURA EL DOMINGO 30 DE DICIEMBRE DE 1900.

“Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho”. Génesis 3: 1.

Por supuesto que entendemos que este versículo se refiere a “la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás”. En vez de la palabra “serpiente”, la Versión Samaritana usa: “engañador” o “mentiroso”. Aunque esta no fuera la lectura auténtica, con todo, declara ciertamente una verdad. Ese viejo engañador, de quien nuestro Señor Jesús les había dicho a los judíos: “Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira”, era “astuto, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho”. Agradó a Dios dar astucia a muchas bestias, -a algunas, astucia y artería combinadas con fuerza- con el objeto de que pudieran ser más destructivas para ciertas clases de animales cuyos números requieren ser controlados. A otras, que están desprovistas de mucha fuerza, le ha agradado darles instintos de la más maravillosa sabiduría para la autopreservación y la destrucción de su presa y para la procuración de su alimento; pero todos los sabios instintos y toda la astucia de las bestias del campo son sobrepasados grandemente por la astucia de Satanás. De hecho, yendo más lejos, el hombre tiene, tal vez, mucha más astucia que cualquier otra simple criatura, aunque pareciera algunas veces que el instinto animal en efecto aventajara a la razón humana; pero Satanás tiene una mayor astucia en su interior que cualquier otra criatura que el Señor haya creado, el hombre incluido.

Satanás posee abundantes artimañas y es capaz de vencernos por varias razones. Me parece que una suficiente razón para que Satanás sea artero es porque es malicioso; pues de todas las cosas, la malicia es lo más productivo de la artería. Cuando un hombre está resuelto a la venganza, es extraño cuán artero es para encontrar oportunidades para desfogar su malevolencia. Si un hombre siente enemistad contra otro y esa enemistad se posesiona enteramente de su alma y derrama veneno, por decirlo así, en su propia sangre, se volverá sumamente artero con los medios que usa para vejar y hacer daño a su adversario. Ahora, nadie puede estar más lleno de malicia contra el hombre que Satanás, tal como lo demuestra cada día; y esa malicia aguza su inherente sabiduría de manera que se vuelve sumamente astuto.

Además, Satanás es un ángel, aunque es un ángel caído. No dudamos, por ciertos indicios en la Escritura, que ocupara un lugar muy excelso en la jerarquía de ángeles antes de caer; y sabemos que esos poderosos seres están dotados de vastos poderes intelectuales que sobrepasan en mucho cualesquiera que hayan sido dados jamás a seres de molde humano. Por tanto, no hemos de esperar que un hombre, sin ayuda de lo alto, sea alguna vez un contrincante para un ángel, especialmente un ángel cuyo intelecto innato ha sido aguzado por una malicia sumamente malévola en contra nuestra.

Además, Satanás muy bien puede ser astuto ahora –puedo decir confiablemente que más astuto de lo que era en los días de Adán- pues él ha tenido largos tratos con la raza humana. Cuando tentó a Eva esa era su primera ocasión de tratar con la humanidad; pero aun entonces la serpiente era “astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho”. Desde entonces él ha ejercitado todo su diabólico pensamiento y grandes poderes para acosar y arruinar a los hombres. No hay ningún santo a quien no haya perseguido y ningún pecador al que no haya conducido a engaño. Juntamente con sus tropas de espíritus malignos él ha estado ejerciendo un terrible control sobre los hijos de los hombres; él es por tanto muy habilidoso en todas las artes de la tentación. Nunca un anatomista entendió tan bien el cuerpo humano como Satanás entiende el alma humana. Él no ha sido “tentado en todo”, pero él ha tentado a otros en todos los puntos. Él ha procurado atacar nuestra condición humana desde la corona de nuestra cabeza hasta la planta de nuestro pie; ha explorado cada obra exterior de nuestra naturaleza e incluso las cavernas más secretas de nuestras almas. Ha escalado la ciudadela de nuestro corazón, y ha vivido allí; ha explorado sus más íntimos recovecos y se ha sumergido en los más bajos abismos. Yo supongo que no hay nada de la naturaleza humana que Satanás no pueda desenmarañar; y aunque, sin duda, es el más grande tonto que haya existido jamás, como continuamente el tiempo lo demuestra, con todo, más allá de toda duda, él es el más astuto de los tontos, y puedo agregar que esa no es una gran paradoja, pues la argucia es siempre una insensatez y la astucia no es sino otra forma de apartarse de la sabiduría.

Y ahora, hermanos, durante unos cuantos minutos voy a ocupar su tiempo, primero, notando las argucias y la astucia de Satanás, y los modos en que ataca nuestras almas; y, en segundo lugar, voy a darles unas cuantas palabras de admonición con respecto a la sabiduría que debemos ejercitar contra él, y el único medio que podemos usar eficazmente para impedir que su astucia sea el instrumento de nuestra destrucción.

I. Notemos, en primer lugar, LAS ARGUCIAS Y LA ASTUCIA DE SATANÁS, como las hemos descubierto en nuestra propia experiencia.

Y puedo comenzar observando que Satanás descubre su artería y su astucia por los modos de su ataque. Hay un hombre que es calmado y tranquilo, y está en paz; Satanás no ataca a ese hombre con incredulidad o desconfianza; le ataca en un punto más vulnerable que eso; el amor propio, la confianza en uno mismo, la mundanalidad, estas cosas serán las armas que Satanás usará contra él. Hay otra persona que es notable por su abatimiento y por su falta de vigor mental; no es probable que Satanás se esfuerce por inflarlo con el orgullo, pero examinándolo, y descubriendo dónde está su punto débil, le tentará a dudar de su llamado, y se esforzará por conducirlo a la desesperación. Hay otro hombre de salud corporal fuerte y robusta, que tiene todos sus poderes mentales en pleno y vigoroso ejercicio, disfrutando de las promesas y deleitándose en los caminos de Dios; posiblemente Satanás no le atacará con la incredulidad, porque siente que tiene una armadura para ese punto en particular, pero le atacará con orgullo o con alguna tentación a la lujuria. Él nos examinará muy íntegra y cuidadosamente, y si nos encuentra que somos como Aquiles, únicamente vulnerables en nuestro talón, entonces disparará sus flechas a nuestro talón.

Yo creo que Satanás no ha atacado a menudo a un hombre en un lugar donde le vio que era fuerte; pero generalmente busca bien el punto débil, el pecado que asedia. “Allí”, -dice él- “allí voy a dar el golpe”; ¡y que Dios nos ayude en la hora de la batalla y en el tiempo del conflicto! Tenemos necesidad de decir: “¡Que Dios nos ayude!”, pues, ciertamente, a menos que el Señor nos ayude, este astuto enemigo puede encontrar fácilmente suficientes junturas en nuestra armadura, y pronto podría enviar la flecha mortal a nuestras almas, de manera que caeríamos heridos delante de él. Y sin embargo, he notado, y es muy extraño, que Satanás tienta algunas veces a los hombres con la propia cosa que supondrías que nunca les tentaría. ¿Cuál imaginan ustedes que fue la última tentación de John Knox en su lecho de muerte? Tal vez nunca hubo un hombre que entendiera más plenamente la gran doctrina de que “por gracia sois salvos”, que John Knox. La tronaba desde el púlpito; y si lo hubieras cuestionado sobre el tema él te la habría declarado osada y valientemente, negando con todo su poder la doctrina papal de la salvación por medio del mérito humano. Pero, ¿podrán creerlo, ese viejo enemigo de las almas atacó a John Knox con la justicia propia cuando yacía en su lecho de muerte? Vino a él y le dijo: “¡Cuán valientemente has servido a tu Señor, Juan! Nunca te has acobardado delante de la faz del hombre; te has enfrentado a reyes y a príncipes, y sin embargo, no has temblado nunca; un hombre como tú puede caminar para entrar al reino del cielo con sus propios pies, y vestir sus propios vestidos en la boda del Altísimo”; y aguda y terrible fue la lucha que John Knox tuvo con el enemigo de las almas por esa tentación.

Yo puedo darles un ejemplo similar de mi propia experiencia. Yo pensé para mí que, de todos los seres en el mundo, yo era el que más libre estaba de cuidados. Nunca había ejercitado mis pensamientos ni por un instante, así lo pienso, preocupándome por las cosas temporales; yo siempre tuve todo lo que había necesitado, y parecía que yo había sido trasladado más allá del alcance de la ansiedad acerca de tales asuntos; y sin embargo, es extraño decirlo, no hace mucho tiempo, una tentación sumamente terrible me sobrecogió, arrojándome en la mundanalidad del cuidado y del pensamiento; y aunque yacía y gemía en agonía y luchaba con todo mi poder contra la tentación, pasó mucho tiempo antes de que pudiera vencer esos pensamientos desconfiados con relación a la providencia de Dios, cuando, debo confesarlo, no había la menor razón, hasta donde podía verlo, del por qué tales pensamientos irrumpieran en mí. Por esa razón, y por muchas más, odio más y más al diablo cada día, y he hecho votos, de ser posible, mediante la predicación de la Palabra de Dios, de buscar sacudir los propios pilares de su reino; y yo pienso que todos los siervos de Dios sentirán que su enemistad contra el archienemigo de las almas aumenta cada día debido a los malevolentes y extraños ataques que continuamente está haciendo contra nosotros.

Los modos de ataque de Satanás, entonces, como aprenderán rápidamente si es que no lo han hecho ya, delatan su astucia. ¡Ah!, hijos de los hombres, mientras ustedes se están poniendo sus cascos, él está buscando enterrar su espada de fuego dentro de su corazón; o mientras ustedes están inspeccionando bien su coraza, él está levantando su hacha de combate para partir su cráneo; y mientras ustedes están inspeccionando tanto su casco como su coraza, él está buscando hacer tropezar su pie. Él está vigilando siempre para ver dónde no están viendo ustedes; él está alerta siempre cuando ustedes están dormitando. Mirad por vosotros mismos, por tanto; “Vestíos de toda la armadura de Dios”; “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe”; ¡y que Dios les ayude a prevalecer contra él!

Una segunda cosa en la que Satanás delata su astucia es, las armas que usará a menudo contra nosotros. Algunas veces atacará al hijo de Dios con el recuerdo de una canción obscena, o con un discurso licencioso que pudo haber oído en los días de su estado carnal; pero con mucha mayor frecuencia le atacará con textos de la Escritura. Es extraño que tenga que ser así, pero a menudo es el caso de que, cuando dispara su flecha contra un cristiano, la propulsa con la propia Palabra de Dios. Eso parecía ser, de acuerdo con el poeta, la intensa conmoción del dolor que el águila, cuando la flecha estaba sorbiendo la sangre de su corazón, vio que la pluma que le dio alas para volar hacia su pecho había sido arrancada de su propio pecho; y el cristiano tendrá con frecuencia una experiencia más o menos similar. “¡Ah!”, –dirá- “aquí hay un texto que yo amo, tomado del Libro que valoro, sin embargo, está vuelto contra mí. Un arma salida de la propia armería de Dios es constituida como el instrumento de muerte contra mi alma”. ¿No han encontrado que así sucede, queridos amigos cristianos? ¿No han probado que así como Satanás atacó a Cristo con un “Escrito está”, así también los ha atacado a ustedes? ¿Y no han aprendido a estar en guardia contra las perversiones en contra de la Sagrada Escritura, y los retorcimientos de la Palabra de Dios, para que no los conduzcan a la destrucción?

En otros momentos, Satanás usará el arma de nuestra propia experiencia. “¡Ah!”, -dirá el diablo- “en tal y tal día, tú pecaste de tal y tal manera; ¿cómo puedes ser un hijo de Dios?” En otro momento él dirá: “tú eres justo con justicia propia, por tanto no puedes ser un heredero del cielo”. Luego, otra vez, comenzará a desenterrar todas las viejas historias que hemos olvidado desde hace mucho tiempo de todas nuestras incredulidades pasadas, de nuestros pasados descarríos, y así sucesivamente, y nos reprocha eso. Él dirá: “¡Cómo! ¿Tú, TÚ un cristiano? ¡Un buen cristiano has de ser!” O, posiblemente comenzará a tentarte de alguna manera parecida a esta: “El otro día no querías hacer tal y tal cosa en el negocio; ¡cuánto perdiste por eso! Fulano de Tal es un cristiano; él lo hizo. Tu vecino, al otro lado de la calle, ¿no es él un diácono de una iglesia, y acaso no lo hizo? ¿Por qué no puedes hacer lo mismo? Te iría muchísimo mejor si lo hicieras. Fulano de Tal lo hace, y le va bien, y es precisamente tan respetado como lo eres tú; entonces, ¿por qué no habrías de actuar de la misma manera?” Así, el diablo te atacará con armas tomadas de tu propia experiencia, o de la iglesia de la cual eres un miembro. ¡Ah!, ten cuidado, pues Satanás sabe cómo escoger sus armas. Él no está saliendo contra ustedes, si fueran grandes gigantes, con una honda y una piedra; sino que viene armado hasta los dientes para derribarte. Si él sabe que estás tan protegido por una cota de malla que el filo de su espada será doblegado por tu armadura, entonces te atacará con un veneno letal; y si sabe que no puedes ser destruido por esos medios, viendo que tienes un antídoto a la mano, entonces buscará tenderte una trampa; y si eres precavido de manera que no puedes ser sorprendido así, entonces enviará problemas de fuego contra ti, o una aplastante avalancha de dolor, de manera que pueda someterte. Las armas de su guerra, siempre malas, y a menudo espirituales e invisibles, son poderosas contra tales débiles criaturas como somos nosotros.

Además, la argucia del diablo es descubierta en otra cosa, en los agentes que emplea. El diablo no realiza él mismo todo su sucio trabajo; a menudo emplea a otros para que lo hagan por él. Cuando Sansón tenía que ser vencido, y sus nazareas guedejas tenían que ser cortadas, Satanás tenía a Dalila lista para tentarlo y conducirlo al descarrío; él sabía qué había en el corazón de Sansón, y dónde estaba su lugar más débil, y por tanto, le tentó por medio de la mujer que amaba. Un viejo teólogo dice: “Hay muchos hombres cuya cabeza ha sido quebrada por su propia costilla”, y ciertamente eso es cierto. Satanás algunas veces ha puesto a la propia esposa de un hombre para que lo derribe hasta la destrucción, o ha usado a algún querido amigo como el instrumento para obrar su ruina. Ustedes recuerdan cómo David se lamentaba por este mal: “Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado; ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él; sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar; que juntos comunicábamos dulcemente los secretos, y andábamos en amistad en la casa de Dios”. “¡Ah!”, -dice el diablo- “tú no pensaste que yo iba a poner a un enemigo a hablar mal de ti, ¿no es cierto? Vamos, eso no te habría lastimado. Yo sé cómo elegir a mis agentes de mejor manera; voy a elegir a un hombre que es un amigo o un conocido; él se te acercará, y luego te meterá el puñal debajo de los pliegues de tus vestidos”. Si un ministro ha de ser fastidiado, Satanás elegirá a un diácono que lo fastidie. Él sabe que no le importará tanto un ataque de cualquier otro miembro de la iglesia; así que algún diácono se levantará y dominará sobre él, de manera que tendrá noches sin dormir y días ansiosos. Si es un diácono el que Satanás quiere fastidiar, buscará poner a algún miembro o hermano diácono contra él; y si no hay ninguna otra persona que le importe, será su amigo más cercano y más querido el que desempeñe el acto villano.

El diablo siempre está listo a tomar en su mano la red en la que el pez es más probable que caiga, y a extender la trampa que es más probable que atrape al ave. Yo no sospecho, si tú eres un profesante de larga experiencia, que serás tentado por un sujeto borracho; no, el diablo te tentará por medio de un hipócrita mojigato. Yo no imagino que tu enemigo venga y te ataque y te calumnie; será tu amigo. Satanás sabe cómo usar y disfrazar a todos sus agentes. “¡Ah!”, -dice- “un lobo con piel de oveja será mejor para mí que un lobo que se mira como un lobo; y uno de la iglesia jugará mejor el juego y lo logrará más fácilmente, que uno fuera de ella”. La elección de los agentes de Satanás demuestra su artería y su ingenio. Fue algo astuto que eligiera a la serpiente para el propósito de tentar a Eva. Muy probablemente Eva estaba fascinada por la apariencia de la serpiente; probablemente admiraba su tonalidad brillante, y somos conducidos a creer que era entonces una criatura mucho más noble de lo que es ahora. Tal vez, entonces, se podía erguir sobre sus anillos, y muy probablemente a ella le complacía y le deleitaba; pudo haber sido la criatura familiar con la que jugaba –no dudo de que lo fuera- antes de que el diablo entrara en ella. Ustedes saben cómo, a menudo, el diablo entra dentro de cada uno de nosotros. Yo sé que él ha entrado en mí muchas veces, cuando ha necesitado que se diga una palabra hiriente contra alguien. “Nadie puede herir a ese hombre, o afligir a ese hombre” –dice el diablo- “tan bien como puede hacerlo el señor Spurgeon; vamos, lo ama como a su propia alma. Ese es el hombre”, dice el diablo, “que hará la herida más despiadada de todas, y él la hará”. Entonces, tal vez soy conducido a creer algo erróneo en contra de un algún precioso hijo de Dios, y posteriormente a hablar de ello; y luego me aflijo al pensar que pude ser tan necio como para prestar mi corazón y mi lengua al diablo. Por tanto puedo advertir a cada uno de ustedes, y especialmente a mí mismo, y a todos aquellos que tienen mucho amor derramado en ellos, a que pongan atención no sea que se conviertan en instrumentos de Satanás afligiendo los corazones del pueblo de Dios, y derribando a quienes tienen ya suficientes problemas que los pueden derribar, sin que necesiten ninguna ayuda de parte nuestra.

Y, una vez más, Satanás muestra su astucia por los tiempos en los que nos ataca. Yo pensaba, cuando estuve enfermo, que si podía levantarme de la cama otra vez y ser fortalecido, yo le iba a dar al diablo una paliza sumamente terrible por la manera en que me atacó cuando estaba enfermo. ¡Cobarde! ¿Por qué no esperó hasta que estuviera bien? Pero siempre encuentro que, si mi ánimo se abate, y me encuentro en una baja condición de corazón, Satanás elige especialmente ese tiempo para atacarme con la incredulidad. Que venga contra nosotros cuando la promesa de Dios está fresca en nuestra memoria, y cuando estamos disfrutando de un tiempo de dulce derramamiento de corazón en oración delante de Dios, y él verá cómo lucharemos contra él entonces. Pero, no; él sabe que entonces tendríamos la fuerza para resistirle; y, prevaleciendo con Dios, seríamos capaces de prevalecer contra el diablo también. Por tanto vendrá contra nosotros cuando haya una nube entre nosotros mismos y nuestro Dios; cuando el cuerpo está deprimido y el ánimo está débil, entonces nos tentará, y procurará conducirnos a la desconfianza de Dios. En otro momento, nos tentará al orgullo. ¿Por qué no nos tienta al orgullo cuando estamos enfermos y cuando tenemos el espíritu deprimido? “No” –dice- “no puedo lograrlo entonces”. Él escoge el tiempo cuando un hombre está bien, cuando está en el pleno disfrute de las promesas, y capacitado para servir a su Dios con deleite, y entonces lo tentará al orgullo. Es la oportunidad de sus ataques, el correcto ordenamiento de sus asaltos lo que hace que Satanás sea un enemigo diez veces más terrible de lo que sería de otra manera, y eso demuestra la profundidad de su artería. Verdaderamente, la antigua serpiente es más astuta que cualquier otra bestia del campo que el Señor ha creado.

Hay algo acerca de los poderes del infierno que siempre me ha dejado asombrado. La Iglesia de Cristo siempre está disputando; pero, ¿oyeron alguna vez que el diablo y sus confederados alterquen? ¡Hay un vasto ejército de esos espíritus caídos, pero cuán maravillosamente unánime es! Son tan unidos que, si en algún momento en especial el gran príncipe negro del infierno desea concentrar todas las masas de su ejército en un punto particular, lo hace al tictac del reloj, y la tentación viene con su más plena fuerza justo cuando es más probable que prevalecerá. Ah, si tuviéramos una unanimidad como esa en la Iglesia de Dios, si todos nos moviéramos con la guía del dedo de Cristo, si toda la Iglesia pudiera, en este momento por ejemplo, moverse en una gran masa al ataque de un cierto mal, ahora que el tiempo ha llegado para el ataque sobre eso, ¡cuánto más fácilmente podríamos prevalecer! ¡Pero, ay! Satanás nos sobrepasa en artificio, y los poderes del infierno nos sobrepasan en mucho en unanimidad. Esto, sin embargo, es un gran punto en la astucia de Satanás, que él elige siempre los tiempos de sus ataques muy sabiamente.

Y todavía hay algo más, y habré concluido con este punto. La astucia de Satanás es muy grande en otra cosa, esto es, en sus retiradas. Cuando me uní a la Iglesia Cristiana por primera vez, no pude entender nunca un dicho que oí de un anciano, que no había ninguna tentación tan mala como la de no ser tentado, ni tampoco entendía entonces qué quiso decir Rutherford cuando dijo que le gustaba un diablo rugiente mucho más que un diablo durmiente. Ahora lo entiendo; y ustedes, que son hijos de Dios, y que han andado por algunos años en sus caminos, lo entienden también.

“Más temo la calma traicionera,

Que la tempestad que rueda sobre mi cabeza”.

Hay un estado tal de corazón como este: tú quieres sentir, pero no sientes. Si sólo pudieras dudar, lo considerarías un logro muy grande; sí, y aun si pudieras conocer la negrura de la desesperación, preferirías sentir eso que ser como eres. “¡Vaya!”, -dices- “no tengo ninguna duda acerca de mi condición eterna; de alguna manera pienso que puedo decir, aunque no podría hablar exactamente con certeza, pues me temo que sería presunción, sin embargo, en verdad confío que puedo decir que soy un heredero del cielo. Sin embargo eso no me produce ningún goce. Puedo involucrarme en la obra de Dios; en verdad siento que la amo, sin embargo, no puedo sentir que sea la obra de Dios; siento que me he metido en una ronda de deber, y sigo adelante, y adelante y adelante, como un caballo ciego que va porque tiene que ir. Leo la promesa, pero no veo ninguna especial dulzura en ella; de hecho, no parece como si necesitara alguna promesa. E incluso las amenazas no me aterrorizan; no hay ningún terror en ellas para mí. Oigo la Palabra de Dios; tal vez soy sacudido por lo que el ministro dice, pero no me siento impresionado por su denuedo como debería estarlo. Siento que no podría vivir sin oración, y sin embargo, no hay ninguna unción en mi alma. No me atrevo a pecar; confío que mi vida es externamente sin mancha; lo que tengo que lamentar todavía es un corazón de plomo, una falta de susceptibilidad al deleite espiritual o al cántico espiritual, una calma completa en el alma, como esa terrible calma de la cual el ‘Viejo Marinero’ de Coleridge decía:

“El fondo mismo se pudría,

¡Ay, quién lo hubiera pensado!

Sí, viscosas criaturas con patas

Se arrastraban por el viscoso mar”.

Ahora, querido amigo, ¿sabes algo acerca del estado de tu propio corazón justo ahora? Si es así, esa es la respuesta al enigma: que no ser tentado es peor que ser tentado. Realmente, ha habido tiempos, en la experiencia pasada de mi propia alma, cuando hubiera estado agradecido al diablo si hubiera venido y me hubiera sacudido; yo habría sentido que Dios le había empleado, contra su deseo, para hacerme un bien permanente, para despertarme al conflicto. Si el diablo simplemente hubiera entrado en la Tierra Encantada, y hubiera atacado a los peregrinos allí, ¡qué buena cosa habría sido para ellos! Pero, ustedes notarán que John Bunyan no lo puso allí, pues no tenía nada que hacer allí. Era en el Valle de la Humillación que había mucho trabajo hecho a la medida para Satanás; pero en la Tierra Encantada todos los peregrinos dormitaban, como hombres dormidos sobre la punta de un mastelero. Estaban ebrios por el vino, de manera que no podían hacer nada, y por tanto el diablo sabía que no le necesitaban allí; simplemente los dejó para que siguieran durmiendo. Madame Bubble y ‘modorra’ harían todo su trabajo. Pero fue en el Valle de la Humillación donde entró, y allí tuvo su severo combate con el pobre de cristiano. Hermanos, si van pasando a través de la tierra que es encantada con modorra, indiferencia y sueño, entenderán la astucia del diablo en mantenerse fuera del camino.

II. Y ahora, en segundo lugar, preguntémonos muy brevemente, ¿QUÉ HAREMOS CON ESE ENEMIGO? Ustedes y yo sentimos que tenemos que entrar en el reino del cielo, y no podemos entrar allí mientras nos quedamos inmóviles. La Ciudad de la Destrucción está detrás de nosotros, y Muerte nos está persiguiendo; debemos apretar el paso hacia el cielo; pero, en el camino, está este “león rugiente, buscando a quien devorar”. ¿Qué haremos? Él tiene gran astucia; ¿cómo le venceremos? ¿Buscaremos ser tan astutos como él? ¡Ah!, esa sería una tarea ociosa; en verdad sería pecaminosa. Buscar ser astuto, como el demonio, sería tan perverso como sería fútil. ¿Qué haremos, entonces? ¿Le atacaremos con sabiduría? ¡Ay!, nuestra sabiduría no es sino insensatez. “El hombre vano se hará entendido”; pero en su óptimo estado no es sino “un pollino de asno montés”. Entonces, ¿qué haremos?

La única manera de repeler la astucia de Satanás es adquiriendo verdadera sabiduría. Lo repito de nuevo, el hombre no tiene nada de eso en sí mismo. ¿Qué pues? En esto hay verdadera sabiduría. Si quieres luchar exitosamente contra Satanás, haz de las Santas Escrituras tu recurso diario. De esta sagrada revista extrae continuamente tu armadura y tu munición. Aférrate a las gloriosas doctrinas de la Palabra de Dios; haz de ellas tu comida y tu bebida diarias. Así serás fuerte para resistir al demonio, y estarás feliz al descubrir que huirá de ti. “¿Con qué limpiará el joven su camino?” ¿Y cómo se protegerá un cristiano contra el enemigo? “Con guardar tu palabra”. Combatamos siempre a Satanás con un “Escrito está”; pues ninguna arma afectará jamás al archienemigo tan bien como lo hará la Santa Escritura. Intenta luchar con Satanás con la espada de madera de la razón, y él te vencerá fácilmente; pero usa esta hoja de Jerusalén de la Palabra de Dios, con la cual ha sido herido muchas veces y le vencerás con prontitud.

Pero, sobre todo, si quisiéramos resistir exitosamente a Satanás, debemos mirar no meramente a la sabiduría revelada, sino a la Sabiduría Encarnada. ¡Oh, amados, aquí tiene que estar el principal punto de reunión para cada alma tentada! Debemos huir a Él “el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención”. Él tiene que enseñarnos, Él tiene que guiarnos, Él tiene que ser nuestro Todo en todo. Nosotros tenemos que mantenernos cerca de Él en comunión. Las ovejas nunca están tan protegidas del lobo como cuando están cerca del pastor. Nunca estaremos tan a salvo de las flechas de Satanás como cuando tenemos nuestra cabeza descansando en el pecho del Salvador. Creyente, camina de acuerdo a Su ejemplo; vive diariamente en Su comunión; confía siempre en Su sangre; y de esta manera serás más que vencedor aun sobre la sutileza y la astucia del propio Satanás. Tiene que ser un gozo para el cristiano saber que, a la larga, toda la astucia de Satanás estará decepcionada, y todos sus designios malignos contra los santos demostrarán que no tienen ningún efecto. ¿No esperan con ansia, mis muy queridos hermanos, el día cuando todas sus tentaciones acaben, y cuando lleguen al cielo? ¿Y no mirarán entonces hacia abajo a este archidemonio, con santa risa y escarnio? Yo creo en verdad que los santos, cuando piensan en los ataques de Satanás, “se alegran con gozo inefable”, y además de eso, sentirán un desprecio en sus propias almas por toda la astucia del infierno cuando vean cómo ha sido frustrada. ¿Qué ha estado haciendo el diablo estos miles de años? ¿Acaso no ha sido el siervo indispuesto de Dios y de Su Iglesia? Él ha estado buscando siempre destruir el árbol viviente; pero cuando ha estado intentando desenterrarlo, sólo ha sido como un jardinero cavando con su azada y aflojando la tierra para ayudar a las raíces a desparramarse más; y cuando ha estado con su hacha buscando podar los árboles del Señor y desfigurar su belleza, ¿qué ha sido, después de todo, sino una podadera en la mano de Dios, para quitar las ramas que no dan fruto, y para limpiar esas que sí producen algo, para que puedan dar más fruto? Hubo una vez, ustedes saben, cuando la Iglesia de Cristo era como un pequeño torrente, -justo un riachuelo pequeñito- y fluía a lo largo de un estrecho vallecito. Justo unos cuantos santos estaban reunidos juntos en Jerusalén, y el diablo pensó para sí: “Ahora voy a conseguir una gran piedra, y voy a detener este riachuelo para que no corra”. Entonces va y consigue esta gran piedra, y la arroja en el centro del riachuelo, pensando, por supuesto, que debía detenerlo para que no corriera más; pero, en vez de hacer eso, esparció las gotas sobre todo el mundo, y cada gota se convirtió en la madre de una fuente fresca. Ustedes saben qué era esa piedra; era persecución, y los santos fueron esparcidos por ella; pero entonces “los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”, y así la Iglesia fue multiplicada, y el demonio fue derrotado. Satanás, te lo digo en tu cara, tú eres el mayor necio que haya respirado jamás, y te lo voy a demostrar en el día cuando tú y yo estaremos como enemigos, enemigos jurados, como lo somos en este día, en el grandioso tribunal de Dios; y que eso, cristiano, se lo puedas decir siempre que te ataque. No le tengas miedo, sino resístele firme en la fe, y tú prevalecerás.

Traductor: Allan Román

18/Septiembre/2014

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La Encarnación y el Nacimiento de Cristo

El Púlpito de la Capilla New Park Street

La Encarnación y el Nacimiento de Cristo

NO. 57
Sermón predicado la mañana del Domingo 23 de Diciembre, 1855

Charles Haddon Spurgeon

En la Capilla de New Park Street, Southark, Londres

«Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.» — Miqueas 5: 2.

Esta es la estación del año cuando, querámoslo o no, estamos obligados a pensar en el nacimiento de Cristo. Considero que es una de las cosas más absurdas bajo el cielo pensar que hay religión cuando se guarda el día de Navidad. No hay ninguna probabilidad que nuestro Salvador Jesucristo haya nacido en ese día, y su observancia es puramente de origen papal; sin duda quienes son católicos tienen el derecho de reverenciarlo, pero no puedo entender cómo los protestantes consistentes pueden considerarlo de alguna manera sagrado. Sin embargo, yo desearía que hubiese diez o doce días de Navidad al año; porque hay suficiente trabajo en el mundo y un poco más de descanso no le haría daño a la gente que trabaja.

El día de Navidad es realmente una bendición para nosotros; particularmente porque nos congrega alrededor de la chimenea de nuestra casa y nos reunimos una vez más con nuestros amigos. Sin embargo, aunque no seguimos los pasos de otras personas, no veo ningún daño en que pensemos en la encarnación y el nacimiento del Señor Jesús. No queremos ser clasificados con aquellos que:

«Ponen más cuidado en guardar el día de fiesta
De manera incorrecta,
Que el cuidado que otros ponen
Para guardarlo de manera correcta.»
Los antiguos puritanos hacían ostentación de trabajo el día de Navidad, sólo para mostrar que protestaban contra la observancia de ese día. Pero nosotros creemos que protestaban tan radicalmente, que deseamos, como descendientes suyos, aprovechar el bien accidentalmente conferido por ese día, y dejar que los supersticiosos sigan con sus supersticiones.

Procedo de inmediato al punto que tengo que comentarles. Vemos, en primer lugar, quién fue el que envió a Cristo. Dios el Padre habla aquí, y dice: «de ti me saldrá el que será Señor en Israel.» En segundo lugar, ¿dónde vino al momento de Su encarnación? En tercer lugar, ¿para qué vino? «Para ser Señor en Israel.» En cuarto lugar, ¿había venido ya antes? Sí, ya lo había hecho antes. «Sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.»

I. Entonces, en primer lugar, ¿QUIÉN ENVIÓ A CRISTO? La respuesta nos es entregada por las propias palabras del texto: «De ti,» dice Jehová, hablando por la boca de Miqueas, «de ti me saldrá.» Es un dulce pensamiento que Jesucristo no vino sin el permiso, autoridad, consentimiento y ayuda de Su Padre. Fue enviado por el Padre, para que fuera el Salvador de los hombres. ¡Ay! Nosotros estamos inclinados a olvidar que, si bien es cierto que hay distinciones en cuanto a las Personas de la Trinidad, no hay distinción en cuanto al honor; y muy frecuentemente atribuimos el honor de nuestra salvación, o al menos las profundidades de Su misericordia y el extremo de Su benevolencia, más a Jesucristo que al Padre. Este es un gran error. ¿Y qué si Jesús vino? ¿Acaso no lo envió el Padre? Si fue convertido en un niño, ¿acaso no lo engendró el Espíritu Santo? Si habló maravillosamente, ¿acaso el Padre no derramó gracia en Sus labios, para que fuera un capaz ministro del nuevo pacto?

Si Su Padre lo abandonó cuando tomó la amarga copa de hiel, ¿acaso no lo amaba aún? Y después de tres días ¿no Lo levantó de los muertos y Lo recibió en lo alto, llevando cautiva la cautividad? ¡Ah!, amados hermanos, quien conoce al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo como debería conocerlos, nunca coloca a Uno por encima del Otro; no está más agradecido al Uno que al Otro; Los ve a todos en Belén, en Getsemaní y en el Calvario, Todos igualmente involucrados en la obra de salvación. «De ti me saldrá.» Oh cristiano, ¿has puesto tu confianza en el hombre Cristo Jesús? ¿Has colocado tu seguridad únicamente en Él? Y ¿estás unido a Él? Entonces debes creer que estás unido al Dios del cielo; puesto que eres hermano del hombre Cristo Jesús, y tienes una íntima relación con Él, entonces por esa razón estás ligado al Dios eterno, y «el Anciano de días» es tu Padre y tu amigo. «De ti me saldrá.»

¿Acaso nunca has visto la profundidad del amor que había en el corazón de Jehová, cuando Dios el Padre equipó a Su Hijo para la grandiosa empresa de misericordia? Había habido un día triste en el cielo una vez antes, cuando Satanás cayó, y arrastró consigo a un tercio de las estrellas del cielo, cuando el Hijo de Dios, lanzando de Su grandiosa diestra los truenos omnipotentes, arrojó al grupo rebelde al foso de perdición; pero si pudiéramos concebir una pena en el cielo, debe haber sido un día más triste cuando el Hijo del Altísimo dejó el seno de Su Padre, donde había descansado desde antes de todos los mundos. «Ve,» dijo el Padre, «¡con la bendición de Tu Padre sobre Tu cabeza! Luego viene el despojarse de Sus vestidos. ¡Cómo se reúnen los ángeles alrededor, para ver al Hijo de Dios quitarse Sus vestiduras! Puso a un lado Su corona; dijo «Padre mío, yo soy Señor de todo, bendito por siempre, pero voy a hacer mi corona a un lado, y voy a ser como los hombres mortales.» Se despoja de Su brillante vestimenta de gloria; «Padre,» dice «voy a ponerme un vestido de barro, justo el mismo que usan los hombres.» Luego se quita todas esas joyas con las que era glorificado; hace a un lado Sus mantos bordados de estrellas y Sus túnicas de luz, para vestirse con las simples ropas del campesino de Galilea. ¡Cuán solemne debe haber sido ese desvestirse!

Y en seguida, ¿pueden imaginarse la separación? Los ángeles sirven al Salvador a lo largo de las calles, hasta que se acercan a las puertas, cuando un ángel exclama: «¡Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y saldrá el Rey de gloria!» ¡Oh!, me parece que los ángeles deben haber llorado cuando perdieron la compañía de Jesús; cuando el Sol del Cielo les arrebató toda Su luz. Pero lo siguieron. Descendieron con Él; y cuando Su espíritu entró en la carne, y se volvió un bebé, Él fue servido por ese poderoso ejército de ángeles, quienes después de haber estado con Él en el pesebre de Belén, y después de verlo descansar en el pecho de Su madre, en su camino de regreso hacia lo alto, se aparecieron a los pastores y les dijeron que había nacido el Rey de los judíos. ¡El Padre lo envió! Contemplen ese tema. Sus almas deben aferrarse a ese tema, y en cada período de Su vida piensen que Él sufrió lo que el Padre quiso; que cada paso de Su vida fue marcado con la aprobación del grandioso YO SOY. Cada pensamiento que tengan acerca de Jesús debe estar conectado con el Dios eterno, siempre bendito; pues «Él,» dice Jehová, «me saldrá.» Entonces, ¿quién lo envió? La respuesta es, Su Padre.

II. Ahora, en segundo lugar, ¿ADÓNDE VINO? Una palabra o dos relativas a Belén. Se consideró bueno y adecuado que nuestro Salvador naciera en Belén, y eso debido a la historia de Belén, al nombre de Belén, y a la posición de Belén: pequeña en Judá.

1. En primer lugar, se consideró necesario que Cristo naciera en Belén, debido a la historia de Belén. Muy querida para todo israelita era la pequeña aldea de Belén. Jerusalén podía brillar más que ella en esplendor, pues allí estaba el templo, la gloria de toda la tierra, y «Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion;» sin embargo alrededor de Belén ocurrió un número de incidentes que la convirtieron siempre en un agradable lugar de descanso para la mente de cada judío. Inclusive el cristiano no puede evitar amar a Belén.

Creo que la primera mención que tenemos de Belén es triste. Allí murió Raquel. Si buscan en el capítulo 35 de Génesis, encontrarán que el versículo 16 dice: «Después partieron de Bet-el; y había aún como media legua de tierra para llegar a Efrata, cuando dio a luz Raquel, y hubo trabajo en su parto. Y aconteció, como había trabajo en su parto, que le dijo la partera: No temas, que también tendrás este hijo. Y aconteció que al salírsele el alma (pues murió), llamó su nombre Benoni; mas su padre lo llamó Benjamín. Así murió Raquel, y fue sepultada en el camino de Efrata, la cual es Belén. Y levantó Jacob un pilar sobre su sepultura; esta es la señal de la sepultura de Raquel hasta hoy.» Este es un incidente singular: casi profético. ¿No habría podido María haber llamado a su propio hijo Jesús, su Benoni?; pues Él iba a ser ‘el hijo de mi dolor.’

Simeón le dijo: «(y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.» Pero aunque ella pudo haberlo llamado Benoni, ¿cómo lo llamó Dios Su Padre? Benjamín, el hijo de mi mano derecha; Benjamín en cuanto a Su Divinidad. Este pequeño incidente parece ser casi una profecía que Benoni: Benjamín, el Señor Jesús, debía nacer en Belén.

Pero otra mujer hace célebre este lugar. El nombre de esa mujer era Noemí. Allí en Belén vivió en días posteriores otra mujer llamada Noemí, cuando tal vez la piedra que el amor de Jacob había levantado, ya estaba cubierta de musgo y su inscripción estaba borrada. Ella también fue una hija de gozo, pero una hija de amargura a la vez. Noemí fue una mujer a quien el Señor había amado y bendecido, pero tenía que marcharse a una tierra extraña; y ella dijo: «No me llaméis Noemí (delicia) sino llamadme Mara (amargo); porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso.» Sin embargo, ella no estaba sola en medio de todas sus pérdidas, pues se aferró a ella Rut la moabita, cuya sangre gentil se debía unir con el torrente puro y sin mancha del judío que debía engendrar al Señor nuestro Salvador, el grandioso Rey tanto de los judíos como de los gentiles.

El bellísimo libro de Rut tenía todo su escenario en Belén. Fue en Belén que Rut salió a recoger espigas en los campos de Booz; fue allí que Booz la miró, y ella se inclinó a tierra ante su señor; fue allí que se celebró su matrimonio; y en las calles de Belén, Booz y Rut recibieron una bendición que los hizo fructíferos, de tal forma que Booz se convirtió en el padre de Obed, y Obed el padre de Isaí, e Isaí engendró a David. Este último hecho ciñe a Belén con gloria: el hecho que David haya nacido allí: el héroe poderoso que mató al gigante filisteo, que libró a los descontentos de su tierra de la tiranía de su monarca y que después, con el pleno consentimiento de un pueblo que así lo quería, fue coronado rey de Israel y de Judá.

Belén era una ciudad real, porque reyes fueron engendrados allí. Aunque Belén era pequeña, tenía mucho para ser estimada; porque era como ciertos principados que tenemos en Europa, que no son celebrados por nada sino por haber engendrado a consortes de las familias reales de Inglaterra. Era un derecho, entonces, por la historia, que Belén debía ser el lugar del nacimiento de Cristo.

2. Pero además, hay algo en el nombre del lugar. «Belén Efrata.» La palabra Belén tiene un doble significado. Quiere decir «la casa del pan,» y «la casa de la guerra.» ¿No debía nacer Cristo en «la casa del pan?» Él es el pan de Su pueblo, de Quien recibe su alimento. Como nuestros padres comieron maná en el desierto, así nosotros vivimos de Cristo aquí abajo. Hambrientos frente al mundo, no podemos alimentarnos de sus sombras. Sus cáscaras pueden gratificar el gusto porcino de los mundanos, pues ellos son puercos; pero nosotros necesitamos algo más sustancial, y en ese bendito pan del cielo, hecho del cuerpo magullado de nuestro Señor Jesús, y cocido en el horno de Sus agonías, encontramos un alimento bendito. No hay alimento como Jesús para el alma desesperada o para el más fuerte de los santos. El más humilde de la familia de Dios va a Belén por su pan; y el hombre más fuerte, que come sólidos alimentos, va a Belén por ellos.

¡Casa de Pan! ¿De dónde podría venir nuestro alimento fuera de Ti? Hemos probado al Sinaí, pero en sus cumbres abruptas no crecen frutos, y sus alturas espinosas no producen el trigo que pueda alimentarnos. Hemos ido al propio Tabor, donde Cristo fue transfigurado, y sin embargo allí no hemos sido capaces de comer Su carne y beber Su sangre.

Pero tú Belén, casa de pan, correctamente fuiste nombrada; pues allí se le dio al hombre por primera vez el pan de vida. Y también es llamada «la casa de la guerra;» porque Cristo es para un hombre «la casa del pan,» o de lo contrario, «la casa de la guerra.» Mientras Él es alimento para el justo, hace la guerra al impío, según Su propia palabra: «No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa.»

¡Pecador! Si tú no conoces a Belén como «la casa del pan,» será para ti una «casa de guerra.» Si de los labios de Jesús nunca bebes la dulce miel; si tú no eres como la abeja, que sorbe el dulce licor delicioso de la Rosa de Sarón, entonces de esa misma boca saldrá una espada de dos filos en tu contra; y esa misma boca de la que los justos sacan su pan, será para ti la boca de la destrucción y la causa de tu mal.

Jesús de Belén, casa de pan y casa de guerra, confiamos en que te conocemos como nuestro pan. ¡Oh!, que algunos que no están en guerra Contigo puedan oír en sus corazones, así como en sus oídos el himno:

«Paz en la tierra, e indulgente misericordia,
Dios y los pecadores reconciliados.»
Y ahora nos vamos a referir a esa palabra: Efrata. Ese era el viejo nombre del lugar, que los judíos conservaban y amaban. Su significado es, «fecundidad,» o «abundancia.» ¡Ah! Qué adecuado fue que Jesús naciera en la casa de la fecundidad; pues ¿de dónde vienen mi fecundidad y tu fecundidad, hermano mío, sino de Belén? Nuestros pobres corazones infecundos nunca produjeron ningún fruto, ni flor, hasta que fueron regados con la sangre del Salvador.

Es Su encarnación la que enriquece el suelo de nuestros corazones. Por toda su tierra había espinas punzantes, y venenos mortales antes que Él viniera; pero nuestra fecundidad viene de Él. «Yo seré a él como la haya verde; de mí será hallado tu fruto.» «Todas mis fuentes están en ti.» Si nosotros somos como árboles plantados junto a corrientes de aguas, dando fruto en nuestro tiempo, no es porque hayamos sido naturalmente fructíferos, sino a causa de las corrientes de aguas junto a las cuales fuimos plantados.

Es Jesús Quien nos hace fecundos. «El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto.» ¡Gloriosa Belén Efrata! ¡Nombrada muy adecuadamente! Fecunda casa de pan; ¡la casa de abundante provisión para el pueblo de Dios!

3. A continuación notamos la posición de Belén. Se dice que es «pequeña para estar entre las familias de Judá.» ¿Por qué se dice esto? Porque Jesucristo siempre va en medio de los pequeños. Él nació en la pequeña aldea «para estar entre las familias de Judá.» No en la alta colina de Basán, ni en el monte real de Hebrón, ni en los palacios de Jerusalén, sino en la humilde pero ilustre aldea de Belén.

Hay un pasaje en Zacarías que nos enseña una lección: se dice que un varón que cabalgaba sobre un caballo alazán, estaba entre los mirtos que había en la hondura. Ahora, los mirtos crecen en las honduras; y el varón cabalgando el caballo alazán siempre cabalga allí. Él no cabalga en la cima de la montaña; Él cabalga entre los humildes de corazón. «Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.»

Hay algunos pequeños entre nosotros hoy: «pequeña para estar entre las familias de Judá.» Nadie escuchó antes el nombre de ustedes, ¿no es verdad? Si los enterraran e inscribieran sus nombres en sus tumbas, pasarían desapercibidos. Quienes pasaran por allí dirían: «eso no significa nada para mí: nunca lo conocí.»

No sabes mucho de ti mismo, ni tienes una gran opinión acerca de ti mismo; tal vez a duras penas puedes leer. O si tienes algunas habilidades y talentos, eres despreciado por los hombres; o, si no eres despreciado por ellos, tú te desprecias a ti mismo. Tú eres uno de los pequeños. Bien, Cristo siempre nace en Belén entre los pequeñitos. Cristo nunca entra en los grandes corazones; Cristo no habita en los grandes corazones, sino en los pequeñitos. Los espíritus poderosos y orgullosos nunca tienen a Jesucristo, pues Él entra por puertas bajas, y nunca entrará por puertas elevadas.

Quien tiene un corazón quebrantado, y un espíritu humillado, tendrá al Salvador, pero nadie más. Él no sana ni al príncipe ni al rey, sino «Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas.» ¡Qué dulce pensamiento! Él es el Cristo de los pequeñitos. «Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel.»

No podemos abandonar este tema sin otro pensamiento aquí, que es, ¡cuán maravillosamente misteriosa fue esa providencia que trajo a la madre de Jesucristo a Belén, en el mismo momento que iba a dar a luz! Sus padres residían en Nazaret; ¿y con qué motivo hubieran querido viajar en ese momento? Naturalmente, hubieran permanecido en casa; no es nada probable que Su madre hubiera hecho un viaje a Belén encontrándose en esa condición especial. Pero Augusto César promulga un edicto que todo el mundo debe ser empadronado. Muy bien, entonces que sean empadronados en Nazaret. No; le agradó a Él que todos debían ir a Su ciudad. ¿Pero por qué Augusto César pensó en eso precisamente en ese momento en particular? Simplemente porque mientras el hombre piensa su camino, el corazón del rey está en la mano de Jehová.

¡Mil variables se relacionaron entre sí, como dice el mundo, para producir este evento! Primero que nada, César tiene una disputa con Herodes; uno de la familia de Herodes fue depuesto. César dice: «voy a imponer impuestos a Judea, y voy a convertirla en una provincia, en vez de mantenerla como un reino separado.» Pues bien, tenía que hacerse así. Pero, ¿cuándo debe hacerse? Esta ley impositiva, se dice, se comenzó cuando Cirenio era gobernador. Pero, ¿por qué debe llevarse a cabo este censo en ese momento en particular, supongamos que en Diciembre? ¿Por qué no se hizo en el mes de Octubre anterior? Y ¿por qué la gente no hubiera podido ser censada en el lugar en que residía? ¿No era su dinero tan bueno en el lugar en que vivía como en cualquier otro? Era un capricho de César; pero era el decreto de Dios.

¡Oh!, amamos la doctrina sublime de la absoluta predestinación eterna. Algunos han dudado que sea consistente con el libre albedrío del hombre. Bien sabemos que es así y nunca hemos visto ninguna dificultad en el tema; creemos que los filósofos metafísicos son los que han creado las dificultades; nosotros no vemos ningún problema. Nos corresponde creer que el hombre hace lo que le parece, pero sin embargo siempre hace lo que Dios decreta. Si Judas traiciona a Cristo, «para eso fue destinado;» y si Faraón endurece su corazón, sin embargo, «Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra.» El hombre hace lo que quiere; pero también Dios hace que el hombre haga lo que Él quiere. Más aún, no sólo está la voluntad del hombre bajo la absoluta predestinación de Jehová; sino que todas las cosas, grandes o pequeñas, son de Él. Bien ha dicho el buen poeta: «Sin duda, la navegación de una nube tiene a la Providencia como su piloto; sin duda la raíz de un roble es nudosa debido a un propósito especial, Dios rodea todas las cosas, cubriendo al globo como aire.» No hay nada grande o pequeño, que no sea de Él.

El polvo del verano se mueve en su órbita, guiado por la misma mano que dispersa a las estrellas a lo largo del cielo; las gotas de rocío tienen su padre, y cubren el pétalo de la rosa conforme Dios lo ordena; sí, las hojas secas del bosque, cuando son desparramadas por la tormenta, tienen una posición asignada donde caen, y no pueden modificarla. En lo grande y en lo pequeño, allí está Dios: Dios en todo, haciendo todas las cosas de acuerdo al consejo de Su propia voluntad; y aunque el hombre busca ir contra su Hacedor, no puede.

Dios le ha puesto un límite al mar con una barrera de arena; y si el mar levanta una ola tras otra, sin embargo no excederá su límite asignado. Todo es de Dios; y a Él, que guía las estrellas y le da sus alas a los gorriones, que gobierna a los planetas y también mueve los átomos, que habla truenos y susurra céfiros, a Él sea la gloria; pues Dios está en cada cosa.

III. Esto nos lleva al tercer punto: ¿PARA QUÉ VINO JESÚS? Él vino para ser «Señor en Israel.» Es algo muy singular que se dijera de Jesucristo que era «nacido el rey de los judíos.» Muy pocos alguna vez han «nacido reyes.» Algunos hombres nacen como príncipes, pero rara vez nacen como reyes. No creo que encuentren algún caso en la historia donde un niño haya nacido rey. Nació como príncipe de Gales, tal vez, y tuvo que esperar un número de años, hasta que su padre muriera, y entonces lo hicieron rey, poniéndole una corona en su cabeza; y un crisma sagrado, y otras cosas extrañas por el estilo; pero no nació rey. No recuerdo a nadie que haya nacido rey, excepto Jesús; y hay un significado enfático en ese verso que cantamos:

«Nacido para liberar a Tu pueblo;
Nacido niño, pero sin embargo, rey.»
En el instante que vino a la tierra Él era un rey. No tuvo que esperar su mayoría de edad para poder asumir Su imperio; pero tan pronto como Su ojo saludó a la luz del sol, era rey; desde el momento que Sus manos pequeñitas tomaron alguna cosa, tomaron un cetro: tan pronto latió Su pulso, y Su sangre comenzó a fluir, Su corazón latió con latidos reales, y Su pulso latió con una medida imperial, y Su sangre fluyó en una corriente de realeza. Él nació rey. Él vino para ser «Señor en Israel.» «¡Ah!», dirá alguien, «entonces vino en vano, pues muy poco ejerció Su gobierno; «A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron;» vino a Israel pero no fue su rey, sino que fue más bien «despreciado y desechado entre los hombres,» rechazado por todos ellos, y abandonado por Israel, a quien vino.»

Ay, pero «no todos los que descienden de Israel son israelitas,» ni tampoco porque sean de la simiente de Abrahán son todos también llamados. ¡Ah, no! Él no es Señor de Israel según la carne, sino que es Señor de Israel según el espíritu. Muchos le han obedecido en Su carácter de Señor. ¿Acaso los apóstoles no se inclinaron ante Él, y le reconocieron como Rey? Y ahora, ¿no lo saluda Israel como su Señor? ¿Acaso toda la simiente de Abrahán según el espíritu, todos los creyentes, pues él es el «padre de los creyentes,» no reconoce que a Cristo pertenecen los escudos de los poderosos, pues Él es el Rey de toda la tierra? ¿No gobierna en Israel? Ay, verdaderamente sí reina; y aquellos que no son gobernados por Cristo no son de Israel. Él vino para ser Señor de Israel.

Hermano mío, ¿te has sometido al gobierno de Jesús? ¿Es Señor de tu corazón, o no? Podemos conocer a Israel por esto: Cristo ha venido a sus corazones, para ser Señor de ellos. «¡Oh!» dirá alguien, «yo hago lo que me dé la gana, nunca he estado bajo la servidumbre de nadie.» ¡Ah!, entonces odias el señorío de Cristo. «¡Oh!», dirá otro, «yo me someto a mi ministro, a mi clérigo, a mi sacerdote, y pienso que lo que me dice es suficiente, pues él es mi señor.» ¿Es así? ¡Ah!, pobre esclavo, no conoces tu dignidad; pues nadie es tu señor legal sino el Señor Jesucristo. «Ay,» dice otro, «he profesado Su religión, y soy Su seguidor.» Pero, ¿gobierna en tu corazón? ¿Tiene Él el comando de tu corazón? ¿Guía tu juicio? ¿Buscas en Su mano el consejo cuando experimentas dificultades? ¿Estás deseoso de honrarlo, y poner coronas sobre Su cabeza? ¿Es él tu Señor? Si es así, entonces tú eres uno de Israel; pues está escrito: «será Señor en Israel.»

¡Bendito Señor Jesús! Tú eres Señor en los corazones de los que son de Tu pueblo, y siempre lo serás; no queremos otro señor salvo Tú, y no nos someteremos a nadie más. Somos libres, puesto que somos siervos de Cristo; estamos en libertad, puesto que Él es nuestro Señor, y no conocemos ninguna servidumbre ni ninguna esclavitud, porque sólo Jesucristo es el monarca de nuestros corazones. Él vino para ser «Señor en Israel;» y fíjense bien, esa misión Suya no está terminada todavía, y no lo estará hasta las glorias postreras. Dentro de poco verán a Cristo venir de nuevo, para ser Señor sobre Su pueblo Israel, y gobernar sobre ellos no sólo como el Israel espiritual, sino también como el Israel natural, pues los judíos serán restaurados a su tierra, y las tribus de Jacob cantarán en las naves de su templo; a Dios serán ofrecidos nuevamente, himnos hebreos de alabanza, y el corazón del judío incrédulo será derretido a los pies del verdadero Mesías.

En breve, Quien en Su nacimiento fue saludado como rey de los judíos por unos orientales, y de Quien en Su muerte un occidental escribió: Rey de los judíos, será llamado Rey de los judíos en todas partes; sí, Rey de los judíos y también de los gentiles; en esa monarquía universal cuyo dominio se extenderá por todo el globo habitable, y cuya duración será sin tiempo. Él vino para ser Señor en Israel, y con toda certeza será Señor, cuando reine gloriosamente en Su pueblo, con todos sus antepasados.

IV. Y ahora, el último punto es, ¿VINO JESUCRISTO ALGUNA VEZ ANTES? Respondemos que sí: pues nuestro texto dice: «sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.»

Primero, Cristo ha tenido Sus salidas en Su divinidad. «Desde los días de la eternidad.» Él no había sido una persona secreta y silenciosa hasta ese momento. Ese niño recién nacido ha obrado maravillas desde hace mucho tiempo; ese bebé dormido en los brazos de Su madre, es bebé hoy, pero es el Anciano de la eternidad; ese niño que está allí no ha hecho Su primera aparición en el escenario de este mundo; Su nombre todavía no ha sido escrito en el registro de los circuncidados; pero aunque no lo sepas, «sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.»

1. Desde tiempos antiguos, Él salió como nuestra cabeza del pacto en la elección, «según nos escogió en él antes de la fundación del mundo.»

«Cristo sea Mi primer elegido, dijo,
Y luego eligió nuestras almas en Cristo nuestra Cabeza.»
2. Él salió por Su pueblo, como su representante ante el trono, aun antes que ese pueblo fuera engendrado en el mundo. Fue desde la eternidad que Sus poderosos dedos tomaron la pluma, y la estilográfica de las edades, y escribió Su propio nombre, el nombre del eterno Hijo de Dios; fue desde la eternidad que firmó el pacto con Su Padre, que pagaría sangre por sangre, herida por herida, sufrimiento por sufrimiento, agonía por agonía, y muerte por muerte, a favor de Su pueblo; fue desde la eternidad que Se entregó a Sí mismo, sin murmurar una palabra, que desde Su cabeza hasta la planta de Sus pies sudaría sangre, que sería escupido, traspasado, se burlarían de Él, sería partido en dos, sufriría el dolor de la muerte, y las agonías de la cruz. Sus salidas como nuestra garantía fueron desde la eternidad.

¡Haz una pausa, alma mía, y asómbrate! Tú has tenido salidas en la persona de Jesús desde la eternidad. No solamente cuando naciste en este mundo te amó Cristo, pero Sus deleites estaban con los hijos de los hombres antes de que hubieran hijos de los hombres. A menudo pensaba en ellos; desde la eternidad hasta la eternidad Él había puesto Su afecto en ellos. ¡Cómo!, creyente, Él ha estado involucrado en tu salvación desde hace tanto tiempo, y ¿no va a alcanzarla? ¿Desde la eternidad Él ha salido para salvarme, y va a perderme ahora? ¡Cómo!, ¿me ha tenido en Su mano, como Su joya preciosa, y dejará que resbale en medio de Sus preciosos dedos? ¿Me eligió antes que las montañas fueran colocadas, o fueran esculpidos los canales de las profundidades, y va a perderme ahora? ¡Imposible!

«Mi nombre de las palmas de Sus manos
La eternidad no puede borrar;
Grabado en Su corazón permanece,
Con marcas de gracia indeleble.»
Estoy seguro que no me amaría durante tanto tiempo, para luego dejar de amarme. Si tuviera la intención de cansarse de mí, ya se hubiera cansado de mí desde hace mucho tiempo. Si no me hubiera amado con un amor tan profundo como el infierno y tan inexpresable como la tumba, si no me hubiera dado todo Su corazón, estoy seguro que me hubiera abandonado desde hace mucho tiempo. Él sabía lo que yo sería, y Él ha tenido mucho tiempo para considerarlo; pero yo soy Su elegido, y eso es definitivo. Y a pesar de lo indigno que soy, no me corresponde refunfuñar, si Él está contento conmigo. Pero Él está contento conmigo: debe estar contento conmigo; pues Él me ha conocido lo suficiente para conocer mis fallas. Él me conoció antes que yo me conociera; sí, Él me conoció antes que yo existiera. Antes que mis miembros fueran formados, fueron escritos en Su libro: «Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas.» Sus ojos de afecto se enfocaron en esos miembros. Él sabía cuán mal me iba a portar con Él, y sin embargo ha seguido amándome:

«Su amor de tiempos pasados me impide pensar,
Que me dejará al fin en problemas que me hundan.»
No; puesto que «sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad,» serán «hasta la eternidad.»

En segundo lugar, creemos que Cristo ha salido desde tiempos remotos a los hombres, de tal forma que los hombres lo han visto. No me detendré para decirles que fue Jesús Quien se paseaba en el huerto del Edén, al aire del día, pues Sus deleites estaban con los hijos de los hombres; ni los voy a demorar señalándoles todas las diversas maneras en que Cristo salió a Su pueblo en la forma del ángel del pacto, el Cordero Pascual, la serpiente de bronce, la zarza ardiendo, y diez mil tipos con los que la historia sagrada está tan repleta; pero prefiero señalarles cuatro ocasiones cuando Jesucristo nuestro Señor ha aparecido en la tierra como un hombre, antes de Su grandiosa encarnación para nuestra salvación.

Y, primero, les ruego que vayamos al capítulo 18 de Génesis, donde Jesucristo apareció a Abraham, de quien leemos: «Después le apareció Jehová en el encinar de Mamre, estando él sentado a la puerta de su tienda en el calor del día. Y alzó sus ojos y miró, y he aquí tres varones que estaban junto a él; y cuando los vio, salió corriendo de la puerta de su tienda a recibirlos, y se postró en tierra. Pero, ¿ante quién se postró? Dijo: «Señor,» solamente a uno de ellos. Había un hombre en medio de los otros dos, de lo más conspicuo debido a Su gloria, pues se trataba del Dios-hombre Cristo; los otros dos eran ángeles creados, que habían asumido la apariencia de hombres temporalmente. Pero éste era el hombre Cristo Jesús. «Y dijo: Señor, si ahora he hallado gracia en tus ojos, te ruego que no pases de tu siervo. Que se traiga ahora un poco de agua, y lavad vuestro pies; y recostaos debajo de un árbol.» Notarán que este hombre majestuoso, esta persona gloriosa, se quedó retrasado para hablar con Abraham. En el versículo 22 se dice: «Y se apartaron de allí los varones, y fueron hacia Sodoma;» esto es, dos de ellos, como verán en el siguiente capítulo: «pero Abraham estaba aún delante de Jehová.» Notarán que este hombre, el Señor, sostuvo una dulce comunión con Abraham, y le permitió a Abraham interceder por la ciudad que estaba a punto de destruir. Estaba positivamente como un hombre. De tal forma que cuando caminó en las calles de Judea no era la primera vez que era un hombre; lo había sido antes, en «el encinar de Mamre, en el calor del día.»

Hay otra instancia; su aparición a Jacob, que tenemos registrada en el capítulo 32 de Génesis, en el versículo 24. Toda su familia se había ido, y «Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba. Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices. Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios.» Este era un hombre, y sin embargo era Dios. «porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.» Y Jacob sabía que este hombre era Dios, pues dice en el versículo 30: «Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma.»

Encontrarán otro ejemplo en el libro de Josué. Cuando Josué atravesó la poco profunda corriente del Jordán, y entró en la tierra prometida, y estaba a punto de sacar a los cananeos, ¡he aquí!, este poderoso hombre-Dios se apareció a Josué. En el capítulo 5, en el versículo 13, leemos: «Estando Josué cerca de Jericó, alzó sus ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una espada desenvainada en su mano. Y Josué, yendo hacia él, le dijo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos? Él respondió: No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora.» Y Josué vio de inmediato que había divinidad en Él; pues se postró sobre rostro en tierra, y adoró, y le dijo: «¿Qué dice mi Señor a su siervo?» Ahora, si éste hubiera sido un ángel creado hubiera regañado a Josué, diciendo: «yo soy un siervo como tú.» Pero no; «el Príncipe del ejército de Jehová respondió a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo. Y Josué así lo hizo.»

Otra instancia notable es la que está registrada en tercer capítulo del libro de Daniel, donde leemos la historia cuando Sadrac, Mesac y Abed-nego son echados en medio de un horno de fuego ardiendo, y como lo habían calentado mucho, la llama del fuego mató a aquellos que los habían alzado. Súbitamente el rey preguntó a los de su consejo: «¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego?» Ellos respondieron al rey: Es verdad, oh rey. Y él dijo: «He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses.» ¿Cómo podía Nabucodonosor saber eso? Sólo porque había algo tan noble y majestuoso en la forma en que ese maravilloso Hombre se comportaba, y una terrible influencia lo circundaba que tan maravillosamente quebrantó los dientes consumidores de esa llama devoradora y destructora, de tal forma que ni siquiera podía chamuscar a los hijos de Dios. Nabucodonosor reconoció Su humanidad. No dijo: «veo a tres hombres y a un ángel,» sino que dijo: «veo positivamente a cuatro hombres, y la forma del cuarto es como el Hijo de Dios.» Ven, entonces, lo que significa que Sus salidas son «desde los días de la eternidad.»

Observen aquí por un momento, que cada una de estas cuatro ocurrencias, sucedieron a los santos cuando ellos estaban involucrados en deberes muy eminentes, o cuando estaban a punto de involucrarse. Jesucristo no se aparece a Sus santos cada día. Él no vino a ver a Jacob hasta que no estuvo en aflicción; Él no visitó a Josué antes de que estuviera a punto de involucrarse en una guerra santa. Es solamente en condiciones extraordinarias que Cristo se manifiesta así a Su pueblo.

Cuando Abraham intercedió por Sodoma, Jesús estaba con él, pues uno de los empleos más elevados y más nobles de un cristiano es ese de la intercesión, y es cuando él está ocupado de esa manera que tendrá la probabilidad de obtener una visión de Cristo. Jacob estaba involucrado en luchar, y esa es una parte del deber de un cristiano, que nunca han experimentado algunos de ustedes; consecuentemente, ustedes no tienen muchas visitas de Jesús. Fue cuando Josué estaba ejercitando la valentía que el Señor se encontró con él. Lo mismo con Sadrac, Mesac y Abed-nego: ellos se encontraban en los lugares altos de la persecución debido a su apego al deber, cuando Él vino a ellos, y les dijo: «estaré con ustedes, pasando a través del fuego.»

Hay ciertos lugares especiales en los que debemos entrar, para encontrarnos con el Señor. Debemos encontrarnos en grandes problemas, como Jacob; debemos estar en medio de grandes trabajos, como Josué; debemos tener una gran fe de intercesión, como Abraham; debemos estar firmes en el desempeño de un deber, como Sadrac, Mesac, y Abed-nego; de lo contrario no lo conoceremos a Él «cuyas salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.» O si lo conocemos, no seremos capaces de «comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento.»

¡Dulce Señor Jesús! Tú, cuyas salidas fueron desde el principio, desde los días de la eternidad, Tú no has abandonado Tus salidas todavía. ¡Oh, que salieras hoy para animar al desmayado, para ayudar al cansado, para sanar nuestras heridas, para consolar nuestras aflicciones! ¡Sal, te suplicamos, para conquistar a los pecadores, para someter corazones endurecidos; para romper las puertas de hierro de las concupiscencias de los pecadores, y cortar las barras de hierro de sus pecados y hacerlas pedazos! ¡Oh, Jesús! ¡Sal; y cuando salgas, ven a mí! ¿Soy un pecador endurecido? Ven a mí; yo te necesito:

«¡Oh!, que tu gracia someta mi corazón;
Quiero ser llevado triunfante también;
Un cautivo voluntario de mi Señor,
Para cantar los honores de Tu palabra.»
¡Pobre pecador! Cristo no ha dejado de salir todavía. Y cuando sale, recuerda, va a Belén. ¿Tienes tú un Belén en tu corazón? ¿Eres pequeño? Él saldrá a ti todavía. Ve a casa y búscalo por medio de una oración sincera. Si has sido conducido a llorar a causa del pecado, y te sientes demasiado pequeño para que te vean, ¡ve a casa, pequeño! Jesús viene a los pequeños; Sus salidas son desde el principio, y Él está saliendo ahora. Él vendrá a tu vieja pobre casa; Él vendrá a tu pobre corazón desdichado; Él vendrá, aunque estés en la pobreza, y estés cubierto de harapos, aunque estés desamparado, atormentado y afligido; Él vendrá, pues Sus salidas han sido desde el principio, desde los días de la eternidad. Confía en Él, confía en Él, confía en Él; y el saldrá y habitará en tu corazón por toda la eternidad.

Charles H. Spurgeon (1834-1892) fue un predicador bautista británico que sigue siendo muy influyente entre los cristianos de diferentes denominaciones, entre los que todavía se le conoce como el «Príncipe de los predicadores». 
Predicó su primer sermón, de 1 Pedro 2: 7, en 1851 a los 16 años y se convirtió en pastor de la Iglesia en Waterbeach en 1852. Publicó más de 1.900 sermones diferentes y predicó a alrededor de 10.000.000 de personas durante su vida. 
Además, Spurgeon fue un autor prolífico de muchos tipos de obras, incluidas una autobiografía, un comentario, libros sobre oración, un devocional, una revista, poesía, himnista y más. 
Se transcribieron muchos sermones mientras hablaba y luego se tradujeron a muchos idiomas. 
Podría decirse que ningún otro autor, cristiano o no, tiene más material impreso que CH Spurgeon.

http://www.spurgeon.com.mx/indice.html

El Libre Albedrío: Un Esclavo

 

El Púlpito de la Capilla New Park Street

El Libre Albedrío: Un Esclavo

NO. 52

Sermón predicado el Domingo 2 de Diciembre de 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En La Capilla New Park Street, Southwark, Londres.

«Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» — Juan 5:40

Este es uno de los poderosos cañones de los arminianos, colocado sobre sus murallas, y a menudo disparado con un terrible ruido contra los pobres cristianos llamados calvinistas Yo pretendo silenciar ese cañón el día de hoy, o, más bien, dispararlo en contra del enemigo, pues nunca les perteneció a ellos. El cañón no fue construido en la fundición de los arminianos, y más bien su objetivo era la enseñanza de una doctrina totalmente opuesta a la que los arminianos sostienen.

Usualmente, cuando se explica este texto, las divisiones son: primero, que el hombre tiene voluntad. Segundo, que es enteramente libre. Tercero, que los hombres deben decidir venir a Cristo por ellos mismos, de lo contrario no serán salvos.

Pero nosotros no lo dividiremos de esa manera, sino que nos esforzaremos por analizar de manera objetiva este texto, sin concluir apresuradamente que enseña la doctrina del libre albedrío, simplemente porque contiene palabras tales como «querer» y «no querer.»

Ya se ha demostrado más allá de toda controversia, que el libre albedrío es una insensatez. La voluntad no tiene libertad como tampoco la electricidad tiene peso. Son cosas completamente diferentes. Podemos creer en la libertad de acción del individuo, pero el libre albedrío es algo sencillamente ridículo. Todo mundo sabe que la voluntad es dirigida por el entendimiento, que es llevada a la acción por motivos, que es guiada por otras partes del alma, y que es una potencia secundaria.

Tanto la filosofía como la religión descartan de inmediato la pura idea del libre albedrío; y yo estoy de acuerdo con la rotunda afirmación de Martín Lutero que dice: «Si algún hombre atribuye una parte de la salvación, aunque sea lo más mínimo, al libre albedrío del hombre, no sabe absolutamente nada acerca de la gracia, y no tiene el debido conocimiento de Jesucristo.» Puede parecer un concepto duro, pero aquel que cree con plena convicción que el hombre se vuelve a Dios por su propio libre albedrío, no puede haber recibido esa enseñanza de Dios, pues ese es uno de los primeros principios que aprendemos cuando Él comienza a trabajar en nosotros: que no tenemos ni voluntad ni poder, sino que ambos los recibimos de Él; que Él es «el Alfa y la Omega» en la salvación de los hombres.

Nuestras consideraciones el día de hoy serán las siguientes: primero: todos los hombres están muertos, porque el texto dice: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» Segundo: que hay vida en Jesucristo: «Y no queréis venir a  para que tengáis vida.» Tercero: que hay vida en Jesucristo para todo aquel que viene por ella: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida,» implicando que todos los que vengan, tendrán vida. Y cuarto: la sustancia del texto radica en esto, que ningún hombre por naturaleza vendrá jamás a Cristo, pues el texto dice: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» Lejos de afirmar que los hombres por su propia voluntad harán alguna vez eso, lo niega de manera abierta y categórica, diciendo: «Y NO QUERÉIS venir a mí para que tengáis vida.» Entonces, queridos hermanos, estoy a punto de gritar: ¿Acaso los que creen en el libre albedrío no están conscientes que se están atreviendo a desafiar la inspiración de la Escritura? ¿No tienen ningún entendimiento, aquellos que niegan la doctrina de la gracia? Se han apartado tanto de Dios que retuercen el texto para demostrar el libre albedrío; en cambio, el texto dice: «Y NO QUERÉIS venir a mí para que tengáis vida.»

I. Entonces, en primer lugar, nuestro texto indica QUE LOS HOMBRES ESTÁN MUERTOS POR NATURALEZA. Ningún ser necesita buscar la vida si tiene vida en sí mismo. El texto habla de manera muy fuerte cuando afirma: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» Aunque no lo dice con las palabras, efectivamente está afirmando que los hombres necesitan otra vida que la que tienen. Queridos lectores, todos nosotros estamos muertos a menos que seamos engendrados a una esperanza viva.

Todos nosotros, por naturaleza, estamos legalmente muertos: «el día que de él comieres, ciertamente morirás,» le dijo Dios a Adán; y aunque Adán no murió en ese momento físicamente, murió legalmente; es decir, su muerte quedó registrada en su contra. Tan pronto como en Old Bailey (famosa corte criminal de Londres) el juez se cubre la cabeza con una gorra negra y pronuncia la sentencia, el reo es considerado muerto según la ley. Aunque pueda transcurrir todavía un mes antes de que sea llevado al cadalso para que se cumpla la sentencia, la ley lo considera un hombre muerto. Es imposible que ese hombre realice ninguna transacción. No puede heredar nada ni puede hacer un testamento; él no es nada: es un hombre muerto. Su país considera que no tiene ninguna vida. Si hay elecciones, él no puede votar porque está considerado como muerto. Está encerrado en su celda de condenado a muerte, y es un muerto vivo.

¡Ah! Ustedes, pecadores impíos, que nunca han tenido vida en Cristo, ustedes están vivos hoy, por una suspensión temporal de la sentencia, pero deben saber que ustedes están legalmente muertos; que Dios los considera así, que el día en que su padre Adán tocó el fruto, y cuando ustedes mismos pecaron, Dios, el Eterno Juez, se puso una gorra negra de Juez y los ha condenado.

Ustedes tienen opiniones muy elevadas acerca de propia posición, y de su bondad, y de su moralidad. ¿Dónde está todo eso? La Escritura dice que «ya han sido condenados.» No tienen que esperar el día del juicio para escuchar la sentencia (allí será la ejecución de la sentencia) ustedes «ya han sido condenados.» En el instante en que pecaron, sus nombres fueron inscritos en el libro negro de la justicia; cada uno ha sido sentenciado a muerte por Dios, a menos que encuentre un sustituto por sus pecados en la persona de Cristo.

¿Qué pensarían ustedes si entraran en la celda de un condenado a muerte, y vieran al reo sentado en su celda riéndose muy feliz? Ustedes dirían: «Ese hombre es un insensato, pues ya ha sido condenado y va a ser ejecutado; sin embargo, cuán feliz está.» ¡Ah! ¡Y cuán insensato es el hombre del mundo, quien, aunque tiene una sentencia registrada en su contra, vive muy contento! ¿Piensas tú que la sentencia de Dios no se cumplirá? ¿Piensas tú que tu pecado, que está escrito para siempre con una pluma de hierro sobre las rocas, no contiene horrores en su interior? Dios dice que ya has sido condenado. Si tan sólo pudieras sentirlo, esto mezclaría gotas amargas en tu dulce copa de gozo; tus bailes llegarían a su fin, tu risa se convertiría en llanto, si recordaras que ya has sido condenado. Todos nosotros deberíamos llorar si grabáramos esto en nuestras almas: que por naturaleza no tenemos vida ante los ojos de Dios; que estamos en realidad, positivamente condenados; que tenemos una sentencia de muerte en contra nuestra, y que somos considerados por Dios tan muertos, como si en realidad ya hubiésemos sido arrojados al infierno. Aquí ya hemos sido condenados por el pecado. Aun no hemos sufrido el correspondiente castigo, pero la sentencia ya está escrita y estamos legalmente muertos. Tampoco podemos encontrar vida a menos que encontremos vida ante la ley en la persona de Cristo, de lo que hablaremos más adelante.

Pero además de estar legalmente muertos, también estamos muertos espiritualmente. Porque además de que la sentencia fue registrada en el libro, también se registró en el corazón; entró en la conciencia; obró en el alma, en la razón, en la imaginación, en fin, en todo. «El día que de él comieres, ciertamente morirás,» se cumplió, no solamente por la sentencia que fue registrada, sino por algo que ocurrió en Adán. De la misma forma que en un momento determinado, cuando me muera, la sangre se detendrá, cesará de latir el pulso, los pulmones dejarán de respirar, así el día que Adán comió del fruto, su alma murió. Su imaginación perdió su poder maravilloso de elevarse hacia las cosas celestiales y ver el cielo, su voluntad perdió el poder que tenía para elegir siempre lo bueno, su juicio perdió toda la habilidad anterior de discernir entre el bien y el mal, de manera decidida e infalible, aunque algo de eso fue retenido por la conciencia; su memoria quedó contaminada, sujeta a recordar lo malo y olvidar lo bueno; todas sus facultades perdieron el poder de la vitalidad moral. La bondad, que era la vitalidad de sus facultades, despareció. La virtud, la santidad, la integridad, todas estas cosas, eran la vida del hombre; pero cuando desaparecieron, el hombre murió.

Y ahora, todo hombre, está «muerto en sus delitos y pecados» espiritualmente. En el hombre carnal el alma no está menos muerta de lo que está un cuerpo cuando es depositado en la tumba; está real y positivamente muerta: no a la manera de una metáfora, pues Pablo no está hablando de manera metafórica cuando afirma: «Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados.»

Pero, queridos lectores, nuevamente quisiera poderles predicar a sus corazones en relación a este tema. Ha sido algo penoso tener que recordarles que la muerte ya está registrada; pero ahora tengo que hablarles y decirles que la muerte ya ha ocurrido, efectivamente, en sus corazones. Ustedes no son lo que antes eran; ustedes no son lo que eran en Adán, ni son lo que eran cuando fueron creados. El hombre fue creado puro y santo. Ustedes no son las criaturas perfectas que algunos presumen ser; ustedes están completamente caídos, completamente extraviados, llenos de corrupción y suciedad. ¡Oh! Por favor no escuchen el canto de la sirena de quienes les hablan de su dignidad moral, o de su elevada capacidad en los asuntos de la salvación. Ustedes no son perfectos; esa terrible palabra «ruina,» está escrita en sus corazones; y la muerte está sellada en su espíritu.

No pienses, oh hombre moral, que tú serás capaz de comparecer ante Dios sólo con tu moralidad, pues no eres otra cosa que un cadáver embalsamado en legalidad, un esqueleto vestido elegantemente, pero finalmente putrefacto a los ojos de Dios. ¡Y tampoco pienses tú, que posees una religión natural, que tú puedes hacerte aceptable ante Dios mediante tu propia fuerza y poder! ¡Vamos, hombre! ¡Tú estás muerto! Y tú puedes maquillar a un muerto tan gloriosamente como te plazca, pero no dejará de ser una solemne burla.

Allí está la reina Cleopatra: con una corona sobre su cabeza, vestida con sus mantos reales, siendo velada en la sala mortuoria. ¡Pero qué escalofríos recorren tu cuerpo cuando pasas junto a ella! Aun en su muerte, se ve bella. ¡Pero cuán terrible es estar junto a un muerto, aun si se trata de una reina muerta, muy celebrada por su belleza majestuosa! Así también tú puedes tener una belleza gloriosa y ser atractivo, amable y simpático; te pones sobre tu cabeza la corona de la honestidad, y te vistes con los vestidos de la rectitud, pero a menos que Dios te haya dado vida ¡oh, hombre! a menos que el Espíritu haya obrado en tu alma, tú eres a los ojos de Dios tan desagradable, como ese frío cadáver es desagradable para ti.

Tú no elegirías vivir con un cadáver para que comparta tu mesa; tampoco a Dios le agrada tenerte ante sus ojos. Él está airado contigo cada día, pues tú estás en pecado: tú estás muerto. ¡Oh! Debes creer esto; deja que penetre en tu alma; aplícalo a ti, pues es muy cierto que estás muerto, tanto espiritualmente como legalmente.

El tercer tipo de muerte es la consumación de las otras dos. Es la muerte eterna. Es la ejecución de la sentencia legal; es la consumación de la muerte espiritual. La muerte eterna es la muerte del alma; tiene lugar después que el cadáver ha sido colocado en la tumba, después que el alma ha salido de él. Si la muerte legal es terrible, es debido a sus consecuencias; y si la muerte espiritual es espantosa, es debido a todo lo que viene después. Las dos muertes de las que hemos hablado son la raíz, y esa muerte que vendrá es la flor que nace de esa raíz.

¡Oh! quisiera tener las palabras apropiadas para poder describirles lo que es la muerte eterna. El alma se ha presentado ante su Hacedor; el libro ha sido abierto; la sentencia ha sido pronunciada: «Apartaos de mí, malditos» ha sacudido el universo y ha oscurecido a los astros con el enojo del Creador; el alma ha sido arrojada a las profundidades donde permanecerá con otros en muerte eterna. ¡Oh! cuán horrible es su condición ahora. ¡Su cama es una cama de fuego; los espectáculos que contempla son de tal naturaleza que aterran a su espíritu; los sonidos que escucha son gritos sobrecogedores, y quejidos y gemidos y lamentos; y su cuerpo sólo conoce un dolor miserable! Está sumido en un dolor indecible, en una miseria que no conoce el descanso.

El alma mira hacia arriba. La esperanza no existe, se ha ido. Mira hacia abajo llena de terror y miedo; el remordimiento se ha adueñado de su alma. Mira hacia la derecha y las paredes impenetrables del destino la mantienen dentro de sus límites para torturarla. Mira hacia su izquierda y allí los muros de fuego ardiente descartan la menor posibilidad de colocar una escalera para poder escapar. Busca en sí misma el consuelo, pero un gusano que muerde dolorosamente ha penetrado en su alma. Mira a su alrededor y no encuentra a ningún amigo que le pueda ayudar, ni a ningún consolador, sino sólo atormentadores en abundancia. No tiene a su disposición ninguna esperanza de liberación; ha escuchado la llave eterna del destino girar en su terrible cerradura, y ha visto que Dios toma la llave y la lanza al fondo del abismo de la eternidad donde no podrá ser encontrada nunca. No tiene esperanza, no tiene escape, no hay posibilidad de liberación; desea ardientemente la muerte, pero la muerte es su encarnizada enemiga y no vendrá; anhela que la no-existencia lo trague, pero esta muerte eterna es peor que la aniquilación. Anhela la exterminación como el trabajador ansía el día de descanso. Espera ser tragado por la nada de la misma manera que un preso anhela su libertad. Pero nada de esto sucede: está eternamente muerta.

Cuando la eternidad haya recorrido muchísimas veces sus ciclos eternos, estará todavía muerta. La eternidad no tiene fin; la eternidad sólo puede deletrearse con la eternidad. Y después de todo eso, el alma verá un aviso escrito sobre su cabeza: «Tú estás condenada para siempre.» Escucha aullidos que durarán por toda la eternidad; ve llamas que no se pueden extinguir; sufre dolores que no pueden mitigarse; oye una sentencia que no retumba como los truenos de la tierra, que pronto se desvanecen, sino que va en aumento, más y más, sacudiendo los ecos de la eternidad, haciendo que miles de años se sacudan nuevamente con el horrible trueno de su terrible sonido: «¡Apartaos de mí! ¡Apartaos de mí! ¡Apartaos de mí! ¡Malditos!» Esta es la muerte eterna.

II. En segundo lugar, EN CRISTO JESÚS HAY VIDA, pues Él dice: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» No hay vida en Dios Padre para un pecador; no hay vida en Dios Espíritu Santo para un pecador, aparte de Jesús. La vida de un pecador está en Cristo. Si piensas que en el Padre puedes encontrar la vida aparte del Hijo, aunque Él ame a Sus elegidos, y decrete que vivirán, no es así; la vida está solamente en el Hijo. Si tomas a Dios el Espíritu Santo aparte de Jesucristo, a pesar de que es el Espíritu quien nos da vida espiritual, sin embargo la vida está en Cristo, la vida está en el Hijo. Ni nos atreveríamos ni podríamos pedir la vida espiritual a Dios el Padre o a Dios el Espíritu Santo. Lo primero que se nos ordena hacer cuando Dios nos saca de Egipto es comer la Pascua. Eso es lo primero. El primer medio por el que recibimos la vida es comiendo la carne y la sangre del Hijo de Dios; viviendo en Él, confiando en Él, creyendo en Su gracia y Su poder.

Nuestra segunda consideración es: hay vida en Cristo. Les mostraremos que hay tres tipos de vida en Cristo, de la misma manera que hay tres tipos de muerte.

En primer lugar hay vida legal en Cristo. De la misma manera que todos los hombre considerados en Adán tenían una sentencia de condenación dictada contra ellos en el momento que Adán pecó, y más especialmente en el momento de su propia primera trasgresión, así también, yo, si soy un creyente, y tú, si confías en Cristo, hemos recibido una sentencia legal absolutoria, dictada a nuestro favor por medio de la obra de Jesucristo.

¡Oh, pecador condenado! Tú puedes estar aquí hoy, condenado como el prisionero de Newgate (famosa prisión de Londres para los condenados a muerte); pero antes de que pase este día, tú puedes estar tan libre de culpa como los ángeles del cielo. Hay vida legal en Cristo, y, ¡bendito sea Dios! algunos de nosotros la tenemos. Sabemos que nuestros pecados son perdonados porque Cristo sufrió el castigo merecido por esos pecados; sabemos que nosotros mismos no podremos ser castigados, pues Cristo sufrió en lugar nuestro. La Pascua ha sido sacrificada por nosotros; el dintel y los postes de la puerta han sido rociados y el ángel exterminador no puede tocarnos jamás. Para nosotros no hay infierno, aunque esté ardiendo con terribles llamas. No importa que Tofet esté preparado desde hace mucho tiempo, y tenga un buen suministro de leña y mucho humo, nosotros nunca iremos allí: Cristo murió por nosotros, en nuestro lugar. ¿Qué importa que haya instrumentos de horrible tortura? ¿Qué importa si hay una sentencia que produce los más horribles ecos de sonidos atronadores? ¡Sin embargo, ni los tormentos, ni la cárcel, ni el trueno, son para nosotros! En Cristo Jesús hemos sido liberados. «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.»

¡Pecador! ¿Estás tú, legalmente condenado esta mañana? ¿Sientes que es así? Entonces déjame decirte que la fe en Cristo te hará saber que has sido absuelto legalmente. Amados hermanos, no es una fantasía que estamos condenados por nuestros pecados, es una realidad. Tampoco es una fantasía que hemos sido absueltos, es una realidad. Si un hombre va a morir en la horca, pero recibiera un perdón de última hora, sentiría que es una grandiosa realidad. Diría: «he sido perdonado completamente, ya no pueden condenarme otra vez.» Así me siento yo.

«Libre de pecado ahora, camino en libertad,
La sangre del Salvador es mi completo perdón,
A sus amados pies me arrojo,
Para rendirle homenaje, siendo un pecador redimido.»

Hermanos, hemos ganado una vida legal en Cristo, y no podemos perder esa vida legal. La sentencia fue dictada en contra nuestra una vez: pero ahora ha sido anulada. Está escrito: «AHORA, PUES, NINGUNA CONDENACIÓN HAY,» y esa anulación es tan válida para mí dentro de cincuenta años, como lo es ahora. No importa cuántos años vivamos, siempre estará escrito: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.»

Continuando, en segundo lugar, hay vida espiritual en Cristo Jesús. Como el hombre está muerto espiritualmente, Dios tiene una vida espiritual para él, pues no hay ninguna necesidad que no pueda ser suplida por Jesús, no hay ningún vacío en el corazón, que Cristo no pueda llenar; no hay ningún lugar solitario que Él no pueda poblar, no hay ningún desierto que Él no pueda hacer florecer como una rosa.

¡Oh, ustedes pecadores que están muertos! que están muertos espiritualmente, hay vida en Cristo Jesús, pues hemos visto ¡sí! estos ojos lo han visto, que los muertos reviven; hemos conocido al hombre cuya alma estaba totalmente corrompida, pero que por el poder de Dios ha buscado la justicia; hemos conocido al hombre cuya visión era completamente carnal, cuya lujuria lo dominaba plenamente, y cuyas pasiones eran muy poderosas, pero que, de pronto, por un irresistible poder del cielo, se ha consagrado a Cristo, y se ha convertido en un hijo de Jesús.

Sabemos que hay vida en Cristo Jesús de un orden espiritual; sí, y más aún, nosotros mismos, en nuestras propias personas, hemos sentido esa vida espiritual. Recordamos muy bien cuando estábamos en la casa de oración, tan muertos como el propio asiento en el que estábamos sentados. Habíamos escuchado durante mucho, mucho tiempo el sonido del Evangelio, sin que surtiera ningún efecto, cuando de pronto, como si nuestros oídos fuesen abiertos por los dedos de algún ángel poderoso, un sonido penetró en nuestro corazón. Creímos escuchar a Jesús que decía: «El que tenga oídos para oír, oiga.» Una mano irresistible apretó nuestro corazón hasta arrancarle una oración. Nunca antes habíamos orado así. Clamamos: «¡Oh Dios!, ten misericordia de mí, pecador.»

¿Acaso algunos de nosotros no hemos sentido una mano que nos apretaba como si hubiésemos sido sorprendidos en un vicio, y nuestras almas derramaban gotas de angustia? Esa miseria era el signo de una nueva vida. Cuando una persona se está ahogando no siente tanto dolor como cuando logra sobrevivir y está en proceso de recuperación. ¡Oh!, recordamos esos dolores, esos gemidos, esa lucha encarnizada que nuestra alma experimentaba cuando vino a Cristo. ¡Ah!, podemos recordar cuando recibimos nuestra vida espiritual tan fácilmente como puede hacerlo un hombre que ha resucitado de su sepulcro. Podemos suponer que Lázaro recordaba su resurrección, aunque no recordara todas las circunstancias que la rodearon. Así nosotros también, aunque hayamos olvidado mucho, ciertamente recordamos cuando nos entregamos a Cristo. Podemos decir a cada pecador, sin importar cuán muerto esté, que hay vida en Cristo Jesús, aunque esté podrido y lleno de corrupción en su tumba. El mismo que levantó a Lázaro nos ha levantado a nosotros; y Él puede decir, aún a ti pecador: «¡Lázaro!, ven fuera.»

En tercer lugar, hay vida eterna en Cristo Jesús. ¡Oh!, y si la muerte eterna es terrible, la vida eterna es bendita; pues Él ha dicho: «Y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor.» «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria.» «Yo les doy vida eterna; y no perecerán para siempre.» Entonces, cualquier arminiano que quiera predicar acerca de ese texto debe comprar algo que le ayude a estirar sus labios de manera especial; nunca podría decir toda la verdad sin retorcerla de una manera muy misteriosa. La vida eterna: no una vida que se pueda perder, sino la vida eterna. Si perdí mi vida en Adán, la recobré en Cristo; si me perdí a mí mismo eternamente, me he encontrado a mí mismo en Jesucristo. ¡Vida eterna! ¡Oh pensamiento bendito! Nuestros ojos brillan de gozo y nuestras almas se encienden en un éxtasis al pensar que tenemos vida eterna.

¡Estrellas, apáguense!, dejen que Dios ponga Su dedo sobre ustedes: pero mi alma vivirá en el gozo y la bienaventuranza. ¡Oh sol, oscurece tu ojo!, mi ojo verá «al Rey en su hermosura» mientras que tu ojo no hará sonreír más a la verde tierra. ¡Y tú, oh luna, enrojece de sangre! Pero mi sangre nunca dejará de ser; este espíritu vivirá cuando tú hayas dejado de existir. ¡Y tú, grandioso mundo!, tú puedes desaparecer por completo tal como la espuma desaparece sobre la ola que la transporta; sin embargo, yo tengo vida eterna. ¡Oh tiempo!, tú puedes ver a las gigantes montañas morir y esconderse en sus tumbas; puedes ver a las estrellas como higos remaduros caer del árbol, pero nunca, nunca, verás morir mi espíritu.

III. Esto nos lleva al tercer punto: LA VIDA ETERNA ES DADA A TODO AQUEL QUE VENGA BUSCÁNDOLA. Nunca hubo nadie que haya venido a Cristo buscando la vida eterna, la vida legal, la vida espiritual, que no la haya recibido antes, en algún sentido, habiéndole sido manifestado que la tenía tan pronto como vino. Tomemos uno o dos textos: «por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios.» Todo hombre que venga a Cristo encontrará que Cristo puede salvarle: no solamente puede salvarlo un poco, liberarlo de un pequeño pecado, librarlo de un pequeño juicio, llevarlo por un trecho para luego soltarlo: sino que puede salvarlo completamente de todo pecado, protegerlo durante todo el juicio, hasta las mayores profundidades de sus aflicciones, durante toda su existencia.

Cristo le dice a todo el que viene a Él: «Ven, pobre pecador, no necesitas preguntar si tengo poder para salvar. Yo no te voy a preguntar qué tan hundido estás en el pecado; Yo puedo salvarte plenamente.» Y no hay nadie en la tierra que pueda traspasar ese «plenamente.»

Ahora, otro texto: «El que a mí viene (noten que las promesas son casi siempre para los que vienen) no lo echo fuera.» Todo aquel que venga encontrará abierta la puerta de la casa de Cristo, y la puerta de Su corazón también. Todo aquel que venga (lo digo en el sentido más amplio) encontrará que Cristo tiene misericordia de él. La cosa más absurda del mundo es querer tener un Evangelio más amplio que el que está contenido en la Escritura. Yo predico que todo hombre que cree será salvo: que todo hombre que viene hallará misericordia.

La gente me pregunta: «Pero supongamos que un hombre que no es elegido viene, ¿será salvo?» Tú estás suponiendo una cosa sin sentido y no te la voy a responder. Si un hombre no es elegido, nunca vendrá. Cuando en efecto viene, esa es la mejor prueba de su elección. Alguien dice: «Supongamos que alguien viene a Cristo sin ser llamado por el Espíritu.» Detente, hermano mío, esa no es una suposición válida, pues algo así no puede suceder; dices eso sólo para enredarme, y no lo vas a lograr. Yo afirmo que todo aquel que viene a Cristo será salvo. Puedo decir eso como calvinista o como hipercalvinista, tan sencillamente como tú. Yo no tengo un Evangelio más limitado que el tuyo; mi único Evangelio está colocado sobre un cimiento sólido, mientras que el tuyo está construido sobre arena y podredumbre. «Todo aquel que venga será salvo; porque ninguno puede venir a mí si el Padre no le trajere.»

«Pero,» objeta alguien, «supongamos que todo el mundo quisiera venir, ¿los recibiría Cristo a todos?» Ciertamente sí, si vinieran todos; pero no quieren venir. Les digo que a todos los que vengan, ay, aun si fueran tan malos como los diablos, Cristo los recibirá; si todo tipo de pecado y de suciedad fluyera de sus corazones como de un sumidero común utilizado por todo el mundo, Cristo los recibirá. Otro dice: «Quiero saber acerca del resto de la gente. ¿Puedo salir y decirles: Jesucristo murió por cada uno de ustedes? ¿Puedo decir: hay justicia para cada uno de ustedes, hay vida para cada uno de ustedes?» No; no puedes. Puedes decir: hay vida para todo el que viene. Pero si tú dices que hay vida para alguno de esos que no creen, estarías diciendo una mentira muy peligrosa. Si les dices que Jesucristo fue castigado por sus pecados, y sin embargo se pierden, estarías diciendo una vil falsedad. Pensar que Dios pudo castigar a Cristo y luego castigarlos a ellos: ¡me sorprende que te atrevas al descaro de decir eso!

Un buen hombre predicaba una vez que había arpas y coronas en el cielo para toda su congregación; y luego concluyó de la manera más solemne: «Mis queridos amigos, hay muchos para quienes están preparadas estas cosas que nunca llegarán allá.» De hecho, inventó esa historia lamentable, y pudo haber sido cualquier otra historia. Pero les diré por quiénes debió haber llorado. Debió haber llorado por los ángeles del cielo y por todos los santos, pues eso arruinaría al cielo completamente.

Tú sabes cuando te reúnes en Navidad, que si has perdido a tu hermano David y su asiento está vacío, dirás: «Bien, siempre disfrutamos de la Navidad, pero ahora no es igual; ¡el pobre David está muerto y enterrado!» Imagínense a los ángeles diciendo: «¡Ah!, este es un cielo hermoso, pero no nos gusta ver todas esas coronas que están allá cubiertas de telarañas; no podemos soportar esa calle deshabitada: no podemos contemplar aquellos tronos vacíos.» Y entonces, pobres almas, tal vez comenzarían a hablar entre sí, diciendo: «ninguno de nosotros está seguro aquí pues la promesa fue: ‘Yo doy vida eterna a mis ovejas,’ y hay muchas de esas ovejas en el infierno a las cuales Dios dio vida eterna. Hay muchas personas por las que Cristo derramó su sangre que están ardiendo en el abismo, y si ellos pueden ser enviados allí, nosotros también podemos ir. Si no podemos confiar en una promesa, tampoco podemos confiar en la otra.» Así el cielo perdería sus cimientos, y caería. ¡Largo de aquí con ese evangelio que no tiene sentido! Dios nos da un Evangelio seguro y sólido, construido sobre un pacto sellado con hechos y bien ordenado en sus relaciones, sobre eternos propósitos y cumplimientos seguros.

IV. Llegamos ahora al cuarto punto, QUE POR NATURALEZA NINGÚN HOMBRE VENDRÁ A CRISTO, pues el texto dice: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» Yo afirmo con base en la autoridad de la Escritura por medio de este texto, que no quieren venir a Cristo para que puedan tener vida. Les digo, podría predicarles por toda la eternidad, podría pedir prestada la elocuencia de Demóstenes o de Cicerón, pero ustedes no querrían venir a Cristo. Podría pedirles de rodillas, con lágrimas en mis ojos, y mostrarles los horrores del infierno y los gozos del cielo, la suficiencia de Cristo, y su propia condición perdida, pero ninguno de ustedes querría venir a Cristo por ustedes mismos a menos que el Espíritu que descansó en Cristo los traiga. Es una verdad universal que los hombres en su condición natural no quieren venir a Cristo.

Pero me parece que escucho a uno de estos charlatanes que hace una pregunta: «Pero, ¿no podrían venir si quisieran?» Amigo mío, te voy a responder en otra ocasión. Ese no es el tema que estamos analizando hoy. Estoy hablando de si quieren, no acerca de si pueden. Ustedes se darán cuenta, siempre que hablan acerca del libre albedrío, que el pobre arminiano en dos segundos comienza a hablar acerca del poder, mezclando dos conceptos que deben mantenerse separados. Nosotros no vamos a tratar esos dos temas conjuntamente; rehusamos tener que pelear con dos a la vez, si me lo permiten. En otra ocasión voy a predicar sobre este texto: «Ninguno puede venir a mí si el Padre no le trajere.» Pero hoy sólo estamos hablando acerca del querer; y es un hecho que los hombres no quieren venir a Cristo, para que puedan tener vida.

Podríamos demostrar esto por medio de muchos textos de la Escritura, pero sólo vamos a tomar una parábola. Ustedes recuerdan la parábola en la que un cierto rey preparó una fiesta para su hijo, e invitó a un gran número de personas para que vinieran; los bueyes y los animales engordados fueron preparados y envió a sus mensajeros para invitaran a muchos a la cena. ¿Fueron a la fiesta los invitados? Ah, no; sino que todos ellos, como si se hubieran puesto de acuerdo, comenzaron a poner pretextos. Uno dijo que se había casado, y por lo tanto no podría asistir, aunque muy bien pudo haber traído a su esposa con él. Otro había comprado una yunta de bueyes y quería ver cómo trabajaban; pero la fiesta era en la noche, y no podía probar a sus bueyes en la oscuridad. Otro había comprado un pedazo de terreno, y quería verlo; pero es difícil pensar que fue a verlo con una linterna. Así que todos pusieron pretextos y no quisieron asistir. Pero el rey estaba decidido a tener la fiesta; por eso dijo: «Vé por los caminos y por los vallados e» invítalos; ¡alto! no invítalos; fuérzalos a entrar;» pues ni aun los mendigos harapientos en los vallados habrían querido venir si no hubieran sido forzados.

Tomemos otra parábola: Un cierto hombre tenía una viña; y en el momento oportuno envió a uno de sus siervos para cobrar su renta. ¿Qué le hicieron? Golpearon al siervo. Entonces envió a otro siervo; y lo apedrearon. Todavía envió a otro y lo mataron. Y, finalmente, dijo: «Enviaré a mi hijo amado; quizás cuando le vean a él, le tendrán respeto.» Pero ¿qué hicieron? Dijeron: «Éste es el heredero; venid, matémosle, para que la heredad sea nuestra.» Y así lo hicieron. Lo mismo sucede con todos los hombres por naturaleza. Vino el Hijo de Dios, y sin embargo los hombres lo rechazaron. «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.»

Nos tomaría mucho tiempo mencionar más pruebas de la Escritura. Sin embargo, nos vamos a referir ahora a la gran doctrina de la caída. Cualquiera que crea que la voluntad del hombre es enteramente libre, y que puede ser salvo por medio de esa voluntad, no cree en la caída. Como se los he repetido a menudo, muy pocos predicadores de la religión creen en verdad completamente en la doctrina de la caída, o bien creen que cuando Adán cayó se fracturó su dedo meñique, y no se rompió el cuello arruinando a toda su raza. Pues bien, amados hermanos, la caída destruyó al hombre enteramente. No dejó de afectar ni una sola potencia; todos fueron hechos pedazos, fueron contaminados y envilecidos; como si en un grandioso templo, los pilares todavía están allí, partes de la nave, alguna pilastra y una que otra columna todavía permanecen allí; pero todo está destruido, aunque algunos elementos todavía retienen su forma y su posición.

La conciencia del hombre algunas veces retiene mucho de su sensibilidad, pero eso no significa que no esté caída. La voluntad tampoco se escapó. Y aunque es el «Alcalde de Alma-humana,» como Bunyan la llama, el Señor Alcalde se ha descarriado. El Señor «Obstinado» ha estado continuamente haciendo lo malo. La naturaleza caída de ustedes no funciona; su voluntad, entre otras cosas, se ha apartado claramente de Dios. Pero les diré la mejor prueba de ello; es el grandioso hecho que nunca han conocido en la vida a un cristiano que les haya dicho que vino a Cristo sin que mencionara que Cristo vino primero a él.

Me atrevería a decir que ustedes han oído muchos buenos sermones arminianos, pero nunca han oído una oración arminiana, pues cuando los santos oran, son una misma cosa en palabra, obra y mente. Un arminiano puesto de rodillas oraría desesperadamente igual que un calvinista. No puede orar sobre el libre albedrío: no hay espacio para eso. Imagínenlo orando así: «Señor, te doy gracias porque no soy como esos pobres calvinistas presumidos. Señor, yo nací con un glorioso libre albedrío; yo nací con el poder de ir a ti por mi propia voluntad; yo he aprovechado mi gracia. Si todos hubieran hecho lo mismo con su gracia como lo he hecho yo, todos podrían haber sido salvos. Señor, yo sé que Tú no puedes hacernos querer si nosotros mismos no lo queremos así. Tú das la gracia a todo mundo; algunos no la utilizan, pero yo sí .Hay muchos que irán al infierno a pesar de haber sido comprados con la sangre de Cristo al igual que yo; a ellos les fue dado el Espíritu Santo también; tuvieron una muy buena oportunidad, y fueron tan bendecidos como lo he sido yo. No fue tu gracia lo que hizo la diferencia; acepto que sirvió de mucho, pero fui yo el que hizo la diferencia; yo hice buen uso de lo que me fue dado, en cambio otros no lo hicieron así; esa es la diferencia principal entre ellos y yo.»

Esa es una oración diabólica, pues nadie más que Satanás podría orar así. ¡Ah!, cuando están predicando y hablando cuidadosamente, puede entrometerse la doctrina errónea; pero cuando se trata de orar, la verdad salta, no pueden evitarlo. Si un hombre habla muy despacio, puede hacerlo muy bien; pero cuando se pone a hablar rápido, el viejo acento de su terruño, donde nació, se revela.

Les pregunto otra vez, ¿han conocido alguna vez a algún cristiano que haya dicho: «Yo vine a Cristo sin el poder del Espíritu?» Si en efecto alguna vez han conocido a un hombre así, no deben dudar en responderle: «Mi querido señor, yo verdaderamente lo creo, pero también creo que saliste también sin el poder del Espíritu, y que no sabes nada acerca del tema del poder del Espíritu, y que estás en hiel de amargura y en prisión de maldad.» ¿Acaso escucho a algún cristiano diciendo: «Yo busqué a Jesús antes que Él me buscara a mí?» No, amados hermanos; cada uno de nosotros debe poner su mano en su corazón y decir:

«La gracia enseñó a orar a mi alma,
Y también hizo que mis ojos derramaran lágrimas;
Es la gracia la que me ha guardado siempre,
Y nunca me abandonará.»

¿Hay aquí alguien, alguien solitario, hombre o mujer, joven o viejo, que pueda decir: «Yo busqué a Dios antes que Él me buscara a mí?» No; y aun tú que eres un poco arminiano vas a cantar:

«¡Oh, sí!, verdaderamente amo a Jesús,
Sólo porque Él me amó primero.»

Y ahora otra pregunta. ¿Acaso no nos damos cuenta, aun después de haber venido a Cristo, que nuestra alma no es libre, sino que es guardada por Cristo? ¿Acaso no nos damos cuenta, aun ahora, que el querer no está presente en nosotros? Hay una ley en nuestros miembros, que está en guerra contra la ley de nuestras mentes. Ahora, si quienes están vivos espiritualmente sienten que su voluntad es contraria a Dios, ¿qué diremos del hombre que está «muerto en delitos y pecados»? Sería una cosa maravillosamente absurda poner ambos al mismo nivel; y sería aun más absurdo poner al que está muerto antes del que está vivo. No; el texto es verdadero, la experiencia lo ha grabado en nuestros corazones. «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.»

Ahora, debemos decirles las razones por las que los hombres no quieren venir a Cristo. Primero, porque ningún hombre por naturaleza considera que necesita a Cristo. Por naturaleza el hombre considera que no necesita a Cristo; considera que está vestido con sus ropas de justicia propia, que está bien vestido, que no está desnudo, que no necesita que la sangre de Cristo lo lave, que no está rojo ni negro, y que no necesita que ninguna gracia lo purifique. Ningún hombre se da cuenta de su necesidad hasta que Dios no se la muestre; y hasta que el Espíritu Santo no le haya mostrado la necesidad que tiene de perdón, ningún hombre buscará el perdón. Puedo predicar a Cristo para siempre, pero a menos que sientan que necesitan a Cristo, jamás vendrán a Él. Puede ser que un doctor tenga un consultorio muy bueno, y una farmacia bien surtida, pero nadie comprará sus medicinas a menos que sientan la necesidad de comprarlas.

La siguiente razón es que a los hombres no les gusta la manera en que Cristo los salva. Alguien dice: «No me gusta porque Él me hace santo; no puedo beber o jurar si Él me ha salvado.» Otro afirma: «Requiere de mí que sea tan preciso y puritano, y a mí me gusta tener mayor libertad.» A otro no le gusta porque es tan humillante; no le gusta porque la «puerta del cielo» no es lo suficientemente alta para pasar por ella con la cabeza erguida, y a él no le gusta tener que inclinarse. Esa es la razón principal por la que no quieren venir a Cristo, porque no pueden ir a Él con las cabezas erguidas; pues Cristo los hace inclinarse cuando vienen. A otro no le gusta que sea un asunto de la gracia desde el principio hasta el final. «¡Oh!» dice:»si yo pudiera llevarme algo del honor.» Pero cuando se entera que es todo de Cristo o nada de Cristo, un Cristo completo o sin Cristo, dice: «no voy a ir,» y gira sobre sus talones y se va. ¡Ah!, pecadores orgullosos, ustedes no quieren venir a Cristo. ¡Ah!, pecadores ignorantes, ustedes no quieren venir a Cristo, porque no saben nada acerca de Él. Y esa es la tercera razón.

Los hombres desconocen Su valor, pues si lo conocieran, querrían venir a Él. ¿Por qué ningún marinero fue a América antes de que Cristóbal Colón fuera? Porque no creían que América existiera. Colón tenía fe, y por tanto él sí fue. El que tiene fe en Cristo viene a Él. Pero ustedes no conocen a Jesús; muchos de ustedes nunca han visto su hermosísimo rostro; nunca han visto cuán valiosa es su sangre para un pecador, cuán grande es su expiación; y que Sus méritos son absolutamente suficientes. Por tanto «no queréis venir a Él.»

Y ¡oh!, queridos lectores, mi última consideración es muy solemne. He predicado que ustedes no quieren venir. Pero algunos dirán: «si no vienen es su pecado.» ASÍ ES. Ustedes no quieren venir, pero entonces esa voluntad de no venir es una voluntad pecaminosa. Algunos piensan que estamos tratando de poner «colchones de plumas» a la conciencia cuando predicamos esta doctrina, pero no hacemos eso. Nosotros no afirmamos que es parte de la naturaleza original del hombre, sino que decimos que pertenece a su naturaleza caída.

Es el pecado el que te ha sumido en esta condición de no querer venir. Si no hubieras caído, querrías venir a Cristo en el momento en que te es predicado; pero no vienes por tus pecados y crímenes. La gente se excusa a sí misma porque tiene un corazón malo. Esa es la excusa más débil del mundo. ¿Acaso el robo y el hurto no vienen de un corazón malo? Supongan que un ladrón le dice a un juez: «No pude evitarlo, tenía un mal corazón.» ¿Qué diría el juez? «¡Bandido!, si tu corazón es malo, voy a darte una mayor sentencia, pues tú eres ciertamente un villano. Tu excusa no sirve para nada.» El Todopoderoso «se reirá de ellos, se burlará de todas las naciones.» Nosotros no predicamos esta doctrina para excusarlos a ustedes, sino para que se humillen. La posesión de una mala naturaleza es tanto mi culpa como mi terrible calamidad.

Es un pecado que siempre será achacado a los hombres. Cuando no quieren venir a Cristo es el pecado lo que los aleja. Quien no predica eso, me temo que no es fiel a Dios ni a su conciencia. Vayan a casa, entonces, con este pensamiento; «soy por naturaleza tan perverso que no quiero venir a Cristo, y esa perversidad impía de mi naturaleza es mi pecado. Merezco ir al infierno por eso.» Y si ese pensamiento no te humilla, a pesar de que el Espíritu lo está usando, ninguna otra cosa podrá hacerlo. Este día no he ensalzado la naturaleza humana, sino que la he humillado. Que Dios nos humille a todos. Amén.

 

Charles Spurgeon: Vida y ministerio de “El Príncipe de los Predicadores”

Es considerado por muchos como uno de los predicadores más grandes de la historia. La vida y el ministerio de Charles Spurgeon realmente son inspiradores.

Charles Spurgeon fue llamado “el príncipe de los predicadores”, llegó a predicar a audiencias de más de 20,000 personas sin micrófono, fue uno de los hombres más importantes de su tiempo, y su pensamiento e influencia llegan hasta nuestros días. Se le considera hoy el predicador más extraordinario de su época.

Podríamos decir que, como predicador, Spurgeon lo tenía todo, excepto buena salud. Sufría constantemente de diversas dolencias y a veces sufría de graves episodios de depresión. También tenía gota reumática, lo que finalmente le quitó la vida a la edad de 57 años.

Cuando se considera el gran corazón de Spurgeon, su exposición bíblica del evangelio, su relevancia cultural, su estilo apasionado y la elocuencia de su predicación, no es de extrañar que se le llame hoy “el príncipe de los predicadores”.

Predicó su último sermón en junio de 1891 y murió seis meses después.

Cuando Charles Spurgeon murió en enero de 1892, Londres se puso de luto. Cerca de 60,000 personas vinieron a rendirle homenaje en el Tabernáculo Metropolitano. Alrededor de 100,000 salieron a las calles mientras un desfile fúnebre de dos millas de largo siguió a su carroza fúnebre desde el Tabernáculo hasta el cementerio. Las banderas ondearon a media asta y las tiendas y los pubs estuvieron cerrados.

Arrepentimiento Para Vida

El Púlpito de la Capilla New Park Street
Arrepentimiento Para Vida

NO. 44

Un sermón predicado la mañana del Domingo 23 de Septiembre, 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En la Capilla New Park Street, Southwark, Londres.

«¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida! Hechos 11: 18.

 

Uno de los mayores obstáculos que haya tenido que superar jamás la religión cristiana, fue el prejuicio inveterado que se apoderó de las mentes de sus primeros seguidores. Los creyentes judíos, los doce apóstoles y aquellos que Jesucristo había llamado de entre los esparcidos de Israel, estaban tan apegados a la idea de que la salvación era de los judíos, y que nadie sino los discípulos de Abraham, o, por lo menos, los circuncidados, podían ser salvos, que no podían aceptar la idea de que Jesús hubiera venido para ser el Salvador de todas las naciones, y que en Él serían benditos todos los pueblos de la tierra.

Con mucha dificultad podían aceptar esa suposición; era tan opuesta a toda su educación judía, que los vemos convocando a Pedro a un concilio de cristianos, y preguntándole: «¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos?» Y Pedro no pudo exonerarse a sí mismo hasta no haber referido plenamente el asunto, y haber declarado que Dios se le apareció en una visión, diciéndole: «Lo que Dios limpió, no lo llames tú común,» y que el Señor le ordenó predicar el Evangelio a Cornelio y a su casa, ya que eran creyentes.

Después de esto el poder de la gracia fue tan enorme, que esos judíos no pudieron resistirle más: y pese a toda su previa educación, de inmediato asumieron el principio comprehensivo del cristianismo: «y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!»

Bendigamos a Dios porque ahora estamos libres de los impedimentos del judaísmo, y porque tampoco estamos bajo los impedimentos de un gentilismo que a su vez ha excluido a los judíos; sino que vivimos muy cerca del bienaventurado tiempo que se aproxima, cuando judío y gentil, esclavo o libre, se sentirán uno en Jesucristo, nuestra Cabeza.

No me propongo abundar sobre este tópico, sino que mi tema el día de hoy será: «el arrepentimiento para vida.» Pido gracia a Dios para hablarles de tal manera que Su palabra sea como una espada cortante «que penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos.»

Por «arrepentimiento para vida» creo que debemos entender aquel arrepentimiento que va acompañado de vida espiritual en el alma, y que asegura la vida eterna a todo aquel que lo posee. «El arrepentimiento para vida,» afirmo, trae consigo vida espiritual, o, más bien, es la primera consecuencia procedente de esa vida.

Hay arrepentimientos que no son signos de vida -excepto de vida natural- porque sólo son efectuados por el poder de la conciencia y la voz de la naturaleza que habla en los hombres; pero el arrepentimiento del que se habla aquí, es producido por el Autor de la vida, y cuando viene, engendra tal vida en el alma que aquellos que estaban «muertos en sus delitos y pecados,» son revividos conjuntamente con Cristo; aquellos que no tenían receptividad espiritual, ahora «reciben con mansedumbre la palabra implantada»; aquellos que dormitaban en el propio centro de la corrupción, reciben el poder de convertirse en hijos de Dios, y de estar cerca de Su trono.

Yo creo que este es el «arrepentimiento para vida»: aquel arrepentimiento que da vida a un espíritu muerto. También he dicho que este arrepentimiento asegura la vida eterna; pues hay arrepentimientos de los cuales oyes hablar a los hombres, que no aseguran la salvación del alma.

Algunos predicadores afirman que aunque los hombres pueden arrepentirse y creer, también pueden apostatar y perecer. No pretendemos consumir nuestro tiempo haciendo un alto para exponer su error ahora; a menudo hemos considerado eso antes, y hemos refutado todo lo pudieran decir en defensa de su dogma. Pensemos en un arrepentimiento infinitamente mejor.

El arrepentimiento de nuestro texto no es ese arrepentimiento, sino que es un «arrepentimiento para vida»; un arrepentimiento que es un verdadero signo de salvación eterna en Cristo; un arrepentimiento que nos preserva en Jesús a través de este estado temporal, y que, cuando hayamos pasado a la eternidad, nos proporciona una bienaventuranza que no puede ser destruida.

«Arrepentimiento para vida» es la salvación real del alma, es el germen que contiene todos los elementos esenciales de la salvación, que los resguarda para nosotros, y que nos prepara para ellos.

En este día hemos de prestar una atención, acompañada de oración, al «arrepentimiento» que es «para vida.» Primero, voy a dedicar unos cuantos minutos a la consideración del arrepentimiento falso; en segundo lugar, voy a considerar los signos que caracterizan al verdadero arrepentimiento; y, posteriormente, enalteceré la caridad divina, de la cual está escrito: «¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!»

I. Primero, entonces, consideraremos ciertos FALSOS ARREPENTIMIENTOS. Voy a comenzar haciendo esta observación: que espantarse bajo el sonido del Evangelio no es «arrepentimiento.» Hay muchas personas que cuando oyen un fiel sermón evangélico, permanecen agitadas y conmovidas. Mediante un cierto poder que acompaña a la Palabra, Dios da testimonio de que se trata de Su propia Palabra, y provoca en aquellos que la oyen un cierto temblor involuntario.

He visto a algunas personas, -cuando las verdades de la Escritura han resonado desde este púlpito- cuyas rodillas han temblado chocando entre sí, cuyos ojos han derramado lágrimas como si hubiesen sido fuentes de agua. He sido testigo de la profunda depresión de su espíritu, cuando -según me han dicho algunos de ellos- fueron sacudidos hasta el punto de no saber cómo soportar el sonido de la voz, pues era semejante a la terrible trompeta del Sinaí, tronando únicamente su destrucción.

Queridos lectores, ustedes podrían estar sumamente turbados bajo la predicación del Evangelio, y, sin embargo, podrían no tener ese «arrepentimiento para vida.» Ustedes podrían saber lo que es estar muy seria y profundamente afectados cuando asisten a la casa de Dios, y sin embargo, podrían ser pecadores endurecidos.

Permítanme confirmar esta observación mediante un ejemplo: Pablo compareció ante Félix con sus manos encadenadas, y cuando disertaba acerca de «la justicia, del dominio propio y del juicio venidero,» está escrito que «Félix se espantó,» y, sin embargo, por buscar dilaciones, Félix se encuentra en la perdición, en medio del resto de personas que han dicho: «prosigue tu camino por esta vez; cuando encuentre un tiempo adecuado te buscaré.»

Hay muchas personas que no pueden asistir a la casa de Dios sin alarmarse; ustedes saben lo que es estar espantados ante el pensamiento de que Dios los castigará; puede ser que con frecuencia hayan sido inducidos a una emoción sincera bajo la influencia del ministro de Dios; pero, permítanme decirles que, a pesar de todo, podrían ser desechados porque no se han arrepentido de sus pecados ni se han vuelto a Dios.

Peor aún. Es muy posible que no solamente se espanten ante la Palabra de Dios, sino que podrían volverse Agripas amigables, y estar «por poco persuadidos» a volverse a Jesucristo, y, sin embargo, no tener ningún «arrepentimiento»; podrían ir más allá y llegar a desear el Evangelio; podrían decir: «¡Oh!, este Evangelio es algo tan bueno, que yo quisiera recibirlo. Asegura tanta felicidad aquí y tanto gozo en el más allá, que quisiera poder llamarlo mío.» ¡Oh, es bueno oír de esta manera esta voz de Dios! Pero podrían quedarse tranquilos, y, mientras algún texto poderoso es predicado adecuadamente, podrían decirse: «creo que es verdad»; pero tiene que entrar en el corazón antes de que puedan arrepentirse. Puedes incluso caer de rodillas en oración y puedes pedir con labios aterrados que esto sea de bendición para tu alma; y, después de todo, podría ser que no fueras un hijo de Dios. Podrías decir como Agripa le dijo a Pablo: «Por poco me persuades a ser cristiano»; sin embargo, igual que Agripa, podrías no pasar más allá del «por poco.» Agripa estaba «casi persuadido a ser cristiano,» pero no «plenamente convencido.»

Ahora, cuántos de ustedes han estado «por poco persuadidos» y, sin embargo, no están realmente en el camino a la vida eterna. Cuán a menudo la convicción los ha conducido a caer de rodillas y «por poco» se han arrepentido, pero han permanecido allí, sin arrepentirse realmente.

¿Ven aquel cadáver? Murió recientemente. Todavía no ha adquirido la lividez mortal, su color se semeja todavía a la vida. Su mano está tibia todavía; podría pensarse que está vivo, y casi pareciera respirar. Todo está íntegro: el gusano escasamente lo ha tocado; la descomposición escasamente se ha presentado; no hay ningún olor fétido. Sin embargo, la vida se ha ido; no hay ninguna vida allí.

Lo mismo sucede con ustedes: por poco están vivos; por poco tienen cada órgano externo de la religión que tiene el cristiano; pero no tienen vida. Podrían tener un arrepentimiento, pero no el arrepentimiento sincero. ¡Oh, hipócrita! Te advierto el día de hoy, que no solamente podrías sentir espanto sino hasta una complacencia por la Palabra de Dios, y, sin embargo, después de todo, no tener «arrepentimiento para vida». Todavía podrían hundirse en el pozo del abismo, y escuchar que se diga: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.»

Pero, además, es todavía posible que los hombres progresen inclusive más allá de esto, y que positivamente se humillen bajo la mano de Dios, pero que sean completos extraños al arrepentimiento. Su bondad no es como la nube mañanera y el rocío temprano que se desvanecen, sino que después que escuchan el sermón, regresan a casa y realizan lo que ellos conciben que es la obra del arrepentimiento, es decir, renuncian a ciertos vicios y necedades, se visten de cilicio y sus lágrimas se derraman muy abundantemente por causa de lo que han hecho; se lamentan delante de Dios; y, sin embargo, con todo eso, su arrepentimiento no es sino un arrepentimiento pasajero, y regresan otra vez a sus pecados.

¿Acaso niegan que exista tal penitencia? Permítanme contarles un caso. Un cierto hombre llamado Acab codiciaba la viña de su vecino Nabot, que se rehusaba a venderla a cualquier precio ni hacer un intercambio. Acab consultó con su esposa Jezabel, que urdió el plan de matar a Nabot para que el rey se apropiara de la viña. Después que Nabot murió, y Acab hubo tomado posesión de la viña, el siervo del Señor se reunió con Acab y le dijo: «¿No mataste, y también has despojado?. . .Así ha dicho Jehová: En el mismo lugar donde lamieron los perros la sangre de Nabot, los perros lamerán también tu sangre, tu misma sangre. . . .He aquí yo traigo mal sobre ti, y barreré tu posteridad.» Leemos que Acab se fue y anduvo humillado; y el Señor dijo: «Pues por cuanto se ha humillado delante de mí, no traeré el mal en sus días.»

Él le había concedido una suerte de misericordia; pero leemos a continuación, en el siguiente capítulo, que Acab se rebeló, y en una batalla en Ramot de Galaad, de conformidad al siervo del Señor, fue muerto allí; así que «los perros lamieron su sangre» exactamente en la viña de Nabot.

Ustedes también, les digo, podrían andar humillados delante de Dios por un tiempo, y, sin embargo, podrían seguir siendo los esclavos de sus transgresiones. Ustedes tienen miedo de la condenación, pero no tienen miedo de pecar: tienen miedo del infierno, pero no le temen a sus iniquidades; tienen miedo de ser arrojados al pozo, pero no temen endurecer sus corazones contra Sus mandamientos.

¿No es verdad, oh pecador, que le tienes pavor al infierno? No es el estado de tu alma el que te turba, sino el infierno. Si el infierno fuera extinguido, tu arrepentimiento se extinguiría; si los terrores que te esperan fuesen eliminados, pecarías más pérfidamente que antes, y tu alma se endurecería, y se rebelaría contra su soberano.

No se engañen, hermanos míos, en este punto; examínense para comprobar si andan en fe; pregúntense si tienen el «arrepentimiento para vida»; pues podrían andar humillados por un tiempo, y, sin embargo, no arrepentirse nunca delante de Dios.

Muchos avanzan más allá de esto, y, sin embargo, están destituidos de la gracia. Podría ser posible que confieses tus pecados sin arrepentirte. Podrías acercarte a Dios, y decirle que eres un miserable; podrías enumerar una larga lista de tus transgresiones y de los pecados que has cometido, sin un sentido de la horripilación de tu culpa, sin una sola chispa de odio real a tus acciones.

Podrías confesar y reconocer tus transgresiones, y, sin embargo, no sentir un aborrecimiento del pecado; y si no resistes al pecado, en la fortaleza de Dios, si no lo abandonas, este supuesto arrepentimiento no sería sino el color dorado que luce la pintura decorativa; no se trata de la gracia que realmente transforma en el oro que soporta el fuego. Digo que podrían llegar a confesar sus faltas, y, sin embargo, no tener arrepentimiento.

Además, y entonces habré tocado el más lejano pensamiento que he de dar sobre este punto. Podrían hacer alguna obra digna del arrepentimiento, y sin embargo ser impenitentes. Déjenme darles una prueba de esto en un hecho autenticado por la inspiración.

Judas traicionó a su Señor, y después de haberlo hecho, un sobrecogedor sentido del enorme mal que había cometido se apoderó de él. Su culpa enterró toda esperanza de arrepentimiento, y en el abatimiento de la desesperación, mas no en el dolor de la verdadera compunción, confesó su pecado a los sumos sacerdotes, clamando: «Yo he pecado entregando sangre inocente.» Ellos le dijeron: «¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!» Entonces arrojó las piezas de plata en el templo, para mostrar que no podía soportar cargar con el precio de la culpa; y las dejó allí. Salió, y, ¿fue salvo? No. «Salió, y fue y se ahorcó.»

Y aun entonces la venganza de Dios le siguió: pues cuando se colgó cayó desde la altura donde estaba suspendido, y quedó destrozado; se perdió y su alma pereció. Pueden ver lo que este hombre hizo. Él pecó, confesó su error, y devolvió el oro; sin embargo, después de eso, fue un réprobo. ¿Acaso no nos pone a temblar esto? Pueden ver cuán posible es ser tan aproximadamente el remedo de un cristiano, que la propia sabiduría, si solamente fuera mortal, sería engañada.

II. Ahora, habiéndoles advertido así que hay muchas falsas clases de arrepentimiento, tengo el propósito de ocupar un corto tiempo haciendo algunas observaciones sobre EL VERDADERO ARREPENTIMIENTO, y los signos mediante los cuales podremos discernir si contamos con ese «arrepentimiento» que es «para vida».

Antes que nada, permítanme corregir uno o dos errores que aquellos que están viniendo a Jesucristo cometen con frecuencia. Uno es que creen a menudo que deberían experimentar profundas, horribles y pavorosas manifestaciones de los terrores de la ley y del infierno antes de que se pueda decir que se arrepintieron.

Con cuántas personas he conversado que me han dicho lo que solamente puedo traducirles en español a ustedes, en esta mañana, más o menos de esta manera: «no me arrepiento lo suficiente, no me siento lo suficientemente pecador. No he sido un transgresor tan indisculpable y perverso como muchos otros: yo casi quisiera haberlo sido; no porque ame al pecado, sino debido a que entonces tendría convicciones más profundas de mi culpa, y me sentiría más seguro de haber venido verdaderamente a Jesucristo.»

Ahora, sería un grave error imaginar que estos pensamientos terribles y horribles de un juicio venidero tengan algo que ver con la validez del «arrepentimiento.» Con frecuencia no son el don de Dios para nada, sino las insinuaciones del diablo; e incluso allí donde la ley obra y produce estos pensamientos, no deberían considerarlos como constituyentes de una parte y una porción del «arrepentimiento.» No entran en la esencia del arrepentimiento.

El «arrepentimiento» es un odio al pecado; consiste en apartarse del pecado y en una determinación, en la fuerza de Dios, de abandonarlo. Es posible que un hombre se arrepienta sin un horripilante despliegue de los terrores de la ley; podría arrepentirse sin haber oído los sonidos de la trompeta del Sinaí, sin haber escuchado algo más que un distante rumor de su trueno.

Un hombre puede arrepentirse enteramente por medio de la voz de la misericordia. Dios abre algunos corazones a la fe, como en el caso de Lidia. A otros acomete con el martillo grueso de la ira venidera; a algunos abre con la ganzúa de la gracia, y a otros con la palanca de hierro de la ley.

Puede haber muchas formas de llegar allí, pero la pregunta es: ¿has llegado allí? ¿Te encuentras allí? Sucede con frecuencia que el Señor no está en la tempestad ni en el terremoto, sino en el «silbo apacible y delicado.»

Hay otro error que muchas pobres personas cometen cuando están pensando en la salvación, y es: que no se pueden arrepentir lo suficiente; se imaginan que si se arrepintiesen hasta un cierto grado, serían salvos. «¡Oh, señor!», -dirán algunos de ustedes- «no tengo suficiente contrición».

Amados, permítanme decirles que no hay ningún grado eminente de «arrepentimiento» que sea necesario para la salvación. Ustedes saben que hay grados de fe, y sin embargo la mínima fe salva; también hay grados de arrepentimiento, y el mínimo arrepentimiento, si es sincero, salvará al alma.

La Biblia dice: «El que creyere será salvo»; y cuando dice eso, incluye el grado más pequeño de fe. También cuando dice: «Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados,» incluye al hombre que tiene el grado más bajo de arrepentimiento real. El arrepentimiento, además, no es nunca perfecto en ningún hombre en este estado mortal.

Nunca alcanzaremos la fe perfecta que esté enteramente libre de dudas; y nunca alcanzaremos el arrepentimiento que sea libre de alguna dureza de corazón. El más sincero penitente que conozcan se sentirá parcialmente impenitente.

El arrepentimiento es también un acto continuo durante la vida entera. Crecerá continuamente. Yo creo que un cristiano en su lecho de muerte se arrepentirá más amargamente de lo que lo hizo jamás. Arrepentirse es algo que ha de hacerse durante toda la vida. Pecar y arrepentirse, pecar y arrepentirse, resume la vida de un cristiano. Arrepentirse y creer en Jesús, arrepentirse y creer en Jesús, conforma la consumación de su felicidad.

No deben esperar ser perfectos en «arrepentimiento» antes de ser salvos. Ningún cristiano puede ser perfecto. El «arrepentimiento» es una gracia. Algunas personas lo predican como una condición de salvación. ¡Condición de insensatez! No hay condiciones para la salvación. Dios mismo da la salvación; y Él únicamente la da a los que Él quiere. Dice: «Tendré misericordia del que yo tenga misericordia.»

Si, entonces, Dios te ha dado el mínimo arrepentimiento, y es un arrepentimiento sincero, alábalo por ello, y espera que ese arrepentimiento crezca más y más profundamente conforme sigas adelante.

Entonces esta observación ha de ser aplicada a todos los cristianos. Hombres y mujeres cristianos, ustedes sienten que no tienen un arrepentimiento lo suficientemente profundo. Sienten que no tienen una fe lo suficientemente grande. ¿Qué han de hacer? Pidan un aumento de fe, y crecerá.

Lo mismo sucede con el arrepentimiento. ¿Han tratado alguna vez de alcanzar un profundo arrepentimiento? Amigos míos, si han fracasado en el intento, confíen en Jesús, y traten cada día de obtener un espíritu penitencial. No esperen tener -lo repito- un perfecto arrepentimiento al principio; han de tener contrición sincera, y luego, bajo la gracia divina irán de poder en poder, hasta que al final odiarán y aborrecerán el pecado como a una serpiente o una víbora, y entonces estarán cerca, muy cerca, de la perfección del arrepentimiento.

Les he dado estas consideraciones, entonces, como inicio del tema. Y ahora ustedes preguntarán: ¿cuáles son los signos del verdadero «arrepentimiento» a los ojos de Dios?

Primero, les digo, que hay pena en él. Nadie se arrepiente jamás del pecado sin sentir algún tipo de tristeza a la vez. Puede ser más o menos intensa, de acuerdo a la manera en que Dios les llama, y a su previa manera de vida; pero debe haber alguna tristeza. No nos importa cuándo llega, pero en algún momento o en otro debe llegar, o no sería el arrepentimiento de un cristiano.

Conocí una vez a un hombre que profesaba que se había arrepentido, y en verdad su carácter había cambiado externamente; pero nunca pude ver que tuviera un dolor real por el pecado; tampoco vi jamás algunas señales de contrición en él cuando profesó creer en Jesús. Yo consideré que en ese hombre se trataba de un salto extático a la gracia; y encontré después que tuvo exactamente un salto igualmente extático a la culpa otra vez. Él no era una oveja de Dios, pues no había sido lavado en contrición: pues todo el pueblo de Dios ha de ser lavado en contrición cuando es convertido de sus pecados. Nadie puede venir a Cristo y conocer Su perdón sin sentir que el pecado es una cosa odiosa, pues llevó a la muerte a Cristo. Ustedes que tienen sus ojos secos, sus rodillas sin doblar y sus corazones empedernidos, ¿cómo podrían pensar que son salvos? El Evangelio promete salvación únicamente a aquellos que realmente se arrepienten.

Sin embargo, para no herir a ninguno de ustedes, y hacerles sentir algo que no es mi intención hacerles sentir, permítanme observar que no quiero decir que deban derramar lágrimas reales. Algunos hombres tienen una constitución tan dura que no podrían derramar una sola lágrima. He conocido a algunas personas que han sido capaces de suspirar y de gemir, pero las lágrimas no brotan.

Bien, yo digo que aunque las lágrimas suministran a menudo evidencias de contrición, podrían tener «arrepentimiento para vida» sin ellas. Lo que yo quisiera que entendieran es que debe haber un dolor real. Si la oración no es vocal, debe ser secreta. Para mostrar el arrepentimiento, aunque sea mínimo, debe haber un gemido aunque no haya palabras, debe haber por lo menos un suspiro aunque no haya lágrimas.

En este arrepentimiento ha de haber, pienso, no únicamente dolor, sino que ha de haber algo práctico: debe ser un arrepentimiento práctico.

«No basta con decir que lo sentimos, y arrepentirnos,
Y luego continuar día a día como siempre caminamos.»

Muchas personas están muy apenadas y muy penitentes por sus pecados pasados. Óiganlos hablar. «¡Oh!», -dicen- «lamento profundamente haber sido un borracho un día; y sinceramente deploro haber caído en ese pecado; lamento profundamente haber hecho eso.» Luego se van directo a casa; y cuando llega la una de la tarde del día domingo los encontrarán bebiendo otra vez. Y, sin embargo, esa gente dice que se ha arrepentido.

¿Acaso les creerían ustedes cuando dicen que son pecadores, pero que no aman el pecado? Puede ser que no lo amen durante un tiempo; pero ¿podrían ser sinceros penitentes, y luego ir y transgredir otra vez inmediatamente, en la misma forma en que lo hicieron antes? ¿Cómo podríamos creerles si transgreden una y otra vez, y no abandonan su pecado? Conocemos a un árbol por sus frutos; y ustedes que son penitentes producirán obras de arrepentimiento.

A menudo he considerado como un muy hermoso ejemplo que refleja el poder de la contrición, una anécdota aportada por un piadoso ministro. Él había estado predicando sobre el arrepentimiento, y en el curso de su sermón habló del pecado del robo. Cuando iba camino a su casa, un trabajador se le acercó, y el ministro observó que tenía algo bajo su uniforme de obrero. El ministro le dijo que no tenía que acompañarle más lejos; pero el hombre persistió. Por fin le dijo: «traigo un azadón bajo mi brazo que robé en aquella finca; lo escuché predicar acerca del pecado de robo, y debo ir y ponerlo en su lugar otra vez.» Eso fue un sincero arrepentimiento, pues lo motivó a regresar y devolver el artículo robado.

Sucedía lo mismo con los isleños de los Mares del Sur, de quienes leemos que robaban la ropa y los muebles de los misioneros, y todo lo que se podían llevar de sus casas; pero cuando eran convertidos salvadoramente, les llevaban todo de regreso.

Pero muchos de ustedes dicen que se arrepienten, y sin embargo no producen fruto; eso no sirve para nada. La gente se arrepiente sinceramente, dicen, de haber cometido un robo, o de haber mantenido una casa de juegos; pero se cuidan de que todas las ganancias sean empleadas en el mejor bienestar de su corazón. El verdadero «arrepentimiento» producirá obras dignas de «arrepentimiento»; será un arrepentimiento práctico.

Pero vamos más lejos. Ustedes pueden saber si su arrepentimiento es práctico mediante esta prueba. ¿Tiene alguna duración o no? Muchos de sus arrepentimientos se asemejan al rubor hético de la persona tísica, que no es ninguna señal de salud. Muchas veces he visto a algún joven en un trance de piedad recién adquirida pero poco firme; y él ha creído que ha estado a punto de arrepentirse de sus pecados. Durante algunas horas, tal persona está profundamente contrita delante de Dios, y por semanas renuncia a sus necedades. Asiste a la casa de oración, y conversa a la manera de un hijo de Dios. Pero regresa a sus pecados como el perro vuelve a su vómito. El espíritu inmundo «ha vuelto a su casa, y ha tomado consigo otros siete espíritus peores que él,. . .y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero.»

¿Cuánto tiempo ha durado tu contrición? ¿Duró algunos meses, o te sobrevino y se alejó súbitamente? Tú dijiste: «me uniré a la iglesia; haré esto, aquello y lo otro, por amor a Dios.» ¿Son tus obras duraderas? ¿Crees que tu arrepentimiento dure seis meses? ¿Continuará por doce meses? ¿Durará hasta que estés envuelto en tu mortaja?

Pero, además, he de hacerles una pregunta más. ¿Ustedes creen que se arrepentirían de sus pecados si no hubiese un castigo delante ustedes? ¿O se arrepienten porque saben que serán castigados para siempre si permanecieran en sus pecados? Supongan que les dijera que no existe el infierno del todo; que, si quisieran, podrían blasfemar; y, si quisieran, podrían vivir sin Dios. Supongan que no hubiere recompensa para la virtud, y no hubiere castigo para el pecado, ¿cuál elegirían? ¿Podrían decir con toda honestidad esta mañana: «creo que, por la gracia de Dios, sé que elegiría la justicia aunque no hubiere recompensa para ella, aunque no se ganase nada por medio de la justicia, y no se perdiera nada por el pecado?»

Todo pecador odia su pecado cuando se acerca a la boca del infierno; todo asesino odia su crimen cuando se aproxima al patíbulo; nunca he visto que un niño odie tanto su falta como cuando va a ser castigado por ella. Si no tuvieran un motivo para temer al abismo, si supiesen que pudieran entregar su vida al pecado, y que pudieran hacerlo con impunidad, aun así, ¿sentirían que odiaban al pecado, y que no podrían, y no querrían cometer el pecado, excepto por causa de la debilidad de la carne? ¿Todavía desearían la santidad? ¿Todavía desearían vivir como Cristo? Si así fuera, -si pudieran decir eso sinceramente- si de esta manera se volvieran a Dios y odiaran su pecado con un odio eterno, no tienen que temer pues tienen un «arrepentimiento» que es «para vida».

III. Ahora viene el tercer encabezado y el último, y es LA BENDITA BENEFICENCIA DE DIOS en conceder a los hombres «arrepentimiento para vida». El «arrepentimiento,» mis queridos amigos, es el don de Dios. Es uno de esos favores espirituales que aseguran la vida eterna. Es una maravilla de la gracia divina que no solamente provea el camino de salvación, que no solamente invite a los hombres a recibir la gracia, sino que positivamente haga que los hombres estén dispuestos a ser salvos.

Dios castigó a Su Hijo Jesucristo por nuestros pecados, y por ello proveyó la salvación para todos Sus hijos perdidos. Envía a Su ministro; el ministro pide a los hombres que se arrepientan y crean, y se esfuerza por llevarlos a Dios. Ellos no quieren escuchar el llamado, y desprecian al ministro. Pero entonces otro mensajero es enviado, un embajador celestial que no puede fallar. Emplaza a los hombres a que se arrepientan y se vuelvan a Dios. Sus pensamientos están un poco descarriados, pero después que Él, el Espíritu Divino, argumenta con ellos, olvidan el tipo de personas que eran, y se arrepienten y se vuelven.

Ahora, ¿qué haríamos nosotros si hubiésemos sido tratados como lo fue Dios? Si hubiésemos preparado una cena, o una fiesta, y hubiéremos enviado mensajeros para invitar a los convidados a venir, ¿qué haríamos? ¿Ustedes creen que nos tomaríamos el trabajo de ir por todos lados visitándolos a todos y de hacer que vinieran? Y cuando se hubieren sentado y dijeran que no pueden comer, ¿acaso abriríamos sus bocas? Si todavía declararan que no pueden comer, ¿los haríamos comer?

¡Ah!, amados, estoy inclinado a pensar que no harían eso. Si hubieran firmado las invitaciones, y los invitados no vinieran a su fiesta, ¿acaso no dirían: «no habrá fiesta»? Pero, ¿qué hace Dios? Él dice: «Ahora haré una fiesta, e invitaré a la gente, y si no vinieren, mis ministros saldrán y los traerán personalmente. Diré a mis siervos: vayan por los caminos y por los vallados, y fuércenlos a entrar, para que puedan participar de la fiesta que he preparado.»

¿Acaso no es un acto estupendo de la misericordia divina que efectivamente los vuelva dispuestos? No lo hace por medio de la fuerza, sino que usa una dulce persuasión espiritual. Primero están renuentes al máximo a ser salvados; «pero» -dice Dios- «eso no es nada, Yo tengo el poder de hacerlos volverse a Mí, y lo haré». El Espíritu Santo hace penetrar entonces la Palabra de Dios en las conciencias de Sus hijos de una manera tan bendita, que no pueden rehusarse más a amar a Jesús.

Les pido que observen que no lo hace por medio de alguna fuerza en contra de su voluntad, sino mediante una dulce influencia espiritual que cambia la voluntad.

Él coloca no únicamente un festín de cosas buenas delante de los hombres, sino que los induce a venir y participar de ellas, y los constriñe a continuar festejando mientras los lleva a la mansión permanente y eterna. Y al llevarlos arriba, le dice a cada uno: «Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia. Ahora, ¿me amas tú a Mí? «Oh, Señor,» -claman- «Tu gracia al traernos aquí demuestra que nos amas, pues nosotros estábamos renuentes a venir. Tú dijiste: irán, y nosotros dijimos que no iríamos, pero Tú nos hiciste ir. Y ahora, Señor, te bendecimos y te amamos por esa fuerza. Fue un apremio divino.» Yo era un cautivo que forcejeaba, pero fui conducido a estar dispuesto.

«¡Oh, gracia soberana, somete mi corazón!
Quiero ser conducido en triunfo también;
Un cautivo dispuesto para mi Señor,
Para cantar los honores de Su Palabra.»

Bien, ahora, ¿qué dicen ustedes? Algunos dirán: «señor, he estado tratando de arrepentirme durante largo tiempo. En penas y aflicciones he estado orando y tratando de creer, y haciendo todo lo que pueda.» Les diré algo: lo intentarán por tiempo indefinido antes de ser capaces de hacerlo. Esa no es la forma de alcanzarlo.

Oí la historia de dos caballeros que iban de viaje. Uno de ellos le dijo al otro: «no sé cómo haces, pero da la impresión que tú recuerdas siempre a tu esposa y tu familia, y todo lo que están haciendo en casa, y da la impresión que tú conectas todas las cosas que te rodean con ellos; pero yo trato de recordar a mi familia constantemente, y, sin embargo, nunca logro hacerlo.» «No,» -respondió el otro- «esa es precisamente la razón por qué no puedes: porque lo intentas. Si pudieras conectarlos con cada pequeña circunstancia que encontramos, fácilmente los recordarías. En tal y tal momento pienso: ahora se están levantando; y en tal y tal momento: ahora están en oración; en tal y tal hora: ahora están desayunando. De esta manera los tengo siempre delante de mí.»

Creo que lo mismo sucede con relación al «arrepentimiento.» Si un hombre dijera: «quiero creer», y tratara, mediante algún medio mecánico, de inducirse al arrepentimiento, sería un absurdo, y nunca lo lograría. Pero la manera en que puede arrepentirse es, por la gracia de Dios, creyendo, creyendo y pensando en Jesús. Si viera el costado sangrante, la corona de espinas, las lágrimas de angustia; si tuviera una visión de todo lo que Cristo sufrió, no tengo temor de afirmar que se volvería a Él en arrepentimiento.

Apostaría la reputación que yo pudiera tener en las cosas espirituales afirmando que un hombre no puede, bajo la influencia de Espíritu Santo de Dios, contemplar la cruz de Cristo sin un corazón quebrantado. Si no fuera así, mi corazón sería diferente del de todos los demás. No he conocido nunca a nadie que hubiere reflexionado, y mirado la cruz, que no hubiere descubierto que la cruz engendró «arrepentimiento» y engendró fe.

Miramos a Jesús si queremos ser salvos, y luego decimos: «¡Sacrificio admirable!, que Jesús haya muerto así para salvar a los pecadores.» Si quieres la fe, debes recordar que Él la da; si quieres el arrepentimiento, ¡Él lo da!, si quieres vida eterna, Él la da liberalmente. Él puede forzarte a sentir tu gran pecado, y llevarte al arrepentimiento por la mirada de la cruz del Calvario, y el sonido del mayor y más profundo clamor de muerte: «Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?» «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Eso engendrará «arrepentimiento»; eso te hará llorar y decir: «¡Ay!, ¿y mi Salvador sangró; y mi Soberano murió por mí?» Entonces, amado amigo, si quisieras tener «arrepentimiento», este es mi mejor consejo para ti: mira a Jesús. Y que el bendito Dador de todo «arrepentimiento para salvación» te guarde de los falsos arrepentimientos que he descrito, y te dé ese «arrepentimiento» que existe para vida.

«¡Arrepiéntete!, clama la voz celestial,
Y no oses demorarte;
El infeliz que desdeña el mandato, muere,
Y se enfrenta a un fiero día.El ojo soberano de Dios, ya no
Pasa por alto los crímenes de los hombres;
Sus heraldos son despachados por doquier
Para advertir al mundo de pecado.

Los emplazamientos abarcan toda la tierra;
Que la tierra concurra y tema;
¡Escuchen, hombres de cuna real,
Y que sus vasallos oigan también!

Juntos ante Su presencia dóblense,
Y confiesen toda su culpa;
Abracen al bendito Salvador ahora,
No minimicen Su gracia.

Dobléguense antes de que la terrible trompeta suene,
Y los llame a Su tribunal;
Pues la misericordia conoce el límite establecido,
Y se convierte en venganza allí.»

La Elección

El Púlpito de la Capilla New Park Street

La Elección

NO. 41-42

Sermón predicado el Domingo 2 de Septiembre, 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En la Capilla New Park Street, Southwark, Londres.

«Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.» 2 Tesalonicenses 2: 13, 14.

Si no hubiera ningún otro texto en la sagrada Palabra excepto éste, pienso que todos deberíamos estar obligados a recibir y reconocer la verdad de esta grandiosa y gloriosa doctrina de la eterna elección que Dios ha hecho de Su familia. Pero parece que hay un prejuicio muy arraigado en la mente humana en contra de esta doctrina. Y aunque la mayoría de las otras doctrinas son recibidas por los cristianos profesantes, algunas con cautela, otras con gozo, sin embargo esta doctrina parece ser despreciada y descartada con frecuencia.

En muchos de nuestros púlpitos se consideraría gran pecado y alta traición, predicar un sermón sobre la elección, porque no podrían convertir su sermón en lo que ellos llaman un discurso «práctico.» Creo que ellos se han apartado de la verdad en este asunto. Cualquier cosa que Dios ha revelado, la ha revelado con un propósito. No hay absolutamente nada en la Escritura que no se pueda convertir, bajo la influencia del Espíritu de Dios, en un discurso práctico: pues «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil» para algún propósito de provecho espiritual.

Es verdad que no se puede convertir en un discurso sobre el libre albedrío (eso lo sabemos muy bien) pero sí se puede convertir en un discurso sobre la gracia inmerecida: y el tema de la gracia inmerecida es de resultados prácticos, cuando las verdaderas doctrinas del amor inmutable de Dios son presentadas para que obren en los corazones de los santos y de los pecadores.

Ahora, yo confío que hoy, algunos de ustedes que se asustan con el simple sonido de esta palabra, dirán: «voy a escucharla con objetividad; voy a hacer a un lado mis prejuicios; voy a oír simplemente lo que este hombre tiene que decir.» No cierren sus oídos ni digan de entrada: «es doctrina muy elevada.» ¿Quién te ha autorizado a que la llames muy alta o muy baja? ¿Por qué te quieres oponer a la doctrina de Dios? Recuerda lo que les ocurrió a los muchachos que se burlaban del profeta de Dios, exclamando: «¡Calvo, sube! ¡Calvo, sube!» No digas nada en contra de las doctrinas de Dios, para evitar que salga del bosque una fiera y te devore a ti también. Hay otras calamidades además del manifiesto juicio del cielo: ten cuidado que no caigan sobre tu cabeza.

Haz a un lado tus prejuicios: escucha con calma, escucha desapasionadamente: oye lo que dice la Escritura. Y cuando recibas la verdad, si a Dios le place revelarla y manifestarla a tu alma, que no te dé vergüenza confesarla. Confesar que ayer estabas equivocado, es solamente reconocer que hoy eres un poco más sabio. Y en vez de que sea algo negativo para ti, da honor a tu juicio, y demuestra que estás mejorando en el conocimiento de la verdad. Que no te dé vergüenza aprender, y hacer a un lado tus viejas doctrinas y puntos de vista, y adoptar eso que puedes ver de manera más clara en la Palabra de Dios. Pero si no ves que esté aquí en la Biblia, sin importar lo que yo diga, o a qué autoridades hago referencia, te suplico, por amor de tu alma, que rechaces lo que digo. Y si desde este púlpito alguna vez oyes cosas contrarias a la Sagrada Palabra, recuerda que la Biblia debe ser lo primero, y el ministro de Dios debe estar sometido a Ella. Nosotros no debemos estar por sobre la Biblia cuando predicamos, sino que debemos predicar con la Biblia sobre nuestras cabezas. Después de todo lo que hemos predicado, estamos muy conscientes que la montaña de la verdad es más alta de lo que nuestros ojos pueden discernir. Nubes y oscuridad rodean su cima, y no podemos distinguir su pico más elevado. Sin embargo, vamos a tratar de predicar lo mejor que podamos.

Pero como somos mortales y sujetos a equivocarnos, ustedes mismos deben juzgarlo todo. «Probad los espíritus si son de Dios;» y si estando de rodillas reflexionando maduramente, ustedes son guiados a rechazar la elección (cosa que yo considero totalmente imposible) entonces deséchenla. No escuchen a quienes predican la elección, sino crean y confiesen aquello que ven que es la Palabra de Dios. No puedo agregar nada más a manera de introducción.

Entonces, en primer lugar, voy a referirme a la veracidad de esta doctrina: «de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación.» En segundo lugar, voy a tratar de demostrar que esta elección es absoluta: «Él os haya escogido desde el principio para salvación,» no para santificación, sino «mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.» En tercer lugar, esta elección es eterna porque el texto dice: «de que Dios os haya escogido desde el principio.» En cuarto lugar, es personal: «Él os haya escogido.» Y luego vamos a reflexionar sobre los efectos de esta doctrina: ver lo que produce; y finalmente, conforme la capacidad que nos dé Dios, vamos a intentar considerar sus consecuencias, y ver si en efecto es una doctrina terrible que conduce a una vida licenciosa. Tomaremos la flor, y como verdaderas abejas, vamos a comprobar si hay algo de miel allí; si algo bueno está contenido en ella, o si es un mal concentrado y sin mezcla.

I. En primer lugar debo demostrar que la doctrina es VERDADERA. Permítanme comenzar con un argumentum ad hominem (argumento al hombre); voy a hablarles de acuerdo a sus diferentes posiciones y cargos. Algunos de ustedes pertenecen a la Iglesia de Inglaterra, y me da gusto ver que hay muchos presentes hoy aquí. Aunque ciertamente digo de vez en cuando cosas muy duras acerca de la Iglesia y el Estado, sin embargo yo amo a la vieja Iglesia, pues hay en esa denominación muchos ministros piadosos y santos eminentes. Ahora, yo sé que ustedes son grandes creyentes en lo que los Artículos declaran como doctrina correcta. Les voy a dar una muestra de lo que los Artículos afirman en lo relativo a la elección, de tal forma que si creen en los Artículos, no pueden rechazar esta doctrina de la elección. Voy a leer un fragmento del Artículo 17 que se refiere a la Predestinación y a la Elección:

«La predestinación para vida es el propósito eterno de Dios, por medio del cual (antes que los cimientos del mundo fueran puestos) Él ha decretado de manera permanente por Su consejo secreto para nosotros, liberar de la maldición y condenación a aquellas personas que Él ha elegido en Cristo de entre toda la humanidad, y traerlos por medio de Cristo a la salvación eterna, como vasos hechos para honra. De donde quienes han sido dotados con bendición tan excelente de Dios, son llamados de acuerdo al propósito de Dios por Su Espíritu que obra en el momento debido; ellos obedecen el llamado por la gracia; son justificados gratuitamente; son hechos hijos de Dios por adopción; son conformados a la imagen del Unigénito Hijo Jesucristo; ellos caminan religiosamente en buenas obras, y al final, por la misericordia de Dios, alcanzan la dicha eterna.»

Entonces, pienso que cualquier miembro de esa denominación, si en efecto es un creyente sincero y honesto en su Madre Iglesia, debe ser un pleno creyente de la elección. Es verdad que si ve otras partes del Ritual anglicano, encontrará cosas contrarias a las doctrinas de la gracia inmerecida, y totalmente ajenas a la enseñanza de la Escritura. Pero si mira a los Artículos, no puede dejar de ver que Dios ha elegido a Su pueblo para vida eterna. Sin embargo no estoy tan perdidamente enamorado de ese libro como pueden estarlo ustedes; y sólo he utilizado este Artículo para demostrarles que si pertenecen a la iglesia oficial de Inglaterra no deberían objetar de ninguna manera esta doctrina de la predestinación.

Otra autoridad humana por la cual puedo confirmar la doctrina de la elección, es el antiguo credo de los Valdenses. Si leen el credo de los antiguos Valdenses, que elaboraron en medio del ardiente fuego de la persecución, verán que estos renombrados profesantes y confesores de la fe cristiana, recibieron y abrazaron muy firmemente esta doctrina, como parte de la verdad de Dios. He copiado de un viejo libro un de los Artículos de su fe:

«Que Dios salva de la corrupción y de la condenación a aquellos que Él ha elegido desde la fundación del mundo, no a causa de ninguna disposición, fe, o santidad que Él hubiera previsto de antemano en ellos, sino por su pura misericordia en Cristo Jesús Su Hijo, dejando a un lado a todos los demás, según la irreprensible razón de Su soberana voluntad y justicia.»

Entonces no es una novedad lo que yo predico; no es una doctrina nueva. Me encanta proclamar estas viejas doctrinas poderosas, que son llamadas con el sobrenombre de Calvinismo, pero que son segura y ciertamente la verdad revelada de Dios en Cristo Jesús. Por esta verdad yo hago una peregrinación al pasado, y conforme avanzo, veo a un padre tras otro, a un confesor tras otro, a un mártir tras otro, ponerse de pie para darme la mano. Si yo fuera un pelagiano, o un creyente de la doctrina del libre albedrío, tendría que caminar por muchos siglos completamente solo. Aquí y allá algún hereje de carácter no muy honorable podría levantarse y llamarme hermano. Pero tomando estas cosas como la norma de mi fe, yo veo la tierra de los antepasados poblada por mis hermanos; veo multitudes que confiesan lo mismo que yo, y reconocen que esta es la religión de la propia iglesia de Dios.

También les doy un extracto de la antigua Confesión Bautista. Nosotros somos Bautistas en esta congregación (por lo menos la mayoría de nosotros) y nos gusta ver lo que escribieron nuestros propios antecesores. Hace aproximadamente unos doscientos años los Bautistas se reunieron, y publicaron sus artículos de fe, para poner un fin a ciertos reportes en contra de su ortodoxia que se habían difundido por el mundo. Voy a referirme ahora a este viejo libro (que yo acabo de publicar) y puedo leer lo siguiente:

Artículo Tercero: «Por el decreto de Dios, para manifestación de Su gloria, algunos hombres y algunos ángeles son predestinados o preordenados para vida eterna por medio de Jesucristo, para alabanza de Su gracia gloriosa; otros son dejados para actuar en sus pecados para su justa condenación, para alabanza de Su justicia gloriosa. Estos hombres y estos ángeles que son así predestinados y preordenados son particularmente e inmutablemente designados, y su número es tan exacto y definido, que no puede ser ni aumentado ni disminuido. Aquellas personas que están predestinadas para vida, Dios, desde antes de la fundación del mundo, de acuerdo a Su eterno e inmutable propósito, y al secreto consejo y buen agrado de Su voluntad, los ha elegido en Cristo para gloria eterna por Su gracia inmerecida y amor, sin que haya ninguna cosa en la criatura como una condición o causa que haya movido a Dios para esa elección.»

En lo que concierne a estas autoridades humanas, la verdad, no les doy mucha importancia. No me importa lo que digan, ya sea a favor o en contra de esta doctrina. Solamente me he referido a ellas como un tipo de confirmación de la fe de ustedes, para mostrarles que a pesar de que me tachen de hereje y de hipercalvinista, tengo el respaldo de la antigüedad. Todo el pasado está de mi lado. El presente no me importa. Déjenme el pasado y tendré esperanza en el futuro. Si el presente me ataca, no me importa. Aunque un sinnúmero de iglesias aquí en Londres hayan olvidado las grandes y fundamentales doctrinas de Dios, no importa. Si tan sólo un pequeño grupo de nosotros nos quedamos solos manteniendo firmemente la soberanía de nuestro Dios, si nuestros enemigos nos atacan, ¡ay! y aun nuestros propios hermanos, que debieran ser nuestros amigos y colaboradores, no importa. Basta con que podamos contar con el pasado; el noble ejército de mártires, el glorioso escuadrón de los confesores, son nuestros amigos; los testigos de la verdad vienen a defendernos. Si ellos están de nuestro lado, no podremos decir que estamos solos, sino que podemos exclamar: «Y yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal.» Pero lo mejor de todo es que Dios está con nosotros.

La única gran verdad es siempre la Biblia, y únicamente la Biblia. Queridos lectores, ustedes no creen en ningún otro libro que no sea la Biblia ¿no es cierto? Si yo pudiera demostrar esto basándome en todos los libros de la cristiandad; si yo pudiera recurrir a la Biblioteca de Alejandría, para comprobar su verdad, no lo creerían más de lo que ustedes creen porque está en la Palabra de Dios.

He seleccionado unos cuantos textos para leerlos. Me gusta citar abundantemente los textos cuando temo que ustedes pueden desconfiar de una verdad, a fin de que estén lo suficientemente convencidos para que no haya lugar a dudas, si es que en verdad no creen. Permítanme entonces mencionar un catálogo de textos en los que el pueblo de Dios es llamado elegido. Naturalmente, si el pueblo es llamado elegido, debe haber una elección. Si Jesucristo y Sus apóstoles estaban acostumbrados a describir a los creyentes por medio del título de elegidos, ciertamente debemos creer que lo eran, pues de lo contrario el término no significa nada.

Jesucristo dice: «Y si el Señor no hubiese acortado aquellos días, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos que él escogió, acortó aquellos días.» «Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios, para engañar, si fuese posible, aun a los escogidos.» «Y entonces enviará sus ángeles, y juntará a sus escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.» (Marcos 13: 20, 22, 27) «¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? (Lucas 18: 7) Podríamos seleccionar muchos otros textos, que contienen la palabra «elegido,» o «escogido,» o «preordenado,» o «designado,» o la frase «mis ovejas,» o alguna descripción similar, mostrando que el pueblo de Cristo es diferente del resto de la humanidad.

Pero ustedes tienen sus concordancias, y no los voy a importunar con más textos. A través de las epístolas, los santos son constantemente llamados «los elegidos.» En su carta a los Colosenses, Pablo dice: «Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia.» Cuando le escribe a Tito, se llama a sí mismo: «Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos.» Pedro dice: «Elegidos según la presciencia de Dios Padre.» Y si vamos a Juan, encontraremos que le gusta mucho esa palabra. Dice: «El anciano a la señora elegida;» y habla de: «tu hermana, la elegida.» Y sabemos dónde está escrito: «La iglesia que está en Babilonia, elegida juntamente con vosotros.» Ellos no se avergonzaban de esa palabra en aquellos días; no tenían miedo de hablar de ella.

En nuestros días esa palabra ha sido revestida con una diversidad de significados, y las personas han mutilado y desfigurado la doctrina, de tal forma que la han convertido en una verdadera doctrina de demonios, lo confieso. Y muchos que se llaman a sí mismos creyentes, se han pasado a las filas del antinomianismo. Pero a pesar de esto, ¿por qué he de avergonzarme de eso, si los hombres la pervierten? Nosotros amamos la verdad de Dios aun en medio del tormento, de la misma manera que cuando es ensalzada. Si hubiera un mártir que nosotros amáramos antes de que fuera llevado al suplicio, lo amaríamos todavía más mientras está siendo atormentado.

Cuando la verdad de Dios está siendo atormentada, no por eso la vamos a catalogar como una falsedad. No nos gusta verla en el suplicio, pero la amamos aun cuando es martirizada, pues podemos discernir cuáles deberían haber sido sus justas proporciones si no hubiera sido atormentada y torturada por la crueldad e invenciones de los hombres. Si ustedes leen muchas de las epístolas de los padres de la antigüedad, encontrarán que siempre escriben al pueblo de Dios como «elegido.» Ciertamente, el término conversacional común usado por los primitivos cristianos entre sí, en muchas de las iglesias, era el de «elegido.» A menudo usaban el término para llamarse entre sí, mostrando que era una creencia general que todo el pueblo de Dios era manifiestamente «elegido.»

Ahora vamos a unos textos que prueban positivamente esta doctrina. Abran sus Biblias en el evangelio de Juan 15: 16, y allí verán que Jesucristo ha elegido a Su pueblo, pues Él dice: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé.» Y luego en versículo 19: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece.» Luego en el capítulo 17, versículos 8 y 9: «Porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son.» Leemos en Hechos 13: 48: «Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.» Pueden intentar retorcer este versículo, pero dice: «ordenados para vida eterna» tan claramente, que no cabe ninguna duda en su interpretación; y nos tienen sin cuidado los diferentes comentarios que se hacen sobre él. Creo que casi no es necesario que les recuerde el capítulo 8 de Romanos, pues confío que ustedes conocen muy bien ese capítulo y lo entienden. En el versículo 29 y siguientes, dice: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios?» Tampoco sería necesario leer todo el capítulo 9 de Romanos. En tanto que ese capítulo permanezca en la Biblia, ningún hombre será capaz de probar el arminianismo; mientras eso esté escrito allí, ni las más violentas contorsiones de esos textos podrán exterminar de la Escritura, la doctrina de la elección.

Leamos algunos versículos como éstos: «(pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor.» Luego pasemos al versículo 22: «¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria. Luego pasemos a Romanos 11:7: «¿Qué pues? Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero los escogidos sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos,» y en el versículo 5 del mismo capítulo, leemos: «Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia.» Sin duda todos ustedes recuerdan el pasaje de 1 Corintios 1: 26-29: «Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia.» También recuerden el pasaje en 1 Tesalonicenses 5: 9: «Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo.» Y luego tienen el texto que estamos analizando, el cual, pienso, sería suficiente. Pero, si necesitan más textos, pueden encontrarlos buscándolos con calma, si no hemos logrado eliminar sus sospechas de que esta doctrina no es verdadera.

Me parece, amigos míos, que esta sobrecogedora cantidad de versículos debería hacer temblar a quienes se atreven a burlarse de esta doctrina. ¿Qué diremos de aquéllos que a menudo la han despreciado, y han negado su divinidad, que han atacado su justicia, y se han atrevido a desafiar a Dios y lo llaman un tirano Todopoderoso, cuando han escuchado que Él ha elegido a un número específico para vida eterna? ¿Puedes tú, que rechazas esa doctrina, quitarla de la Biblia? ¿Puedes tú tomar el cuchillo de Jehudí y extirparla de la Palabra de Dios? ¿Quieres ser como la mujer a los pies de Salomón que aceptó que el niño fuera dividido en dos mitades, para que puedas tener tu mitad? ¿Acaso no está aquí en la Escritura? ¿Y no es tu deber inclinarte ante ella, y mansamente reconocer que no la entiendes: recibirla como la verdad aunque no puedas entender su significado?

No voy a intentar demostrar la justicia de Dios al haber elegido a algunos y haber pasado por alto a otros. No me corresponde a mí, vindicar a mi Señor. Él hablará por Sí mismo y en efecto lo hace: «Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?» ¿Quién es aquél que dirá a su padre: «qué has engendrado?» O a su madre: «¿qué has traído al mundo?» «Yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto.» ¿Quién eres tú para que alterques con Dios? Tiembla y besa Su vara; inclínate y sométete a Su cetro; no impugnes Su justicia, ni denuncies Sus actos ante tu propio tribunal, ¡oh, hombre!

Pero hay quienes dicen: «Dios es cruel cuando elige a uno y pasa por alto a otro.» Entonces, yo les preguntaría: ¿Hay alguien el día de hoy que desea ser santo, que desea ser regenerado, que desea abandonar el pecado y caminar en santidad? «Sí, hay,» dice alguien, «Yo quiero.» Entonces Dios te ha elegido a ti. Sin embargo otro dice: «No; yo no quiero ser santo; no quiero dejar mis pasiones ni mis vicios.» ¿Por qué te quejas, entonces, de que Dios no te haya elegido a ti? Pues si hubieras sido elegido, no te gustaría, según lo estás confesando. Si Dios te hubiera elegido hoy a la santidad, tú dices que no te importa. ¿Acaso no estás reconociendo que prefieres la borrachera a la sobriedad, la deshonestidad a la honestidad?

Amas los placeres de este mundo más que la religión; ¿entonces, por qué te quejas que Dios no te haya elegido para la religión? Si amas la religión, Él te ha elegido para la religión. Si la deseas, Él te ha elegido para ella. Si no la deseas, ¿qué derecho tienes de decir que Dios debió haberte dado aquello que no deseas? Suponiendo que tuviera en mi mano algo que tú no valoras, y que yo dijera que se lo voy a dar a tal o cual persona, tú no tendrías ningún derecho de quejarte de que no te lo estoy dando a ti. No podrías ser tan necio de quejarte porque alguien más ha obtenido aquello que a ti no te importa para nada.

De acuerdo a la propia confesión de ustedes, hay muchos que no quieren la religión, no quieren un nuevo corazón y un espíritu recto, no quieren el perdón de sus pecados, no quieren la santificación; no quieren ser elegidos a estas cosas: entonces, ¿por qué se quejan? Ustedes consideran todo esto como cosas sin valor, y entonces ¿por qué se quejan de Dios, que ha dado esas cosas a quienes Él ha elegido? Si consideras que esas cosas son buenas y tienes deseos de ellas, entonces están disponibles para ti. Dios da abundantemente a todos aquellos que desean; y antes que nada, Él pone el deseo en ellos, de otra forma nunca lo desearían. Si amas estas cosas, Él te ha elegido para ellas, y puedes obtenerlas; pero si no es así, quién eres tú para criticar a Dios, cuando es tu propia voluntad desesperada la que te impide amar estas cosas. ¿Cuando es tu propio yo el que te hace odiarlas?

Supongan que un hombre que va por la calle dice: «Qué lástima que no haya un asiento disponible para mí en la capilla, para poder oír lo que este hombre tiene que decir.» Y supongan que dice: «Odio a ese predicador; no puedo soportar su doctrina; pero aún así, es una lástima que no haya un asiento disponible para mí.» ¿Esperarían ustedes que alguien diga eso? No: de inmediato dirían: «a ese hombre no le importa. ¿Por qué habría de preocuparle que otros alcancen lo que valoran y que él desprecia?»

No amas la santidad, no amas la justicia; si Dios me ha elegido para estas cosas, ¿te ha ofendido por eso? «¡Ah! Pero,» dice alguien, «yo pensé que eso significa que Dios ha elegido a unos para ir al cielo y a otros para ir al infierno.» Eso es algo totalmente diferente de la doctrina evangélica. Él ha elegido a unos hombres a la santidad y a la justicia y por medio de ellas, al cielo. No debes decir que los ha elegido simplemente para ir al cielo y a los otros para ir al infierno. Él te ha elegido para la santidad, si amas la santidad. Si cualquiera de ustedes quiere ser salvado por Jesucristo, Jesucristo le ha elegido para ser salvado. Si cualquiera de ustedes desea tener la salvación, ese ha sido elegido para la salvación, si la desea sinceramente y ardientemente. Pero si tú no la deseas, ¿por qué habrías de ser tan ridículamente tonto de quejarte porque Dios da eso que no quieres a otras personas?

II. De esta forma he tratado de decir algo en relación a la verdad de la doctrina de la elección. Y ahora, rápidamente, déjenme decirles que la elección es ABSOLUTA: esto es, no depende de lo que nosotros somos. El texto dice: «de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación;» pero nuestros oponentes afirman que Dios elige a unos hombres porque son buenos, que los elige a causa diversas obras que han hecho. Ahora, en respuesta a esto, nosotros preguntamos, ¿qué obras son esas por las que Dios elige a Su pueblo? ¿Acaso es lo que llamamos comúnmente «obras de la ley,» obras de obediencia que la criatura puede llevar a cabo? Si es así, nosotros les respondemos: «si los hombres no pueden ser justificados por las obras de la ley, no parece muy claro que puedan ser elegidos por las obras de la ley; si no pueden ser justificados por sus buenas obras, tampoco pueden ser salvados por esas obras.» Por tanto el decreto de la elección no pudo haber sido formado sobre la base de buenas obras.

«Pero,» dicen otros, «Dios lo eligió porque conocía de antemano su fe.» Ahora, Dios es el que da la fe, por tanto no pudo haberlos elegido a causa de su fe, que Él conocía de antemano. Supongamos que hubiera veinte mendigos en la calle, y yo determinara darle dinero a uno de ellos. ¿Podría alguien decir que yo decidí darle a ese dinero, que yo elegí dárselo, porque conocía de antemano que él aceptaría ese dinero? Eso sería una tontería. De igual manera, decir que Dios eligió a unos hombres porque conocía de antemano que ellos habrían de tener la fe, que es la salvación en germen, sería tan absurdo que no vale la pena ni escucharlo.

La fe es el don de Dios. Toda virtud viene de Él. Por tanto, la fe no pudo haberlo llevado a elegir a los hombres, porque es Su don. La elección, estamos convencidos de ello, es absoluta, y completamente independiente de las virtudes que adornan a los santos posteriormente. Aunque un hombre fuera tan santo y devoto como Pablo; aunque fuera tan valiente como Pedro, o tan amante como Juan, aun así no podría exigirle nada a su Hacedor. Todavía no he conocido a ningún santo de ninguna denominación, que haya pensado que Dios lo salvó porque vio de antemano que tendría estas virtudes y méritos.

Ahora, mis queridos hermanos, las mejores joyas que un santo puede lucir jamás, si son joyas elaboradas por su propio diseño, no son de purísima calidad. Hay siempre un poco de barro mezclado en ellas. La gracia más elevada que pudiéramos poseer, tiene algo de mundano mezclado en ella. Sentimos esto en la medida que nos refinamos más, cuando tenemos mayor santificación, y nuestro lenguaje debe ser siempre:

«Yo soy el primero de los pecadores;
Jesús murió por mí.»

Nuestra única esperanza, nuestro único argumento, pende de la gracia manifestada en la persona de Jesucristo. Y tengo la certeza que debemos rechazar y desechar completamente cualquier pensamiento que nuestras virtudes, que son dones de nuestro Señor, sembradas por su diestra, pudieran ser la causa de Su amor. Y debemos cantar en todo momento:

«¿Qué había en nosotros que mereciera la estima
O que produjera deleite en el Creador?
Fue únicamente, Padre, y siempre debemos cantar,
Porque pareció bueno a Tus ojos.»

«Tendré misericordia del que tendré misericordia:» Él salva porque quiere salvar. Y si me preguntaran por qué me ha salvado a mí, sólo puedo decir, porque Él quiso hacerlo. ¿Acaso había algo en mí que me pudiera recomendar ante Dios? No, hago a un lado todo, no había nada recomendable en mí. Cuando Dios me salvó, yo era el más bajo, perdido y arruinado de la raza. Estaba ante Él como un bebé desnudo bañado en mi propia sangre. Verdaderamente, yo era impotente para ayudarme a mí mismo. ¡Oh, cuán miserable me sentía y me reconocía! Si ustedes tenían algo que los hiciera aceptables a Dios, yo nunca lo tuve. Yo estaré contento de ser salvado por gracia, por pura gracia, sin ninguna otra mezcla. Yo no puedo presumir de ningún mérito. Si tú puedes hacerlo, muy bien, yo no puedo. Yo debo cantar:

«Gracia inmerecida únicamente de principio a fin,
Ha ganado mi afecto y mantenido mi alma muy firme.»

III. En tercer lugar, esta elección es ETERNA. «De que Dios os haya escogido desde el principio para salvación. ¿Puede decirme alguien cuándo fue el principio? Hace años creíamos que el principio de este mundo fue cuando Adán fue creado; pero hemos descubierto que miles de años antes de eso, Dios estaba preparando la materia caótica para hacerla una adecuada morada para el hombre, poniendo razas de criaturas sobre la tierra, que murieron y dejaron tras sí las marcas de Su obra y Su maravillosa habilidad, antes de crear al hombre. Pero eso no fue el principio, pues la revelación apunta a un período cuando este mundo fue formado, a los días cuando las estrellas matutinas fueron engendradas; cuando, como gotas de rocío de los dedos de la mañana, las estrellas y las constelaciones cayeron goteando de la mano de Dios; cuando, de Sus propios labios, salió la Palabra que puso en marcha a las pesadas órbitas; cuando con Su propia mano envió a los cometas, que como rayos, vagaron por el cielo, hasta encontrar un día su propia esfera. Regresaremos a edades remotas, cuando los mundos fueron hechos y los sistemas formados, pero ni siquiera nos hemos acercado al principio todavía. Hasta que no hayamos ido al tiempo cuando todo el universo dormía en la mente de Dios y no había nacido todavía, hasta que entremos en la eternidad donde Dios el Creador vivía solo, y todas las cosas dormían dentro de Él, toda la creación descansaba en Su omnipotente pensamiento gigantesco, no habremos todavía adivinado el principio. Podemos caminar hacia atrás, y atrás, y atrás, a lo largo de todas las edades. Podemos volver, si se nos permite usar esas extrañas palabras, a lo largo de eternidades enteras, y sin embargo nunca llegar al principio. Nuestras alas se podrían cansar, nuestra imaginación se podría extinguir; y aunque pudiera superar al rayo que brilla majestuosamente, con poder y velocidad, pronto se cansaría mucho antes de poder alcanzar el principio.

Pero Dios eligió a Su pueblo desde el principio; cuando el intocado éter no había sido sacudido por el aleteo del primer ángel, cuando el espacio no tenía orillas, o más aún, cuando no existía, cuando reinaba el silencio universal, y ni una sola voz ni ningún susurro turbaba la solemnidad del silencio, cuando no había ningún ser, ni movimiento, ni tiempo, ni nada sino sólo Dios, solo en Su eternidad; cuando no se escuchaba el himno de ningún ángel, y no se tenía la asistencia de los querubines, mucho antes que nacieran los seres vivientes, o que las ruedas de la carroza de Jehová fueran formadas, aún antes, «en el principio era el Verbo,» y en el principio el pueblo de Dios era uno con el Verbo, y «en el principio Él los escogió para vida eterna.» Entonces nuestra elección es eterna. No me voy a detener para demostrar esto, solamente paso por estos pensamientos de manera rápida para beneficio de los jóvenes principiantes, para que puedan entender lo que queremos decir por elección eterna y absoluta.

IV. A continuación, la elección es PERSONAL. Aquí también, nuestros oponentes han intentado derribar la elección diciéndonos que es una elección de naciones y no de personas. Pero aquí el apóstol nos dice: «Dios os ha escogido desde el principio.» Decir que Dios no ha elegido a personas sino a naciones es la tergiversación más miserable que se haya hecho sobre la tierra, pues la mismísima objeción que se presenta en contra de la elección de personas, se puede presentar en contra de la elección de una nación. Si no fuera justo elegir a una persona, sería todavía más injusto elegir a una nación, puesto que las naciones no son sino la unión de multitudes de personas, y elegir a una nación parecería todavía un crimen mayor y gigantesco (si la elección fuera un crimen) que elegir a una persona. Ciertamente elegir a diez mil sería considerado algo peor que elegir a uno; distinguir a toda una nación del resto de la humanidad, parece una mayor extravagancia en los actos de la divina soberanía, que elegir a un pobre mortal y pasar por alto a otro.

Pero ¿qué son las naciones sino hombres? ¿Qué son los pueblos enteros sino combinaciones de diferentes unidades? Una nación está constituida por ese individuo, y por ese otro, y por aquél otro. Y si me dices que Dios eligió a los judíos, yo respondo entonces, que Él eligió a este judío, y a ese judío y a aquel judío. Y si tú dices que Él elige a Inglaterra, entonces yo digo que Él elige a este hombre inglés, y a ese hombre inglés y a aquel hombre inglés. Así que después de todo se trata de la misma cosa. Entonces, la elección es personal: así debe ser. Cualquiera que lea este texto, y otros textos similares, verá que la Escritura continuamente habla del pueblo de Dios, considerando a cada individuo, y habla de todos ellos como siendo los sujetos especiales de la elección.

«Hijos somos de Dios por la elección,
Los que creemos en Jesucristo;
Por un designio eterno
Gracia soberana recibimos aquí.»

Sabemos que es una elección personal.

V. El otro pensamiento es (pues mi tiempo vuela muy rápidamente y me impide detenerme sobre estos puntos) que la elección produce BUENOS RESULTADOS. «De que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.» ¡Cuántos hombres confunden completamente la doctrina de la elección! ¡Y cómo hierve mi alma cuando recuerdo los terribles males que se han acumulado por la perversión y el rechazo de esa gloriosa porción de la verdad gloriosa de Dios! ¡Cuántos no hay por ahí que se han dicho a sí mismos: «yo soy un elegido,» y se han sentado perezosamente, y peor aún han dicho: «yo soy el elegido de Dios,» y con ambas manos han hecho la maldad! Rápidamente han corrido a todo tipo de inmundicia, porque han dicho: «yo soy el hijo escogido de Dios, y por tanto independientemente de mis obras, puedo vivir como se me dé la gana, y hacer lo que yo quiera.» ¡Oh, amados! Permítanme solemnemente advertir a cada uno de ustedes que no lleven esa muy lejos; o más bien, que no conviertan esa verdad en un error, pues no la podemos estirar mucho. Podemos pasar por sobre los límites de la verdad; podemos convertir eso que tenía la intención de ser dulce para nuestro consuelo, en una terrible mezcolanza para nuestra destrucción.

Les digo que ha habido miles de personas que han ido a la ruina por entender de manera equivocada la elección; que han dicho: «Dios me ha elegido para el cielo y para vida eterna;» pero a ellos se les ha olvidado que está escrito que Dios los ha elegido: «mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.» Esta es la elección de Dios: una elección para santificación y para fe. Dios elige a Su pueblo para que sea santo, y para que sea un pueblo de creyentes. ¿Cuántos de mis lectores son creyentes? ¿Cuántos miembros de mi congregación pueden poner su mano en el corazón y decir: «Yo confío en Dios que he sido santificado?» ¿Hay alguien entre ustedes que pueda decir: «yo soy un elegido» mientras yo pueda recordarle cómo blasfemó la semana pasada?

Uno de ustedes dice: «yo confío ser uno de los elegidos» pero yo le recuerdo acerca de un acto de depravación cometido dentro de los últimos seis días. Alguien más dice: «yo soy un elegido» pero yo puedo mirarle a la cara y decirle: «¡elegido!» ¡tú no eres mas que un maldito hipócrita! Otros dirán: «yo soy elegido» pero yo puedo recordarles que ellos se olvidan del propiciatorio y no oran. ¡Oh, amados hermanos! Nunca piensen que son elegidos a menos que sean santos. Pueden venir a Cristo como pecadores, pero no pueden venir a Cristo como personas elegidas mientas no puedan ver su santidad. No malinterpreten lo que estoy diciendo; no digan «yo soy un elegido,» pensando que pueden vivir en pecado. Eso es imposible. Los elegidos de Dios son santos. No son puros, no son perfectos, no son sin mancha; pero tomando su vida en su conjunto, son personas santas. Son marcados y son distintos de los demás: y ninguna persona tiene el derecho de considerarse elegido excepto en su santidad. Puede ser elegido, y estar todavía en las tinieblas, pero no tiene derecho de creerse elegido; nadie puede verlo, no hay ninguna evidencia. Puede ser que el hombre viva algún día, pero por lo pronto está muerto. Si ustedes caminan en el temor de Dios, tratando de agradarlo y obedeciendo Sus mandamientos, no tengan la menor duda que el nombre de ustedes está escrito en el libro de la vida del Cordero, desde antes de la fundación del mundo.

Y para que esto no resulte muy elevado para ti, considera la otra señal de la elección, que es la fe, «creer la verdad.» Quienquiera que crea la verdad de Dios, y crea en Jesucristo, es un elegido. Con frecuencia me encuentro con pobres almas, que tiemblan y se preocupan en relación a este pensamiento: «¡Cómo, y si yo no soy un elegido!» «Oh, señor,» dicen ellos, «yo sé que he puesto mi confianza en Jesús; sé que creo en Su nombre y confío en Su sangre; pero ¿y si a pesar de eso no soy un elegido?» ¡Pobre criatura querida! No sabes mucho acerca del Evangelio, pues de lo contrario jamás hablarías así, pues todo aquel que cree es elegido. Quienes son elegidos, son elegidos para santificación y fe; y si tú tienes fe, tú eres uno de los elegidos de Dios; puedes saberlo y debes saberlo, pues es una certeza absoluta. Si tú, como un pecador, miras a Jesucristo el día de hoy, y dices:

«Nada en mis manos traigo,
Simplemente a Tu cruz me aferro,»

tú eres un elegido. No tengo miedo que la elección asuste a los pobres santos o a los pecadores. Hay muchos teólogos que le dicen a la persona que pregunta: «la elección no tiene nada que ver contigo.» Eso es muy malo, porque la pobre alma no debe ser callada de esa manera. Si pudieras silenciar esa alma, podría estar bien, pero va a seguir pensando al respecto, y no lo podrá evitar. Díganle más bien: si tú crees en el Señor Jesucristo, tú eres un elegido. Si te abandonas a Él, tú eres un elegido. Yo te digo hoy, (yo, el primero de los pecadores) yo te digo en Su nombre, si vienes a Dios sin ninguna obra de tus manos, entrégate a la sangre y a la justicia de Jesucristo; si quieres venir ahora y confiar en Él, tú eres un elegido: has sido amado por Dios desde antes de la fundación del mundo, pues no podrías haber hecho eso a menos que Dios no te hubiera dado el poder de hacerlo y no te hubiera elegido para que lo hicieras.

Ahora pues eres salvo y estás seguro si sólo vienes y te entregas a Jesucristo, y deseas ser salvo y ser amado por Él. Pero no pienses de ninguna manera que algún hombre puede ser salvo sin fe y sin santidad. No piensen, queridos oyentes, que algún decreto, promulgado en las oscuras edades de la eternidad, va a salvar sus almas, a menos que crean en Cristo. No se queden ahí tranquilos imaginando que ustedes van a ser salvos, sin fe y sin santidad. Esa es la herejía más abominable y maldita, que ha llevado a la ruina a miles de personas. No utilicen la elección como una almohada sobre la que pueden recostarse y dormir, pues eso los llevará a la ruina. Dios no lo quiera que yo les prepare almohadas muy confortables para que ustedes puedan descansar cómodamente en sus pecados. ¡Pecador! No hay nada en la Biblia que pueda atenuar tus pecados. Pero si estás condenado ¡oh, hombre! Si estás perdida ¡oh, mujer! Tú no vas a encontrar en esta Biblia ni una gota que refresque tu lengua, ni una doctrina que disminuya tu culpa; tu condenación será enteramente por tu culpa, y tu pecado será merecidamente recompensado, porque tú crees que no estás condenado. «Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas.» «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.»

No se imaginen que la elección excusa el pecado (no sueñen con eso) ni se arrullen en la dulce complacencia del pensamiento de su irresponsabilidad. Ustedes son responsables. Debemos proclamar ambas cosas. Debemos aceptar la soberanía divina, y debemos reconocer la responsabilidad humana. Debemos aceptar la elección, pero debemos hablar a sus corazones, debemos proclamar la verdad de Dios ante ustedes; debemos hablarles a ustedes, y recordarles esto, que si bien es cierto que está escrito: «En Mí está tu ayuda;» también está escrito: «Te perdiste, oh Israel.»

VI. Ahora, finalmente, cuáles son las verdaderas y legítimas tendencias de un correcto concepto de la doctrina de la elección. Primero, les diré cómo moverá a los santos la doctrina de la elección bajo la bendición de Dios; y en segundo lugar, qué hará por los pecadores si Dios bendice esa doctrina a favor de ellos.

Primero, yo pienso que para un santo es una de las doctrinas más despojadoras de todo el mundo, para quitar toda la confianza en la carne, y toda seguridad en cualquier otra cosa excepto en Jesucristo. Cuán a menudo nos envolvemos en nuestra justicia propia, y nos adornamos con falsas perlas y las piedras preciosas de nuestras propias obras y logros. Comenzamos a decir: «Ahora voy a ser salvo, porque poseo esta evidencia y la otra.» En vez de eso, solamente la fe desnuda salva. Esa fe, y únicamente ella nos une al Cordero sin tomar en cuenta las obras, aunque la fe produce obras. Cuán a menudo nos recargamos en alguna obra, que no es la de nuestro Amado, o confiamos en algún poder que no es el poder que viene de lo alto. Entonces si queremos despojarnos de este falso poder, debemos considerar la elección.

Haz una pausa, alma mía, y considera esto. Dios te ha amado antes de que tuvieras un ser. Dios te amó cuando estabas muerto en tus delitos y pecados, y envió a Su Hijo para que muriera por ti. Él te compró con Su preciosa sangre antes de que pudieras balbucear Su nombre. ¿Acaso, entonces, puedes estar orgulloso?

Repito, no conozco nada, nada, que sea más humillante para nosotros que esta doctrina de la elección. A veces me he postrado ante ella, mientras trato de comprenderla. He abierto mis alas, y como el águila, me he remontado hacia el sol. Mi ojo ha sido firme, y mi ala vigorosa, durante un tiempo; pero, conforme me acercaba a ella, un pensamiento se adueñaba de mí: «Dios os ha escogido desde el principio para salvación,» y me he perdido en su resplandor, he sentido vértigo ante ese poderoso pensamiento y de esa altura que marea se ha desplomado mi alma, postrada y quebrantada, balbuciendo: «Señor, yo no soy nada, soy menos que nada. ¿Por qué yo? ¿Por qué yo?

Queridos amigos, si quieren ser humillados, estudien la elección, pues los hará humildes bajo la influencia del Espíritu de Dios. Aquel que está orgulloso de su elección no es un elegido; y aquel que es humillado por ella, puede creer que es elegido. Tiene todas las razones para creer que lo es, pues es uno de los efectos más benditos de la elección, que nos ayuda a humillarnos ante Dios.

De nuevo. La elección en el cristiano debe hacerlo muy intrépido y muy osado. Nadie será tan intrépido como aquel que cree que es un elegido de Dios. ¿Qué le importan a él los hombres, si es elegido por su Hacedor? ¿Qué le importan los gorjeos despreciables de algunos gorrioncitos cuando sabe que él es un águila de categoría real? ¿Acaso le importará que el mendigo lo señale, cuando corre por sus venas la sangre real del cielo? Si toda la tierra se levanta en armas, él habita en perfecta paz, pues él está en el lugar secreto del tabernáculo del Todopoderoso. «Yo soy de Dios,» afirma, «yo soy diferente a los demás hombres. Ellos son de una raza inferior. ¿Acaso no soy noble? ¿Acaso no soy uno de los aristócratas del cielo? ¿Acaso no está escrito mi nombre en el libro de Dios?» ¿Le preocupa el mundo? De ninguna manera: como el león que no se preocupa por el ladrido del perro, él sonríe frente a sus enemigos; y cuando estos se le acercan demasiado, se mueve y los hace pedazos. ¿Qué le importan sus enemigos? «Se mueve entre sus adversarios como un gigante; mientras los hombrecillos caminan mirándolo hacia arriba sin entenderlo.»

Su rostro es de hierro, su corazón es de pedernal: ¿qué le importan los hombres? Más aun, si una rechifla universal se levantara desde todo el mundo, él se sonreiría de eso, pues diría:

«El que ha hecho de Dios su refugio,
Encontrará su más segura morada.»

«Soy uno de Sus elegidos. Soy escogido de Dios y estimado; y aunque el mundo me aborrezca, no tengo miedo.» ¡Ah! Ustedes que confiesan la fe pero que están con el mundo, algunos de ustedes son tan flexibles como los sauces. Hay pocos cristianos como robles hoy día, que pueden resistir la tormenta; y les diré por qué. Es porque ustedes mismos no creen que son elegidos. El hombre que sabe que es elegido, será demasiado orgulloso para pecar; no se humillará para cometer los actos que hace la gente común. El creyente de esta verdad dirá: «¿Que yo comprometa mis principios? ¿Que yo cambie mi doctrina? ¿Que haga a un lado mis puntos de vista? ¿Que esconda lo que creo que es cierto? ¡No! Puesto que yo sé que soy uno de los elegidos de Dios, aun ante los ataque de los hombres voy a decir la verdad de Dios, sin importarme lo que digan los hombres.» Nada puede hacer a un hombre más osado que sentir que es un elegido de Dios. Quien sabe que ha sido elegido de Dios, no temblará ni tendrá miedo.

Más aún, la elección nos hace santos. Nada puede hacer a un cristiano más santo, bajo la influencia llena de gracia del Espíritu Santo, que el pensamiento que él es elegido. «¿Pecaré yo, dice, sabiendo que Dios me ha elegido a mí? ¿Acaso voy a transgredir después de tanto amor? ¿Acaso me apartaré después de tanta misericordia y tierna bondad? No, mi Dios; puesto que Tú me has elegido, yo te amaré; yo viviré para Ti:

«Ya que Tú, mi Dios eterno,
Te has convertido en mi Padre.»

Yo me voy a entregar a Ti para ser tuyo para siempre, por la elección y por la redención, entregándome a Ti, y consagrándome solemnemente a tu servicio.»

Y ahora, por último, para los inconverso. ¿Qué les dice la elección a ustedes? Primero, ustedes, impíos, los voy a excusar por un momento. Hay muchos de ustedes a quienes no les gusta la elección, y yo no puedo culparlos por ello, pues he escuchado a muchos predicadores predicar sobre la elección, que han terminado diciendo: «No tengo ni una sola palabra que decir al pecador.» Ahora, yo digo que ustedes deben sentir desagrado por una predicación así, y yo no los culpo por eso. Pero, yo digo, tengan ánimo, tengan esperanza, oh ustedes pecadores, porque hay una elección. Lejos de desanimarse y perder la esperanza, es una cosa muy alentadora y llena de gozo que haya una elección. ¿Qué pasaría si yo les dijera que nadie puede ser salvo, que nadie está ordenado para vida eterna? ¿Acaso no temblarían, torciendo sus manos con desesperación, diciendo: «entonces, cómo seremos salvos, si no somos elegidos?»

Pero, yo les digo, que hay una multitud de elegidos, incontables. Todo un ejército que ningún mortal puede contar. Por lo tanto ¡ten ánimo, tú pobre pecador! Desecha tu abatimiento. ¿Acaso no puedes tú ser elegido como cualquier otro? Pues hay innumerables muchedumbres de elegidos. ¡Hay gozo y consuelo para ti! Por tanto no sólo te pido que tengas ánimo, sino que vayas y pruebes al Señor. Recuerda que si no fueras elegido, no perderías nada al hacerlo. ¿Qué dijeron los cuatro leprosos? «Vamos pues ahora, y pasémonos al ejército de los sirios; si ellos nos dieren la vida, viviremos; y si nos dieren la muerte, moriremos.»

¡Oh, pecador! Ven al trono de la misericordia que elige. Puedes morir en este instante. Ve a Dios; y aun suponiendo que Él te rechazara, suponiendo que con Su mano en alto te ordenara que te vayas (algo imposible) aun así no perderías nada con ir; no estarás más condenado por eso. Además, suponiendo que estás condenado, tendrías por lo menos la satisfacción de alzar tus ojos desde el infierno y decir: «Dios, yo te pedí misericordia y Tú no quisiste dármela; la busqué pero Tú rehusaste otorgarla.» ¡Eso nunca lo dirás, oh pecador! Si tú vinieras a Él y le pidieras, tú vas a recibir lo que pides; ¡porque nunca ha rechazado a nadie! Pero aunque hay un número definido de elegidos, sin embargo es cierto que todos los que buscan, pertenecen a ese número.

Debes ir y buscar; y si sucede que tú resultes ser el primero en ir al infierno, diles a los demonios que pereciste de esa manera; diles a los diablos que tú eres uno rechazado, después de haber venido como un pecador culpable a Jesús. Te digo que eso deshonraría al Eterno (con todo respeto a Su nombre) y Él no permitiría que tal cosa sucediera. Él es muy celoso de Su honor y no podría permitir que un pecador dijera algo como eso.

Pero, ¡ah, pobre alma! No basta con que pienses así, que no vas a perder nada si vienes; hay todavía un pensamiento más: ¿amas la elección el día de hoy? ¿Estás dispuesto a admitir su justicia? Dices: «siento que estoy perdido; lo merezco; si mi hermano es salvo yo no puedo murmurar al respecto. Si Dios me destruye, lo merezco; pero si Él salva a la persona que está sentada junto a mí, Él tiene todo el derecho de hacer lo que le plazca con lo suyo, y yo no he perdido nada por eso.» ¿Puedes decir eso con toda honestidad desde lo profundo de tu corazón? Si es así, entonces la doctrina de la elección ha tenido su efecto correcto en tu espíritu, y tú no estás lejos del reino de Dios. Estás siendo traído donde debes estar, donde el Espíritu quiere que estés; y siendo esto así el día de hoy, puedes irte en paz; Dios ha perdonado tus pecados.

No sentirías así si no hubieras sido perdonado; no sentirías así si el Espíritu de Dios no estuviera haciendo Su obra en ti. Entonces, regocíjate en esto. Deja que tu esperanza descanse en la cruz de Cristo. No pienses en la elección, sino en Jesucristo. Descansa en Jesús: Jesús al inicio, en todo momento, y por toda la eternidad.

El Cielo y el Infierno

El Púlpito de la Capilla New Park Street

El Cielo y el Infierno

NO. 39 – 40

Un sermón predicado la noche del Martes 4 de Septiembre, 1855

Charles Haddon Spurgeon

al aire libre en King Edward’s Road, Hackney.

«Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.» — Mateo 8:11, 12.

En nuestra tierra es permitido hablar claro, y su gente está siempre anuente a prestar un oído atento a cualquiera que le pueda decir algo digno de atención. Por eso tengo la certeza que dispondremos de un auditorio atento, pues no hay ninguna razón para suponer otra cosa. Este campo, como están conscientes todos ustedes, es de propiedad privada. Y yo quisiera sugerir a quienes salen a predicar al aire libre, que es mucho mejor ir a un campo o a un terreno desprovisto de edificios, que bloquear caminos e interrumpir negocios; y es todavía mucho mejor estar en un lugar que tenga protección, para poder prevenir de inmediato cualquier disturbio.

Esta tarde pretendo animarlos para que busquen el camino al cielo. Tendré que expresar también algunas cosas severas relativas al fin de los hombres que se pierden en el abismo del infierno. Sobre estos dos temas voy a predicar, con la ayuda de Dios. Pero les suplico, por amor de sus almas, que disciernan entre lo que es correcto y lo que no lo es; comprueben si lo que yo les digo es la verdad de Dios. Si no lo es, rechácenlo totalmente y arrójenlo lejos; pero si en verdad lo es y lo desprecian, será bajo su propio riesgo; pues como tendrán que responder ante Dios, el grandioso Juez de cielos y tierra, no les irá bien si desprecian las palabras de este siervo y de Su Escritura.

Mi texto consta de dos partes. La primera es muy agradable para mí, y me proporciona gran placer; la segunda es terrible en extremo; pero puesto que ambas son verdades, ambas deben ser predicadas. La primera parte de mi texto es, «Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos.» La frase que yo llamo la parte negra, oscura y amenazadora es esta: «Mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.»

I. Tomemos la primera parte. Aquí hay una PROMESA SUMAMENTE GLORIOSA. Voy a leerla de nuevo: «Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos.» Me gusta mucho este texto, porque me descubre lo que es el cielo, y me presenta un hermoso cuadro de él. Dice que es un lugar donde voy a sentarme con Abraham, e Isaac y Jacob. Oh, qué pensamiento tan dulce es ese para el trabajador. A menudo se limpia el tibio sudor de su frente, y se pregunta si hay una tierra donde no tendrá que afanarse más. Muy raramente come un mendrugo de pan que no esté humedecido con el sudor de su rostro. A menudo viene a casa agotado y se deja caer en un sillón, tal vez demasiado cansado para poder dormir. Se pregunta: «¡Oh!, ¿no hay una tierra donde yo pueda descansar? ¿No hay algún lugar donde pueda quedarme quieto? Sí, tú que eres hijo del trabajo arduo y agotador,

«Hay una tierra feliz
Lejos, lejos, muy lejos,

donde ese trabajo arduo y agotador es desconocido. Más allá del firmamento azul, hay una hermosa ciudad luminosa, cuyos muros son de jaspe, y cuya luz brilla más que el sol. Allí «los impíos dejan de perturbar, y allí descansan los de agotadas fuerzas.» Allí están los espíritus inmortales que no necesitan limpiarse el sudor de su frente, pues «no siembran, ni siegan,» ni están sometidos a un trabajo arduo y agotador.

«Allí en un monte verde y florido
Sus cansadas almas se sentarán:
Y con gozos arrobadores harán
Un recuento de las fatigas de sus pies.»

Para mi mente, una de las mejores visiones del cielo es que es una tierra de reposo; especialmente para el trabajador. Quienes no tienen que trabajar duro, piensan que amarán el cielo como un lugar de servicio. Eso es muy cierto. Pero para el trabajador, para el hombre que labora arduamente con su cerebro o con sus manos, siempre será un dulce pensamiento que haya una tierra donde vamos a descansar.

Pronto, esta voz no será forzada ya más: pronto, estos pulmones no tendrán que ejercitarse nunca más allá de su poder; pronto, este cerebro no será atormentado por el pensamiento; pero me sentaré a la mesa del banquete de Dios; sí, estaré reclinado en el pecho de Abraham, y estaré tranquilo para siempre. ¡Oh!, hijos e hijas de Adán que están cansados, no tendrán que empujar el arado en un ingrato suelo en el cielo, no tendrán que levantarse para desempeñar arduas labores antes que salga el sol, y trabajar todavía cuando el sol se ha ido a descansar desde hace un buen rato; sino que estarán tranquilos, estarán quietos, descansarán, pues todos son ricos en el cielo, todos son felices allá, todos están en paz. Trabajo arduo, problemas, fatigas, esfuerzos, son palabras que no se pueden deletrear en el cielo; no existen tales cosas allá, pues siempre reposan.

Y noten con qué buena compañía comparten. Ellos «se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob.» Algunas personas piensan que no conoceremos a nadie en el cielo. Pero nuestro texto declara aquí que nos «sentaremos con Abraham e Isaac y Jacob.» Entonces tengo la certeza que estaremos conscientes que ellos son Abraham e Isaac y Jacob. He escuchado la historia de una buena mujer que le preguntó a su marido, cuando estaba a punto de morir: «querido mío, ¿crees que me conocerás cuando tú y yo lleguemos al cielo?» «¿Que si te conoceré?», respondió él, «vamos, siempre te he conocido mientras has estado aquí, y ¿piensas que voy a ser más insensato cuando llegue al cielo?» Pienso que fue una excelente respuesta.

Si nos hemos conocido aquí en la tierra, nos reconoceremos allá. Yo tengo queridos amigos que han partido hacia allá, y siempre es un pensamiento dulce para mí que, cuando ponga mi pie, como espero hacerlo, en el umbral del cielo, vendrán mis hermanas y hermanos y me tomarán de la mano, diciendo: «sí, amadísimo, ya estás aquí.» Parientes queridos que han sido separados, se encontrarán otra vez en el cielo. Alguno de ustedes ha perdido una madre que se ha ido al cielo; y si tú sigues la huella de Jesús, te encontrarás con ella allá.

En otro caso, me parece que veo a alguien que viene a recibirte a la puerta del paraíso; y aunque los lazos de afecto natural pueden haberse olvidado en cierta medida (se me puede permitir usar una figura) cuán bendecida sería ella cuando se volviera hacia Dios, y le dijera: «Aquí estoy yo, y los hijos que me has dado.» Reconoceremos a nuestros amigos: esposo, tú conocerás a tu esposa. Madre, conocerás a tus amados hijitos; tú observabas sus figuras cuando yacían jadeantes, quedándose sin aliento. Tú recuerdas cómo te abalanzaste sobre sus tumbas al momento de ser echada la fría tierra sobre ellos, y se dijo: «La tierra a la tierra, el polvo al polvo, las cenizas a las cenizas.» Pero tú volverás a oír esas amadas voces de nuevo; tú escucharás esas dulces voces una vez más; tú todavía sabrás que las personas que amaste, han sido amadas por Dios. ¿Acaso no sería un cielo lúgubre para nuestra habitación, uno donde no pudiéramos conocer a nadie ni nadie nos reconociera? No me interesaría ir a un cielo así.

Yo creo que el cielo es la comunión de los santos, y que nos conoceremos unos a otros allí. A menudo he pensado que me dará mucho gusto ver a Isaías; y, tan pronto como llegue al cielo, creo que voy a preguntar por él, porque él habló más acerca de Jesús que todos los demás profetas. Estoy seguro que voy a querer encontrar a George Whitfield, quien continuamente predicó a la gente, y se desgastó con un celo más que seráfico. ¡Oh, sí!, tendremos una compañía elegida en el cielo, cuando lleguemos. No habrá distinción entre cultos e incultos, clero y laicado, sino que caminaremos libremente entre todos; sentiremos que somos hermanos; nos sentaremos «con Abraham e Isaac y Jacob.»

He escuchado acerca de una dama que recibió la visita de un ministro en su lecho de muerte, y le dijo: «quiero hacerle una pregunta, ahora que estoy a punto de morir.» «Bien,» preguntó el ministro, «¿cuál es?» «¡Oh!», respondió ella muy afectada, «quiero saber si hay dos lugares en el cielo, pues yo no podría soportar que Betsy, la cocinera, estuviera en el cielo junto conmigo. Es tan poco refinada.» El ministro dio la vuelta y respondió: «oh, no se preocupe por eso, señora. No hay temor de eso; mientras no se despoje de su orgullo maldito, usted no entrará nunca al cielo.» Todos nosotros debemos despojarnos de nuestro orgullo. Debemos humillarnos y estar sobre una base de igualdad ante los ojos de Dios, y ver en cada hombre un hermano, antes de poder esperar ser recibidos en la gloria.

Bendecimos a Dios, y le damos gracias porque no preparará mesas separadas para unos y para otros. El judío y el gentil se sentarán juntos. El grande y el pequeño se alimentarán de los mismos pastos, y nos «sentaremos con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos.»

Pero mi texto tiene todavía una dulzura más profunda, pues afirma que «vendrán muchos y se sentarán.» Algunos fanáticos de mente estrecha piensan que el cielo será un lugar muy pequeño, donde habrá muy poca gente que asistió a su capilla o a su iglesia. Yo confieso que no tengo ningún deseo de un cielo pequeño, y me da mucho gusto leer en las Escrituras que en la casa de mi Padre hay muchas mansiones. Cuán a menudo escucho que la gente dice: «¡Ah!, estrecha es la puerta y angosto el camino, y pocos son los que la hallan. Habrá pocas personas en el cielo; la mayoría se perderá.» Amigo mío, yo no estoy de acuerdo contigo. ¿Acaso crees tú que Cristo permitirá que el diablo le gane? ¿Que permitirá que el diablo tenga más personas en el infierno de las que Él tenga en el cielo? No, eso es imposible. Pues entonces Satanás se reiría de Cristo. Habrá más personas en el cielo de las que habrá entre los que se pierden. Dios dice: «He aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero;» pero Él nunca dice que habrá una multitud que nadie puede contar que se perderá. Habrá huestes incontables que llegarán al cielo. ¡Qué buenas noticias para ti y para mí! Pues si hay tantos que serán salvados, ¿por qué no habría de ser salvo yo? ¿Por qué no dice también, aquel hombre que está allá en medio de la multitud: «no podría ser yo uno entre esa multitud?» Y ¿no podría esa pobre mujer que está allá cobrar valor y decir: «Bueno, si sólo se salvara media docena de personas, yo temería no estar entre esas; pero, puesto que vendrán muchos, por qué no habría de ser salva yo? ¡Anímate, tú que estás desconsolado! ¡Alégrate, hijo del dolor y de la aflicción, todavía hay esperanza para ti!

Yo no puedo creer que alguien esté más allá del alcance de la gracia de Dios. Habrá unos cuantos que han cometido ese pecado que es para muerte y Dios los ha abandonado; pero la vasta mayoría de la humanidad está todavía dentro del alcance de la misericordia soberana: «Y vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán en el reino de los cielos.»

Miren otra vez mi texto, y ustedes verán de dónde vienen estas personas. Ellos «vendrán del oriente y del occidente.» Los judíos decían que todos ellos vendrían de Palestina, cada uno de ellos, cada hombre, cada mujer y cada niño; que no habría nadie en el cielo que no fuera judío. Y los fariseos pensaban que si todos ellos no eran fariseos, no podrían ser salvos. Pero Jesucristo dijo que vendrán muchos del oriente y del occidente. Habrá una multitud de aquella tierra muy lejana, China, pues Dios está haciendo una obra grandiosa allí, y nosotros esperamos que el Evangelio será victorioso en esa tierra. Habrá una multitud de esta tierra occidental de Inglaterra; y también del país occidental que está más allá del mar, de América; y del sur, de Australia; y del norte, de Canadá, Siberia y Rusia. Desde los confines de la tierra vendrán muchos que se sentarán en el reino de Dios.

Pero yo creo que este texto no debe entenderse tanto en sentido geográfico, como en sentido espiritual. Cuando dice que «vendrán muchos del oriente y del occidente,» yo pienso que no se refiere particularmente a las naciones, sino a diferentes tipos de personas. Ahora, «el oriente y el occidente» quiere decir aquellos que se encuentran más lejos de la religión; sin embargo, muchos de ellos serán salvados y llegarán al cielo. Hay una clase de personas que será considerada siempre como desahuciada. A menudo he escuchado, ya sea de un hombre o de una mujer, un comentario acerca de esas personas, «él no puede ser salvado: es demasiado disipado. ¿Para qué es bueno él? Pídele que vaya a un lugar de adoración: estaba borracho la noche del sábado. ¿De qué serviría razonar con él? No hay esperanza para él. Es un tipo endurecido. Mira lo que ha hecho durante todos estos años. ¿De qué servirá hablarle?

Ahora, escuchen esto, ustedes que piensan que sus compañeros son peores que ustedes; que condenan a otros cuando ustedes son tan culpables como ellos: Jesucristo dice: «vendrán muchos del oriente y del occidente.» Habrá muchos en el cielo que una vez fueron borrachos. Yo creo que, en medio de esa muchedumbre comprada con sangre, habrá muchos que se tambalearon entrando y saliendo de una taberna durante la mitad de sus vidas. Pero por el poder de la gracia divina ellos fueron capaces de arrojar la copa de licor contra el suelo. Ellos renunciaron al desenfreno de la intoxicación (huyeron de ella) y sirvieron a Dios. ¡Sí! Habrá muchos en el cielo que fueron borrachos en la tierra.

Habrá también muchas prostitutas: algunas de las más disipadas serán encontradas allí. Ustedes recuerdan la historia de Whitfield que dijo una vez que habrá personas en el cielo que fueron «desechadas por el diablo;» algunos que el diablo difícilmente pensaría que son lo suficientemente buenos para él, pero que Cristo salvará. Lady Huntingdon le sugirió una vez con delicadeza que ese lenguaje no era decoroso. Pero justo en ese momento se escuchó el timbre y Whitfield bajó las escaleras y se dirigió a la puerta. Después subió y dijo: «señora, ¿qué cree que me acaba de decir una pobre mujer? Ella era una triste perdida y me dijo: ‘Oh, señor Whitfield, cuando usted estaba predicando nos dijo que Cristo recibiría los desechos del diablo y yo soy uno de ellos.'» Y ese fue el instrumento de su salvación.

¿Alguna vez alguien nos impedirá que prediquemos a los más bajo de lo bajo? A mí se me ha acusado de reunir a toda la plebe de Londres a mi alrededor. ¡Dios bendiga a la plebe! ¡Dios salve a la plebe! Luego yo digo: supongamos que ellos son «¡la chusma!» ¿Quién podría necesitar el Evangelio más que ellos? ¿Quiénes requieren que Cristo sea predicado más que a ellos? Tenemos a muchos que predican a las damas y a los caballeros, pero necesitamos que alguien le predique a la chusma en estos días degenerados.

¡Oh!, aquí hay consuelo para mí, pues muchos elementos de la plebe vendrán del oriente y del occidente. ¡Oh!, ¿qué pensarían si vieran la diferencia que hay entre algunos que están en el cielo y otros que estarán allá? Podría encontrarse alguien allí cuyo cabello cuelga enfrente de sus ojos, sus greñas están enmarañadas, se ve horrible, sus ojos congestionados se ven saltones, sonríe casi como un idiota, ha bebido hasta consumir su cerebro de tal forma que la vida parece haber partido en lo concerniente al sentido y al ser; sin embargo yo te diría: «ese hombre es susceptible de salvación», y en unos pocos años yo podría decir: «mira hacia allá;» ¿ves aquella estrella brillante? ¿Descubres aquel hombre con una corona de oro fino sobre su cabeza? ¿Adviertes aquel ser cubierto con vestiduras de zafiro y ropajes de luz? Ese es aquel mismo hombre que se sentaba allí como un pobre ser descarriado, casi idiotizado; sin embargo, ¡la gracia soberana y la misericordia lo han salvado!

No hay nadie excepto esos que he mencionado antes, que han cometido el pecado imperdonable, que esté más allá de la misericordia de Dios. Tráiganme a los peores hombres, y aun así yo les predicaría el Evangelio; tráiganme a los más viles, y yo les predicaría, porque recuerdo que el Señor dijo: «Vé por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa.» «Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos.»

Hay una palabra más que debo resaltar antes de terminar con esta dulce porción: esa es la palabra: van a venir (vendrán). ¡Oh, yo amo los «yo haré» y por consiguiente los «ellos harán,» de Dios! No hay nada comparable a esas expresiones. Si el hombre dice: «se hará,» ¿qué hay con ello? «Yo voy a» dice un hombre, pero nunca lo cumple; «yo haré,» dice, pero quebranta su promesa. Pero no ocurre lo mismo con los «Yo haré» de Dios. Si Él dice «será,» así será; cuando Él dice «sucederá,» así será. Ahora Él ha dicho aquí, «muchos vendrán, muchos van a venir.» El diablo dice, «no vendrán;» pero «ellos vendrán.» Sus pecados dicen: «ustedes no pueden venir;» Dios dice: «ustedes van a venir.» Ustedes mismos dicen: «no vendremos;» Dios dice: «ustedes van a venir.» ¡Sí!, hay algunas personas aquí que se están riendo de la salvación, que se burlan de Cristo y ridiculizan el Evangelio; pero yo les digo que inclusive algunos de ustedes vendrán. «¡Cómo!, responden, «¿puede Dios conducirme a ser cristiano?» Les digo que sí, pues allí radica el poder del Evangelio. No les pide su consentimiento; lo obtiene. Él no dice, ¿quieres recibirlo?, pero hace que ustedes quieran en el día del poder de Dios. No en contra de su voluntad, pero hace que ustedes quieran. Les muestra su valor, y luego ustedes se enamoran de él, y corren directamente tras él y lo obtienen.

Mucha gente ha dicho: «no aceptamos nada que tenga que ver con la religión,» y sin embargo, ha sido convertida. He oído la historia de un hombre que una vez asistió a una capilla para escuchar los himnos, y tan pronto como el ministro comenzó a predicar, se tapó los oídos con sus dedos, para no oír. Pero pronto, un pequeño insecto se posó en su cara, por lo que se vio obligado a apartar el dedo con que se tapaba el oído, para ahuyentarlo. En ese preciso instante el ministro dijo: «El que tiene oídos para oír, oiga.» El hombre oyó; y Dios se encontró con él en ese instante para la conversión de su alma. Salió convertido en un hombre nuevo, con un carácter cambiado. Él, que había venido para reírse, se retiró para orar; quien vino para burlarse, salió para doblar su rodilla en penitencia: el que vino para pasar una hora en el ocio, regresó a casa para pasar una hora en devoción con su Dios. El pecador se volvió un santo; el libertino se convirtió en un penitente. Quién sabe si no habrá alguien así aquí, esta noche. El Evangelio no necesita su consentimiento, lo obtiene. Quita la enemistad de su corazón. Ustedes dicen: «no quiero ser salvado;» Cristo dice que serán salvados. Él hace que tu voluntad dé un giro completo, y en consecuencia tú clamas: «¡Señor, sálvame, que perezco!» Ah, entonces el cielo exclama: «Yo sabía que haría que dijeras eso;» y entonces, Él se regocija por tu causa, porque ha cambiado tu voluntad y te ha conducido a querer en el día de Su poder.

Si Jesucristo subiera a esta plataforma esta tarde, ¿qué haría con Él mucha gente? «¡Oh!», dirá alguien, «lo haríamos un Rey.» No lo creo. Lo crucificarían de nuevo si tuvieran la oportunidad. Si Él viniera y dijera: «Aquí estoy, yo los amo, ¿quieren que Yo los salve?» Nadie de ustedes daría su consentimiento si fueran dejados a su voluntad. Si Él los mirara con esos ojos ante cuyo poder el león se habría encogido; si Él hablara con esa voz que derramó cataratas de elocuencia como un arroyo de néctar vertido desde los acantilados, ni una sola persona vendría para ser Su discípulo; no, se requiere el poder del Espíritu para hacer que los hombres vengan a Jesucristo. Él mismo dijo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.» ¡Ah!, necesitamos eso; y aquí lo tenemos.

¡Ellos vendrán! ¡Ellos vendrán! Ustedes podrán reírse, podrán despreciarnos; pero Jesucristo no morirá en vano. Si algunos de ustedes lo rechazan, habrá otros que no lo rechazarán. Si hay algunos que no son salvados, otros lo serán. Cristo verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Algunos creen que Cristo murió pero que algunas de las personas por quienes murió, se perderán. Yo no podría entender nunca esa doctrina. Si Jesús, mi garantía, llevó mis dolores y cargó con mis aflicciones, yo me considero tan seguro como los ángeles en el cielo. Dios no puede pedir el pago dos veces. Si Cristo pagó mi deuda, ¿tendré que pagarla yo otra vez? No.

«Libre del pecado camino en libertad,
La sangre del Salvador es mi completa absolución;
Estoy contento a Sus amados pies,
Soy un pecador salvado, y homenaje Le rindo.»

¡Vendrán! ¡Vendrán! Y nada en el cielo, ni en la tierra, ni en el infierno, puede impedir que vengan.

Y ahora, tú que eres el primero de los pecadores, escucha un momento mientras te llamo para que vengas a Jesús. Hay una persona aquí esta noche, que se considera la peor alma que haya vivido jamás. Hay alguien que se dice a sí mismo, «¡yo estoy seguro que no merezco ser llamado para venir a Cristo!» ¡Alma! ¡Yo te llamo! Tú que eres el más miserable perdido, esta noche, por la autoridad que Dios me ha dado, te exhorto a que vengas a mi Salvador.

Hace algún tiempo, cuando fui a la Corte de un condado, para ver lo que hacían, oí que llamaban a alguien por su nombre, e inmediatamente el hombre respondió: «¡Abran paso! ¡Abran paso! ¡Me están llamando!» Y se acercó con prontitud. Ahora, esta tarde, yo llamo al primero de los pecadores, y le pido que diga: «¡Abran paso! ¡Apártense, dudas! ¡Apártense, temores! ¡Apártense, pecados! ¡Cristo me llama! ¡Y si Cristo me llama, eso es suficiente!»

«Yo me acercaré a Sus pies llenos de gracia,
Cuyo cetro ofrece misericordia;
¡Tal vez Él me ordenará que Lo toque!
Y entonces el suplicante vivirá.»»Yo podría perecer si voy;
Pero estoy resuelto a intentar;
Pues si me quedo lejos, yo sé
Que debo morir para siempre.»»Pero si muero con la misericordia buscada,
Habiendo probado al Rey,
Eso sería morir (¡deleitable pensamiento!)
Como un pecador nunca murió.»

¡Ven y prueba a mi Salvador! ¡Ven y prueba a mi Salvador! Si te echa afuera después que Lo hayas buscado, divulga en el abismo que Cristo no quiso escucharte. Pero nunca te será permitido hacer eso. Sería una deshonra para la misericordia del pacto, que Dios eche afuera a un pecador penitente; y nunca ocurrirá eso mientras esté escrito «Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos.»

II. En la segunda parte, mi texto es desgarrador. Yo predico con gran deleite acerca de la primera parte; pero aquí hay una triste tarea para mi alma, porque encontramos palabras tenebrosas. Sin embargo, como les he dicho, lo que está escrito en la Biblia debe ser predicado, ya sea tenebroso o alegre. Hay algunos ministros que nunca mencionan nada acerca del infierno. Escuché de un ministro que una vez dijo a su congregación: «Si ustedes no aman al Señor Jesucristo, serán enviados a ese lugar cuyo nombre no es cortés mencionar.» A ese ministro no se le debió permitir que predicara de nuevo, si era incapaz de usar palabras claras. Ahora, si yo veo que aquella casa se está incendiando, ¿creen ustedes que me quedaría inmóvil diciendo: «me parece que allá se está desarrollando una operación de combustión»? «No; yo gritaría: «¡Fuego! ¡Fuego!» y entonces todo mundo entendería lo que estoy diciendo.

Así, si la Biblia dice: «Los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera,» ¿debo pararme aquí y presentar las cosas favorablemente? Dios no lo quiera. Debemos decir la verdad, tal como está escrita. Es una verdad terrible, pues dice: «¡los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera!» Ahora, ¿quiénes son esos hijos? Les diré. «Los hijos del reino» son esas personas que se hacen notar por sus muestras externas de piedad, pero que no tienen sus características interiores. Personas que ustedes verán marchando hacia la capilla, tan religiosamente como es posible, con sus Biblias y sus himnarios, o yendo hacia la iglesia, tan devota y modestamente como pueden, mostrándose tan sombríos y serios como bedeles parroquiales, imaginándose que están seguros de ser salvos, aunque su corazón no esté allí, nada sino sólo sus cuerpos. Estas son las personas que son «los hijos del reino.» No tienen gracia, ni vida, ni a Cristo, y serán echados a las tinieblas de afuera.

Además, estas personas son hijos de padres y madres piadosos. No hay nada que conmueva tanto el corazón de un hombre, fíjense bien, como hablar acerca de su madre. He oído la historia de un marinero blasfemo, que nadie podía controlar, ni siquiera la policía, que por donde pasaba creaba disturbios. Una vez, él asistió a un lugar de adoración, y nadie podía mantenerlo quieto; pero un caballero se le acercó y le dijo: «Juan, tú tuviste una madre una vez.» Con eso, las lágrimas rodaron por sus mejillas. Él dijo: «¡Ja!» Bendito seas, amigo, es cierto que la tuve; y yo llevé sus cabellos grises con dolor a la tumba, y soy un descarado al estar aquí esta noche.» Luego se sentó, muy sereno y sumiso por la simple mención de su madre.

¡Ah!, y hay algunos de ustedes, «hijos del reino» que pueden recordar a sus madres. Tu madre te sentó en sus rodillas y te enseñó muy temprano a orar: tu padre te instruyó en los caminos de la piedad. Y sin embargo, tú estás aquí esta noche sin gracia en tu corazón: sin la esperanza del cielo. Estás descendiendo hacia el infierno tan rápido como tus pies te lo permiten. Hay algunos de ustedes que han quebrantado el corazón de su pobre madre. ¡Oh!, si pudiera decirles lo que ella ha sufrido por ustedes mientras han estado entregándose al pecado durante la noche. ¿Se dan cuenta de cuál será su culpa, «hijos del reino,» después que las oraciones y las lágrimas de una madre piadosa han caído sobre ustedes? No puedo concebir que nadie entre al infierno con una peor gracia que el hombre que va allá con las gotas de lágrimas de su madre sobre su cabeza, y con las oraciones de su padre siguiendo sus talones.

Algunos de ustedes soportarán inevitablemente esta condenación; algunos jóvenes y mujeres se despertarán un día y se encontrarán en las tinieblas de afuera, mientras sus padres estarán arriba en el cielo, mirándolos hacia abajo con ojos de reproche, como queriendo decir: «¡Cómo!, ¿después de todo lo que hicimos por ti, todo lo que te dijimos, has llegado a esto?» «¡Hijos del reino!» No crean que una madre piadosa pueda salvarlos. No piensen que porque su padre fue un miembro de tal y tal iglesia, su piedad los salvará. Puedo suponer a alguien parado a la puerta del cielo rogando, «¡déjenme entrar! ¡Déjenme entrar!» «¿Por qué?» «Porque mi madre está allí adentro.» Tu madre no tuvo nada que ver contigo. Si fue santa, fue santa para ella; si fue perversa, fue perversa para ella. «Pero mi abuelo oró por mí.» Eso no te sirve de nada. ¿Oraste tú por ti mismo? «No; no oré.» Entonces las oraciones del abuelo y las oraciones de la abuela, y las oraciones del padre y de la madre, pueden amontonarse unas sobre otras hasta que alcancen las estrellas, pero nunca podrán formar una escalera que tú puedas usar para subir al cielo. Debes buscar a Dios por ti mismo; o más bien, Dios debe buscarte. Debes tener una experiencia vital de piedad en tu corazón, pues de lo contrario estás perdido, aunque todos tus amigos estén en el cielo.

Una piadosa madre soñó un sueño terrible y se lo contó a sus hijos. Ella pensó que el día del juicio había llegado. Los grandes libros fueron abiertos. Todos ellos estaban ante Dios. Y Jesucristo dijo: «Separen la paja del trigo; pongan los cabritos a la izquierda, y las ovejas a la derecha.» La madre soñó que ella y sus hijos estaban de pie justo en el centro de la gran asamblea. Y el ángel vino, y dijo: «tengo que llevarme a la madre: ella es una oveja: ella debe ir a la derecha. Los hijos son cabritos: ellos deben ir a la izquierda.» Ella soñó que al retirarse, sus hijos la agarraban, y le decían: «Madre, ¿acaso podemos separarnos? ¿Acaso debemos estar separados?» Entonces ella los abrazó mientras les decía: «Hijos míos, si fuera posible, los llevaría conmigo.» Pero en un instante el ángel la tocó: sus mejillas estaban secas, y ahora, sobreponiéndose al afecto natural, siendo transformada en un ser supernatural y sublime, rendida a la voluntad de Dios, dijo: «hijos míos, yo les enseñé bien, yo los eduqué, y ustedes abandonaron los caminos de Dios, y ahora todo lo que tengo que decir es Amén a su condenación.» Entonces, en ese momento, ellos fueron arrebatados lejos, y ella los vio en tormento perpetuo, mientras ascendía al cielo.

Joven, ¿qué pensarás tú, cuando venga el último día, y escuches que Cristo dice: «¡Apártate de mí, maldito!»? Y habrá una voz justo detrás de Él, diciendo, Amén. Y mientras investigas de dónde procede esa voz, descubrirás que fue la voz de tu mamá. O también, jovencita, cuando seas echada a las tinieblas de afuera, ¿qué pensarás al oír una voz diciendo, Amén? Y cuando mires, allí está sentado tu papá, y sus labios todavía se agitan con la solemne maldición. «¡Ah!, hijos del reino,» los réprobos penitentes entrarán en el cielo, muchos de ellos; publicanos y pecadores llegarán allá; borrachos arrepentidos y blasfemos serán salvos; pero muchos de «los hijos del reino» serán echados a las tinieblas de afuera.

¡Oh!, pensar que tú que has sido educado tan bien, te pierdas, mientras que muchas de las peores personas serán salvadas. Será el infierno del infierno para ti cuando eleves tu mirada y veas allí al «pobre Juan,» el borracho, reclinado en el pecho de Abraham, mientras tú que has tenido una madre piadosa eres echado al infierno, ¡simplemente porque no creíste en el Señor Jesucristo; apartaste de ti Su Evangelio, y viviste y moriste sin él! ¡Ese será el peor aguijón de todos, verse ustedes mismo echados a las tinieblas de afuera, cuando el primero de los pecadores encuentra la salvación!

Ahora, escúchenme un momentito (no los detendré por largo tiempo), mientras asumo la triste tarea de decirles qué es lo que sucederá a estos «hijos del reino.» Jesucristo dice que ellos «serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.»

Primero, observen, ellos serán echados. No dice que van a ir; pero cuando lleguen a las puertas del cielo serán echados. Tan pronto como el hipócrita arribe a las puertas del cielo, la Justicia dirá: «¡Allí viene! ¡Allí viene! Él menospreció las oraciones de un padre, y se burló de las lágrimas de una madre. Él ha forzado su camino de descenso contra todas las ventajas que la misericordia le ha provisto. Y ahora allí viene. Gabriel, agarra a ese hombre.» Entonces el ángel, atándote de pies y manos, te sostiene un instante sobre las fauces del abismo. Te ordena que mires hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo. No existe fondo: y tú oyes que se elevan desde el abismo unas palabras: «tétricos gemidos, quejidos profundos, y alaridos de espíritus torturados.» Tú te estremeces, tus huesos se derriten como cera, y tu médula se sacude dentro de ti. ¿Dónde está ahora tu poder? Y ¿dónde tu jactancia y tus fanfarronadas? Das un alarido y lloras, y pides misericordia; pero el ángel, con su tremendo puño, te sostiene firme, y luego te arroja al abismo, con el grito: «¡Lejos, lejos!» Y tú caes al hoyo que no tiene fondo, y te deslizas para siempre hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo, sin encontrar nunca un lugar de descanso para la planta de tus pies. Serás echado afuera.

Y ¿dónde serás echado? Debes ser echado «a las tinieblas de afuera;» serás colocado en el lugar donde no habrá esperanza. Pues, por «luz,» en la Escritura, nosotros entendemos «esperanza;» y tú serás echado «a las tinieblas de afuera,» donde no hay luz: no hay esperanza. ¿Hay algún hombre aquí que no tenga esperanza? No puedo imaginar a una persona así. Tal vez, alguno de ustedes diga: «Tengo una deuda de treinta libras esterlinas, y pronto seré vendido; pero tengo la esperanza de obtener un préstamo, y así podré escapar de mi dificultad.»

Otro dice: «Mi negocio está en la ruina, pero las cosas todavía pueden cambiar: tengo la esperanza.» Otro dice: «Yo estoy sumido en la angustia, pero espero que Dios me provea.» Otro dice: «yo debo cincuenta libras esterlinas; lo siento; pero voy a poner mis fuertes manos a trabajar, y voy a hacer un gran esfuerzo para salir del problema.» Alguien piensa que su amigo está muriéndose; pero tiene la esperanza que tal vez la fiebre dé un giro: espera que pueda vivir. Pero en el infierno no hay esperanza. Ni siquiera tienen la esperanza de morir: la esperanza de ser aniquilados. ¡Ellos están perdidos para siempre, para siempre, para siempre! En cada cadena del infierno está escrito: «para siempre.» En los fuegos, allá, sobresalen las palabras: «para siempre.» Encima de sus cabezas, ellos leen: «para siempre.» Sus ojos están amargados y sus corazones están adoloridos por el pensamiento que es para siempre. ¡Oh!, si yo pudiera decirles esta noche que el infierno va a desaparecer quemado un día, y que los que estaban perdidos podrán ser salvos, habría un jubileo en el infierno motivado por el simple pensamiento de eso. Pero no puede ser: es «para siempre» que «son echados a las tinieblas de afuera.»

Pero yo quisiera terminar con esto tan pronto como pueda, pues ¿quién puede soportar hablar de esta manera a sus compañeros? ¿Qué es lo que están haciendo los perdidos? Están «llorando y crujiendo sus dientes.» ¿Crujes tú ahora los dientes? No lo harías a menos que sintieras dolor y estuvieras en agonía. Bien, en el infierno siempre hay un crujir de dientes. Y ¿sabes por qué? Hay uno que cruje sus dientes a su compañero, y murmura: «yo fui conducido al infierno por ti; tú me condujiste al extravío, tú me enseñaste a beber por primera vez.» Y otro cruje también sus dientes y le responde: «Y qué si lo hice, tú me hiciste más malo de lo que yo hubiera sido.»

Hay un niño que mira a su madre y le dice: «Madre, tú me entrenaste en el vicio.» Y la madre cruje sus dientes otra vez al niño, y le responde: «no siento piedad por ti, pues tú me sobrepasaste en el vicio y me condujiste a lo profundo del pecado.» Los padres crujen sus dientes a sus hijos, y los hijos a sus padres. Y me parece que si hay algunos que tendrán que crujir sus dientes más que otros, serán los seductores, cuando vean a quienes desviaron de los caminos de virtud, y los oigan decir: «¡Ah!, nos da gusto que tú estés en el infierno con nosotros, te lo mereces, pues tú nos condujiste aquí.»

¿Tiene alguno de ustedes sobre su conciencia el día de hoy, el hecho que ha conducido a otros al abismo? Oh, que la gracia soberana te perdone. «Yo anduve errante como oveja extraviada,» dice David. Ahora, una oveja extraviada nunca se extravía sola si pertenece al rebaño. Recientemente leí acerca de una oveja que saltó sobre la baranda de un puente, y cada una de las ovejas de ese rebaño la siguió. Así, si un hombre se extravía, conduce a otros al extravío con él. Algunos de ustedes tendrán que dar cuentas por los pecados de otros cuando lleguen al infierno, así como por los pecados propios. ¡Oh, qué «lloro y crujir de dientes» habrá en ese abismo!

Ahora cierro el libro negro. ¿Quién quiere decir algo más sobre él? Les he advertido solemnemente. ¡Les he hablado de la ira venidera! La tarde se oscurece, y el sol se está poniendo. ¡Ah!, y las tardes se oscurecen para algunos de ustedes. Veo aquí a hombres con cabellos grises. ¿Acaso son sus cabellos grises una corona de gloria o la gorra de un insensato? ¿Están ustedes en el propio borde del cielo, o están tambaleándose a la orilla de su tumba, y hundiéndose hacia la perdición?

Permítanme advertirles, hombres de cabellos grises; su atardecer se aproxima. Oh, pobre hombre de cabellos grises que vacilas, ¿darás tu último paso al abismo? Deja que un pequeño niño se ponga frente a ti y te suplique que reconsideres. Allí está tu cayado: no tiene ningún trozo de tierra sobre el cual descansar; y ahora, antes que te mueras, recapacita esta noche; deja que se levanten precipitadamente setenta años de pecado; deja que los fantasmas de tus olvidadas transgresiones marchen enfrente de tus ojos. ¿Qué harás con setenta años desperdiciados por los cuales tienes que responder, con setenta años de crimen que vas a traer ante Dios? Que Dios te dé esta tarde gracia para que te arrepientas y para que pongas tu confianza en Jesús.

Y ustedes hombres de edad mediana, no estén tan seguros: la tarde cae para ustedes también; pueden morir pronto. Hace unos cuantos días, fui levantado temprano de mi cama por una petición para que me apresurara a visitar un moribundo. Yo fui a toda velocidad para ver a la pobre criatura; pero cuando llegué a la casa, él ya había muerto: era un cadáver. Mientras estaba en la habitación pensé: «¡Ah!, ese hombre no tenía la menor idea que moriría tan pronto.» Allí estaban su esposa y sus hijos y sus amigos: no pensaron que se iba a morir, pues era sano, robusto y vigoroso sólo unos cuantos días antes.

Ninguno de ustedes tiene un arrendamiento de su vida. Si lo tienen, ¿dónde está? Vayan y vean si lo tienen escondido en los baúles de su hogar. ¡No!, ustedes pueden morir mañana. Por tanto, permítanme advertirles por la misericordia de Dios; déjenme hablarles como les podría hablar un hermano; pues yo los amo, y ustedes saben que así es, y yo quisiera que se grabaran esto en sus corazones. ¡Oh, estar entre las muchas personas que serán aceptadas en Cristo: qué bendición será esa! Y Dios ha dicho que todo aquél que invoque Su nombre será salvo: no echa a nadie que venga a Él por medio de Cristo.

Y ahora, jóvenes y jovencitas, una palabra para ustedes. Tal vez piensen que la religión no es para ustedes. «Seamos felices,» se dicen: «estemos alegres y llenos de gozo.» ¿Por cuánto tiempo, jovencito, por cuánto tiempo? «Hasta que cumpla veintiún años.» ¿Estás seguro que alcanzarás esa edad? Déjame decirte una cosa. Si en efecto vives hasta esa edad, pero no tienes un corazón para Dios, no lo tendrás tampoco en esa fecha. Si los hombres son dejados a sí mismos, no se vuelven mejores. Sucede con ellos lo mismo que con un jardín: si lo abandonas y permites que crezcan hierbas malas, no esperes encontrarlo en mejor estado en seis meses: estará peor. ¡Ah!, los hombres hablan como si pudieran arrepentirse cuando quieran. Es obra de Dios darnos el arrepentimiento. Algunos inclusive llegan a decir: «voy a volverme a Dios tal y tal día.» ¡Ah!, si sintieras de manera correcta dirías: «debo correr a Dios, y pedirle que me dé el arrepentimiento ahora, para que no muera antes de haber encontrado a Jesucristo mi Salvador.»

Y ahora, una palabra para concluir este mensaje. Les he hablado del cielo y del infierno, ¿cuál es el camino, entonces, para escapar del infierno y para ser encontrado en el cielo? No les voy a repetir mi viejo cuento esta noche. Yo recuerdo que cuando se los conté anteriormente, un buen amigo que se encontraba entre la multitud, me dijo: «Dinos algo que sea fresco, viejo amigo.» Ahora, realmente, cuando se predica diez veces a la semana, no siempre podemos decir cosas frescas. Han oído hablar de John Gough, y ustedes saben que él repite sus historias una y otra vez. Yo no tengo nada sino el viejo Evangelio. «El que creyere y fuere bautizado, será salvo.» Aquí no hay ninguna referencia a obras. No dice: «Aquel que sea un buen hombre será salvo.» Bien, ¿qué significa creer? Significa poner enteramente tu confianza en Jesús. El pobre Pedro una vez creyó, y Jesucristo le dijo: «Vamos, Pedro, camina hacia a mí sobre el agua.» Pedro fue, pisando las crestas de las olas, sin hundirse; pero cuando miró las olas, comenzó a temblar, y se hundió.

Ahora, pobre pecador, Cristo te dice: «Vamos; camina sobre tus pecados; ven a Mí;» y si lo haces, Él te dará poder. Si tú crees en Cristo, serás capaz de caminar sobre tus pecados: pisar sobre ellos, y vencerlos. Yo puedo recordar aquel tiempo cuando mis pecados me miraron por primera vez a mi cara. Yo me consideré el más execrable de todos los hombres. No había cometido grandes transgresiones visibles contra Dios; pero tenía presente que había sido educado y guiado muy bien, y por eso pensaba que mis pecados eran peores que los de otras personas. Clamé a Dios por misericordia, pero Él no me oyó, y yo no sabía lo que era ser salvo. Algunas veces estaba tan cansado del mundo que deseaba morir: pero entonces me acordaba que había un mundo peor después de este, y que no sería bueno apresurarme a presentarme ante mi Señor sin estar preparado. A veces, pensaba perversamente que Dios era un tirano sin corazón, porque no respondía mi oración; y luego, otras veces, pensaba: «yo merezco Su disgusto; si Él me envía al infierno, será justo.» Pero recuerdo la hora cuando entré a un lugar de adoración, y vi a un hombre alto y delgado subir al púlpito: nunca lo he vuelto a ver después de ese día, y probablemente nunca lo vea, hasta que nos encontremos en el cielo. Abrió la Biblia, y leyó, con una débil voz: «Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más.» ¡Ah!, pensé yo, yo soy uno de los términos de la tierra; y entonces, volteándose, y fijando su mirada en mí, como si me conociera, ese ministro dijo: «Mira, mira, mira.» Vamos, yo pensaba que había muchas cosas que yo debía hacer, pero descubrí que sólo tenía que mirar. Yo pensaba que tenía que tejerme un vestido: pero descubrí que si miraba, Cristo me daría un vestido.

Mira, pecador, eso es ser salvado. Mirad a Él, todos los términos de la tierra, y sed salvos. Esto es lo que los judíos hicieron, cuando Moisés sostuvo en alto la serpiente de bronce. Él dijo: «¡Miren!» y ellos miraron. Las serpientes andaban retorciéndose a su alrededor, y ellos llegaban a estar casi muertos; pero simplemente miraban, y en el instante en que miraban, las serpientes quedaban fulminadas, y ellos eran sanados. Mira a Jesús, pecador. «Nadie sino Jesús puede hacer bien a los pecadores desvalidos.» Hay un himno que cantamos a menudo, pero que no es muy correcto, que dice:

«Aventúrate en Él, aventúrate enteramente;
No dejes que ninguna otra confianza se entrometa.»

Ahora, no es una especulación confiar en Cristo, para nada. El que confía en Cristo está muy seguro. Yo recuerdo que cuando el querido John Hyatt se estaba muriendo, Matthew Wilks le dijo: «Y bien, John, ¿puedes confiar ahora tu alma en las manos de Jesucristo?» «Sí,» respondió él, «¡un millón! ¡Un millón!» Yo estoy seguro que cada cristiano que haya confiado en Cristo puede decir: «Amén» a eso. Confía en él; nunca te va a engañar. Mi bendito Señor nunca te echará afuera.

Debo terminar mi mensaje, y sólo me resta agradecerles su amabilidad. Nunca he visto a tantas personas reunidas, que estén tan tranquilas y tan quietas. Realmente pienso, después de todas las duras cosas que se han dicho, que los ingleses saben quién los ama, y que ellos estarán con el hombre que esté con ellos. Doy gracias a cada uno de ustedes, y sobre todas las cosas, les suplico, si hay razón o sentido en lo que he dicho, reflexionen sobre lo que son, y ¡que el bendito Espíritu les revele su verdadera situación! Que les muestre que están muertos, que están perdidos, arruinados. ¡Que les haga sentir qué cosa tan terrible sería hundirse en el infierno! ¡Que les señale el camino al cielo! Que los tome, como lo hizo el ángel en tiempos antiguos, y ponga su mano en ustedes, diciendo: «¡Escapa! ¡Escapa! ¡Escapa! Mira al monte; no mires tras de ti; no pares en toda esta llanura.» Y que todos nos reunamos al fin en el cielo; y allá seremos felices para siempre.

Un comentario de Spurgeon: «Este sermón ha sido regado con muchas oraciones de los fieles de Sion. El predicador no pretendía que fuera publicado, pero viendo ahora que lo han imprimido, no se disculpará por su composición defectuosa ni por su estilo difuso; en lugar de eso, el predicador suplica las oraciones de sus lectores, para que este débil sermón pueda exaltar el honor de Dios, por la salvación de muchas personas que lo lean. «La excelencia del poder es de Dios, y no del hombre.»

http://www.spurgeon.com.mx

 

Predicar el Evangelio

El Púlpito de la Capilla New Park Street

Predicar el Evangelio

NO. 34

Sermón predicado el Domingo 5 de Agosto, 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En la Capilla New Park Street.

«Porque si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme, porque me es impuesta necesidad; pues ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!» — 1 Corintios 9:16 (RVA)

El hombre más destacado de los tiempos apostólicos fue el apóstol Pablo. Él siempre fue grande en todo. Si se le considera como pecador, él fue en extremo pecador; si se le ve como perseguidor, él odiaba en extremo a los cristianos y los perseguía hasta ciudades lejanas; si se le toma como convertido, su conversión fue la más notable de todas las que hayamos leído, consumada por medio de un milagroso poder y por la propia voz de Jesús que le habló desde el cielo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Si lo tomamos simplemente como cristiano, vemos que fue extraordinario, que amó a su Maestro más que otros, y buscaba mostrar, más que todos los demás, la gracia de Dios en su vida.

Pero si lo consideramos como apóstol y predicador de la Palabra, sobresale de manera eminente como el príncipe de los predicadores, que predicó incluso ante reyes y emperadores -como Agripa y Nerón- y, asimismo, estuvo frente a emperadores y reyes por causa del nombre de Cristo. Una característica de Pablo era que cualquier cosa que hiciera, la hacía con todo su corazón. Era del tipo de personas que no podía desempeñar una función a medias, ejercitando una parte de su cuerpo y dejando que la otra parte permaneciera indolente; sino que, cuando se ponía a trabajar, absolutamente todas sus energías -cada nervio, cada tendón- eran utilizadas al máximo en el trabajo que debía hacer, ya fuera trabajo del malo o del bueno.

Pablo, por tanto, podía hablar con toda la experiencia en lo tocante a su ministerio, puesto que él fue el mayor de los ministros. Todo lo que dice es importante; todo nos llega de lo profundo de su alma. Y podemos estar seguros de que cuando escribió esto, lo escribió con mano firme: «Si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme, porque me es impuesta necesidad; pues ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!»

Ahora bien, estoy convencido de que estas palabras de Pablo son aplicables a muchos ministros en nuestros días; a todos aquellos que tienen un llamado especial, que son guiados por el impulso interno del Espíritu Santo a ocupar la función de ministros del Evangelio. Al considerar este versículo, responderemos a tres preguntas el día de hoy: primero, ¿qué es predicar el Evangelio? En segundo lugar, ¿por qué el ministro no tiene de qué jactarse? Y en tercer lugar, ¿cuál es esa necesidad y esa preocupación involucradas en el versículo: «Porque me es impuesta necesidad; pues ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!»?

I. La primera pregunta es: ¿Qué es predicar el Evangelio? Hay muchas respuestas para esta pregunta, y posiblemente aquí mismo, en mi audiencia (aunque yo creo que somos muy uniformes en nuestras convicciones doctrinales) pueden hallarse dos o hasta tres respuestas rápidamente disponibles a esta pregunta: ¿Qué es predicar el Evangelio? Intentaré, por tanto, responderla yo mismo de conformidad con mi propio juicio, con la ayuda de Dios, y si sucede que no es la respuesta correcta, están ustedes en completa libertad de encontrar una mejor, mediante su propio discernimiento.

1. La primera respuesta que daré a la pregunta es ésta: Predicar el Evangelio es exponer cada doctrina contenida en la Palabra de Dios, y dar a cada verdad su propia importancia. Los hombres pueden predicar una parte del Evangelio; pueden predicar únicamente una sola doctrina del Evangelio; y yo no diría que un hombre no predica en absoluto el Evangelio si sólo sostuviera la doctrina de la justificación por la fe, «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe». Yo lo consideraría un ministro del Evangelio, pero es alguien que no predica todo el Evangelio. No puede afirmarse que un hombre predica el Evangelio completo de Dios, si hace a un lado, a sabiendas e intencionalmente, una sola verdad de nuestro bendito Dios.

Este comentario mío debe ser muy punzante y estallar en las conciencias de muchas personas que, casi como un asunto de principios, no comparten ciertas verdades con la gente debido a que temen esas verdades.

En una reciente conversación con un eminente creyente, hace un par de semanas, me decía: «señor, sabemos que no debemos predicar la doctrina de la elección, ya que no tiene la capacidad de convertir a los pecadores.» Yo le respondí: «¿pero quién se atreve a identificar fallas en la verdad de Dios? Usted está de acuerdo conmigo en que la elección es una verdad y, sin embargo, usted afirma que no debe predicarse. Yo no me atrevería a afirmar algo así. Considero que es una arrogancia suprema atreverse a decir que una doctrina no debe predicarse, cuando Dios, en su suprema sabiduría, ha querido revelarla a los hombres.»

Además, me preguntaría: ¿El fin de todo el Evangelio es convertir a los pecadores? Hay ciertas verdades que Dios bendice para conversión de los pecadores, pero ¿acaso no hay otras verdades destinadas a traer consuelo a los santos? Y, ¿no deberían, estas verdades, ser objeto del ministerio de la predicación, igual que las demás? ¿Debo tomar en cuenta unas y descartar otras? No: si Dios dice: «¡Consolad, consolad a mi pueblo!», si la elección consuela al pueblo de Dios, entonces debo predicarla. Sin embargo, no estoy tan convencido de que la doctrina de la elección no pueda convertir pecadores.

El gran Jonathan Edwards nos dice que, en el momento culminante de uno de sus avivamientos, predicaba acerca de la soberanía de Dios tanto en la salvación como en la condenación del hombre, y mostraba que Dios era infinitamente justo si enviaba a los hombres al infierno; que Él era infinitamente misericordioso si salvaba a algunos, y que todo provenía de Su inmerecida gracia soberana. Y decía: «No he encontrado ninguna otra doctrina que promueva tanta reflexión: nada encuentra un mejor camino al corazón del hombre que la predicación de esta verdad.»

Lo mismo puede decirse de otras doctrinas. Hay ciertas verdades en la palabra de Dios que están condenadas al silencio; porque, en verdad, no deben expresarse, ya que, de acuerdo con las teorías que ciertas personas sostienen de estas doctrinas, no están orientadas a promover ciertos fines. Pero, ¿nos corresponde a nosotros juzgar la verdad de Dios? ¿Debemos poner Sus palabras en la balanza y decir: «Esto es bueno y esto es malo»? ¿Debemos tomar la Biblia y amputarla y decir: «Esto es paja y esto es grano»? ¿Debemos deshacernos de alguna de las verdades diciendo: «No me atrevo a predicarla»? No: Dios no lo quiera. Cualquier cosa que está escrita en la Palabra de Dios, está escrita para instrucción nuestra: toda ella es útil, ya sea para reprensión o para consuelo o para la instrucción en justicia. Ninguna verdad de la Palabra de Dios debe ocultarse, sino que cada porción de ella debe predicarse según su propio sentido.

Algunos hombres se limitan intencionalmente a cuatro o cinco tópicos que predican de manera continua. Si te aventuras a entrar a sus iglesias, naturalmente esperarás oírlos predicar sobre este versículo: «Ni de la voluntad de la carne, sino de Dios» o, si no, sobre este otro: «Elegidos conforme al previo conocimiento de Dios Padre.» Ustedes saben muy bien que al entrar a esas iglesias escucharán únicamente acerca de la elección y que todo proviene de Dios. Esos individuos se equivocan tanto como los otros, dando demasiada importancia a una verdad y olvidando a las demás. Sobre cualquier cosa que deba predicarse -llámenla con el nombre que quieran-, la norma del verdadero cristiano es la Biblia, toda la Biblia y nada más que la Biblia.

Desgraciadamente, muchos forjan un círculo de hierro alrededor de sus doctrinas, y cualquiera que ose dar un paso mas allá de ese pequeño círculo, no es considerado como poseedor de sana doctrina. En ese caso, ¡Dios bendiga a los herejes! Señor, ¡envíanos más herejes! Muchos convierten a la teología en una especie de cilindro con cinco doctrinas que rotan de manera indefinida; nunca se aventuran a otros temas. Debe predicarse toda la verdad. Y si Dios ha escrito en Su palabra «El que no cree ya ha sido condenado», eso debe predicarse tanto como «Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». Si leo: «Oh Israel, tú te has destruido a ti mismo» (versión King James), la condenación de ese hombre es su propia obra; debo predicar eso al igual que la frase siguiente: «En Mí se encuentra tu ayuda» (versión King James).

Cada uno de nosotros, a quienes se nos ha confiado el ministerio, debe buscar predicar toda la verdad. Sé que puede resultar imposible tratar de decir toda la verdad. La alta colina de la verdad tiene brumas que envuelven su cima. Ningún ojo humano puede ver la cumbre; tampoco ningún pie humano la ha hollado alguna vez. Sin embargo, podemos intentar pintar la bruma, ya que no podemos pintar la cima. Intentemos describir el misterio, ya que no podemos explicarlo. No encubramos nada; si hay nubes en la cima de la montaña de la verdad, digamos: «Nube y oscuridad hay alrededor de ella.» No lo neguemos; y no pensemos en reducir la montaña de acuerdo con nuestro propio estándar, simplemente porque no podemos ver la cima o porque no podemos alcanzar la cumbre. El que quiera predicar el Evangelio debe predicar todo el Evangelio. Quien quiera ser considerado un ministro fiel, no debe hacer a un lado ningún aspecto del Evangelio.

2. Nuevamente, si me preguntan: ¿Qué es predicar el Evangelio? Contesto que predicar el evangelio es exaltar a Jesucristo. Tal vez ésta sea la mejor respuesta que puedo ofrecer. Me entristece comprobar a menudo cuán poco se entiende el Evangelio, aun entre algunos de los mejores cristianos.

Hace algún tiempo una joven mujer se encontraba en medio de una gran tribulación en su alma; ella se acercó a un hombre cristiano muy piadoso, quien le dijo: «Mi querida amiga, debes irte a casa a orar.» Yo pensé para mis adentros que eso no es nada bíblico. La Biblia no dice: «Vete a casa y ora.» La pobre joven se fue a casa y oró y continuó sufriendo su tribulación. Él le dijo: «Debes tener paciencia, debes leer las Escrituras y estudiarlas.» Eso tampoco es bíblico; eso no es exaltar a Cristo.

Encuentro que muchos predicadores están predicando esa clase de doctrina. Le dicen a un pobre pecador convencido: «Tienes que ir a casa y orar, y leer las Escrituras; debes asistir al culto…», etcétera. Obras, obras, obras, en vez de: «Por gracia sois salvos por medio de la fe.» Yo le diría: «Cristo debe salvarte, cree en el nombre del Señor Jesucristo.» Yo no le diría a nadie, en esas circunstancias, que ore o que lea las Escrituras o que asista al templo; le presentaría la fe, la fe simple en el Evangelio de Dios. No es que menosprecie la oración; eso debe venir después de la fe. No es que diga ni una palabra en contra de buscar en las Escrituras; ésa es una señal infalible de ser hijo de Dios. No es que tenga objeciones en contra de ir al templo a escuchar la palabra de Dios, ¡Dios no lo quiera! Me gozo viendo a la gente en el templo. Pero ninguna de esas cosas es el camino de la salvación. En ninguna parte está escrito: «El que asista al templo será salvo» o «El que lea la Biblia será salvo». No he leído en ninguna parte: «El que ore y sea bautizado será salvo»; pero sí: «El que cree» -el que tiene una fe desnuda en el «Hombre Cristo Jesús»- «en Su Divinidad, en Su humanidad, es librado del pecado. Predicar que sólo la fe salva es predicar la verdad de Dios.»

Tampoco reconoceré a nadie como ministro del Evangelio, en ningún momento, si predica como plan de la salvación cualquier otra cosa que no sea la fe en Jesucristo; es la fe, la fe y solamente la fe en Su nombre. Pero la mayoría de las personas se encuentra enredada en sus propias ideas. Tenemos tanto concepto del trabajo almacenado en nuestro cerebro, tal idea del mérito y de las obras labrada en nuestros corazones, que nos resulta casi imposible predicar de manera clara y completa la justificación por la fe. Y si llegamos a hacerlo, entonces la gente no puede recibirla. Les decimos: «Cree en el Señor Jesús y serás salvo.» Pero ellos tienen la noción de que la fe es algo tan maravilloso y misterioso, que es casi imposible que la puedan alcanzar sin tener que hacer algo más.

Sin embargo, esa fe que nos une al Cordero es un don instantáneo de Dios, y aquel que cree en el Señor Jesús es salvo en el momento, sin ningún otro requerimiento. ¡Ah!, mis amigos, ¿acaso no queremos exaltar más todavía a Cristo en nuestra predicación, y exaltar más aún a Cristo en nuestras vidas? La pobre María dijo: «Han sacado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde le han puesto», y podría decir ahora lo mismo si saliera de la tumba. ¡Oh, que haya siempre un ministerio que sólo exalte a Cristo! ¡Oh, que la predicación siempre lo muestre a Él como Profeta, Sacerdote y Rey para Su pueblo! ¡Que el Espíritu manifieste al Hijo de Dios a Sus hijos a través de la predicación! Necesitamos tener una predicación que diga: «¡Mirad a mí y sed salvos, todos los confines de la tierra!»

¡Predicación del Calvario, teología del Calvario, libros sobre el Calvario, sermones sobre el Calvario! Éstas son las cosas que queremos y en la proporción en que el Calvario sea exaltado y Cristo sea engrandecido, en esa medida el Evangelio es predicado en nuestro medio.

3. La tercera respuesta a la pregunta planteada es: predicar el Evangelio es dar a los diferentes tipos de personas lo que requieran. «Sólo debes predicar al pueblo de Dios, cuando estés en ese púlpito», le dijo una vez un diácono a un ministro. El ministro respondió: «¿Has marcado a todo el pueblo de Dios en la espalda, para poder reconocerlo?» ¿De qué sirve esta gran capilla si sólo voy a predicar al amado pueblo de Dios? Son demasiado pocos. El amado pueblo de Dios puede caber en un pequeño salón. Tenemos aquí mucha gente que no pertenece al amado pueblo de Dios, mas ¿cómo puedo saber si la predicación que me piden que dirija al pueblo de Dios no puede también alcanzar a alguien más? Alguien podría decir por otro lado: «Por favor, predica a los pecadores. Si no predicas a los pecadores esta mañana, no habrías predicado el Evangelio. Te escucharemos sólo una vez, y tendremos la certeza de que no caminas correctamente, si no predicas particularmente a los pecadores en esta mañana, en este sermón en particular.» ¡Qué tontería, mis amigos!

Hay momentos en que debe alimentarse a los hijos, y hay otras ocasiones en que debe advertirse a los pecadores. Hay propósitos diferentes para ocasiones diferentes. Si un ministro predica a los santos de Dios, y no dice nada a los pecadores, está actuando correctamente, siempre y cuando en otras oportunidades en que no esté consolando a los santos, dirija su atención de manera especial a los impíos. Escuché, el otro día, un buen comentario de un amigo mío muy inteligente. Una persona estaba criticando las fallas de Lecturas para la Mañana y para la Noche, del Dr. Hawker, ya que no tenían por objetivo la conversión de los pecadores. Mi amigo le dijo al caballero: «¿Has leído la Historia de Grecia escrita por Grote?» -«Sí». -«Pues bien, ¿no es cierto que ése es un libro chocante, puesto que no tiene por objetivo la conversión de los pecadores?» «Sí» -respondió el otro-, «pero la Historia de Grecia, escrita por Grote, no fue escrita para convertir a los pecadores.» «No» -respondió mi amigo- «y si tú hubieras leído el prefacio de Lecturas para la Mañana y para la Noche, del Dr. Hawker, habrías visto que ese libro no fue escrito para convertir a los pecadores, sino para alimento del pueblo de Dios, y si cumple con ese objetivo, entonces el escritor ha sido sabio, aunque no haya tenido otro objetivo.»

Cada grupo de personas debe recibir lo suyo. El que predica únicamente a los santos y sólo a ellos, no predica el Evangelio completo; el que predica únicamente a los pecadores y sólo a ellos, y nunca a los santos, no predica el Evangelio completo. Nosotros tenemos aquí una mezcla de todo. Tenemos al santo que está lleno de seguridad y es fuerte; tenemos al santo que es débil y de poca fe; tenemos al recién convertido; tenemos al hombre que duda entre dos opiniones; tenemos al hombre moral; tenemos al pecador; tenemos al réprobo; tenemos al marginado. Cada uno de esos grupos debe recibir su palabra. Cada uno de ellos debe recibir su porción de alimento a su tiempo; no en todo tiempo, sino a su debido tiempo. El predicador que olvida a alguno de esos grupos no sabe cómo predicar el Evangelio completo. ¡Qué! ¿Me pueden exigir que me limite en el púlpito a predicar ciertas verdades únicamente, para confortar a los santos? No lo puedo aceptar. Dios les da a los hombres corazones para que amen a su prójimo y, por tanto, deben desarrollar esos corazones. Si amo a los impíos, ¿no debo tener los medios para hablarles? ¿No puedo hablarles acerca del juicio venidero, de la justicia y de su propio pecado?

Dios no permita que yo corrompa de tal manera mi naturaleza y de tal manera me endurezca, que no llegue a derramar ninguna lágrima, cuando considere la perdición de los seres humanos que me rodean, y cuando de pie me dirija a ellos así: «¡Ustedes están muertos, por tanto no tengo nada que decirles a ustedes!» y cuando en realidad predique (aunque no sea con palabras) esa herejía tan abominable, que si los hombres están destinados a la salvación, entonces se salvarán, y que si no están destinados a la salvación, entonces no se salvarán; que entonces, necesariamente, deben quedarse quietos y no hacer absolutamente nada; y que no tiene ninguna importancia si viven en pecado o en justicia; un destino fatal los tiene aprisionados con cadenas inquebrantables y su destino está tan determinado que pueden continuar tranquilamente viviendo en pecado.

Creo que su destino está determinado. Como elegidos se salvarán, y si no son elegidos, están condenados para siempre. Sin embargo, no creo en la herejía -que se deriva como una inferencia- que establece que, por lo tanto, los hombres no son responsables y no deben hacer nada. Ésa es una herejía a la cual siempre me he opuesto, ya que es una doctrina del demonio y no de Dios. Creemos en el destino; creemos en la predestinación; creemos en que hay elegidos y no elegidos: pero, a pesar de ello, creemos que debemos predicar a los hombres: «Cree en el Señor Jesús y serás salvo», pero si no crees en Él, estás condenado.

4. Había pensado dar una respuesta adicional a la pregunta, pero no me alcanza el tiempo. La respuesta habría sido algo así como: predicar el Evangelio no es predicar ciertas verdades acerca del Evangelio; no es predicar acerca de la gente, sino predicar a la gente. Predicar el Evangelio no consiste en hablar sobre lo que el Evangelio es, sino en predicarlo al corazón, no por medio de tu propio poder, sino bajo la influencia del Espíritu Santo. No es estar en el púlpito y hablar como si nos estuviéramos dirigiendo al ángel Gabriel diciéndole ciertas cosas, sino hablar de hombre a hombre y derramar nuestro corazón en el corazón del compañero. Esto, creo yo, es predicar el Evangelio, y no pronunciar entre dientes algún árido manuscrito el domingo en la mañana o en la noche. Predicar el Evangelio no es mandar a un cura para que haga el trabajo por ti; no es vestir la ropa fina y pronunciar una altísima disertación. Predicar el Evangelio no es, con las manos de obispo, hacer una oración que constituye un bello ejemplar y luego ceder el púlpito para que una persona más humilde predique. No.

Predicar el Evangelio es proclamar con lengua de trompeta y celo encendido las inescrutables riquezas de Cristo Jesús, para que los hombres puedan oír, y entendiendo, puedan volverse a Dios con todo su corazón. Esto es predicar el Evangelio.

II. La segunda pregunta es: ¿POR QUÉ NO LES ES PERMITIDO A LOS MINISTROS GLORIARSE? «Porque si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme.» Hay maleza que puede crecer en cualquier parte, y una maleza que puede crecer es el ORGULLO. El orgullo puede crecer tanto en una roca como en un jardín. El orgullo crece en el corazón de un limpiabotas y crece en el corazón de un político. El orgullo crece en el corazón de una muchacha de servicio e igualmente crece en el corazón de su señora.

Y el orgullo puede también crecer en el púlpito. Es una hierba que se esparce de manera terrible. Requiere cortarse cada semana, pues, de otra forma, estaríamos hundidos hasta nuestras rodillas en él. Este púlpito es un excelente terreno para el orgullo. Crece de manera desenfrenada, y yo estoy seguro que difícilmente encontrarían a un predicador del Evangelio que no confiese que tiene una muy fuerte tentación hacia el orgullo. Yo supongo que incluso aquellos ministros sobre los que no se comenta nada, pero que son gente muy buena y tiene una iglesia en una ciudad grande a la que asisten al menos seis personas, sufren la tentación del orgullo.

Pero independientemente de que eso sea así o no, estoy seguro de que dondequiera que haya una gran asamblea y dondequiera que haya mucho ruido y agitación en relación a un hombre, hay allí un grave peligro de orgullo. Y, véanlo bien, entre más orgulloso sea un hombre, más estrepitosa será su caída al final. Si la gente sostiene en sus brazos en alto a un ministro y deja de sostenerlo y lo suelta, ¡qué golpazo se dará el pobre individuo al término de todo! Así les ha ocurrido a muchos. Muchos hombres han sido sostenidos en alto por los brazos de otros hombres; han sido sostenidos en alto por los brazos de la alabanza y no por la oración; estos brazos se han debilitado y han caído al suelo.

Digo que hay la tentación al orgullo en el púlpito; pero no hay razón para el orgullo en el púlpito; no hay terreno para que crezca el orgullo; pero crecerá de todas maneras. «No tengo de qué jactarme.» Pero, a pesar de todo ello, a menudo se introduce algún motivo para enorgullecernos, no real, sino aparente para nosotros mismos.

1. Ahora, ¿cómo es que un verdadero ministro siente que «no tiene de qué jactarse»? Primero, porque está muy consciente de sus propias imperfecciones. Creo que nadie se formará una opinión más justa de sí mismo que quien es llamado constante e incesantemente a orar.

Una vez un hombre pensó que podía predicar, y cuando le fue permitido ocupar el púlpito, encontró que las palabras no fluían libremente como él esperaba y en un momento de ansiedad nerviosa y temor, se inclinó hacia delante sobre el púlpito y dijo: «Amigos míos, si ustedes se subieran al púlpito, perderían toda la soberbia que pudieran poseer.» Creo que eso les pasaría a muchos, si intentaran alguna vez la predicación. Les quitaría la inclinación a criticar y les haría pensar que, después de todo, la predicación no es un trabajo fácil. Cuando se predica mejor es cuando se piensa que se ha predicado mal. Quien se ha fijado en la mente un elevado concepto de lo que debe ser la elocuencia y una arenga sincera, sabrá qué tan corto se queda. Él, mejor que nadie, puede reprobarse cuando reconoce su propia deficiencia. No creo que un hombre deba gloriarse cuando hace algo bien. Por otro lado, creo que él será el mejor juez de sus propias imperfecciones y que las verá claramente. Él sabe lo que debe ser: otros hombres no. Miran y ven y piensan que todo es maravilloso, mientras que el predicador piensa que todo es maravillosamente absurdo, y se retira meditando en las cosas en las que ha fallado.

Cualquier ministro verdadero sentirá sus deficiencias. Se comparará a sí mismo con hombres tales como Whitfield, con predicadores de la talla de los puritanos, y dirá: «¿Qué soy yo? Un enano al lado de un gigante; el montículo de un hormiguero al lado de una montaña.» Cuando se retira a descansar el domingo por la noche, dará vueltas en su cama porque siente que erró el tiro, que no ha tenido la vehemencia, la solemnidad, la mortal intensidad de propósito que requería su función. Se reprochará por no haber enfatizado lo suficiente algún punto, o por haber evitado algún otro, o por no haber sido lo suficientemente explícito en algún tema en particular, o por haber considerado demasiado algún otro. Verá sus propias fallas, ya que Dios siempre disciplina a sus hijos en la noche, cuando han hecho algo mal. No necesitamos que otros nos reprendan; Dios mismo lo hace directamente. El ministro más honrado por Dios a menudo se sentirá deshonrado en su propia estima.

2. Además, otro medio que nos lleva a no jactarnos es el hecho de que Dios nos recuerda que todos nuestros dones son prestados. Y de manera sorprendente, al leer un periódico esta mañana, esta verdad me fue recordada: que todos nuestros dones son prestados. El artículo dice así: «La semana pasada, la quieta comunidad de Pueblo Nuevo fue trastornada por un evento que ha traído tristeza a la comunidad completa. Un caballero muy exitoso, que había obtenido un título universitario con honores, se ha vuelto loco desde hace algunos meses. Él había administrado una academia para la educación de jóvenes, pero su locura lo ha obligado a abandonar su ocupación, y desde hace algún tiempo ha vivido solo en una casa en esa comunidad. El casero obtuvo una orden de desalojo; y habiendo sido necesario esposarlo, lo dejaron negligentemente sentado en unas escaleras a la vista de una gran multitud, hasta que llegó el medio de transporte que lo condujo al asilo. Uno de sus alumnos (según el periódico) es el Sr. Spurgeon.»

¡El hombre que me enseñó todo lo que sé en cuanto a conocimiento humano, se ha convertido en un loco de atar! Al darme cuenta de eso, sentí que podía doblar mi rodilla con humilde gratitud y dar gracias a Dios que mi razón no se ha tambaleado y que sus poderes permanecen intactos. ¡Oh, cuán agradecidos debemos estar de que nuestros talentos nos hayan sido preservados y que nuestra mente sea sana! Ninguna otra cosa me habría podido afectar más directamente. Ese gran hombre se había esforzado juntamente conmigo, un hombre de genio y habilidad; y ¡miren en lo que se había convertido! ¡Cómo ha caído! ¡Cómo ha caído! ¡Cuán velozmente la naturaleza humana cae desde la altura y se hunde por debajo del nivel de los animales!

¡Bendigan al Señor, amigos míos, por los talentos que les ha dado! ¡Den gracias al Señor por la razón y por el intelecto que poseen! Aunque éstos no sean muy sofisticados, responden a sus necesidades; y si los llegasen a perder, pronto se darían cuenta de la diferencia. Tengan mucho cuidado de no pensar en relación con cualquier tema: «¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué?» Siempre debemos recordar que tanto la cuchara de albañil como la mezcla nos vienen de Dios. La vida, la voz, el talento, la imaginación, la elocuencia, todos son dones de Dios; y quien haya recibido los mayores dones, debe sentir que a Dios pertenece el escudo de los poderosos, puesto que Él ha dado poder a Su pueblo y fortaleza a Sus siervos.

3. Otra respuesta a la pregunta. Otro medio que utiliza el Señor para preservar a sus ministros de la tendencia a jactarse, es éste: Él les hace sentir su dependencia constante del Espíritu Santo. Confieso que algunos ministros no sienten eso. Algunos se atreven a predicar sin el Espíritu de Dios o sin haberle orado. Pero pienso que ningún hombre que verdaderamente haya sido llamado de lo alto, se atreverá a hacer eso, sino más bien sentirá que necesita al Espíritu.

Una vez que me encontraba predicando en Escocia, el Espíritu de Dios quiso dejarme solo; no pude hablar como usualmente lo hago. Tuve la necesidad de decirle a la gente que el coche había perdido sus ruedas; que el coche se arrastraba pesadamente. He sentido el beneficio de eso desde entonces. Fui humillado amargamente y pude haberme arrastrado bajo la cáscara de una nuez o pude haberme escondido en cualquier oscuro rincón de la tierra. Sentí como si no debía hablar más en el nombre del Señor; y entonces me vino el pensamiento: «¡Oh!, eres una criatura ingrata, pues ¿no ha hablado Dios por tu medio cientos de veces? Y, por esta vez que no quiso hacerlo, ¿vas a reconvenir a Dios por eso? Más bien dale gracias por los cientos de veces que ha estado a tu lado; y si alguna vez te ha abandonado, entonces admira Su bondad de mantenerte humilde por este medio.» Algunos pueden pensar que fue el poco estudio lo que me llevó a esa situación, pero puedo afirmar con toda honestidad, que no fue eso. Pienso que estoy obligado a estudiar con dedicación y así no tentar al Espíritu con sermones sin preparación. Usualmente considero mi deber pedir la guía del Señor para mis sermones y le imploro que lo grabe en mi mente; pero en esa ocasión, creo que me había preparado más cuidadosamente de como ordinariamente lo hago, de tal forma que la falta de preparación no era la causa. La simple causa fue: «El viento sopla de donde quiere», y los vientos no siempre son huracanados. En algunas ocasiones el viento está quieto. Y, por tanto, si me apoyo en el Espíritu, debo saber que no siempre sentiré su poder con la misma fuerza. ¿Qué haría yo sin la influencia celestial, ya que a ella le debo todo? Por medio de este pensamiento Dios humilla a los que le sirven. Dios nos enseñará cuánto lo necesitamos. No permitirá que pensemos que hacemos algo por nosotros mismos. «No -dice Él-, no te corresponde nada de la gloria. Voy a humillarte. ¿Estás pensando: yo hago esto? Te mostraré lo que eres sin Mí.»

Vemos a Sansón ir tras los filisteos para atacarlos. Él se imagina que puede matarlos, pero los filisteos están encima de Sansón. Le sacan los ojos. Su gloria se esfuma, porque no confió en su Dios, sino que confiaba en sí mismo. Cada ministro será llevado a sentir su dependencia en el Espíritu; y entonces dirá con énfasis, igual que Pablo: «Porque si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme.»

III. Ahora viene la tercera pregunta, con la cual concluiremos este mensaje. ¿CUÁL ES ESA NECESIDAD QUE NOS ES IMPUESTA DE PREDICAR EL EVANGELIO?

1. En primer lugar, una gran parte de esa necesidad se debe al llamamiento mismo. Si un hombre es verdaderamente llamado por Dios para el ministerio, lo desafío a que se niegue a aceptar el llamamiento. Un hombre que verdaderamente tiene en su seno la inspiración del Espíritu Santo que lo ha llamado a predicar, no puede dejar de hacerlo. Tiene que predicar. Como fuego en los huesos, así será esa influencia hasta que proyecte sus llamas hacia fuera. Los amigos pueden querer frenarlo, los enemigos criticarlo, los despreciadores burlarse de él, pero el hombre es indomable; él tiene que predicar si tiene el llamado del cielo. Todo el mundo lo puede abandonar; pero él le predicaría a las áridas cumbres de las montañas. Si tiene el llamado del cielo, aunque no tenga una congregación, le predicaría a las cascadas y daría su voz a los riachuelos. No podría callarse. Sería una voz proclamando en el desierto: «Preparad el camino del Señor.» No creo que se pueda detener a un ministro de la misma forma que no se puede detener a las estrellas del cielo. No creo que se pueda lograr que un ministro deje de predicar, si realmente tiene el llamado, de la misma manera que no se puede detener a las poderosas cataratas queriendo consumir sus aguas con la tacita de un niño.

El hombre que ha sido guiado por el cielo no puede ser detenido por nadie. Ha sido tocado por Dios y nadie le impedirá predicar. Volará sobre alas de águila y nadie podrá encadenarlo a la tierra. Hablará con la voz de un serafín y nadie podrá cerrar su boca. ¿No es su palabra como un fuego dentro de mí? ¿Debo de callar cuando Dios ha colocado su Palabra en mí? Y cuando un hombre habla de conformidad con lo que el Espíritu le da a hablar, siente un gozo semejante al cielo; y cuando termina desea volver a su trabajo de nuevo y ansía estar predicando nuevamente. Yo creo que los jóvenes que predican tan sólo una vez a la semana y piensan que ya han cumplido con su deber, no han sido llamados por Dios a una gran obra. Pienso que si Dios ha llamado a alguien, lo impulsará a predicar constantemente y sentirá que debe predicar en medio de las naciones, las riquezas inescrutables de Cristo.

2. Pero otra cosa nos hará predicar: sentiremos «¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!» y ésa es la triste carencia de este pobre mundo caído. ¡Oh ministro del Evangelio, haz un alto por un instante y piensa en tus pobres prójimos! ¡Velos como un arroyo, apresurándose a la eternidad; diez mil vuelan a su morada eterna cada solemne momento! ¡Mira el término de ese arroyo, esa tremenda catarata que lanza corrientes de almas al abismo! Oh, ministro, piensa que los hombres se condenan por millares cada hora, y que cada vez que late tu pulso, una nueva alma abre sus ojos en el infierno en medio de tormentos; piensa en cómo los hombres aceleran su camino a la destrucción, cómo «el amor de muchos se enfría» y «abunda la iniquidad». Te pregunto: ¿no sientes una gran necesidad? ¿No sientes el ¡ay de mí si no predico el Evangelio!?

Camina una tarde por las calles de Londres en el momento del ocaso, cuando la oscuridad abriga a la gente. ¿No ves a aquella ramera caminar veloz a su maldito trabajo? ¿No ves a miles y miles de millares lanzados a la ruina cada año? Del hospital y del asilo salen voces que dicen: «¡Ay de ti si no predicas el evangelio!» Acércate a ese gran edificio construido con paredes impresionantes; entra en los calabozos y mira allí a los ladrones que por años han gastado sus vidas en el pecado. Ábrete paso en alguna ocasión hacia la triste plaza de Newgate y mira al asesino ajusticiado. Una voz saldrá de cada institución correccional, de cada prisión, de cada patíbulo, diciendo: «¡Ay de ti si no predicas el evangelio!»

Acércate a las camas de los moribundos y observa cómo los hombres mueren en la ignorancia sin conocer los caminos del Señor. Mira el terror en sus rostros conforme se acercan a su Juez, sin haber conocido la salvación, sin haber siquiera conocido el camino; y mientras los ves temblando ante su Hacedor, escucha una voz: «Ministro, ay de ti si no predicas el evangelio.»

Puedes también seguir otra ruta. Ve alrededor de esta gran metrópolis y párate a la puerta de algún lugar donde se escuchen el sonar de campanillas, cantos y música, pero bajo el total influjo de la ramera de Babilonia, donde las mentiras se predican como verdades; y cuando regreses a casa y pienses en los Papas, deja que una voz te recuerde: «Ministro, ay de ti si no predicas el evangelio.» O entra en la habitación del infiel, donde blasfema en contra de su Hacedor; o asiste al teatro donde se ponen en escena obras llenas de lujuria y libertinaje, y de lo profundo de todos estos antros de vicio sale una voz: «Ministro, ay de ti si no predicas el evangelio.» Y da una última caminata por las cámaras de los condenados; cuando pueda verse el abismo del infierno, párate frente a él y escucha:

«los tristes lamentos, las quejas vacías,
y los chillidos de fantasmas torturados.»

Acerca tu oído a las puertas del infierno y por unos instantes escucha los gritos entremezclados y los alaridos de agonía y desesperación que te romperán los tímpanos; y cuando regreses de ese triste lugar con su música lúgubre aun produciéndote terror, escucharás la voz que te recuerda: «¡Ministro! ¡Ministro! ¡Ay de ti si no anuncias el evangelio!» Mantengamos estas cosas al alcance de nuestra vista y entonces tendremos que predicar. Si te dijeran: ¡Deja de predicar! ¡Deja de predicar! Responderías: Aunque el sol dejara de brillar, nosotros predicaríamos en la oscuridad. Aunque las mareas dejaran de existir en las playas, nuestra voz predicaría el Evangelio. Aunque el mundo dejara de girar, y los planetas detuvieran su curso, nosotros todavía predicaríamos el Evangelio. Hasta tanto que el centro encendido de la tierra no estalle a través de las gruesas estructuras de sus montañas abiertas, nosotros mientras predicaremos el Evangelio; hasta que la conflagración universal no disuelva la tierra, y la materia desaparezca, estos labios o los labios de otros ministros llamados por Dios tronarán llevando la voz de Jehová. No podemos evitarlo. «Porque me es impuesta necesidad»; sí, ¡ay de nosotros si no anunciamos el Evangelio!

Ahora, mis queridos hermanos, una palabra para ustedes. Algunas personas que me escuchan hoy son verdaderamente culpables a los ojos de Dios, porque ellos no predican el Evangelio. No puedo imaginar que de las mil quinientas o dos mil personas aquí presentes que escuchan mi voz, no haya personas calificadas para predicar el Evangelio, además de mí. No tengo tan mala opinión de ustedes para considerarme superior en intelecto a la mitad de ustedes, o aún en el poder de predicar la Palabra de Dios: y aun suponiendo que yo lo fuera, no puedo creer que tengo tal congregación que no haya muchos dotados de talentos y dones que no los puedan utilizar en la predicación de la Palabra.

Entre los Bautistas de Escocia existe la costumbre de invitar a los hermanos para que exhorten los domingos en la mañana; no tienen un ministro de planta que predique en esa ocasión, sino que cada hombre que se sienta inclinado a hacerlo, se levanta y habla. Todo eso está muy bien; sólo me temo que muchos hermanos sin las calificaciones adecuadas se convertirían en los mayores conferencistas, ya que es un hecho conocido que los hombres que tienen poco que decir, se tomarán el mayor tiempo; y, si yo presidiera, les diría: «Hermano, está escrito, habla para edificación.» «Estoy seguro de que no te edificarías ni a ti mismo ni a tu esposa, intenta lograr eso primero y si no lo puedes lograr, no desperdicies nuestro precioso tiempo.»

Lo repito nuevamente: no puedo dejar de creer que hay algunos presentes este día que son flores «desperdiciando su dulce aroma en el aire del desierto», joyas de brillantísima luz perdidas en las cavernas del mar del olvido. Éste es un asunto muy serio. Si hay talentos en la iglesia de New Park Street (la iglesia cuyo pastor era Spurgeon), espero que se desarrollen. Si hay predicadores en mi congregación, dejemos que prediquen. Muchos ministros se esfuerzan para limitar a los jóvenes en el asunto de la predicación. Aquí tienen mi mano, tal como es, para apoyar a cualquiera de ustedes que quiera decir a los pecadores por doquier cuán amado Salvador han encontrado. Quisiera descubrir muchos predicadores entre ustedes; quiera Dios que todos los servidores del Señor sean profetas. Hay algunos presentes que deberían ser profetas, excepto que están medio temerosos; bien, debemos encontrar para ellos el remedio para quitarles su timidez. No puedo soportar el pensamiento de que mientras el demonio pone a todos sus servidores a trabajar, haya un siervo de Jesucristo que esté dormido. Joven, cuando regreses a casa, examínate a ti mismo, date cuenta de cuáles son tus habilidades, y si descubres alguna habilidad, entonces haz la prueba en alguna pobre y humilde habitación y habla a una docena de pobres gentes acerca de lo que deben hacer para ser salvos. No necesitas tener aspiraciones de dedicarte de tiempo completo al ministerio, pero si Dios así lo quiere, entonces puedes aspirar a ello. El que desea un obispado buena cosa desea. De cualquier manera, busca predicar el Evangelio de Dios. He predicado este sermón de manera especial, porque deseo iniciar un movimiento que parta desde este lugar y que alcance a muchas personas. Quiero descubrir a algunos en mi iglesia, de ser posible, que prediquen el Evangelio. Y pongan atención, ustedes que tienen talento y poder, ¡ay de ustedes si no predican el Evangelio!

¡Pero mis amigos!, si se dice: Ay de nosotros si no predicamos el Evangelio, ¿cómo será el ay de ustedes si escuchan y no reciben el Evangelio? Dios quiera que escapemos de esa condenación. Que el Evangelio de Dios sea para nosotros sabor de vida para vida y no de muerte para muerte.

El Poder del Espíritu Santo

El Púlpito de la Capilla New Park Street

El Poder del Espíritu Santo

NO. 30

Sermón predicado el Domingo 17 de Junio de 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En la Capilla New Park Street, Southwark, Londres.

«El Poder del Espíritu Santo» — Romanos 15:13

El PODER es una prerrogativa exclusiva y especial de Dios y sólo de Dios. «Dos veces he oído esto: que de Dios es el poder.» Dios es Dios, y el poder le pertenece. Aunque delegue una porción de él a Sus criaturas, sigue siendo Su poder. El sol, aunque sea «como un esposo que sale de su tálamo, que se alegra como gigante para correr el camino,» no tiene el poder para ejecutar sus movimientos sino de la manera como lo dirija Dios. Las estrellas, aunque viajan en sus órbitas y nada las puede detener, no tienen ni poder ni fuerza propios, excepto aquel que Dios les otorga diariamente. El alto arcángel que está junto a Su trono y que brilla más que un cometa resplandeciente, -aunque sea uno de aquellos que destacan en fuerza y que escucha la voz de los mandamientos de Dios- no tiene sino el poder que su Creador le da.

En cuanto a Leviatán, que de tal manera hace hervir como una olla el mar profundo, que parece que el abismo es cano; y en cuanto a Behemot, que se bebe de un trago el Jordán y se jacta de poder chupar ríos enteros: todas esas criaturas majestuosas que se encuentran sobre la tierra, le deben su fortaleza a Él, que formó sus huesos de acero, y sus miembros como barras de hierro.

Y cuando pensamos en el hombre, y evaluamos si tiene fuerza o poder, todo lo que posee resulta ser tan poco e insignificante que apenas si podemos llamarlo poder. Sí, cuando está en la cumbre, cuando empuña su cetro, cuando está al mando de sus ejércitos, cuando gobierna naciones, el poder que tiene todavía le pertenece a Dios. Y esto es verdad: «Dos veces he oído esto: que de Dios es el poder.»

Esta prerrogativa exclusiva de Dios se encuentra en cada una de las tres Personas de la gloriosa Trinidad. El Padre tiene poder, pues por Su palabra fueron hechos los cielos y todo lo que contienen. Por Su fuerza todas las cosas se mantienen y por Él cumplen con su destino. El Hijo tiene poder pues, como Su Padre, Él es el Creador de todas las cosas, y «sin él no fue hecho nada de lo que ha sido hecho.» Y «en él todas las cosas subsisten.» Y el Espíritu Santo tiene poder.

Hoy voy a hablar acerca del poder del Espíritu Santo. Espero que puedan experimentar en sus propios corazones una ejemplificación práctica de ese atributo, cuando sientan que la influencia del Espíritu Santo está siendo derramada en mí para comunicar a sus almas las palabras del Dios viviente. Y espero que esa influencia les sea otorgada también a ustedes y que sientan sus efectos en sus propios espíritus.

Consideraremos el poder del Espíritu santo de tres maneras en este día. Primero, las manifestaciones externas y visibles de ese poder. Segundo, sus manifestaciones internas y espirituales. Y tercero, las obras futuras y esperadas, derivadas de ese poder. Confío que de esta manera el poder del Espíritu se hará presente claramente en sus almas.

I. Primero, entonces, debemos ver el poder del Espíritu en SUS MANIFESTACIONES EXTERNAS Y VISIBLES. El poder del Espíritu no ha estado inactivo, ha estado trabajando. Mucho ha sido hecho ya por el Espíritu de Dios; más de lo que pudiera haber sido logrado por ningún ser excepto el Infinito, Eterno, Todopoderoso Jehová, de quien el Espíritu Santo es una Persona. Hay cuatro clases de obras que son los signos externos y manifiestos del poder del Espíritu: las obras de creación, las obras de resurrección, las obras de testimonio y las obras de gracia. De cada una de estas obras hablaré brevemente.

1. Primero, el Espíritu ha manifestado la omnipotencia de Su poder en las obras de creación. Aunque no se menciona frecuentemente en la Escritura, la creación es atribuida algunas veces al Espíritu Santo, así como también al Padre y al Hijo. Se nos dice que la creación de los cielos es la obra del Espíritu de Dios. Esto lo verán de inmediato en las sagradas Escrituras, en Job 26:13: «Su espíritu adornó los cielos; Su mano creó la serpiente tortuosa.» Se dice que todas las estrellas del cielo fueron colocadas en lo alto por el Espíritu y una constelación particular llamada la «serpiente tortuosa» es señalada especialmente como el trabajo de Sus manos.

Él desata las ligaduras de Orión; Él ata con cadenas las dulces influencias de las Pléyades y guía a la Osa Mayor junto con sus hijos. Él hizo todas esas estrellas que brillan en el cielo. Los cielos fueron adornados por Sus manos y Él formó a la serpiente tortuosa con Su poder. Y así también muestra Su poder en esos actos continuos de creación que todavía se realizan en el mundo, como crear al ser humano y a los animales, su nacimiento y su generación. Estos actos también se le atribuyen al Espíritu Santo.

Si ven el Salmo 104, en los versículos 29 y 30, leerán, «Escondes tu rostro, se turban; les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo. Envías tu Espíritu, son creados; y renuevas la faz de la tierra.»

Así ven ustedes que la creación de todo hombre es la obra del Espíritu, y la creación de toda vida y de toda carne también. La existencia de este mundo se debe atribuir al poder del Espíritu, así como también el primer adorno de los cielos o la forma de la serpiente tortuosa. Y si ven en el primer capítulo del Génesis, allí notarán particularmente explicada esa peculiar obra de poder que fue llevada a cabo por el Espíritu Santo en el universo. Ustedes descubrirán entonces cuál fue Su trabajo especial. En el versículo segundo del primer capítulo de Génesis, leemos; «Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.»

No sabemos cuán remoto pueda ser el período de la creación de nuestra tierra: ciertamente muchos millones de años antes del tiempo de Adán. Nuestro planeta ha pasado por varias etapas de existencia y diferentes clases de criaturas han vivido en su superficie, todas ellas creadas por Dios. Pero antes de que llegara la era en la que el ser humano sería su habitante principal y monarca, el Creador entregó el mundo a la confusión. Permitió que los fuegos internos estallaran desde las profundidades y fundió toda la materia sólida de manera que toda clase de sustancias estaban mezcladas en una vasta masa de desorden. La única descripción que se podría dar al mundo de entonces es que era una caótica masa de materia.

Cómo debió ser, no podrían ustedes adivinarlo o definirlo. La tierra estaba enteramente desordenada y vacía. Las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Llegó el Espíritu y extendiendo sus anchas alas, ordenó a las tinieblas que se dispersaran y cuando voló Él sobre la tierra, todas las diferentes porciones de materia se colocaron en sus lugares y ya no fue «desordenada y vacía». Se volvió redonda como sus planetas hermanos y se puso en movimiento, cantando elevadas alabanzas a Dios, no de manera discordante como lo había hecho antes, sino como una grandiosa nota en la vasta escala de la creación.

Milton describe muy bellamente este trabajo del Espíritu que establece el orden donde hay confusión, cuando el Rey de la Gloria, en su poderosa Palabra y Espíritu, vino para crear nuevos mundos:

«Sobre el piso celestial se detuvieron, y desde la orilla
Contemplaron el vasto inmensurable abismo
Tempestuoso como un mar, sombrío, desolado, salvaje,
Conmocionado hasta el fondo por vientos furiosos,
Y por olas hinchadas como montañas, al asalto
De las alturas del cielo para mezclar el polo con lo profundo.
‘Silencio, ustedes, olas perturbadas, y tú, abismo, paz,’
Dijo la Palabra que todo crea. Pongan fin a sus discordias.»

Entonces sobre las aguas calmadas
El Espíritu de Dios Extendió sus alas creadoras
E infundió virtud vital y calor vital
A través de toda la masa fluida.»

Esto, vean ustedes, es el poder del Espíritu. Si hubiéramos visto esa tierra en toda su confusión, habríamos dicho: «¿Quién puede hacer un mundo de todo esto?» La respuesta habría sido: «El poder del Espíritu lo puede hacer. Con sólo extender sus alas como de paloma, Él puede hacer que todas las cosas se junten. Por ello habrá orden en donde no había nada sino confusión.» Y este no es todo el poder del Espíritu. Hemos visto algunas de Sus obras en la creación. Pero hubo una instancia de creación en particular en la que el Espíritu Santo estuvo más especialmente ocupado, a saber, la formación del cuerpo de nuestro Señor Jesucristo.

Aunque nuestro Señor Jesucristo nació de una mujer y fue hecho a semejanza de la carne pecadora, el poder que lo engendró estuvo enteramente en Dios el Espíritu Santo, como lo expresan las Escrituras, «El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.» Él fue concebido por el Espíritu Santo, como dice el Credo de los Apóstoles. «Por lo cual también el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios.»

La estructura corporal del Señor Jesucristo fue una obra maestra realizada por el Espíritu Santo. Supongo que Su cuerpo debe haber sobrepasado a todos los demás en belleza. Que debe haber sido como el del primer hombre, justo el modelo de lo que será el cuerpo en el Cielo, en donde resplandecerá en toda su gloria. Esa estructura, en toda su belleza y perfección, fue modelada por el Espíritu. En Su libro estaban diseñados todos sus miembros cuando todavía no habían sido creados. Él Lo modeló y Lo formó. Aquí pues, tenemos otro ejemplo de la energía creativa del Espíritu.

2. Una segunda manifestación del poder del Espíritu Santo se encuentra en la resurrección del Señor Jesucristo. Si alguna vez han estudiado este tema, pueden haberse sentido desconcertados al descubrir que, algunas veces, la resurrección de Cristo es atribuida a Él mismo. Por Su propio poder y Divinidad resucitó. Él no podía haber sido detenido por los lazos de la muerte, sino que como entregó voluntariamente Su vida, tenía el poder de retomarla. En otra parte de la Escritura encontramos que la resurrección es atribuida a Dios el Padre: «Le levantó de los muertos.» «Exaltado por la diestra de Dios.» Y así otros muchos pasajes similares.

Pero, también se dice en la Escritura que Jesucristo fue levantado de entre los muertos por el Espíritu Santo. Ahora bien, todas esas cosas son ciertas. Él resucitó por el Padre, porque el Padre dijo: «suelten al prisionero, déjenlo ir. La justicia ha sido satisfecha. Mi Ley ya no requiere más satisfacción, la venganza ha recibido lo que le correspondía, déjenlo ir.» Aquí dio Él un mensaje oficial que liberó a Jesús de la tumba. Fue levantado por Su propia majestad y poder, porque Él tenía el derecho de salir y así lo sintió Él mismo y por ello «rompió las ataduras de la muerte, Él ya no podía ser retenido por ellas.» Pero fue levantado por el Espíritu en cuanto a esa energía que recibió Su cuerpo mortal, por la cual se levantó de nuevo después de haber permanecido en su tumba por tres días y noches.

Si quieren pruebas de esto deben abrir otra vez su Biblia en: 1 Pedro 3:18, «Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu.» Y se puede encontrar otra prueba en Romanos, 8:11 (me gusta citar los textos porque creo que es una gran falla de los cristianos no escudriñar las Escrituras lo suficiente, y yo haré que lo hagan cuando estén aquí, si es que no lo hacen en otros lugares), «Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.»

Entonces la resurrección de Cristo fue efectuada por la agencia del Espíritu, y aquí tenemos una noble ilustración de Su omnipotencia. Si hubieran podido entrar, como lo hicieron los ángeles, en la tumba de Jesús y ver su cuerpo durmiente, lo habrían encontrado frío como cualquier otro cadáver. Si hubieran levantado Su mano, se habría desplomado a un lado. Si hubieran podido mirar sus ojos, los habrían visto vidriosos. Y allí se ve la lanzada mortal que debió acabar con su vida. Vean Sus manos, no fluye la sangre, están frías e inmóviles.

¿Puede vivir ese cuerpo? ¿Puede levantarse? Sí. ¡Y puede ser un ejemplo del poder del Espíritu! Porque cuando el poder del Espíritu llegó a Él, al igual que cuando cayó sobre los huesos secos del valle, «Se levantó en la majestad de Su divinidad, brillante y resplandeciente, que asombró a los vigilantes de manera que huyeron. Sí, se levantó para no morir más, sino para vivir para siempre, Rey de reyes y Príncipe de los reyes de la tierra.»

3. La tercera de las obras del Espíritu Santo que han demostrado Su poder de manera maravillosa, son las obras de testimonio. Con ello quiero decir las obras que atestiguan. Cuando Jesucristo fue bautizado en el río Jordán, el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de paloma y lo proclamó el Hijo Amado de Dios. Eso es lo que yo llamo una obra de testimonio. Y cuando después levantó al muerto, cuando sanó al leproso, cuando les habló a las enfermedades y éstas huyeron rápidamente, cuando salieron precipitadamente por millares los demonios de los que estaban poseídos, todo eso se hizo por el poder del Espíritu. El Espíritu habitaba en Jesús sin medida y por ese poder se obraron todos esos milagros. Estas fueron obras de testimonio.

Y cuando Jesús se fue, recordarán ese magistral testimonio del Espíritu, que regresó como un poderoso viento estruendoso entre los Apóstoles congregados y se les aparecieron lenguas repartidas como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos y fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según como el Espíritu les daba que hablasen. Y cómo también ellos hicieron milagros; cómo predicaban; cómo Pedro resucitó a Dorcas; cómo Pablo sopló la vida en Eutico; cómo se hicieron grandes milagros por los apóstoles así como los había hecho su Señor, de manera que se vieron grandes «señales y prodigios, llevados a cabo por el poder del Espíritu de Dios, y muchos creyeron.»

Después de eso ¿quién dudará del poder del Espíritu Santo? ¡Ah!, esos miembros de la secta de Socinio que niegan la existencia del Espíritu Santo y Su absoluta personalidad, ¿qué van hacer cuando los atrapemos mostrándoles las obras de creación, de resurrección y de testimonio? Ellos están contradiciendo a la Escritura. Pero observen: es una piedra sobre la que si algún hombre cae, saldrá lastimado; pero si cae sobre él como lo hará si se resiste, lo triturará hasta convertirlo en polvo. El Espíritu Santo tiene un poder omnipotente. Sí, tiene el poder de Dios porque Él es Dios.

4. Además, si queremos otro signo externo y visible del poder del Espíritu, podemos mirar a las obras de gracia. Vean una ciudad donde un adivino tiene el poder que él mismo ha proclamado como una gran persona. Un cierto Felipe entra y predica la Palabra de Dios y en seguida Simón el Mago pierde su poder y él mismo busca para sí el poder del Espíritu, imaginando que puede comprarse con dinero.

Vean, en tiempos modernos, un país en donde los habitantes viven en miserables tiendas hechas de paja, y se alimentan de reptiles y de otras criaturas semejantes; obsérvenlos cómo se inclinan ante sus ídolos y cómo adoran a sus falsos dioses y cómo están tan hundidos en la superstición y tan degradados, que se llegó a debatir si tenían alma o no.

Vean a un Robert Moffat, (misionero en Sudáfrica por más de 50 años) que va con la Palabra de Dios en su mano (que él mismo tradujo al lenguaje de los bechuanas), óiganlo predicar con la capacidad de expresión que le da el Espíritu, acompañando esa Palabra con poder. Ellos arrojan a un lado sus ídolos, y odian y aborrecen sus costumbres anteriores; construyen casas en donde habitan; se visten y ahora tienen una mente recta. Rompen el arco y parten la lanza en pedazos; la gente incivilizada se torna civilizada; el salvaje se vuelve educado; el que no sabía nada comienza a leer las Escrituras. De esta manera por boca de aquellos que fueron salvajes, Dios atestigua el poder de Su poderoso Espíritu.

Visiten una casa en esta ciudad -y los podríamos llevar a muchas de esas casas- donde el padre es un borracho, un hombre que vive en una condición desesperada; véanlo en su locura, y preferirían encontrarse con un tigre sin cadenas que con un hombre así. Da la impresión de que él podría partir a un hombre en pedazos si este llegara a ofenderlo. Observen a su esposa. Ella también tiene su voluntad, y cuando él la maltrata, ella le opone resistencia; se han visto muchas peleas en esa casa, y a menudo el ruido que generan molesta a todo el vecindario. En cuanto a los pobres niños, véanlos en sus harapos y desnudez, pobres pequeños ignorantes. ¿Ignorantes dije? Están siendo instruidos y muy bien instruidos en la escuela del demonio y están creciendo para ser herederos de la condenación. Pero alguien a quien Dios ha bendecido por su Espíritu es guiado a esa casa.

Tal vez sólo se trate de un humilde misionero de la ciudad, pero le habla a aquel hombre así: «oh» -le dice- «ven y escucha la voz de Dios.» Y la Palabra, que es poderosa y eficaz, corta el corazón del pecador ya sea por medio de su propio mensaje o por la predicación del ministro. Las lágrimas corren por sus mejillas como nunca las habían visto antes. Tiembla y se estremece; el hombre fuerte se inclina; el hombre poderoso tiembla y esas rodillas que nunca temblaron, comienzan a tambalearse. Ese corazón que nunca se acobardó, ahora empieza a temblar ante el poder del Espíritu.

Se sienta en una humilde banca junto al penitente, y observa cómo sus rodillas se doblan mientras sus labios pronuncian la oración de un niño, pero aunque es la oración de un niño, es la oración de un hijo de Dios. Su carácter le cambia. ¡Observen el cambio en su casa! Su mujer se vuelve una señora decente, esos niños son el crédito de la casa y, a su debido tiempo, crecen como ramas de olivo alrededor de su mesa, adornando su casa como piedras preciosas. Si pasaran por ese hogar, no escucharían ruidos ni peleas, sino cánticos de Sion.

Véanlo, no más orgías de borracho; ha vaciado su última copa y ahora, renunciando a lo anterior, viene a Dios y es Su siervo. Ahora ya no escucharán a la media noche el grito de las bacanales, pero si se oyera un ruido, sería el sonido de un solemne himno de alabanza a Dios. Y, entonces, ¿acaso no existe algo así como el poder del Espíritu? ¡Sí! Y estos seres deben haberlo experimentado y visto.

Conozco un pueblo que solía ser el más profano de Inglaterra, un pueblo inundado de borrachos y de libertinos de la peor clase, donde era casi imposible que un viajero honesto se detuviera en una posada sin ser molestado por las blasfemias, un lugar notorio por sus incendiarios y por sus ladrones. Un hombre, el jefe de todos, escuchó la voz de Dios. El corazón de ese hombre fue quebrantado. Todos sus pandilleros vinieron también para escuchar la predicación del Evangelio, y se sentaron y parecían reverenciar al predicador como si fuera un dios y no un hombre. Estos hombres fueron cambiados y reformados; y todo aquel que conoce ese lugar afirma que un cambio así no hubiera podido ocurrir nunca, sino sólo mediante el poder del Espíritu Santo.

Dejen que se predique el Evangelio y que sea derramado el Espíritu y verán que tiene un poder tal como para cambiar la conciencia, para mejorar la conducta, para levantar al degradado, para castigar y reprimir la maldad de la raza, y ustedes deben gloriarse en eso. Digo: nada hay como el poder del Espíritu. Tan solo déjenlo entrar y seguramente todo puede lograrse.

II. Ahora, el segundo punto: EL PODER INTERIOR Y ESPIRITUAL DEL ESPÍRITU SANTO. Lo que ya he mencionado, puede ser visto. De lo que estoy a punto de hablar debe ser sentido y ningún hombre entenderá verdaderamente lo que digo a menos que lo sienta. Lo visible, aun el infiel debe confesarlo; lo visible, el más grande blasfemo no puede negarlo, habla la verdad; pero de este poder interior alguien se reirá con entusiasmo y otro dirá que no es sino la invención de nuestras fantasías febriles. Sin embargo, tenemos una palabra de testimonio más segura que todo lo que ellos puedan decir. Tenemos un testigo en nuestro interior. Sabemos que es la verdad y no tenemos miedo de hablar del poder interno espiritual del Espíritu Santo. Observemos dos o tres cosas en las que el poder interior y espiritual del Espíritu Santo se puede ver muy grandemente y alabarlo.

1. Primero, el Espíritu Santo tiene poder sobre los corazones de los hombres. Ahora bien, los corazones de los hombres son difíciles de impresionar. Si quieres interesarlos en cualquier objeto mundano, lo puedes lograr. Una palabra engañosa puede ganar el corazón de un hombre; un poco de oro puede ganar el corazón de un hombre; un poco de fama y un poco del clamor del aplauso pueden ganar el corazón de un hombre. Pero no hay ningún ministro que respire que pueda ganar el corazón de un hombre por sí mismo. Puede ganar sus oídos y hacer que lo escuchen; puede ganar sus ojos y hacer que se fijen en él; puede ganar la atención, pero el corazón es muy resbaloso. Sí, el corazón es un pez que no se deja atrapar por los pescadores del Evangelio. Pueden algunas veces sacarlo casi fuera del agua pero, viscoso como una anguila, se resbala entre sus dedos, y, después de todo, no lo capturan. Muchos hombres se han imaginado que han capturado el corazón, pero luego se han desengañado. Se necesita de un hábil cazador para atrapar al ciervo en las montañas. Es demasiado rápido para que el pie humano pueda acercársele. Sólo el Espíritu tiene el poder sobre el corazón del hombre. ¿Alguna vez han probado ustedes su poder en algún corazón? Si alguien pensara que un ministro puede convertir el alma, me gustaría que lo intentara.

Déjenlo que vaya y sea un maestro de la escuela dominical. Dará su clase, tendrá los mejores libros que puedan obtenerse, tendrá las mejores reglas, instalará sus murallas alrededor de su Sebastopol espiritual. Tomará al mejor muchacho de su clase y mucho me equivoco si ese muchacho no estuviere cansado en una semana. Déjenlo que pase cuatro o cinco domingos intentándolo, pero luego dirá «Este muchacho es incorregible.» Déjenlo intentar con otro. Y tendrá que intentar con otro y otro y otro, antes de que pueda ser capaz de convertir a uno. Pronto se dará cuenta que: «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.» ¿Puede convertir un ministro? ¿Puede tocar el corazón? David dijo, «Se engrosó el corazón de ellos como sebo.» Sí, eso es completamente cierto y no podemos atravesar tanta grasa. Nuestra espada no puede llegar al corazón porque está recubierto de tal cantidad de grasa que es más duro que una rueda de molino. Más de una buena espada vieja de Jerusalén ha perdido su filo contra un corazón duro. Una pieza del verdadero acero que Dios ha puesto en las manos de sus siervos ha perdido su filo al ser apuntada contra el corazón de un pecador. Nosotros no podemos llegar al alma; pero el Espíritu Santo sí puede. «Mi amado metió su mano por la ventanilla, y mi corazón se conmovió dentro de mí.» Él puede dar un sentido del perdón comprado con la sangre que puede disolver a un corazón de piedra. Él puede:

Hablar con esa voz que despierta a los muertos,
Y que ordena levantarse al pecador,
Y que hace que la conciencia culpable tema
La muerte que nunca muere.

Él puede hacer que se oigan los truenos del Sinaí; sí, y Él puede hacer que los dulces susurros del Calvario entren en el alma. Él tiene poder sobre el corazón del hombre. Y la prueba gloriosa de la omnipotencia del Espíritu es que Él tiene dominio sobre el corazón.

2. Pero hay una cosa más terca que el corazón: es la voluntad. «Mi Señor Obstinado,» como Bunyan llama a la voluntad en su libro La Guerra Santa, es un individuo que no puede ser fácilmente doblegado. La voluntad, especialmente en algunos hombres, es una facultad muy terca, y en cuanto a todos los hombres, si la voluntad es movida a oponerse, no hay nada que se pueda hacer con ellos. Alguien cree en el libre albedrío; muchos sueñan con el libre albedrío. ¡El Libre Albedrío! ¿Dónde se podrá encontrar? Una vez hubo libre albedrío en el Paraíso, y un terrible caos fue generado allí por el libre albedrío, porque echó a perder todo el Paraíso y arrojó a Adán fuera del huerto. Una vez hubo libre albedrío en el cielo, pero arrojó fuera al glorioso arcángel, y una tercera parte de las estrellas del cielo cayó en el abismo.

Yo no quiero tener nada que ver con el libre albedrío, pero trataré de ver si tengo libre albedrío dentro de mí. Y encuentro que lo tengo. Verdadero libre albedrío para el mal, pero muy pobre albedrío para lo que es bueno. Suficiente libre albedrío cuando peco, pero cuando quiero hacer el bien, el mal está presente en mí y cómo hacer lo que quisiera, no lo puedo descubrir. Sin embargo algunos presumen de libre albedrío. Me pregunto si aquellos que creen en él tienen algún poder mayor sobre las voluntades de las personas del que yo tengo. Yo sé que yo no tengo ninguno.

Encuentro que el viejo proverbio es muy cierto: «Un hombre puede llevar un caballo al agua, pero cien hombres no pueden hacer que beba.» Encuentro que yo puedo llevar a todos ustedes al agua y a muchos más de los que pueden caber en esta capilla. Pero yo no los puedo hacer beber y no creo que ni cien ministros puedan hacerlos beber a ustedes.

He leído a Rowland Hill, Whitfield y a otros muchos, para ver qué hicieron ellos. Pero no puedo descubrir un plan para cambiar las voluntades de ustedes. No puedo persuadirlos. Y ustedes no cederán de ninguna manera. No creo que ningún hombre tenga poder sobre la voluntad de su compañero, pero el Espíritu de Dios sí lo tiene. «Los haré dispuestos en el día de mi poder.» Hace que el pecador que no tiene voluntad quiera de tal manera, que vaya impetuosamente tras el Evangelio. El que era obstinado, ahora se apresura hacia la Cruz. El que se reía de Jesús, ahora se aferra a Su misericordia. Y el que no quería creer ahora es llevado a creer por el Espíritu Santo, no sólo con gusto, sino ansiosamente. Es feliz, está contento de hacerlo, se regocija con el sonido del nombre de Jesús y se deleita en correr por el camino de los mandamientos de Dios. El Espíritu Santo tiene poder sobre la voluntad.

3. Y, sin embargo, creo que hay algo que es peor que la voluntad. Podrán imaginar a qué me refiero. La voluntad es algo más difícil de doblegar que el corazón. Pero hay una cosa que sobrepasa a la voluntad en su maldad y es la imaginación.

Espero que mi voluntad esté dirigida por la Gracia Divina. Pero me temo que en ocasiones mi imaginación no lo está. Aquellos que tienen mucha imaginación saben cuán difícil es de controlar. No la pueden refrenar. Romperá las riendas. Nunca serán capaces de dominarla. La imaginación a veces volará hacia Dios con tal poder que las alas del águila no pueden igualarla. A veces tiene tal poder que casi puede ver al Rey en su belleza y la tierra distante. En lo que a mí respecta, mi imaginación me lleva a veces sobre las puertas de hierro, a través de ese infinito desconocido hasta las propias puertas de perlas y me permite descubrir al bendito Glorificado.

Pero si es potente en un sentido también lo es en el otro. Pues también mi imaginación me ha hecho descender a los más viles escondrijos y cloacas de la tierra. Me ha traído pensamientos tan horribles, que a pesar de no poder evitarlos, he estado completamente aterrorizado por ellos. Estos pensamientos vendrán y cuando me siento en mi marco más santo, más devoto hacia Dios y más fervoroso en mi oración, a menudo sucede que es el preciso momento que estalla la plaga en su peor forma. Pero me gozo y pienso una cosa, que puedo clamar cuando esta imaginación viene a mí.

Yo sé que se dice en el Libro de Levítico que cuando se cometía un acto de maldad, si la muchacha clamaba contra él, entonces salvaba su vida. Así sucede con el cristiano; si clama hay esperanza. ¿Pueden encadenar a la imaginación? No, pero el poder del Espíritu Santo sí puede hacerlo. Lo hará y ciertamente termina haciéndolo. Lo hace aún aquí en la tierra.

III. Pero la última cosa es: EL FUTURO Y LOS EFECTOS DESEADOS, porque, después de todo, aunque el Espíritu Santo ha hecho tanto, no puede decir todavía: «Consumado es.» Jesucristo pudo exclamar en lo que concierne a Su propia labor, «Consumado es»; pero el Espíritu Santo no puede decir eso, pues tiene todavía más que hacer. Y hasta la consumación de todas las cosas, cuando el propio Hijo llegue a ser sujeto al Padre, el Espíritu Santo no dirá: «consumado es.» ¿Qué es lo que tiene que hacer el Espíritu Santo?

1. Primero, tiene que perfeccionarnos en la santidad. Hay dos clases de perfección que un cristiano necesita: una es la perfección de la justificación en la persona de Jesús. Y la otra es la perfección de la santificación obrada en él por el Espíritu Santo.

Por el momento, la corrupción todavía descansa en los pechos de los regenerados. Actualmente el corazón es parcialmente impuro. Todavía tenemos lujurias e imaginaciones malvadas. Pero, oh, mi alma se regocija al saber que viene el día cuando Dios terminará el trabajo que ha iniciado y presentará mi alma, no solamente perfecta en Cristo, sino, perfecta en el Espíritu, sin mancha o defecto, o nada parecido.

¿Y es verdad que este pobre corazón depravado, llegará a ser tan santo como el de Dios? Y este pobre espíritu que a menudo exclama: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de pecado y de muerte?»; este mismo pobre espíritu, ¿será libre del pecado y de la muerte? ¿Y ya no oiré cosas malas que perturben mis oídos ni tendré pensamientos impuros que perturben mi paz? ¡Oh, feliz hora! ¡Que se apresure! Justo antes de que yo muera, se habrá terminado la santificación, pero hasta ese momento no puedo tener la perfección en mí mismo. Pero en aquel instante cuando parta mi espíritu tendrá su último bautismo en el fuego del Espíritu Santo. Será puesto en el crisol para su última prueba en el horno.

Y entonces, libre de toda escoria y fino como una barra de oro puro, será presentado a los pies de Dios sin el mínimo grado de escoria o mezcla. ¡Oh, gloriosa hora! ¡Oh, momento bendito! Pienso que deseo morir aunque no hubiera un cielo, si tan solo pudiera tener esa última purificación y salir de la corriente del río Jordán totalmente limpio después de ser lavado. ¡Oh ser lavado, y quedar blanco, limpio, puro perfecto! Ni un ángel será más puro de lo que yo seré. ¡Sí! ¡Ni Dios mismo será más santo! Seré capaz de decir en un sentido doble, «¡Gran Dios, soy limpio, por medio de la sangre de Jesús soy limpio, y a través de la obra del Espíritu, también soy limpio!» ¿No debemos ensalzar el poder del Espíritu Santo que nos hace aptos para estar ante nuestro Padre en el cielo?

2. Otra gran obra del Espíritu Santo que no está cumplida todavía es la de traer la gloria del último día. En unos cuantos años, no sé cuando, no sé cómo, el Espíritu Santo será derramado en una forma muy diferente que en el presente.

Hay diversidad de operaciones. Y durante los últimos años ha ocurrido que las operaciones diversificadas han consistido en muy poco derramamiento del Espíritu. Los ministros siguen una rutina monótona, continuamente predicando, predicando, predicando y poco bien se ha hecho. Tengo la esperanza de que tal vez una nueva era haya amanecido sobre nosotros y que habrá un mayor derramamiento del Espíritu Santo ahora.

¡Porque llega la hora y puede ser justo ahora, cuando el Espíritu Santo será derramado otra vez de una manera tan maravillosa, que muchos correrán de un lado a otro y se incrementará el conocimiento! ¡El conocimiento del Señor cubrirá la tierra así como las aguas cubren la superficie de los grandes abismos!

Vendrá Su reino y Su voluntad será hecha en la tierra como lo es en el cielo. No estaremos esforzándonos para siempre como Faraón sin las ruedas de su carruaje. Mi corazón se alegra y mis ojos brillan con el pensamiento de que muy probablemente viviré para ver cómo se vierte así el Espíritu cuando, «los hijos y las hijas de Dios otra vez profetizarán y los jóvenes verán visiones y los ancianos soñarán sueños.»

Tal vez no habrá dones milagrosos porque no serán requeridos. Pero sin embargo habrá tal cantidad milagrosa de santidad, tal extraordinario fervor de oración, tal real comunión con Dios y tanta religión vital y tanta difusión de las doctrinas de la cruz, que todo mundo verá que verdaderamente el Espíritu es derramado como agua y como las lluvias que descienden de arriba. Oremos por eso, laboremos continuamente por eso y busquémoslo de Dios.

3. Otra obra adicional del Espíritu que manifestará de manera especial Su poder, será la resurrección general. Tenemos razón para creer por la Escritura que la resurrección de los muertos, aunque será efectuada por la voz de Dios y de Su Palabra (el Hijo), también será efectuada por el Espíritu. Ese mismo poder que levantó a Jesucristo de entre los muertos, también vivificará los cuerpos mortales. El poder de la resurrección es tal vez una de las mejores pruebas de las obras del Espíritu. ¡Ah, mis amigos, si pudiéramos desprender el manto de esta tierra por un momento, si el verde césped pudiera cortarse y pudiéramos ver dos metros abajo en sus profundidades, qué mundo se revelaría! ¿Qué veríamos? Huesos, esqueletos, podredumbre, gusanos, corrupción Y ustedes dirían, ¿Vivirán estos huesos secos? ¿Se pueden levantar? «¡Sí, en un momento! En un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta, los muertos serán resucitados.» Él habla, ¡están vivos! ¡Véanlos dispersos, pero el hueso se junta con su hueso! ¡Véanlos desnudos, pero la carne los recubre nuevamente! Véanlos aún sin vida. «¡Ven de los cuatro vientos, oh, aliento y sopla sobre estos muertos!» Cuando el viento del Espíritu Santo viene, ellos vivirán y estarán de pie como un gran ejército.

De esta forma he intentado hablarles del poder del Espíritu y confío que se los he podido mostrar. Ahora debemos dedicar un momento o dos para una conclusión práctica:

¡Cristiano, el Espíritu es muy poderoso! ¿Qué concluyes de ese hecho? ¡Pues que tú nunca debes desconfiar del poder de Dios para llevarte al cielo! ¡Oh, qué dulce verso es ése que impresionó mi alma el día de ayer!

«Su probado brazo todopoderoso
Está levantado para tu defensa.
¿Dónde está el poder que pueda
Alcanzarte en tu refugio
O que pueda arrancarte de allí?

El poder del Espíritu Santo es tu baluarte y toda Su omnipotencia te defiende. ¿Pueden conquistar tus enemigos a la omnipotencia? Entonces pueden conquistarte. ¿Pueden luchar con la Deidad y arrojarla al suelo? Entonces ellos pueden conquistarte. Pero eso no sucederá, porque el poder del Espíritu es nuestro poder, el poder del Espíritu es nuestra fortaleza.

Y además, cristianos, si éste es el poder del Espíritu ¿por qué habrían de dudar de Su poder? Ahí está tu hijo, ahí está tu esposa por la que has suplicado con tanta frecuencia: no dudes del poder del Espíritu. «Aunque tardare, espéralo; porque sin duda vendrá, no tardará.» Ahí está tu esposo, oh santa mujer; tú has luchado por su alma y aunque es un infeliz tan endurecido y desesperado que te trata mal, hay poder en el Espíritu.

Oh ustedes que han salido de iglesias desoladas, con muy escasas hojas en el árbol, no duden que el poder del Espíritu los levante. Porque será «lugar donde descansen asnos monteses, y ganados hagan majada.» Abierto, pero deshabitado hasta que el Espíritu se derrame desde arriba. Y entonces el suelo árido será convertido en un estanque y la sedienta tierra tendrá fuentes de agua. Entonces en las habitaciones de los dragones, en donde cada uno de ellos yace, habrá pasto con carrizos y juncos.

Y ustedes, ¡oh miembros de este templo!, que recuerdan lo que Dios ha hecho especialmente para ustedes, no desconfíen nunca del poder del Espíritu. Ustedes han visto el desierto florecer como el Carmelo. Ustedes han visto el desierto florecer como una rosa. Confíen en Él para el futuro. Salgan pues y laboren con esta convicción: el poder del Espíritu Santo es capaz de todo. Vayan a su escuela dominical, vayan a distribuir sus folletos, vayan a su empresa misionera, vayan a predicar en sus habitaciones con la convicción de que el poder del Espíritu es nuestra gran ayuda.

Y ahora, por último, a ustedes pecadores, ¿qué más tenemos que decirles acerca de este poder del Espíritu? Estoy convencido de que hay esperanza para algunos de ustedes. Yo no puedo salvarlos, yo no puedo conmoverlos; a veces puedo hacer que lloren, pero luego se secan sus ojos y todo termina, pero yo sé que mi Señor sí puede. Ese es mi consuelo.

Tú, que eres el primero de los pecadores, hay esperanza para ti; este poder te puede salvar como a cualquiera. Es capaz de romper tu corazón aunque sea de hierro, puede hacer que de tus ojos broten las lágrimas aunque hayan sido como rocas anteriormente. Su poder es capaz hoy, si Él lo quisiera, de cambiar tu corazón, de modificar la corriente de todas tus ideas, de hacerte de inmediato un hijo de Dios, de justificarte en Cristo.

Hay poder suficiente en el Espíritu Santo. Él puede traer a los pecadores a Jesús. Él es capaz de hacerte querer en el día de Su poder ¿Quieres esta mañana? ¿Ha ido Él tan lejos como para hacer que desees Su nombre, para hacer que desees a Jesús?

Entonces, ¡oh pecador!, mientras Él te atrae di: «atráeme, soy infeliz sin Ti.» Síguelo, síguelo y a medida que Él te conduzca, pisa sobre Sus huellas y regocíjate de que Él haya iniciado una buena obra en ti, porque hay una evidencia de que Él continuará haciéndolo hasta el final. Y ¡oh, tú que estás abatido!, pon tu confianza en el poder del Espíritu, descansa en la sangre de Jesús y tu alma es salva, no solamente ahora, sino a través de toda la eternidad. Que Dios los bendiga a ustedes, amados lectores. Amén.

 

El Nombre Eterno

El Púlpito de la Capilla New Park Street

El Nombre Eterno

NO. 27

Sermón predicado el Domingo 27 de Mayo, 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En Exeter Hall, Strand, Londres

«Será su nombre para siempre.» — Salmo 72: 17.

Ninguna persona aquí presente requiere que se le diga que este es el nombre de Jesucristo, que «será para siempre.» Los hombres han afirmado acerca de muchas de sus obras: «permanecerán para siempre;» ¡pero cuánto se han desilusionado! En el período posterior al diluvio, los hombres construyeron ladrillo, recogieron asfalto, y cuando estaban construyendo la antigua torre de Babel, dijeron: «permanecerá para siempre.» Pero Dios confundió su lengua; no la pudieron terminar. Con Sus rayos la destruyó, dejándola como monumento a la insensatez de los hombres.

El viejo Faraón y los monarcas egipcios apilaron sus pirámides, y dijeron: «permanecerán para siempre,» y en efecto, permanecen hasta el día de hoy; pero se acerca el momento cuando el deterioro las devorará aun a ellas. Lo mismo sucede con las más portentosas obras del hombre, ya sea que se trate de templos o de monarquías, él ha escrito «para siempre» sobre ellas; pero Dios ha ordenado su fin, y han desaparecido. Las cosas más estables se han desvanecido como sombras y burbujas de una hora, y han sido destruidas prontamente por el mandato de Dios.

¿Dónde está Nínive, y dónde está Babilonia? ¿Dónde están las ciudades de Persia? ¿Dónde están los lugares altos de Edom? ¿Dónde está Moab, y dónde están los príncipes de Amón? ¿Dónde están los templos o los héroes de Grecia? ¿Dónde están los millones que pasaron por las puertas de Tebas? ¿Dónde están las huestes de Jerjes, o dónde los vastos ejércitos de los emperadores romanos? ¿Acaso no han desaparecido?

Y aunque en su orgullo dijeron: «esta es una monarquía eterna: esta reina de las siete colinas será llamada la ciudad eterna,» su orgullo se ha entenebrecido; y la que estaba sola y decía: «Yo estoy sentada como reina, y no soy viuda,» ha caído, ha caído, y muy pronto se hundirá como se hunde una piedra de molino en la inundación y su nombre será una maldición y objeto de burla, y su lugar será habitación de lagartijas y de búhos.

El hombre llama a su obra eterna; Dios la llama pasajera. El hombre piensa que sus obras están hechas de piedra; Dios dice: «No, están hechas de arena; o peor aún: son aire.» El hombre afirma que construye sus obras para la eternidad; Dios las sopla un instante, y ¿dónde están? Como el tejido de una visión que se evapora, pasan y parten para siempre.

Es muy reconfortante, entonces, descubrir que hay una cosa que va a permanecer para siempre. Hoy espero poder hablar de ese algo, si Dios me da la capacidad de predicar, y a ustedes les da la capacidad de escuchar. «Será su nombre para siempre.» En primer lugar, la religión santificada por Su nombre permanecerá para siempre; en segundo lugar, el honor de Su nombre permanecerá para siempre; y en tercer lugar, el poder de Su nombre que salva y que consuela, permanecerá para siempre.

I. Primero, la religión del nombre de Jesús va a permanecer para siempre. Cuando los impostores forjaron sus engaños, albergaban la esperanza de que tal vez, en una época distante, podrían arriar al mundo ante ellos, y si veían a unos pocos seguidores congregarse alrededor de su estandarte, ofreciendo incienso en su santuario, entonces sonreían diciendo: «mi religión brillará más que las estrellas y durará toda una eternidad.» ¡Pero, cuán equivocados han estado! ¡Cuántos sistemas falsos han surgido y se han desvanecido! Algunos de nosotros hemos visto, aun en nuestra corta vida, sectas que han crecido en una sola noche como la calabacera de Jonás, y que desaparecieron con la misma prontitud. También hemos visto a algunos profetas que se han levantado y que han tenido su hora: sí, han tenido su día, al igual que todos los perros, pero también como los perros, su día ha transcurrido, y el impostor, ¿dónde está? ¿Y el máximo engañador, dónde está? Ido y cesado.

Puedo decir que esto es especialmente aplicable a los sistemas de infidelidad. ¡Cómo ha cambiado en los últimos ciento cincuenta años el poder jactancioso de la razón! Ha construido algo, y al día siguiente se ha burlado de su propia obra, ha demolido su propio castillo, y ha construido otro, y un tercero al otro día. Una vez apareció con el atuendo de un tonto con sus campanitas, anunciado por Voltaire; otra vez vino en la forma de un buscapleitos bravucón, como Tom Paine; luego cambió su curso y asumió otra forma, hasta que en verdad lo encontramos ahora en el secularismo bajo y bestial de nuestros días, que no mira sino sólo a la tierra, mantiene su nariz al nivel del suelo, y tal como una bestia, piensa que este mundo lo es todo, o espera encontrar otro mundo por medio de la búsqueda de este mundo.

Bien, antes que un solo cabello de mi cabeza se torne gris, el último propugnador del secularismo se habrá marchado; antes de que muchos de nosotros cumplamos cincuenta años, una nueva infidelidad habrá aparecido, y a quienes preguntan: «¿dónde estarán los santos?» les podemos preguntar: «¿dónde estás tú?» Y ellos responderán: «hemos cambiado nuestros nombres.» Habrán cambiado sus nombres, habrán asumido una fresca figura, se habrán vestido con una nueva forma de mal; pero su naturaleza todavía será la misma, oponiéndose a Cristo, y esforzándose por blasfemar Sus verdades.

En todos sus sistemas de religión, o de irreligión (pues ese también es un sistema) puede escribirse: «se evapora: se marchita como una flor, es fugaz como un meteoro, frágil e irreal como el vapor.» Pero de la religión de Cristo se dirá: «Será su nombre para siempre.» Permítanme decir ahora unas cuantas cosas; no demostrarlo, pues no deseo hacer eso; sino darles unas cuantas sugerencias por medio de las cuales pueda algún día demostrarlo a otras personas, que la religión de Jesucristo debe inevitablemente permanecer para siempre.

Y en primer lugar, preguntamos a quienes piensan que pasará, ¿cuándo ha habido un momento en que ese nombre no ha existido? Les preguntamos que si pueden señalar con el dedo algún período cuando la religión de Jesús era algo desconocido: «Sí,» responderán, «antes de los días de Cristo y de Sus apóstoles.» Pero nosotros decimos: «Para nada, Belén no fue el lugar de nacimiento del Evangelio; aunque Jesús nació allí, ya existía un Evangelio mucho antes del nacimiento de Jesús, un Evangelio que ya era predicado, aunque no era predicado con toda la sencillez y la simplicidad con que lo escuchamos ahora. Había un Evangelio en el desierto del Sinaí, aunque puede confundirse con el humo del incienso, y sólo puede ser visto a través de las víctimas sacrificadas. Sin embargo, había un Evangelio allí.»

Sí, más aún, los podemos llevar tiempo atrás, hasta los agradables árboles del Edén, donde los frutos maduraban perpetuamente, y el verano era permanente, y les decimos que en medio de estos bosques había un Evangelio, y les dejamos escuchar la voz de Dios, cuando le hablaba al hombre infiel, diciéndole: «la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente.»

Y habiéndolos llevado hasta ese momento en el tiempo, preguntamos: «¿dónde nacieron las religiones falsas? ¿Cuál fue su cuna?» Nos señalan a Meca, o se vuelven en dirección a Roma, o hablan de Confucio, o de los dogmas de Buda. Pero nosotros decimos que ustedes se dirigen solamente a una oscuridad distante; nosotros los llevamos a la primerísima edad; los conducimos a los días de pureza; los llevamos otra vez al tiempo cuando Adán pisó por primera vez la tierra. Y entonces les preguntamos que si no es probable que como Evangelio primogénito, no será también el último en morir; y como nació tan temprano, y todavía existe, en tanto que tantas cosas efímeras se han extinguido, si no parece ser más probable que, cuando todos los otros hayan perecido como la burbuja sobre la ola, solamente nadará éste, como un buen barco sobre el océano, y todavía llevará a millares de almas, no a la tierra de las sombras, sino a través del río de la muerte, a las llanuras del cielo.

A continuación preguntamos, suponiendo que se extinguiera el Evangelio de Cristo, ¿cuál religión va a suplantarlo? Le preguntamos al sabio, que afirma que el cristianismo va a morir pronto, «le ruego que me diga, señor, ¿qué religión vamos a tener en lugar del cristianismo? ¿Vamos a tener los engaños de los paganos, que se inclinan ante sus dioses y adoran imágenes de madera y piedra? ¿Tendrán las orgías de Baco, o las obscenidades de Venus? ¿Verán a sus hijas inclinándose una vez más ante Tammuz, o llevarán a cabo ritos obscenos como los que se hacían antes? No, ustedes no soportarían tales cosas; ustedes dirían: «esto no debe ser tolerado por hombres civilizados.» «Entonces, ¿qué quisieran tener? ¿Quisieran tener al catolicismo romano con todas sus supersticiones?» Ustedes dirán: «No, Dios nos libre, nunca.»

Pueden hacer lo que quieran con Inglaterra; pero este país es muy sabio para aceptar a los Papas de nuevo mientras dure el recuerdo de Smithfield, que conserva uno de los rastros de los mártires; ay, mientras respire un hombre que se considere libre, y que se guíe por la constitución de la Vieja Inglaterra, no podemos retomar el catolicismo romano. Ese grupo puede prosperar con sus supersticiones y su clericalismo; pero al unísono, quienes me escuchan, responderían: «No aceptaremos a un Papa.»

Entonces, ¿qué escogerán? ¿Será acaso la religión musulmana? ¿Elegirían eso, con todas sus fábulas, toda su maldad y su carácter libidinoso? No les voy a hablar de eso. Ni les voy a mencionar la impostura maldita de Occidente, que se ha presentado recientemente. No vamos a permitir la poligamia, mientras haya hombres que amen el círculo social, y no toleren verlo invadido. No desearíamos, cuando Dios ha dado una esposa a un hombre, que éste se agencie veinte esposas, como compañeras de ese hombre. No podemos preferir a los mormones; no queremos hacerlo y no lo haremos.

Entonces, ¿qué tendremos en lugar del cristianismo? «¡Infidelidad!» exclaman ustedes, ¿no es cierto, señores? ¿Qué promueven muchos de ellos? Enfoques comunistas y el desgarro de toda la sociedad tal como está establecida actualmente. ¿Desearían Reinos de Terror aquí, como los tuvieron en Francia? ¿Quieren ver a toda la sociedad resquebrajada, y a los hombres errantes como monstruosos témpanos de hielo en el mar, chocando unos contra otros, y siendo destruidos completamente al final? ¡Dios nos libre de la infidelidad!

¿Qué pueden tener, entonces? Nada. No hay nada que pueda sustituir al cristianismo. ¿Qué religión le vencerá? No hay ninguna que se pueda comparar con el cristianismo. Si recorremos todo el globo terráqueo y buscamos desde Inglaterra hasta el Japón, no encontraríamos ninguna religión tan justa para Dios y tan segura para el hombre.

Le preguntamos al enemigo una vez más. Supongamos que encontráramos una religión que fuera preferible a la religión que amamos, ¿por qué medios aplastarías a la nuestra? ¿Cómo te desharías de la religión de Jesús? Y ¿cómo suprimirías Su nombre? Seguramente, señores, no pensarían nunca en la vieja práctica de la persecución, ¿o sí? ¿Probarían una vez más la eficacia de la pira y de la hoguera, para quemar el nombre de Jesús? ¿Probarían el potro de tormento y los tornillos insertados en los pulgares? ¿Nos aplicarían otros instrumentos de tortura? Inténtenlo, señores, y no apagarán al cristianismo.

Cada mártir, mojando su dedo en su propia sangre, escribiría al morir sus honores en el cielo, y la misma flama que se elevaría al cielo engalanaría las nubes con el nombre de Jesús. Ya se ha probado la persecución. Recordemos los Alpes; dejen que hablen los valles del Piamonte; dejen que Suiza dé su testimonio; que hable Francia, con su noche de San Bartolomé, e Inglaterra con todas sus masacres. Y si no han podido aplastarla todavía, ¿esperan poder hacerlo? ¿Sí lo esperan? De ningún modo. Podríamos encontrar mil personas, y diez mil si fuese necesario, que estarían prestas a marchar a la hoguera mañana: y cuando fueran quemadas, si pudieras ver sus corazones, verías que en cada uno de ellos está grabado el nombre de Jesús. «Será su nombre para siempre;» entonces, ¿cómo podrán destruir nuestro amor por Él?

«¡Ah!» responden, «vamos a intentar unos medios más blandos que eso.» Pues bien, ¿qué intentarían? ¿Inventarían una religión mejor? Los invitamos a que lo hagan, y dígannos de qué se trata; no los creemos capaces de tal descubrimiento. ¿Entonces qué? ¿Van a despertar a alguien que nos engañe y haga que nos descarriemos? Los invitamos a que lo hagan; pues no es posible engañar a los elegidos. Podrán engañar a la multitud, pero los elegidos de Dios no serán confundidos. Ya lo han intentado. ¿Acaso no nos han dado al Papa? ¿No nos han asediado con las doctrinas de Pussey? ¿No nos están tentando con el arminianismo al por mayor? Y ¿acaso por eso renunciamos a la verdad de Dios?

No; hemos adoptado esto como nuestro lema, y por él nos guiamos: «La Biblia, toda la Biblia y únicamente la Biblia,» es todavía la religión de los protestantes; y exactamente la misma verdad que movió los labios de Crisóstomo, la vieja doctrina que cautivó el corazón de Agustín, la vieja fe que Atanasio declaró, la antigua doctrina buena que Calvino predicó, es ahora nuestro Evangelio, y con la ayuda de Dios, permaneceremos en él hasta nuestra muerte. ¿Cómo lo apagarán? Si desean hacerlo, ¿dónde pueden encontrar los medios? No están a su alcance. ¡Ja, ja, ja, nos reímos de ustedes con desprecio!

Pero lo van a apagar, ¿no es cierto? Lo intentarán, dicen ustedes. Y ¿esperan lograr su propósito? Sí; sé que lo harán, cuando hayan aniquilado al sol; cuando hayan apagado la luna con las gotas de sus lágrimas; cuando se hayan bebido todo el océano dejándolo seco. Entonces lo harán. Y sin embargo, ustedes dicen que lo harán.

A continuación, yo pregunto, supongamos que lo hicieran, ¿qué sería del mundo entonces? ¡Ah!, si fuera elocuente esta noche, tal vez se los podría decir. Si pudiera tomar prestado el lenguaje de un Robert Hall podría colgar al mundo en el luto; podría convertir al océano en el mayor doliente, con sus cantos fúnebres de aullantes vientos y con su salvaje marcha mortal de olas desordenadas; yo podría vestir a toda la naturaleza, no con mantos de verde, sino con vestiduras de un negro sombrío; les pediría a los huracanes que gritaran su lamento solemne (ese alarido de la muerte de un mundo) pues ¿qué sería de nosotros si perdiéramos el Evangelio?

En cuanto a mí se refiere, yo gritaría: «¡Dejen que me largue!» No tendría ningún deseo de estar aquí sin mi Señor; y si el Evangelio no fuese verdadero, yo bendeciría a Dios si me aniquilara en este instante, pues no me importaría vivir si ustedes pudieran destruir el nombre de Jesucristo. Pero que un solo hombre fuera miserable no sería todo, pues hay miles y miles que pueden hablar como yo. Además, ¿en qué se convertiría la civilización si pudieran eliminar al cristianismo? ¿Dónde estaría la esperanza de paz perpetua? ¿Dónde los gobiernos? ¿Dónde las escuelas dominicales? ¿Dónde estarían todas sus sociedades? ¿Dónde cualquier cosa que mejore la condición del hombre, reforme su conducta, y moralice su carácter? ¿Dónde?

Dejen que el eco responda: «¿dónde?» Todo eso desaparecería y no quedaría ningún rastro de ello. Y ¿dónde, oh hombre, estaría tu esperanza del cielo? Y ¿dónde el conocimiento de la eternidad? ¿Dónde estaría la ayuda para atravesar el río de la muerte? ¿Dónde un cielo? Y ¿dónde la bendición eterna? Todo eso desaparecería si Su nombre no permaneciera para siempre. Pero estamos seguros de ello, lo sabemos, lo afirmamos, lo declaramos; creemos, y siempre lo haremos, que «Será su nombre para siempre» ay, ¡para siempre! Que trate de impedirlo quien quiera.

Este es mi primer punto; tendré que decir con aliento entrecortado el segundo punto, aunque siento tanto calor interno así como externo, que quiera Dios que pueda hablar con todas mis fuerzas, como debo hacerlo.

II. Pero, en segundo lugar, tanto como Su religión, también el honor de Su nombre permanecerá para siempre. Voltaire decía que él vivía en el crepúsculo del cristianismo. Quería decir una mentira; dijo una verdad. En efecto, él vivía en su crepúsculo; pero era el crepúsculo que precede a la mañana; no el crepúsculo de un anochecer, como quiso decir; pues viene la mañana en que la luz del sol va a irrumpir sobre nosotros con su gloria más verdadera.

Los burladores han dicho que debemos olvidarnos pronto de honrar a Cristo, y que un día, ningún hombre habrá de reconocerlo. Ahora, nosotros afirmamos otra vez, con las palabras de mi texto: «Será su nombre para siempre,» dándole el honor debido. Sí, yo les diré cuánto tiempo va a permanecer. Mientras haya en esta tierra un pecador que ha sido reclamado por la gracia Omnipotente, el nombre de Cristo permanecerá; mientras haya una María lista para lavar Sus pies con lágrimas, y secarlos con los cabellos de su cabeza; mientras respire el mayor de los pecadores que se ha lavado en la fuente abierta que lava el pecado y la impureza; mientras exista un cristiano que ha puesto su fe en Jesús, y que ha encontrado en Él su deleite, su refugio, su albergue, su escudo, su canción, y su gozo, no hay ningún temor de que el nombre de Jesús deje de ser escuchado.

No podemos renunciar nunca a ese nombre. Dejemos que el unitario tome su evangelio sin una Deidad en él; dejemos que niegue a Jesucristo; pero mientras los cristianos, los verdaderos cristianos, vivan, mientras nosotros gustemos que el Señor sea lleno de gracia, y tengamos manifestaciones de Su amor, visiones de Su rostro, susurros de Su misericordia, seguridades de Su afecto, promesas de Su gracia, esperanzas de Su bendición, no podemos cesar de honrar Su nombre.

Pero si todas estas cosas desaparecieran; si nosotros cesáramos de cantar Su alabanza, ¿sería olvidado acaso el nombre de Jesucristo? No; las piedras cantarían, las colinas formarían una orquesta, las montañas saltarían como carneros, y los cerros como ovejas, ¿acaso no es Él su creador? Y si estos labios, y los labios de todos los mortales se volvieran mudos en un instante, hay suficientes criaturas aparte de nosotros en este ancho mundo. Si así fuera, el sol dirigiría al coro; la luna tocaría su arpa de plata, y cantaría acompañando su melodía; las estrellas danzarían en sus rutas preestablecidas; las profundidades sin límites del éter serían el hogar de muchas canciones; y la inmensidad vacía estallaría en una gran exclamación: «Tú eres el glorioso Hijo de Dios; grandiosa es Tu majestad, e infinito Tu poder.»

¿Puede ser olvidado el nombre de Dios? No; está pintado en los cielos; está escrito en las inundaciones; los vientos lo susurran; las tempestades lo proclaman; los mares lo cantan; las estrellas lo brillan; las bestias lo braman; los truenos lo despliegan con estruendo; la tierra lo grita; y el cielo sirve de eco. Pero si todo eso desapareciera, si este grandioso universo se disolviera todo en Dios, de la misma manera que la espuma se disuelve en la ola que la acarrea, y se pierde para siempre, ¿sería olvidado Su nombre? No. Vuelvan sus ojos hacia aquel lugar allá; vean la tierra firme del cielo. «Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son, y de dónde han venido?» «Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo.» Y si estos desaparecieran; si la última arpa de los glorificados hubiera sido tocada por los postreros dedos; si la última alabanza de los santos se hubiera extinguido; si el último aleluya hubiera resonado a lo largo de las bóvedas del cielo ya desiertas, vueltas lúgubres para entonces; si el último inmortal hubiera sido sepultado en su tumba (si existieran tumbas para los inmortales) ¿cesaría entonces Su alabanza? No, ¡cielos! no; pues allá están los ángeles; ellos también cantan Su gloria; a Él, los querubines y los serafines entonan himnos sin cesar, cuando mencionan Su nombre en ese coro tres veces santo: «Santo, santo, santo, Señor Dios de los ejércitos.»

Pero si éstos perecieran; si los ángeles fueran barridos, si el ala del serafín no volviera a agitar el éter; si la voz del querubín no volviera a cantar nunca su soneto ardiente, si las criaturas vivientes dejaran de cantar su coro eterno, si las mesuradas sinfonías de gloria se extinguieran en el silencio, ¿estaría perdido Su nombre entonces? ¡Ah! no; pues Dios se sienta en Su trono, el Eterno, Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Y si todo el universo fuera aniquilado, aún se escucharía Su nombre, pues el Padre lo oiría, y el Espíritu lo oiría, y permanecería grabado profundamente sobre el mármol inmortal de la roca de las edades: Jesús el Hijo de Dios; igual con Su Padre. «Será su nombre para siempre.»

III. Y también permanecerá el poder de Su nombre. ¿Quieres saber en qué consiste? Déjame decírtelo. ¿Ves a aquel ladrón allá colgado de una cruz? Mira a los demonios al pie de ella, con sus bocas abiertas, haciéndose ilusiones con el dulce pensamiento que otra alma les dará alimento en el infierno. Mira al pájaro de la muerte, batiendo sus alas sobre la cabeza de ese pobre infeliz; la venganza pasa y lo sella con el sello de su propiedad; en lo profundo de su pecho está escrito: «un pecador condenado;» en su frente hay un sudor pegajoso, colocado allí por la agonía y la muerte. Mira a su corazón: está sucio con la costra de años de pecado; el humo de la lascivia permanece dentro, en negros festones de tinieblas; su corazón entero es el infierno condensado.

Ahora míralo. Está muriéndose. Un pie parece estar en el infierno; el otro se tambalea en vida: sólo sostenido por un clavo. Hay un poder en el ojo de Jesús. Ese ladrón mira: susurra: «Señor, acuérdate de mí.» Vuelve a mirar allí. ¿Ves a ese ladrón? ¿Dónde está ese sudor pegajoso? Allí está. ¿Dónde está esa horrible angustia? Ya no está allí. Hay una clara sonrisa en sus labios. Los demonios del infierno, ¿dónde están? Ya no hay ninguno: más bien un luminoso serafín está presente, con sus alas extendidas, y sus manos listas para arrebatar esa alma, convertida ahora en una joya preciosa, y llevarla a lo alto, al palacio del grandioso Rey.

Mira dentro de su corazón: está blanco de pureza. Mira su pecho: ya no está escrita la palabra: «condenado,» sino: «justificado.» Mira en el libro de la vida: su nombre está grabado allí. Mira en el corazón de Jesús: allí, en una de las piedras preciosas, Él lleva el nombre de ese pobre ladrón. ¡Sí, una vez más, mira! ¿Ves a ese ser brillante en medio de los glorificados, más luminoso que el sol, más claro que la luna? ¡Ese es el ladrón! Ese es el poder de Jesús; y ese poder permanecerá para siempre. Quien salvó al ladrón, puede salvar al último hombre que viva sobre la tierra; pues todavía:

«Hay una fuente que desborda sangre,
Procedente de las venas de Emanuel;
Los pecadores que se hunden en esa sangre,
Pierden todas las manchas de su culpa.El ladrón agonizante se gozó al ver
Esa fuente en su día;
Y allí yo también, tan vil como él,
He lavado todos mis pecados.¡Amado Cordero agonizante! Esa preciosa sangre
Nunca perderá Su poder,
Hasta que toda la iglesia redimida de Dios
Sea salva para no pecar más.»

Su nombre poderoso permanecerá para siempre.

Y ese no es todo el poder de Su nombre. Permítanme llevarlos a otra escena, y ustedes serán testigos de algo un poco diferente. Allí, en ese lecho de muerte, yace un santo; no hay ninguna tristeza en su rostro, ni hay terror en su expresión. Sonríe débil pero plácidamente; gime, tal vez, pero sin embargo canta. Suspira a ratos, pero más a menudo prorrumpe en exclamaciones. Ponte a su lado. «Hermano mío, ¿qué te lleva a contemplar el rostro de la muerte con tal gozo?» «Jesús,» susurra. «¿Qué te conduce a estar en placidez y calma?» «El nombre de Jesús.» ¡Date cuenta que él olvida todo! Hazle una pregunta; no la puede responder. No te puede entender. Aún así, sonríe. Su esposa llega y le pregunta: «¿sabes mi nombre?» Él responde: «No.» Su amigo más querido le solicita recordar la intimidad que habían desarrollado. «No te conozco,» le dice. Sin embargo, si le susurras al oído: «¿conoces el nombre de Jesús?» sus ojos despiden gloria, y su rostro refleja el cielo, y sus labios recitan sonetos, y su corazón estalla de eternidad; pues el oye el nombre de Jesús, y ese nombre permanecerá para siempre. El mismo que llevó a uno al cielo, me llevará también a mí. ¡Ven, oh muerte! Voy a mencionar allí el nombre de Cristo. ¡Oh tumba! Esta será mi gloria, ¡el nombre de Jesús! ¡Perro del infierno! Esta será tu muerte, pues el aguijón de la muerte ha sido extraído: Cristo nuestro Señor. «Será su nombre para siempre.»

Tenía cientos de cosas especiales que les hubiera querido presentar; pero mi voz me falla, así que es mejor que me detenga. No van a requerir nada más de mí hoy, ustedes se dan cuenta de la dificultad con que hablo cada palabra. ¡Espero que Dios las aplique en sus corazones! Yo no estoy particularmente ansioso en relación a mi propio nombre, si va a durar para siempre o no, siempre que esté registrado en el libro de mi Señor. Cuando a George Whitfield le preguntaron si fundaría una denominación, dijo: «No; nuestro hermano Wesley puede hacer como le plazca, pero dejen que mi nombre se extinga; que el nombre de Cristo permanezca para siempre.» ¡Amén a eso! Que mi nombre se disuelva; pero que el nombre de Cristo permanezca para siempre.

Estaré contento si me olvidan cuando se hayan marchado. La mitad de estos rostros, no los volveré a ver otra vez, me atrevo a decir; tal vez no serán persuadidos jamás a entrar dentro de los muros de una asamblea; tal vez considerarán que no es lo suficientemente respetable asistir a una reunión Bautista. Bien, yo no digo que nosotros seamos gente respetable; no afirmamos que lo somos; pero sí afirmamos lo siguiente: que amamos nuestras Biblias; y si no es respetable hacer eso, no nos importa no ser tenidos en estima. Pero no creemos que seamos indignos de respeto después de todo, pues yo creo, si se me permite dar mi propia opinión, que si el cristianismo protestante fuese contado fuera de esa puerta (no solamente cada cristiano verdadero, sino cada persona que profesa) yo creo que los que creen en el bautismo infantil no tendrían una gran mayoría de qué hacer alarde.

Después de todo, no somos una diminuta secta sin reputación. Si sólo toman en cuenta Inglaterra, tal vez lo seamos; pero consideren los Estados Unidos de América, Jamaica, y las Indias Occidentales, e incluyan a quienes son bautistas de acuerdo a sus principios, aunque no abiertamente, y no somos menos que nadie, ni siquiera que la Iglesia de Inglaterra, en lo que a números se refiere. Si embargo este no es un tema que nos preocupe; pues yo digo del nombre de los bautistas: que perezca, pero que el nombre de Cristo permanezca para siempre.

Espero con placer el día cuando no haya ni un solo bautista con vida. Espero que se vayan pronto. Ustedes se preguntarán: «¿Por qué?» Pues cuando todo el mundo reconozca el bautismo por inmersión, nosotros estaremos inmersos en todas las denominaciones, y nuestra denominación habrá desaparecido. Por una vez otórguennos la preeminencia y ya no seremos más una denominación. Un hombre puede pertenecer a la Iglesia de Inglaterra, a los metodistas, o a los independientes, y sin embargo ser un bautista. Así que digo que el nombre bautista desaparezca pronto; pero que el nombre de Cristo permanezca para siempre.

Sí, y debido a mi amor por Inglaterra, yo no creo que perecerá jamás. ¡No, Inglaterra! Tú nunca vas a perecer; pues la bandera de la vieja Inglaterra está clavada al mástil por las oraciones de los cristianos, por los esfuerzos de la escuela dominical, y por sus hombres piadosos. Pero aún así digo que dejen que el nombre de Inglaterra perezca; que se disuelva en una gran hermandad; no tengamos ninguna Inglaterra, ni ninguna Francia, ni Rusia, ni Turquía, pero tengamos una cristiandad; y yo digo de todo corazón, desde lo profundo de mi alma, que perezcan las naciones y las distinciones nacionales, pero que el nombre de Cristo permanezca para siempre.

Tal vez sólo haya una cosa en la tierra que amo más que lo último que acabo de mencionar, y esa es la pura doctrina del calvinismo no adulterado. Pero si eso contuviera error, si hubiera cualquier cosa que sea falsa, yo soy el primero en decir, que eso perezca también, y que el nombre de Cristo permanezca para siempre. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! Jesús: «¡Que sea coronado Rey de todo!» No me oirán decir ninguna otra cosa. Estas son mis últimas palabras en Exeter Hall, por el momento. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! «Que sea coronado Rey de todo.»

Los Dos Efectos del Evangelio

El Púlpito de la Capilla New Park Street

Los Dos Efectos del Evangelio

Sermón predicado la mañana del Domingo 17 de Mayo de 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En Exeter Hall, Strand

«Porque para Dios somos olor fragante de Cristo en los que se salvan y en los que se pierden. A los unos, olor de muerte para muerte;mientras que a los otros, olor de vida para vida.Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?»2 Corintios 2:15,16

 

Éstas son palabras de Pablo expresadas en nombre propio y en el de sus hermanos los Apóstoles. Son verdaderas en lo que concierne a todos aquellos que son elegidos por el Espíritu, preparados y enviados a la viña para predicar el Evangelio de Dios. Siempre he admirado el versículo 14 de este capítulo, especialmente cuando recuerdo los labios que las pronunciaron: «Pero gracias a Dios, que hace que siempre triunfemos en Cristo y que manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento por medio de nosotros.»

Imaginemos a Pablo, ya anciano, diciéndonos: «Cinco veces he recibido de los judíos cuarenta azotes menos uno», que después fue arrastrado dándolo por muerto; el hombre de los grandes sufrimientos, que había pasado a través de mares de persecuciones; pensemos cuando dice, al fin de su carrera ministerial: ¡»Pero gracias a Dios, que hace que siempre triunfemos en Cristo!»

¡Triunfar cuando se ha naufragado, triunfar a pesar de haber sido flagelado, triunfar habiendo sido torturado, triunfar al ser apedreado, triunfar en medio de la burla del mundo!, ¡triunfar al ser expulsado de una ciudad y haber tenido que sacudir el polvo de sus pies!; ¡triunfar en todo momento en Cristo Jesús!

Ahora bien, si hablaran de ese modo algunos ministros de nuestro tiempo, no daríamos mucha importancia a sus palabras, pues gozan del aplauso del mundo. Siempre pueden irse en paz a sus casas. Tienen creyentes que los admiran, y no tienen enemigos declarados; contra ellos ni siquiera un perro mueve su lengua, todo es seguro y placentero. Si dicen, «Pero gracias a Dios, que hace que siempre triunfemos en Cristo», no nos conmueven; pero si lo dice alguien como Pablo, tan pisoteado, tan torturado y tan afligido, podemos considerarlo un héroe. He aquí un hombre que tenía verdadera fe en Dios y en el carácter divino de su misión.

Y cuán dulce es, hermanos míos, el consuelo que Pablo aplicaba a su propio corazón en medio de todas sus calamidades. Decía que, a pesar de todo, Dios «manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento por medio de nosotros.» ¡Ah! Con este pensamiento un ministro puede dormir tranquilo en su lecho: «Dios manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento.» Con esto, puede cerrar sus ojos cuando acabe su carrera y abrirlos en el cielo: «Dios, por mediación mía, manifestó en todo lugar el olor de su conocimiento.»

Sigan, pues, las palabras de mi texto, que expondré dividiéndolo en tres partes. Nuestra primera observación será que, aunque el Evangelio es un «buen olor» en todo lugar, produce sin embargo diferentes efectos en diferentes personas: «A los unos, olor de muerte para muerte; mientras que a los otros, olor de vida para vida.»

Nuestra segunda observación será que los ministros del Evangelio no son responsables de su éxito, porque dice: «Para Dios somos olor fragante de Cristo en los que se salvan y en los que se pierden.» Y en tercer lugar, la carga del ministro del Evangelio no es ligera, su deber es muy agobiante. El apóstol mismo dijo, «Y para estas cosas ¿quién es suficiente?»

I. Nuestra primera observación es que, EL EVANGELIO PRODUCE DIFERENTES EFECTOS. Puede parecer increíble, pero es extrañamente cierto que hay pocas cosas buenas en el mundo de las que no se desprenda algún mal. Observemos cómo brilla el sol, sus rayos ablandan la cera y endurecen la arcilla; en el trópico hacen que la vegetación sea extremadamente exuberante, y que maduren los más ricos y escogidos frutos y se den las flores más hermosas, pero ¿quién no sabe que en aquellos lugares prosperan los peores reptiles y las más venenosas serpientes de la tierra?

Así ocurre con el Evangelio. Aunque es el sol de justicia para el mundo, aunque es el mejor regalo de Dios y nada puede ser comparado a la inmensidad de beneficios que concede a la raza humana, a pesar de todo, debemos confesar que, a veces, es «olor de muerte para muerte.» Pero no debemos culpar de ello al Evangelio; la culpa no es de la verdad de Dios, sino de aquellos que no aceptan recibirla. Es «olor de vida para vida» para todo aquel que la oye con un corazón abierto para recibirla. Y es sólo «muerte para muerte», para el hombre que odia la verdad, que la menosprecia, se burla de ella, e intenta oponerse a su avance. En primer lugar, pues, vamos a hablar de ese carácter.

1. El Evangelio es para algunos hombres, «olor de muerte para muerte.» Ahora bien, esto depende en gran parte de qué es el Evangelio; porque hay algunas cosas llamadas «Evangelio», que son «olor de muerte para muerte» para todos aquellos que las oyen. El predicador John Berridge decía que predicó la moralidad hasta que no quedó en el pueblo un sólo hombre moral; porque el modo más seguro de dañar a la moralidad es la predicación legalista. La predicación de las buenas obras y la exhortación a los hombres a la santidad como medio de salvación son muy admiradas en teoría, pero en la práctica se demuestra, no solamente que no son eficaces, sino, y esto es lo peor, que a veces se convierten en «olor de muerte para muerte.»

Así se ha comprobado; y creo que incluso el gran Chalmers confesó que durante años y años antes de conocer al Señor, no predicó otra cosa que moralidad y preceptos, pero nunca vio a ningún borracho convertido por el mero hecho de mostrarle los males de la borrachera. Ni vio a ningún blasfemo que dejara de blasfemar porque le dijera lo odioso de su pecado. Cuando empezó a predicar el amor de Jesús; cuando predicó el Evangelio como es en Cristo, en toda su claridad, plenitud y poder, y la doctrina de que «por gracia sois salvos por la fe; y esto no es de vosotros, pues es don de Dios» fue cuando conoció el éxito. Cuando predicó la salvación por la fe, multitudes de borrachos arrojaron sus copas y los blasfemos frenaron sus lenguas; los ladrones se hicieron honrados, y los injustos e impíos se inclinaron ante el cetro de Jesús.

Pero deben reconocer, como les dije antes, que aunque el Evangelio produce generalmente el mejor de los efectos en casi todos aquellos que lo oyen, ya sea apartándolos del pecado, ya haciéndolos abrazarse a Cristo, es sin embargo un hecho grande y solemne, y sobre el cual difícilmente sé como hablar esta mañana que, para muchos hombres, la predicación del Evangelio de Cristo es «muerte para muerte», y produce mal en vez de bien.

i. Y el primer sentido es el siguiente: Muchos hombres se endurecen en sus pecados al oír el Evangelio. ¡Oh!, qué verdad más terrible y solemne es que, de todos los pecadores, algunos pecadores del santuario son los peores. Aquellos que pueden sumergirse más en el pecado, y tienen la conciencia más tranquila y el corazón más duro, se encuentran en la propia casa de Dios. Yo sé bien que un ministro fiel servirá de estímulo a los hombres, y las severas amonestaciones de un Boanerges a menudo les hará estremecerse. Igualmente, estoy consciente que la Palabra de Dios hace que a veces su sangre se coagule en sus venas; pero sé también (porque los he visto) que hay muchos que convierten la gracia de Dios en libertinaje, e incluso hacen de la verdad de Dios un pretexto para el diablo, y profanan la gracia de Dios para justificar su pecado. A tales hombres los he podido encontrar entre aquellos que oyen las doctrinas de la gracia en toda su plenitud. Son los que dicen: «Soy elegido, por eso puedo blasfemar; soy uno de los que fueron escogidos por Dios antes de la fundación del mundo, por ello puedo vivir como se me antoje.»

He visto a un hombre que, trepado sobre la mesa de una cantina y sosteniendo el vaso en su mano, decía: «¡Compañeros! Yo puedo hacer y decir más que cualquiera de ustedes; yo soy uno de esos que están redimidos por la preciosa sangre de Jesús»; y acto seguido se bebió su vaso de cerveza y comenzó a bailar ante los demás, mientras entonaba viles y blasfemas canciones. He aquí a un hombre para quien el Evangelio es «olor de muerte para muerte.» Oye la verdad, pero la pervierte; toma aquello que está puesto por Dios para su bien y lo utiliza para suicidarse. El cuchillo que le fuera dado para abrir los secretos del Evangelio, lo vuelve contra su propio corazón. La que es la más pura de todas las verdades y la más elevada de todas las moralidades es convertida en la encubridora de sus vicios, y hace de ella un andamio que le ayuda a construir el edificio de sus maldades y pecados.

¿Hay aquí alguien como este hombre, a quien le guste oír el Evangelio, como ustedes lo llaman, y no obstante viva impuramente? ¿Quiénes pueden decir que son hijos de Dios, y a pesar de ello se comportan como vasallos sirvientes de Satanás? Sepan bien que ustedes son unos mentirosos e hipócritas, porque la verdad no está de ningún modo en ustedes. «Cualquiera que es nacido de Dios, no peca.» A los elegidos de Dios no se les permitirá caer permanentemente en pecado; ellos nunca «convertirán la gracia de Dios en libertinaje», sino que, en todo lo que dependa de ellos, se esforzarán por permanecer cerca de Jesús. Tengan esto por seguro: «Por sus frutos los conoceréis.» «Así también, todo árbol sano da buenos frutos, pero el árbol podrido da malos frutos. El árbol sano no puede dar malos frutos, ni tampoco puede el árbol podrido dar buenos frutos.» No obstante, esas personas están continuamente pervirtiendo el Evangelio en maldad. Pecan con arrogancia por el mero hecho de que han oído lo que ellos consideran que son excusas para sus vicios.

No encuentro otra cosa bajo el cielo, que pueda extraviar tanto a los hombres, como un Evangelio pervertido. Una verdad pervertida es, generalmente, peor que una doctrina que todos saben que es falsa. Al igual que el fuego, uno de los elementos más útiles que puede causar la más intensa conflagración, así el Evangelio, que es lo mejor que poseemos, puede convertirse en la más vil de las causas. Éste es un sentido en el que el Evangelio es «olor de muerte para muerte.»

ii. Pero hay algo más. Es un hecho que el Evangelio de Jesucristo aumentará la condenación de algunos hombres en el día del juicio final. De nuevo me espanto al decirlo, porque es un pensamiento demasiado horrible para aventurarse a hablar de él; que el Evangelio de Cristo vaya a hacer del Infierno para algunos hombres un lugar aun más terrible de lo que pudiera hubiera sido. Todos los hombres se hubieran hundido en el Infierno de no haber sido por el Evangelio. La gracia de Dios redimirá a «una gran multitud, la cual ninguno puede contar»; guardará a un ejército incontable que será salvado en el Señor con una salvación eterna; pero, al mismo tiempo, a quienes la rechazan les hace más terrible la condenación. Y les diré por qué:

Primeramente, porque los hombres pecan contra una luz superior, y la luz que poseemos es una excelente medida para nuestra culpa. Lo que un nómada puede hacer sin que para él sea delito, en mí puede ser el mayor de los pecados, porque estoy mejor instruido; y lo que alguno pueda hacer en Londres con impunidad, me refiero a un pecado contra Dios que no sea excesivamente grande, podría parecerme a mí la mayor de las transgresiones, porque desde mi juventud he sido instruido en la piedad. El Evangelio viene sobre los hombres como la luz del cielo. ¡Qué errante debe andar el que se extravía en la luz! Si el que es ciego cae en la zanja, podemos compadecerle, pero si un hombre con la luz en sus ojos se arroja al precipicio y pierde su alma, ¿verdad que es imposible la compasión?

«¡Cómo merecen el infierno más profundo
Quiénes menosprecian los gozos del cielo!
¡Qué cadenas de venganza deberán sentir
Los que se burlan del amor soberano!»

Les repito que la condenación de todos ustedes aumentará, a menos que encuentren en Jesucristo al Salvador; porque haber tenido la luz y no haber andado por medio de ella será la misma esencia de la condenación. Éste será el virus de la culpa: «que la luz ha venido al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.»

La condenación de ustedes será también mayor si se oponen al Evangelio. Si Dios tiene un plan de misericordia, y el hombre se levanta contra él, ¿no será grande su pecado? ¿No fue inmensa la culpa en que incurrieron hombres tales como Pilato, Herodes y los judíos? ¡Oh!, quién puede imaginar la condena de aquellos que gritaron: «¡Crucifícale! ¡Crucifícale!» ¿Y qué lugar del fuego del infierno arderá con fuerza suficiente para el hombre que calumnia al ministro de Dios, para el que habla mal de su pueblo, para el que odia su verdad, y que, si pudiera, borraría de la tierra todo rastro de piedad? ¡Quiera Dios ayudar al infiel y al blasfemo! Dios salve sus almas, si me dieran a escoger de entre todos los hombres, no elegiría jamás ser como uno de ellos.

¿Piensan ustedes señores, que Dios no tendrá en cuenta lo que los hombres dicen? Uno ha maldecido a Cristo, llamándole charlatán. Otro ha declarado (sabiendo que mentía) que el Evangelio es falso. Un tercero ha proclamado sus máximas licenciosas, y después ha señalado a la Palabra de Dios diciendo: «¡Hay peores cosas en ella!» Y otro ha insultado a los ministros de Dios ridiculizando sus imperfecciones. ¿Creen que Dios olvidará todo esto en el último día? Cuando sus enemigos se presenten ante Él, los tomará de la mano y les dirá: «El otro día llamaste perro a mi siervo, y escupiste sobre él, ¿y por esto te daré el cielo?» No; si el pecado no ha sido lavado por la sangre de Cristo, dirá» ¡Apártate, maldito, al infierno del que te burlabas!; abandona el cielo que tú despreciabas, y aprende que, aunque decías que no había Dios, esta diestra te enseñará eternamente la lección de que sí lo hay, porque aquel que no me descubra por mis obras de benevolencia, sabrá de mí por mis hechos de venganza; así pues, ¡apártate te digo!» A aquellos que se han opuesto a la verdad de Dios, les será aumentado el castigo. Ahora bien, ¿no es ésta una solemne visión de que el Evangelio es para muchos «olor de muerte para muerte»?

iii. Consideraremos aún otro sentido. Creo que el Evangelio hace a algunos seres de este mundo más desgraciados de lo que hubieran sido. El borracho podría beber y gozarse en su embriaguez con mayor alegría, si no hubiera oído decir: «Todos los borrachos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre.» Cuán jovialmente el trasgresor del domingo alborotaría durante todo el día si la Biblia no dijera: «¡Acuérdate del día de reposo, para santificarlo!» Y cuán felizmente podría lanzarse en su loca carrera el libertino y el licencioso, si no se hubiera dicho: «¡La paga del pecado es muerte, y después el juicio!» Pero la verdad pone amargura en sus copas; los avisos de Dios congelan la corriente de su alma. El Evangelio es como el esqueleto en la fiesta egipcia: aunque durante el día se ríen de él, por la noche tiemblan como hojas de álamo blanco, y cuando las sombras del atardecer caen sobre ellos, se estremecen al menor susurro. Ante el pensamiento de su condición futura, su gozo se entristece, y la inmortalidad, en vez de ser un regalo para él, es, sólo al pensar en ella, el tormento de su existencia. Las dulces palabras de amor de la misericordia no son para ellos más armoniosas que el estruendo del trueno, porque saben que las menosprecian. Sí, he conocido a algunos que han sido tan desgraciados a causa del Evangelio, al no querer abandonar sus pecados, que han estado a punto de suicidarse. ¡Oh!, qué terrible pensamiento! El Evangelio es «olor de muerte para muerte»; ¿para cuántos de los que están aquí es así?, ¿quién está ahora oyendo la palabra de Dios para ser condenado por ella?, ¿quién saldrá de aquí para ser endurecido por la voz de la verdad? Así será para todo hombre que no crea en ella; porque para aquellos que la reciben es «olor de vida para vida», pero para los incrédulos es una maldición, y «olor de muerte para muerte.»

2. Pero, bendito sea Dios, el Evangelio tiene un segundo poder. Además de ser «muerte para muerte», es «olor de vida para vida.» ¡Ah!, hermanos míos, algunos de nosotros podríamos hablar, si ello nos fuera dado esta mañana, del Evangelio como «olor de vida» para nosotros. Volvamos la vista atrás a la hora en que estábamos «muertos en delitos y pecados.» En vano todos los truenos del Sinaí, en vano los avisos de los atalayas: dormíamos en el sueño moral de nuestras culpas, y ni un ángel podría habernos despertado. Y contemplemos también, con alegría, aquella hora en que entramos por primera vez dentro de los muros de un santuario y, para nuestra salvación, oímos la voz de la misericordia.

A algunos de ustedes les ocurrió hace unas semanas. Yo sé dónde están y quiénes son; hace sólo unas semanas o unos meses, también ustedes estaban lejos de Dios, pero han sido llevados a amarle. Recuerda, cristiano hermano mío, aquel momento en que el Evangelio fue para ti «olor de vida», cuando te separaste de tus pecados, renunciaste a tus concupiscencias, y volviéndote a la Palabra de Dios, la recibiste con todo tu corazón. ¡Ah!, ¡aquella hora, la más dulce de todas! Nada puede compararse a ella. Conocí a una persona que durante cuarenta o cincuenta años había permanecido completamente sorda; una mañana, sentada a la puerta de su casa, mientras pasaban algunos vehículos por delante de ella, creyó oír una música melodiosa. No era música, era solamente el ruido de los carruajes. Su oído se había abierto repentinamente, y aquel sonido ordinario le pareció como música celestial, porque era la primera vez que oía en tantos años. De forma parecida, la primera vez que nuestros oídos se abrieron para oír las palabras del amor, la seguridad de nuestro perdón, oímos la palabra como nunca la habíamos oído hasta entonces; nunca nos pareció tan dulce y quizás, aun en estos momentos, miramos atrás y decimos:

«¡Qué horas de paz gocé entonces!
¡Cuán dulce es su recuerdo todavía!»

Cuando por primera vez fue «olor de vida» para nuestras almas. Así pues, amados míos, si alguna vez ha sido «olor de vida», siempre lo será; porque no dice que sea olor de vida para muerte, sino «olor de vida para vida.» Al llegar a este punto, debo dirigir otro golpe a mis antagonistas los arminianos; no puedo remediarlo. Ellos sostienen que, a veces, el Evangelio es olor de vida para muerte. Nos dicen que un hombre puede recibir vida espiritual, y no obstante, morir eternamente. Es decir, puede ser perdonado y, después, castigado; puede ser justificado de todo pecado, y sin embargo sus trasgresiones pueden ser cargadas de nuevo sobre sus espaldas. Dicen que un hombre puede haber nacido de Dios, y no obstante morir; puede ser amado por Dios, y a pesar de ello Dios puede odiarle mañana.

¡Oh! No puedo soportar el hablar de tales doctrinas llenas de mentiras; que crean en ellas los que quieran. Por lo que a mí respecta, creo tan profundamente en el amor inmutable de Jesús, que supongo que si un creyente estuviera en el infierno, el mismo Cristo no estaría mucho tiempo en el cielo sin gritar: «¡Al rescate! ¡Al rescate!» ¡Oh!, si Jesucristo estuviera en la gloria y de su corona faltara una de sus piedras preciosas, la cual poseyera Satanás en el infierno, éste diría: «¡Mira, Príncipe de la luz y de la gloria, tengo en mi poder una de tus joyas!» Y manteniéndola en alto, gritaría: «Tú diste tu vida por este hombre, pero no tienes poder suficiente para salvarle; Tú lo amaste una vez, ¿dónde está tu amor? ¡De nada le sirve porque más tarde lo odiaste!» Y cómo se reiría burlonamente de aquel heredero del cielo, diciendo: «Este hombre fue redimido; Jesucristo lo compró con su sangre.» Y, arrojándolo a las olas del infierno con grandes carcajadas, diría: «¡Toma, redimido! ¡Mira cómo puedo robar al Hijo de Dios!» Y con gozo maligno continuaría repitiendo: «Este hombre fue perdonado, ¡contemplen la justicia de Dios! Es castigado después de haber recibido el perdón. Cristo sufrió por sus pecados y, no obstante, yo lo poseo; ¡porque Dios lo ha castigado dos veces!» ¿Creen ustedes que podrá decirse eso alguna vez?; ¡Ah!, no. Es «olor de vida para vida», y no de vida para muerte. Sigan con su evangelio envilecido, predíquenlo donde quieran; pero mi Señor dijo:

«Yo doy a mis ovejas vida eterna.» Ustedes dan a sus ovejas vida temporal, y ellas la pierden; pero Jesús dice: «Yo les doy vida ETERNA; y no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano». Cuando hablo de este tema, generalmente me enciendo, porque creo que hay muy pocas doctrinas tan importantes como la de la perseverancia de los santos; porque si uno de los hijos de Dios llegara a perecer, o si yo supiese que esto pudiera suceder, sacaría la conclusión inmediata de que yo podría ser uno de ellos, y supongo que a cada uno de ustedes les pasaría lo mismo y en este caso ¿dónde están el gozo y la felicidad del Evangelio? De nuevo repito que el evangelio arminiano es una cáscara sin contenido; una cáscara sin el fruto; que se lo queden aquellos a quienes agrada. No discutiremos con ellos. Dejen que continúen predicándolo. Dejen que sigan diciendo a los pobres pecadores que, si creen en Jesús, serán condenados después de todo; que Jesucristo les perdonará y que, a pesar de ello, el Padre los enviará al infierno. Sigan predicando el evangelio de ustedes, porque ¿quién lo escuchará?; y si alguno lo escucha, ¿le sirve de algo oírlo? Les digo que no; porque si después de convertirme estoy en el mismo lugar en que me encontraba antes de convertirme, de nada me sirve el haber sido convertido. Mas a aquellos a quienes Él ama, los ama hasta el fin.

«Una vez en Cristo, en Él para siempre;
Nada puede separarme de Su amor.»

Es «olor de vida para vida.» No solamente «vida para vida» en este mundo, sino «vida para vida» eternamente. Todo el que posea esta vida, recibirá la venidera; «gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que en integridad andan.» Me veo obligado a dejar este punto; pero si mi Señor lo toma en sus manos y hace de estas palabras «olor de vida para vida» en esta mañana, me gozaré de haberlas pronunciado.

II. Nuestra segunda afirmación es que EL MINISTRO NO ES RESPONSABLE DE SUS ÉXITOS. Es responsable de lo que predica y de su vida y acciones, pero no es responsable de los demás. Si yo predico la Palabra de Dios, pero no hay ningún alma que se salve, el Rey me diría a pesar de todo: «¡Bien hecho, siervo bueno y fiel!» Si no dejo de dar mi mensaje, y ninguno lo quiere escuchar, Él dirá: «Has peleado la buena batalla; recibe tu corona». Oigan las palabras del texto: «Porque para Dios somos buen olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden.» Esto se verá claro si les digo cómo se le llama al ministro del Evangelio en la Biblia. A veces es llamado embajador. Ahora bien, ¿de qué es responsable un embajador? Es enviado a un país como un agente diplomático, lleva a la conferencia condiciones de paz, hace uso de todo su talento para servir a su señor, intenta demostrar que la guerra va en contra de los intereses de diferentes países, se esfuerza por traer la paz; pero los otros reyes la rechazan con arrogancia. Cuando vuelve a su país, su señor le pregunta «¿Por qué no hiciste la paz?» «Porque», contesta el embajador, «les expuse las condiciones y no quisieron oírlas.» «Bien», dirá aquel, «has cumplido con tu deber; no voy a culparte si continúa la guerra.» En otras partes, el ministro del Evangelio es un pescador. Como es natural, un pescador no es responsable de la cantidad de peces que pesca, sino de la forma en que pesca. Esto es una bendición para algunos ministros, porque no han pescado nunca nada, y ni siquiera han atraído ningún pez cerca de sus redes. Han pasado toda su vida pescando con elegantes hilos y anzuelos de plata y oro, siempre utilizaron hermosas y pulidas frases, pero a pesar de todo el pez no picó; mientras que nosotros, que somos de una clase más ruda, hemos puesto el anzuelo en la boca de muchos centenares. No obstante, si echamos la red del Evangelio en el lugar adecuado, aunque no pesquemos nada, el Señor no hallará en nosotros falta alguna. Nos preguntará: «Pescador, ¿hiciste tu labor?, ¿arrojaste las redes al mar en tiempo de tormentas?» «Sí, mi Señor, así lo hice.» «¿Y qué has pescado?» «Uno o dos, solamente.» «Bien, podía haberte mandado multitudes si así me hubiese agradado; no es tuya la culpa. En mi soberanía, doy donde me agrada o niego cuando así lo prefiero; pero en lo que a ti respecta, has hecho bien tu labor, por ello he aquí tu recompensa.»

Algunas veces el ministro es llamado un sembrador. Y ningún agricultor hace responsable de la cosecha al sembrador; toda su responsabilidad consiste en sembrar, y en sembrar la semilla adecuada. Si la echa en buena tierra entonces es feliz; pero si cae al borde del camino, y las aves del cielo se la comen, ¿quién culpará al sembrador?; ¿podía haberlo remediado? No, él cumplió con su deber; esparció las semillas ampliamente y allí las dejó. ¿A quien ha de culparse? Al sembrador no, desde luego. De esta forma, amados míos, si un ministro va al cielo con una sola gavilla en sus espaldas, su Señor le dirá: «¡Segador, una vez fuiste sembrador!, ¿dónde recolectaste tu gavilla?» «Señor, sembré sobre la roca, y no creció; solamente un grano, en la mañana de un domingo, fue llevada por el viento hacia un lado y cayó en un corazón preparado. Y ésta es mi única gavilla.» «¡Aleluya!», resonarán los coros angelicales, «una gavilla de entre las rocas es para Dios más honor que miles de ellas de una buena tierra; por ello debe sentarse tan cerca del trono como aquel que viene inclinado bajo el peso de sus muchas gavillas, procedentes de alguna tierra fértil.» Creo que, si hay grados en la gloria, no estarán en proporción al éxito, sino a la calidad de nuestros esfuerzos.

Si procedemos correctamente, y si con todo nuestro corazón nos esforzamos para cumplir con nuestros deberes de ministros, aunque no veamos nunca ningún resultado, recibiremos la corona. Pero cuánto más feliz es el hombre de quien se dirá en el cielo: «Brilla eternamente, porque fue sabio y ganó muchas almas para la justicia.» Siempre ha sido para mí el mayor gozo creer que cuando entre en el cielo, contemplaré en días futuros sus puertas abiertas, y por ellas veré entrar volando a un querubín quien, mirándome a la cara, pasará sonriente ante el trono de Dios, y después de haberse inclinado ante Él, y una vez prestado homenaje y adoración, vendrá a estrecharme la mano aunque no nos conozcamos; y si hubiera lágrimas en el cielo, yo voy a llorar al oírle decir: «Hermano, de tus labios oí la palabra, tu voz me amonestó por primera vez de mi pecado, y heme aquí contigo, el instrumento de mi salvación.» Y mientras las puertas permanezcan abiertas, una tras otra irán llegando las almas redimidas; y por cada una de éstas, una estrella, una piedra preciosa en la diadema de gloria; por cada una de ellas otro honor y otra nota en el himno de alabanza. «Bienaventurados los que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, porque sus obras con ellos siguen.»

¿Qué será de algunos buenos cristianos, de los que ahora están en Exeter Hall, si el valor de las coronas en el cielo se mide por las almas que hayan salvado? Alguno de ustedes poseerá una corona en el cielo sin una sola estrella. Hace poco tiempo leí algo sobre este tema: Un hombre en el cielo con una corona sin una sola estrella. ¡No salvó ni siquiera a uno! Gozaba en el cielo de felicidad completa porque le había salvado la Misericordia divina; pero, ¡oh!, ¡estar en el cielo sin una sola estrella! ¡Madre!, ¿qué dirías tú si estuvieras en el cielo sin alguno de tus hijos que adorne tus sienes con una estrella? ¡Ministro!, ¿qué dirías si, siendo un orador refinado, no poseyeras ni una estrella? ¡Escritor!, ¿te parecería bien haber escrito incluso tan gloriosamente como Milton, y que luego en el cielo te encontraras sin una estrella? Me temo que prestamos muy poca atención a esto. Los hombres escriben enormes folios y tomos, para verlos un día en las bibliotecas, y para que sus nombres sean famosos para siempre. ¡Pero cuán pocos se preocupan de ganar estrellas eternas en el cielo! Esfuérzate, hijo de Dios, esfuérzate, porque si deseas servir a Dios, el pan que eches sobre las aguas no se perderá para siempre. Si arrojas la semilla entre las patas del buey o del asno, obtendrás una cosecha gloriosa en el día en que Él venga a reunir a sus elegidos. El ministro no es responsable de su éxito.

III. Y en último lugar, PREDICAR EL EVANGELIO ES UNA TAREA ELEVADA Y SOLEMNE. El ministerio ha sido a menudo rebajado a una profesión. En estos días se hace ministros de hombres que hubieran sido buenos capitanes de mar, o hubieran servido muy bien para estar detrás de un mostrador, pero que nunca estuvieron hechos para el púlpito. Son seleccionados por los hombres, abrumados de literatura, educados hasta un determinado nivel, vestidos adecuadamente, y el mundo les llama ministros. Deseo que Dios les haga triunfar, porque como solía decir Joseph Irons: «Dios esté con muchos de ellos, aunque sólo sea para reprimirles la lengua.» Los ministros hechos por los hombres no tienen utilidad en este mundo, y cuanto antes nos libremos de ellos mejor. He aquí su forma de proceder: preparan sus manuscritos muy cuidadosamente, los leen el domingo con la mayor dulzura, en voz baja y de esta forma la gente se marcha complacida. Pero ese no es el modo de predicar de Dios. Si así fuera, me siento capaz de predicar para siempre. Puedo comprar sermones manuscritos por unos centavos, es decir, con tal de que ya hayan sido predicados unas cincuenta veces; si los utilizo por primera vez valen un poco más. Pero esa no es la manera.

Predicar la Palabra de Dios no es lo que algunos creen, un simple juego de niños, un negocio o profesión que cualquiera puede ejercer. Un hombre debe sentir, en primer lugar, que tiene un llamado solemne; después, debe saber que realmente posee el Espíritu de Dios y que cuando habla existe una influencia sobre él que le capacita para predicar como Dios quiere que lo haga. De otra forma debe abandonar el púlpito inmediatamente, porque no tiene ningún derecho a estar en él aunque la iglesia sea de su propiedad. No ha sido llamado para anunciar la verdad de Dios, y Dios le dice: «¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes?»

Mas ustedes dicen: «¿Qué dificultad existe en la predicación del Evangelio de Dios?» Bien, debe ser algo duro, porque Pablo dijo: «Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?» Antes que nada les diré que es difícil, porque así está hecho para que no sea tergiversado por prejuicios propios al predicar la Palabra. Cuando se tiene que hablar con severidad, el corazón nos dice: «No lo hagas. Si hablas de esta forma te juzgarás a ti mismo»; y entonces existe la tentación de no hacerlo. Otra prueba es que tememos desagradar al rico de nuestra congregación. De esta forma, pensamos: «Si digo esto y lo otro, fulano y zutano se ofenderán; aquel otro no aprueba esta doctrina, lo mejor será que la abandone.» Quizás suceda que recibamos los aplausos de las multitudes y no queramos decir nada que las disguste, porque si hoy gritan: «Hosanna», mañana gritarán: «Crucifícalo, crucifícalo». Todas estas cosas obran en el corazón de un ministro. Él es un hombre como ustedes, y las siente. Además, está el agudo cuchillo de la crítica y las flechas de aquellos que le odian a él y a su Señor, y, a veces, no puede evitar el sentirse herido. Posiblemente se pondrá su armadura y gritará: «No me importan las críticas de ustedes»; pero hubo épocas en que los arqueros afligieron penosamente incluso a José. Entonces se encuentra en otro peligro, el de querer defenderse, porque quien lo hace comete una gran locura. El que deja a sus detractores solos y, al igual que el águila, no hace caso de la charla del gorrión o como el león no se molesta en ahogar el gruñido del chacal, es un hombre y será honrado. Pero el peligro está en que queramos dejar establecida nuestra reputación de justos. Y, ¡oh!, ¿quién es suficiente para dirigir la nave librándola de estas peligrosas rocas? «Para estas cosas», hermanos míos, «¿quién es suficiente?» Para levantarse y anunciar, domingo tras domingo y día tras día, «las inescrutables riquezas de Cristo».

Al llegar a este punto, y para terminar, sacaré la siguiente conclusión si el Evangelio es «olor de vida para vida», y el trabajo del ministro es una labor solemne, cuánto bien hará a todos los amantes de la verdad el orar por todos aquellos que la predican, para que sean «suficientes para estas cosas». Perder mí devocionario, como les he dicho muchas veces, es lo peor que puede ocurrirme. No tener a nadie que ore por mí me colocaría en una situación terrible. «Quizá», dice un buen poeta, «el día en que el mundo perezca será aquel que no esté embellecido con una oración»; y tal vez, el día en que un ministro se apartó de la verdad fue aquel en que su congregación dejó de orar por él, y cuando no se elevó una sola voz suplicando gracia en su favor. Estoy seguro de que así ha de ocurrir conmigo. Denme el numeroso ejército de hombres que tuve el orgullo y la gloria de ver en mi casa antes de venir a este local; denme aquellas gentes dedicadas a la oración, que en las tardes del lunes se reúnen en gran multitud para pedir a Dios que derrame su bendición sobre ellos, y venceremos al mismo infierno a pesar de toda la oposición. No son nada nuestros peligros, si tenemos oraciones. Porque aunque aumente mi congregación; aunque la formen gentes nobles y educadas; y aunque yo posea influencia y entendimiento, si no tengo una iglesia que ore, todo me saldrá mal. ¡Hermanos míos! ¿Perderé alguna vez sus oraciones? ¿Cesarán alguna vez en sus súplicas? Nuestra labor en este gran lugar está casi terminada, y felizmente volveremos a nuestro muy amado santuario. ¿Cesarán entonces, acaso, en sus oraciones? Me temo que esta mañana no hayan pronunciado tantas plegarias como debieran; me temo que no ha habido una devoción tan ardiente como hubiera sido necesaria. Yo no he sentido el maravilloso poder que experimento algunas veces. No los culpo por ello, pero no quiero que nunca se diga: «Aquel pueblo que fuera tan ferviente, se ha tornado frío.» No dejen que la tibieza penetre en Southwark; si ha de estar en alguna parte, que se quede aquí, en el West End; no lo llevemos con nosotros. «Contendamos eficazmente por la fe que ha sido una vez dada a los santos»; y sabiendo en los peligros que se encuentra el portador del estandarte, suplico que se reúnan ustedes a su alrededor, porque habrá males en el ejército.

«Si el porta-estandarte cae, como bien puede caer.
Porque todo es de esperar, en esa mortal lucha».

¡Levántense amigos! Empuñen el estandarte y manténganlo en alto hasta que llegue el día cuando nos encontremos en el último baluarte conquistado a los dominios del infierno, y cantemos todos: «¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Porque reina el Señor nuestro Dios Todopoderoso!»

Hasta entonces, continuemos luchando.